SUA. Una historia de brujas - Iker Polo Tomé - E-Book

SUA. Una historia de brujas E-Book

Iker Polo Tomé

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Año 1609, la Inquisición dicta cómo y quién vive, sentenciando a morir a miles de inocentes. Una época oscura donde la incomprensión y el miedo a lo desconocido están estrechamente ligados. Únete a María de Ximeltegi, Rodrigo el verdugo y María de Jauretegía para vivir una historia donde la realidad y la fantasía del maravilloso folclore vasco se unen para llevarte al lado más humano y real de las brujas. Vive de la mano de sus protagonistas uno de los episodios más oscuros y crueles de la memoria histórica.

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Seitenzahl: 235

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Cubierta y diseño editorial: Éride, Diseño Gráfico

Dirección editorial: Ángel Jiménez

eDICIÓN Ebook: abril, 2025

SUA. Una historia de brujas

© Iker Polo Tomé

© Del prólogo: Iker Polo Tomé

© Éride ediciones, 2024

Éride edicionesEspronceda, 528003 Madrid

ISBN: 979-13-87643-14-0

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser realizada con la autorización de sus titulares,salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos,www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

eBook producido por Vintalis

Iker Polo Tomé...

...Enfermero de vocación y natural de Leioa (Bizkaia). Aficionado a la música, tanto a escucharla como a crearla,y al cine y cómics de ciencia ficción. Entre otras aficiones destacan las motos y los deportes de aventura.Comencé escribiendo las letras de las canciones del grupo de música del que soy parte y pequeños relatos,hasta que finalmente di el paso a las novelas.

Siempre imaginé la escritura como una forma de evasión, de crear nuevos mundos o de cambiar elexistente. Una forma de expresar ideas que de otra manera morirían en mi cabeza. Miles de palabras que naceninfluenciadas por la vida misma. La escritura es atreverse, dar un paso de gigante en unas cuantas líneas. Hoysoy yo quien da ese paso. ¿Y tú, te atreves?

Prólogo

Cuánto tiempo sin sonreírle al brillo de una pantalla. Cuánto tiempo sin quedarme sin más que contar, sin sufrir por la historia que os quiero narrar. Aunque no importa el tiempo que pase sin enfrentarme a una página en blanco, siempre resulta reconfortante. He encontrado una forma de espantar a mis demonios. Ya sea en prosa o en verso. Ya sea haciéndote sonreír o llorar. Aquí estoy, otra vez. El pesado de turno. Una suerte de spam con ínfulas de escritor. Lo siento, de veras. Pero siempre encuentro algo por lo que gritar por dentro y sangrar contra el teclado. Tal y como me pasa con la música. Con la vida. Supongo que he encontrado mi forma de expresar mi disconformidad.

Y sí, lo siento por ti. Supongo que serás el mismo o la misma de siempre. Es de agradecer, pero estas primeras líneas no tratan de eso. Pese a que os deba todo lo que soy y en lo que escribir me ha convertido. Tampoco esto pretende ser una suerte de tráiler, tranquilo que tampoco encontrarás spoilers.

Supongo que en un primer momento comencé a escribir con y por miedo. Tenía cosas dentro, cosas que decir o más bien que soltar. Un lastre de emociones y palabras que, al final, no resultó ser un lastre sino experiencia. Algo que una vez dicho dejaba de hacerme daño y comenzaba a ayudarme. Como soltar un palo ardiendo y sentirse libre de las llamas. Por eso, por atreverme a escribir y abrir aquella pesada mochila, ahora soy otra persona. Sin miedos. Mejor o peor, pero otra persona.

Hoy toca hablar de lo desconocido. Descuida, no vamos a montar en ninguna nave del misterio, tan solo pretendo ponerte en situación. Resulta evidente que actualmente seguimos sufriendo la intolerancia del que se cree superior y, en el fondo, tan solo es un ignorante más. ¿Pero qué tiene de malo un poco de ignorancia? Lo malo es estancarse. La ignorancia puede ser un estado previo al conocimiento. Es ese pequeño detalle lo que nos separa y nos junta. No hay absolutamente nada malo escondido en un «no lo sé». De hecho, me temo que la vida no sería nada interesante si ya lo supiéramos todo. Sin embargo, hay cosas que simplemente no se quieren entender. Cosas que no deberían darnos miedo ni causar rechazo. Es esa pluralidad la que nos hará ricos. Hasta que no superemos las barreras del odio y la intolerancia nunca avanzaremos realmente.

