Sobreviví - Clodomir Santos - E-Book

Sobreviví E-Book

Clodomir Santos

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Beschreibung

Sobreviví, el libro de memorias del Obispo Clodomir Santos, no es simplemente una historia de aventura, sino el relato de una vida perdida, sufrida y angustiada de un joven que, cansado de ver la miseria propagarse en su casa, decide dejar los estudios e ingresar en la delincuencia. Lo que él no imaginaba era que, en esta travesía marcada por violencia y muertes, sería víctima de la persecución de examigos sedientos de venganza, de policías y de peligrosos escuadrones de la muerte de la época. Sin saber qué hacer para sobrevivir a ese caos, entra en desesperación. Con el cerco cerrándose cada vez más y viendo a sus amigos siendo brutalmente asesinados, toma una actitud que cambiará su vida para siempre. Sobreviví muestra que nuestras elecciones pueden llevarnos por diferentes caminos, pero solo uno conduce a la vida. Lea este libro y descubra cómo.

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Seitenzahl: 222

Veröffentlichungsjahr: 2020

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Copyright © 2018 Unipro Editora

Todos los derechos están reservados y protegidos por la ley. Está prohibida la reproducción total o parcial sin el consentimiento expreso de la editorial. Este libro fue revisado según la Real Academia Española. Los textos bíblicos citados están en la versión La Biblia de las Américas (LBLA), salvo mención expresa.

Dirección ejecutiva: Jadson Duarte

Edición y coordinación editorial: Sandra Gouvêa

Dirección de arte: Paulo Junior

Tapa: Anderson Claudino

Preparación del texto: Jaqueline Corrêa

Revisión: Adriana Bonone

Fotos: Demetrio Koch, Archivo personal, Reproducción de Internet y CEDOC — Unipro

Asistentes editoriales: Ana Letícia Lima y Ricardo Rodrigues

Colaboradoras: Raquel Souza e Vanessa Martins

Traducción y revisión: Marta Angélica Corvino

Versión electrónica: Gabriela Arruda

Todas las informaciones contenidas aquí con relación a prácticas religiosas y experiencias de carácter ilegal exponen solo la percepción individual del autor y no necesariamente reflejan la práctica real o incluso el entendimiento de Unipro Editora y de sus profesionales con relación al tema.

S237s

SANTOS, CLODOMIR

SOBREVIVÍ - MI LIBRO DE MEMORIAS / CLODOMIR SANTOS

1.a EDICIÓN - SAN PABLO: UNIPRO EDITORA, 2020.

ISBN 978-65-86018-62-2

1. PERFIL. 2. BIOGRAFÍA 3. MEMORIAS.

1. TÍTULO.

CDD 920

Rua João Boemer, 296 — Brás

São Paulo / SP — CEP: 03018-000

+55 11 5555-1380

[email protected]

unipro.com.br

Dedicatoria

Al Señor Dios, que no miró mi condición, sino mi corazón. A Él, que me guardó, me liberó y me salvó, rindo mi vida todos los días.

Agradecimientos

Mis sinceros agradecimientos a Arlete Souza, Cláudia Matos, Eliana Caetano, Isis Regina, Luiz Carlos Matos, Marco Antônio Matos, Marcus Souza, Mônica Matos, Nildo Maciel, Paulo Roberto da Silva, Rita Cássia Cruz, Soraya Campos, Vagner Silva, Valcemira Pinheiro, Valdirene Pinheiro y Vera Regina Pinheiro.

Índice

Introducción

Capítulo 1

El origen del caos en mi vida

Una familia desestructurada

Camino al abismo

La doble vida de mi padre

“¡Desgraciado!”

Para aplacar el hambre: almendras y ranas

De la escuela a la delincuencia

Capítulo 2

Matar o morir

El laberinto de la delincuencia

El susto 2 en 1

Disgustos de madre

¡Suelte a mi hijo!

