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El discurso de la «teopoética», en general y particularmente en relación con la interpretación de la Escritura y la reflexión teológica, es aún un desarrollo reciente que surge de la intersección entre la teología y los estudios literarios, similar a la «espiritualidad bíblica», que brota de la intersección entre los estudios bíblicos y la espiritualidad, y a la «estética teológica», que tiene su origen en la intersección de la teología con todas las formas de estética: arte, literatura, música, etc. La razón de ser de la creciente importancia de la mediación de la estética en el quehacer teológico reside en el hecho del crepúsculo de los grandes relatos y de la fragilidad del discurso político. Lo simbólico y lo prerracional se aproxima más e interacciona mejor con la experiencia -incluida la experiencia religiosa- que con la experiencia racional y especulativa.
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Seitenzahl: 266
Veröffentlichungsjahr: 2017
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1. Tema monográfico: Teología y literatura
Maria Clara Bingemer, Solange Lefebvre, Erik Borgman y Mile Babić: Editorial
1.1. Heather Walton: La teología y nuestra forma de vivir hoy: una teopoética del relato de vida
1.2. Cecilia Avenatti de Palumbo: Literatura: una importante mediación hermenéutica para la teología
1.3. Luce López-Baralt: La poética del silencio en el «Cántico espiritual» de san Juan de la Cruz
1.4. José Tolentino Mendonça: La lectura infinita: Escritura e interpretación
1.5. Vittorio Montemaggi: La teología de Dante
1.6. Luis Gustavo Meléndez Guerrero: Gramáticas de la carne: eros, poesía y cuerpo en relación
Voces de los cinco continentes
1.7. Carmiña Navia Velasco: Miradas teológicas en la literatura latinoamericana
1.8. Mayra Rivera: Poética de la supervivencia
1.9. Jean-Baptiste Sebé: El escritor y Cristo: «La Palabra es el Verbo, y el Verbo es Dios»
1.10. Po Ho Huang: Hacer teología con las literaturas: un intento desde Asia
1.11. Stan Chu Ilo: Teología y literatura en el cristianismo africano: oyentes de la Palabra en África
2. Foro teológico
2.1. Emerson Sbardelotti: Pedro Casaldáliga
2.2. Faustino Teixeira: Una sed infinita: Ernesto Cardenal
2.3. Marcio Cappelli y Edson Fernando de Almeida: Dietrich Bonhoeffer: La mística de la cruz en un mundo que se ha hecho adulto
2.4. Marcelo Timotheo da Costa: Thomas Merton
2.5. Ursula King: Pierre Teilhard de Chardin: primer ensayo La vida cósmica y su oración al Cristo cósmico
2.6. Cleide Maria de Oliveira: Algunas reflexiones sobre la poética de Adélia Prado
Índice anual
Créditos
Consejo
Suscripción
Contra
Hay que reconocer que el discurso de la «teopoética», en general y particularmente en relación con la interpretación de la Escritura y la reflexión teológica, es aún un desarrollo reciente que surge de la intersección entre la teología y los estudios literarios, similar a la «espiritualidad bíblica», que brota de la intersección entre los estudios bíblicos y la espiritualidad, y a la «estética teológica», que tiene su origen en la intersección de la teología con todas las formas de estética: arte, literatura, música, etc.
Se trata de «... un espacio interactivo entre los estudios bíblicos literarios, la teología, la espiritualidad y la mística, y es precisamente aquello que expresa su nombre —“teopoética”— o teoría del poder espiritualmente transformador de los textos bíblicos como texto y de la profundidad teológica de los textos literarios, actualizados mediante una cierta forma de lectura o interpretación»1. Tal vez, sería más específico decir que la teopoética es la faz literaria o textual de la reflexión más amplia sobre la estética teológica como una forma de aproximación desde la espiritualidad.
La razón de ser de la creciente importancia de la mediación de la estética en el quehacer teológico reside en el hecho del crepúsculo de los grandes relatos y de la fragilidad del discurso político. Lo simbólico y lo prerracional se aproxima más e interacciona mejor con la experiencia —incluida la experiencia religiosa— que con la experiencia racional y especulativa. En segundo lugar, los pensadores que trabajan hoy en esta área de estudios, la naturaleza y las sociedades humanas, encuentran una motivación mayor y más convincente en las imágenes, los relatos y las historias que en las ideas.
