Tostonazo - Santiago Lorenzo - E-Book

Tostonazo E-Book

Santiago Lorenzo

0,0

Beschreibung

La nueva novela del autor de LOS ASQUEROSOS (200.000 ejemplares vendidos). Un luminoso canto a la vida contra el aburrimiento. Leer esta novela es el mejor acto de resistencia. Esta es una novela sobre quienes hacen la vida posible y quienes la hacen imposible. Sobre sentirse diferente en un mundo de gente que quiere que todo siga igual. Nuestro protagonista es de los primeros: un tipo sin oficio ni beneficio que se ve, de repente, trabajando como becario en el centro de las cosas: una película en Madrid. Un rodaje mangoneado por un ignorante cínico que manda sobre todos. Para olvidarse de la capital, se ve obligado a aceptar un trabajo en un lugar aparentemente peor: una ciudad de provincias, de esas de las que se dice que están muertas y en las que parece que nunca pasa nada. Sin embargo, allí es donde él descubre la amistad, la alegría de ser y la vida vivible. Tostonazo es una novela luminosa que habla de las sombras de este país. Una historia política y tierna. Sobre buscarse la vida y encontrar el brillo, lejos de los focos y de los cretinos. Leerla es rebelarse contra lo que toca y desenmascarar a los malos como lo que son, aunque ellos no lo sospechen: un aburrimiento.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern
Kindle™-E-Readern
(für ausgewählte Pakete)

Seitenzahl: 258

Veröffentlichungsjahr: 2022

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



A la perrita Blackie le divertía todo, incluso el aburrimiento.

Y no soportaba a los que todo les aburría, incluso la diversión.

Índice

Cubierta

Tostonazo

Créditos

1

2

3

4

5

6

7

8

9

10

11

12

13

14

15

16

17

18

19

20

21

22

23

24

25

26

SANTIAGO LORENZO (Portugalete, 1964) vive en una aldea de Segovia. Allí busca leña, se hace cafés y churros, construye maquetas y, sobre todo, escribe.

Después de estudiar imagen y guión en la Universidad Complutense y dirección escénica en la RESAD, creó la productora El Lápiz de la Factoría, con la que dirigió cortometrajes como el aplaudido Manualidades, un título que daba pistas de su afición a la artesanía pretecnológica y a las maquetas imposibles. En 1995 produjo Caracol, col, col, que ganó el Goya como Mejor Corto de Animación. Dos años después se empeñó en estrenar Mamá es boba, la historia palentina de un niño algo alelado, pero a la vez muy lúcido, acosado en el colegio y con unos padres que, a su pesar, le provocan una vergüenza tremenda. La película pasó a la historia como uno de los filmes de culto de la comedia agridulce, y con ella fue nominado, para su sorpresa, al Premio FIPRESCI en el Festival de Cine de Londres. En 2001 abrió, junto a Mer García Navas, Lana S.A., un taller dedicado al diseño de escenografía y decorados con el que hicieron tanto muñequitos de plastilina para el anuncio del euro como la prisión que aparece en una de las entregas de Torrente. En 2007 estrenó Un buen día lo tiene cualquiera, donde volvía a elevar la historia de una persona para explicar un problema colectivo: la incapacidad, afectiva e inmobiliaria, para encontrar un sitio en el mundo (o un piso en la ciudad, para el caso). Harto de los tejemanejes del mundo del cine, decidió cederle sus ideas a la literatura. Desde entonces, todo han sido alegrías. Con Los huerfanitos, tres hermanos que odian el teatro pero que deben montar una obra para salvar sus vidas, la crítica se rindió a su talento y el público lloró de la risa y rio para no llorar. Al calor de ese aplauso, Blackie Books rescató en tapa dura y dorada la maravillosa Los millones, novela con un gancho cómico y un golpe más bien trágico: a uno del GRAPO le toca la Primitiva; no puede cobrar el premio porque carece de DNI. Lorenzo se volvió a adentrar en la precariedad tragicómica en Las ganas, donde Benito, un tipo más bien feo pero sobre todo desgraciado, lleva tres años sin sexo, por lo que desarrolla un síndrome de abstinencia que influye en cada una de las parcelas de su desdichada vida.

