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Intoxicados como estamos de tópicos buenistas, de sucedáneos y caricaturas de los sentimientos, no sabemos ya qué significa realmente la misericordia. Muy a menudo la confundimos con un sentimiento de piedad, perdón y acogida, a merced de nuestro estado de ánimo. Pero la misericordia, como bien demuestra este libro, en el que hay mucha palabra de Dios y mucha humanidad, es algo bien distinto. No proviene del hombre sino de la relación con Dios. Es "una obra de Dios en el hombre". El autor, apoyándose en cada una de las siete obras de misericordia espirituales, nos ayuda a entender cómo no se puede ser feliz sin misericordia, porque la felicidad más profunda consiste precisamente en cuidar a los demás.
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Seitenzahl: 257
Veröffentlichungsjahr: 2025
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FABIO ROSINI
SOLO EL AMOR CREA
Las obras de misericordia espirituales
Prólogo de Marko Ivan Rupnik
EDICIONES RIALP
MADRID
Título original: Solo l’amore crea
© 2006 by Fabio Rosini
© 2018 de la versión castellana realizada por Miguel Castellví,
by EDICIONES RIALP, S. A.,
Manuel Uribe 13-15, 28033 Madrid
(www.rialp.com)
No está permitida la reproducción total o parcial de este libro, ni su tratamiento informático, ni la transmisión de ninguna forma o por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico, por fotocopia, por registro u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito de los titulares del copyright. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita reproducir, fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.
Preimpresión: produccioneditorial.com
ISBN (edición digital): 978-84-321-4991-7
ISNI: 0000 0001 0725 313X
He escrito este libro en el primer verano en el que ya no vive ni mi padre ni mi madre.
Les dedico el libro a ellos, que me esperan en el cielo, y que me han esperado tanto, demasiado, también aquí sobre la tierra.
De ellos recibí muchas buenas certezas, las mejores enseñanzas, pero fui ignorante y malo, les afligí, y ofendí, y les hice perder la paciencia.
Nadie ha rezado por mí más que ellos.
Las cuentas no cuadran.
Prefacio
Introducción
La misericordia y sus sucedáneos
Las obras de misericordia corporales y espirituales
LAS OBRAS DE MISERICORDIA ESPIRITUALES
1. Aconsejar a los que dudan
2. Enseñar a los ignorantes
3. Corregir al que se equivoca
4. Consolar al triste
5. Perdonar las ofensas
6. Sufrir con paciencia los defectos del prójimo
7. Rezar a dios por los vivos y los difuntos
Agradecimientos
Cubierta
Portada
Créditos
Dedicatoria
Índice
Comenzar a leer
Agradecimientos
Notas
Este libro es inseparable de su autor. Este libro es Fabio, y Fabio Rosini es más que una persona: aunque tiene un carácter muy fuerte, con rasgos muy marcados, pertenece a quien lo encuentra, con todo lo que él es. Este libro es así.
Lo escribió su autor en el corazón mismo de su ministerio sacerdotal. No lo escribió retirándose un año a una biblioteca. Durante años, estuvo en medio de la gente, se dejó devorar por ella. Un día logró tomar distancia de su encargo, acuciante y absorbente. No olvidemos que puede haber esclavos de la riqueza, del tener y del poder, pero también puede haber esclavos del trabajo. Experimentó entonces una especie de distanciamiento, que le permitió reflexionar mientras seguía trabajando. Por tanto, no es este un libro «escrito», o transcrito, sino «recitado», confeccionado exactamente tal como él habla. Por eso felicito a quien le haya ayudado. Al final hay muchos agradecimientos, pero «a la romana», es decir, bastante ininteligibles. ¡Y ocupan media página!
Tenemos en nuestras manos un libro hermoso, muy bien hecho. Nos parece escuchar en él la voz de su autor. A veces las palabras están incluso cortadas o repetidas. Como cuando habla.
