Tomás y los tomistas - Romanus Cessario - E-Book

Tomás y los tomistas E-Book

Romanus Cessario

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Tomás y los tomistas es una introducción a la vida de santo Tomás de Aquino, a su doctrina en general y a las aportaciones que ha hecho al pensamiento cristiano. Los dominicos Romano Cessario y Cajetan Cuddy presentan también la historia de la tradición tomista, comenzando en la época medieval hasta su renacer en los últimos siglos. Este volumen representa una guía de trabajo para entender la historia del Aquinate y sus comentadores, así como una ayuda para comprender su importancia en nuestros días.

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Seitenzahl: 301

Veröffentlichungsjahr: 2021

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TOMÁS Y LOS TOMISTAS

COLECCIÓN ESTUDIOS TOMISTAS

VOLUMEN 11

Director

Xavier Prevosti Vives, hnssc

Consejo de redacción

Ignacio Mª Manresa Lamarca, hnssc

Esteban J. Medina Montero, hnssc

Lucas P. Prieto Sánchez, hnssc

Consejo asesor

Serge-Thomas Bonino, op

Martín F. Echavarría

Reinhard Hütter

Enrique Martínez García

Antoni Prevosti Monclús

Thomas Joseph White, op

PUBLICACIONES DE ESTUDIOS TOMISTAS

Francisco CanalsTomás de Aquino. Un pensamiento siempre actual y renovador

Lucas Prieto, hnsscApuntes de filosofía tomista

Xavier Prevosti, hnsscLa libertad, ¿indeterminación o donación?

Thomas-Joseph White, opEl Señor Encarnado. Estudio tomista de cristología

Romanus Cessario, op & Cajetan Cuddy, opTomás y los tomistas. El logro de Tomás de Aquino y sus intérpretes

EN PREPARACIÓN

Edward FeserCinco pruebas sobre la existencia de Dios

Thomas Petri, opAquinas y la teología del cuerpo

R. CESSARIO, OP – C. CUDDY, OP

TOMÁS Y LOS TOMISTAS

El logro de Tomás de Aquino y sus intérpretes

Primera edición: 2021

© Romanus Cessario, op – Cajetan Cuddy, op

© Andrea Torres Rodríguez para la traducción castellana.

Título original: Thomas and the Thomists

© 2021 EDICIONES COR IESU, hhnssc

Plaza San Andrés, 5

45002 - Toledo

www.edicionescoriesu.es

[email protected]

ISBN E-book: 978-84-18467-10-3

Queda prohibida, salvo excepción prevista en la ley, cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública y transformación, total o parcial, de esta obra sin contar con autorización escrita de los titulares del Copyright. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (art. 270 y ss. del Código Penal).

A Benedict M. Ashley, op (1915–2013)y Guy-Thomas Bedouelle, op (1940–2012)

in piam memoriam

Sumario

Introducción

Tomás

Los tomistas

1. Inicios

Ventaja providencial

Ordenando la sabiduría

El arquero experto

2. Florecimiento

El hombre del papa

Maestro de gracia

Doctor de la verdad

3. Desenlace

Solo Cristo

Obrador de milagros

Luz de la iglesia

4. Un comienzo incierto

Condena y «corrección»

Desacuerdos sobre la autoridad de la enseñanza papal

Un tiempo en barbecho

5. Identidad y defensa

Coalescencia tomista

Tomistas y sus primeros interlocutores

Ataques y defensa

6. Expansión y reconocimiento

El surgimiento de la Summa theologiae

Los colegas de Cayetano

Los tomistas españoles en el Concilio de Trento

7. Campeones católicos

Los tomistas se enfrentan a la modernidad

Teología moral

Gracia y libertad

Herramientas pedagógicas y apologéticas integrales

Gigantes dominicos

8. Centinelas de la verdad

Lo sobrenatural bajo fuego

Los tomistas interpretan a santo Tomás

Modelos para estudios católicos

Apoyo institucional

Supervivencia

9. Una filosofía firme para la doctrina católica

Un despertar providencial

Renacimiento romano

Después de la Aeterni Patris

10. La actualidad de Tomás y sus comentadores

Después del Concilio Vaticano II

Expansión y diversidad

Características perennes del pensamiento tomista

Bibliografía selecta

Nota

Tomás de Aquino

Tomistas

Introducción

Tomás

A lo largo de los siglos, Dios ha enriquecido a su Iglesia con numerosos maestros de «sana doctrina» (2Tm 4,3). Pensemos, por ejemplo, en santos y teólogos tales como Ignacio de Antioquía, Ireneo de Lyon, Ambrosio de Milán, Agustín de Hipona, Pseudo-Dionisio, Hugo de San Víctor, Buenaventura, Roberto Grosseteste y Enrique de Gante. Cada uno, con su propia capacidad y estilo, ha defendido y expuesto la sana doctrina que el apóstol recomendó a Timoteo. Sin embargo, entre todos ellos, una figura destaca como el principal maestro de esta doctrina evangélica sana. Este honor corresponde al dominico Tomás de Aquino y, aunque no todos los estudiantes de teología y filosofía tengan como principal referente a este teólogo del siglo trece, la mayoría de ellos aún se ve obligada a lidiar con sus postulados intelectuales. No es de extrañar, por ello, que Tomás de Aquino ocupe un lugar destacado en la historia de los intelectuales cristianos. El presente volumen intenta recorrer, ciertamente a pinceladas gruesas, más de siete siglos de la tradición que se originó con Tomás y que fielmente ha traspasado sus sanas enseñanzas.

