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¿Qué harías si, de repente, el día más maravilloso de tu vida se convirtiera en un infierno? Eso es lo que le pasa a Blaine cuando su novio perfecto corta con él en plena cena de aniversario, porque Blaine no es un Chico Serio. Pero Blaine tiene un plan: dejar de pintar murales en las paredes, cambiar de vestuario, ponerse las pilas... y presentarse a presidente de su curso. Aunque, tal vez, el intento de convertirse en un Chico Serio lo meta en líos aún más serios...
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Seitenzahl: 402
Veröffentlichungsjahr: 2024
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CAPÍTULO 1
Es oficialmente imposible que pueda existir un viernes más perfecto que este.
Ya han comenzado las vacaciones de primavera. El mural que tengo delante se está convirtiendo en una de mis creaciones favoritas de todos los tiempos. Y, dentro de solo unas horas, estaré disfrutando de la cita más mágica de mi vida. ¿Puede haber un día mejor?
En mis dieciséis años de existencia he aprendido que los días como hoy son una anomalía. Este se quedará para siempre en mi memoria, estoy seguro. La única forma de explicar un día como este es que el universo me esté sirviendo una bandeja repleta del buen karma que acumulé en una vida anterior.
Estoy dando las gracias a dicho universo representándolo en la fachada de la Papelería de Susan, y tengo que decir que me está quedando de maravilla. Todavía voy por la mitad del mural, más o menos, pero la verdad es que el resultado es mucho mejor de lo que esperaba. Un Saturno rosa chicle con anillos de un azul turquesa, flotando en un espacio de color cobalto: el chute de energía perfecto para un barrio tan soso como el que alberga la Papelería de Susan.
La señora Ritewood (la dueña de la tienda) me ha dado control creativo total para alegrar su fachada entre beis y grisácea, que lleva décadas pidiendo a gritos «un buen lavado de cara» (sus palabras, no las mías, aunque estoy totalmente de acuerdo). Lo más probable es que las ordenanzas municipales dicten que hay que demoler la fachada para reconstruirla desde cero, pero, dadas las limitaciones de presupuesto, la mejor alternativa es contratar a un estudiante de instituto con una gran imaginación y una selección de pinturas todavía más grande.
–¡Blaine! –exclama la señora Ritewood, y casi se me cae la brocha del susto.
Miro de reojo cómo sale de su tienda a saltitos y se detiene en mitad de la acera para contemplar mis progresos. Después de unos buenos cinco segundos de contemplación, suspira:
–Está quedando de maravilla.
Aliviado, retrocedo unos pasos y trato de verlo a través de sus ojos.
–¿Usted cree?
La alegre dueña de la tienda, de apenas un metro cincuenta de altura, se sitúa junto a mí con los ojos muy abiertos y los brazos cruzados.
–Los colores son espectaculares, Blaine.
–¿Sí?
Asiente con entusiasmo, sin que se despeine ni un pelo de su melenita cobriza y cubierta de laca.
–Esos anillos son hipnóticos.
–Es mi parte favorita, sí.
–Y... Un momento. ¿Se supone que Saturno...? –se inclina hacia delante para mirar al planeta humanizado, con sus ojos de color esmeralda, su nariz chata y sus hoyuelos extragrandes–. ¿Se supone que Saturno soy... yo?
Gira la cabeza para esperar mi respuesta.
Me muerdo el labio inferior, nervioso ahora que ha salido a la luz la gran revelación.
–Sí.
–¡Ah! –La señora Ritewood se ilumina y levanta los brazos–. ¡Me encanta!
Hace ademán de abrazarme, y...
–¡Espere! –Doy un salto hacia atrás y le muestro las palmas de mis manos, que están cubiertas de manchas de pintura acrílica de color azul cobalto–. ¡No quiero estropearle la ropa!
–Ah, es cierto –dice mientras contempla mi andrajosa camiseta blanca llena de manchas–. Bien visto.
Vuelve a dirigir su atención hacia el mural, con una sonrisa y un suspiro.
Los momentos como este (ver la emoción en los ojos de mi clienta, su boca abierta, la pausa significativa en la que comprende todas las posibilidades que un lavado de cara como este puede proporcionar a la Papelería de Susan) son una de las principales razones por las que pinto murales para pequeños negocios de la ciudad. Aunque también cuenta la satisfacción estética de mejorar mi castigado barrio del noroeste de Chicago, por supuesto, y el hecho de que perderme en mis coloridos mundos ficticios es una especie de terapia para mí. Pero presenciar cómo el dueño de un negocio contempla su nueva fachada en tiempo real... No sé si existirá una sensación más satisfactoria que esa.
La señora Ritewood me mira, con las mejillas sonrojadas por la emoción.
–¿Se ha can...?
En ese instante, un tren del metro elevado pasa retumbando por las vías que hay sobre nosotros, haciendo temblar mis latas de pintura y ahogando nuestra conversación con un estruendo ensordecedor. La señora Ritewood termina su frase, pero no oigo ni una palabra.
–Lo siento –digo con una sonrisa–. Va a tener que repetírmelo.
–He dicho –contesta, subiendo la voz– que si se ha cancelado tu cena de aniversario.
–Pues... No –respondo con lentitud, confuso–. ¿Por qué lo dice?
Le echa un vistazo a su móvil.
–Porque ya son las seis, Blaine, y pensaba que...
Ahogo un grito.
–¿Cómo?
–Sí, cariño. –Vuelve a mirar su móvil–. Son las seis y nueve minutos, para ser exactos.
–¡Me voy!
Comienzo a cerrar los botes de pintura y a meter mis cosas en el carrito de metal que llevo arrastrando por Chicago desde que hice mi primer mural.
La cena más importante de mi vida es esta noche, y ya voy mal de tiempo.
–¿Te ayudo a recoger? –me pregunta, mirando a nuestro alrededor con nerviosismo.
Me planteo pedirle que recoja la lona protectora, pero entonces me recuerdo a mí mismo que la señora Ritewood tiene más de sesenta años, lumbago, un persistente síndrome del túnel carpiano y la agilidad de una tortuga de tierra.
–¡No se preocupe!
–¿Estás seguro?
–Pues claro.
Termino de recoger a toda prisa, encajo todo en el carrito, agarro el asa y echo a correr por la acera en dirección a casa.
