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El interés por el silencio ha crecido en nuestra estresada sociedad como fuente de relajación y autoconocimiento, pero ¿de qué estamos hablando cuando hablamos de silencio? Teresa Guardans nos invita a abrir los ojos y los oídos y a bajar el volumen de nuestro monólogo interior a partir de la experiencia y las palabras de quienes han explorado hondamente el silencio y sus beneficios desde las distintas tradiciones. Nos ofrece, pues, un sencillo manual para poner en práctica el silencio, sin complicarnos con metodologías rebuscadas, sino dando una visión necesaria para entender qué es lo que estamos haciendo cuando practicamos el silencio: dejar al descubierto la realidad, el fondo infinito que nos habita y somos.
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Seitenzahl: 221
Veröffentlichungsjahr: 2021
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Índice
Portada
Portadilla
Créditos
Introducción
Pensar el silencio
El silencio y la gestión del ego
La atención como eje
La mente al servicio del silencio
Cuando la acción es silencio
El ejercicio del sentir silencioso
Recopilando
Post data
Biografía de la autora
Notas
Colección dirigida por Luis López González
© SAN PABLO 2021 (Protasio Gómez, 11-15. 28027 Madrid)
Tel. 917 425 113 - Fax 917 425 723
E-mail: [email protected] - www.sanpablo.es
© Teresa Guardans Cambó 2021
Distribución: SAN PABLO. División Comercial
Resina, 1. 28021 Madrid
Tel. 917 987 375 - Fax 915 052 050
E-mail: [email protected]
ISBN: 9788428560627
Depósito legal: M. 2.227-2021
Impreso en Artes Gráficas Gar.Vi. 28970 Humanes (Madrid)
Printed in Spain. Impreso en España
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A Chelo Miró Sempere,
una vida anclada en el silencio
El interés por el silencio –y por las distintas formas de practicarlo– se va extendiendo y, en general, va ganando «buena prensa»; se relaciona con una serie de beneficios como pueden ser la calma frente al estrés, una mayor capacidad de atención, mayor claridad mental y creatividad, como vía de autoconocimiento y apertura hacia la realidad... Mientras que para algunos parece ser la panacea a todos los males también hay voces críticas que lo ven como una huida, como una búsqueda egoísta del propio bienestar que olvida a los demás. Pero ¿de qué estamos hablando cuando hablamos de silencio?
Ya hace unos años, antes de que estuviera tan en boga ese amplio abanico de propuestas silenciosas, o que se planteara, por ejemplo, su introducción en el ámbito educativo, ya me llamaba la atención la importancia que se daba al silencio desde la poesía, el arte, la filosofía, la creatividad científica, desde tantos campos de la actividad humana, apelando –de una manera u otra– a «conocer desde el silencio». Empecé a preguntarme a qué se referían, qué podía implicar eso... Y siguiendo ese rastro, fue inevitable ir a parar a las distintas tradiciones espirituales de la humanidad y descubrir ahí verdaderas «escuelas del silencio». Encontré ayuda y orientación para no quedar ahogada entre tantos textos «raros», tan alejados de las lecturas a las que mi mente racional estaba acostumbrada. Y, poco a poco, el concepto de silencio fue creciendo, enriqueciéndose, y las voces de todos esos maestros y maestras del silencio fueron entrando en diálogo con las aportaciones de la lingüística y de las ciencias del conocimiento, mostrando una honda sintonía entre ellas.
Me gustaría poder compartir en estas páginas toda esa riqueza, en la medida en que pueda y sepa; y quizás sirva para ayudar a separar el grano de la paja. Duele oír o leer opiniones tan beligerantes con las prácticas del silencio hechas en nombre de una espiritualidad solidaria, metiendo en el mismo saco realidades muy distintas. Desearía poner mi granito de arena para que, quien así lo ve, pueda descubrir la profunda generosidad que ha impulsado e impulsa a ese andar por las vías del silencio, y su aportación a la sociedad contemporánea.
Por otra parte, quienes puedan pensar que la nuestra es una época en la que la humanidad presenta una sensibilidad o unos niveles de conciencia superiores o más evolucionados que los de las generaciones pasadas, espero que puedan darse cuenta de que tenemos mucho, muchísimo, que aprender del pasado. Que cada época ha vivido sus particulares retos y ha procurado responder a ellos de la mejor manera posible; y gracias a ello disponemos de un valioso legado de sabiduría, muy plural, que nos llega desde todos los rincones del planeta. Sería una pena desaprovecharlo, aunque pueda costarnos algún esfuerzo «traducirlo» e interpretarlo desde las coordenadas culturales contemporáneas.
