Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
Reflejando la experiencia de un rico ministerio como maestra y esposa de pastor, Mirian Grüdtner te invita a un viaje a lo largo de este año para conocer a interesantes personalidades, visitar lugares históricos, meditar en los principios que rigen la vida, escuchar sabios consejos extraídos de la Palabra de Dios y descubrir la verdadera fuente de la belleza sublime. ¡Que cada lectura despierte lo mejor de ti y te motive a parecerte cada vez más a tu Creador!
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 763
Veröffentlichungsjahr: 2025
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
Mirian M. Grüdtner
Sublime belleza
Mirian Montanari Grüdtner
Título del original: Sublime beleza. Meditação da mulher
Dirección: Eduardo Kahl
Traducción: Gisell Erfurth
Diseño de tapa: Karina Varela
Diseño del interior: Giannina Osorio
Primera edición – e-book
© Casa Publicadora Brasileira, 2021.
© Asociación Casa Editora Sudamericana, 2025.
Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723.
Todos los derechos reservados.
Todas las citas bíblicas cuya referencia no tenga aclaración han sido extraídas de la versión Nueva versión internacional (NVI). © Biblica, Inc.®, 1999, 2015, 2022. Además, en esta obra se citan las siguientes versiones de la Biblia: Dios habla hoy® (DHH), 3ª ed. © Sociedades Bíblicas Unidas, 1966, 1970, 1979, 1983, 1996. — Nueva traducción viviente (NTV). © Tyndale House Foundation, 2010. Usada con permiso de Tyndale House Publishers, Inc., Carol Stream, IL 60188, Estados Unidos de América. Todos los derechos reservados.
Montanari Grüdtner, Mirian
Sublime belleza : lecturas devocionales para damas / Mirian Montanari Grüdtner ; Director Eduardo Kahl. - 1a ed. - Florida : Asociación Casa Editora Sudamericana, 2025.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
Traducción de: Gisell Erfurth de Juez.
ISBN 978-631-305-318-6
1. Vida Cristiana. I. Kahl, Eduardo, dir. II. Erfurth de Juez, Gisell, trad. III. Título.
CDD 230
Editor: Asociación Casa Editora Sudamericana (Gral. José de San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires, Argentina).
Libro de edición argentina
editorialaces.com
Portada
Portadilla
Legales
1° de enero
2 de enero
3 de enero
4 de enero
5 de enero
6 de enero
7 de enero
8 de enero
9 de enero
10 de enero
11 de enero
12 de enero
13 de enero
14 de enero
15 de enero
16 de enero
17 de enero
18 de enero
19 de enero
20 de enero
21 de enero
22 de enero
23 de enero
24 de enero
25 de enero
26 de enero
27 de enero
28 de enero
29 de enero
30 de enero
31 de enero
1° de febrero
2 de febrero
3 de febrero
4 de febrero
5 de febrero
6 de febrero
7 de febrero
8 de febrero
9 de febrero
10 de febrero
11 de febrero
12 de febrero
13 de febrero
14 de febrero
15 de febrero
16 de febrero
17 de febrero
18 de febrero
19 de febrero
20 de febrero
21 de febrero
22 de febrero
23 de febrero
24 de febrero
25 de febrero
26 de febrero
27 de febrero
28 de febrero
1° de marzo
2 de marzo
3 de marzo
4 de marzo
5 de marzo
6 de marzo
7 de marzo
8 de marzo
9 de marzo
10 de marzo
11 de marzo
12 de marzo
13 de marzo
14 de marzo
15 de marzo
16 de marzo
17 de marzo
18 de marzo
19 de marzo
20 de marzo
21 de marzo
22 de marzo
23 de marzo
24 de marzo
25 de marzo
26 de marzo
27 de marzo
28 de marzo
29 de marzo
30 de marzo
31 de marzo
1° de abril
2 de abril
3 de abril
4 de abril
5 de abril
6 de abril
7 de abril
8 de abril
9 de abril
10 de abril
11 de abril
12 de abril
13 de abril
14 de abril
15 de abril
16 de abril
17 de abril
18 de abril
19 de abril
20 de abril
21 de abril
22 de abril
23 de abril
24 de abril
25 de abril
26 de abril
27 de abril
28 de abril
29 de abril
30 de abril
1° de mayo
2 de mayo
3 de mayo
4 de mayo
5 de mayo
6 de mayo
7 de mayo
8 de mayo
9 de mayo
10 de mayo
11 de mayo
12 de mayo
13 de mayo
14 de mayo
15 de mayo
16 de mayo
17 de mayo
18 de mayo
19 de mayo
20 de mayo
21 de mayo
22 de mayo
23 de mayo
24 de mayo
25 de mayo
26 de mayo
27 de mayo
28 de mayo
29 de mayo
30 de mayo
31 de mayo
1º de junio
2 de junio
3 de junio
4 de junio
5 de junio
6 de junio
7 de junio
8 de junio
9 de junio
10 de junio
11 de junio
12 de junio
13 de junio
14 de junio
15 de junio
16 de junio
17 de junio
18 de junio
19 de junio
20 de junio
21 de junio
22 de junio
23 de junio
24 de junio
25 de junio
26 de junio
27 de junio
28 de junio
29 de junio
30 de junio
1º de julio
2 de julio
3 de julio
4 de julio
5 de julio
6 de julio
7 de julio
8 de julio
9 de julio
10 de julio
11 de julio
12 de julio
13 de julio
14 de julio
15 de julio
16 de julio
17 de julio
18 de julio
19 de julio
20 de julio
21 de julio
22 de julio
23 de julio
24 de julio
25 de julio
26 de julio
27 de julio
28 de julio
29 de julio
30 de julio
31 de julio
1º de agosto
2 de agosto
3 de agosto
4 de agosto
5 de agosto
6 de agosto
7 de agosto
8 de agosto
9 de agosto
10 de agosto
11 de agosto
12 de agosto
13 de agosto
14 de agosto
15 de agosto
16 de agosto
17 de agosto
18 de agosto
19 de agosto
20 de agosto
21 de agosto
22 de agosto
23 de agosto
24 de agosto
25 de agosto
26 de agosto
27 de agosto
28 de agosto
29 de agosto
30 de agosto
31 de agosto
1º de septiembre
2 de septiembre
3 de septiembre
4 de septiembre
5 de septiembre
6 de septiembre
7 de septiembre
8 de septiembre
9 de septiembre
10 de septiembre
11 de septiembre
12 de septiembre
13 de septiembre
14 de septiembre
15 de septiembre
16 de septiembre
17 de septiembre
18 de septiembre
19 de septiembre
20 de septiembre
21 de septiembre
22 de septiembre
23 de septiembre
24 de septiembre
25 de septiembre
26 de septiembre
27 de septiembre
28 de septiembre
29 de septiembre
30 de septiembre
1º de octubre
2 de octubre
3 de octubre
4 de octubre
5 de octubre
6 de octubre
7 de octubre
8 de octubre
9 de octubre
10 de octubre
11 de octubre
12 de octubre
13 de octubre
14 de octubre
15 de octubre
16 de octubre
17 de octubre
18 de octubre
19 de octubre
20 de octubre
21 de octubre
22 de octubre
23 de octubre
24 de octubre
25 de octubre
26 de octubre
27 de octubre
28 de octubre
29 de octubre
30 de octubre
31 de octubre
1º de noviembre
2 de noviembre
3 de noviembre
4 de noviembre
5 de noviembre
6 de noviembre
7 de noviembre