–¡Estoy avanzando a buen ritmo! –grito por encima del hombro–. ¡En una o dos semanas lo termino!
–¡Estupendo, Blaine! –dice la señora Ritewood detrás de mí, observando mi carrito con preocupación–. ¡Pero ten cuidado con esa cosa, que tienes que llegar de una pieza a tu cena!
Voy trotando lo más rápido que me permite mi carrito destartalado sin que sus ruedas salgan despedidas. Normalmente me gusta volver a casa por las acogedoras callejuelas secundarias, bordeadas de casas de piedra amarillenta. En ellas, la sombra de los árboles amortigua el sol de la tarde, y es más probable ver perros paseados por sus humanos. Pero hoy no tengo tiempo para entablar amistad con mascotas desconocidas –voy corriendo contrarreloj–, así que giro a la derecha hacia la congestionada Avenida Milwaukee y acelero el paso, retando a mi viejo carrito a rebelarse.
Hoy no puedo llegar tarde. Hoy tengo la cita más importante de todas las citas.
Esta cena bien podría ser uno de los momentos más importantes de mi tiempo en el instituto; después de todo, es el primer aniversario de...
–¡Aaah!
Oigo el terror en la voz de mi víctima antes de verle la cara.
Alguien ha debido de aparecer por la esquina medio segundo después de que yo pasara zumbando. En efecto: mi sospecha se confirma otro medio segundo más tarde, cuando noto que algo golpea el lateral de mi carrito.
Me doy la vuelta justo a tiempo de ver varias latas de pintura volcándose. A su lado, una figura más o menos de mi tamaño cae de bruces dejando escapar una planta. La maceta se estrella contra la acera y se rompe en un millón de pedazos. La tierra fresca y oscura y los trozos de cerámica se desperdigan por todas partes.
–¡Ay, no! –grito, y me agacho para ayudar a la víctima a levantarse. Para mi horror, me doy cuenta de que la conozco–. Eh... ¿Danny?
Danny Nguyen ignora la mano que le tiendo.
–Uf –resopla, mientras se levanta solo y echa un vistazo alrededor para comprobar si alguien más ha presenciado la colisión–. Igual deberías echarle un poco el freno a ese trasto, Blaine.
–Tienes razón –respondo, y vuelvo a colocar las latas de pintura. Por suerte, ninguna de las tapas se ha salido con el golpe. He evitado una crisis acrílica.
Él resopla y me mira con los ojos entrecerrados, cruzando los brazos sobre su chaleco de color añil. Le dirijo una sonrisa culpable, sin saber muy bien cómo dirigir esta conversación tan incómoda hacia un lugar mejor.
Danny pertenece a la categoría de personas que hacen que un desastre como este sea lo más vergonzoso que puede ser. No es amigo mío (si lo fuera, nos reiríamos de lo que ha pasado y quedaríamos en vernos pronto), ni tampoco uno de los tres millones de desconocidos de esta ciudad que se marcharían por su camino mientras yo me voy por el mío, los dos deseosos de dejar atrás este marrón. Para nada. Danny está justo en el medio: es un compañero del penúltimo curso del instituto Wicker West, y me conoce lo suficiente para que me entren ganas de morirme del corte.
–Mierda –dice al darse cuenta de lo que le ha pasado a esa especie de cactus que llevaba (y que no creo que se pueda recuperar de esta tragedia)–. ¡Mi aloe vera!
–¿Tu aloqué?
–Mi planta de aloe vera –contesta, y se agacha para evaluar los daños–. Acababa de comprarla.
–¿Cuándo?
–Hace cinco minutos.
Trago saliva.
–Ah. Mierda. Bueno, Danny, lo sien...
–Lo sientes –dice con un suspiro irritado–. Sí, seguro que sí.
–¡Lo digo en serio! Lo siento mucho.
La maceta se ha desintegrado, de modo que Danny recoge la planta y la guarda entre las palmas de las manos como si estuviera acunando a un pollito recién nacido. Luego me mira con rostro inexpresivo, esperando a que yo diga o haga algo que convierta este momento tan chirriante como una uña arañando la pizarra en algo menos terrible.
Compruebo mi teléfono y hago una mueca. Ya son las seis y veinte. Voy a llegar tarde. Muy muy tarde.
–¡Tengo que irme! –digo. Agarro el asa de mi carrito y echo a correr.
–¿En serio? –grita detrás de mí–. ¿Y ya está?
–Te compraré una planta de aloha nueva, ¡te lo prometo!
–¡Aloe vera!
–¿Qué?
–Da igual.
Pues nada: tendré que añadir «Comprar una planta de alo-que-sea para Danny Nguyen» a mi lista de tareas pendientes, justo después de «Terminar el mural de la señora Ritewood». Otra alternativa es evitar a Danny como a la peste hasta el día de la graduación, que será dentro de un año y unos cuantos meses (cosa que en un instituto tan grande como Wicker West tampoco sería tan complicado).
Por fin llego a mi hogar, una aburrida casa adosada de ladrillo no muy diferente a los bloques anodinos que bordean la Papelería de Susan. Tal vez debería hacer mi próximo mural en nuestro bloque... Un Júpiter magenta en un sistema solar de color turquesa, rodeado de estrellas doradas. Suelto el asa de mi carrito frente a los escalones de piedra, subo corriendo y entro por la puerta principal.
Casi me choco con mi tía Starr, que está de pie en el salón. Lleva su bata de borreguito de color lavanda, y parece tan preocupada como yo. Abro la boca para explicarle que he perdido la noción del tiempo y que después he estrellado el carrito contra un compañero del instituto, pero...
–Da igual –me ataja, levantando un dedo–. Tenemos quince minutos para hacerte brillar. Vamos.
CAPÍTULO 2
Con los pies doloridos por la carrera, subo las escaleras tan rápido como puedo. Me quito la camiseta y las zapatillas mientras atravieso el pasillo a toda velocidad, y ya estoy medio desnudo antes de llegar al cuarto de baño.
–¡Te he colgado la camisa ahí dentro! –grita mi tía desde el recibidor.
–¡Y yo he dejado ahí el resto de la ropa! –añade desde mi habitación Trish, mi mejor amiga, mientras paso corriendo junto a la puerta sin asomarme adentro.
–¡Gracias! –les respondo a las dos.
