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En Simplemente cristianos se presenta, de forma sencilla pero profunda, el semblante espiritual de los siete beatos mártires de Tibhirine, monjes trapenses cuyas vidas nos ofrecen un modelo de santidad en el quehacer cotidiano, en la sencillez, la humildad y el abrazo al que es diferente. En cada capítulo del libro se destaca una de las siete figuras de Tibhirine, a través de la cual se profundiza en diversos temas que ilustran, bajo diferentes aspectos, una misma realidad espiritual: "Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos". Porque Christian, Christophe, Luc, Michel, Célestin, Paul y Bruno no eligieron ser mártires, solo habían elegido amar. "Y a ti también, amigo del último instante, que no sabrás lo que estés haciendo; sí, porque también por ti quiero decir este GRACIAS, y este A-DIOS, en cuyo rostro te contemplo. Y que nos sea dado volvernos a encontrar, ladrones colmados de gozo, en el Paraíso, si así le place a Dios, Padre nuestro, Padre de ambos". (Del testamento espiritual de Christian de Chergé, abad de Tibhirine en 1996).
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Seitenzahl: 148
Veröffentlichungsjahr: 2021
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Thomas Georgeon
François Vayne
Simplemente cristianos
La vida y el mensaje de los beatos mártires de Tibhirine
Prólogo del cardenal Giovanni Angelo Becciu
Traducción de Fernando Montesinos Pons
Título original: Tout simplement chrétiens. La vie et le message des bienereux de Tibhirine
© De la edición original: Libreria Editrice Vaticana, Ciudad del Vaticano, 2018
© Ediciones Encuentro, S. A., Madrid, 2018
© Traducción de Fernando Montesinos Pons
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100XUNO, nº 51
Fotocomposición: Encuentro-Madrid
ISBN Epub: 978-84-9055-884-3
Depósito Legal: M-39397-2018
Printed in Spain
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ÍNDICE
Prólogo
Introducción
«Peregrinos de la amistad y de la fraternidad universal»
EL CONTEXTO
Consideraciones sobre la historia de la Iglesia en Argelia
La comunidad de Tibhirine desde sus orígenes a nuestros días
Pequeños retratos de los siete bienaventurados mártires
Hermano Luc, el médico, 82 años
Hermano Bruno, antiguo profesor, 66 años
Hermano Célestin, antiguo educador de calle, 62 años
Hermano Christian, el prior, 59 años
Hermano Paul, antiguo fontanero, 57 años
Hermano Michel, antiguo obrero de fábrica, 52 años
Hermano Christophe, el más joven, 45 años
Capítulo 1
Llamados a entregarse en las cosas pequeñas de todos los días
Capítulo 2
Orar juntos, en Iglesia
Capítulo 3
Trabajar en medio de la discreción fecunda de Nazaret
Capítulo 4
Pasar por las crisis como por otros tantos «nacimientos»
Capítulo 5
Vivir la novedad del diálogo y de la relación
Capítulo 6
Acoger al Inesperado, con María
Capítulo 7
Huéspedes en la casa del islam
Anexo 1
Cuando se perfila un A-DIOS
Anexo 2
«El espíritu de Tibhirine está vivo»
Anexo 3
Imágenes
«El triunfo cristiano es siempre una cruz, pero una cruz que al mismo tiempo es bandera de victoria, que se lleva con una ternura combativa ante los embates del mal»
(Exhortación apostólica Evangelii gaudium, 85)
Prólogo
«Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos» (Jn 15,13).
El hermano Christian de Chergé, prior de la comunidad cisterciense de Tibhirine, está representado en un mosaico de la capilla Redemptoris Mater, fruto de un deseo de san Juan Pablo II, en el Vaticano. En un plano más general, artistas, escritores, compositores, escultores, actores y teólogos encuentran una fuente inagotable de inspiración en el extraordinario testimonio de los siete monjes, que murieron mártires en Argelia. La película a ellos dedicada, De dioses y hombres, dirigida por Xavier Beauvois, ha conmovido a millones de espectadores.
Con todo, más allá de la dimensión heroica de la entrega de sus vidas, ¿de qué modo se unen al camino común de los miembros de la Iglesia, en qué puede sentirse llamado cada uno de nosotros a recorrer, paso a paso, las huellas de esos hombres «simplemente cristianos»?
