Inguma. Las mariposas gritan - Iker Polo Tomé - E-Book

Inguma. Las mariposas gritan E-Book

Iker Polo Tomé

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Beschreibung

Cuando la vida pende de un hilo, se hacen temibles las tijeras. Cuando todo está perdido, tu mundo cabe en la palma de tu mano. Y buscas consuelo, cariño, ayuda en todo lo nimio. Las mariposas gritan es un esbozo de la realidad disfrazado de ficción. La lucha de Leire por sobrevivir a su maltratador la llevará a un antiguo caserío en Gordexola. Allí, en un baile entre la vida y la muerte; presenta y pasado, la protagonista se reencontrará consigo misma y luchará por su vida y libertad. Un viaje en el que, sin duda, las mariposas tendrán mucho que decir.

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Seitenzahl: 254

Veröffentlichungsjahr: 2023

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Cubierta y diseño editorial: Éride, Diseño Gráfico

Dirección editorial: Ángel Jiménez

Ilustrador de la cubierta: Iñigo Aretxabaleta

Edición eBook: noviembre, 2023

© Iker Polo Tomé

© Éride ediciones, 2020

Éride ediciones Espronceda, 5 28003 Madrid

ISBN: 978-84-19485-96-0

Diseño y preimpresión: Éride, Diseño Gráfico

eBook producido por Vintalis

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

Iker Polo Tomé

Enfermero de vocación y natural de Leioa (Bizkaia). Aficionado a la música, tanto a escucharla como a crearla, y al cine y comics de ciencia ficción. Entre otras aficiones destacan las motos y los deportes de aventura.

Comencé escribiendo las letras de las canciones de mi grupo de música y pequeños relatos, hasta que ahora he dado el paso a escribir mi primera novela.

Siempre imaginé la escritura como una forma de evasión, de crear nuevos mundos o de cambiar el existente. Una forma de expresar ideas que de otra manera morirían en mi cabeza. Miles de palabras que nacen influenciadas por la vida misma. La escritura es atreverse, dar un paso de gigante en unas cuantas líneas. Hoy soy yo quien da ese paso. ¿Y tú, te atreves?

«Tenemos por tanto que reclamar, en el nombrede la tolerancia, el derecho a no tolerar la intolerancia»

Karl Popper

Dedicado a quien invierte su tiempoen leer las locuras de otro. Para quienes herí, para quienes intenté curar. Sean las letras bálsamo y redención.

Antes de empezar…

En este libro encontrarás temas muy actuales, lamentablemente, pero tratados siempre desde la ficción.

Encontrarás tragedia, dolor, amor y desamor. Sentirás ira y repulsión, pero también alegría y libertad. Verás sus semejanzas con la realidad, tanto en el tema como en los personajes. Todo ello tratado con el máximo respeto y cariño, dado lo delicado de algunos temas que aquí son tratados.

A menudo, me vengo abajo y escribo. Escribo palabras que a veces crean frases que a veces acaban en canción, poesía o historia. Y de ese conjunto de palabras, de letras con finas curvas y de este brillo de la pantalla del ordenador reflejado en mi cara; obtengo alivio. Es por eso, que hoy lees el fruto de mi egoísmo. Algo que escribo porque si se quedara dentro de mí, acabaría explotando. Supongo que eso responde a la pregunta que muchos hacen: ¿qué te lleva a escribir?

¿Y por qué no? Podría responder. Escribo porque lo necesito, simplemente. Épicamente diría que escribir es mi mejor ansiolítico. Cuando ni el mejor de los whiskys ahoga la pena, ahí están las letras. Yo no quiero dejar constancia de nada, solo crear y plasmar qué y cómo me siento. Remover conciencias, hacer que tú, lector o lectora, te plantees cosas tanto desconocidas como conocidas.

Porque con cada letra me siento algo más lleno. Porque disfruto de la ironía de que el espacio que reina entre las palabras las una aún más. Porque es mi forma de gritar contra la injusticia del mundo.

Porque sentirse vacío no es plato de buen gusto, y huir de la pena me ha hecho escribir frases que llevaría para siempre en mi cuerpo. Porque disfruto.

Así pues, solo queda agradecerte que inviertas tu tiempo en estas líneas. Recordarte que jamás se pierde el tiempo con un libro y rogarte encarecidamente que disfrutes y lo compartas.