8 de noviembre
9 de noviembre
10 de noviembre
11 de noviembre
12 de noviembre
13 de noviembre
14 de noviembre
15 de noviembre
16 de noviembre
17 de noviembre
18 de noviembre
19 de noviembre
20 de noviembre
21 de noviembre
22 de noviembre
23 de noviembre
24 de noviembre
25 de noviembre
26 de noviembre
27 de noviembre
28 de noviembre
29 de noviembre
30 de noviembre
1º de diciembre
2 de diciembre
3 de diciembre
4 de diciembre
5 de diciembre
6 de diciembre
7 de diciembre
8 de diciembre
9 de diciembre
10 de diciembre
11 de diciembre
12 de diciembre
13 de diciembre
14 de diciembre
15 de diciembre
16 de diciembre
17 de diciembre
18 de diciembre
19 de diciembre
20 de diciembre
21 de diciembre
22 de diciembre
23 de diciembre
24 de diciembre
25 de diciembre
26 de diciembre
27 de diciembre
28 de diciembre
29 de diciembre
30 de diciembre
31 de diciembre
3
4
5
6
7
8
9
10
11
12
13
14
15
16
17
18
19
20
21
22
23
24
25
26
27
28
29
30
31
32
33
34
35
36
37
38
39
40
41
42
43
44
45
46
47
48
49
50
51
52
53
54
55
56
57
58
59
60
61
62
63
64
65
66
67
68
69
70
71
72
73
74
75
76
77
78
79
80
81
82
83
84
85
86
87
88
89
90
91
92
93
94
95
96
97
98
99
100
101
102
103
104
105
106
107
108
109
110
111
112
113
114
115
116
117
118
119
120
121
122
123
124
125
126
127
128
129
130
131
132
133
134
135
136
137
138
139
140
141
142
143
144
145
146
147
148
149
150
151
152
153
154
155
156
157
158
159
160
161
162
163
164
165
166
167
168
169
170
171
172
173
174
175
176
177
178
179
180
181
182
183
184
185
186
187
188
189
190
191
192
193
194
195
196
197
198
199
200
201
202
203
204
205
206
207
208
209
210
211
212
213
214
215
216
217
218
219
220
221
222
223
224
225
226
227
228
229
230
231
232
233
234
235
236
237
238
239
240
241
242
243
244
245
246
247
248
249
250
251
252
253
254
255
256
257
258
259
260
261
262
263
264
265
266
267
268
269
270
271
272
273
274
275
276
277
278
279
280
281
282
283
284
285
286
287
288
289
290
291
292
293
294
295
296
297
298
299
300
301
302
303
304
305
306
307
308
309
310
311
312
313
314
315
316
317
318
319
320
321
322
323
324
325
326
327
328
329
330
331
332
333
334
335
336
337
338
339
340
341
342
343
344
345
346
347
348
349
350
351
352
353
354
355
356
357
358
359
360
361
362
363
364
365
366
367
Portada
Portadilla
Tabla de contenidos
Sean perfectos como su Padre celestial es perfecto (Mateo 5:48).
¿Alguna vez intentaste hacer un cambio de hábitos o concretar algún proyecto y, después de esforzarte, te sentiste desanimada al ver que fue imposible? Las estadísticas indican que solo el 8 % de los grandes proyectos se llevan a cabo.
Stephen Guise, en su obra Minihábitos: Cómo lograr grandes resultados con el mínimo esfuerzo, comparte la experiencia de comenzar una rutina de ejercicios. Pensar en hacer cincuenta flexiones y cien abdominales lo paralizaba. Un día reflexionó: “Hacer cincuenta flexiones, para mí, es como subir el Everest. ¿Y si lo pienso de otra manera?” Entonces, concluyó: “No tengo inconvenientes en hacer una sola flexión”. Lo logró y así comprobó la fuerza de los mini hábitos.
Así, sugirió dejar de lado los proyectos grandes y enfocarse en dar pequeños pasos, uno a la vez. Para él, tener buenas intenciones o pensar en grande no basta, porque puede desmotivar en lugar de generar motivación y logros concretos. Si pensamos en pasos muy distantes, no daremos el primero.
Una flexión en lugar de cincuenta, escribir un párrafo en vez de un capítulo, y leer una página en lugar de treinta son acciones practicables aquí y ahora.
El versículo de hoy nos llama a ser perfectas. La palabra “perfecto”, del griego telios, significa “plenamente desarrollado”, “completo”. Esta idea de perfección es funcional. “Sean perfectos” implica estar en el proceso de maduración, en la dirección del crecimiento, en camino hacia el ideal.
La mayoría de los días, cuando Guise empezaba a practicar el minihábito de la única flexión, terminaba haciendo más de una flexión. A veces, hacía cincuenta. Cuando no se sentía tan motivado, al menos hacía una sola flexión. Esa es la idea: para cumplir el objetivo, sustituiremos las dosis excesivas por otras más pequeñas, que aumentarán con el tiempo.
Estamos empezando un nuevo año. ¿Qué hábitos quieres desarrollar en tu camino espiritual? ¿Cómo va tu comunión diaria con Dios? ¿Cómo combates los pensamientos negativos? ¿Cómo cuidas tu salud? Tal vez, practicar algunos hábitos te parezca difícil. ¿Qué te parece intentar en dosis más pequeñas? Si no puedes dedicar una hora al día a tu relación con Dios, empieza con unos minutos. Si leer un capítulo de la Biblia al día te resulta imposible, empieza con unos versículos. Si no puedes tomar seis vasos de agua, empieza con uno al día.
Piensa en el primer paso que puedes dar hoy, aunque solo sea una flexión.
No se amolden al mundo actual, sino sean transformados mediante la renovación de su mente. Así podrán comprobar cómo es la voluntad de Dios: buena, agradable y perfecta (Romanos 12:2).
Dios planeó la perfección física, mental y espiritual de sus hijos, pero Adán y Eva desobedecieron. Por eso llegamos a ser herederos del pecado. Sin embargo, no estamos sellados por el fracaso. El mal insiste en esa mentira. No aceptemos ese destino.
No existimos para la pequeñez. Crecer es nuestra primera misión. “Nuestro primer deber hacia Dios y nuestros semejantes es el desarrollo individual. […] Por tanto, está bien invertido el tiempo que se usa en la adquisición y la conservación de la salud física y mental” (Elena de White, Ser semejante a Jesús, 12 de octubre).
En la década de 1960, los neurocientíficos creían que el cerebro era un órgano estático, premoldeado bajo un estricto orden genético. En las décadas de 1970 y 1980, por medio de experimentos con animales, el investigador Michael Merzenich demostró que los circuitos neuronales y las sinapsis se modifican rápidamente según la actividad practicada. Hoy se defiende que es posible, a lo largo de la vida, crear nuevos circuitos y conexiones neuronales en respuesta a estímulos y experiencias. En 2013, Michael Merzenich publicó el libro Soft-Wired, presentando estrategias para que las personas comunes asuman el control de los procesos de plasticidad cerebral, mejorando su calidad de vida.