Robin Hood

Algunos enemigos

Mano Blanca

Cada uno por sí

Capítulo 3

El decreto se cumplió

Plan arriesgado

Error fatal

Uno por uno

No fue esta vez

La triste muerte de mi padre

No pasas de junio

La mano salvadora

Capítulo 4

Misión de vida: ganar almas

Cómo fue sembrada la semilla

Del odio a la redención

El mayor milagro

Incomprensión familiar

Una sed incontrolable

Del fondo del pozo hacia el Altar

Un golpe para mi madre

¡Atrapa al ladrón!

El tercer hombre

Ajuste de cuentas

Capítulo 5

De un hogar destruido a la edificación de mi propio hogar

Nuevo corazón

El diablo no desiste

Valió la pena tanta espera

Soy el padre que nunca tuve

Mis desafíos en la Obra de Dios

Eterna nostalgia

Una carta de mis hijos

Una carta del amor de toda mi vida

Capítulo 6

Seis lecciones que aprendí a lo largo de mi vida

1. Aprendí que la humildad es el primer paso para el cambio

2. Aprendí a negarme a mí mismo

3. Aprendí a desprenderme del mundo

4. Aprendí que la religión no salva a nadie

5. Aprendí que la victoria y la derrota están dentro de nosotros

6. Aprendí que mi pasado no determina mi futuro

Hay una salida

Álbum de fotos

Bibliografía

Introducción

Mi sincero deseo

Usted está a punto de leer un poco sobre mi trayectoria de vida. Sin embargo, antes de proseguir, me gustaría presentarme. Soy carioca, nacido y criado en Río de Janeiro, pero, desde que Le entregué mi vida al Señor Jesús, suelo decir que dejé de ser un ciudadano de la capital fluminense para convertirme en un ciudadano del Reino de Dios. Porque es eso lo que la conversión hace: saca de nuestras manos el control de nuestra propia vida y lo pone en las manos de Aquel que controla hasta los vientos.

Después de entregarme verdaderamente a Dios, tuve la certeza de que a mí me gustaría ser pastor. Cuando eso sucedió, en las ciudades por las que pasaba, comencé a ayudar a las personas que llegaban a la Universal. Me casé con Fátima y soy padre de dos hijos. Tiempo después, me convertí en obispo y comencé a ejercer mi llamado en el extranjero. Trabajé en los Estados Unidos — más precisamente en Nueva York, California, Nueva Jersey y Chicago — y en Argentina. Y, para contribuir aún más a ganar almas, escribí dos libros: Mensajes Evangelísticos — volúmenes 1 y 2.

Vea que mi elección me llevó a lugares a los que nunca imaginé que llegaría; después de todo, yo era solo un chico de la favela, lleno de sueños y expectativas, pero sin una perspectiva positiva. Cuando miro hacia atrás, veo que mi fe no se habría sustentado si no hubiera pasado por todo lo que pasé.

Le confieso que no fue fácil traer a la memoria muchas situaciones angustiantes y peligrosas, relatadas aquí, que viví con algunas personas cuya identidad será preservada. Las mencionaré mediante nombres ficticios.

Yo fui un joven muy activo en la delincuencia: asalté, robé, trafiqué e incluso planeé la muerte de una persona, lo que me trajo grandes problemas, al punto de ser perseguido. Todo eso llevó a mi madre a la desesperación. Todavía hoy me causa mucha tristeza recordar el sufrimiento por el que la hice pasar.

Hoy, por la gracia de Dios, como hombre regenerado, busco, a través de mi llamado ministerial, y ahora, a través de este libro, mostrar que la razón del sufrimiento de las personas no es la falta de salud, de dinero o de una relación amorosa estable, sino la falta de una relación con Dios. Hubo un momento en el que también creía que mi vida solo cambiaría después de que resolviera la difícil situación económica que enfrentaba mi familia. En ese engaño, entré al mundo de la delincuencia y sufrí lo que nunca imaginé que sufriría.