Hay poesía en ti, en tus ojos. Aunque no me miren a mí. En este cigarro, en el fuego. En el aire que lo hace vivir. Hay poesía en el vivoy en el muerto. Poesía que no sabemos dónde irá. Tal vez eso sea poesía:desconocer y disfrutarlo. Leer, vivir, morir. Escribir, morir, vivir.

Capítulo 1

El sol ya no calentaba como antes durante aquella mañana soleada. Los rayos de aquel sol de octubre parecían cansados de un verano lleno de luz. Las duras jornadas comenzaban a pasar factura en el astro rey, cediendo el paso a un otoño triste y oscuro. Pero ni aquellos débiles rayos ni aquel otoño incipiente alcanzaban la soledad de ese baño de blancas losas. Un desgastado marco rodeaba tímidamente un espejo salpicado de agua. En él, Leire se veía reflejada mientras se esforzaba por esconder bajo una gran cantidad de maquillaje la última caricia de su marido. Había ocurrido una vez más. La hermosa cara de Leire se veía invadida de cicatrices y hematomas. Ella era una mujer alta, de cuerpo esbelto, con una larga melena oscura. Sus ojos verdes como esmeraldas ya no poseían aquel brillo de felicidad e ilusión de antaño. Ahora contenían trazas de una tristeza tan profunda como el miedo que aquel animal había instalado en ellos.

Sus manos distaban mucho de ser delicadas, había pasado muchos años trabajando con ellas hasta que pudo conseguir su trabajo soñado: ser profesora. Pero bajo aquella fachada derrotista y maltrecha, aún escondía genio y carácter suficientes para comerse un mundo que la acogería con los brazos abiertos.

Ese día no madrugaba para ir a trabajar, le aguardaba un último mal trago para añadir el ansiado prefijo «Ex» a su hasta ahora marido. La radio sonaba mientras terminaba de arreglarse. En las noticias de un programa vespertino una sobria pero agradable voz alertaba del alarmante número de víctimas de violencia de género en lo que llevaba de año. Aquello congeló el corazón de la profesora, aquella mujer podía ser ella. En algún momento, las crueles manos de aquel mal hombre podían hacer que ella engrosara la lista de víctimas. En ese momento una lágrima se desprendió de su ojo izquierdo, el mismo que tenía morado. La esfera perfecta se asomó al abismo que era su párpado, como quien se asoma a un precipicio. Abandonó su ojo y descendió hacia la comisura de sus labios, dejando a la vista el hematoma de su pómulo al llevarse consigo el aún fresco maquillaje. En ese momento ella alzó la vista y se contempló en el espejo. Aquella no era la Leire que quería ver: oculta y derrotada. Con una mano y gesto decidido, comenzó a retirar todo aquel maquillaje. Deslizó la mano retirando una cantidad de maquillaje que atravesaba su cara en diagonal.

Sonrió ante el espejo y dijo para sí misma: «Como Bowie». En esa ocasión, el «Heroes» de Bowie hablaría de ella.

Al final, quedaron a la vista todas sus cicatrices y hematomas. En aquella hermosa cara, tan natural y ahora apagada, estaban resumidos sus últimos dos años de infierno. Golpes, cortes y constantes humillaciones. Pero ahora había escapado de aquel infierno. Había conseguido denunciarlo y escapar de aquella casa que hacía mucho tiempo había dejado de ser un hogar. Y en ese día, por fin, conseguiría mantenerse distanciada de él a través de una orden de alejamiento, mientras el juicio se alargaba y fuese final y justamente condenado.

Esta inyección de autoestima al aceptarse tal y como era otorgó fuerzas renovadas a la veterana profesora. Se vistió con una blusa blanca y unos pantalones y salió rumbo al juzgado. Antes de la denuncia que le llevó a todo esto, había tenido que huir a toda prisa. Había conseguido un pequeño piso de alquiler en una céntrica calle del Casco Viejo de Bilbao, por lo que hizo el camino a pie. Aquel sol cansado parecía haber sacado fuerzas in extremis para calentar la suave piel de una Leire que caminaba con paso decidido.

