Todos los amigos son imaginarios - Felipe Carrillo Alvear - E-Book

Todos los amigos son imaginarios E-Book

Felipe Carrillo Alvear

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Beschreibung

Aunque abordan asuntos propios de la cotidianidad, como el amor y el desamor, la pérdida de seres queridos y los accidentes, estos cuentos –finalistas del Premio Cámara de Comercio de Medellín– le proponen al lector una mirada distinta, una narración que hace del lenguaje un atributo en sí mismo y no solo una vía para mostrar hechos. Por eso en este libro, además de referencias y homenajes estilísticos y argumentales a otras obras literarias, hay humor y hay juego.

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Seitenzahl: 134

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Todos los amigos son imaginarios

Felipe Carrillo Alvear

Carrillo Alvear, Felipe

Todos los amigos son imaginarios / Felipe Carrillo Alvear – Medellín : Editorial EAFIT, 2025.

118 p. ; 21 cm. – (Letra x Letra. Cuento).

ISBN: 978-958-720-994-5

ISBN: 978-958-720-995-2 (versión EPUB)

ISBN: 978-958-720-996-9 (versión PDF)

1. Cuentos colombianos – Siglo XX. 2. Literatura colombiana – Siglo XX. I. Tít. II. Serie.

C863 cd 23 ed.

C317

Universidad EAFIT - Centro Cultural Biblioteca Luis Echavarría Villegas

Todos los amigos son imaginarios

Primera edición: septiembre de 2025

© Felipe Carrillo Alvear

© Editorial EAFIT

Carrera 49 No. 7 Sur - 50

http://www.eafit.edu.co/editorial

Correo electrónico: [email protected]

ISBN: 978-958-720-994-5

ISBN: 978-958-720-995-2 (versión EPUB)

ISBN: 978-958-720-996-9 (versión PDF)

Edición: Marcel René Gutiérrez

Corrección de textos: Heiner Mercado Percia

Diseño, diagramación y carátula: Margarita Rosa Ochoa Gaviria

Ilustración de carátula: Paula Estefanía Carrillo Alvear

Prohibida la reproducción total o parcial, por cualquier medio o con cualquier propósito, sin la autorización escrita de la editorial.

Universidad EAFIT | Vigilada Mineducación. Reconocimiento como Universidad: Decreto Número 759, del 6 de mayo de 1971, de la Presidencia de la República de Colombia. Reconocimiento personería jurídica: Número 75, del 28 de junio de 1960, expedida por la Gobernación de Antioquia. Acreditada institucionalmente por el Ministerio de Educación Nacional hasta el 2026, mediante Resolución 2158, emitida el 13 de febrero de 2018.

Editado en Medellín, Colombia

Diseño ePub:

Hipertexto – Netizen https://hipertexto.com.co/

Contenido

Todos los amigos son imaginarios

Comedia romántica radical

Maduración y comportamiento de la pepita de guayaba

Amor

A Marce, recíprocamente

Comida rápida

Teoría de juegos de mesa

Tercer tiempo

Contactos

Stand up

Azul

Recurrencia

Epílogo

Todos los amigos son imaginarios

Mira, ese día, justo a mí, que no soy una persona de gatos, se me apareció uno. Rodaba en círculos en el balcón como una bola de lana. Yo lo miraba a través de la puerta vidriera, no sabía si dejarlo entrar. Es que los gatos no son como la gente, sino siempre algo más egoístas e indispuestos. No aguanté mucho tiempo al verlo maullar y poner su pata en la entrada, le abrí e intentó atornillarme a la sala, ronroneando alrededor de mi pierna. Sin saber qué hacer con él le acerqué mis dedos y le rasqué la columna, le rasqué la cabeza. El gato maulló un par de veces y a mí me pareció que estaba satisfecho. Luego me miró, entró a la cocina, y volvió a mirarme. Busqué un recipiente de plástico y le eché agua. Tomó sin descanso.

La verdad es que tampoco estaba seguro de si en realidad era un gato. Parecía un tapete. Su cara era una arruga de la que salían más o menos veinte bigotes, tenía una mirada redonda capaz de ahogarme. Después de un tiempo maulló con un gemido de boca cerrada y aguda y yo, que no sabía qué darle ni cómo tratarlo, le dejé la puerta abierta, por si quería irse.

