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Esta no es una biografía ni una novela al uso, tiene un poco de ambas y, a la vez, algo distinto. Es un relato íntimo narrado en primera persona y escrito, con un lenguaje fresco y jovial, desde la perspectiva de quien vivió sus primeros años junto a quien ella llamaba «abuelita» y a quien nosotros conocemos como Madre Alberta Giménez Adrover: su nieta Pilar. Realidad y ficción se entremezclan para conformar un retrato lo más fiel posible de quien es la verdadera protagonista e inspiradora de esta historia: la Madre Alberta, una mujer que llegó a ser esposa, madre y viuda, y más tarde religiosa y fundadora, concretamente de las Religiosas de la Pureza de María.
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Seitenzahl: 409
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Advertencia
Cuatro años atrás
1Comienzos
2Amistad
3Ángeles
4Valldemossa
5Tensiones
6Femenino plural
7Dulce Navidad
8Magos, reyes y reinas
9Una de cal... y otra de nieve
10Volver a vivir
11Confesiones
12Finales que son comienzos
Diez años después
Los niños
Testimonio
© SAN PABLO 2022 (Protasio Gómez, 11-15. 28027 Madrid)
Tel. 917 425 113 - Fax 917 425 723
E-mail: [email protected] - www.sanpablo.es
© Vanesa Guerrero Juan, rpm, 2022
© Religiosas de la Pureza de María (www.pmaria.es), 2022
Fotografías: Archivo de la Casa Madre de la Congregación Religiosas Pureza de María
Distribución: SAN PABLO. División Comercial
Resina, 1. 28021 Madrid
Tel. 917 987 375 - Fax 915 052 050
E-mail: [email protected]
ISBN: 978-84-285-6692-6
Depósito legal: M. 20.383-2022
Printed in Spain. Impreso en España
Todos los derechos reservados. Ninguna parte de esta obra puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio sin permiso previo y por escrito del editor, salvo excepción prevista por la ley. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la Ley de propiedad intelectual (Art. 270 y siguientes del Código Penal). Si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos – www.conlicencia.com).
Esta no es una biografía al uso. Tampoco es una novela al uso. Tiene un poco de ambas y es, a la vez, algo distinto. ¿Una historia para niños? Sí y no; para preadolescentes y adolescentes, más bien. Pero también, por qué no, para aquellos jóvenes, adultos y ancianos que aún conservan esa chispa de ilusión, de ternura, de inocencia y de humor propios de los primeros años de la vida. Es un relato íntimo, narrado desde una perspectiva peculiar; la de quien vivió sus años más tiernos junto a aquella a quien llamaba amorosamente «abuelita» y a quien nosotros conocemos como Madre Alberta Giménez Adrover: su nietecita Pilar.
Pilar vivió, creció y se hizo mujer al amparo y bajo el maternal cuidado de su abuela Alberta, quien la consideraba –en palabras propias– «la fibra más delicada de su alma», y quien volcó en ella cuanto de conocimiento, piedad y virtudes poseía. Su ejemplo, su solicitud y sus consejos fueron modelando el carácter y la personalidad de Pilar, y esta experimentó en primera persona la ternura, la rectitud, la humildad, la fortaleza, la serenidad y la templanza de esa mujer santa a quien todos llamaban «Madre», no solo por su condición de religiosa, sino por su corazón verdaderamente materno para con todos.
Narrado en primera persona y con un lenguaje fresco y jovial, el relato nos presenta las vivencias y los sentimientos, que bien pudieron ser, de aquella chiquilla que, a sus seis años, hubo de dejar su Zaragoza natal para irse a vivir con su abuelita al colegio que esta dirigía en Palma de Mallorca.
Si bien se ha procurado que los hechos narrados se correspondiesen tanto con el contexto histórico y social de la época como con la realidad de los acontecimientos vividos por sus protagonistas, debemos advertir al lector que no encontrará aquí una exactitud meticulosa en fechas y detalles, e incluso que, en algún caso, estos han sido alterados conscientemente para servir mejor al relato.
Realidad y ficción se entremezclan, pues, para conformar un retrato lo más fiel posible –basado en los numerosos testimonios que poseemos– de quien es la verdadera protagonista e inspiradora de esta historia: la Madre Alberta, una mujer que –como todas– fue antes niña, adolescente, joven; que llegó a ser esposa, madre y viuda, y más tarde religiosa y fundadora; y que, por lo mismo, tiene mucho que decir a la mujer (y al hombre) de hoy, cualesquiera sean su edad, estado o condición.
Que ella bendiga este humilde esfuerzo por hacerla conocer y amar por quienes no hemos tenido el privilegio de conocerla en vida, pero que también la llamamos y consideramos, de corazón, «madre» nuestra; y por aquellos que, aun sin haber oído hablar de ella, encontrarán en estas páginas el rostro amable de esa mujer dulce y fuerte cuyo único anhelo en la vida fue «cumplir la voluntad de Dios en todo y siempre».
Llovía. Era una noche extraordinariamente fría para la fecha (principios de septiembre), y hasta habíamos encendido la lumbre. Arrebujada entre las sábanas, contemplaba las llamas danzarinas que ardían en la chimenea. Una mezcla de ilusión y nervios me impedía conciliar el sueño. Era una sensación extraña, como la que experimentaba la noche de Reyes o la víspera de mi cumpleaños, pero también cuando papá me preguntaba la lección: me figuraba que un ratoncillo juguetón se revolvía dentro de mi estómago, corría hasta la garganta y descendía de nuevo, como por un tobogán, para volver a subir luego, laringe arriba, en un vaivén sin fin. Sería por eso que mamá decía que tenía demasiada imaginación.
—¿No duermes, hija mía? –Era ella, que acababa de entrar, como cada noche, a arroparme y alisarme las mantas.
—Lo intento, pero no lo consigo... –Me revolví en la cama, en mi noveno cambio de postura. Acabé con los pies sobre la almohada y la cabeza colgando–. Oye, mamá, ¿cómo es Mallorca?
—Pues es una isla muy hermosa, rodeada toda de mar y de montañas; casi siempre brilla el sol, y la suave brisa marina, al pasar, te deja un beso de sal –explicó sonriendo, mientras me ayudaba a incorporarme y acercaba sus labios a mi frente.
