Tormenta de nieve - Elissa Ambrose - E-Book
SONDERANGEBOT

Tormenta de nieve E-Book

Elissa Ambrose

0,0
3,49 €
Niedrigster Preis in 30 Tagen: 3,49 €

-100%
Sammeln Sie Punkte in unserem Gutscheinprogramm und kaufen Sie E-Books und Hörbücher mit bis zu 100% Rabatt.

Mehr erfahren.
Beschreibung

eLit 367 Becky Roth estaba sin empleo, estresada y embarazada. Después de perder el trabajo en aquella cafetería de mala muerte, Becky necesitaba un nuevo empleo, pero en aquella pequeña ciudad de Connecticut nadie parecía dispuesto a contratar a una cocinera vegetariana y embarazada. Nadie excepto Carter Prescott, que había sido el padrino en una boda en la que Becky se había excedido con el pastel... y con el sexo. Ahora que sabía que estaba a punto de ser padre, Carter tenía que convencerla de que estaba preparado para el matrimonio y la paternidad. Pero nadie se sorprendió más que él mismo cuando el sentido de la obligación se convirtió en pasión y deseo. De pronto sólo había una cosa en el mundo: conseguir casarse con Becky.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern

Seitenzahl: 200

Veröffentlichungsjahr: 2023

Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



 

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra. www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Avenida de Burgos 8B

Planta 18

28036 Madrid

 

© 2004 Elissa Harris Ambrose

© 2023 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Tormenta de nieve, ELIT 367 - enero 2023

Título original: The Best of Both Worlds

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Harlequin Deseo, Bianca, Jazmín, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.

Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.: 9788411416030

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

 

 

 

 

 

YA LO has conseguido —dijo Becky—. No tendrías que haberle gritado. Christina está llorando en el almacén, y todo por tu culpa. A veces eres tan delicado como una apisonadora.

El dueño de la cafetería Merlin, un hombre de cara redonda y cejas despeinadas, la miró desde el otro lado de la barra.

—Christina anotó mal el pedido —gruñó—. El cliente siempre tiene razón.

—En este caso no. Pidió el plato de la casa con tomate en lugar de con beicon y eso fue lo que le sirvieron.

—Sí, claro. ¿Y a quién se le ocurriría pedir el plato de la casa sin beicon?

—A mí, por ejemplo —respondió Becky—. Aunque nunca me sentiría tentada a comer en este sitio.

Últimamente le bastaba con ver aquella cocina llena de grasa, por no hablar del olor, para sentir náuseas.

—Será mejor que vaya a ver cómo está Christina —murmuró mientras trataba de controlar las ganas de vomitar.

—Sois todos iguales —aseguró Merlin—. Vais buscando problemas.

—¿A quién te refieres? —preguntó Becky girándose para mirarlo.

—A los vegetarianos. Es como si todos formarais parte del mismo club secreto. Te diré una cosa: eso es antiamericano. Es más: es subversivo. Y ahora vuelve al trabajo.

—¡Eres una bestia sin corazón! Christina está llorando a lágrima viva en el almacén, y lo único que se te ocurre es pensar en el trabajo. ¿Qué clase de persona eres?

—Yo te diré el tipo de persona que soy —dijo Merlin señalándola con el dedo—. Alguien que quiere conservar su negocio. Alguien que no quiere que sus empleados rechisten. Si hubiera querido una cocinera que hablara habría contratado a mi esposa. Estás despedida, Rebecca. A partir de ahora cocinaré yo mismo, tal y como hacía cuando abrí el negocio.

Otro desastre, pensó Becky tras despedirse de Christina. Otro trabajo a la basura. Otra vez despedida. ¿Y por qué?

No era culpa suya que no consiguiera conservar los empleos, pensó cuando abrió la puerta de la cafetería y recibió una bocanada de aire frío. Lo que pasaba era que todavía no había encontrado su lugar en el mundo. Pero no estaba preocupada por su súbita condición de parada, ni tampoco por el tiempo, pensó abrochándose el abrigo mientras caminaba por la acera calle abajo. Estaba preocupada por Eso. El problema. El asunto que pensaba soltarle a su familia durante la cena.