Aunque la teología es principalmente una actividad intelectual, el trabajo de los grandes teólogos siempre estuvo atravesado por la imaginación. Lo mismo aconteció en el comienzo de todas las religiones, que empezaron con historias y rituales. Como bien dice Amos Wilder: «Antes del mensaje, debe haber una visión / Antes del sermón, el himno. Antes de la prosa, el poema»2.
Por tanto, la fe debe ser leída y vista a través de las lentes estéticas. Pero no entendamos esto como una actividad propia de personas ricas, burguesas y poco ocupadas. La fe vivida de los pobres y de los pueblos autóctonos da origen a una estética teológica liberadora con un gran potencial subversivo, con capacidad para repensar los conceptos, los símbolos y los significados modernos y posmodernos. Junto con la filosofía y las ciencias sociales, la literatura, el arte y todas las manifestaciones estéticas son actualmente, por consiguiente, una mediación hermenéutica, necesaria y cada vez más importante, para la teología.
Por eso, este número de la revista Concilium presenta a sus lectores esta nueva hermenéutica a través de varias miradas y perspectivas. Los seis artículos de la primera parte proceden de Escocia, de la mano de Heather Walton, que analiza la autobiografía como género literario, espiritual y teológico. Desde Argentina, escribe Cecilia Avenatti de Palumbo, expresidenta de la Asociación Latinoamericana de Literatura y Teología, sobre la literatura como mediación hermenéutica para la teología. Luce López-Baralt, de la Universidad de Puerto Rico, gran especialista en mística comparada y prestigiosa arabista, aproxima mística y literatura a través de la pluma inspirada de san Juan de la Cruz. Desde Portugal, José Tolentino Mendonça, de la Universidad Católica Portuguesa, escribe sobre la Biblia y su interpretación como escritura infinita. En este panorama no podía faltar la teología de Dante, que es estudiada por especialistas del mundo entero, entre ellos Vittorio Montemaggi, de la Universidad de Notre Dame. Y, para terminar, Luis Gustavo Meléndez Guerrero, joven investigador del departamento de Ciencias Religiosas de la Universidad Iberoamericana de la Ciudad de México, aborda los temas clásicos que están siempre presentes cuando se habla de literatura y de teología: eros, poesía y cuerpo.
La segunda parte de la revista recoge las voces de los cinco continentes que reflexionan sobre la interacción entre teología y literatura en esas latitudes. Carmiña Navia Velasco, de Colombia, habla por América Latina. Mayra Rivera, representante de los latinos de los Estados Unidos, autora del gran libro Poetics of the flesh, hace una reflexión importante y original sobre la poética de la supervivencia de los caribeños exiliados. Jean-Baptiste Sebé, de Francia, recopila y pone de relieve en su texto lo mejor del trayecto de la teología europea en su ya antiguo y sólido diálogo con la literatura. Desde Asia, Po Ho Huang aporta al lector una experiencia fascinante de la literatura en chino mandarín y su potencial teológico. Finalmente, desde África, Stan Chu Ilo refuerza la convicción de la importancia de la lectura popular de la Biblia para la teología.
En la tercera parte, el Foro teológico, se presentan textos teológico-literarios breves que encarnan concretamente lo que la teoría y la reflexión han querido decir en las secciones anteriores. Se han seleccionado algunos teopoetas de carne y hueso que, después de una breve presentación, traen hasta nosotros su teopoética, inspiradora e iluminadora. Estos son: el obispo, profeta y poeta Pedro Casaldáliga, de Brasil, el trapense de Solentiname, en Nicaragua, Ernesto Cardenal, el pastor y mártir Dietrich Bonhoeffer, que compuso poemas en la cárcel, su última morada, el monje y escritor estadounidense, fascinado por el mundo oriental, Thomas Merton, el científico y místico francés Pierre Teilhard de Chardin, y la poeta brasileña Adelia Prado.
Esperamos que este número de Concilium anime más a quienes actualmente se dedican a la investigación y a la enseñanza de la teología a aventurarse por los caminos de la estética y, en particular, de la literatura. Aquí encontrarán nuevas inspiraciones que podrán fecundar su reflexión en unos tiempos en los que aún se sienten las consecuencias de un largo invierno eclesial.