Y es que existe algo hermoso en avanzar. En el futuro presente. En recordar el pasado. Pero no vivas de puntillas. No. ¡Por supuesto que no! Lucha, vive por ti y por los tuyos. Pero también por los demás. No estamos solos en el camino, aunque cada viaje sea personal.

Haz ruido.

Vive.

Sé escándalo.

Erre ezin izan zenituzten

sorginen bilobak gara.

Somos las nietas de las brujas

que no pudisteis quemar.

I. Ura nere artasoroentzat eta harria denentzat (Agua para mis maíces y pedrisco para todos)

Las alargadas hojas del árbol de Judas, también llamado árbol del amor, bailaban mecidas por el frío viento otoñal. Llegaba el momento de cubrir el suelo de un manto de marrones hojas. No era un árbol común para la zona, pero sus raíces se habían hecho fuertes cerca de la orilla de un pequeño río. Se trataba del único de esa especie en el pequeño bosque en forma de herradura. Todas las primaveras se hacía notar con sus bellas flores rosadas, dando una nota de color a una arboleda compuesta por robles, fresnos y hayas. Sus retorcidas raíces se hundían y asían con fuerza en una pacífica tierra, quedándose muy cerca de la fresca agua del pequeño arroyo. Su tronco negro de madera lisa y clara se elevaba, negro y tortuoso por el paso del tiempo, hasta alcanzar los cuatro metros. De él surgían decenas de robustas ramas. Una de ellas sobresalía casi en ángulo recto desde el tronco, asemejándose a la viga de una casa. Sin embargo, ese era el único desperfecto del bello árbol, pues la rama se encontraba partida por su mitad.

Los monjes del lugar, otrora una multitud, alargaban sus paseos matutinos hasta la ribera del riachuelo en épocas más cálidas para admirar sus bellas ramas. No eran pocos, más aún los más atrevidos novicios, quienes susurraban con sus compañeros de sotana que tan bello árbol no merecía un nombre tan herético. Ninguno podría imaginar a Judas colgando sobre sus monedas de plata, mecido hasta la muerte entre sus ramas. Mas ya fuera por la sensación de rozar la herejía o porque muchos no conocían sus otras acepciones, ninguno lo llamaba Árbol del Amor. Así acabaron llamando a sus excursiones «Paseos hasta Judas».

Parecía que Eolo y todos los dioses referidos a los vientos mimaran cada esqueje del majestuoso árbol. Entre sus hojas la brisa zigzagueaba con cautela, cuidando cada caduca hoja. El árbol, en un gesto que parecía cordial, mecía sus ramas a modo de reverencia y respeto a los vientos. Sin embargo, sus hojas estaban destinadas a ser la alfombra natural que pisarían hombres y bestias. Completando así un ciclo de la vida en el que todos estamos inmersos. Así, todos seremos como esas hojas. Viviremos una vida mecidos por el viento del destino hasta que, finalmente, nuestro cuerpo se desprenda de las ramas de la vida y demos paso a un nuevo futuro.