Eso del mar pintaba bien. El año anterior había conocido por primera vez la playa y me lo había pasado de miedo, haciendo castillos de arena y chapoteando en la orilla. Entre mis hermanos y yo habíamos llenado todo un cubo de conchas y caracolas que, al llegar a casa, mamá nos hizo tirar porque decía que un día no íbamos a caber, de tantos trastos como acumulábamos; así que cada uno elegimos la que más nos gustaba y la guardamos para el recuerdo.
—¿Y cómo crees que serán mis compañeras? –seguí tanteando.
—Pues imagino que serán buenas, estudiosas, dóciles y disciplinadas; educadas, respetuosas... y muy fervorosas.
Me sonó un poco aburrido.
—¿Y alegres?
Mamá sonrió de nuevo.
—Seguro.
Era algo que me preocupaba sobremanera. Temía encontrarme con unas compañeras repipis y remilgadas, que no supiesen reír ni jugar y cuyo único objetivo fuese sacar buenas notas y ser niñas de bien. O, peor aún, que fuesen unas santurronas, de esas que van de buenecitas y cumplidoras, que se escandalizan de las travesuras y que no se separan de las faldas de las monjas. Como Simona, del jardín de infancia, que siempre se chivaba cuando Felisa y yo nos escondíamos los guisantes en los calcetines para no tener que comérnoslos; o Carmela, que dedicaba cada rato libre a memorizar uno por uno los setenta volúmenes de la enciclopedia Espasa cuando las demás ni siquiera sabíamos leer; o Amelia, que decía que de mayor sería monjita y solo quería jugar a ser santa Teresa y fundar conventos descalza (¡menudas azotainas le daba su madre cuando llegaba a casa sin zapatos!).
No digo que a mí no me gustase estudiar, ni que no fuera educada y responsable o que no me moviese una dulce y sincera piedad; pero ¿qué queréis que os diga? Yo estaba hecha para correr, bailar, reír, cantar... y también –¿por qué no?– hacer alguna fechoría sin malicia de vez en cuando. Para mí, la santidad no consistía en seguir unas normas y mantenerse seria y estirada; la santidad, tal como yo la entendía, no era sino «estar siempre alegre» y cumplir con amor y sin pereza mis obligaciones. Esto último lo había leído en un libro muy bonito que me había regalado mi abuelita acerca de un niño llamado Domingo Sabio (dice mamá que lo corrija, que es Savio, pero me parece que se equivoca; lo buscaré más tarde en el diccionario).
—Mami, ¿me lees otra vez la historia de Domingo el Listo?
—Pero ¿qué tonterías dices, hija? Será Domingo Savio1.
—¡Pues eso! Listo, sabio... lo mismo es, digo yo.
* * *
Me desperté sobresaltada. No supe cómo ni cuándo había llegado a dormirme. Mamá no estaba ya junto a mí, y el fuego había dejado de arder en el hogar. La lluvia había cesado y el sol comenzaba a asomarse, tímido pero firme, por entre las cortinas.
Me incorporé, me desperecé e inspiré lentamente, como queriendo atrapar todos los rayos de luz dentro de mi pecho. Mamá había dicho que en Mallorca casi siempre brilla el sol, pero ¿quién sabe? Mejor era, por si acaso, llevarme un poquito del sol de Zaragoza, no fuera a hacerme falta. Permanecí así unos instantes, dejando que la luz bañase mi rostro y el calorcito invadiese todo mi cuerpo.
No tardé, no obstante, en dar un brinco y correr hacia la cocina, atraída por un aroma delicioso e inconfundible. Mamá, junto a los fogones, estaba calentando la leche; la abuelita sacaba del horno los bizcochos, que mi olfato había adivinado y cuya fragancia había despertado mi apetito; y papá, sentado a la mesa, leía en el periódico las últimas noticias. Joaquín y Albertito todavía dormían.
—Pero ¡mira a quién tenemos aquí! –Era la abuelita quien hablaba–. ¡Mi ratoncito madrugador!
Besé a papá, me dejé acariciar por mamá y, sin esperar a que la abuelita hubiera dejado la bandeja sobre la encimera, me hundí en su abrazo. ¡Cuánto la quería! Si me hubiesen preguntado a quién quería más: a mamá, a papá o a la abuelita, no habría sabido responder. No la veíamos con toda la frecuencia que nos gustaría, pero cada vez que venía a visitarnos –una o dos veces al año– era para nosotros como si vinieran los Reyes Magos.
—¿Tienes ya todo listo?
La pregunta iba dirigida a mí, pero fue papá quien respondió:
—Pero ¿no lo sabes, mamá? ¡Si hace lo menos dos semanas que tiene las maletas hechas! Me temo que este ratonzuelo está deseando deshacerse de nosotros.
—¡No digas eso, papaíto! –Fingí un puchero y saqué a relucir todas mis mañas de niña cautivadora; no en vano era el ojito derecho de papá. Me senté en su regazo y, rodeando su cuello con mis brazos, continué–: Sabes bien que os voy a echar mucho de menos y que no pasará ni un solo día sin que me acuerde de vosotros.
La respuesta pareció satisfacerle, a juzgar por los mimos y caricias que me prodigó.
* * *
La salida estaba programada para las doce. Llegamos al puerto de Tarragona media hora antes, a fin de contar con tiempo suficiente para despedirnos y decirnos todo aquello que, aunque sabíamos ya, de un modo u otro necesitábamos escuchar.
—Pilar, hija mía, sé buena y haz caso en todo lo que te diga la abuela –dijo papá al tiempo que me besaba la frente. Y, haciendo aparecer el brazo que escondía tras la espalda, añadió–: Por cierto, este polizón me ha dicho que quiere conocer Mallorca.
—¡Halaaa! ¡Gracias, papi! –exclamé, abrazando a una vez a papá y al osito de felpa que me tendía. Era uno de esos teddy que estaban tan de moda, surgidos a raíz de que Theodore Roosevelt, presidente de los Estados Unidos, rehusara disparar a un osezno durante una cacería. Era una auténtica preciosidad: tenía el pelaje suave y perfumado, y un hocico alargado sobre el que descansaban unos simpáticos lentes redondos de marco dorado; sus patitas articuladas permitían sentarlo sin dificultad. Vestía un lindo peto de cuadros escoceses, y sus ojillos, negros como el carbón, eran tiernos y muy expresivos. Parecía que fuera a cobrar vida en cualquier momento.
—Se llama Quirico, y ha cruzado todo el océano desde Norteamérica para estar contigo. Es muy bueno escuchando secretos –agregó papá con un guiño.
