The Perfect Love - Lyla Mars - E-Book

The Perfect Love E-Book

Lyla Mars

0,0
6,99 €

-100%
Sammeln Sie Punkte in unserem Gutscheinprogramm und kaufen Sie E-Books und Hörbücher mit bis zu 100% Rabatt.

Mehr erfahren.
Beschreibung

¿Dejarías que un algoritmo te diga a quién tienes que amar?  98,8 %. A Eliotte aún le cuesta creerlo, pero los resultados de su test de compatibilidad son irrefutables. La autoridad mundial acaba de decretar científicamente que Izaak Meeka es su alma gemela más pura. Una vez se casen, tendrán que vivir juntos, a pesar de que ninguno de los dos lo desea. Juntos, Eliotte e Izaak deciden desafiar al gobierno. Ellos saben que el amor no puede ser pautado ni calculado, y lucharán para liberar a la humanidad del algoritmo. ¿Conseguirán que triunfe el amor?

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern

Seitenzahl: 549

Veröffentlichungsjahr: 2024

Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



The Perfect Love

Lyla Mars

Serie No soy tu alma gemela 2
Traducción de Marta Sánchez

Contenido

Página de créditos
Sinopsis
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Capítulo 31
Capítulo 32
Capítulo 33
Capítulo 34
Capítulo 35
Capítulo 36
Capítulo 37
Capítulo 38
Capítulo 39
Epílogo
Agradecimientos
Sobre la autora
Notas

Página de créditos

The Perfect Love

V.1: octubre de 2024

Título original: The Perfect Love

© HarperCollins France, 2023

© de esta traducción, Marta Sánchez Hidalgo, 2024

© de esta edición, Futurbox Project S. L., 2024

Todos los derechos reservados, incluido el derecho de reproducción total o parcial de la obra.

Diseño de cubierta: © Studio Piaude

Imagen de cubierta: © Herzstaub / © Shutterstock

Corrección: Isabel Mestre, Gemma Segués

Publicado por Wonderbooks

C/ Roger de Flor n.º 49, escalera B, entresuelo, despacho 10

08013, Barcelona

www.wonderbooks.es

ISBN: 978-84-18509-79-7

THEMA: YFE

Conversión a ebook: Taller de los Libros

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser efectuada con la autorización de los titulares, con excepción prevista por la ley.

The Perfect Love

¿Dejarías que un algoritmo de diga a quién tienes que amar?
Deja de buscar el amor: cuando seas mayor de edad, la Ciencia te dirá quién es tu alma gemela

98,8 %. A Eliotte aún le cuesta creerlo, pero los resultados de su test de compatibilidad son irrefutables. La autoridad mundial acaba de decretar científicamente que Izaak Meeka es su alma gemela más pura. Una vez se casen, tendrán que vivir juntos, a pesar de que ninguno de los dos lo desea.

Juntos, Eliotte e Izaak deciden desafiar al gobierno. Ellos saben que el amor no puede ser pautado ni calculado, y lucharán para liberar a la humanidad del algoritmo.

¿Conseguirán que triunfe el amor?

«Una historia de ritmo desenfrenado, mucho suspense y grandes dosis de peligro. La trama es tan estremecedora que no podrás dejar de leer hasta llegar a la última palabra.»

Mon Jardin Litteraire

«[…] Una novela emocionante. Me enganchó desde el principio y me encantó descubrir todas las sorpresas que se esconden en ella. Los giros argumentales te dejarán sin aliento.»

Livre sa Vie

«He descubierto que la pluma de Lyla Mars es superadictiva y fluida.»

Les Lectures de Sirius

«The Perfect Match ya me conquistó, así que aquí estoy, totalmente conmovida por esta continuación que me ha hecho temblar a lo largo de la novela con cada uno de los personajes que me han gustado o que he amado odiar… ¡Esta bilogía permanecerá en mi corazón, sin duda!»

Le Journal d'Aely

#romantasy

A Mal, que me ha regalado el mundo entero.

Y que es todo mi mundo.

1. Allí

El sol me quema la piel. La sal de las lágrimas me irrita los ojos como el fuego, pero no debo dejar que caigan. No.

Miro a Matthew jadear apoyado en la farola del aparcamiento con los puños apretados. Tiene una gota de sangre en el grueso arco de Cupido. Se la seca con el dorso de la muñeca mientras se sorbe los mocos.

«¿Cómo has podido? ¿Cómo?».

—Eliotte, ¡déjame que te lo explique! —exclama de pronto con una voz ronca mientras me agarra de los brazos.

—¡No hay nada que explicar! —suelto cuando me libero con brusquedad de él—. ¡Me das asco! ¡Eres un cabrón, Matthew!

—Por favor…, déjame que te explique por qué he actuado como un gilipollas de primera.

—¿Crees que nos importa tu drama, desgraciado? —exclama Izaak mientras se acerca a nosotros.

Matthew aprieta la mandíbula y dirige la mirada a nuestros pies, al asfalto destrozado.

—Lo siento, Eliotte —murmura entre dos suspiros—. Lo siento muchísimo.

Levanta los ojos color zafiro hacia mí. Brillan. Y la luz del día no tiene nada que ver.

—Mi familia está en deuda con el gobernador, pero yo no tenía porqué saldarla… Así no, al menos.

—Ya te hemos dicho que tu drama no le interesa a na…

Izaak se interrumpe cuando le apoyo una mano en el brazo.

«Quiero escuchar su drama. No sé por qué quiero enterarme de sus tonterías, pero es superior a mí».

—¿Qué tipo de deuda? —pregunto con tono áspero.

—Gabriella, mi hermana pequeña, sufre una enfermedad degenerativa —explica mientras aprieta los labios como si estuvieran clavándole un cuchillo en el corazón—. La evolución de la enfermedad solo puede detenerse con una tecnología específica: los cerebrocontinems, cuyo prototipo se desarrolla en el bloque Norte,1 en Francia. Mi madre conocía al gobernador desde hacía mucho tiempo y durante años le suplicó que buscara una forma de mandar a Gabriella allí. El traslado entre bloques durante un tiempo indefinido es imposible, lo sabes bien. Pero no podíamos abandonar a Gabriella. Y entonces el gobernador hizo todo lo necesario para enviar a mi hermana y a mi padre a París… Aunque le dejó claro a mi madre que le debía una.

Asiento, cansada.

«Así que Gabriella era la niñita que sonreía desde la cama del hospital en el fondo de pantalla de la señora Rivera…».

—Cuando mi madre me dijo que tenía que conseguir toda la información posible sobre ti sin hacer preguntas, me negué. Pero el gobernador amenazó con repatriar a Gabriella, y yo… No pude hacer otra cosa, Eliotte.

Sus ojos brillantes me escrutan, y le tiemblan los labios.

—He hecho todo lo posible para no darle al gobernador ninguna información comprometida, te lo juro. De hecho, apagué el micro cuando empezaste a…

«A confiar en ti».

Se me cierra la garganta y siento que me asfixio. Aprieto los puños y doy un paso atrás.

—Muy bien —respondo.

—Lo siento… Perdóname, te lo suplico, Eliotte… Por favor.

Me muerdo el interior de la mejilla e inspiro fuerte. Estoy a punto de vomitar las tripas sobre el asfalto y sobre los cristales rotos a mis pies. Es una jodida pesadilla.

«No, no, no».

«No llores».

Muevo los ojos y siento que las lágrimas, tibias, se cuelan entre mis pestañas.

—N-no te acerques más. Ni a mí ni a Izaak —suelto mientras lo miro directamente a los ojos.

—Eliotte, yo…

—¿Has entendido lo que te he dicho? No te acerques más a nosotros. No quiero volver a verte.

Agacha la cabeza y esconde el rostro entre las manos. No soporto verlo así; me gustaría que su estado me fuera indiferente. Completamente indiferente. Me gustaría odiarlo. Pero mi corazón siempre va con retraso.

