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La paternidad era lo último que el SEAL Calder Remington tenía en la cabeza. En su trabajo era todo un héroe; en su vida como civil, un soltero despreocupado. Pero cuando encontró a un bebé, su bebé, en su puerta, no le quedó más remedio que ser padre. Entonces entró en juego la superniñera Pandora Moore, perfecta en todos los sentidos, y hacia quien Calder enseguida se sintió muy atraído. Pero era su empleada, lo cual hacía que fuese inalcanzable. Y, aunque Pandora parecía perfecta, esquivaba sus preguntas cada vez que hablaban de su pasado. Calder no podía evitar pensar que estaba ocultando algo. Nunca imaginó que la verdad pudiera separarlos… justo cuando empezaban a imaginarse un futuro en común.
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Seitenzahl: 231
Veröffentlichungsjahr: 2015
Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2013 Laura Marie Altom
© 2015 Harlequin Ibérica, S.A.
Un bebé en la puerta, n.º 30 - febrero 2015
Título original: A Navy SEAL’s Surprise Baby
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Jazmín y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-687-6081-0
Editor responsable: Luis Pugni
Conversión ebook: MT Color & Diseño
www.mtcolor.es
Portadilla
Créditos
Índice
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Epílogo
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¿PANDORA?
Nada más ver el siguiente nombre en su lista de candidatas a niñera, el SEAL de la Armada Calder Remington supo todo lo que necesitaba saber. Sería miembro de la asociación de amantes de los unicornios o una mujer excéntrica. Las últimas cuatro mujeres le habían parecido agradables, pero les faltaba experiencia.
A los veintiocho años, ¿qué conocimientos podría tener Pandora?
Calder se había resignado a ni siquiera permitirle entrar en la casa cuando sonó el timbre. Dejó la lista y suspiró. Miró a Quinn, que tenía ocho meses y que jugaba en el suelo con su ballena de peluche preferida.
–Será mejor que acabemos con esto, ¿verdad, amigo?
–¡Gah!
Calder negó con la cabeza.
–Eso es justo lo que yo pienso.
Abrió la puerta a una joven pequeña y morena cuyas gafas de pasta negra le parecieron demasiado grandes para aquella cara.
–Eh, hola. Me envía la agencia Ángeles Terrenales para…
–Te agradezco que hayas venido… –el calor de agosto que entraba por la puerta hizo que empezara a sudar– pero necesito a alguien mayor.
–Ah… Quizá si pudiera darme una oportunidad… Ya sabe, probar mis servicios durante una semana y después decidir.
–Eres muy amable por ofrecerte, pero…
A Calder no le parecía posible, pero, cuando Pandora miró por encima de su hombro hacia el interior de la casa, palideció. Le sorprendió cuando le empujó a un lado y salió corriendo hacia el salón como si estuviera decidida a ganar una carrera.
Se dio la vuelta para ver qué diablos estaba haciendo y sintió que le temblaban las rodillas. Quinn se había puesto azul. Pandora lo tomó en brazos, le dio la vuelta y le dio cinco golpecitos en la espalda. Después volvió a darle la vuelta para hacer lo mismo en el pecho. No hubo resultados.
Aunque Calder fuese un SEAL de la Armada, un veterano en combate, jamás se había sentido tan impotente. Desde mayo, tenía pensado apuntarse a clases de primeros auxilios para bebés, pero entre el trabajo y sus obligaciones como padre soltero, estaban casi en septiembre y aún no había encontrado tiempo.
Pandora recolocó a su hijo una vez más y entonces, como por arte de magia, de la boca de Quinn salió una uva.
Calder se quedó con la boca abierta y Quinn empezó a llorar.
Pandora abrazó al niño, lo meció con suavidad y lo calmó mientras le cantaba una nana al oído.
Cuando los llantos de su hijo quedaron reducidos a algún hipido ocasional, ella le ofreció la mano a Calder.
–Perdone. Con los nervios, se me ha olvidado presentarme. Soy Pandora Moore.
Aún tembloroso, Calder le estrechó la mano a la mujer.
