Un mes de amor - Miranda Lee - E-Book

Un mes de amor E-Book

Miranda Lee

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Beschreibung

La estrella de la televisión Rico Mandretti había cautivado a todo Sidney con su encanto, su atractivo y su amor por la buena cocina... Pero nadie sabía que el rico italo-australiano tenía otra pasión además de la pasta. Aunque sabía que Renée Selensky lo despreciaba, no conseguía quitársela de la cabeza. Si al menos pudiera estar con ella una noche y después olvidarla... Entonces el destino le proporcionó la jugada perfecta por la que consiguió ganar una apuesta... que incluía a Renée como parte del botín. Sería suya durante un mes...

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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 2003 Miranda Lee

© 2018 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Un mes de amor, n.º 1491 - septiembre 2018

Título original: Mistress for a Month

Publicada originalmente por Mills & Boon®, Ltd., Londres.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Bianca y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.: 978-84-9188-646-4

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

 

 

 

 

 

RICO Mandretti saltó al interior de su Ferrari rojo y no se dirigió hacia el hipódromo Randwick, sino hacia las afueras de Sidney, a casa de sus padres. Sus planes habían cambiado. La noche anterior los había cambiado.

–Hoy no –murmuró mientras aceleraba por los barrios del este de Sidney, ajeno a las miradas que recibía de la mayoría de las mujeres que circulaban en sus coches cerca de él.

Una sola mujer ocupaba la mente de Rico durante aquellos días. Anhelaba que lo mirara como si fuera un hombre que mereciera la pena, no como si fuera una especie de playboy sin sustancia ni clase.

Durante cinco años había aguantado su lengua viperina en la mesa de juego cada viernes por la noche, así como en las carreras los sábados por la tarde.

Cinco años era mucho tiempo para tolerar aquel tratamiento. Demasiado tiempo.

Sin embargo debía confesar que hasta la noche anterior había disfrutado de sus intercambios verbales de un modo un tanto perverso, a pesar de que Renée solía ganarle la batalla casi siempre. Cuando unos meses antes lo sometió temporalmente a un tratamiento de indiferencia, no le gustó nada. Durante aquel duro periodo comprendió que prefería que se metiera con él a que lo ignorara.

A pesar de todo, Renée se había pasado la noche anterior.

Pero Rico no estaba dispuesto a volver a ser la diana de su cáustica lengua de nuevo en las carreras. ¡Ya había tenido más que suficiente!

Trató de centrarse en la conducción, pero en la ciudad no podía disfrutar acelerando su coche, de manera que tampoco pudo liberar su frustración de aquel modo. Unos momentos después estaba detenido ante un semáforo y maldiciendo porque no lograba dejar de pensar en su némesis.

Renée ya estaría en el hipódromo, probablemente sentada en el exclusivo bar de los socios, consumiendo una copa de champán con su habitual clase, sin preocuparse en lo más mínimo porque no hubiera aparecido, mientras él estaba en su coche, cada vez más nervioso y ya arrepentido de su decisión de no acudir a las carreras. Le encantaban las carreras de caballos. Eran una de las pasiones de su vida. Y también de la de ella, desafortunadamente.

Así fue como conoció a Renée; a través de la pasión que ambos compartían por las carreras de caballos. Cinco años atrás, ella se unió como tercera socia a la agrupación que Rico y su mejor amigo habían formado con la ayuda de Ward Jackman, uno de los preparadores de caballos más prestigiosos de Sidney.

Rico aún recordaba el día que conoció a la hasta entonces misteriosa señora Selinsky. Los tres socios se reunieron en las carreras de Randwick para ver la primera carrera de su caballo, una encantadora potranca llamada Flame of Gold.

Antes de aquel día, Rico no sabía que su socia Renée era también la dueña de la agencia de modelos Renée y la viuda de Joseph Selinsky, un banquero muy rico que tenía casi cuarenta años más que su segunda esposa y que había muerto el año anterior. Sí sabía que era una viuda rica, pero había imaginado a una mujer entrada en carnes de unos sesenta o setenta años con más dinero del que podía gastar y cierta afición por el juego.

Nada había preparado a Rico para la elegante, sofisticada e inteligente mujer de treinta años que resultó ser la señora Selinsky. Y, desde luego, nada lo había preparado para el instantáneo rechazo que manifestó hacia él. Estaba acostumbrado a ser mimado por el sexo opuesto, no justo al contrario.

