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Pocas veces la historia romana ha visto pasar a personajes tan descollantes, pues su actuación en la política desde los cargos más bajos hasta alcanzar la censura y sus afanes literarios imprimieron a su época la impronta que solo dejan a su paso las figuras de personalidad arrolladora. Catón el Censor (234-149 a. C.), también conocido como el Viejo y el Antiguo, es el primer romano cuya vida vemos desfilar ante nosotros con cierto detalle. Militar competente, severísimo censor, opositor de las influencias helénicas, político perspicaz y honrado y orador de palabra cáustica, fue el primero que se aventuró en la creación de la prosa latina, tanto en la didáctica como en la histórica, y el pionero en poner por escrito sus discursos. Pocas veces la historia romana, tan fértil en caracteres notables, ha visto pasar a personajes tan descollantes, pues su actuación en la política desde los cargos más bajos hasta alcanzar la censura y sus afanes literarios imprimieron a su época y aun a las posteriores la impronta que solo dejan a su paso las figuras de personalidad arrolladora en cuya existencia se confunden inseparablemente la propia peripecia vital y la historia de un pueblo.
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Seitenzahl: 664
Veröffentlichungsjahr: 2016
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BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 404
Asesores para la sección latina: JOSÉ JAVIER ISO y JOSÉ LUIS MORALEJO .
Según las normas de la B. C. G., la traducción de este volumen ha sido revisada por JUAN MARTOS FERNÁNDEZ .
© EDITORIAL GREDOS, S. A., 2012.
López de Hoyos, 141, 28002-Madrid.www.editorialgredos.com
Primera edición: octubre de 2012
REF.: GEBO472
ISBN 9788424937690
INTRODUCCIÓN
VIDA DE CATÓN 1
Cuando a los ochenta y cinco años muere Marco Porcio Catón en 149 a. C., hacía ya tiempo que su personalidad constituía una leyenda; había abandonado treinta y cinco años antes su último cargo político, el de censor, pero apenas habían transcurrido unos meses desde su última actuación en los tribunales.
Nada en sus raíces familiares —ni apellido sonoro ni medios de fortuna— auguraba un porvenir lucido a aquel muchacho pelirrojo y de ojos verdes que a los diecisiete años, procedente de su Túsculo natal (Frascati), destripaba terrones en el predio que había heredado de su padre en la Sabina 2 . Aledaña a su propiedad estaba la finca que hasta hacía poco perteneciera a Manio Curio Dentato 3 , plebeyo de nacimiento, conquistador y censor cuya peripecia vital ofrece no pocas similitudes con la de nuestro personaje.
Dueño, pues, de una hacienda pobre y de un cognomen —Cato — que, como pronto se vería, cuadraba a su carácter 4 , aprovechó una leva extraordinaria para alistarse antes de los dieciocho años tras el desastre militar de Cannas 5 , no sabemos si a las órdenes de Quinto Fabio Máximo o de Marco Claudio Marcelo, pero lo cierto es que poco después, entre 214 y 211, o quizá 210, aparece acompañando a este último en Sicilia en calidad de tribuno militar 6 . Vuelto a casa y ocupado en labrar sus tierras y en defender como abogado a sus paisanos en pleitos de poca monta 7 , recibió de parte de Lucio Valerio Flaco, vecino suyo patricio pero antioligárquico, que había reparado en su talento, la invitación de trasladarse a Roma 8 , donde podría hacerse valer; esto debía de suceder en 209 o en todo caso antes del 204, pues en esta última fecha se reintegró al servicio para participar como tribuno militar, cargo que probablemente ocupaba sólo desde el 207, en la esperanzadora jornada del río Metauro, donde Asdrúbal habría de perder la vida 9 .
Ya en Roma «procuró también arrimarse» —dice Plutarco 10 — a Q. Fabio Máximo, personaje altamente prestigioso que venía combatiendo por peligrosas la política e intenciones de Publio Cornelio Escipión, empeño en que, tras su muerte en 203, le sustituirá Catón, con tal tenacidad que no había de parar hasta ver anulado al Africano. En efecto, Roma se debatía entonces entre dos posturas contrapuestas al respecto de su política exterior: a un lado formaban los círculos patricios dirigentes, que propugnaban una política imperialista e intervencionista favorecedora de intereses espurios, pero de fuerte sentimiento filoheleno, y frente a éstos se alineaban quienes veían asomar en esa tendencia los peligros resultantes de las ambiciones personales y de la corrupción moral. Conque alcanzada la cuestura para el año 204 11 y deseoso de vigilar los movimientos de Escipión, Catón se traslada a Sicilia, desde donde aquél iba a saltar pronto a África 12 ; los dispendios y la relajación militar 13 que observa lo incitan a desplazarse a Roma para dar cuenta a Fabio Máximo, pero de la investigación realizada por una comisión llegada de la capital no se deducen delitos en el general 14 . Zarpa, pues, la flota, cuya ala izquierda queda encomendada a Catón 15 , que permanece en África hasta finales del 203, año en que el resentimiento de Escipión halló una excusa para alejarlo, según parece, a Cerdeña con la misión de proteger las comunicaciones. Nepote da noticia de ese traslado y de su encuentro allí con el poeta Ennio, a quien pretendía llevar a Roma, pero la información es de dudosa veracidad 16 .
Entre los años 202 y 199, en que fue nombrado edil de la plebe 17 , carecemos de noticias sobre el personaje, pero sin duda la amistad de Valerio Flaco aceleró el ritmo de su ascenso en la administración, pues al año siguiente lo encontramos de pretor al frente del gobierno de Cerdeña 18 ; allí da ya pruebas manifiestas de su austeridad y honestidad incorruptible reduciendo sus gastos personales y poniendo coto a las exacciones de publicanos y usureros 19 .
Agotado el plazo de su pretura, regresó a Roma, donde en 195 gana las elecciones al consulado junto con su valedor L. Valerio Flaco 20 y obtiene por sorteo la Hispania Citerior. Es en este momento cuando comienza su actividad como orador al pronunciar un discurso en contra de la propuesta de derogación de la lex Oppia , que desde hacía veinte años venía limitando a las mujeres el uso del oro por encima de media onza; la intervención de Catón no impidió la derogación de la ley 21 . Más éxito obtuvo en la campaña de la Citerior, provincia en la que Escipión había comenzado a labrar su fama, circunstancia ésta sobre la que Catón debió de cavilar. La situación de rebeldía del territorio, reiniciada en 197, aconsejó al senado el envío de un cónsul con un fuerte contingente 22 , así que habiendo zarpado de Luna en abril o mayo del 195 23 atraca en Ampurias y al mando de treinta mil hombres —su pretor había ido por delante—, tras conciliarse al elemento griego y desalojar a la guarnición ibérica, derrota al enemigo, cuyas fuerzas alcanzaban los cuarenta mil combatientes 24 , y toma gran número de ciudades. La pacificación del Ebro le permite trasladarse a la Ulterior, donde operaban ya contra los turdetanos dos pretores, Apio Claudio y Publio Manlio, pero fracasa en el intento de tomar Segontia (Sigüenza) y se detiene ante Numancia, donde arenga a sus jinetes, prontos a la sedición 25 ; de allí regresa al Ebro para sofocar nuevos levantamientos, que concluyen con la captura y derribo de cuatrocientas fortalezas, más que días permaneció en Hispania, según gustaba de decir 26 . Efectivamente, no dejó nunca de exaltar su actuación en esta campaña, tanto en sus discursos 27 como probablemente en sus Origines , por más que en las fuentes antiguas parece algo sobrevalorada 28 , pues Roma no había conseguido ahondar su penetración en la Península. Así que a su regreso de allí a finales del 194 se decreta su triunfo, que el cónsul celebra repartiendo una libra de plata a cada soldado sin reservarse él nada 29 . Pero como luego veremos, habrá de defender en un célebre discurso su actuación al frente del consulado ante los ataques del partido de Escipión 30 .