Esa es la pregunta que se ha planteado fray Giulio Cesareo, responsable editorial de la Libreria Editrice Vaticana, al que expreso mi vivo agradecimiento por haber tenido la idea de proyectar esta obra. En un primer momento, habló del proyecto al periodista François Vayne, porque sabía que había conocido a alguno de estos monjes durante su juventud en el norte de África. Este último aceptó volver a recorrer sus recuerdos y propuso escribir un texto en colaboración con el padre Thomas Georgeon, postulador de la causa de beatificación de los diecinueve mártires de Argelia, entre los que figuran los siete religiosos cistercienses. De este modo, los dos coautores asociaron la experiencia vivida por uno con la «expertise» del otro, a fin de ofrecernos una larga meditación arraigada en el itinerario humano y espiritual de los hermanos.
Cada uno de los capítulos pone de relieve a una de las siete figuras, algo con lo que nos ayudan a profundizar en diferentes temas que ilustran, bajo diferentes aspectos, una misma realidad espiritual: «Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos» (Jn 15,13). Porque, efectivamente, Christian, Christophe, Luc, Michel, Célestin, Paul y Bruno no habían elegido ser mártires, ¡solo habían elegido amar! «No huyeron de la violencia: la combatieron con las armas del amor, de la acogida fraterna, de la oración comunitaria», como ha dicho el papa Francisco en el prólogo histórico a un libro aparecido veinte años después de su muerte (Tibhirine, L’héritage, Bayard, París 2016).
Se trata del «martirio del amor» del que hablaba Christian de Chergé citando a san Maximiliano Kolbe, el sacerdote católico que ofreció su vida a cambio de la de un padre de familia en Auschwitz. Este amor, lejos de ser un amor «desencarnado», se expresaba concretamente a través de la relación respetuosa vivida día a día con los vecinos, musulmanes, del monasterio. Además, podríamos hablar aún de «martirio de la fraternidad» o de la solidaridad cotidiana, especialmente en aquel período de violencia.
Los hermanos del Atlas, guiados espiritualmente por su prior, eran ante todo unos monjes contemplativos. El papa Francisco recordaba a los miembros del Capítulo general de la Orden Cisterciense de la Estricta Observancia que «ser contemplativo requiere un camino fiel y perseverante para llegar a ser hombres y mujeres de oración, cada vez más impregnados por el amor al Señor y transformados en amigos suyos. [...] Así os convertís en maestros y testigos que le ofrecen el sacrificio de la alabanza e interceden por las necesidades y la salvación del pueblo. Y al mismo tiempo vuestros monasterios siguen siendo lugares privilegiados donde se puede encontrar la verdadera paz y la felicidad genuina que solo Dios, nuestro refugio seguro, puede donar» (23 de septiembre de 2017).
¿Tenemos nosotros este sentido profundo del misterio? ¿Creemos que nuestros actos de amor, con respecto a Dios y al prójimo, tienen un alcance infinito? «Quien se ofrece y se entrega a Dios por amor seguramente será fecundo», nos recuerda el papa Francisco en Evangelii gaudium (279): «Tal fecundidad es muchas veces invisible, inaferrable, no puede ser contabilizada. Uno sabe bien que su vida dará frutos, pero sin pretender saber cómo, ni dónde, ni cuándo».
La fuerza del mensaje de Tibhirine para la Iglesia, hoy, consiste en la invitación a colocar la dimensión espiritual en el centro de cada acción familiar, social, etc. Esta «irrigación» interior de la vida en todas sus dimensiones es la herencia que nos transmiten estos hermanos monjes, «simplemente cristianos».
La Iglesia de este tiempo necesita más que nunca ahondar en esta dimensión mística de su ser, salir de sí misma partiendo desde arriba, considerando el servicio a los otros desde una perspectiva de eternidad, a la luz de los fines últimos y de la resurrección que se nos ha prometido.
Cardenal Angelo Becciu,
Prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos
Roma, 14 de septiembre de 2018,
Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz
Introducción
«Peregrinos de la amistad y de la fraternidad universal»
Los obispos de las cuatro diócesis de Argelia dejaron estallar su alegría, el 27 de enero de 2018, después de que el papa Francisco autorizara a la Congregación para las Causas de los Santos a promulgar el decreto de beatificación de monseñor Pierre Claverie y de sus dieciocho compañeros, religiosos y religiosas asesinados, desde mayo de 1994 a agosto de 1996, entre los que se encuentran los siete monjes trapenses del monasterio de Tibhirine.