Podía ver cómo algunas personas se fijaban en su llamativo nuevo hematoma. Pero ya no quería esconderlo por más tiempo. Esa era su situación, de la que pretendía salir y, sin duda, conseguiría.

A las puertas del juzgado le esperaba su abogada. Una joven y prometedora abogada vestida con un elegante traje. Su larga melena con destellos rubios estaba ordenadamente recogida en una coleta que caía larga por su espalda. Al verse, ambas sonrieron.

—Me alegro de verte, Leire. ¿Qué tal…? —Dijo la joven abogada, señalándose el pómulo izquierdo.

—Bien, ya no me duele casi. Será un recuerdo bonito de la victoria de hoy. —Respondió decidida.

—No lo dudes, le tenemos contra las cuerdas.

Ambas se dirigieron a un bar cercano para preparar los últimos detalles del inminente juicio mientras bebían café. A la abogada de Leire le pareció tan buena idea como valiente el hecho de que no ocultara sus lesiones nuevas y antiguas. La veterana profesora explicó que si las ocultaba era porque en su trabajo los niños podían hacer una gran cantidad de preguntas. Terminado el café, salieron de nuevo al exterior.

En la puerta del juzgado Leire vio a su, pronto, exmarido. Un dolor punzante recorrió su pecho. Un dolor que parecía entrar hacia su corazón por cada vena y arteria. Algo apretaba y apuñalaba su corazón al ver a aquel monstruo. Sus pies no avanzaban, sus manos sudaban y su corazón parecía haberse detenido.

El miedo había vuelto, y parecía haberse acomodado. Él, lejos de toda empatía, la miró y regaló una cruel sonrisa. Sus dientes amarillos por el tabaco dibujaban una sonrisa digna del peor de los demonios. La joven abogada se percató casi al instante y pidió al abogado de la defensa que se apartasen para evitar semejante mal trago. Este, un hombre de escaso pelo engominado hacia atrás, aceptó educadamente y ambos se retiraron.

En el interior del juzgado, una pequeña sala que poco tenía que ver con las vistas en las películas, recibió a los enjuiciados. Al fondo, un guarda de seguridad con semblante serio les indicó donde sentarse.

Tras ellos quedaban hileras de bancos vacíos, nadie acudió a ver ese juicio. Pasaron unos minutos de nervios para todos los encausados hasta que por fin apareció la jueza. Una vez iniciado el juicio ambas partes expusieron sus alegatos con un lenguaje tremendamente técnico. La abogada de Leire expuso los hechos de forma breve y clara, acompañándose de fotos de las diversas lesiones sufridas por parte de su marido. A su vez, la defensa expuso que muchas de ellas no eran culpa del acusado. Tras dos largas horas de excusas, argumentos y protestas, el juicio terminó.

—Tengo buenas sensaciones, Leire. —Comentó a la salida la abogada.

—Lo he pasado fatal, solo quiero irme a mi casa.

—Conseguiremos esa orden de alejamiento. Y más adelante será duramente condenado. —Sentenció la joven abogada.

Leire se despidió de su defensora y emprendió el camino a casa. La vuelta se le antojó eterna. Se sentía cansada y no dejaba de repasar todo el juicio mentalmente. Una vez en su domicilio, rompió a llorar. No podía comprender como un amor tan grande podía haber terminado en semejante tormento. Recordaba sus primeras citas. Los nervios, las miradas cómplices. Rememoró aquella Aste Nagusi cuando se conocieron. De cuadrillas distintas, ambos coincidieron en el mismo bar. Charlaron, rieron y se besaron. Y después de ese beso, vinieron muchos más. Y mucho más. Mil citas perfectas. Mil viajes a sitios de ensueño. Discusiones tontas y otras que no lo fueron tanto. Noches de una pasión desmesurada. Y mañanas. Y tardes. Y así fueron sumando días, coleccionando un amor que latía con fuerza. De sus pechos retumbaba un solo corazón. Así como el tiempo dicen que hace olvidar, a ellos no hizo sino unirles aún más. Recordaba cuando le contó la leyenda oriental del hilo rojo. Según dicha leyenda las personas destinadas a conocerse están conectadas por un hilo rojo invisible. Este hilo nunca desaparece y permanece constantemente atado a sus dedos, a pesar del tiempo y la distancia. Aunque en ocasiones se tense o afloje, e incluso otras veces se enrede. La leyenda decía así:

«Hace mucho tiempo, un emperador se enteró de que en una de las provincias de su reino vivía una brujamuy poderosa, quien tenía la capacidad de poder ver el hilo rojo del destino y la mandó traer ante supresencia.

