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En el triste y larguísimo mes y medio que precedió a su muerte, en un oscuro calabozo de la prisión en Florencia, la pluma de fray Jerónimo fue hilando las frases encendidas de fe, dolor y amor, de las dos últimas meditaciones de su vida. Alcanzaba así la máxima altura moral de su carrera, al dejar escritas para todos los hombres que sufren estos dos vivos mensajes de contrición y esperanza. La traducción y el prólogo son de Antonio Fontán.
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Seitenzahl: 108
Veröffentlichungsjahr: 2022
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JERÓNIMO SAVONAROLA
ÚLTIMA MEDITACIÓN
Sobre los salmos Miserere e In te, Domine, Speravi
Traducción y prólogo de Antonio Fontán
EDICIONES RIALP
MADRID
© 2022 Prólogo by Fundación Studium
© 2022 byEdiciones Rialp, S. A.,
Manuel Uribe 13-15, 28033 MADRID
(www.rialp.com)
No está permitida la reproducción total o parcial de este libro, ni su tratamiento informático, ni la transmisión de ninguna forma o por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico, por fotocopia, por registro u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito de los titulares del copyright. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita reproducir, fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.
Preimpresión y realización eBook: produccioneditorial.com
ISBN (versión impresa): 978-84-321-6235-0
ISBN (versión digital): 978-84-321-6236-7
ÍNDICE
PORTADA
PORTADA INTERIOR
CRÉDITOS
PRÓLOGO
ÚLTIMA MEDITACIÓN
MISERERE MEI, DEUS...
IN TE, DOMINE, SPERAVI...
AUTOR
PRÓLOGO
DERROTA, PRISIÓN Y MUERTE
El 23 de mayo de 1498 un patíbulo alzado en la plaza de la Señoría de Florencia ponía trágico fin a la apasionante y agitada historia de Savonarola. La hoguera devoró el cuerpo suspendido todavía de la horca; unas cenizas arrojadas al río era lo único que quedaba en la tierra de nuestro fraile, Cinis... nihil. ¿Y el pueblo de Florencia? ¿Y la ciudad que le había seguido con el frenético entusiasmo que sólo despiertan en las masas los caudillos excepcionales? Allí, al pie del fúnebre aparato del patíbulo donde murieron Fray Jerónimo y sus dos compañeros estaba —mobile vulgus— toda la ciudad. Los enemigos, complacidos de su victoria; los ardorosos partidarios del fraile, en otros días más felices, se daban por contentos, enmudecidos de temor, salvando vida y haciendas con el solo sacrificio de Savonarola. Así acabó la viva contradicción de ese combate agotador y continuo que había sido la actividad entre apostólica y política del dominico florentino. La muerte decretada por un tribunal de la Señoría, asistido por dos comisarios del Pontífice Romano, era el final obligado de un proceso de escándalo. ¡Qué lejos, a pesar del poco tiempo transcurrido, los días de la apoteosis popular del prior de San Marcos, cuando toda Florencia, esperaba emocionada los milagros anunciados por su predicador predilecto!
***
A la muerte precedieron cárcel, procesos, tormentos; ¡Todos contra Savonarola! Un larguísimo mes y medio de sufrimientos físicos y morales, de declaraciones comprometedoras arrancadas en el tormento y arregladas luego en el texto oficial de los autos por la intencionada habilidad de un notario. Sus ardientes partidarios de ayer, cansados o miedosos, le abandonaron o le negaron abiertamente. Sus enemigos políticos jugaban en las Cancillerías la carta de una muerte decretada de antemano; en el proceso buscaba, la Señoría una justificación jurídica o social de la condena, ciertas ventajas políticas cerca del Papa y de la Liga italiana y la paz interior de la ciudad y de toda Toscana.
En estos días tristes, en un oscuro calabozo de la prisión, quizá al volver, descoyuntados los brazos, del tormento de las cuerdas, iba la pluma de Fray Jerónimo hilando las frases encendidas de fe y de esperanza, de dolor y de amor de las dos últimas meditaciones de su vida. Savonarola alcanzaba así la máxima altura moral de su carrera al dejar escritos para todos los pecadores y para todos los hombres que sufren estos dos vivos mensajes de contrición y de esperanza.
POLÍTICA CIVIL Y RELIGIOSA
Dentro de la ciudad, Savonarola, predicador apocalíptico de todos los púlpitos, aliado del partido popular, representaba una fracción política. Florencia, cuya constitución, desde la expulsión de Pedro de Médicis, permitía turnar a los partidos en el Gobierno, cada dos meses, era un hervidero constante de luchas civiles.