–Encantado de conocerte. Calder Remington –señaló entonces a su hijo–. ¿Dónde aprendiste esa… maniobra Heimlich para bebés?
–En Cuidados Infantiles básicos 101. El ahogamiento es la mayor causa de mortalidad infantil, lo cual es muy trágico teniendo en cuenta que la mayoría de los casos pueden evitarse –quitó el cuenco de uvas de la mesa del café y lo colocó sobre la repisa de la chimenea.
–Sí, bueno, has hecho que me sienta como un estúpido –respondió él metiéndose las manos en los bolsillos.
–Oh, no. No pretendía insinuar que fuese un mal padre.
–Lo entiendo –fuese o no su intención, las palabras le dolían, porque Calder sabía que eran ciertas. Quizá se le diesen bien muchas cosas, pero criar a un bebé no era una de ellas. Lo intentaba, pero, incluso después de llevar varios meses con Quinn, nada le parecía natural. Conclusión: se había cansado de buscar niñera–. ¿Cuándo podrías empezar? –le preguntó.
–¿Quiere decir que me quiere para el trabajo?
–Claro. Vamos a intentarlo. ¿Puedes empezar mañana por la mañana?
Ella se ajustó las gafas y sonrió tímidamente.
–Claro. La agencia dijo que era un puesto de interna, ¿no?
–Sí –Calder señaló hacia el final del pasillo–. Sígueme. Te mostraré tu habitación.
De pie en aquel dormitorio bañado por el sol, con su propio cuarto de baño y hasta un ventanal que daba al jardín lleno de árboles, Pandora tuvo que hacer un esfuerzo para no pellizcarse.
Después de todo lo que había pasado, aquello le parecía irreal. Además, Calder incluso parecía un gran tipo. Aunque tenía un físico impresionante, su instinto le decía que era un caballero. ¿En cuanto a aquella descarga indescriptible que había experimentado al darle la mano? Bueno, estaba decidida a ignorar eso.
–No te culpes si no te gusta el color –dijo él, refiriéndose a los tonos lavanda, naranja y verde lima que inundaban las paredes–. El último dueño se volvió loco con la pintura. Elegiremos algo que se adapte más a tus gustos.
–Amarillo –respondió ella automáticamente–. Siempre he querido tener una habitación con el tono del sorbete de limón.
–Pues decidido. En cuanto a la colcha, las toallas, las sábanas y esas cosas, me imaginé que te sentirías más cómoda usando las tuyas propias.
–Sí. Gracias –el único problema era que no tenía las suyas propias. Pero había logrado ahorrar algo de dinero. No pasaría nada por gastarse parte de sus ahorros en una colcha de flores perfecta a juego con las paredes.
Quinn se había quedado dormido en sus brazos.
La sensación de tener en brazos de nuevo a un bebé le pareció sublime.
A lo largo del último año, había tenido un puesto fijo como niñera hasta que la familia de Norfolk había tenido que trasladarse al extranjero. Pandora había tenido que cuidar a dos niñas de cinco y siete años. Durante ese tiempo, y hasta la actualidad, había vivido en una habitación sombría y pequeña en el sótano de un centro de rehabilitación. La grandeza de aquel trabajo y las ventajas secundarias que incluía eran demasiado maravillosas para absorberlas todas de golpe, así que se las guardó dentro como si fueran un regalo secreto que no abriría hasta tener algo de intimidad. No. No pensaría en todas las repercusiones hasta que Calder no firmara los papeles de la agencia y eso le acercara un paso más a conseguir su sueño.
–¿Quieres que lo tome yo en brazos? –preguntó su nuevo jefe mientras la guiaba hacia el recibidor.
–Gracias, pero estoy bien –y lo estaba. Le acarició al bebé la cabeza con la nariz y aspiró aquellos olores tan familiares–. Si no es una pregunta demasiado personal, ¿dónde está la madre de Quinn?
–No es que quiera ser evasivo, pero es una larga historia que se cuenta mejor con unas cervezas.
–Ah –¿bebía? Esperaba que no, pero probablemente eso fuese esperar demasiado.