Cuando la bruja llegó, el emperador le ordenó que buscara el otro extremo del hilo que llevaba atadoal meñique y lo llevara ante la que sería su esposa. La bruja accedió a esta petición y comenzó a seguir yseguir el hilo. Esta búsqueda los llevó hasta un mercado, donde una pobre campesina con un bebé en losbrazos ofrecía sus productos. Al llegar hasta donde estaba esta campesina, se detuvo frente a ella y la invitóa ponerse en pie. Hizo que el joven emperador se acercara y le dijo: «Aquí termina tu hilo», pero alescuchar esto el emperador enfureció, creyendo que era una burla de la bruja. Este empujó a la campesinaque aún llevaba a su pequeña beb é en brazos y la hizo caer, haciendo que el bebé se hiciera una gran heridaen la frente. Luego, ordenó a sus guardias que detuvieran a la bruja y le cortaran la cabeza.

Muchos años después, llegó el momento en que este emperador debía casarse y su corte le recomendóque lo mejor era que desposara a la hija de un general muy poderoso. Aceptó y llegó el día de la boda. Y enel momento de ver por primera vez la cara de su esposa, la cual entró al templo con un hermoso vestido yun velo que la cubría totalmente… Al levantárselo, vio que ese hermoso rostro tenía una cicatriz muypeculiar en la frente. »

No eran pocas las veces que Leire le dijo que era una afortunada, pues a otras muchas personas ese hilo se les había roto cruelmente. Esta hermosa leyenda siempre les había conmovido. Hasta el punto que ella misma llevaba tatuado ese hilo, naciendo de su dedo índice, recorriendo su brazo y desapareciendo a la altura de su corazón. Pero la vida es un viaje con muchos caminos, y donde en uno crecen rosas, en otro caen sus pétalos y en otro reposan sus espinas. Con los años las discusiones se encrudecieron, se hicieron más duras y regulares. Y llegó la primera bofetada. Y tras esta, aquellas manos que antes la acariciaban no hicieron otra cosa sino agredirla. Y tras esta violencia física, cruel y endemoniada; se escondía otra más profunda y dolorosa. Una violencia que minaba la autoestima y seguridad de una mujer fuerte y valiente.

Leire abandonó su grupo de amigos, llegó a plantearse abandonar su trabajo de ensueño. Se volvió sumisa.

El miedo fue su compañero de cama dos largos años, hasta que su destrozado corazón dijo basta. Fue entonces cuando plantó cara y consiguió salir de aquella situación. Mas antes de ello, en su última discusión donde ella habló por todas las que no están, aquel malnacido la dejó en tal estado que acabó ingresada en la UCI. Ese fue el día en el que Leire volvió a nacer. Como el fénix de las cenizas, despertó al tercer día. Como una suerte de Mesías. Pero poco quedaba ya de aquella sumisión, de aquellas mejillas regadas por las lágrimas cuando las llaves sonaban contra la puerta. Ese quejido ahogado cuando él quería mantener relaciones, pero ella no. Todo eso había acabado y, en gran medida, había sido gracias a su abogada: Oihane. Su relación casi había tornado en amistad. Desde la primera visita en su despacho congeniaron a la perfección. La joven abogada supo mediar perfectamente en aquella dura situación.

Presentó un tacto y empatía tales que superaron lo meramente profesional.

Aquel duro día llegaba a su fin, y el Valium comenzó a hacer efecto cuando el teléfono comenzó a sonar.

—¿Diga?

—Hola, disculpe que le llame a estas horas. ¿Es usted Leire Arana? —Contestó una voz desconocida.

—Sí, soy yo. ¿Ocurre algo? —Contestó ella.

—Verá, lamento comunicarle el fallecimiento de Edurne. Soy la notaria designada para aclarar todos los trámites de su testamento.

—¿Edurne?

—Tengo constancia de su escasa conexión. Se trata de su tía abuela. Conocemos su situación, sabemos que es usted huérfana desde bien joven. Lamento comunicarle que esta era su único familiar «cercano» con vida. —Contestó la notaria, remarcando las comillas.