No tenía sentido retrasarlo. Acabarían sabiéndolo tarde o temprano. Y lo mejor sería sacar al gato de la cesta en el momento en que toda la familia estuviera reunida en torno a la mesa.

Desde que Rebecca podía recordar, nadie de la familia había faltado nunca a la cena de los viernes en casa de su madre. Para perdérsela tenía que haberte atropellado un camión o estar de parto. Cuando Becky estaba casada y vivía en Nueva York, tomaba el tren a Middlewood todos los viernes por la noche. Pero siempre iba sola. Jordan, su marido, estaba disculpado. Estaba a punto de convertirse en médico, y los médicos, según su madre, tenían sus propias normas.

Becky podía imaginarse perfectamente la escena cuando soltara aquella noche la noticia. En el centro de la mesa de roble estaría el jarrón de cristal favorito de su madre con un arreglo floral de encargo. Su padre comentaría que no había nada que se pudiera comparar a las rosas que él cultivaba los veranos en el jardín y su madre pondría los ojos en blanco.

—Pásame la sal, por favor —podría decirle Becky a su hermano, David—. ¿Sabes qué, mamá? Hoy me he quedado sin trabajo. ¡Oh, por cierto! Estoy embarazada de tres meses.

—¿Te han despedido otra vez? —sería la respuesta de su madre.

Como era habitual, Gertie Roth escucharía sólo lo que quería oír, y lo último que querría oír era que su hija la divorciada estuviera embarazada. Y aunque no se molestara en echar las cuentas, lo ultimísimo que querría saber era que Jordan Steinberg, su yerno médico, no era el padre.

Becky dudó un instante. Tal vez no debería contárselo de inmediato a su familia. Se iba a organizar una buena. Su madre, cuando comprendiera lo que ocurría, se llevaría la mano al corazón y fingiría estar sufriendo un ataque. Gertie Roth, que a excepción de un poco de hipertensión disfrutaba de una salud de hierro, siempre estaba diciendo que moriría joven. El padre de Becky solía bromear diciendo que ya era un poco tarde para eso. Pero en ese momento no estaría de humor para bromas. Insistiría en que su hija visitara a otro médico para tener una segunda opinión y no dejaría de lamentarse preguntándose qué habían hecho mal. Su abuela, cabecearía con tristeza mientras daba gracias a Dios de que el abuelo estuviera muerto, porque de otro modo aquella noticia habría acabado con él.

No. Becky decidió que no les contaría nada aquella noche. No podía soltar semejante bomba entre plato y plato y esperar que nada ocurriera. Consideró la posibilidad de no contárselo nunca. Podría decir que había ganado peso porque estaba deprimida, y cuando llegara el momento podría… ¿Podría qué? ¿Dar al bebé en adopción? De ninguna manera, se dijo a sí misma. Del mismo modo que interrumpir el embarazo no entró en ningún momento en sus planes cuando unas horas antes se había metido en el lavabo de señoras de la cafetería para esperar los resultados de la prueba de embarazo.

Positivo.

Becky caminó con el viento de cara y dobló la esquina al final de la calle. Igual que le sucedió a Dorothy en El mago de Oz cuando aterrizó más allá del arco iris, de pronto ella se vio también en otro mundo. Allí, en la parte antigua de la ciudad, las casas eran completamente distintas a los bungalows de diseño moderno del vecindario de Becky. Se trataba de grandes mansiones de estilo colonial construidas mucho tiempo atrás. Allí era donde se había criado Carter.

Becky dobló otra esquina y se topó con una posada. Construida toda en madera, aquella casa antigua tenía el encanto de las viejas postales. Las columnas de las esquinas estaban adornadas con molduras y las vigas del chaflán aparecían adornadas con motivos navideños. En la ventana había un cartel en el que estaba escrito: Posada de Starr. Y debajo un anuncio en el que se solicitaba un chef de cocina. Siguiendo un impulso repentino, Becky recorrió el sendero de piedra que llevaba hasta la puerta de entrada. Encontró la aldaba de bronce y la levantó. Pero entonces se detuvo.

«Éste no es mi mundo», pensó apartando la mano.

Y regresó a la calle.

