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Clark ha vivido el mismo día 309 veces. Sin parar. Está atrapado en un bucle temporal y, al parecer, no hay nada que pueda hacer para detenerlo. Hasta que el día 310 resulta ser... diferente. De repente, su clase de trigonometría habitual se ve interrumpida por una anomalía: un chico al que nunca había visto.Clark jamás se hubiera imaginado que podría enamorarse en un solo día. ¿Será Beau la respuesta a su soledad? Y si lo es, ¿podrá construir un futuro con él sin saber si habrá un mañana?
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Seitenzahl: 431
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Estoy a punto de contarle a mi psicóloga algo que nunca le he dicho a nadie. No debería estar tan nervioso: es la señora Hazel (ha oído de todo) y, además, qué más da a estas alturas. Aun así, es raro admitirlo en voz alta por primera vez.
–¿Puedo contarle una cosa? –pregunto.
La señora Hazel deja de desenvolver el caramelo y me dedica toda su atención.
Me aclaro la garganta.
–Creo... creo que me siento solo.
Se mete el caramelo en la boca con una enorme sonrisa.
–Es fantástico oírte decir eso.
Arrugo la frente, confuso.
–No sé si yo lo llamaría fantástico.
–No es fantástico que te sientas solo –aclara, partiendo el caramelo duro con los dientes–. Es fantástico que me lo hayas dicho.
Me cae bien la señora Hazel. Me cayó bien desde el primer día. Curiosamente fue por su consulta. ¿Sabes eso que dicen de que la gente se parece a su perro? Creo que los psicólogos se parecen a sus despachos, y ese espacio puede ofrecer muchísima información.
Por ejemplo, con el doctor Oregon. Tenía unas arrugas profundas labradas en la cara, igualitas que el suelo de madera agrietado donde insistía en que me sentara descalzo de piernas cruzadas. Abandoné después de la primera sesión, y no porque no me gusten las arrugas sino porque me gustan las sillas. El señor Ramplewood siempre tenía los ojos inyectados en sangre y vestía exclusivamente de gris, a juego con su lúgubre consulta situada en un sótano con humedades. Si abandonara la psicología –y no sería mala idea–, le animaría a que se dedicara a su auténtica vocación: guía turístico de casas encantadas.
Pero la señora Hazel me da la sensación de estar a medio camino entre ser coleccionista de piezas de museo y tener síndrome de Diógenes y, no sé por qué, me agrada eso. Estamos sentados en dos sillas idénticas de cuero marrón, con una mesa de centro entre medias llena de revistas antiguas de psicología, cuencos con caramelos para paliar su autodiagnosticada adicción al azúcar y marcas de círculos descoloridos tras décadas de haber colocado bebidas encima sin usar posavasos. El desteñido papel pintado de flores apenas se ve entre las hileras y más hileras de estanterías llenas de libros desgastados y cachivaches rotos, y hay suficientes fotos colgadas torcidas como para decorar una consulta diez veces más grande que esta. Puede que esta habitación sea la pesadilla de un minimalista, pero yo diría que, curiosamente, el caos de la estancia me infunde paz mental desde la primera sesión.
Y la señora Hazel, diminuta en su suéter de punto, arrebujada en una bufanda amarilla a pesar del calor del final de verano, es una extensión de la elaborada colección de objetos que lleva décadas comisariando. Sobre su cabeza se asienta la sempiterna corona de pelo gris y cuelgan a ambos lados de sus gafas de culo de vaso los pendientes chillones con forma de helados de cucurucho que le vendrían al pelo a una pelota de playa con ojos en lugar de a una mujercilla encogida de sesenta y tantos (no acabo de entender cómo, pero le encajan perfectamente). Claro que me gusta venir a hablar con la señora Hazel, al contrario de lo que me pasaba con el doctor Oregon y con el señor Ramplewood. No necesariamente porque sea mejor psicóloga que ellos –aunque creo que lo es– ni porque su consulta sea más cómoda –aunque sé que es cierto–. Me gusta la señora Hazel porque me dice las cosas sin rodeos. Estoy seguro de que es lo que va a hacer ahora mismo.
Así que le pregunto.
–¿Cómo es que sabía que me sentía solo? ¿En qué se me nota?
Sin dudarlo ni un instante, responde:
–En todo.
Se me salen los ojos de las cuencas ante la brusca respuesta, pero la señora Hazel ni se inmuta; se levanta de un brinco y se pone a revolver la habitación.
En las primeras sesiones recuerdo que me enfadaba un poco que mi psicóloga fuera incapaz de mantener la atención en mí durante más de treinta segundos antes de ponerse a hacer algo, pero he acabado apreciando esa rareza: es perfectamente capaz de estar jugueteando con la tulipa de una lámpara o montando y desmontando muñecas rusas mientras absorbe todas y cada una de las palabras que le digo. Le da igual actuar o no de perfecta psicóloga para quedar bien conmigo. Y ahora que lo pienso, lo cierto es que me desagradaba la intensidad con la que me miraban a los ojos los demás mientras fingían preocupación por todo lo que salía de mi boca. En sus consultas me sentía expuesto ante el público, pero en el despacho de la señora Hazel es como si formara parte de todo el decorado. Y eso me gusta.
Se para delante del escritorio y se pone a rebuscar entre los papeles hasta que encuentra los apuntes de la sesión.
–Aquí están –suspira–. Clark, en principio sospeché que te sentías solo porque mencionaste que estabas hundido desde que Sadie se mudó a la otra punta del país, y para un introvertido como tú es difícil hacer amigos, como es lógico. Tampoco ayuda mucho que al parecer Sadie esté, según tus propias palabras, «pasándolo mejor que nunca» sin ti, en Texas.
Enfatiza lo de «pasándolo mejor que nunca» como si fuera un importante dato clínico.
–Además, tus padres están en medio del proceso de divorcio, lo que, como ya hemos hablado, puede provocar sentimientos de abandono –continúa–. Y, como te comenté la semana pasada, parece que te has rendido a permanecer dentro de una zona de confort cada vez más pequeña, lo que, irónicamente, provoca mayor malestar y sensación de soledad –me dirige una sonrisa triste–. Y todo esto se puede resumir en que te sientes muy solo, Clark.
Tiene toda la razón, pero no sabe ni la mitad de la historia.
La mitad que le falta es el mayor motivo de mi soledad.
No merece la pena que saque el tema ahora. Créeme que lo he intentado. Tres veces. La primera dio como resultado una preocupadísima llamada a mi madre; la segunda provocó una carcajada curiosamente sincera –seguida por el atragantamiento con un caramelo–, y la tercera se zanjó con el consejo de que debería ver menos películas de ciencia ficción. Y como hoy me gustaría llegar a algún tipo de conclusión, me niego a hacer un cuarto intento por ahora.