—Oh, vaya… No tenía conocimiento de eso, siempre creí ser la última de los Arana. ¿Qué debo hacer? —Preguntó Leire.

—No puedo comunicarle mucho más por vía telefónica, debería usted acercarse mañana a nuestra notaría para explicarle el resto.

La conversación concluyó con los detalles de la hora y el lugar designados para aquella extraña cita.

Después, el teléfono comunicó. Leire desconocía qué le depararía el día de mañana, fue sin duda una sorpresa aquella noticia. Siempre pensó ser la última de los suyos, sus padres fallecieron hace tanto tiempo que apenas guardaba recuerdos nítidos de ellos. Entre esos pensamientos, juntó soledad con empatía.

Pensó en su familiar, en cómo pudo haber sido su final. ¿Se sentiría tan sola como ella? ¿Tuvo miedo en su final? Y entre esas preguntas, Leire cayó dormida.

Capítulo 2

El sol de la mañana siguiente se filtró entre las láminas de la antigua persiana, calentando la suave piel de Leire y despertándola justo antes de que su despertador sonara. Leire se desperezó sin mucha prisa y maldijo despertarse minutos antes de que la alarma la arrancara del mundo de Morfeo. El día de hoy le era todo un misterio, puesto que debía reunirse con la autora de la siniestra llamada. Colocó ambos pies en el frío parqué de aquel viejo piso situado en el centro de Bilbao y puso rumbo al cuarto de baño. Tras una breve ducha, se vistió y salió a la calle rumbo a la gestoría. El trayecto apenas distaba tres paradas de metro, así que llegó allí poco antes de la hora acordada. Eran poco antes de las nueve en punto de la mañana y el aire de aquella mañana era frío. Por ello, decidió matar el tiempo que restaba hasta las nueve en punto en un elegante bar cercano.

La veterana profesora disfrutaba de su café, distrayéndose viendo pasar a la gente frente a la cristalera de aquel bar. Una pequeña mariposa se posó junto a aquella gran ventana. Sus alas, con un diseño de ensueño, como unos ojos vigilantes, se movían con suavidad. A Leire le sorprendió ver algo así en plena ciudad, pero quedó maravillada ante tal regalo de la naturaleza. Con cada batir de sus alas, aquellos ojos parecían pestañear, sin quitarle el ojo de encima a la maestra. A cada sorbo de café, a medida que aquellos amargos posos al final de la taza se acercaban a los suaves labios de Leire, la mariposa batía sus alas con más violencia. Cuando tomó el último trago, aquellas alas parecían mirarla fijamente, como si de pronto algo las alertara. Repentinamente, batió sus alas y desapareció entre los coches de aquella calle de Bilbao.

—Vaya, ya es casualidad. —Dijo una voz grave y profunda.

La sangre de Leire se congeló en el acto al reconocer la voz de su examante y marido. Aquel vértigo que sintió junto a los juzgados al ver aquella amarilla sonrisa volvió a conquistar el cuerpo de la profesora.

Su cuerpo iba cuesta abajo, sin freno alguno que la salvara. Sus manos sudaban y temblaban, su corazón palpitaba a toda prisa, repartiendo pánico a todo su cuerpo. Aquel bar parecía de repente tan pequeño que ella sintió claustrofobia. Él, a sabiendas del temor que producía en ella, colocó sus manos sobre sus hombros.

—No te levantes. —Inquirió él, con una sonrisa malévola—. ¿Has pagado ese café? Te invito yo. ¿Por qué no te tomas otro conmigo? ¡Por los viejos tiempos!

Leire hizo ademán de levantarse, pero él agarró sus manos con mucha fuerza, manteniendo las formas para el resto del bar.

—¿Acaso estás sorda? ¿Dónde vas? ¿Ya no te maquillas? En menudo lío me has metido. Tan solo tenías que estar calladita. Tendrías una vida jodidamente cómoda. Podría mantenerte. ¡Pero no! Tú y tus putos sueños.

Leire aún no conseguía pronunciar palabra. Sus ojos se llenaban de lágrimas al tiempo que él la soltaba, dejando una marca rojiza sobre sus manos.