Mirando atrás, debía reconocer que se sintió atraído por ella desde el primer momento, a pesar de que iba acompañado de otra mujer. De hecho, de su prometida, Jasmine. La brillante, chispeante y bella rubia Jasmine. Se creyó enamorado y se casó con ella un mes después.

Fue un matrimonio maldito desde el principio. Si él hubiera sabido entonces lo que supo luego…

¿Pero habría cambiado algo por ello?, se preguntó mientras apoyaba la mano en la palanca de cambios, impaciente por que el semáforo se pusiera verde. ¿Y si se hubiera dado cuenta antes de la boda de que Jasmine era una cazafortunas sin escrúpulos? ¿O de que su supuesto amor por ella era el mero resultado de los inteligentes y constantes halagos que ella le prodigaba? ¿Y si hubiera roto con su prometida y se hubiera dedicado a la enigmática y sorprendente Renée?

Probablemente ella habría reaccionado de un modo distinto con él si hubiera estado disponible cinco años atrás, en lugar de comprometido y supuestamente enamorado de su novia.

Después de todo era Rico Mandretti, el productor y estrella principal de A Passion for Pasta, el programa de cocina de más éxito de la televisión en aquellos tiempos. Evidentemente, la viuda alegre, como pronto dio en llamarla, ya conocía por entonces el valor de un dólar, pues ya se había casado en una ocasión por dinero. Rico no podía imaginar a una mujer de su juventud y belleza casándose con un hombre de más de sesenta por amor.

Aunque en aquella época él no tuviera tanto dinero en el banco como el marido de Renée había tenido, no le iba mal y, como quedó claro con el tiempo, las cosas le fueron aún mejor. Su pequeño espectáculo de cocina, como solía llamarlo burlonamente Renée, se emitía ya en veinte países y el dinero no dejaba de entrar, pues también publicaba libros y había abierto una cadena de restaurantes A Passion for Pasta en todas las ciudades importantes de Australia.

Aparte de su potencial, entonces sólo tenía veintinueve años y estaba cargado de testosterona y confianza en sí mismo.

A Rico le gustaba pensar que Renée habría caído en sus brazos si no hubiera estado comprometido, pero sabía que se engañaba a sí mismo. Ya hacía dos años que se había separado de Jasmine, y la actitud negativa de Renée hacía él no había cambiado lo más mínimo. En todo caso, mientras su deseo por ella no dejaba de crecer, ella se mostraba aún más hostil con él.

Le dolía constatar que no encontraba nada atractivo en él. De hecho, estaba claro que lo despreciaba. ¿Por qué? ¿Qué había hecho él para despertar aquel antagonismo? ¿Sería a causa de su origen italiano? A veces solía decir que parecía el típico «latin lover», todo hormonas y nada de cerebro.

Rico sabía que era más que eso… pero no precisamente cuando estaba cerca de ella. Últimamente, cada vez que Renée volvía sus preciosos ojos verdes hacia él y hacía uno de sus comentarios mordaces, Rico se transformaba en la clase de machito sin cerebro que ella obviamente pensaba que era. Su habilidad para jugar al póquer se veía afectada, ¡o para cualquier cosa! Su famoso encanto se esfumaba junto con su capacidad para pensar.

Pero aún podía sentir. A pesar de que su sangre hirviera a causa del más oscuro de los resentimientos, su cuerpo ardía de deseo. Y aquel era el motivo por el que quería evitar a toda costa a su némesis aquel fin de semana. Temía estar a punto de sufrir una combustión espontánea. ¿Quién sabía lo que sería capaz de decir o hacer si Renée volvía a meterse con él como la noche anterior?

–Si te hubieras casado con alguien como Dominique, Rico –había comentado ella después de que Charles les anunciara que su esposa y él esperaban un bebé–, a estas alturas ya tendrías uno o dos hijos. Si te gusta tanto la idea de un matrimonio tradicional y una familia como sueles asegurar, deja de juguetear con las Leannes de este mundo y búscate una buena chica que te dé lo que supuestamente quieres.

Rico había tenido que morderse la lengua para no contestar que se llevaba a mujeres como Leanne a la cama para quemar la frustración que le producía no poder acostarse con ella.

De algún modo, logró dedicarle una enigmática sonrisa y tuvo la satisfacción de ver que sus ojos se oscurecían a causa de alguna frustración propia.

¡Para variar, un punto para él!

¿Pero durante cuánto tiempo iba a poder controlarse? Se temía que no mucho más.

Charles y Alí no sabrían qué les había caído encima cuando explotara. Era posible que Rico hubiera nacido y se hubiera criado en Sidney, pero era italiano de pies a cabeza y su temperamento también lo era.