–¿Cómo puedo superar la soledad? –pregunto, sabiendo que su respuesta no cambiará la situación, pero, conociéndola, al menos será interesante.
–¡Ajá! –chilla, señalándome desde el otro extremo del despacho con un dedo rígido.
Pego un bote. La señora Hazel nunca chilla.
Qué raro.
–Es una buena pregunta –dice–. Me encanta esa pregunta, Clark, porque implica que entiendes que la soledad puede ser un sentimiento fugaz, algo fluido, no un estado crónico inamovible. Hay mucha gente que no lo tiene tan claro.
No lo tengo tan claro como lo cree la señora Hazel (pero me lo callo).
–Clark, ya sé qué deberes te voy a poner esta semana –sentencia, volviendo a su silla con un bolígrafo y un bloc. Se pone a garabatear entusiasmada a la vez que se sienta–. Se trata de un reto dividido en cuatro partes que funciona muy bien si el paciente está comprometido con la terapia.
Inclino la cabeza, no muy seguro de haberla oído bien.
–¿Un reto de cuatro partes?
–Exactamente, sí –asiente ella.
Eso también es... raro.
La señora Hazel siempre me manda deberes simples, directos al grano.
–He aquí cómo creo que puedes superar la soledad, Clark, o, al menos, hacer progresos –comienza–. Número uno: intentar hacer un nuevo amigo en vez de dedicarte a desear que termine el instituto y...
–Un momento –le interrumpo.
Hace una pausa.
Se me dispara el corazón.
–¿Acaba de decir «intentar hacer un nuevo amigo»?
Vuelve a asentir, pero lentamente.
No. No puede haber dicho eso. Esos no son mis deberes.
Esos nunca han sido mis deberes, sin importar lo que hayamos estado hablando.
Aguarda a que le explique el motivo de mi confusión, pero no digo nada.
–¿Te ha sentado mal algo que haya dicho, Clark? –me pregunta.
–No, es que... –me quedo sin palabras–. Da igual. Perdón. Vale, entonces, «intentar hacer un nuevo amigo». ¿Cuál es el segundo paso?
Carraspea y vuelve a mirar sus notas.
–El segundo paso es...
El diario de gratitud. Por supuesto que será eso, como siempre.
–... ayudar a alguien que lo necesite –termina la frase–. Los estudios demuestran que ayudar a los demás no solo es enormemente gratificante, sino que a menudo nos permite conectar con otras personas de forma significativa.
¿Qué coño está pasando? La señora Hazel se ha apartado totalmente del guion.
Vale, sí, yo me salgo continuamente. Prácticamente en todas las sesiones acabo preguntando cosas que no vienen al caso y haciendo de abogado del diablo. Pero eso nunca había provocado que la psicóloga cambiara mis deberes.
Así que, repito, ¿qué coño está pasando? Me levanto, rodeo la mesilla y me inclino sobre ella. Miro lo que tiene escrito en sus notas, que me deja de piedra:
4 consejos para vencer la soledad de Clark:
– Intentar hacer un nuevo amigo.
– Ayudar a alguien que lo necesite.
– Mostrarse vulnerable para que los demás también puedan hacerlo.
– Hacer lo que te da miedo.
–¿Va en serio? –exclamo horrorizado, reculando.
–Clark... –se ríe ella–. ¿Por qué pones esa cara? ¿Te parecen muchos deberes para una semana, es eso? –asiente, como para apoyarme–. Voy a clarificarlo: no tienes que hacer las cuatro cosas esta semana. ¿Qué tal si empiezas con una?
–¿Y el diario de gratitud? –pregunto mientras noto una gota de sudor corriendo por mi frente.
Abre los ojos de par en par y los cristales de las gafas los distorsionan hasta que parecen gigantes, mucho más grandes de lo normal. Vuelve la página y me muestra lo que está escrito, donde dice, como esperaba: «Tarea para Clark: empezar un diario de gratitud».
–Una cosa: ¿cómo es que sabías que quería que empezaras un diario de gratitud? –me pregunta desconcertada–. Era lo que te iba a pedir hasta que mencionaste la soledad.
Hasta que mencionaste la soledad.
A la señora Hazel le he dicho cosas mucho más locas en consulta. ¿Por qué ha cambiado algo cuando le he confesado que me siento solo?
Me quedo callado, sopesando qué opciones tengo.
¿Debería presionar a la señora Hazel para que me explique este cambio sin precedentes en su conducta, y seguramente dejarla desconcertada? ¿O sería mejor renunciar a insistir y seguirle la corriente? Antes de que me decida, la psicóloga se inclina hacia delante y acaba con mis dudas.
–Te has colado en el despacho antes de la sesión, ¿verdad? Les echaste un vistazo a mis notas –concluye con una sonrisa satisfecha–. ¿Así es como descubriste que pensaba mandarte que hicieras un diario de gratitud? No me voy a enfadar, Clark.
Vuelvo a sentarme, perplejo.
–Me ha pillado.
Sonríe, orgullosa de sí misma por haberme cazado.
Pero es que no lo entiende. ¿Cómo iba a hacerlo?
–Hablemos de los consejos número tres y cuatro para vencer tu soledad –continúa–. La vulnerabilidad. Es contagiosa, como ya hablamos el mes pasado. Abrirse a otras personas suele ser un catalizador y provoca que estas se sientan cómodas y se abran contigo. Y así es como se crean vínculos profundos. Después, la tarea número cuatro: hacer lo que te da miedo –hace una pausa dramática antes de seguir hablando–. A todos nos da miedo algo, ¿me equivoco? Hay una cosa que nos resulta terrorífica, que sabemos que deberíamos hacer, decir o intentar, porque es lo correcto, lo que tenemos que hacer, decir o intentar, ¿no? Puede que sea contraintuitivo, pero he descubierto que, a menudo, hacer lo que nos da miedo supone la mayor recompensa posible; es lo que nutre las relaciones con las personas que amamos... y nuestra relación con nosotros mismos. Además... –se queda callada; se ha dado cuenta de que estoy distraído–. ¿Clark?
Me cuesta infinito concentrarme porque, por algún motivo inexplicable, una de las leyes inquebrantables del código que estoy obligado a cumplir se acaba de romper, y no tengo ni la menor idea de cómo o por qué ha ocurrido.
Esto es lo que pasa, por si no está claro: estoy atrapado en un bucle temporal. Suena absurdo, lo sé, pero no sé cómo llamarlo si no. ¿Una paradoja temporal? ¿Un bucle causal? Hay un montón de nombres en internet para esto (y ninguno refleja de verdad lo espantoso que es).