La Iglesia Católica, desde luego, tiene al Aquinate en gran estima y reconoce en su obra una profunda consonancia con el depósito de la fe y con la tradición auténtica. Como lo expresó vivamente el papa León XIII en el siglo XIX:

Ahora bien, entre los Doctores escolásticos brilla grandemente santo Tomás de Aquino, príncipe y maestro de todos, el cual, como advierte Cayetano, «por haber venerado en gran manera los antiguos doctores sagrados, obtuvo de algún modo la inteligencia de todos»1.

La Iglesia Católica valora también a santo Tomás porque tiene la capacidad de sacar a la luz lo nuevo. El mismo Papa anteriormente citado reconoció que el logro del Aquinate fue que «reunió y congregó, dispuso con orden admirable y aumentó con nuevos principios las enseñanzas de sus ilustres predecesores»2. Por todo ello, la Iglesia reconoce en Tomás de Aquino una realización ejemplar de lo que Cristo dijo acerca de aquellos entendidos en las materias divinas: «todo escriba que se ha hecho discípulo del Reino de los Cielos es semejante al dueño de una casa que saca de sus arcas lo nuevo y lo viejo» (Mt 13,52).

Tomás escribió a mediados del siglo trece; gracias a ello, los patrones y pedagogías escolásticas enriquecen el corpus tomista. Hoy los historiadores podrán desmenuzar su obra para provecho propio; mas, el Aquinate, desde luego, estaba lejos de considerar sus tomos como material de discusión académica para futuras generaciones. Se habría sorprendido de descubrir que hoy, en algunos círculos, sus escritos son tratados como piezas de época, textos medievales de interés primordialmente histórico. En vez, la Iglesia venera a Tomás por la «perdurable originalidad» de su pensamiento3. ¡No es de extrañarse! Tomás escribió como un cristiano creyente. El Evangelio lo inspiró a buscar la verdad acerca de la realidad y, sobre todo, la verdad acerca de la realidad más alta. La búsqueda de lo real fue el impulso del hombre de Roccasecca. Asimismo, el tomista se constituye como un realista metafísico, pues las enseñanzas de Tomás dependen de aquello que es lo más formal en el ente: el actus essendi (acto de ser)4.

Gracias a su genialidad única, el Doctor Angélico aún sirve de guía fiable para descubrir la verdad acerca de la realidad. Conduce al estudiante bien dispuesto a descubrir la verdad real acerca de cosas reales que se originan en el Dios real. Tomás sabía que solo el eterno Dios podía dar razón del origen y constitución de todo lo que existe. Solo el ente existe en la realidad; el no-ente, no existe. Este primer principio fundamental, y un tanto evidente, constituye el núcleo del proyecto filosófico y teológico de Tomás. Ningún otro principio excede en importancia a la distinción real entre ente y no ente. Es más, la persona humana descubre este principio naturalmente, mediante sus facultades propias de conocer. «Nuestro intelecto conoce el ente naturalmente, y aquello que esencialmente le pertenece al ente como tal», afirma Tomás. Luego añade, «y en este conocimiento se funda la noción de los primeros principios, como el de que «no se puede al mismo tiempo afirmar y negar lo mismo» y otros semejantes»5. A partir de la distinción real entre ente y no ente, Tomás descubre la distinción real entre potencia y acto. El ente no es la nada; sin embargo, algunos entes llegan a ser algo diferente de lo que son o, incluso, algo más. Sobre este punto y muchos otros, el Doctor Angélico se mantuvo abierto a la sabiduría de la antigua filosofía griega: el pagano Aristóteles fue el primero en resolver la disputa entre aquellos pensadores que no podían reconciliar sus observaciones del cambio con el hecho de la continuidad. ¿Qué ocurre cuando la pequeña bellota crece hasta convertirse en un gran roble? La potencia, entonces, es en las cosas el principio que no es la nada, y sin embargo no es acto. A ojos de Tomás, la distinción real entre potencia y acto acarrea implicancias para toda la realidad.