—¿Crees que no sé dónde vas? ¿Crees en serio que no puedo saber cuando quiera dónde estás? Eres mía. ¡Mía! ¿Me entiendes? —Gritó él entre susurros.

—Por favor, no me hagas esto. —Consiguió ella balbucear.

—¿Esto? Ahora sí que estás sola. ¿Crees que no sabía que tenías aun familia? Estoy deseando ver qué nos deja esa puta vieja.

—¿Nosotros? Ya no hay ningún nosotros. —Respondió ella, valiente.

Las lágrimas de Leire recorrían una cara surcada por cicatrices. Y cada vez que llegaban a la comisura de sus labios adquirían conciencia de cada golpe, de cada humillación sufrida. Cada sutura, cada hematoma que sufrió era memoria de un sufrimiento que pronto tornaría en valor y coraje. No repentinamente, pues aquel animal había hecho mella en su ser por dentro y por fuera. Y aquel día de octubre, aquella mañana con el sol y las nubes por testigos, la llama del valor que aquel maltratador había apagado en Leire comenzó de nuevo a arder.

—Mira Josu, ya no somos nada. No eres nadie para mí. No volverás a ponerme una puta mano encima. ¿Me oyes? Quiero rehacer la vida que tú me has ido quitando.

—¿Va todo bien por aquí? —Un joven camarero interrumpió la conversación cuando Leire alzó la voz.

—Sí, campeón. Yo ya me iba. —Dijo Josu clavando sus ojos en los de Leire.

La adrenalina del cuerpo de Leire comenzó a descender bruscamente y sus manos volvieron a temblar violentamente. El joven camarero se interesó por el estado de la veterana maestra. Con gran simpatía ofreció un pañuelo y provocó una sonrisa en aquella triste cara.

—Siento no haber podido hacer más. Pero mi jefe no quiere que nos metamos en jaleos con clientes.

De otra manera algo le habría hecho a ese cabrón…

—Gracias cielo. Así son las cosas, no volverá a acercarse a mí. Muchísimas gracias, en serio. —Dijo ella, al tiempo que se ponía el abrigo y abandonaba el bar.

Junto al cristal, dos mariposas habían posado sus delicados cuerpos en una de las mesas de la terraza. Leire reconoció a uno de los insectos por sus alas. Pero la expresión de aquellos ojos en aquellas pequeñas alas parecía más seria. Junto a esta, otra mariposa de aproximadamente el mismo tamaño acompañaba a la primera. Sus alas eran, otra vez, preciosas. Unos extraños patrones marrones y amarillos, que se asemejaban a unas manos abiertas, decoraban sus dos alas. La maestra se quedó maravillada ante aquella exhibición de belleza animal, sacó su móvil y se dispuso a fotografiarlas. Enfocó la cámara de su moderno móvil hacia ellas y sacó dos fotografías. Hecho esto, se fue rumbo a la notaría, donde debido al encuentro con Josu llegaba tarde.

A las puertas del edificio donde iba a tener lugar la cita, una mujer de aproximadamente sesenta años fumaba un cigarrillo a toda prisa. Ambas se intercambiaron un sutil saludo levantando levemente las cejas.

Al ver que Leire llamaba al portero automático, la mujer se interesó por ella.

—¿Vas a la notaría? Preguntó ella.

—Sí, tenía cita a en punto. Pero me he retrasado un poco. —Respondió Leire.

—¡Tranquila mujer! Yo trabajo ahí. Te acompaño. —Dijo la mujer mayor, abriendo la puerta educadamente.

El edificio era antiguo y aquel portal tuvo años mejores. Atravesaron una puerta de madera desgastada, adornada con unos tiradores en forma de lazo. Subiendo tres pequeños escalones, ambas se pararon frente a la puerta del ascensor. La trabajadora de la gestoría abrió la puerta y dejó a la vista un compartimento estrecho donde entraban dos personas con dificultad. El trayecto hasta el cuarto piso se hizo eterno para Leire. La incertidumbre de lo que le deparaba en esta extraña reunión, sumado al violento encuentro con su ex marido y el olor a tabaco negro que emanaba aquella señora, provocó que la veterana profesora tuviera que reprimir una arcada.