Él dice: “Cualquiera que sea la circunstancia inicial de la vida de un niño, y cualquiera que sea su historia o su estado actual, todo ser humano tiene el poder interno de cambiar para mejor, restaurarse significativamente y, muchas veces, recuperarse. Mañana, esa persona que ves en el espejo puede ser una persona más fuerte, más capaz, más viva, más poderosamente centrada y aún en crecimiento”.
Dios no solo nos pide que no nos conformemos con este mundo. Nos invita a la transformación, por medio de la renovación del pensar y del sentir, dándonos el poder y los medios fisiológicos para tal fin. No hay excusas para permitir que las experiencias negativas nos derroten. Aceptando la transformación por la gracia divina, experimentaremos la plena voluntad de Dios, que incluye nuestra renovación y mayor utilidad hacia nuestro semejante.
Encomienda al Señor tu camino; confía en él y él actuará (Salmo 37:5).
Este versículo contiene dos invitaciones: encomendar al Señor y confiar. Y, además, presenta una promesa: Él actuará. En este versículo, el verbo “encomienda” dice más literalmente “haz rodar”. Quizá, se le haya ocurrido este término al salmista al ver a los camellos agachándose para que los mercaderes rodaran sus cargas sobre ellos. Solo así podían realizar los largos viajes por el desierto con las pesadas mercaderías. La metáfora nos enseña a entregar nuestro difícil camino a Dios.
Cuando rodamos nuestro camino al Señor, nos ponemos livianos, porque la carga no es más nuestra. Si aún sentimos el peso, es porque no lo rodamos sobre él.
En el Nuevo Testamento, la confianza caracteriza la fe, la creencia. En el Antiguo Testamento, es refugiarse, depender, permanecer. El que confía no va más allá de lo que Dios planifica.
Confiar en Dios es correr el riesgo de no realizar nuestros sueños, para descubrir que Dios tiene mejores sueños para nosotros. Confiar en Dios, muchas veces, significa no tener más alternativa humana, pero tener la certeza de que Dios está preparando algo que él sabe que es bueno para nosotros. Y su promesa es que él actuará.
Algunas personas se equivocan al interpretarla. ¿Es suficiente mentalizarme de que quiero un auto, confiar en Dios y recibirlo? En verdad, Dios actuará, haciendo todo lo necesario para que nuestra vida sea un camino hacia a él. Ese es su accionar.
El todo de Dios es su voluntad. Muchas veces, no incluye comodidades o bienes materiales, sino crecimiento, dolor para curar, paz, alivio, serenidad, sensatez, sabiduría y humildad. Y él siempre nos sorprende con bendiciones, aunque a veces nos diga “no”. Recién percibiremos las negativas de Dios como bendiciones después de que rodemos nuestro camino sobre él.
Muchas veces queremos que el Señor realice nuestros deseos egoístas, basadas en nuestra perspectiva limitada. Y si Dios no responde, nos decepcionamos, pensando que no le importa. ¿Dios no se preocupa, o nos falta reconocer que él ve el todo mientras nosotras vemos tan solo una pequeña parte?
¿Qué parte del camino te falta rodar al Señor? ¿El noviazgo? ¿La frustración con tu marido? ¿El resentimiento hacia tu papá, tu mamá o alguien de la familia? ¿El trabajo? ¿El malentendido con una hermana de la iglesia? ¿Los estudios? ¿La educación de tus hijos? ¿El genio difícil? ¿El apetito? Rueda tu camino al Señor, depende de él y permanece en él, y él realizará su buena, justa y perfecta voluntad en tu vida.
Gracias a Dios que en Cristo siempre nos lleva triunfantes (2 Corintios 2:14).
“En primer lugar, doy gracias a mi Dios” (Rom. 1:8). “Siempre doy gracias a mi Dios” (File. 1:4). “No he dejado de dar gracias” (Efe. 1:16). De las catorce cartas de Pablo, solo una no contiene expresiones de gratitud.
Si el contexto de sus palabras fuera cómodo, libre de problemas y enemigos, sería fácil comprender tantas expresiones de gratitud, pero el apóstol experimentó grandes adversidades. Rodeado de enemigos y de incertidumbres, soportó prisiones, apedreamientos, azotes, naufragios, ataques, juicios y persecuciones de sus compatriotas y de los hermanos de la nueva fe.
¿Cómo podía actuar tan pleno de gratitud, ante los infortunios? Su actitud se originaba en la firme convicción de que la gratitud sincera es uno de los elementos básicos e indispensables de un cristiano.
La gratitud es la valoración de lo que se tiene y el reconocimiento de que alguien prestó tal beneficio. Agradecer genera contentamiento. Cuanto más expresamos gratitud, menos descontentos somos. La gratitud hace que nos concentremos en aquello que tenemos; el descontento, en aquello que no tenemos. La gratitud atrae a las personas, estrecha lazos y deshace nudos; el descontento las aleja y crea nudos.
La gratitud es uno de los secretos de las personas fuertes, porque es imposible ser agradecida y, al mismo tiempo, vivir dominada por el miedo y la ira, por ejemplo. La gratitud genera otros sentimientos, como el amor, la comprensión, la compasión y la alegría. El descontento precede a los reclamos, a la insatisfacción, a la tristeza y al deseo de pagar el mal con el mal.
La gratitud genera una sensación fundamental a la autoestima: la de ser bendecida. Cuando la persona es agradecida, incluso ante los mayores desafíos, reconoce que esa dificultad es tan solo una experiencia de aprendizaje. Consecuentemente, esa actitud lleva a confiar más en su capacidad de superación. La descontenta, creyendo ser víctima, se concentra solo en su propia derrota.
Pablo mantenía la convicción de que, incluso ante los peores problemas, Dios estaba el frente usando sus mayores desalientos para transformarlo a su semejanza.
¡Que tengamos esa convicción! Así, percibiremos que Dios nos ama, nos guía y hace planes para nosotros. Nuestra mente encontrará calma y reposo, y seremos capaces de dirigir sinceras acciones de gracias al Cielo.
Sean llenos del Espíritu (Efesios 5:18).
En 2004, buscaba una historia acerca del entusiasmo para un libro que estaba escribiendo. Entonces, fui con mi esposo a hacer una visita.
Al llegar a la casa de la persona, fuimos guiados a la cocina. Una señora menuda y ágil sacaba al bebé del cochecito. Se levantó rápidamente y nos saludó con una amplia sonrisa. Había elegancia en la ropa que vestía, en su cabello acomodado y en sus modales.
—Esta es la tía Cándida. Tiene 97 años —explicó la sobrina.
—¿Cómo estás? —le pregunté.
—¡Estoy muy bien! —respondió sonriendo.
Elogié el jardín, del cual la tía Cándida había cuidado hasta hacía poco tiempo. En seguida iniciamos una entusiasta conversación. Con una lucidez impresionante, nos contó de sus pérdidas y de sus proyectos sociales. Ella confeccionaba ropas de invierno para hogares de ancianos y orfanatos. Su entusiasmo era contagioso.
Entonces nos invitó a conocer la casa. Los muebles exhibían bellas porcelanas pintadas a mano y las paredes tenían innumerables pinturas suyas.