Renée lo había tildado en una ocasión de campesino, cosa que era bastante cierta. Procedía de una familia de campesinos. ¡Y a mucha honra!

En comparación, los otros dos compañeros de Rico en las partidas de los viernes por la noche eran caballeros de sangre azul. Su mejor amigo era Charles Brandon, un poco mayor que él y dueño de Brandon Beer, la fábrica de cerveza más importante de Australia. Alí era el príncipe Alí de Dubar, el hijo más joven de un rico jeque árabe que se ocupaba desde hacía diez años de los intereses de su familia en Australia.

Ambos habían nacido ricos, pero ninguno era la clase de rico perezoso, mimado y frívolo a los que tanto despreciaba Rico.

Charles había pasado años trabajando duro para sacar el negocio de la familia de la bancarrota tras la muerte de su derrochador padre, que dejó la fábrica casi en la ruina. Lograrlo había requerido agallas, voluntad y visión de futuro, tres cualidades que Rico admiraba.

Alí tampoco se comportaba precisamente como un príncipe mimado. Trabajaba mucho dirigiendo una cuadra de sementales que ocupaba más de mil acres en el valle Hunter. Rico había visto con sus propios ojos la intensidad con que trabajaba.

De hecho, había sido Alí el que había reunido a los cuatro jugadores de póquer. Él era el criador de Flame of Gold. Después de que la potranca ganara la carrera Silver Slapes Stakes, sus tres dueños y el criador cenaron juntos para celebrarlo. Mientras se daban un festín de marisco en un restaurante en el puerto descubrieron su mutuo amor por los caballos y también por las cartas. Al parecer, todos llevaban el juego en la sangre. Jugaron su primera partida de póquer aquella noche y acordaron reunirse a jugar cada viernes por la noche a partir de entonces.

La única excusa para no presentarse en la suite presidencial del hotel Regency era estar de viaje en el extranjero o haber caído enfermo. Allí era donde se alojaba Alí cada fin de semana. Llegaba en helicóptero el viernes por la noche y se iba el domingo por la tarde.

Rico sonrió con ironía al recordar que, cuando se lesionó la rodilla esquiando, insistió en que los demás fueran a su habitación en el hospital para echar su partida de los viernes. Pero la tarde no fue precisamente un éxito, sobre todo porque Alí tuvo que llevarse a sus guardaespaldas.

Mirando atrás, debía reconocer que su insistencia en jugar aquella noche de todos modos había puesto de relieve su creciente obsesión por la viuda. No había podido soportar la idea de no verla aquella semana. ¡Pero en aquellos momentos no estaba seguro de poder soportar volver a verla! Estaba llegando al límite de su paciencia. Algo tenía que suceder, y pronto.

La tensión de Rico mermó un tanto cuando salió a las afueras de la ciudad y empezó a pasar por lugares familiares para él. La pequeña escuela de primaria a la que asistió de niño. El riachuelo en que solía bañarse los veranos. El viejo ayuntamiento en que tomó clases de baile para disgusto de su padre.

Aún siendo un niño Rico había decidido llegar a ser una estrella. Cuando tenía doce años, planeó una carrera en los escenarios cantando y bailando. Pero a pesar de que su técnica de baile era excelente, llegó a ser demasiado alto y grande como para parecer tan elegante y grácil como los bailarines más pequeños. Además, cantando dejaba mucho que desear. Una vez desestimado aquel camino, centró su ambición en convertirse en actor y empezó a verse a sí mismo como el John Travolta australiano. La gente solía decir que se parecía a él.

Pero su carrera de actor tampoco fue bien, sobre todo porque no logró entrar en ninguna de las elitistas y restringidas academias de actores de Australia. Consiguió algunos papeles en algunos culebrones además de un par de anuncios para televisión y un papel pequeño en una película para televisión, pero en la mayoría de las audiciones le decían que era demasiado grande y que su aspecto era demasiado italiano.

Aunque no totalmente convencido, Rico finalmente comenzó a buscar una manera de ganarse la vida tras las cámaras. Producir y dirigir se convirtió en su nueva ambición, tanto en televisión como en la floreciente industria cinematográfica australiana. Trabajando para producciones Fortune, responsable de los programas más populares de televisión de la época, aprendió mucho. Observó y aprendió hasta que decidió que estaba preparado para dirigir su propio programa.

