Te encontraré en la oscuridad - Nathan Ripley - E-Book

Te encontraré en la oscuridad E-Book

Nathan Ripley

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Beschreibung

EL THRILLER PERFECTO. UN GLORIOSO ENCUENTRO ENTRE DEXTER Y EL TALENTO DE MR. RIPLEY. «Trepidante y morbosamente adictiva. Una novela rebosante de innovación y suspense».  IAIN REID «Un thriller perversamente inteligente, a la vez irónico y escalofriante. Trama vertiginosa, gran elenco de personajes y un fantástico ojo para los detalles y el diálogo. Justo cuando crees que ya lo tienes todo resuelto, la historia vira hacia lugares insospechados y aún más oscuros...».  AMY STUART Martin Reese tiene un pasatiempo: los crímenes. Meticulosa y obsesivamente, se entrega desde hace años a ese perturbador hobby a espaldas de su mujer y de su hija adolescente: tras obtener en el mercado negro los expedientes de los más variados asesinos en serie, los utiliza para localizar y desenterrar los cuerpos de aquellas víctimas que la policía nunca logró descubrir. Saca fotos, las guarda en su viejo portátil y solo entonces da un aviso anónimo a la comisaría sobre el hallazgo. Esta afición es para él un servicio público, una reparación de daños allí donde los investigadores fracasaron. Pero para la detective Sandra Whittal y su meteórica carrera en el cuerpo gracias a su eficacia cerrando casos, el tema es algo personal. Desconfía del macabro denunciante porque, aunque él no sea el autor de los delitos, ¿cómo puede estar segura de que pronto no empezará a serlo? Pero Whittal no es la única interesada en el misterioso desenterrador: alguien más —alguien dispuesto a matar— tampoco está nada contento con el trabajo de ese aficionado empeñado en sacar a la luz los cadáveres que tantas molestias se tomó él para ocultar bajo tierra... A mitad de camino entre la acidez de Dexter y la eficacia de El talento de Mr. Ripley, cada una de las páginas de este trepidante y morbosamente adictivo thriller rebosa innovación, oscuridad y suspense.

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Seitenzahl: 580

Veröffentlichungsjahr: 2020

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Edición en formato digital: enero de 2020

 

Título original: Find you in the dark

En cubierta: fotografía de Konstanttin / Shutterstock.com

Diseño gráfico: Ediciones Siruela

© Naben Ruthnum, 2018

© De la traducción, Virginia Maza

© Ediciones Siruela, S. A., 2019

 

Todos los derechos reservados. Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

 

Ediciones Siruela, S. A.

c/ Almagro 25, ppal. dcha.

www.siruela.com

 

ISBN: 978-84-17996-46-8

 

Conversión a formato digital: María Belloso

 

Para Sam Ruthnum

 

Bella Greene salió del apartamento, segura de que no iba a haber más veces. Él no tenía ni idea, se creía su dueño después de verla aceptar tantas humillaciones entregada a su capricho, pero no sabía lo equivocado que estaba. No iba a volver.

Ya estaba fuera del bloque de apartamentos, había salido sin mirar al portero siquiera. Siempre llevaba el bigote a lo Stalin lleno de virutas pardas de cigarrillo y le lanzaba miradas lascivas cada vez que pasaba sola. Un día le preguntó: «¿Cuánto?», y Bella escupió en el mostrador un gargajo de los gordos, que se quedó sobre el mármol hasta que el hombre lo limpió con una bayeta.

—Cuéntaselo cuando llegues, a ver si te hace caso —le dijo, y Bella ni se molestó en intentarlo.

A las puertas del edificio había una fuente seca que habían apagado un día cualquiera hacia el final del verano. Bella pasó por delante y aceleró a medida que se alejaba del bloque. A los nueve años, su madre la pilló un día revolviendo en la calderilla de una de aquellas fuentes, en busca de monedas de plata. Le dio un cachete en el brazo delante de las demás madres y también de Marianne, su mejor amiga de entonces, aunque a final de quinto curso la iba a dejar plantada por Kelly Robinson, una chica alta y con tele por cable en casa.

Era pasada la medianoche y en la calle solo había un hombre de andar encorvado que acababa de salir de un edificio idéntico al de ella. Le sonrió, y no solo por ser amable. Se quedó expectante, como si tuviera que proponerle algo a cambio.

—No —dijo Bella, mientras pasaba de largo.

Ese era su problema: no resultaba lo bastante tajante con esos tipos que siempre querían sacarle algo. Cualquier cosa, lo que fuera. Al principio, le gustaba que la invitaran a alguna copa, luego a algún gramo y al final se dio cuenta de que, cuanto más tiempo se quedaba con ellos, más evidente se hacía que las invitaciones había que pagarlas. Sobre todo, los gramos.

El tipo encorvado la estaba siguiendo, ya llevaba más de media manzana pisándole los talones. Puede que estuviera yendo a por el coche, pero no le quitaba los ojos de encima. Lo sabía, podía sentirlo. El hombre de aquel apartamento había sido el primero de quien había sabido aprovecharse; él pensaba que la utilizaba para ver cumplidas fantasías sexuales extremas y truculentas, cuando no eran más que los lamentables apetitos de un desgraciado, con los que tragó mientras le hizo falta. Necesitaba un sitio donde quedarse y a un palurdo cualquiera que le diera conversación mientras se libraba del último pedazo de su vieja vida: de la gente, de las garras de la heroína primero, de la metadona después y hasta del alcohol. En tres semanas, lo único que había bebido fue té negro ceilandés. Se había desenganchado de todo... Y no solo de las sustancias, sino también de su vida. Antes de terminar la semana, estaría en San Diego, fuera de Seattle y lista para que su madre le hiciera una visita. Algo familiar, agradable y completamente normal, sin la basura de siempre. Sin robos ni mentiras.

Bella cerró las hojas de la pulsera de plata alrededor de su muñeca y volvió a sentir la mirada clavada en ella, aunque esa vez venía de la derecha. Un callejón con una especie de camioneta, un vehículo grande aparcado entre las sombras y un hombre apoyado en el morro.

—Tú no te cortes —le dijo una Bella desafiante, que dejó de caminar y se giró hacia el tipo, quien retrocedió, salió de la luz y rompió a reír. Entonces Bella avanzó decidida hacia el callejón—. ¿Es que te gusta ir por ahí asustando a mujeres? ¿Eh, bicho raro?

Se acercó un poco. Tenía las espaldas anchas y era alto, pero aún seguía sin verle la cara. No pensó que sería tan rápido, los hombres así de corpulentos nunca lo son.

La agarró por los hombros, le lanzó una mano hacia la garganta y a ella le dolió en el cuello. Pero no fue como el puñetazo que esperaba, sino algo mucho más punzante que el aguijón de un insecto, aunque la sensación de luego fue intensa y cálida, casi reconfortante. Nunca se había picado esa vena.

Bella Greene no llegó a caer al suelo, el hombre la sujetó y la arrastró con él a la oscuridad.

1

Esa vez tardé más de lo normal en dejar recogido el sitio donde había cavado, así que apenas pude dormir. Me acosté un par de horas en la tienda y estaba de vuelta en la autopista de Seattle a eso de las cuatro de la mañana, con un termo de café y unas cuantas bebidas cargadas de estimulantes legales de las que usan los camioneros. Habría llegado al club una hora antes, si al tráfico le hubiera preocupado tanto como a mí lo de llegar a tiempo para recoger a mi hija de su entrenamiento.

