Tomarse a Dios en serio - Joan Mesquida Sampol - E-Book

Tomarse a Dios en serio E-Book

Joan Mesquida Sampol

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Posiblemente, nunca había sido tan difícil creer en Dios como ahora. La mayor parte de las personas viven como si Dios no existiera y entre ellas podemos incluir a muchos de los que se definen como creyentes. Las razones de esta actitud tienen mucho que ver con la forma que tenemos de entender a Dios y como, a partir de esta comprensión siempre imperfecta, intentamos dar respuesta a las preguntas que llevamos siglos planteando: ¿Qué espera Dios de nosotros? ¿Por qué nunca parece estar cuando se le necesita? ¿Por qué permite el mal? Y como suele pasar, cuando pensamos sobre Dios, inevitablemente acabamos preguntándonos también qué es el ser humano y el sentido de su existencia, si es realmente libre o si vive condicionado por la biología o por una instintiva tendencia al egoísmo y al mal. Lo que hallará el lector en estas páginas es una invitación a atreverse a buscar sus propias respuestas y a entender que, pese a las ausencias y a los silencios de Dios, es un error eliminarlo de nuestra ecuación vital. Si creemos que es plausible que exista un Dios creador y que nuestra existencia tiene algún sentido que Él conoce, no deja de ser una necedad por nuestra parte no tomárnoslo en serio.

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Seitenzahl: 279

Veröffentlichungsjahr: 2023

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A Flora y Caty.

ÍNDICE

Prefacio

Cómo hablar de Dios

Pensar a Dios

Obligados a hablar de Él

El acceso a la verdad revelada

La importancia de la Biblia

La Sagrada Escritura frente a la amenaza del teísmo

El Dios de la cercanía

La Biblia entre la historia y la ficción

Del Dios de lo extraordinario al Dios indiferente

El asombro ante Dios

Los milagros de Jesús

Los prejuicios hacia los hechos de Jesús

Un Dios todopoderoso venido a menos

El Dios del perdón

¿Para qué creer en Dios?

La píldora roja

Creyentes identitarios

El Dios prescindible

El rechazo de Dios

La promesa de la eternidad

Buenas razones para creer

Centrarnos en Dios

Movidos por el deseo

La búsqueda del teocentrismo

La entronización del individuo

La libertad que desplaza a Dios

El moralismo y la secularización

El peligro del pelagianismo

La gracia inmerecida

¿Cómo sabemos que Dios nos ama?

Con nosotros desde el principio

Empezamos (el) mal

Aparece el amor

El jardinero invisible

La visita extraterrestre

Algo que puede salir mal

Dios transmite amor

Tomar a Dios en serio

Prefacio

No puedo hablar por todo el mundo, pero estoy seguro de que muchas de las personas que se acercarán casualmente o con toda la intención a este libro, se encontrarán en una situación parecida a la mía. Ser cristiano en la Europa Occidental del siglo XXI no es fácil y mucho menos ser un cristiano mínimamente comprometido. Tal vez nunca lo haya sido y cada época ha tenido sus dificultades, pero ningún momento pasado es igual y la situación actual contiene ciertas peculiaridades que la distinguen muy claramente de otras. Donde no es un fenómeno de masas ampliamente aceptado, el cristianismo suele tender a la marginalidad en el conocido sentido de estar en el mundo sin sentirse del mundo y sin querer formar parte de él. Ello hace que el creyente se vea impelido a nadar contra la corriente de la mayoría de los valores morales imperantes, pero no por ello va a ser necesariamente perseguido o encarcelado. Algo así se encontraron las primeras comunidades en el siglo I y II de nuestra era y algo parecido nos encontramos nosotros. No obstante, a diferencia de hace casi dos milenios, hoy apenas nos vemos obligados a competir en un mercado de religiones ni provocamos recelos en otras creencias dominantes. La verdad es que, en general, se nos deja bastante tranquilos. Salvo algunas excepciones, importamos poco a la mayoría de las personas. Para ellos somos un colectivo más de los muchos que existen, no especialmente diferentes de los grupos de yoga o las asociaciones de vegetarianos. Pero, si esto es así, ¿de dónde proceden estas dificultades? ¿Por qué decimos que ser creyente hoy no es nada fácil?