Y sobre todo con Los asquerosos, una novela pura, política y lírica; un éxito arrollador sobre un tipo que, como él, vive aislado en una aldea en medio de la nada, y que lleva vendidos más de 150.000 ejemplares.

Ahora, con Tostonazo, Lorenzo nos regala su novela más descarada y luminosa, la historia de un joven que se busca la vida y de camino la disfruta, aunque esté rodeado de gente con voluntad de impedirlo.

Diseño de colección y cubierta: Setanta

www.setanta.es

© de la ilustración de cubierta: Guim Tió

© de la fotografía del autor: Lupe de la Vallina

© del texto: Santiago Lorenzo, 2022

© de la edición: Blackie Books S.L.U.

Calle Església, 4-10

08024 Barcelona

www.blackiebooks.org

[email protected]

Maquetación: Acatia

Primera edición digital: octubre de 2022

ISBN: 978-84-19172-73-0

Todos los derechos están reservados.

Queda prohibida la reproducción total o parcial de este libro por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, la fotocopia o la grabación sin el permiso expreso de los titulares del copyright.

1

Yo soy de enero de 1993, y de Madrid. Mis padres me metieron en un colegio privado con la intención de que me relacionara con los alevines de las clases dirigentes, llamados a convertirse en dirigentes ellos mismos. A mis padres, el intento no les funcionó.

Lo que sé incuestionablemente es que yo de crío lo pasaba fatal. Todo me disgustaba. Tenía una tendencia al mal rollo descabalada y continua. Sería por las pastillas de vitaminas que me metían por la boca, o porque igual es que a escondidas me untaban de veneno entristecedor los rotuladores que me chupaba. Por lo que fuera. Pero lo mío era una proclividad a la melancolía que hoy me inspiraría ternura si no fuera porque me inspira un trocito de vergüenza.

Sólo un ejemplo de esto que digo. En el colegio, de tradiciones seculares muy arraigadas, nos contaron lo del pecado original de Adán y Eva. Bajo un manzano, ofendieron a Dios. A partir de lo cual, como castigo, todo ser humano quedó condenado al infierno. Era este un lugar de fuego real, no metafórico. Un suplicio calcinante que duraba la eternidad, así descrita: cada siglo, una paloma pasa y roza con su ala una esfera de platino del diámetro de la Tierra. Cuando la bola se haya desgastado del todo por la erosión del pájaro, entonces empieza la eternidad.

La condena automática se arregló con la llegada del Mesías. Él nos salvó al instituir el sacramento del bautismo, el que borra el pecado original. Ahora bien, durante todo ese larguísimo lapso de tiempo oscuro (tramo nuestros primeros padres|Jesucristo), todo bicho viviente halló el mismo destino tras su muerte: el infierno quemador, sin posibilidad ninguna de redención.

Aquello era una suerte de la que debíamos alegrarnos nosotros, los post-Cristo bautizados. Y que, tristemente, no habían tenido los nacidos antes de la llegada del Salvador. Entre las negruras de mi naturaleza tragicona, yo encontraba gran consuelo evaluando la gran potra que había tenido con mi fecha de nacimiento.

Con estas nociones en la cabeza, abrí un día un Astérix, que me gustaba copiar los dibujos. Leí eso de que lo que se iba a contar ocurrió exactamente en el año 50antes de Cristo. Lo cual significaba que esos muñequitos tan alegres iban a ir derechos a la llama eterna. El momento fue horrible, porque a la mayoría de los habitantes de la aldea gala no les veía salud como para aguantar entre los vivos los cincuenta años que quedaban hasta el nacimiento del Hombre (más los treinta y tres que aún pasaría Él hasta el sacrificio redentor del Gólgota: una prolongación muy improbable). Tan contentos en las viñetas, comiéndose el jabalí, vaya destino funesto el que les esperaba.