No había pasado mucho tiempo de lo tuyo cuando apareció. Para no encariñarme con él no le quise poner nombre. Lo llamaba gato y él venía, como un perro.

No había dejado de extrañarte, y ahora me doy cuenta de que para nombrar eso digo lo tuyo, aunque hubiera sido lo nuestro.

En el trabajo estaba distante, mis compañeros lo notaban y sabían por qué, y por eso al ir a la oficina me probaban un poco el ánimo por la mañana, pero después me dejaban solo.

Ese día también, antes de salir del apartamento, le dejé la puerta vidriera abierta. Llegué tarde a la oficina, pero estuve de mejor ánimo. Todo eso sin saber por qué, si yo nunca había sido una persona de gatos.

Esa noche cuando regresé no lo vi, pero el día después por la mañana regresó a saludarme. Ronroneaba sin descanso como si se hubiera comido una maraca, giraba alrededor de mi pie y hacía el intento, otra vez, de atornillarme. Yo lo miraba pensando que eso no podía ser un gato: porque ellos son caprichosos, misteriosos y distantes.

Al día siguiente, por primera vez en seis años, no fui al trabajo. Creo que la primera vez que me pasó –ahora no sé cómo nombrarlo– fue en ese momento, mientras caminaba a la tienda de mascotas de la esquina. La mujer que me vendió los lomitos de atún en salsa, los dos recipientes y la arena se llamaba Marcela. Hablamos un rato.

Al volver al apartamento encontré destrozados por mordiscos y arañazos casi todos los cables, también los del teléfono. Yo todavía no había llamado a la oficina y no quería prender el celular, descargado desde hace tiempo. Antes de ir al computador y escribir un correo para el trabajo me puse a organizar la caja de arena. Luego le di la comida que recibió mientras maullaba y corría alrededor mío como si fuera a saltar por encima de su propio cuerpo.

Por la respuesta, pude sentir que en el trabajo se habían alegrado con mi falta. No me importó. Sabía hace tiempo que ese que caminaba a la oficina y hablaba con los clientes y atendía las reuniones y pasaba los reportes no era yo sino eso.

Es extraño, a pesar de que fueron cinco años a mí me pareció que lo tuyo duró más tiempo.

Dos semanas después pensé que tal vez yo sí era una persona de gatos. Y él se había acostumbrado a aparecerse todas las mañanas.

Gracias al gato yo conocí mejor a Marcela. De la voz amable que sabía de mascotas, que fue al principio, se convirtió cada vez más en una mujer con pecas rojas que le llovían de las mejillas a la espalda y le empapaban los hombros, después. Marcela y yo fuimos el animalito que había entre nosotros. Era eso de lo único que hablábamos y por nuestros gustos o disgustos en el precio de una marca de comida o el color de un recipiente de arena nos íbamos conociendo.

En esa época la oficina fue un lugar diferente. Después de un tiempo de no saber por qué todos saludaban más, me hablaban más tiempo, entendí por fin que era yo el que había cambiado.

Nunca encerré al gato, y me demoré muchísimo en darle un nombre. Como si esperase que fuera él quien lo dijera. Pero sobre todo nunca lo encerré porque nunca supe si quería quedarse.

Preguntándole a Marcela había aprendido lo básico para cuidarlo: mantener la arena limpia, darle comida a horas fijas y dejarle algo de agua. Y estar un poco atento, porque los gatos se cuidan, se bañan y se administran solos y lo único que necesitan es un poco de seguridad y rutina. Aun cuando se quedaba en el apartamento y yo me iba a la oficina sentía que me acompañaba a las reuniones; si cerraba los ojos él siempre estaba ahí, recostado al lado mío, enroscado sobre sí mismo, entrecerrándose.

En la oficina las cosas mejoraron. El jefe estaba tentado a irse y mi nombre sonaba para reemplazarlo.