En primer lugar, reconozcamos que, pese a esa mezcla de tolerancia e indiferencia que manifiestan la mayoría de las personas hacia nosotros, la percepción de muchos de ellos no es especialmente favorable. A diferencia de cómo son vistos los colectivos veganos o los practicantes de mindfulness, los cristianos somos unos bichos raros y no precisamente en el buen sentido del término. Más bien somos vistos como reaccionarios, antiguos, zarrapastrosos, seguidores de una vieja superstición, de una confesión religiosa que históricamente ha aportado el humanismo e importantes instituciones caritativas, pero también la inefable Inquisición y cierta colección de repugnantes pederastas que han gozado de una escandalosa impunidad hasta no hace tanto. Es verdad que, comparados con otras religiones, tampoco salimos tan mal parados. Y si ampliamos la comparación a determinadas ideologías como el fascismo o el comunismo, el panorama incluso mejora. Pero en lo que se refiere a mala imagen, parece que nos llevamos la palma.

Pero el problema no acaba ahí ya que, puestos a reivindicar nuestra singular identidad, ni siquiera los propios seguidores de Cristo nos ponemos de acuerdo en cómo somos o deberíamos ser y en cómo nos vemos entre nosotros. Los católicos, que en Europa somos cada vez menos, pero sí más viejos, encima nos encontramos divididos entre facciones de los más diverso: conservadores y aperturistas, tradicionalistas y eclécticos o los que buscan la misa en latín frente a los que dejan de lado el rosario para practicar la meditación zen. El motivo de estas diferencias puede tener diversos orígenes y motivaciones, y su proyección alcanzar planos más allá de lo religioso, con tintes más bien políticos. Pero la cosa no se detiene ahí, pues no se trata solo de un tema de formas o de apariencia: la discrepancia entre los propios creyentes a menudo alcanza a lo que es más fundamental en nuestra fe, a Dios. Y esto sí que es grave.

No deja de ser paradójico que los creyentes de una religión monoteísta acaben defendiendo ideas de Dios tan distantes que llegan a aparentar divinidades diferentes. Pero no nos dejemos llevar por el pánico. Una vez más debemos reconocer que una situación de este estilo no es nueva y que no hay religión de cierta dimensión que no tenga o haya tenido sus herejías y sus movimientos disidentes que, en algunos casos, pueden acabar en cismas o en divisiones más o menos permanentes. La historia misma del cristianismo está repleta de ejemplos de ello desde sus inicios, cuando las facciones hebreas disputaban su hegemonía con las comunidades de influencia grecorromana. Si esto ha sido así, ¿por qué debería preocuparnos ahora? Somos una minoría tolerada que manifiesta disensiones acerca de algunos de sus postulados internos: ¿qué tiene de especial todo ello en el momento presente, en ese inicio del tercer milenio de nuestra era?

Algo hay que hace de este un paisaje muy diferente de todos los vividos siglos atrás y es la secularización de la sociedad. Esta secularización no ha significado la superación de la religión, como sugerían los positivistas clásicos de hace algo más de un siglo, sino que ha supuesto un proceso mucho más sutil de desplazamiento de la religiosidad a ámbitos privados y, en algunos casos, casi marginales. Una de las personas que mejor ha estudiado este asunto es Charles Taylor, un importante filósofo católico que defiende que la creencia religiosa en una divinidad o en la existencia de una realidad trascendente es algo que sigue existiendo actualmente en las sociedades modernas, pero que esta opción, que antaño era abrumadoramente mayoritaria, hoy ya no es la opción por defecto de la mayoría de las personas. Al contrario, se trata de una opción minoritaria que no se presupone en el individuo ni se transmite inevitablemente de padres a hijos, sino que es una opción que debe ser intencionalmente buscada y, de conseguirse, debe ser mantenida con cierto esfuerzo. Al contrario de lo que ocurría hace quinientos o mil años, hoy manifestar públicamente una creencia religiosa con cierto grado de compromiso implica ser consciente de que uno empieza a nadar contra la corriente general de la sociedad.