El estrecho ascensor paró de forma brusca en el cuarto piso, dando unos violentos botes. La educada señora volvió a abrir la puerta y a ofrecerle pasar primero. Frente a ella, tres puertas blancas con carteles donde se podía leer el nombre de la empresa que allí operaba. En una de ellas se podía leer un soso rótulo: «Notaría».

—Buenos días Leire. —Saludó cordialmente un hombre alto y delgado.

—Buenos días. —Contestó ella, tímidamente.

—Bueno, lo mejor será que vayamos al grano. Tengo otras citas importantes más tarde. El motivo de esta reunión, es la resolución del testamento de Doña Edurne. La señora Edurne, fallecida en el Hospital Santa Marina el martes nueve de octubre del año dos mil diecinueve, firmó previamente ante un empleado de esta notaría su testamento vital. En el día de hoy usted será informada del contenido del mismo y le ayudaremos con gusto en todo lo que podamos. —El notario sacó un sobre sellado y adornado con el logo de la notaría, y se lo entregó a Leire.

«Yo, Edurne Oteiza García, en pleno uso de mis facultades y entendiendo que el fin de mis días estápróximo, manifiesto mi voluntad expresa de hacer mi testamento nombrando heredero de mis escasos vienesa quien quede de esta humilde familia. En otro caso, expreso mi deseo de donarlas a la caridad.»

—Vaya, no era como me esperaba que fuese un testamento. —Dijo Leire tras leer el pequeño texto—. ¿Qué se supone que me deja? No especifica nada…

—No se preocupe. La señora Edurne quería que quien heredase sus pertenencias leyera esa carta. El resto, la burocracia y el texto aburrido —dijo el notario, sonriéndola— corren de nuestra cuenta. De su escaso capital, y siempre bajo sus deseos, cobraremos nuestra comisión. Por lo demás, le deja a usted una antigua casa en las afuera de Gordexola y su último cobro de la pensión. En este sobre se encuentran las llaves y las escrituras de dicha propiedad. Para terminar, escriba su número de cuenta a nuestro ayudante en la recepción para poder ingresar dicha cantidad de dinero.

Leire miraba estupefacta a aquel hombre trajeado. De la noche a la mañana, era la propietaria de una casa en un pequeño pueblo en el Enkarterri. En su cabeza agradecía inútilmente a aquella extraña y generosa anciana ya fallecida. Acaba de conseguir una salida a aquel sucio piso de alquiler.

Acabada la burocracia, Leire salió de aquel lugar y se dirigió a su domicilio. Frente al ordenador, abrió el navegador e introdujo la calle donde se localizaba su nueva propiedad. Por lo que pudo ver desde los mapas virtuales, la casa quedaba muy cerca de la ladera del monte. En un espacio verde y amplio, lejos del ruido de la ciudad. A Leire le pareció ideal para rehacer su vida. Huiría del ruido de los coches, de aquel Bilbao ajetreado que ya había dejado de resultarle atractivo. Desde hacía tiempo caminaba mirando tras cada esquina, vigilando su espalda. Siempre atenta por si se encontraba de nuevo con su exmarido.

Los días pasaron y el viernes recibió la llamada de su abogada, con quien charló alegremente y de quien recibió una noticia extraordinaria: la orden de alejamiento ya era real. Aquel monstruo debía permanecer a quinientos metros de ella. Leire lloraba, esta vez de alegría. El consuelo de un papel que mantendría a raya sus miedos. Una valla del tamaño de un DIN- A4 que alejaría a aquel animal. Y Leire lloraba, pero aquellas lágrimas eran dulces. La voz de aquella joven abogada era una melodía alegre.

—Lo hemos conseguido Leire. Estoy muy feliz.

—No puedo creer que ya esté hecho. En un mes o así tengo que firmar los papeles del divorcio.

Espero no tener que verle para eso. No quiero ni volver a escuchar su nombre. Estoy tan aliviada…

—Pero Leire. Una orden de alejamiento no es seguridad al cien por cien. Si ves que actúa raro, que merodea por donde estés, cualquier cosa: avísanos. Llama a la policía y a mí. Sabes que puedes contactar conmigo en cualquier momento. —Advirtió la joven abogada.

—Gracias, de verdad. No tengo palabras para agradecerte todo lo que has hecho por mí. —Respondió Leire.