–Vamos. Te enseñaré la habitación de Quinn y el resto de la casa. Solo llevamos aquí unas semanas. Mi horario ha hecho que fuese difícil decidir la fecha.
–¿Trabaja muchas horas extra?
Él resopló mientras la conducía hasta el cuarto del bebé.
–Supongo que podría decirse así. Perdona… sigo un poco desconcertado por el incidente de la uva. Soy SEAL de la Armada. Con frecuencia en mi trabajo me reclaman sin apenas antelación. Por ejemplo, puede que te diga que estaré en casa para cenar, pero entonces me den una misión y no vuelva hasta seis meses más tarde. Cierto, normalmente no es tanto tiempo, pero puede ocurrir. Técnicamente, por esa razón, mi madre tiene la custodia compartida de Quinn. Pero, dado que ella vive en Carolina del Norte, te necesito aquí para cualquier contingencia inmediata. Por eso era imprescindible contratar a alguien mediante una agencia. Necesito saber no solo que eres de fiar y cuidas bien al bebé, sino que tienes buenas referencias y experiencia que me permita estar seguro al cien por cien de que estás haciendo un trabajo excelente. De ese modo, puedo centrarme por completo en lo que hago, lo cual hace que mi vida sea mucho más tranquila.
Pandora deseaba tener la misma confianza en sí misma que parecía tener Calder. Aunque, en su cabeza, había dejado atrás el pasado, en su corazón la crisis permanecía.
–¿Cómo puede soportar estar lejos de esta monada de niño?
–Supongo que, en mi trabajo, no tengo muchas opciones. Vamos, te enseñaré la cocina.
Pandora le siguió.
–Esto no es nada del otro mundo –continuó él al llegar a la cocina–. No pretendo que cocines para mí. Solo asegurarme de que Quinn coma bien. En el banco tengo una cuenta abierta para gastos de la casa. Puedes usarla para comprar comida, pañales… cualquier cosa que necesitemos aquí o para Quinn.
Ella asintió, aunque por dentro sintiese como si estuviera soñando. ¿Cuántas veces se había ido a la cama con hambre porque no tenía dinero para comprar comida?
«Aunque sí que conseguiste ahorrar lo suficiente para otras cosas», le recordó su conciencia alegremente.
–Gracias de nuevo por darme esta oportunidad. Cuidaré de Quinn como si fuera mío.
Una mala elección de palabras, teniendo en cuenta lo que le había ocurrido a su querida Julia.
–Creo que soy yo quien debería darte las gracias –Calder sacó una llave de un cajón meticulosamente organizado y se la entregó–. Toda la gente que conozco que tiene hijos dice que la agencia para la que trabajas no se anda con tonterías a la hora de contratar al personal más cualificado.
Pandora sabía que eso era cierto. Su mejor amiga, Natalie, sometía a todos sus empleados a pruebas exhaustivas. Pandora temía que la única razón por la que Natalie la hubiera contratado fuese la amistad que habían entablado en el restaurante en el que ella trabajaba como camarera en aquella época. Pero, aunque Natalie le asegurase una y otra vez que ese no era el caso, Pandora no lograba sentirse parte aceptable de la sociedad, ni creerse merecedora de buena suerte.
–¿Y bien? ¿Vas a contarme en algún momento cómo fue la entrevista?
Pandora, que estaba metiendo sus escasos libros en una caja, levantó la cabeza y vio a Natalie sentada en la cama de su habitación. Aunque se hubiese ofrecido a ayudar, hasta el momento no había hecho nada salvo hablar.
–Obviamente, fue bien. De lo contrario, Calder no me habría contratado.
–Soy yo la que rellenó los papeles. Quiero los detalles. ¿Descubriste qué le pasó a la madre de Quinn? Yo esperaba una explicación, pero nunca me la dio.
–Se lo pregunté, pero Calder me dijo que ya hablaría de ello en otro momento –Pandora omitió conscientemente la parte de las cervezas. No quería que su amiga se preocupara por que pudiera volver al lado oscuro.
–Interesante –dijo Natalie–. Me pregunto qué ocurriría para que se marchara. El tipo es tan guapo que duele solo mirarlo. ¿No te parece?
