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"Cuando entré en el hospital, el 2 de abril, se alcanzaba el pico de fallecidos en un solo día a causa del Covid-19: 950 en toda España, una tercera parte en Madrid. Eran los peores días de la pandemia. Los hospitales estaban colapsados". "He sido testigo de excepción, testigo privilegiado de la vida y la muerte de tantas personas que se presentaban ante mí como un espectáculo de altísima dignidad y espantosa fragilidad (...) Lo que he visto ha batallado en mí. Me ha herido. Y ha desencadenado un diálogo con el Misterio de Dios que bien podría calificarse de duelo, a imagen de la relación que el Job bíblico entabla con Yahvé. Estos días me han construido". En este libro, escrito día a día tras una agotadora jornada en el hospital, hay un pulso que le sostiene la mirada a la desgracia. Sin regodearse en el sufrimiento ni caer en la cursilería, la voz del autor se yergue dolorida, a la vez que serena y esperanzada, en medio de la insólita y terrible situación de decenas de enfermos que atravesaron el trance de la vida sin la compañía física de sus seres queridos.
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Seitenzahl: 125
Veröffentlichungsjahr: 2020
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Ignacio Carbajosa
Testigo de excepción
Diario de un cura en un hospital del COVID
© El autor y Ediciones Encuentro, S.A., Madrid 2020
Queda prohibida, salvo excepción prevista en la ley, cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública y transformación de esta obra sin contar con la autorización de los titulares de la propiedad intelectual. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (arts. 270 y ss. del Código Penal). El Centro Español de Derechos Reprográficos (www.cedro.org) vela por el respeto de los citados derechos.
Colección 100XUNO, nº 76
Fotocomposición: Encuentro-Madrid
Impresión: Cofás-Madrid
ISBN: 978-84-1339-032-1
Depósito Legal: M-16688-2020
Printed in Spain
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Redacción de Ediciones Encuentro
Conde de Aranda 20, bajo B - 28001 Madrid - Tel. 915322607
www.edicionesencuentro.com
Índice
Premisa
2 de abril - primer día de servicio
3 de abril - segundo día de servicio
4 de abril - tercer día de servicio
6 de abril - cuarto día de servicio
8 de abril - quinto día de servicio
10 de abril - sexto día de servicio
12 de abril - séptimo día de servicio
14 de abril - octavo día de servicio
16 de abril - noveno día de servicio
18 de abril - décimo día de servicio
20 de abril - decimoprimer día de servicio
21 de abril - decimosegundo día de servicio
24 de abril - decimotercer día de servicio
26 de abril - decimocuarto día de servicio
27 de abril - decimoquinto día de servicio
29 de abril - día de descanso
30 de abril - decimosexto día de servicio
2 de mayo - decimoséptimo día de servicio
4 de mayo - decimoctavo día de servicio
7 de mayo - decimonoveno día de servicio
8 de mayo - vigésimo día de servicio
Al Dr. Rayo, la Dra. Valdazo y la hermana Josefa, lazarillos en mi santa peregrinación
A la dirección y a todo el personal del Hospital San Francisco de Asís de Madrid, que cuidaron (y dejaron cuidar) hasta el último instante la vida de tantos españoles en esta pandemia
A los que nos dejaron y ahora gozan de la visión del Padre bueno. A los que sobrevivieron y ahora están de vuelta a casa, con sus familiares
A los sacerdotes con los que vivo que, con gran caridad, salieron al paso de todas mis necesidades durante cinco semanas.
Y es difícil creer que la tibieza, la ternura, la belleza de su relación no se haya recogido, no haya sido atesorada en alguna parte, de algún modo, por algún testigo inmortal de la vida mortal. Vladimir Nabokov, La verdadera vida de Sebastian Knight
A Fernando Savater, compañero de camino
Premisa
Yo no soy «técnicamente» un capellán de hospital. Soy sacerdote diocesano de Madrid y mi tarea principal es la de ser profesor de Antiguo Testamento en la Universidad Eclesiástica San Dámaso. Mi servicio en el Hospital San Francisco de Asís se circunscribe a cinco semanas, del 2 de abril al 8 de mayo del 2020, y se relaciona con la pandemia de coronavirus que ha asolado a España y al mundo entero durante meses.
Cuando entré en el hospital, el 2 de abril, se alcanzaba el pico de fallecidos en un solo día a causa del COVID-19: 950 en toda España, una tercera parte (310) en Madrid. Eran los peores días de la pandemia. Los hospitales estaban colapsados. Unos días antes abría sus puertas el hospital de campaña de IFEMA, con el objetivo de acoger el excedente de enfermos y paliar el déficit de camas, plazas de UCI incluidas.
¿Cómo llegué a «convertirme» en capellán en tiempos de pandemia?
Las dos primeras semanas de confinamiento, previas a la entrada en el hospital, se presentaban ante mis ojos con un cierto encanto. Los que nos dedicamos a la vida académica tenemos una formamentis que ve en las horas de reclusión una amada posibilidad de investigar, escribir artículos, adelantar trabajos. En la primera semana ya había terminado la conferencia que tendría que pronunciar en Jerusalén en mayo (que obviamente sería pospuesta). He de confesar con un tanto de vergüenza que la perspectiva de las diferentes prórrogas del estado de alarma no me desagradaba: daban alas a mi investigación, un campo en el que me muevo con gusto.