Todo aquel conjunto de árboles formaba un bosque con la forma parecida a una herradura. Justo en la apertura de dicha herradura se alzaba una humilde cabaña. Dos pequeños roedores correteaban alegres entre la hierba y las hojas caídas de los árboles, hasta que llegaron a la linde del bosque y fueron espantados por un ruido. El sonido del hacha cortando el viento se filtraba entre los árboles que casi rodeaban la humilde casa. Los dos grandes brazos que lo sostenían daban la potencia suficiente al arma para que sus golpes retumbaran hasta llegar a lo más profundo del bosque. Alrededor del veterano verdugo yacían restos de huesos y calabazas. Estas eran las víctimas de sus prácticas como ejecutor de las penas máximas. Su edad, avanzada para el año 1609, ya comenzaba a dificultarle su estremecedora labor. Temía que sus golpes ya no fueran certeros y limpios. De ser así, la condena de sus víctimas podría ser la suya propia. Y es que, una de sus labores además de poner fin a la vida de los condenados, era hacerlo de la manera más rápida y limpia posible. Entendiéndose «limpia» como un concepto más cercano a la eficacia que a la pulcritud. Si bien sus prácticas se solían centrar en la técnica con el hacha larga, también ajusticiaba a sus víctimas colgándolas, desmembrándolas o quemándolas en la hoguera. Para él, el método más rápido y humano era la decapitación. El desmembramiento le parecía una práctica de tortura, así que siempre intentaba acabar con la víctima lo antes posible. La horca, si el nudo estaba correctamente a la altura y peso de la víctima, podía considerarse una muerte incluso piadosa. Sin embargo, cualquier fallo condenaba al acusado a una lenta agonía. Este hecho asustaba a la nobleza, que en las pocas ocasiones en que eran ajusticiados siempre rogaban una muerte rápida y «más honrada» por decapitación. En último lugar se encontraba la hoguera. La pira era el método más cruel, pero que el verdugo había utilizado en no pocas ocasiones debido al aumento de casos de brujería y hechicería delatados por la Santa Inquisición. Para él era una causa totalmente injusta. Dios le abandonó años ha y aquellas mujeres, algunas jóvenes y otras ancianas, tan solo le parecían unas incomprendidas. Este acto le avergonzaba de tal modo que había comenzado a colocarse un saco teñido de negro que le cubría la cabeza. Esto, junto a su gran tamaño y grave voz le daba un aspecto aterrador. Él intentaba siempre mojar la paja que colocaba en la parte inferior de la pira, asfixiando así a la ejecutada antes de sufrir la ira horrible de las llamas. Sin embargo, en las ocasiones en las que la acusada había desafiado al inquisidor, le instaban a colocar la paja seca y que fuera consumida viva por las llamas. Nunca dormiría sin recordar aquellos gritos. Aquel brillo del fuego grabado en sus pupilas.

Acompañando al sonido del hacha de largo mango de madera forrado en cuero, sonaba casi al unísono un amargo quejido. Un alma ya triste y marchita parecía querer escapar a cada esfuerzo que realizaba el ejecutor. Su espalda comenzaba a crujir de manera constante y los dolores comenzaban a ser parte de una rutina diaria. Era el precio de su trabajo: heridas físicas y psíquicas. Pero, si quería seguir viviendo, tenía que seguir sufriendo y haciendo sufrir. El verdugo no pensaba mucho en su trabajo, tan solo se esforzaba en hacerlo correctamente. Nunca había cuestionado la culpabilidad de los sentenciados. No hasta que llegó la quema de brujas. Generalmente ajusticiaba a traidores, ladrones, violadores o asesinos. Nunca jamás dudó, ni se llevó pensamientos a casa. Su hacha jamás tembló. Pero su antorcha sí. Ejecutar a mujeres de avanzada o muy corta edad por el mero hecho de no seguir los dogmas del cristianismo o practicar ritos considerados impíos le provocaba graves remordimientos. De hecho, el alcohol y la tristeza de una noche de verano le habían llevado a intentar quitarse la vida colgando de una de las ramas del Árbol de Judas, su ejemplar favorito de todo el bosque. Así, una madrugada se tambaleó empujado por la pena y el alcohol hasta el precioso árbol. Acariciando con sus toscos dedos la suave corteza del retorcido tronco, lanzó una soga sobre una gran rama que sobresalía con bravura. Maldiciendo su vida, en un lenguaje ebrio ininteligible, se subió a un pequeño tocón de madera, anudó a su cuello la soga y pataleó hasta que el banco de madera cayó. La cuerda se tensó con el peso del verdugo, pero la poca o nula calidad del nudo provocó que su cuello no crujiera procurándole una muerte instantánea. Colgado, esperando su muerte como un Judas Iscariote en el árbol que lleva su nombre, las lágrimas brotaron mientras en el horizonte el sol se elevaba tímido provocando que las primeras flores rosas brillasen para él con el agua del rocío. Parecía una suerte de último regalo. Un último atisbo de belleza entre tanta negrura. Las diminutas gotas de agua que bañaban las hierbas y todas las hojas brillaban con alegría ante tan macabra escena. El sol iba alcanzando cada brizna con sus rayos y dando vida nuevamente al bosque entero. Con un crujido, la rama cedió ante su peso y el suicida cayó de espaldas sobre la hierba. La tensión de la soga sobre su cuello le provocó unas feas marcas rojizas sobre la piel que comenzaban en su nuez y casi rodeaban por completo su cabeza. Para evitar que las marcas que la cuerda dejó en su pescuezo fueran vistas por el resto de habitantes, tuvo que llevar prendas que le taparan para no levantar sospechas. De tal forma que fue objeto de burlas por su atuendo en aquellas fechas.