Casi me gustaría utilizar una «palabra excesiva», y lo digo como amigo: Solo el amor crea es un texto «sapiencial». No es un libro sabio, repleto de citas difíciles de localizar, sino un libro verdaderamente sapiencial, útil para todos aquellos que quieran vivir la vida en el Espíritu, sin ocaso, esa vida que no termina en la tumba, sino que la sobrepasa y llega más allá. Y eso es verdaderamente la sabiduría, pues la vida no sigue a la teoría, nunca lo hace. Algunos querrían encerrar la vida en la jaula de las ideas, de los proyectos, convicciones o ideologías. Pero la vida se revuelve, no se deja envolver en cosas teóricas y abstractas. La vida sigue siempre a la sabiduría, y a nada más.
Puedo asegurar que este libro es útil para la vida en el Espíritu. Para saber vivir, para el arte de vivir. Algunos puntos son de una importancia fundamental para comprender las cosas espirituales en nuestros días. Quizá esto pueda parecer extraño, pero creo que su autor no las ha comprendido intelectualmente —espero que no me reproche esto—, sino de forma intuitiva; ha entendido que un cierto modelo de Iglesia toca a su fin. En tiempos de Constantino, el Estado se apoyaba en la Iglesia, la Iglesia en el Estado, en el Imperio, etc. Todo eso se acabó. Y con ello, el sacerdote funcionario, que debe mantener un statu quo. Fabio Rosini entiende que se pierde un tiempo increíble tratando de mantener estructuras, donde hay gente instalada que nada tiene que ver con la fe. Ha comprendido por intuición que hay, por otra parte, toda una marea de gente dispuesta a buscar a Dios, que no encaja en esas estructuras. Porque en ellas no hay agua fresca, ni aire.
Es a esa gente a la que se dirige, y es lo primero que se advierte en su libro. Que lo «políticamente correcto» (usa esa expresión varias veces) se ha terminado.
Se dirige a quien es «sensible», a quien sangra por dentro, a quien muestra que está vivo. Quizá particularmente vivo, porque sufre. Coexiste sin embargo una actitud religiosa, que parte de la institución, de las estructuras, que vive solo en apariencia.
Mientras hay tanta gente que manifiesta grandes deseos, perdemos mucho tiempo con esa otra gente que solo quiere discutir, pero que, en realidad, no «quiere» verdaderamente.
Este libro está escrito para quien quiere, quien busca, quien está herido, para quien vive de verdad en el mundo, y no en un invernadero.
Ese es un primer punto importante.
El segundo —y también fundamental— es que busca transmitir la experiencia de Cristo vivo. No se puede hablar ya de obras, de cosas que hay que «hacer». Así se acaba «con apnea». A menudo se parte de uno mismo, como sujeto que hace el bien, que «hace la caridad». Pero no se puede «hacer» la caridad, ni «hacer» una obra de misericordia. Y Fabio Rosini así lo muestra, a lo largo y a lo ancho de estas páginas, con claridad. Porque eso no serviría más que para fortalecer la coraza del individuo, que se siente así más seguro para la vida eterna: porque ha hecho el bien y pretende pasar así a la vida eterna, como buena persona que es, para ser bueno también allí arriba, recompensado por el bien realizado en la tierra. Pero nadie entrará en el Reino de los cielos de ese modo, es imposible. Solo puede entrar quien esté incorporado en el cuerpo de Cristo, del Hijo. Quien esté vuelto hacia el otro, no egocentrado.
Macario el egipcio (no es un refugiado que llegó hace dos días, sino un maestro espiritual del siglo iv) dice que, si una persona no vive y hace todo desde el Espíritu Santo, todas sus obras serán por vanagloria.
Fabio así lo dice desde el principio: no somos nosotros quienes hacemos las obras de misericordia, ni las espirituales ni las corporales, porque la misericordia, explica, es el nombre de Dios. Puesto que recibo de Dios la misericordia, no hago más que revelar esa misericordia de Dios. Es un punto relevante, muy importante. Una obra de misericordia es revelar lo que nosotros hemos recibido. Es simplemente una transferencia. He recibido, y tú puedes hacer la experiencia de Dios a través de mi humanidad, tal como es.