Al poco de dejar el cargo contrae matrimonio con una jovencísima aristócrata de apellido Licinia Tercia, de la que le nace en 192 un hijo llamado Marco Porcio Catón Liciniano 31 . Catón se desveló por educarlo personalmente en las armas y en las letras, pese a que disponía de un esclavo experto en la materia 32 , y escribió para él, como luego veremos, unos Commentarii de Historia y el libro Ad Marcum filium33 , pero el muchacho no era de la pasta del padre y hubo que suavizar la severidad de su aprendizaje; con todo, se distinguió luego en combate durante la campaña contra los lígures del año 173 y posteriormente en las operaciones de Macedonia a las órdenes de Emilio Paulo, con cuya hija se casó hacia 160; su sólida formación jurídica le creó un nombre como jurisperito, pero premurió a su padre en 152 como pretor designado 34 ; tenemos noticia de que un hijo suyo alcanzó el consulado en 118 y de que su nieto murió siendo pretor 35 .
La reincorporación de Catón a la vida pública lo llevó a actuar en los tribunales y a participar en el mismo año 194 como legado consular del cónsul Tiberio Sempronio en la campaña contra los boyos 36 .
El silencio de las fuentes entre ese año y el 191 se rompe con la convocatoria de elecciones al consulado, en las que triunfa la facción escipionista, y Catón, acaso para no perder de vista a sus adversarios, se agrega como tribuno militar o legado consular 37 junto con Valerio Flaco al cónsul Manio Acilio Glabrión, que se dirige a Grecia para frenar a Antíoco III de Siria, recién desembarcado en Eubea con la asesoría militar del propio Aníbal. A Catón se le encomienda la misión de recorrer varias ciudades griegas para substraerlas a la amistad de Antíoco, entre ellas Atenas 38 , donde asombra la concisión de su discurso, pronunciado en latín 39 y traducido simultáneamente al griego, aunque las fuentes aseguran que habría podido hacerlo en esta lengua. Seguidamente se dirige por Tesalia a encontrarse con Antíoco y los etolios en las Termópilas, y tal maña se da en socorrer al cónsul que su astucia y arrojo determinan la victoria y la huida del rey 40 . No tardará en atribuirse el mérito de la campaña 41 . Él mismo llevará la noticia a Roma 42 .
Sigue a éste un período en que las inquinas partidarias le obligan a defender su actuación durante el consulado en un célebre discurso 43 y lo estimulan a atacar a los escipionistas en la figura de Acilio Glabrión, competidor suyo por la censura del año 189, a quien acusa de haberse apropiado de una parte del botín tomado a Antíoco 44 , y tras conseguir que retire su candidatura —Catón tampoco resultó elegido— dirige sus golpes al menos contra otros dos personajes del círculo de Escipión: Quinto Minucio Termo 45 , cónsul en 193, cuyo triunfo logra impedir anulando así su carrera política 46 , y el cónsul del 189, Marco Fulvio Nobilior, paisano suyo, filoheleno, que en sus operaciones contra los etolios, nuevamente levantiscos 47 , se había hecho acompañar por el poeta Ennio con la intención de que lo enalteciera, como efectivamente hizo después en su tragedia pretexta Ambracia y en el libro XV de los Annales48 ; pero a la campaña se había sumado también Catón como legado consular con la evidente finalidad de vigilar sus movimientos; no obstante, el cónsul pudo celebrar su triunfo en el año 187 49 .
Ese mismo año culminará su campaña contra los Escipiones: cuentan que al parecer Catón se sirve de dos tribunos de la plebe para acusar a Lucio Cornelio Escipión, hermano del Africano, de haberse apropiado de quinientos de los mil quinientos talentos a que ascendía la indemnización de guerra impuesta a Antíoco. El proceso permitió conocer a fondo el carácter de ese linaje, poco dado a la humildad 50 , y tuvo varias alternativas hasta concluir con la retirada voluntaria del Africano fuera de Roma, donde murió al poco, y la renuncia forzosa de su hermano el Asiático a competir por la censura: la oratoria catoniana se mostró de nuevo efectiva en el objetivo de desalojar de la vida pública a estos personajes 51 . Y no paró ahí la cosa: cuando Catón asuma el cargo de censor en 184, le obligará a vender el caballo que por su falta de condiciones físicas no puede ya montar.
Entre este proceso llamado «de los Escipiones» y el acceso de nuestro personaje a la censura se produce un hecho de capital importancia que convulsiona la paz social y que fue traído a Italia por emigrantes griegos: se difundió rápidamente un culto mistérico aglutinado confusamente de ceremonias báquicas y órficas en que se creyó detectar un grave peligro moral y sedicioso y contra el que se desató una represión severísima 52 . Del discurso catoniano, que lleva el significativo título de Sobre la conjura , no nos queda sino una palabra 53 .
Su inmediata candidatura a la censura para el año 184 logra imponerse a la competencia contra la que un nuevo frente patricio esperaba hacerle tropezar; es más, nuestro personaje accede al cargo en compañía de su íntimo Valerio Máximo 54 . La severidad de su censura, que fue proverbial e incorporó la novedad de acompañar sus decisiones con un discurso justificativo 55 , se ejerció en todos los ámbitos: expulsó del senado a siete de sus miembros por indignos 56 o por haber besado a su mujer en presencia de su hija 57 ; quitó el caballo, entre otros, como hemos visto, a Escipión Asiático, hermano del Africano 58 ; reprendió severamente a los agricultores que descuidaban las faenas 59 ; cuidó de aumentar el contingente de caballería o su estipendio 60 ; mandó limpiar y construir cloacas 61 ; edificó en Roma la primera basílica, que lleva su nombre 62 ; prohibió adornar las casas particulares con despojos del enemigo salvo los arrebatados por propia mano 63 ; aplicó un impuesto del tres por mil sobre los objetos de lujo 64 tras haber multiplicado por diez su valor; puso orden en la recaudación de impuestos encomendada a los publicanos anulando adjudicaciones y apartando de la subasta a algunos de ellos 65 ; hizo demoler en el plazo de un mes construcciones que habían ocupado terreno público 66 ; en fin, trató de regenerar la vida pública y los usos privados, y ello le valió una estatua en el templo de la Salud 67 , pero su actuación había perjudicado a demasiadas personas: hubo de defenderse en no menos de cuarenta y cuatro ocasiones en que fue citado ante los tribunales 68 , saliendo de todas ellas triunfante. En efecto, cuando al final de su mandato celebró la ceremonia de expiación (lustrum) y se le acusó de haber contravenido el rito provocando en consecuencia la infelicidad del lustrum , se vio obligado a argumentar en contrario en su discurso De lustri sui felicitate .
Tras abandonar el cargo siguió interviniendo, debido a su condición de senador, hasta su muerte treinta años más tarde, en cuantos asuntos importantes afectaban al Estado, así en política interior, derecho y moralidad como especialmente en temas relacionados con la expansión romana por el Mediterráneo 69 , pues al morir su amigo Valerio Máximo en 180, entró en relación con Lucio Emilio Paulo, el que llegaría a vencer en Pidna en 168, que representaba políticamente un punto de vista patricio pero liberal de fuerte contenido moral. La relación se estrechó también gracias al matrimonio del hijo de Catón, que había servido a las órdenes de Emilio Paulo, con la hija de éste 70 .
A esta alianza política aplicó Catón todas sus dotes, de manera que cuando en Pidna concluyó la última Guerra Macedónica y se abrió un período de discusión sobre el futuro de esa república, apoyó con un discurso 71 la postura de Emilio Paulo de mantener la libertad de Macedonia—cierto que sometida a tributo y tutelada políticamente— con la finalidad de hacer frente a las potentes monarquías de Asia Menor 72 . Intervino también en la misma línea cuando se trató de declarar la guerra a Rodas 73 bajo la acusación de haber favorecido al enemigo de Roma, y pronunció entonces un discurso tan memorable que él mismo decidió incluirlo en sus Origines74 . No dudó tampoco en defender a su amigo y correligionario de los ataques de que lo había hecho objeto Servio Sulpicio Galba 75 , y aun al final de su vida, en 149, pocos meses antes de su muerte, arremeterá contra este personaje malvado y trapacero en un discurso que dejó memoria 76 .