La secularización no implica, pues, un rechazo generalizado a la religión y, de hecho, solo suelen ser una minoría las personas que se califican de ateas mientras que una amplia mayoría sigue declarándose creyente de algún ente espiritual más o menos difuso. Lo que la secularización implica es que esas personas, aunque crean en algo e incluso recen de forma puntual o, en ciertas ocasiones, acudan a un lugar de culto, viven sin pensar en nada de todo ello el noventa por ciento de su vida. En su existencia cotidiana carecen de una mínima actitud religiosa y es por ello por lo que de forma habitual no acuden a un templo a orar, como tampoco atribuyen los acontecimientos más o menos destacados de su vida a la intervención de una fuerza divina, ni se plantean su propia existencia atendiendo a un plan divino o en la idea de que Dios les ha encomendado una misión que da un sentido nuevo a su vida. Son esa inmensa mayoría de personas indiferentes a las que todo lo que he escrito en este libro les importa un bledo. No porque se opongan a lo que digo, sino porque no va con ellos, porque tienen cosas mejores que hacer que pensar en Dios o en la religión o, sencillamente, no tienen tiempo para ello.

A diferencia de lo que ocurre con los ateos y los que piensan que la religión es un atraso y una superstición alienante, personas con las que siempre es agradable conversar y discrepar educadamente, los indiferentes son un problema mayúsculo para los que somos creyentes e intentamos tomarnos nuestra fe en serio. ¿Por qué? Pues porque los cristianos no podemos olvidar el mandato de Jesús de difundir el mensaje evangélico entre aquellas personas que aún no lo conocen. Para nosotros, esta es una tarea irrenunciable. Como apunta Fabrice Hadjadj, los no creyentes tiene la suerte de que no necesitan ser evangelizados para salvarse, pues la salvación no se limita a la Iglesia y nuestra acción (o inacción) como creyentes no puede suponer un límite a la capacidad de Dios para salvar a sus criaturas. En cambio, los creyentes sí podemos tener serios problemas para alcanzar nuestra salvación si dejamos de perseverar en nuestra tarea, pues Jesús nos dejó claro que evangelizar no es algo opcional, sino un presupuesto básico si realmente queremos alcanzar esa salvación prometida.1

Pero ¿qué significa evangelizar? Antes hemos dicho que uno de los grandes problemas actuales para los cristianos es nuestra tendencia a discrepar sobre asuntos tan fundamentales como aquello que entendemos por Dios. Si esto es así, debemos preguntarnos con qué nos ponemos a evangelizar, qué idea de Dios de entre todas las que parecen existir debemos transmitir. A menudo se habla de la existencia de cierta pluralidad en la propia Iglesia, término cuasi mágico que suele acompañarse de adjetivos como enriquecedora, tolerante, abierta, ecuménica. Desde luego lo plural es moderno y nos congratulamos de vivir en sociedades plurales en las que el pluralismo político e incluso el cultural son vistos como conquistas importantes en nuestro orden civilizatorio. Pero no todo debe ser plural. Hay cosas sobre cuya realidad no tiene mucho sentido opinar, como la existencia de la ley de la gravedad o los cobradores de impuestos. ¿No debería ser así entre los creyentes al referirnos a Dios?

Cuestionar la actual sacralización de la diversidad cultural y de valores en el siglo XXI es una tarea de lo más pertinente más allá de lo religioso. El pluralismo y la diversidad no pueden tener un valor abso luto y por ello es necesario establecer límites pues, en caso contrario, se corre el riesgo de acabar aceptando aquello que mina los cimientos de la convivencia. Una comunidad en la que el pluralismo permite actitudes intolerantes y de odio hacia otras personas está condenada a su destrucción. Por razones parecidas, también una religión debe imponer ciertos límites y barreras que deben resultar infranqueables. Nadie discute que no pueda haber cristianos de derechas y de izquierdas, tradicionalistas y modernos, pero deben existir líneas rojas infranqueables de tal modo que una persona no puede denominarse cristiana si niega la divinidad de Jesucristo o manifiesta creer en la reencarnación de las almas tras la muerte.