Y con todas esas personas con las que compartimos el andar «en búsqueda», y especialmente con quienes no disponen del tiempo que yo he tenido para explorar textos, escuelas y propuestas, espero poder ofrecer algo de lo que voy aprendiendo y responder quizás a algunas de las preguntas que se puedan estar haciendo.
«El yoga me ha cambiado», me decía una sobrina que ha descubierto el yoga y lo practica desde hace más de un año con asiduidad. Me comentaba que no le faltan recursos y grupos con los que practicar, que no deja de mejorar a nivel técnico; pero le gustaría saber algo más sobre sus bases teóricas. Sentía que sin conocer los fundamentos, no podía ir más allá de la repetición de una serie de posturas o ejercicios. ¿Por dónde empezar?
Era solo un comentario al paso, en plena celebración familiar; no me estaba pidiendo nada pero entendí bien a qué se refería. Es la inquietud que puede aparecer cuando alguien se toma una práctica en serio durante un tiempo. En la fase inicial nos basta con prestar atención a la respiración o al movimiento corporal, nos basta con el bienestar y pacificación que esa atención genera. Pero pronto empieza a notarse el cambio que ella mencionaba, se intuye que hay más, que estamos como en la antesala... ¿antesala de qué? Surgen las preguntas, no se trata solo de la condición física, ni de ganar en calma interior; el cambio es más hondo, es otra cosa, se percibe. Como si alguien fuera a clases de pintura para relajarse y poco a poco empezara a cogerle el gusto a ese esfuerzo de la mirada que procura «ver» y penetrar en la realidad, y cada vez se olvida más de si se relaja o no, porque hay otra cosa que está atrapando su interés, ¿qué es? Algo así ocurre con cualquier estilo de práctica silenciosa cuando se va ahondando en ella. A medida que se le dedica tiempo y energía se huele que hay gato encerrado, que ahí hay algo más; y que ese «más», sea lo que sea, vale la pena. Aparecen entonces las preguntas. ¿De dónde nació esa práctica? ¿Por qué?, ¿para qué?, ¿hacia dónde me lleva?... Crece el deseo de saber más. Leer alguna buena introducción teórica a esa práctica y a su mundo cultural ayuda, seguro. Pero, en el fondo, comprender las bases de cualquier vía de cultivo del silencio nos lleva a explorar las bases del silencio mismo. El yoga, en todo su riquísimo despliegue de formas y escuelas, nació al servicio del conocimiento silencioso de la realidad. No podemos pues hablar de lo uno sin referirnos a lo otro.
Este abanico de inquietudes y de deseos son el punto de partida de las siguientes páginas. Y no se me ocurre mejor manera de ahondar en lo que pueda ser y ofrecer el silencio que «cabalgar» sobre la experiencia y las palabras de quienes lo han explorado hondamente: escucharlas, dejarnos interpelar por ellas, ver hacia dónde nos conducen.
El «manual» de yoga más antiguo, los Yogasutra de Patáñjali, un sabio que probablemente vivió en la India hacia el siglo II a.C., es una compilación de un conocimiento previamente transmitido de viva voz a lo largo de los siglos, hasta tomar forma en una síntesis de 195 aforismos (o sutra). Condensa pues una larga historia de reflexión y práctica. ¿Cuándo o cómo arrancó esa cadena de transmisión, ahondando, experimentando, afinando, generación tras generación, antes y después de Patáñjali? ¿Con qué objetivo?
Se me ocurre que podríamos compararlo con el nacimiento del fuego. Imaginemos qué es lo que pudo haber sucedido hasta que un grupo humano se puso a frotar conscientemente piedras o ramitas, y a desarrollar las mejores maneras de encender un fuego. ¿Qué pasó? Fue un proceso largo, seguro. Quizás un chispazo un día, mientras alguien intentaba dar forma a una piedra golpeando piedra contra piedra. Y otro día otro chispazo, y otro, y otro; chispazos que encienden fuegos que desprenden calor... y de ahí a golpear las piedras con el objetivo de encender un fuego, y desarrollar estrategias para controlarlo y mantenerlo encendido. Es decir: suceso natural primero, seguido de observación, imitación, repetición; mejorando poco a poco...
