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Vanessa Salt encuentra inspiración para sus historias en sus m viajes a lugares calientes y exóticos que alimentan sus fantasías eróticas. Escribe con humor sobre la pasión que puede surgir cuando menos lo esperas. Con esta edición te regalamos 8 historias que dan pasión y diversión al día normal: Súcubo La editora El socorrista El escritor La estrella del rock Las ruinas mayas La profesora de piano Paracaidismo
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Seitenzahl: 282
Veröffentlichungsjahr: 2020
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Vanessa Salt
LUST
Súcubo: 8 cuentos eroticos
Translated by Adrián Vico, Raquel Luque Benítez and Cymbeline Nuñez
Cover image: Shutterstock
Copyright © 2020 Vanessa Salt and LUST, an imprint of SAGA Egmont, Copenhagen.
All rights reserved ISBN 9788726775136
1st ebook edition, 2020. Format: Epub 2.0
No part of this publication may be reproduced, stored in a retrieval system, or transmitted, in any form or by any means without the prior written permission of the publisher, nor, be otherwise circulated in any form of binding or cover other than in which it is published and without a similar condition being imposed on the subsequent purchaser.
—Andersson.
—¿Una persona?
—Sí.
El hombre mira mi nombre en la lista y me mira con los ojos más marrones que he visto en mi vida. Debe de haber miles de matices en ellos. También puede ser que la luz me esté jugando una mala pasada; el sol es diferente en México. Es muy brillante y provoca un brillo color avellana en sus ojos mientras me sonríe.
—Me llamo Raymond Sánchez, —dice en inglés.
Le doy la mano y noto que su piel es áspera y cálida, como si fuera albañil en lugar de guía turístico.
—Yo soy Samuel.
—¿De Noruega?
—No, de Suecia. Casi aciertas. —Me arriesgo a guiñarle un ojo y retrocedo. La palma de mi mano está sudando, aunque no sé si es por la temperatura o por haber saludado a Raymond. El sudor brota de mis sienes y mis labios están tan secos como el desierto. El sol me abrasa la nuca, aunque todavía es muy temprano.
—Encantado de conocerte, Samuel. Entra y toma asiento.
Me quito la mochila y subo las empinadas escaleras hasta el asiento del conductor para llegar hasta el pasillo del autobús. El autobús tiene poca luz, pero el aire acondicionado está funcionando a máxima potencia. Disfruto de la brisa fría cuando encuentro un asiento en la parte de atrás. Mientras llego al asiento, voy saludando a los pasajeros con los que me encuentro. Huele a desinfectante, lo que crea un fuerte contraste con el olor de la naturaleza y la alta humedad que hay en el exterior. Ayer llovió durante toda la noche, pero no es la misma lluvia que tenemos en Suecia. Aquí llueve a toda potencia, pero a las dos horas deja de llover. El asfalto gastado afuera del hotel está lleno de grietas repletas de agua.
Una vez sentado, trato de echar un vistazo al guía fuera de la ventana, pero solo veo su gorra verde. Entran más pasajeros en el autobús: una familia con hijos y una joven pareja heterosexual. Me pregunto si Raymond es heterosexual. Probablemente lo sea. Los homosexuales tenemos posibilidades más limitadas en ese sentido. Todo el mundo te recomienda que utilices Tinder, pero, sinceramente, soy igual de torpe ligando por Tinder que haciéndolo en un bar. No soy de esos. Además, tampoco estoy centrado en encontrar a un hombre. Puede que no esté listo. La traición de Gabriel ha calado muy hondo en mi corazón, aunque ahora me siento un poco mejor. Ya ha pasado un año, pero hay que tener en cuenta que estuvimos juntos cinco años, de los cuales vivimos juntos tres.
Suspiro y apoyo mi cabeza en la cálida ventana. Pasarán unas cuantas horas hasta que lleguemos a Ik Kil y Chichén Itzá, así que intentaré dormir un poco.
*
—Ik Kil es un cenote, es decir, un pozo de agua o un pequeño manantial. Aquí en México, al igual que en el resto de América del Sur, hay muchos cenotes, pero Ik Kil es uno de los más famosos porque está muy cerca del gran templo de Chichén Itzá.
Raymond aleja sus labios del micrófono y mira hacia el autobús. Está de pie delante del conductor y yo estoy sentado en la parte de atrás. Sin embargo, durante su discurso, me parece que establecemos contacto visual varias veces. Sus cálidos ojos mexicanos buscan mis ojos suecos, pero tal vez sean imaginaciones mías. El autobús está lleno de turistas, así que no tiene por qué estar mirándome a mí todo el rato.
