Tras el recuerdo - Julie Leto - E-Book
SONDERANGEBOT

Tras el recuerdo E-Book

Julie Leto

0,0
3,49 €
Niedrigster Preis in 30 Tagen: 1,99 €

-100%
Sammeln Sie Punkte in unserem Gutscheinprogramm und kaufen Sie E-Books und Hörbücher mit bis zu 100% Rabatt.

Mehr erfahren.
Beschreibung

Afortunadamente, eran tres cosas que no le faltaban a la escritora de novelas románticas Sydney Colburn, pero ahora quería más. Por eso decidió buscar al único hombre al que no había podido olvidar, su ex amante Adam Brody. Pero, para él, ella no era tan memorable...Después de un terrible accidente, Adam acababa de empezar a recuperar su vida normal y lo último que esperaba era encontrarse con la peligrosa pelirroja que siempre llevaba la palabra "seducción" escrita en los ojos. Por mucho que Sydney afirmara que en otro tiempo habían tenido un tórrido romance, él no la recordaba, ni eso ni ninguna otra cosa...

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern

Seitenzahl: 172

Veröffentlichungsjahr: 2018

Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 2003 Julie Leto Klapka

© 2018 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Tras el recuerdo, n.º 126 - septiembre 2018

Título original: Brazen & Burning

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Dreamstime.com

 

I.S.B.N.: 978-84-9188-904-5

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Créditos

Índice

1

2

3

4

5

6

7

8

9

10

11

12

13

14

Epílogo

Si te ha gustado este libro…

1

 

 

 

 

 

Sydney Colburn abrió la puerta principal de la casa para detener el golpeteo infernal. La brillante luz exterior la cegó tanto, que se echó hacia atrás y dio un traspié, pero consiguió aferrarse al pomo de la puerta y mantuvo el equilibrio. No encontró una maldición lo suficientemente dura como para expresar su ira, de modo que se limitó a gruñir.

—¿Siempre estás tan contenta al mediodía o es que te alegras de verme? —bromeó la responsable de sus desdichas.

Sydney entrecerró los ojos para protegerse de la luz y descubrir quién había tenido el atrevimiento de aparecer en su casa con tanta energía mientras ella sufría una terrible resaca. Pero su enfado se aplacó al distinguir la mirada de Cassie Michaels; sus ojos eran de color azul zafiro y poseían la típica inocencia de una joven de diecinueve años.

Sydney sabía que aquel gesto de inocencia no era del todo falso. Pequeña y de pelo negro con trenzas, le recordaba a la Mary Ann de Gilligan; tenía la costumbre de hacerse la inocente, pero la conocía desde hacía tiempo y no se dejaba engañar.

Sin embargo, la dejó entrar. A fin de cuentas era la sobrina de su mejor amiga, quien había sido indirectamente responsable de su exceso alcohólico de la noche anterior.

—Cierra la puerta o te demostraré hasta qué punto me entusiasma tu presencia —dijo Sydney con un leve tono de amenaza.

Sydney se maldijo entonces por haber mezclado bebidas en su noche de parranda. Ni siquiera recordaba si había tomado vodka y ron o tequila y ginebra; solo sabía que le habían añadido algo de color rosa, probablemente granadina o zumo de arándanos.

Cassie la siguió a la cocina, y cuando Sydney abrió el frigorífico para buscar algo que aplacara su sed, sintió náuseas y se alegró de no haber desayunado porque lo habría vomitado todo.

—¿Te divertiste anoche?

Sydney estuvo a punto de gruñir de nuevo, pero no lo hizo porque detestaba ser redundante.

—¿Se puede saber qué haces aquí? —preguntó a la joven.

—La tía Devon me pidió que viniera a ver si te encuentras bien.

—Mentirosa. Devon se ha marchado de luna de miel.

Cassie tomó una silla para sentarse, pero al separarla de la mesa la arrastró por el suelo y produjo un chirrido que aumentó el dolor de cabeza de Sydney.

—Anoche bebiste más que todos los amigos del novio juntos. Y me preocupa un poco que esa manera de beber sea tu forma de afrontar que eres la última mujer soltera de tu círculo de amigos.

Sydney se sentó junto a su joven amiga. No tenía intención de dar explicaciones a Cassie. Además, no habría sabido qué decir. No estaba dispuesta a aceptar que se había emborrachado porque no había ningún hombre en su vida y porque ya no tenía ninguna amiga soltera.

—Déjame que lo adivine —dijo Sydney, con ironía—. Estás estudiando psicología popular en Tulane.

