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Ximena Germana es una adolescente uruguaya de 16 años que entrena surf con sus amigos en las playas de La Paloma y aspira a ser campeona de dicha disciplina. Un día, saliendo del mar después de un entrenamiento, encontró una pulsera de caracoles en la arena. La pulsera mágica transportaría en el tiempo a Ximena y a sus amigos surfistas a distintos lugares y circunstancias del pasado o futuro para que cambiasen los hechos pasados o fueran advertidos de problemas que sucederían si no realizaban cambios en el presente. También les mostraba algunos conocimientos del futuro que podían aplicar al presente para mejorar en sus campos de acción. Divertida y conmovedora, la novela de M. E. Gabanes Gili nos habla del entrenamiento de los campeones de surf, la amistad y las aventuras con viajes en el tiempo.
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Seitenzahl: 469
Veröffentlichungsjahr: 2022
Producción editorial: Tinta Libre Ediciones
Córdoba, Argentina
Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo
Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones. María Magdalena Gomez.
Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Gabanes Gili, María Eugenia
Surcando olas / María Eugenia Gabanes Gili. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2022.
380 p. ; 22 x 14 cm.
ISBN 978-987-817-074-9
1. Narrativa Argentina. 2. Novelas. 3. Novelas de Aventuras. I. Título.
CDD A863
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Hecho el depósito que marca la Ley 11.723
Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2022. Gabanes Gili, María Eugenia
© 2022. Tinta Libre Ediciones
A Dany y Valen.
A Mateo y Tiago.
A los amantes del surf y del mar.
Surcando olas
María Eugenia Gabanes Gili
Primera parte
Surf en La Paloma y viajes en el tiempo
Capítulo 1
La playa
Era un día ideal de verano para surfear. Ximena se dirigía a toda marcha bajo el rayo del sol para llegar cuanto antes a la playa. Con su bicicleta, pedaleo tras pedaleo, cruzaba el centro de La Paloma y se dirigía hacia el chiringuito de la playa para buscar su tabla de surf guardada. Había una especie de lockers para dejar las tablas de un día para el otro. Ximena era habitué de ese lugar. Estacionaba su tabla como si fuera un auto en un garaje. Apenas cruzaba las dunas que separaban la calle del mar, desembocaba en la casilla de surf.
Ahí la esperaba su amigo Rulo, un instructor de surf de la zona que daba clases a los turistas desde diciembre hasta fines de marzo.
Transpirada de la bicicleteada, se bajó a toda marcha como si tuviera que cumplir horario. Eran las 9 de la mañana, la hora del encuentro. Su amigo esperaba paciente en el chiringo de la playa. Ese día el cielo estaba celeste, sin nubes, con el sol radiante para comenzar una excelente jornada. El calor se sentía, ya empezaba a picar la piel. El reflejo de los rayos solares también comenzaba a molestar la vista. Pero la joven era precavida, tenía sus gafas de sol y se había puesto protector solar para enfrentar el día de playa.
Aún no estaban los bañeros, pues el horario de trabajo era de 10:30 a 18:30 h, pero las clases de surf comenzaban a las 8. La casilla de los bañeros se distinguía por ser de color rojiza, un cuadrado de madera arriba de una plataforma de troncos con el fondo de dunas y vegetación de playa. Entre el puesto de los bañeros y el de las clases de surf cruzaba un hilo de agua.
Ximena y Rulo se saludaron con un cálido beso y abrazo. Les gustaba surfear. Ella lo hacía desde que era niña. Había nacido en La Paloma, en la calle Botavara, frente al mar. ¿Qué otra cosa podía hacer para divertirse y pasarla bien en ese pueblo de playa? Desde niña sus padres la llevaban al mar a surfear las olas. Tenía una hermana mayor y una hermana menor. Era la del medio.
Ximena la del medio, así se presentaba. Era flaquita y alta, pelo castaño y rizado, ojos verdes.
Apenas se encontró con su amigo, agarró su tabla, se ató el leash en el tobillo derecho y se puso la tabla en la cabeza. Así caminaba hacia el mar. Había un poco de viento del este, intuía que el bañero pondría bandera verde en la playa. Las olas estaban mansas pero interesantes. Tenía un traje a las rodillas negro y naranja ajustado a su cuerpo hasta el cuello. Se recogía el cabello para que no se le enrede tanto. Era buena nadadora, practicaba crol, pecho, espalda y mariposa. Nadaba muy bien en el mar más allá de la rompiente de las olas. El nado en mar es más demandante que en la pileta. Hay que hacer más fuerza por el viento y la energía del océano.
Rulo había comenzado su jornada laboral a las 8. Acababa de dar una clase a un joven de Argentina, de Córdoba. Trabajaba junto con Pájaro, el otro instructor. También a veces les ayudaba Cata, que era la única instructora de surf mujer. Ella era profesora de educación física y se había instruido en Montevideo. Como era oriunda de la zona, manejaba el surf como la cuchara de la sopa, desde pequeñita.
Rulo y los demás instructores, siempre comenzaban sus clases con un calentamiento de pies, tobillos, caderas, piernas, torso y brazos. Les enseñaban en la cálida arena las posiciones que después llevarían arriba de la tabla en el oleaje.
Ximena hizo el choque los cinco con Rulo y se adentró en el océano. Era el Atlántico, cerca de Punta del Este, pero más al norte, a 200 km aproximadamente de Brasil. Ella lucía su apretado traje, que le habían regalado sus padres cuando cumplió los 16 años.
Las olas estaban calmas, con un poco de viento, como de costumbre en esa zona. Rulo tenía un traje negro de pies a cuello, el típico de los surfistas. Había dedicado y reservado el tiempo de 9 a 10 h para surfear con Ximena.
Eran amigos del barrio en el pueblo y pasaban horas en el mar. Surf y nado. Así era la vida. Rulo la estaba entrenando para el Campeonato Nacional de Surf que se daría en esa playa en febrero. Ximena estaba entre las mejores y favoritas y él le ponía fichas a la muchacha. Sabía que entrenando podía llegar a ganar la competencia.
Se adentraron en las olas, comenzaron a esperar el momento, agarrados cada uno de su tabla hasta que viniera la ondulación; ahí, a toda marcha, se paraban en la tabla con la mirada al frente. La velocidad era hermosa, avanzaban en la cresta de la ola.
En los momentos de tranquilidad entre ola y ola se hacían chistes, comentaban las cosas del día anterior y miraban las gaviotas sobrevolar la costa y posarse en la arena.
Siempre tenían al chiringo de los bañeros y el de surf como puntos de referencias.
Ya eran casi las 10, hora de salir: Rulo tenía ya programada una clase con un niño turista de Argentina. Ximena había quedado en encontrarse con dos amigas a las 11. Eran también surfistas. Mientras Rulo salía del agua rumbo a su encuentro con el niño que debía entrenar, Ximena seguía en el mar. Lo haría hasta las 11, que vendrían sus amigas. Tenía tiempo, estaba de vacaciones y su familia se quedaría en La Paloma, pues ese año no había sido muy bueno en Uruguay y había que apechugarla. La situación no estaba para tirar manteca al techo. Su padre era heladero. Sí, tenía una heladería muy bien instalada en el centro. Sin embargo, con una temporada de pocos turistas se hacía muy difícil mantener el negocio con números positivos, sumado al hecho de que la heladería cerraba en marzo para reabrir en noviembre. Entonces, de marzo a diciembre trabajaba de profesor de Educación Física en la escuela pública del lugar. Era un padre recto pero moderno, le ayudaba a la madre de Ximena con todos los quehaceres domésticos. Lavar platos, poner la mesa, hacer algún asado, tender las camas; en fin, al igual que todos en la familia, ayudaban con las tareas del hogar.
