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La vida de Richie Halversen había tocado fondo. La dependencia química lo había atrapado en una espiral descendente. Las mentiras, los robos, los arrestos y las promesas rotas habían llegado a un punto crítico. Él sabía que esta estadía en rehabilitación era su última oportunidad. En el peor momento, sufriendo abstinencia, Richie oyó la voz de Dios por primera vez: "Richie, si sales por esta puerta, morirás; pero si me entregas tu vida, te prometo que volverás a vivir". El autor comparte su historia personal para inspirar a las personas a saber que hay una salida, y que Dios siempre tiene un plan.
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Seitenzahl: 184
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Un adicto, un rescate, una nueva vida
Richie Halversen
Gral. José de San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires, Rep. Argentina.
Tocando fondo
Un adicto, un rescate, una nueva vida.
Richie Halversen
Título del original: Darkness will not overcome. One person´s struggle and recovery from opioids.
Dirección: Natalia Jonas
Traducción: Natalia Jonas
Diseño de tapa y del interior: Giannina Osorio
Ilustración: Shutterstock
IMPRESO EN LA ARGENTINA
Printed in Argentina
Primera edición; e - Book
MMXXII
Es propiedad. © Pacific Press Publishing Association (2019). © ACES, 2022.
Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723.
ISBN 978-987-798-712-6
Halversen, Richie
Tocando fondo: Un adicto, un rescate, una nueva vida / Richie Halversen / Dirigido por Natalia Jonas. - 1ª ed. - Florida: Asociación Casa Editora Sudamericana, 2022.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: online
Traducción de: Natalia Jonas.
ISBN 978-987-798-712-6
1. Adicciones. I. Jonas, Natalia, dir. II. Título.
CDD 362.29092
Publicado el 30 de septiembre de 2022 por la Asociación Casa Editora Sudamericana (Gral. José de San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires).
Tel. (54-11) 5544-4848 (opción 1) / Fax (54) 0800-122-ACES (2237)
E-mail: [email protected]
Website: editorialaces.com
Prohibida la reproducción total o parcial de esta publicación (texto, imágenes y diseño), su manipulación informática y transmisión ya sea electrónica, mecánica, por fotocopia u otros medios, sin permiso previo del editor.
A Dios: gracias por nunca darte por vencido conmigo.
A mi hermosa esposa, Brittney: gracias por permanecer comprometida conmigo.
A mis cuatro hijos: los amo más de lo que se imaginan.
A mis padres: gracias por el amor, las oraciones y el apoyo.
Y a mis hermanas: gracias por su fortaleza, valor y fe en Dios.
Dios tiene muchas maneras de transformar vidas. Esta historia se trata de cómo me transformó a mí. La comparto para darle esperanza a la gente. Dios nunca se da por vencido con nosotros.
Este libro puede dividirse en dos partes: mi problema y la solución de Dios. No comparto el problema para que la atención se concentre allí. En la recuperación, las personas utilizan el término “historias de guerra”. Cuando las personas comienzan a contar “historias de guerra” en una reunión, un buen moderador los interrumpe y, con amabilidad (pero también firmeza), les recuerda: “Pasemos del problema a la solución”. Enfocarse en el problema nunca ayudó a nadie; solo lastima. Comparto el problema no para contar una “historia de guerra”, sino para ayudarte a ver hasta dónde me llevó mi adicción. Y, lo más importante, de qué me rescató Dios. Comparto todo: lo bueno, lo malo y lo horrible; y lo hago para dar esperanza. Si Dios pudo transformar mi vida, puede transformar la tuya, o la de alguien a quien amas.
Creo que la adicción es una de las mayores amenazas para nuestras comunidades y familias. Todos han sido afectados por ella. Puede ser que tú estés luchando contra ella, o alguien a quien conoces. Vivimos en una crisis de opioides. “Cada día, más de 130 personas mueren en los Estados Unidos por sobredosis de opioides”.1
¿Qué sabemos sobre la crisis de opioides?