—No, pero he leído muchos libros de psicología y además tengo diecinueve años, lo que me convierte en una especialista en cualquier materia, ¿no recuerdas tus diecinueve años?

Sydney no recordaba la noche anterior y difícilmente podría haber recordado lo sucedido trece años atrás. Además, había hecho todo lo posible por olvidar la mayoría de los recuerdos de su adolescencia; habían sido años de formación, en los que sufrió tanto y cometió tantos errores, que prefería no revivirlos.

Poco antes de cumplir veintiún años, Sydney tomó la decisión de vivir su vida sin sentimientos de culpa y romper con la férrea educación de Nueva Inglaterra que había recibido. Comenzó a hacer lo que quería y cuando quería, y a decir la verdad aunque la gente no quisiera. Invirtió en bolsa como si jugara en un casino y ganó. Y acto seguido escribió novelas románticas inmensamente populares, con protagonistas femeninas fuertes e inteligentes que podían dominar a cualquier hombre. En cuanto a las relaciones personales, se buscaba algún amante cuando surgía la ocasión y mantenía aventuras intensas y sin compromiso emocional alguno.

Durante los diez últimos años, su estilo de vida le había dado muchas alegrías. Había terminado la carrera, se había convertido en una novelista reconocida y había conseguido un pequeño pero leal grupo de amigos que la aceptaban tal y como era. Además, su vida sexual era tan satisfactoria, que las protagonistas de sus novelas se habrían muerto de envidia.

Sin embargo, la noche anterior se había convertido en la última soltera de su grupo de amigos; Cassie era la única excepción, pero era demasiado joven y, por si fuera poco, estaba saliendo con un chico de la universidad. Hasta cabía la posibilidad de que en poco tiempo se viera obligada a asistir a su boda, aunque fuera trece años menor que ella.

Sydney intentó convencerse de que aquello no le importaba, de que no había bebido demasiado porque se sintiera sola. Al fin y al cabo, nunca había tenido intención alguna de casarse.

Se dijo que había bebido porque era lo único que podía hacer. Su vida había cambiado de repente, pero el cambio no estaba relacionado con la boda de Devon. Bien al contrario, se alegraba sinceramente por su amiga. Como responsable legal de Cassie, Devon Michaels se había pasado casi toda la vida cuidando de su sobrina, aun a costa de su propia felicidad. Además, a Sydney le agradaba pensar que había tenido algo que ver en la relación de su amiga y también escritora con Jake Tanner, el ex policía con quien acababa de casarse. Los había animado desde el principio y no se arrepentía de ello.

No. La vida de Sydney Colburn había cambiado a las cinco en punto de la tarde del miércoles, tres días antes de la boda, simplemente porque había llegado a la cumbre de su carrera. Su último libro, una novela romántica que se desarrollaba en los páramos de Escocia, había alcanzado el primer puesto en la lista de los más vendidos del New York Times.

Cassie llevaba el periódico encima, de modo que lo abrió cuidadosamente sobre la mesa de la cocina y dijo:

—Felicidades. Tengo entendido que la semana pasada tuviste un gran éxito literario.

—Eso parece —refunfuñó Sydney.

Sydney había soñado con aquel día desde que supo de la existencia de listas de los más vendidos. Acceder a ellas suponía un éxito editorial de tal calibre que los títulos de las novelas y los nombres de los autores aparecían en el diario más prestigioso del país.

—La tía Dev comentó que era el sueño de tu vida.

—Yo no diría tanto. Cuando era una niña, no soñaba con esas cosas —dijo Sydney—. Mi principal ambición en aquella época era tener una muñeca con un coche descapotable.

—Bueno, ahora tienes un coche descapotable. Tal vez exista algún tipo de conexión entre las dos cosas…

—¿Tú crees? —preguntó Sydney, arqueando una ceja.

Cassie suspiró y Sydney miró a su alrededor; sabía que en algún lugar de la casa tenía una botella de ron o de tequila. No bebía mucho, pero cuando lo hacía, lo hacía de verdad. Sin embargo, lo único que le apetecía realmente en aquel momento era librarse de la joven.

—Está visto que, cuando te marcas un objetivo, te lo marcas en serio —dijo Cassie.

Parecía evidente que Cassie estaba decidida a continuar con aquella conversación aunque ella no quisiera, pero se dijo que tal vez no estuviera tan mal; a fin de cuentas, no tenía a nadie con quien hablar del asunto.