Básicamente, se repite el mismo día. Sin parar. Posiblemente hasta el final de los tiempos, porque al parecer no hay nada que pueda hacer para detenerlo.
Una vez y otra y otra y otra.
Como ya he dicho, le he contado que estoy en un bucle temporal tres veces a la señora Hazel. Sin resultado. Y aunque encontrara a alguien que me creyera, daría igual porque lo olvidaría al día siguiente. Ese es el motivo principal por el que me siento solo. Por eso estoy deprimido. Por eso mi vida –si es que se la puede seguir llamando así– carece totalmente de sentido a estas alturas. Vale, la nueva tarea de la señora Hazel me ha dejado desconcertado (siendo suaves), pero por más que desee que sea una pista para escapar del bucle, ya me he desilusionado demasiadas veces como para picar de nuevo.
Aun así, admito que no le falta razón a la señora Hazel. Puede que sea cierto que la separación de mis padres y la mudanza de Sadie a Austin no hayan ayudado precisamente a mitigar mi sensación de soledad. Pero la vida sigue después del divorcio de tus padres y de que tu mejor amiga esté viviendo a tres estados de distancia.
No sigue cuando estás atrapado en un bucle temporal para el resto de la eternidad.
Me echo la mochila al hombro, me despido de la señora Hazel y cruzo las puertas de cristal de la consulta.
Si te gustan los cambios de estación como a mí, más vale que reces al dios en el que creas para no acabar nunca atrapado en un bucle temporal. Si te encantan los muñecos de nieve y el crujido de las hojas secas bajo los pies, salir de la consulta, en la que hay aire acondicionado, y soportar los mismos treinta y cinco grados de calor húmedo a diario de regreso a casa es lo puñetero peor. Como siempre, una manzana después, estoy empapado en sudor.
Cuando vuelves a vivir el mismo día una y otra vez empiezas a fijarte en los detalles cotidianos que, en circunstancias normales, te pasarían completamente desapercibidos. Como la pelea entre ardillas en la esquina de la calle Octava con la Norte; el yorkshire que me ladra tres veces desde la ventana de su casa, hace una pausa y suelta un cuarto ladrido; la rama de un viejo árbol que cruje con la brisa cuando pasas por debajo.
Vale, soy consciente de que los perritos adorables y los árboles que tiemblan con el viento son bonitos de por sí, pero ¿después de haber experimentado exactamente lo mismo de forma idéntica más de trescientas veces, como me ha pasado a mí? Pues ya no tanto. El día 309, en el que estoy ahora, la pelea de las ardillas, los cuatro ladridos del terrier y los crujidos del arce han perdido todo su encanto. Su previsibilidad está devorando mi cordura y me da pánico enfrentarme a cada uno de los momentos inevitables que me recuerdan que jamás llegará el mañana.
Podría cambiar de ruta de vez en cuando; lo sé.
Seguramente así evitaría un poco lo predecible que es el día. Ir a la izquierda por la calle Norte para evitar la pelea de las ardillas solo haría que perdiera un minuto en el trayecto (¿y qué más da un minuto en mi vida, en todo caso?), y cruzar el parque para evitar los ladridos del temible terrier compensaría las manchas de hierba temporales de los zapatos.
Pero, aunque no sepa la mitad de lo que me pasa, la señora Hazel no se equivocaba cuando dijo que mi zona de confort se había vuelto cada vez más pequeña, y se ha reducido todavía más desde que me quedé atrapado en el 19 de septiembre. Por mucho que odie la inevitabilidad cotidiana, me abruma la idea de hacer algo nuevo.
Sé que esto no tendrá mucho sentido para alguien que nunca haya estado atrapado en un bucle temporal. Al fin y al cabo, estoy metido en una burbuja donde no hay ningún riesgo ni consecuencias duraderas. ¿De qué tener miedo? Me encantaría que funcionara así, pero aún me cuesta olvidar las cosas terribles que presencié los primeros días, cuando me aparté de la ruta.
Como el accidente de coche que vi en directo en el viaje improvisado a Wisconsin o los cachorros aterrorizados del refugio de Rosedore, donde me acerqué por impulso. Y aquel anciano, solo, sentado en un banco del parque, al que se le caían las lágrimas por las mejillas sin emitir un sonido. Detesto pensar que está ahí todos y cada uno de mis días, reviviendo todo el dolor que le hacía llorar, igual que los perritos enjaulados seguirán estándolo siempre y los pasajeros del coche siempre chocarán. Puede que, de estar en mi situación, la gente deseara vivir aventuras al margen de lo conocido, pero yo lo único que veo es la posibilidad de que se me graben en la mente más desgracias del día de hoy.
Así que sigo el mismo camino que me lleva hasta la puerta del nuevo –pero viejo– apartamento de mamá. Como siempre, apesta a pizza y cigarrillos rancios (gracias, antiguos inquilinos).
En la televisión sale la jueza Judy gritándole a un tipo por no haber pagado las multas de aparcamiento.
Todas nuestras paredes de color beis están desnudas y se ve la pintura desconchada. Hay cajas de cartón medio vacías esparcidas sobre la alfombra verde menta, que, según dice mamá, tiene más años que ella. Dentro siguen los trastos a los que no les hemos encontrado sitio. Por ejemplo, están los viejos trajes de gimnasia rítmica de mi hermana pequeña Blair, que todo lo que tocan lo llenan de purpurina dorada, y la bolsa gigante llena de clips que mamá se niega a tirar, aunque jamás los vaya a usar para nada.
Mi portátil está también en una caja, inutilizable. Tiene la pantalla totalmente agrietada porque se guardó por error en una caja que no tenía la etiqueta de «frágil». ¿Sabéis qué es peor que romper tu portátil? Romperlo justo antes de quedarte atrapado en un bucle temporal, de forma que te toca usar la antigualla de tu madre por toda la eternidad. Ya, podría arreglarlo; de hecho, lo hice alguna vez los primeros días. Pero no es rápido y es una pesadez tener que repetirlo al día siguiente.
Hace un par de semanas dejamos a papá y nuestra casa de verdad y nos vinimos a este apartamento con un contrato de alquiler mensual que dudo que sea muy legal. Yo creía que tenía más sentido que nosotros nos quedáramos en casa con papá, teniendo en cuenta que era mamá la que quería el divorcio, pero con un horario de trabajo de sesenta horas a la semana era muy difícil que pudiéramos vivir con él nosotros solos. Así que aquí estamos.