Marcela me dijo que en el barrio nadie le había hablado del animal que yo describía. Pero que si tenía cara de arruga y mucho pelo debía ser un persa. También me dijo que era raro que un gato de esa raza anduviera suelto, por lo general los encerraban, los vecinos tendían a robárselos. Me dijo que tampoco lo habían llevado nunca a la tienda, donde había veterinario y les cortaban el pelo y los bañaban. Yo le prometí llevárselo, quería que ella me hablara de él y que estuviera bien y se quedara conmigo.

Dos meses después el gato ya se sentía dueño del lugar, del que no salía. Y la verdad es que cada que regresaba de la oficina yo también sentía que entraba a su apartamento.

***

De una vez te digo que las cosas empeoraron en la mejor parte. La mejor parte fueron varios momentos. El primero de ellos fue descubrir que el gato era en realidad una gatica que jugaba a dormir en el teclado del computador cuando yo quería escribir algo. Lo supe porque una vez me dejé llevar por el impulso y decidí llevar a la gata al veterinario, aunque Marcela no estuviera presente.

Del veterinario me fui feliz, creo que ese fue el primer día en que Alana me dijo su nombre. Me lo dijo saltando sin descanso, mirándome con una luz azul, jugando a perseguir bolas de polvo, de lana o de nada. Me lo dijo improvisando, inconforme, mientras se aparecía en todos lados sin caminar, todo el tiempo.

El segundo momento fue Marcela. Cuando la volví a ver la invité salir, no sé de dónde. Fuimos a un restaurante y hablamos mucho tiempo. Nos despedimos con un beso entreabierto en la puerta de la casa de ella. Esa noche soñé algo borroso, como nubes con forma de lunares.

El tercero fue el trabajo. En la oficina me confirmaron que si mi jefe aceptaba irse el ascenso era mío.

El cuarto fue volver a verte. Entrando a una notaría.

Sin embargo, de todo lo que pasó en esa época lo mejor –qué raro, si yo nunca fui una persona de gatos– fue Alana.

***

La peor parte empezó sin darme cuenta. Alana dañaba todo en mi apartamento, pero a mí no me importaba, me hacía tan feliz que sentía que no necesitaba los cables del teléfono, hacía tanto ejercicio jugando a perseguirla que no me importaba si, para pedirme comida, me dejaba los brazos llenos de arañazos, me parecía tan bonita que no me importaba si ya había quebrado la porcelana que heredé de la abuela.

Ya no sé cómo explicar esto. Estaba tan feliz que no me di cuenta de que la pared donde antes estaba el televisor ahora estaba hueca, estaba tan feliz que no me di cuenta de que las sillas del comedor estaban desapareciendo paulatinamente, estaba tan feliz que nunca tuve tiempo de averiguar dónde habían quedado las llaves del carro, ni por qué el carro ya no estaba en el parqueadero.

Antes de que Alana desapareciera pasaron otros seis meses. Cuando la dejé de ver empecé a ver los huecos. Y yo –¿qué era lo que me pasaba?– lo único que extrañaba era el sonido de sus uñas largas en las paredes vacías. En ese momento me desesperé: puse afiches, llamé a la policía, lo publiqué en redes sociales.

Durante ese mes debí ser otro que no quiero volver a ver nunca. Tanto así que Marcela me terminó y se fue a vivir a otra ciudad con el veterinario. En vez de irse, el jefe trajo a alguien que me reemplazó en el trabajo.

Entonces decidí timbrar en el apartamento de cada uno de los vecinos que me juraron, cada uno de ellos, que yo nunca había tenido un gato.

Al final me quedé en el apartamento vacío, con los pocos libros que me dejaste.

Uno de ellos fue un álbum de fotos: en casi todas estabas tú, sonriente, antes del divorcio.

Comedia romántica radical

La llamaron Tequila por los ojos, que tenían el gusanito del mezcal adentro. De las dos ella era la más territorial, la más brava. Dicen de los cachorros que en los primeros meses aprenden todo lo que van a saber de los extraños, y que de ahí en adelante es muy difícil que cambien su actitud. Tequila era una perra mestiza, sin raza, o sea más fuerte y saludable. Parecía una labradora negra, tenía unas ojeras pronunciadas en las que reposaban, como si fueran hamacas, unos ojos tristes que daban la impresión de haber vivido muchos maltratos. Su mirada era ladeada, de desconfianza. Y, aun así, aun así, era capaz de cazar humanos como si fueran mariposas, y eso fue lo que hizo ese día con ellos, en el jardín botánico.