Lola, la mayor, tenía 19 años, una larga cabellera morena y ojos verdes al igual que Ximena. Lola estaba estudiando Odontología en la Universidad de Montevideo. Era buena alumna, siempre traía buenas notas y nunca se había llevado ninguna materia.
Zoe, la menor, era la más bonita, con cabellos ondulados castaños con destellos de oro. El pelo siempre le brillaba mucho, principalmente en verano cuando quedaba expuesta a los rayos de sol en la playa. Sus ojos eran verdes también como el color del mar caribeño. Zoe era buena deportista, hacía gimnasia rítmica en el polideportivo y la familia había asistido a varias presentaciones durante el año.
Ximena, la del medio, también era buena para los deportes. Eso lo habían heredado de su padre, Cristóbal, un hábil deportista y surfista de la zona. Su madre, Lena, era descendiente de austríacos que en el pasado habían inmigrado a América, llegado a las costas uruguayas y establecido allí. Lena era corpulenta, alta, delgada, con melena castaña tirando a rubia y ojos azules como el cielo. Tenía pecas en su cara y piel muy blanca. Era instructora de pilates y yoga, tenía un amplio salón donde daba las clases, más que nada durante el invierno. En verano a veces solía dar clases en la playa a turistas que necesitaban hacer ejercicio y buscaban una conexión con su cuerpo.
Las vecinas de Lena siempre le decían:
—Lena, con esas hijas tan hermosas, ¿por qué no las llevas a modelar a Punta del Este? Hay varias escuelas de modelos allí. Podrían ser muy famosas y ganar mucho dinerillo.
Pero Lena prefería que sus hijas estudien alguna otra carrera, aunque siempre dejó que elijan por ellas mismas.
Ximena, la del medio, yacía calma en la mar prendida de su tabla amarilla. Ese era su color favorito. La había elegido de la tienda del centro donde vendían accesorios para el mar. Era perfecta para ella. El tamaño justo. Ximena la compartía a veces con su hermana mayor, aunque era celosa de sus cosas y a veces le costaba compartir con sus hermanas lo que consideraba de su propiedad.
El día estaba tan apacible, soleado y caluroso que no daban ganas de salir del mar. Pero, por la posición del sol en el cielo, intuía que ya eran las 11 h y debía salir para buscar a sus amigas en el chiringo de surf. A lo lejos las vio que llegaban y se instalaban cerca de la bajada de la calle, paso obligado de muchos visitantes. Tenían una sombrilla azul resistente al viento, pues la anterior se les había roto el primer día de verano ese año. El viento era habitual y había que adquirir parasoles fuertes y de calidad para que pudieran sobrevivir a la tempestad de algunos días.
Fue saliendo del mar con paso lento tratando de dejarse llevar por las olas a la arena mojada de la orilla. Con su tabla bajo el brazo iba asomando su cuerpo esbelto. Su mirada se dirigía a donde estaban sus amigas y extendió el brazo para saludarlas. Camila y Emilia la saludaron. Ya estaban sentadas sobre sus tablas y con la sombrilla azul abierta, para resistir el viento de la costa. Habían bajado a la playa con sus trajes de surf, pero primero querían hablar un rato, ver qué onda había en la playa; luego irían a surfear, posiblemente con el grupo de amigos que en un rato irían a la playa también. Eran amigos del secundario del colegio de La Paloma. Aparte se conocían del barrio, pues casi todos vivían muy cerca.
Ximena fue saliendo y recordando el día anterior, en el que un agua viva la había rozado en la pierna dejándole una marca roja como de quemadura de sol aún visible, pues duraban varios días. Ya estaba acostumbrada, por eso siempre tenía vinagre en la mochila para ponerse en caso de esas picaduras. Lo había aprendido de niña una vez que fue con su familia a Punta del Diablo, aquel balneario más al norte donde las aguas vivas pululaban en el mar y la arena. Aquella vez un filamento se le había enganchado en la pierna, haciendo como un lazo, y eso le dejó un hilo rojo en la piel con ardor y dolor. Sus padres le pusieron hielo y avisaron al bañero pues Ximena lloraba sin parar del dolor, pero no había mucho para hacer más que poner la pierna picada en el agua de mar. Allí aprendieron que el vinagre o limón ayudan a aliviar la picazón y el ardor producidos.
Las aguas vivas no eran tan frecuentes en La Paloma, pero cuando había mucho viento eran arrastradas desde el mar hacia la playa y ahí quedaban en el agua, listas para rozar a algún turista o surfista. También quedaban varadas en la arena mojada, una trampa para los niñitos que caminaban por la arena o alguien que no viera bien ni se diera cuenta de que había gelatinas transparentes en la playa. Eran redondas como un paraguas y en sus bordes colgaban hilitos, se expandían y contraían, eran transparentes con un leve color rosado tipo tentáculos de calamares.
Luchando con las olas y estando atenta al suelo para no pisar aguas vivas, todavía visibles desde el día anterior, detectó, en una aglomeración de mejillones y caracoles acumulados por las olas y el viento, una forma no aleatoria: caracoles cortados dispuestos uno al lado del otro que formaban una lombriz, como si fueran los anillos de uno de esos bichos. Su vista se fijó con más detalle y se aproximó. Sí, eso era algo tallado por la mano humana. Se agachó y en cuclillas extrajo el objeto de entre mejillones, restos de conchas marinas, arena y piedras que allí yacían.
Capítulo 2
La noche
Era una pulsera, hecha de caracoles. Estaba construida con círculos de caracoles agujereados al medio por donde pasaba la tanza. Cada tanto, bolitas doradas se insertaban entre las bolitas de caracoles. Era de color crudo, beige y marrón. Prendían de ella 6 caracoles chatos. Tenía una cadenita plateada con su broche para prenderla. Podría haber pertenecido a una mujer o a un hombre. Había sido rota la cadena en el enganche con los caparazones. De ahí que a alguien se le cayó. Y fue a atascarse en la aglomeración de restos marinos sobre la húmeda arena a la orilla de la playa.
«Bonita pulsera», pensó Ximena. Era misión imposible encontrar a su dueño: con tanta gente y un mar inmenso por delante, ¿cómo saber quién la perdió? Además, por el tono de la pulsera, parecía que hacía más de un día que estaba en la arena.
Apenas se encontró con sus dos amigas, les mostró lo que encontró en la arena.
—¡Qué porquería! —exclamó Camila.
—Está vieja —acotó Emilia.
—Sí, pero los caracoles están sanos, solo están un poco desgastadas las bolitas doradas por la sal del mar —dijo Ximena.
—Póntela de tobillera. Abajo, en los pies, no se verá tan mal —ordenó Camila.
—Está rota —respondió Ximena—. La llevaré a casa y le pondré un pedazo de tanza transparente en la parte que ata. De todos modos, dudo usarla. Me da un poco de cosita usar algo ajeno. Aparte tampoco está tan buena.