Cuando hicimos las maletas, mamá nos prometió que encontraría un sitio más grande, más bonito y para siempre a finales de año. Nos aseguró que pondríamos el árbol de Navidad en una casa con jardín y más de un baño. Blair fue muy generosa cuando le indicó que estaba siendo muy optimista.
Yo creo que la palabra era «ingenua».
–¿Clark? –oigo la voz de mamá desde la cocina.
–Ey –dejo la mochila en el sofá antes de agarrar el mando a distancia y bajar el volumen de la jueza Judy a la mitad.
–¡Llegas justo a tiempo! –exclama–. ¡Tenemos...!
–Pizza.
–¿Uh?
–Nada.
–¿De qué es la pizza, mamá? –grita Blair desde su habitación, al final del pasillo–. Por favor, no me digas que piña otra vez, porque vomito...
–Para mí, champiñón y jamón; para ti, pepperoni y salchicha –le respondo mientras me quito los zapatos–. Mamá nos robará un par de porciones a cada uno, pero les quitará los ingredientes porque desde esta misma mañana ha decidido evitar comer carne.
Mamá se inclina de un lado para mirarme a través de la puerta de la cocina; su larga melena oscura cae hacia las baldosas rosas.
–¿Cuándo te he dicho que iba a dejar de comer carne? –me encojo de hombros y ella me mira con suspicacia antes de enderezarse, seguramente sin saber qué pensar de mis supuestas dotes adivinatorias–. Lávate las manos antes de comer, ¿vale?
Voy esquivando las cajas de libros y viejos álbumes de fotos, giro a la derecha en el diminuto pasillo del piso y luego a la izquierda al baño todavía más diminuto. Cierro la puerta y me miro en el espejo del lavabo, preparándome mentalmente para enfrentarme a las mismas preguntas de mamá, que he respondido cientos de veces. («¿Qué tal te ha ido en clase?» es infinitamente más pesado cuando estás atrapado en un bucle temporal). Tomo aire despacio, profundamente, y veo cómo mi pecho se ensancha en el reflejo.
¿Sabéis qué es raro, algo para lo que nadie te puede preparar si te quedas encerrado en un bucle temporal? Lo surrealista que es que no cambie tu cuerpo.
Durante el verano di un estirón y llegué al metro ochenta (metro ochenta y cinco, si contamos los rizos rebeldes que salen disparados de mi cabeza). Pero, como confirma el reflejo de mi Yo de Diecisiete Eternos Años del espejo, en un bucle temporal la biología normal deja de funcionar, así que seguramente jamás vea cómo se me ensancha la mandíbula de mi rostro delgado y la pelusilla incipiente de la barbilla no se convertirá en una barba auténtica como la de papá (aunque lleve sin afeitarme durante lo que parece un año). Aunque me molaría conservar ciertas cosas eternamente, como los profundos hoyuelos que me salen en las mejillas cuando sonrío o mis ojos azules brillantes, que, según Sadie, «combinan de maravilla con la piel aceitunada» como la mía.
Pero me gustaría ver cómo sería mi Yo de Dieciocho Años a estas alturas.
No me lavo las manos –ya, sé que es una guarrada, pero creedme: matar los gérmenes se vuelve muy poco relevante en un bucle temporal– y regreso al comedor.
–¿Qué tal te ha ido en clase? –pregunta mamá justo cuando tomo asiento frente a las dos.
–Bien –pongo de mala gana una porción de pizza en el plato de papel.
(Sí: me harté de la pizza con jamón y champiñones más o menos el día 10.)
–¿Y a ti? –mira a Blair, que se ríe y la ignora. No ha oído la pregunta porque está pendiente del vídeo que reproduce el móvil–. He dicho –repite mamá– qué tal te ha ido hoy, Blair.
Nada.
–¿Qué estás viendo, a ver? –le pregunta mamá.
Derek Dopamine.
–Derek Dopamine –responde Blair con una risita.
Mamá pone los ojos en blanco.
–¿No te dije que dejaras de ver eso? Sus vídeos entontecen. Apágalo.
–Entontecer no existe, mamá –repone Blair.
–Que lo apagues.
Blair tira el móvil en la silla vacía de al lado.
–¿Ya sabes cuánta gente viene definitivamente a tu fiesta de cumpleaños mañana? –pregunta mamá.
Blair, cuyas pecas son casi del mismo color que la salsa de tomate que tiene en los labios, tarda unos instantes en tragar y contestar.
–Quince.
Va a ser toda una fiesta.
–Va a ser toda una fiesta –dice mamá.
A estas alturas, las frases de mamá y Blair se repiten en mi cerebro como si estuviera viendo el mismo episodio de una serie. Van 309 veces.
Mamá corta servilletas del rollo de papel y nos las entrega.
–Sé que no os gusta mucho este edificio, pero...
–El eufemismo del año –la interrumpe Blair con una sonrisilla.
–... pero –insiste ella– no vamos a estar aquí mucho tiempo, así que no sería mala idea aprovechar la piscina mientras hace calor, ¿no te parece? –mira a Blair, que le devuelve la sonrisa con poco entusiasmo, y después a mí, que no le devuelvo nada.
Mamá y yo no estamos demasiado de buenas ahora mismo. Lo lógico sería pensar que a estas alturas yo ya no estoy resentido con ella, 309 días después, pero supongo que no es tan sencillo controlar las emociones. Todas las mañanas me despierto en esta caja de zapatos y recuerdo que es culpa suya: nos trajo aquí porque ella quería el divorcio. Ella abandonó a papá.
Mamá, flamante en su camiseta morada de tirantes, se aclara la garganta y cambia de tema, sabiendo tan bien como yo que no vamos a resolver esto durante la cena ni aunque la tengamos cientos de veces, cosa que ella no sabe.
–¿Qué vas a hornear para la fiesta? –me pregunta, en cambio.
Blair, que odia la tarta –especialmente las de cumpleaños– se anima.
–Sí, ¿qué vas a preparar para mí y mis amigos?
Me quedo pensativo. ¿Qué he decidido hacer el día 309? Normalmente lo planifico en clase, cuando me distraigo, y mientras regreso de la consulta. Pero el cambio de los deberes que me manda siempre la señora Hazel me ha desorientado tanto que apenas he pensado en qué hornear el día 309.
Hornear dulces para la fiesta es de las pocas cosas que disfruto ahora mismo, porque puedo hacer algo distinto cada noche después de la pizza. Es lo único que me ayuda a no perder el contacto con la realidad. Bueno, eso y mantener la cuenta obsesivamente del número de días que llevo atrapado. Llevar la cuenta consuela un poco a mi yo obsesivo y ansioso: me da la sensación de que tengo el control, aunque sepa que es mentira.