Elevando el hacha asida por dos grandes y ajadas manos por encima de su cabeza, apuntaba con gran habilidad a las marcas que previamente había realizado en las calabazas y troncos con los que ensayaba. Estas marcas representaban la zona donde el arma debía impactar con la rapidez y fuerza necesaria para decapitar y provocar la muerte instantánea del reo. Sus grandes cejas acumulaban sudor que terminaba por gotear hacia sus ojos. Sin embargo, su escozor no le hacía titubear. Resoplando antes de asestar el gran golpe, flexionaba ligeramente las piernas al tiempo que las separaba ágilmente. Ya en posición, contenía el aliento hasta que, exhalando, dirigía el fatal golpe hasta la marca. El sonido del largo artefacto cortaba el viento durante escasos instantes hasta impactar sobre su objetivo y quedar clavado en la madera. Un corte limpio exactamente sobre la marca separaba la calabaza en dos, salpicando su contenido en todas direcciones. Lo más terrorífico de la escena era el silencio que el ajusticiador era capaz de mantener, evitando que sus jadeos y esfuerzos resonasen más de la cuenta.

Dos niños de nueve y diez años corrían juguetones entre los árboles hasta que un ruido seco les atrajo hasta la humilde casa del verdugo. El pequeño, ágil y de menor tamaño, correteaba con sus rizos azabaches al viento en primer lugar. Siguiéndole de cerca, gritándole para que se moviera aún más deprisa, le seguía el mayor de los dos. Sus pantalones negros con adornos dorados y su camisa blanca abotonada le diferenciaban del resto de niños y marcaba su estatus de alta cuna. Sin embargo, a su tierna edad la jerarquía social de la época no le impedía jugar con otros niños más pobres. Con la inocencia y curiosidad de la edad temprana, corrieron hasta la fuente del sonido. Agazapados tras un tronco fulminado por un rayo, contemplaron al hombre mayor.

Tres troncos delimitaban una pequeña zona próxima a su vivienda, que actuaban a modo de vallas formando un pequeño rectángulo abierto por un extremo. De uno de esos troncos asomaba apoyada una larga vara de madera recubierta de cuero. Las vetas desgastadas que asomaban por las zonas que el cuero ya no tapaba indicaban el desgaste de los años. El extraño hombre, del que solo veían su camisa blanca amarilleada por el paso del tiempo como las páginas de un libro y un gran sombrero negro de ala ancha, permanecía agachado frente a otro de los troncos caídos.

—¡A que no tocas el tronco! —retó el niño de mayor edad en voz baja.

—¿Estás loco? —dijo el menor.

—Si lo haces, te dejaré mi caballito de madera —chantajeó el otro.

—¿Todo el tiempo que quiera?

El niño mayor asintió con su pequeña cabeza mientras esbozaba una pícara sonrisa. Convencido, el muchacho menor salió de su escondite y comenzó a gatear hacia el tronco a la espalda del hombre. El barro comenzó a apoderarse de sus pequeños y descosidos pantalones, pero a él no parecía importante. Tampoco parecía digno de su atención los arañazos que las malas hierbas habían realizado en sus manos y rodillas. Así, con sorprendente agilidad, fue acercándose a su objetivo. Apenas estaba a dos metros del gran bloque de madera cuando el extraño hombre se levantó. El tiempo pareció aminorar su marcha. El sol de aquel otoño en el que comenzaba a escasear su calor se acabó para el pequeño crío. El verdugo se levantó y su gran envergadura colmó de sombras y miedos las carnes del joven. El gran hombre, sin deparar en la presencia del niño, blandió de nuevo su enorme hacha para seguir con su entrenamiento. De un certero y poderoso golpe cercenó la improvisada cabeza formada por una gran calabaza, estallando su interior en mil pedazos. La visión del niño fue tan aterradora que comenzó a gritar inmediatamente. Estos desgarradores gritos asustaron al verdugo justo cuando se disponía a lanzar otro golpe. El niño mayor, contempló cómo el desconocido se giraba, hacha en mano, y comenzaba a mirar a su joven amigo que tan solo era capaz de reptar hacia atrás lentamente. El sol parecía temer a aquella aterradora y alta figura. Tanto que sus rayos no iluminaban su cara ni parte de su cuerpo. La larga sombra del verdugo, con su hacha apoyada en el hombro, se proyectó como la imagen del mismísimo demonio en dirección a los dos niños. Unos ojos de inframundo miraban curiosos y protegidos por el ancho sombrero negro a los dos pequeños. Sin embargo, ellos no podían verlos. Ambos jóvenes se revolvieron sobre la tierra y huyeron despavoridos bosque a través antes de que aquella figura siquiera mediara palabra. Los dos pequeños se perdieron entre fresnos y hayas hasta chocar con el árbol de Judas, dejando sus pequeñas huellas de barro en su negro tronco.