Mi pasión por la investigación bíblica no estaba reñida con mi interés por lo que sucedía entonces en España. Al contrario, tenían y tienen el mismo origen: mi vocación de servicio a los hombres y mujeres de mi tiempo. Y lo que estaba sucediendo me llenaba de inquietud. Yo soy sacerdote. He sido llamado a dar la vida, no a preservarla con cuidado. Pero sobre todo me inquietaba la perspectiva de que el drama que se empezaba a vivir en hospitales, residencias de ancianos y casas no estuviera acompañado de significado. Dicho de otro modo, percibía la urgencia de que la fe, esperanza y caridad cristianas pudieran alcanzar a todos los que sufrían. Si la fe no sirve para estos momentos, ¿para qué sirve?
Hasta en un par de ocasiones ofrecí mi disponibilidad a mi obispo y a mi vicario, ya durante las dos primeras semanas de confinamiento. A finales de marzo nos llega un aviso a los sacerdotes menores de sesenta años sin carga pastoral pidiendo la disponibilidad para los hospitales de campaña que empiezan a abrirse. Escribí al vicario de acción social ofreciéndome. Al parecer ya habían respondido muchos y no había necesidades para los hospitales. Fui llamado a estar «en el banquillo», es decir, de reserva. Y a la vez se me pidió entrar en un equipo de guardia nocturna al teléfono (SARCU).
Hace ya tiempo que aprendí que cuando uno ofrece la disponibilidad no lo hace a un proyecto personal, a una creación de la propia imaginación. Da la disponibilidad y obedece al designio de Otro, de Dios, que en mi caso se manifiesta en la disponibilidad a mi obispo. No soy yo el que decide el lugar de los peones en la gran obra de salvación del mundo entero. Así que obedezco.
A los pocos días, el miércoles 1 de abril, me llama el subdelegado de pastoral sanitaria: se necesita un sustituto para la capellanía del Hospital San Francisco de Asís. El capellán, franciscano, es muy mayor y lo han mandado a casa para evitar peligros. Hablo con los sacerdotes con los que vivo. Mi disponibilidad implica la de ellos: si empiezo una tarea con enfermos de COVID en el hospital, debo aislarme y son ellos los que me tienen que servir desayuno y cena, además de la comida los días que no esté en el hospital. Porque ellos aceptan, yo acepto.
Se acabaron los días de gozosa investigación bíblica. Cuando llegue del hospital estaré tan cansado que no podré ni abrir un libro. Solamente en las últimas semanas tendré algo de tiempo para retomar mis clases online. Con todo, se me impone que la verdadera fecundidad está en dar la vida por la obra de Otro, por la obra de Cristo en el mundo. Obedecer al designio o tarea que Otro me propone. Esta es una vieja lucha, que por vieja no deja de replantearse en mi vida: «Si yo tuviera tiempo para investigar sería Premio Nobel de crítica textual de la Biblia», me digo cuando sueño despierto. Pero ese premio no existe y la fecundidad de la vida no la fijo yo. Y gracias a Dios ya he hecho experiencia de que mi vida se hace más grande obedeciendo. Mucho más grande. ¡Son tan pequeños mis proyectos! Y paradójicamente el tiempo que dedico a investigar y a escribir se hace más fecundo siguiendo la voluntad de Otro. ¡Penetro más, entiendo más la realidad que estudio!
Esto que me decía al aceptar la capellanía debía ser verificado en las semanas venideras. Y así ha sido. He sido testigo de excepción. He sido testigo privilegiado de la vida y la muerte de tantas personas que se presentaban ante mí como un espectáculo de altísima dignidad y espantosa fragilidad: «¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él, el ser humano para darle poder?» (Salmo 8). He visto lo humano y lo divino. Y no solo he visto, no solo he sido testigo. Lo que he visto ha batallado en mí. Me ha herido. Y ha desencadenado un diálogo con el Misterio de Dios que bien podría calificarse de duelo, a imagen de la relación que el Job bíblico entabla con Yahvé. Estos días me han construido.
Merecía la pena dejar huella por escrito de lo que he visto y oído. Coincide con aquello que no han visto y oído los familiares que no podían acompañar a sus seres queridos. Aquí solo reflejo aquellas historias y conversaciones que han sido significativas para mí. Muchas otras (incluidas las que no puedo o no debo reflejar en este diario) quedarán para siempre en el silencio de lo acaecido y no recogido, con la certeza de que serán atesoradas «en alguna parte, de algún modo, por algún testigo inmortal de la vida mortal» (Vladimir Nabokov, La verdadera vida de Sebastian Knight).
Nota
Las historias y conversaciones aquí recogidas son reales aunque los nombres han sido cambiados para salvaguardar la identidad de las personas implicadas, fundamentalmente enfermos.