Entre el 21 % y el 29 % de los pacientes a quienes se les receta opioides para el dolor crónico abusan de ellos.Entre el 8 % y el 12 % desarrollan un trastorno de uso de opioides.Entre el 4 % y el 6 % de quienes abusan de los opioides comienzan a usar heroína después.Cerca del 80 % de las personas que usan heroína primero abusaron de opioides que les fueron recetados.Las sobredosis por opioides aumentaron un 30 % entre julio de 2016 y septiembre de 2017 en 52 áreas en 45 estados de los Estados Unidos.La región del Medio Oeste de los Estados Unidos experimentó un aumento del 70 % en sobredosis por opioides entre julio de 2016 y septiembre de 2017.Las sobredosis por opioides en las grandes ciudades aumentaron un 54 % en 16 estados de los Estados Unidos.2La buena noticia es que sigue habiendo esperanza. En este libro cuento la historia de cómo me desintoxiqué y cómo me he mantenido limpio. No podría haberlo logrado sin Dios, mi iglesia y un grupo de adictos en recuperación. No creo que mi camino sea el único camino: Jesús es el único camino. Sin embargo, la recuperación requiere un tratamiento. Si no se realizan cambios positivos, nada cambiará. La recuperación implica ser honesto con los demás y con uno mismo; especialmente con uno mismo. La recuperación no ocurre “por arte de magia” ni en un instante; requiere toda una vida de oración, paciencia y persistencia. La iglesia local ha sido un componente esencial en mi recuperación, pero pocas veces una iglesia puede manejar todas las situaciones que surgen durante el proceso de recuperación. La mayoría de las iglesias simplemente no está preparada para enfrentar los diferentes aspectos de la adicción. Sin embargo, espero que uno de los resultados de este libro sea abrir los ojos de la iglesia y de las autoridades cívicas, y que las ayude a crear comunidades para la recuperación.
No hay ningún programa que haya ayudado a más personas con adicciones que los “Doce Pasos” de Alcohólicos Anónimos. A partir de Alcohólicos Anónimos (AA), han surgido muchos otros grupos de doce pasos: Narcóticos Anónimos, Comedores Compulsivos Anónimos, Celebrate Recovery y muchos más, que han ayudado a miles de adictos a desintoxicarse y permanecer limpios. Los programas de doce pasos promueven la honestidad, la seguridad, la autonomía y la responsabilidad que los adictos necesitan para recuperarse. Puedes abstenerte de sustancias, y aun así no recuperarte. El uso de drogas es solo un síntoma de un problema mucho mayor. La verdadera recuperación comienza con la abstinencia, pero no termina allí. El adicto debe trabajar en los pasos de un programa que lo llevará al corazón del problema.
En el libro de Joel, el profeta describe el azote de las langostas. Dice:
Cuéntenselo a sus hijos,y que ellos se lo cuenten a los suyos,y estos a la siguiente generación.Lo que dejaron las langostas grandeslo devoraron las langostas pequeñas;lo que dejaron las langostas pequeñasse lo comieron las larvas;y lo que dejaron las larvasse lo comieron las orugas (Joel 1:3, 4).3
Así como esta plaga no dejó nada y se devoró todo, lo mismo ocurre con la adicción. Toma y toma y toma, hasta que ya no queda nada. Pero servimos a un Dios que puede restaurar lo que se han “comido las langostas”. Yo no puedo, él puede; y creo que se lo voy a permitir.
Aquí hay algunos recursos a los que puedes recurrir si tú o alguien a quien amas está luchando con la adicción:
Alcohólicos Anónimos: visita https://www.aa.org/pages/es_ESNarcóticos Anónimos: visita http://na.org.ar/2020/Celebrate Recovery: visita https://www.celebraterecovery.com/Instituto Nacional sobre el Abuso de Drogas de Estados Unidos: visita https://www.drugabuse.gov/esInstituto Nacional sobre el Abuso de Alcohol y Alcoholismo: visita https://www.drugabuse.gov/es1 “Opioid Overdose Crisis”, National Institute on Drug Abuse, consultado en enero de 2019, https://www.drugabuse.gov/drugs-abuse/opioids/opioid-overdose-crisis.
2 “Opioid Overdose Crisis”.
3 A menos que se especifique de otro modo, las citas bíblicas se han tomado de la versión Nueva Versión Internacional (NVI).
“¿Quieres ser un predicador como tu padre cuando crezcas?” La anciana olía a naftalina y caramelos de menta. La luz que entraba a través del vitral oscurecía el rostro de la mujer. Estaba en el lugar perfecto para que el contorno de su cabeza resplandeciera como un pequeño sol.
