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Lo más bello que ha redescubierto la Iglesia en los últimos decenios es la centralidad de la Pascua y la Resurrección en la vida de cada cristiano. La Pascua de Jesús es el eje de la Biblia, la liturgia, la pastoral y de nuestra presencia en el mundo. Este libro no teoriza sobre la Resurrección, profundizando en ella desde el análisis exegético o la fuerza narrativa de experiencias y encuentros, como hacen los evangelios. El autor, más bien, opta por la misma vía que siguieron las primeras comunidades cristianas: cantar a Jesús resucitado desde los himnos, compuestos al hilo de los relatos pascuales, con la intensidad emocional propia de la poesía. Este himnario, surgido al calor de la celebración de la Pascua con comunidades eclesiales a lo largo de varios años, canta nuestra fe, que va dirigida a Jesús con su nombre nuevo: El que vive, el Viviente.
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Seitenzahl: 119
Veröffentlichungsjahr: 2024
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Himnos pascuales
NARCEA, S.A. DE EDICIONES
Pórtico. Carta de envío
Tu rostro, mi Señor, tu santo rostro
Al fin será la paz y la corona
Ninguno se atrevía a preguntarle
No se apagó tu recuerdo
El agua pura, don de la mañana
El amor y la muerte han combatido
Un hombre verdadero
Despierta, Jerusalén
Contigo tu secreto en este día
Es la roca manantial
Cuando oyeron mis oídos
La tumba abierta dice al universo
Nuestro Pastor se ha alzado de la tumba
Por el camino divino
La muerte ha madurado de ternura
En vuelo de su vida va el Viviente
¡La paz!, dijo el Señor
Oh trance de Pasión, ahora gozo
Vence, Creador invicto
La eterna filiación se ha abierto en Pascua
Jesús se quedó dormido
Tú eres el que vives
Pues fuiste amado
Con el pan de sus manos
No cedió su cuerpo humano al polvo
Jesús aparecido en el camino
El ángel, centinela de la aurora
Memoria de Jesús radiante y clara
¡He visto a mi Señor!
¡Señor mío y Dios mío! Te confieso
Cuanto la lengua a proferir no alcanza
Estaba María al alba
Tu cuerpo es preciosa lámpara
Vives, Señor, entre los tuyos
El amor es más fuerte que la muerte
Abrid las puertas, hijos de los hombres
¿No serás tú, buen amigo?
La ruta de Emaús sigue los pasos
Simón, hijo de Juan
Jesús, ardiente Cirio
¡Oh llave de los misterios!
¡Oh muerte vengadora!
Tus llagas florecidas son descanso
Jesús, Hijo de Dios, presencia llena
Ya rompe el día, ya amanece
Pureza de la Iglesia, Cristo alzado
Tú serás, oh Cristo vencedor
Rompió la luz la roca
¡Oh Rey de paz, hermano de los hombres!
Alzado, mi Señor, tu blanco cuerpo
Yo soy la nueva vida en el Espíritu
Retorna victorioso
Contemplarte en tu ascensión
Cantemos al Espíritu de amor
El Espíritu energía
Ya moras junto al Padre para siempre
Hoy desciende el Espíritu de fuego
Secreta historia del cielo
Espíritu entrañable, alto silencio
No ha amanecido aún el nombre exacto
El pozo de mi alegría
Alégrate, María, Virgen Madre
¡Abbá! dijo Jesús por vez primera
Algunos datos de interés
A Lidia
la primera discípula de Jesús en Europa,
“a quien el Señor abrió el corazón
para que aceptara lo que decía Pablo,
y se bautizó con toda su familia”
(Hch 16,14-15),
y a todas las comunidades cristianas
que tras ella cantan
a Jesús resucitado.