Si realizo la acción de vestir a alguien, pero no lo revisto de Cristo, eso no sirve para nada. Si doy de comer a alguien sin enseñarle a comer el amor a través de la comida que come, continuará teniendo hambre. La comida tiene muchas «capas», no es solo cuestión de alimento. Eso lo saben bien las familias. Cuando una esposa prepara la comida, su marido la besa con agradecimiento, como Dios manda. No por la salchicha que ha comido, sino porque ha comido la caricia, la ternura, el amor, el cuidado, la atención. Mañana hará algo por ella. ¡Seguro!
Como dice Nicolás Berdiaev, si nuestro «actuar» no es un «revelar», solo revelamos nuestro yo, solo «presumimos». Pero la persona significa que en el interior de sí se revela otro: se revela la existencia de otro que es relacional. Fabio Rosini ha descubierto que la persona busca la relación, y no otra cosa.
Nuestro actuar no puede ya comprenderse como lo ha sido durante siglos: como un empeño por nuestra parte en producir algo. Se entiende, más bien, como una transmisión de lo que hemos recibido. Uno se convierte en lo que recibe. Y es conocido por los demás por aquello que da.
San Juan Crisóstomo dice que nuestra verdadera y única riqueza es lo que damos.
Se acordarán de mí por lo que yo haya revelado. No por lo que «yo» mismo soy, sino por lo que tú has descubierto en mí y a través de mí.
Nuestro actuar debe convertirse en «teofánico». Por eso me parece hermoso que un romano —es difícil ser más romano que Fabio— ayude a entender que asistimos al final de una manera de comprender la espiritualidad. Todo eso se acabó, no sirve ya para nada.
Soloviev se alegraría de lo que dice don Fabio, él que decía: «El verdadero contenido del hombre es el Espíritu Santo». Nuestro actuar es una sinergia, una convergencia divino-humana.
Fabio Rosini quiere mostrarnos de qué está hecha la vida cristiana. Y lo hace caminando de puntillas, con temor y temblor.
La sabiduría se nos concede no por nuestros diplomas, sino por la Cruz de Dios, muerto y, sobre todo, resucitado.
Es hermoso ver un sacerdote que se ocupa de las personas y de la vida cristiana. Hoy hemos entrado en una nueva fase cultural. El Renacimiento, y todo eso, se acabó. Desde hace cien años hemos entrado en una época donde lo que cuenta es la vida. ¿Qué es lo que impera hoy? La mentalidad pagana de la vida.
Quien se ocupa de la vida está revelando otra vida, un gusto de vivir, un arte de vivir. No sirve de nada hablar de evangelización si no vivimos así. Mucha gente que habla de la vida habría hecho mejor eligiendo otro oficio.
Este libro tiene el sabor de la vida, se percibe bien la facilidad de palabra de su autor. Pero es muy consciente de lo delicadas que son las cosas que trata. Y es para mí una gran alegría prologar su libro. No se le puede preguntar por qué no ha elegido otro oficio. Mejor, demos gracias a Dios porque hoy, aquí en Roma, un sacerdote cumple de este modo con su oficio, con su ministerio.
Marko Ivan Rupnik
De puntillas, esperando no molestar a nadie, me he atrevido a hablar de las obras de misericordia espirituales. Lo hice en una serie de programas de la Radio Vaticana, a la vez que las exponía a los jóvenes de la diócesis de Roma, en una experiencia mensual así acordada con algunos vice párrocos. Hoy estas obras parecen discutibles, poco útiles, cuando no despreciables. Estamos en el tiempo de la praxis, de la eficacia, del servicio útil, de las organizaciones sin ánimo de lucro, del voluntariado, las ONG, los resultados, las estadísticas…
Quizás podamos guardar serenamente en el sótano, en el trastero de lo «religioso», estos trazos de espiritualidad, minusvalorados por este admirable mundo de activismo social.