Cierro la puerta del baño, me quito el resto de la ropa y me meto en la ducha.
Lo primero es lo primero: eliminar de mi piel los colores del universo psicodélico de la señora Ritewood. No puedo presentarme a la cena como si fuera una paleta de pintura andante; hoy todo tiene que ser perfecto, así que me enjabono y comienzo a frotarme con la pastilla de jabón áspero que me regaló mi tía por mi cumpleaños. Cuando consigo dejar de ser un marciano de color arcoíris para convertirme en un terrícola de color melocotón, salgo de la ducha y empiezo a secarme.
Alguien llama a la puerta.
–¿Estás listo?
Es Trish.
–¡Casi! –exclamo, frotándome los antebrazos con crema hidratante–. Dame dos minutos.
–Date prisa. Vas muy justo.
Me esparzo la loción más deprisa.
–Ya lo sé, ya lo sé.
Suspiro y miro mi ropa, colgada de la parte de atrás de la puerta del baño. Al igual que el mural de la señora Ritewood en su aburridísimo vecindario, es probable que este look no armonice muy bien con la zona pija de Chicago a la que voy a ir esta noche. Pero, al igual que pasa con el mural de la señora Ritewood, la gracia está en no tratar de encajar.
Me pongo la camisa a cuadros blancos y amarillos y me enfundo los pantalones oscuros de pana. Después me coloco los tirantes y, tras unos cuantos intentos fallidos muy frustrantes, por fin consigo ponerme bien la pajarita. Me extiendo un poco de fijador por el pelo de color arena y me lo peino con cuidado tal como me gusta (al estilo Don Draper). Luego, me aplico un toque sutil de rímel para resaltar mis ojos y rocío el aire con mi colonia favorita (sándalo con un toque de vainilla) para pasar por debajo de las gotitas que caen.
–Allá vamos –murmuro para mí mismo.
Giro el pomo de la puerta y cruzo el pasillo hacia mi habitación. Cierro los ojos mientras me acerco a la puerta abierta, consciente de que Trish y tía Starr están esperando dentro para ver mi modelazo.
–¿Y bien? –pregunto, temiendo que el conjunto les horrorice ahora que lo llevo puesto.
Abro un ojo.
Trish, medio enterrada en la montaña de cojines que hay sobre mi cama, levanta la cabeza. Su cara redonda y enmarcada por rizos negros y elásticos se derrite cuando me ve.
–Es perfecto.
–¿Me lo juras? –Mis labios se curvan en una sonrisa–. ¿Te gusta?
–En serio, Blaine. Es el lookideal. Y el rímel te da un toque perfecto.
Espero que tenga razón.
Porque esta no es una cita más. Es la cita más importante de todas las citas: mi primer aniversario con Joey Oliver. Ya han pasado trescientos sesenta y cinco días desde que empezamos a salir y todavía sigo pellizcándome.
Le echo un vistazo a mi tía, que está sentada en la silla de mi escritorio, y espero la aprobación final.
–¿A ti qué te parece?
Sus ojos recorren mi conjunto de arriba abajo, examinando cada centímetro mientras se ajusta el cinturón de la bata y se aparta un mechón rubio de la cara. Hace una pausa dramática antes de llevarse un dónut de chocolate glaseado a los labios, sopesando su respuesta. Los tres sabemos que la opinión de Trish tiene mucho peso en mis decisiones de moda, pero lo que diga mi tía Starr va a misa.
–Blaine –susurra al fin, rompiendo la tensión–. Estás impresionante.
Corro hacia el espejo de mi habitación, donde puedo verme bien (no como en el cuarto de baño, que está lleno de vapor). Me miro y suelto un gritito antes de girar sobre mis talones para volver a mirarlas. No es por ser creído, pero tienen razón: estoy genial.
–Pues bueno. –Suelto un suspiro–. Todo listo.
Esta tarde va a ser una maravilla. El chico de mis sueños va a recogerme de un momento a otro, con el traje gris marengo que se pone para ir elegante (le queda de maravilla). Vamos a celebrar nuestro gran día en el centro de Chicago, en el atardecer primaveral más glorioso de la historia (otra maravilla). Cenaremos en el restaurante Grey Kettle, en el piso setenta y ocho del rascacielos Windy City, con vistas al reluciente lago Michigan (maravilla total). La gente como yo, de familias normales y corrientes, no hace estas cosas maravillosas. Pero hoy es la excepción.
–No tienen código de vestimenta, ¿verdad? –pregunta mi tía, y se mete el último trozo de dónut en la boca–. Estás hecho un pincel, pero esos sitios tan pretenciosos pueden ser poco razonables.
Me echo otro vistazo.
Puede que no sea el atuendo más convencional para un restaurante con estrellas Michelín, pero las corbatas discretas y los tonos grises convencionales a morir nunca han sido lo mío. Y, en cualquier caso, Joey sabe cuál es mi estilo... ¿De verdad me llevaría a un lugar donde yo no pudiera ser yo?
No sé si el conjunto está a la altura de los estándares del Grey Kettle, pero supera los míos. Espero que sea suficiente.
La tía Starr me debe de notar nervioso, porque me hace un gesto.
–Olvida lo que he dicho. Serían unos idiotas si no te dejaran entrar tal como vas.
No sé muy bien cómo un chaval normalito del penúltimo curso, como yo, ha acabado con Joey Oliver, el chico de moda del último curso del instituto Wicker West. Pero cuando nos conocimos el año pasado en la pista de baile de la fiesta de invierno, supongo que todo encajó.
Nuestra primera cita fue en Pequod’s Pizza (me reí hasta que me dolió la cara, y casi me ahogué varias veces con una porción de mi pizza de pepperoni al estilo Chicago). La segunda cita consistió en beber cerveza de jengibre en el parque que hay cerca de mi casa (nuestro primer beso fue junto a la rosaleda). Una semana después, lo hicimos oficial mientras bebíamos chocolate caliente y veíamos The Umbrella Academy.
Desde entonces, todo ha sido un cuento de hadas.
Vale: un cuento de hadas absurdo, lo admito.