¡Cuánta disposición física y mental, a los 97 años, en medio a tantos problemas! ¿De dónde provenía eso? Fue entonces cuando vi, sobre la mesa, una Biblia abierta y la Lección de Escuela Sabática respondida.
—Ella estudia la Biblia diariamente, Mirian, sin anteojos —me dijo la sobrina.
Ese era el secreto de su entusiasmo. Recordé que “entusiasmo” proviene del griego enteos y significa “Dios adentro”. ¡Ella era una mujer llena de Dios! Hay investigaciones que demuestran que los entusiastas, además de tener una menor probabilidad de mostrar señales de debilidad que los pesimistas, son más exitosos.
Al despedirnos le revelé a la tía Cándida cuánto me había contagiado de entusiasmo al conocerla.
—¿Cómo no estar bien si, a pesar de los problemas, puedo encontrar otros motivos para estar bien? —confesó ella.
La llamé algunas veces y siempre escuchaba: “¡Estoy muy bien!”.
Estuve presente en su cumpleaños número 99 cuando salí de Curitiba. Algunos años más tarde, encontré a sus nietos y supe que tenía 108 años.
¡Qué lección inolvidable! Por medio del contacto con la Palabra de Dios, podemos vaciarnos de pensamientos, acciones y sentimientos sombríos, y estar llenos de Dios, contagiando con nuestro entusiasmo a los que nos rodean.
—Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo? —preguntó Jesús.—El Cristo de Dios —afirmó Pedro (Lucas 9:20).
Quizá hayas nacido en una familia cristiana. Aunque ese es un privilegio, también puede generar autocomplacencia si permitimos que nuestras creencias sean una extensión de la creencia de nuestros padres y una colección de rituales que no cobran sentido para nosotros. Aquello en que creemos y en quién creemos necesita ser relevante en nuestros cuestionamientos y luchas más profundas. Debe ser algo personal, que conozcamos bien y que sea de nuestra elección.
Cuando Jesús les preguntó a los discípulos quién era él, las respuestas mostraron una idea errónea. Si él no era reconocido como el Mesías prometido que había venido a sustituir la muerte de cada ser humano, su sacrificio no tendría valor. Pero Pedro lo reconoció como el Cristo.
Muchas personas hoy reducen a Jesús a un maestro iluminado, un gran ejemplo, un revolucionario, un milagrero, un sabio… Sin embargo, él es más que eso. Jesús es el Dios que se hizo hombre para rescatarnos de la eterna perdición.
¿Quién es Jesús para ti? Esta pregunta es tan personal como lo es nuestra salvación. Jesús quiere saber quién es él para aquellos que profesan su nombre. De nuestros valles solitarios, desiertos y derrotas, ¿qué responderemos? Jesús hace esa pregunta profunda, esperando una respuesta plena, que demuestre que lo experimentamos de verdad y no tenemos dudas acerca de quién es él.
Cada una de nosotras necesita pasar por la experiencia del conocimiento y del encuentro personal con Dios. Quizá creamos que no existe, porque esperamos respuestas según nuestra visión; pero las respuestas no vienen hasta que descubrimos cuán mediocre es nuestra visión.
Dios ve mucho más de lo que vemos, piensa más grande de lo que pensamos y desea para nosotros mucho más de lo que podamos imaginarnos. ¡Ese descubrimiento personal es increíble! De manera peculiar, de cuerpo, mente y alma, somos contagiadas por esa presencia viva y activa que se refleja en nuestra alegría natural, en nuestra preocupación por el otro, en nuestras relaciones, en nuestros sueños, en nuestros gustos y en nuestras prioridades. Y terminamos priorizando aquello que realmente importa: el Cielo.
Ve diariamente a la fuente, estudia y medita en la Palabra de Dios, permite que el Espíritu Santo se comunique contigo. Así, verdaderamente reconocerás quién es Dios, lo que hizo, lo que hace y lo que hará por ti.
Llámenme Mara, porque el Todopoderoso ha colmado mi vida de amargura (Rut 1:20).
El hambre devastaba a Belén. Por eso Noemí fue a Moab con su marido y sus hijos. Allí vivieron felices, hasta que su marido murió. Fue un golpe, pero aún tenía a sus hijos, que se casaron con buenas jóvenes.
Una vez más, sin embargo, la tristeza regresó: Noemí perdió a sus dos hijos. Sintiéndose desamparada, decidió volver a Belén. Orfa, una de sus nueras, regresó a su familia de origen, pero Rut se negó a dejar a su suegra.
Hacía más de diez años que Noemí había salido de la pequeñita ciudad. Aun así, las personas en seguida la reconocieron. “¡Miren! ¡Noemí regresó!”. Las imagino efusivas, yendo a abrazarla, preguntándole cómo había sido la aventura fuera de Belén. Y, fíjate, Noemí no se puso ninguna máscara para ostentar una felicidad que no tenía. Fue clara y honesta al referirse a lo que sentía.
“Noemí”, en hebreo se relaciona con la idea de “suavidad”, “cosa agradable”. Mara significa ‘amarga’. Al pedir que la llamaran Mara, estaba comunicando su dolor, dejando explícitas su tristeza y amargura por las pérdidas que había sufrido. Aunque Noemí atribuyera a Dios el mal que le había sobrevenido, por causa de una visión distorsionada de la actuación divina, Dios comprendió su sinceridad y le dio la oportunidad para deshacer la interpretación equivocada que tenía sobre él.
Hablar de nuestros propios sentimientos es un desafío para muchas mujeres. Algunas guardan consigo dolores y tristezas durante años, hasta enfermar.
¿Cómo sabrán las personas con quienes convivimos qué sentimos y pensamos si mantenemos silencio o usamos la clásica mentira: “¿Está todo bien?”. Las verdaderas relaciones solo existen cuando hay franqueza en la exposición de quienes realmente somos, incluyendo los dolores, los miedos y las desilusiones por las cuales pasamos. Decir lo que pensamos, lo que sentimos y lo que queremos de manera asertiva implica:
Personalidad. No es decir: “Parece que”, “Las personas creen”, sino: “Yo creo”, “Yo siento”, “Yo quiero”.
Coraje. Es necesario atreverse a hacerlo.
Honestidad. No uses máscaras, sé honesta.
Claridad. Cuanto más clara, mejor comprenderá el otro.
Prudencia. Abrirse en el momento más oportuno y con alguien de confianza: el cónyuge, un familiar, un consejero espiritual o un profesional.
¿Está doliendo? No sufras sola. Habla.
Después de haber orado Job por sus amigos, el Señor lo hizo prosperar de nuevo y le dio dos veces más de lo que antes tenía (Job 42:10).
Por medio de nuestras interacciones, en algún momento, escucharemos palabras duras, seremos calumniadas, expuestas en público o tratadas de manera injusta por alguien. Eso nos puede llevar a reaccionar con frustración, ira, deseo de venganza, lágrimas y alejamiento.
Es por ese motivo que, hace algunos años, decidí asumir otra postura: interceder por el ofensor. Eso me ha ayudado a disfrutar de muchos beneficios. Uno de ellos es ver al ofensor desde otra perspectiva.