En ese momento, doy media vuelta y me dirijo a grandes zancadas al diner. Soy la reina de los capullos. Una tonta. Izaak le grita algo a Matthew que no consigo entender y se reúne conmigo unos pocos pasos después. Su presencia silencia el ruido del mundo y el de mi cabeza, y me envuelve en un halo de calidez. Coloca una mano en mi hombro y se inclina en mi dirección.

—Eli, ¿quieres que vayamos a tu casa a seguir buscando? —pregunta con un tono dulce—. ¿Que volvamos al motel a buscar nuestras cosas? ¿Que acabemos todos los platos de nuestra mesa del diner?

Se me congelan las piernas. No tengo fuerzas para responder. No se forma ninguna palabra en mi cabeza.

—Eli, por favor, dime qué quieres hacer y lo haremos.

«Soy tan tonta…».

Todavía no me creo que haya tenido a un traidor a mi lado desde el principio, que grababa todo lo que decía, que me incitaba a hablar sobre mi relación con Izaak y con Ashton para incriminarme, que se hacía pasar por mi mejor amigo. Así, de un modo tan natural como respirar.

Y, sobre todo, no puedo aceptar que lo creyera. Estaba tan segura de que era sincero como de que dos por dos son cuatro. Me vuelvo hacia Izaak y evito su mirada. Apoyo la frente sobre su pecho mientras intento contener las lágrimas, pero ya las siento en las mejillas.

Me coloca una mano en el pelo y otra en la espalda para acercarme más. Su olor a madera y limón me ayuda a volar por un momento, a cerrar los ojos.

—Háblame —murmura—. Dime qué puedo hacer por ti. Dime qué hacer.

—N-no puedes hacer nada. Yo soy la que debe encajarlo.

—No estás obligada a hacerlo sola. Estoy aquí, Eli. Podemos hacerle frente los dos, ¿vale?

Me acaricia el pelo lentamente con una mano antes de bajar a la nuca, que masajea con movimientos suaves y cuidadosos.

Con todo lo que debo digerir desde que decidí sumergirme en mi pasado, esta revelación sobre el cerdo de Matthew ha sido el golpe final. «KO para Eliotte».

Me aguanto un sollozo y me sorbo los mocos mientras aprieto los lados de su chaqueta vaquera.

—Gracias, Izaak. Gracias.

No sé si me ha oído, teniendo en cuenta la intensidad de mi voz, pero me besa en la cabeza como respuesta.

—Si quieres que me lo cargue, dímelo —me dice mientras coloca el mentón sobre mi pelo—. ¿Qué cambiaría uno más en mi lista?

Mis labios esbozan una sonrisa por sí solos.

—Si acabas en la cárcel, nos costará meter en ella a tu padre.

—Tú sola te bastarás para eso, aunque es verdad que sería una mierda acabar en la misma celda que él.

Ahogo una risa en la garganta, aunque la suya se le escapa de los labios. Es maliciosa y gélida.

La primera vez que escuché la risa de Izaak me sorprendió. «Este robot espectral se ha reído». Sin embargo, y aunque entonces no sabía por qué, algo se electrificó en mí en ese momento. Nunca me habría imaginado que ese sonido algún día tendría el don de serenarme. De verdad.

Damos una última vuelta por mi casa, tanto para tener un último recuerdo del lugar como para examinarlo escrupulosamente de nuevo. Una vez que tenemos las mochilas llenas de documentos y de discos duros que analizar, tomamos un taxi en dirección a Portland para volver al loft y decidir qué hacer con toda esa información. Cómo y cuándo desacreditaremos al Gobierno y destruiremos su sistema. Durante todo el trayecto, siento un peso que se mueve en mi vientre al ritmo de las sacudidas del coche.

«Nunca me lo habría esperado de él. Nunca me lo habría esperado de él. Nunca me lo habría esperado de él». 

Me doy cuenta de que Izaak intenta distraerme con sus bromas cínicas, en las que es experto, y con sus tímidas caricias. Y no puedo negar que el hecho de que lo intente me reconforta.

—Estoy molido —dice al tirarse sobre la cama.

Da unos golpecitos a su lado para invitarme a tumbarme con él. Entonces, dejo la mochila cerca de la puerta, donde me había quedado apoyada por reflejo, y me echo junto a él mientras suelto un largo suspiro.

—Tengo una reunión en el cuartel general esta noche, pero le diré a Francis que vaya solo —me asegura mientras me agarra de la mano.

La coloca delante de él y traza pequeños círculos sobre ella con el pulgar.

—Solo son las cuatro… —respondo—. Con una siesta estarás listo para ir a la reunión, no te preocupes.

—Prefiero pasar la tarde contigo. Y la noche…, pero esa no es la intención —murmura.

Me río y levanto la cabeza, y me cruzo con su mirada verde incandescente, que brilla con malicia.

—¿Sabes? Antes de ir a Seattle quería hablar contigo… —le digo de pronto—. Quiero unirme a los Liberalmas. Quiero actuar. Formar parte del grupo que destruirá el sistema.

Estira los labios y me agarra más fuerte de la mano.

—No esperaba menos de ti…, pero estoy obligado a preguntártelo antes de animarte a ello: ¿sabes lo que representa?

—Conozco los riesgos, sí. Pero tengo todas las razones del mundo para correrlos.

Sus dedos se entrelazan con los míos. El simple contacto me produce escalofríos.

—Aunque no quieras ser miembro del cuerpo militar, tendrás que seguir un entrenamiento intensivo para aprender a luchar y a manejar un arma, tendrás que conocer nuestras estrategias, nuestros métodos… Sobre todo porque nos iremos en poco tiempo.

«¿Qué?».

Me apoyo en los codos.

—¿Irnos? ¿A dónde?

—A Alma, tras la frontera. El viaje lleva mucho tiempo organizado…, y era mi solución mágica para nuestro matrimonio: me habría marchado de la noche a la mañana y te habrían declarado viuda al cabo de un año o dos —explica con una sonrisa—. Sin marido, no hay matrimonio. 

Lo miro por el rabillo del ojo con una sensación extraña en el pecho.

No sé qué significa su sonrisa.

¿Qué piensa ahora? ¿Cuál es la solución a nuestro matrimonio? ¿Todavía necesita una?

Porque, aunque en la calle seamos una pareja, en el apartamento, después de todo lo que ha pasado…, ¿qué somos exactamente?

«¿Qué soy en sus brazos?».

No lo sé. No me atrevo a preguntárselo. Es demasiado pronto. Bueno, eso creo… La verdad es que estar en un punto intermedio me paraliza. Soy o no soy. No puedo ser a la mitad. «Es lo que siempre he pensado».

«Pero, sobre todo, Eliotte, ¿qué quieres que sea él?».

Después de todas estas decepciones, traiciones y desilusiones, para ser sincera, pensaba protegerme y mantener ese vacío enorme en el pecho. Y hoy, aunque sé que mi padre no me abandonó, esos miedos que me persiguen desde niña aún están ahí, incrustados en mí como una segunda piel. Y, con ellos, las preguntas sin respuesta.

«Es cierto que hoy no estoy sola, pero ¿qué pasará mañana? ¿Y pasado mañana?».

Pero algo ha cambiado en Izaak. No sabría decir qué exactamente, pero así es. Sé que representa muchísimo para mí, que me gusta estar con él y que no puedo seguir con esto si… si no está a mi lado.

Y, más allá de todo eso, no puedo evitar preguntarme: ¿Algorithma predijo este sentimiento? ¿Han…?

—Oye, ¿estás bien?

Levanto bruscamente la cabeza hacia Izaak. Me mira cansado.

—¿En qué piensas, Eliotte?

—Yo… En nada, en nada.

Doblo un brazo detrás de la cabeza mientras suspiro.

«Pienso en todo. En absolutamente todo, Izaak».

Se vuelve hacia mí y me acaricia una mejilla. Pasa los dedos sobre mi piel con suavidad y deja chispas tras él.

—Es mucho de golpe, lo sé… Pero todo irá bien —murmura ante mi silencio—. Estoy aquí. Estamos juntos en esto.

Sonrío. El peso de mi corazón se afloja ante su tierna mirada.