«Se nos ha concedido la gracia de poder hacer memoria de nuestros diecinueve hermanos y hermanas en calidad de mártires, es decir, de testigos del amor más grande, el de dar la vida por los amigos»1, han escrito específicamente estos pastores. Han subrayado que «ante el peligro de una muerte que estaba omnipresente en el país», los futuros mártires optaron «por vivir hasta el final los vínculos de fraternidad y de amistad que habían tejido con sus hermanos y hermanas argelinos por amor», vínculos que fueron «más fuertes que el miedo a la muerte».
Deseosos de reunir en un mismo homenaje a todos sus hermanos y hermanas argelinos, entre ellos los 114 imanes asesinados, «que tampoco tuvieron miedo de arriesgar su vida en fidelidad a su fe en Dios, en su país, y en fidelidad a su conciencia», los obispos hacen notar: «Nuestros hermanos y hermanas no aceptarían que los separáramos de aquellos y aquellas en medio de los cuales dieron su vida. Son testigos de una fraternidad sin fronteras, de un amor que no hace diferencias. Por eso, su muerte saca a la luz el martirio de un gran número de aquellos y aquellas, argelinos, musulmanes, buscadores de sentido que, como artesanos de paz, perseguidos por la justicia, hombres y mujeres de corazón recto, han permanecido fieles hasta la muerte durante este decenio negro que ha ensangrentado Argelia»2.
«Estas beatificaciones –añade su comunicado– [...] nos dicen que el odio no es la respuesta correcta al odio, que no hay una espiral ineludible de violencia». «Quieren ser un paso hacia el perdón y hacia la paz para todos los seres humanos, empezando por Argelia, pero también más allá de las fronteras de Argelia. Son una palabra profética para nuestro mundo». ¿Y si, a fin de cuentas, dado que muchos se han planteado la cuestión del sentido de la presencia de la Iglesia en Argelia, y se la siguen planteando todavía, la vocación de esta última fuera una profecía para la Iglesia universal? Ella optó, en primer lugar, por la relación fraternal y amistosa para expresar lo esencial de la fe cristiana desde perspectivas de compromiso. Hoy, nos ofrece diecinueve modelos de santidad: «Son modelos que se encuentran en el camino de la santidad ordinaria», constatan asimismo los responsables de la Iglesia en Argelia, y precisan que estos hombres y estas mujeres nos muestran «que una vida simple pero vuelta completamente a Dios y a los otros puede conducir a lo más alto de la vocación humana»3.
Para la hermana Paul-Hélène y el hermano Henri Vergès, las hermanas Esther y Caridad, los cuatro padres blancos de Cabilia, las hermanas Bibiane y Angèle-Marie, la hermana Odette, los siete monjes de Tibhirine y monseñor Claverie, miembros de una pequeña Iglesia constituida en su gran mayoría por extranjeros, estaba claro «que cuando se ama a alguien no se le abandona en el momento de la prueba», señalan aún los obispos. Estos evocan «el milagro cotidiano de la amistad y de la fraternidad». «Muchos de nosotros los hemos conocido y hemos vivido con ellos. Hoy sus vidas pertenecen a todos. Ahora nos acompañan como peregrinos de la amistad y la fraternidad universal», concluyen, entreviendo una nueva perspectiva de futuro para el diálogo interreligioso, dado que, a no dudar, las más bellas metamorfosis se llevan a cabo frecuentemente a través de dramas.
Los siete monjes trapenses, peregrinos de la amistad y de la fraternidad universal, peregrinos de este Dios que es amor eterno, lo fueron de modo particular en virtud de su itinerario espiritual colectivo, al lado de sus vecinos musulmanes del pueblecito aislado de Tibhirine, situado a 1.000 metros de altitud, no lejos de la ciudad de Médéa, a unos sesenta kilómetros al sudoeste de Argel. La única campana que sonaba todavía en Argelia era además la de su monasterio, en torno al cual cristianos y musulmanes experimentaban el feliz diálogo de la vida y de su dimensión cotidiana compartida. Nada que hubiera causado gran ruido sin la inmensa resonancia que suscitó su muerte. Mártires, sí, en el sentido etimológico del término, a saber: «testigos». Testigos de Cristo a quien habían consagrado su vida, testigos del amor de Dios a esta tierra argelina y a sus habitantes a quienes habían entregado su vida. Su «martirio de amor», que es también un «martirio de la esperanza, ha sido muy ampliamente popularizado por el excelente largometraje de Xavier Beauvois, De dioses y hombres, que obtuvo el gran premio del festival de Cannes en 2010, así como el César a la mejor película del año en Francia.