 

 

Había tardado diez meses en completar el trabajo de Phoenix, pero eso no era nada comparado con lo que se le venía encima. El nuevo proyecto le aseguraría una colaboración total con Sullivan y Walters, el estudio de arquitectura más importante de Middlewood. Joe Sullivan acababa de llamarle un instante antes al móvil para decirle que habían aprobado el proyecto de Nueva Zelanda.

Sin embargo, en aquel momento Nueva Zelanda no ocupaba un puesto prioritario en los pensamientos de Carter.

Estaba sentado en la banqueta, observando el mantel pringoso de grasa que cubría la mesa. Luego volvió la vista hacia el vinilo rojo del asiento. Nunca antes había estado allí y ahora entendía la razón. Una comida que nunca olvidará, rezaba el cartel exterior. Si el café servía de indicativo de cómo era la comida, inolvidable parecía acertado. El dolor de estómago sería de los que hacían época.

Había sido un día muy largo. Empezó con un vuelo de cinco horas desde Phoenix a Laguardia seguido de una hora por carretera hasta Middlewood, Connecticut. Lo único que quería era quedarse metido en casa, pero sabía que su madre lo esperaba. Tras dejar las maletas en el apartamento se fue directo al garaje para sacar el coche y ponerse de nuevo en carretera.

Y entonces había visto el cartel. Dio un giro completo y se dirigió a la cafetería.

¿Qué mejor momento que aquél?

Becky no le había devuelto ninguna de las llamadas y estaba cansado de su actitud de princesa distante. Cuanto antes resolvieran aquel asunto, antes podrían volver cada uno a su vida. Eran personas adultas, ¿no? Ese tipo de cosas sucedían constantemente.

Entonces, ¿por qué se sentía tan mal?

Tres meses antes, después de haberse pasado varios meses fuera, voló desde Phoenix para actuar de padrino en la boda de David con la intención de volver al trabajo a la mañana siguiente. Cuando acabó la boda, la señora Roth les había dicho a los invitados que podían llevarse a casa lo que quisieran. Se refería a los dulces y a las flores, pero Carter se había llevado consigo a la hermana pequeña del novio.

—La decoración no ayuda demasiado a abrir el apetito, ¿verdad? —dijo una joven de unos dieciocho años deteniéndose al lado de su mesa con una jarra de café—. Lo único que le salva a esta cafetería es que está enfrente de una librería. ¿Más café?

—Claro, ¿por qué no?

Si la primera taza no le había matado nada podría hacerlo ya. Carter leyó el nombre de la camarera en el identificador que llevaba en la camisa.

—Christina, ¿podrías decirme cuándo regresará Becky de su hora de descanso?

—Lo siento, señor —contestó la joven frunciendo el ceño—. Rebecca se ha marchado antes de que usted llegara. Supongo que estará en casa. Espero que esté a salvo —dijo con una sombra de preocupación cruzándole el rostro—. La tormenta está arreciando y ella iba a pie.

—¡Christina! —gritó un hombre con aspecto sudoroso desde detrás de la barra—. ¿Cuántas veces tengo que decirte que no les des conversación a los clientes? ¡A trabajar!

—¡No estoy de conversación, estoy trabajando! —exclamó ella sacando su libreta de notas y fingiendo que escribía—. Me siento fatal —comentó en voz baja—. La han despedido por mi culpa.

—Lo dudo —aseguró Carter—. Becky ha hecho del despido un arte. Ella solita ha perfeccionado la técnica, sin ayuda de nadie. Gracias por el café, pero creo que no me lo voy a tomar —dijo poniéndose en pie y dejando sobre la mesa un billete de cinco dólares—. Tal vez todavía la encuentre.

Para cuando llegó al coche ya estaba cubierto de nieve hasta arriba. Gruñendo, se dispuso a limpiar el parabrisas con las manos desnudas. Maldición, estaban en la primera semana de diciembre. Era demasiado pronto para una tormenta de esas proporciones. Debería haberse acordado de llevar los guantes. En cuestión de segundos tenía las manos heladas.

Eso era lo que ocurría cuando no se planeaban las cosas, pensó.

Como le había pasado con Becky, por ejemplo. Nunca debió permitir que ocurriera.