Determinar dónde situar esas líneas rojas no es sencillo. Algunos entenderán que no es admisible cuestionar la ordenación ministerial masculina o determinados aspectos de la moral sexual o los relativos al matrimonio, mientras que otros defenderán que son precisamente estos temas los más acuciantes para el creyente actual. Habrá, sin ningún lugar a dudas, argumentos para todos los gustos. Sin embargo, hay aspectos cuya centralidad es indiscutible y aquello que entendemos por Dios es sin duda uno de ellos.

Yo no soy teólogo y las páginas que siguen a continuación vienen motivadas, en primer lugar, por un intento de aclarar mis propias creencias, pero también para aclarar aquello que a mí me parece obvio pero que, por razones que no siempre alcanzo a comprender del todo, muchos creyentes no lo ven de la misma forma que yo. Sin embargo, mi pretensión aquí no es imponer mi idea particular de Dios, asumiendo que sea posible llegar a tener algo parecido a una idea de Dios. Lo que me propongo aquí es exponer mis razones de por qué creo que muchos creyentes —y no pocos obispos y sacerdotes— afirman creer en un Dios que tiene poco que ver con el que creían nuestros padres y abuelos, pero también los teólogos medievales o los primeros cristianos allá por siglos I y II de nuestra era. No se trata tanto de una discrepancia teológica, ni de un cambio fruto de la necesidad de adaptación a un entorno cultural nuevo, como ocurrió con la helenización del judeocristianismo en los siglos II y III o como se ha ido dando con los procesos de inculturación a medida que la fe cristiana ha ido expandiéndose a lo largo de los cinco continentes.

Al contrario, si me preocupa este tema es porque creo que en este cambio hay algo más que un simple efecto debido a las dinámicas culturales propias de la historia humana. Mi tesis es que hoy mucha gente, incluidos numerosos y devotos creyentes, no se toman a Dios lo suficientemente en serio. En muchos casos tratan a Dios con una familiaridad cercana a la irreverencia, con la idea de que se trata de una especie de proyección humanoide de sí mismos, una suerte de amigo invisible con virtudes terapéuticas, que comprende y justifica nuestra forma de ser y nuestras acciones, sin que jamás llegue a censurarnos severamente nada de lo que hacemos. Esta vertiente terapéutica no solo nos presenta una visión ñoña de Dios, sino que nos lleva a diluir la perspectiva del juicio y la salvación o la condena eternas que han estado en el núcleo de la fe cristiana desde sus inicios. Es verdad que vivimos en un mundo en el que tratar el tema de la muerte o el duelo parece un tabú o una grosería, pero más triste es que, incluso en los púlpitos, muy pocas veces se escuche hablar del cielo o de la salvación eterna —y ya no digamos del infierno, cuya clausura definitiva no pocos pastores y teólogos dan por cierta—.

En el otro extremo podemos situar a personas que manifiestan tratar a Dios de forma mucho más seria, pero en el fondo no es así y acaban también dejando a Dios de lado. Son creyentes que se refieren a Dios como a un ente autoritario y vigilante, un padre que más parece un carcelero que marca las distancias con sus tutelados. Se trata de un Dios que se aleja, que exige una distancia con el pecador, a la espera de un juicio acerca del cumplimiento de un código moral estricto, cuya tutela terrena reclama para sí la jerarquía eclesial. Este moralismo exacerbado es hoy uno de los atentados más graves contra el evangelio, pues no deja de ser la victoria del fariseísmo hipócrita que tantas veces denunció Jesús y, como veremos a lo largo de estas páginas, supone la victoria de lo más rancio del pelagianismo. Incluso en sus versiones más edulcoradas, el moralismo convierte el cristianismo en una ética cívica desacralizada, un manual de convivencia social aplicable a cualquier comunidad humana, aunque esta estuviera formada exclusivamente por materialistas ateos.

Dios no es un oso de peluche con el que hacer lo que nos plazca ni tampoco el guardián con tintes orwellianos que premia y condena según nuestros actos. Es obvio que estas visiones de Dios adolecen del mismo vicio: son demasiado humanas. En los capítulos que siguen intentaré explicar que creer en Dios no es fácil y requiere de esfuerzo y tenacidad, por lo que solo vale realmente la pena este esfuerzo si estamos dispuestos a tomarnos a Dios en serio. Para ello, una primera tarea es la de aclarar algunos conceptos para saber de qué hablamos. A ello se dedica el primer capítulo del libro, pues antes de hablar de Dios es importante ver cómo lo pensamos y si lo hacemos todos de un modo parecido. En un mundo policéntrico en el que el relativismo cultural y moral parecen haber impuesto sus postulados, es necesario buscar un común denominador entre los que defendemos nuestra fe en el Dios de Jesucristo, e inevitablemente este denominador deberá partir sobre todo de la Sagrada Escritura, una referencia fundamental que parece cada vez menos presente en la vida de muchos creyentes.