Sin abandonar la actividad oratoria y política emprendió negocios tanto en asuntos agrícolas como mediante el préstamo denominado usura náutica, del que obtenía substanciosos dividendos con la ayuda de su liberto Quinción 77 , así como del comercio de esclavos, actividades éstas que si no estaban bien vistas en un caballero, desmerecían desde luego en la persona de un respetable excensor; así que cuando aumentó también su nivel de vida y se permitió algunos lujos, fue apercibido por el censor de turno entre 154 y 153 y hubo de defenderse —también brillantemente— argumentando que debía su fortuna a la austeridad y al ahorro 78 . Tenía a la sazón casi ochenta años.
Debió de ser por esta época cuando, viudo hacía ya diez años y engolfado en el trato de una concubina algo descarada, circunstancia que no podía dejar de enojar a su hijo y a su nuera, se dirigió a su cliente Salonio para solicitar a su hija como esposa, que obtuvo tras pintoresca y perentoria petición, pues en el mismo año 154 le nació un hijo que llevó por nombre el de Marco Porcio Catón Saloniano, luego tribuno de la plebe y abuelo de Catón el de Útica 79 .
Los últimos años de nuestro personaje transcurrieron entre la actividad política y las letras; sabemos, efectivamente, que con motivo del nacimiento de su primer hijo acometió la tarea de redactar una serie de obritas —especie de enciclopedia— que sirvieran a su educación, pero no disponemos de datos cronológicos incontrovertibles en lo que atañe a la redacción de sus demás trabajos. Sabemos, eso sí, que en Origines se afanó hasta el último día y que el portero de sus discursos precedió en pocos meses a su muerte 80 .
Y a muy anciano, en 150, intervino como senador en una legación que viajó a Cartago para terciar en las diferencias que habían surgido entre esa ciudad y el rey Masinisa de Numidia 81 ; el viaje no hizo sino confirmar su opinión, que ya venía manifestando, de que aquella potencia no había dejado de constituir para Roma una amenaza cierta y de que en consecuencia había que destruirla definitivamente 82 . Pronunció entonces un discurso 83 al que pertenece la famosa frase sobre la necesidad de destruir Cartago y que, al decir de Plutarco 84 , venía repitiendo desde hacía tiempo, viniera o no a cuento de los asuntos que se discutían en el senado. Efectivamente, Roma acabará atacando en el 149. Y ese mismo año pronuncia, sintiéndose ya sin fuerzas, un último discurso que incluirá inmediatamente en el libro VII de sus Origines , cuya cronología abarcaba hasta sus propios días: acusa a Servio Sulpicio Galba de haber asesinado a ocho mil lusitanos. No obtendrá su condena 85 .
Meses después, en otoño, le sobreviene la muerte a los ochenta y cinco años 86 . Su máscara en cera fue depositada en el senado 87 . El juicio de la posteridad poco más podrá añadir a la sentida semblanza que de él pintó Livio 88 .
OBRAS
Aunque de la actividad literaria de Catón poseemos abundantes noticias, la gran mayoría de sus obras se presenta en un estado tan fragmentario que hace muy difícil extraer conclusiones sobre su cronología, carácter y extensión. No obstante, tenemos conocimiento de un trabajo histórico datable entre 185 y 180 que sirvió a la formación de su hijo mayor en las tradiciones romanas, pues, como afirma Plutarco en la biografía de nuestro personaje 89 , lo escribió de su propia mano y en letras grandes.
Igualmente disponemos de fragmentos de un Commentarius , especie de apuntes sobre remedios medicinales de aplicación casera a los que el autor alude en otra obra titulada Ad Marcum filium . Esta última obra, que, como veremos en su lugar, aparece citada con diversos nombres, se presenta como un conjunto de libros encaminados también a la educación de su hijo primogénito y cuya temática abarca la medicina, la agricultura y la retórica. Considerada la primera enciclopedia romana, parece datar de los años 180-175. Sin duda adquirió difusión.
Conservamos también fragmentos de una carta dirigida por Catón a su primogénito Liciniano con posterioridad al año 168, en que se libró la batalla de Pidna, donde éste se distinguió. No debió de ser ésta la única que escribió.
Mucho más numerosos, en cambio, son los fragmentos —cerca de doscientos pertenecientes a unos ochenta títulos— que han sobrevivido de los discursos pronunciados por el autor «desde su adolescencia», según informa su biógrafo Cornelio Nepote 90 , hasta pocas semanas antes de su muerte. La actividad de Catón en este campo fue paradigmática e incansable, pues es sabido que Cicerón aún leyó con delectación más de ciento cincuenta de sus piezas oratorias 91 .
Además de las obras mencionadas encontramos tres tratados monográficos, de los que únicamente el titulado De agri cultura nos ha llegado íntegro; de los otros dos, el tratado denominado De re militari y los Commentarii iuris civilis , de insegura autoría, pues su hijo también destacó en la materia, no poseemos sino un puñado de fragmentos. Su cronología es insegura.
De época igualmente incierta data un trabajo de tono didáctico sobre la conducta moral, cuyo título, Carmen de moribus , indujo a algunos estudiosos a considerarlo obra poética. Probablemente circulara también fuera del ambiente familiar. La escasez de fragmentos no permite conclusiones definitivas.
Se conserva igualmente una colección de máximas conocida con variados títulos (Dicta, Sententiae, Apophthegmata) extraídas en su mayoría de los discursos catonianos por el propio autor, pero también reunidos por Polibio e incorporados por algún otro estudioso.
Finalmente, ha llegado hasta nuestros días un buen número de fragmentos de una obra histórica que bajo el título de Origines recorría en siete libros la historia de Roma desde los orígenes hasta los días del autor, aunque con alguna laguna. Este trabajo, escrito con indudable ánimo de publicación, fue el primero de su género redactado en latín y constituyó una tarea literaria de no pocos años que vino a concluirse al tiempo que la vida de su autor.
De todas estas obras pasamos a dar cuenta seguidamente comenzando por el tratado De agri cultura , único que ha sobrevivido íntegro.
TRATADO DE AGRICULTURA
Entre los méritos de esta obra se cuenta, además del de ser la primera en prosa escrita en latín que nos ha llegado en su integridad, el de constituir una fuente única para el conocimiento de las técnicas de construcción de prensas y molinos de aceite y del horno de cal, así como de recetas culinarias y dietéticas, contratos jurídicos, ritos agrarios y conjuros, y un testimonio valiosísimo de la entrada de la primitiva agricultura itálica en la economía de mercado.
Su título parece haber sido De agricultura , que indudablemente figuraba en el testimonio manuscrito más antiguo, el Marcianus , con el que lo conocieron Varrón y Gelio 92 , aunque este último alude también a ella con el nombre de De re rustica93 coincidiendo con Cicerón, que en su tratado Cato Maior vel de senectute94 la cita como De rebus rusticis .
Sobre su fecha de composición poco más podemos hacer que conjeturas; no obstante, la crítica concuerda mayoritariamente en situarla en los últimos años de la vida de Catón, aunque con ciertas reservas y salvedades, pues últimamente se ha insistido en atribuir una fecha muy temprana al prefacio de la obra atendiendo a que responde a circunstancias sobrevenidas a consecuencia de la II Guerra Púnica 95 . Aunque no hay que perder de vista la certeza de que Catón desarrolló toda su actividad literaria en la vejez, sin embargo, en obra de tanta variedad y complejidad como esta no sería inverosímil suponer una labor previa de acopio de materiales, acaso realizada durante la infancia de su hijo mayor, pero con posterioridad a la enciclopedia Ad Marcum filium a él dirigida 96 , y tras ello una elaboración lenta pero continua por espacio de unos veinte años 97 . Con todo, del testimonio de Plinio, Historia natural XXIX 14, a propósito de los capítulos de este tratado relativos a la medicina, así como del capítulo 3, 1 cabría deducir que la obra se escribió en torno al año 164 98 .