De esta manera la sed de reforma de costumbres y disciplina eclesiástica de Savonarola, al salir a la luz pública, iba mezclada con muchas impurezas terrenas. La vida de Fray Jerónimo, nos dice uno de sus mejores biógrafos[1] fue una encendida y constante batalla con el mundo, pero el mundo es un enemigo sutil, que se filtra por las rendijas de los intereses personales y políticos, del orgullo y del rencor. El mundo es, sigue Lojendio, el otro gran gladiador de este duelo, armado de una red alevosa de que no puede escapar quien ha sido una vez cogido entre sus mallas. El que hace, de una forma u otra, política tiene que arrostrar todas las consecuencias de su actitud y después de haber alentado entusiásticamente a un partido, de haber fomentado su fuerza, de nada vale retirarse a escribir al fondo de una celda, como hizo Savonarola, desde el año 97 al 11 de febrero de 1498. Él se había presentado como un profeta que ofrecía milagros y anunciaba al nuevo Ciro de la nueva Babilonia; los que fueron arrastrados por él a la lucha o a la ilusión no le podían perdonar el fracaso. Es lo que hizo Florencia. Un suceso mil veces repetido en la Historia: a un pueblo no se le puede llevar a ciegas gracias sólo a un prestigio personal por grande que este sea, porque cuando la dificultad arrecia y los hombres no ven la salida del atolladero en que se hallan, se vuelven contra el guía que los conduce y le piden cuentas hasta más allá de donde alcanza su propia responsabilidad personal. Una masa embarcada en una aventura se torna muy peligrosa si el éxito no va acompañando gradualmente al esfuerzo. Porque la ilusión es una débil llama que apagan las contradicciones en el corazón de los hombres, y a los pueblos no se les puede exigir sacrificios colectivos: nunca los consuman; el heroísmo es una virtud extrema tan sólo de los individuos aislados.
CONTRA ALEJANDRO
Savonarola era oficialmente un rebelde a la autoridad pontificia. Se había enfrentado con el Papa Alejandro, con Roma, “la Babilonia de todos los vicios”, en una prolongada batalla.
Excomulgado por la Santa Sede en mayo del 97, este integérrimo tomista indiscutible sigue, no obstante, celebrando los misterios sagrados; su figura de rebelde ortodoxo resulta un enigma indescifrable para los hombres que en todas las contiendas del pasado quieren tomar una posición absoluta. Alejandro VI o Fray Jerónimo, un Papa pecador, pero celoso de su autoridad y consciente de sus deberes políticos y disciplinares, o un fraile austero e intachable y rebelde que recrimina ásperamente los vicios y propugna la reforma de las costumbres. En este pleito de hace cuatro siglos y medio ¿quién tenía la razón? La ley estaba con el Papa, pero los abusos que denunciaba el fraile eran verdaderos...
Nos interesan fundamentalmente los hechos, su significación, sus causas y sus efectos, pero no nos cabe pelear en una batalla de la que el destino no nos hizo coetáneos.
A grandes rasgos fue así la historia de la rebelión del fraile: Desde 1490 Fray Jerónimo Savonarola es hasta el final de sus días fraile dominico del convento de San Marcos de Florencia. Atrás había quedado toda la época de su formación, sus primeros ensayos apostólicos y su peregrinar de varios años de un púlpito a otro: Ferrara, su ciudad natal, Siena, Florencia, Génova... Desde ahora su vida queda definitivamente ligada a la ciudad de Florencia.
Hasta 1492 la ciudad estuvo sometida a la paternal tiranía ilustrada de Lorenzo de Médicis; a la muerte de este, Pedro, nueva cabeza de la primera familia florentina, no acierta a mantener ese ponderado modelo de equilibrio político del viejo Cosme y de Lorenzo el Magnífico. Un 1494 acaba el Gobierno mediceo con una revolución de carácter popular, secuela inmediata de la proximidad de tropas de Carlos VIII de Francia. A fines de este año se establece en la ciudad el Gobierno popular contra la voluntad del francés tras una breve ocupación de Florencia por sus tropas. Con la democracia se renueva la vieja lucha civil apasionada y violenta, que culmina en la trágica escena del año 98, con la muerte del que en definitiva era el principal responsable de esta implantación de la libertad.
***
Entretanto Savonarola, lanzado a la acción política por temperamento y por la ineludible complicación de los hilos del destino, clamaba —¡años!— desde los púlpitos con la voz recia y exigente de un profeta del Antiguo Testamento: Reforma de las costumbres, castigo providencial de la Iglesia descarriada... Apenas quedaba un resquicio de esperanza en las palabras duras, amenazadoras, hasta cierto punto eficaces, de aquel profeta insobornable. El fraile logra su máximo prestigio y su máxima influencia, pero aquella red del mundo que nos decía Lojendio, le tiene definitivamente atrapado entre sus mallas. La democracia se divide en partidos y unos pasan a la oposición intransigente contra Savonarola y otros a la adhesión más incondicional y absoluta.