Qué angustia me tragaba yo, espantado de compasión y de ganas de salvarlos. Cuánta desesperación por lo que se les venía encima y por la injusticia flagrante que se derivaba de haber nacido ellos demasiado pronto. Se lo conté a un niño y se puso a llorar peor que yo. Ahogado de culpa por la que había preparado, no volví a hablar del caso con nadie, y yo me reconcomía solo y sin alivio.

Entre congojas como esta y otras similares, así empezaba yo mi vida, con unos berrinches secretos y unos sufrimientos solitarios muy pesarosos. Y con unas expectativas de felicidad muy, muy limitaditas. Según pasaban los años, por otro lado, la casa paterna era cada día mayor tormento. Debía abandonarla aunque fuera cavando túneles.

Con estas bases, la aflicción sufriente me fue a más. Y ya de joven me apegué al trago. Una afición con visos de profesionalización, a juzgar por el número de horas que le echaba. Cualquiera que me hubiera visto de niño llorando arrasado, cualquiera que me hubiera visto de joven bebiendo, debió de pensar: «Este pobre será un desgraciado toda su vida».

Pero qué va. Yo iba para alcohólico. Pero me metí a trabajar en el cine.

2

Todo empezó el lunes 7 de noviembre de 2011. Fue en el bar Primi, un local indescriptible situado en el número 3 de la calle Estrella de Madrid y que desapareció hace años. Yo me estaba duchando por dentro a base de orujo blanco, un destilado que se había convertido en mi bebida predilecta por su potencia de impacto y por su precio asequible. A nadie le gustaba el orujo blanco. Entonces, un sujeto llamado Ramón Reboredo pegó la hebra conmigo, porque estaba bebiendo el mismo licor de poca demanda que yo.

El hombre llevaba encima bastante sorbo, mucho. Me contó su vida entera con la lengua reptando. Entre su parloteo, yo atiné a incrustar el lamento de que no tenía trabajo ni dinero, y sí muchas ganas de echar a andar por mi cuenta. Como él veía que yo le iba escuchando con atención, le entró el arranque de la camaradería solidaria y me dio la dirección de un piso en el barrio de Salamanca. Me dijo que era la sede de una productora de cine en la que él tenía nombre. Que fuera para allá de su parte, que estaban para rodar una comedia y que seguro que me daban curro.

Una gárgola de barra, tipo Ramón, nunca aporta una ayuda plausible. Pero, sin más que hacer, me presenté en la empresa al día siguiente. Se llamaba Relatora Films. En recepción me habrían echado a bofetones, porque era seguro que lucía una cara de buscavidas muy mosqueante. Pero supe dar mil datos sobre Ramón (los de la brasa que me había metido por la noche) y debieron de pensar que era por lo menos sobrino suyo, así me conocía su vida. Contemporizaron.

Me detallaron las condiciones, que habría aceptado en cualquier caso. Me comunicaron las fechas de comienzo y fin de contrato, me hicieron la ficha y me dieron de alta. Yo sería meritorio de producción. Hice como que sabía qué era eso y me volví para casa. Estaba a dos meses y un poco de cumplir los diecinueve.

Según supe algún tiempo después, Relatora Films vivía por entonces un momento propicio. Había entrado con un 7,5 % en la financiación de una película holandesa de presupuesto transnacional. Iba sobre el viaje que el joven Johann Sebastian Bach emprendió en 1705 para conocer a su admirado y ya anciano Dietrich Buxtehude. Un periplo que el animoso Bach hizo a pie. De Arnstadt, punto de origen, a Lübeck, la meta, hay 400 kilómetros que el compositor se pateó a calcetín.