–No –mintió Pandora–. Y aunque fuera así, ¿qué iba a hacer yo? ¿No tienes una estricta política sobre no intimar con los clientes?
–Cierto, y agradezco que saques el tema, pero tendrías que estar ciega para no haberte fijado al menos en esa sonrisa… y esos hombros anchos. Dios mío… –Natalie se abanicó con la mano.
Pandora le lanzó una almohada a su amiga.
–Déjalo ya. Lo único que necesitas saber es que Calder parece un buen hombre y que el hecho de que me haya contratado es un milagro –tragó saliva para contener las lágrimas.
–Te mereces todo lo bueno que ha estado pasándote últimamente –Natalie se puso en pie y le dio un abrazo–. Nunca te habría sugerido para este trabajo si no pensara que eres capaz de hacerlo.
–Gracias –respondió Pandora–. Pero es duro, ¿sabes? No me lo esperaba. Durante años he soñado con llevar una vida normal y, ahora que me marcho de aquí y voy a vivir en un hogar precioso con un bebé adorable, yo… –le parecía que tenía demasiadas bendiciones. Lo único que le faltaba era su hija. Pero se prometió a sí misma que no sería por mucho tiempo.
Pandora se despertó a las cinco de la mañana del día siguiente. Calder decía que no tenía que estar en su casa hasta las siete, pero estaba tan excitada que no podía dormir más.
Se dio una ducha rápida, se vistió, se lavó los dientes, se secó el pelo y se lo recogió con una coleta. Después llevó las cajas al coche, deshizo la cama, barrió el suelo y limpió el polvo. Dado que la noche anterior ya había hablado con el consejero del centro y había rellenado los papeles necesarios para marcharse, a las seis ya se había despedido de las escasas mujeres que estaban despiertas, así que devolvió su llave. Se metió en su coche y se dirigió hacia su nuevo hogar sin mirar atrás.
Esa parte de su vida había acabado y no quería volver a pensar en ella.
Se metió en la autopista y llegó al vecindario de Norfolk donde vivía Calder treinta y cinco minutos antes de la hora. Pasó el tiempo dando vueltas con el coche, admirando el vecindario y el parque que había allí cerca, donde podría ir con Quinn a jugar.
Aparcó el coche frente a la casa de Calder y sintió una tranquila satisfacción que nunca antes había experimentado. Lo único mejor sería tener su propio hogar… cosa que conseguiría, aunque aquel era un primer paso muy importante.
–Vaya, llegas pronto.
Su nuevo jefe acababa de salir al porche descalzo y desnudo de cintura para arriba. Llevaba unos pantalones caquis y en brazos a Quinn, aún con el pijama puesto. A Pandora se le quedó la boca seca y tuvo que pensar durante unos segundos en qué decir.
Quinn se frotó los ojos y empezó a gimotear.
–Lleva de mal humor toda la mañana –dijo Calder mientras le ofrecía al niño–. Sujétalo tú y yo sacaré tus cosas.
–Puedo… puedo hacerlo yo –¿no le resultaría raro que tuviera tan pocas cosas?–. No quiero que te tomes ninguna molestia.
–No te preocupes –insistió él mientras le entregaba al bebé–. Ahora estamos juntos en esto –se quedó mirando entonces el asiento trasero del coche–. ¿Eso es todo? ¿O tienes un amigo que vendrá más tarde con una furgoneta?
–Eso es todo –agitó a Quinn y logró que sonriera.
El bebé le agarró las gafas y se rio mientras intentaba metérselas en la boca.
–Vaya –dijo ella riéndose–. Si quieres desayunar, necesitaré las gafas.
Calder pasó junto a ella con una caja de libros tan pesada que ella había tenido que parar cada pocos pasos para descansar. La miró de forma curiosa. Durante más tiempo del normal. ¿Iría todo bien? Por el olor acre de sus pertenencias no podría adivinar dónde había estado viviendo, ¿verdad? Muchas de sus compañeras de centro fumaban constantemente.