Miré hacia el asiento trasero para comprobar que no había olvidado nada y que solo quedaba material de acampada a la vista. Todo normal. Mi álbum de recortes estaba bien escondido bajo el asiento al que Kylie iba a lanzar la bolsa de deporte. Me fijé en que había restos de tierra —o de algo todavía peor— en el tapizado de los asientos y a punto estuve de estamparme con un viejo Camry que invadió mi carril. Pisé el freno, primero un toque y luego a fondo. Oí que pitaron por detrás y continué la marcha con calma, hasta llegar a mi destino y detenerme junto al arcén.

—Llegas tarde —me saludó Kylie, mientras se dejaba caer en el asiento delantero y lanzaba al de atrás la bolsa, que me golpeó en el párpado con el asa.

Sin cerrar la puerta, se despidió de Danielle, Ramona o la catorceañera de turno. Era espeluznante cuánto se parecían todas las chicas del equipo después de nadar, con el cuello subido y el pelo mojado y recogido debajo de un gorro de lana. Guardó la cartera bajo los pies y me fulminó con la mirada. Pocos en su sano juicio estarían dispuestos a coger el coche para ir hasta el Club Deportivo de Seattle a las cinco de la mañana la mitad de la semana y a las cinco de la tarde la otra mitad. Yo no lo habría hecho por orgullo, y por amor, seguramente tampoco (desde luego, no por el amor marital que sentía por Ellen). Lo hacía por Kylie, a veces incluso para mi propia sorpresa. En dos años había llegado tarde ocho veces y esa era la novena.

Kylie se parecía bastante a mí (las cejas oscuras y los ojos azules) y también a Ellen (la nariz fina y una boca amplia de sonrisas generosas y reproches repentinos), así que cuando me miraba de aquel modo, era igual que enfrentarme a mi esposa y a una versión decepcionada de mí mismo a la vez.

—Vámonos antes de que me vean contigo, papá. Sal pitando.

Me puse en marcha a velocidad normal, pero había captado el mensaje.

—Lo siento, he venido directamente de la acampada; de haber sabido que iba a avergonzarte, habría parado para lavar el coche en una gasolinera.

—¿Dónde has estado?

—Por Tacoma, era bonito.

De hecho, había reservado y pagado una plaza en una zona de acampada en Kent, cerca de Tacoma. Incluso planté una pequeña tienda antes de poner rumbo a California. Lo había hecho así para tener algún papel que lo demostrara, por si me preguntaba Ellen o quien fuera. Cuando salía a cavar, todo lo pagaba en efectivo. Además, solía «olvidar» en casa el cargador del móvil y dejaba que el pequeño rastreador que todos llevamos encima se quedara sin batería en cuanto me alejaba unas cuantas millas de la ciudad. Otras veces, si sabía que Ellen tenía que llamarme por algo, desactivaba todas las aplicaciones que pudieran servir para localizarme. Veinte años de trabajo en el campo de la tecnología me habían servido para aprender alguna que otra cosa, no solo para amasar dinero.

—Has llegado tarde y apestas —me dijo Kylie.

—Tú también.

—El cloro no apesta, solo huele fuerte.

—Y yo huelo a pinos, a aire fresco y a las maravillas del campo, no a una sustancia química que tienen que echar a la piscina para neutralizar el pis.

—A lo que hueles es a viejo que no se lava, papá.

Estaba mirando el teléfono, y yo, la calzada, pero sabía que estaba conteniendo la risa, lo mismo que yo. Desde hacía más o menos un año, nos divertíamos pinchándonos el uno al otro, pero nada de lo que decíamos era en serio. Nunca la había ido a recoger directamente después de una salida al campo y me sorprendió lo rápido que resultó pasar de una tarea a la otra. Después de poner mi granito de arena para crear a Kylie, mis agujeros son lo mejor que he hecho en la vida y nada de lo que haya podido suceder desde que empecé las búsquedas me ha hecho cambiar de idea.

Al llegar a nuestra manzana, le hice a Kylie la pregunta que debería haber hecho nada más recogerla en la piscina para poder mentalizarme.

—¿Qué tal con mamá? ¿Ha estado todo bien en mi ausencia?

—Uf, qué va. —Kylie se metió en la boca el cuarto pedazo de ese chicle natural tan insípido que le compraba Ellen con la intención de mantener la sangre de toda la familia libre de azúcar y de aspartamo.

—Vaya. —Vi que el coche de Ellen, un modelo de Volkswagen del año anterior, se acercaba a la casa en dirección contraria; el sol se estaba poniendo a su espalda y su luz anaranjada le recortaba la silueta contra la luneta trasera. Frené un poco para que entrara ella en el garaje antes de poner el intermitente y seguirla.

Cuando llegamos, Ellen ya nos esperaba dentro con una bolsa del súper en cada mano y el asa de cuero del bolso agarrada entre los dientes. Kylie se entretuvo a propósito en coger sus cosas, así que bajé del Jeep y fui directo hacia mi esposa. Al subir de un salto los dos peldaños de la entrada, noté que tenía las piernas y los brazos entumecidos después de pasar horas cavando y luego, al volante. La ayudé con las bolsas y ella se encargó de abrir la puerta de casa.

—¿Me espera otra semana de malos humos entre las dos? —le pregunté a Ellen en voz baja, aunque Kylie seguía sentada en el todoterreno, de donde no iba a moverse hasta que su madre y yo hubiéramos entrado en la cocina y pudiera subir a darse una ducha sin tener que oírnos.

—Oh, Martin, cuánta razón tienes. Ya nos disculpará el señor, no vaya a ser que le molestemos con nuestras cosas... —Mientras me regañaba, tenía una media sonrisa. Luego, me dio un beso.

A Ellen no se le daba nada bien hacer de esposa cabreada mucho rato, aunque había tenido tiempo más que de sobra para practicar. Dejó de ser mi novia para convertirse en mi esposa hacía ya dieciocho años.

—Apestas —dijo.

—El encanto de tu hija opina lo mismo.

—El sábado tuvimos un pequeño encontronazo. Debería haber sido cosa de nada, pero estábamos las dos cansadas y se nos fue de las manos. Quería quedarse a dormir en casa de Jhoti después de cenar. Lo de la cena estaba acordado, pero lo de dormir, no. Así que no la dejé.

—¿Fuiste muy tajante?

Empecé a vaciar una de las bolsas, artículo por artículo, con mucho cuidado de no dejar nada por encima de las salpicaduras de tomate frito ni sobre los cercos resecos de vasos de leche que cubrían la encimera: cuando estaba en el campo, la casa se abandonaba al desorden, sobre todo en la cocina. Ellen me estaba observando, así que volqué la bolsa para vaciarla de golpe. Se me da bien hacerme el despreocupado.

—Cuando la cosa va de pasar la noche fuera, siempre soy tajante, ya lo sabes, Mart. Pensaba que no tendría que volver a discutir sobre este tema, ni con ella ni contigo. Así son las cosas.

—Claro.

Abrí una bolsita de ciruelas con la uña del pulgar. Aún llevaba algo de tierra metida dentro, de cuando me había deshecho de las herramientas. Nunca me quitaba los guantes si estaba trabajando, para que mi piel no entrara en contacto en ningún momento con los hallazgos. La fruta rodó por una fuente de madera que había sobre la encimera, dejando sepultada una lima arrugada y algo pasada.

—De todas formas, creo que deberíamos tener una charla todos juntos, y no esperar demasiado. Cumplirá los quince en... ¿cuánto queda? ¿Cinco semanas? —Y sin darle tiempo a responder, añadí—: Hiciste bien en mantenerte firme en lo que habíamos acordado para el fin de semana, no tenías por qué hablarlo conmigo. Lo que hay que decidir es si podremos ser algo más flexibles a partir de ahora, siempre que nos avise con tiempo. Nada de cambios de última hora, claro, pero, al fin y al cabo, ya no es una niña.