La historia, un poco babas, estaba pensada para caerle bien a todo el que se pusiera por delante: un toque cultural, una figura universal cuyo nombre le suena a todo el mundo. Un personaje cuya obra se percibe como la santa comunión en salsa romesco, incluso para aquel que no se haya tropezado con una sola fusa suya en la vida. La colección de patrañas que se pergeñaron en torno al mozo de veinte años que se lanza a la aventura (y de quien ya se presiente su talento descomunal) fue muy extensa. Al senderismo del siglo XXI (activo o de mera ensoñación) le sedujo el aporte de un precedente dieciochesco, y la cinta captó a excursionistas, cicloturistas, peregrinos y lectores de suplementos de viajes.

Los guionistas se sacaron de la manga una historia de amor con una muchacha primordial de la foresta, a mitad de ruta. En el filme, Bach no la olvidará nunca, ni siquiera mientras abona la cepa de su veintena de hijos. A favor de la película, además, operaba la moraleja de que quien se levanta de la silla y emprende la tremenda caminata (Bach) va a quedar como un genio de mucha más trascendencia que quien espera tiradazo en el butacón a que le vengan a ver (Buxtehude).

La película funcionó bastante bien, y en varios países. Un pelotón de espectadores entusiasmados se lanzó por mímesis a los caminos. A muchos hubo que ir a rescatarlos al hostal en el que les quitaron el dinero, al arcén en el que los atropelló un tractor y al merendero donde los intoxicaron. Pero Relatora se afianzó como compañía.

El rodaje en el que aparecí por arte de orujo comenzó un lunes, como es habitual. Fue muy a finales de noviembre, y en el Parque del Oeste. Duraría nueve semanas, ocho en Madrid (con alguna salida al campo) y una a medias en Teruel. Un meritorio de producción es un chico para todo que se desempeña en el rango más bajo del organigrama. Un aprendiz de remuneración medio invisible que está para ir a buscar unos caramelos, colocar unas vallas de acotación, parar el tráfico entre el «acción» y el «corten», sujetarle la sombrilla a un actor... Cargar bultos y descargar fardos. Arrastrar mucho carrito de transporte, que sin ruedas no hay rodaje.

Los actores no me sonaban. Pero no por nada, sino porque yo no había ido al cine apenas nunca. Del director sabía menos todavía. Se llamaba Nacho Tiedra. Tenía entonces treinta y cinco años. Al parecer, había rodado unos cuantos cortometrajes exitosos. Aparte de director, era también el autor del guion. Le había puesto un título que a él le gustaba mucho pero que no convencía en Relatora. Por ello, el nombre de la película estaba todavía sin decidir al comienzo del rodaje. Se barajaban varios provisionales, en la idea de que avanzar en la filmación acabaría por destacar uno de ellos. Por lo pronto, y mientras el guionista abogaba por el suyo, al proyecto se le llamaba Corolenda, por denominarlo de alguna manera. Era un apodo cariñoso sin significado alguno, surgido de modo natural por la deformación que el uso constante produjo en el título original de Tiedra. A él, que su texto hubiera generado un sobrenombre familiar se le hacía muy emocionante.

El empleo reveló cómo se me estaba pudriendo hasta entonces la salud. Todo se me hacía agotador. Menos mal que sólo me dolió durante los primeros días. Luego las jornadas devinieron en mera fatiga. Pero achacable a la carga de trabajo, y no al desengrase de años de estatismo y copaza continua. Pronto cogí el ritmo. Me gustaba estar curándome con sólo estar haciendo algo útil. Dejé de beber. Ya no hacía falta.

Hablando de beber. Al beodo Ramón Reboredo sólo me lo encontré una vez en el rodaje. No creo que asistiera mucho más, tanto orujo blanco. No se acordaba de mí. Pero yo ya estaba enrolado y dentro del proyecto.

Muchos de los compañeros se conocían desde hacía años. También los de mi escala laboral, a pesar de ser tan jovencitos. Yo estaba rematadamente perdido. Era un advenedizo que se reía de los chistes privados ajenos, que evidentemente no entendía. Oía palabros de jerga (fresnel, cuña, panó —¿?—) que me dejaban tiritando. Por suerte, mi rango no llegaba a la especialización mínima y casi nunca me los soltaban a mí. Pero sí a veces. Disimulé bastante mal que no sabía por dónde me daba el aire y creo que protagonicé comedia involuntaria variada a base de bien.