En el segundo capítulo veremos cómo es ese Dios que en los relatos bíblicos se manifiesta a menudo haciendo cosas extraordinarias, algo que hoy choca con nuestra mentalidad cientificista y (aparentemente) racional. Rechazar el poder de Dios para hacer milagros y cosas extraordinarias empobrece lo que pensamos de Él y debilita nuestra esperanza, pues si lo humanizamos demasiado al final tan solo nos quedará el ejemplo de Jesús, un mártir, un héroe que se entrega y sacrifica, pero cuyo ejemplo acaba resultando vacío si tras él no aparece el triunfo de la verdad y la justicia. Cuando falta la esperanza, el martirio de otras personas solo produce un triste abatimiento y, a la larga, la sensación de contemplar la acción de un alienado. Pero rechazar esa impotencia no debe llevarnos a caer en el error de ver el poder de Dios de forma excesivamente humana, como un juez soberano que decide sobre la vida de sus súbditos. La Biblia nos muestra, en cambio, cómo ese poder se manifiesta en aspectos asombrosos que rechinan en nuestra forma de pensar como, por ejemplo, en la extraordinaria capacidad de Dios de perdonar aquello que nosotros no perdonaríamos.

En el tercer capítulo veremos de qué manera, a pesar de que mucha gente dice creer en la existencia de Dios, una gran mayoría de ellos vive como si Dios no existiera. Unos porque creen ser autosuficientes y entienden que la humanidad no necesita la intervención de Dios al tener por sí misma la capacidad de satisfacer sus ansias y aspiraciones. Otros son menos optimistas, pero han asumido que Dios pasa de ellos y que no les ayuda realmente en su devenir cotidiano. En ambos casos, la actitud humana que acaba imponiéndose es la del que intenta construir un futuro al margen de Dios. La pregunta que cabe plantear aquí es si puede realmente el hombre darse esperanza a sí mismo.

Desde hace varios siglos el ser humano busca salir de las limitaciones propias de su naturaleza, pero debe darse cuenta de que no puede hacerlo si no busca un referente al que sujetarse, algo que se sitúe fuera de esa naturaleza que pretende dominar. En la época anterior a la Modernidad, el ser humano ha solventado este problema colocando a Dios en el centro de su vida, pero ello parece chocar de frente con la idea del individuo moderno, cuya autorrealización depende precisamente de su capacidad de tomar decisiones sin constreñimientos de ningún tipo. A este asunto dedicamos el cuarto capítulo y en él veremos cuál es el error del individuo moderno al entender que su autorrealización pasa inevitablemente por poder hacer aquello que le plazca. Desafortunadamente, la religión ha tenido frente a ello una actitud también equivocada, pues ha optado por reconvertir aquello que inicialmente era un mensaje de esperanza en un férreo código moral, todo ello con la clara pretensión de fagocitar esa libertad que tiende a prescindir de Dios, pero cuyos efectos han sido desastrosos. Una vez más, sin embargo, Dios volverá a sorprendernos y nos hará ver que su lenguaje no es el propio de los tribunales ni el de los moralistas puritanos, sino el del claro y sencillo amor de un padre hacia sus hijos.

Pese a todo, creer en ese amor de Dios no siempre es fácil. En un mundo tantas veces dominado por el mal, el sufrimiento y el pecado, nos cuesta creer que Dios realmente ame a sus criaturas. Este tal vez sea, en el fondo, el principal obstáculo para tomarnos a Dios realmente en serio. Por ello, el último capítulo de este libro está dedicado a la característica principal de Dios, el amor. Un atributo del que participamos los seres humanos y que, si lo pensamos detenidamente, es un fenómeno profundamente antinatural que entra en conflicto con nuestros instintos de supervivencia y de búsqueda del poder y del dominio sobre los demás. Sin embargo, nada nos hace más humanos —ni más divinos, podríamos decir— que nuestra capacidad de amar. Solo desde el amor podemos realmente entender la importancia, no solo de tomarnos a Dios en serio, sino también de tomarnos en serio a nosotros mismos.