—Oye… ¿Cómo iremos a Alma con los demás? —pregunto.

—¿Quieres venir conmigo? 

—No tienes ni que preguntarlo. Te he dicho que quería pasar a la acción… y no quiero que vayas solo —añado en voz baja.

Permanece en silencio un momento, con la mirada perdida en mi mano, antes de decir:

—Si nos vamos, solo volveremos cuando haya comenzado la fase militar de nuestro plan, ¿lo sabes?

«Es decir, no volveré a ver a mi madre hasta dentro de mucho tiempo…

»Pero no cambiará mucho mi día a día».

Asiento con una ligera inclinación del mentón.

—Para llegar a Alma —empieza Izaak—, hay que encontrar la forma de cruzar la frontera y sortear su vigilancia, de sobrevivir en la naturaleza hostil, de conocer los caminos seguros que evitan atravesar zonas radioactivas; para eso, uno necesita pagarle a un contrabandista, que cuesta muchísimo…, o formar parte de los Liberalmas.

Una sonrisa orgullosa le anima la cara.

—¿Dónde está?

—Aún no lo sé… Solo lo saben los que están en Alma. Por seguridad. No podemos permitirnos poner en peligro nuestro refugio.

Mi mirada vaga por el techo inmaculado. Coloco una mano en el antebrazo de Izaak y suspiro.

—¿Cómo crees que es?

—Sé que es una ciudad pequeña, perdida en la jungla de lo que antes se llamaba «México». Tiene gracia porque, al parecer, en el siglo pasado, los mexicanos eran los que hacían todo lo posible por cruzar la frontera y venir a Estados Unidos, y nuestros antepasados los rechazaban. Llegaron a construir un muro, por lo que me han dicho. Pero hoy somos nosotros quienes vendemos todo lo que tenemos para llegar a la frontera y salir de este país de pirados.

«Qué fuerte…».

—Me han contado que la naturaleza es totalmente distinta a la nuestra —continúa Izaak—. También dicen que el cielo es más azul. Me pregunto cómo es la gente… Sé que una parte son Liberalmas que pidieron asilo en Alma…, los rechazados del sistema. Pero también están los que nacieron allí: la primera generación de los «liberados», como se los llama. Tienen más o menos nuestra edad.

—Entonces, si lo he entendido bien, ¿no sabemos ni quién ni qué nos espera allí?

—Mmm…, no, en realidad no. Pero es nuestra gente. Sabemos quiénes son. No te preocupes, Eli.

Entorno los ojos. Me da un vuelco el corazón, porque estoy nerviosa o asustada, no sabría decirlo. Todas esas personas, esos paisajes, esas puertas que se abren…

«¿Me aceptará ese grupo?».

Antes incluso de saber si los ciudadanos de Alma me querrán, pienso en los Liberalmas de Nueva California.

Giro sobre mí misma y me coloco frente a Izaak. Apoya una mano en mí.

—¿Cuándo conoceré a los Liberalmas? —pregunto con los ojos muy abiertos.

—Quiero pasar por el cuartel general mañana por la tarde.

—Mañana por la tarde…

«En unas horas, estaré más cerca de mi objetivo: vengar a mi padre reduciendo a cenizas el sistema».

—Oye, ¿me haréis pasar una prueba, un rito o algo por el estilo para ser oficialmente de las vuestras?

—Eliotte… ¿Cuándo te he hecho creer que éramos una secta satánica?

Suelto una carcajada y él me revuelve el pelo.

—No te preocupes. No será complicado. Con las pruebas tan comprometedoras que tienes contra el gobernador y tu historia personal, sabrán que eres sincera. 

—¿Tú como lo hiciste? Aceptar a un Meeka debió de ser arriesgado al principio, ¿no?

Mira hacia arriba unos segundos. Parece que está a años luz de aquí antes de responder:

—Tenía el apoyo de la amiga de la que te hablé, la que me habló del grupo. Sus padres tienen una posición bastante importante.

«Joleen».

Estaba claro que la chica con la que se hizo un test de pareja a los diecisiete años no era una amiga. Al menos, no solo eso.

—Y, en aquella época —añade—, aunque solo tuviera dieciséis años, todo el mundo sabía que yo estaba muy distanciado de mi familia. Mi padre hacía todo lo posible para mantenerme lejos de las cámaras.

—¿Y tu madre qué hacía? Nunca me has hablado de vuestra relación.

—Pues mi madre… solía ponerse del lado de mi padre. Sin ser tan violenta ni dura como él, me daba a entender que estaba equivocado y que no apoyaba mis actos.

—¿Estás enfadado con ella?

Permanece un momento callado y se muerde el labio inferior.

—¿Puedo reprocharle que nuestro Gobierno la haya lobotomizado?

Se encoge de hombros.

—Muy pronto entendí que, desde pequeño, la ponía en una posición complicada. Constantemente la colocaba entre su hijo y su deber de ciudadana y, por extensión, de esposa. Defender a su hijo era cuestionar toda una visión del mundo. Y acepté que era imposible.

—¿No intentaste compartir tus ideas con ella?

—Es inútil. Le gustaría pensar por sí misma, pero mi padre ejerce mucho control sobre ella.

Aprieta la mandíbula y sus ojos rehúyen otra vez los míos.

—¿Estás bien, Izaak?

—Sí, sí —dice, y me mira de nuevo—, es solo que… he pensado en un plan durante nuestro trayecto, y le concierne.

—¿Otro plan? ¿Y tengo derecho a saber de qué se trata esta vez? —le pregunto con una sonrisa.

Inspira fuerte, pero no me devuelve la sonrisa ni me mira. Nunca lo había visto tan tenso. O, más bien, tan atormentado.

—Quiero enfrentarme a mi padre y confrontarlo con sus crímenes. Imagino que nadie conoce su relación secreta con el tuyo, así que, cuando se lo diga, se quedará boquiabierto. Puedo hacerlo estallar… y conseguiremos una bonita grabación de su confesión.

Imaginar a Izaak delante de su padre, ese asesino, intentando enfadarlo… Me hiela la sangre.

«No sabemos de qué es capaz Thomas Meeka».

Deslizo los dedos sobre sus rizos morenos y acerco la cara a la suya.

—Izaak, no te sientas obligado a ponerte en una situación así. Ya tenemos suficientes pruebas contra él.

Sacude la cabeza.

—Me gustaría hablar con él. De una vez por todas, antes de irme. Creo que… lo necesito.

Se acerca los pocos centímetros que lo separan de mí. Nuestras narices se tocan. Trazo con los dedos el contorno de su mandíbula angulosa.

—Muy bien…, pero ten cuidado.

Una sombra le oscurece el rostro antes de que se le ilumine con una expresión pícara…, como si acabara de ponerse una máscara para esconder el dolor que he notado; demasiado tarde.

—¿Estoy alucinando o estás preocupada por mí, Eliotte?

—¿Qué? No te inventes cosas.

Finjo que pongo los ojos en blanco, e Izaak me atrae hacia él con una pequeña carcajada. Le rodeo la espalda con los brazos; noto cómo una ola de calor me atraviesa el cuerpo. Le huelo la camiseta y cierro los ojos. En sus brazos, siento que nada puede ir mal. 

Con los labios pegados a mi pelo, murmura:

—Deberíamos descansar…

Tiene razón: mañana nos espera un largo día.

—Pero primero deberíamos ducharnos para pagarte con la misma moneda.

—¿Cómo?

—Te recuerdo que me miraste cuando me duchaba en total intimidad hace un tiempo. Y sé lo que dirás…, que era tu cuarto de baño. Pero da igual lo que digas: prometí que se haría justicia.

—¿Estoy soñando o me estás pidiendo, por tu propia voluntad, que me quede en bolas en tu ducha para que puedas mirarme?

Me pellizca una mejilla.

—¡Ay! —exclamo mientras le doy un golpecito en el hombro.

—Era para demostrarte que no estás soñando.

«Pero…».

Ahogo una carcajada, desconcertada. No puede ser. Lo miro un momento antes de separarme de él.