El sermón acababa de terminar. Mi padre se había ubicado en su lugar habitual después de predicar: de pie junto a la puerta, para saludar a las personas cuando salieran del templo. Ser el hijo de un pastor tiene desventajas, especialmente, que siempre se está expuesto. Parecía que la apariencia era más importante que la persona. Querían que fuéramos la familia modelo; no importaba si realmente lo éramos o no. La apariencia era todo lo que importaba; o al menos, así se sentía a veces. Luego de cada servicio teníamos que quedarnos cerca de mi padre, para recibir o responder a los diversos comentarios y preguntas que nos dirigían. Las personas tenían la tendencia a hacer las mismas preguntas; preguntas aburridas, que no buscaban una respuesta sincera: “¿Cómo va la escuela?”, “¿En qué curso estás?”, “¿Cómo estuvo el verano?”; y la más popular: “¿Quieres ser un predicador cuando crezcas?” No trataban a los demás niños así; solo a los hijos del pastor. Se suponía que debíamos ser hijos modelo, de familias modelo, a disposición para que todos nos miraran como a algún tipo de exhibición santa. Muy temprano me di cuenta de que muchas de las personas que me hacían preguntas no querían escuchar mis respuestas; en realidad, estaban buscando la respuesta que pensaban que yo les daría. Así que, les daba las respuestas que pensé que esperaban. No todas las personas eran falsas. Como en todos lados, en la iglesia había algunas personas buenas y genuinas; y otras que tenían buenas intenciones, pero que no eran genuinas.
Ser hijo de pastor no era completamente negativo. De hecho, por años me encantó serlo. Me encantaba ser parte de algo que parecía más grande que yo. Era emocionante experimentar ese sentido de misión. Era una vida que, a veces, parecía que superaba la situación común de trabajar, comprar una casa, tener una familia... En la iglesia había muchas historias de éxito; historias de vidas que habían cambiado para bien.
La anciana me seguía mirando, con esa mirada que las ancianas suelen dirigir a los muchachos adolescentes; esa mirada que viene justo antes de que te pellizquen la mejilla. Yo tenía catorce años… Definitivamente ya era muy grande para que me pellizcaran la mejilla, pero sabía que ella pensaba en eso.
¿Quieres ser un predicador como tu padre cuando crezcas? Su pregunta hacía eco en mi mente. Mi respuesta hasta hacía un año hubiera sido un “sí” entusiasta, pero ahora se había convertido en un “no” enérgico. El hechizo de querer hacer lo mismo que mi padre se había disipado. Con los años y una perspectiva cada vez más cínica, llegué a resentir la pregunta. Quería ser yo mismo. No quería ser propiedad de Dios ni de la iglesia. Quería ser dueño de mí mismo. Quería hacer lo mío.
–No creo –dije con una sonrisita forzada.
–Bueno, es una lástima. Si te pareces aunque sea un poco a tu padre, sería un desperdicio.
Con eso, se alejó. El halo del vitral desapareció con ella. El olor a naftalina y pastillas de menta quedó atrás.
Sí, bueno… No, gracias, pensé, mientras plasmaba una sonrisa plástica al verla alejarse.
Traté de alejarme del grupo grande que se amontonaba cerca de donde estaba mi padre, y comencé a ir hacia la parte de atrás de la iglesia, donde podría desaparecer por una de las puertas laterales sin ser visto. Mis pies se movían tan rápido como podían sobre la alfombra color borgoña. Podía sentir los ojos del Jesús del vitral que me miraban mientras pasaba. Estaba cuidando de sus ovejas del vitral, pero yo estaba seguro de que también me estaba mirando a mí. Su expresión era una contradicción de amable indiferencia. Me acosaba. Era una mirada de preocupación, pero no la suficiente como para hacer algo al respecto. Para mí, era una mirada que decía: “Más vale que comiences a comportarte como se debe, Richie, y te unas al resto del rebaño”. Pero yo no quería ser una oveja. Las ovejas son tontas. Las ovejas no son originales. Las ovejas parecían tan insignificantes… ¡Yo quería más!
Suspiré aliviado cuando llegué al pasillo oscuro al final de la iglesia. La incomodidad que me generaba la mirada del vitral se disipó. El cartel de salida me llamaba en la oscuridad y me invitaba a escapar. Esperaría a mi familia en el lugar habitual: bajo el enorme roble donde siempre estacionábamos nuestro auto. Ese era mi refugio después de la iglesia. Todo el último año me había escapado a ese lugar apenas terminaba el culto o cuando pensaba que había permanecido el tiempo suficiente como para que mis padres no me retaran al volver a casa. Cuando llegaba al roble, podía suspirar aliviado. Ya no sentía que debía actuar. Podía ser yo mismo y sentarme en el césped, apoyado contra el tronco del árbol enorme, soñando despierto con cómo sería mi vida.