Ese engaño fue tan profundo que creí que, con cada paso que daba, iba en dirección a mi objetivo, que era ayudar económicamente a mi familia; pero, en realidad, estaba yendo por el camino opuesto: el camino del abismo.

Mis amigos fueron asesinados, y yo, por poco, no tuve el mismo final que ellos. Pero fue solo después de llegar al fondo del pozo que logré mirar hacia lo Alto y agarrarme de la poderosa mano que me ofreció auxilio.

Los más escépticos pueden decir que no morí a manos de la policía y otros delincuentes por pura suerte, a fin de cuentas, ¿qué criminal puede contar con la ayuda de Dios si no hace Su voluntad? El Señor, sin embargo, oye la súplica de aquel que, con sinceridad, desea abandonar sus malos caminos.

Es como está escrito:

Todo lo que el Padre Me da, vendrá a Mí; y al que viene a Mí, de ningún modo lo echaré fuera.

Juan 6:37

Por lo tanto, en este libro de memorias, les presento no simplemente una historia de aventuras, sino relatos de la vida perdida, sufrida y angustiada de un joven que, cansado de ver a la miseria propagándose en su casa, decide dejar los estudios e ingresar en la delincuencia, para llevar el pan a su hogar y para huir del propio caos.

La intención de revelar mi vida en las próximas páginas no tiene nada que ver con la exposición gratuita o la vanidad personal, sino con el sincero deseo de contribuir a que los que sufren, como un día yo sufrí, tengan la esperanza real de que sus vidas pueden ser transformadas, así como lo fue la mía. Además de hacer que los que ya se han entregado al Señor Jesús se fortalezcan todavía más en Él, sabiendo que, mientras haya fe, siempre habrá un motivo para que Él nos sorprenda.

Decreto de muerte

Llegamos al templo umbanda una madrugada de sábado. Los demás miembros de la pandilla y yo decidimos consultar a un pai de santo para saber si la emboscada al policía resultaría bien. Allí, también, hicimos un pacto con el fin de obtener protección. ¡Esto es habitual! La mayoría de los delincuentes busca esta “ayuda” espiritual.

La entidad que se manifestó ante nosotros dijo que tendríamos éxito en nuestro plan contra ese policía. Prometer éxito, gloria, es una estrategia que toda entidad utiliza para engañar a las personas y hacerles creer que no hay nada que ella no les pueda otorgar. Sin embargo, cuando ese ser espiritual le da algo a alguien, automáticamente le quita otra cosa, sin que ese alguien se dé cuenta. Explicándolo mejor, con la supuesta “dádiva” que brinda cualquier entidad, viene todo tipo de enfermedad sin causa conocida, una deuda impagable, un conflicto amoroso, un problema familiar, insomnio, miedo, angustia o cualquier otro problema que surge para robar por completo la paz del individuo. Sin embargo, nada de eso era de nuestro conocimiento.

Estábamos tan ciegos que solo nos interesaba la supuesta protección de esa entidad. Confiamos devotamente en lo que nos prometió. Para sellar el pacto, la entidad tomó la sangre de un animal y untó las balas que serían utilizadas en el crimen. Pero eso no fue todo. Con la “garantía” de que tendríamos éxito, vino un terrible decreto de muerte que, con el paso de los años, se fue cumpliendo fatalmente.

Guardamos las balas y esperamos a que terminara el ritual. De repente, nos sorprendió otra entidad, manifestada en una mujer, que vino a nuestro encuentro. Sin rodeos, empezó a hacernos algunas preguntas a mí y a los demás miembros de la pandilla, incluido mi hermano Cláudio.

— ¿Cuál es tu nombre?

— João — respondió desconfiado el líder de nuestro grupo.

— ¿Cuánto tiempo tienes en la Tierra?

En otras palabras, la entidad quería saber su edad. No recuerdo qué respondió João.