—Estaría menos preocupada si lo fuera —dijo Ellen, sin rastro de esa sonrisa amarga que pensé que habrían añadido casi todos los padres.

Podía reprimir las lágrimas, pero la preocupación jamás se iba, como un zumbido de fondo, una angustia sofocante que incluso llegaba a palparse cuando no sabía dónde estaba Kylie. Comenzó a meter la compra en el frigorífico sin quitarse el chubasquero mojado, que la hacía parecer una especie de tubo lleno de arrugas y ocultaba la combinación de ropa elegante y líneas supertonificadas que lucía desde que había nacido Kylie. Yo no había dado a luz a ningún bebé destructor de figura, pero era el orgulloso custodio de una barriguita sana que todas las noches me ocupaba de cuidar con una cerveza (y si no orgulloso, al menos, desacomplejado).

Oí a Kylie subir las escaleras y aproveché la oportunidad para marcharme.

—No sé si lo dices en serio, pero entiendo a qué te refieres. Voy a sacar las cosas del todoterreno, portaos bien las dos hasta que vuelva, para poder discutir todos juntos, ¿te parece?

Recogí el material de acampada en el garaje. Siempre volvía menos cargado de lo que me marchaba, porque, en el camino de vuelta, me iba deshaciendo de las herramientas de cavar, de los sensores y del detector de metales en diferentes contenedores, después de tratarlo todo con disolventes, lejías y productos cáusticos lo bastante fuertes como para comerse la pintura del acero y destruir cualquier resto de ADN. Las cosas que traía de vuelta no habían estado ni remotamente cerca de los agujeros. Mientras trabajaba, me concentraba siempre al máximo, pero en cuanto daba con lo que estaba buscando, me inundaba tal subidón de adrenalina que debía ceñirme a unos pasos estrictamente fijados para evitar despistes. Así, nunca montaba el campamento a menos de tres millas del lugar donde iba a cavar, solo cavaba entre primera hora de la tarde y la puesta del sol, yendo con más cuidado cuando creía estar lo suficientemente cerca como para sacar los pinceles. Aún no había roto nada y estaba muy orgulloso de ese logro. Para mí, era una muestra de respeto.

En el garaje reinaba casi tanto silencio como la tarde anterior, cuando lo único que se escuchaban eran los golpes de la pala abriéndose paso entre la tierra que cubría los huesos que sabía que estaba a punto de encontrar. Repetí mentalmente las frases que iba a decir aquella noche cuando llamara a la policía. Había preparado unas cuantas opciones en el viaje de vuelta, comprobando cómo sonaban con mi propia voz, una voz que no podía permitir que oyeran.

Doblé bien la lona de la tienda y salí del garaje, dejando atrás el martilleo de los motores de los dos coches; el mío necesitaba un buen descanso después del largo viaje desde el norte de California. Yo también estaba agotado, de hecho, mucho más de lo que podía confesarle a Ellen; así que, para recargar las pilas, cogí un Red Bull de los estantes de comida enlatada que tenía junto al equipo de acampada. Abrí el maletero del Jeep y saqué el enorme PowerBook Apple del 2000 y algo. Era mi álbum y lo llevaba bien protegido en una funda de tela acolchada.

Una vez dentro de casa, trasladé el álbum hasta el enorme escritorio que tenía al final del vestíbulo y abrí el último cajón. Tuve que hacer un verdadero ejercicio de contención para no abrir el álbum al meterlo dentro.

—¿Puedes comprobar si han pasado el recibo de la luz? —Oí decir a Ellen desde la cocina; estaría sentada junto a la encimera, comiendo una ciruela o rebuscando en una canastilla de ropa que guardaba allí para ponerse cómoda nada más llegar del trabajo.

—Míralo tú con el teléfono —le respondí, mientras cerraba con llave el cajón y tiraba un poco para comprobar que no se había quedado abierto.

—No me fío de la aplicación. Hazlo tú, ¿vale? Oye, ¿cuándo pensabas tirar esta lima?

—Es tuya, creía que la estabas dejando envejecer a tu lado. Cuando compro limas yo, las meto en el frigorífico, que es donde deben estar.

—Ya habló el listillo —respondió y se quedó callada, esperando a que fuera con ella a la cocina para seguir hablando, pero aún no estaba preparado.

Hablar con Kylie podía ser una vuelta al mundo demasiado brusca después de estar cavando. Y en efecto, lo había sido, necesitaba un momento de tranquilidad absoluta para volver a poner el cerebro en «modo hogar», mi equivalente interior al cambio de ropa de Ellen. El escritorio daba a una pared vacía que no dejaba invadir con cuadros ni fotografías. No deseaba distracciones, quería estar solamente yo, acompañado por el enorme bloque de madera de roble con sus cuatro cajones, tan hondos como barrancos. Solo cerraba con llave el de abajo, para proteger mi álbum de miradas indiscretas; aunque en casa, las únicas que había de ese tipo eran las mías. A Ellen no le iba lo de cotillear, era tan de fiar en casa como en su despacho de la cooperativa de crédito. Y desde luego, Kylie no tenía el más mínimo interés en nada de lo que hiciera su padre. Cerré los ojos, volví a donde estaba y me levanté.

—¿Has visto mi cargador? ¿El que dejo siempre en la cocina? —dije mientras entraba con ella.

—Está aquí, lumbreras, en la cocina —me respondió, mientras yo lo recogía y lo metía en el enchufe—. ¿Vas a hacer la cena?

Noté cómo me clavó la mirada y me giré hacia ella. Tenía una jornada normal de ocho horas, pero parecía mucho más cansada que yo.

—No, y tú tampoco.

El teléfono vibró cuando volvió a la vida. Lo coloqué sobre la base de los altavoces y marqué el número del Szechuan, un local del centro comercial, a pocas manzanas de casa. En realidad, servían comida para llevar, sin servicio a domicilio, pero con nosotros hacían una excepción porque siempre les daba veinte dólares de propina:

—Calamares salteados con pimienta, eso es, ternera al jengibre...

—¡Y pollo al limón! —gritó Kylie, asomando por las escaleras, tan a la desesperada que su madre olvidó por un instante que estaban peleadas y rompió a reír.

—Y pollo al limón —dije al teléfono, aunque estaba seguro de que quien estaba al otro lado de la línea también lo había oído. Kylie volvió a encerrarse en su habitación y yo me dirigí a Ellen con una cara que pretendía ser de disculpa.

—¿Qué pasa?

—Voy a salir esta noche. He quedado con Keith para tomar una cerveza.

—¿Con el poli? ¿Me estás diciendo que te vas dos días de acampada y que, nada más llegar, vuelves a dejarnos por ese policía? —Esa vez lo dijo con un mohín, pero seguía lejos de ser una queja de verdad.

—Vamos a cenar algo rico y a pasar un rato charlando todos juntos, ¿te parece? Además, no tengo más planes en toda la semana. La verdad es que estoy hecho polvo, pero ya sabes cómo es Keith. No me parece una buena idea dejarle plantado cuando insiste en quedar.

—No tengo ganas de pelearme contigo y con Kylie al mismo tiempo, así que haré como que estoy bien hasta que lo esté de verdad.

—Lo siento mucho, Ellen. De verdad que sí.

Si Ellen sabía de la existencia de Keith, era porque años atrás nos había visto tomando un café. Estábamos en la otra punta de la ciudad, pero se había cogido unas horas libres para ir a buscar unas cortinas y lo que encontró fue a su marido disfrutando de una agradable tarde en compañía de un policía. Me inventé una rebuscada pero sólida mentira: conocí a Keith haciendo cola en Correos; cuando quedábamos, me hablaba de sus cosas, yo le daba algún que otro consejo y él, a cambio, me contaba emocionantes anécdotas de su trabajo. Me pareció que a Ellen le gustaba que tuviera un amigo a quien echar una mano, sobre todo porque pasaba casi todo el tiempo con ella, con Kylie o solo en casa. O en el campo.