He preparado todos los tipos de galletas, brownies, pasteles y dónuts que os podáis imaginar, lo juro. Sea lo que sea, lo he mezclado, amasado, glaseado y traído a la vida. Vale, jamás veré a los amigos de Blair comerse mis dulces de cumpleaños. Es un fastidio que he tenido que asumir, pero a veces, soñando despierto, me imagino que existen todos los días siguientes en cientos de universos paralelos en los que hay un grupito de estudiantes de secundaria saboreando mis dulces, todos ellos (salvo el del día del fracaso estrepitoso en que hice galletas de avena con pasas: es imposible que nadie disfrute de ellas en ese 20 de septiembre, exista o no).
Quién sabe. Tal vez no sea tan descabellado; puede que Blair y sus amigos estén disfrutando de mis habilidades culinarias en algún lugar del abismo infinito. Especialmente de las galletas de mantequilla con vainilla que hice un día al principio.
Ah, cierto.
–Galletas de mantequilla con glaseado amarillo –respondo, recordando que es lo que decidí durante la tercera clase.
Blair se lame los labios.
–¿Harás más de las que crees que son suficientes? Mis amigos vendrán con hambre, y si sobran no pasa nada.
Siempre me lo pregunta. Y siempre le digo que sí.
–Claro.
Intercambiamos sonrisas rápidas y sutiles, como todos los días. Puede que tenga el ánimo por debajo del nivel del mar ahora mismo, pero este sigue siendo uno de los pocos buenos momentos del día.
Aunque parezca insignificante, intento estar ahí y apoyar a Blair. Es una plasta, desde luego –y más todavía desde el divorcio y la mudanza–, pero sé que está igual de dolida que yo por la separación de papá y mamá.
Solo que ella lo manifiesta de otra forma: en lugar de guardar rencor como yo, ella se comporta como una cría. Puedo hacer de hermano mayor y soportarlo (la mayor parte de los días). Por eso, sacarle una sonrisa auténtica es una gran victoria para mí.
–¿Puedo ayudarte a prepararlo? –me pregunta mamá con tono dubitativo–. Últimamente hemos pasado poco tiempo juntos. Me encantaría echarte una mano...
Igual que Blair siempre pregunta si puedo hornear una cantidad enorme de dulces para su fiesta, mamá siempre se ofrece a ayudarme. Sin embargo, a Blair le digo que sí y a mamá la rechazo.
–No hace falta –respondo–. Gracias.
Mamá intenta disimular la decepción con una sonrisa, pero no lo consigue del todo.
Nos quedamos callados. Solo se oye el veredicto de la jueza Judy en la tele del cuarto de al lado y el burbujeo de la superficie del vaso de Coca-Cola de Blair.
Después de responder a las preguntas de mamá sobre mi sesión y de que le confirme que Oreo, el gato de la señora Hazel, se encuentra mejor, me pongo a recoger las servilletas sucias y los platos y clavo los clavos en el ataúd de la cena para enterrarla definitivamente. Blair va al cuarto de estar y se hace un ovillo en el sofá para ver a escondidas a su vlogger favorito (que nuestros padres detestan), pero mamá permanece en la cocina conmigo, callada como siempre. Se queda mirando cómo saco la mantequilla y el azúcar glas, deseando con desesperación que esto se convierta en una conversación profunda entre madre e hijo.
Sé lo que me va a preguntar.
¿Estás bien, Clark? No ha pasado una sola cena de todo el bucle que no concluyera con eso. Mi respuesta, por supuesto, es no. No estoy bien. Ni de lejos. Pero ¿de qué serviría decírselo? ¿Para qué le voy a confesar que me siento solo, que no puedo llegar al día de mañana y que me asfixio en la rutina de esta nueva normalidad inescapable e infinita? Si le digo la verdad, nos aguaría la noche a los dos y no cambiaría absolutamente nada en el día 310.
Mamá da un paso al frente, dispuesta a plantear su pregunta, así que la interrumpo.
–¿Te importaría dejarme solo en la cocina? –le pido. Cierra la boca en seco–. Lo siento –continúo–. Es que esto es muy estrecho y necesito toda la encimera para la receta.
Asiente con un asomo de sonrisa reluctante y desaparece.
Enciendo el horno para precalentarlo, saco todos los ingredientes e intento ponerme manos a la obra. Pero me cuesta más de lo normal.
¿Y si la sorprendente variación de deberes de la señora Hazel sirviera de algo en mi situación? Hacer un nuevo amigo. Ayudar a alguien. Mostrarse vulnerable. Hacer algo que te da miedo. Son consejos que parecen simples y estoy convencido de que podrían beneficiar a los privilegiados pacientes solitarios que viven en un continuo espacio-temporal normal y lineal. Pero si me han enseñado algo 309 días consecutivos es que, sea cual sea el mundo en el que me encuentro, dista mucho de lo normal.
¿Por qué motivo la tarea en cuatro partes de la señora Hazel cambiaría el día 310?
Odio mi mesilla blanca de madera.
Y no hay ningún motivo lógico, la verdad: es un mueble normal que no merece mi odio, pero es lo primero que veo cada mañana cuando suena la alarma del móvil a las 7:15 y abro los ojos, así que se lo lleva la mesilla.
La mayor parte de la gente no recuerda qué es lo primero que ve cuando se despierta por la mañana. Quizás sea el ventilador del techo. O la pared blanca.
A lo mejor, si duermes boca abajo como Sadie, te despiertas contra un montón de almohadas con los ojos llenos de algodón. ¿Por qué ibas a recordar algo así? Sin embargo, cuando estás atrapado en un bucle temporal y todos los días te despiertas con lo mismo..., lo recuerdas. No puedes no recordarlo. Lo primero que ves te atosiga en sueños y te confirma de inmediato que no se ha roto el hechizo y que vas a perder otro miserable día. Gracias por joderme la vida, mesilla blanca de madera.
Me giro de espaldas, apago la alarma y suelto un bostezo involuntario.
Otro 19 de septiembre. Día 310.
Otra vez.
Además de hacer repostería después de cenar, el momento menos terrible es el rato antes de ir a clase. Mamá ya se ha marchado para llevar a Blair temprano a un proyecto voluntario de pintar las taquillas viejas del instituto.
Este es el momento más largo de mi lunes en que puedo estar completamente solo. No es más que media hora, pero algo es algo. Puedo desayunar lo que me apetezca (hoy, galletas de las Girl Scouts), pasearme en ropa interior (algo que nunca haría en circunstancias normales, sabiendo que cabe la posibilidad de que mamá regrese en cualquier momento) y poner música a todo trapo o el programa que me apetezca oír (ahora mismo, un episodio de un podcast sobre ovnis).