Fíjate en la historia de Job: imagina la sabiduría de Dios al pedirle que ore por los amigos que lo habían calumniado.
Esos hombres deben haberse sorprendido mucho al recibir la intercesión de quien condenaban. Necesitaban rever su concepto del amor y la misericordia divinos.
Cuando Job oró por los ofensores, demostró que deseaba el bien de ellos, que su corazón no guardaba resentimiento, que no retribuiría mal con mal, ni pediría a Dios el mal de ellos. Fue entonces cuando Dios cambió la suerte de Job. Hay algo significativo en esa expresión. El resentimiento y el deseo de venganza son sentimientos negativos que mantienen a muchos en cautiverio. Sin embargo, la práctica de la intercesión por los enemigos es la llave divina para librar a los ofendidos de esa prisión.
Interceder alivia el alma de la angustia, del sentimiento de revancha, de justicia propia y de autocompasión, y eso nos hace percibir que no somos mejores o más justas que nuestro ofensor. El enemigo gigante pasa a ser de nuestro tamaño, con virtudes y fallas, y carente de misericordia tanto como nosotras mismas.
La intercesión por un ofensor es milagrosa. Solemos decir que es para el bien del otro; pero, en verdad, quien se beneficia primero es el propio intercesor. Muchas veces, el ofensor ni siquiera imagina lo que ocasiona en nuestras emociones. Cuando oramos, exponemos a Dios nuestras fragilidades y las del otro también. Somos entonces llenas del Espíritu Santo y recibimos las virtudes que pedimos para el otro.
Interceder por el ofensor fue la mejor reacción que experimenté ante una ofensa. Las personas que me decepcionaron llegaron a ser mis amigas, y compañeras; y los momentos tensos se transformaron en momentos de paz. Haz la prueba.
¡Pero es Sara, tu esposa, la que te dará un hijo, al que llamarás Isaac! Yo estableceré mi pacto con él y con sus descendientes, como pacto perpetuo (Génesis 17:19).
Dios había prometido que Abraham sería padre de una gran nación, pero incluyó en el paquete de los desafíos la demora en cumplir su promesa. Dios quería probar la fe de Abraham.
A Sara, mirando tan solo las posibilidades humanas, le parecía imposible ser madre a esa altura. Por eso, sugirió a su marido que tomara a una de sus siervas. Para la cultura de la época, eso era común. Sin embargo, la ley de Dios está por encima de las costumbres culturales. Incluso para los seguidores de Dios ese acto pecaminoso había llegado a ser banal. Y como violación a los principios divinos, resultaría en males para su propia casa y para la posteridad.
Agar, encantada con la posición de esposa, embarazada, suponiendo ser la madre de la nación descendiente de Abraham, se tornó arrogante, despreciando a su señora. A pesar de los intentos sin éxito de Abraham por apaciguar la tensión, no había más paz en ese hogar. Había sido idea de Sara, pero ahora ella acusaba a su marido y quería que Agar se fuera. ¿Despediría Abraham a la madre del hijo que suponía ser el de la promesa? Dejando la cuestión en manos de Sara, la pelea entre las dos terminó con Agar huyendo de la casa.
Entonces, Abraham cumplió cien años. Dios le repitió la promesa de un hijo, engendrado por Sara. Sin embargo, Abraham seguía viendo la promesa divina desde la perspectiva humana.
El nacimiento de Isaac trajo mucha alegría, pero también las consecuencias mal resueltas que pueden generar la precipitación y la falta de confianza en Dios. Agar e Ismael seguían acariciando expectativas de que él fuera el heredero de Abraham. Sin embargo, con el nacimiento de Isaac vieron cómo sus expectativas se desmoronaban, y pasaron a odiarlo. Nuevamente, la alegría de Abraham y Sara fue amenazada por la envidia y las burlas explícitas del hermano mayor para con el menor.
Buscando la sabiduría divina, Abraham despidió a Agar e Ismael en nombre de la armonía familiar.
Cuánto sufrimiento enfrentó Abraham por no haber esperado a que Dios cumpliera su palabra en su tiempo y a su manera. No pudo soportar la espera. ¿Y nosotras? ¿Creemos en las promesas de Dios? ¿Y cuando se tarda? Espera en él. Espera su tiempo y su manera. No trates de resolverlo a tu manera y así acumular sufrimiento innecesario simplemente por no poder soportar la espera.
Observen mis sábados como días consagrados a mí, como señal entre ustedes y yo (Ezequiel 20:20).
Ni bien se puso el sol en el sexto día de la creación, todo quedó en un tranquilo silencio. Las aves y los animales se fueron aquietando, mientras en el cielo brillantes estrellas comenzaban a titilar, reflejando la luz plateada que la luna recibiera prestada del sol.
Adán y Eva sentados en el suave y verde pasto, bajo una pérgola de flores multicolor, respiraban el aire fresco y se deslumbraban con la belleza de ese primer atardecer.
¡El viernes había sido intenso! Adán había sido creado y, al despertar, todo a su alrededor lo había sorprendido: los variados tonos y colores de la naturaleza; las aves y los animales que, curiosos, se acercaban a él para lamer su mano, olerlo y anidar a sus pies. Después había recibido la responsabilidad de administrar la tierra recién creada… Pero he aquí que Dios lo puso a dormir y, al despertarlo, le regaló una sonrisa inolvidable: Eva estaba allí…
Eva casi no podía hablar. ¡En pocas horas de vida, cuántas cosas para absorber al mismo tiempo! A su lado, un hombre hermoso. Quizá, tocó su hombro, y él acarició sus cabellos, contemplándola con profundo interés y amor. La pareja tendría una eternidad para conocer cada cosa del mundo que los rodeaba, y conocerse mejor el uno al otro y a aquel que los había creado.
Incluso antes de que experimentaran los cuidados de una semana entera, Adán y Eva recibieron de Dios las veinticuatro horas del séptimo día, las cuales el Señor santificó y bendijo, como un marco eterno entre él y su creación.
Entonces, vino el pecado… Pero el sábado sigue siendo santo. Aún es un monumento eterno para profundizar el conocimiento acerca de Dios y de su santidad, un memorial de la creación. Es un día para recordar no solo el Edén perdido, sino para fortalecer la esperanza de que un día lo volveremos a ver.
“¡El sábado es un día feliz! ¡Amo cada sábado!” ¿Cuántas veces cantaste esa canción cuando eras niña o con tus hijitos? ¡Habla de un día de felicidad y amor! Sin embargo, ¿es eso una verdad, cada semana, en tu dinámica familiar?
Si el sábado es un día feliz para ti y tu familia, ¡que Dios sea alabado! Si es un día triste y sin vida, ¿qué está faltando? Ora a Dios y pídele sabiduría para hacer los cambios necesarios en tu rutina, a fin de disfrutar las veinticuatro horas del día más feliz de la semana.
El Señor le abrió el corazón para que respondiera al mensaje de Pablo (Hechos 16:14).
Ella fue cantora, compositora, actriz, productora cinematográfica, empresaria y modelo norteamericana. Es considerada una de las artistas femeninas más exitosas del mundo de la música, con más de doscientos millones de copias vendidas en el mundo y la más premiada de todos los tiempos. Whitney Huston, según el Guinness World Records, recibió 425 premios, incluidos dos Emmy Awards, siete Grammy Awards, 31 Billboard Music Awards y 22 American Music Awards.