—Los cenotes se crean cuando la piedra caliza se derrumba en una montaña y crea un acuífero. Antiguamente, en la época de los mayas, se usaban para sus rituales.
Me estremezco del frío producido por el aire acondicionado, así que me pongo una chaqueta y disminuyo la temperatura del aire de mi asiento. Lo usaban para sus rituales y nos dirigimos hacia allí para bañarnos. Suena bien.
—Para mí es un lugar hermoso, —continúa Raymond, señalando por las ventanas del autobús. Estamos rodeados de naturaleza. El camino es estrecho y está lleno de baches. —El cenote tiene unos cuarenta metros de profundidad, por lo que no tienen por qué preocuparse si quieren saltar al agua, no tocarán el fondo. Supongo que querrán saltar al agua, ¿no?
Lanza una mirada a todos los pasajeros y continúa:
—Una vez traje a mi abuela aquí y quería saltar desde lo alto como hacen en el torneo Red Bull, pero no se lo permití, —dijo antes de soltar una risa. —Aquí en México, las abuelas suelen ser las más duras de la familia.
—Pero la esposa es la jefa, —añadió un turista.
—Sí, así que tienen que ponerse de acuerdo. El problema viene si tienen tres esposas...
Sacude la cabeza y deja caer su cabello negro sobre su frente. Todos ríen, pero no sé si unirme a la broma. ¿Puedes tener más de una esposa en México o está bromeando? No creo que sea homosexual. Si lo fuera, habría utilizado a un hombre como ejemplo.
—Ya estamos aquí. —Raymond sonríe con la típica sonrisa de guía que no llega a los ojos, pero que parece cálida y encantadora.
—Todo gracias a nuestro conductor, Raoul. Ha hecho un gran trabajo, ¿no?
—¡Sí! —Gritan varios turistas, como si estuviéramos de vacaciones en España.
—A esta hora de la mañana, Raoul ya está borracho. Además, es la primera vez que conduce un autobús. Me sorprende que lo hayamos logrado.
Esta vez los gritos se convierten en risas. No es muy difícil caerles bien a estos turistas. Hombres blancos con la barriga gorda, padres cansados con niños pequeños y mujeres viajando solas. Lo único que tienen en común es que les gusta la aventura. Están aquí para entretenerse y pasar un buen rato, lo cual no es muy complicado si ven algo diferente a lo que tienen en casa. Sinceramente, a mi me parece una tarea más difícil. México es muy diferente a Suecia. No todos los pasajeros del autobús son suecos. He escuchado a gente hablando finlandés, inglés e incluso español, pero la mayoría de ellos parecen ser de lugares muy alejados. Londres es lluviosa y en Dublín siempre está nublado. En Estocolmo y en Reikiavik hace mucho frío. Cada lugar es diferente.
Es posible que Raymond tenga un guion establecido que funcione con otros turistas, por eso no sonríe con los ojos. ¿Estará pensando en el momento que llegue a casa con su esposa? Puede que tenga hijos. Puede que su pequeña familia lo espere después de cada viaje. En caso de que sea así, sus hijos deben tener la misma piel marrón oscuro que él y su mujer debe tener los ojos grandes y seductores. Una mujer con ligeras curvas que besa su mejilla y le susurra que lo ama. No debo enamorarme de él, aunque realmente no lo estoy haciendo. Lo único que me ocurre es que extraño estar en una relación, nada más. Estoy listo para comenzar una nueva relación, pero mi corazón todavía le pertenece a Gabriel. Siempre será así. Bueno, no estoy tan seguro.
Nos bajamos del autobús y nos encontramos en medio de la selva. Todo a nuestro alrededor es salvaje e indómito. El ruido hace que nuestros oídos exploten. Hay miles de pájaros cantando y, cuando los veo volar a través de los árboles, me doy cuenta de que no reconozco ninguna especie. Nunca me ha gustado mucho la ornitología, sin embargo, hay algunas especies que son comúnmente conocidas como el cuervo, la urraca o el chochín. Las aves que tenemos a nuestro alrededor son exóticas y su belleza brilla. Nunca me había imaginado que existieran pájaros tan hermosos, por no hablar de la naturaleza que nos rodea.