—Pero ¿entiende el español? –pregunté dudosa.
—¡Pues claro! ¿Por qué no habría de entenderlo?
—Bueno, como es gringo...
Papá rio de buena gana.
—Es que Quirico es muy listo, ¡sabe más de cinco idiomas!
—¡Cinco?
—Sí, ¡y más! Pero los que domina son solo cinco: inglés, español, francés, finés y zulú.
—¿Zulú? –Lo miré entre incrédula y fascinada–. ¿Y dónde ha aprendido tantas lenguas?
—¡Viajando por el mundo! ¿No te digo que es un polizón? Fíjate: una vez se coló en un globo aerostático que iba a París. Al poco de iniciar el recorrido, se cruzó con una cigüeña que cargaba un bebé en el sentido opuesto; el bebé, en cuanto vio a Quirico, se encaprichó con él. La cigüeña trató de disuadirlo, pero el pipiolo empezó a berrear y a patalear de tal manera que casi se precipita de la sabanita en que viajaba. Habría sido el tercer bebé que caía en el país equivocado en menos de un mes, con lo que la cigüeña, muy preocupada ante la posibilidad de perder su puesto de trabajo, terminó atrapando a Quirico y entregándoselo al pequeño, pese a las protestas del osito viajero, que quería ir a París a conocer la Torre Eiffel. Contrariamente a sus deseos, fue llevado a Perú, donde terminó viviendo con la tribu Chamicuro. Pasó allí unas siete semanas, comiendo ceviche y tacu-tacu y jugando con los niños indígenas, hasta que logró fabricar una balsa con troncos de zapotal y pudo al fin embarcarse rumbo a su destino.
—¿Fue a París en balsa!
—¡Sí! Pero no creas que fue sencillo; también en altamar tuvo sus desventuras: cuando navegaba a la altura de las islas Palomino, un enorme remolino originado en mitad del océano amenazó con tragárselo entero. ¡Fue un verdadero milagro que lograse salir a flote! Al retomar el rumbo, justo cuando su pelaje comenzaba a secarse gracias al sol de mediodía, le atacó un tiburón tigre, que lo confundió con una tortuga marina (pensó que su enorme panza era el caparazón) y por poco no le pega un buen bocado; suerte que un simpático delfín que pasaba por allí lo rescató y lo condujo sobre su lomo hasta un crucero de la Marina Imperial Alemana, donde un marinero muy amable se ofreció a llevarlo hasta Bremerhaven para que, una vez allí, nuestro amiguito pudiera seguir su camino por tierra.
—¡Atiza! ¿Y consiguió llegar a Francia?
—¡Por supuesto! Es un osito muy tenaz y, cuando se propone algo, no ceja hasta lograrlo. Aunque las aventuras que le acaecieron hasta arribar a la capital francesa te las tendrá que contar él mismo. Ahora vamos, ¡no vayáis a perder el barco! A Quirico le disgustaría mucho.
Papá me besó una vez más y se incorporó. Se acercó después a la abuelita y, estrechándola contra su pecho, susurró, quebrándosele la voz:
—Gracias por todo, mamá. Cuídamela mucho.
También la abuelita se mostraba emocionada. No lo puedo asegurar, pero sospecho que estaba evocando el día aquel, tantos años atrás, en que ella misma hubo de despedir a su pequeño. Pobrecita, ¡cuánto le ha tocado sufrir!
—Cielo, no olvides escribirnos todas las semanas. –Era mamá quien hablaba ahora–. Estudia mucho, no pases frío y cómete todo lo que te pongan en el plato. A ver, deja que te coloque bien el abrigo.
Me di cuenta de que trataba de contener unas lágrimas que, sin pedir permiso, asomaban ya a sus hermosos ojos negros. Por eso la dejé hacer y no le dije lo que en verdad pensaba: que estaba sudando como un pollo asado y me sobraban el abrigo, la bufanda, los leotardos, el refajo y la capota; hasta el vestido de franela me habría quitado yo con gusto y no poco alivio. Los guantes no, porque no me los había llegado a poner. Mamá siempre ha sido una exagerada con eso del frío; pero ¡si hacía apenas unos días mis hermanos y yo aún corríamos descalzos y medio desnudos por la pradera!
—Sí, mami, te lo prometo –respondí en cambio, sumisa, con una serenidad inusitada y sin derramar una sola lágrima. Me entristecía despedirme de mi familia, claro está, pero la idea de irme a vivir con la abuelita me resultaba tan maravillosa que no me era posible llorar.
Los que sí lloraban, berreaban y hacían pataleta eran Joaquín y Alberto. ¡Dios mío, qué escándalo! Tenían envidia porque yo me iba con la abuelita y ellos no.
—No lloréis más, mis niños. Prometo que vendremos pronto a veros y, si sois buenos, os traeremos alguna sorpresa de Mallorca.
La abuela trataba en vano de consolar a los caprichosos de mis hermanos. Solo se apaciguaron cuando les prometí que podrían jugar con mis muñecos y les encomendé el cuidado de mi colección de insectos disecados. ¡Sí que se conformaban con poco!
El barco zarpó a la hora prevista. Desde el puerto, mamá, papá y los niños agitaban sus brazos y lanzaban besos al aire en señal de despedida.
—¡Os quiero! –grité yo, abrazada a Quirico y agarrada a la mano de la abuelita, mientras sus figuras se empequeñecían y la mirada se me empañaba levemente. Sí, creo que al fin lloré.
—¿Quieres que recemos el rosario? –propuso la abuela con su habitual dulzura, cuando el puerto no era ya más que un puntito negro perdido en la inmensidad del mar.
Asentí. Tomamos asiento frente a una joven pareja de enamorados que se dedicaban sonrisas cómplices e intercambiaban miradas de ternura. Supuse que viajaban a Mallorca con motivo de su luna de miel.
Recosté mi cabeza sobre el hombro de la abuelita y del bolsillo del abrigo saqué el rosario que me regaló mamá el día que me enseñó a usarlo. Es sencillo pero muy bonito, con cuentecillas blancas de nácar y un medallón de la Virgen del Pilar. Me encantaba rezar con él, y aún hoy me resulta un consuelo inefable: es como tener, cogidas de una mano y de la otra, a mis dos mamaítas queridas: la del Cielo y la de la tierra.
Y así fue como, lentamente, al ritmo del dulce recitar de avemarías, emprendí mi viaje hacia una nueva vida.