Pues quizás algo así con el ámbito del silencio: suceso natural, observación, imitación, repetición, mejora... ¿En qué sentido podemos hablar de un «suceso natural» en relación al silencio?
No disponemos de datos que nos permitan asomarnos a esos «chispazos» naturales silenciosos de hace miles de años. Pero algunos relatos autobiográficos más recientes sí que pueden ofrecernos pistas en esa dirección. Me refiero a descripciones de personas que, por algún motivo, se dan de bruces con un momento de profundo silencio en el que la existencia queda como en suspenso. Generalmente se trata de experiencias muy breves pero, cuando se vuelve a la «normalidad», se sabe que se ha vivido algo valioso, como una sacudida desde lo hondo que ha hecho posible una vivencia de la realidad, también de la propia vida, desde una plenitud desconocida hasta entonces. Una experiencia o comprensión que tiene sabor de profunda comunión, de unidad con todo y con todos; de formar parte de una realidad mayúscula, misteriosa, infinitamente valiosa. Y ese «chispazo» no previsto da lugar a analizar lo que se ha vivido y a buscar la forma de tener acceso nuevamente a ese «modo silencioso», desde la convicción de haber vislumbrado, como por casualidad, una posibilidad humana realmente valiosa, un «tesoro escondido» desconocido hasta entonces. Escribe Geneviève Lanfranchi (1912-1988) en su diario:
Me parece que si un animal que se moviera en un plano de dos dimensiones adquiriera de pronto la captación de la tercera, sentiría el vértigo que yo siento. Querría explorar esa nueva dimensión sin saber cómo hacerlo; y también desearía recuperar la seguridad de su universo plano de la misma manera que yo vuelvo a las ideas o a los sentimientos. Y, cada vez, se daría cuenta de que retornaba a un mundo superficial del que había sido arrancado por alguna gracia1.
Son ejemplos y palabras como estas las que nos van dando pistas. Podríamos aportar otra voz, la de Rabindranath Tagore en un atardecer entre tantos, desde su terraza de Joraranko; pero ese día en concreto algo sucedió y la escena le dejó maravillado. «¿Qué factor había desencadenado un efecto tan especial aquella tarde?», se preguntó el poeta.
¿Era aquel levantarse del manto de la trivialidad de encima del mundo cotidiano debido a alguna magia de la luz del anochecer? No. Yo vi en el acto que era el efecto del anochecer que se había adentrado en mí; sus sombras habían borrado mi ego. Mientras mi yo estaba rampante durante el relumbrón del día, todo lo que yo percibía estaba mezclado y escondido por él. Ahora que el ego estaba relegado a último término, podía yo ver al mundo en su verdadero aspecto. Y ese aspecto no tenía nada de trivialidad, estaba lleno de belleza y alegría infinitas.
Desde que tuve esta experiencia probé el efecto de suprimir mi ego a toda conciencia y de mirar al mundo como mero espectador, e invariablemente me sentía recompensado con un sentimiento especialísimo. Una mañana, el sol estaba levantándose por las copas frondosas de los árboles. Mientras continuaba mirando, un velo pareció haberse caído de mis ojos, y encontré súbitamente al mundo bañado en una maravillosa irradiación, con olas de belleza y alegría hinchándose por todas partes. Esta irradiación traspasó en un momento las dobleces de tristeza y abatimiento que se habían acumulado sobre mi corazón, y lo inundaron como con una luz universal indecible.
En aquellos días escribí los siguientes versos: No sé cómo, de repente, mi corazón abrió sus puertas de par en par, y dejó que las multitudes de los mundos se precipitaran dentro, saludándose. Y no fue exageración poética. Más bien no tenía yo el suficiente poder para expresar todo lo que sentía2.
Tagore está apuntando a que si se deja caer el velo de ocupaciones y preocupaciones, si se le abren las puertas de par en par a «eso que hay ahí», «eso» puede mostrarse en su esplendor, pues se ha retirado lo único que lo limitaba.