Porque, en teoría, Joey y yo no deberíamos estar juntos. Él saca sobresalientes en todo, y yo tengo suerte si llego al notable. Él lleva camisas formales y zapatos relucientes, y yo soy más de chaquetas vaqueras negras y zapatillas de color rosa. Su familia vive en un ático con vistas al centro, y la mía vive en una casa adosada de color grisáceo con vistas a una boca de incendios. Él tiene un plan de veinte años para llegar a ser presidente, y yo me paso los veranos pintando murales en sitios como la Papelería de Susan para ganar algo de dinero.
No tenemos nada que ver... Pero, de alguna manera, lo nuestro funciona.
–Aún no me lo creo: en menos de dos días, estarás volando en primera clase hacia el cabo San Lucas –chilla Trish, rodando sobre el colchón para aterrizar grácilmente de pie junto a mí–. Tienes que sacar fotos de esas rocas grandes de la costa... ¿Cómo se llamaban?
–¿El Fin de la Tierra?
–¡Sí! Imagina las puestas de sol que veréis allí. –Trish, que llega a mi altura con sus zapatillas de plataforma verde menta, me sujeta de los hombros con una sonrisa–. Vas a ir a Cabo, Blaine. ¡A Cabo! Con la familia Oliver.
–Lo sé.
–Es una alucinación.
–¡Lo sé!
–Una semana entera con su familia.
–Bueno, cinco días, pero sí...
–Un momento. –Mi tía se desliza por la habitación con sus pantuflas de conejitos y se sienta en la esquina de mi cama. En su mano hay otro dónut que ha salido de la nada (este, de vainilla con virutas de colores)–. ¿Cómo? ¿Cinco días con la familia Oliver en Cabo? Por favor, explicádmelo.
–¿No te lo ha contado? –Trish se gira hacia ella–. Esta noche, Joey va a pedirle que vaya con él al viaje que hace su familia todos los años durante las vacaciones de primavera.
La tía Starr me mira fijamente, con la boca muy abierta.
–¿Perdona?
Noto que se me encienden las mejillas.
–Sí... Bueno, ¡a lo mejor! Creo que me lo va a pedir esta noche. Lleva días soltando indirectas.
–Muchas indirectas –matiza Trish mientras hace poses frente a mi espejo.
–¿Tus padres saben algo de esto? –pregunta mi tía–. Y las vacaciones de primavera..., ¿no son casi ya?
–¿Saber qué? –pregunta mi madre, apareciendo en el umbral con una sonrisa. Su uniforme azul claro está lleno de manchas: acaba de salir de su turno en la UCI del hospital.
–Al parecer, tu hijo se va a ir a México con la familia Oliver –explica la tía Starr antes de que pueda hacerlo yo, abriendo mucho los ojos–. Y durante una semana entera, nada menos.
–Cinco días –la corrijo, mirándome al espejo para ajustarme bien la pajarita. Trish, a mi lado, se prueba los cinturones y sombreros descartados que he dejado en el suelo–. Por favor, mamá, no te rayes. No es nada oficial; Joey no me lo ha pedido todavía.
–Pero lo va a hacer esta noche –susurra mi tía.
Mi madre se toma un momento para procesar esta información fundamental que yo no tenía intención de compartir todavía con ella, y menos en presencia de Trish y de mi tía.
Inmóvil, observo su reflejo. Se queda pensativa, y noto que vacila.
–Bueno –dice al fin–. Suponiendo que sus padres corran con los gastos, sería todo un detalle por parte de Joey. –Se interrumpe un par de segundos–. Pero hoy es viernes, ¿no? Las vacaciones de primavera acaban de empezar. ¿Cuándo vais a marcharos?
–¡Así que aquí es donde habíais montado la fiesta! –exclama mi padre asomándose junto a ella, con una lata de Coca-Cola en una mano y un panini en la otra. Al igual que el uniforme de mi madre, su camiseta (manchada de mugre de una obra) refleja que ha tenido una jornada muy larga–. Siento haberme perdido la cena.
–Yo también acabo de llegar –responde mi madre con un suspiro.
Los dos se miran e intercambian una sonrisa cansada: ha sido una semana intensa para los dos.
Por lo general, odio que mi habitación se convierta de repente el escenario de un encuentro familiar como este. Pero hoy no puedo quejarme: por un lado, es mi gran día, y, por otro, es todo un privilegio tener a mi madre y a mi padre en casa al mismo tiempo.
–Este panini está de muerte –comenta mi padre, y se zampa la mitad de un mordisco. ¿Lo has preparado tú, Starr?
Mi tía le guiña un ojo.
–Chef Starr a su servicio. Blaine, tú tienes otro en el frigorífico para más tarde, aunque dudo que tengas ganas de jamón y queso después del banquete que te vas a dar esta noche.
–¿Cómo que un banquete? –pregunta mi padre, y suelta un eructo mientras se limpia migas del bigote.
Trish deja escapar una risita. Mi madre le lanza una mirada cómplice a mi padre, dándole la oportunidad de recordar por qué esta noche es tan importante antes de formar con la boca la palabra «aniversario».
–¡Ah! –exclama él, sonriente–. Es cierto, hoy es el gran día. Si te has vestido así es porque Joey te va a llevar a un sitio bueno. ¿Patas de cangrejo en Clark’s?
Mi tía suelta un aullido de risa y levanta la punta de la nariz, cambiando el tono para imitar a una ricachona de película antigua.
–¿Patas de cangrejo en Clark’s? –se burla con una sonrisa–. ¿Quién te crees que es tu hijo, Kevin? ¿Un palurdo? –Cruza las piernas y la bata se le abre, revelando el mismo pijama verde lima que se ha puesto durante toda la semana–. Que sepas que van a ir al Grey Kettle.
Mi madre ahoga un grito, y mi tía asiente con la cabeza.
–Blaine... –Mi padre me mira como si no pudiera creérselo–. ¿El Grey Kettle? ¿Es verdad lo que dice tu tía?
–Jamás le mentiría a mi cuñado –replica ella, juguetona, y le quita una viruta colorida al dónut para metérsela en la boca.
Miro a Trish: apenas puede contener la risa.
–Es verdad –respondo, y me giro hacia mis padres con las mejillas cada vez más rojas–. Me ha invitado al Grey Kettle, sí.
Los dos me miran pasmados.
