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Una profecía milenaria decretó que un día nacería el Lomoa, un ser de agua y fuego que salvaría el mundo cuando consiguiera amar a alguien más que a sí mismo. Chen ha vivido más de mil años, pero aparenta poco más de veinte; es un hijo del fuego, un Tama Puia que se ha visto obligado a cambiar de domicilio cada cierto tiempo para burlar las sospechas de los vecinos. Aburrido del tedio de su vida inmortal, arrastra un profundo dolor y lleva una vida tranquila con Luis en Madrid. Ambos son seres de fuego rodeados de seres de agua, cuya naturaleza, frágil y mortal, es incompatible con la de ellos. Un día Chen recibe una visita inesperada y una petición: que se haga cargo de Fayna, una hija del fuego como él. ¿Y por qué ha de hacerlo, si protegerla no va a causarle otra cosa que amenazas y peligros? Porque Fayna, en la búsqueda de su verdadera identidad, va a cambiarlo todo… En esta historia nadie es quien aparenta o dice ser. Todos forman parte de un orden mayor que no pueden controlar, atrapados en un laberinto lleno de espejismos. Solo un amor tan puro e irrevocable como el que anuncia la profecía podrá salvar al mundo de su propia extinción.
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Seitenzahl: 183
Veröffentlichungsjahr: 2026
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Edición en formato digital: febrero de 2026
En cubierta: © CalderónSTUDIO®
Ilustraciones del interior: © Carlos Baonza
© Chiki Fabregat, 2026
Representada por Tormenta
www.tormentalibros.com
Diseño gráfico: Gloria Gauger
© Ediciones Siruela, S. A., 2026
Todos los derechos reservados. Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.
Ediciones Siruela, S. A.
c/ Almagro 25, ppal. dcha.
www.siruela.com
ISBN: 979-13-88032-37-0
Conversión a formato digital: María Belloso
Dedicatoria
Para Begoña y Laura, que son Fuego.
Y son Viento.
Y son Agua.
Antes de que naciese el mundo, cuando cada elemento vivía en un universo separado de los demás, Agua y Fuego se enamoraron. Pese a sus naturalezas distintas, pese a las advertencias y a la incomprensión de quienes compartían tiempo con ellas, decidieron amarse y los habitantes de sus dos mundos pidieron ayuda al ser que los gobernaba a todos porque aquella unión atentaba contra las leyes del universo. «Nunca se ha visto nada igual», decían, como si la costumbre fuese una losa que nadie debe mover.
Solo Viento, diminuta e insignificante, comprendió aquel amor y se ofreció a ayudarlas, así que, cuando el ser que los gobernaba a todos las expulsó y prohibió a los demás seres que poblaban todos los mundos que les dieran cobijo, las envolvió con su cuerpo y las llevó lejos. Muy lejos. Agua y Fuego cruzaron todos los universos sin que nadie les ofreciese ni un miserable saludo y, cuando ya estaban exhaustas, se abrazaron.
Fuego evaporó a Agua, Agua enfrió a Fuego, pero siguieron abrazadas. De aquel abrazo surgió una unión redonda y perfecta, un universo nuevo que ardía en lo más profundo y se enfriaba en la superficie, un universo en el que Agua fluía en ríos, mares y lagos sobre la piel de Fuego. Unidas por toda la eternidad, sin dejar de ser cada una de ellas y siendo, a la vez, la unión de ambas.
Viento se quedó a su lado porque se sentía partícipe de aquella unión, pero también porque el nuevo mundo que habían creado le resultaba apasionante: entrar en las cuevas, sobrevolar el mar, acariciar los árboles y arrastrar la arena de los desiertos, girar alrededor de ellas para buscar la luz del sol o para sumergirse en la oscuridad.
El tiempo discurría en la nueva naturaleza de Fuego y Agua con la lentitud de quien solo quiere amar y con la impaciencia de quien querría ser más, ser ellas y ser también otros. Poblarse. Engendrar vida.
«Merecéis que os habiten, que vuestro mundo no acabe en vosotras», les dijo Viento. Y supo al decirlo que les había concedido su deseo.
Pero el ser que los gobernaba a todos lo supo también y eso desató su ira. Cruzó todos los universos hasta llegar a ellas solo para maldecirlas:
«Los seres que os habiten estarán condenados por vuestro egoísmo. Nacerán de vosotras seres con apariencia similar, pero naturalezas incompatibles: de ti, Agua, nacerán seres débiles y efímeros y los verás morir uno tras otro; y de ti, Fuego, nacerán seres eternos condenados a vivir en ti, porque se convertirán en piedra en cuanto se alejen del calor que los ha creado. Y aunque sientan esta atracción enfermiza que os ha unido a vosotras, no podrán ser uno, porque los hijos de Agua no resistirán el fuego y los de Fuego se ahogarán al sumergirse en el agua».