La obra, de moderada extensión, consta de 162 capítulos precedidos de un prefacio, y constituye una especie de guía o manual práctico, escrito en un tono preceptístico, admonitorio y seco, para uso de propietarios de haciendas agrícolas. Sin embargo, el autor no se dirige exclusivamente al amo, sino que en ocasiones interpela directamente al esclavo capataz en imperativo de futuro, muy abundante en todo el libro, e incluso enuncia preceptos en tercera persona de ese modo verbal. En contra de lo que su título anuncia no trata de todos los temas relativos a la agricultura, que en sí sólo ocupa un tercio de la obra, sino precisamente de la producción de aceite y vino soslayando el cultivo del cereal y la cría de ganado. A cambio incorpora recetas culinarias hasta ocupar un tercio del conjunto, y tratamientos curativos. Cada capítulo desarrolla un tema concreto y va antecedido de un título alusivo a su contenido que consiste generalmente en las primeras palabras de ese capítulo, pero acusa un origen incierto a pesar de estar presente ya desde los primeros testimonios manuscritos.
El prefacio viene a constituir un breve ensayo de estructura anular que sintetiza principios de sabiduría antigua en una lengua que refleja la experiencia poética arcaica 99 , pero en tono menos árido que el resto del tratado 100 . En el prefacio muestra Catón su verdadera personalidad como escritor: luego estudiaremos sus implicaciones retóricas. Digamos entre tanto que el autor pasa revista a los diversos modos de ganarse la vida distinguiendo los argumentos éticos de los económicos, lo honesto de los riesgos mercantiles 101 , hasta concluir que un tratado de agricultura representa un trabajo honesto porque la agricultura en sí encierra mucho mérito en cuanto fuente de ingresos respetables y seguros. Sin embargo, este proemio no adelanta el desarrollo del libro, no presenta el material, sino que más bien es un producto de ocasión 102 .
La desproporción que, según veremos, presenta la obra entre sus miembros se refleja también en la extensión de los capítulos y está relacionada con la complejidad del tema que se aborde, como es el caso de los aparatos de la prensa de aceite (cap. 18), recetas culinarias muy elaboradas (cap. 114), consejos sobre compra de indumentaria y dimensiones de diversas piezas de aparatos (cap. 135), contratos (cap. 144) y especialmente recetas médico-dietéticas (cap. 156). La crítica ha venido estableciendo varias clasificaciones de los capítulos atendiendo a sus contenidos; según unos 103 , los primeros 22 caps. se dedican a la compra y equipamiento de la hacienda; desde el cap. 23 al 53 parece seguirse un orden cronológico de labores, pero en adelante y hasta el final del tratado prima la agrupación por materias con toda clase de omisiones e interrupciones, si bien se detectan las siguientes agrupaciones: cuidado de los bueyes y esclavos (caps. 54-60), recolección de la aceituna y elaboración del aceite (caps. 64-69), remedios para los bueyes (caps. 70-73), pastelería (caps. 74-87), usos del alpechín (caps. 91-103), elaboración de diversos vinos (caps. 104-126), sacrificios y conjuros (caps. 131-141), contratos de venta y alquiler (caps. 144-150), usos medicinales de la col (caps. 156-158). Añádase a éstos una docena y media de capítulos que o bien aparecen indebidamente separados de su grupo temático o simplemente quedan sueltos.
Otros autores 104 identifican más bien una estructura en cinco secciones, de las que la primera (caps. 1-22) trata de la adquisición y gestión de la hacienda rústica, a continuación un calendario de labores (caps. 23-53) al que se añaden varios caps. (54-60) sobre el heno y la recogida de aceituna; la tercera sección, muy amplia (caps. 70-120), desarrolla recetas de diverso tipo; sigue a ésta una especie de antología de temas con amplio tratamiento de fórmulas varias (caps. 131-150) y se cierra la obra con diferentes preceptos de variada temática (caps. 151-162).
Cierto otro sector de la crítica 105 supone que la particular estructura de la obra en lo que se refiere al reparto y tratamiento de la materia refleja realmente una construcción bimembre no proporcionada y resuelta en una sección (caps. 1-22) sobre compra y gestión de la hacienda rústica en sí, y en otra (caps. 23-162) en la que se intenta establecer un calendario de labores agrícolas de tres añadas de duración, si bien se reconoce que están incompletas: la primera de ellas (caps. 23-56), única completa, reparte las cuatro estaciones entre los caps. 23-37, 1-3 (otoño), 37, 3-5 (invierno), 40-55 (primavera) y 56 (verano); la segunda añada (caps. 57-141) sólo incluye el otoño (caps. 57-126) y la primavera (caps. 127-141), en tanto que en la tercera (caps. 142-162) sólo se tratan las labores de otoño (caps. 142-154) y de invierno (caps. 155-162). Pero esta teoría, que achaca precisamente a la estructura de la obra las abundantes repeticiones y dobletes de capítulos, no es bastante para explicar tales anomalías, que, como luego veremos, han surgido más bien del propio proceso compositivo de la obra, esto es, de la concepción catoniana del tratado o sencillamente de interpolaciones y revisiones, según las últimas tendencias de la investigación.
En efecto, la obra, en general, es un conjunto incoherente, pues carece de ordenación previa, presenta desordenado el material, repite información, marcha en ocasiones adelante y atrás dando sensación de improvisación, deja ver omisiones y posteriores subsanaciones y está plagada de interrupciones y digresiones.
Detectadas estas deficiencias, la crítica se ha esforzado en identificar las causas que las originaron y ha parado su atención especialmente, como decíamos, en el proceso de formación de la obra, para la que se vienen postulando varias hipótesis, de las que ninguna termina de concitar el acuerdo unánime de los estudiosos. Se percibe en resumen la falta de un sistema o criterio unificador hasta el punto de que no pocas veces la obra marcha en una mezcla errática, inconexa, azarosa de temas concretos que sólo ocasional y tangencialmente se relacionan por momentáneas asociaciones de ideas de las que el autor suele retroceder para regresar bruscamente al punto previo a la interrupción, como acontece por ejemplo en el cap. 3 106 . El desorden se manifiesta no menos en el aludido problema de las repeticiones o dobletes que en algunos casos se limitan a unas pocas palabras o a simples paráfrasis de un capítulo anterior, pero en otras ocasiones constituyen una completa y verdadera duplicación con escasas diferencias. Ahora bien, si para las repeticiones de unas palabras o incluso de una frase basta como justificación la inexistencia de un rígido plan inicial, en cambio, para los dobletes de capítulos la explicación, requiere además otra clase de argumentos menos simples, de los que la crítica ha echado mano con profusión y originalidad.
Resumidamente, han venido adoptándose al respecto dos posturas: creen unos que hemos recibido el texto en el estado en que lo había dejado Catón, aunque admiten que fue sometido a cierta modernización tocante a su arcaica ortografía; otros, en cambio, ven en el texto el resultado de profundas revisiones e interpolaciones, si no de mutilaciones.
Quienes defienden que la obra es original 107 atribuyen sus desórdenes a la manera en que se compiló y publicó y mantienen que el tratado no es sino una recopilación de los commentarii privados o domésticos —lo que Hörle llama Notizbücher — de tema agrícola, de características similares a las de los demás comentarios privados de asunto médico a que alude Catón en los Libri ad Marcum filium . Añaden que tales comentarios fueron escritos poco a poco durante cuarenta años, clasificados deficientemente y publicados póstumamente —pues no había sido intención de Catón hacerlo— y que a eso se deben los dobletes de capítulos, Doppelfassungen en palabras de ese filólogo. Por último, defienden que la obra, tal como la conocemos, es la que conoció la Antigüedad, argumentando que las citas de este tratado transmitidas por autores posteriores a Catón muestran un texto coincidente con el que hoy leemos.