(Traducido del portugués por José Pérez Escobar)
1 Sandra Schneiders, «Biblical Spirituality», en Andrew T. Lincoln (ed.), The Bible and Spirituality: Exploratory Essays in Reading Scripture Spiritually, pp. 128-150, Cascade, Eugen, OR, 2013. Cita en p. 145.
2 Amos Wilder, «Before the message there must be the vision, / Before the sermon the hymn, Before the prose the poem», en Grace Confounding: Poems, Fortress Press, Filadelfia 1972, p. ix.
Este artículo indaga en dos trayectorias dentro de la teopoética contemporánea. La primera afirma, y profundiza en, la tradición teológica, y la segunda ofrece unos desafíos radicales al pensamiento teológico. Las dos trayectorias se manifiestan claramente en el giro hacia el relato de vida en la reflexión teológica tal como encontramos en una obra reciente sobre la vida de Dorothy Day. Sostenemos que el relato de vida es el mejor medio para hacer una contribución teológica cuando ocupan el primer plano los aspectos ambivalentes y bloqueados de la experiencia humana, y se potencian para ofrecer nuevas perspectivas sobre nuestra relación con lo divino.
Parece aún dolida y un tanto enfadada», dijo el agradable joven que había viajado desde su universidad en los confines de Europa oriental (lugar de montañas y pinares) para participar con nosotros en el simposio teológico celebrado en Escocia. Había entregado su contribución, perfectamente elaborada, la tarde antes, y había sido recibido cálidamente. «También», dijo, «está usted escribiendo sobre experiencias de su vida que acontecieron hace casi veinte años». Por entonces, él sería un adolescente con el pelo decolorado por el sol que jugaría junto a un lago. «Me pregunto por qué no se han resuelto aún para usted.»
Este agradable joven se me había quedado mirando fijamente y había visto mis heridas.
Siempre he tenido experiencia de Dios. Cuando era joven conversábamos juntos de manera sencilla y nos gustábamos mucho. La fe se transformó en pasión al ir haciéndome adulta. Me enamoré. Predicaba, oraba y daba catequesis. Pero fue la infertilidad la que me hizo teóloga.
¿Cómo describir esto? Yo quería un hijo. Anhelaba un hijo. Pero no son estas las palabras adecuadas. ¿Tenía amputados mis miembros? ¿Me devoraba la fiebre? Como la chica maldecida, ¿cada paso que daba con los zapatos mágicos tenía que hacerlo sobre cristales rotos? Estas imágenes son demasiado burdas y dramáticas para describir la naturaleza del sufrimiento interior que te acompaña dondequiera que vayas, que está tatuado en tu piel e inscrito en la niña de tus ojos. Mi infertilidad también rebasaba los límites de mi cuerpo. Me alcanzaba en el pasado y estaba conectada con los edificios en ruinas de mi barrio, las vidas jóvenes destruidas por las bombas, la guerra interminable, las hambrunas y la extensión de los desiertos. Y también miraba hacia arriba, hacia las rondas sin fin y constantes de muertos, estrellas frías.
Pero si no podía concebir ni dar a luz ni amamantar, sí podía escribir. Mi dolor se transformó en energía y no paraba de escribir. Salía rauda del trabajo para escribir. Me sentaba por las tardes en la mesa de la cocina, tomando un vino con mi marido, rodeada de cuadernos de notas y de bolígrafos. Escribir era lo único que me ayudaba. Pero no escribía palabras suaves; eran iracundas y escarpadas, dejando al descubierto mi pérdida.
He estado escribiendo durante estos veinte años. Los cuadernos de notas han llegado a publicarse como libros bajo la rúbrica general «teología mediante el relato de vida». Tengo una hija y rebasa lo que puede decirse con palabras la gracia que se me ha concedido. En mi obra hago presente también su nacimiento. Aunque mi portátil ha sustituido a los cuadernos de notas, aún sigo haciendo mi trabajo teológico en la mesa de la cocina, porque para mí es un lugar de revelación. En él, me centro en las penas y las alegrías de mi vida y de quienes me rodean. Ahora me veo a la vez estéril y bendecida. Y a veces pienso que es la situación de todos los que tratamos de dar un testimonio sincero en nuestro tiempo. Honestamente, no puedo decir que las palabras o las heridas se hayan curado. Resulta embarazoso cuando un joven puede verlo con tanta claridad, pero ¿qué puedo hacer? Estas son las heridas que llevo y son las heridas de Dios.