Cuando oyó la maldición, Viento se sintió culpable por haberlas ayudado. Tal vez todos tenían razón, tal vez no se debe cambiar lo que siempre ha sido. Escuchó los latidos de Agua y de Fuego, la tristeza de sus corazones al saberse para siempre heridas, y sintió furia y odio y un deseo terrible de venganza.
«¡Para!», le gritaron Agua y Fuego, porque en su ataque de ira había levantado un vendaval que arrancaba los árboles, desviaba los ríos y provocaba olas que lamían el suelo tierra adentro. «Tu ira nos daña a nosotras y te daña a ti, y a él solo le hace sentir más poderoso».
Viento se calmó y les pidió disculpas. Después las acarició en una brisa para enmendar el dolor que había causado y les habló con un silbido de voz:
«No puedo anular el castigo que el ser que los gobierna a todos os ha impuesto, pero puedo mitigarlo. Agua, tus descendientes no durarán mucho, pero a cambio disfrutarán de su tiempo con una intensidad que nadie antes ha alcanzado; Fuego, entregarás a cada ser que nazca de tus entrañas una parte de ti, un nakau, y mientras lo lleve junto al corazón, no será piedra.
»Y os prometo que llegará el tiempo en el que un ser concebido por la una nacerá en la otra, alumbraréis un Lomoa y, cuando su corazón albergue un amor tan grande que ni siquiera su vida importe más que el ser al que ama, se unirán ambas naturalezas».
Y Viento se quedó junto a ellas para compartir un amor que ni siquiera el ser que los gobernaba a todos podía truncar.
Querida Voz (después de tanto tiempo oyéndote, creo que te quiero un poco):
Ha llegado el momento. Ico me ha dado una maleta y me ha dicho que meta ropa para unos días. ¿Cuántos días, qué tipo de ropa, frío o calor? Nunca me he alejado de esta playa y viajar a una ciudad… me asusta un poco.
¿Seguiré oyéndote allí? A veces pienso que, más que oírte, te imagino, que estás en mi cabeza y por eso nadie más sabe que existes. Que te he creado a partir de las películas que veo, las novelas que Ico me regala y las que saco de la biblioteca. Me encanta la biblioteca, es el único sitio al que me dejan ir porque allí es imposible hablar con desconocidos, pero de alguna forma consigo sentirme libre. Tal vez por todas las historias que encierra.
La señora que me presta los libros chista cuando me oye hablar y luego mueve la cabeza a los lados como diciendo que no. Igual piensa que estoy loca, una chica joven, hablando sola… ¿Sabes que a veces me dan ganas de pasarle una nota a escondidas pidiéndole que me ayude, diciéndole que me tienen secuestrada? No me culpes, mi vida es bastante aburrida y eso le daría un poco de emoción. No se me ha ocurrido a mí, no creas, lo vi en una película.
Sé que no debería quejarme. Y te prometo que nunca lo hago delante de los otros, pero contigo es distinto. Todos en la playa me quieren y me cuidan, soy la reina de ese universo diminuto. Se sientan a charlar conmigo, me traen recuerdos cuando viajan; pero hay algo… hay algo artificial en esa forma de cuidarme y me dan muchas ganas de decirles que no me rompo, que no hace falta que me traten con tanto cuidado.
Hace unos días llegó un chico nuevo. No tiene la cicatriz y no sé si es como yo, que aún no lo ha recibido, o si se trata de un efímero de los que Ico y Húsar han adoptado. Ojalá fuera él a quien tengo que enamorar, la verdad, porque está bastante bueno. De todas formas, él también me mira como a una diosa valiosísima y muy frágil. ¿Existen las diosas, Voz, o también es algo inventado para los libros y las películas?
No sé. Tú me hablas de salvar el mundo y yo te digo que quiero ir al cine, dormir en una tienda de campaña, pegar fotos de un cantante guapísimo en las solapas de mi carpeta o enamorarme. Quiero conocer ese mundo que tengo que salvar por si la cosa no sale bien, ¿sabes?, por si el mundo se acaba y todo eso, porque las novelas, los cómics, las películas, las series y hasta los telediarios son como una vida de mentira, como los helados de las fotos, que tienen una pinta increíble pero no saben a nada.