Camila estaba indispuesta ese día, con un humor un tanto exasperado. El movimiento hormonal del periodo la descolocaba un poco. Se ponía histérica por cualquier cosa, impaciente, y a veces se deprimía y lloraba. Pero después de uno o dos días se le pasaba y volvía a la normalidad. Su temperamento se restablecía, volvía a ser armoniosa y tener control de las situaciones que experimentaba. Su periodo era de seis días y solía tener este desequilibrio desde dos días antes hasta dos días después de que le venga la regla.
Cuando estaba en esos días femeninos prefería no ir a la playa, pero, dada la insistencia de sus amigas por practicar surf para el campeonato, aceptó sin oponerse demasiado. Era buena amiga, bancaba a Ximena y Emilia que se pasaban el día entrenando en el mar. Hay que esforzarse para ser campeona y además tener gente cercana que te banque, desde los padres y hermanos hasta los amigos.
Emilia era la más picarona y chistosa del grupo. Le gustaba hacer chistes y era muy divertida. Siempre tenía alguna ocurrencia o anécdota para contar. Un largo cabello negro, lacio y sedoso le cubría la cabeza. Sus ojos eran negros también, profundos como el mar. Era delgada: ¡cómo podía ser de otra manera con todo el deporte que practicaba siempre! Emilia hacía hockey y había desarrollado las típicas piernas de ese deporte. Era uno de los tantos deportes que se podían practicar en el polideportivo. Camila hacía fútbol, se había formado un pequeño equipo el año anterior y ella era defensora en el área de juego. El equipo se llamaba Las Caracolas de La Paloma. Habían diseñado una camiseta amarilla con naranja y pantalón verde flúor. Llamaban la atención. Siempre. Aparte, venían de una temporada de buena racha ganando a contrincantes de Piriápolis, Canelones, Chuy, Punta del Este y Montevideo. Con las únicas que perdieron fue con el equipo femenino de Colonia. Claro, era un equipo muy fuerte, con experiencia de varios años y muchísimo más entrenamiento. De ahí salieron varias figuras para formar parte del Campeonato Nacional de Fútbol Femenino Uruguayo.
Ese día continuó apacible bajo la brisa del mar que volaba la arena cual desierto. Más tarde, llegaron otros amigos y amigas que se fueron sumando al espacio donde estaban las tres con todos los bártulos playeros. Bicicletas, sombrillas, reposeras, toallas, pelotas, paletas de tenis, anteojos, mates, termos, sándwiches, facturas, galletas de miel y alfajores de maicena. Tenían todo lo necesario para pasar un día espléndido. Y así fue. Risas, murmullos, chistes, cantos y guitarreada. Se quedaron hasta el atardecer, para ver el ocaso del día. El astro rey se ocultaba sigiloso atrás del mar, en la fina línea que lo divide del cielo. Era bellísimo ver esos últimos rayos de luz esconderse en la inmensidad. El cielo se teñía de anaranjado y poco a poco su color cedía a un celeste-azul profundo. Comenzaron a verse las estrellas y la luna creciente. Era hora de volver a sus casas. Ximena, la del medio, saludó a sus amigos y se subió a la bicicleta con su mochila. La tabla de surf la dejaba como siempre estacionada en el chiringo de surf, donde su amigo Rulo era uno de los instructores.
Pedaleó y pedaleó sobre la calle Botavara y llegó a su cálido hogar, donde toda la familia ya estaba adentro bañándose y sacándose la arena del mar: Lena preparando la comida con Lola y Cristóbal terminando su rutina de ejercicios. La heladería quedaba a cargo de dos empleados temporales que Cristóbal había contratado para alivianar las horas de trabajo durante el verano. De todos modos, él trabajaba 8 horas diarias. Hacían los helados más ricos de La Paloma. La receta era italiana, de los abuelos de Cristóbal. Había sido transmitida de generación en generación. Un secreto de familia. Su abuelo Nildo había tenido heladería y fue él la persona que probó diferentes recetas e innovó, las adaptó a su gusto y al de sus clientes. En la nueva heladería de Cristóbal seguían innovando con gustos: helado de pomelo, de lavanda con miel o helado de crema con chips de chocolate. Helados de papaya, mango y kiwi habían sido introducidos recientemente. Pero el resto de los sabores más tradicionales databan de la época de Nildo. Por aquel entonces los abuelos Nildo y Silvia trabajaban ambos en la elaboración de los helados artesanales. A Silvia le encantaba cocinar y hacer postres, como el sambayón, por eso el helado de sambayón era la especialidad de la casa. ¡Qué rico era! No había otro igual. En invierno, la heladería se convertía en una cantina para comprar comida hecha, todo cocinado por ellos. También en verano vendían comida, pero el fuerte eran los helados. Era la única heladería de la zona. ¡Qué épocas aquellas! Ahora Cristóbal, su nieto, se enfrentaba a competencia, por eso la necesidad de innovar en los gustos y servicios a sus clientes.
Después de una ducha reparadora y de sacarse la arena de todo su cuerpo y cabello, Ximena se sentaba a cenar con su familia. Lola junto a Lena cocinaron rabas con ensalada. A los tubos de calamares para hacer las rabas los habían comprado en el puerto de La Paloma. Una vez a la semana iban allí para conseguir pescado fresco. “La pesca del día”: así respondía Lena cuando sus hijas le preguntaban qué había de comer.
Las rabas estaban riquísimas. Lola había cortado limón para ponerles. La ensalada era de lechuga, tomate y semillas de lino y sésamo. Las semillas de lino eran buenas. Una cucharada diaria era más que suficiente para mantener al organismo en correcto funcionamiento. Se comía sano, no había tanta comida chatarra en el pueblo. Hamburgueserías de las famosas no había ninguna. La alimentación se basaba mucho en pescados, verduras, frutas y legumbres. También la carne era buena. La vacuna era excelente, tierna, y los huevos bien de campo con la yema tan amarilla que ya era naranja. Las gallinas ponían huevos en los campos uruguayos y estaban alimentadas con maíz, nada de alimentos balanceados grasosos. Su dieta era natural y no eran de criaderos, eran de puro campo y pampa.
Después de la cena, Ximena ayudó a levantar la mesa mientras Zoe lavaba los platos. Una vez que la mesa estuvo despejada, sacó de su mochila la pulsera encontrada. Lola tenía tanza transparente, una que era elastizada, y con eso Ximena se puso tranquila a reparar la pulsera. Tenía paciencia: cualquier otra persona hubiese tirado de nuevo la pulsera al mar cuando la hubiera visto rota. Eso le hacía recordar cuando era niña y armaba collarcitos y pulseritas con perlitas y bolitas de colores. Después de un rato de luchar con la tanza, pudo enganchar los caracoles a la cadenita de metal que la prendía.
—Ya está —dijo Ximena una vez que terminó el arreglo—. Mira, mamá, lo que encontré hoy en la arena de la playa.
—¡Oh! ¡Qué linda! Solamente está un poco gastada.
—La usaré de tobillera, así no se ve tanto que está baqueteada.
—Bien. Tienes una nueva también, la que te regaló la tía Isabel.
—Ah, sí, esa me gusta mucho. Mañana me la pondré junto a esta. Quiero tener tres en el tobillo derecho y una en el izquierdo. Le pediré una a Lola y otra a Zoe.
—Mañana te traigo una, si es que te gustan tanto —interrumpió Cristóbal—. Pasaré por la feria de artesanos.
—¡Perfecto! Tráeme una tejida de colores azul, verde y amarillo.
—Sí, hija, les traeré una a cada una.