De una forma respetuosa, saco mi cámara y tomo algunas fotos con la lente que hay puesta para no demorarme. Me duelen las piernas después de tantas horas en el autobús, pero eso no me impide ponerme en cuclillas para obtener mejores ángulos. La verdad es que es cómodo viajar solo porque puedo tomar todas las fotos que quiera sin que nadie me mire por encima del hombro murmurando que tenemos que ponernos en marcha. Es evidente que no puedo separarme del grupo, pero si tengo un novio agobiante junto a mí, se convierte en una tarea más difícil todavía, y la verdad es que Gabriel era bastante insistente. Siempre intentaba controlarme y no compartía ninguno de mis intereses. Pensaba que era de otra forma cuando lo conocí. Lo sé, ya estoy hablando otra vez de él.
—Vamos, —dice Raymond para que lo sigamos. —No olviden pedirle una botella de agua a Raoul.
Cruzamos el aparcamiento y nos movemos por hermosos senderos pedregosos, rodeados por una naturaleza hermosa. Solo se escucha el sonido del agua a modo de cascada y el sonido de los pájaros e insectos. El olor es increíble; es una mezcla de tierra y clorofila que llega directamente a la nariz.
Aunque soy la última persona de la fila, puedo ver a Raymond desde atrás. Es bajo en comparación con la media europea, pero sus hombros son anchos. Su paso es suave y sensible, como si estuviera unido a la naturaleza que nos rodea. Sus hombros van girando al unísono, como si tuviera todos sus movimientos planeados de antemano. Su piel es marrón y su trasero es firme. Mis testículos comienzan a despertarse. Siento pequeños latidos a través de mi pene, lo que hace que crezca de repente. Al momento, comienza a presionar mis vaqueros. Lo único que quiero es que Raymond...
¡Maldita sea! ¡Tengo que controlarme! Aunque de vez en cuando hay que alegrarse un poco la vista. Mientras no vaya más allá de eso... Aún así, me siento mal.
Estoy aquí para sanar mi corazón roto y divertirme un poco. Estoy aquí para encontrarme conmigo mismo, aunque Raymond también puede echarme una mano. Vale, yaa paro. Sin embargo, Raymond podría ser de gran ayuda con esas manos ásperas que podrían hacerme gritar de placer. ¿Cómo será su pene? ¿Será igual de ancho que sus hombros?
Raymond se da la vuelta y todos nos detenemos automáticamente, excepto los niños.
—¿Quién quiere bañarse?
*
Me siento como una especie de acosador mientras observo el pecho desnudo de Raymond, pero no puedo dejar de hacerlo. Es increíble en todos los sentidos: musculoso, fuerte, atractivo y cubierto de espeso cabello negro. Eso teniendo en cuenta que todavía no se ha metido en el agua. Se acerca a una pequeña escalera de mano con paso firme. Cuando llega a la parte más alta, la cual se encuentra a unos dos o tres metros sobre la superficie del agua, se da la vuelta y me mira. Sí, me mira a mí. Sus ardientes ojos marrones parecen tener la capacidad de mirar cada rincón de mi alma. Es evidente que sabe que lo estaba observando. ¿Le gustará que lo mire? Su barba oscurece la parte inferior de su rostro. Pasan unos segundos mientras nos miramos el uno al otro. Por el rabillo del ojo puedo ver a otros turistas moverse alrededor de mí. Unos saltan y otros salen del agua, pero están en un segundo plano. Lo que de verdad me importa es ver a mi Adonis posando en el escalón. Sí, mi Adonis.
Una risa a mi derecha me hace darme cuenta de que no soy el único que observa su cuerpo divino. Hay tres chicas jóvenes señalándolo y riéndose sin poder ocultar su emoción. Puede ser que Raymond estuviera mirándolas a ellas y no a mí. Rompo el contacto visual renuentemente y lo escucho aterrizar en el agua.
Me dirijo hacia el mismo camino que él para subir por la escalera de mano, aunque preferiría usar el pequeño escalón de acero para los niños y las personas mayores. Suelo ser una persona valiente, siempre que no tenga que arriesgar mi vida. Sin embargo, si no hubiera mencionado que hay cuarenta metros de profundidad en el agua, no me atrevería a hacerlo. Cuando me paro en el escalón superior, miro hacia el agua y me doy cuenta de que parezco un personaje de Avatar. Resulta complicado describir la belleza de lo que veo: vides y flores cuelgan como cortinas a lo largo del borde del agua, cayendo sobre el suelo para llegar hasta una piscina natural de color turquesa que parece sacada del paraíso. En ella, varios turistas y guías empapan sus cuerpos polvorientos.