Me deslicé sobre el suelo hasta llegar a su lado. Iba en calcetines, habíamos puesto parqué hacía solo cuatro meses y tenía la sensación de que jamás iba a cansarme de hacer ese movimiento a lo Risky Business ni de lanzarme con la silla para coger una cerveza o un agua con gas del frigorífico. Al llegar, reposé la cabeza sobre su hombro y le regalé un lacónico «lo siento». A cambio, ella me dio unas palmaditas en la cabeza y deslizó con ternura las puntas de los dedos sobre mi frente. Ellen siempre llevaba las uñas cortas y despreciaba lo que llamaba «manicura de buscona», que asociaba con un par de compañeras de trabajo a las que aborrecía.

—Sería mucho más fácil perdonarte si te dieras una ducha. Y ya.

—De acuerdo.

Subí las escaleras de dos en dos. Aunque Kylie había cerrado la puerta de su habitación, desde el baño se oía retumbar una canción de Drake y, por mucho que me resistiera, empezaba a gustarme, así que, entre tarareos, me lavé la suciedad y el sudor y luego intenté soltar un poco los músculos con la presión del agua. Cuando salí de la ducha, la música había dejado de sonar y Kylie estaba de pie junto a las escaleras.

—Si alguna vez vuelves a cantar algo que me gusta, te juro que me voy de casa.

—Adelante. Si lo haces, donaré tus ahorros a un santuario de chimpancés.

—Me chiflan los chimpancés.

—Entonces, trato hecho.

Cuando bajamos, Ellen estaba buscando el monedero, y el chico del restaurante esperaba en la puerta. Saqué la cartera del bolsillo de la chaqueta que tenía en el perchero de la entrada y pagué el pedido. Se alegró al verme; después de todo, era el tipo de los veinte pavos.

—Iba a pagar yo —dijo Ellen en cuanto cerré la puerta.

—Ya lo sé, pero me he adelantado.

—Yo también iba a darle esa absurda propina que dejas tú. No me gusta que seas tan manirroto, Martin. —Llevaba puesta una sudadera de la universidad que tenía desde que nos conocimos en clase. Perdida dentro de aquella enorme prenda, parecía casi de la edad de Kylie. Aún recordaba cuando la vi con ella por primera vez, una tarde de octubre de hacía dos décadas. La seguí hasta su casa al salir de clase, después de descubrir quién era ella y quién su hermana. Por entonces, la tela todavía era de un intenso color morado, y no del azul grisáceo de ahora. Tenía una gran experiencia siguiendo a gente y Ellen no me vio, ni siquiera cuando caminaba a su altura por la acera de enfrente o me ponía muy pegado a ella, tan cerca que podría haberle quitado la cinta del pelo de haber querido.

De hecho, quise, pero me contuve. Y mereció la pena.

—Claro que podías haber pagado, no decía que...

—No seas condescendiente, Mart. —Lanzó un suspiro, corto, como para pensar en otra cosa. Lo hacía a veces, era una especie de «piensa en el aquí y el ahora» diametralmente opuesto a mi manera de hacer las cosas y que me resultaba admirable—. Da igual, esta semana tenemos temas más importantes de los que ocuparnos. Además de lo que tengas pensado tú sobre Kylie, me gustaría hablar contigo de mi trabajo. Quería comentarlo esta noche, pero supongo que tendremos que dejarlo para otro momento.

Kylie andaba moviendo platos en la otra habitación. Le gustaba comer en los envases para llevar, pero sabía que su madre y yo servíamos la comida en platos de verdad. Siempre preparaba la mesa de comida a domicilio mucho más rápido que cualquier otra tarea que tuviera que ver con la cocina.

—Claro, lo hablamos pronto, cuando tú quieras. Pero que pueda dedicarte toda mi atención, ¿vale?

Nos sentamos y empezamos a cenar, absortos los tres. Kylie tenía que reponer fuerzas después de un entrenamiento sin duda despiadado, con la entrenadora dando alaridos sobre los campeonatos nacionales, aunque aún quedaran muy lejos. Yo tenía las pulsaciones a mil por efecto de las bebidas energéticas y de la cafeína, así que necesitaba comer algo para recuperarme. Ellen masticaba en silencio y concentrada, seguía un poco enfadada y con la cabeza puesta en la conversación que teníamos pendiente. Cuando me disponía a romper el silencio, Kylie me arrebató la palabra, con menos tacto de lo que habría deseado.

—Mamá piensa que me van a asesinar si dan las diez y aún no he vuelto a casa.

—Oh —dijo Ellen con un dolor tan auténtico que Kylie hizo una mueca de arrepentimiento, mientras se metía un trocito de ternera en la boca con los palillos. Estaba preparada para discutir, no para hacerle daño.

—No digas eso nunca más, Kylie. Sería pasarse de la raya en cualquier casa, pero en esta, es mucho peor —le dije.

—Tienes razón, Martin. —Ellen dejó los palillos sobre el plato y pareció que iba a coger a Kylie de la mano, pero cambió de idea, se decidió por el bote de sriracha y dejó un charquito de color rojo al borde del plato—. No puedes decirlo en serio, Kylie. Es verdad que me preocupo más que las demás madres, lo admito, pero tienes que entenderme. Cada vez estoy más angustiada y no es algo que vaya a poder arreglar inflándome a pastillas. Esa angustia es lo que ha dejado tras de sí algo que fue muy real.

—Tinsley —dijo Kylie. Ellen quiso ponerle a su hija el nombre de la hermana desaparecida, pero conseguí que cambiara de idea y convencerla de que solo serviría para empeorar las cosas. Fue cuando supimos que estaba embarazada, poco después de que yo pusiera en marcha ReeseTech y de que empezara en serio con lo de los agujeros.

—Eso es, Tinsley —respondió Ellen—. Cuando estáis los dos fuera de casa, no dejo de escuchar ruidos en la calle, aunque todo esté en silencio. Pienso en mi hermana, en lo fuerte que era... parecía invulnerable. Y luego, pienso en ti. Por muy fuerte que crea que eres o que lo creas tú, ahí fuera hay hombres que buscan exactamente eso: una chica fuerte a la que hacer daño, a la que aplastar y asesinar. Ojalá lo entendieras.

Kylie se quedó callada y yo, avergonzado. No había sido capaz de decir nada, me había limitado a mirar los fideos, a metérmelos en la boca y a escuchar. Ellen nunca había hablado con tanta claridad sobre Tinsley con nuestra hija, estando yo presente, al menos. Cuando se ponía seria de verdad, Ellen podía hablarte como si lo estuviera haciendo consigo misma, como si le hubieras arrancado una verdad íntima que nunca había querido contarte.

—Kylie, cuando has salido, cuando no sabemos dónde estás o cuando no lo hemos hablado, tengo miedo. Y creo que tengo derecho a sentirme así, por mucho que hayan pasado veinte años. —Ellen me miró, yo asentí y miré a Kylie.

Veinte años. Tenía razón, en una semana se iba a cumplir el aniversario de la desaparición de Tinsley Schultz. Sabía con lo que tenía que vivir Ellen, con las intensas emociones acumuladas en los días y años que habían pasado desde aquella desaparición. Yo también tenía que afrontar mis propias emociones cuando veía a una mujer con un determinado tipo de cuello o de peinado, o cuando oía una risa con la mezcla justa de elegancia y despreocupación. Me esforzaba por no mirar demasiado tiempo. Tenía que concentrarme para no volver a ser la persona que fui en la universidad, cuando seguía a Ellen, y guardaba todas esas pulsiones a buen recaudo y bien dispuestas para mis salidas al campo.