— Tienes tres años más en la Tierra — determinó.

— ¿Y tú? — le preguntó a mi hermano.

— Cláudio.

— ¿Cuánto tiempo en la Tierra?

— 17.

— Vivirás solo cinco años más.

— ¿Y quién eres tú?

— Varejeiro.

Y ni bien todos respondían, ella decretaba la muerte de cada uno. Finalmente, nos preguntó a Telê, a Ronilson y a mí.

— ¿Tu nombre?

— Magrão — ese era mi apodo.

— ¿Cuánto tiempo llevas en la Tierra?

— 15.

— Tú solo tienes dos años más aquí.

Al final, nadie respondió nada, ni contestó, mucho menos yo, pero, en mi interior, aunque no conocía a Dios, rechacé aquellas palabras y, de alguna manera, las reprendí.

— Solo si Dios no me guarda — declaré inmediatamente dentro de mí. Por primera vez, no acepté las palabras pronunciadas por una entidad a la que, hasta entonces, respetaba.

A pesar de aquel “decreto”, no salimos de allí pensando en lo que nos podría pasar. Estábamos tan concentrados en matar a ese policía que no nos importó nuestra propia muerte, que no tardaría en llegar, según la entidad. Vivíamos tan dominados por el odio que parecíamos anestesiados.

Pero solo entendí eso mucho después, cuando tuve conocimiento de cómo actúa el mal: dirige nuestro pensamiento hacia algo que creemos que es importante y dejamos de lado lo que realmente importa, justamente para desviar nuestra atención. Es decir, lo que más hace el diablo es trabajar para distraernos, usando cualquier cosa, tema o persona que nos aleje de la fe en Dios. Y, cuando eso ocurre, sin darnos cuenta, le abrimos espacio para que actúe.

Fue lo que nos sucedió a nosotros.

A medida que pasaba el tiempo, vi morir a cada uno de mis amigos. Y, lamentablemente, de una forma o de otra, terminé convirtiéndome en testigo de aquellas palabras de maldición lanzadas por esa entidad, sin darme cuenta de que, así como mis amigos, yo también sería solo uno más en las estadísticas. Cuando llegó mi turno, exactamente dos años después de haber oído y de no haber aceptado aquel decreto diabólico, aquellas palabras, de cierta manera, se confirmaron en mi vida. En el año marcado para mi muerte, yo de hecho morí.

Capítulo 1

El origen del caos en mi vida

Una familia desestructurada

Mi padre llegó a ganar en la lotería, pero decía que no les dejaría nada a los desgraciados de sus hijos.

Mis padres no fueron un buen ejemplo para mí y para mis hermanos; a pesar de eso, no puedo culparlos por mi ingreso al mundo del crimen, eso sería injusto. Me torné marginal por varios motivos, entre ellos: dificultad económica, influencia del mal y falta de noción del peligro.

Mi padre no era una persona mala, aunque le haya causado mucho sufrimiento y demasiada humillación a mi mamá. Mis hermanos y yo nunca aceptamos eso. A veces, de la nada, le pegaba, y nosotros sentíamos sus dolores. Él era callado, serio, creo incluso que me parezco a él en el temperamento, menos en su modo exagerado. Cuando entraba en casa, parecía que un clima pesado invadía el lugar. Teníamos la sensación de que él andaba con una nube oscura sobre la cabeza, como si viviera en tinieblas, por eso, no pasaba mucho tiempo sin que una pelea ocurriera. Bastaba una chispa, una palabra dicha de forma equivocada, y un simple malentendido se transformaba en una terrible pelea. Yo no sabía el porqué de aquello, pero hoy sé que era la influencia del mal.

Una vez, a los gritos, acompañado de insultos y acusaciones, él le dijo a mi madre:

— ¡Solo serviste para parir!