Apuesto a que sé lo que estáis pensando. ¿Para qué voy a clase? ¿Para qué hago algo que no me apetece si no va a haber consecuencias al día siguiente? Mientras Blair está en clase y mamá trabaja en el banco, podría bailar en calzoncillos mientras zampo galletas de menta con chocolate y evito eternamente las responsabilidades.
Voy a explicar cómo funciona quedarse atrapado en un bucle temporal.
Del primer al décimo día estás horrorizado por lo que está pasando, convencido de que estás muerto, en coma, atrapado en una simulación que salió mal, en el purgatorio o en una extraña combinación de todas las anteriores. Después, cuando se te va pasando el terror inicial, entras en una fase de luna de miel. Es cuando faltas a clase, comes toda la comida basura que te apetece y te sientes libre para decirle lo que te da la gana a cualquiera, sabiendo que nada tendrá importancia. Si eres muy valiente (no como yo), tal vez te pongas a hablar con la persona que te gusta cuando jamás te habías atrevido a hacerlo, correrías las cincuenta yardas durante el partido de tu instituto o te pondrías a bailar detrás del meteorólogo mientras da el parte del tiempo. (Me imagino a Sadie haciendo todo eso, incluso sin estar en un bucle temporal). Tal vez salgas derecho al aeropuerto y cumplas tu sueño de hacer el viaje más loco y salvaje de tu vida, porque ahorrar no importa nada, aunque solo dispondrías de unas horas hasta que regreses de nuevo a tu cama.
Mi fase de luna de miel fue corta –y bastante sosa en comparación con lo que haría la mayoría de la gente si viviera en un mundo donde nada tiene consecuencias–, pero, aun así, fue liberadora. Fui a pastelerías lujosas a las que nunca iba en una situación normal –porque una magdalena no debería costar ocho dólares– y también pasé otro día vagando por la zona prohibida de los jardines botánicos donde fui con Sadie en noveno curso, sacándome selfis con las plantas más raras que vi. Ojalá mi zona de confort siguiera siendo tan grande como entonces...
Pero creedme: la luna de miel se acaba. Las ventajas se desvanecerán y aparecerá la realidad de que ya está, que esto es... todo. El día de hoy es toda tu vida ahora. Te cansarás de faltar a la clase, de la sed insaciable de viajar y de la comida basura, te lo prometo.
Más o menos el día 50 será cuando aparezca el pánico.
Empezarás a buscar respuestas con desesperación (y hablo de buscar de verdad). El historial de tu navegador acabará lleno de páginas raras como LaVerdadEstáAhíFuera.com. Y tus búsquedas harían que tus seres queridos se preocuparan por tu cordura: cómo escapar de un bucle temporal; ¿son científicamente posibles los bucles temporales?; efectos secundarios extremos de un fuerte déjà vu; ¿estoy loco o de verdad estoy repitiendo el mismo día una y otra vez? No controlo de ningún tema, pero durante esa fase me lo empollé absolutamente todo y me hice un experto en bucles temporales.
Bueno, he aquí la noticia: entre las pelis de ciencia ficción, las investigaciones serias de física cuántica y un millón de blogueros con demasiado tiempo libre, seguramente pensaréis que hay infinitas teorías por ahí.
También podréis adivinar que la mayoría son...
... una puta mierda. En serio. Hablamos de chorradas que se inventan tipos de cuarenta años sin vida propia que teclean desde el sótano de la casa de sus padres.
Lo triste es que incluso las pocas teorías que tienen cierta base científica tampoco me han llevado a ninguna parte cuando he intentado ponerlas en práctica.
Y lo más triste es que también recurrí a las teorías absurdas y obviamente falsas. Porque, como se suele decir, las situaciones desesperadas requieren medidas desesperadas.
Y, definitivamente, yo estaba desesperado.
Un día me puse a aullar a la luna desde la azotea del apartamento de mamá justo cuando se puso el sol porque una bloguera de Noruega comentó que le había funcionado esa táctica. En mi caso, solo provocó que un vecino me gritara: «¡Cállate de una puñetera vez, chaval!». Otro día estuve sin comer hasta las 11:11 de la mañana y después me tragué una taza entera de semillas de amapola porque un tipo de Minnesota juraba que así consiguió que llegara el día de mañana. (Luego vomité en el cuarto de estar).
Y alrededor del día noventa tuve el intento de escapar más patético de todos, el que seguramente se lleve la palma: conduje hacia el sur por los maizales del centro de Illinois, hasta que encontré un caballo y le reté a un duelo de miradas porque un «experto en la curvatura temporal» –spoiler: no lo era– respondió a mi correo electrónico y me aconsejó hacer eso.
Me hubiera encantado hablar directamente con alguien que sepa lo que estoy pasando, personas que, en algún momento, se quedaron atrapadas en un día, como la bloguera noruega y el tipo de las semillas de amapola.
Pero esos dos nunca me contestaron, ni tampoco otros cinco a los que escribí. Dos supuestos colegas de bucle no hablaban inglés y el sentido se perdía mucho en la traducción (ya es bastante difícil explicar mi situación a alguien que entienda mi idioma... ¿Podéis imaginarme a mí, Clark Huckleton, monolingüe de diecisiete años de Rosedore, Illinois, intentando hacerme entender con una abuela de setenta y dos años de Tokio?)
El único que me respondió en inglés me dijo que había subido el post sobre su experiencia de revivir el mismo día estando, cito literalmente, «borracho como una cuba» después de que los Patriots perdieran la Super Bowl. Luego se dedicó a cotillear en mi perfil y, al ver una foto de mi madre en bañador de unas vacaciones de hace tres años en Ohio, me preguntó si estaba soltera.
Ni un solo intento de entrar en contacto con alguien que dijera que había pasado por lo mismo que yo me llevó a ninguna parte.
Así que mi desesperación acabó convirtiéndose en apatía. Alrededor del día 150 decidí rendirme, ya que mi pavor existencial había pasado de estar por las nubes a agotarse por completo. Me di cuenta de que las cosas malas que veía en mis días idénticos –el accidente de coche, los cachorritos abandonados en el refugio, el hombre que lloraba en el banco del parque– ocupaban mucho más espacio mental en mis recuerdos que las cosas divertidas que hice durante mi fase de luna de miel. No quería recordar todo eso; ya había tenido bastante. ¿Y entonces, qué? Esa es la fase del bucle temporal en que te conviertes en la cáscara vacía de la persona que eras. Para mí, eso significaba volver a la rutina dolorosamente monótona –pero segura y predecible– de ir a clase, ir al psicólogo, cenar pizza y hacer dulces de cumpleaños hasta las 23:16, todas las noches.