—Aun así, entiendo que tenemos que buscar entre todos una manera de que puedas tener una vida normal, como cualquier adolescente, sin que yo deje de estar bien. Es de lo que tu padre quería hablar, ¿no es verdad, Martin?

—Sí, estaba buscando el modo de decirlo. Pero ahora, ¿por qué no empezáis a comer para que la recompensa al terminar no sea un montón de comida china fría? —No me gané ni una sonrisa, pero al menos puse un granito de arena para aliviar la tensión. Los palillos volvieron a ponerse en marcha—. Lo que habría que hacer a partir de ahora es hablar las cosas, avisar con tiempo y estar siempre localizables. Kylie, nada de cambios de última hora, ten el teléfono siempre cargado y devuélvele los mensajes a tu madre tan rápido como a Ramona.

—Mira quién habla. Papá, cuando vas de acampada es imposible hablar contigo.

—Pero por mí no se preocupa nadie. La que nos preocupas eres tú, ¿de acuerdo?

—Sí, vale...

—No he perdido la cabeza —dijo Ellen—. Secuestraron y asesinaron a tu tía.

—Eso no se sabe —respondí yo.

—Yo sí lo sé. No se habría marchado sin darnos una explicación y tampoco habría estado tanto tiempo sin dar señales de vida. Lo único que me pasa es que me preocupo por mi hija, ¿es que no se entiende, joder? —Por un instante, Ellen pareció haber olvidado que su hija estaba en la mesa. Nunca decía tacos delante de ella.

—Mamá, ya lo sé. Solo es que... tenemos que organizarnos, eso es todo. Cuando salga, te diré siempre adónde voy. Pero debes comprender que algún día iré a la universidad y viviré en otra ciudad, así que tenemos que encontrar el modo de estar todos bien, ¿no crees?

Me molestó ver que Kylie había encontrado una forma mejor de decirlo que yo, pero también me sentí orgulloso, así que conseguí disimular bien lo primero. Las dos empezaron a hablar y yo seguí comiendo sin dejar de mirar el reloj. Tenía una hora y diez minutos. Había quedado con Keith para que me diera unos expedientes nuevos de los que llevaba días hablando con verdadero entusiasmo. Según él, eran los mejores. Siempre decía lo mismo, pero, aun así, estaba deseando ver lo que me tenía preparado y de quién eran los documentos que había escaneado. Cuando las dejé, Ellen y Kylie estaban charlando sobre natación, sobre el divorcio de unos famosos y sobre cuándo iba a dejar de llover. Nada de secuestros ni de asesinatos. Los platos seguían sobre la mesa llenos de grasa y ninguna me prestó demasiada atención cuando me despedí.

Solo había un pero: no podía aguantar más tiempo sin mirar el álbum. Antes de marcharme, tenía que acercarme al escritorio, así que, mientras las dos charlaban, crucé el vestíbulo, abrí el cajón sigilosamente y lo saqué con cuidado. Tardó unos segundos en encenderse, el viejo software chirrió mientras volvía a la vida con ayuda del procesador y de las piezas nuevas con las que había modernizado el equipo. Por fin, abrí la desfasada versión de iPhoto en la que había guardado las fotografías del día pasado antes de vaciar la cámara. Me senté y giré la silla para poder ver la pantalla y la puerta de la cocina al mismo tiempo. Solo iba a ser un vistazo, no podía perder la noción del tiempo con Kylie y Ellen así de cerca.

En la primera fotografía salía la pala, siempre hacía lo mismo: una imagen de aquella herramienta que utilizaba una sola vez y que luego dejaba descansar sin honores en un contenedor, como todas sus predecesoras. Por el margen de la fotografía se había colado mi mano izquierda, enguantada y lista para empezar y para sacar de la tierra lo que llevaba décadas escondido.

Después, apareció el lugar todavía virgen, intacto y solo cubierto por basura caída desde la autopista. Y le seguían fotos de los marcadores que había colocado alrededor y de un pequeño montículo a solo unos metros del punto exacto que había calculado con los datos del expediente del caso. Miré hacia la puerta de la cocina y conté hasta cinco, sosteniendo el dedo índice de la mano derecha sobre la muñeca izquierda. Era mi truco para bajar las pulsaciones. Pasé más rápido por las demás fotografías, quería llegar al final antes de que las voces de la cocina empezaran a apagarse y yo tuviera que recoger el álbum y marcharme. Adelanté a toda velocidad las imágenes del trabajo con la pala, había amontonado la tierra con esmero hasta que di con el primer hueso: era un cúbito, el fino hueso del antebrazo de una mujer de veintipocos. Las siguientes fotografías mostraban el resto y evidenciaban también el cuidado que tuve aquella noche para quitarle la tierra que tenía encima.

2

Atravesé con el Jeep las calles estrechas y empinadas que rodeaban nuestra casa hasta zambullirme en el río de tráfico que conducía hacia el centro de la ciudad. No era hora punta y en esa dirección no se llegarían a formar atascos, aunque el tráfico era lento y pesado. Por lo menos, en Seattle la lluvia no entorpece la circulación, aunque cuando nieva tres días seguidos, la ciudad se convierte en la pista de coches de choque menos divertida que pueda uno imaginar. Puse rumbo hacia un 7-Eleven cercano al Pemberton, donde iba a encontrarme con el sargento Keith Waring en cuanto acabara lo que tenía que hacer.

Había bajado a California en busca de los huesos de Winnie Mae Friedkin, una autoestopista desaparecida en 1976 y una de las cuantiosas víctimas —catorce, se calcula— de Horace Marks, el anodino camionero que pasó todo un año asesinando a mujeres que recogía junto a la autopista de la Costa del Pacífico. Cuando llevaba carga refrigerada, subía a las jóvenes en Cali, hacía con ellas lo que tuviera que hacer y luego las echaba al remolque para deshacerse de sus restos al llegar al estado de Washington. No es que fuera una estrategia de lo más brillante, pero al separar de aquel modo el lugar del asesinato y el del enterramiento, se aseguró de que algunos cuerpos no volvieran a ver la luz del día.

Al parecer, cuando detuvieron a Marks en 1977, había olvidado dónde yacían enterradas prácticamente todas sus víctimas. La detención fue el fruto de una operación algo chapucera en la que participaron once aterradas policías de civil que, haciéndose pasar por fulanas de carretera o autoestopistas, rondaron cunetas y paradas de camiones en busca de psicópatas que les ofrecieran subir a dar una vuelta. Así fue como Marks recogió a la agente Dana Brant al norte de Newbury Park. Cuando se disponía a estrangularla, ella sacó de la bota campera una Beretta con la que le disparó en las tripas. Sigue en la cárcel y todavía sufre graves problemas digestivos.

Aparqué a un par de manzanas del 7-Eleven y empecé a ponerme mi «antidisfraz». Nada de prótesis faciales ni pelucas, tan solo un gorro, unas gafas y un chubasquero con capucha por encima de una cazadora Barbour, ideal para la ocasión. Tenía el corte perfecto: cuando la ropa es cara, se nota, incluso vista a través de una cámara de seguridad. La policía no tenía tiempo para rastrear mis llamadas, pero si alguna vez se decidía a dedicar cientos de horas a examinar las grabaciones de las tiendas donde compraba los teléfonos, quería estar más o menos disimulado.