«Cuando la cognición contiene su aliento, nuestro sentido del ser se hace anfitrión de la belleza», escribía George Steiner3. Contener el aliento de lo que se sabe, de lo que se supone, «contener el aliento»... qué imagen más acertada. Anfitriones de la belleza... No parecen referirse a una belleza condicionada a unos cánones o a unos determinados rasgos externos; todo existir, pura belleza, sin más... Tagore comprendió que la diferencia no estaba fuera, sino en él, en el mirar: como si el anochecer o el amanecer hubieran podido adentrarse en él porque el ego, la mirada personal, había dejado de filtrar y dirigir lo que se estaba mostrando. Ocurrió sin él pretenderlo aunque, por lo que nos dice, pasaba tardes y amaneceres en su terraza, saboreando lo que se presentara, sin más (no lo olvidemos). A partir de aquellas primeras experiencias poderosas, se ejercita conscientemente; procura mirar como espectador silencioso, sin proyectar, sin dar nada por supuesto, mirando con todo el ser. ¿Dónde le lleva ese mirar?
Y vino a suceder que ninguna persona o cosa en el mundo me pareció ya trivial o desagradable. Contemplando desde el balcón el andar, la figura, las facciones de cada uno de los que pasaban, fueran quienes fuesen, me parecían todos tan extraordinariamente maravillosos como el fluir de las olas del mar del universo. Desde la infancia solo había visto con mis ojos, ahora comenzaba a ver con la totalidad de mi conciencia. [...] El mundo se me apareció no como montones de cosas y acontecimientos, sino que se abrió a mi vista como un todo esencial...4.
Antes de acercarnos a otra voz, tomemos nota: todo cobra importancia, presencia, valor, nada es «normal», todo lo percibe como profundamente valioso, lo que sea, quien sea, como pinceladas de un todo esencial que todo lo envuelve, todo lo habita, todo lo es. Otro ejemplo: Jane Goodall, la primatóloga. Días, semanas, meses, en Tanzania, en las selvas de Gombe, siguiendo y observando a un grupo de chimpancés. Cuanto más tiempo pasaba en soledad y atenta a lo que le rodeaba, más presencia cobraba todo:
Cada día me acercaba un poco más a los animales y a la naturaleza y, por lo tanto, también a mí misma [...]. Cuando más tiempo pasaba a solas, más me confundía con el mundo mágico y frondoso que ahora era mi hogar. [...] Y cada día aprendía más cosas sobre los chimpancés. [...] Las horas que pasaba en la selva siguiendo, observando o simplemente estando con los chimpancés no solo arrojaban datos científicos, sino que me colmaban de una paz que me llegaba a lo más profundo. [...] La belleza siempre estaba allí, presente, pero los momentos de auténtica conciencia de ella eran infrecuentes, llegaban sin avisar...
Vamos a ir espigando solo algunas frases de una descripción que se extiende a lo largo de varias páginas:
Recuerdo particularmente un día, entre muchos otros. [...] A mi alrededor los árboles aparecían velados por los últimos misterios del sueño de la noche. Todo estaba en silencio, en la paz más absoluta. [...] La belleza del cuadro quitaba el aliento [...] sobrecogida por tanta belleza, debí entrar en un estado de lucidez ampliada. Es difícil –imposible, de hecho– plasmar en palabras el momento de verdad que de repente me invadió. [...] Cuando después traté de recordar la experiencia, me pareció que el yo había estado totalmente ausente: yo y los chimpancés, la tierra y los árboles y el aire parecían fundirse para devenir uno con el poder espiritual de la vida. [...] Nunca había sido tan terriblemente consciente de las formas, de los colores de cada hoja, de las distintas siluetas de sus venas, que las hacían únicas.
Más tarde, sentada junto a un pequeño fuego, calentando mi cena de judías, tomates y huevos, aún seguía flotando en el milagro de mi experiencia. Sí, pensé, hay más de una ventana por la que los humanos podemos mirar el mundo que nos rodea y darle un sentido. [...] Aquella tarde fue como si una mano invisible hubiera retirado una cortina y, por un segundo, hubiera mirado a través de una de esas ventanas. Como si en un instante de «visión» hubiera conocido la infinitud y el sereno éxtasis, y la verdad de unas sensaciones que la ciencia dominante tan solo vislumbra. Y supe que la revelación me acompañaría el resto de mi vida, que la recordaría de manera imperfecta pero siempre dentro de mí. Una fuente de fuerza de la que poder valerme cuando la vida fuera dura, o cruel, o desesperada. [...]
Tumbada boca arriba contemplaba cómo el cielo se iba oscureciendo. Qué triste sería, pensé, que los humanos perdiéramos el sentido del misterio, la capacidad de admirar y sentir ese profundo y sobrecogedor respeto...5.