El sonido de un semirremolque que pasaba me despertó. Frené con todas las fuerzas que pude reunir. Parecía que el coche se estrellaba; el volante no funcionaba. ¿Por qué no giraba el vehículo? Hasta que, tras unos segundos de gritos de pánico, me di cuenta de que el coche no se movía. De repente, recordé que había parado en la cuneta. Exhausto, me había quedado dormido. Me pareció una eternidad, pero solo habían pasado unos minutos.
Había estado conduciendo todo el día y casi toda la noche, algo que se había convertido en una actividad frecuente para mí. Conducía a hospitales en los que nunca había estado; iba a ver a médicos que aún no había visto, aunque la lista rápidamente se me estaba acabando; conducía cada día más lejos que el día anterior, a veces, hasta trescientos kilómetros para una sola receta. Era un puñado de sustos. Hubo algunos días en los que tuve suerte, conseguí lo que buscaba en la primera parada, y pude dar por terminado el día. Pero la mayoría de los días eran como hoy: paraba en cuatro o cinco lugares diferentes antes de conseguir suficiente droga para descansar… al menos hasta la mañana siguiente. Mi adicción había aumentado, de forma silenciosa y persistente. Pasó, aparentemente de la noche a la mañana, de ser un entretenimiento divertido a un trabajo a tiempo completo. Se había convertido en un capataz implacable que golpeaba su látigo y me acosaba constantemente para conseguir más.
La noche era húmeda y fría, y mi auto estaba insoportablemente sofocante. Arranqué el vehículo para poner en marcha el aire acondicionado, mientras miraba por el espejo retrovisor. Estaba constantemente paranoico. No sé en qué estaba pensando cuando me detuve en la banquina de esa manera. ¿Qué habría pasado si un agente de policía se detenía y yo respondía mal a sus preguntas; o peor aún, si decidía registrar mi coche?
Palpé mis bolsillos con el pánico habitual. La forma tranquilizadora de un frasco de pastillas alivió un poco la ansiedad. Darvocet. ¡Cómo odiaba el Darvocet! Era mejor que nada, pero no mucho. No podía pedir la droga que quería. Si lo hacía, aparecía un cartel de neón intermitente sobre mi cabeza: “drogadicto”, “adicto”, “buscador de drogas”. No, tenía que fingir que no conocía la diferencia entre la hidrocodona y la aspirina, aunque los adictos probablemente saben tanto o más que el farmacéutico local.
A veces, la desesperación era tal que bajaban la guardia y te despachaban con una receta de Tramadol o Darvocet, el tipo de analgésico que te dan cuando quieren deshacerse de ti, cuando sospechan del consumo de drogas pero no están tan seguros como para no darte nada. Creo que hubo momentos en que los médicos se apiadaron de mí. Se daban cuenta de la farsa desde el principio. Solo querían deshacerse de mí. O tal vez ellos mismos eran adictos, y veían la desesperación en mis ojos y se sentían identificados, por lo que me ayudaban un poco. Eso era poco frecuente. Estaban demasiado ocupados buscando formas y medios para conseguir su propia droga.
Puse el auto en marcha y me dirigí a casa. Faltaban pocas horas para el amanecer. Esperaba poder llegar a casa antes de que mi esposa se despertara, antes de que se diera cuenta de que había estado fuera toda la noche. Eso no sería bueno. Nuestra relación ya tenía problemas. Las discusiones aumentaban cada día. La confianza se estaba erosionando... como mi cordura.
Con la esperanza de ganar algunos puntos, hacía poco había asistido a la iglesia con ella y los niños. No me molestaba tanto la iglesia. Nunca me había costado creer en la existencia de Dios, ni siquiera cuando mi vida estaba arruinada. De hecho, la adicción no había hecho más que confirmar mi convicción de que somos criaturas espirituales. Estamos hechos para adorar: si no adoramos a Dios, adoraremos a otra cosa. Mi consumo se había convertido en mi adoración.
Con cada estímulo intentaba tomar un atajo hacia el cielo, esperando esos días sin dolor, inclinándome ante el altar de un pico de endorfinas, yendo de un estímulo a otro, intentando encapsular un sentimiento, una libertad, una paz, y extendiéndolo hasta la eternidad. ¿Qué es eso, sino adoración? Todo lo que hacemos parece tener esto de fondo. No importa lo que sea. La adicción a las drogas, el alcoholismo, la adicción al trabajo, el materialismo, tener el último auto, llegar al peso deseado, sentir un estímulo más: todos, intentos desesperados por aferrarse a algo que siempre está fuera del alcance; una búsqueda de alguien o algo que pueda hacer que el dolor desaparezca.
