Sin novedad en el frente - Erich María Remarque - E-Book

Sin novedad en el frente E-Book

Erich María Remarque

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Beschreibung

"Sin novedad en el frente" es una novela de Erich Maria Remarque, que muestra los horrores de la guerra desde el punto de vista de un joven soldado. La obra suele categorizarse como de literatura antibelicista, aunque el mismo Remarque la calificó de apolítica.El libro se publicó por primera vez en Alemania en 1929. En ese mismo año se tradujo ya a 26 idiomas. Hasta hoy han aparecido ediciones en más de 50 idiomas, y las ventas estimadas superan en todo el mundo los 20 millones.

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Erich María Remarque

Sin novedad en el frente

Titulo ebook

SIN NOVEDAD EN EL FRENTE

 

Autor

Erich María Remarque

Codigo ISBN

978-88-98006-80-9

 

Editor

ePubYou

UUID: 978-88-98006-80-9
This ebook was created with BackTypo (http://backtypo.com)by Simplicissimus Book Farm

Indice

​EL AUTOR Y SU OBRA

​CAPÍTULO PRIMERO

CAPÍTULO SEGUNDO

​CAPÍTULO TERCERO

CAPÍTULO CUARTO

CAPÍTULO QUINTO

CAPÍTULO SEXTO

​CAPÍTULO SÉPTIMO

​CAPÍTULO OCTAVO

​CAPÍTULO NOVENO

CAPÍTULO DIEZ

CAPÍTULO ONCE

CAPÍTULO DOCE

​EL AUTOR Y SU OBRA

En Osnabruck, del estado de la Baja Sajonia, Alemania, nació el 22 de junio de 1898 Erich María Remarque, autor de la famosa novela Sin novedad en el frente. Sus padres, de ascendencia francesa, fueron Peter Maria y Annie Remarque. El futuro escritor cursó sus estudios, primero, en el Instituto y en el Seminario de su ciudad natal, y, luego, en la Universidad de Munster. Contrajo matrimonio con Ilse Jutta Zambona, de la que se divorció años después. El 25 de febrero de 1958, por segunda vez, se casaba con la actriz cinematográfica Paulette Goddard. Mucho antes de esto, empero, Remarque había adquirido ya celebridad como escritor. Obligado a abandonar sus estudios cuando sólo contaba dieciocho años de edad y hacía dos que había empezado la Primera Guerra Mundial, fue incorporado al ejército y mandado al frente de batalla, donde luchó hasta el término de la contienda. Por consiguiente, nuestro autor, en 1918, al ser desmovilizado, tenía veinte años y era uno de los tantos jóvenes de la generación que, como él mismo escribió, «había sido destruida por la guerra, no obstante haber escapado de la metralla». Aunque cabe añadir que él resultó herido gravemente en un combate y devuelto al frente una vez curado. Ya en la vida civil intentó inútilmente abrirse camino como organista en la capilla de un asilo, luego como profesor de música, maestro de primera enseñanza, empleado de comercio y más tarde buscó mejor fortuna al trasladarse a la Costa Azul francesa. De nuevo en Alemania, se dedica a la publicidad, a la crítica teatral y a escribir artículos para algunos periódicos, hasta acabar como cronista de la revista Sport im Bild. Tampoco logra en tales menesteres ni siquiera una situación más o menos estable. Sin embargo, de estas últimas experiencias, sobre todo de sus crónicas deportivas, ha adquirido un estilo literario ágil, conciso y objetivamente sugestivo. En plena consciencia de ello, cree llegado el momento de escribir el libro que ya había considerado necesario publicar cuando debió permanecer días y noches en las trincheras, obligado a luchar y a matar por los campos de batalla. Sin rodeos estilísticos ni huecos evasivos, del modo más directo y verídico, quiere dar a conocer el testimonio recogido en aquella hecatombe, junto a sus camaradas, que son los que, en realidad, hicieron la guerra y desde entonces se sienten angustiados por el más cruel de los desengaños; explicar toda la miseria y el horror que acompañaron constantemente al combatiente y precedieron la agonía de los que quedaron sepultados bajo tierra. Sólo en Alemania, al final de la contienda, la cifra de muertos llegó a más de ocho millones. Imperiosa se hace en él la necesidad de escribir el libro proyectado, ahora que crece en su ánimo una espantosa aversión ante las manifestaciones de desaforado nacionalismo y los desfiles, premilitares que de nuevo se imponen al pueblo alemán. Frente a esta tempestuosa amenaza no quiere esperar más para proclamar, a través del simple dietario de un combatiente —él u otro cualquiera—, cómo la guerra de 1914-1918 no había tenido otro fin que el de degradar al hombre y ahogar con lágrimas y sangre los más preciosos ideales de cultura y civilización. Mucho más por el temor que se hubiese perdido la memoria de todo ello y, estúpidamente, la humanidad reincidiera en la misma locura; temor que, desgraciadamente, había de resultar profético con el estallido de la Segunda Guerra Mundial y que a Alemania le costaría ahora otros treinta y ocho millones más de muertos. Así es como Remarque se lanzó a escribir Sin novedad en el frente (con el título original de Im Westen Nichts Neues).