Para mi padre, mi madre era culpable de la vida que él llevaba, como si su fracaso fuese el resultado de la incompetencia de ella. Ella le echaba en cara que se había arrepentido de no haberle dado oídos a su madre, cuando le decía que no se involucrara con él. Como eso parecía no afectarlo, ella le respondía más agresivamente:

— ¡Miserable! ¡Desgraciado!

Eso era suficiente para que él la atacara. Cuando eso sucedía, gritábamos con la intención de protegerla.

— Por el amor de Dios, papá, ¡no!

Ni bien esas peleas se desencadenaban, mi madre corría a la casa de mi abuela, que no podía darle abrigo, con tantos niños, en una simple habitación en la que vivía.

Mi madre tuvo siete hijos. Mi abuela y mis tías no entendían cómo concebía, prácticamente, a un hijo tras otro, a pesar de enfrentar, con mi padre, dificultades económicas durante largos años.

Por ser una joven muy bonita, enseguida mi madre había despertado el interés de mi padre. Mi abuela nunca lo vio con buenos ojos. Primero, porque sabía que él se dedicaba al juego ilegal; y, segundo, porque era un bohemio. Mi abuela no aceptaba el hecho de que su hija, una joven tan esforzada y trabajadora, se involucrara con un hombre de vida relativamente fácil, dado a la bebida, a las mujeres y a delitos. Por eso, no estaba de acuerdo con aquella relación. El problema es que mi madre, a los 17 años, siendo muy ingenua, se enamoró y cayó bajo los encantos de un hombre 13 años mayor, que sabía muy bien lo que quería. Para conseguir conquistarla, siempre la seguía, la cortejaba y le daba regalos. Así, ella creyó haber encontrado una oportunidad para formar su propia familia, sin embargo, ni se imaginaba que enfrentaría tanto sufrimiento a su lado.

En cierta ocasión, cuando yo ya integraba una pandilla, entré a mi casa armado y presencié la pelea de mis padres. Noté que mi padre estaba a punto de golpear a mi madre y me interpuse para intentar impedirlo. Tuvimos una discusión tan fea que él me dio un puñetazo en la cara. Gracias a Dios, y realmente solo por Él, no le di un tiro a mi propio padre. Tenía todo para darle un fin a su vida, pero no lo hice. Él me echó de casa y mi madre fue detrás de mí, pero yo no quise volver. Regresé solo a la noche para dormir.

Esas peleas constantes eran provocadas, entre otros motivos, por el egoísmo que mi padre comenzó a tener. Mi madre decía que él era muy bueno con los demás, pero estaba dejando que desear dentro de casa.

Para tener una idea de esa fase egoísta, él llegó a ganar en la lotería, pero decía que no le iba a dejar nada a nadie porque si no “los desgraciados de sus hijos” se iban a matar. Él decía eso especialmente cuando estaba alterado por las drogas o por la bebida. Fuera de eso, dentro de casa, permanecía en su mundo.

A pesar de los problemas de mi padre, él tenía algo bueno. A veces, intentaba corregirse, pero no lo lograba. Si él hubiera conocido al Señor Jesús y se hubiera entregado a Él, con certeza habría sido un padre, un marido y una persona mejor. Y mi madre, aun viviendo días turbulentos, insultando a su marido y a sus hijos cuando se ponía nerviosa, en el fondo poseía una bondad que quedaba escondida detrás de tanta amargura. Incluso con toda su aflicción, aún era posible ver una luz, un rayo de esperanza sobrevolándola. Por eso, estoy seguro de que había realmente un mal por detrás, porque mis padres, aunque lo intentaran, no lograban llevarse bien.