1 Domingo Savio fue un alumno de san Juan Bosco, en el oratorio de San Francisco de Sales, que se propuso ser santo y murió tres semanas antes de cumplir los 15 años de edad, siendo uno de los santos no mártires más jóvenes de la Iglesia católica.
Me llamo Pilar. Tengo diez años, dos hermanos, una mancha de nacimiento en el hombro izquierdo, un jilguero, cinco lunares, tres muñecas, cuatro pesetas, veintisiete insectos disecados y una cicatriz en la rodilla derecha, de cuando pretendí ganar a Joaquín trepando a la rama más alta del manzano, resbalé, y una de las ramas vino a incrustarse literalmente en mi carne. Y tengo también la abuelita más maravillosa que pueda existir sobre la tierra, en toda la galaxia y en el universo entero conocido y por explorar.
Mi color favorito es el arrebol, ese festival de colores de algunos atardeceres, cuando el sol, a punto de marcharse por el horizonte, hace una última travesura y prende fuego a las nubes, que adquieren preciosos tonos rosados y anaranjados sobre un cielo violáceo. Mis olores preferidos son el de la ropa limpia, la leña ardiendo y la tierra mojada; mi sabor, el del chocolate caliente con canela, y el sonido que más me relaja es el murmullo del viento cuando atraviesa los campos de trigo.
Me encanta que me acaricien el pelo, beber agua directamente del arroyo, pisar la hierba con los pies descalzos y brincar con los corderillos en la ladera. Necesito el sol como una planta en plena fotosíntesis, aunque confieso que sobrellevo mejor el frío que el calor. Adoro cuando en otoño los árboles hacen el cambio de armario y visten sus hojas amarillas, naranjas, rojas, verdes y marrones en perfecta combinación cromática. En su contra, debo decir que no me entusiasman los días grises y aún menos la lluvia, aunque disfruto saltando charcos y haciendo crujir las hojas bajo mis pies. Tampoco me gusta que papá me bese con el bigote recién cortado, porque pincha, y detesto que mamá me peine los rizos con el peine de carey de púas afiladas que me atraviesan el cerebro. Pero lo que en verdad me saca de quicio es que Joaquín mordisquee los curruscos cuando le toca ir a por el pan, y que Alberto se sorba los mocos trompa arriba como un repugnante oso hormiguero.
Dicen que estoy algo asilvestrada por haber crecido entre varones; lo que no saben es que, en realidad, son mis hermanos quienes han aprendido de mí a vivir al límite y sin miedos. Joaquín, hasta que llegué yo, era un crío modosito y timorato, seriecito y bien compuesto. Lo que se dice un muermo. Entonces vine yo y le tocó espabilarse y luchar por sus derechos, defender sus juguetes de mis manos curiosas y destructoras, aprender a pelear como un cachorro que pugna por su territorio. Alberto lo ha tenido más fácil: desde la cuna se ha visto en la necesidad de hacerse fuerte para sobrevivir a mis ataques de afecto (solía abrazarlo hasta casi asfixiarlo, mecerlo hasta volcar el moisés, meterlo en la bañera llena de agua hasta los bordes, cortarle el flequillo para que estuviera más guapo...). Mamá, la pobre, vivió en un constante ay de angustia hasta que cumplí los cuatro años y decidí que mi hermano pequeño ya no era tan divertido.
Disfruto observando a la gente desconocida que me cruzo por la calle y tratando de imaginar cómo será su vida. Esta mañana, sin ir más lejos, me he encontrado a la condesa de Pitiminí que paseaba de incógnito con su ayudante de cámara (un pequinés de melena bermeja y cara de malas pulgas), ataviada con un vestido de color avellana que le ha pedido prestado a su sirvienta, a fin de pasar desapercibida en medio de la plebe. Su amplio sombrero alado trataba de ocultar sus inconfundibles rasgos orientales, pero sus elegantes botines con tachuelas no dejaban lugar a dudas acerca de su noble condición. He querido acercarme a presentarle mis respetos, pero su fiel guardián y consejero ha comenzado a ladrar con tal ímpetu que he debido huir en la dirección opuesta.
En el colegio, lo que más me gusta es jugar con mis amigas, y lo que menos, hacer cuentas. La aritmética no es lo mío, qué le vamos a hacer. Papá me suele decir en broma que he traicionado a mi estirpe, pues al parecer mi abuelito fue un matemático de renombre que incluso llegó a publicar un Compendio de Aritmética, el cual se usa aún hoy como libro de texto en muchos colegios –incluido el nuestro–. Yo entonces, para compensar, le respondo que es que he salido a mi abuelita: alegre, inteligente, soñadora, simpática, risueña, decidida, cariñosa, afable, dicharachera, resuelta, carismática, encantadora... y muy muy humilde. Esto último le hace prorrumpir en grandes carcajadas.
Hoy hace cuatro años que llegué a la Pureza, ¡parece mentira! Recuerdo como si fuera ayer la impresión que me causó atravesar el umbral de este viejo caserón, que más que un colegio se me antojaba un castillo encantado, con sus enormes puertas, su escalera de mármol y ese halo de majestuosidad y dignidad que imprimen los tapices –tejidos, en su mayoría, por alumnas y profesoras del centro– que adornan sus paredes, muchos de los cuales han sido merecedores de importantes galardones y reconocimientos nacionales e incluso internacionales.
—¡Bienvenida, Pilar! –saludó una voz alegre e infantil a mis espaldas.
Yo, que esperaba junto al escritorio de mi abuelita a que esta terminase de poner un telegrama a la familia anunciando nuestro feliz desembarco en Palma, me di la vuelta, sorprendida al escuchar mi nombre.
—Te llamas así, ¿verdad? –continuó, sin darme tiempo a responder–. Yo soy Catalina, pero puedes llamarme Cati. –Tomé educadamente la mano que me tendía–. Duermo en la cama contigua a la tuya y voy a tu misma clase, así que pasaremos mucho tiempo juntas. He solicitado permiso a la madre Montserrate para obsequiarte este dibujo que yo misma he realizado, y la señorita Francisca, nuestra maestra, me ha pedido que te haga un recorrido por el colegio y te ayude a deshacer el equipaje; después, bajaremos juntas al refectorio para que tomes algo de cena, y finalmente acudiremos a la sala de recreación, donde las demás colegialas estarán haciendo la lectura y adelantando sus bordados.