Con sagacidad y sutileza, Tomás aplicó la distinción real de potencia y acto tanto a materia y forma como a esencia y existencia. Materia y esencia sirven de principios potenciales, mientras que forma y existencia operan como principios actuales. Todos los entes materiales (y, por ende, creados) están compuestos de materia y forma; incluso las inteligencias espirituales puras son compuestas por esencia y existencia. Tomás comprendió que la distinción real de acto y potencia poseía una aplicabilidad universal a toda la realidad. Puesto que incluso una substancia está en potencia de ser adicionalmente articulada por medio de sus accidentes o propiedades, substancia y accidente son entendidos en términos de potencia y acto6. En otras palabras, el realismo de Tomás de Aquino se extiende fielmente a toda la realidad, desde la más ínfima partícula subatómica hasta el ángel más alto. A su vez, la distinción real entre potencia y acto ayuda a la mente creada a descubrir algo sobre el mismo Dios, quien no posee capacidades no-actualizadas; no conoce ni materialidad ni potencialidad. Solo en Dios, según se formula habitualmente, esencia y existencia permanecen idénticos. Dios no recibe su existencia de otro, y su ser no admite actualización ulterior. En palabras sencillas, «Dios es su propia existencia»7, mientras que todo lo demás solo goza de existencia prestada.

Guiado por su fe cristiana, Tomás percibió una profundidad dentro del principio de acto y potencia que no entró jamás en la imaginación aristotélica. Si bien Aristóteles reconoció que ciertos objetos poseen la capacidad de convertirse en algo distinto, jamás consideró el potencial de las creaturas inteligentes de unirse personalmente con Dios. Tomás, sin embargo, tenía certeza de ello gracias a los documentos de fe, y su realismo sirve a la religión cristiana incluso más, pues sostiene que el Dios que creó el orden inteligible de la realidad también revela su plan sobrenatural para el universo de modo que la mente humana pueda aprehenderlo. Desde la perspectiva del Aquinate, solo una filosofía realista es capaz de sustentar el realismo soteriológico de la persona y obra de Cristo. En sus escritos teológicos, al menos, Tomás extrae, desde este principio evidente del ser, las conclusiones no evidentes del Evangelio.

Tomás vivió en el periodo premoderno del pensamiento cristiano, antes del advenimiento de la filosofía empirista del siglo XVII. Gracias a esto, nunca fue dominado por la sed insaciable de hechos y detalles. En vez, buscó entender la realidad que subyace a los hechos de la existencia natural y sobrenatural. Asimismo, Tomás antecede a las filosofías racionalistas post-cartesianas y a los prejuicios de la Ilustración, por lo cual, para él, la sabiduría filosófica «explora la realidad» y no le impone categorías a priori8. En otras palabras, santo Tomás no fue un teólogo dedicado a tópicos especializados ni excentricidades especulativas, sino que, como los sabios del Antiguo Testamento, imploraba sabiduría (ver Sb. 7:7). Buscaba principios; y a partir de estos principios de gracia y naturaleza, desarrolló una exposición cabal de la doctrina cristiana. Fue capaz de distinguir el orden del caos, la sabiduría de la necedad, y la gracia de la naturaleza. Podríamos preguntarnos si la posición histórica providente en la que se encuentra Tomás da razón de «[su] gran mérito de destacar la armonía que existe entre la razón y la fe»9. De diversas maneras y acorde a las exigencias de sus circunstancias propias, sus seguidores perpetúan este meritorio legado.

Los tomistas

Un séquito de comentadores con siete siglos de prosperidad da testimonio del valor perenne de Tomás de Aquino. A excepción de san Agustín, resulta difícil encontrar a otro teólogo cristiano que goce de semejante cantidad de discípulos. Más aún, no podemos ignorar que los seguidores de san Agustín componen un grupo más diverso que el de los tomistas tratados en este volumen. La tarea de resumir más de setecientos años de una tradición de comentadores en un manual diseñado para introducir al lector a Tomás y sus intérpretes es, sin duda, ardua. Para dar una idea de las dimensiones de la tradición de comentadores tomistas, Tomás y los Tomistas presenta una selección de autores de cada siglo a partir de la muerte de Tomás en 1274. Este modo de presentar los autores pretende evitar la comprensión de la historia del pensamiento tomista en períodos, anteriormente tan común. Los lexicones, diccionarios y catálogos ofrecen suficiente evidencia para afirmar que los tomistas gozan de presencia histórica continua entre académicos religiosos y filósofos, sin negar que, durante ciertos períodos y en ciertos lugares, la obra de los tomistas ha recibido mayor apoyo y, por ende, ha aparecido más prominentemente que en otros tiempos y lugares.

Imitando a su maestro terrenal, los tomistas advierten la plegaria de Cristo por sus discípulos: «Santifícalos en la verdad: tu Palabra es verdad» (Jn 17,17). En su comentario sobre este verso del Evangelio de Juan, el Aquinate mismo explica qué es lo que anima a sus auténticos seguidores cuando abrazan la más alta sabiduría.