A veces, me venía a la mente aquella pregunta: ¿por qué no se separan? Si pelean tanto, se odian y no se soportan, ¿por qué permanecen juntos? ¿No sería más fácil separarse? No era tan simple. Si mi mamá hubiera querido, se habría separado, pero era aquella vieja historia: malo con él, ¡peor sin él! En aquella época, no había, como hay hoy, un espacio donde la voz de la mujer fuese oída. Además, ¿cómo iba a lograr sustentarse sola, con siete niños pequeños, uno enfermo y totalmente dependiente? Era muy difícil para mi madre tomar la actitud de separarse de mi padre, por eso prefería someterse a un matrimonio infeliz antes que tener que sacrificar todavía más a sus hijos. Pero además había otro factor: ella quería huir de su historia familiar.

Mi abuela había tenido cuatro hijos con un hombre y tres hijos con otro. Esa división en el seno de la familia hizo que mi madre deseara lo opuesto para ella. Aunque había concebido siete hijos también, el problema no era la cantidad de hijos, sino de maridos.

Ella no soportaba la idea de casarse por segunda vez. Entonces, permanecía con mi padre que, a pesar de los pesares, era el único padre de su prole. La primera hija, Cláudia, había nacido cuando mi madre tenía 24 años. Inmediatamente después, nacimos Cláudio y yo. Luego, respectivamente, vinieron Luiz Carlos, Mônica, Marco Antônio y Janaína. Con respecto a la menor, fue mi padre quien eligió su nombre. Él había ido a una casa de espíritus a hacer un determinado trabajo, por un motivo que no recuerdo, y volvió de allá diciendo que llamaría a su hija Janaína, pues era un nombre que hacía referencia al mar.

Janaína era una niñita blanquita, de cabello negro y muy cariñosa, que nació con retraso motor y parálisis. Por esa razón, no hablaba bien y no caminaba. Su estado de salud le traía un enorme sufrimiento a mi madre, que cada semana la llevaba al Hospital Federal de Andaraí para tratarla. Pero, según la medicina, no había solución para ella. Aun así, en el afán de verla libre de aquel drama, intentamos hacer algo para cambiar esa situación. Fue cuando mi madre buscó la cura de mi hermana en la umbanda, en la quimbanda y en los centros espiritistas. Además, participó en procesiones en la Iglesia Católica e hizo promesas para ver a Janaína curada, pero nada sirvió.

Todos le teníamos mucho cariño a nuestra hermana, nos dedicábamos mucho a ella; yo, inclusive, llegué a ayudar a mi madre a llevarla a todos esos lugares, creyendo que la situación podría ser cambiada. Sin embargo, hubo un momento en el que mi familia quedó con las manos atadas, pues ya no había nada más que hacer a no ser creer en un milagro. Hasta que llegó el momento en el que nos resignamos, porque ya lo habíamos intentado todo para revertir aquel cuadro considerado irreversible. Su situación también se agravó por nuestra falta de recursos, ya que, con el tiempo, mi padre fue perdiendo lo que poseía y la miseria fue aumentando como una bola de nieve en nuestra casa.

Camino al abismo

Cuando no se conoce la Verdad, es muy difícil conducirse por el camino correcto.

Hasta mi nacimiento, mi familia tuvo una vida relativamente buena. Mi madre contaba con la ayuda de una empleada doméstica y había dinero para vivir bien; pero, como a mi padre le gustaba mucho jugar, fue perdiendo lo que ganaba en las carreras de caballos. Ese era uno de los motivos por los cuales ellos peleaban absurdamente; y los problemas en su relación se agravaron todavía más con la llegada de los otros hijos, al punto de que prácticamente dejaran de hablarse. Quien intermediaba en las desavenencias era mi hermana Cláudia, la mayor. Ella era el puente entre ellos cuando necesitaban intercambiar palabras, asumiendo una postura que no le correspondía, cuando debería haber estado en la posición de hija protegida y cuidada por ellos.

Dentro de ese ambiente conflictivo, crecimos prácticamente sin recibir amor ni atención. No tuvimos, por lo tanto, una familia armoniosa, principalmente debido a las adicciones de mi padre al juego, a la bebida y a las drogas. Para tener una idea de la situación, mi padre iba alterado a registrar el nacimiento de los hijos cuando nacían. Por confundir su apellido con el de mi madre, todos mis hermanos, con excepción de uno, tienen su nombre cambiado.