A alguno del equipo le cogí menos la onda. Un par de ellos me caían un poco mal. Pero, principalmente, el grupo técnico y artístico estaba compuesto por gentes bien amables que habían superado el trance de novatería en el que yo nadaba. Me dejaron claro desde muy pronto que pasarían por alto mis despistes, que harían la vista gorda con mis errores y que pondrían todo de su parte para enseñarme lo que ellos supieran. Lo agradecí muchísimo. Me daban ganas de inclinarles la cabeza a todos, y sólo algunas veces me acordé de no hacerlo, que quedaba muy rarito.

Creo que puedo recitar de memoria el nombre y el apellido de todos los miembros del grupo aquel. Lo chulo era que cada quien tenía una historia concreta, asombrosa, esperpéntica, angulosa, particular. Llegaban a rodaje con unos previos biográficos mejores que cualquier historia de las que con su trabajo contribuían a contar en imágenes. Todos sin excepción eran personas muy de currar a tralla, con fortaleza de músculo y eficacia de cerebro.

Se concibe a los del cine como un grupo de volados más confiados en la providencia y la informalidad que en la técnica y en las matemáticas. Yo sólo me encontré a gente cartesiana, cuadriculada y puntual, con un sentido de la disciplina que nada tenía que ver con la vida muelle y la indolencia que se presume entre los del gremio. Lo que yo vi fue un organismo de eficacia penetrante, calmada y portentosa que tiraba por tierra los tópicos acerca de la chapuza endémica española. Aquello parecía un equipo de natación sincronizada, sólo que mucho más grande.

Funcionaban así por efecto de una vocación santificadora, no se niega. Pero les inducía a su perseverancia, también, la certeza de que el buen fin de un proyecto presente aseguraba más o menos una plaza en el siguiente. Esa idea se me quedó en la mente. Me obsesionaba con la noción aquella de que, en el cine, ensartar un rodaje con otro dependía del relieve que cogiera la película en la que uno hubiera trabajado antes.

Me entró la prisa por que Corolenda saliera bien, que alegrara a sus promotores, que encandilara a las audiencias. Que volvieran a llamarme para trabajar. Me quería quedar en el oficio porque vaya trabajo gustoso. Pero también porque quería pasar mi vida entre gente así. Por mi parte, ínfima, trabajaría de firme para que Corolenda resultara lo mejor posible. Para mí, recién llegado al cine, con mi CV sin nada de tinta, era de capital importancia que Corolenda quedara bonita.

3

El segundo lunes de rodaje llegó al set un sujeto al que no vi durante la primera semana. Estaba a poco de cumplir los treinta y cinco. Era de ver hasta agradable. Lucía buena complexión, pelo tupido, rasgos bien trazados. Discreto de atuendo, le caía bien la ropa. No era de gritar, ni de reír molesto, ni de estornudar a la cara.

Ese era Sixto. Sixto Arias Rivero. Pocas personas, apenas nadie, me han interesado tanto como él.

Desde que llegó esa mañana, Sixto se acopló al director Tiedra. A quien trataba con una cordialidad de trasfondo frío y con una camaradería de esencia desconfiada. Las labores continuaron. El director daba sus indicaciones. Hasta ahí todo normal. Acto seguido, Sixto era el que las matizaba, las contradecía o hasta las anulaba. Tiedra ponía cara de que vale, de que no eran sus ideas pero que no le parecían mal, de que las aprobaba y de que bueno, para adelante. Por mucho que se esforzara en disimularlo, el director vivía en la contrariedad todo el tiempo.

El Sixto este puenteaba a Tiedra con toda desfachatez. En ocasiones lo obviaba del todo. Agarraba el camino de lo que es tomar a alguien por el pito de un sereno. En mi ignorancia, suponía que es que esto del cine iba así, con un director puesto para figurar y un hombre decisivo que era el que de verdad tenía la película en la cabeza. Pero no. No es que haya grandes regiones de libertad en el cine (en pocos sitios las hay). Pero este inmiscuirse me sonaba raro hasta a mí, que acababa de llegar como un verdadero analfabeto en la materia.