Advertencia editorial y litúrgica
De esta colección de Himnos siete han pasado al libro oficial de la Liturgia de las Horas, la edición típica aprobada por los episcopados de Colombia, Chile, México, Puerto Rico, República Argentina y República Dominicana y confirmada por la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, previamente publicados por la Editorial Regina (hoy desaparecida) en los Himnarios citados. Estos himnos, de conocimiento público previamente publicados con introducción, letra y música, son:
Al fin será la paz y la corona (II Vísperas del Domingo de Pascua – Común de Pascua)
El agua pura, don de la mañana (Jueves para el tiempo de Pascua)
La tumba abierta dice al universo (Sábado para el tiempo de Pascua)
Cuanto la lengua a proferir no alcanza (Laudes de la Ascensión del Señor, comenzando por la segunda estrofa – Laudes para después de la Ascensión)
Estaba al alba María (Laudes del Domingo de Pascua – Laudes de los Domingos y Martes de Pascua, dividiendo las estrofas).
Tu cuerpo es preciosa lámpara (Laudes y Vísperas, dividiendo las estrofas, para los Viernes del tiempo de Pascua).
Retorna victorioso (II Vísperas de la Ascensión del Señor).
Hoy desciende el Espíritu de fuego (Laudes del Domingo de Pentecostés)
Algunos de ellos figuran en la Liturgia de las Horas publicada por la Conferencia Episcopal Española.
Mi querida Lidia: Alegría y paz.
Adivinas con qué gozo íntimo te envío este Himnario, para decirte: Jesús ha resucitado. O, para decirnos, como se saludan en Pascua nuestros hermanos de Oriente:
- ¡Cristo ha resucitado! (Christós anésti)
- ¡Verdaderamente ha resucitado! (Alethôs anésti)
Versos que han salido del corazón. Si alguna belleza tienen, es la belleza del amor. Puedes recibirlos como regalo de Pascua. Hace cuarenta años –fue en la Pascua de 1977– se me ocurrió felicitar la fiesta a los amigos con unos versos dirigidos a Jesús Resucitado.
Te felicito, oh Lirio
belleza de primavera.
Te felicito, purísima
carne de Jesús, que quiebras
la muerte oscura. Y te beso
cual ningún amante besa;
y te susurro, oh Dulcísimo,
oh Dios mío: ¡Enhorabuena!
Y con mis manos humanas
tus manos agarro prietas.
Y otra vez quiero decirte:
¡Vencedor, bendito seas!
¡Felicidades! No más
sino llorar yo quisiera,
de tanto gozo los párpados
hinchados.
Hermano, ¡ea!,
que a ti también te saludo
con el ósculo de fiesta.
¿No es Jesús delicia y Pascua,
no es él la mañana fresca
del gozo de los humanos?
Escanciad la copa, ¡venga!,
y por siempre ramo verde
los corazones florezcan.
Como ves, querida Lidia, este esbozo lírico (me parece que sentido y verdadero) no es para llevarlo a la liturgia. A partir de entonces, hasta hoy, cuando llega Pascua mi corazón se llena de poesía, y escribo un himno con que felicitar, y que sirva para rezar. Aquí tienes una colección. No son todos.
Algunos poemas que nacieron a la vera de la liturgia pasaron a los libros oficiales1. Cuando venga la hermana Muerte con un abrazo de paz y este peregrino rinda su cuerpo a la tierra (“polvo sí, mas polvo enamorado”, dijo en un soneto Francisco de Quevedo), acaso sigan flotando en la bóveda de la iglesita de una comunidad orante unos versos que nacieron en un corazón que leyó el evangelio de la Pascua de Jesús. De cuanto he escrito, quizás la mejor herencia.
Lo más bello que ha redescubierto la madre Iglesia en esta profunda renovación que hay que contarla por múltiples decenios. La Pascua de Jesús es el eje de la Biblia, el eje de la teología, el eje de la pastoral, el eje de nuestra presencia en el mundo.
Este librito no es para teorizar. Es simplemente para cantar, para exultar, para amar; o más bien, para dejarse amar, pues él nos amó primero.
Amado lector, amada Lidia, queda en tus manos.
La Madre del Señor, presente en la Cruz, que es misterio pascual, nos conduzca con ternura. Ella es la Madre de la Iglesia.