Me contaba un amigo que la víspera de Navidad había ido a llevar ayuda a una serie de sin techo romanos, junto a otros simpatizantes de un movimiento católico. Terminado el recorrido, se dio cuenta de que todavía llegaba a la Misa del Gallo, y se alegró mucho: «¡Qué bien! ¡Tenemos tiempo para llegar a misa!». Los otros cuatro que iban en el coche se quedaron atónitos: «¡¿A misa?!». No figuraba en su programa. No les interesaba. Eran simpatizantes del movimiento católico, pero no iban a misa, ni siquiera en Navidad. Habían celebrado la Navidad visitando a los sin techo, renunciando así a la tradicional cena familiar.
Quizá tuvieran razón. Quizá no hiciera falta ninguna obra de misericordia espiritual, ni oración, ni misas de Navidad. O quizá sí.
He sido párroco, y he estado a menudo junto a lechos de moribundos. Procuré celebrar la casi totalidad de los funerales de los feligreses, y solo delegaba en otro sacerdote si me resultaba imposible asistir, pues los celebraba encantado. Esta impresión se me ha quedado dentro, me ha iluminado, y me ha hecho caminar con el corazón. Un funeral es un momento en el que todo se reajusta, donde las amistades, las relaciones familiares aparecen desnudas, ácimas. El dolor es auténtico y no puedes decir estupideces. Quizá sea porque mi primera homilía la pronuncié en el funeral por mi hermano, fallecido en un accidente aéreo; o porque el primer sacramento que administré como sacerdote fue la unción de los enfermos a mi padre, que dejó al margen su tumor en el estómago para asistir a mi ordenación, cuando tenía cita la víspera para una intervención quirúrgica. Agradezco a Dios este parámetro: lo que más hace sufrir no es el cuerpo, sino el corazón. No es el dolor, sino el sinsentido. No es la muerte, sino la soledad.
Las obras de misericordia espirituales se ocupan del corazón, del sinsentido, de la soledad.
Alguien pensó en tiempos pasados que lo más urgente para el hombre era satisfacer sus necesidades materiales. Por haberle hecho caso, hemos tenido que recoger los restos de sociedades enteras deshumanizadas, porque se habían des-espiritualizado.
Delante de mi iglesia vivía un sin techo, búlgaro. Un día le pregunté si necesitaba algo, y me pareció entender que quería volver a casa de su madre. Mi conocimiento de la lengua búlgara tiene sus límites. Le organicé el viaje. Después de unos diez días regresó. Llegaron entonces unos muchachos estupendos de Cáritas diocesana, y hablaron con él. Se lo llevaron al albergue, donde tuvo así una cama para dormir, y un lugar para lavarse y comer. A veces dormía allí, pero luego se escapaba y se instalaba de nuevo delante de mi iglesia. Me saludaba alegremente por mi nombre cada vez que yo entraba o salía. Me pedía muy poco, pues casi siempre estaba borracho.
No entiendo una letra de búlgaro, pero logré comprender qué es lo que realmente quería: que me detuviera a hablar con él. Que conociera su nombre. Se llamaba Gheorghi. Hace unos días, lo metieron en un avión por segunda vez, rumbo a Bulgaria. No sé si regresará.
No es fácil charlar con Gheorghi. Por eso he escrito este libro.
Empecemos por hacernos algunas preguntas: ¿cómo andamos de compasión? ¿Alcanzamos un nivel satisfactorio de misericordia? ¿El mundo en el que nos desenvolvemos puede considerarse, con todas sus letras, misericordioso? Seguramente es un mundo que habla mucho de los buenos sentimientos, que aplaude la generosidad, que alardea de solidaridad, tolerancia y buena acogida. Al mismo tiempo, lamenta la injusticia, denuncia la crueldad y la opresión. E incluso existen en él dos espectáculos contrapuestos: el de «lo social», por un lado, y el del «horror» por otra.
Vivimos en un mundo confuso, contradictorio, que da con una mano y quita con la otra. Con una mano sana, y con la otra descuartiza.
¿Quiere esto decir que asistimos a una lucha entre el bien y el mal y, por consiguiente, entre la misericordia y la crueldad? ¿Es la lucha entre buenos y malos?