 

Empezó publicándose, en 1929, en forma de folletín en la Wossische Zeitung, con la condición por parte del director de que ningún suscriptor protestara. El autor aceptó. A cada capítulo que aparecía, mayor era el número de lectores de la revista. Cierto que hubo algunas protestas, pero fueron muchísimas más las muestras de entusiasmo con que era recibida la obra, sobre todo por la desmitificación de los heroicismos bélicos que representaba frente al violento renacer de los fanatismos guerreros en Alemania. Terminada la narración en el periódico, se editó en volumen aparte, cuyos ejemplares se agotaron en pocos días. Igual sucedió con las sucesivas reimpresiones. En un año y medio se vendieron más de un millón de ejemplares. Traducida, en seguida, a veinticinco idiomas distintos, obtuvo una tirada mundial de cuatro millones de ejemplares, agotados asimismo acto seguido. Desde entonces, sigue siendo uno de los libros más leídos en todo el mundo. Que recordemos en este momento, se han hecho de Sin novedad en el frente dos películas, una coproducción franco-alemana y otra americana, ésta dirigida por Lewis Milstone y teniendo como principales intérpretes a Lew Ayres y Louis Wolheim. Por tanto, Remarque pasó súbitamente del anonimato a la celebridad mundial. Sin embargo, los círculos políticos y militares adictos al nazismo reaccionaron con irritación y lograron que la lectura de la obra fuese prohibida en muchos sectores de la población alemana. Hasta que, con la subida al poder de Hitler, Remarque tuviera que exiliarse en el extranjero, fuera desposeído en 1933 de su nacionalidad alemana y quemado públicamente su libro. Refugiado, primero, en París, el escritor se fue, luego, a Suiza, donde permaneció unos años. Después se trasladó a Estados Unidos, cuyo país le concedió la nacionalidad en 1939. No es hasta 1948 cuando regresa a Europa para instalarse definitivamente en Suiza, residiendo en la actualidad en su «Villa Böcklin», Porto Ronco, en Locarno. Desde su primer libro, lleva publicadas, sucesivamente, otras muy notables novelas, muchas de ellas de inmediato éxito internacional: Retorno, en 1931; Tres camaradas, 1937; Flotsam, 1941; Arco de Triunfo, 1946; Chispa de vida, 1951; Tiempo para querer, tiempo para morir, 1954; El obelisco negro, 1957; Para el Paraíso no hay favoritos, 1961, y Noche en Lisboa, 1964.

E.P.

​CAPÍTULO PRIMERO

Nos encontramos en la retaguardia, a nueve kilómetros del frente. Ayer nos relevaron. Ahora tenemos el estómago lleno de judías con carne de buey, estamos saciados y satisfechos. Incluso han sobrado para esta noche y cada uno de nosotros ha podido llenar su fiambrera para la cena. Además hay doble ración de salchicha y de pan. Esto va bien. Hacía mucho tiempo que no se había presentado un caso como éste; el furriel, con su cara roja como un tomate, viene en persona a ofrecernos la comida. Llama con una seña a todos los que pasan y les sirve una buena ración. Casi está desesperado pues no sabe cómo vaciar de rancho su caldera. Tjaden y Müller han encontrado un par de baldes y se los han hecho llenar hasta los topes, como reserva. Tjaden lo hace por gula, Müller por precaución. Nadie puede explicarse dónde diablos mete Tjaden tanta comida. El sigue, como siempre, más seco que un arenque prensado.

Pero lo mejor es que también hemos tenido doble ración de tabaco. Diez cigarros, veinte cigarrillos y dos pastillas para mascar, a cada uno. Es una cantidad muy razonable. He cambiado mis pastillas por los cigarrillos de Katczinsky, con lo que ahora tengo cuarenta. Suficientes para un día.

Si he de decir la verdad, no nos estaban destinadas tantas provisiones. Los prusianos no son tan espléndidos. Todo lo debemos a un simple error.

Hace quince días que nos hicieron ir a la primera línea, a relevar. Nuestro sector estaba bastante en calma y, por esto, el furriel recibió para el día de nuestra vuelta la cantidad habitual de provisiones, y había preparado lo necesario para los ciento cincuenta hombres de nuestra compañía. Pero, sin embargo, el último día precisamente, con gran sorpresa por nuestra parte, la artillería pesada inglesa hizo de las suyas sin parar, ametrallando sin descanso nuestra posición, y causándonos tantas bajas que sólo regresamos ochenta hombres.

Volvimos por la noche y nos acostamos en seguida para poder, por fin, descabezar un buen sueño; Kat tiene razón; al fin y al cabo no sería tan desagradable la guerra si pudiésemos dormir un poco más. En primera línea casi no nos es posible y los turnos de quince días se hacen muy largos.

Lesen Sie weiter in der vollständigen Ausgabe!

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