Se mezclan sucesos políticos de dentro y de fuera. El favor popular entra en crisis. El clamor del predicador por la reforma no se detiene ni siquiera ante la figura del Pontífice —ya Alejandro VI—. Y desde el púlpito fustiga fray Jerónimo los pecados del Papa, amenaza con un castigo del cielo a la Iglesia, y cuando brama con más terrible furor, Alejandro, celoso de la autoridad de su silla, el 13 de mayo de 1497, le declara excomulgado. Estalla con esto la lucha y distintos hechos de menor importancia van situando a los contendientes. La ciudad se cansa y un año después empieza el proceso.
Savonarola no pierde sus arrestos apocalípticos con excomuniones, pero ahora, en la primavera florentina de 1498, es un problema personal el que tiene ante sus ojos. Su misión profética era anunciar la ruina de sus enemigos, y primero tiene que enfrentarse con su propia ruina. Rebelde y creyente, austero y pecador, va a tocar en sus dos meditaciones los temas eternos del dolor de la muerte.
LA TRAGEDIA ÍNTIMA
Algunos presentan la tragedia de este hombre como la oposición polar e inconciliable de dos tiempos de la historia que chocan en su vida, esparciendo con el vientecillo fresco del 23 de mayo sus cenizas por el aire. Santo o criminal de un crimen de cisma e indisciplina y sobre todo de un crimen de falsa profecía. La sinceridad de su vida está en duda. El afán de polémica con que tantos se vuelcan apasionadamente sobre la historia para reducir a un esquema elemental de buenos y malos lo que es tan complejo, oculta o desfigura la verdad interior de su espíritu.
Queremos verle sincero y engañado, austero y soberbio, ortodoxo y rebelde. Sentir con él la íntima ruptura de quien ha renunciado al mundo y a la propia voluntad, pero conserva dentro un yo indoblegado que no se somete a nada; espíritu mesiánico y desequilibrado; vida rota. Se niega a sí mismo obsesionado con una misión divina: una lección permanente para todos los que se lanzan por su propia cuenta por ruidosos caminos excepcionales.
Cuando con el Renacimiento se descubre el hombre individual y no se confunden íntegramente —son otros tiempos— religión y política, cuando se delinean dos sociedades perfectas, Iglesia y Estado, e independientes, este hombre con mente de otros días, inadaptada, embrolla todos los problemas en una madeja inextricable.
MISERICORDIA Y ESPERANZA
Savonarola, pendiente de la justicia, olvidó la Misericordia y al final de sus días, condenado, con razón o sin ella, por la justicia de los hombres, perdido sin remedio, descubre la Misericordia y tras ella la Esperanza.
En su desamparo, triste, perseguido y sin amigos, abrumado, no se atreve siquiera a levantar los ojos al cielo, cuando unas palabras proféticas, las palabras inspiradas del Salmo 50, le dan alientos para dirigirse a Dios: «Miserere mei Deus secundum magnam misericordiam tuam».
Uno tras otro va desgranando el fraile los versos del Salmo y entre ellos frases entrecortadas, de ese ágil estilo dialogado de sus sermones. En medio de preguntas y respuestas, repeticiones oratorias, contrastes, paradojas, invocaciones a Dios y reflexiones consigo mismo, va pintando el gran cuadro de la misericordia de Dios, único refugio de pecadores y desventurados. La plegaria nunca pierde el tono impersonal de lo que está —aunque sea sincero— destinado a la publicidad. Es inútil buscar allí un detalle íntimo personal o esperar que nos descubra expresamente o entre líneas su conciencia de inocencia o de culpabilidad. Ni una confesión, ni una altanera justificación, pero tampoco es retórica todo lo que en la meditación se encierra. Savonarola es consciente de su propia tragedia e implora en medio de ese follaje vivo y apasionado de la retórica de su prosa, con indiscutible sinceridad, un perdón de Dios que no puede esperar ya de los hombres. Quizá sean sinceras sus protestas de humildad, «gusano despreciado», pero son también poco concretas.
Ni una alusión a las circunstancias históricas, de detalle, del momento. El grito de dolor y de perdón puede ser el de cualquier atribulado.
Ahí precisamente, donde desmerecen por lo abstracto, ganan también sus palabras como expresión dramática de la eterna cuestión del pecador ante la muerte.
La otra meditación, inacabada, sobre el salmo 71, es el canto de la Esperanza. A lo largo de ella, encarnando sus papeles como personajes de un Auto Sacramental, la tristeza y la esperanza, caudillos de ejércitos rivales se enfrentan luchando dentro del alma de Savonarola. Armas, banderas, todo el acompañamiento militar en los séquitos de ambas; con la Esperanza viene el gozo, y nace la paz del alma. Ora el alma, pero la tentación no respeta la oración de nadie y de nuevo la tristeza, con clamor de caballería, impone silencio, habla y hace vacilar la fe. Otra vez la Esperanza, y con el renovado empuje que le da su asistencia, el alma clama ahora a Dios, con palabras inspiradas. «In te Domine, speravi».