Su muerte, acaecida a siglos de distancia, recuerda la de los doce primeros mártires del norte de África, los llamados mártires escilitanos, siete hombres y cinco mujeres, decapitados el 17 de julio del 180 en Cartago, por orden del procónsul Saturninus.
Fieles al pueblo entre el que vivían, rechazando la orden de las autoridades para que abandonaran los lugares en plena guerra civil y en medio de un gran terror, fueron secuestrados por un misterioso grupo armado en la noche del 26 al 27 de marzo de 1996. Sus cabezas no fueron encontradas hasta 56 días más tarde, sin que hasta el día de hoy hayan podido ser identificados objetivamente los secuestradores –extranjeros en la región según el guardián musulmán del monasterio–. Algunos buscan siempre la verdad con «v» minúscula, la de los hombres, que es un derecho imprescriptible que se debe a todos: para muchos otros la sola y única Verdad, con «V» mayúscula, es la de Dios. «Su sacrificio ha desvelado el don que Dios les había hecho»4, como afirmaba de modo claro monseñor Henri Teissier, por entonces arzobispo de Argel, poco después de la tragedia. «Este don se ha convertido para nosotros en un signo y una llamada», y proseguía: «El signo de que Dios puede habitar en unas vidas y convertirlas en testimonios que traspasan todas las barreras entre las confesiones. Una llamada para que dejemos que el don que Dios hace a cada uno de nosotros dé también todo su fruto en nuestras propias vidas, no solo para nosotros mismos y para la Iglesia, sino para todos nuestros hermanos en humanidad sea cual sea su religión».
Estos siete religiosos de la Orden Cisterciense de la Estricta Observancia trapenses: Paul, Michel, Christophe, Célestin, Luc, Bruno y Christian, manifiestan igualmente que «la santificación es un camino comunitario», como ha escrito el papa Francisco en su Exhortación apostólica Gaudete et Exsultate, sobre la llamada a la santidad en el mundo actual (19 de marzo de 2018). «Recordemos el reciente testimonio de los monjes trapenses de Tibhirine (Argelia), que se prepararon juntos para el martirio»5, insiste al respecto el sucesor de Pedro en el mismo documento, intentando hacernos tomar conciencia de que al dejar, juntos, fructificar la gracia de nuestro bautismo «todos estamos llamados a ser testigos»6.
«El mensaje del santo padre y el mensaje de nuestros mártires es el mismo»7, comentaba emocionado monseñor Paul Desfarges, actual arzobispo de Argel, tras la lectura de esta exhortación Gaudete et Exsultate, como apertura de su boletín diocesano, que lleva como título Rencontres, observando que «la santidad de la puerta de al lado ha sido precisamente el camino de santidad de nuestros hermanos y la llamada que ellos dirigen hoy a nuestra Iglesia, a la que podríamos llamar ‘la Iglesia de la puerta de al lado’, una Iglesia que deja su puerta abierta y que va a llamar a la puerta del otro».
En este libro vamos a interesarnos, pues, especialmente por estos monjes trapenses, «simplemente cristianos», cuya vida nos ofrece un modelo de santidad en la vida ordinaria, en la sencillez, la humildad y el gusto de la alteridad. Su incansable apertura al Otro y al otro nos estimula, nos impulsa a una presencia más fraternal. Su intercesión garantiza un apoyo a toda comunidad eclesial llamada a ser «sacramento del encuentro y de la amistad» y signo evangélico, con el espíritu vivo de Tibhirine.
F.V. y T.G., Roma, 1 de agosto de 2018.
EL CONTEXTO
Consideraciones sobre la historia de la Iglesia en Argelia
Argelia, Túnez, Marruecos y Libia tienen una historia común, ligada al Imperio romano, en el norte de África. La presencia cristiana está atestiguada por las primeras persecuciones, en particular las de los «mártires escilitanos» en la ciudad de Scillium, el 17 de julio del año 180, y al mismo tiempo en Madaura, la antigua ciudad romana de Numidia, situada cerca de la actual Souk Ahras, en Argelia.
La Iglesia del norte de África se desarrolla rápidamente. Un religioso nacido en la región de Aurés se convierte en obispo de Roma, papa, con el nombre de Víctor I, a finales del siglo II. Fue por esta época cuando el latín suplantó al griego en la liturgia. Así pues, el cristianismo de lengua latina se funda bajo la influencia de estos primeros cristianos africanos, que tradujeron la Biblia y produjeron los tratados del bereber Tertuliano –nacido en Cartago–, que son los textos cristianos más antiguos escritos en latín.