Porque, en Chicago, conseguir una mesa para dos un viernes por la noche en el Grey Kettle equivale a cenar en la residencia privada de los Obama. A menos que seas de una familia importante, esas cosas no te pasan. Sin embargo, tengo que recordarme todo el rato que lo de hoy no es tan extraordinario, al menos para Joey. Los Oliver son una familia importante.
¿Significa esto que ahora yo formo parte de una familia importante?
–Madre mía. El Grey Kettle... ¿Estás seguro de que quiere pedirte que vayas con él a México, y no que te cases con él? –Mi madre se echa a reír y se interrumpe de pronto–. Espera... No va a pedirte matrimonio, ¿verdad, Blaine?
En ese momento, alguien llama al timbre y mi tía ahoga un grito. Mi corazón comienza a latir. Con fuerza.
Fudge –mi chuchejo adoptado– irrumpe en la habitación para protegernos con la ferocidad de un oso pardo.
–No pasa nada, compi, no pasa nada –me río, y lo tranquilizo con una palmadita en la cabeza y unas caricias en la tripa–. Solo es Joey.
Echo un último vistazo a mis manos para asegurarme de que he acabado con la última mota de pintura, me arreglo un mechón de pelo rebelde frente al espejo y suelto un suspiro de emoción.
–¿Cómo te sientes? –me pregunta mi madre, sonriente.
–Bien.
–¿Las llaves, la cartera, el móvil? –me pregunta Trish, sonriendo de oreja a oreja bajo mi gorro de pescador rojo (conociéndola, seguro que se lo lleva puesto).
Me toco los bolsillos antes de devolverle la sonrisa, y ella me da un gran abrazo.
–Respira hondo, ¿vale? Y pásatelo bien –me dice.
–Sí, pásatelo bien –repite mi tía mientras me acaricia la nuca. De pronto, se da cuenta de que me está estropeando el look a lo Don Draper y se detiene–. Tú céntrate en disfrutar, muñeco. Tienes dieciséis años, no es como si fueras a casarte..., para alivio de tu madre. Pásatelo muy bien.
–Pero tampoco te lo pases demasiadobien –enfatiza mi padre–. Tienes que estar en casa a las once.
–Sí, papá.
Mi madre me da un beso en la mejilla mientras paso entre ellos para salir de la habitación.
–Te quiero, hijo.
¿Por qué el inicio de esta noche me parece tan especial? Sí: ir a Cabo será maravilloso, y celebrar nuestro primer aniversario es algo importante de por sí (sobre todo, cuando vamos a hacerlo en un lugar como el Grey Kettle). Pero, aun así, las mariposas de mi estómago están extrañamente inquietas. Deben de saber algo que yo no sé.
Abro la puerta de entrada y lo veo, resplandeciente a la luz del porche.
El chico de mis sueños.
Los labios de Joey se estiran en una pequeña sonrisa. El traje gris marengo le encaja a la perfección, como si un diseñador de moda lo hubiera trazado directamente sobre su silueta musculosa. Sus ojos, que centellean como ascuas, recorren mi conjunto antes de devolverme la mirada. Su pelo denso y ondulado está esculpido de una forma tan perfecta que bien podría ser un príncipe de verdad, ahí, sobre el felpudo de mi casa (que, ahora que me doy cuenta, está cubierto de pelo de Fudge).
–Hola, Blaine –me saluda.
Y eso es todo lo que necesito para derretirme.
CAPÍTULO 3
Avanzamos por la autopista en el BMW negro de Joey. Contemplo el cielo, una mezcla perfecta de rosas y púrpuras salpicada de nubecillas blancas. Parece como si la galaxia que estoy creando en la fachada de la Papelería de Susan hubiera salido de la pared para extenderse sobre nuestras cabezas.
No me apetece subir la ventanilla (me encanta el olor que flota al principio de la primavera en el Medio Oeste de los Estados Unidos). Pero quiero oír bien a Joey en el caso improbable de que saque el tema de Cabo durante el trayecto, y, dado que vamos a ciento treinta por hora, no creo que el aire me permitiese estar a la altura de esa conversación. De modo que subo el cristal casi del todo. Joe esboza una sonrisita, como si estuviera tramando algo, antes de encender el aire acondicionado. Suspiro para mí mismo, disfrutando del momento. Qué maravillla...
Mis ojos recorren la silueta de los rascacielos que se acercan, con sus fachadas de cristal reflejando luz naranja sobre la mandíbula esculpida de Joey. Me gustaría ser una esponja para absorber todos los rayos de luz y reproducir esta escena en algún mural futuro. Pintar la silueta del centro de la ciudad en la fachada de una tienda de barrio es un topicazo, lo sé, pero a los comerciantes de toda la vida les encanta.
–¿Estás contento de que hayan empezado las vacaciones? –me pregunta Joey, apartando la vista de la carretera para lanzarme un vistazo.
Mi mano encuentra su muslo.
–Pues claro. ¿Y tú?
–Ni te lo imaginas.
Por un momento pienso que va a hablarme de Cabo, pero el silencio se alarga un poco más de la cuenta. De modo que sigo hablando.
–Sé que estás muy ocupado con todo eso del consejo estudiantil –digo–. Pero ya casi has terminado el instituto... Intenta disfrutar de lo que te queda.
Da un respingo. Vaya: mi intento de relajarle ha tenido el efecto contrario.
–Ashtyn no deja de agobiarme con la planificación del baile de fin de curso –replica–. La nota de matemáticas podría fastidiarme la media, y la campaña para elegir a los representantes de cada curso en el consejo estudiantil del año que viene empezará a tope en cuanto volvamos a clase. Tengo mucho entre manos.
–Estás a punto de graduarte; no pasa nada si echas un poco el freno.
Le dirijo una sonrisa, pero él no se da cuenta.
–No. Cuando eres un Oliver, no puedes echar el freno.
Aparto la mirada, reprimiendo las ganas de poner los ojos en blanco.
–No te ofendas, pero el instituto sobrevivirá sin ti –le recuerdo–. Lo único que digo es que podrías disfrutar de este último par de meses, mientras aún estás aquí. –El coche pasa a toda velocidad por un puente granate, vibrando sobre sus travesaños de metal, y veo cómo el río Chicago se abre paso entre el cemento de abajo–. Y después, estarás aquí mismo...
–¿Aquí... mismo?