No os dejéis llevar por la primera impresión: tras esa apariencia de niña encantadora y ejemplar, con su tono dulce y su corrección exquisita, su cuerpecillo menudo y grácil, sus ojos azules, su pelo rubio que casi siempre peina en dos trenzas y sus adorables pecas rodeando su nariz respingona... se esconde la más increíble compañera de aventuras que podáis imaginar. Claro que eso yo no lo sabía entonces; en ese momento, Cati apareció ante mis ojos como el prototipo de niña repipi del que me había propuesto decididamente huir.
Miré a la abuelita con gesto suplicante; pero, antes de que pudiera reclamar auxilio, Cati había ya cogido mi equipaje, asido mi mano y encaminado sus pasos con decisión hacia el dormitorio común.
* * *
—¿Para qué sirven esas barras de ahí? –pregunté, señalando dos palos de madera situados en posición horizontal y en paralelo, uno frente a otro, a un metro de altura sobre el suelo. Reconozco que pregunté más por cortesía que por verdadera curiosidad.
—Son para practicar el equilibrio. Las hizo instalar la madre Giménez, pues, según ella, es fundamental que, junto a las capacidades intelectuales, desarrollemos nuestras habilidades físicas y ejercitemos nuestra capacidad motriz y nuestra musculatura.
No reparé en que se refería a mi abuelita hasta bastante después, cuando, tras haberme enseñado el resto del gimnasio, la capilla, el aula de Música, la biblioteca, la sala de visitas, el laboratorio de Física y Química, el aula de labores, nuestra propia aula de clase –con varias decenas de pupitres adosados por parejas– y el terradito, se detuvo ante el despacho reservado a la madre superiora y añadió:
—Y este, como sabes, es el despacho de la madre Giménez.
¡La madre Giménez! Qué divertido. ¿Así la llamaban? ¿Y cómo debía llamarla yo? ¿Podría seguir diciéndole «abuelita»? ¿O quizá debería, como las demás, dirigirme a ella como «madre Giménez»? ¡Qué raro sonaba! Decidí que se lo preguntaría tan pronto como lograra librarme de Cati y pudiese regresar a su amparo.
—Y ahora prepárate, porque vamos a entrar en la sala más fascinante de todo el colegio: ¡el museo de Ciencias Naturales! –anunció Cati con entusiasmo, sin percatarse de que yo hacía rato que había dejado de escucharla, entretenida en mis propios pensamientos y cavilaciones. Sin embargo, la palabra «museo» me trajo de vuelta a la realidad y despertó en mí un extraordinario interés.
—¡Tachááááán! ¿No te parece maravilloso?
En un instante me vi inmersa en un mundo mágico, rodeada de reptiles, aves de todo tipo y color, desde una gallina a un pavo real, pasando por canarios, águilas, abubillas, periquitos, gorriones... También había insectos y mariposas, ardillas de mirada pícara, caracolas, murciélagos... ¡hasta un mono travieso balanceándose en un columpio! Todos ellos –claro está– debidamente disecados, clasificados y organizados en vitrinas, lo cual no restaba un ápice al aire misterioso y fascinante que los envolvía.
—¿Has visto este enorme cocodrilo? Da la impresión de que nos estuviera mirando y se relamiera ya las fauces para pegarnos un bocado. ¡Suerte que está bien encerrado en la vitrina! –rio Cati, con su encantadora y contagiosa risa.
—¿Y dónde habéis conseguido todos estos animales? –pregunté yo sin poder apartar la mirada del cocodrilo, que, ciertamente, parecía tener un hambre voraz, y no me apetecía nada servirle de cena, la verdad.
—Es obra también de la madre Giménez. Siempre dice que el aprendizaje es más sólido y duradero cuando una misma puede tocar, manipular, observar directamente, experimentar... Así que, tras sopesar varias posibilidades, solicitó el permiso al Ministerio de Educación y Ciencia, quien no solo se lo concedió, sino que le facilitó las primeras piezas e instrumentos científicos; el resto, lo ha ido comprando poco a poco a distintos laboratorios de Francia, Cataluña...
¡Vaya con mi abuelita! Resultaba que era aún más dinámica e innovadora de lo que yo me imaginaba; y eso, combinado con su fortaleza, su inteligencia fuera de lo común, su alegría, su buen humor, su paciencia sin límites y su inigualable ternura, hacía que mi admiración y mi amor por ella se elevasen a cotas inimaginables. ¡Qué orgullosa me sentía de ser su nieta!
* * *
Cené sin hambre y, al terminar, fingí dolor de cabeza para no verme obligada a acudir junto al resto a la sala de recreación. Había sido un día largo, demasiado intenso y lleno de emociones, y no me sentía preparada para afrontar aún el encuentro con las demás alumnas. Me llevaron, pues, al dormitorio, donde había decenas de camas dispuestas una junto a otra a ambos lados de un pasillo central, separadas entre sí por una cortinilla.
Me desvestí despacio, como queriendo ajustar la velocidad a mi propio ánimo alicaído; me puse el camisón y me hundí en el colchón, ocultando la cabeza bajo las sábanas.
—Buenas noches, Quirico –susurré, y le besé suavemente el hociquillo. Él me correspondió en silencio, con una mirada que parecía querer decir: «No estés triste, Pilaruca; yo estoy contigo».
No sé si fue por el cansancio, por la añoranza o por encontrarme sola en medio de un cuarto enorme, pero confieso que se me hizo un nudo en la garganta y sentí unas ganas tremendas de llorar. Pensaba en papá y mamá, en Joaquín y Alberto, y me preguntaba dónde estaría mi abuelita, a quien no había vuelto a ver desde que Cati me «secuestrara», un par de horas atrás, en su despacho. No sé cuánto tiempo estuve así, lamentando mi suerte y autocompadeciéndome, hasta que finalmente mis párpados cedieron y el cansancio dio paso al descanso.
Estaba justo en la duermevela, ese estado de ensoñación previo al sueño, cuando el leve crujir de la puerta y el sonido amortiguado de unos pasos en la habitación me trajeron de nuevo a la consciencia.
—Ratoncillo, ¿no te encuentras bien?
—¡Abuelita! –Me abracé a su cuello, sin poder contener por más tiempo las lágrimas, que rodaban al fin, gruesas, por mis mejillas.
—¿Qué te pasa, tesoro? ¿No estás a gusto aquí? ¿No te gusta tu nuevo hogar? –preguntó mientras se sentaba a mi vera y me acomodaba las sábanas.