Dice, por tanto, [Jesús]: he rezado para que sean preservados del mal, pero esto no basta si no son perfeccionados en el bien, según aquello del salmo: «apártate del mal y haz el bien» (Sal 36,27). Y por eso [dice]: «Padre, santifícalos, es decir, perfecciónalos y hazlos santos». Y haz esto en la verdad, es decir en mí que soy tu Hijo y la verdad (cf. Jn 14,6). Es como si dijera, hazlos partícipes de mi perfección y de mi santidad. Por eso añade también «en tu palabra», es decir, en tu Verbo que es la verdad, de modo que esto quiere decir: santifícalos en mí verdad, porque yo que soy tu Verbo soy la verdad10.

Y nuevamente, aun comentando sobre Juan 17, 17, Tomás ofrece otro motivo que aplica especialmente a aquellos que asumen la enseñanza dentro de la Iglesia.

Santifícalos enviándoles el Espíritu Santo, enviándolo en la verdad, es decir, en el conocimiento de las verdades de fe y de tus mandamientos, según más arriba se dijo (Jn 8,32): «conoceréis la verdad y la verdad os hará libres». En efecto, por la fe y el conocimiento de la verdad somos santificados según aquello de Rm 3,22: la justicia de Dios es por la fe en Jesucristo en todos aquellos que creen en él. Y por eso añade: «tu palabra es la verdad», porque la verdad de las enseñanzas de Dios no está contaminada por ninguna falsedad. Y así dice Pr 8,8: «todas mis palabras son honestas, | nada en ellas es pérfido o falso». Por eso sus palabras enseñan la verdad increada11.

Mientras otros pensadores cristianos buscan la verdad increada, aquellos que siguen e interpretan fielmente a Tomás se comprometen al proyecto como una vocación eclesiástica. Aceptan que el teólogo «...tiene la función especial de lograr, en comunión con el Magisterio, una comprensión cada vez más profunda de la Palabra de Dios contenida en la Escritura inspirada y transmitida por la tradición viva de la Iglesia»12. Los tomistas, por tanto, consideran críticamente aquellos movimientos filosóficos que entorpecen estos esfuerzos, esta búsqueda privilegiada de la verdad.

Algunos académicos prefieren aproximase a la tradición de comentaristas tomistas como si se tratara de una serie inconexa de ejercicios intelectuales diacrónicos13. Otros eligen examinar los escritos de los tomistas mediante un lente hermenéutico de política-eclesial, intelectual, o ambas14. Sería un error, sin embargo, considerar a los tomistas incluidos en este panorama general como figuras aleatorias enfrascadas en intercambios intelectuales tediosos y ya olvidados; más bien, la presente obra ofrece un recuento de hombres y mujeres involucrados en la búsqueda viviente de la verdad. Los tomistas ponen tanto la teología como la filosofía al servicio de la Gran Comisión (ver Mt 28,18-20), la misión evangelizadora de la Iglesia hacia todas las naciones. No debiera sorprendernos, entonces, el descubrir que la mayoría de los tomistas considerados dentro de este volumen han pertenecido a los institutos de vida consagrada que prosperan dentro de la Iglesia, pues estas personas gozan de un punto de partida privilegiado para el desarrollo de una inteligencia santificada, al servicio del ministerio de la Iglesia. La mayoría de los tomistas, tanto clérigos como laicos, trabajaron durante periodos dominados por conflictos intelectuales de todo tipo. A pesar de ello, cada uno compartió el mismo compromiso con la verdad que santo Tomás acogió con tanta pasión: buscaban sabiduría, sin acomodación innecesaria a las modas intelectuales de sus épocas. También comprendieron, junto a Tomás, que la propia humanidad, el logro académico y la santidad personal trabajan juntos en la búsqueda de la verdad. La lealtad ciega a un partido es insuficiente para unirse a la banda tomista, al igual que la distinción académica.

Más que simplemente repetir las aseveraciones de su maestro, los estudiosos de Tomás reciben los principios teológicos y filosóficos esenciales del Doctor Angélico y luego los aplican a las cuestiones, desafíos y necesidades únicas de su propio tiempo. Por lo mismo, no concuerdan en cada detalle de la filosofía y teología que producen. Más, las discrepancias son comprensibles al considerar las variadas culturas y preguntas que han inspirado la obra de los estudiantes del Aquinate, y usualmente se explican desde los contextos históricos de los autores. Por ejemplo, Cayetano, en el siglo XVI, trató las objeciones específicas al pensamiento tomista planteadas por pensadores anteriores como Durandus y Duns Escoto. Más adelante, Domingo Báñez respondió a las preguntas suscitadas por el reformador protestante y admitido innovador teológico Luis de Molina. En el siglo XVII, Juan de Santo Tomás interactuó con las figuras del pensamiento moderno temprano e identificó los enfoques eclécticos de los teólogos cuyo pensamiento tiene otro punto de partida que el de Tomás. Volviendo un paso atrás hacia el sigo XIV, nos encontramos con que incluso en Catalina de Siena resuena la distinción real entre esencia y existencia cuando reporta que el Padre Eterno se le manifestó diciendo, «tú eres la que no es; yo, en cambio, soy el que soy»15.