Después de un rato en la cocina, Ximena se fue a su dormitorio. Se probó la pulsera en su tobillo derecho y se pintó las uñas de la mano y de los pies de color amarillo. Era coqueta y presumida. Pero, a la vez, natural y fresca. Cuando se secó la pintura de sus uñas, se acostó con un libro en sus manos. Era una historia de amor. Le gustaba leer romance. Dormía junto a sus hermanas. El cuarto era pequeño, había dos camas sobre los laterales y una cucheta desplazada desde donde terminaba la cama de abajo. El placar estaba debajo de la cucheta y la ventana de la habitación estaba encima de una de las camas. Ximena dormía en la cucheta de arriba. Era ágil para subir. Zoe dormía en la litera de la ventana y Lola tenía la cama contra la pared, que tenía la puerta de ingreso. Poseían una sola mesita de luz de madera que hacía juego con los muebles del dormitorio. Ya subida a la cucheta, Ximena leía su libro de verano. Sus hermanas también leían, pero tenían gustos diferentes: a Zoe le gustaban las novelas policiales y Lola se enganchaba con los libros de autoayuda. Le gustaba conocerse más a sí misma, sus emociones y sentimientos.
A las 23:30 h Zoe pidió apagar la luz a sus hermanas y dormir. La luz se apagó; solo entraba la claridad de la luna y del alumbrado público de la calle. Estaban las tres cansadas, había sido un día caluroso y de pura playa.
Ximena tiró el libro desde la cucheta a la mesita de luz, pero el mismo cayó al suelo. No tenía buena puntería. Cerró sus ojos, relajó sus músculos y quedó dormida a pata tendida.
Capítulo 3
¿Un sueño?
La noche pasaba estrellada, con algo de viento, silenciosa. La familia dormía tranquila. De repente, Ximena se sintió un poco desconcertada, como si estuviese yendo a alguna parte. Una sensación de meterse adentro de algo. Abrió bien sus ojos y se encontró parada en una habitación de su casa. Era su casa, pero la habitación esa no existía en su casa; nunca la había visto antes, pero sabía que estaba en su hogar. El cuarto tenía cuadros y adornos en las paredes, alguna mesita, pero no mucho más. De pronto sintió un ruidito: tic, tic, tic, tic… tic, tic… Era como el ruido de lo que la había transportado. «Es un sueño», pensó, pero todo era tan real que no podía ser un sueño. Comenzó a moverse por el recinto. Estaba sola y algo hacía ese tic, tic. La habitación era cuadrada y grande. La recorrió, observó y vio una puerta. Se dirigió a ella, la abrió y salió al jardín de su casa. Se dio vuelta y pudo observar la fachada, vista desde el patio trasero. Se alejó más para poder tener perspectiva. Sí, esa era su casa, pero convertida en una especie de edificio: tenía más pisos hacia arriba con ventanas. Dirigió su mirada a los costados y para su sorpresa, estaba realmente en su vecindario. Pero había algo raro: todo estaba más edificado y con aspecto más moderno, más futurístico. Se alejó un poco más y observó que su patio, el fondo, desembocaba en una plaza. Fue hacia allí y bajó tres escalones; la plaza tenía construidos con piedra los laterales, Ximena se paró en el medio y vio pasar a dos mujeres. Estaban vestidas muy raras, no era una vestimenta que ella estuviera acostumbrada a observar en La Paloma. Parecían trajes del futuro, muy pegados al cuerpo. Las mujeres pasaron hablando entre ellas y, cuando se cruzaron, miraron a Ximena con ojos de asombro cual pez fuera del agua. La vieron rara, por supuesto. Ella se miró de arriba abajo como para ver qué aspecto lucía. Y claro, estaba con un camisón y las pantuflas de cama. ¡Cómo no se dio cuenta antes! ¡Qué vergüenza, en camisón en el centro de una plaza! Pero ¿cómo había llegado hasta allí? No entendía. ¿Estaría sonámbula transitando el barrio? No, no podía ser: el barrio era ese, pero con un aspecto más moderno y más poblado, como si se hubiese convertido en una ciudad. Estaba desorientada, miraba todo, girando en 360 grados, no sabía qué hacer ni qué estaba pasando. Se miró las manos y las tocó, se sentían como siempre, ella estaba ahí, no era un sueño. Pasaron otras personas, hombres, niños y ella seguía en el medio. La miraban como sapo de otro pozo, pero nadie decía nada. Tomó coraje, se acercó a unas mujeres y les preguntó qué lugar era ese. No respondieron nada pues no entendieron a Ximena. Pasó otro hombre y ella le consultó lo mismo. El caballero hizo una seña, pero no emitió palabra. Entonces siguió avanzando por la plaza, tratando de salir de la misma hasta que se topó con una calle. Parado en una esquina estaba un hombre de uniforme. Era extraño, parecía un policía o un cuidador. Debía estar trabajando. Era como un zorro gris en la calle dirigiendo el tránsito. Pero allí no pasaban autos. El hombre estaba parado solo.
Ximena traspiraba: estaba nerviosa, en camisón y pantuflas, no entendía en qué lugar estaba ni en qué momento se encontraba. El tiempo estaba perdido. Había olvidado la noción del tiempo. Parecía de día porque todo estaba muy iluminado, pero bien podría haber sido de noche con iluminación artificial. Era extraño, no podía darse cuenta si era de día o noche en aquel lugar.
Tomó coraje y decidió preguntar a aquel hombre dónde estaba.
—Disculpe, ¿me puede decir cómo se llama esta ciudad?
—La Paloma —respondió el hombre.
—¿Y en qué año estamos?
El caballero la miró sorprendido de aquella ridícula pregunta. Le respondió algo que ella no entendió.
—¿En qué año me dijo?
El hombre volvió a responder, pero Ximena no comprendió, hasta que algo más pronunció y dijo:
—Estamos en el año 4040.
—Gracias —respondió ella. Al menos ya empezaba a entender un poco más. Volvió a escuchar un tic, tic, tic, tic, tic, tic, pero no sabía de dónde venía. Ximena, con mucha cara de muy perdida, le volvió a decir:
—No sé cómo he llegado hasta aquí. Yo estaba durmiendo en mi casa y desperté en este lugar.
—Señorita, vuelva a su hogar. Está un poco trastornada.
—¿Cómo vuelvo?
—Compre un pasaje de regreso. Puede ir a las pantallas centrales y hacer la transacción.
—¿Las pantallas centrales? ¿Dónde están?
—Allá —el hombre señaló con el dedo apuntando al final de la calle— están las oficinas de turismo galáctico y temporal. Compre un pasaje para viajar a su casa y a su tiempo.
Ximena se dirigió a toda prisa y recorrió casi 200 metros hasta llegar a otra especie de plaza o esplanada al aire libre, donde en el centro había pantallas gigantes. Cuando estuvo casi al frente, observó. Una mujer con una niña de la mano se paró adelante de la pantalla.