—Claro que sí, abuelita, me gusta mucho. Pero echo de menos a papá y mamá, y me asusta un poco encontrarme con las demás niñas y maestras; no sé si les caeré bien, si sabré comportarme como ellas, si seré capaz de estudiar y aprender a su ritmo... Todo me resulta nuevo y extraño, y añoro que papá me tome la lección y que mamá venga a arroparme y a rezar nuestras oraciones antes de dormir.
—Así que eso es lo que tiene angustiada a mi pequeña... No sufras, cielo. Deja venir las cosas por sus propios pasos, y verás que no hay nada que temer.
Sacó de su bolsillo una medallita de la Virgen y, tras besarla con unción, la colgó de mi cuello.
—Ella es tu Madre y protectora: a partir de ahora, Ella te arropará por las noches y te mecerá bajo Su manto; a Ella debes acudir cuando no sepas qué hacer o te sientas perdida o triste. Pequeñas cosas que tengas: alegrías, preocupaciones, inquietudes, tentaciones... cuéntaselas todas a Ella, que, como buena Madre, sabrá protegerte y aconsejarte. Ya lo verás, mi niña: con la protección de la Virgen Santísima, todo resultará bien.
Rezamos juntas un padrenuestro y un avemaría; hizo luego la señal de la Cruz sobre mi frente y, tras besarme, se incorporó, dispuesta a marcharse.
—Dulces sueños, ratoncillo.
Entonces me acordé:
—¡Abuelita, espera!
Volvió sobre sus pasos y sonrió con dulzura.
—¿Qué tiene ahora mi Pilaruca?
—¿Cómo debo llamarte? He escuchado que las demás colegialas y maestras se dirigen a ti como «madre Giménez», y me ha entrado la duda. ¿Con qué nombre debo llamarte yo?
Acarició mi cabello en silencio, pensativa, y con un gracioso guiño respondió:
—¿Qué te parece si me dices, sencillamente, «madre»?
¡Madre, sí! Y más que una madre... Eso ha sido mi abuelita para mí.
* * *
Me hace ilusión comenzar quinto curso, ¡el penúltimo de la primaria! Nos hacemos mayores sin darnos apenas cuenta. Cuando marché en agosto a Zaragoza para las vacaciones, Cati me sacaba medio palmo de estatura; al reencontrarnos anoche, un mes y medio después, pude comprobar que ya estamos casi a la misma altura. Eso sí, yo le sigo ganando en musculatura y corpulencia; y es que ella, por más que coma (¡y mira que es glotona!), nunca engorda. Yo la llamo la musaraña enana:según nos explicó doña Mercedes (nuestra maestra del año pasado), este pequeño roedor de hocico puntiagudo, que pesa menos de 30 gramos, ingiere cada día tres veces su peso en insectos; y un rato sin comer... ¡puede colocarlo al borde de la muerte por inanición!
Ayer en el puerto, antes de partir, mamá me regaló un cuaderno precioso, con las páginas cosidas al lomo y las tapas forradas en una tela estampada de pajarillos.
—Estás creciendo tan rápido, hija mía –suspiró con nostalgia–; me pregunto dónde estará la chiquitina que despedí en este mismo puerto hace cuatro años.
—¡Soy yo, mamá! –respondí, tomando su rostro entre mis manos y rozando mi nariz con la suya–. No estés triste, te lo suplico.
—No, si no estoy triste, no creas; me llena de satisfacción y de orgullo verte crecer y hacerte una mujercita. Es solo que... ¡ay!, naderías de una madre...
—Pronto nos veremos, mami. Tres meses pasan volando, y en diciembre me tendréis por aquí dando guerra de nuevo.
—Así lo espero, hija. Ten, esto es para ti –dijo tendiéndome la libreta–; para que escribas lo más importante que vayas viviendo este curso y así puedas, después, compartir con tu madre tus memorias, todo aquello que no podré vivir junto a ti...
Nos fundimos en un largo y sentido abrazo, queriendo retrasar una partida que era ya inminente. Papá y los chicos no estaban esta vez: a papá le coincidió con una revisión médica ineludible, y mis hermanos habían marchado el día anterior al internado de los jesuitas.
El barco levó anclas. Durante todo el viaje estuve acariciando el cuaderno, pasando una tras otra sus hojas en blanco y tratando de imaginar qué aventuras las llenarían...
Aquí comienzo la primera; hoy, 2 de septiembre de 1911, empiezo mi quinto año en la Pureza.
* * *
Lo primero que hago siempre, cada vez que vuelvo al colegio, es ir a la capilla a saludar a Jesús en el Sagrario y a la Virgen de la Pureza, que es la advocación mariana más bonita que existe. Tallada en madera policromada, viste una túnica sencilla y delicada en color champán, y un amplio manto azul con remates dorados, bajo el que me figuro nos cobija a todas. Tiene la mirada dulce de las madres, las manos juntas para orar y los labios entreabiertos, como quien está a punto de decir algo; me gusta pensar que le está hablando a Jesús de nosotras. Yo, a mi vez, le cuento mis cosas, y estoy convencida de que siempre me escucha.
Esta mañana he estado echando un vistazo al horario de este curso, colgado por varios lugares del colegio, y no dista mucho del de años anteriores:
A las 6: Despertarnos, vestirnos, hacer la cama y retirar la cortina.
A las 6 y cuarto: Bajar al oratorio con orden y silencio para la meditación de la mañana y la misa.
A las 7: Lavarnos, peinarnos y prepararnos para el desayuno. Una de las hermanas pasa revista para comprobar que ninguna se ha saltado el aseo y que todos nuestros enseres están limpios y en orden.
A las 7 y media: Desayuno.
A las 8: Prepararnos para las clases. A esta hora empiezan a llegar las alumnas externas y las mediopensionistas.
A las 8 y media: Empezamos las clases.
A las 10: Rezo del trisagio y recreo breve.
A las 10 y media: Retomamos las clases.
A las 12: Rezo del Ángelus y fin de las clases de la mañana. Las externas regresan a sus casas, y las internas y mediopensionistas tenemos un rato de recreación.
A las 12 y media: Labor o estudio hasta la comida.
A la 1: Comida.
A la 1 y media: Recreo.
A las 2 y media: Labor o estudio.
A las 3: Vuelven las externas. Media hora de Catecismo, preguntando una y contestando las demás.