Los estudiantes contemporáneos de la doctrina cristiana podrán encontrarse con muchas circunstancias que no marcaron las culturas intelectuales de siglos anteriores. Sin embargo, así como Tomás y sus intérpretes, los estudiantes de teología de hoy pueden esperar descubrir claridad sapiencial cuando se aproximen a su disciplina bajo la guía de principios innegables. Como todo buen texto introductorio, este volumen habrá cumplido su propósito en la medida en que aliente a los estudiantes a continuar su exploración del pensamiento de Tomás de Aquino y de la auténtica tradición interpretativa que ha cultivado, por más de siete siglos, los frutos de su originalidad perdurable.

1. León XIII, Aeterni Patris, n. 17.

2. Ibid.

3. Juan Pablo II, Fides et Ratio, n. 43.

4. Cf. L. Dewan, «St. Thomas and the Distinction between Form and Esse in Caused Things», en Form and Being: Studies in Thomistic Metaphysics (Washington, DC: Catholic University of America Press, 2006), 188-204.

5. Tomás de Aquino,CG II, 83

6. Aquí se utiliza el término «accidente» como «propiedad», y no para referirse a las categorías aristotélicas como tal.

7. Tomás de Aquino, STh I, q. 3, a. 6: «Deus est suum esse».

8. Fides et ratio, n. 44.

9. Ibid., n. 43.

10. Tomás de Aquino, Super Ioannem c. 13-21.

11. Ibid.

12. Congregación para la Doctrina de la Fe, Donum Veritatis, Instrucción sobre la Vocación eclesial del teólogo, 6, en Eduardo Vadillo Romero, ed. (Madrid: BAC, 2008), 480-1.

13. Cf. G. Vann, Saint Thomas Aquinas (Nueva York: Benziger Brothers,1940), 70.

14. Cf. J. Hennesey, «Leo XIII’s Thomistic Revival: A Political and Philosophical Event,» Journal of Religion 58 (1978): S185-97.

15. Francisco de Capua, Vida de Santa Catalina de Siena, tr. Antoni Vicens (Barcelona: La Hormiga de Oro, 1993), 113.

Parte ITomás, una Historia de Divina Providencia

1. Inicios

Ventaja providencial

El 25 de octubre de 1415, en medio de la Guerra de los Cien Años y en el frío amanecer del día de san Crispino, los ejércitos combatientes de Inglaterra y Francia se enfrentaron en las cercanías del Castillo de Agincourt. Tal como inmortalizó Shakespeare en la memoria del mundo occidental, los arqueros ingleses de arco largo vencieron, con un puñado de hombres, a sus contrapartes franceses ballesteros16. Unos 160 años antes, los arqueros franceses se habían enfrentado a otro desafío, esta vez victoriosos. Protegieron, en 1256, el convento dominico de Saint-Jacques contra una turba de parisinos resentidos ante la llegada de una nueva clase de profesores provenientes de las recién instituidas ordenes mendicantes, como los dominicos. Actualmente en París, los turistas que visitan el Panteón en la cima de la Rue Soufflot, ascendiendo desde el boulevard Saint-Michel, pasan cerca del ahora demolido convento medieval, cuya lista de célebres habitantes incluye a Tomás de Aquino (1224/25-1274)17. Tomás sería el primer santo posterior al período patrístico en ser reconocido como doctor de la Iglesia18. En primavera de 1256, sin embargo, este joven sacerdote recién comenzaba su carrera universitaria, y el regente francés Luis IX, asistido por sus arqueros, aseguró que la muchedumbre turbulenta no impidiera al maestro de teología dominico terminar de dictar sus cursos. Ahora bien, aunque gozó del apoyo real, Tomás no nació un francés cosmopolita; su vida terrenal comenzó en un ambiente feudal, en la península italiana.

La región de Lazio que abarca Italia central, con capital en Roma, probablemente recibe su nombre del paisaje plano y de colinas ondulantes (latus) que hasta hoy le permiten servir de centro de agricultura –terroir– de viñas, frutas, vegetales, y olivos. La región también dio origen a la palabra castellana latín, haciendo referencia a sus habitantes, los Latini o Latinos. Fue aquí, en un monte rocoso llamado Roccasecca, a principios del siglo XIII, que nació Tomás19. Su educación temprana se nutrió de la cercanía al epicentro de monaquismo occidental, la Abadía de Montecassino. Bajo la tutela de los monjes de san Benito, sobre cuyo sepulcro se edificó la iglesia de la abadía, el joven noble llegó a la edad adulta. El reconocido académico Martin Grabmann ha observado que la persona y la obra de Tomás se caracterizan por cierta paz, y atribuye esta cualidad particular a la Pax que san Benito estableció como lema de sus monasterios. Cada monasterio está pensado para cumplir con el concepto agustiniano de paz: pax est tranquillitas ordinis (la paz es la tranquilidad en el orden)20. Los ritmos de la vida monástica, descritos en la Regla de San Benito, habrían impreso su huella en un Tomás adolescente, incluso luego de que varias circunstancias de su historia temprana lo llevaran a Nápoles en busca de estudios superiores.