La teopoética está transformando la forma en que se escribe y se entiende la teología. Como demuestra este número de Concilium, una energía y una creatividad nuevas están abriéndose paso en el discurso teológico. La teopoética se remonta y recurre a la rica herencia del pensamiento imaginativo de nuestras antiguas tradiciones y responde también a las diferentes necesidades culturales y espirituales de nuestra época. Las corrientes de lo sagrado fluyen hoy a través de los cuerpos que sufren y desean, de la vida material de cada día y de todas las formas de creatividad estética. Cada vez se distancian más del viejo circuito controlado por la razón abstracta y las formas ideales. No obstante, si bien este movimiento es bien recibido a menudo como fuente de renovación teológica, es importante preguntarse qué tipo de renovación aporta a las tradiciones de la fe. ¿Aporta vida nueva y rica a la teología que está demasiado limitada por sus convenciones y distanciada de las inquietudes y las sensibilidades contemporáneas? ¿O es su impacto más bien perturbador y radical, un vino nuevo que rompe los odres viejos?
Los dos modos de abordar la teopoética se encuentran en viva tensión en el presente. El primero, recurriendo a los enfoques establecidos en la estética teológica, tiene gran interés en acentuar tanto la diferencia desafiante como la profunda complementariedad entre poiesis (proceso creativo humano) y teología. Su asimetría es la que permite su fructífero acoplamiento en el seno de la economía divina. El segundo modo atribuye al proceso creativo humano una importancia de revelación mucho más poderosa: la poiesis es considerada como un modo mediante el que el ser divino habla de formas extrañas y disruptivas que la teología no puede contener y a veces tampoco comprehender. En esta perspectiva, la creatividad artística no complementa a la empresa teológica, sino que la deconstruye y, fundamentalmente, socava su autoridad.
En este artículo, exploraré estas dos visiones contrapuestas de la teopoética, con particular referencia a mi propia área de investigación y de praxis. En el pasado se denominaba biografía espiritual», un término amplio que incluye la reflexión «biográfica sobre las vidas ejemplares de los «santos» y también los escritos autobiográficos de tipo confesión. En la actualidad, se denomina más frecuentemente relato de vida espiritual, reconociendo así que comparte muchos elementos con otras formas de producción literaria. En el desarrollo de mi reflexión me centraré, especialmente, en el relato de vida realizado por mujeres. No obstante, comienzo comentando brevemente los usos antiguos de este relato en la tradición cristiana y las tensiones creativas que han estado presentes desde el principio.
El relato de vida es un modo particularmente antiguo e importante de expresar la fe. De hecho, podría probablemente describirse como una forma teológica arquetípica. Los mismos Evangelios muestran cómo los misterios más sagrados pueden expresarse mejor en términos de una vida vivida y sacrificialmente entregada. El libro de las Confesiones de san Agustín, que es una piedra angular de la tradición cristiana, pone de manifiesto no solo la fuerza espiritual del relato de vida, sino también cómo los debates doctrinales complejos y sutiles pueden explorarse extraordinariamente mediante la gran capacidad de este género. Sin embargo, los dos ejemplos paradigmáticos del relato de vida espiritual exhiben ya las tensiones inherentes en este género.
Los relatos evangélicos están llenos de vida y de belleza. Aparecen claros y luminosos en el testimonio que dan. Sin embargo, su evidente heterogeneidad y las formas narrativas profundamente elaboradas nos advierten del hecho de que escribir la vida en un contexto teológico no es transparente ni inocente, sino que es siempre una actividad «artística». No podemos aplanar estos relatos fundacionales para protegernos de sus cualidades literarias desafiantes. No se combinan en un todo homogéneo, y, de hecho, su fuerza se debe en parte a los huecos, las divergencias y los misteriosos silencios que mantienen en el núcleo de nuestra comprensión de la Palabra hecha carne.