—Soy una persona de principios —digo al levantarme de la cama—. Defiendo la integridad y el trato igualitario. ¿Dónde está tu baño?

Sonríe y entorna los ojos antes de saltar del colchón.

—En ese rincón.

Veo una puerta corredera de madera cerca de su larga cómoda.

—Quiero aclarar que es solo porque soy una persona íntegra.

—Sí, y no porque te gustaría volver a mirarme, pero esta vez más de cerca.

—No, no es por eso —niego falsamente mientras entro en el baño—. Todo sea por la justicia y la integridad. ¡Todo!

Izaak se fue al chalé de los Meeka alrededor de las siete de la mañana para ver a su padre antes de que se marchara a su oficina. Intentó no despertarme, pero yo no pude evitar hablarle.

—Escúchame con atención: eres capaz de hacerlo. No te hará nada.

Estaba muy agobiado, pero no quiso que lo acompañara. De hecho, creo que empiezo a entenderlo… Con esta conversación se enfrenta de una vez por todas a todo lo que temía de niño, a algo que aún sigue temiendo. De algún modo, se enfrentará también a sí mismo.

«Espero que salga indemne…».

Me aseguró que no le pasaría nada, ya que no estarían solos en la casa. Pero, aun así, me preocupo por él. 

Me estiro mientras bostezo y saco las piernas de las sábanas arrugadas. Su cama es mucho más cómoda que la mía, he dormido como un tronco. «Bueno, la presencia de Izaak también habrá tenido mucho que ver…».

Con una sonrisa en los labios, me enderezo y cojo el teléfono, que había dejado en la mesita de noche, para ver la hora.

El corazón me da un vuelco.

He recibido un mensaje de Matthew.

Eliotte, tenemos que hablar, por favor. Perdóname, por favor.

«¿Hablar? ¿Para qué, imbécil?».

Contengo la respiración. Me dijo lo mismo el día después de nuestra noche en el bar para demostrarme que no había intentado drogarme. Insistió e insistió… Y le creí. «Porque siempre les creo».

Bloqueo el número sin pensarlo, tiro el móvil sobre las sábanas y me tapo la cara con las manos.

«Una vez, vale; dos, no. Se acabó».

Salgo de la cama y voy a lavarme la cara al baño. Al pasar delante de las mamparas de la ducha, me sofoco.

«Izaak no podrá decir que no estamos en paz ahora».

Ya lavada, ventilo la habitación y me dispongo a hacer la cama. Me esfuerzo un poco y consigo levantar el colchón para volver a poner las sábanas que he…

«¿Qué es esto?».

Frunzo el ceño y cojo un sobre marrón bastante abultado. Seguramente será una de las muchas notas que Izaak no quería que viese por miedo a que descubriera que forma parte de los Liberalmas.

La abro un poco para ver un segundo el contenido. No debería, pero ya casi formo parte del grupo, ¿no?

«Quizá son los planes de sus últimas misiones…».

Aprieto el papel arrugado.

Es una carta.

Para Joleen.

2. Mirarnos a los ojos

Izaak

Crujo los dedos e inspiro con fuerza mientras muevo los hombros. De pronto, siento que la camisa me queda muy ceñida. Siento que entraré en un ring de boxeo del cuartel general para enfrentarme a un entrenador delante de todo el mundo.

Pero en esta habitación solo estaremos mi padre y yo. Y no es un entrenamiento.

«Es la hora».

Me dispongo a buscar el micro en el bolsillo, pero una voz me detiene.

—¿Izaak? ¿Qué haces aquí?

Ashton está al fondo del pasillo con una carpeta bajo un brazo. Va vestido con un polo de cuadros del que le sobresale el cuello de la camisa. Es su ropa preferida cuando asiste a las reuniones de mi padre…

«Me viene bien que estés aquí, hermanito».

—Tenemos que hablar, Ash.

Me acerco a él y lo conduzco a mi antigua habitación, en la planta de arriba. Me sigue, perplejo, sin decir ni una palabra.

—Tenemos poco tiempo —murmuro al cerrar la puerta  tras de mí—. Lo que diré debe quedar estrictamente entre nosotros. No se lo cuentes ni a papá ni a mamá. A nadie, de hecho. ¿Está claro?

Tira el montón de documentos sobre la cama y pregunta:

—¿Qué ocurre, Izaak?

—Me he enterado de cosas sobre papá estos últimos días. No es la persona que crees.

—¿Qué?

Me mira atónito.

—Para resumírtelo: estaba enamorado del padre de Eliotte y lo mató.

—¿Nuestro padre?, ¿un asesino? Venga, ¿y qué más? ¿Que estaba enamorado del padre de Eliotte? Eso es impo…

—Sí, todo es posible, Ash. Te lo he dicho: hace veintiún años que vives en una mentira. Pero se acabó. Estoy reuniendo pruebas, y las mandaré a la prensa si papá no se pone de nuestro lado.

—¿Quieres chantajear a nuestro padre?

—¡Acabo de decirte que mató a una persona! ¿Vas en serio?

Se seca la cara y suspira.

—¿Es-estás del todo seguro? ¿Tienes algún tipo de prueba?

—Claro que estoy seguro. ¡Vi cómo enterraba el cuerpo cuando éramos niños, Ash! ¿Nunca te preguntaste por qué nos fuimos de pronto al bosque, entre semana, en aquella época? ¿Ni por qué volví totalmente traumatizado?

—Izaak…

—Nuestro padre es un asesino y, por si fuera poco, un hipócrita. Él tampoco cree en Algorithma.

—¡Espera un momento! ¿Estás seguro de que mató al hombre que enterró?

—¿Tú sueles meter a la gente bajo tierra en plena noche?

—Sí, pero ¿tienes alguna prueba concreta, Izaak? ¡Es una acusación muy grave!

Aprieto los dientes. No iba a ser tan fácil que me creyera, por supuesto.

—Dentro de poco tendré su confesión. Y te la mandaré.

—¿Cómo pretendes hacerlo? ¿Y por qué ahora? ¿Está relacionado con los Liberarmas? —inquiere, y confunde el nombre de mi grupo mientras se inclina hacia mí.

—Ashton, no puedo dejar que esta sociedad se hunda más tiempo en la decadencia y la mentira. Esto tiene que parar. Papá no puede tener el poder… ¡Y por fin tenemos una forma de actuar políticamente sin usar la fuerza!

Me mira con los ojos entornados.

—¿Usar la fuerza? Pero ¿qué pretendéis hacer exactamente?

—Ashton, destruiremos el sistema para liberaros a todos. Por eso, si nuestro padre se niega a apoyar la causa de los Liberalmas, pretendo publicar las pruebas contra él y enseñar al mundo entero que no es quien dice ser… Si quiero destruir el sistema neutralizando a uno de sus miembros, no puedo hacerlo solo. Si los dos hermanos de la dinastía Meeka se unen contra su padre…, podríamos convencer a la opinión pública.

El rubio mira el parqué con la boca entreabierta.

—Izaak, ¿quieres que… que cambie de bando? —murmura al fin mientras levanta la cabeza.

—No, quiero que hagas lo que es justo: es un asesino que no cree en el sistema que defiende en cuerpo y alma.

—Pero no estamos al cien por cien seguros de eso.

Me tapo la nariz y suspiro.

«Piedad, hermanito, apóyame en esto».

—Entiendo que sea impactante… —digo, y vuelvo a la carga más seguro que nunca—. Pero te mandaré todas las pruebas necesarias esta noche. Recibirás un correo electrónico y lo verás por ti mismo.

Asiente, igual de estupefacto. Siento que me quedo sin respiración.

«Es la hora».

—Pero no quería decirte solo eso… —añado—. Me iré a Alma, Ash. Está decidido.

—¿A Alma? ¿A ese supuesto paraíso del que me hablabas?

—Sí. Solo volveré si debemos…

—¿«Usar la fuerza»?

Con los ojos pegados a sus zapatos encerados, se aguanta la risa, sorprendido. Luego, respira por la boca y se tira en la cama.