Una vez arribado al centro metropolitano de Nápoles, el joven de Roccasecca, quien gozaba de buena situación social gracias a su linaje, conoció la influencia de otro maestro de vida consagrada, el español Dominico de Guzmán (m. 1221). La Orden de los Predicadores, o, llanamente, de los Dominicos, llegó a Nápoles en 1224, poco tiempo después de que el Sacro emperador romano, Federico II Hohenstaufen, fundara allí una universidad. Una serie de sucesos encantadores narrados en la biografía de Tomás, que incluyen su sigilosa huida del encierro en un castillo familiar, dan testimonio del revuelo que causó este hijo de la nobleza al apartarse de convenciones centenarias para abrazar, en vez, un modo de servicio a la Iglesia que había sido reconocido recién en 1216. Sin duda, es Dios mismo quien establece el verdadero orden del cual brota la tranquilidad de cualquier momento dado. El joven Tomás de Aquino descubrió esta verdad acerca del operar divino siglos antes de plasmarlo en su Summa Theologiae: «el efecto de la divina Providencia es que una cosa llegue a ser no de cualquier modo, sino en su propio modo, ya sea necesaria o contingentemente, según el caso»21. En Nápoles, a pesar de alguna oposición familiar, Tomás recibió el hábito blanco y negro que santo Domingo había entregado a sus frailes. El recién mentado Fra Tommaso o su equivalente en el dialecto napolitano de aquellos días inmediatamente adoptó los ritmos distintivos del convento dominico, o priorato, donde las prácticas monásticas antiguas se adaptaban para servir la vida apostólica de la Orden.

Tomás de Aquino escogió un tipo de compromiso religioso que le permitiría participar de la vida intelectual como una tarea propiamente evangélica o misionera. Más adelante, elaboró tres razones por las cuales una institución religiosa debería incluir el estudio serio entre sus labores características22. Primero, el estudio favorece la contemplación al conducir la mente hacia cosas sacras e, indirectamente, al quitar nociones erradas sobre cosas divinas. Segundo, el estudio se vuelve indispensable para el oficio del predicador que se dirige a inteligencias humanas. Tomás da el ejemplo de san Pablo, quien enseña a Tito que «es preciso que el obispo… sea capaz tanto de orientar en la sana doctrina como de rebatir a los que sostienen la contraria» (Tito 1, 7-9). Tercero, el hábito de estudio asiste a vivir conforme a los consejos evangélicos de la castidad, pobreza y obediencia. El estudio, según el testimonio del Aquinate, lleva la mente a pensamientos nobles, y así la aleja de intereses lascivos, amaina el deseo de bienes materiales mientras el hombre encuentra su riqueza en los textos, y promueve la obediencia en la medida en que el estudio expone el atractivo de la santa verdad.

Hoy, nos hemos acostumbrado a institutos religiosos católicos que llevan a cabo labores educativas. En el siglo XIII, en cambio, era una novedad que una institución religiosa incluyera el estudio entre sus modos de santificación. Una vez comprometido con la Orden de los Predicadores, Tomás encontró en la universidad y la sala de clases su asignación habitual y su campo de apostolado preferido23. Sin embargo, antes de asumir la misión dominica, requería de formación intelectual dominica. El fin de sus estudios institucionales o básicos llevó al joven Tomás a París y luego a Colonia. Esta antigua colonia romana (Colonia) acogió a Tomás y a su maestro, el dominico alemán Alberto Magno, llamado así gracias a su extenso aprendizaje. Alberto fue enviado a Colonia para establecer una escuela de estudiantes dominicos24. Aunque la magnífica iglesia gótica que hoy domina el horizonte de Colonia recién estaba en las fases iniciales de construcción, la ciudad albergó desde mediados del siglo X uno de los siete electores del Sacro Imperio Romano. Tomás completó lo que efectivamente constituyeron sus estudios de seminario en Colonia. Con toda probabilidad, también recibió la ordenación sacerdotal allí.