El Salmo 136, como veremos, repite una frase muy frecuente en la Biblia: «Porque es eterna su misericordia». Existe una misericordia, la de Dios, que es eterna. Y hay otras, que de eternidad saben bien poco. Están llenas de limitaciones, tienen el techo bajo. Son frágiles, se desmenuzan. Son misericordias incompletas. Despojos de misericordia. Sentimentalismos, asistencialismos, buenismos. Se quiebran contra el muro del legalismo, mientras repiten el eslogan: «¡Esto ya es demasiado!». Y fracasan.
Pero el mal no es nunca totalmente malo. Tiene sus motivos, deriva de reivindicaciones, es fruto de una historia. Curioso: generalmente está entretejido de justicia, tiene una historia que contar, refleja una rabia que lo auto justifica. Otras veces, está animado por un sentimiento de revancha, o recuerda un amor roto, un bien hecho añicos, o una vida robada.
Sentimientos. Poderosos, violentos. Agarro una metralleta y mato a todos porque cuando tenía once años me machacaron con el bullying. Cojo un avión y derribo un rascacielos porque vosotros habéis bombardeado mi aldea. Entonces yo me apodero de ti y de todos los de tu calaña, te encierro en Guantánamo y te interrogo durante 180 horas, en una celda helada y sumergiéndote la cabeza hasta casi ahogarte. Tengo razón. Estoy haciendo lo correcto. Gott mit uns1.
¿Cuál es la palanca, la clave de todo esto? Nada de buenos y malos. Solo visiones parciales, unilaterales, desintegradas, individualistas, a pesar de que tengan su parte de bien.
Pero de lo que debemos hablar es de algo muy diferente: se llaman obras de misericordia, o también obras de vida eterna. La palabra «eterna», en griego aiôn, en hebreo olam, en todas las lenguas conlleva plenitud, ausencia de límites, totalidad. Obras completas. Misericordia sin errores en el código fuente. Pero, ¿qué errores? Veamos.
El amor no es un sentimiento. No, no lo es. En sí, sería un acto. Dado que es la cosa más complicada y más profunda que un bípedo pueda hacer, el amor envuelve al ser humano en su totalidad y, por tanto, también a los sentimientos. Si solo fuera un sentimiento, se ceñiría a los confines de los sentimientos. En cambio, el amor muchas veces viaja a otros territorios. Como sucede siempre que se hace algo sin ninguna gana, solo por el otro, por su bien. Acunar a un niño que te despierta por cuarta vez en la misma noche, cinco noches consecutivas, no se hace en virtud de ningún sentimiento, sino solo por esa criatura. ¿Sentimientos? Desaparecen a partir de la segunda noche. Salvo el sentimiento de asombro por no haberse cargado a la criatura, como me dijo alguien en una ocasión.
También la misericordia sufre ese equívoco. Como sucede a menudo cuando tratamos sobre los pilares fundamentales de la vida cristiana, entre el afán de ser comprensivos, de encontrar atajos, y una cierta tendencia a la superficialidad, la cuestión es, cuanto menos, discutible. Será mejor, por tanto, atenerse a los datos genuinos y primordiales de la Sagrada Escritura.
Llegados a este punto, advertimos entonces humildemente que la misericordia es un tema demasiado vasto. Y debemos resignarnos: solo podremos identificar sus principales características que, como veremos, son dos.
¿Qué es la misericordia en la Escritura? Si nos empeñamos en verla como el estado emocional/interior del misericordioso, o como un sentimiento de piedad, perdón y acogida hacia quien pasa necesidad o cae en el error, estamos errando el punto de mira. Dios, ante todo, manifestaría esa misericordia ante quien comete una falta. Frente al error y la debilidad humana, sería de ordinario misericordioso, y perdonaría. Dicen. Ese perdón, por cierto, parece una especie de indulto gracias a la paciencia de Dios. El hombre se equivoca, pero Dios perdona.
Luego nosotros, por nuestra parte, debemos ser también misericordiosos. ¿Cómo? Mediante la coherencia, como quien obedece a un noble deber y con un firme empeño en la voluntad. Adiós a los sentimientos. El riesgo, como mínimo, es de que todo suene a falso, a la vista de las implicaciones del verbo «deber», si es cierto que la misericordia es un movimiento del corazón.