Hoy sé que cuando no se conoce la Verdad, como era nuestro caso, es muy difícil conducirse por el camino correcto, por eso no culpo a mi padre. Él también era una víctima de las fuerzas malignas que hacen todo para destruir a las familias.

Estoy seguro también de que era esa influencia espiritual la que hacía que mi padre difícilmente nos demostrara algún tipo de alegría, a no ser que estuviera bajo los efectos de la droga o del alcohol. En esas ocasiones, él incluso jugaba, bailaba incluso para vernos sonreír, o nos regalaba monedas de su vuelto; pero, fuera de eso, entraba a casa mudo y salía callado, o entraba peleándose con mi madre por el hecho de no tener comida o por cualquier otro motivo, como si su falta de dinero fuera culpa de la familia y nunca de su vicio y de su vida libertina. Inclusive, su relación con otras mujeres también era una de las principales razones del fracaso de la de ellos.

Un día, cuando yo estaba pasando en auto por Madureira con una tía y su marido, vi el auto de mi padre estacionado. Sorprendido, me incorporé para ver si lo veía. Para mi decepción, él estaba acompañado por una mujer, lo que me molestó mucho.

Cuando el auto de mis tíos pasó y siguió viaje, me quedé con aquella sensación de frustración, tristeza, rabia e indignación dentro de mí. Y, como aún era un niño, aguardé ansiosamente llegar a mi casa para contarle todo a mi madre.

Ni bien bajé del auto y la vi, solté:

— Mamá, vi a mi papá con una mujer dentro de su auto.

Mi madre empalideció y se llenó de rabia. Parecía que no veía nada más frente a ella. Cuando mi padre llegó, la pelea ya estaba armada y los insultos comenzaron. ¡Fue un infierno! Mi padre encima intentó defenderse, pero era inútil, pues sabía que su hijo lo había visto en la calle. Debido a eso, él estuvo varios meses sin hablar conmigo.

Sutilmente, toda esa situación fue conduciéndome, poco a poco, al abismo de la delincuencia.

La doble vida de mi padre

Nadie toma una actitud radical simplemente “de la nada”. Algo alimenta su interior día tras día, hasta que, completamente contaminada, la persona sale de su ruta.

Además de las desavenencias familiares, existía la desconfianza de que mi padre tenía una doble vida en la delincuencia.

Cierta vez, él estaba yéndose a trabajar cuando fue detenido por la policía en la esquina de nuestra calle. Nunca supimos el motivo. Entonces, quedó flotando en el aire qué podría haber hecho para que la policía fuera tras él.

Lo que sabíamos sobre la vida de mi padre era “más que suficiente” para que lo “dejáramos en paz”. Sabíamos que tenía un puesto de lotería clandestina y que inclusive había llegado a ser el segundo hombre de uno de los principales del juego clandestino de Río de Janeiro, llamado Natal. Después de que ese jefe murió, mi padre pasó a trabajar con Piruinha y con Raul Capitão. En ese tiempo, no nos faltaba nada, sin embargo, nos dábamos cuenta de que algo estaba mal. Aunque mi padre trabajara con la lotería clandestina, que siempre dio mucho dinero, él siempre lograba valores más allá de lo que ganaba en el puesto. ¿Cómo? No sé. Para nosotros, él era solo un empleado de la lotería clandestina.

Desconfiamos aún más de que pudiera haber algo comprometedor con respecto a mi padre cuando, un día, llegó todo vendado. Dijo, sin entrar en detalles, que había sufrido un accidente de auto. Por causa de ese incidente, quedó con secuelas en el brazo y necesitó operarse las costillas.