En lo alto del acantilado, las aves corretean juntas. Emiten ruidos, agitan sus alas y zigzaguean entre las ramas. El sol brilla intensamente luchando con la naturaleza para intentar llegar al suelo. Para llegar a esta hermosa piscina natural hemos tenido que caminar en fila por senderos resbaladizos a lo largo de los acantilados. Había algunos huecos en la pared que mostraban lo que que nos esperaba cuando llegáramos al destino.
Un niño corre y salta antes que yo al agua. Vaya, no sé cuánto tiempo llevo aquí parado. Es fácil soñar despierto en un lugar como este. Es como estar en otro mundo. A pesar de la altitud, acumulo valor, enderezo la espalda y aprieto los dedos de los pies en el borde rugoso. Antes de saltar hago contacto visual con Raymond. Su cabello negro sobresale del agua, húmedo y atractivo, mientras que sus brazos lo mantienen a flote.
Le demostraré que no soy un cobarde. Sin romper el contacto visual, doblo las piernas y salto al agua. Por unos segundos, floto en el aire. Se siente como unos segundos, pero probablemente sea algo más rápido de lo que parece. Entonces el agua fría me golpea: está helada. Todo el calor desaparece. Me hundo profundamente antes de poder volver a la superficie.
Raymond tenía razón: no había rocas.
—¡Bien hecho! —Dice Raymond cuando llego a la superficie. —Eres el primero que se ha atrevido.
Simplemente le sonrío y parpadeando sin saber qué decir.
Me siento como uno de esos hombres patéticos en las comedias románticas que tiene miedo a hablar con las mujeres, aunque en mi caso es un hombre.
—¿Has visto los bagres? —Me pregunta.
—No he abierto los ojos.
—Deberías. Hay unas vistas preciosas.
Rápidamente extiende su mano. ¿Querrá que la sostenga? El agua gotea de sus dedos gruesos y morenos.
—Vamos.
Coloco mi delicada mano encima de la suya y siento sus dedos cerrándose alrededor de ella. Una sensación de hormigueo se apodera de todo mi cuerpo. Comienzo a temblar y solo puedo concentrarme en el hecho de que nuestras manos se han juntado. Los escalofríos hacen que mis articulaciones ardan y el hormigueo se extiende por mi ingle hacia mi pene, el cual aumenta su tamaño en mi bañador. Espero que no se dé cuenta. Una última respiración y se sumerge. Al tener las manos entrelazadas, me sumerjo con él. Abro los ojos debajo de la superficie, aunque sé que me van a picar después, y me encuentro con la oscura mirada de Raymond. Parece el dios del mar. Su cabello le llega hasta los hombros y se mueve con cada movimiento que realiza. Sus labios se extienden en una sonrisa y pequeñas burbujas emergen de su nariz.
Está conectado a este lugar, como los peces que nos rodean. Cientos de formas oscuras con bigotes y aletas se mezclan con este paisaje verde con algas y brillos. Mis pulmones trabajan a toda potencia para no salir a la superficie. Podría quedarme aquí para siempre. Ya no tengo tanto frío. Además, la mano de Raymond es tan suave...
Nadie puede vernos aquí abajo, es nuestro momento privado. Una cita secreta en una antigua piscina mexicana.
Pronto, la falta de oxígeno me obliga a seguir nadando para salir a la superficie. Raymond se ríe tanto que muestra todos sus dientes al mismo tiempo mientras se sacude el agua del cabello. Parece el protagonista de un anuncio de champú.
Lo miro fijamente, dejo de mirarlo y vuelvo a mirarlo de nuevo.
Mi pene está tan duro que es posible que se dé cuenta. Palpita dentro de mi bañador, lo que crea un bulto bastante visible. Aprieto los muslos, pero no sirve de nada.
—¿Naciste aquí en México? —Pregunto.
Él asiente.
—Nací en Ciudad de México, pero me crie en la península de Yucatán. He vivido en muchos lugares, pero Valladolid es mi casa. Es una ciudad hermosa con muchos restos antiguos.
Reconozco algunos de los nombres de los lugares que ha mencionado, aunque no todos. Aún así, asiento, como si supiera a qué se refiere. Estoy un poco celoso; tiene que ser increíble crecer en un lugar como este. Sé que el nivel de vida es probablemente más bajo que en Suecia. Además, hay otros factores como la delincuencia, pero aún así...
Me imagino cómo tiene que ser disfrutar de este sol radiante todos los días de mi vida, experimentar esta naturaleza o vivir entre personas tan amables.
Raymond suelta mi mano.
—Lo siento. No me he dado cuenta de que seguía sosteniendo tu mano.
—Yo tampoco, no te preocupes.