Se acerca el momento y me puede la impaciencia. No sé qué ocurrirá, pero cualquier cosa es mejor que esta espera interminable.
Y tú, Voz, ¿has podido vivir aventuras o también renunciaste a la vida para estar a mi lado?
El agua golpea los cristales con tal fuerza que apenas había oído la aldaba de hierro. Tendría que instalar un timbre, pero si algo me gusta de este lugar es que el tiempo parece haberse detenido hace cientos de años y un artilugio tan moderno resultaría ofensivo. He ignorado la llamada, porque ni los borrachos ni los turistas madrugadores merecen que baje la escalera hasta la tienda antes de desayunar.
Conocía los riesgos al elegir el Rastro de Madrid como ubicación para esta vida, así que rara vez me enfado por las molestias de los domingos por la mañana. Mientras los comerciantes terminaban de desplegar los hierros de sus tenderetes, he puesto la cafetera al fuego y el pan en la tostadora, pero antes de que el agua empezase a borbotear, he oído de nuevo la aldaba.
He bajado a la tienda sin prisa para decirle a quien fuera que insistía tanto que tendría que esperar hasta las diez y las he visto a través del escaparate: dos mujeres que se apoyaban la una en la otra como si se necesitasen para seguir en pie.
—Buenos días —he dicho, sin abrir la puerta, y señalando el cartel de cerrado en el que pone también el horario de apertura.
—Abre, por favor.
La que ha hablado debe de tener unos cuarenta años. A la otra no podía verle la cara porque apoyaba la cabeza contra el hombro de su compañera. Las noches del fin de semana dejan a veces cuerpos despistados que parecen haberse separado de su cerebro y solo buscan un sitio en el que esperar a que vuelva o gente que quiere utilizar el baño. Un precio pequeño por vivir en este sitio, la verdad. He señalado de nuevo el cartel en el que pone que está cerrado y me he girado para volver al piso de arriba, a mi café y mi tostada.
No había subido ni tres escalones cuando la mujer ha golpeado el cristal con tanta furia que he temido que lo rompiera, así que he vuelto sobre mis pasos y he abierto la puerta una rendija para asomarme y explicarle que si no se calmaba llamaría a la policía. Suele funcionar. En cuanto la mujer ha visto el hueco, ha metido la mano y se ha agarrado a mi jersey.
—Whare Tama Puia —ha ordenado en voz baja.
He abierto a toda prisa mientras la mujer repetía el asilo de la Tierra como si necesitase oírlo de nuevo o como si no se hubiera dado cuenta de que ya le había franqueado el paso.
—Ayúdala, por favor —ha dicho al fin.
Me he acercado para tomar en brazos a la que parecía no tener fuerzas para entrar y he visto por primera vez su cara.
Es solo una niña.
—Cierra la puerta —le grito a la mujer mientras subo la escalera con la chica en brazos.
Ella me sigue y, cuando dejo a la chica sobre el sofá de la sala y le abro un par de botones de la camisa, balbucea:
—Ella no… No es… Todavía…
Ha perdido toda la fuerza con la que golpeaba los cristales un rato antes y la decisión con la que me ha exigido el asilo de la Tierra.
—¿Y su nakau?
No nacemos inmortales; al menos, no del todo. La Tierra nos pare en un río de lava, se abre en canal para traer a este mundo a cada uno de nosotros y arrasa pueblos, campos, civilizaciones enteras para darnos la vida. Antes de parir, la Madre Fuego elige a uno de nosotros y le pide que acuda a recoger al bebé. Es la voz del volcán y nadie rechaza su llamada, por muy lejos que se encuentre del lugar de la erupción, por muy atareado que esté con otros menesteres. Yo jamás lo he sentido. Cuando la lava desciende por las laderas formando ríos a los que ningún mortal puede acercarse, el que ha sido convocado se sumerge en ese fuego líquido para recoger al bebé que flota desnudo e indefenso y junto a él recoge también una gota de la lava en la que ha nacido. Es su nakau, su corazón de fuego. Cuando el bebé tiene edad suficiente para comprender su naturaleza, su sangre arde buscando la lava en la que nació y el protector se lo pone sobre el pecho. La piedra se hunde en su carne y se funde con su corazón para toda la eternidad. Es la única cicatriz que jamás desaparece, la herida que nos recuerda lo que somos y a quién debemos la vida.