–Te he dejado una tarjeta de crédito en la mesa de la cocina –dijo Calder mientras entraba en la casa–. A Quinn apenas le queda comida, leche y esas cosas, así que probablemente tengas que solucionar eso y comprar lo que quieras para ti. Normalmente yo compro comida rápida cuando vuelvo del trabajo. Si tienes algún problema, llámame al móvil. El número está en el frigorífico. ¿Cuál es tu número?
–No… no tengo –demasiado caro. Solía llamar a Julia los sábados desde la cabina que había frente al centro.
–Ah, vaya. Bueno, pues solucionaremos eso. Por cierto, mientras haga buen tiempo, utiliza mi utilitario, porque allí están la sillita y el carrito de Quinn. Las llaves están colgadas junto a la puerta del garaje. Ah, y puedes aparcar tu coche en el garaje. Hay espacio de sobra.
–¿Y cómo irás tú a trabajar?
–En moto. Normalmente solo la uso los fines de semana, pero así tendré una buena excusa para montar.
–Oh –tenía el torso y los brazos muy bronceados. ¿Trabajaría mucho al aire libre? ¿Estaría mal que le costase fijarse en algo que no fuese su intensa masculinidad?
–¿Está buena? –Mason Brown, amigo y compañero de trabajo de Calder, también llamado «Hombre de Nieve» porque se había criado en Alaska y nunca tenía frío, se terminó el sándwich y lanzó el envoltorio a la papelera. Falló el tiro.
–¿Quién? –preguntó Calder mientras abría una bolsa de patatas fritas. Habían pasado toda la mañana metidos en un aula estudiando los mecanismos de las bombas inteligentes. El aire fresco resultaba agradable. Además hacía buen día, para variar. No demasiado cálido. Compartían una mesa de picnic junto a otros amigos.
Frente a Calder estaba Heath «Saltador» Stone, que se había ganado el apodo por su costumbre de saltar cualquier obstáculo cuando iba corriendo a toda velocidad.
Junto a él se hallaba Cooper «Vaquero» Hansen. Corría el rumor de que se había presentado a su clase de Demolición Submarina montado a caballo, pero Calder sospechaba que simplemente se había criado en un rancho.
El grupo estaba rodeado por un puñado de tipos casados y aburridos que no hablaban más que de sus esposas y de sus hijos. Deacon y Garrett antes eran divertidos, pero últimamente Calder tenía que esforzarse por comportarse con normalidad cuando estaba con ellos. Quería a Quinn porque era su hijo, pero también le gustaba la vida que se había construido para sí mismo.
El compromiso no era lo suyo.
Le encantaba su trabajo. Lo suyo era ver el mundo y experimentar los torrentes de adrenalina. Antes de Quinn, el apartamento que compartía con Mason, Heath y Cooper no había sido más que una escala entre aventuras.
–Tío, la niñera –dijo Heath–. ¿Está buena?
Mason soltó un gemido.
–En la escala de sensualidad, las niñeras compiten en el mismo rango que las maestras de guardería. Me gusta pensar que hay mucha perversión debajo de esa fachada inocente.
Calder se cruzó de brazos.
–Mostrad un poco de respeto. Es agradable y sabe cómo hacerse cargo de Quinn –y, aunque no lo mencionaría delante de sus amigos, cuando Quinn le había quitado las gafas y ella se había reído, no había podido evitar quedarse mirándola. En ese momento, con el sol de la mañana iluminando su rostro, le había parecido auténticamente guapa–. He tenido mucha suerte al encontrarla, y no querría estropear una buena relación laboral haciendo que fuese algo personal.
–Tú sigue repitiéndote eso, tío –dijo Mason.
–Bajad la voz –intervino Garrett desde el otro extremo de la mesa. Su esposa, Eve, y él acababan de tener un hijo y Garrett estaba obsesionado con enseñarles a todos los últimos vídeos del niño en el móvil–. Mi hijo está hablando…
Calder negó con la cabeza. Siendo padre de un niño, sabía que los bebés no eran expertos comunicadores. Se sentía culpable por no sentirse más apegado a su hijo. ¿Qué le pasaba? Cuando Pandora le había preguntado cómo soportaba estar lejos de Quinn, no había dado una buena respuesta. Encargarse uno solo de un bebé era muy estresante, así que, cada vez que tenía la oportunidad de huir, lo hacía.