Devon se encontraba de luna de miel y no había más escritoras en su círculo de amigos. El resto de sus conocidos la apoyaban profesionalmente comprando sus libros e incluso recomendándolos, pero no entendían su trabajo. Aunque supieran que ser escritor no tenía mucho que ver con la imagen romántica que daban los medios de comunicación, les parecía un trabajo envidiable y no veían nada negativo en él. Solo veían que escribía novelas para vivir y que era famosa. No comprendían que se sentía totalmente perdida.

Lamentablemente, tampoco estaba segura de que Cassie la comprendiera; conocía muy bien el mundillo literario porque había crecido con Devon, pero no podía esperar que entendiera algo que ella misma no entendía. Había conseguido todos sus objetivos, y sin embargo, no era feliz. En lugar de saltar de alegría y de tomar un avión a Nueva York para festejar el éxito con su editor, estaba profundamente deprimida.

Y le dolía la cabeza.

—No quiero hablar de eso, Cassie.

—Empiezas a sonar como mi madre.

—Dime una cosa… ¿Has venido aquí para apoyarme, o para insultarme?

La madre de Cassie era Darcy Wilde, una cantante de rock and roll que había ganado el premio Grammy. Era una mujer tan agresiva que Madonna parecía una niña inocente a su lado. Además, Madonna había criado personalmente a sus hijos y Darcy había dejado a Cassie al cuidado de su hermana Devon para seguir con su alocada vida. Siempre había alguien que comparaba a Sydney y a Darcy por su actitud abierta hacia el sexo y los hombres, pero ninguna de las dos se lo tomaba como un cumplido. Básicamente, se despreciaban.

—Por si no lo sabías, a mi madre le gustas —dijo Cassie.

—¿Debo sentirme halagada por eso? También le gusta llevar agujeros en sitios estratégicos de sus camisetas, y enseñar los pezones en el escenario.

Cassie rio.

—A Darcy le gusta provocar a la gente. Y a ti también.

—En eso te equivocas. Para que te guste provocar a la gente, te tiene que importar lo que la gente piense de ti. Y a mí no me importa en absoluto.

Cassie carraspeó y asintió.

—Sin embargo, aparecer en la lista de los más vendidos del New York Times sí te ha importado —observó la joven—. ¿Qué vas a hacer ahora?

—Mantener una apasionada aventura sexual —respondió.

—¿Cómo? ¿Bebiendo hasta reventar?

—No tengo intención alguna de darme a la bebida. Estaba pensando en pasarme por la playa, flirtear con algún hombre y vivir una interesante experiencia sexual.

Había pasado mucho tiempo desde la última vez que Sydney se había permitido una aventura sexual. Demasiado tiempo. Intentó recordar nombres y caras, y el primero que le vino a la mente fue Adam Brody, un hombre enormemente atractivo, de ojos castaños. A pesar de que había perdido su rastro el año anterior, su memoria aún la asaltaba de vez en cuando, en los momentos de debilidad.

—No debería hablar contigo sobre mi vida sexual —dijo Sydney.

—¿Es que te avergüenzas de ser tan liberal en materia de sexo? —preguntó Cassie.

—Yo no me avergüenzo de nada —aseguró Sydney—. Me gusta mi forma de vivir, pero mis decisiones no son necesariamente válidas para los demás.

Cassie se levantó y se dirigió al frigorífico. Lo abrió y echó un vistazo a su interior; justo entonces, Sydney cayó en la cuenta de que la joven se había maquillado.

Conocía a Cassie desde hacía años y hasta entonces siempre había despreciado la estética; se vestía con ropas cómodas pero poco atractivas y raramente se molestaba en cepillarse el cabello. Hasta prefería ir a la ópera o a ver un partido de hockey antes que ir a fiestas con sus amigos. Y de repente, sin embargo, se había maquillado.

El rumor de que tenía un novio debía de ser cierto. Ahora ya no le extrañaba que estuviera tan interesada en su vida, porque sabía que las adolescentes enamoradas podían ser muy entrometidas.

Cassie sacó una botella de zumo de naranja y cerró la puerta del frigorífico.

—Vive tu vida como quieras, Sydney —dijo la joven—. Gracias a ti y a mi madre, sé tanto sobre vidas apasionadas y salvajes, que no necesito vivir personalmente determinadas experiencias.

Sydney arqueó una ceja y la observó mientras Cassie servía el zumo en dos vasos y devolvía la botella al frigorífico. Siempre la había tenido por una joven muy madura, pero a pesar de todo, seguía sorprendiéndola; tal vez porque tendía a subestimarla.