—Puta mierda…

Se agarra la cabeza con las manos y mira al suelo. Ya está. Lo entiende: no puede atrasar más el momento. Es inminente.

Es hora de que escoja bando.

—Ashton… Ven. Vente conmigo.

—Izaak, ya lo hemos hablado…

—Déjalo todo atrás. Te espera una vida nueva. ¿Te lo imaginas? No habrá más dilemas, ni responsabilidades, ni códigos, ni deberes. La libertad, Ashton. En estado puro.

Me observa.

—No puedo dejarlo todo así como así.

—¡Claro que sí! ¡Yo estoy aquí! No te dejaré.

—Sí, pero…

—Eliotte también está haciendo las maletas.

Se queda inmóvil… y entonces se abalanza sobre mí.

—¿Eliotte? ¿La has metido en todo esto?

—No, ella se ha metido sola. Ha escogido.

—Pero ella no sabe nada sobre ese mundo, Izaak… ¡No conoce al grupo de locos en el que se meterá! Deberías…

—Detente ahora mismo —lo interrumpo—. Eliotte sabe lo que hace. ¿Crees que es tonta?

—Todo lo contrario. Pero yo al menos me preocupo por su seguridad.

—No tienes ni idea de cuánto me preocupo por ella.

«Lo he dicho».

Contrae la mandíbula.

Aprieto los labios y me arrepiento de mis impulsivas palabras. En general, sé lo que digo. Cómo. Cuándo. Pero, cuando se trata de ella…, pierdo el control.

Ashton me mira con desprecio, sin hacer el más mínimo movimiento.

—Ahora los dos estáis…

—Ash…

Parpadeo y trago.

«Iba a hablarme de ello de todas formas…».

—¿Os habéis acostado? —pregunta de pronto.

—¿Qué? ¿Qué tiene que v…?

La risita afligida que sale de su boca me para en seco. Se pasa una mano por la cara mientras suspira.

—Claro que te la has tirado… No podías evitarlo.

—Ash, yo… Eliotte es im…

—No sé cómo habrías reaccionado si me hubiera tirado a Joleen.

«Joleen».

Escuchar ese nombre me sienta como una descarga eléctrica en la columna vertebral. Sacudo la cabeza.

—Joleen no representa para ti lo que Eliotte para mí.

—Deja de decir tonterías.

—Te juro que no es tan sencillo. Nunca he querido esto, pero…

—¿Te superaba? ¿Es eso? —suelta mientras separa los brazos.

Los deja caer libremente sobre sus caderas, incrédulo.

—Izaak…, ¿no lo entiendes? Estaba programado. En tus putos genes.

—Claro —respondo mientras me contengo las ganas de poner los ojos en blanco.

Sus ojos, más penetrantes que nunca, me examinan. Sigue atónito, con la cabeza inclinada hacia un lado.

Y entonces dice:

—Hay una cosa que no entiendo… Si la quieres, ¿por qué insistes en destruir el sistema? Tienes la prueba de que funciona. Y mejor aún: estás experimentándolo con Eliotte.

—Este sistema no funciona —niego con las palabras entrecortadas—. Joder, Ashton…, ¡no pueden obligarnos a casarnos con alguien! ¡No pueden decirnos qué hacer! ¡No pueden controlarnos! Eres un hombre libre. No dejes que te priven de tu libertad. Es tu derecho, joder.

—Pero…

Sacude la cabeza y cierra los ojos.

—Libérate de todas esas cadenas, Ashton. De las de papá, de las de Algorithma y del resto. Respira por fin. Es tu derecho —repito mientras me acerco a él.

—Izaak…

Aprieto los labios y le agarro de un brazo para obligarlo a mirarme. Tiene los ojos de un marrón profundo; una mezcla de ocre, de castaño y de los tormentos que lo dominan desde siempre.

—No podré hacerlo sin ti, Ash. Y no solo porque eres un punto estratégico con respecto a la imagen de papá. Necesito tener a mi hermano a mi lado.

Se le humedecen los ojos. Coloca una mano sobre mi brazo libre antes de que yo siga:

—Atrasé mi partida hace cinco años porque era incapaz de dejarte solo aquí y…

Me quedo sin aliento.

—Y me costó mucho. Pero no me arrepiento ni un segundo. Es ahora o nunca, Ashton. Tenemos que hacerlo. Por nuestra libertad. Por nuestro derecho.

No dice nada.

«Por favor. Te lo suplico, Ash. Di que sí».

—Y-yo… Yo tengo que… Yo…

Echa la cabeza hacia atrás para tratar de respirar. La mano que tiene sobre mi brazo empieza a temblar.

«Mierda».

Le agarro de los hombros con firmeza para que vuelva en sí.

—Oye, hermanito, todo va bien —le aseguro con un tono suave—. Estoy aquí. No te dejaré.

—Izaak…

Baja la cabeza para buscar mis ojos. Respira de modo irregular. Está a punto de hiperventilar. 

«Mierda, mierda, mierda».

Me esfuerzo en estirar los labios para sonreírle.

—Todo va bien. No hay prisa —miento para calmarlo—. Tienes tiempo de pensarlo.

Le acaricio un hombro mientras le hablo.

—Mejor me voy. Tengo muchas cosas que hacer… Además, no te aconsejo que te reúnas hoy con papá. No estará de humor.

Entorna los ojos y asiente.

Doy un paso atrás, dispuesto a irme, cuando de pronto Ashton me agarra el torso con los brazos. Se lanza sobre mí y aprieta con fuerza la tela de mi chaqueta.

—No te preocupes, Ash —murmuro—. Todo irá bien. Tomarás la decisión correcta.

Permanecemos el uno contra el otro un momento, como si volviéramos a tener doce años —aunque con algunas obligaciones más—. Cuando al fin se separa de mí, aún le tiemblan las manos. Me esfuerzo en no mirárselas y le doy las gracias con una última sonrisa.

Salgo de la habitación y bajo a la primera planta con el corazón a mil por hora.

«Venga, Izaak».

Los pensamientos dan vueltas por mi cabeza a gran velocidad, pero debo acallarlos. Solo cuenta mi objetivo. Todo se juega en los próximos cinco minutos. No puedo permitirme pensar ahora en Ashton, en Alma o en Eliotte.

«Tienes que hacer que confiese. Tienes que conseguirlo. Cueste lo que cueste».

Agarro el dispositivo de interferencia de ondas del bolsillo de atrás y saco un micrófono oculto en el interior. El aparato tecnológico que adquirieron los Liberalmas hace poco impide que se detecten sus ondas, incluidas las que emite mi micro. Me lo guardo en la camisa y lo enciendo con los dedos casi temblorosos. Mi padre no sospechará que llevo uno; nadie entra en la primera planta, su planta, sin cruzar una puerta de seguridad que detecta las ondas tecnológicas…, como las que el dispositivo de interferencia de ondas ha bloqueado.

«Puedes hacerlo, no te hará nada».

Empujo la pesada puerta del despacho y permanezco del todo impasible. No dejaré que se me note nada. Ningún miedo. Ninguna duda. Ningún titubeo.

El olor a ceniza de cigarro y a jazmín se confunden en el aire frío de la habitación. Son las ocho en punto y mi padre ya está en la silla, vestido con un traje y teléfono en mano.

—Escuche, Moussah, lo veremos en la reunión. Por ahora, no hagan nada. Yo mismo me encargaré de esos…

La frase se apaga en sus labios cuando cruza la mirada con la mía, colérica. Como si yo solo fuera una sombra, continúa, sin mover la cabeza ni un milímetro.

—Decía que yo mismo me encargaré de esos problemas.

—Cuelga —le digo con frialdad—. Tenemos que hablar.

—Sin embargo, asegúrese de decirle a Winsley que haga de nuevo el informe de…

—Ya.

En cuanto pronuncio esa palabra, me giro y cierro la puerta. Suena un pequeño clic en la habitación en silencio. Cuando me acerco al gobernador, la suela de mis zapatos chirría en el suelo de mármol.

Frunce el ceño y se endereza. Con el teléfono aún en la oreja, termina entre dientes:

—Le daré más indicaciones en la reunión de esta mañana. Hasta pronto, Moussah.