Tocando con los dedos partes del visualizador, seleccionó “Río de Janeiro”. Y así como llegó se fue. Tomó coraje Ximena y se aproximó al monitor. Muchas luces se desprendían de él. Contempló el vidrio que tenía ante sí. ¿Cómo se usaba esa máquina? No quedaba claro. Se le ocurrió tocar el visor con el dedo, como había visto hacer a la mujer anterior. Apenas tocó la pantalla, una imagen de su cara con nombre, apellido y documento apareció visualizada. Ximena Germana, ese era su nombre completo. Súbitamente recordó cuando en su pueblo sus compañeros de curso la cargaban diciendo “Germana, mi hermana”: era una rima que le solían decir en la escuela. Volvió de su recuerdo a la pantalla. Otra ventana se abría pidiendo marcar el destino de viaje. El idioma era español, «por suerte», pensó ella. Apretando el destino se desplegaba un listado enorme de opciones. Comenzaba con Tierra, Marte, Luna, Venus. Apretó “Tierra” y el menú mostraba una lista de países. Podía reconocerlos, muchos de ellos tenían el mismo nombre que ella conocía. Buscó “Uruguay”, lo encontró y en el siguiente listado pudo ver “La Paloma”. Su dedo se abalanzó a esa opción. Ni bien la presionó, apareció el año. A qué año quería viajar. Esto la desconcertó. No estaba acostumbrada a viajar de esa forma. Encontró “2020” en el listado y lo seleccionó. Ese era el año terrestre en el que estaba y la noche del 10 de febrero había sido cuando, al dormirse, apareció en ese raro lugar. Después de eso debía seleccionar el día y hora y se le ocurrió elegir el mismo día, 10 de febrero, a las 21 h, que era aproximadamente cuando ya estaba en su casa, con su familia, de regreso del día de playa y la cena estaba por servirse. Al escoger esa fecha y horario, una voz de la máquina le decía: “Hora no posible. Debe estar a 5 metros sola a la redonda. No se puede aparecer con personas a menos de cinco metros de cercanía”.
Claro, a esa hora la familia estaba adentro de la casa y la distancia entre Ximena y los integrantes de su casa era menor a cinco metros. Parecía que ese era el radio de distancia necesario para transportarse al pasado y aparecer de regreso en su casa. Pensó un poco más; quizás si ponía las 20:20 h andaría bien, pues ya a esa hora el sol se había puesto en la playa y ella ya estaba marchando en bicicleta hacia su casa. Probó esa hora y la máquina le confirmó: “Operación realizada con éxito”. «Perfecto», pensó Ximena. «Ahora, ¿cómo embarco?». Miró a su alrededor a ver si había más personas allí, pero estaba sola. Decidió dirigirse de nuevo a ese hombre que le había indicado comprar el pasaje. Tal vez la podía asesorar. Se volvió varios metros. El hombre permanecía parado atento a su alrededor en la misma esquina. Ximena le sonrió y le dijo:
—Ya compré el pasaje a La Paloma, año 2020. Ahora, ¿qué debo hacer para viajar?
—Bien, ¿la máquina le confirmó la operación?
—Sí, exacto.
—Debe dirigirse a la estación de teletransportes, queda a 10 minutos en nave.
—Oh, ¿en nave? ¿Y dónde tomo una que me lleve hasta allí?
—En la misma plaza donde compró el pasaje, hay muchas estacionadas. Puede tomar cualquiera y le indica que su destino es la estación de teletransportes de La Paloma. La nave la llevará directo. Una vez que llegue, la puede dejar allí.
—Esas naves, ¿son los transportes públicos del lugar?
—Exacto. Hay numerosas y disponibles para todos lados, para ir a donde quiera. Son naves construidas para los ciudadanos terrícolas.
—¿Sabe cuánto tiempo tendré de viaje de regreso al 2020?
—Bueno, nunca he ido a ese tiempo, pero es bastante cercano. No creo que le lleve demasiado, quizás segundos o minutos.
—Bien. ¿Cómo puedo volver aquí?
—De la misma forma en que vino.
—Es que no sé cómo he llegado hasta aquí.
—Ha llegado con la pulsera de caracoles que tiene en su tobillo. Es una abridora de espacio-tiempo. Debe haber estado programada.
Capítulo 4
La estación de teletransportes
Ximena estaba muy confundida, no entendía qué hacía allí. Aquel hombre le explicó que viajó al futuro por la pulsera que ella había encontrado en la playa de La Paloma, pero la verdad es que eso era un disparate. Realmente no entendía cómo había llegado a ese lugar. Ahora debía apurarse a volver a la plaza y tomar una de esas naves. No veía la hora de regresar a su hogar, en su tiempo. Fue caminando muy de prisa hasta la plaza donde había adquirido el pasaje. Ahí observó todas las naves estacionadas, listas para ser usadas. No había gente, nadie. Entonces se arrimó a uno de esos vehículos que lucían muy brillantes, se paró al frente de la puerta de costado y esta se abrió sin ofrecer resistencia. Entró a la nave. Solo debía sentarse: no había nadie que la condujera, pero una voz le preguntó a dónde se dirigía.
—Estación de teletransportes —se limitó a decir Ximena. En cuanto terminó de hablar, la puerta se cerró y un ruido comenzó a zumbar en el aire mientras ella veía cómo se elevaba del piso y comenzaba a circular por el cielo.
Ximena viajaba sentada en una de las butacas disponibles y no necesitaba cinturón de seguridad. Había alguna fuerza allí que la mantenía sujeta al asiento. Pasaron un par de minutos y un monumental edificio apareció a la vista. Era una construcción circular plateada. La nave descendió y estacionó al frente de la estación de teletransportes. Una voz indicaba que el destino estaba alcanzado y la puerta se abrió sola, permitiendo a Ximena descender.
Bajó rápido y se dirigió a la entrada principal del edificio. Ingresó al mismo y la modernidad era increíble. Había robots por todos lados, que limpiaban y vigilaban, además de vehículos que andaban solos sin conductor. Por los nervios que tenía sintió muchas ganas de ir al baño; ya no aguantaba más, estaba a punto de hacerse pis encima. «Debo encontrar ya un toilette de damas», pensó Ximena mientras aceleraba el paso y su cabeza giraba para todos lados para encontrar el aseo. Todo era muy raro en esa estación de teletransportes. Había muchas casillas individuales con puertas por todos lados. Habría más de mil puertas todas pegadas, unas al lado de otras. Se le ocurrió acercarse a un robot y consultarle.
—Disculpe, necesito ir a un toilette. ¿Me podría indicar dónde hay uno?
El robot, apenas escuchó la voz de la dama, se frenó, dejó caer una maleta al piso y respondió:
—Buenas tardes, señorita. Sí, debe ir a la puerta 255X. Unos 56 pasos adelante. Allí encontrará los baños.
—¡Muchas gracias! —expresó Ximena quien se dirigió a toda velocidad hacia esa entrada. Estaba por la puerta 132X, así que siguió adelante. Esos pasos fueron eternos, sentía que se hacía encima. Ya no podía aguantar más. Con muchos nervios y tensión llegó a dicha puerta. La abrió sin pensar y una sala enorme se abrió ante sus ojos. Adentro, había de nuevo cientos de puertas. Ya no dudó, se metió en la primera que encontró. La puerta cedió y ella entró a un cuarto sin inodoro. «¿Y el inodoro? ¿Dónde está? ¿Dónde hago pis?», pensó.
En el segundo que la puerta se cerró, sintió un viento huracanado y quedó desnuda sin el camisón ni las chinelas. Una ráfaga como de lluvia la invadió. Ahí se meó encima del miedo y desesperación que sintió. Un minuto después, otra ráfaga de viento le devolvió la ropa y calzado que tenía puesto. Se vio su cuerpo: ya estaba cambiada de nuevo y limpia. «Bueno, estos deben ser los baños del futuro, menos mal que estoy vestida otra vez. No soy quisquillosa con la ropa: me visto para no salir desnuda, pero esto es demasiado. Estar en una terminal de transportes en camisón ya es demasiado y por poco no he quedado sin ropa».