—¿Estás segura? La mayoría de las chicas de tu edad están locas por llevar una vidas como las nuestras.

—Bueno, solo puedo decir que gracias a vosotras estoy inmunizada contra esas cosas.

Cassie sacó una caja de aspirinas de uno de los armarios de la cocina y se las dio junto con el zumo. Sydney se tomó dos.

—Me alegra saberlo.

—Tienes muy mal aspecto —comentó Cassie mientras se sentaba de nuevo—. ¿Lo sabías?

—Sí, no es ninguna sorpresa.

—Tal y como estás, tal vez deberías olvidarte de tener una aventura apasionada con un desconocido.

Sydney rio.

—Tienes razón.

Cassie se recostó y apoyó los pies en una silla vacía.

—Mamá me regaló una sesión de masajes en Safety Harbor y todavía no he utilizado el vale. Seguro que nos pondrían a tono en muy poco tiempo, teniendo en cuenta que eres una autora famosa que ha aparecido en el New York Times.

—Sí, claro, y teniendo en cuenta también que tu madre es Darcy Wilde —comentó con ironía.

—Sea como sea, estaría bien.

La idea le pareció tentadora a Sydney, pero sabía que después de los masajes y de los cuidados diversos se sentiría igual que durante los cuatro últimos días. No sabía qué hacer con su vida.

En realidad no era la primera vez que salía en las listas de los más vendidos; aparecer unas cuantas veces en la lista había servido para que su agente le consiguiera un contrato multimillonario con la editorial. Al principio, el reconocimiento público le había encantado. Nadie habría podido imaginar que alcanzara la fama en tan poco tiempo. Sin embargo, ahora se sentía perdida, se sentía un fraude.

—Sé que no tengo derecho a sentirme deprimida —confesó Sydney.

—Todo el mundo tiene derecho a sentirse deprimido, incluso si las cosas le van bien —dijo Cassie.

Sydney sonrió.

—Debería estar saltando de alegría, lo sé. No tiene sentido que me sienta perdida precisamente cuando acabo de conseguir lo que más deseaba. Debo de estar loca.

—Tal vez si tuvieras a alguien con quien compartir tu victoria…

—Ya la he compartido, cariño. Con Devon.

—Sí, pero estaba tan concentrada en su boda, que tenía otras cosas que celebrar.

—Bueno, también llamé a mi madre.

—¿Y?

—Ha llamado a todas sus amigas del club de campo. Quieren que hable en su reunión del mes que viene.

—¿Es que no lo has hecho antes?

—No, porque me prohibieron que hablara de sexo.

—¿Y ahora te lo permiten?

—Claro. Ten en cuenta que he alcanzado el número uno en la lista de los más vendidos. Ahora puedo hablar sobre cualquier tema, por soez que sea, y decir prácticamente lo que quiera. Me he ganado el derecho a comportarme de forma excéntrica.

—Eres excéntrica desde que te conozco. Pero cuando se tienen menos de sesenta y cinco años, la gente suele utilizar otra palabra para definir tu comportamiento.

—No la menciones.

—No lo iba a hacer.

—Bueno, la cuestión es que ya he compartido mi triunfo con la gente que aprecio —dijo Sydney, retomando el tema—. ¿Qué puedo hacer ahora?

—Buscarte otro objetivo.

Sydney negó con la cabeza. No sabía lo que fallaba en su vida. Tenía el mejor trabajo del mundo; todos los días pasaba horas escribiendo, creando historias de amor y sexo, y le pagaban por ello aunque no necesitaba el dinero para sobrevivir: había heredado una pequeña fortuna y podría vivir como una reina sin volver a escribir ni una sola palabra.

Cuando recibió el primer tercio de su herencia, a los dieciocho años, decidió invertirla en acciones; cuando recibió el segundo tercio, ya había doblado el valor de su inversión y por si fuera poco se había convertido en una escritora famosa. Entonces supo que tenía talento para tres cosas: la historia, el sexo y el dinero.

Como autora de novelas históricas románticas, había combinado esas aptitudes y las había convertido en una carrera brillante. Incluso le agradaba ser famosa y aparecer en radio y televisión, aunque eso implicara no poder ir al supermercado o a unos grandes almacenes sin que la acosaran.

Además, trabajaba en la dirección de una fundación que se dedicaba a alfabetizar gratuitamente a vecinos de los barrios más desfavorecidos.