Asimismo, la gran obra de Agustín es profundamente ambivalente para los lectores creyentes. Tomando su modelo de las leyendas de misiones épicas del mundo antiguo (historias de pruebas, de dioses y héroes), teje con esmero un relato sobre cómo, mediante una travesía peligrosa, el yo se distancia del caos del estado inconverso para encontrar su realización reconciliado en Dios. Conforme avanza la obra, el yo y el relato van haciéndose más coherentes entre sí, y los aspectos caprichosos de la experiencia se entrelazan conjuntamente en un todo santificado. Como escribe Robert Bell: «la autobiografía espiritual que sigue el modo agustiniano lleva… desde el pecado hasta la gracia, así como una línea melódica busca su resolución» (Bell, 1977, p. 116). Se estableció así un patrón recurrente en la tradición literaria occidental, desde El progreso del peregrino hasta Harry Potter, que nos sitúa ante una imagen del viaje o travesía del yo hacia su identidad verdadera y su hogar espiritual.
Sin embargo, este proyecto armónico está lleno de conflictos. El mismo Agustín afronta duramente el hecho de tener que dar a luz a un yo autónomo para justificar las afirmaciones que hace sobre Dios. Sin embargo, también desea deplorar su protagonismo para someterse y presentarse, como criatura, ante Dios como el autor de su vida y de su texto. Con otras palabras, desea a la vez «escribirse» y «no escribirse», y la obra atestigua el sufrimiento generado por estos deseos en conflicto. «No dejes que sea propia mi vida» (escribe en las Confesiones). Larry Sissons comenta que esta tensión distorsiona y deforma su relato, y «desestabiliza las ideas de una autoría individual y libremente determinada» (1998, p. 98) en la forma literaria creada por él. Dondequiera que nos encontremos con relatos espirituales de estilo agustiniano, podemos esperar una fuerte atracción hacia una coherencia armónica y también una fuerza igual de fuerte que tenemos que probar en relación con la disrupción en una vida donde la acción divina y la acción humana se entreveran una en otra y permanecen en tensión para siempre.
Ya he comentado que las formas más primitivas de los relatos de vida espirituales en la tradición cristiana demuestran las luchas de fuerzas en conflicto que les impulsan hacia la coherencia y también despliegan elementos que retan una fácil resolución en el conjunto del relato. Estas tensiones forman parte del código genético del propio género biográfico1, que continúan siendo evidentes en el relato de vida actual. En la medida en que la teología, acercándose cada vez más a la teopoética, gira hacia el relato de vida como recurso relevante, su ambivalencia es a la vez objeto de oposición y de aceptación.
Podemos comprobarlo teniendo en cuenta dos importantes libros escritos recientemente por teólogas feministas que usan el relato de vida como su recurso principal. Compararé brevemente el libro Blessed Are the Consumers (2013) de Sally McFague con el de Claire Wolfteich titulado Mothering, Public Leadership, and Women’s Life Writing (2017). Las dos obras abordan los acuciantes desafíos teológicos recurriendo a las vidas de creyentes significativos para enraizar su pensamiento teológico en experiencias vividas y desarrollar una teología verdadera de la encarnación. Ninguno de los dos libros es ingenuo o simplista en el uso que hacen del material procedente de la vida de los creyentes. Ambos reconocen las complejidades de este proceso y la necesidad de evitar las fáciles generalizaciones o las hagiografías idealizadas. No obstante, veremos que las dos autoras adoptan enfoques muy diferentes sobre su material, y las diferencias se harán más evidentes cuando reflexionan sobre la vida de la mujer más atractiva, profética y problemática: Dorothy Day.
Como sugiere el título, la obra de Sally McFague se centra en la necesidad de descubrir modos de vivir santa y sanamente en el contexto de una cultura consumista que está influyendo desastrosamente en las frágiles ecologías de nuestro planea y en el bienestar de sus habitantes. Para conseguirlo busca modelos de vida vividas con profunda devoción a Cristo que tienen el potencial de señalarnos de qué forma podemos encarnar también nosotros la obediencia radical para oponernos a las tendencias destructivas que amenazan nuestro bien común. Espera descubrirlo leyendo en vidas ejemplares (elige como modelos al cuáquero John Woolman, a la mística radical Simone Weil y a la abnegada activista Dorothy Day) la confirmación de una perspectiva religiosa según la cual «la felicidad se encuentra en el vaciamiento de uno mismo y la satisfacción se encuentra más en las relaciones que en las cosas, así como la simplicidad puede conducir a una vida más plena» (2013, p. x). En particular, le interesa saber cómo cada una de estas historias puede llegar a ser una forma de pedagogía que ilustra a los lectores contemporáneos un modo de responder al amor y a la llamada de Dios.