Me intrigaba esa figura. Durante los siguientes días, picando de aquí y de allá entre los veteranos, tuve ocasión de trazar la biografía somera de Sixto.

Estaba casado y tenía dos hijas pequeñas. Había nacido en Madrid, donde siempre había vivido. Estudió en un colegio del barrio de Hortaleza. Acabó la enseñanza media, muy accidentadamente, a finales de los noventa. Se matriculó en Historia del Arte, con la idea de tirarse por la especialidad de Medieval. Allí marró. Tropezó entre el tercer y el cuarto curso, que no superó. En vez de presentarse de nuevo, Sixto lo dejó estar. Durante varios años, de hecho.

Al fin se dio cuenta de que la carrera que había elegido no era para él. El canecillo y el arbotante no le abrían el campo en el que él quería indagar. Donde Sixto iba a estar bien, a tener un futuro nutriente, aprovechado, placentero y pleno, iba a ser en la vaina de la comunicación. Un área en la que podría investigar sobre la interioridad de las personas, impactar en la construcción de las opiniones y proponer verdades a los cuatro vientos. Las inquietudes de sus contemporáneos, el pensamiento colectivo. Eso era lo que de verdad le motivaba.

Le había gustado mucho mirar revistas de cine, con sus críticas, sus fotos y sus reportajes. Y también lo que salía en la tele sobre los estrenos, los rodajes, las entrevistas. La onda mítica, esa se la tragaba toda. Le había encantado leer anecdotarios de cineastas, declaraciones chispeantes, incidencias entre actores, memorias de productores y técnicos. Le habían entusiasmado el Hollywood dorado, el París de la nouvelle vague, los neorrealistas con sus gabardinas y otros momentos del siglo fílmico muy bien vendidos. Había pasado tanto tiempo fantaseando sobre una agitada vida de imaginación y acción, de soledad inspirada y masas encandiladas, que había decidido que tenía que convertirse en cineasta.

Se matriculó en la Escuela de Cinematografía y del Audiovisual de Madrid, con las miras puestas en el guion, la dirección, la producción o las tres cosas a la vez. Para entonces ya sacaba seis años al segundo alumno más mayor. En clase no le iba mal. Estaba acabando primero cuando la providencia vino a verle.

Guillermo era el propietario de Relatora Films, la productora de Corolenda. Se contaba de él que, como todo el mundo, y según días, el hombre había estado ebrio y sereno. Se le vio de ennoviado, de soltero, de picos pardos, casadísimo y divorciadísimo. Había sido hijo y era padre. Se le conoció de rico y de pobre. De empresario y de asalariado. De fiesta y en laborable, arrendador y arrendatario. Y jamás dejó de tener la misma cara de triste. Si hubiera sido una botella de champán habría que haberle sacado el tapón con un sacacorchos.

Los buenos resultados de lo del Johann Sebastian andariego, con su 7,5 % en el zurrón, le habían abierto vías de crecimiento comercial. El momento era dulce. En 2011 estaba produciendo tres títulos a la vez. Uno de ellos era Corolenda, un compromiso viejo, anterior al éxito de lo de Bach. Dos años antes, Relatora había acordado su financiación con una televisión privada. Ahora Guillermo habría exigido más pelas y mejores condiciones. Pero los papeles ya estaban firmados, con un presupuesto cerrado (bastante exiguo) y la obligación contractual de entregar la película antes del 31 de diciembre de 2012. Él emprendió la producción. Corolenda no era, desde luego, su hijo más querido. Ya se le iba notando.

Ese año de buenas noticias para Relatora coincidió con el primer curso de Sixto en la Escuela. El jefe Guillermo (Arias Rivero) era el hermano menor de Sixto, el estudiante maduro que había descubierto su verdadera vocación en el filmerío.