—¿Qué hago ahora, Cassie? Debo de ser la única mujer de la tierra que ha conseguido todo lo que deseaba antes de cumplir los treinta y dos. Debería estar contenta.

Cassie negó con la cabeza.

—No tanto.

—¿Qué quieres decir con eso?

Otra persona tal vez habría optado por evitar aquella conversación, pero Cassie poseía la confianza e inocencia típicas de su edad, así que fue totalmente sincera con ella.

—A primera vista tienes una vida maravillosa. Tienes dinero, amigos y un trabajo magnífico.

—Y la fundación. No olvides la fundación.

Cassie sonrió.

—Sí, ya lo sé, también trabajas para los demás. Has sido muy cuidadosa y has organizado tu vida con suma precisión.

—Eh, no me insultes. Yo no organizo nada. Hago las cosas según me apetece.

Cassie frunció el ceño.

—Sé que te gusta pensar eso —dijo.

—¿Cómo que me gusta pensarlo? Soy famosa por comportarme sin orden ni concierto. Pregunta a tu tía. Siempre me critica por esa razón.

—Eso es porque la tía Devon ha elevado la organización y la planificación a la categoría de religiones. En comparación con ella, eres un desastre. Pero en comparación con la inmensa mayoría de las personas, eres tan organizada, que has conseguido el número uno en la lista de los más vendidos en un tiempo récord. ¿No es cierto?

Sydney no pudo negarlo. Tenía razón.

—Sin embargo —continuó Cassie—, no hay ningún hombre en tu vida.

Sydney gimió y pensó que aquel comentario confirmaba sus sospechas. Cassie estaba enamorada y quería compartir su alegría. Pero hablar de esos temas no le apetecía en absoluto.

—Dios me salve de ser la protagonista de una novela romántica —observó Sydney, con cierto dramatismo—. ¿Recuerdas ese comentario de Jerry Maguire? Pues bien, yo no necesito un hombre para estar completa. Además, será mejor que dejes de pensar de esa forma o destruirás todo lo que ha conseguido el feminismo.

Cassie rio, pero a Sydney no le resultó nada divertido. No le parecía un tema de conversación gracioso.

—Llámalo nuevo feminismo si quieres. No estoy diciendo que necesites un hombre para sentirte completa, pero te vendría bien sentir algo más fuerte. Necesitas una experiencia emocional a la altura de tu éxito profesional. Necesitas un reto en tu vida.

—No existe ningún hombre que pueda estar a esa altura.

—¿Lo has buscado?

—Por supuesto que sí —mintió.

—¿Y nunca has sentido que te acababan de robar el corazón?

Sydney volvió a pensar en Adam Brody. Su atractivo y duro rostro la estremecía tanto que sintió una descarga eléctrica desde su vientre a la punta de sus senos. Era un amante increíblemente bueno, y un hombre tan interesante, que ella había hecho algo más que arriesgar su corazón: también había arriesgado su alma.

Sin embargo, cuando Adam le pidió que dejaran de mantener una relación exclusivamente sexual y quiso mantener algo más profundo, ella se marchó. Huyó tan deprisa como pudo, aterrorizada.

Había conseguido marcharse con elegancia, pero no había dejado de pensar en él. No había logrado quitárselo de la cabeza durante el vuelo de ocho horas a Londres, el día en que lo abandonó; ni durante su mes de vacaciones en Escocia; ni durante las tres interminables semanas que había pasado con sus padres en Nueva Inglaterra. Y cuando por fin regresó, dispuesta a decirle que aceptaba su oferta, él había desaparecido.

Adam había vendido su casa, desactivado su teléfono móvil e incluso cerrado su empresa. En cierta ocasión le había comentado que tenía intención de marcharse a Baltimore para abrir un negocio con un viejo amigo, de modo que suponía que se encontraba allí. Pero en lugar de seguirlo, siguió escribiendo libros, jugando al póquer con Devon, realizando giras promocionales y acostándose con algún hombre, de vez en cuando, cuando su cuerpo lo necesitaba.

Con todo, pensó que Cassie tenía razón. Tal vez necesitara algo más que una experiencia sexual. Al fin y al cabo, no necesitaba a nadie para alcanzar todos los orgasmos que quisiera: para eso se bastaba ella sola. Necesitaba una aventura que la hiciera vibrar de nuevo. Y el mejor candidato, sin duda alguna, era Adam Brody.

—¿Conoces a algún buen detective privado? —preguntó.

Cassie la miró con ojos brillantes y evidente curiosidad.