RUFINO MARÍA GRÁNDEZ Capuchino, misionero de la Misericordia
1 Mi agradecimiento del todo particular al presbítero de la Iglesia de Barcelona, don Pedro Farnés Scherer, fallecido el 24 de marzo de 2017, a los noventa y un años.
Este es un himno al santo icono del Señor. La experiencia del icono está en que, al mirarlo, se entra en comunión viva con la divinidad. Ahí está Jesús resucitado, ahí está el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
Cuando, tras largas horas de pincel amoroso, de ayuno suplicante y de oración contemplativa, el iconógrafo ha concluido su tarea, el icono es consagrado en la liturgia mediante una bendición y desde ese momento, sin firma (propiedad del amor universal), pasa a ser objeto de culto. El creyente que quiere besar al Señor, acerca el icono primero a su frente; quiere el ósculo del Verbo, pues solo porque Jesús nos ha besado podemos nosotros dejar el beso sobre el divino rostro.
¿Qué es la imagen de Jesús? Pensemos que Jesús es, él mismo, el icono del Padre, la proyección viviente de la divinidad. Él es “imagen de Dios invisible” (Col 1,15), “en él reside corporalmente toda la plenitud de la divinidad” (Col 2,29).
El icono de Jesús, soporte de nuestra fe, nos hace entrar en comunión con esa imagen, que es él mismo, y el alma se llena de gracia.
Tu rostro, mi Señor, tu santo rostro,
tu luz, la eterna luz de tus pupilas,
tu rostro corporal, exacta imagen
del Padre y del Espíritu de vida.
Tus ojos sí, dulcísimos, hermosos,
venidos por los ojos de María,
tus ojos: que me miren y me basta,
que en ellos, si me miran, Dios me mira.
La espesa cabellera que circunda
tu frente esplendorosa y tus mejillas,
tus labios, como un beso regalado,
oh labios de perdón y de delicias.
Tu imagen adorable en los pinceles,
sagrado encuentro, bella epifanía,
que invita a estar, mirarte y deleitarte,
oh Dios de nuestra casa y compañía.
Icono del Señor, oh sacramento
que dice amor y hiere con herida,
oh rostro del Señor, oh paz perfecta,
en ti descubre el alma su semilla.
¡Oh Santa Trinidad que te revelas,
visible en nuestra tierra en faz divina,
la gran misericordia sea gloria,
brillando en esa luz que deifica! Amén.
La resurrección de Jesús nos dilata el corazón hasta el cielo. Vivencias que el hombre de Pascua no puede contener. Esa explosión quiere saltar en el himno.
El gozo de hoy nos lanza hasta al remate: la paz, la corona, las palmas sacudidas y un aleluya inmenso como el cielo. Los ojos del vidente lo contemplan: se abalanza el final feliz, el estrecho abrazo de los hombres, el amor perfecto del encuentro.
Volvemos al “hoy” de la liturgia, que enlaza el pasado con el futuro. Hoy remonta el vuelo el sepultado. Volvemos al salmo de Pedro, predicando el acontecimiento pascual: “Me enseñarás el sendero de la vida, me saciarás de gozo en tu presencia, de alegría perpetua a tu derecha” (Sal 16). Cristo incorrupto, dueño de la vida.
Él nos penetra. Evocamos las epifanías del Resucitado. Se fue, pero volvía. Y así es hoy en la Iglesia. No estamos más distantes que María Magdalena. Su resurrección es un acto eternizado. Por eso otra vez al final ya es nuestra su historia que principia. Se rinden al Espíritu el tiempo y el espacio limitados.
La vida es sacramento. Entra Cristo omnipotente. En él queda perdida la doxología litúrgica al Padre por el Espíritu. Amén.
Al fin será la paz y la corona,
los vítores, las palmas sacudidas,
y un aleluya inmenso como el cielo
para cantar la gloria del Mesías.
Será el estrecho abrazo de los hombres,
sin muerte, sin pecado, sin envidia;
será el amor perfecto del encuentro,
será como quien llora de alegría.
Porque hoy remonta el vuelo el sepultado
y va por el sendero de la vida
a saciarse de gozo junto al Padre
y a preparar la mesa de familia.