Estoy listo para decir algo más, pero no soy capaz. El ambiente es tenso entre nosotros y la temperatura sube. Cuando el muslo de Raymond toca el mío, siento como si mi pene fuera a estallar. Muevo una mano hacia abajo para poder acariciarla sobre la tela mojada del bañador. Es un hombre maravilloso. Ojalá fuera su mano la que estuviera tocando mi pene.
*
—Ahora les pediría que estuvieran en silencio y escucharan atentamente. —Raymond se para frente a la gigantesca pirámide maya conocida como el Templo de Kukulkán, el edificio más emblemático de la ciudad en ruinas de Chichén Itzá. Toda la zona es patrimonio mundial de la UNESCO, y es evidente por qué. Está catalogada como una de las siete maravillas del mundo.
Raymond se ve pequeño junto a la gran pirámide triangular. Cientos de escalones conducen a la cima, donde parece haber una pequeña casa. En el medio hay una abertura cuadrada fascinante. Me pregunto qué habrá allí dentro, pero no puedo saberlo porque no está permitido subir a la pirámide.
Nuestro guía mira por encima del hombro, parpadea y luego nos da la espalda nuevamente. Luego comienza a aplaudir lentamente, pero con fuerza. El sonido hace eco de un lado a otro en las ruinas y suena como un pájaro chirriante. Un sonido estridente y exótico, nada parecido al sonido de un aplauso.
—Quetzal, —dice Raymond al darse la vuelta. —Cuando aplaudes aquí junto a la pirámide, suena como el sonido del pájaro nacional guatemalteco. ¿No es asombroso?
—Es increíble. —Me acerco a él mientras pasamos por el área del templo. Lleva puestas unas gafas de sol oscuras, pero puedo ver sus ojos a través de ellas. Le quedan muy bien, al igual que su gorra vieja. Sigo tomando fotos de las ruinas mientras él habla sobre la historia de los mayas. No puedo resistirme a tomar un par de fotos de él. Está tan concentrado en sus historias que no se da cuenta. Sus manos gesticulan notablemente cuando se ríe y cuenta pequeños chistes. Los turistas se ríen a carcajadas, beben agua y toman fotos con sus teléfonos. Soy el único que ha traído una cámara profesional.
Sin pensarlo mucho, cambio la lente de mi cámara para acercar más la foto y poder capturar con más precisión los detalles. Finjo mirar algo por encima del hombro, apunto y tomo varias fotos de su rostro. Una vez que he comenzado, es difícil parar. El sol hace que su piel brille como el oro rojo y unas gotas de sudor comienzan a caer por su frente hacia sus cejas. Mientras tanto, capturo el reflejo del sol sobre él, la pequeña cicatriz de su labio inferior y su mandíbula, la cual aprieta cuando está pensando.
De repente, me mira y me sorprendo tanto que bajo la cámara. Sonrío de forma avergonzada, esperando que él haga lo mismo, pero no lo hace. En cambio, inclina la cabeza ligeramente hacia un lado y arruga su ancha frente sudorosa, como si pensara que soy un pervertido.
No puede ser. Lo he arruinado todo.
Miro hacia el suelo con el corazón en la garganta hasta que comienza a hablar de nuevo. Las palmas de mis manos comienzan a sudar y un escalofrío recorre mi cuerpo. ¿Debería actuar como si no hubiera pasado nada o me invento una excusa y le digo que me gusta su gorra?
Observo cómo los otros turistas susurran y se ríen cuando me miran, como si fuera evidente que me he enamorado del guía.
Al cabo de un rato, Raymond nos informa que tenemos una hora y media para comer. Me despido de los demás y empiezo a caminar sin rumbo. No sé a dónde voy, lo único que quiero es alejarme. La arena cruje bajo mis botas y aprovecho para expulsar todo el aire que tenía guardado. Luego bajo la cámara y me limpio el sudor de la frente. Mi cabello está completamente empapado. Tengo pequeños mechones de mi cabello castaño colgando sobre mis orejas. Debo tener cuidado porque mi pelo se riza al mojarse y no me gusta nada.
—Samuel, espera.
Su voz hace que mi cuerpo arda en llamas. Es cierto que el sol ya se ha encargado de abrasar mi piel y mañana estaré tan rojo como una langosta hervida, pero este calor que siento ahora mismo es diferente. Me voy la vuelta y disimulo:
—¿Raymond?
—¿Te importa si me uno?
—Claro que no.
—Me gusta tu cámara, —dice mirando mi mochila cerrada. —Es una Nikon, ¿no?
—Sí. ¿También te gusta la fotografía?