–Sí, aquí mismo –repito. Lo miro, pero, una vez más, no parece darse cuenta–. En plan... Vamos, que vas a ir a la Northwestern University y Evanston está como a media hora de aquí.
Espero a que responda, pero se queda callado.
–Quiero decir que estaremos a media hora de distancia –insisto.
Veo cómo su nuez se mueve en la garganta. Creo que quiere decir algo más, pero lo único que murmura es:
–Cierto.
Vaya. Esto ha sido... raro.
A lo mejor es solo el estrés por lo de las elecciones al consejo estudiantil. O a lo mejor es que le pone nervioso proponerme lo de México.
Después de todo, esta también es una noche importante para él. Joey solo había salido con otro chico antes de mí, un chaval llamado Aaron al que conoció en unas jornadas de liderazgo. Al parecer, salieron durante seis semanas caóticas y todo acabó en desastre. Yo seré el primer chico al que lleve a su viaje familiar anual. A lo mejor las mariposas están aleteando dentro de su estómago con la misma intensidad con la que revolotean dentro del mío desde que casi me cargué a Danny (y a su planta de aloha) con mi carrito.
Tres minutos y un giro equivocado más tarde, nos detenemos frente a la entrada principal del Windy City, un edificio negro y afilado como una aguja gigantesca que se hincara en la capa de ozono. Es el rascacielos más nuevo de Chicago y solo el tercero más alto, pero cuando estoy aquí abajo, sumergido en su gigantesca sombra, siento que tiene como un millón de pisos de altura. Aunque estoy flipando, me esfuerzo por aparentar tranquilidad, porque todas las personas que hay a mi alrededor están más que acostumbradas a que todo sea así de maravilloso. Mis tirantes y mi camisa de cuadros ya bastan para hacerme destacar; no quiero que, además, se note que soy un chaval de barrio que viene al centro tres veces al año como máximo, aunque eso es exactamente lo que soy.
Joey le lanza las llaves al aparcacoches (cosa que, sí, resulta tan molona como uno se imaginaría) y los dos atravesamos una puerta giratoria para entrar en el vestíbulo. Dentro, todo es de cristal (y quiero decir todo). Cruzamos la sala y le decimos a un empleado de chaleco rojo (¿El botones? ¿El conserje? ¿El tío del ascensor? No tengo ni idea de qué trabajo tendrá en este sitio tan maravilloso) que vamos al Grey Kettle.
Él reconoce a Joey.
–¿Cómo va todo, señor Oliver? –le pregunta mientras aprieta el botón del piso setenta y ocho.
–Todo bien, gracias –responde Joey.
–Disfruten, caballeros.
Sonrío para darle las gracias y casi hago una reverencia. Penoso, lo sé, pero es que mi cuerpo reacciona por su cuenta cuando me siento incómodo. Sí, estoy como un pulpo en un garaje.
–¿Cómo decías que nos han conseguido la reserva tus padres? –le pregunto, mientras el ascensor transparente sube a tal velocidad que se me taponan los oídos. Miro hacia abajo y veo cómo el tipo de abajo se convierte en un puntito rojo sobre las relucientes baldosas blancas, hasta que desaparece engullido por la negrura de los pisos superiores–. Mis padres han flipado cuando les he dicho que íbamos a cenar aquí.
Él arruga el ceño, pensativo.
–El dueño era cliente de mi madre, creo. ¿O tal vez un amigo de la infancia de mi padre? No me acuerdo.
Asiento con la cabeza.
–Vale.
Aquí pasa algo raro.
Joey no parece descontento. Tal vez solo está... ¿distante? Como si su cuerpo estuviera aquí, pero su mente siguiera en el instituto un miércoles por la tarde, agobiada por la preparación de las elecciones al consejo estudiantil y el estrés de ser un estudiante a punto de graduarse.
Decido ser directo y señalarlo.
–Oye. –Le doy un golpecito en el hombro con el mío–. ¿Estás bien?
El ascensor llega al piso setenta y ocho y las puertas se abren.
–Sí –contesta, forzando una sonrisa–. ¿Por qué lo dices?
Le agarro la mano mientras entramos.
–Nada, por si acaso.
El Grey Kettle es tal y como me lo imaginaba. (Bueno, la verdad es que lo he buscado en Google prácticamente todos los días desde que Joey me propuso venir aquí, así que tampoco es como si mi mente trabajara desde cero). Pero, aun así, es todavía más impresionante en directo.
Lo primero en lo que me fijo son las vistas. Las paredes son grandes ventanales, con el lago Michigan extendiéndose al este y una jungla de cemento bañada en los colores del sol poniente en los otros tres lados. En algún lugar hay músicos que tocan un piano y un violín, convirtiendo el bullicio del restaurante en un arrullo tranquilizador. La iluminación es suave. Todas las mesas tienen una vela parpadeante en el centro, y todos los comensales van vestidos como si esa noche supusiera algo importante para ellos.
La encargada echa un vistazo a mi camisa y enarca las cejas como si fuera a hacer un comentario. Mi cuerpo entero se tensa: tal vez mi tía tuviera razón al preocuparse. Pero la mujer se detiene cuando se da cuenta de quién me acompaña.
–Ah, señor Oliver. Me alegra volver a verle.
–Hola, Wendy.
–Les deseo un feliz aniversario.
–Gracias.
–Por aquí, por favor.
Wendy nos lleva a nuestra mesa, que se encuentra en el rincón más alejado. Puede que no sea objetivo, pero creo que tenemos las mejores vistas de la casa. Al mirar hacia abajo, cosa que hace que el estómago me dé un vuelco, veo el lugar donde el lago se encuentra con el río. Mientras recorro la ciudad con la mirada de norte a sur, me siento como si estuviera en la mañana de Navidad: edificios nuevos, colores nuevos, arte nuevo... Nos encontramos a tanta altura que podríamos estar flotando sobre una nube, pero lo bastante bajo como para apreciar los detalles. Aunque llevo en esta ciudad toda mi vida, jamás la había visto de este modo.
–Hala –murmuro, y saco el móvil para hacer una foto. Miro a Joey–. Es de locos, ¿eh?
Sus ojos, clavados en la selección de bebidas, no se apartan del menú.
–Sí –dice, ignorando las vistas–. Una locura.