¿Por qué entonces no echaba de menos a su bebé ni le hacía cientos de fotos con el móvil? Generalmente sentía como si le faltaran los genes más básicos de padre. Probablemente tuviera algo que ver con el modo abrupto en que Quinn había entrado en su vida.
Pero, ahora que por fin había encontrado una niñera, podría hacer lo mejor para su hijo y al mismo tiempo volver a hacer lo que mejor se le daba. Matar terroristas y seducir a mujeres.
CUANDO Calder se marchó aquella mañana, para Pandora la casa adquirió esa paz casi reverencial que antes solo había encontrado en una iglesia. Tenía a Quinn apoyado en la cadera y caminaba descalza mientras se fijaba en todo.
Al rebuscar en la cocina confirmó que Calder tenía razón al aconsejarle que fuera de compras. A no ser que Quinn y ella quisieran potitos de melocotón, zanahorias o batidos de proteínas para desayunar, comer y cenar, la prioridad del día era ir a la tienda.
Al ver la batidora sobre la encimera, decidió que el niño no tomaría más comida preparada.
–A partir de ahora vas a comer como un rey, cariño.
Quinn se rio cuando le pinchó suavemente la tripa con el dedo.
En el restaurante donde había trabajado tras recuperar la normalidad en su vida, se había hecho amiga del chef. Enorme, divertido y francés, el chef le había enseñado a preparar casi todo lo que había en el menú, así como algunas cosas que no estaban. Había sido la única figura paterna amable que Pandora había conocido, y su fulminante ataque al corazón había hecho que estuviera a punto de volver a perder el rumbo. Lo único que recordaba de su padre biológico era que se pasaba la vida golpeando a su madre, a veces también a ella, y que un día ya no volvió más. Pandora habría pensado que su madre se alegraría, pero en cambio sufrió una depresión y murió de sobredosis antes de cumplir los cuarenta y tres años. Pandora, que por entonces tenía dieciséis años, la echaba de menos, pero prácticamente se había criado a sí misma.
El hecho de que su madre se hubiese destruido debería haberle servido de advertencia para llevar una vida mejor, pero gracias a la terapia Pandora se daba cuenta de que había entrado en el mismo círculo autodestructivo que ella.
Se quedó mirando por la ventana de la cocina y le dijo al bebé:
–¿Qué te parece si, de ahora en adelante, nos concentramos solo en nuestro asombroso futuro?
Quinn se limitó a balbucear.
–Tenemos muchas cosas que hacer. No solo ir a comprar comida. Además tienes que ayudarme a encontrar una colcha muy bonita y todos los detalles.
El niño se quedó mirándola con los ojos muy abiertos.
–Sé que eres un chico y que probablemente no te importe mucho que las cosas sean bonitas, pero, si hubieras pasado los últimos años viviendo donde yo he vivido, también querrías estar rodeado de cosas bonitas.
Resultó que el coche de Calder era tan maravilloso como su hogar.
El poderoso motor del Land Rover no petardeaba cuando se detenía en los semáforos, y la tapicería de cuero olía de maravilla. Por el espejo retrovisor controlaba regularmente a Quinn, que iba contento en su asiento mordisqueando un sonajero. Incluso él parecía disfrutar del paseo.
Se detuvieron en varias ocasiones para encontrar el juego de cama perfecto y unas suaves toallas amarillas a juego. Se quedó casi sin dinero al hacer las compras, pero mereció la pena.
Con las compras en el maletero, Quinn y ella se dirigieron hacia el supermercado.
Pandora nunca había comprado tanta comida al mismo tiempo. Leche y huevos. Fruta, carne y verduras. Al llegar a la caja registradora, el total de la compra le pareció increíblemente alto. Se le aceleró el pulso y empezaron a sudarle las palmas de las manos. ¿Funcionaría la tarjeta que Calder le había dado?
–¿Me permite ver su carné? –preguntó la chica de la caja.