—Me encanta. —La esquina de su boca hace un gesto para que sigamos andando.
—Pero ya he tomado fotos de todos los rincones de Chichén Itzá. Deberías haberme visto la primera vez que vine.
—¿Cuándo exactamente?
—Hace mucho tiempo. Vine con mi madre. Diría que solo tenía once años. Nos acabábamos de mudar de Ciudad de México. Fue como conocer el paraíso.
—Ya me lo imagino.
—Es un poco diferente a Suecia, ¿no?
—Muy diferente diría yo. Allí no tenemos pirámides mayas.
—¿Qué tenéis allí? ¿Por qué la gente viaja a Suecia?
Doy la vuelta a la esquina, pero no sé hacia dónde vamos. Solo me limito a seguir el camino. Nos acercamos a las ruinas. Cada paso que damos, el camino se vuelve más angosto.
—No sé, —le digo, encogiéndome de hombros. —Tenemos nieve, alces y un hotel de hielo. Eso también es increíble.
—Suena bastante frío.
—Ya te digo.
El sudoroso brazo de Raymond roza el mío.
—Ups, lo siento.
—No pasa nada.
Huele muy bien, como a tierra y quemado. Su cabello ya se ha secado después de nadar y, ahora, lo vuelve a tener lleno de polvo como antes. Es como si el aire de México contuviera tanto polvo que te cubrirá por mucho que tú no quieras. Ahora soy yo el que choca con Raymond y nuestras manos se tocan.
—Lo siento.
—No te preocupes. El camino es muy estrecho.
—La verdad es que sí.
Comienza a señalar los diversos edificios y monumentos que nos rodean. La mayoría parecen casas viejas. Es como si estuviéramos deambulando por una ciudad antigua donde todo se ha desmoronado. Muchas de las casas aún conservan el techo, aunque algunas de sus paredes y ventanas se han caído al suelo.
No escucho una palabra de lo que dice Raymond; me está ofreciendo una visita privada, pero lo único que puedo hacer es asentir y fingir que lo escucho. No puedo prestarle atención. Mi corazón late con fuerza en mis oídos y mi respiración se vuelve cada vez más rápida. Nos volvemos a rozar una y otra vez, sudorosos y húmedos. Incluso parece que lo hacemos a propósito. Nuestros brazos se tocan permanentemente y nuestros rostros están más cerca de lo normal. Parece que quiere algo más. Tiene que querer. Puede que sea homosexual, ¿o no?
—Te gustan mis labios, ¿no? —Dice quitándose las gafas oscuras y polvorientas. Su gorra aún mantiene sombreada la mitad superior de su cara.
—¿Qué has dicho?
—Mis labios, —dice, chupando el polvo con la lengua. —No paras de mirarlos. De hecho, llevas todo el día mirándome.
—Yo no...
Su mano cálida y áspera cae sobre mi hombro.
—Parece que te gusto. Al menos eso es lo que he interpretado. Te gustan los hombres, ¿no?
¿Cómo puede ser tan directo?
—Bueno, no me gustan todos los hombres. Pero no me gustan las mujeres, si a eso te refieres.
—A mí tampoco me gustan todos los hombres, pero tú sí. Mi corazón explotó y se volvió a armar en cuestión de segundos cuando te vi.
Es increíble. No deja escapar una oportunidad. Nunca me hubiera atrevido a decir algo así. ¿Lo ha dicho de verdad o son imaginaciones mías?
—Puedes cerrar esa linda boquita, —murmura, acariciando tiernamente mi barbilla afeitada. —Yo también te gusto, ¿no? Al menos eso es lo que me ha parecido.
Respiro su exhalación húmeda y contesto:
—Tienes razón. Me gustas.
*
Raymond me presiona contra la pared de una casa antigua en ruinas. Me quita de forma frenética la mochila, muerde mi labio inferior y toca mi ingle. Es salvaje, fuerte y decidido. Parece que está totalmente conectado con la naturaleza.
Escucho a algunos turistas pasar junto a la casa, la cual no tiene puertas, solo un agujero en la pared, por lo que si hubieran decidido mirar dentro, nos habrían visto. Puede que incluso puedan escuchar nuestras respiraciones agitadas y oler nuestras hormonas.
Raymond presiona su duro cuerpo contra el mío y siento su bulto presionando contra mí. El ambiente es húmedo y polvoriento, es un lugar excitante. Con movimientos firmes, atrapa mi boca con la suya y mete su lengua dentro. Las puntas de nuestras lenguas se entrelazan y, al mismo tiempo, sus caderas comienzan a moverse.