Ordenando la sabiduría

La Iglesia siempre ha asociado el sacerdocio con el aprendizaje, a pesar de que los clérigos gozaron de mejor educación en algunos períodos que en otros durante su historia de dos milenios. «La ciencia de la ley», decía Tomás sobre el sacerdocio del Antiguo Testamento, «está de tal modo unida al oficio del sacerdote que junto con la transmisión del oficio se entiende la transmisión de la ciencia de la ley»25. Si bien el sacerdocio cristiano se ordena principalmente a la celebración del sacrificio eucarístico, el ejercicio del sacerdocio de Jesucristo también conlleva como una responsabilidad constitutiva esencial, un munus, el oficio de enseñanza que Cristo confía a sus apóstoles26. Cuando Tomás, en su Summa theologiae, pregunta si Cristo debería haber escrito un libro, plantea el tema del aprendizaje sacerdotal y expone su importancia para el correcto ejercicio del oficio de la enseñanza27. Su argumento se centra en el orden deseado por Cristo para controlar la difusión de su evangelio. Si Cristo hubiera escrito un libro, especula Tomás, su enseñanza habría llegado a todos de inmediato. En cambio, Cristo deseaba que su enseñanza llegara efectivamente a todos, pero de modo ordenado y mediado. Cristo enseñó a sus discípulos sin mediación, y ellos a su vez, traspasaron esa enseñanza a generaciones venideras, un proceso que hoy llamamos evangelización. En otras palabras, los sacerdotes han de enseñar como si fueran el libro viviente de Cristo. Su oficio de enseñanza, ejercido fielmente a lo largo de los siglos, asegura que cada generación reciba la fe católica y apostólica. Por supuesto, para cumplir esta misión, todos los sacerdotes deben estudiar prolongadamente en preparación para el buen ejercicio de su oficio de enseñanza. Aunque hoy frecuentemente pasa desapercibida la conexión, el sacerdocio de Tomás orientó el enfoque de su estudio de la verdad sagrada; apreciaba tanto su participación en la estructura que rige la comunicación de la verdad divina, que rechazó rotundamente las muestras de preferencia eclesiástica a las que, según las costumbres del día, el rango de su familia le habría dado derecho. El papa Clemente IV, por ejemplo, ofreció a Tomás el arzobispado de Nápoles, que el declinó (sed recusavit recipere)28.

Desde sus primeros años, Tomás cultivó un aprecio por la ejecución ordenada de todos los asuntos humanos. El orden de cada ámbito de su vida dejó una marca en la mente y la personalidad del joven fraile –el orden político de su tierra natal de la península italiana (disputado en su día entre el santo emperador romano y el Papa), el orden monástico observado en Montecassino y el orden conventual sostenido por Tomás y sus compañeros dominicos. De hecho, durante casi 750 años, las obras de Tomás más leídas y más útiles para los teólogos católicos han sido los tratados donde introduce manifiestamente un orden inteligible –que no debe confundirse con la organización enciclopédica– en sus materiales teológicos. Para apreciar la magnitud del logro de Tomás, basta con atender a las deficiencias pedagógicas de las primeras etimologías, glosas, florilegios, sermones, etc., de la edad media, que constituyeron el material de la instrucción cristiana del siglo XII. Estas colecciones difíciles de manejar, incluso cuando se organizan en torno a letras del alfabeto o versículos de las Escrituras, a menudo sirvieron más para edificar que para instruir. Seguramente, el joven Tomás descubrió de primera mano los beneficios de una presentación ordenada de la verdad divina cuando se sentó en el aula de Alberto Magno (1200–1280)29. Las narraciones medievales confiables cuentan que, en la medida en que Alberto iba descubriendo los dones naturales de la mente de su corpulento estudiante italiano, profetizó el lugar que Tomás, de hecho, alcanzaría en la Iglesia: «lo llamamos el buey mudo, pero los mugidos de este buey resonarán en todo el mundo»30. A la larga, resultó que Alberto Magno le dio en el clavo.

Algunos eruditos sugieren que Tomás comenzó la práctica de escribir comentarios sobre las Sagradas Escrituras cuando estudiaba en Colonia. Si es así, Tomás, posiblemente siendo asistente de cátedra de Alberto, habría dedicado su primer esfuerzo a redactar una glosa bíblica sobre el libro de Isaías, el profeta del Antiguo Testamento estimado por su anuncio del Mesías31. Durante el curso de su vida dominica, Tomás regresó con frecuencia a la exposición de las Sagradas Escrituras. Se dice que su última composición también trató un tema del Antiguo Testamento, aunque no queda rastro del manuscrito32. Cuenta la historia que, en su lecho de muerte, Tomás explicó a los monjes atentos el significado espiritual del Cantar de los Cantares, el evocador canto de amor que, más de un siglo antes, había inspirado el misticismo nupcial de Bernardo de Claraval (m. 1153). En total, los eruditos atribuyen once comentarios, exposiciones, glosas y anotaciones bíblicas a la pluma de Tomás de Aquino33. Este conjunto de textos no se trata de los cuadernos espirituales privados de un maestro profesional, sino de una parte integral del proyecto intelectual de Tomás, quien, a medida que se desarrollaba su enseñanza, trascendería de los comentarios de las escrituras y de su exposición básica, la apostilla.