Salió del baño apenas pudo y dirigiéndose al centro de la estación, divisó a lo lejos una mujer con una niña. Iban vestidas con trajes muy ajustados al cuerpo. Sentía estar en una película de ciencia ficción. La mujer llevaba de la mano a la niña, quien parecía su hija. Iban aceleradas como si estuviesen a punto de perder un vuelo. «No, a estas mujeres no les puedo preguntar nada, van con mucha prisa. Más vale busco algún robot policía o vigilante. Alguien tiene que poder indicarme cuál es la puerta para abordar la máquina del tiempo que me llevará de regreso». Ni bien pensó eso, vio a lo lejos que un robot se le acercaba. Con voz metálica, le dijo:
—Buen día, señorita. ¿Cuál es su número de máquina?
—No sabría responderle agente. Saqué el pasaje para volver a La Paloma en el año 2020.
—¿Oh, pero en qué mes? En el 2020 hubo un virus muy salvaje en la Tierra que se difundió por todo el planeta y mató a miles de personas indefensas.
Ximena lo miró con cara de asombro: ¿de qué virus hablaba este robot? Hasta donde ella pudo vivir en Uruguay, la noche del 10 de febrero, a Uruguay no había llegado ningún virus. «Debe estar equivocado este robot» pensó.
—No, no hay virus letales esparciéndose por la Tierra en el año 2020— dijo segura Ximena.
—Oh, sí, señorita. Escuche este poema escrito por una escritora de Instagram de esa época, llamado Cuarentena. Lo tengo en mis archivos de memoria de ese año:
“Cuando termine la cuarentenavoy a hacer una fiestay tiraré la casa por la ventana.
Ya estoy harta de este virus.¿Cuándo podremos estar todos juntos como antes?
Extraño juntarme con amigos,practicar yoga en el gimnasioy tomar mate de la misma bombilla.
Salir en bicicleta con barbijo no te deja respirar bien. Ni que hablar de los 4 km corriendo.
Cuando termine la cuarentenacorreré hacia tus brazosy te besaré tan fuerte como nunca antes.
Extraño el cine, los recitales,el teatro y las ferias de chucherías.Los deportes y partidos en la cancha.
Cuando termine la cuarentenaseré un sobreviviente de esta guerra invisible.
Cuando termine la cuarentenade veras quiero una fiesta,para tirar la casa por la ventana”.
—No entiendo qué es todo eso de la cuarentena. Hasta la noche que yo pasé con mi familia en Uruguay estaba todo normal, no había virus aún. Usted debe estar equivocado.
—No, no, los robots no nos equivocamos. Tenemos una gran memoria con base de datos y registros de todo lo acontecido en la historia. ¿Quiere un ejemplo? Le puedo decir exactamente lo que su madre le manifestó sobre las cosas de la vida el día que usted no quería ir a entrenar surf:
“Cuando la vida te dé una piola, salta.Cuando te dé una bicicleta, anda.Cuando te dé una pluma, escribe.Cuando te topes con un pincel, pinta.Cuando encuentres un libro, lee.Cuando la vida te dé una guitarra, toca.Cuando te dé voz, canta.Cuando te dé castañuelas, zapatea.Si te da una pelota, patea.La vida te tira cosas para que las tomes, aprendas, crezcas y veas lo que sucede.
Si me da limones, hago limonada.Si me da una computadora, programo.Si me da rollers, patino.Bailo de acuerdo con la música que percibo de la existencia.Si me da tierra, hago un paraíso.Si me da agua, nado.Si me da aire, respiro.Si me da fuego, aso cebollas.Si me da amor, amo.No importa lo que me dé, con lo que sea haré milagros.Entonces, si te tira una tabla sobre el mar, surfea”.
Esas palabras eran tal cual lo que su madre le había dicho. No había dudas de que el robot tenía almacenado todos los eventos de su vida. Lágrimas comenzaron a desprenderse de su rostro cuando escuchó esto. El recuerdo de su madre le oprimía el corazón. Quería volver a verla, regresar a su hogar, y estaba tan lejos y distante, perdida en el tiempo.
Con mucha emoción se secó sus lágrimas con las manos. El robot se puso triste: no había tenido la intención de que ella se pusiera mal, simplemente quería demostrarle que él poseía información verídica y real de lo que había acontecido en el año 2020 terrestre y solo quería advertirle sobre el coronavirus que surgió en aquella época.
—No se ponga triste, señorita. La voy a ayudar a regresar a su tiempo. Debe primero buscarse un traje de viaje.
—Gracias. Ayúdame, por favor, estoy muy perdida aquí. No sé cómo volver. ¿De dónde consigo una vestimenta nueva? No tengo dinero aquí para pagar nada.
—Los trajes son gratis para todo el mundo. Aquí, el dinero no existe como usted lo conoce. No hay dinero dando vueltas. El sistema económico monetario es muy diferente en este año.
—Bueno, ¿dónde consigo el traje entonces?
—Diríjase a la sala 1238B. Allí podrá seleccionar un atuendo especial para viajar y llevárselo puesto. Yo la acompaño así no se pierde.
Y el robot la dirigió a la sala de trajes donde Ximena quedó deslumbrada de la cantidad de ropa que había disponible, de todos los talles y colores.
Eligió bastante rápido uno que le parecía adecuado. Era de color negro con rayitas plateadas y muy ajustado al cuerpo. Se vistió con el mismo y se puso unas botas que había disponibles. Se calzó un par de anteojos o antiparras y salió lista para emprender el retorno a su hogar.
—Debe ahora ir a la sala de máquina del tiempo 345G. Entre y en un segundo estará de regreso en su hogar.
El robot la condujo hacia dicha sala. Cuando apareció la entrada con dicha numeración, Ximena apoyó el pulgar derecho y la puerta se abrió.
—Pase sin miedo —dijo el robot—. Estará en cuestión de segundos en su hogar de nuevo.
Y Ximena se adentró en la sala máquina del tiempo. Cerró la puerta y un viento feroz la inundó completa. Abrió sus ojos y ya estaba acostada en una cama. Se sentó y observó. Estaba en su cuarto de La Paloma con sus hermanas dormidas, ¡qué loco! Se apretó los ojos para abrirlos mejor y realmente estaba en su dormitorio de siempre, en camisón y con las pantuflas en el piso, al lado de la cama.
Capítulo 5
Regreso de Ximena
Muy confundida y transpirada, Ximena se incorporó de su cama. Fue rápido al baño, se lavó la cara, se miró al espejo y seguía siendo la de siempre. Todo estaba perfecto como antes de aquella ¿pesadilla? Se miró el tobillo y tenía puesta la pulsera de caracoles, la abridora del espacio tiempo, como le dijeron en el futuro.
El reloj marcaba las 7 de la mañana y el sol se colaba por la persiana que daba al este. Decidió quedarse levantada e ir a tomar un té con galletitas y mermelada. Necesitaba despejarse y pensar en lo sucedido. Los ruidos de sus pasos y movimientos de sillas y pava en la cocina despertaron a su madre Lena, que era bastante madrugadora. Lena fue hacia la cocina y allí la encontró con cara de preocupación.