Cuando eran niños habían coqueteado inocentemente. Ella era guapa, divertida y encantadora. Y estaba absolutamente mimada. Su hermano solía decir que se estaba entrenando para ser princesa. Tenía cinco años menos que Carter, pero cuando se convirtió en una mujer la diferencia de edad comenzó a carecer de importancia y él se rindió ante aquella belleza radiante y arrebatadora. Un manojo de rizos castaños le caían por la espalda. Sus grandes ojos marrones eran insondables. Y su boca, que parecía estar perpetuamente curvada en una media sonrisa, era absolutamente tentadora. Sin embargo, pertenecían a mundos totalmente distintos. La familia de Carter se había asegurado bien de que conociera dónde estaban los límites.

Durante años se había arrepentido de no haber intentado tener una relación con ella. Y tres meses atrás, en la boda de David, se había arrepentido de otra cosa.

Desde entonces había perdido el sueño. Se quedaba tumbado en la habitación del hotel tratando sin éxito de borrar de su memoria el recuerdo de aquella noche. Por mucho que odiara tener que admitirlo, Becky se le había metido en el alma.

Pero no pensaba hacer nada al respecto. Sólo disculparse.

¿En qué habría estado pensando para llevarla a su apartamento? Ya no pensaba que sus distintos orígenes fueran un impedimento, pero tras un matrimonio fallido y con aquel modo de vida tan estresante que llevaba, las relaciones sentimentales estaban al final de su lista de prioridades. Becky era el tipo de mujer que necesitaba un marido. No era de las que se conformaban con una aventura.

Su actitud despreocupada y supuestamente liberal no le había engañado ni por un instante. Becky parecía una seductora, se había comportado como una seductora, pero él sabía la verdad. Becky Roth era tan hogareña como la tarta de manzana.

Pero la verdad era que lo había seducido.

Y por eso Carter se sentía tan mal. Tendría que haberla rechazado.

 

 

Tres adolescentes resguardados bajo abrigos, bufandas y gorros salieron corriendo de una de las casas. Uno de los chicos, que tendría aproximadamente dieciséis años, hizo una bola de nieve y se la tiró a la chica, que parecía unos años más joven. La niña chilló y los dos chicos se rieron.

—¡Te creerás muy hombre! —gritó la chica mirando al muchacho más alto con unos ojos que echaban chispas.

Durante un instante, Becky se convirtió en la chica y el muchacho alto en Carter, su amor de infancia, el mejor amigo de su hermano. Cerró los ojos y trató de apartar de sí los recuerdos de su juventud, un tiempo de libertad en el que la vida no era tan complicada. Aunque lo cierto era que tampoco había demasiadas opciones, pensó. Se hacía lo que se esperaba que una hiciera.

Una bola de nieve la golpeó en la frente sin previo aviso, haciéndole perder el equilibrio. Se resbaló y un instante después estaba tirada en la acera.

—Oh, no… —murmuró al darse cuenta de que tenía un agujero en las medias.

Alrededor de la rodilla había una herida roja. Al principio no sintió nada más que frío, pero luego llegó el dolor.

—¿Se encuentra usted bien? —le preguntó el chico más alto con expresión preocupada—. Vaya, señora, lo siento. Con tanta nieve no la he visto. No quería darle a usted.

¿Señora? ¿La había llamado señora? Cuando pensaba que las cosas no podían salir peor, entonces llegaba un chaval, la dejaba prácticamente inconsciente y encima la llamaba señora.

—Lo que quería era darme a mí —dijo la chica—. Randy, no te quedes ahí parado. Por lo menos ayúdala a levantarse.

Becky cerró los ojos para tratar de conjurar el dolor. Era un truco que aprendió cuando Jordan se marchó, y le había funcionado. No lloró, y transcurrido algún tiempo recuperó su vida con normalidad, como si nada hubiera ocurrido. Y realmente no había ocurrido nada. Lo único que cambió fue que se mudó de la casa de su esposo a casa de sus padres, donde llevaba viviendo en una especie de limbo los últimos nueve meses.

Una lágrima resbaló por la mejilla de Becky. El truco no funcionaba en aquella ocasión.

—La pierna —gimió—. Me duele.

—Yo me ocuparé de ella —le oyó decir a alguien.