Reductivo. Falaz. ¿Por dónde podemos recomenzar?
Los términos fundamentales que expresan la misericordia en el Antiguo Testamento se encuentran en un texto imprescindible del capítulo XXXIV del libro del Éxodo, donde el Señor proclama el propio Nombre con una abundancia de atributos, inaudita hasta ese momento en la Escritura.
Los precedentes inmediatos se refieren a Moisés, el hombre que recibió una extraordinaria revelación de Dios y de su nombre, y sobre la base de esta revelación cumplió una misión épica: liberar al pueblo del poder de Egipto. Al llegar a los pies del monte Sinaí, tras la división de las aguas del Mar Rojo y la travesía del desierto, quedó establecida una alianza. Esta Alianza fue traicionada de inmediato por el pueblo —recordemos el becerro de oro— y hubo que restaurar el estado de las relaciones entre Dios y el pueblo. Se labraron nuevas tablas de piedra con las Diez Palabras de la alianza, y el Señor pudo ponerse al frente de su pueblo y de Moisés proclamando su nombre, porque de su nombre deriva el poder de hacer nuevas las cosas y restablecer lo que estaba roto. El texto dice: «Señor, Señor, Dios compasivo y misericordioso, lento a la cólera y rico en misericordia y fidelidad; que mantiene su misericordia por mil generaciones, que perdona la culpa, el delito y el pecado, pero nada deja impune pues castiga la culpa de los padres en los hijos y en los hijos de los hijos hasta la tercera y cuarta generación»2.
Misericordioso y compasivo, lento a la cólera, rico en misericordia y fidelidad. Este es su documento de identidad. Como ya se ha dicho, el Dios de la Biblia nunca había sido tan elocuente al tratar sobre sus propias capacidades. Pensemos, por ejemplo, en la expresión «lento a la cólera». Probemos a poner un velocímetro a nuestros arrebatos de ira…
«Rico en misericordia y fidelidad»: Dios es rico, rico en amor, dirá san Pablo: «Dios rico en misericordia»3. Es su riqueza. Hay gente llena de cualidades, de ideas, de bienes, de dinero. Él es rico en misericordia. Cuando quiere hablar de sí mismo, no dice: «Qué fuerte soy, qué bueno, qué hermoso, cuánta razón tengo». Podría decirlo, pero en cambio afirma: «Yo soy misericordia», «soy paciencia, soy cólera lenta». Y comprendemos una gran cosa: que, entre la identidad de Dios mismo y su misericordia, su piedad, su gracia y su fidelidad, hay una perfecta coincidencia. Dios no es misericordioso algunas veces, cuando hace falta: su naturaleza es la misericordia. Es así siempre.
Parecen desentonar, en cambio, otras expresiones que se mencionan a continuación y hablan de «castigar» y «sancionar»: ¿por qué? ¿Qué tienen que ver con la misericordia? Vayamos por partes.
Dos términos hebreos fundamentales, los dos primeros atributos usados en este texto, dan la clave para entender las raíces bíblicas de la misericordia.
El primero, traducido en nuestra versión como «misericordioso», en hebreo hesed, es el término más usado en la Biblia para indicar el amor de Dios, su ternura, su postura frente al hombre. ¿Qué es la hesed?
Por ejemplo, el ya mencionado Salmo 136 repite una cantidad obsesiva de veces, veintiséis, una frase que en hebreo suena kì le-olam hasdò: «… porque es eterna su misericordia», o también, «porque eterno es su amor».
Se habla de una serie de cosas que Dios hace «… porque es eterna su misericordia». Por ejemplo, en los primeros versículos: «Dad gracias al Señor, porque es bueno, porque es eterna su misericordia. Dad gracias al Dios de los dioses, porque es eterna su misericordia. Dad gracias al Señor de los señores, porque es eterna su misericordia. Al Único que hace grandes maravillas, porque es eterna su misericordia». Hasta aquí nada desconcertante. Pero continúa: «Él hizo con sabiduría los cielos, porque es eterna su misericordia. Él afirmó la tierra sobre las aguas, porque es eterna su misericordia»4. Él ha creado el mundo… ¿por misericordia? Si la misericordia se entiende como respuesta al pecado y a las miserias del hombre, ¿de qué se está hablando aquí? Si el hombre no ha sido creado todavía… La misericordia, sin embargo, se pone en relación con la creación, y esto nos resulta aún menos claro.