2 de abril - primer día de servicio
He dormido mal. Hoy es el primer día de hospital y no sé qué es lo que me voy a encontrar. Cuando algo no se conoce, la imaginación se dispara ofreciendo a la razón infinitas formas del ignoto objeto, más o menos felices, a través de una extraña combinación de noticias parciales, temores, suposiciones y otros peregrinos ingredientes.
Estamos en la tercera semana de confinamiento y hace tres días se decretó la «hibernación de la economía». Madrid es un desierto. A las 10:45 he sido citado en el Hospital San Francisco de Asís para conocer mi tarea. Salgo a la calle bien pertrechado con mi salvoconducto. Aunque es jueves y son las diez de la mañana, las calles parecen decir que nos encontramos en las primeras horas de luz de un domingo. Experimento una extraña sensación al coger de nuevo el coche después de tantos días de parón. Casi me extraña que me haya sido fiel: estaba donde lo dejé. Ya en marcha, la primera parada me sorprende a los quinientos metros: un control de policía. Saco mi salvoconducto mientras digo: «capellán de hospital».
Llego a mi destino. Allí me encuentro a David, sacerdote como yo, con quien me alternaré en la tarea de capellán durante las próximas semanas. Juntos buscamos al Dr. Alfonso Rayo, traumatólogo, nuestra referencia en el hospital. Buen médico y mejor persona. Hombre entregado en estos días de pandemia. A él llegan todas las peticiones de asistencia religiosa, que vienen de los mismos enfermos o de sus familiares. Nos recibe con una cordialidad de la que hará gala durante toda esta emergencia. Nos introduce en la vida del hospital.
El San Francisco de Asís es una fundación de las Hermanas Franciscanas Misioneras de María, se remonta a los años treinta del siglo pasado. Cuenta con tres plantas, todas ellas ocupadas por enfermos de COVID-19 a excepción de una pequeña ala donde se conserva la maternidad, un reparto que da fama a este hospital. Los bebés han decidido desoír las indicaciones del gobierno y les da por nacer también en estas semanas… Como todos los hospitales españoles, esta estructura de gestión privada ha pasado a depender de una autoridad única que administra el flujo de enfermos. Hoy tendremos nuestro primer encuentro con los contagiados. Ojos abiertos: debemos memorizar todos los rituales que después repetiremos hasta la saciedad, día tras día.
Primer ritual: la «vestición». El nombre «EPI» (equipo de protección individual) no nos es desconocido. En estas semanas el léxico del español medio se está enriqueciendo con vocabulario médico. Es el primer día y la vestición se alarga. Con el paso de los días ganaremos en agilidad. En el despacho del Dr. Rayo tenemos preparado nuestro equipo. Lo primero es quitarnos la ropa y ponernos el pijama verde típico de quirófano. Por encima nos ponemos una bata verde ligera y desechable. Y por encima otra bata impermeable azul, también desechable: será nuestra barrera ante los pacientes infectados. Cubrimos los zapatos con unas calzas de plástico y la cabeza con un gorro que se anuda en la nuca. Llevamos dos mascarillas. Nos insisten en que la primera hace las veces de nuestra piel y no debemos quitárnosla nunca. La segunda, por encima, una de tela azul, típica de quirófano, cubre y preserva la primera. Lo mismo sucede con los guantes: el primer par es parte de nuestra piel. El segundo par se desecha cada vez que se entra en contacto con personas o cosas infectadas. Por último, nos ponemos una pantalla o visera de plástico que se abraza a la cabeza, a la altura de la frente, con un velcro. En el diálogo con los pacientes esta pantalla protege los ojos y el resto de la cara.
Mientras nos vamos pareciendo a lo que vemos en fotografías o vídeos, nos surge la pregunta: «¿Cómo nos reconocerán los enfermos?». En circunstancias normales, el capellán de hospital es reconocido por su alzacuellos, que «se alza» sobre la bata blanca, o bien por una cruz en la solapa y la identificación «capellán» bien visible en la pechera. En nuestro caso, todo lo que es visible se debe desechar. No nos atrae la idea de dibujar, con rotulador, la cruz o la palabra «capellán» sobre la última bata impermeable y desechable. Es un recurso muy utilizado por enfermeras o auxiliares que escriben sus nombres para hacerse reconocer. Sor Manoli, responsable de la Asistencia Social y de Atención al Paciente, alumbra la idea que por fin triunfará: la pantalla que nos cubre la cara tiene una banda opaca por encima de los ojos. En ella, a partir del segundo día, lucirá un rótulo con la palabra «sacerdote». Esa pantalla se lava todos los días con alcohol. Será nuestra carta de presentación ante médicos, enfermeros, auxiliares, personal de limpieza… y enfermos al entrar en las habitaciones.
Vestidos de esa guisa, el Dr. Rayo nos conduce a las oficinas del hospital para presentarnos al director y al gerente. En esa misma reunión conocemos a dos pilares de lo que llaman la «zona cero» (plantas de infectados): la hermana Josefa y la doctora Valdazo, también conocida como «Doctora COVID» por su implicación directa con los enfermos contagiados. Con ellas cruzaremos el umbral que nos separa de ese mundo desconocido: para nosotros, para la prensa y la televisión… y para los familiares.