—Niños… —susurró el gran hombre, mientras su sombrero ocultaba una pequeña sonrisa. Sonreía, a sabiendas de que sus pudientes familias podrían pedirle explicaciones por semejante susto.

Dando por terminado su entrenamiento y dando por sentado que en lo que restaba de semana no tendría que aplicar sus conocimientos sobre ningún pobre diablo, se retiró a su cabaña a descansar. Una puerta de madera de roble, áspera pero resistente, obstaculizaba la única vía de entrada a su humilde morada. Hacia ambos lados de la puerta dos paredes hechas de ladrillos de adobe mezclados con paja y excremento de res completaban un perímetro rectangular sin ventana alguna. Era una construcción vieja, pero segura. Otras casas estaban aseguradas con cerraduras, pero él sabía que nadie se atrevería a entrar en la casa de un verdugo. Así, con esa falsa leyenda negra que le acechaba de por vida, podía ahorrarse el llevar una gran llave siempre consigo. Con esfuerzo, las gruesas bisagras que sujetaban el gran listón de madera cedieron y la puerta se abrió de par en par. Su casa era humilde, aun recibiendo un generoso salario por realizar una tarea que a cualquiera espantaría. Pero allí había crecido. Junto a su madre. Solo los dos, hasta que se quedó solo.

La casa consistía en un espacio diáfano y rectangular. Una única habitación hacía las veces de cocina y dormitorio. Sobre la habitación, unas gruesas vigas de madera sostenían un tejado hecho de placas de adobe y paja. Situado en la esquina más al norte de la gran y única habitación de la cabaña, se encontraba una pequeña chimenea donde un fuego ardía casi a perpetuidad. Allí solía sentarse y recordarla. Apenas tenía dieciséis años cuando su madre le dejó. Era un invierno oscuro y frío, más incluso de lo habitual. Los días de tormenta aún le recordaban aquel trágico hecho. La tarde de aquel día llegaba a su fin, pero la oscuridad era tal que nadie parecía diferenciar la noche del día. Una gran tormenta descargó toda su furia sobre Logroño. Unas nubes negras invadieron un cielo que invitaba a mirar las estrellas. Los rayos y la lluvia apuntaban directamente hacia su localidad. Los más pudientes pudieron resguardarse en sus resistentes viviendas, mas otros como su madre y él debían luchar de forma obligada contra las inclemencias del tiempo. Las paredes donde él aún vivía eran testigos de semejante tragedia. Una madre tiritaba junto a su joven hijo, mientras este intentaba hacerla entrar en calor. Sus finas ropas no lograban paliar la dureza del invierno. Por si fuera poco, la leña se mojó y no fueron capaces de encender un fuego. Así, mientras afuera Dios parecía descargar su furia en forma de agua y electricidad, ellos tiritaban el uno con el otro. Ella, más pequeña, era rodeada por los fuertes brazos de su joven hijo. Pero no olvidaba su papel de madre, acariciando el largo pelo repleto de tirabuzones de su hijo. Así, superando las barreras físicas, era ella quien daba cobijo y resguardaba a su hijo pese a que pudiera parecer al revés.

A medida que la tormenta se acercaba, toda su fuerza se intensificaba. Tras un destello y un estruendo, la vieja puerta se abrió de par en par y toda su estancia se iluminó con el fulgor del fuego. Todo ocurrió en cuestión de segundos. El joven se levantó magullado notando el calor del fuego en sus pies. Delante de él una gran viga de madera mantenía presa junto a las llamas a su madre. Sus piernas rotas permanecían en un ángulo atroz. Pero ella no gritaba, tan solo miraba a su hijo con las llamas reflejadas en sus pupilas. Él intentó levantar la pesada estructura en vano, hasta que el barro que mantenía las piedras de una pared unidas se derritió y arrojó su furia lapidaria sobre la espalda del hijo. Unas grandes heridas surcaban toda su espalda, pero él no quería irse sin su amada madre. Sangrando y jadeando, luchó contra la física intentando liberarla. Mientras, ella, le miraba vencida.