A pesar de haber alcanzado tanto éxito, esa voz talentosa se calló. A los 48 años, fue encontrada ahogada en una bañera, en la habitación del hotel, en la víspera de los Grammy. Según los peritos, una inflamación en las arterias del corazón y restos de cocaína en el torrente sanguíneo comprobaron el ahogamiento por sobredosis.
Constantemente se nos inculca la creencia de que el éxito material trae felicidad. Aparentemente, Whitney tenía todo para ser feliz: dinero, fama y belleza; pero era infeliz. Hay muchas personas materialmente exitosas contemplando el dolor en una rica bañera de hidromasaje. La infelicidad también mora en las grandes mansiones de Hollywood.
La Biblia cuenta la historia de una mujer bella y rica llamada Lidia. Era vendedora de pinturas y mercaderías teñidas en Tiatira. Aun siendo exitosa en los negocios, se sentía infeliz. Un día, tras escuchar la predicación de Pablo, fue tocada por el mensaje. Después de su conversión, se sintió completa, y puso su vida y sus recursos a disposición del servicio a Dios y al semejante.
Hay miles de Whitneys y Lidias recorriendo el camino del éxito y terminando en la infelicidad. Necesitan conocer a Jesús y su amor. Solo así descubrirían que la verdadera felicidad consiste en invertir su vida y sus adquisiciones en algo mayor que ellas mismas.
Hay tipos de infelicidad que no se limitan a la falta de recursos. Creyendo que ser exitosa financieramente es ser feliz, muchas ignoran la infelicidad de las Whitneys y Lidias que cruzan su camino. La transformación de Lidia muestra el interés de Dios también por la felicidad de las personas adineradas, trayendo cura y realización personal.
¡Acepta la paz y la cura que Dios ofrece! Comparte esas dádivas con aquellas personas cuyos bienes materiales se multiplican con la misma intensidad de la infelicidad que viven.
No des falso testimonio en contra de tu prójimo (Éxodo 20:16).
Casi diariamente vemos por las noticias los perjuicios del falso testimonio. El juez William Douglas comenta cómo los jueces están siempre enfrentando esa situación en los tribunales: “En nombre de la amistad o de compensaciones (financieras o no), muchos testigos mienten descaradamente. Eso dificulta la acción del juez, porque la falta con la verdad puede conducir a un error judiciario. Muchas veces, el testigo puede incluso no mentir, pero omitir la verdad. El peso y las consecuencias son los mismos”.
Día a día somos desafiadas por el noveno mandamiento, al elegir hablar bien o mal de alguien, aclarar un hecho o interpretarlo mal, exaltar la virtud de alguien o exponer sus defectos, decir la verdad o mentir. Callar ante alguien injustamente acusado; decir la verdad fuera de tiempo, con intenciones distorsionadas; prestar oídos a chismes y repetirlos a otros; todas estas también son formas veladas de desobedecer el noveno mandamiento.
¿No parece contradictorio ser auténticas y no decir cosas negativas del prójimo? En ese caso, si no deseamos alimentar el hábito de maldecir a alguien, podemos negarnos a eso. Sin embargo, hay situaciones en las que las fechorías necesitan ser resueltas y habladas para que no se repitan.
En cualquier ambiente, el chisme es una costumbre perniciosa, contra el cual el noveno mandamiento también advierte. ¡Cuántas divisiones y rupturas de buenas relaciones ya causó!
Por otro lado, las personas elogian poco. ¿No deberíamos controlarnos más al hablar cosas negativas del prójimo y no ahorrar elogios, cuando sea oportuno?
Mira a tu alrededor. Hay más personas que necesitan aliento de lo que te imaginas. Debemos aceptar a las personas por lo que son —seres humanos comprados con la sangre de Cristo— y no por estar a la altura de nuestras ideas, las cuales muchas veces ni siquiera alcanzamos.
El noveno mandamiento nos invita a reflexionar: si nos miráramos a nosotras mismas antes de maldecir al prójimo, seguramente nos callaríamos. Finalmente, ¿quién de nosotras es mejor que el otro? Podemos equivocarnos más o menos que el otro, pero el corazón de cada uno de nosotros es pecaminoso.
¡Que Dios te capacite para honrar ese mandamiento, elevando a las personas a tu alrededor, promoviendo así el reino de Dios en los ambientes donde estés!
Por tercera vez Jesús preguntó:—Simón, hijo de Juan, ¿me quieres? […] —Apacienta mis ovejas” —dijo Jesús (Juan 21:17).
Jesús llamó a Pedro para que apacentara a las ovejas de su rebaño. Él no tenía la capacidad para cumplir ese trabajo. Quizá ni siquiera imaginaba su situación: tenía el corazón dividido. Controlado por el miedo y la vergüenza, había renegado de su identidad como seguidor del Maestro, ¡negándolo tres veces! La mirada compasiva y perdonadora de Jesús lo alcanzó, y él se arrepintió. Sin embargo, sintiéndose indigno del llamado, volvió a su antigua ocupación de pescador.
Jesús ya lo había elegido, por eso fue tras Pedro. “Pedro, ¿me amas?”. El Maestro hizo esa pregunta porque sabía quién podría ser Pedro y lo quería enteramente. Una vez más, Jesús hizo la pregunta: “Pedro, ¿me amas?”.
Pedro se sintió molesto por la insistencia, pero Jesús todavía repitió una tercera vez: “Pedro, ¿me amas?”. Si no lo amaba con todo su corazón, más que cualquier cosa, Pedro jamás cumpliría, de hecho, la misión. Jesús —y nada más— debía ocupar el primer lugar en los proyectos y objetivos del discípulo.
Tres veces Pedro negó al Maestro. Por eso, tres veces Jesús lo hizo reflexionar, hasta que su corazón perteneciera enteramente a él. Finalmente, Pedro estaba preparado para apacentar a las ovejas.
A nuestro alrededor hay un vasto rebaño de ovejas. Para algunas, quizá esté todo bien con pastar en los prados sucios y llenos de hierbas dañinas de este mundo malo. Muchas no conocen los peligros que las rodean. Otras ignoran al Salvador y la esperanza de un mundo mejor. Por eso, el Buen Pastor nos invita a apacentar a sus ovejas. Él llama a madres, esposas, amigas e hijas a que apacienten a sus hijos, a su marido, a su mamá, a su compañera de trabajo, a su hermana de la iglesia, a sus vecinas…
La pregunta repetida a Pedro y la invitación se nos hace a nosotras también: “¿Me amas, más que a todo lo que tienes? Apacienta a mis ovejas”.
¿Ya esquivaste esa invitación? Quizá te hayas sentido indigna, no preparada o no le hayas dado importancia. El Maestro no está preocupado por si somos indignas o si estamos capacitadas, sino que le interesa si estamos disponibles, porque él nos instruye y nos habilita para el trabajo.
Permite que el Buen Pastor sea el centro de tu corazón y acepta su invitación. Él te capacitará para amar, guiar, tocar, influir y finalmente ver en el cielo a cada oveja que se cruce por tu camino.