Pongo la mano sobre la frente de la chica y el calor de su sangre me recorre el brazo y se une al fuego del nakau alojado en mi pecho. La mujer parece mortal, pero la niña es Tama Puia. No tiene cicatriz del fuego y su cuerpo arde reclamándolo.
—¿Quién eres? —le pregunto a la mujer—. Y, sobre todo, ¿quién es ella?
—Se llama Fayna. Ayúdala, por favor.
La cafetera dejó de borbotear hace rato y el olor a café quemado llega desde la cocina. Vuelvo a tocar la frente de la chica. Parece que el fuego se ha calmado y ahora duerme.
—Déjala descansar, la lava está luchando por liberarse, pero no la matará —digo, sabiendo que es mentira—. Lo que me pides es imposible, pero escucharé tus razones, ya que has invocado el asilo de la Tierra.
La ciudad es mucho más sucia de lo que imaginaba, Voz. No reconozco los olores, el ruido es ensordecedor y la gente es hostil, están todo el rato como enfadados.
Nunca pensé que fuera a decir esto, pero echo de menos la playa.
Los Tama Puia no nos relacionamos demasiado unos con otros, pero siempre estamos cuando uno de los nuestros nos necesita. Muchos regentamos comercios discretos, hostales y posadas a lo ancho del mundo bajo nombres que pueden reducirse a las siglas TP; por eso mi tienda se llama Terra Petris. Ponemos el cartel con esas dos letras y el símbolo de un volcán algo escondido, donde solo un ojo muy experto pueda verlo, porque cualquiera de nosotros que llame a la puerta pidiendo asilo será bien acogido. Es la ley del volcán, el asilo de la Tierra. No sé quién es esta mujer ni por qué ha llamado a mi puerta. Mi obligación es acogerla, pero ninguna ley Tama Puia dice que deba imponerle el nakau a una hija del fuego a la que no he recogido.
Le ofrezco un café y ella mira a la chica.
—Es mejor que descanse —insisto.
La vuelve a mirar y no se decide, así que pongo la mano en su espalda y la empujo suavemente hacia la cocina. Me acompaña a regañadientes y con gesto serio que no pierde hasta que me ve ponerme los guantes para abrir la cafetera que acabo de retirar del fuego. Entonces sonríe.
—No es por ti —digo, levantando las manos enguantadas. Yo también sonrío—. Cuando llevas tantos años fingiendo una pose, te acabas acostumbrando. No me has dicho tu nombre.
—Ico.
Le pregunto si es un nombre o un apodo solo para hacerla sentir cómoda, para darle pie a que me cuente quién es y por qué ha venido a mi casa invocando el asilo de la Tierra, mientras busco en mi memoria el siguiente destino y hago inventario de lo poco que me llevaré de esta vida.
Le señalo el taburete alto al otro lado de la encimera y, mientras lavo y vuelvo a cargar la cafetera, me cuenta una historia absurda que parece sacada de una mala novela de fantasía. Es vulcanóloga. Estudiaba los restos de un volcán ya extinto cuando tuvo un accidente y cayó por una de las chimeneas. Milagrosamente —los mortales necesitan milagros para explicar todo lo que no entienden— no le pasó nada grave, pero mientras estuvo inconsciente una voz le habló y le dijo que tenía que cuidar del bebé que había nacido en el volcán. Al recobrar la consciencia, el bebé estaba a su lado.
Me trago las ganas de preguntarle por esa voz. Las leyendas dicen que Viento hablaba en las cuevas, en los volcanes y en el mar, pero algo ocurrió entre ella y las Madres y Viento se quedó muda y ya no hubo nadie que relatase nuestra historia. Nunca he creído en su existencia y, aunque fuese cierto, no creo que haya salido de su mutismo para hablar con una mortal.
—Tal vez, con la confusión de la caída, si te golpeaste la cabeza…
—Esa voz me ha dicho que te busque.
Me encojo de hombros. No sé quién ha puesto a una niña Tama Puia en manos de una mortal, ni por qué ha venido a buscarme a mí. Da igual. Las quiero fuera de mi casa y de mi vida cuanto antes.
—Mira, Ico. Puede que sea verdad. Puede que la madre Fuego te haya encargado cuidar de su hija. Puede que seas la única mortal en la historia del mundo a la que le han encargado cuidar de un Tama Puia. Pero a mí no me ha llamado. Hay un Tama Puia en algún lugar que tendría que haberse ocupado de la niña y sé quién puede encontrarlo.