En esta intención pedagógica, McFague se alinea con un motivo agustiniano dominante, que anteriormente describimos como la resolución melódica del movimiento del pecado a la gracia. De hecho, su principal preocupación es el trayecto del yo desde la alienación hasta la reconciliación con lo divino, y espera, prestando suma atención a este proceso en los personajes que estudia, ayudar a sus lectores a emprender esa misma peregrinación. McFague considera que todos sus modelos asumieron las formas del mismo viaje espiritual arquetípico. Al igual que en Agustín, este implicaba un despertar a lo divino como resultado de un proceso de transformación y de reajuste de la voluntad y de la orientación hacia el otro. En el contexto particular de su obra, McFague ha elegido personas ejemplares que experimentaron el proceso de transformación particularmente mediante la kénosis voluntaria, la renuncia a sus derechos personales y a sus comodidades, y la aceptación plena de la pobreza voluntaria. Está convencida de que este proceso espiritual capacitó a Woolman, Weil y Day a vencer a su yo al verse envueltos en una visión espiritual universal. Esta nueva cosmovisión les permitió no solo lograr la santificación personal, sino también realizar una decisiva contribución pública y política. En este marco, McFague presenta sus reflexiones sobre Dorothy Day.
Según McFague, lo que marcó el itinerario espiritual de Day fue el reconocimiento paulatino de que para entregarse totalmente a Cristo y a los demás tenía que renunciar a todo lo demás. Este proceso incluía una dolorosa separación de su amor y la renuncia al cuidado maternal directo de su hija Tamar. En la medida en que Day se sentía cada vez más atraída por la visión kenótica de san Francisco y los ideales comunitarios de san Benito, mediante su compromiso en el Movimiento del Trabajador Católico (en inglés, Catholic Worker Movement), también renunció a su vida privada, a su espacio y al disfrute de los buenos libros y de la buena música. Puso todo su tiempo al servicio de los demás. Sus esfuerzos para que los pobres tuvieran acceso a los hospitales y su correspondiente compromiso por el cambio político, exigieron lo que McFague denomina, evocativamente, una «salvaje» pasión de autovaciamiento; una cualidad que espera infundir en sus lectores. Al relatar la historia de vida de Day con términos de una forma idealizada de búsqueda espiritual, McFague quiere hacer fermentar y encarnar la doctrina de la Iglesia sobre la responsabilidad personal, el deber social y el servicio abnegado a los demás.
Claire Wolfteich adopta un enfoque diferente en su obra sobre la maternidad como función personal y pública. Su objetivo es interrogar la embrollada ambivalencia inherente a nuestras experiencias de amor maternal y discernir qué ideas teológicas nuevas podrían emerger al reflexionar sin sentimentalismos sobre este aspecto esencial de la vida de muchas mujeres. De su estudio sobre el relato de la vida maternal y espiritual de las mujeres, a lo largo de los siglos y procedentes de culturas diferentes, surgen temas de gran importancia. Estos conducen a Wolfteich a presentar numerosas ideas desafiantes relativas a la falta de compromiso teológico con la necesidad del descanso, de la propia alimentación y del cuidado de sí mismas. No obstante, hace una intervención teológica más radical deconstruyendo la división entre lo privado, lo personal y lo político en el ámbito de las relaciones maternas. Presenta, así, una comprensión modificada de la maternidad como paradigma para el compromiso político y el pensamiento teológico.