Acabo esta breve introducción señalando que la mayor parte de lo que sigue en este libro es inédito y fruto de reflexiones personales a lo largo de varios años. Solo los capítulos ¿Para qué creer en Dios? y ¿Cómo sabemos que Dios nos ama? son versiones revisadas y bastante ampliadas de sendos artículos publicados en la revista Razón y Fe números 1.435/2018 y 1.430/2017 respectivamente.

1.– F. Hadjadj, ¿Cómo hablar de Dios hoy? Anti-manual de evangelización, Nuevo Inicio, Granada 2013, pág. 118.

Cómo hablar de Dios

Pensar a Dios

Cuando pensamos en Dios, ¿pensamos todos lo mismo? La pregunta parece sencilla pero no lo es de ningún modo y, por desesperante que pueda parecernos, no tenemos una respuesta y tampoco esperen encontrarla en este libro. Es verdad que la dificultad de saber si nuestro conocimiento sobre algo coincide con el que tienen nuestros semejantes no se ciñe a Dios en particular, ni a lo religioso. Si lo pensamos un poco, comprobaremos que ni siquiera en relación con los conceptos más básicos y cotidianos podemos estar seguros de que existan coincidencias en nuestros pensamientos.

Un buen ejemplo de ello es el color, algo que nos parece tan sencillo que de hecho es de las primeras cosas que empiezan a identificar los niños pequeños para señalar objetos. Sin embargo, es extremadamente difícil poder saber si aquello que percibimos como el color rojo es el mismo rojo que ven los ojos de un vecino, ya no digamos si es el mismo color que vio alguien que vivió en el siglo XII. Una prueba de ello es que muy a menudo se tarda años en saber cuándo una persona es daltónica pues, aunque no perciba los colores como los demás y le cueste distinguir unos de otros, es difícil que se dé cuenta de ello por sí misma o incluso que se den cuenta los demás. Ello es así porque, al contrario de otras experiencias o sensaciones, es muy difícil expresar qué es el color rojo sin empezar a dar vueltas sin sentido a lo mismo: el color de la sangre, de la bandera de China, etc.

En otros casos podemos tenerlo más fácil, sobre todo cuando se trata de objetos materiales cotidianos como un árbol. En cambio, cuando pensamos en una mesa, es muy posible que un bosquimano de Australia y un esquimal piensen en objetos ciertamente muy diferentes y fabricados con materiales muy distintos. Aun así, seguramente esas imágenes mentales tendrán elementos comunes, como la similar funcionalidad de aquello que llaman mesa, obviamente cada uno en su idioma. Este punto de encuentro entre hablantes de idiomas tan diferentes es necesario pues de otra manera no cabría siquiera la comunicación entre esas personas o la posibilidad de traducir esas lenguas.

Algo parecido a esto ocurre cuando varias personas pretenden hablar de Dios sin tener claro si cada una de ellas lo piensa de forma similar a las demás. Dios es un concepto o una idea –ni siquiera en esto alcanzaríamos un acuerdo fácilmente, aunque sí en el hecho de que no se trata de una cosa– que cabría situar entre la sencillez de pensar un árbol y la imposibilidad de definir un color, con el añadido de que no solo no podemos verlo, sino que ni siquiera podemos estar seguros de su existencia, aunque podamos imaginar algo sobre él. Esto último puede parecer una perogrullada, pero poder imaginar algo presupone partir al menos de alguna certeza o de una referencia preconcebida. Es verdad que es posible imaginar algo que no existe —por ejemplo, un unicornio—, pero ese algo imaginado se constituirá de elementos que sí existen. Al imaginar el unicornio lo hacemos a partir de la figura de un caballo al que colocamos el cuerno de un narval. Yendo más allá con nuestra imaginación, nada nos impediría inventar un nuevo animal, mitad unicornio y mitad lombriz, por ejemplo. Pero la imaginación tiene sus límites, y si no prueben a intentar imaginar un color que no exista y entenderán a qué me refiero. Naturalmente, no se trata con todo ello de intentar hacer piruetas mentales sino de ser conscientes de los problemas que surgen al pretender darnos a entender a los demás buscando algunos elementos comunes. Al fin y al cabo, si no sabemos a ciencia cierta si al hablar de Dios pensamos lo mismo, ¿cómo podemos hablar de Él con cierto sentido?