–Claro. Pero yo soy la niñera y esta es la tarjeta de mi jefe –mientras Quinn se ponía cada vez más nervioso en su carrito, Pandora hurgó en su bolso en busca de su carné de conducir.
–Perdone –la mujer le devolvió la tarjeta de Calder–. No estoy autorizada a aceptar ninguna tarjeta sin un carné.
–Por favor –le rogó Pandora–. Mi bebé tenía que haber comido hace rato y…
–Acaba de decir que no es suyo.
–Bueno, sí, pero ya sabe lo que quiero decir. ¿No podemos preguntárselo al encargado?
–¿No tiene una forma alternativa de pago?
–No –y aquella era la única caja abierta y se había formado cola tras ella. Sin otra cosa que hacer, la gente empezó a mirarla.
–¿Hay algún problema? –preguntó el encargado.
Pandora le explicó la situación.
Quinn empezó a llorar.
–Por favor –lo sacó del carrito y empezó a agitarlo sobre su cadera.
–Mire, lo siento. Parece una buena mujer, pero la empresa nos obliga a comprobar todas las compras con tarjeta de crédito. Hay mucho fraude por esta zona y, si su tarjeta resulta que es robada, yo pierdo mi trabajo. ¿No puede ponerse en contacto con su jefe? Que venga aquí y nos muestre su carné. Entonces le abriré una cuenta y la próxima vez que venga no habrá ningún problema.
Pandora se quedó mirando el carro de la compra. Le había llevado casi una hora recopilarlo todo. ¿Calder se enfadaría si le llamaba al móvil?
Con Quinn llorando con más fuerza que nunca, tomó aliento y marcó el número en el teléfono de la tienda.
–Perdona –dijo Calder mientras caminaba apresuradamente hacia Pandora y Quinn. Con un carro de la compra lleno junto a ella, Pandora se había sentado en un banco situado frente al despacho del encargado de la tienda–. Soy un idiota por no haber pensado en esto.
–¿No estás enfadado? –preguntó ella con evidente alivio–. Porque siento haber tenido que llamarte. Pero el bebé tiene hambre y no sabía qué hacer.
–¿Cómo voy a estar enfadado cuando esto ha sido culpa mía? Debería haberlo pensado.
Tras aclarar la situación con el encargado, Calder pagó la compra y empujó el carro siguiendo a la niñera y a su hijo hacia el coche.
–Deja que ponga a Quinn en su asiento y después lo guardaré todo. Tú puedes volver a trabajar.
–No tengo prisa –Calder ya había abierto el maletero y estaba guardando las bolsas.
–Aun así… –respondió ella tras sentar a Quinn en su sillita–. Este es mi trabajo.
–Mira, Pandora, puede que técnicamente yo esté al mando, pero ¿en la práctica? –se carcajeó–. Eres tú la que tiene todas las respuestas. Puede que a mí se me dé bien colocar explosivos, pero el pasillo de bebés del supermercado me supera. Nunca sé qué tipo de leche comprar, y lo de la comida para bebés es demasiado para mí. Eso nos convierte en un equipo, ¿de acuerdo?
Pandora sonrió, se subió las gafas con el dedo y asintió.
–Al menos deja que te ayude.
Cuando se acercó a él, sus antebrazos se rozaron y Calder captó el aroma floral de su pelo. Tal vez hiciera demasiado tiempo desde que no estaba con una mujer, o tal vez agradeciera tener al fin a alguien que le ayudara con Quinn. En cualquier caso, estar cerca de ella le hacía sentirse alerta.
Un minuto más tarde habían terminado de llenar el maletero.
–Te seguiré hasta casa para guardarlo todo.
–De verdad, puedo encargarme yo –le aseguró ella.
Pero, dado que a él le habían educado para meter siempre la compra en casa, Calder insistió.
Durante el trayecto a casa de Calder, Pandora se sintió increíblemente aliviada. Él no solo no se había enfadado por tener que interrumpir su día para ayudarla, sino que además había sido todo un caballero. ¿Y ahora se ofrecía a vaciar el coche? Asombroso.
Cuando aparcó en el garaje, metió a Quinn en casa mientras Calder se encargaba de las bolsas.