Oculté mis pasos por los callejones, bajo la lluvia; un par de vagabundos trataban de montar unos precarios cobertizos con carritos de la compra y pedazos de lona azul, la versión modesta para obras de los carísimos toldos forenses que utilizaba yo cuando salía a cavar.

Uno de ellos me pidió unas monedas cuando pasé a su lado y le tendí un par de billetes de dólar que llevaba sueltos en el bolsillo trasero de los vaqueros. No sabría decir qué aspecto tenía y él tampoco se fijó en mí. No apartó la vista del dinero y yo no paré de mirar hacia delante, haciéndome el hombre de negocios sin nada de especial que cruzaba un callejón mugriento a toda prisa, deseoso de regresar a la acera plagada de trajes y paraguas frente al supermercado. Compré un teléfono prepago con los minutos mínimos, al fin y al cabo, no pensaba gastar ni cinco. Quizá fueran diez, si tardaban en atender la llamada en el 911.

Winnie Mae fue la víctima número ocho y una de las cinco que Horace Marks no fue capaz de localizar cuando recorrió la autopista en compañía de la policía, unos meses antes del juicio. El expediente que me había agenciado Keith demostraba que hasta un idiota como Marks se divertía jugando al escondite. Le gustaba que las chicas siguieran por ahí metidas en la tierra, como un monumento oculto a lo que había hecho. Solo una vez dejó escapar una pista sobre una de esas pretendidas olvidadas y le pasó completamente inadvertida a Bobby Flowers, el teniente que lo estaba interrogando y que, para entonces, empezaba ya a perder la paciencia. Es probable que la transcripción omitiera unos cuantos guantazos más que merecidos.

 

Le compré a Winnie un helado. Solo quería una copa con caramelo caliente, nada más. No quería cucurucho. Dejé que lo terminara antes de hacerlo.

 

Ciertamente no era una gran pista, pero eso es lo más importante cuando escarbas en viejos expedientes. Hay que buscar detalles que los polis, y polis ciertamente listos, han pasado por alto una y otra vez. Siempre hay al menos un par de tipos concienzudos en el departamento que repasan a fondo el expediente en busca de esos detalles, con la esperanza de encontrar lo que nadie ha conseguido ver y dar así un empujón a su carrera. Pero siempre van detrás de algo importante.

Lo que yo busco, sin embargo, es lo corriente, algo tan insignificante y nimio que consigue esquivar todos los oídos y todos los ojos que examinan el fichero, hasta que el autor lleva tanto tiempo en la cárcel que deja de ser un caso para convertirse en un recuerdo y la víctima tampoco le preocupa ya a la policía. Así, la chica, el cadáver que sigue metido en la tierra, es poco más que una fotografía borrosa de la que ya no se acuerda casi nadie, salvo sus padres, que no la olvidarán hasta que ellos mismos también mueran.

De vuelta en el coche, me quité todos los complementos y los dejé en el asiento de atrás. Luego, preparé el álbum y puse el programa de voz en espera. Metí la llave en el contacto, arranqué el motor y comencé a dar vueltas con el todoterreno por las calles del centro. Marqué un número.

—911, ¿qué le sucede?

Ni siquiera abrí la boca cerca del teléfono. Me limité a dejarlo sobre un altavoz, pulsé la barra espaciadora y seguí conduciendo. La voz plana y robótica empezó a hablar sobre las preguntas de la operadora. Yo no las oí, pero sabía que las estaría haciendo.

 

Este es el emplazamiento exacto de Winnie Mae Friedkin, residente en San Francisco, octava víctima del huevón de Horace Marks, actualmente en San Quintín. La encontré igual que encontré los demás cuerpos: haciendo su trabajo. Estaba en una arboleda, creo que de hayas, a unos doscientos pies de lo que en 1976 era un Dairy Queen, y hoy, una tienda de deportes, Glennis Camping, cerrada por culpa de la crisis. Se hallaba prácticamente en la superficie. Mi detector de metales localizó el mechero, los anillos y su medalla de san Cristóbal. No me costó mucho desenterrarla. Díganselo a su madre. Díganle que no la encontraron. Díganle a su madre que ya puede enterrar a su hija y que no es gracias a ustedes. Adiós.

 

Esperé a que terminaran de sonar las coordenadas y, cuando acabó el mensaje, colgué el teléfono y lo dejé en el portavasos, sin parar de dar vueltas por el centro hasta que la frecuencia más paranoica de mi cerebro se tranquilizó y asimiló que ni el mejor satélite del mundo podría triangular la breve llamada que acababa de hacer a la policía.

Me detuve junto al Pemberton, un tugurio en el vestíbulo de uno de los hoteles baratos del centro y que ya había visitado con Keith un par de años atrás. Encontré el sitio perfecto para aparcar justo enfrente, pero la calle estaba tan empinada que tuve que pensar bien en qué dirección girar las ruedas. Bajé del coche con la cazadora empapada de lluvia, porque había sido tan imbécil de dejar el chubasquero en el asiento de atrás. Arrojé el teléfono que acababa de comprar por una alcantarilla que había junto a la rueda trasera y eché a andar.

Sabía que Keith me estaría esperando en una de las mesas del fondo, casi a oscuras, así que me abrí paso a través del personal que se agolpaba junto a la barra. Por lo que había visto, Keith se emborrachaba cada noche en el bar de turno, pero desde la primera vez que quedamos allí, me había encargado de que dejara el Pemberton fuera de su lista de locales habituales. Siempre que íbamos a vernos, salía pronto de comisaría para empezar a beber algo antes, porque la cuenta la pagaría yo. Las primeras veces, eché mano de mis viejas artes para seguirlo hasta el lugar de nuestro encuentro; antes de comenzar a comprarle expedientes y darles buen uso, quería asegurarme de que no pretendía tenderme ninguna trampa.

El Pemberton atraía a los bebedores más tempraneros con bandejas humeantes de comida gratis que ofrecían a última hora de la tarde, el típico señuelo que más esperarías ver en un club de estriptis que en un bar. Habían pasado siglos desde la última vez que los chicos de ReeseTech me convencieron a mí, al jefe, para acompañarlos en una de sus salidas de fin de semana, pero recuerdo que los espectáculos me parecían más sórdidas lecciones de anatomía con ambientación musical que diversiones. También recuerdo que la comida tenía mucho mejor aspecto que los tacos recalentados en el microondas que aguardaban amontonados sobre la barra del Pemberton.

Eso sí, siempre tenían los grifos de cerveza impolutos, sabían cuidar bien de su fuente de ingresos. Cuando llueve, los locales se llenan de ejecutivos y obreros de la construcción mezclados y apretujados unos con otros, esperando a que el chaparrón amaine, sabiendo que no lo hará antes de que deban volver a casa, pero que sí les servirá de excusa para tomar una copa más.

No tuve problemas para divisar a Keith entre la multitud de mesas y el laberinto de taburetes que me dificultaban el paso. Era una mole de ciento treinta kilos con unos ojos a lo Paul Newman que no se correspondían con el conjunto. Estaba recostado en la silla y me observaba mientras bebía su cerveza y comía un pepinillo. «Ponte siempre mirando hacia la puerta», dijo con gravedad la primera vez que nos vimos. «Nunca los pierdas de vista, porque ellos no van a quitarte el ojo de encima». Seguía sin saber muy bien de quién hablaba, pero lo que sí me quedó claro enseguida era que Keith no era más que un imbécil cuyo único valor era lo que podía venderme, y tan cobarde que nuestro secreto siempre estaría a salvo.

—Siéntate, Mart —dijo, al tiempo que me ofrecía con rimbombancia la banqueta húmeda y raída que tenía enfrente. Mientras uno de los dos se colocara mirando hacia la puerta, estaríamos bien—. Te he traído unos caramelitos. Pero antes dime, ¿qué tal te ha ido por California?