Me inclino hacia adelante para intensificar los besos, coloco mi mano en la parte posterior de su cuello y gimo de deseo. Nos acercamos más y me doy cuenta de que sus labios saben a polvo, como si estuviera tan conectado a este lugar que su sabor se ha convertido en parte de todo lo que nos rodea. Su cabello negro es suave y la punta de su nariz roza la mía cada vez que giramos la cabeza. Se vuelve más agresivo por segundos. Una mano me arranca la ropa mientras la otra me presiona contra la pared.
Me quita los vaqueros, se arrodilla y coloca mi pene en su boca. Me provoca una sensación increíble. Debe notar que estoy muy caliente. ¿Le gustará mi sabor? ¿Le gustaré yo?
Sigue chupando mi falo, así que no es necesario que responda a mis preguntas mentales. A continuación, rodea la punta de mi pene con su lengua. Se queda en silencio cuando mi líquido preseminal se mezcla con su saliva. Finalmente, me quito las botas y me doy cuenta de que estoy completamente desnudo; toda mi ropa está amontonada a un lado. Las plantas de mis pies se amoldan a los antiguos azulejos de la casa en ruinas y mis manos se agarran con fuerza a la pared.
—Mmm, —murmura Raymond mientras envuelve mi pene con su mano. Ver cómo chupa mi pene es bastante excitante. El guía musculoso tiene mi polla en su boca durante un pequeño descanso. Nadie se imagina lo que estamos haciendo, nos encontramos en una situación prohibida. Las ruinas de una casa antigua frecuentada por turistas no es el mejor lugar para hacer lo que estamos haciendo. Ruinas antiguas que están intactas y deben ser tratadas con respeto. ¿Cuántas normas estamos infringiendo? ¿Cuántas multas tendremos que pagar si nos descubren? ¿Cómo funciona en México? ¿Se puede tener sexo en público? En varios países, acabaríamos en prisión si nos descubren. ¿No había alguien en Estados Unidos que...?
—Shhh. —Raymond chupa mi pene con tanta fuerza que provoca que me falte el aliento. —Estás pensando demasiado. Relájate, Samuel.
Un fuerte estruendo me impide responder, como si todo se fuera a derrumbar. Raymond se ríe alrededor de mi duro falo.
—Solo es un trueno, parece que va a llover pronto. —Mientras tanto, sigue rozando mi polla con su lengua. —Así será más difícil que nos descubran.
—¿De verdad? Puede que sea más arriesgado, ¿no? Puede que entren aquí buscando refugio.
—Para nada. —Empuja mi pene contra mi estómago y lame la parte inferior. Arriba y abajo, una y otra vez. —Me encanta tu sabor.
Al mismo tiempo que comienza a llover, una sensación de hormigueo se extiende por mi cuerpo. Son como pequeñas corrientes eléctricas que comienzan entre mis piernas y se extienden a mis muslos, pantorrillas y mi estómago. Voy a empujar mi polla contra su boca húmeda.
Parece que le gusta porque gime y la agarra con más fuerza aún. Sus movimientos son cada vez más decisivos, llevándome al límite. Suelto un grito justo en el momento que cae un rayo. Además, la lluvia cae tan fuerte que ya no puedo casi ni escuchar nuestros jadeos. La humedad parece haber creado una manta alrededor de la casa, el aire es espeso y siento cómo pequeñas gotas caen por nuestros brazos. Tiro de la cabeza de Raymond hacia mi entrepierna, forzándolo a introducir mi pene más adentro. Finalmente, se aleja de mí, se lame los labios y se pone de pie ágilmente, como si fuera un gato. Mientras tanto, yo me quedo sin aliento, aferrado a la pared. Si me suelto, me caigo al suelo.
Raymond se encuentra parado en la tenue luz, mirándome con la mezcla de saliva y jugos de mi pene en su boca. Si hubiera seguido, también tendría semen. Mi falo se siente frío sin su boca, pero sigue hinchado. Nunca me habían hecho una felación así, tan dura y sin compasión. Raymond no tiene límites.
—¿Tienes algún lubricante en la mochila? —Pregunta señalando con la cabeza mi mochila. —¿Llevas preservativos?
Como si fuera algo indispensable para ir a Chichén Itzá...
—No tenía planeado tener sexo aquí.
Raymond se ríe mientras comienza a quitarse la ropa, haciendo un estriptis privado.
—No pasa nada. Al menos uno de nosotros vino preparado.
—¿Sueles tener sexo con turistas?