Días después, vimos en un noticiero que una banda había intentado realizar un asalto en Madureira, zona norte de Río. No estábamos seguros, pero todo indicaba que mi padre había participado en eso. Por eso creíamos que el dinero que conseguía de más venía directamente de robos, asaltos y tráfico. En la época en la que mi padre trabajaba en el juego clandestino, los delitos como tráfico de drogas y homicidios quedaban encubiertos detrás de esa cortina. Por eso, es muy probable que se involucrara también con alguna de esas emboscadas que proporcionaban el poco confort que poseíamos entonces.

Aunque mi padre nunca hubiera llevado a un bandido a nuestra casa y nunca hubiese dejado traslucir la vida que llevaba en la delincuencia, no era posible encubrirlo todo. Recuerdo que, cuando era pequeño, alrededor de mis 5 o 6 años, llegué a visitarlo con mi madre a Cândido Mendes, una cárcel considerada de máxima seguridad en Ilha Grande, en Río.

Otra vez, cierto tiempo después, fui a verlo a la cárcel Evaristo de Moraes, otro lugar de máxima seguridad, también llamado Galpão da Quinta da Boa Vista.

En esas dos ocasiones, a pesar de ser muy pequeño, guardé en la memoria aquellos ambientes de personas marginalizadas, sin imaginar que, en el futuro, me convertiría en uno de aquellos que vi en esas prisiones. Lamentablemente, eso fue algo que sucedió de forma natural, en virtud de las circunstancias en las que vivíamos. Inclusive porque nadie toma una actitud radical simplemente “de la nada”. Algo alimenta su interior día tras día, sea a través de una palabra, de un pensamiento o de un ejemplo, hasta que, completamente contaminada, la persona sale de su ruta.

Sin que me diera cuenta, eso fue sucediendo conmigo.

“¡Desgraciado!”

¿Cómo puede alguien dar lo que no tiene?

— ¡Desgraciado!

Esa era la palabra que más decía mi madre. Cualquier cosa, cuando se ponía nerviosa, era motivo para que usara ese término para insultarnos. Yo no la juzgo, comprendo las luchas que enfrentó. Siete hijos para criar prácticamente sola, entre ellos, una con grandes problemas de salud; un marido adúltero, la dificultad económica, la falta de respeto y problema tras problema hacían que ella fuera una mujer atribulada de espíritu. Y si la Biblia dice que la boca habla de lo que abunda en el corazón, ella solamente liberaba lo que estaba en su interior: amargura, aflicción, desprecio, humillación, resentimiento y rabia. Ella alimentaba todo eso principalmente a causa de su situación como esposa. Mi madre guardaba mucho resentimiento hacia mi padre debido a sus varias traiciones. Por eso, se peleaban mucho, al punto de dormir en habitaciones separadas. Fuera de casa casi nadie notaba eso, pues era una vida de apariencia. Debido a eso, ella nunca fue una madre cariñosa, y eso hacía que sintiéramos mucha falta de su afecto. Para llamarle la atención, de vez en cuando me las arreglaba para engriparme. Iba bajo la lluvia, me quedaba con la ropa mojada, me hacía el desganado, solo para mostrarle que estaba necesitando su cuidado. Era cuando recibía su cariño. Para ver si tenía fiebre, ella apoyaba su mano sobre mi frente o ponía su cara sobre la mía, y solo eso ya hacía que me sintiera mejor. Pero, a veces, cuando estaba enojada, simplemente me decía:

— Ah, ¡esa fiebre es para mañana!

Quería decir que enseguida ese malestar pasaría y, así, yo entendía que no tendría el rozar de su rostro en el mío. Era una decepción no solo para mí, sino también para mis hermanos, que, de igual modo, inventaban sus propios medios para atraer su mirada hacia ellos. Todo eso porque queríamos su cariño, su abrazo. Pero, generalmente, cuando nos acercábamos, ni bien rodeábamos con el brazo su cintura, ya gritaba:

— ¡Ah! ¡Sal de aquí! ¡Hoy no estoy bien!