Más adelante, el Salmo dice: «Él hirió a Egipto en sus primogénitos, porque es eterna su misericordia. Y sacó a Israel de en medio de ellos, porque es eterna su misericordia»5. En la liberación, Él estaba ejerciendo su amor misericordioso. Lo entendemos mejor porque existe la experiencia de redención de la opresión del pecado, del mal. Dios libera a su pueblo de esta condición miserable «…porque es eterna su misericordia». Ha mirado la miseria de un pueblo oprimido. Esto nos cuadra más.
Pero sigamos adelante con este Salmo y descubriremos, al final, que «Él da alimento a todo viviente, porque es eterna su misericordia»6. Es decir, hoy Dios obra también, proveyendo a las criaturas, por misericordia, como ha creado el mundo por misericordia y redime a su pueblo por misericordia.
Tres momentos fundamentales: la Creación, la Redención y la Providencia. El mundo es creado por la misericordia, el pueblo experimentó la liberación por la misericordia y el mundo está bajo una misericordiosa conducción de la historia. ¿De qué hablamos si nos referimos a la creación, la redención, la providencia? Prácticamente estamos hablando de todo.
Dios está siempre obrando según misericordia porque su naturaleza es la misericordia. Si queremos entender este término, debemos afirmar que es la ternura de Dios, que se explicita en la fidelidad y en la operatividad: Dios exterioriza su hesed, su misericordia, actuando con nosotros. No está experimentando un sentimiento ocasional: es el impulso que guía TODO su obrar, todo cuanto hace en favor del hombre. Es una ternura fiel, que gobierna, avanza, crea, guía la historia. Su solicitud por el hombre está conectada a la fidelidad que Él es y que Él manifiesta hacia nosotros. Este término nos pone frente a un Padre que no nos abandona, frente a un Padre que es misericordioso, haga lo que haga con nosotros: empezamos así a entender que también cuando nos corrige, o nos dice que no, incluso cuando nos regaña, se está ocupando de nosotros. El amor, la misericordia, aparece aquí como un dato operativo no sentimental, choca con los hechos, no se queda en una especie de corazoncito misericordioso, sino que abarca eficazmente la vida de quien es objeto de la misericordia.
Pasemos al segundo término usado en Ex 34, 6: el lexema raham, menos empleado que hesed, pero también fundamental en la Escritura. Proviene del verbo y del sustantivo relativos a «víscera», «útero». Refleja un tipo de amor ligado a la capacidad de engendrar. Pasamos, pues, de un aspecto paterno/masculino, de la amable ternura viril, a un término típicamente materno/femenino, donde aparece la capacidad de concebir la vida.
Debemos desmarcarnos de nuestra mentalidad, en la que el término «misericordia» está vinculado a la palabra «corazón» —en latín misereor (piedad) y cor-cordis (corazón)—, y relativizar, por lo tanto, nuestra visión ligada a este órgano (el corazón, que late, que se acelera en la emoción, pero se encoge ante el terror).
Dejando atrás nuestra aproximación cardíaca a la misericordia, entramos en la lengua hebrea, que hace hincapié en el único órgano humano capaz de «engendrar» vida. Es el órgano humano dedicado completamente a acoger la vida de otro, que inaugura ese específico cuidado tan femenino, ese irrepetible y espléndido rasgo materno que es la capacidad de custodiar la vida, alimentarla, atenderla, «mimarla». De aquí deriva que, en la historia, las mujeres han matado siempre menos que los hombres. La mujer no posee la fuerza física del hombre, no corre con la velocidad del hombre, no salta más que él. Pero mientras al hombre le está reservada la capacidad de fecundar, comenzar, activar —esta es su genialidad—, el don de acoger, gestar, criar, custodiar, crecer, es totalmente femenino. El hombre puede proponerse matar; para la mujer es mucho más difícil, si excluimos la moderna y terrible plaga del aborto, que ha abierto un capítulo inédito en la historia de la humanidad.