Vale. No es la primera vez que veo al Joey Ansioso (por lo general, aparece antes de tener que hablar delante de todo el insti, o la noche previa a un examen), pero esta actitud va más allá. Preferiría que me dijera ya lo de Cabo y acabara con el tema para poder disfrutar de la noche, en lugar de aguantar a la maraña de nervios que tengo sentada frente a mí.
Un camarero se acerca para preguntarnos qué queremos beber. Yo pido agua, y Joey, un Sprite.
Después nos quedamos en silencio.
–Bueno... –comienzo, sintiendo que estoy rascando el fondo del barril de los temas de conversación.
Decido abordar el drama del consejo estudiantil; tal vez necesite desahogarse sobre el tema antes de poder disfrutar.
–¿Cómo va lo de las elecciones? –le pregunto.
Suelta un suspiro de exasperación, y me arrepiento de inmediato de mi estrategia.
–Es ridículo que nos obliguen a los veteranos a organizar las elecciones del comité ejecutivo del curso anterior, ¿sabes? –dice, cada vez más irritado–. Para cuando los representantes entren en funciones, el curso que viene, yo ni siquiera estaré en Wicker West. ¿Por qué tengo que encargarme de eso? El señor Wells no hace más que escaquearse.
–¿El señor Wells? ¿El profe de Mates?
–Sí, pero... –Me mira como yo tuviera que saber de lo que está hablando–. También es el asesor del consejo estudiantil, ¿recuerdas?
De todas las responsabilidades que supone ser novio de Joey, estar al día del consejo estudiantil es la que menos me interesa. Siempre se me olvida quién es quién y qué es qué. Pero es que, en cuanto Joey empieza a hablar de discursos y presupuestos para el baile de fin de curso, no puedo evitar desconectar... La mayoría de las veces, mi mente se aleja flotando hacia el mural en el que me encuentre trabajando en ese momento. Y aquí arriba, con estas vistas espectaculares alimentando el lado derecho de mi cerebro, tengo la sensación de que va a ser todavía más fácil distraerme.
–De todos modos, Zach Chesterton va a ganar por goleada –continúa Joey.
Aparto mi mente de los anillos de Saturno en la fachada de la Papelería de Susan.
–¿Ganar el qué?
–La presidencia de tu curso. –El camarero deja nuestras bebidas sobre la mesa y Joey da un sorbo a la suya–. Para el caso, podríamos no hacer elecciones siquiera. A ver: hay algunos compañeros vuestros que también se quieren presentar, pero Zach tiene la experiencia, el nombre reconocible, el aspecto...
–¿El aspecto?
–Sí: tiene pinta de presidente de curso. Sabes a qué me refiero, ¿no?
Una vez más, contengo las ganas de poner los ojos en blanco.
–Sé que es triste –añade, probablemente notando mi fastidio–, pero hay que ser realista: en estas cosas, el aspecto físico es importante. Lo sé mejor que nadie... Si la gente no te vecomo presidente, es muy difícil que puedas llegar a serlo. –Alza la cabeza y se endereza la corbata, antes de alinear bien el tenedor y el cuchillo–. Y eso, eh... –tartamudea, y da otro sorbo al Sprite–. Y eso me lleva un poco al próximo tema.
Por cómo se mueven sus labios, me doy cuenta de que lo siguiente que va a decir será algo serio.
Me da un vuelco el estómago.
–Blaine.
Extiende el brazo y me toma la mano. Tiene las palmas un poco sudadas, pero no me importa.
El corazón se me ha subido a la garganta.
Un momento: ¿va a lanzarse con lo de Cabo? No tengo muy claro qué tienen que ver estas vacaciones con que Zach Chesterton vaya a convertirse en el presidente de nuestro curso, pero le sigo la corriente.
Me enderezo y trago saliva. Puede que estemos a cientos de metros sobre Illinois, pero en mi mente aparecen destellos de escenas al nivel del mar en México, con arena blanca y palmeras que se mecen. Suelto aire más fuerte de lo que pretendía y casi apago la vela de la mesa.
–Blaine... –Joey baja la mirada al mantel, como si quisiera buscar las palabras apropiadas.
«Dímelo ya», pienso, incapaz de dejar de sonreír. «Sabes que diré que sí. Dímelo ya».
–Blaine, creo... –Vuelve a levantar la mirada, y sus ojos encuentran los míos–. Creo que deberíamos romper.
Suelto un resoplido, un tanto aliviado porque haya decidido rebajar la tensión.
–Muy buena.
Pero ya no está sonriendo. De hecho, no dice nada.
Solo me mira, y cada segundo que pasa es más largo que el anterior.
–Espera –digo, y ahora mi estómago da un vuelco mucho más fuerte. De hecho, atraviesa mi silla y el suelo y cae hasta llegar al vestíbulo. Ahora mismo está tirado tranquilamente junto al tío del chaleco rojo que manejaba el ascensor.
Joey se humedece los labios antes de morderse el inferior.
–Creo que es lo mejor. –Aparto la mano de golpe, y él añade–: Lo siento.
–Pero...
–Lo sé.
–Yo...
–No te enfades.
–¡Pensaba que ibas a decirme que fuera contigo a Cabo!
Su cara se frunce en una mueca de confusión.
–¿A Cabo? Blaine, el vuelo de mi familia sale el domingo.
–¿Y qué?
Sonríe. Se atreve a sonreír en este momento.
–Si hubiera pensado llevarte a Cabo, te lo habría dicho hace meses.
La cabeza me da vueltas. Estoy empezando a hiperventilar.
–Madre mía. No puedo creer que me hayas traído aquí, al Grey Kettle, el día de nuestro aniversario, nada menos..., para dejarme.
–Cielo, no te pongas nervioso.
–Cielo, no te atrevas a llamarme «cielo» en este preciso instante.
–Es solo que... –Baja el tono, consciente de que los ojos de todos los comensales están clavados en nosotros–. Ya sabes que tengo muchas cosas en la cabeza, y mis padres tampoco me lo están poniendo nada fácil.
–Vale. ¿Y...?
Se inclina sobre la mesa y continúa casi en susurros.
–Estoy hablando de mi familia, ¿recuerdas? De mi madre, la dueña de una empresa constructora que va a grabar un piloto para la cadena Home & Garden. De mi padre, el abogado con más prestigio de todo el Medio Oeste. ¡Sus expectativas sobre mí están más altas que este rascacielos!