El problema era que cuanto más alto empezaba a llegar, más estrepitosamente empezaba a caer. Cuanto más me acercaba al cielo, más se parecía mi vida al infierno. Cuanto más intentaba recomponer mis piezas, más roto estaba. Esa es la desventaja de ser un adicto: al final, siempre tienes que volver a caer. Lo mismo que usas para volver a estar completo es lo que está absorbiendo secretamente tu alma, llevándose otro pedazo de ti cada vez, hasta que no queda nada que llevarse.
Me pasé la lengua por la cavidad vacía de la boca, donde antes había un diente. La cosa estaba llegando a tal extremo que estaba renunciando a mis dientes. Unos días antes me habían extraído uno a cambio de unas pastillas. Había ido a un dentista de Kentucky y le había contado la historia habitual del dolor de muelas. Me había convertido en un experto en exhibir todos los síntomas clásicos de una muela con absceso, y mejoraba cada vez más lo que debía y no debía decir. Pero este hombre se dio cuenta desde el principio. Nada de: “Aquí tienes un antibiótico y un analgésico. Vuelve en unos días”; por supuesto, nunca volvería. Lo único que hacía era insistir en la extracción de la muela.
–Si duele, podemos sacarla –dijo claramente.
¿Con qué clase de dentista de pueblo me había topado?
–¿No hay otra cosa que podamos hacer? Prefiero no hacerlo.
–No –me interrumpió cortante–. Esta es tu única opción.
–¿Y un tratamiento de conducto? –pregunté, dándome cuenta por un segundo de lo ridículo que estaba siendo. Sabes que estás mal cuando pides un tratamiento de conducto.
–No hago tratamientos de conducto –dijo.
A veces uno obtiene una victoria, y a veces fracasa. Tenía la sensación de que esto era un fracaso.
–Sacaré la muela. Te daré algunos analgésicos y estarás bien.
Eso es todo lo que tuvo que decir para que me despidiera de mi diente. Este dentista había hecho un espacio en el horario al final de su jornada para atenderme. Ya había ido a dos médicos antes de él y no había conseguido nada. Mi puerta se cerraba rápidamente. Es solo una muela, pensé. Puedo conseguir un implante o un puente más adelante. Esto es lo que hace la adicción, provoca lapsos temporales de falta de cordura. ¿Sacarme una muela por una docena de pastillas que me gastaría en unas horas?
–Bien, adelante. Sáquelo –dije.
Mientras conducía de vuelta a casa, lamiendo la cavidad vacía en mi boca, la realidad me golpeó. Qué idiota. ¿Todo eso por Darvocet? ¡Odio el Darvocet!
Tenía que haber una forma más fácil que esta. Perder los dientes, ¿en serio? Solo tenía un número limitado de dientes. Saltaba de médico en médico, de sala de urgencias en sala de urgencias; tenía tantas facturas médicas que mis facturas tenían facturas. No había forma de que pudiera salir de la deuda que había generado en los últimos años. Además, mis niveles de tolerancia estaban llegando al punto en que no había suficientes horas en el día para conseguir la cantidad de recetas que necesitaba solo para sobrevivir. Tenía que pensar en otra cosa.
Una idea seguía viniendo a mi mente. Hasta ese momento, la expulsaba con la misma rapidez con la que entraba, pero estaba llegando al punto en el que tenía que considerarla. ¿Cuántas veces había escuchado a los médicos pedir una receta? ¿Cuántas veces había estudiado el papelito antes de llevarlo a la farmacia? ¿Qué tan difícil podía ser pedir mis propias recetas? Es decir, ponían el número de la DEA justo en el papel.
Lo ensayé en mi mente: Hola, soy el doctor ____ . Tengo una receta para informar. El nombre del paciente es Richie Halversen, Lortab diez, tomar cada cuatro a seis horas, p.r.n., el número de la DEA es... Al final, ¿qué tan difícil era eso?
Cuanto más lo pensaba y lo ensayaba, más me convencía de que podía hacerlo. Claro, en el fondo, sabía que probablemente me atraparían. Pero no me importaba. Con la adicción, te vuelves tan bueno mintiendo que empiezas a creerte tus propias mentiras. Las mentiras son más fáciles que la verdad. De repente, te encuentras en lugares a los que juraste que nunca irías, haciendo cosas que juraste que nunca harías. Es más fácil creer en una mentira que admitir la verdad. Recuerdo todas las promesas que hice mientras crecía. “Nunca haré eso...” Estaba rompiendo cada una de esas promesas.