Con el apoyo de su numerosa familia, tenía tres indulgentes hermanos mayores y cinco hermanas mayores que lo adoraban, comenzó la producción de A Passion for Pasta, pues había notado que los programas de cocina estaban en auge. Pero el chef australiano italiano que contrató para el programa piloto era un desastre ante las cámaras y, a pesar de no tener práctica formal como chef, Rico ocupó su lugar y pronto quedó claro que aquello era lo que mejor se le daba. De pronto, su tamaño no importaba, su aspecto italiano era una ventaja y el acento italiano que sabía imitar sin ningún problema dio un toque de autenticidad al programa. También ayudó que fuera un buen cocinero aficionado, pues su madre le había enseñado. De hecho, había sido la pasión por la pasta de la señora Mandretti, y su creatividad con el producto, lo que inspiró el título del programa y su contenido.

A Passion for Pasta fue un éxito inmediato en cuanto Rico encontró un comprador, y desde entonces no había mirado atrás.

Aunque ninguno de sus éxitos había impresionado nunca a Renée. Pero sí impresionaron a Jasmine, que sabía reconocer algo bueno cuando lo veía.

Rico hizo una mueca al recordar a la cazafortunas con que se casó. Aún estaba atónito por la cantidad que le había asignado el juez por haber sido una esposa mimada durante tres años.

Pero había merecido la pena por librarse de ella, aunque no le había gustado nada que se quedara con su apartamento en la playa y su coche favorito, un Porsche negro que adoraba.

El negro siempre había sido su color favorito, tanto para la ropa como para sus coches. Había comprado el Ferrari rojo que conducía siguiendo un impulso. Se dijo que un cambio era tan bueno como unas vacaciones, algo de lo que se había arrepentido recientemente, cuando Renée le había visto entrar en él en el aparcamiento del hipódromo.

–Debería haber supuesto que el Ferrari era tu coche –dijo con un gesto delicadamente desdeñoso–. ¿Qué más podría conducir un playboy italiano?

En aquella ocasión, y como solía sucederle deprimentemente a menudo durante aquellos días, no fue capaz de pensar con la suficiente rapidez en una respuesta cortante, y Renée se alejó en su elegante BMW con una sonrisa de superioridad en el rostro.

Pensar en aquella mujer hizo que su ceño volviera a fruncirse. Se había prometido no volver a pensar en aquella bruja aquel día. ¡Ya había pensado lo suficiente en ella como para estar harto para toda la vida!

La visión de un conocido buzón que apareció a su derecha en la carretera hizo que se suavizara rápidamente su ceño.

La propiedad de sus padres no era nada lujosa. Consistía en unos acres de tierra ajardinada y en una casa de dos plantas construida en un pequeño promontorio en medio del terreno. Pero el corazón de Rico pareció expandirse ante su visión y ya estaba sonriendo cuando entró en el sendero.

No había nada como volver a casa, como volver a estar con las personas que de verdad lo conocían a uno y lo querían de todos modos.

Capítulo 2

 

 

 

 

 

TERESA Mandretti estaba recogiendo algunas hierbas de su jardín cuando notó que alguien se movía a su lado.

–¡Enrico! –exclamó al ver que su hijo pequeño se encaminaba hacia ella–. Me has sobresaltado. No te esperaba hasta mañana.

El primer domingo de casa mes solía celebrarse una comida familiar en casa de los Mandretti a la que asistían todos los que podían.

–Mamá –Rico abrió los brazos y envolvió a su madre con su fuerte corpachón de un metro noventa. Su padre no era un hombre grande pero, por lo visto, él había salido a su abuelo paterno, Frederico, que había sido un hombretón y que murió a los treinta y cinco años en una pelea provocada por los celos. Teresa no llegó a conocerlo, pero suponía que Enrico había heredado parte de sus genes. Su hijo pequeño también tenía mucho genio.

–¿Has comido? –preguntó cuando Rico la soltó por fin. Le encantaban los abrazos, como a todos los Mandretti. Ella provenía de una familia mucho más reservada y probablemente por ello encontró tan atractivo a Frederico Mandretti cuando lo conoció. Él hizo caso omiso de su timidez y la metió en su cama sin darle tiempo a decir no. Pocas semanas después se casaba ya embarazada. Emigraron a Australia pocos meses después, justo a tiempo para que diera a luz a su primer hijo, Frederico tercero, en el nuevo país.

–No, pero no tengo hambre –fue la sorprendente respuesta de su hijo.

Teresa entrecerró los ojos. ¿Que no tenía hambre? ¿Su Enrico, que podía comerse una vaca entera? Algo no marchaba bien.

–¿Qué sucede, Enrico? –preguntó, preocupada.