Sí, las 23:16. El minuto más odioso de la noche.
Ese es exactamente el momento en que acaba mi día de hoy, siempre. No a medianoche, como sería lo esperable. Ni a las 7:15 del 20 de septiembre, con lo cual tendría veinticuatro horas. No, esas dos posibilidades serían al menos ligeramente lógicas.
Por alguna razón inexplicable, el bucle temporal me lleva de regreso a las 7:15 de la mañana justo cuando el reloj da las 23:16. Da lo mismo si estoy totalmente despierto y montado en una montaña rusa o en mitad del sueño del ciclo REM; en cuanto las once y cuarto pasan a ser y dieciséis, ¡bum!: me encuentro mirando la mesilla blanca de madera. No he visto un reloj que marcara las 23:16 desde hace mucho tiempo.
Así que esa es la situación en la que me encuentro, y mi existencia entera se ha reducido a repetir las mismas dieciséis horas y un minuto de un lunes sofocante de mediados de septiembre en los aburridos suburbios de Chicago.
¿Qué, estáis celosos? (Ya, ya me suponía que no).
Me como una galleta de las Girl Scouts mientras miro el móvil y me doy cuenta de que voy a llegar tarde. No es que vaya a suponer ninguna diferencia a largo plazo, pero no estoy de humor para aguantar la bronca por ser impuntual a primera hora. Así que me pongo una camisa y unos pantalones cortos, me peino el pelo de Albert Einstein hasta que está medianamente aceptable, agarro la mochila y salgo del apartamento.
Igual que sucede en el camino desde la consulta de la señora Hazel hasta casa, el kilómetro que tengo hasta el instituto está sembrado de elementos tortuosamente predecibles: el conductor del autobús escolar al que le encanta oír el ruido de su bocina, el padre estresado que derrama todos los cafés que lleva en el portavasos de cartón mientras entra en su coche, el bienintencionado guardia de tráfico que se confunde y me saluda con un «buenos días, Clay» mientras cruzo la calle. Sin embargo, el paseo matutino tiene dos ventajas frente al de la tarde desde la consulta: una, que aún no hace casi cuarenta grados, y dos, que puedo hablar con Sadie por FaceTime.
–Hola, guapo –me saluda, como todos los días de hoy, en cuanto su cara redonda ilumina la pantalla de mi móvil–. Buenos días.
Sadie tiene el pelo rubio con mechas azul turquesa, los ojos grises oscuros y una sonrisa eterna. Va de camino a clase, donde se divertirá con sus maravillosos nuevos amigos del Club de Podcast. Aunque Sadie se haya mudado a Texas más o menos hace cinco segundos, ya tiene más amigos en Austin que los que tengo yo en todo Illinois después de haber vivido aquí toda mi vida. Sinceramente, no me sorprendería que la coronaran reina del baile del instituto en primavera. (Me da rabia que jamás me enteraré si pasa... o tal vez haya sucedido ya).
Echo tanto de menos a Sadie que me entran ganas de llorar. Y algunas veces, como el día 306, es justo eso lo que hago.
–¿Crees que podría aprender a hacer amigos? –le suelto, directo al grano.
Sadie se ríe y frunce las cejas mientras mira a ambos lados en un cruce.
–¿Y eso a qué viene?
Esta mañana, al recordar todos mis fracasos al intentar encontrar gente que se ha quedado atrapada en un bucle temporal –y el sentimiento de soledad que me invadió después de cada uno de ellos–, recuerdo el cambio de deberes de la señora Hazel. El primer consejo de su reto dividido en cuatro partes se me ha quedado especialmente grabado.
–Ayer la señora Hazel me llamó marginado y dijo que necesitaba hacer amigos.
Pone los ojos en blanco.
–Apuesto a que no te llamó marginado.
–Vale, no usaría justo esa palabra, pero iba por ahí.
–¿Qué hacías ayer con ella? –pregunta mientras se mete una pajita entre los labios–. No tienes psicólogo los domingos.
Ah, claro.
–Fue por correo electrónico.
Intento no mentir demasiado por si la ética estuviera remotamente relacionada con la posibilidad de escapar del bucle hoy, pero una mentirijilla piadosa no hace daño a nadie, ¿no?
–Hablando de ayer –a Sadie se le ilumina la cara–, ¿y bien? ¿Qué tal?
Me quedo mirando fijamente la pantalla.
–¡El concierto! –exclama.
–Oh –digo, recordando–. Claro.
Me estoy comiendo la cabeza de verdad con esta variante.
–Escribí a Truman esta mañana y parece que te lo pasaste bien, señor Intolerante al Alcohol –sonríe–. ¡Estoy celosa! Cuéntamelo todo.
Lo encuentro difícil porque cada vez me cuesta más recordar lo que pasó el auténtico día de ayer. Bebí demasiado en la parte trasera de la furgoneta del padre de Truman antes del concierto de The Wrinkles, eso seguro (sobre todo porque Sadie siempre me llama Intolerante al Alcohol durante nuestros FaceTimes matutinos). El resto de la noche está confuso, pero por la tarde a primera hora mamá me pidió que me sentara para explicarme que ella era quien quería el divorcio sin darme ningún motivo coherente, lo que desencadenó una fortísima discusión que jamás solucionamos. Irónicamente, esa es la única conversación que tengo grabada a fuego de todo ese domingo, aunque sea precisamente la que preferiría olvidar.
A ver, una cosa es querer el divorcio cuando hay una razón justificada, pero ¿quién decide romper su familia de la noche a la mañana sin motivo? En todo caso, Sadie no está interesada ahora mismo en mis dramas familiares.
–El concierto estuvo guay, pero respóndeme –en esta ocasión ni siquiera finjo interés en contarle todo lo que pasó–. ¿Lo crees o no?
Sadie se queda perpleja.
–¿Que si creo... qué?
–¿Crees que necesito hacer más amigos?
Se encoge de hombros y da un sorbo por la pajita.
–A ver, no sé. Ya tienes amigos. No dejes que la señora Hazel te coma la cabeza.
–¿No es ese el objetivo? –la interrumpo–. ¿Mi psicóloga no debería comerme la cabeza?
Sadie ignora ese detalle.
–¿Y Truman y todos los demás con los que fuiste ayer al concierto? Son tus amigos.
–Son tus amigos –la corrijo–. Yo solo me acoplé para ir al concierto con ellos.
–Qué susceptible eres. Además –continúa ella–, todos deberíamos estar abiertos a hacer más amigos.