En el ámbito religioso, partimos de la ventaja de que Dios ha estado presente desde siempre. Más allá de los manuales clásicos de apologética cristiana, es un dato poco discutible el hecho de que la idea de divinidad o divinidades ha estado presente entre las comunidades humanas desde el inicio de los tiempos. Tanto es así que posiblemente esa conciencia de que existe una realidad no percibida en nuestro entorno, una fuerza que mueve e impulsa lo natural y que de alguna forma se sitúa por encima o al margen de ello, es uno de los elementos que mejor permiten diferenciar el paso del primate no humano a los primeros homínidos. Los ritos y elementos simbólicos con connotaciones religiosas se encuentran en numerosos hallazgos arqueológicos, incluida la ancestral costumbre de venerar y enterrar los cadáveres humanos, que se acredita al menos en los lugares en que las condiciones ambientales han permitido la conservación de los restos hasta hoy. No resulta por tanto arriesgado afirmar que hablar de un dios, de varios dioses o de una realidad sobrenatural es algo que habrá ido sucediendo a lo largo de milenios y hasta no hace mucho tiempo era un tema de conversación bastante habitual en nuestro entorno y, de hecho, lo sigue siendo en la mayor parte de lugares poblados del planeta. También es justo reconocer, no obstante, que esta idea o concepto de dios o dioses ha sido identificada de formas muy diferentes, incluyendo objetos materiales, como el sol o la tierra, e incluso con personas (reyes, faraones, etc.), lo que no quiere decir que se perdiera el carácter sobrenatural de la divinidad, sino que lo que se divinizaba era el objeto físico en cuestión, fuera el sol o el monarca del momento.

Obviamente, identificar lo divino con algo concreto o material facilita bastante el entendimiento entre creyentes y también entre escépticos, pero curiosamente no es lo que más se estila entre las religiones que cuentan hoy con un mayor número de adeptos. A medida que las creencias religiosas se consolidan en comunidades humanas mayores y socialmente más complejas, también esas creencias aumentan en su complejidad y adoptan una idea de divinidad más abstracta y sofisticada. En estas confesiones religiosas, la divinidad se identifica con entidades espirituales o inmateriales menos perceptibles sensorialmente, lo que en la práctica implica multiplicar los esfuerzos para poder formular descripciones de Dios o de lo divino, algo importante sobre todo cuando se dirigen a personas que quieren conocer o ingresar en esa religión. En estos casos, al no ser posible limitarse a señalar un objeto (por ejemplo el sol), no queda otra que intentar definir los rasgos de la divinidad, bien sea a través de sus atributos (la bondad, el amor, la omnipotencia, la perfección, etc.), bien sea por sus actos concretos (como creador, hacedor de milagros o incluso como destructor de los enemigos o los disidentes de la religión) o incluso por su concreción en una imagen o figura, algo que era perceptible a través de tótems u objetos sagrados. En estos casos no se trataba tanto de identificar a Dios con el objeto como en ver en el objeto un signo o un símbolo de la presencia de Dios o de su poder.

Como es fácil intuir, estas convenciones permitían a las comunidades de creyentes —y en cierta forma siguen permitiendo hoy— hablar entre ellas y a las demás personas de su dios y con ello se posibilitaba crear un conjunto de creencias más o menos coherente y sistemático para formar lo que entendemos como una religión. No obstante, por muy elaboradas que estén estas convenciones, siguen estando lejos de lograr un consenso parecido al que podemos obtener con el concepto de “mesa”. Las dificultades para llegar a un acuerdo sobre el concepto de Dios no es un tema que aflore solo en un diálogo interreligioso. Incluso cuando nos movemos en la misma religión, las diferentes visiones que pueden tener sus miembros pueden ir variando según los casos y llegar a generar conflictos internos y divisiones, si bien cierto grado de diversidad suele ser asumido y aceptado como razonable.