—Marcha. Huye y vive. Recuerda siempre quién eres y qué es lo que quieres. Traerás gloria, Rodrigo —exclamó su madre, antes de ser engullida por el fuego y la madera derrumbándose.

A menudo el verdugo se sorprendía a sí mismo mirando la reconstruida pero ennegrecida pared. Recordando aquellas palabras, que daban origen a su nombre. Las cicatrices de su espalda parecían palpitar al acercarse al lugar de la tragedia.

Pero no todo fue oscuro en la larga vida de Rodrigo. Años después de aquel amargo capítulo de su vida una pálida muchacha apareció desorientada ante su casa. Él ya era el verdugo de la ciudad de Logroño y se había acostumbrado a su soledad. Una mañana de un día gobernado por densas bajas nubes, mientras se encontraba afilando su hacha, vio reflejada la figura de aquella mujer en su filo. La izquierda mano desnuda de Rodrigo sujetaba con fuerza el acero del arma, mientras que con su mano derecha mojaba una piedra de afilar y la pasaba cuidadosamente por todo el filo del hacha. La piedra, una magnifica veta sacada de las grandes minas del este de la península era un gran tesoro para él, por eso la guardaba cuidadosamente. A cada roce con el filo la mojaba en un cubo de madera lleno de agua del arroyo. Era por esa práctica por la cual esa clase de rocas se denominaban «piedras de agua». Fue cuando limpió el exceso de líquido del afilado borde del acero cuando la vio. Su ateísmo inusual para la época hizo que descartara inmediatamente una presencia angelical. Aquello era algo mejor. Ella era real.

Su figura emergió de entre los árboles como mecida por el viento. Sus ropas bailaban a un son donde él quería perderse. Su blanca piel era propia de las divinidades. Brillaba como un faro entre la niebla. Pero no era un ángel. Era mejor. Era real. En aquella hermosa y pequeña tez vivían dos ojos azules como el mar cantábrico. Además de su color, allí residía su misma furia. Un oleaje de emociones. En aquellos ojos el verdugo vio el mar donde quería nadar para siempre. Rodrigo supuso que huiría despavorida antes de que pudiera decir nada, tal era su fama, así que decidió centrarse en sus tareas y no meterse en líos.

—Perdona, ¿sabrías indicarme la dirección hacia la ciudad? —preguntó ella con una voz suave como el lino.

—Eh… hacia allí —indicó el joven verdugo, señalando hacia el este tembloroso y tirando al suelo un viejo tomo de anatomía.

—Curiosas tus aficiones —comentó ella en tono burlón, esbozando una sonrisa que iluminó el alma del verdugo.

Rodrigo recordaba aquella primera conversación. Palabra por palabra. Letra a letra. A aquella corta visita le siguieron muchas más. Hasta que el cariño se abrió paso y despejó las nubes negras que asolaban la vida del verdugo. Ella era capaz de ver más allá del hacha. Comprendía las leyes y la necesidad. Y sabía que detrás de aquella figura aterradora se escondía un hombre humilde y leído. Sus toscas manos desprendían un cariño que su hacha se empeñaba en esconder. No había odio en aquel fuerte cuerpo.

El lecho sobre el que dormía aún parecía mantener su pequeña figura. Pero ya no olía a ella. La realidad y el presente se habían llevado todo su rastro. Su olor, su rostro, su suave tacto. Las fiebres se la llevaron una aciaga noche de junio. Todo comenzó con una tos inocente. Más adelante, su pañuelo blanco comenzó a ser testigo de una hemorragia que provenía de sus pulmones. Después vino la fiebre, la debilidad generalizada. Días en cama, sin voz ni fuerzas. Su rostro angelical comenzó a adquirir un color pálido lejos de su brillo habitual. Rodrigo sabía que una enfermedad se extendía por sus entrañas. Sus conocimientos sobre anatomía no llegaban a los niveles de los médicos de la época, puesto que su utilidad estaba lejos del objetivo de curar a los enfermos, pero sabía de dónde provenía el mal.