Y coloca el aparato sobre la mesa de caoba delante de él.

—No te atrevas a volver a importunarme así cuando trabajo —grita mientras coloca las palmas de las manos sobre la mesa—. Y mucho menos a interrumpirme mientras hablo, pedazo de idiota.

Me mira como un asesino, inclinado hacia delante.

Le devuelvo una mirada igual de cortante, con el mentón alzado.

—Son solo las ocho, ¿y ya te dedicas a controlar a la población, papá?

—Cambia de tema, niño.

Me dispongo a responder, pero se me adelanta:

—O debería decir cambiad de tema. Tú y tu grupo de saltimbanquis locos y enfadados con el mundo os esforzáis en perturbar la tranquilidad de nuestra sociedad con vuestros actos terroristas en nombre de una pseudolibertad… Y, antes de que lo niegues rotundamente, sé que formas parte de los que están detrás del ataque a la Oficina de la Salud y el Bienestar. Fue tan ridículo…

—¿Ridículo? Mandamos un mensaje a toda Nueva California. La gente no tardará en darse cuenta de lo controlada que está, de que está obligada a querer a personas que no ha escogido.

—¡Oh! Qué paciencia hay que tener… Deja de hacer como si se tratara de un crimen, sobre todo cuando el amor es solo una reacción química. Unas moléculas en tu cerebro, descargas eléctricas. Puedes creer lo que quieras, con tus dramas y tu romanticismo, pero eres una persona pragmática, Izaak. Lo quieras o no, te pareces a mí.

—No sabía que fueras gracioso.

—Tarde o temprano te darás cuenta. Ya lo sabes, en cierto modo.

Aprieto la mandíbula tan fuerte que siento mis huesos crujir. Sus palabras son insoportables. ¿Yo? ¿Ser ese monstruo?

El hombre que tengo delante de mí se incorpora lentamente y me mira desde arriba durante unos segundos que parecen horas.

—¿Por qué crees que la naturaleza está hecha así, entonces? —responde tranquilo—. Es fácil: las personas son máquinas, y su motor es el amor. Necesitamos el amor para funcionar. Nos vuelve eufóricos, llena nuestro día a día. Es así de fácil.

Con los brazos cruzados, lo miro, apático. No sabe lo que le caerá encima ahora mismo.

—¿Sabías que, cuando conoces al ser amado, tu cerebro desconecta el lóbulo frontal, que es la región responsable del juicio y del buen discernimiento? El amor vuelve literalmente ciego: cuando alguien te causa impresión, eres incapaz de analizar lo que te rodea, incluida esa persona. ¿Por qué? Porque el hombre debe poder aparearse y reproducirse ignorando los defectos del otro. Solo es eso, Izaak. Y lo sabes. El amor no son fuegos artificiales, una maravilla de la vida ni un juego táctico y excitante. El único objetivo del amor no es ni más ni menos que la reproducción para perpetuar la raza humana. Y tú y tu grupo de iluminados armáis un drama. Os confundís con ideas empalagosas, irreales y completamente ficticias. Aterriza, hijo mío. Nos queremos para poder reproducirnos. Eso es todo. Deja ya este circo. Lucháis como locos por unas reacciones químicas de nada y un montón de moléculas en la sangre.

Giro la cabeza para mirar directo a sus ojos de jade.

—¿Eso es lo que le contabas a Eric?

3. Eric

—¿Perdón?

—¿Le contabas eso también a tu gran amor, a Eric Edison?

—¿Q-qué dices? No te entiendo…

—Antes de que lo niegues —le corto, y repito sus propias palabras—, que sepas que lo sé absolutamente todo. Y tengo pruebas.

Saco de un bolsillo las fotocopias de dos de los documentos que Eliotte y yo encontramos y las tiro en la mesa delante de él. Se trata de una foto de la pareja —Eric con la cabeza apoyada en el hombro de mi padre mientras este le besa la frente— y un borrador de una carta que Eric escribió antes de aquel día. Antes del crimen que pretendo que este loco confiese.

Traga saliva y agarra los trozos de papel, que aún están doblados. Cuando ve el primero, la carta, abre los ojos como platos. Se apresura a coger el segundo documento y… se le queda la cara congelada. Como si acabase de ver un fantasma o el reflejo de un antiguo demonio que intenta ocultar desde siempre.

Mira fijamente la imagen imprimida, petrificado.

Le tiembla la mandíbula. Luego, las manos, los brazos… Todo su cuerpo sufre espasmos dentro de su traje negro hecho a medida. 

«Venga, pasa a la acción, es el momento».

—Hacíais buena pareja —le espeto—. Una pareja adora…

—¡Cállate!

Se le dilatan las fosas nasales mientras inhala y exhala grandes bocanadas de aire. Tiene los dedos clavados en la hoja con una rabia atronadora.

—El futuro gobernador, miembro de un partido científico y conservador radical, estaba locamente enamorado de un hombre. Guau, qué ironía. ¿Y te atreves a tratar de convencerme de tus ideas de mierda? ¿Te atreves?

—No tienes ni idea.

—Al contrario, lo sé todo. Más de lo que me habría gustado. No eres en absoluto el hombre que pretendes ser, Thomas Meeka. No crees en las almas gemelas porque no quieres a la tuya. Al menos, no como a Eric, un hombre. No puedo creérmelo… ¡Te dedicas a dar grandes discursos sobre la familia y la evidencia de la pareja hombre-mujer cuando has amado a un hombre! ¡Tienes que estar de broma!

Con un gesto rápido, aplasta la hoja en sus manos y me la lanza.

—¡Ya basta! —grita mientras rodea su escritorio—. ¡No sabes nada de mí ni de este hombre!

Se coloca delante de mí, jadeando.

—Estoy seguro de una cosa: os queríais.

—Es… Yo…

Sacude la cabeza y aprieta los labios, de modo que se reducen a una fina línea.

—El amor sirve para reproducirse —suelta tranquilo, con la voz aún ronca por la rabia—. Lo que siento por algunos hombres es del todo absurdo. Un error de la naturaleza. Punto final. Os he tenido a tu hermano y a ti, he cumplido con mi deber de preservar la estirpe y, como gobernador, me aseguro de que el resto de la humanidad no se salga del camino. Y esta es feliz así.

—¿Un «error»? Dios mío, ¿de verdad lo crees?

—Claro que es un error genético. Si toda la población fuera como yo, el mundo no existiría, no habría más humanidad.

Una vena le late en el cuello tenso cuando baja la mirada, avergonzado.

«De verdad cree lo que dice».

Durante una fracción de segundo, me da pena. Sinceramente. Se considera un error. Algo que no debería existir. 

Aprieto los puños.

«Es cierto, mi padre no debería formar parte de este mundo. Pero no porque quiera a los hombres, sino porque es un monstruo».

—Eric no pensaba eso —le digo para volver a la carga—. ¿Me equivoco? Eric no…

—No pronuncies su nombre.

—Eric Edison no veía su orientación sexual como un error de la naturaleza. Y tú quisis…

Me agarra por el cuello de la camisa y grita:

—¡Te he dicho que no pronuncies su nombre! ¡Cierra la boca! ¡Cállate!

Me sacude mientras sigue gritando; me caen perdigones en las mejillas. Su rostro, moldeado por una rabia oscura, está a milímetros del mío. Solo veo sus ojos muy abiertos, idénticos a los míos, que me atraviesan.

—¡Cállate! ¡Cállate! ¡Cállate!

Siento que se me eriza la piel y se me congela el cuerpo.

«Mantén la cabeza fría. Tienes que llevarlo al límite».

—¿Eso es lo que le decías a Eric? ¿Que se callara? ¿Y él qué te respondía?

—Tú…

Farfulla y, sin decir nada, me pone una mano alrededor del cuello y aprieta. Levanta la otra y…

Me atraviesa un rayo.

«Se acabó».

Agarro la mano que iba a golpearme con un gesto brusco, aprieto la piel del gobernador y bajo lentamente sus dedos sin dejar de mirarlo. Como respuesta, me aprieta la garganta con la mano.