A esta teoría se ha objetado que es difícil admitir un proceso de composición de cuarenta años de duración y que si el tratado fuera una mera recopilación de comentarios privados, deberíamos encontrar en los capítulos de tema médico-dietético el mismo tono y contenido doméstico y privado que hallamos en los preceptos médicos de los Libri ad Marcum filium , esto es, que hay que pensar, por el contrario, que los comentarios privados estaban en el tratado de agricultura reelaborados con innegable intención literaria y que la obra no se remató quizá por la muerte del autor, con la consecuencia de que quedó expuesta a retoques y añadidos posteriores 108 en todo caso a aquellos autores antiguos cuyas citas dejan entrever una plena coincidencia con el actual estado del texto.
En cuanto a la segunda hipótesis arriba enunciada sobre la composición del tratado 109 , se postula que, si bien en origen la obra estaba completa y rematada, el estado en que nos ha llegado no es el original, sino que aparece incompleto y transformado profundamente por refacciones e interpolaciones quizá extraídas de otras obras de Catón por gramáticos latinos y expurgada de arcaísmos en época de Augusto 110 .
Frente a estos razonamientos, la crítica ha utilizado un argumento irrebatible a primera vista haciendo ver que si el tratado hubiera estado completo en origen, la obra debería haber incluido, además de los valores dietéticos y alimentarios de la col (caps. 156-157), el vino y la carne de cerdo (caps. 115, 2; 122-123; 125), otras prescripciones del mismo signo relativas a las legumbres, liebre, pato y paloma que efectivamente no comparecen, lo que vendría a significar que Catón no redactó todos los apuntes de su comentario médico-dietético, sino sólo los primeros 111 .
A ambas teorías sobre la formación del tratado han venido a sumarse las más recientes de Mazzarino y Astin que confluyen en la idea de que aquellos intentos de explicación no son excluyentes recíprocamente, sino más bien complementarios. Afirma Mazzarino que Catón había elaborado un comentario privado sobre medicina y dietética citado entre los preceptos de los Libri ad Marcum filium , donde no se hallaba el famoso «tratado sobre la col» (caps. 156-157 del De agri cultura ) por la sencilla razón de que aún no se había escrito; como quiera que el tratado de la col se dirige a lectores no específicamente domésticos, al contrario de lo que ocurría con el comentario privado dirigido «a su hijo, a sus siervos y a sus familiares», se concluye que Catón llegó a redactar en el tratado de agricultura los primeros temas de su comentario privado sobre la alimentación de los enfermos, pero no todos; es decir, que si la obra sólo hubiese estado constituida por los Hausbücher de que habla Hörle, encontraríamos en los caps. 156-159 todo el material doméstico y no sólo ya la parte que Catón llegó a transcribir y a redactar con intenciones literarias para el tratado de agricultura. Eso mismo sería prueba de que Catón no concluyó el De agri cultura acaso porque le llegó la muerte y en consecuencia la obra quedó expuesta a reelaboraciones e interpolaciones. En fin, los dobletes o duplicaciones de capítulos vendrían a ser precisamente consecuencia de tales refacciones, pero también del intento catoniano de imprimir una redacción más literaria a algunas partes de la obra.
A su vez, Astin 112 conviene con Mazzarino en que hay, sobre todo en las últimas secciones del libro, abundante material procedente de los comentarios domésticos e igualmente en que el tratado estaba expuesto, por naturaleza y quizá por haber quedado inconcluso, a todo tipo de interpolaciones. No obstante, este crítico atribuye las peculiaridades de la obra no tanto al proceso de compilación y edición como a la actitud de Catón ante su propia tarea literaria de fundador de la literatura latina en prosa, hasta el punto de que en la falta de un proyecto organizado debe de estar la causa de no pocas duplicaciones y repeticiones.
Cierto es que no todas las repeticiones deberían considerarse dobletes, pues en ocasiones aquéllas sólo afectan a una pocas palabras o a una frase o bien reflejan simplemente un nuevo aspecto del tema que el autor venía tratando. Pero, con todo, algunos dobletes escapan a esta explicación y han de atribuirse, como decíamos, a la falta de plan previo, a la deficiente compilación y edición y a glosas e interpolaciones, alguna de las cuales debió de ser muy antigua ya que Plinio, Hist. Nat . XVII 267, conoce el cap. 160, que no es sino un paralelo del 157, 7. Efectivamente, se ha señalado 113 que si, dada una pareja de capítulos duplicados, uno de los capítulos no llegó a ser conocido por un autor de la Antigüedad, ese capítulo fue introducido por glosa o interpolación en el texto catoniano: es el caso del cap. 133, 1-2 que Plinio no conoció y que viene a ser duplicación del cap. 51; igualmente podremos calificar de espurio el cap. 124, que Varrón, R. R . I 21 no conoce como catoniano. En conclusión 114 , en el caso de las parejas de caps. 63/135, 4-5, 91/129, 92/128, 114/115 y 156, 5/157, 9 se han detectado como originales Catonianos los caps. 135, 4-5, 91, 92, 114 y 156, 5.
Por otra parte, en lo que se refiere a las fuentes, el conocimiento del griego dio a nuestro autor acceso a obras y autores griegos sin los que su producción habría sido muy otra. La crítica no discute ya por evidente su conocimiento de esa lengua, pero no ha alcanzado un acuerdo sobre el momento de su aprendizaje y el dominio que de ella llegó a alcanzar. Varios datos indican que debió de iniciarse en el griego en fecha muy temprana: al comienzo de su carrera política pasó tres años en una zona muy helenizada de Sicilia, tuvo muy pronto contacto con Ennio 115 , a quien se llevó a Roma en 203, visitó Atenas en 191, donde habría podido pronunciar su discurso en griego, según afirma Plutarco 116 , y disponía en su casa de un esclavo de esa nacionalidad, cuya especialidad era precisamente la de maestro 117 ; además el propio Cicerón informa de que en el año 209 Catón estaba en condiciones de comprender a Nearco en su visita a Tarento 118 . Quizá, como se ha dicho, Catón perfeccionara en su vejez lo que había aprendido de joven 119 .
Su grado de conocimiento del griego y de la cultura helénica fue también asunto discutido en la Antigüedad. Parece que se remonta a la primera biografía que compuso Nepote, en quien luego se inspiró Cicerón, la especie de que Catón no poseía bien el griego, y algún rastro hay de esa afirmación en la segunda biografía, donde asevera que en una de sus obras, Orígenes , se echa de menos doctrina120 ; pero conociendo a Catón no sorprende que hubiera prescindido en sus escritos de la filosofía, precisamente la rama de la cultura griega que junto con la dialéctica le inspiraba más recelos por su capacidad corruptora 121 . Sin embargo, sí se interesó vivamente en la retórica, la medicina dietética y en los historiadores, especialmente Tucídides, Polibio y Jenofonte 122 , y en oradores como Demóstenes (Filípica I); de ello hay huellas bien visibles en su obra, donde cita a Epaminondas, Pericles, Temístocles y Leónidas 123 . En fin, algo tendría que ver en esa opinión de Nepote la repugnancia catoniana frente al pueblo griego, en quien no veía sino servilismo, altanería intelectual, corrupción, venalidad e informalidad, sin que ello le impidiera tomar de esa cultura lo que se podía aprovechar sin peligro de contaminación moral 124 .