De nuevo, paz, belleza, íntima comprensión de la unión con todo, de no ser un elemento separado del conjunto. «El yo había estado totalmente ausente», ese yo que suele condicionar la percepción y la comprensión; y, en su ausencia, la captación lleva el sello de la unidad. Esa mirada silenciada, o no condicionada por la perspectiva del yo, no le aportó a Jane nuevos datos. Estos se multiplicaban, día a día, en el ejercicio de la observación científica. Lo que le proporcionó esa otra mirada, «retirando la cortina», fue un nuevo sentido del mundo y de sí misma; una captación de «verdad» experimentada en el ámbito de las sensaciones, el del sentir. Un sentido con sabor a indecible misteriosidad, a sobrecogimiento, a profundo respeto, a paz... que la impregnará y la acompañará a lo largo de los años, convirtiéndose en fundamento de su vida y de sus decisiones.
Podríamos aportar más voces insistiendo en todos estos aspectos, pero no hace falta alargarse ahora; ya irán apareciendo. Siguiendo aquella comparación con el descubrimiento del fuego, en este momento solo buscaríamos imaginar cómo podrían haber sido esos «chispazos» iniciales que encendieron fuegos valiosos, da igual que se produjeran ayer o hace miles de años.
Si hacemos caso a sus palabras, vemos que se da una experiencia vital profundamente valiosa y que se comprende que vale la pena ampliarla, adoptarla como parte integrante de la vida. Es como si ese momento de verdad mostrara que se está haciendo un uso muy limitado de las propias capacidades; que vivir puede ser otra cosa, que puede tener otra profundidad y amplitud; que tenemos por costumbre limitarnos a unas pocas notas de la partitura, siempre las mismas, dirá G. Lanfranchi. ¿Cómo hacer, entonces, para retirar conscientemente esa cortina y convertir lo que fue una experiencia breve, en un modo de vida? Ahí podemos imaginar todo tipo de intentos para lograr «mirar mejor», para bajarle el volumen al yo y a sus permanentes proyecciones, para fortalecer la capacidad de atención. Y esos intentos se concretarán poco a poco en prácticas, en consejos, incluso en métodos, en una pluralidad de enseñanzas.
Y así, cruzando los siglos, han llegado hasta aquí numerosas palabras de maestros y maestras de las vías del silencio. Serán ellas –decíamos– las que mejor podrán ayudarnos a comprender el sentido y la aportación de cualquier práctica de silencio. Porque, cuando nos acercamos a esas fuentes, nos encontramos ante un legado nacido de la experiencia personal (intuiciones, tanteos, errores, aciertos) de alguien que nos ha precedido en esa exploración y que ha tenido el detalle de dedicar un tiempo y un esfuerzo a poner la propia experiencia a disposición de los demás. Y también todo su empeño en avisar de la posibilidad, por si hay quien no la ha intuido todavía: «¿no te das cuenta?», parecen decirnos, «¡despierta! ¡mira, sin miedo!», «hay más», «eres más»... Se suceden imágenes, metáforas de todo tipo, como intentando ayudar a retirar el velo, a compartir la captación de esa hondura.
Quizás ya sabemos de qué van esos «chispazos», o no; a lo mejor fue en un día de tranquilidad, o a raíz de la sacudida provocada por una muerte cercana, o un accidente, o una enfermedad grave; algún suceso de esos que le dan un golpe radical al ego, tocándolo en su línea de flotación. O ante un nacimiento, o una escena que se saliera del guion habitual... Pero aún habiendo recibido ese «toque», no tardamos mucho en recomponer la «normalidad» cotidiana. En resumen, que esos avisos tienen todo el sentido aunque, si no se genera algún grado de intuición sobre a qué están haciendo referencia, pueden caer en saco roto o parecer cuentos de iluminados.
Pero ahí están, ahí está el esfuerzo de tantas y tantos por ahondar en las posibilidades de la existencia humana. Cada cual desde las palabras y conceptos de su época y lugar, como no podría ser de otro modo. Y todo eso tiene que ver con el silencio. Y la pluralidad de voces aporta un valor añadido a quienes –al más puro «estilo santo Tomás»– necesitamos «tocar para creer». Porque a pesar de las distancias culturales y la diversidad de lenguajes, se hace evidente que apuntan a un mismo ámbito, a una misma experiencia humana universal, a una misma «perla escondida»... Nos interesará, o no, echar a andar en esa dirección, pero algo nos dice que no puede ser casualidad ni fantasía, que ahí hay algo muy real que se nos está ofreciendo.