Para soltarse un tanto de Corolenda, Guillermo lo nombró Delegado de la Producción, así formulado, con atribuciones no demasiado claras. Iría arropado por personal fijo y contratado de la empresa, que para entonces ya lo tenía todo bastante organizado. Pero Sixto quedaba como vicario de su hermano en el proyecto. Causó baja en la Escuela de Cine, con lo que pudo entregarse del todo a su nuevo cometido profesional.

Sixto se había tomado lo del Delegado de la Producción por donde había querido. Estaba como de supervisor, algo así como de controlador, de inspector, de chequeador general. Lo que no tenía sentido era que se le proveyera de derecho a opinión, a decisión, a veto, a arbitrio, dotándosele de una autoridad que no tenía cimiento. Pero el puro neófito se iba haciendo con potestades cuya conveniencia u oportunidad, fuera del productor, no veía nadie por ningún lado.

Se decía que Guillermo había decidido meterle por echarle una mano fraterna. Y porque así se sentía como Napoleón cuando repartía Europa entre sus hermanos, reyes de nueva estirpe. Habría motivos más profundos, seguro. Pero sólo fue más adelante, caminandito el tiempo, cuando afloraron. Aún faltaban años para que los conociéramos. Eran dos.

Yo veía al director esquinado todo el tiempo, haciendo esfuerzos por librarse de Sixto. Quien exhibía lo aprendido en la Escuela de Cine dando indicaciones a actores y a técnicos y que todo el tiempo rozaba con Tiedra a cuenta de dónde había que colocar la cámara, de que si había que despeinar más a una actriz o de que si convenía cambiar esta línea de diálogo. Decía mucho lo de: «Eso no lo van a entender, que la gente es tonta». Era su argumento para desbaratar las propuestas del director. Parece una exageración, pero así era.

Actuaba como si entendiera que la película iba a mejorar indefectiblemente si sus ideas entraban, modulaban la cosa, rizaban el rizo. Por un descabalgue frente a la realidad muy particular. Vivía amarrado a la convicción de que venía a ayudar, a aportar, a embellecer y a realzar esto de Corolenda. Mecanismos de la narrativa, resortes de las emociones, contrapesos del relatar, a todo hacía. En su bagaje no traía nada fabricado, redactado, construido, modelado ni imaginado. Pero se adosó al director Tiedra. Porque estaba determinado a que, al propio director, su propia película le saliera bien.

Aseguraba madrugar mucho. Pero aparecía en el set media, una hora tarde, pretextando dolencias que le sonarían de haberlas oído en películas. Que si el embote coronario, que si la fiebre de Malta, que si el dengue, que si la filoxera. Es muy probable que a Sixto sólo le picaran la calentura del sueño y la luxación de la vagancia. Pero endosaba sus achaques, primero, sanaba por bálsamo milagroso, después, y se ponía a organizar irradiando salud, poco más tarde. Cómo dormiría este.

Tiempo después tuve ocasión de enterarme de que sus chapas venían desde las fases previas a la filmación. Desde la de edición de guion, al menos. Según me contaron, en el cine es habitual hacer lo que se llama «desarrollo». Consiste en agarrar el guion y ver de mejorarlo, de perfilarlo bien y de sacarle punta a las situaciones y a los diálogos, antes de empezar a gastar pasta en rodar y montar. En Relatora Films, Sixto se tomó esto al pie de la letra. Debía de ser que los guiones que él estaba escribiendo (escribía mucho) no progresaban. Poner pegas a un texto que un autor legítimo sí había conseguido acabar le debía de calmar las ansias creativas. Le ayudaba a relativizar los escollos que encontraba componiendo la obra propia.

Era difícil hallar sentido a sus propuestas de cambios. En Corolenda, por poner un ejemplo, había un personaje que hablaba a través de un portero automático. No se le veía, sólo se le oía. Sixto exigió que ese personaje fuera argentino. Aseguraba que así resultaba más gracioso, sin que atine yo a saber por qué. Tampoco el director, por otro lado. Todo era así. Que una secuencia de día fuera de noche, que una de exterior fuera de interior, que la página 28 pasara a ser la 39 y que la 39 se tirara a la basura para hacer sitio a la 46-b3 (no 47). Todo a manos de un tipo que no sabía contar un chiste en un bar.