Me doy cuenta de que tengo la boca abierta. Quiero cerrarla, pero no puedo.
–Mi hermano ha estudiado neurocirugía y se ha graduado el primero de su clase en la Universidad de Columbia –continúa, cada vez más acelerado–. Mi hermana ha montado una ONG que acaba de firmar un acuerdo con la Fundación Gates, Blaine. ¡Con Bill Gates! Y, aun así, mis padres están decepcionados con ellos.
–Como decía: ¿y...? –replico, notando que las lágrimas se acumulan en mis ojos–. ¿Qué tienen tus hermanos que ver con nosotros? ¿Qué tiene nada de eso que ver con nosotros?
–Para mis padres, soy el único hijo que aún puede triunfar a lo grande –afirma, y se vuelve para saludar con un cabeceo a los comensales que nos siguen mirando.
No me puedo creer lo que estoy oyendo.
–¿La neurocirugía y ser coleguita de Bill Gates no cuentan como triunfos?
Suspira con frustración, como si estuviera explicándole algo sencillo a un niño de cinco años especialmente espeso.
–Tú no lo entiendes. No comprendes lo alto que tengo el listón. Si quiero ser algún día el primer presidente abiertamente gay... –Esta vez, no puedo evitarlo: pongo los ojos en blanco de verdad–. ¿Lo ves? –salta, dolido–. ¡Piensas que mis sueños son un chiste!
–¡No es verdad!
–¡Acabas de poner los ojos en blanco! –se indigna, con voz unas cien octavas más aguda que antes.
–No ha sido con mala intención. Pero tienes unas expectativas imposiblemente altas, Joey.
Veo un par de gotas de sudor que le resbalan por la frente. Sus mejillas están cada vez más rojas.
–Si quiero sacarme la carrera de derecho en la Northwestern University, obtener un máster en la Costa Este y después conseguir un escaño en el Congreso que me sirva para llegar a la Casa Blanca, está claro que mis expectativas tienen que ser imposiblemente altas, Blaine. Así es como funciona el mundo.
Cierro los ojos y apoyo la cabeza en las manos.
¿De verdad está pasando esto?
–Vale, pero... –Trago saliva otra vez, deseando haberme quedado en la tienda de la señora Ritewood en lugar de salir corriendo para que mi novio me deje tirado a setenta y ocho plantas de altura–. Todavía estoy tratando de entender cómo el hecho de que hipotéticamente puedas ganar la presidencia dentro de un par de décadas tiene nada que ver conmigo... Con nosotros.
Él niega con la cabeza.
–¿No lo entiendes?
–¿Qué se supone que tengo que entender?
–Blaine, venga ya. –Mira a nuestro alrededor otra vez, y luego se inclina hacia mí todavía más–. Si voy a hacer grandes cosas, si mi vida va a ser del dominio público, tengo que empezar a salir..., ya sabes..., con chicos serios.
¿Cómo?
–¿Estás de coña? –pregunto indignado, y él me lanza una mirada que confirma a las claras que no está de coña–. Entonces, ¿vas a romper conmigo porque soy... poco serio?
Él sopesa la afirmación.
–Yo no lo expresaría de ese modo, pero...
–No me puedo creer que estés haciendo esto –murmuro, casi para mí–. No me cabe en la cabeza que vayas a dejar que los tiranos de tus padres decidan sobre tu vida amorosa.
–No pongas palabras en mi boca.
–¿Y no es eso lo que está pasando? –replico–. Tus padres son los titiriteros que controlan tu vida, Joey... Unos titiriteros que, al parecer, me odian a muerte.
–No es eso –responde él–. Les caes bien. No te lo tomes como algo personal.
¿Que no me lo tome como algo personal? Me dan ganas de ponerme a gritar.
–¿Tenías que hacerlo esta noche? –le espeto.
–Yo...
–¿Aquí, en el restaurante más romántico de Chicago?
–Pues...
–Y pensar que yo...
–¡Mira la camisa que llevas, Blaine! –explota.
A alguien de una mesa cercana se le cae el tenedor, y el restaurante se queda en silencio.
–¿Por qué te has plantado esa camisa y esos tirantes cutres para venir a un sitio como este? ¡No estamos en Halloween, Blaine! ¡Y mírate las manos! Sé que has estado trabajando en un mural después de clase, ¡pero es que ni siquiera has sido capaz de quitarte toda la pintura para nuestro aniversario!
Bajo la mirada a mis palmas y veo unas pocas motas del universo azul cobalto de la señora Ritewood, que de algún modo se me pasaron en la ducha.
–Por cosas como esas es por lo que tengo que hacerlo... Por lo que tenemos que terminar –continúa–. Necesito a alguien que sea mi mano derecha, no a un chaval artístico que pinta cosas en edificios por menos del salario mínimo y lo llama «trabajo».
Habría preferido que me diera un puñetazo en el estómago. Me habría sentado mejor que esto. Es evidente que se ha pasado el último año guardándose cosas, y ahora todo ha salido de su boca como un chorro de gasolina sobre una hoguera.
Mi mundo se ha convertido en una pesadilla espesa a cámara lenta. Todos los comensales que nos rodean tienen la mirada clavada en nosotros..., en mí. Puede que esta noche me pareciera una maravilla, pero está claro que, para ellos, yo no soy lo bastante maravilloso. Ni tampoco para Joey Oliver.
–Vale –digo en voz baja, y me pongo en pie–. Me voy a ir ya.
–Espera –me pide él con expresión culpable, al fin consciente de toda la atención que hemos generado–. No pretendía decirte que... Quiero que sigamos siendo amigos, Blaine. Me he expresado mal. Me gusta tu camisa, y en realidad no me importa que tengas pintura en las manos. ¿Blaine?
Aunque apenas siento las piernas, de algún modo me conducen hasta el ascensor. Las puertas de cristal se cierran ante mí, mientras la encargada me mira con cara de que soy lo más lamentable que ha visto en su vida. Desciendo hasta el vestíbulo, incapaz de comprender del todo lo que acaba de ocurrir.
–¿Señor? –me pregunta el tipo del ascensor con expresión perpleja, mientras paso junto a él para ir a la salida.
No debo de estar disimulando muy bien. Necesito salir de aquí cuanto antes.
Pero no tengo forma de volver a casa.