En este libro encontramos muchos elementos que destruyen los muros exteriores de la teología de género del establishment. Sin embargo, el uso de los relatos de vida significa que esta obra no es simplemente un desafío intelectual a los modelos dominantes. La obra saca vida de las vidas que narra, y en ninguna otra parte resulta más potente que en el estudio de las pruebas y los conflictos personales experimentados por Dorothy Day. Aunque se basa en los mismos escritos autobiográficos y en las fuentes contemporáneas que McFague, Wolfteich presenta una imagen muy diferente de esta figura icónica. Según ella, Day llegó a la fe a través de sus experiencias de amor erótico y encontró una satisfacción mística en las experiencias de alimentar a su bebé: sosteniéndola cerca y fijando la mirada en sus ojos. En esta perspectiva, la renuncia a la intimidad, y, particularmente, la prolongada separación/abandono de Tamar, que posibilitan a Day emprender su testimonio kenótico, no presentan el cuadro convencional de las cualidades melodiosas del camino espiritual. Mientras que todos los relatos maternales que narra contienen ambivalencia, el de Day está particularmente marcado por un profundo sufrimiento, por los conflictos y por el trauma. Su relato de vida se expresa con la «doble voz» de una persona incapaz de encontrar una fácil reconciliación entre su llamada espiritual y su amor materno. Hay aquí una «irresolución» que no puede plegarse en los contornos familiares del camino espiritual. En ciertos aspectos, Day representa, para Wolfteich, a la figura bíblica de Raquel que llora desconsoladamente por sus hijos. Osadamente, Wolfteich sugiere que la experiencia no dicha, difícil y desconocida del trauma materno podría entenderse como apofática, en el sentido de que es inenarrable y una epistemología del afecto. La autora presta una meticulosa atención a esta cualidad particular en los relatos de vida que estudió y le da una voz teológica. Su obra nos llama a ir más allá de la empalagosa simpleza que sigue caracterizando a la comprensión teológica de la maternidad para construir una comprensión madura y compleja. Este proyecto introduce la ambigüedad y el dolor en el corazón de nuestras elucubraciones teológicas y espirituales.
En los ejemplos mencionados he indagado en cómo puede reflexionarse teológicamente sobre el relato de vida de formas diferentes. Tanto McFague como Wolfteich son teólogas cristianas creativas y comprometidas, cuyas preocupaciones políticas y espirituales concuerdan con la visión que esta revista ha defendido con valentía durante muchos años. Sin embargo, McFague usa el relato de vida para enriquecer y apoyar el pensamiento teológico que, a la vez que progresivo, está profundamente inserto en la doctrina social y en las tradiciones espirituales de la Iglesia. Con esta finalidad procura suavizar las vidas que narra, pero no disfraza los conflictos y el sufrimiento personal experimentados como parte del camino espiritual. Sin embargo, puesto que su objetivo es hacer una pedagogía moral, sus modelos están configurados para que manifiesten una creciente coherencia y certeza en su vocación. La melodía avanza decididamente hacia la resolución empleando los tropos familiares de la búsqueda agustiniana.
En cambio, Woltfteich es plenamente consciente de la inestabilidad del relato de vida, y, por eso, esta cualidad representa su contribución más vitalmente teológica. La obstinación material de la vida humana desafía al confinamiento en los sistemas teológicos cerrados, y la genialidad del relato de vida es la que nos motiva a revisar los supuestos asumidos y a encontrar perspectivas teológicas nuevas, y, a veces, disruptivas.
Con toda claridad, estos enfoques contrapuestos ilustran los diferentes modos de posicionar la teopoética que ya describí al comienzo de este artículo, es decir, puede usarse para enriquecer y apoyar a la teología del establishment o para desafiarla críticamente. En todo caso, dadas mis propias pasiones y energías, yo opto habitualmente por la segunda tarea. Considero que mi vocación teológica está destinada a hacer fermentar (¡y beber!) el vino nuevo. Ya hay bastantes teólogos poniendo parches a los odres viejos. De hecho, me gustaría que nos hiciéramos más radicales de acuerdo con las vidas que consideramos como recursos espirituales y también en el modo en que nos comprometemos con la vida al escribir.
En su reciente libro, Divine Generosity and Human Creativity (2017), David Brown, prestigioso teólogo británico de la imaginación, sostiene que la teología necesita ir más allá del testimonio de la «vida de los santos» si debe estar en consonancia con el perturbador poder de revelación de Dios. Pone el ejemplo de la obra del artista Francis Bacon, un gay no creyente, cuyas relaciones personales fueron conflictivas y con frecuencia denigrantes. Describe dos obras relevantes del pintor. Los Tres estudios de figuras al pie de una crucifixión es una obra de imaginación artística que se basa en los propios tormentos de Bacon para representar la agonía y el sufrimiento de esa escena de una manera que supera con creces el alcance del arte específicamente sacro. No obstante, otro conjunto de tres imágenes que muestran el suicidio del amante de Bacon, George Dyer, en el baño de un hotel parisino, llega a conmover los niveles más profundos de los sentimientos de la pérdida y de la ternura. Brown escribe que los esfuerzos desesperados de Bacon por expresar lo que sabe del amor nos llaman la atención sobre el hecho de que, incluso en las relaciones imperfectas o promiscuas, las personas encarnan aun en sus imperfecciones algo de sus cualidades divinas. En efecto, cuando amar conlleva un gran coste personal, más allá de los límites seguros, su resplandor puede ser particularmente sobrecogedor.