Ellos eran una pareja de humanos como muchos otros que había visto, él la miraba a ella y ella miraba los patos en el lago. Traían comida en una maleta y habían puesto en el suelo del jardín, cerca de un árbol, el típico mantel de cuadros blancos con rojo. Tequila ya lo sabía, o tal vez el que sabía era el gusanito que tenía adentro: que tenía que esperar para acercarse, que tenía que verlos tomar de la botella oscura y verlos mostrar los dientes y entrecerrar los ojos, alegres. Una vez pasado el tiempo ella se podía aproximar, no ladrar, nunca ladrar, no todavía, al menos, y después caminar lentamente, mirándolos a los ojos, columpiar sus ojos tristes mientras miraba a los humanos, tener el cráneo cabizbajo, el hocico cerrado. Y después sí agacharse cerca, mirar la comida detenidamente, esperar a que ellos le tocaran la cabeza, primero lentamente, después con más confianza, mover la cola, hacerse la alegre. La comida venía después, y esa vez hubo bastante.

En ese momento, cuando Tequila tenía ya la barriga algo más llena y el negocio casi cerrado, aparecía Crayola, a la que llamaron así porque les sonaba bonito y porque la suavidad con la que andaba les dibujaba a los que se le acercaban algo tranquilo e inmenso adentro. Crayola del Mar, era su nombre completo. La táctica de Crayola era diferente, sus batallas eran más inteligentes y suaves, no estaba dispuesta a pelear ni a ladrar, aun si era del caso. Lo que ella hacía era acercarse, cuando la pareja ya estaba amañada con Tequila, y luego reposaba su hocico en el muslo de quien se dejara, para que la consintieran con confianza. También parecía una labradora negra y también era mestiza. Muy parecida físicamente a Tequila, pero con un carácter y una mirada más limpia y libre de maltratos.

Antes de adoptarlas, la pareja humana llegó a pensar inclusive que eran hermanitas, pero con el tiempo se fueron convenciendo en cambio de que no eran hermanitas sino muy amigas, solamente.

Tal vez lo que Tequila y Crayola esperaban era lo de siempre. Algo de comida, palmaditas en la cabeza y en el lomo y luego una despedida triste y otra vez a correr por ahí y dormir en la calle y a vivir nerviosas y asustadas por las personas, por los carros, por los animales, por la vida entera. Pero lo que obtuvieron fue algo distinto.

Es solo ahora que nosotros intentamos imaginarnos la vida de esas perritas antes de que las adoptaran ellos. Podemos ver a Tequila, por ejemplo, caminando siempre adelante, aparentemente sola, pero con Crayola unos metros más atrás, en la sombra. Tequila abriendo un camino demasiado abierto, un camino donde no puede una perrita dormirse porque a veces las ataca un humano con un palo y piedras y sonidos de culebras, y a veces, en cambio, las ataca otro perro callejero sombrío de mugre y años, un perro de un color negro que no se parece en nada al negro oscuro de ellas. Uno de esos perros de baba en la boca con una banda de perros babas en la boca que a veces las hacen añorar a los humanos.

Pero tal vez nos equivocamos. Tal vez las perritas no necesitaban ese hogar que les ofrecieron ellos. Tal vez eso que para nosotros era un refugio y cuidado era para ellas una prisioncita con todos los privilegios. Eso ya no lo sabremos nunca. Ellos las adoptaron y las trataron con todo el afecto que no tuvieron ni para sí mismos.

Recién adoptadas, durante los primeros meses compartieron un mismo techo. La comida empezó a estar disponible constantemente en horarios fijos, cuando salía el sol, cuando se iba. Había menos momentos para correr al aire libre (solo dos), uno en la mañana y otro en la tarde noche, y al salir les amarraban una cuerda al cuello que no las dejaba escapar, pero el resto del tiempo podían dormir juntas y cercanas, una en el mueble negro que daba a la ventana grande de la sala y la otra en el tapete sobre el que se apoyaba ese mismo mueble.