Los recaudadores de impuestos y las prostitutas van delante de ustedes en el reino de Dios (Mateo 21:31).
Andressa quería fama y dinero. Hija de una madre adolescente y de una familia deshecha, se casó a los quince años y fue madre a los diecisiete. Con poco más de veinte años, sin dinero, vio en la popularidad la solución para sus carencias. Y, en un burdel, inició la vida que la llevaría al submundo de la prostitución de lujo, de las drogas, sobredosis, bebidas, cirugías plásticas, de los pensamientos suicidas y, casi, de la muerte.
Andressa Urach se transformó en un personaje polémico en los medios de comunicación brasileños y fue protagonista de reportajes en los principales medios de comunicación del mundo a fines del 2014. En su libro Morí para vivir, cuenta cómo alcanzó los extremos de la obsesión por los valores más baladíes de la vida, transformando el cuerpo en un objeto barato, abriendo su intimidad a cientos de hombres, desechando su honra como si fuera basura. El exceso de anabolizantes y el hidrogel casi le costaron la vida. En el hospital, confrontando su pasado vergonzoso, creyó que, si Dios existía, nunca la perdonaría.
Sin embargo, en el fondo de su pozo, Dios la buscó, y ella lo reconoció, entendiendo que los nacidos de Dios no son santos que nunca pecaron, sino pecadores que por la compasión divina vencieron sus pecados. “¿Quién no tiene derecho a comenzar de nuevo?”, dice ella. “¿De tratar de ser una mejor persona? Yo elegí recomenzar”. Andressa testificó en los medios de comunicación y en las cárceles, llevando esperanza a los perdidos.
En el tiempo de Jesús, los fariseos no creían que los publicanos y las prostitutas se arrepintieran. Así que imagínate el susto que se llevaron cuando escucharon de Cristo que esas personas los precederían en el reino celestial.
En esa afirmación, Jesús priorizó a los excluidos: personas que no se sentirían bien en la iglesia por causa del preconcepto, los rechazados por no seguir las normas del buen comportamiento y las personas que muchas veces miramos con desdén.
¿Por qué esos excluidos precederían a los demás? Porque admiten su necesidad espiritual, están abiertos a la invitación de Jesús y creen en él.
¿Y hoy? ¿Será que nos consideramos tan buenas que no sentimos la necesidad de una relación personal con Dios?
Que podamos ir a la cruz cada día, confrontar nuestra pequeñez con su grandeza y recibir su perdón diario.
Acepta a aquellos que yerran y necesitan de Cristo y de ti.
¿Qué es el hombre para que en él pienses? […] Lo hiciste poco menor que los ángeles y lo coronaste de gloria y de honra (Salmo 8:4, 5).
Ese día me tocaba la prueba práctica en el grupo del tercer semestre de Enfermería. Formamos duplas para que cada uno aplicara las inyecciones de suero fisiológico en un compañero. Con diec, vestida de blanco desde los pies hasta la cabeza, hice toda la preparación, pero estaba tensa con la idea de pinchar a alguien.
Entonces la docente se acercó, me preguntó por qué temblaba e insinuó:
—Deberías pensar si realmente quieres ser enfermera. Quizá deberías estudiar otra cosa…
Realmente deseaba ser enfermera. Era una alumna disciplinada y tenía buenas notas. No entendí su sugerencia.
Apliqué las inyecciones y salí del laboratorio llorando. Nunca más regresaría. Permití que esa actitud destruyera mi sueño de ser enfermera.
Sin embargo, estaría siendo parcial si no reconociera que también yo fui responsable por el desenlace de esta historia. Con una autoestima asertiva, jamás habría abandonado el curso que había elegido, no me habría permitido creer en el rótulo de “incapaz”, incluso estando nerviosa durante la prueba.
Nuestros verdugos no son los únicos responsables por nuestros fracasos, sino nuestra propia autoestima. Esta está por detrás de nuestra manera de reaccionar a las contrariedades, define cómo damos y recibimos amor, nuestras actitudes en las relaciones, las elecciones constructivas o destructivas que hacemos y las personas que elegimos para que estén cerca de nosotros. La baja autoestima está por detrás de la dificultad para poner límites, y de nuestro descontento e infelicidad.
La autoestima o amor-proprio se forma a partir de nuestras necesidades satisfechas cuando somos niños: valor, atención, aceptación, significado, propósito, objetivos, conexión con los demás y seguridad. Los niños que reciben críticas, rechazo, falta de límites para aprender a lidiar con la frustración y sufren pérdidas pueden ver comprometido su desarrollo emocional en la etapa adulta.
Cuando el mandamiento dice que amemos a nuestro semejante como a nosotros mismos, deja en claro que primero necesitamos aprender a amarnos a nosotras mismas. ¿Cuál es el tamaño del aprecio que tienes por ti misma? No permitas que la baja autoestima corroa tus sueños, debilite tu valor y determine tu fracaso. Aprende a amar a quien Jesús tanto ama y por quien llegó a dar su vida: tú.
“¡Silencio! ¡Cálmate!” El viento se calmó y todo quedó completamente tranquilo (Marcos 4:39).
Era el final de la tarde, y Jesús estaba cansado. Durante todo el día había sanado, enseñado y ayudado a una multitud de personas aglomeradas a su alrededor. A duras penas tuvo tiempo para comer. Sumado a eso, la crítica perversa y la calumnia de los fariseos hacían que su trabajo fuera más pesado.
Entonces decidió descansar del otro lado del lago, donde había pocas viviendas. La multitud fue despedida. Jesús y sus discípulos entraron en el barco. Vencido por el hambre y el cansancio, se acostó en la popa y se durmió.
Había anochecido. Las nubes oscuras y el viento fuerte anunciaban una gran tormenta. Olas fuertes comenzaron a golpear contra el barco, llenándolo de agua, casi hundiéndolo. Acostumbrados a la vida de pescadores, las tormentas no eran una novedad para los discípulos. Pero, esta vez, todo lo que sabían parecía no valer de nada. Visiblemente desesperados, recordaron la presencia de Jesús en el barco. Llamaron al Maestro, pero ni siquiera se movió. Sintiéndose abandonados, percibieron, incrédulos, que Jesús dormía.
¿Cómo podía hacerlo? Inconformes, los discípulos lo despertaron. Serenamente, sin una nota de desesperación, Jesús levantó sus manos y, bajo su orden, el mar se aquietó.
Jesús no se mantuvo por encima de la desesperación por ser Dios, sino porque confió en el amor y cuidado del Padre.
De vez en cuando estamos envueltas en preocupaciones imaginarias y reales, ¿verdad? Estas no son necesariamente un mal. Pueden significar fuerza, interés y que valoramos la vida. Sin embargo, terminamos siendo rehenes de la preocupación excesiva, agotamos nuestra energía física y emocional. Y terminamos infelices y enfermas.
Dormir durante una tormenta, como el Maestro, es tener la tranquilidad de que hiciste tu parte, sumado a la confianza de que alguien mayor cuidará de lo que resta, aunque de manera distinta a lo que te gustaría. Dormir en la tormenta es reconocer que no estás sola. Hay un Dios lleno de amor velando por ti, interesado en todas tus cuestiones.