—Buen día, hija. ¿Pasa algo, que te levantaste tan temprano hoy y tienes esa cara?
—Hola, mami, ¿cara de qué tengo? ¿De sueño?
—Bueno, no exactamente, se te ve abrumada. ¿Pasó algo?
—Mami, me siento rara. Anoche viajé al futuro.
—¿Qué? ¿Cómo es eso?
—Sí, estaba durmiendo como de costumbre en mi cama, habíamos apagado la luz con Zoe y Lola y, a mitad de la noche, me desperté. Pero estaba en esta casa, en el jardín, en otro año. No ahora.
—¡Qué cosas dices, Ximena! ¡Hasta dónde llega tu imaginación, hija!
—No, mami, no es imaginación, fue real. Estuve en el año 4040.
—Ximena, debe haber sido un sueño, una pesadilla. No existe viajar en el tiempo, no podemos hacer eso. Vivimos aquí y ahora en La Paloma, año 2020.
—Bueno, tal vez fue una pesadilla, quizás, pero fue muy real.
—Desayuna bien, debes recobrar energías. ¿Vas a surfear hoy con Rulo y tus amigas?
—No sé aún, estoy medio cansada. No pude dormir bien anoche. Pero seguro que voy a la playa un rato, allí tengo la tabla y veré si entreno o no.
El resto de la familia, sus hermanas Zoe y Lola y su padre Cristóbal, se despertaron y fueron a desayunar a la mesa del comedor. Allí, Ximena les contó un poco lo sucedido esa noche, pero todos estuvieron de acuerdo en que había sido una pesadilla.
Después de compartir la comida con su familia, se dirigió en bicicleta por la calle Botavara hacia el chiringo de surf donde tenía su amada tabla estacionada en la playa, a la espera de un baile en el mar.
El día estaba muy caluroso con un poco de viento y bandera amarilla en la playa. Estaba bueno para surfear y se metió de lleno al mar. Necesitaba desahogarse de aquel sueño. Y las olas que iban y venían la ayudaban a eliminar el estrés que había pasado. «¿Me estaré volviendo loca? ¿Cómo algo que sentí tan real puede haber sido un sueño?»: Ximena pensaba aún preocupada, pero el balanceo eterno del mar le trajo la calma que necesitaba. El mar era su cable a tierra. Era un juego, un placer, surfear. Y ahora tenía la meta del campeonato. Quería ganar, ser la número uno del surf. Pero para ello, sabía que debía entrenar duro todos los días, sin perder la meta. Hacer los entrenamientos que le indicaba Rulo y más aún; todo lo que pudiera continuar surfeando era genial. Debía estar en forma y tener un alto rendimiento.
Ese día surfeó toda la mañana sola mientras Rulo daba clases de surf a turistas. Al terminar, en la playa la esperaban sus amigas y amigos. Salió del mar y tiró la tabla en la playa. Hizo choque los cinco con todos sus amigos. Estaban Camila, Emilia, Rulo, Pájaro, Cata y Huevo. También su hermana Lola. La alegría y risas inundaban el aire en la playa. Estaban contentos, tomando sol, en sus esterillas, toallas y reposeras.
—¿Cómo ha ido el entrenamiento? —preguntó su amigo Huevo.
—Bien, las olas estaban espectaculares —respondió Ximena.
—Xime, cuéntales lo que te sucedió anoche, esa experiencia con la pulsera —dijo su hermana.
Y estando todos en círculo escuchando con atención, a Ximena no le quedó otra alternativa más que contar lo sucedido. El grupo quedó boquiabierto. Era muy extraño lo acontecido. ¿Viajar al futuro por una pulsera?
—Estás de la cabeza, Xime —dijo Rulo—. La competencia te tiene mal, estás agotada y estresada.
—No, no, Rulo. Es muy raro, pero para mí fue real. Algo tiene esa pulsera. Estuve en el año 4040 y encima me hablaron de un virus que azotaría al planeta Tierra en este año, 2020.
Las risas del grupo no se podían contener. Ximena estaba desvariando. Posiblemente el duro entrenamiento la había confundido al punto de perder la conciencia de las cosas.
—Debes descansar, Xime —le recomendó su entrenador y amigo Rulo.
—Sí, pero les juro que fue real, aunque parezca un sueño.
—Esta noche me pondré la pulsera de tobillera a ver si me sucede lo mismo—sentenció Rulo, quien estaba muy intrigado y quería probar si era verdad que la pulsera tenía la habilidad de transportar en el espacio y el tiempo.
Y la charla continuó toda la tarde en la playa entre mates y guitarreada. Huevo era el guitarrista del grupo, tocaba temas de onda y moda del verano y el resto de los chicos y chicas cantaban sentados en la arena. Al llegar el atardecer, cuando el sol se escondió, cada uno con sus mochilas y bicicletas regresó a su hogar después de un divertido día de playa. Rulo llegó a su casa con la pulsera puesta de tobillera.
Capítulo 6
Rulo y la pulsera. Buque de guerra Lord Clive
A las 21 h, Rulo ya estaba en su casa con su madre, Elvira. Ella lo esperaba todos los días: era su único hijo y su marido estaba de viaje de negocios en Estados Unidos. La casa de Rulo era muy bonita, con un amplio jardín adelante, plantas típicas de la zona, rosas chinas de varios colores y pinos. Un chalet de playa muy bien construido y conservado. Sus padres estaban muy bien desde el punto de vista económico y podían darse ciertos lujos y gustos, como viajar por varios países, ir de vacaciones a surfear a Hawái, ir al Caribe de buceo. Era una familia deportista. Elvira era surfista. Tenía un estilo de potencia femenina sobre la tabla. En sus años de apogeo, cuando era más joven, había sido campeona de surf en La Paloma. Fue ella quien luchó por incluir a las mujeres de Uruguay en las competencias de surf que antes eran exclusivas de los hombres. Su tesón, paciencia, valentía y osadía la convirtieron en una estrella del surf femenino que pasó a competir como surfista profesional en competencias nacionales e internacionales. Había ganado concursos profesionales dentro y fuera del país y obtenido tres títulos mundiales. Elvira era imparable en la tabla y a pesar de los años aún conservaba esa elegancia femenina y fuerza para deslizarse sobre las olas. Todos los días surfeaba, aunque sea un rato en algún momento del día. Se dedicaba a eso y le había ido muy bien. Su marido, también surfista, tenía en La Paloma una tienda de venta de tablas e insumos de surf.
Guido, el padre de Rulo, era amante del surf, al igual que Elvira. Juntos seguían entrenando en el mar. Rulo aprendió el arte de surfear gracias a sus padres que desde que era bebé lo llevaban a la playa y le enseñaban todas las técnicas. De más grande, él quiso dedicarse a entrenar surfistas para los campeonatos altamente competitivos.
Elvira ya tenía el pescado angelito sobre el plato de comida en la mesa servida. Rulo, que ya se había dado una ducha para sacarse la arena del cuerpo y cabeza, se sentó junto a su madre a cenar. Elvira le preguntó cómo había estado su día y él le contó lo que le había sucedido a Ximena con la pulsera. Elvira dio por sentado que había sido una pesadilla de la joven, quizá estresada por la presión de la competencia que sería la semana siguiente. Ximena era una de las favoritas de La Paloma, pero en esa competición próxima aspiraba a convertirse campeona nacional de surf.