Ciñéndonos concretamente a las fuentes de que se sirvió Catón, no hay duda de que aplicó consejos de agricultores itálicos, como Minio Percenio de Nola y los Manlios 125 , aludidos en los capítulos 151, 1 y 152, y podemos asegurar que nuestro autor, cuya curiosidad intelectual está bien probada, tenía conocimiento de trabajos griegos especializados de botánica y técnica agrícola 126 . En el nivel léxico resulta llamativo el recurso a la terminología griega dentro del campo semántico de la medicina, la agricultura, los sistemas mecánicos, las medidas e incluso la repostería y la cocina 127 , que si bien es escasa en otras partes de la obra, comparece a menudo en estas secciones, con la particularidad de que voces empleadas allí en su forma latina aparecen aquí como auténticos préstamos griegos, como es el caso de veratrum (cap. 114) y laserpicium (cap. 116) luego cambiados por elleborum (cap. 157, 12) y silpium (cap. 157, 7) respectivamente. Pero es asunto que requiere prudencia, porque algunos de los vocablos que se presentan bajo la forma de préstamos y calcos griegos ya habían entrado en el latín antes de Catón 128 , que pudo entonces apropiárselos por vía oral o de la literatura contemporánea.
En lo que atañe al nivel compositivo y conceptual, no hay acuerdo en que la inspiración tuviera un motor griego, si bien se admiten estímulos concretos en la composición de la parte botánica y médica, dado que hay coincidencias muy notables con los tratadistas de esas materias que no pueden explicarse de otra manera. Se considera en general que el interés de Catón por estas disciplinas se alimentó de la literatura alejandrina impregnada de ideas peripatéticas y de la lectura, sea directa sea por autores intermedios, de las obras de Bolo Mendesio y de Crisipo de Cnido, así como de un repertorio herborístico que partiendo de las enseñanzas de Diocles de Caristo incluía prescripciones de Teofrasto, especialmente del De historia plantarum129 . También se evidencia el conocimiento del De effectu herbarum atribuido a Pitágoras y de la tradición hipocrática 130 por medio de una fuente intermedia no identificada. Todo ello, según vamos viendo, demuestra cierta familiaridad con los escritores técnicos griegos cuya clasificación herborística incorpora Catón asumiendo la sistemática metodología teofrastea de la Historia plantarum131 . Por último, en el prefacio, que como decíamos es un pequeño ensayo y ha llegado a calificarse exageradamente como una suasio en miniatura, así como en los primeros capítulos, dedicados a la compra y organización de la hacienda, se ha detectado la influencia de dos tratados de Jenofonte, el Hipparchikós y el Perì hippikés132 , pero también del cap. V del Económico probablemente por influjo del primer estoicismo 133 .
En cuanto a influencia de obras no griegas, la inspiración del tratado en cuanto a concepción y estructura parece alinearse bajo el modelo de la obra del cartaginés Magón 134 que, si bien traducida al año siguiente de la muerte de Catón por Décimo Silano a instancias del senado, debió de ser conocida por nuestro autor, junto con la tradición agronómica púnica, a juzgar por las similitudes de otra manera inexplicables entre ambas obras. La del cartaginés respondía a una estructura socio-agraria que en manos de una aristocracia comerciante venía descollando hacía ya tiempo sobre todas las demás del Mediterráneo en los cultivos especializados 135 , como el aceite y el vino, destinados a la exportación, objeto final precisamente de la obra de Catón; por ende, la analogía se extiende no sólo también a la concepción enciclopédica de ambos tratados, que se interesan en varios temas, sino incluso a la propia construcción retórica del prefacio, donde además de encarecerse la necesidad de que el propietario esté presente en la hacienda se estimula su participación en la actividad agrícola, presupuesto que estaba ya perfectamente asumido en la agronomía púnica 136 .
El valor de la obra en cuanto documento social y económico 137 de la organización agrícola es enorme. Se conviene en que como consecuencia de las guerras libradas por Roma en este período, que concluyó en la II Guerra Púnica y trajo consigo expropiaciones y cambios en la propiedad de las fincas, junto con una enorme masa de esclavos, ganados y riqueza, se produjeron tales transformaciones en la agricultura romana que las haciendas rústicas vieron alterados muy significativamente sus dimensiones, cultivos y estructura de producción. El tratado catoniano no puede reflejar evidentemente la situación general itálica, pero constituye un testimonio importantísimo de la asunción de un modelo púnico en la concepción agrícola y de las condiciones en que se desenvolvía la agricultura en la zona del Lacio y la Campania. Habla de explotaciones de entre 100 y 240 yugadas (26-60 ha.), propiedad de un dominus absentista que, reservándose la fiscalización en visitas periódicas, delega su gestión en un villicus , esclavo de condición, el cual distribuye y dirige el trabajo de obreros también esclavos y frecuentemente especializados que en número de 13 o 16, según que se trabajen 240 yugadas de olivo o de viña, tienden a ser autosuficientes; el propio capataz y su mujer están incluidos entre ese personal. Sin embargo, cuando la faena es mucha —es el caso del olivo —, contrata a trabajadores de condición libre en número no inferior a 50, lo que habla de la abundancia de mano de obra temporera, y mantiene sobre ellos la autoridad delegada del amo, aunque no queda claro si esa misma autoridad se ejerce también sobre la persona a quien se otorga el contrato para la vendimia. La explotación de que habla Catón tiene por finalidad la producción de aceite y vino para vender, pues del resto de cultivos, para los que se recurre también a un colono aparcero y a un politor , sólo se obtiene el beneficio resultante de la manutención del personal y del ganado y de la venta del excedente. Se cuida especialmente de los bueyes y se menciona como muy útil el cuidado de los prados para producción de heno hasta el punto de que el tratado incorpora un contrato de arrendamiento y de riego; el resto del ganado no constituye objeto de explotación y en consecuencia sólo se alude al pastoreo en un contrato de venta donde se estipula que es el comprador quien debe proporcionar un pastor durante dos meses 138 . En fin, se advierte el paso del policultivo al monocultivo especializado y con ello la entrada en la economía de mercado, en virtud de la cual la explotación familiar cede ante nuevas fórmulas que intentan acomodarse a la demanda del mercado. Esta evolución se percibirá ya consumada en las obras de Varrón y Columela.
DISCURSOS
De la afirmación plutarquiana de que la oratoria constituía para Catón «un segundo cuerpo 139 » se desprende que su actividad en ese campo debió de ser incansable. En efecto, cuando Nepote 140 asegura que nuestro personaje empezó a escribir discursos desde la adolescencia, no hace sino insistir en un vehículo fundamental de su creación literaria y de su actividad política. Por más que el primer discurso de que tenemos noticia date del año 195 141 , las fuentes hablan de su actividad como abogado a la vuelta de Sicilia 142 , entre los años 214-210, y además no parece desatinado pensar que echara mano de su capacidad oratoria en las campañas electorales a las que se presentaba como un homo novus , de problemático futuro si hubiera carecido de tal capacidad 143 . La afirmación de Nepote resulta sugestiva, habida cuenta de que Catón publicó algunos de sus discursos y sería explicable que él mismo hubiera prescindido en sus ediciones de aquellas piezas que, por ser primerizas, carecieran a su parecer de la calidad suficiente 144 . Pero luego nos referiremos al problema de la publicación.
Por Cicerón sabemos que el número de discursos que llegaron hasta su época era de «más de ciento cincuenta 145 », a contar desde el año 195, como se ha indicado. Hoy en día sólo tenemos noticia de 79 títulos de discursos, a los que pertenecen buena parte de los 254 fragmentos conservados 146 , pues otros no han podido ser relacionados con título alguno. Lógicamente los fragmentos son de extensión muy diversa —desde una palabra (fr. 147) hasta unas pocas páginas (frs. 163-171, del discurso Pro Rhodiensibus )—, como diverso fue el interés de quienes se acercaron a su obra con ánimo de estudiarla y comentarla, mayormente oradores y gramáticos. Para alguno de los fragmentos no se ha conseguido determinar exactamente su pertenencia a un discurso en concreto y en el caso de ciertas piezas oratorias la cronología es muy discutida.