A las 3 y media: Clases de la tarde (los jueves, en lugar de clase, tenemos paseo, en honor del Santísimo Sacramento).
A las 6: Bajar al coro las internas y a la Iglesia las externas y mediopensionistas, para hacer la visita al Santísimo, rezar un Credo, la corona de la Virgen, la letanía, siete padrenuestros a san José, otro por los bienhechores y uno más por las almas del Purgatorio. Terminamos con el Ángelus y el Bajo tu amparo.
Al salir del oratorio, las externas y mediopensionistas marchan a sus casas; las internas tomamos la merienda y disfrutamos de tres cuartos de hora de recreo. A continuación, hacemos una hora de estudio en común y labores hasta la cena.
A las 8 y media: Cena. Al terminar, tenemos un rato de recreación.
A las 9 y cuarto: Lectura de la meditación del día siguiente, oración de la noche y examen de conciencia.
A las 9 y media: Echar la cortina y acostarse.
A las 10: Se apagan las luces. Una hermana hace la ronda en la habitación hasta que comprueba que todas dormimos.
Los sábados, domingos y festivos nos levantamos a las 7 y seguimos un horario distinto, como es natural.
Durante las vacaciones cortas (como Semana Santa), en verano antes de irnos a casa y algunos fines de semana durante el curso, subimos a Valldemossa –una villa al noroeste de la isla, a unos veinte kilómetros de Palma– y nos alojamos en la casita que tienen allí las hermanas... ¡un sueño! Al ser un pueblo, tenemos mayor libertad para pasear y disfrutar de la naturaleza, algo en lo que insiste siempre mi abuelita. Por las noches, si el clima acompaña, sale con nosotras al jardín y, tumbadas sobre la hierba, observamos las estrellas, buscamos constelaciones, escuchamos a los grillos, aspiramos el aroma del galán de noche... Y es que está convencida, como decía Gustavo Adolfo Bécquer, de que «el espectáculo de lo bello, en cualquier forma que se presente, levanta la mente a nobles aspiraciones», y de que la contemplación de la Creación nos conduce de modo inequívoco a su Creador.
Entre ayer y hoy vamos llegando las internas que, tras las vacaciones, regresamos al colegio para el inicio de un nuevo curso. Es agradable saludarnos de nuevo y comprobar los cambios físicos que, a lo largo de estas semanas –para algunas, incluso meses–, ha ido experimentando cada una. Micaela, por ejemplo, está altísima, ha ensanchado las caderas y ha empezado a desarrollar una incipiente curvatura en el busto; Cati –que de estas cosas sabe mucho más que yo– dice que eso es señal de que se está haciendo mujer. Lluc sigue igual de bajita que siempre, pero ha ganado peso y tiene un aspecto más saludable; todo lo contrario que Loreto, su amiga inseparable, que ha dado un estirón y pareciera que no ha probado bocado en todas las vacaciones, de tan escuchimizada como está. Martina, por su parte, con su melenaza trigueña y ese tipito que quita el hipo a los chicos, ha vuelto tostadísima por el sol, lo cual hace resaltar aún más sus hermosos ojos color miel. Cati y yo la llamamos «la niña diez», no solo porque siempre saca dieces, ni porque dé la casualidad de que es el número diez de la lista, sino porque es sencillamente perfecta: guapa, simpática, inteligente, atlética; tiene carisma natural y un innegable don de gentes que la hace irresistiblemente atractiva. No es altiva ni soberbia y, aunque consciente de su belleza y de su talento, no es presumida ni jactanciosa. Lidera todas las causas solidarias y es el ojito derecho de todo el personal del centro, tanto hermanas como maestras. Es, por lo demás, sobrina de don Cipriano, nuestro capellán.
Paquita está igual que se fue; un pelín más alta, tal vez. Margarita se ve algo paliducha: ha pasado el verano en Azpeitia con la familia de su padre y, al parecer, no ha disfrutado de un solo día de sol. Juana, visiblemente más rellena, anda por ahí taconeando, presumiendo de zapatos nuevos...
Y así, una por una, las voy redescubriendo a todas.
María Rosa, tan despistada como siempre, ha olvidado las gafas en casa; menos mal que mi abuelita tiene guardadas en su despacho las que perdió en marzo, cuando hubieron de hacerle unas nuevas, y que al final resultaron estar en su bolsa de labores.
—Toma –me dice Cati después del desayuno, tendiéndome un paquetito cuidadosamente envuelto–, lo he hecho con mi abuela en el pueblo. Para celebrar tu cuarto aniversario en el colegio.
—¡Oh, mi Catiulis! –Me encanta adaptar su nombre a mi antojo–. ¡Gracias!
Retiro el envoltorio despacio, con emoción contenida, tratando de imaginar qué tesoro escondido alberga dentro.
—¡Date más prisa, niña! Si fuera comida, para cuando terminases de abrirlo ya se habría estropeado. Y si fuera una bomba ya habría explotado.
Descubro una singular figurita de arcilla, que representa algo así como un hombrecillo con sombrero montado en un borrico. Está toda ella pintada de blanco y moteada de verde y rojo, y en la parte inferior lleva adosado un silbato hecho del mismo barro.
—¡Está fetén! ¿Y dices que lo has hecho tú?
—¡Sí!, con la ayuda de mi abuelita. ¿Sabes qué es?
—Un silbato, ¿no?
—Sí, aquí lo llamamos siurell. Es una pieza de alfarería tradicional de Mallorca, hecha por mujeres, y cuya técnica se transmite de madres a hijas, de abuelas a nietas... Los ganaderos y pastores lo usan a menudo para controlar a sus rebaños. Los modelos pueden variar, aunque siempre suelen ser representaciones de la vida del campo, generalmente payeses. Yo, como sé que te apasionan los animales, le pedí a mi abuela que me ayudase a modelar este burrito, y después lo completamos con el aldeano.
—¡Me encanta! Verás cuando se lo enseñe en Navidad a mis hermanos, se tornarán verdes de la envidia. Ten –añado, sacando de la cartera una bolsita de tela y una caja de madera–, yo también te he traído un detalle de Zaragoza; mamá me ayudó a escogerlo.
Es un decenario de plata con la Virgen del Pilar, acompañado de unas Frutas de Aragón, que son –como su nombre indica– frutas confitadas en azúcar, propias de mi tierra, y que están, sencillamente, exquisitas.
—Estuve enormemente tentada de comerme las frutas durante la larga travesía en barco, pero logré contenerme; así que... ¡ya puedes valorarlas!