«Se. Acabó».

Tiemblo y sudo, pero le agarro la otra mano y lo empujo con fuerza lo más lejos posible de mí. Se estrella de lleno contra el escritorio con un grito de dolor.

—No te atrevas a volver a tocarme —suelto.

Doy un paso hacia él cuando se pone de pie. No me había dado cuenta de que era mucho más alto que él, más imponente, más fuerte.

—Se acabó. No me vas a volver a poner tus manos de asesino encima. ¿Me oyes?

Aprieto los puños mientras lo miro con el corazón a mil.

—No sabes lo que acabas de hacer. H-has perdido la cabeza, Izaak. Estás más loco de lo que pensaba, pobre…

—Deja de contarme tu vida —grito mientras me acerco a él.

—¿Por qué haces todo esto, imbécil?

Se seca los labios y se levanta.

—Estoy seguro de que Eric dijo exactamente lo mismo antes de que lo mataras.

—¿¡Que´!?

—De que lo asesinaras. De que le quitaras la vida.

—No, yo…

Permanece desplomado contra el escritorio, descompuesto.

—¿Por qué? —exclamo—. ¿Por qué lo mataste?

—Yo no lo… Yo…

—¡Te quería y lo asesinaste! ¿Por qué?

Silencio.

Cierra los ojos y se coloca las manos en el pelo.

—No, no, no…

—¡Oh! Sí. Lo mataste. Y te vi enterrar su cuerpo la última noche que nos llevaste a acampar al bosque a Ash y a mí. ¡Lo vi con mis propios ojos!

—No. No, no, no…

—¡Admítelo! ¡Enfréntate a la verdad! ¡Lo mataste!

—¡No!

Se endereza, con las manos apoyadas en el borde del escritorio. Como tiene la cabeza echada hacia delante, solo le veo los hombros temblorosos. Respiro para controlar mi corazón, que me repiquetea en el pecho, y las sienes, que me golpean un poco más a cada segundo.

De pronto, un llanto rompe el aire.

Y mi padre se desploma en el suelo y gime de dolor. El cuerpo entero le tiembla.

Me quedo un segundo o dos totalmente desconcertado delante de él. Nunca en la vida lo había visto así de débil.

«Aparte de cuando enterró el cuerpo inerte del padre de Eliotte».

Me muerdo el labio inferior y cruzo el último metro que nos separa.

—Te vi. Y quiero una explicación.

Levanta los ojos hacia mí con el rostro empapado de culpa.

—Izaak… Yo… nunca quise eso…

Respira para intentar recuperar el aire. Se ahoga un momento entre llantos y se aclara la garganta. Esa luz en sus ojos, que me ha horrorizado desde que era niño, se pone a titilar. Pero, esta vez, la veo distinta. Es una luz petrificante, llena de dolor.

—E-el día que enterré a Eric, me enterré con él —confiesa con una voz débil—. Desde entonces, no soy el mismo hombre. Delante de ti solo tienes mi coraza.

—¿Por qué lo mataste?

—Yo no lo… Yo… Gritábamos y me enfadé… Él…

—¿Él qué, papá?

—Iba a contárselo todo a la prensa, se negaba a escucharme. Estaba totalmente absorbido por su ambición científica, no quería entrar en razón.

«Qué irónico. ¿De verdad él era el que estaba absorbido por su ambición?».

—Eric iba a cometer un daño irreparable, y yo… No sé qué pasó. ¡No lo sé!

—Sí que lo sabes. Y me apuesto algo a que lo piensas todas las noches.

El labio le tiembla de nuevo. Sus pupilas se agarran a las mías. Su mirada es tan intensa que querría dejar de mirarlo; pero me he prometido que nunca más bajaría la mirada delante de este monstruo.

—Todo fue muy rápido. Nos peleamos como lo habíamos hecho antes, porque él y yo éramos… fuego, pasión, emoción… Y-y… lo empujé… Él… se golpeó la cabeza con la esquina de un mueble y, un segundo después, el suelo estaba cubierto de sangre.

—¿De verdad fue un accidente?

—Sí… Sss… sí.

—¿No quisiste más bien matarlo para deshacerte de la amenaza que representaba?

—No, nunca, yo… yo…

Se clava las uñas en la cabeza y grita:

—¡No sé qué pasó! ¡No sé nada, joder! De lo que estoy seguro es de que morí con Eric… ¡Morí con él! ¿Lo entiendes? ¿Lo entiendes?

Permanezco recto como un palo, estoico, y digo:

—Muerto con él o no, solo vives por el poder. ¡Detén esa voz en tu cabeza que te dice «más»! ¡Esa voz que oíste antes de empujar a Eric!

Silencio.

Más llanto.

—Suelo pensarlo. Todo el tiempo. Recuerdo mis manos llenas de sangre y yo… y yo…

Se echa hacia delante con rapidez y vomita en la papelera que está cerca del mueble de madera.

—Todo ha cambiado desde entonces —farfulla—. Daría cualquier cosa por volver a verlo. Por tenerlo a mi lado y… Echo… a Eric…

«¿… de menos?».

Se levanta y aplasta las lágrimas con los dedos antes de apoyar la cadera en el borde del escritorio. Muy cerca de la esquina. Sin duda parecida a contra la que se chocó la cabeza de su gran amor.

—¿Sabes? He hecho todo lo posible para ayudar en las sombras a su mujer y a su hija —sigue—. Les encontré una casa cerca de Portland para poder estar pendiente de ellas, como él habría querido que hiciera… Y luego, cuando llegó el momento y Angela volvió a casarse, me pareció prudente separarme.

«Solo querías aliviar tu remordimiento, sí…».

—Pero ¡no sé por qué mi hijo, de entre todas las chicas que hay en la ciudad, ha escogido enamorarse de… esa!

Se le rompe la voz en la última palabra.

—¿Has visto como… como se le parece? —murmura casi para él, puesto que sus palabras son casi inaudibles—. Cuando ella está aquí, a veces siento que lo veo a él… Y-y más desde que se le ocurrió teñirse otra vez de morena. Tengo el corazón hecho trizas. Yo…

Mi padre nunca ha hablado tanto de sí mismo —de sus emociones— ni con una voz tan débil. Es como si acabara de destruir un dique y se hubiera liberado por fin de todo lo que contenía desde hacía siglos.

Espero no ahogarme con él.

Me encojo de hombros e inspiro fuerte. Tengo que permanecer concentrado.

—¿A quién se lo has contado? —le pregunto de pronto—. Lo de tu relación con Eric.

—Tu madre sabía vagamente que veía a alguien, pero ya.

—Entonces, ¿nadie sabe que mataste a Eric?

Baja el mentón con los labios apretados. Quiere responder, pero me adelanto con un tono acerbo:

—Si quieres que esto siga así, deberías ponerte de nuestro lado. Desde ya.

—¿Qué?

—Puedo destruirte. Contárselo a las personas adecuadas, y todo el mundo sabrá que solo eres un criminal hipócrita. Podrás despedirte de la presidencia, del honor y de la vida de palacio.

—Pero…

Levanta la cara. Está tan oscura como hace unos segundos, pero esta vez es amenazante. Tiene razón, delante de mí solo hay una coraza. Un saco de huesos, sin alma ni corazón.

—Ni se te ocurra, Izaak. De todas formas, no tienes ninguna prueba contra mí.

Su voz todavía está rota y débil por las lágrimas. El contraste con su aspecto implacable es perturbador.

—Claro que sí —respondo con frialdad—. ¿Crees que soy tonto?

—¡Oh! ¿Te refieres a lo que has traído? Eso no conseguirá desacreditarme, ¡piénsalo bien! ¡No es nada concreto!

—Esta noche te mandaré una muestra de las otras pruebas que tengo contra ti. Tienes veinticuatro horas para darme una respuesta antes de que convoque a los periodistas para una rueda de prensa.

—Es un farol. No tienes nada.