–Algo que tú ya has hecho en Austin.
Se me queda mirando.
–¿Y ese tono?
Mierda.
–No iba de malas –le digo–. Perdona.
Se queda callada un instante.
–Oye, aquí los amigos no crecen en la copa de los árboles, Clark.
–Ya lo sé.
–Este instituto es el doble de grande que el de Rosedore. Al principio fue angustioso.
–Seguro.
–Y me ha costado encontrar un grupo donde encaje.
Intento no poner los ojos en blanco (porque está claro que no le ha costado nada). No quiero amargar nuestro rato por FaceTime.
–No me hagas ni caso –le digo–. La señora Hazel me ha dejado rallado con sus deberes de «hacer un amigo». Ya sabes lo nervioso que me pongo delante de los desconocidos. Si buscas «introvertido» en el diccionario, sale ahí mi horrorosa foto de primero.
Sadie esboza una sonrisa.
–Cómo olvidar esa foto... Te pilló justo a punto de estornudar.
–En serio –pillo carrerilla al darme cuenta de que se le está pasando el enfado–, soy la encarnación humana del diagrama de Venn; soy la zona sombreada que cruza los conjuntos «funciones corporales en el momento más inoportuno» y «silencios incómodos delante de la gente nueva»...
–Vale, vale, para de autocompadecerte –ensancha la sonrisa–. Puedes hacer amigos. La prueba es que te lo dice tu mejor amiga. ¿Qué más da que no seas el alma de la fiesta? –sube los hombros–. ¿Recuerdas la promesa que hicimos la noche antes de que me mudara a Austin?
Me quedo pensativo.
–Venga ya... –se ríe–. Estábamos en el mismo sitio donde decidimos hacernos amigos cuando estábamos en el colegio, en los columpios de...
–... el parque Rosedore City –termino su frase, recordando–. Claro que me acuerdo. Prometimos que lo pasaríamos genial el último curso, aunque no estuviéramos juntos.
–Exacto –sentencia Sadie–. Por lo menos inténtalo, ¿vale?
Asiento mientras clavo la vista en la acera, furioso porque el bucle temporal hace imposible que cumpla la promesa.
–Oye –murmura, sacándome de mi ensimismamiento–. Aunque no hagas ningún nuevo amigo este año, me tienes a mí. Volveré en Navidad y nos veremos.
–Cuando dices «nos veremos», espero que signifique «no nos separaremos ni un solo segundo mientras esté en Illinois», ¿no?
–Justo.
Pero soy consciente de la realidad, claro. Para mí nunca será Navidad y de ahora en adelante lo único que veré de Sadie será su cara en la pantalla del móvil.
Pero a veces me siento mejor fingiendo que albergo esperanzas, aunque sea durante una fracción de segundo.
–Me tengo que ir corriendo al Club de Podcast antes de que empiece la clase –dice ella–. ¡Pero hoy me tienes que contar todo lo que pasó en el concierto! Ah, y mucha suerte con la receta para el cumpleaños de Blair. ¿Qué has decidido hacer?
Me quedo pensando.
–Pues... ¿Churros al horno?
–Guau –los ojos de Sadie duplican su tamaño–. ¿Churros? Eres todo un profesional, ¿eh?
A estas alturas –día 310– quedan muy lejos las tardes de hornear simples galletas con chispas de chocolate. Tengo que salirme de lo básico o me arriesgo a que se me pudra la cabeza completamente.
–Te mandaré foto cuando acabe esta noche.
–Mmm, estoy deseándolo –me guiña el ojo–. Trato hecho.
Cuelgo y reflexiono sobre nuestra conversación mientras subo los escalones de hormigón del instituto.
Valoro la amistad de Sadie más de lo que soy capaz de expresar con palabras, claro, y agradezco de verdad que me haya animado cuando le he contado lo que me dijo la señora Hazel. Lo que pasa es que cuesta mucho oír consejos de tu extrovertida amiga, que es la reina de la fiesta, cuando eres un introvertido ansioso como yo.
A partir de ahí, el día 310 se me hace aún más tortuoso de lo normal mientras cada ficha de dominó cae de la forma más predecible y molesta. A segunda hora, Sara Marino argumenta que convertir el día de Colón en el día de los Pueblos Nativos es un ataque contra su herencia italiana, una postura que me sienta peor de lo habitual (y lo digo yo, que tengo origen siciliano). Greg Shumaker se tropieza durante el almuerzo y se pringa de batido de chocolate la camisa y, por gracioso que fuera en tiempos ver a un completo imbécil quedar en ridículo, el día 30 dejó de tener interés. A última hora estoy en modo zombi, flotando por los pasillos con los ojos vidriosos y sumido en una indiferencia absoluta.
Ya ha sonado el timbre cuando entra corriendo en el aula mi compañero Thom y se derrumba en el asiento de al lado del mío, en última fila.
–¿Crees que se ha dado cuenta el señor Zebb? –musita.
Niego con la cabeza antes de que acabe la frase.
–No te preocupes.
Los nervios de la cara pecosa de Thom se desvanecen de inmediato, como pasa siempre.
–Menos mal –resopla, rascándose aliviado el pelo pelirrojo–. Odio la trigonometría, pero si llego tarde otra vez estoy...
–¿Jodido?
–Justo.
Thom no es mal tipo, pero cuando éramos pequeños era el típico niño que atormentaba a las niñas que le gustaban –en cuarto empujó a Sadie en las barras de los columpios, provocando muchas lágrimas y tiritas ensangrentadas– y todavía no se lo he perdonado, no puedo mentir.
–¿Quién ha odiado los deberes? –pregunta el profesor Zebb, vestido con un polo rojo apretado y sentado en un taburete diminuto para su trasero que no podría parecer más incómodo–. Que no os dé vergüenza: sé que los cosenos no son para todos los paladares.
Tras la inevitable mención a los cosenos, desconecto otra vez.
Primero me pongo a pensar en los churros al horno que puede que haga para el cumpleaños de Blair (creo que mamá no tiene todos los ingredientes en la despensa, así que seguramente me toque ir al supermercado después de la pizza).
Después me quedo pensando en Sadie y su Club de Podcast, que tiene pinta de molar. Ojalá tuviéramos uno en Rosedore, en serio. Si me atreviera a hablar en público, apuesto a que no sería el peor locutor del mundo hablando de repostería...
–Oh.
La voz sorprendida del profesor Zebb me devuelve a la clase de matemáticas.
¿Oh? La palabra rebota haciendo carambolas contra mi cerebro. Porque Zebb nunca murmura un «oh» de sorpresa a esta hora. Levanto la vista.