—¡Qué delicia! Y el rosario es bellísimo. ¡Mil gracias, Piluca! –Me abraza–. Ven, sentémonos ahí, bajo el jazmín; así me cuentas cómo han ido las vacaciones y saboreamos juntas este manjar hasta que suene la campana para el trisagio.
Hace un día precioso. Un sol cálido y radiante acaricia nuestra piel, y una brisilla suave juega con nuestros cabellos, que bailan alborozados a su compás. Huele a hierba recién cortada, y los árboles, que en breve comenzarán a perder sus hojas, ofrecen aún una verde y placentera sombra. El jazmín es nuestro favorito; se supone que es un arbusto trepador, pero el nuestro se yergue digno en mitad del jardín, sin otro apoyo que el de su firme tronco, bien enraizado en la tierra. Nos encanta jugar en él, escondernos tras el cortinaje de sus ramas colgantes, sentarnos a su sombra a leer o a conversar...
—¡Pili, Cati, qué alegría veros! –Se aproxima Carlota con una sonrisa, recién llegada de las vacaciones en casa de sus tíos. Trae la piel ligeramente bronceada y se ha cortado su larga melena castaña por encima de los hombros, lo cual le confiere un aire aún más infantil y encantador. Lleva, como siempre, un libro bajo el brazo: es una lectora empedernida.
—¡Tita, niña, qué bonita estás! –la piropeo–. ¿Cómo lo has pasado? Te he echado de menos.
—¡Y yo también a vosotras! No sabéis lo aburrido que es estar en el pueblo rodeada solo de chicos todo el día.
—¡Ven –la invita Cati–, siéntate con nosotras! Mira qué delicias nos ha traído Pilar de Zaragoza. Toma, prueba. ¿Sabes algo de Magda?
—Solo que llega esta tarde –responde Carlota, lamiéndose el azúcar de la punta de los dedos–. ¡Ya sabéis que ella apura hasta el último minuto de sus vacaciones!
Y es cierto. Magdalena es ese tipo de criatura disfrutona que le saca partido a todo y exprime la diversión al máximo. Siempre va despeinada: opina que cepillarse le resta tiempo a lo importante, cosa que no comparten las hermanas y maestras, quienes la reprenden constantemente por su desaliño.
—¿Ya habéis visto en qué aula nos toca? –pregunta Carlota.
—Sí –confirmo–, en el primer piso a la derecha, junto al despacho de la Madre.
—¡Al lado de tu abuelita! –se alegra–. Así podremos visitarla a menudo. Por cierto, ¿dónde está? Esperaba verla al llegar, y me ha extrañado que no saliera como cada año a recibirnos.
—No creo que tarde. Salió hace un par de horas a casa de doña Marcela, que está desolada porque su hijo partió ayer a hacer el servicio militar. Ha ido a confortarla y darle ánimos.
—¡Vaya, pobre mujer! Tiene que ser muy duro para una madre despedirse de su hijo pensando que, tal vez...
—¡La Madre! –anuncia alguien de pronto, al ver a mi abuelita pasar por la puerta.
Todas las que han llegado en el ferrocarril de las nueve –Carlota entre ellas– corren a saludarla, compitiendo por ser las primeras en besarla, por darle el abrazo más fuerte, por recibir sus caricias... Ella, sonriente, afable, va correspondiendo uno por uno a cada gesto de cariño. Luego se sienta en un banco del patio y, con todas a sus pies, se interesa por cada una: por su familia, su salud, sus vacaciones, los amigos del pueblo, las travesuras, los novietes del verano... logrando que todas se sientan importantes y especiales.
—Hace un día estupendo –propone al fin–, ¿qué os parece si rezamos el trisagio en el jardín, frente a la imagen de la Virgen, y luego salimos todas a dar un paseo?
Ni que decir tiene que la propuesta ha sido recibida con vítores y ovaciones.
Si grandes comienzos auguran mejores finales... ¡este promete ser un curso increíble!
—... Y así fue como Napoleón, tras su derrota en la batalla de las Naciones en octubre de 1813, se vio obligado a abdicar. Regresó después a Francia, donde siguió gobernando durante el periodo llamado de los Cien Días, hasta que finalmente fue vencido... ¿en qué otra batalla, señorita Balmes?
La pregunta es para María Rosa, mi compañera de pupitre, quien permanece extática en brazos de Morfeo; vamos, que solo le falta roncar. ¡Qué chiquilla! Le meto un codazo.
—¡... La tibia y el peroné, señorita! –despierta de golpe, dando un respingo.
¡Menuda se ha armado! No ha habido fuerza alguna capaz de apaciguar nuestras carcajadas. La maestra, irritada, ha amenazado con avisar a la madre Montserrate Juan –la vicerrectora y nuestra prefecta de estudios– si no nos callábamos de inmediato, pero ni aun así ha logrado aplacar el jolgorio.
—¡Cuidado, tienes a Napoleón subiéndote por la tibia! –le indica Magda a Lluc con sorna.
—¡Mira que te doy un puntapié en el Waterloo! –replica esta.
—Cálmense y dispónganse a degustar la especialidad de la casa –interviene Loreto, simulando llevar una bandeja en la mano–: ¡manitas de cerdo y pata de emperador!
—Señor camarero –reclama Paquita–, esta pata de emperador está tibia; haga el favor y métale un par de cañonazos para calentarla.
Los disparates se han ido sucediendo uno tras otro:
—A partir de ahora, en lugar de «sufrir una derrota» se dirá «tener la tibia rota».
—Y se pierden las batallas si el peroné no da la talla.
—Con razón siempre han dicho que Napoleón era bajito.
—¡Peroné, pero no, así perdió Napoleón! –exclamo yo haciendo bailar la zanca, y todas me siguen a coro.
¡Ha sido fabuloso! La lección de historia más divertida de toda mi vida, y dudo que hayamos tenido otra más eficaz: ¿quién de nosotras olvidará jamás que Napoleón fue derrotado en el peroné, digo en la tibia, digo en Waterloo?
Como era de esperar, la «hazaña» nos ha costado el recreo –además de una buena reprimenda por parte de la madre Montserrate–. Hoy, en lugar de salir al terradito, tenemos que quedarnos en el aula y escribir 100 veces en una cuartilla: «No armaré alboroto en clase y me someteré con respeto a mi dedicada y paciente maestra». ¡Menuda lata!