Se fue, pero volvía, se mostraba,
lo abrazaban, hablaba, compartía;
y escondido la Iglesia lo contempla,
lo adora más presente todavía.
Hundimos en sus ojos la mirada,
y ya es nuestra su historia que principia,
nuestros son los laureles de su frente,
aunque un día le dimos las espinas.
Que el tiempo y el espacio limitados
sumisos al Espíritu se rindan,
y dejen paso a Cristo omnipotente,
a quien gozoso el mundo glorifica. Amén.
Himno específicamente pascual, escrito originariamente para sumergirse en la liturgia del viernes de la octava de Pascua. Los evangelios de la octava de Pascua son todos evangelios de manifestaciones del Señor resucitado. El viernes, en concreto, el texto es de Jn 21,1-14.
EI himno es una glosa meditativa de esta entrañable escena de san Juan. Invocamos al Señor de la mañana. Él es el amigo. Su mirada penetra el secreto del mar y de las almas.
Tres veces le preguntamos al Señor admirativamente, no dudando, sino deleitándonos en la respuesta que sabemos: ¿Tú quién eres?
¡Era el Señor! y Pedro se arrojó al corazón de Cristo por las aguas.
También nosotros sabemos, por el instinto del amor que infunde el Espíritu Santo, que es el Señor, y por eso celebramos nuestra liturgia como los apóstoles en torno al Señor.
Ninguno se atrevía a preguntarle:
“¿Tú quién eres, Señor de la mañana,
amigo penetrante que conoces
el secreto del mar y de las almas?
¿Tú quién eres, que aguardas a la orilla
con el fuego y el pan sobre las brasas,
que te acercas y entregas con tus manos
una hogaza de pan y tu confianza?
¿Quién eres que contigo se está a gusto,
y la amistad florece donde pasas?
¿Quién eres que con verte quitas dudas
y al hogar de tu paz nos das entrada?”.
Porque creyeron bien que era el Señor
preguntarle su nombre no hizo falta.
¡Era el Señor! y Pedro se arrojó
al corazón de Cristo por las aguas.
Su bello rostro oculto está en el Padre,
nuestras manos su cuerpo no le palpan;
pero a gritos lo sienten nuestras venas:
¡Es el Señor, divina luz del alba!
¡Gloria a ti, que llegaste a la ribera,
a traernos la gracia de tu Pascua!
¡Amor a ti, hermano victorioso,
que nos amas y llenas nuestras barcas! Amén.
Cantamos la vida inmarcesible del Resucitado. Todo pasa, él permanece; “Tú eres el mismo y tus años no tendrán fin” (Hb 1,12). “Ayer como hoy, Jesucristo es el mismo y lo será siempre” (Hb 13,8). Todo se pierde en la lejanía y el olvido; pero Jesús no. El olvido de los hombres no ha olvidado tu hermosura. Jesús vive. Ese es el mensaje pascual, esa es la experiencia cristiana, eso es lo que nosotros cantamos.
A Jesús podemos tributarle una afirmación divina: Tú eres. Así simplemente. Pero podemos contemplar sus ojos eternos, su rostro que cubre la tierra y explayar amorosamente el contenido de ese enunciado infinito.
Eres presencia y banquete, presencia eclesial y banquete pascual de Eucaristía. Eres lo que el hombre ansía, porque eres tú mismo.
Le invocamos: Oh Viviente de los mundos. Este mundo y el mundo que viene. Él vive allí y acá. Todo es suyo, gozosamente suyo para nuestra dicha, oh Cristo, flor de la tierra, rocío, gracia, ternura…
Este es nuestro Señor resucitado.
No se apagó tu recuerdo
perdido en la sepultura,
no te fuiste sin retorno,
muerto, por la senda oscura.
El manto de muchos siglos
no ha velado tu figura,
el olvido de los hombres
no ha olvidado tu hermosura.
Eres con ojos eternos
vida y sol desde la altura;
tu rostro cubre la tierra,
es paz en la guerra dura.
Eres presencia y banquete,