—Lo único que quieres es que nos larguemos, ¿verdad?
Sonrío. Pese a lo mucho que me molesta que esté en mi casa reclamando un asilo que no le corresponde reclamar, creo que me gusta esta mujer.
—No, no es eso. Bueno, puede que sí, que quiera que os marchéis, pero no es solo eso. Es que yo no puedo hacerme cargo de la chica y ser su protector.
Aprovecho para servir dos cafés y dejarlos sobre la encimera. Me siento al otro lado, de frente, para que Ico me vea, pero con distancia suficiente para que no tenga miedo. Cuando le dejo la taza delante, coge aire y vuelve a hablar:
—La voz dijo que lleváis cientos de años esperando a Fayna, pero que solo tú debes protegerla.
—¿El Lomoa? Si eso fuera cierto, no son cientos, sino miles, millones. Desde que las Madres se abrazaron y el ser que los gobierna a todos las maldijo.
Una leyenda tan antigua como el más antiguo de nosotros dice que un día nacerá un ser de agua y fuego, un ser que reunirá en sí las dos naturalezas, la de los efímeros y la de los eternos. Hay mucha palabrería en la historia de los Tama Puia porque hemos tenido mucho tiempo para adornar la leyenda.
—Ay, Ico. —Cojo aire para armarme de paciencia y explicarle que con su edad es fácil creer en la magia y con la mía… con la mía es fácil no creer ya en nada—. Todas las civilizaciones que han poblado la Tierra han creado su propia fantasía sobre un ser elegido que llegará para cambiar el mundo. Supongo que los Tama Puia empezamos esta tradición de crear esperanza, pero no existe, no hay elegidos. No ha habido nunca un Lomoa ni lo habrá jamás.
—Y, claro, tú lo sabes todo y sabes qué parte de las leyendas es real y cuál inventada.
Hace un gesto que no sé si es de disgusto o de fanfarronería y me reafirmo en lo mucho que me gusta esta mujer, pese a ser una mortal que ha venido a complicarme la vida.
—Mira… Si esa chica, ¿cómo has dicho que se llama?
—Fayna.
—Eso, Fayna. Pues si Fayna fuera lo que dices, necesitaría que alguien mucho más antiguo que yo la protegiera.
—La voz dijo…
—¡Deja ya de hablar de esa voz!
He gritado más de lo que pretendía, así que respiro hondo, doy un sorbo al café, tan frío ya que casi me provoca una arcada, y hablo en un tono calmado:
—¿Te dijo acaso por qué yo? ¿Por qué poner en mis manos al ser más preciado que ha nacido jamás en este mundo?
Da vueltas a la cucharilla dentro de la taza, aunque creo que no la he visto añadir azúcar ni leche.
—No me corresponde a mí contártelo. Pero nadie, absolutamente nadie debe saber que Fayna existe. Sobre todo ella.
No dice ningún nombre y, sin embargo, sé perfectamente a quién se refiere. Y ella sabe que lo sé, puede incluso que sepa que necesito tiempo para asimilar lo que dice, por eso hace una pausa larga antes de volver a hablar.
—He mantenido a Fayna oculta durante todos estos años para que ella no la detectase.
Es muy guapa. Empiezan a notársele las arrugas alrededor de los ojos y tiene el pelo oscuro salpicado con algunas canas. Los Tama Puia nunca alcanzamos ese grado de belleza, atrapados siempre en el cuerpo adolescente que teníamos al recibir el nakau. Pero también tiene ojeras y la punta de los dedos mordisqueada, debe de estar pasando un infierno porque adoptó a esa niña pensado que cambiaría el mundo y ahora comprende que está a punto de convertirse en piedra. Es doloroso, pero no es mi responsabilidad.
Abajo, en la calle, ya se oye el bullicio del Rastro. La luz entra por la ventana del fondo de la cocina y las sombras que proyectan los muebles son insignificantes. Se ha roto el clima íntimo de la primera hora de la mañana y nos separa demasiado espacio. Doy la vuelta hasta llegar junto a ella y coloco mi taburete al lado del suyo. La giro suavemente hacia mí, le sujeto las manos y finjo tanta cordialidad como me es posible.
—Esto te queda muy grande, Ico. Nos queda grande a los dos.
Ella retira las manos de las mías y busca en el bolsillo de su pantalón hasta sacar una bolsita de terciopelo. Sé lo que hay en su interior, noto el calor aun sin acercarme a tocarlo.
—Whare Tama Puia.