Sorprendentemente el amor de Dios es visceral: no en el sentido de impetuoso o vinculado a las emociones, sino análogo al modo de engendrar en las entrañas femeninas. El amor es lo que hace renacer al otro. Si hemos experimentado el perdón de Dios tras un pecado grave, entendemos que ese perdón no es solo la absolución de una culpa, sino que nos hace renacer, volver a empezar. Hace todo nuevo.
La misericordia de Dios acoge en su seno tanto la paternidad como la maternidad. Un pasaje de la Escritura dice: «¿Es que puede una mujer olvidarse de su niño de pecho, no compadecerse del hijo de sus entrañas? ¡Pues, aunque ellas se olvidaran, Yo no te olvidaré!»7. El Salmo 103 reza: «Él mostró sus caminos a Moisés, sus hazañas, a los hijos de Israel. El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en misericordia. No dura siempre su querella, ni guarda rencor perpetuamente. No nos trata según nuestros pecados, ni nos paga según nuestras culpas. Pues cuanto se elevan los cielos sobre la tierra, así prevalece su misericordia (hesed) con los que le temen. Cuanto dista el oriente del occidente, así aleja de nosotros nuestras iniquidades. Como se apiada (raham) un padre de sus hijos, así el Señor tiene piedad de los que le temen»8. Dios emprende aquí una obra con nosotros: alejar nuestras culpas. Es tierno, porque sabe de qué materia estamos hechos y recuerda que somos muy frágiles.
La misericordia no es ese tipo de realidad que se centra en el estado de ánimo de quien ama, sino que gira en torno a la vida del amado. El amor es una acción, no un movimiento íntimo; si se quedara en esto sería una tendencia sin verdad, sin realidad, que no se ajusta a las necesidades reales del amado. El amor procura el bien del amado, con fortaleza paterna y ternura materna, haciéndose cargo del otro, entregándose, generando, curando, aportando nuevos horizontes, nuevas posibilidades. El amor de Dios es así: sabe de qué barro estás hecho, sabe lo débil que eres y por qué has caído, y te ayudará, alejando de ti tus culpas.
¿Quiere decir esto que Él siempre te da la razón? ¡En absoluto! El amor, por ejemplo, corrige, como testimonia el Deuteronomio en el capítulo octavo: «Reconoce en tu corazón que el Señor, tu Dios, te corrige como un hombre corrige a su hijo»9. Por eso comprendemos cómo Dios, en el capítulo treinta y cuatro del Éxodo, revela su amor, un amor que no nos abandona, que nos cuida y nos corrige. Por eso: «Nada deja impune, pues castiga la culpa de los padres en los hijos y en los hijos de los hijos hasta la tercera y cuarta generación»10.
De modo arcaico, pero profundo, considerando lo difícil que es enderezar una estructura torcida, este texto expresa la necesidad de no leer nunca un problema humano como un problema individual. Hoy, la moderna psicodinámica reconoce cada vez más que un malestar es siempre social. Me decía un amigo psicoterapeuta: «Para curar la inadaptación de un chico debería poner en terapia a toda la familia, desde el bisabuelo si todavía vive, hasta el último; y, además, a los compañeros de clase y a los vecinos de su casa. ¡Trabajamos como si existiera un malestar descontextualizado!».
Sea como fuere, necesitamos una terapia constante de corrección y de crecimiento.
Es interesante notar que, en el Nuevo Testamento, el canto de la Bienaventurada Virgen María, el Magníficat, es un canto a la obra de Dios, a su poder, a su modo de actuar. Este texto proclama la misericordia de Dios, al principio y al final del himno, y describe el estilo de Dios al llevar adelante su obra. María habla con Isabel y canta: «Proclama mi alma las grandezas del Señor, y se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador: porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava; por eso desde ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones. Porque ha hecho en mí cosas grandes el Todopoderoso, cuyo nombre es Santo». Luego, trata específicamente el modo en el que el Señor lleva a cabo sus grandes obras: «