–No sucede nada, mamá. En serio. He desayunado tarde y mucho. Eso es todo. ¿Dónde está papá?

–Ha ido al canódromo de Appin. Tío Guiseppe tiene hoy un par de corredores.

–Papá debería comprarse un par de galgos. Caminar le sentaría bien para librarse de la grasa. Creo que últimamente ha comido demasiado pasta.

Teresa torció el gesto.

–¿Estás diciendo que tu padre está gordo?

–No exactamente gordo. Sólo bien alimentado.

Teresa sospechaba que Enrico estaba evitando deliberadamente hablar de sí mismo. Conocía bien a todos sus hijos, pero a Enrico lo conocía aún mejor que a los demás. Había llegado cuando ya no esperaba más hijos y después de haber tenido cinco chicas seguidas.

Había sido un niño mimado, por supuesto, especialmente por sus hermanas. Pero a pesar de las rabietas que le entraban cada vez que no conseguía lo que quería, Enrico había sido un niño encantador que se había convertido en un hombre encantador. Todos en la familia lo adoraban. Teresa nunca lo habría admitido abiertamente, pero Enrico ocupaba un lugar especial en su corazón, probablemente porque era el pequeño. Su hermana más cercana tenía diez años más que él, y eso le había permitido dedicarle mucho tiempo mientras lo criaba. Enrico solía seguirla como un perrillo faldero, y madre e hijo estaban muy unidos.

Por ese motivo no podía engañarla. Aparte de sus sospechosa falta de apetito, sabía que algo tenía que haber surgido para que no fuera a las carreras un sábado por la tarde. Su intuición de madre le hizo sentir que la causa era una mujer. Probablemente Renée, la mujer de la que Enrico no paraba de hablar pero que ella no había llegado a conocer, con la que jugaba al póquer los viernes y con la que compartía un caballo de carreras. Teresa solía captar un extraño matiz en el tono de Enrico cada vez que la mencionaba.

Y la mencionaba a menudo.

Le habría gustado preguntarle sobre ella, pero sospechaba que abordar de forma directa el tema sería una pérdida de tiempo. A los treinta y cinco años, hacía tiempo que su hijo pequeño había sobrepasado la edad en que confiaba a su madre los problemas de su vida personal. Pero si hubiera consultado con ella antes de casarse con Jasmine, le habría ahorrado mucho sufrimiento y problemas.

Aquella mujer era una arpía. Y muy lista. Antes de la boda se había mostrado encantadora con la familia Mandretti, pero después dejó de acudir gradualmente a las reuniones familiares, con excusas cada vez más pobres hasta que ya no le quedó ninguna que utilizar.

Afortunadamente, Jasmine ya era agua pasada. Aunque a Teresa no le gustaban los divorcios, era muy realista. Algunos divorcios eran como tomar la píldora. Una necesidad. Pero no quería que Enrico repitiera el mismo error liándose con otra mujer inadecuada.

–¿Jugaste tu partida de cartas anoche? –preguntó a la vez que se agachaba para arrancar unas hojas de menta.

–Por supuesto –fue la escueta respuesta de Enrico.

–Supongo que Charles está bien, ¿no?

Charles era el único compañero de los tres con los que solía jugar Enrico al que había conocido, a pesar de que los había invitado a varias partidas en su casa a lo largo de los años. La tal Renée era un poco como Jasmine, que siempre buscaba alguna excusa para no acudir. El otro hombre, el jeque árabe, también había declinado siempre sus invitaciones, aunque Teresa comprendía sus negativas.

Enrico le había explicado que el principie Alí era muy reservado debido a su enorme fortuna y a sus contactos familiares. Al parecer, el pobre no podía ir a ningún sitio sin que lo acompañara un guardaespaldas. Y en ocasiones dos.

¡Qué terrible forma de vida!

Enrico también tenía que soportar a la prensa y los fotógrafos de vez en cuando, pero ello no le impedía ir a donde le apeteciera sin la sensación de correr peligro físico.

–Charles está muy bien –contestó su hijo–. Su esposa y él van a tener un bebé dentro de unos seis meses.

–Cuánto me alegro por ellos –dijo Teresa con entusiasmo a la vez que se erguía. Se preguntó si sería aquello lo que tenía preocupado a Enrico. Siempre había querido tener hijos. Casi todos los hombres italianos querían hijos que llevaran su apellido.

Teresa no dudaba de que sería un padre estupendo. Era maravilloso con todas sus sobrinas y sobrinos, con los que no paraba de jugar. La pena era que no pudiera jugar con sus propios hijos.