A comienzos del año escolar de 1252, Tomás se encontraba otra vez en París, «el horno donde se cocinaba el pan intelectual del mundo latino», en palabras de un agudo observador contemporáneo34. Allí comenzó su carrera formal de enseñanza bajo la guía de un dominico mayor, Elías Brunet. Como atestigua uno de sus principales trabajos sistemáticos, Tomás emprendió su carrera docente comentando las Sentencias de Pedro Lombardo, un erudito que se convirtió en obispo de París (donde murió alrededor de 1160)35. La costumbre universitaria estipulaba que los jóvenes profesores debían producir un comentario escrito de esta enciclopedia estándar de teología católica de mediados del siglo XII (1155-1158). Para el teólogo medieval, la producción de un comentario de las Sentencias se puede comparar gruesamente con la finalización de una tesis doctoral por parte del académico contemporáneo. Es difícil sobreestimar la influencia que los Cuatro libros de las Sentencias han ejercido sobre la historia de la enseñanza de la teología católica. Los comentarios de las Sentencias fueron «las fuentes más importantes de teología sistemática […] hasta bien entrado el siglo XVI»36. De hecho, aparecieron nuevos comentarios en el siglo XVII; por ejemplo, el de Juan Martínez de Ripalda (m. 1648). Incluso Juan Capreolo (1380–1444), primer gran comentarista del mismo Tomás, siguió el orden de las Sentencias en sus Defensiones tomistas37. Mas aún, la presentación sistemática de la doctrina católica ideada por Lombardo todavía sirve de modelo para un minucioso estudio de la doctrina católica. De acuerdo con las instrucciones oficiales proporcionadas hoy por la Iglesia Católica, los planes de estudio estándar en las escuelas de teología católica deben incluir los temas presentados por Lombardo en sus Sentencias.

Durante la década de 1250, las tareas de comentar y enseñar las Sentencias eran consideradas condiciones mínimas para la plena integración en el cuerpo de los profesionales. Como lo sugiere el mencionado servicio de protección prestado por los arqueros reales, las circunstancias en París no eran favorables para la realización pacífica del trabajo universitario de los dominicos y otros frailes mendicantes, como los seguidores de Francisco de Asís. La controversia que requirió a los servicios de protección real también ameritó una intervención del Papa, quien solicitó, aun contra la opinión pública, que las autoridades universitarias ascendieran a Tomás de Aquino a su cuerpo de profesores. Esto significaba que tendría que preparar y dar una conferencia inaugural, llamada principium (punto de partida), en la que los nuevos maestros exhibían su comprensión completa y arquitectónica de los materiales teológicos. Aunque apenas tenía treinta años, Tomás aceptó el desafío, sin por ello eludir las ansiedades propias que tal ejercicio generaría en un comienzo. Afortunadamente, el auxilio celestial llegó de una manera un tanto milagrosa: más tarde, Tomás confió a varios compañeros que, en respuesta a sus súplicas orantes para elegir un tema apropiado para su conferencia, se le apareció un venerable dominico mientras dormía e indicó un salmo específico sobre el cual debía hablar.

El visitante celestial, a quien la tradición identifica como el mismo santo Domingo, seleccionó un verso entre los Salmos que los dominicos habrían cantado como parte de su recitación coral del salterio. El Salmo 104, 13 dice así: «Rigans montes de superioribus suis de fructu operum tuorum satiabitur terra» (Riegas las montañas de tu palacio; por tu labor abunda la tierra). La mención de «desde lo alto» (de superioribus) sugirió a Tomás que el teólogo debía mirar hacia el Cielo en busca del principio de todo lo que existe y de la fuente de la sabiduría necesaria para hablar de ello. El Doctor Angélico expone el tema general en las primeras palabras de su conferencia inaugural, con una comparación entre la lluvia y las iluminaciones que fluyen de Dios.

Vemos por los sentidos que de las nubes más altas proviene la lluvia a partir de la cual los montes son regados y así pueden enviar desde sí mismo los ríos por los que la tierra saciada da frutos. De modo semejante, de las alturas de la divina sabiduría se riegan las mentes de los doctores (significados por los montes), cuyo ministerio transmite la luz de la divina sabiduría a las mentes de los oyentes38.

Al principio de su carrera, Tomás centra su atención en la unidad que caracteriza a la ciencia teológica y, más aún, en la unidad de la verdad misma. Las variadas mediaciones que componen la comunicación de la verdad divina, incluidas las Escrituras canónicas, no conllevan su ruptura o fragmentación39. Tal como su principium, Rigans montes, procede a explicar, Dios regala una participación en la sabiduría divina mediante una multiplicidad de mediaciones, cada una de las cuales permanece sujeta a la única sabiduría divina que gobierna «desde lo alto» a todo lo que existe. Para mucha de la teología contemporánea, el principium de Tomás se ve «más honrado en la transgresión que en la observancia»40.

En este principium, que abarca, también, cómo un profesor debe instruir en temas de divinidad, Tomás explica tres razones que ameritan posicionar en las «alturas» la enseñanza sagrada que fluye de Dios41