Sobre el problema de su publicación podemos hacer algo más que conjeturas, pues Cicerón 147 y Gelio 148 dan fe de que al menos incluyó el discurso Pro Rhodiensibus (frs. 163-171) y el Contra Galbam (frs. 196-198) en su obra histórica Origines; es más, el propio Gelio asegura que se publicó por separado el primero de esos discursos. Pero además Catón mismo da noticia en el fr. 173 de que tenía recogido por escrito el texto de un discurso anterior (fr. 203). Con todo, aunque la crítica considera acreditada la actividad de Catón como editor de algunas de sus piezas oratorias, es más discutida la afirmación de Calboli 149 de que los reunió en un corpus unitario, tesis en la que viene a coincidir con Bonanno 150 , quien basándose en Cicerón supone que nuestro autor procedió en su vejez a dar forma definitiva a sus discursos orillando aquellos que le parecían indignos de transmitirse y asimismo que esa selección es la que fundamentalmente alcanzó a ver Cicerón y parcialmente nosotros; se desprende, pues, de este aserto que de la labor correctora y compiladora pasó Catón inevitablemente a la tarea editorial. Menos verosímil se estima la hipótesis 151 de que Ático publicara entre 46 y 36 a. C. una selección de las piezas oratorias Catonianas 152 .
Sea como fuere, no debe soslayarse el hecho de que la oratoria, abstracción hecha de su concepción literaria o no, constituía en la diatriba política un arma de poderosos efectos y por ello digna de ser transmitida e imitada en sus manifestaciones más sobresalientes, y así debió de ser desde el momento en que varios de los discursos catonianos no perdieron nunca su validez como modelos de oratoria política 153 .
Ya en la Antigüedad llamó la atención la facilidad con que Catón se desenvolvía en los más variados tipos, estilos y temas 154 que ofrecía la oratoria y aún hoy en día la crítica, siempre ateniéndose a la relativa escasez de datos de que se dispone, concuerda en atribuirle esa misma cualidad, y acrecienta su elogio el hecho de que nuestro autor se construyera para su propio uso todo un armazón oratorio. Y para ello partió de una innata capacidad expresiva que dominaba todas las tesituras, desde la facilidad descriptiva y el tono incisivo de raíz campesina, mordaz y burlón en la invectiva, que con apoyo de sus profundos conocimientos jurídicos resultaba demoledora especialmente si iba dirigida contra quienes habían abusado de sus cargos públicos; dominaba no menos los registros más eficaces del razonamiento persuasivo, que se concretaba en máximas sin pedantería 155 . Todo ello viene a confirmar que la elocuencia catoniana no es producto de estudio, sino que parece fluir directamente de la vida y no tener como motor únicamente la actividad política y forense 156 .
En lo que nos es dado juzgar, podemos establecer una división cronológica y otra temática de sus discursos. La ordenación cronológica, en la medida en que lo permiten las lagunas de la tradición textual, viene definida por las diversas y consecutivas fases de su actividad política, esto es, discursos desde los comienzos hasta el año 184 en que alcanza la censura, piezas oratorias del período censorio propiamente dicho, discursos pronunciados una vez que cesó en ese cargo hasta el año 171, fecha en que pronuncia el De tribunis militum (frs. 152-153), piezas oratorias entre los años 171 y 167, año del famoso discurso Pro Rhodiensibus (frs. 163-171), discursos del período 167-154, fecha de su discurso Contra L. Thermum (frs. 177-181), y piezas que pronunció entre ese año y el de su muerte 157 .
Por lo que hace a los temas de sus discursos, debemos partir de la afirmación de que su oratoria está estrechamente ligada a su actividad política, de forma que la concepción catoniana de ese arte revela antes un interés político que jurídico; así, en el cómputo de su temática encontramos todo tipo de intervenciones relativas a la política exterior (discs. II, VI, VII, XLI, XLII, XLVIII, L), a la política interior y enfrentamientos con la nobleza (discs. VI-IX, XIII-XV), a las acusaciones de malversación y apropiación indebida y a la organización del Estado en sus aspectos más diversos (discs. V, XVII, XVIII, XXXIV, XXXV, XXXVIII, XL), especialmente en su época de censor, en la que habló en favor de las obras públicas promovidas (disc. XV), la vigilancia de los excesos del lujo (discs. XVIII-XIX), de los ritos religiosos (disc. XII) y hasta de las conducciones de agua (disc. XXIII), etc. Atendiendo, pues, a los temas y ámbitos en que fueron pronunciados encontramos discursos de defensa (LVIII), autodefensa —hubo de defenderse en cuarenta y cuatro ocasiones, de las que siempre salió triunfante— (IV, XXIX, XLV) y acusación pronunciados ante los tribunales (VIII, IX, XI), así como discursos en apoyo de leyes —suasiones — (XL, LXXIII, LXXV) o en contra de leyes —dissuasiones — (V, XXXIV, XXXV) dictaminadas en el senado o en las asambleas 158 .
Aunque, como se ha dicho, la cronología de todos ellos abarca la práctica totalidad de la vida pública de nuestro autor, de los fragmentos recibidos no podemos deducir evolución alguna en los tipos de estilo en que se mueven sus discursos —humile , mediocre , grande159 — ni en los aspectos lingüísticos 160 . Sabemos, sí, que la utilización de recursos retóricos fue constante en su producción oratoria y por esa técnica manifiesta gran aprecio el propio Gelio 161 . Efectivamente, Catón conoce y emplea con soltura antítesis y paralelismo, parataxis y asíndeton, aliteración, sinonimia y neologismo y, de entre las figuras retóricas, destaca en el empleo de entimema, anáfora, epífora, complexio y praeteritio162 . Las últimas aportaciones de la crítica coinciden en apreciar en su oratoria, además del empleo de ciertas figuras retóricas que alcanzan un alto nivel estilístico, el uso de cláusulas rítmicas 163 , de estructuras articuladas en cola y commata164 , junto con el recurso estilístico de resaltar las primeras palabras para proseguir con un tono menos elevado o incluso con un anticlímax 165 .
Problema añadido es el de la procedencia y profundidad de tales conocimientos técnicos, sobre el que ha confluido la atención de varios estudiosos: hay quienes al negar cualquier pretensión estilística en su prosa oratoria, de carácter decididamente espontáneo, se ven obligados a descartar influencias de la oratoria griega 166 ; otros hay que admiten influencias de la retórica griega en cuanto que la catoniana está fundamentada sobre la misma téchne retórica 167 ; y comparece también la tesis equidistante, que sin admitir un profundo conocimiento de la retórica griega por parte de Catón rechaza desde luego que la desconociese 168 , considerando inverosímil que nuestro autor ignorara conceptos tan embebidos por la cultura de su tiempo, especialmente entre los adeptos del helenismo —véase el caso de Ennio —, y dejara de aplicarlos conscientemente 169 .
Esta constatación no empece la tesis de Von Albrecht de que la frase oracular de Catón rem tene, verba sequentur es en sí misma antítesis de la elección cuidadosa de las palabras, regla que compendiaba los principios de la retórica griega de su tiempo 170 , pues incluso en el estilo elevado, y particularmente en él, la prosa catoniana viene determinada por la palabra hablada, es decir, que subyacen siempre elementos del estilo oral visibles en las repeticiones verbales. Además de la lengua hablada, el estilo catoniano acusa la presencia e influencia de otros elementos que han podido identificarse 171 con la lengua arcaica, la lengua poética, deudora mayormente de Ennio, y los ecos de las lecturas de prosistas griegos, en especial de Demóstenes. En fin, el estado de la cuestión no permite dilucidar si Catón fue un innovador de la oratoria latina ni si incorporó elementos de la retórica griega 172 , pero en todo caso no debemos soslayar el hecho de que Gelio 173 advirtió ya en él el deseo de ir más allá de la oratoria de su tiempo y de intentar alcanzar lo que posteriormente logró Cicerón.