Por eso, sigue su ejemplo. Pon tus preocupaciones en las manos del generoso Padre y descansa. Duerme anidada en la confianza de que él está por encima de cualquier problema. Él puede controlar la situación de tu ansioso corazón, si se lo permites.
Ustedes son la sal de la tierra (Mateo 5:13).
Se cuenta que todos los días un sabio se sentaba cerca de una estación de servicio, desde donde observaba el movimiento de la ciudad.
En cierta oportunidad, su nieta vino a hacerle compañía. Mientras observaban a las personas llegando y partiendo, un desconocido preguntó:
—¿Cómo es esta ciudad?
El anciano se giró lentamente y dijo:
—¿Cómo es la ciudad de donde usted viene?
—¡Ah! Todos son críticos y chismosos. Estoy feliz de haber salido de allá —respondió el turista.
El sabio lo miró y le dijo:
—Esta ciudad es exactamente así.
Una hora más tarde, una familia entró en la estación de servicio para cargar combustible, deteniéndose frente al sabio y su nieta. Mientras la madre y los hijos iban al baño, el padre le preguntó al sabio:
—¿Es buena para vivir esta ciudad?
El sabio respondió preguntando:
—¿Cómo es la ciudad de donde usted viene?
—Allá todos se ayudan —respondió el hombre — y siempre se escuchan palabras de agradecimiento. Estoy saliendo de allá, pero parece que estoy dejando atrás una familia.
El sabio se giró hacia el hombre y sonrió diciendo:
—Esta ciudad es muy parecida a la suya.
La familia agradeció, entró en el auto y partió.
La nieta miró al abuelo sabio y le preguntó:
—Abuelo, ¿por qué usted le dijo a uno que la ciudad era un lugar horrible y al otro que era un lugar maravilloso?
El sabio miró cariñosamente a su nieta.
—Sea cual fuere nuestra ciudad, mi pequeña, reflejamos en ella quienes somos.
Eso ratifica la afirmación de Jesús acerca de los ciudadanos de su reino: “Ustedes son la sal de la tierra”. Como sal, tenemos que darle sabor al ambiente, ejerciendo en él una influencia transformadora, o seremos como la sal sin utilidad.
Elena de White dice: “La influencia de los pensamientos y actos de todo hombre es algo así como una atmósfera invisible, que aspiran sin darse cuenta quienes se ponen en contacto con él” (Elena de White, Mente, carácter y personalidad, t. 2, pág. 737). ¿Cómo es tu ciudad? Procura ser sal, condimentando la convivencia con los demás con amabilidad, tolerancia, comprensión, altruismo, perdón, paciencia y amor, haciéndola un lugar agradable y cumpliendo la misión dejada por el Maestro.
Hay un camino que al hombre le parece recto, pero acaba por ser camino de muerte (Proverbios 14:12).
La capacidad para elegir, el albedrío, es lo más hermoso de todas las cosas con las que fuimos dotadas en la creación, porque nos transforma en seres libres, quienes determinan su propio destino.
Dios no nos hizo robots. Nos dio una mente jerárquicamente organizada de manera que la razón y la conciencia controlaran nuestros actos, emociones y relaciones y nos dieran el discernimiento para elegir. El pecado distorsionó ese orden, y el discernimiento humano fue comprometido. A veces tan solo la fría razón dirige las elecciones; otras, una conciencia enfermiza; a veces, las emociones.
Hay elecciones fáciles de hacer; otras trastocan nuestra zona de confort, ocasionando miedo e inseguridad. Es por miedo a asumir responsabilidades, riesgos y consecuencias que muchos dejan que otros elijan por ellos. Sin embargo, somos seres maduros e independientes en la medida en que elegimos, responsabilizándonos por los riesgos y consecuencias que aparezcan por nuestras decisiones.
Nuestro cerebro realiza diversos procesos mentales, como percepción, aprendizaje, pensamiento, atención, memoria y otros. Por lo tanto, los modelos que tuvimos, nuestras creencias y convicciones, y nuestros constantes aprendizajes son relevantes al elegir.
Sería fácil si programáramos el cerebro para elegir siempre lo que es mejor ¿verdad? Sin embargo, nuestro guía interno de lo “correcto” o lo “incorrecto” es muy dudoso, por causa del pecado.
Por eso, necesitamos sabiduría divina para cada elección que tengamos que hacer. Durante algunas elecciones, enfrentamos angustiantes encrucijadas porque nuestra razón puede indicarnos un camino, y Dios, otro. Por eso tendremos que hacer morir nuestros deseos acariciados, si queremos elegir lo mejor. Sin embargo, terminaremos en el camino de la vida, si aceptamos siempre la dirección divina.
“Dios nos ha dado el poder de elegir; a nosotros nos toca ejercitarlo. No podemos cambiar nuestros corazones, no podemos controlar nuestros pensamientos, impulsos y afectos. No podemos hacernos puros, apropiados para el servicio de Dios. Pero sí podemos elegir servir a Dios; podemos entregarle nuestra voluntad; entonces él obrará en nosotros el querer y el hacer según su buena voluntad.” (Elena de White, El ministerio de curación, pág. 131).
¿Deseas ejercitar bien tu capacidad de elección? Somete tu voluntad al Señor y ten la certeza de que cosecharás buenos frutos y no terminarás en amargo arrepentimiento.
Esposas, sométanse a sus propios esposos como al Señor (Efesios 5:22).
Durante algún tiempo, evité este versículo. Sonaba como: “¡Mujeres, obedezcan a sus maridos y punto!”. Recién cuando estudié mejor el contexto, comprendí el mensaje.
Al cumplir su ministerio en la tierra, Jesús enfatizó la dignidad de la mujer. El Nuevo Testamento pone al hombre y a la mujer en igualdad espiritual. Pero, en la época de Pablo, había ideas exageradas acerca de la subordinación femenina.
Al tratar las relaciones matrimoniales, Pablo repitió el diseño divino, proferido después del pecado: para que exista orden y unidad, se necesitaban diferentes funciones en la familia; no diferentes valores. El liderazgo le correspondería al hombre, la sumisión a la mujer. Observa este texto: “Si los principios prescriptos en la ley de Dios hubiesen sido apreciados por la humanidad caída, esta sentencia, aunque era consecuencia del pecado, hubiera resultado en bendición para ellos” (Elena de White, Patriarcas y profetas, pág. 42).
La sumisión bíblica no le niega a la mujer los derechos de autodeterminación ni que ella siga una carrera profesional. Sin embargo, en el modelo cristiano, tiene una función importante en el hogar, y si renuncia a ella comprometerá su estabilidad. Ella puede cumplir cualquier función en la sociedad; pero, si ante Dios aceptó la responsabilidad del casamiento y de la familia, esa es su misión principal.
Después de hablar de la sumisión de la mujer, Pablo dice, en Efesios 5:25, que los hombres deben amar a las mujeres como Cristo amó a la iglesia. ¿Y cómo la amó? Dedicándose a ella, viviendo por ella y ¡dando su vida por ella! El amor del marido por la esposa, referido por Pablo, era el amor que no procura su propia satisfacción —ni siquiera procura afecto como respuesta al afecto—, sino que lucha por el mayor bien de la persona amada. Ese es el modelo de amor de Cristo.