Vamos pues a procurar desentrañar o interpretar hacia dónde apuntan y qué nos sugieren. Ya con esos pocos primeros ejemplos se ve claro por dónde suena la flauta: una mirada (o actitud) silenciosa que guarda relación directa con una determinada gestión del yo; y, desde ahí, se genera una peculiar experiencia de «verdad» que tiene sus consecuencias...
Pero, como introducción, nos podrá ir bien recordar primero lo que sabemos sobre el yo y sus proyecciones. Si el silencio transforma la visión y la comprensión de la realidad, ¿cómo trabaja la mirada antes de esa modificación? «Hay más de una ventana por la que los seres humanos pueden mirar el mundo», nos decía Jane Goodall. Pues previo a adentrarnos en la exploración de la «ventana silenciosa», echaremos una mirada a lo que pueden ser las distintas ventanas, qué aportan, cómo se complementan. Una introducción que nos podrá ayudar a interpretar el sentido de las indicaciones que nacen del ámbito del silencio e invitan a adentrarse en él.
«Callar al ego», minimizarlo, «matarlo»... Pero ¿a qué viene esa manía contra el ego? ¿Qué haríamos sin ego? Si es el andamiaje que me permite filtrar, aunar y ordenar experiencias y reacciones; si sin esa pauta básica de ensamblaje viviría amorfa en un puro caos más amorfo todavía... No sobreviviría, vaya.
Entendámonos. El problema no es el ego, esa función básica para la vida humana, sino confundir la realidad que construye y proyecta con «la» realidad; e identificar la existencia, mi existir, con el personaje que da forma a mi ego. El tema está ahí: hemos aprendido un guion –y asumido un papel en ese complejo despliegue que hace posible la sobrevivencia–, pero la realidad, la vida, desborda cualquier guion, cualquiera de nuestras simplificaciones e interpretaciones.
Quizás lo hemos leído ya muchas veces y podemos pasar al capítulo siguiente. Pero aun así, no estará de más insistir sobre esta cuestión y volver a darle un par de vueltas, pues no resulta fácil deshacer ese hechizo. Hay ahí un automatismo siempre a punto para mantener esa identificación. Y es normal que así sea. Pues esa es, ni más ni menos, la función del ego: proporcionarnos una visión unificada, sólida y coherente de la realidad y de nosotros mismos como sujetos diferenciados en ese escenario, personas que saben cómo reaccionar en las distintas situaciones. ¿Cómo se alcanza ese logro? Porque, no lo olvidemos, nacimos un día sin «mundo» y sin personalidad, sin realidad, sin comprender nada, sin palabras, sin capacidad de pensar, sin conciencia de ser «alguien» en relación con..., y en poco tiempo resulta que somos «alguien» que «sabe» y es capaz de interactuar.
Rebobinemos la película. El mundo que vemos y habitamos es una construcción mental. A veces perdemos de vista este pequeño detalle y pensamos que todo esto es «la» realidad. Pero no. Es la realidad humana, la de un determinado entorno social humano y concretada a través de mi experiencia personal, la tuya y la de cada uno. El mundo que vive mi perro, que se encuentra a pocos metros de mí, es radicalmente otro. Y el de la paloma picoteando el suelo, y el de las hormigas que ahora no veo pero que sé que están aquí. Y el de los tigres, las abejas, los pulpos y los murciélagos... todos son otros «mundos»; quizás vivimos en un mismo entorno, pero en realidades distintas... Si nos paramos medio segundo a pensar, lo sabemos; pero en el fondo subyace firme la creencia de que la realidad que yo vivo, la realidad humana, es «la real»... por algo somos «superiores» ¿o no? Una suposición de «única realidad real» muy poco científica, muy poco sostenible, pero así es. ¿Qué hay ahí? Ondas electromagnéticas o partículas elementales combinándose en átomos que forman las moléculas de nuestro cuerpo y de todo lo que nos rodea. Una realidad externa e interna, captada con los órganos de los sentidos, ofreciendo una cantidad ingente de informaciones que el cerebro integra generando una percepción unificada...
La especie humana. Una más en la compleja e infinita trama de la vida. Cada especie percibe, interpreta, genera y habita un mundo a su manera. Tiene su propia perspectiva de lo que es