—Todos los días, por eso sigo trabajando. —Rápidamente se quita la camiseta con el logotipo de su empresa, los zapatos y los pantalones. Se ríe, mostrando todos sus dientes. —Es broma. No suelo coquetear con turistas, pero me pareció que coqueteabas conmigo.
—Es posible. —Me acaricio el pene lentamente. Está mojado y duro. —Pero aún así has venido preparado.
—Estoy soltero. No me gustaría perder una oportunidad como esta. No tengo tres esposas como muchos piensan.
Se quita los calzoncillos y me encuentro frente a un hombre de unos treinta o cuarenta años de edad desnudo frente a mí. Su cuerpo parece esculpido. Sus hombros son anchos, al igual que lo que cuelga entre sus piernas. Bueno, realmente no le cuelga. Sus pesados testículos cuelgan un poco, pero su pene está estirado como el cuello de un gallo. Se pueden observar las venas claramente sobre su falo. Son lo suficientemente gruesas como para ver su color azul. Parece que van a explotar. No sé si su pene es demasiado grande para mí.
—Inclínate. —Raymond me lanza una mirada severa antes de agacharse y sacar un preservativo negro de sus pantalones. Indaga un poco más y saca un pequeño bote de lubricante, no más grande que su dedo índice. —Lubricante para viajes. Puedes llevarlo en el bolsillo.
La lluvia cae con más fuerza, lo que hace que me estremezca, a pesar de la humedad tropical que se siente en el aire. El agua de la lluvia comienza a correr por la puerta, goteando a través de los pequeños agujeros que hay en el techo.
—Date la vuelta, —me ordena Raymond mientras se coloca el preservativo. —¿Te importa que te folle por detrás?
—Para nada. —Mis palabras sonaron un poco desesperadas.
Me doy la vuelta con la cara contra la pared gris rojiza, apoyando una mano contra ella y rodeando mi pene con la otra. Muevo mi prepucio hacia adelante y hacia atrás y trato de no eyacular; necesito aguantar un poco más. Quiero sentir el líquido fluir a través de mi pene mientras Raymond me penetra.
—Allá voy. Abre las piernas.
Yo obedezco de buena gana.
—Eso es. —Empuja su pulgar entre mis nalgas y lo desliza dentro y fuera varias veces.
Maravilloso. Ha pasado mucho tiempo desde la última vez, así que es normal que mi esfínter se tense. Me tienen que penetrar muchas más veces seguidas para que se acabe acostumbrando totalmente, pero esta vez, el objetivo es que pueda penetrarme y correrse dentro de mí sin que sea algo doloroso. Además, su pene es grande y rebosa deseo y semen.
Su pulgar se desliza hacia afuera. Sus manos separan mis nalgas y siento algo suave y cálido presionando contra mi ano. Jadeo cuando la cabeza de su pene se desliza hacia adentro. Puedo sentir lo ancho que es y cómo me aprieta, pero no me duele.
Raymond extiende lentamente mis glúteos y usa sus caderas para penetrarme aún más. Parece que funciona. Se mueve hacia adelante y hacia atrás, con movimientos cada vez más profundos. Comienzo a tocarme rápidamente, lo que provoca que sienta el mismo placer que siento por detrás. Las sensaciones se mezclan dentro de mí.
—Está muy cerrado, —gime Raymond. —Hace tiempo que no tienes sexo, ¿no?
—Mmm.
—Aún así, parece que funciona. No es tu primera vez.
—Claro que no. No soy virgen.
—Eso me gusta, —dice, lamiéndome la mandíbula. —Yo tampoco lo soy.
Me muerdo el labio para evitar gritar. Estoy muy excitado. Su pene está dentro de mí y parece que ya no tiene problemas. Coloca sus dos manos alrededor de mi cuerpo contra la pared, como si la estuviera sosteniendo. Soy su prisionero, su esclavo sexual. Aunque quisiera, no puedo escaparme. Sus movimientos bruscos me hacen saltar contra la pared, presiona y empuja hasta que mi mejilla descansa contra la vieja y sucia pared.
Mi ano está caliente y húmedo, y su pene está ardiendo. Me penetra mientras ruge desde el fondo de su garganta, agarrando mi cabello. Se produce una mezcla de sudor, suciedad y fluidos. La lluvia golpea el techo. Escucho un trueno y aprovecho para gritar de placer, no puedo evitarlo. Raymond empuja con todas sus fuerzas dentro de mí, lo que me hace perder el control. El calor recorre todo mi cuerpo, pasando por las piernas, los dedos de los pies y las manos.