—Piensa lo que quieras… Y te lo advierto: no soy el único que lo sabe. Si le pasa cualquier cosa a Eliotte, a Ashton o a mí, las pruebas se mandarán de manera automática a la prensa. Lo he organizado todo. No hagas nada de lo que puedas arrepentirte.

Con estas palabras, me aliso la camisa, arrugada por sus manos, y me acerco a la puerta.

—¡Izaak! ¡Quédate!

—Tu reunión de la mañana empieza en menos de un cuarto de hora. Deberías irte.

—¡Izaak!

Giro lentamente la cabeza hacia él.

—Ponte del lado de los Liberalmas o caerás con el Gobierno que nos disponemos a destruir.

Y salgo de la habitación.

No corre detrás de mí… «Aún está demasiado aturdido para amenazarme o secuestrarme». Está conmocionado, acaba de revivir el episodio más traumático de su vida. Tenía razón: por primera vez, le han hablado del error de su existencia.

Es muy obvio, quería a Eric de verdad…, pero no más que al poder.

Corro por los pasillos para salir lo más rápido posible de la casa. En cualquier momento, podría recuperarse, cambiar de opinión y alcanzarme. O quizá estoy paranoico, ni idea. A pesar de todo, en alguna parte de mí aún está escondido ese niño aterrorizado con la simple idea de que su padre esté detrás de él.

En unos minutos, llego a mi jeep y arranco hacia el loft. Siento que la sangre me late en las sienes, que se hinchan las venas. Busco mi móvil y llamo a Eliotte.

«Responde, morenita, por favor. Por favor, por favor…».

—¿Izaak? ¿Va todo bien?

Suspiro de alivio.

—Sí, no te preocupes. Tienes que preparar todas tus cosas y largarte lo más rápido posible del piso. Mandaré a Francis o a Charlie a casa para recogerte. Te veo en un rato.

—Espera, ¿qué? ¿Qué pasa?

—No lo veo claro, Eli. Creo que mi padre no está dispuesto a cooperar… No sé qué podría hacer. Seguramente mandará hoy a sus hombres al apartamento para que le lleven las pruebas.

—V-vale. ¿Y cómo estás?

—Ha sido intenso… Creo que aún estoy un poco alterado. Pero tengo su confesión, eso es lo importante.

—Luego hablamos… Ten cuidado. Por favor.

—Y tú.

Estoy a punto de colgar cuando dice:

—¡Espera! Quería decirte que estoy orgullosa de ti, Izaak. Muchísimo.

En un segundo, un rayo de luz atraviesa la niebla opaca de mi cabeza.

—Gracias, morenita. Yo también estoy orgulloso de ti.

Nos despedimos y cuelgo con una sonrisa en los labios.

«Eliotte…».

De pronto, se me encoge el corazón.

Si le hace daño, no se lo perdonaré nunca.

Sobre todo, no me lo perdonaré nunca.

4. El cuartel general

Eliotte

—Ya hace veinte minutos que nos fuimos —les recuerdo mientras contengo las ganas de retorcerme los dedos.

Francis, que está tirado en el sofá de su apartamento y mira al techo, lanza un largo suspiro.

—Relájate, tía, no le ha pasado nada.

—No responde a los mensajes —le digo—. Es raro.

Una risa suena en la atmósfera. Me giro hacia Charlie, que está sentada en la encimera de la cocina abierta, y le lanzo una mirada inquisitiva.

—Lo siento, pero… ¡es que estoy acordándome del día en el que me hiciste salir del coche para dejar que entrara Izaak! —exclama mientras se aguanta otra carcajada—. ¿Te acuerdas? Después de nuestra operación en la Oficina de la Salud.

Francis también rompe a reír, y luego lanza un largo chillido.

—¡Cómo tuvo que ser aquello! Habría dado cualquier cosa por estar ahí.

—¿Sabes qué pasó? —pregunto mientras siento que se me encienden las mejillas.

—Todo el mundo lo sabe. Maleek, que estaba en el coche, se lo contó a todo el mundo del cuartel general.

Me paso una mano por la nuca mientras miro a otro lado. «Menuda primera impresión…».

—Solo estaba, mmm…, estresada y en shock.

—Sí, igual que ahora —lanza Charlie con una gran sonrisa—. Pero, por favor, Eliotte, si por casualidad Izaak vuelve perseguido por los esbirros de su padre, no me uses como escudo para protegerlo… Utiliza mejor a Francis. Es más alto.

—Y más guapo.

—Claro, qué más da.

Se ríen otra vez ruidosamente. Durante un segundo, los imito, divertida y contagiada por su energía…, antes de volver a pensar de inmediato en Izaak. Miro fijamente mi móvil mientras espero su respuesta. Solo me ha mandado un mensaje para que le confirmara que había ido a casa de Francis y Charlie. Desde su llamada, eso era todo lo que sabía.

En ese momento, corrí y metí todas las cosas que pude en dos mochilas. Unos minutos después, los dos inseparables pitaban desde el coche que estaba delante del piso.

—¡Me ha mandado un mensaje! —exclama de pronto uno de ellos mientras se endereza en el sofá.

—Si es una broma para fastidiar a Eliotte, te mato, Francis.

—¡Mira! —responde a Charlie mientras gesticula con la pantalla de su móvil girada hacia nosotras.

Una notificación que indica la recepción de un mensaje de «LORD IZAAK» aparece en la pantalla.

«¿Por qué no me ha mandado nada? Le he escrito al menos cinco mensajes en pánico estos últimos minutos…».

—Me dice que va todo bien y que nos vemos en el cuartel general.

Francis se levanta de su asiento mientras Charlie salta con agilidad del mostrador. El chico se acerca al frigorífico y saca un refresco antes de preguntar:

—¿Alguien quiere beber algo?

Lo observo, desconcertada. ¿Tan relajado está?

—Francis, no tenemos tiempo. ¡Venga, ven! —responde Charlie.

—Peor para ti.

Agarra su chaqueta de cuero y se la echa al hombro antes de precipitarse a la puerta de entrada. Cuando pasa por delante de mí, me deja una lata en las manos. El frío del metal me eriza la piel.

—Esperad, ¿nos vamos ya? ¿Yo voy con vosotros? —balbuceo.

—Sí, claro —responde Charlie mientras se acerca a mí.

Me coloca una mano sobre un hombro y me arrastra a la salida.

«Voy a conocer a los Liberalmas».

Un poco antes, estaba tranquila y pensaba que tenía al menos diez horas delante de mí para prepararme psicológicamente para ello. No he podido preguntarle a Izaak todo lo que quería ni tampoco hemos acordado qué puedo decir o no.

Me subo al coche de Charlie y nos dirigimos al cuartel general. Permanezco en silencio y miro fijamente el móvil. La lata que Francis me ha dado, aún intacta, se tambalea sobre mis piernas en los badenes. «Sin señales de Izaak». Desde el principio, intento alejar de mí las palabras que he leído, no las de una carta, en realidad, sino toda una correspondencia entre Joleen e Izaak escondida en el sobre marrón. Sin embargo, me dan vueltas en la cabeza. Y con más fuerza ante su silencio.

Para distraerme, clavo la mirada al otro lado de la ventanilla, en el paisaje que desfila ante mí.

«¿Dónde han podido esconderse todo este tiempo?».

—¿Cuánto queda? —pregunto.

—Poco más de veinte minutos —responde Francis mientras sorbe ruidosamente el refresco con una pajita. Bordearemos el río Columbia hacia Burlington.

Miro por la ventana los campos desbrozados, que se extienden hasta donde alcanza la vista. Al norte del río, hay un pueblo perdido en el que no recuerdo haber visto ningún edificio que pudiera acoger el cuartel general de un grupo de rebeldes de envergadura nacional, sobre todo teniendo en cuenta que Nueva California es el corazón de las operaciones. 

La tensión se me acumula en la boca del estómago y siento pinchazos. Me gustaría preguntar a Francis y a Charlie sobre su forma de reclutamiento y el ambiente del cuartel general para saber cómo debo proceder y comportarme. Pero no me atrevo. Me da miedo parecer idiota.