Sin darme tiempo a responder, llamó a la camarera y le pidió un par de Dead Guy Ales. Unas cervezas en honor del «fiambre», pero no lo hizo con sarcasmo. Keith no tenía tanta imaginación y la cerveza estaba realmente buena.

—No he vuelto a California desde que me retiré —respondí, tratando de disimular el sobresalto—. Los gilipollas de Silicon Valley me tenían frito. La que sigue yendo alguna vez es Ellen.

—Me molesta que tomes por tonto a tu amigo Keith. Sé cuándo he dado en el blanco. Antes de salir, los chicos estaban hablando del último montón de huesos, decían que podía ser un viejo enterramiento del camionero aquel... El dueño del terreno encontró el agujero antes de que llamaras, creo que no te pilló por un par de horas. —Keith esperó a que le diera yo el nombre de Horace Marks, pero lo que di fue un buen trago de cerveza, mientras le dejaba probar su mejor sonrisa burlona. No me habían pillado por un par de horas y eso solo me reafirmó en lo que llevaba meses pensando: la próxima vez sería la última.

—Como quieras —sentenció Keith—. Mañana ya me enteraré si alguien determinado ha llamado de determinada manera. No hace falta que me lo digas tú.

—¿Qué me has preparado, Keith? ¿Tienes algo? Hoy estoy muy cansado.

—Hacer de padre y de esposo es duro, aunque ya no trabajes y seas apestosamente rico, ¿no?

—Sí, justo eso, Keith. —Me di cuenta de que se estaba enfadando, pero quería ver lo que tenía, así que añadí una sonrisa. Seguramente, tenerme en suspense le gustaba casi tanto como el dinero que le daba.

—Pero dime, ¿por qué dejaste de trabajar, Martin? Esta afición tuya no es a jornada completa. ¿No echas de menos ser el rey de las puntocom?

—Andas un poco desfasado, Keith, pero sé a lo que te refieres. Verás, cuando Kylie tendría unos ocho años, fuimos a pasar unos días a una cabaña que teníamos en Oregón, para compensarlas a las dos por meses de jornadas maratonianas y semanas de más de noventa horas de trabajo. Ellas habían estado ya un par de veces con la canguro, pero nunca conmigo. Un día, nos quedamos los tres amodorrados a orillas del lago. De pronto, Ellen se despertó y empezó a llamar a Kylie a gritos. El terreno era enorme y no había nadie cerca, la playa era muy ancha y podías ver sin problema a una milla de distancia. Lo veíamos todo, salvo a Kylie. Pasado un minuto, yo también entré en pánico. Entonces, la oímos gritar y la avisté en una pequeña isla en el centro del lago, a unos tres campos de fútbol de distancia. Cuando llegamos con la barca adonde estaba, nos dijo que había empezado a nadar y que siguió nadando y nadando hasta llegar a la isla. Siempre adelante. En ese momento, descubrí que no sabía nada de mi hija, que no sabía lo que podía hacer ni cómo era, y pensé que si vendía ReeseTech, tendría dinero suficiente para vivir. Quería que su infancia se pareciera a la mía, aunque fuera un poco. Y eso fue lo que hice.

Nada como la sinceridad para hacer callar a Keith. Se fue sintiendo cada vez más incómodo a medida que hablaba y, a partir de un punto, solo se dedicó a pensar en lo que iba a decir él al terminar. Tendría que ser algo con lo que ningunear mi historia o alguna anécdota de cosecha propia con la que mostrar empatía. Al final, optó por asentir y abrir el periódico que tenía delante para enseñarme una llave USB. Extendí la mano muy despacio, sabiendo que pondría encima su zarpa sudorosa y con olor a salsa de carne antes de que llegara a cogerla. Y en efecto, bajó la mano.

—Si tanto quieres esta mierda, ¿por qué no hackeas la base de datos, Mart?

—No está todo metido todavía, ¿no? De otro modo, no te pagarían a ti por escanearlo y archivarlo.

A finales de los noventa, había hecho el tipo de cosas al que se refería Keith. Trabajaba entonces en un cibercafé de Portland, sudando la gota gorda y descargando tantos datos sin procesar como fui capaz antes de que descubrieran mi backdoor. La seguridad no era tan estricta como ahora y desde entonces, no había intentado hackear nada de la policía. Además, prefería ese método porque dejaba menos rastro. Solamente el escáner y el hombre que tenía enfrente sabían lo que me había llegado dentro de cedés y USB en la última década.

Keith levantó la mano y me guiñó un ojo, así que cogí el USB y lo guardé en la cartera, al tiempo que sacaba un fajo de billetes que coloqué debajo del periódico. Keith los recogería cuando termináramos de beber. Esos intercambios furtivos, que más parecían trapicheos cutres de droga que una operación de espionaje, me parecían una sandez, pero a Keith le hacían sentir importante.

—Adivina lo que hay dentro.

—No tiene gracia, Keith. Al menos, dame alguna pista.

—Es alguien de la ciudad. Una charla de una hora, casi tan larga como tu bonita historia sobre lazos paternofiliales.

—¿Kerr? ¿Greg Roberts? ¿Lewis Harper? —probé a decir.

—Eso no es jugar, no vale ir soltando sin más nombres de la lista.

El grandullón estaba decepcionado, pero pareció animarse en cuanto llegó la bebida. Yo tomé un sorbo y él pegó un buen trago. Keith era la prueba viviente de que, para muchos policías, su trabajo no es más que un empleo público con paga asegurada a final de mes y que les permite librar el fin de semana, lo mismo que los bedeles del ayuntamiento. Al comienzo de su carrera, pilló un alijo de cocaína que le valió un ascenso. Le dio el alto a un chico medio asiático y muy asustado, que decía ser del condado de Orange y estar de vacaciones. Lo que creo yo es que, al verlo conducir un BMW último modelo, sintió una mezcla de racismo y de envidia que le llevó a hacerle parar por conducir a doce millas por encima del límite de velocidad. Cuando el joven agente de carretera Waring llegó a su ventanilla, el chico ya estaba llorando a moco tendido y el kilo y medio de cocaína del maletero le garantizó unos cuantos años más de lágrimas en una prisión federal.

De ahí, lo transfirieron a narcóticos, luego a la brigada de robos de vehículos y, por último, a antidrogas, hasta que todos aceptaron que no tenía ni idea, que lo más probable era que nunca la tuviera y que, además, entorpecería a todos los demás si seguía poniendo sus pies en las escenas del crimen. Si nunca había sido muy esbelto, a esas alturas se había inflado tanto que ya no podía volver a las calles, así que terminó trabajando en un barracón anexo a la comisaría, el típico edificio que esperas ver en una escuela de primaria víctima de los recortes. En él pasó Keith casi toda su trayectoria profesional, formando parte de un equipo de dos personas encargado de digitalizar expedientes antiguos. Keith y su compañero dedicaban ocho horas al día a grabar cintas de audio y de vídeo, y escanear infinitas páginas escritas a mano o mal garabateadas. Luego, lo introducían todo en una base de datos en la que quizá alguien mostrara algún interés algún día. Eran todos casos cerrados, expedientes que llevaban más de una década sin tocarse. Aunque en algún momento el departamento echara para atrás la iniciativa, le cambiaran de compañero y lo devolvieran a la comisaría, su trabajo era el equivalente policial a la oficina de correo no reclamado. Y, justo por eso, me venía tan bien a mí.

—Inténtalo una vez en serio —dijo—. Vamos, ¿qué hay en el USB?

—Fotos de cuando eras un bebé. Ni idea.