—No hay nada que agradecer. Ni una menos, recuerda. Y esto no acaba aquí, pelearemos para que lo encierren. Hemos ganado esta batalla, pero la guerra no ha terminado. —Aseguró Oihane.

La llamada finalizó entre un cruce de halagos. Ambas colgaron satisfechas, aunque la advertencia de la abogada caló hondo en Leire. La mañana del sábado, subió en su viejo coche, un Citroën Saxo azul, pequeño y manejable, con quien había recorrido miles de kilómetros. Recordaba los comentarios sexistas acerca de su conducción de su exmarido. Él nunca la dejaba conducir, aquel coche le parecía feo y ella una mala conductora. Pero la realidad era otra, en casi quince años conduciendo jamás dio un parte a su seguro. Su conducción era del todo responsable. Nada comparable al largo historial de partes del seguro de Josu, quien había llegado a ser detenido por conducir ebrio. Leire se sorprendió de sí misma al recordar tanto a su exmarido. Pero no eran dulces recuerdos, no era el recuerdo de unas dulces vacaciones. Lo recordaba como quien supera un cáncer. Rememoraba cada golpe, cada humillación, y se jactaba de haber salido adelante. Él había sido extirpado, y esperaba que no hubiera recidivas.

La profesora ajustó los espejos del viejo automóvil, se puso el cinturón y arrancó el coche. Una fina lluvia le obligó a encender los limpiaparabrisas mientras callejeaba por aquel gris Bilbao hasta coger la autopista. A medida que se alejaba del centro, su mente fantaseaba con cómo podría ser aquella vieja casa.

Se imaginaba un maltrecho caserío, con un tejado medio caído, pero, con una fachada preciosa. Leire imaginó que una señora de edad avanzada no podría hacerse cargo de tantos quehaceres. Entre esos pensamientos, se incorporó a la autopista mientras por la radio una voz grave ya familiar daba unos curiosos datos. Aquella voz, tan segura de sí misma, tan acogedora. Mecía cada palabra uniéndola con elegancia a la siguiente. El ritmo, el tono y la simpatía de aquel locutor hacía las delicias del oyente. Sin embargo, lo que contaba distaba mucho de ser agradable. Según los datos consultados por aquella emisora, en el año 2018 habían fallecido cuarenta y siete mujeres a manos de sus maridos o amantes. Cuarenta y ocho mujeres inocentes, recalcaba la voz, que solo buscaban el cariño de su pareja. Un amor desgastado por una violencia sin precedentes. Pronto, lamentablemente, ese número iría en aumento. Leire siempre pensó que la violencia de género se trataba de un trastorno conductual debido a la educación retrógrada recibida por muchos de nuestros mayores. Una generación que vivió una dictadura donde se reprimió, entre otros, a la mujer. Por ello siempre imaginó que esa lacra, que tanta muerte, acabaría por desaparecer junto a aquella generación. Pero la realidad era otra. La realidad era que una gran mayoría de aquellas mujeres que ya no disfrutarían de sus hijos, de sus amigos o de la vida, rozaban apenas los treinta o cuarenta años. Tales datos desmontaron su inocente teoría, y se preguntó a sí misma qué podría hacer la población para superar semejante problema. ¿Cómo es posible que haya que explicar a alguien que algo así está mal? Recordó entonces las palabras de un escritor al que leyó hace tiempo, Jean-Jacques Rousseau, quien sostenía que el ser humano era bueno por naturaleza. Este escritor e intelectual defendía que el ser humano nacía bueno y libre, naturalmente enfocado para el bien. Pero la educación tradicional oprimía y destruía esa naturaleza y la sociedad acababa por corromperlo. El temor de ser una de ellas recorrió la médula espinal de la veterana profesora. Ese miedo ya le resultaba familiar. ¿Cómo podía alguien estar familiarizada con un temor semejante? La crueldad del maltrato que ella sufría, junto a muchas otras, no acababa en cada golpe. El maltrato no acababa cuando la última herida cicatrizaba. Se mantenía un halo de terror, de un miedo indescriptible. Ese miedo era el que recorría su médula espinal. Justo en sus últimas vértebras, cerca del sacro, un frío intenso comenzaba a subir y a esparcirse a través de cada nervio de su cuerpo. Sorteaba cada vértebra y jamás se detenía.