La práctica de los cambiazos no cesó porque se empezara a rodar. Lo cual hacía cada vez más intrincado el saber qué se estaba filmando y cómo se iba a ordenar, en el ánimo de conjuntar un algo inteligible.

Las modificaciones no aportaban nada. Pero a Tiedra, los cambios continuos le recordaban constantemente que nada de lo que él hiciera tenía por qué permanecer. Nadie sabía a qué venían propuestas inanes que no mejoraban el contenido, y que parecían lanzarse para remarcar la dominación del pagador hacia el empleado. Tanto vaivén con la letra tenía que quebrar el ánimo del más templado. Supongo que Tiedra llegaba al rodaje cada mañana habiéndole cogido un progresivo asco muy poco fértil a su propio texto.

Se contaban sucedidos que más parecían envites de Sixto para ver hasta dónde podía aguantar el director. Un domingo, a las seis de la mañana, el Delegado le llamó desde un bar y sin dormir porque encontraba cachondísimo que en una secuencia apareciera un sidecar rosa cruzando el cuadro. Los atrecistas hacían malabares con el dinero para estirar un presupuesto que era antes pobre que mediano. A ver de dónde iban a sacar un sidecar. «Si consigues dinero de tu hermano para alquilarlo, adelante», dijo Tiedra. No se volvió a hablar del tema, claro. Pero el director pasó su domingo de libranza comiéndose la cabeza con el tema de por qué no importaba despertarle en su festivo tras toda la semana de trabajar a lo burro. De por qué recibía un trato tan perjudicial.

Otro día, rodando en una piscina, Sixto poco menos que le llamó mariquita por negarse a ordenar a dos actrices secundarias que mejor interpretaran en top-less.

Una tarde de clima desapacible, enrollando yo cables por orden del jefe de eléctricos, llegué a pillar un diálogo entre el Delegado Sixto y el director. Me alegré de no dirigir.

—¿De qué color ves tú esta historia? —preguntaba Sixto—. No la luz, no el decorado: la historia.

Tiedra, acojonado, a ver qué decía.

—Eh... ¿Rojo...?

—No me contestes con un color. O mejor, no me contestes. Más bien, pregúntate: ¿por qué no la veo amarilla, o verde, o azul?

Este era Sixto.

Era la suya una impertinencia que él tomaba por sinceridad, forma de corrupción de la conducta muy frecuente entre personas que se sienten superiores pero que se intuyen inferiores, y con la que aspiran a nivelar sus decalajes. En ocasiones llega alguien con un relato que ha hecho, con un tema de composición suya, con un cortometraje que acaba de estrenar. Algunas veces es un asco, que no se sostiene por mal escrito, que suena a canción gastada, que es ininteligible hasta con un rapsoda en la sala de proyección, respectivamente. Supongo que redactar un cuento, armar un tema o filmar una película es arduo, que se tiende a fallar, que se ahoga uno en pautas innecesarias. Las más de las veces, el artífice presenta sus cosas con loable miedo, y pide opinión. Hay socorridas fórmulas para mentir piadosamente a la hora de dar la estimación que se solicita. Están la de «En tu microrrelato, lo que tiene que ser blanco es blanco y lo que tiene que ser negro es negro», la de «Hay una gran coherencia entre tu música anterior y esta» y la de «Tu cortometraje es un juego de espejos».

Sixto, no. Sixto expandía opinión a catapulta, guarecido en la falacia de su franqueza y su falsario ir con la verdad por delante. Devaluando lo que hacían los demás, ecualizaba su impericia, su pasado desértico y su no llegar. Así enrasaba sus potencias con las del vecino, sin venir a cuento, como lo hace quien sabe que en el fondo no gana a nadie a nada.