Era una voz de hombre, profunda y sonora. Abrió los ojos y parpadeó, pero no por el dolor. Carter. Allí estaba Carter Prescott tercero, el mejor amigo de su hermano, su amor de juventud. Carter Prescott tercero, el padre de su futuro hijo.

Becky sintió que le daba vueltas la cabeza, y no precisamente por el golpe. Aquellos hombros tan anchos, la cintura estrecha y la figura esbelta y musculosa eran sólo una parte. Sus ojos grises, que contrastaban con el cabello rubio, y aquel rostro tan hermoso siempre le habían producido mareos. Pero no era sólo su aspecto físico lo que la encandilaba, sino que se trataba también del modo en que se movía, tan alto y tan orgulloso, como si el mundo hubiera sido creado sólo para que él lo manejara a su gusto.

Becky siempre se había sentido atraída por los hombres seguros de sí mismos, y Carter Prescott tercero no fue ninguna excepción. Cuando era adolescente flirteó inocentemente con él, pero ella era la hermana de David, cinco años menor. Demasiado pequeña para Carter. ¿Y qué se le ocurrió entonces hacer al estúpido de él? Casarse con alguien mayor que él. Aunque en honor a la verdad, lo cierto era que Wendy St. Claire sólo tenía dos años más.

—Agárrate a mi mano —le estaba diciendo Carter en aquel momento—. Déjame ayudarte, Becky.

Tal vez se sintiera atraída por los hombres seguros de sí mismos, pero aquello iba a cambiar. Si quería tocarla, tendría que hacerlo por encima de su cadáver. Nunca más. Le dio un manotazo y trató de ponerse de pie.

—¡Ay!

Una nueva oleada de dolor le atravesó la pierna y Becky se precipitó sobre él, maldiciendo.

—Vaya lenguaje para una chica judía de buena familia —dijo rodeándola con sus brazos para impedir que se cayera—. Tu madre se llevaría un buen disgusto.

—Suéltame. Ya estoy mejor —aseguró ella dando un paso adelante tratando de disimular el dolor—. ¿Ves? Es sólo un arañazo. No me he roto nada.

Los tres chicos se miraron y respiraron aliviados.

—Has tenido suerte —le dijo la chica al tal Randy—. Podría haberte denunciado. Y si es lista puede que todavía lo haga por asalto a bola armada.

—¡Yo te enseñaré lo que es un asalto a bola armada de verdad! —exclamó Randy riéndose.

Entonces hizo una bola de nieve y se la lanzó a la joven, que salió corriendo para evitar el impacto.

—¡Que pase usted un buen día, señora! —gritó el chico antes de doblar la esquina y desaparecer con sus amigos.

Sus risas resonaron en el aire como campanillas.

¿Un buen día? Ya era demasiado tarde para eso.

—¿Yo he sido alguna vez así de joven? —le preguntó a Carter suspirando.

—Te diré lo que vamos a hacer, ancianita —dijo Carter pasándole el brazo por la cintura—. Finjamos que soy un boy scout y que voy a ayudarte a cruzar la calle. Tengo el coche aparcado al otro lado.

—De acuerdo —respondió ella, sintiéndose de pronto demasiado cansada para discutir—. ¿Qué estás haciendo aquí? ¿Me estabas siguiendo?

—¿Seguirte? A eso le llamo yo ser una engreída. Sólo porque aquella noche te largaras y luego te hayas negado a responder a mis llamadas, no significa que me haya convertido en un tipo desesperado por tu culpa. Siento desinflar tu ego, princesa, pero no soy un acosador. Acabo de llegar de Phoenix, iba camino de casa de mi madre y decidí pasarme por la cafetería. Pero Christina me dijo que te habían despedido, así que me marché. He visto tu caída y he venido en tu rescate, como el buen samaritano.

—No me han despedido —respondió ella muy digna—. Me he marchado yo.

—Ya —murmuró Carter entre dientes abriéndole la puerta del coche y ayudándola a entrar—. Tienes que estar helada con esas medias. No entiendo por qué has venido andando.

—Tal vez se deba a que no puedo permitirme costearme un coche —le espetó ella—. Además, la cafetería está muy cerca de mi casa y esta mañana no nevaba.

Carter se quitó la chaqueta y se la puso sobre las piernas. Le rozó con la mano la piel enrojecida alrededor de la cual tenía el agujero.