Así, por ejemplo, a partir de la lectura del Credo o de un catecismo, es fácil suponer que todos los católicos tenemos una imagen parecida de Dios, esa imagen tan repetida de un padre amoroso y misericordioso, creador de todo y que ha ofrecido su hijo unigénito para nuestra salvación. Pero en esta afirmación aparentemente sencilla se esconden múltiples trampas, empezando por la propia imagen de padre, que muchas personas entienden como un padre que en el fondo resulta bastante alejado del equivalente humano, pues se trataría de un progenitor caracterizado por una bondad extrema que se niega a reprender y castigar a sus hijos, y que en su lugar les perdona todas las fechorías habidas y por haber con la única condición de que manifiesten un mínimo atisbo de arrepentimiento. Otras personas, en cambio, prefieren ver en esa figura de Dios a un padre exigente y severo, que no deja de vigilarnos y advertirnos de los peligros de deambular por una creación llena de emboscadas del Maligno y al que no le tiembla la mano a la hora de reprender a sus criaturas si hacen caso omiso de sus mandatos. Sin duda estas dos imágenes que he dibujado se encuentran caricaturizadas, pero son representativas de dos formas de entender a Dios que a su vez cobijan un amplio abanico de visiones en las que encajaría la de la mayoría de los cristianos.

Todo ello evidencia la pertinencia de la pregunta sobre cómo pensar a Dios y su carácter urgente. No solo para entendernos entre creyentes, sino porque este tipo de razonamientos da alas a aquellos que sostienen que Dios no es más que una mera creación humana, una invención para mantener la cohesión de determinados grupos o comunidades, o simplemente una proyección de nuestros deseos o de nuestras ansias ante las siempre inevitables frustraciones que comporta nuestra existencia. El asunto es grave pues el creyente está obligado a rechazar tales visiones y debe ser capaz de resistir sus embates, con lo que incurre en una irresponsabilidad si esconde la cabeza y obvia estas críticas, que no tienen otro objetivo que dinamitar la afirmación de una realidad trascendente. Pero las dificultades son muchas y la primera pregunta que cabe hacernos es si realmente vale la pena este viaje, es decir, si debemos perseverar en nuestra intención de hablar seriamente de Dios o si, por el contrario, no sería mejor reconocer nuestra incapacidad y renunciar a esa tarea.

Obligados a hablar de Él

La respuesta a la cuestión acerca de la perseverancia en hablar de Dios es bastante evidente para cualquier cristiano medianamente convencido, pues si algo tenemos claro es que Dios nos exige que hablemos de Él y de su plan, de forma permanente y a todo aquel que se nos cruce en el camino. De hecho, llevamos siglos haciéndolo, así que en este sentido la anterior pregunta se responde sola. Algo muy diferente es que debamos reconocer y tener muy presente que, como ya hemos apuntado, no todos los cristianos hablamos siempre exactamente de lo mismo al referirnos al que es el único Dios que existe. La realidad es que la visión que tenemos de Él cambia según las épocas y también de acuerdo con nuestro entorno social y cultural, e incluso de forma individual a partir de la experiencia de fe de cada uno. Todos podemos traer a nuestra mente imágenes de cómo se nos ha explicado que se entendía a Dios en la Edad Media, en la que se justificaba incluso la guerra santa para recuperar el control de Jerusalén y sus aledaños. O cómo parecen entenderlo hoy las alejadas tribus africanas en las que el mensaje evangélico germina en un contexto muy diferente del nuestro en prácticamente todos los sentidos. La diversidad de estas visiones puede fácilmente abrumarnos y nos lleva a cuestionar si podemos realmente saber cuál es la imagen correcta de Dios: ¿acaso no lo son todas ellas? Es tentador decir que sí, una solución pragmática que en nuestro caso tendría el valor añadido de ser coherente con la actual forma de pensar occidental y abierta, pues reconozcamos que hoy parece difícil —¿políticamente incorrecto? —sostener que nuestra imagen de Dios, la del católico blanco europeo de clase media, es la única válida a escala planetaria.