Sobre la extensión de sus discursos estamos en condiciones de afirmar que no alcanzaba ni mucho menos la de las piezas oratorias ciceronianas, pues no cabe pensar que tanto el discurso Pro Rhodiensibus como el Contra Galbam tuvieran cabida en su obra histórica Origines de haber sido muy extensos; más bien hay que convenir con Plinio el Joven 174 en que se trataba de piezas «concisas y breves», afirmación cuya verosimilitud parece confirmar la extensión actual del discurso Pro Rhodiensibus , que según la crítica nos ha llegado casi en su integridad a juzgar por la presencia de un «hilo lógico coherente y continuo 175 ».
De la estructura formal, de las partes del discurso 176 podemos formarnos una idea a través de los fragmentos supérstites. No disponemos de elementos para enjuiciar la verosimilitud del dato que proporcionan Símaco y Servio 177 , según los cuales el exordium de los discursos catonianos iba encabezado por una invocación a los dioses, pues los fragmentos ubicables en esa parte, entre otros los números 21, 50, 163, no permiten confirmarlo; sin embargo, bien pudo constituir un precedente de la oratoria posterior, especialmente la de Cicerón, quien también recurrió a esa fórmula en varios exordios. Asimismo los frs. 31-47 dan fe de la existencia de la narratio en las piezas catonianas, en tanto que la existencia de la partitio ha quedado testimoniada por Sulpicio Víctor 178 . De la argumentatio tenemos un excelente ejemplo en el discurso Pro Rhodiensibus , frs. 164-169, que en sí mismos constituyen el grueso de un sólido proceso argumentativo. Sobre la presencia de la conclusio hay dudas razonables que el fr. 49 no consigue disipar. De confirmarse, pues, la presencia de todas las partes mencionadas, habría que concluir que la oratoria de Catón disponía ya de las mismas partitiones que la oratoria posterior, especialmente la ciceroniana.
Y no es éste el único punto de contacto entre ambos oradores; recientemente se han estudiado 179 sus concomitancias hasta concluir que además de afinidades de carácter general se detecta ocasionalmente en Cicerón una dependencia ad verbum con respecto a Catón, cuya presencia en la obra del de Arpino es ligeramente más amplia en la primera parte de su producción, de modo tal que puede descartarse la afirmación de que Cicerón sólo conocía superficialmente la oratoria catoniana y de que únicamente profundizó en ella en la época de composición del Brutus .
ORÍGENES
Grande debió de ser la curiosidad que despertara en un principio este ensayo histórico que añadía al interés que de suyo suscitaba el tema —la historia de Italia y de Roma— el mérito de ser la primera obra de su género escrita en latín. En efecto, hasta entonces la historiografía latina, la de los llamados analistas, había venido escribiéndose en griego, no por otra causa sino porque esta lengua había sido soporte de muy prestigiosos trabajos históricos y seguía siendo la más manejada del Mediterráneo. Catón —dice Nepote 180 — le dio el título de Origines , con el que efectivamente aparece citada en la mayoría de los autores, pero no faltan otras denominaciones: así, Plutarco habla de Historía181 , Dionisio de Halicarnaso la conoce como Archaiologouméne historía182 , en tanto que Livio y Plinio la citan como Annales183 . Esta diversidad de títulos venía sin duda motivada por el propio carácter y estructura de la obra, que al tiempo que trataba arcaicas leyendas fundacionales insistía en cierto modo en el esquema y método de trabajo histórico de los analistas 184 , único existente en Roma hasta la época; así lo entendieron Nepote y Festo 185 , quien afirma que el título no convenía al contenido de la obra, al menos a su totalidad.
Por el mismo Nepote sabemos de la fecha de inicio de composición, que sitúa en su vejez 186 , en torno a los sesenta años del autor, esto es, después del año 174, dato que no puede quedar invalidado ni por Livio, cuando con patente anacronismo deja ver que los Orígenes estaban ya escritos en el momento en que se discutía la abrogación de la lex Oppia187 , ni por Plutarco, que los data en 180 al confundirlos con otra obra que Catón escribió para la formación de su hijo 188 . En fin, nada hay que estorbe el dato de Nepote, que queda además confirmado por un fragmento del libro II 189 alusivo a la guerra de Perseo, concluida en 168, término post quem , al menos para esa parte de la obra. A partir de esa fecha transcurren unos veinticinco años hasta la conclusión de la obra en el libro VII, rematado por el autor en vísperas de su muerte en 149 cuando, tras denunciar a Galba, introdujo allí el discurso de acusación 190 . La cronología de los restantes libros, si se admite su composición en orden cronológico, ha de moverse, pues, entre esas dos fechas, pero únicamente disponemos de referencias cronológicas concretas para el libro IV si, como sugiere Chassignet 191 , el fragmento IV 9 es trasunto del discurso De bello Carthaginiensi , pronunciado en 150.
La relativa escasez de fragmentos, ciento treinta y cuatro en la edición de Chassignet, todos los cuales han llegado a nosotros por tradición indirecta —luego veremos por qué—, permite poner a prueba el testimonio de Nepote 192 , fuente principal sobre el contenido y distribución de la materia en la obra. Según este biógrafo, el libro I trataba el período de los reyes, los libros II y III los orígenes de las ciudades de Italia, de donde la denominación de Orígenes con que se designaba la obra entera, mientras que en el IV y el V se estudiaban de modo sucinto la I y II Guerras Púnicas respectivamente; en los dos últimos libros se pasaba revista al resto de los conflictos bélicos hasta la pretura de Servio Sulpicio Galba, esto es, hasta la época del autor, sin hacer mención de los magistrados ni generales que intervinieron en ellas.
Sin embargo, este testimonio de Nepote ha dado pie a innumerables especulaciones, pues aun siendo claro resulta excesivamente conciso y simplificador en lo que atañe a los hechos y límites cronológicos fijados para cada libro, discordantes en ocasiones con el reparto de la materia y la cronología que una lectura detenida de los fragmentos permite establecer, y también en lo concerniente al sentido exacto del vocablo capitulatim , con que se describe el proceso narrativo catoniano.
Concretamente, el libro I no se atiene exclusivamente al período de los reyes, sino que trata también el anterior con leyendas relativas a Eneas y a la fundación de Roma (frs. 13-16) y alcanza incluso el posterior a la expulsión de los reyes en 509, como acredita el fr. I 26, que alude a la magistratura de los decénviros, establecida cincuenta años más tarde, quizá porque este hecho se estimaba cronológicamente más transcendente que la propia caída de la monarquía 193 . Por su parte, los libros II y III no se ceñían únicamente al origen legendario de las ciudades de Italia, sino que además aludían a las costumbres de esas tierras y, al menos en un caso, a un suceso histórico 194 . En cuanto al libro IV, supera los límites cronológicos a los que lo restringe Nepote desde el momento en que incluye tres fragmentos relativos indudablemente a la II Guerra Púnica 195 . A su vez el libro V sobrepasaba el período de la II Guerra Púnica, pues incorporaba el discurso que Catón pronunció en defensa de los rodios en 167, es decir, treinta años después del final de esa guerra 196 . Añádase a esto la imprecisión que comete Nepote al restringir a Italia y España las noticias de cosas y hechos curiosos o admirables (admiranda) , pues también encontramos tales noticias referidas a Iliria y a Cartago 197 .
En conclusión, tanto el título como la estructura de la obra y la distribución del material dentro de ella, así como los admiranda han dado lugar a discusiones y conjeturas muy diversas, de las que resumidamente pasamos a dar cuenta. Parece evidente que si la obra hubiera seguido un orden cronológico, el libro V debería haber incluido igualmente las guerras subsiguientes, esto es, las Macedónicas, la de Antíoco, las de los lígures y celtas y asimismo las de Hispania con la participación de Catón, en virtud de lo cual los libros VI y VII apenas abarcarían un lapso de veinte años para el relato de las guerras libradas a continuación, sin duda menos importantes, hasta la época del autor 198