Este artículo no pretende minimizar los numerosos dilemas teológicos que encontramos al abordar los temas desafiantes de la encarnación y del deseo, que han sido el centro de un extenso debate en la última mitad del siglo pasado. La Iglesia sigue luchando con los desafíos éticos de nuestra forma de vida actual. Sin embargo, independientemente de nuestras convicciones éticas, no cabe la menor duda de que el relato de vida que emerge de contextos de sufrimiento y de deseo intensos nos lleva a nuevas perspectivas sobre el gemido de la creación que sufre dolores de parto como también sobre los dolores de parto de nuestro Creador en este proceso.
En mi propio trabajo sobre la maternidad he aprendido muchísimo de la lectura de las vidas limítrofes, de las experiencias marginadas y bloqueadas en el discurso dominante. Por ejemplo, en el reciente libro de Julia Leigh sobre su paso por la fecundación in vitro, Avalanche (2016). Encontré en él unas descripciones sobre el anhelo de una mujer por un hijo que carecen de paralelo en la literatura cristiana y que inspiran una reflexión teológica profunda. Me sentí también profundamente conmovida y desafiada por el final del libro:
Después del fracaso del tratamiento, trato de aferrarme a un compromiso para amar amplia e intensamente. Con ternura. De formas que no me habría esperado previamente. Yo, tú. Yo, nosotros. Yo, esto. Desencadenado ya mi amor del gran amor que quería darle a mi propio hijo (p. 2012).
Asimismo, en su evocativo ensayo Autobiography by Numbers: or, Embodying Maternal Grief (2012), Sonja Boon nos cuenta cómo desarrolló problemas irreversibles de salud como consecuencia de su embarazo. Ya no puede disociar nunca más el dolor de su experiencia de alumbramiento, e incluso encuentra casi imposible verbalizar esta ambivalencia:
Este cuerpo habla… Mi cuerpo no descansa. Arraiga. Deambula. Busca. Enterrada en mi carne, una desesperación que se aferra. Un cuerpo acosado que busca una audiencia. Que quiere hablar. Una historia que se resiste a ser contada, aun cuando anhela que alguien la escuche (p. 197).
Una vez más, me conmueve la gracia contenida en este relato doloroso del estado herido y furioso de una madre. De algún modo, Boon descubre, en medio de su dolor, la valentía para poder decir: «Mi dolor, una herida abierta. Mi herida, el lugar de lo posible, de lo potencial, del milagro» (2012, p. 195).
Termino mi artículo en la mesa de la cocina, por supuesto. Al llegar a una conclusión, me encuentro desafiada por el trabajo de Leigh y Boon a ejercer una mayor reflexión sobre las distinciones que he hecho entre una teopoética del relato de vida que apoya a la empresa teológica y otra que la desafía y la critica. Si soy honesta, esta distinción no puede sostenerse. Incluso los teólogos comprometidos con las vidas de creyentes actuales como ejemplos pedagógicos se ven atrapados en la individualidad poco convencional y creativa que encuentran —las salvajes cualidades que los hacen santos—. Y, como he comentado anteriormente, los relatos que parecen negar la coherencia, que están profundamente centrados en el dolor y en el deseo, e incluso los que parecen lejanos de cualquier modelo cristiano, están también, a menudo, en sintonía con lo prodigioso, con la gloria, y con la frágil belleza que se encuentra en fondo de todo. Debemos encontrar en ellos la actualización y la renovación que sostendrán el pensamiento teológico, incluso cuando este se compromete más plenamente con la vida que vivimos. Debería haber sido más sincera y menos polémica. Sé bien, en mi corazón y en mi vida, que en nuestra creatividad creyente podemos ser a la vez estériles y bendecidos.
Anderson, Linda, Autobiography, Routledge, Londres 2004.
Agustín, san, Confesiones, Espasa Calpe, Madrid 101983.
Bell, Robert, «Metamorphoses of Spiritual Biography», ELH 44 (1977) 108-126.
Boon, Sonja, «Autobiography by Numbers; or, Embodying Maternal Grief», Life Writing 9 (2012) 191-202.
Brown, David,