El curandero de la zona no fue capaz de combatir el mal que brotaba de sus entrañas. Sus ungüentos y oraciones fueron un intento vano por alargar su vida. Por si fuera poco, aquel curandero no fue capaz de atender a las palabras de ayuda de una anciana procedente de un recóndito pueblo de Navarra. El verdugo la conoció recogiendo agua fresca del arroyo para mojar las vendas que apagaban la alta fiebre de su amada. Una anciana de columna retorcida y negro velo sobre su cabeza descansaba mientras murmuraba apoyada en el árbol de Judas. Sus finas manos, a través de las cuales parecía poder verse hasta los huesos, reposaban sobre el tronco del árbol. Una sotana negra roída por los años cubría su diminuto cuerpo. Unas botas de cuero negro protegían unos pies a los que por seguro no les quedaban muchos pasos en este mundo. El velo permitía entrever unos largos mechones de pelo liso y cano. Su cara, invadida de arrugas, tenía una expresión de sabiduría y amabilidad. De su cuello colgaba una pequeña pero cuidada talla de madera en forma de hélice, con formas curvilíneas. Aquel símbolo era un signo de buen augurio y representaba al sol que ahuyentaba al influjo del mal. Por todo ello, no era raro verlo grabado en piedra y madera sobre las puertas de muchas casas de todo Euskal Herria.

—¿Se encuentra usted bien, anciana?

—Guárdate del tiempo, joven. Es un enemigo cruel —dijo ella, mirándole fijamente mientras se llevaba una mano a la espalda.

—Si fuera eso posible, viviría congelado en un momento —respondió él, mirando con tristeza los trapos que se disponía a mojar en el río.

—¿Quién tiene fiebre, joven? —comentó, señalando con unos afilados dedos hacia los ya húmedos paños.

—Mi esposa. El mal se extiende por sus pulmones, pero no conseguimos que remita. Esto calmará sus fiebres —respondió mientras escurría los trapos retorciéndolos con sus manos.

—El verano se acerca, el tiempo suele mejorar esas afecciones… —dijo la anciana, pensativa—. Dime joven, ¿tose tu amada?

—Constantemente señora. Y sangra. Temo por su vida, la verdad.

Tras unos segundos pensativa, la mujer miró al árbol y, susurrando unas palabras en un idioma desconocido para Rodrigo, sacó de debajo de su túnica un pequeño cuchillo curvo con el que recogió corteza del tronco.

—Es curioso: a mí me llaman bruja, pero es el resto quien admira al árbol de Judas. ¿Cuánto duraría yo en esta tierra llamándote así? —dijo la anciana golpeando con suavidad a modo de disculpa el tronco del árbol—. Yo prefiero llamarle árbol del Amor. Un nombre precioso, tanto como sus hojas. ¿Sabes que su corteza alivia los catarros y dolores de cabeza? Tan solo hay que hervirla en agua y bebérsela. Un nombre precioso, desde luego. Y muy oportuno, tal vez este árbol logre sanar a tu amada esposa.

La ilusión de un futuro en compañía de su querida cónyuge, hizo que rogara a la autodenominada bruja que le acompañase hasta su cabaña. Allí le esperaba el curandero de la zona, que seguía con sus rezos en el lecho de la enferma. El camino de vuelta a la choza se demoró por la lentitud de los pasos de la anciana. A su llegada, el médico descansaba junto a su aprendiz sentado en un tocón de madera mientras masticaba una manzana admirando el paisaje. Rodrigo corrió hacia él para explicarle el plan de la curandera, pero este lo rechazó rotundamente.

—Ella solo necesita Fe y mis ungüentos —repetía el médico cada vez que Rodrigo rogaba que escuchara a la anciana.

El aprendiz del médico impidió por todos los medios que la anciana se acercara a su paciente. En un momento dado, corrió hacia el pueblo para denunciar su presencia, momento en el cual la anciana miró a Rodrigo y, dándole la corteza, desapareció entre los árboles. Finalmente, dos noches después, su amada expiró su último aliento mientras el verdugo dormía junto a ella. No hubo últimas palabras. Tan solo el silencio de la muerte y de la noche. El anciano médico dijo que su alma estaba encomendada a Dios, que nada se podía haber hecho por ella. Su destino estaba escrito.

—Se llama Inés —susurró Rodrigo.

—¿Cómo dice?