El joven terminó de cenar y se dispuso en el sillón del living a ver televisión un rato, mientras chequeaba los mensajes en su celular. Formaba parte de varios grupos en WhatsApp, incluyendo grupos familiares, de amigos del secundario, de alumnos que entrenaba. Tenía puesta la pulsera de tobillera, como su amiga Ximena se la había colocado. Se estaba enamorando de ella, se llevaban muy bien y a Rulo le encantaba el espíritu aventurero y la fuerza para lograr sus objetivos que tenía la muchacha. Ximena era tan hermosa para él que a veces se moría de ganas de besarla, pero no se animaba. Y así, después de un rato de descanso viendo una de sus series preferidas, se fue a dormir a su habitación escuchando música con el celular. Se quedó dormido muy rápido dado el cansancio de todo el día de playa y sol. A mitad de noche se escuchó un tic, tic, tic, tic, y cuando Rulo abrió los ojos se encontró en el medio del mar, arriba de un buque en un atardecer. Había mucho ruido en el barco y se escondió atrás de un cañón que había en la popa. El viento levantaba el agua del mar y golpeaba contra la superficie del buque. Había muchos marineros corriendo de un lado a otro con armas y preparando cañones. Pero ¿qué era eso? Parecía una práctica o preparación para un ataque. Desde donde estaba oculto, pudo divisar a un hombre alto y robusto que los marineros llamaban capitán Robert Mac Namara. Debía ser sin dudas el capitán de la escuadra. Robert estaba planeando un ataque a los españoles en la costa uruguaya y hablaba a los marineros sobre la misión del buque Lord Clive y el ataque que se efectuaría al día siguiente, 6 de enero de 1763. Era la tarde del día 5 de enero en ese momento y el capitán anunciaba que el ataque sería al amanecer del día siguiente. Anclarían el buque de guerra al frente del Bastión Santa Rita. Con sus 500 tripulantes aventureros entre marineros y artilleros abrirían la contienda contra los españoles ubicados en la costa uruguaya de Colonia de Sacramento. Robert mencionaba las otras dos naves de apoyo, el Ambuscade y la fragata Gloria, que estarían involucradas en esa operación corsario de invasión anglo-portuguesa al Río de la Plata como parte de la Guerra de los Siete Años. El imperio portugués y Gran Bretaña querían tomar control de la Gobernación del Río de La Plata en manos de los españoles. Para la intervención del Río de la Plata, se apoyarían en Colonia. El plan era repartirse el territorio: la banda oriental a los portugueses y la banda occidental a los británicos. La compañía británica de las Indias Orientales aportó los buques. El Ambuscade se posicionaría frente al baluarte de San Pedro Alcántara y el Gloria frente al de San Miguel frente a las principales posiciones fortificadas de la plaza de Colonia. Atento estaba Rulo escuchando al capitán, tiritando de frío y miedo a esa altura del atardecer que estaba muy ventoso arriba del buque, cuando sintió un dedo que le presionó el hombro. Se quedó paralizado por un segundo e inmediatamente giró su cabeza para ver quién lo estaba llamando. Un susto enorme se llevó cuando unos ojos azules lo apuntaban con un fusil directo a la cabeza. Era un artillero británico. En el acto el artillero llamó al capitán quien, en medio de las órdenes que daba a su tripulación, se acercó e interrogó al joven:
—¿Quién eres, polizón? —preguntó el capitán con desprecio.
—Me llamo Rulo, soy de La Paloma, instructor de surf.
—Eres español. Ahora te has convertido en prisionero de guerra. —Y de este modo, el capitán pidió a su artillero que encadene al prisionero y lo lleve a la bodega del buque.
—Espere, hay un error —alcanzó a balbucear Rulo, pero de un tirón fue levantado del suelo y maniatado con las cadenas. Nadie continuó escuchándolo, pues el ruido en el buque era abrumador, sumado al soplido intenso del viento.
Capítulo 7
Día trágico
El marinero llamado Ossian empujó de mal modo a Rulo y lo arrastró por la cubierta del lado de babor del buque hasta que llegaron a las escaleras que comunicaban con la bodega. Rulo tuvo que bajar como pudo, tropezando con artillería, pólvora y municiones que rondaban por todos lados. El joven calculaba que habría como 60 cañones de hierro en aquel buque. Un escalofrío recorrió su cuerpo cuando un intenso olor a pólvora inundó el aire del casco hacia donde se adentraban. El ambiente estaba opresivo, oscuro, faltaba aire puro y Rulo comenzó a toser. El polvo y el olor le habían irritado las fosas nasales y la garganta. El rudo marinero inglés lo acarreaba tironeando de su vestimenta con una mano; con la otra sostenía una pequeña vela, que era lo único que iluminaba en aquel lugar. Llegaron a la bodega, y allí lo dejaron tirado al lado de un esclavo negro como si fuera un perro.
El muchacho uruguayo cayó de rodillas en el húmedo piso de la bodega, que quedó sin luz.
—Hola, me llamo Sirhan, soy de Burundi, África Negra Oriental.
—Hola, oh, de África. ¿Qué haces aquí, en este buque de guerra? ¿Eres prisionero?
—Pues no, soy un simple esclavo vendido a Lord Clive. Él es mi amo, pero me asignó a este buque para ayudar al capitán Robert Mac Namara con tareas de marinero. El dirigente africano de Burundi me vendió por dos cauris y fui llevado hacia la costa a embarcar en un barco inglés que luego me transportó hacia Gran Bretaña, donde serví a Lord Clive en su casa. Pero, cuando Robert me conoció, fui asignado por Lord Clive para servir en este buque.
—¿Te vendieron por dos cauris? ¿Qué es eso?
—Cauri es la concha de un caracol marino, una especie de moneda en África.
—Mmmm, ya veo. ¿Y qué haces ahora aquí en la bodega?
—Tuve una pelea con un artillero. Después de eso, me encerraron aquí en la bodega, como castigo.
—¿Y por qué peleaste?
—Fue una tontería. A veces olvidaba que era un esclavo y me creía un señor. Al actuar de esa manera, desprestigié a un experimentado artillero, desafiándolo con el cañón y el fusil. Eso me valió para que me acusaran de querer matarlo y por eso estoy aquí, como prisionero por intento de homicidio, aunque nunca tuve ni la más mínima intención de hacerle daño. Simplemente pensé que yo era superior a ese artillero que se creía el mejor y le apunté a su cabeza.
—Claro, entiendo. ¿Y cuánto tiempo hace que estás aquí?
—Casi un mes. Ya he perdido noción del tiempo en este lugar, siempre tan oscuro, con olor a humedad y pólvora.
—¿Piensas que serás libre alguna vez?
—No, no creo que pueda escapar. Si no me mata un cañonazo, lo hará la enfermedad de escorbuto por déficit de vitamina C. Desde que subí a este barco no he comido ni fruta ni verduras, solo pedacitos de carne en salazón. Esta bodega está llena de víveres, pero para los oficiales, no para los esclavos como yo.
—Escuché que planean un ataque a Colonia de Sacramento para mañana al amanecer.
Moriremos de un cañonazo seguramente —afirmó con tristeza Rulo.
—O ahogados por el hundimiento del barco debido al fuego de los cañonazos —dijo el esclavo.
—Debo encontrar la forma de advertir al capitán. Este barco arderá en llamas y luego se hundirá al frente de la costa de Colonia —afirmó Rulo muy convincente.