—Martin, no tienes ni puta gracia, sobre todo cuando ya has cerrado la cartera. Es Jason Shurn.

Dejé la cerveza sobre la mesa con tanta energía que salpicó en el periódico.

—Shurn solo quiso hablar dos veces y las dos fue con la policía. Además, solamente habló de víctimas que ya habían sido localizadas.

—Eso es. Pero hubo otra vez, el día que lo llevaron a la silla de la risa, ¿o cómo se dice cuando te ponen la inye...?

—Pero ¿por qué no se conoce esa conversación? ¿Es que no llevó a nada? —Tuve que tener cuidado para no decirlo susurrando, porque en un local tan lleno como ese, hacerlo así habría llamado mucho más la atención que ponerme a dar voces.

—Solo respondió con acertijos, como si fuera Gollum. En la grabación no hay nada con sentido. Además, a esas alturas, ya no había presión por encontrar más posibles víctimas. La verdad, tengo la sensación de que lo de acceder a responder a aquellas preguntas fue más para alimentar su ego de asesino que por otra cosa.

Me quedé callado y metí la mano en el bolsillo para tocar el bulto del USB en la cartera. Keith me sonrió con sorna.

—Lo de ese tipo es personal, ¿no? Qué tierno... ¿Hablas de él con tu mujercita por la noche, para entrar en calor? —Se echó para atrás y se tragó un pepinillo entero, como un pez se zamparía una lombriz. Me dio asco y me cabreó a partes iguales—. Se cargó a tu cuñada, ¿no es cierto? Tinsley Schultz, la víctima de Shurn que jamás fue localizada y a la que el honorable bicho raro que consiguió casarse con su hermana no ha dejado de buscar, cual caballero andante, haciendo como si todo fuera pura coincidencia.

—Cierra la boca, Keith.

—Vale, vale, lo siento. —Malhumorado, Keith hundió la mirada en la cerveza. Luego, volvió a mirarme con una sonrisa—. Bueno, aparte de este hallazgo en California (seguro que es tuyo, no me digas que no), has estado muy activo con la pala en los últimos años. Esas llamadas tuyas tan simpáticas cada vez son más frecuentes. ¿Es que estás preparando algo? Están a punto de cumplirse veinte años de que tu cuñadita nos dijera adiós, ¿te habías dado cuenta?

—Enhorabuena por sacar las cuentas. —Estaba más que sorprendido por lo acertado (y desagradable) de la deducción—. ¿Te han ayudado a hacer los deberes?

—Lo cierto es que no te convendría. Lo he hecho todo yo solo, jefe. —La sonrisa de Keith se había vuelto más grande y empezó a rebuscar algo en el asiento de al lado, hasta que dejó sobre la mesa una hoja de papel.

Hacía siglos que no traía nada en papel, desde que le dije que no debíamos intercambiar ningún dato por internet y que había que reducir al mínimo los rastros físicos. El papel estaba arrugado y algo mojado por los bordes, pero era evidente que Keith había hecho todo lo posible por que estuviera impoluto. Con algo de ceremonia, me lo depositó en las manos y no me hizo falta mirar para saber lo que era.

—Son todos los expedientes que he ido sacando, puestos en relación con las fechas y las horas de las llamadas que ha recibido el departamento sobre los restos mortales de diferentes víctimas por todo el estado de Washington. Y fuera de él.

Keith se recostó en el asiento y cruzó los brazos sobre el pecho, como si fuera el detective de alguna serie de televisión inglesa dirigiéndose a un aristócrata al que acabara de arrinconar con una bochornosa verdad.

—¿Eres consciente de la estupidez que acabas de hacer, Keith? ¿Has buscado tú mismo las horas de las llamadas o has sido tan gilipollas de pedirle la información a otro? —Me callé. Estaba a punto de gritar y de lanzarle la cerveza a la cara.

—Al contrario de lo que piensas y por muy genio de la informática que seas, no todos los policías somos tontos. —Keith me dio tiempo para que asimilara lo que acababa de decir, pero no reaccioné. Seguí mirando hacia el papel. No pensaba que todos los polis fueran tontos, solo él. Los demás únicamente estaban demasiado cansados o mal pagados para hacer bien su trabajo.

Miré por encima los lugares y los nombres que aparecían en el documento. Spokane, Hoquiam, Lakewood. Belinda Cross, Cara Collingham, Jenna Roth. Vi mi pala sacando la tierra de alrededor de la caja torácica de Cara en Hoquiam, en aquella densa arboleda de la colina, mientras el olor intenso y rico del Pacífico se entremezclaba con el aroma suave de la tierra en la que Cara había pasado veintitrés años enterrada. Cuando la encontré y le toqué la clavícula con los dedos envueltos en látex, se me aceleró tanto el pulso que pensé que iba a desmayarme. La emoción que sentía al cavar era capaz de apoderarse de mí, de hacerme estallar los pulmones y el pecho, y de borrarme la mente. Tenía que cerrar los ojos y meter los dedos en la tierra para volver en mí y a lo que estaba haciendo. El padre de Cara Collingham dio las gracias en el Post-Intelligencer a la persona anónima que encontró los restos de su hija. Dijo que por fin podría dormir. Fue gracias a mí, con los expedientes de Keith. Fue por mí y por nadie más.

—Lo he escrito todo a máquina, no con el ordenador —dijo Keith—. ¿Lo ves? Hay unas cuantas en el departamento, todas eléctricas, aunque la mitad no funciona. Sé cómo te pones con lo de dejar rastro, así que busqué los datos yo solo, horas, lugares y nombres, y los fui apuntando en trozos de papel. Luego, los pasé a limpio y me deshice de todo. Solo hay dos copias. Una para ti y otra para mí.

—¿Por qué?

—Para dejar bien claro que estamos juntos en esto y porque me parece que va siendo hora de que también se reconozcan mis méritos. En fin, merezco algún elogio...

Un camarero pasó junto a la mesa y me di cuenta de que era incapaz de articular palabra. Levanté la mano, señalé los vasos y le enseñé dos dedos. El espectáculo de mimo me soltó la lengua. Las voces de los parroquianos se habían convertido ya en una mezcla estridente de conversaciones y risas.

—¿Quieres llevarte tú el mérito de todo esto? ¿De todos estos hallazgos?

—Nadie del departamento quiere dedicarle mucho tiempo al tipo que hace las llamadas. Aunque les tocas las pelotas con ese tonillo tuyo, la verdad es que te ocupas de cosas para las que no tenemos tiempo y eso tiene su valor. Quiero mi trozo del pastel, le vendrá bien a mi carrera. Además, quiero salir en la tele. —La sonrisa de Keith se convirtió en una risilla nerviosa, un sonido fino que encajaba mal con la mole que era.

Llegaron las cervezas y dio un trago justo cuando esa risa estaba a punto de echar abajo la última barrera que me quedaba para no estallar y lanzarme sobre la mesa para agarrarlo por la garganta.

—Y cuando les cuentes que has estado vendiendo expedientes policiales a un civil, ¿qué vas a hacer para no acabar en la cárcel?

—Lo tengo todo pensado —me respondió—. Diremos que fui yo quien desenterró los cuerpos, que te lo conté hace poco y que me ayudas desde entonces. Creo que la historia encaja. Soy un buen policía que necesita una válvula de escape para sus deseos de hacer justicia, ya sabes. Y tú, en fin, tú eres un hombre decente con una hija y una esposa que sufrió una terrible pérdida... Podríamos hacerlo coincidir con el aniversario, con los veinte años de la tierna despedida de Tinsley Schultz.

—No.

—Sabes dónde está, ¿verdad, Martin? Tú sabes dónde la metió Shurn.