—Lo siento —dijo cuando la vio dar un respingo—. No pretendía hacerte daño.

Becky sintió que las mejillas se le teñían de rojo. No era el dolor lo que la había sobresaltado. Era el calor que sintió cuando sus dedos fríos entraron en contacto con su pierna. Un calor que hubiera podido derretir el Polo Norte si ella se dejara llevar. Pero no tenía ninguna intención de volver a derretirse nunca más. Las consecuencias de aquel error le durarían el resto de su vida.

—No me has hecho daño. Ya te lo he dicho, estoy mucho mejor.

—En ese caso habrá sido repulsión lo que te ha hecho saltar. No te preocupes, no volveré a tocarte. Ése es un error que no repetiré —concluyó como si le hubiera leído el pensamiento.

Becky esperó a que tomara asiento en el lugar del conductor antes de responder.

—Creo recordar que tus palabras exactas fueron: «Espero que no pienses que esto significa algo». ¡Menuda frase! ¿Quién te crees que eres?

—Mira, admito que son palabras muy desagradables y te pido perdón. Me hubiera disculpado, pero no me has dado la oportunidad. Fuiste tú la que salió huyendo en mitad de la noche. Fuiste tú la que se negó a hablar del asunto.

«Y fuiste tú el que me dejó sola y embarazada», pensó Becky. Apoyó la espalda contra el asiento y suspiró. Sabía que no estaba siendo justa. Carter le había dicho que iba a regresar a Phoenix. Y tampoco sabía que estaba embarazada. Pero el modo en que estaba allí sentado, tan cómodo, tan seguro, tratando de exonerarse a sí mismo haciéndola sentirse a ella culpable, le ponía furiosa.

—Primero me llevas a tu apartamento, luego me seduces, después me dejas tirada como si fuera una chica del harén, ¿y ahora me estás acusando de abandonarte?

—¿De qué estás hablando? ¡Si prácticamente te quitaste la ropa en el ascensor! Ni siquiera nos dio tiempo a llegar al dormitorio.

Carter suspiró.

—No he venido hoy a buscarte para pelearme contigo. Esperaba que pudiéramos hablar como dos adultos, racionalmente y con calma. Ya te he dicho que siento haberte dicho aquello. Sé lo mal que debiste sentirte, pero tiene una explicación. No quiero que nada ponga en peligro mi amistad con David.

David. Así que se trataba de eso, pensó Becky mientras Carter encendía el motor con expresión taciturna y avanzaba muy despacio por la calle nevada. Debería habérselo imaginado. ¿Qué les ocurría a los hombres? Se reían de las mujeres porque iban al cuarto de baño de dos en dos y en cambio seguían al pie de la letra su particular mandamiento: «No permitirás que ninguna mujer separe a un hombre de sus amigos».

Qué idiota. Carter Prescott tercero todavía tenía el poder de que se le cayera la baba al verlo, y algo más que eso, pero seguía siendo el mismo idiota.

—Yo no habría perdido el sueño por ese asunto —dijo Becky cuando llegaron a la puerta de su casa—. Mi hermano no habría ido detrás de ti con una escopeta.

—Él no, pero tu padre tal vez sí —respondió Carter con una mueca.

Becky estuvo a punto de echarse a reír. Le costaba trabajo imaginarse a su padre, un hombre tranquilo de maneras suaves, persiguiendo a Carter por el pasillo con un rifle.

Pensó también que haría falta algo más que un arma para obligarla a casarse con Carter. O con cualquier otro, en realidad. El matrimonio era una experiencia que no deseaba repetir.

Becky observó su perfil y suspiró. Daba igual lo que ella pensara. Nada cambiaría el hecho de que Carter era el padre de su hijo y, aunque estuviera completamente decidida a criar al niño ella sola, tenía derecho a saberlo.

Un susto semejante le vendría bien por ser tan idiota.

—Tengo algo que decirte —dijo soltando el aire.

—Disculpas aceptadas.

—No, no lo entiendes…

La puerta de casa de Becky se abrió en aquel instante y David apareció en el porche. Carter bajó la ventanilla.

—¡Hola, Roth! —gritó—. ¿Cómo va eso?

David atravesó la nieve para llegar hasta el lado del conductor.