Un milagro tras otro - Gerg G. Budd - E-Book

Un milagro tras otro E-Book

Gerg G. Budd

0,0

Beschreibung

Cuando tenía cinco años, Pavel Goia sabía que Dios lo había llamado a hablar por él. Sin embargo, cuando llegó a la adolescencia, el divertirse con sus amigos fue mucho más importante que la religión de su familia. Y la Rumania comunista no era, precisamente, amigable con los cristianos. Sin embargo, Dios obtuvo su atención una noche desdichada, y su vida experimentó el proverbial giro de 180 grados. Pavel hizo un pacto con Dios, y su dedicación a ese pacto fue probada casi de inmediato. Pero se mantuvo fiel, y se sucedieron milagro tras milagro en favor de este joven que confió cada aspecto de su vida completamente a Dios. ¿Los resultados de esta lealtad inquebrantable a Dios? Mil ochocientos kilos de vidrios suspendidos en el aire en un contenedor sin base; una ley aprobada por el presidente Ceauescu, que obligó a una universidad a permitir que Pavel continuara su educación; un cargamento de Biblias contrabandeadas por la policía sin saberlo; y un muchacho muerto devuelto a la vida, solo para nombrar algunos. ¡Oh, sí! Los milagros todavía suceden, uno tras otro.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern

Seitenzahl: 298

Veröffentlichungsjahr: 2020

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Un milagro tras otro

La historia de Pavel Goia

Greg Budd

Gral. José de San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires, Rep. Argentina.

Índice de contenido
Tapa
Dedicatoria
Acerca del libro
Capítulo 1: No digas: soy un muchacho
Capítulo 2: Yo cuidaré de ti
Capítulo 3: Problemas con vidrios
Capítulo 4: ¿Dónde están tus libros?
Capítulo 5: Tú no existes
Capítulo 6: ¡Ya no eres libre!
Capítulo 7: Todo lo que esté en tu mano hacer
Capítulo 8: ¿Conoces al general?
Capítulo 9: Daré naciones a cambio de tu vida
Capítulo 10: En la prosperidad o en la adversidad
Capítulo 11: El sobrino del primer ministro
Capítulo 12: Mene Mene
Capítulo 13: Un día a la vez
Conclusión
Apelación de Pavel

Un milagro tras otro

La historia de Pavel Goia

Greg G. Budd

Título del original: One miracle after another. The Pavel Goia Story, Review and Herald Publ. Assn., Hagerstown, MD, E.U.A., 2009.

Dirección: Martha Bibiana Claverie

Traducción: Doris Samojluk

Diseño de tapa: Nelson Espinoza

Diseño del interior: Giannina Osorio

Ilustración de tapa: Propiedad de Shutterstock

Libro de edición argentina

IMPRESO EN LA ARGENTINA - Printed in Argentina

Primera edición, e - Book

MMXX

Es propiedad. Copyright de la edición original en inglés © 2009 Review and Herald Publ. Assn. Todos los derechos reservados.

© 2014, 2020 Asociación Casa Editora Sudamericana. La edición en castellano se publica con permiso de los dueños del Copyright.

Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723.

ISBN 978-987-798-187-2

Budd, Greg

Un milagro tras otro: La historia de Pavel Goia / Greg Budd. - 1ª ed. - Florida : Asociación Casa Editora Sudamericana, 2020.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: online

Traducción de: Doris Samojluk.

ISBN 978-987-798-187-2

1. Espiritualidad Cristiana. I. Samojluk, Doris, trad. II. Título.

CDD 248.5

Publicado el 28 de mayo de 2020 por la Asociación Casa Editora Sudamericana (Gral. José de San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires).

Tel. (54-11) 5544-4848 (Opción 1) / Fax (54) 0800-122-ACES (2237)

E-mail: [email protected]

Web site: editorialaces.com

Prohibida la reproducción total o parcial de esta publicación (texto, imágenes y diseño), su manipulación informática y transmisión ya sea electrónica, mecánica, por fotocopia u otros medios, sin permiso previo del editor.

Dedicatoria

Dedico este libro a quienes, con coraje, se mantienen firmes en su fe, a pesar de la oposición encarnizada de sistemas políticos corruptos y religiosos.

Alrededor del mundo, muchos están soportando persecución, encarcelamiento, hambre y muerte por su fe, en este mismo momento. Es mi deseo que recuerdes orar por ellos, mientras leas las páginas que siguen. En el futuro próximo, muchos más sufrirán persecución por estas mismas fuerzas corruptas, pues la batalla espiritual está llegando a un clímax en el planeta Tierra. Si eres llamado a mantenerte firme por tu fe, oro para que las historias que figuran en este libro puedan servir como recordatorios poderosos de la fidelidad de Dios.

Acerca del libro

Este libro, excitante y bien escrito, aumentará tu fe y te animará a confiar y a conocer a Dios más íntimamente. La fe de Pavel en un gran Dios nos inspira a creer, a confiar, a orar, a esperar y a recibir.

Ruthie Jacobsen, Ministerios de Oración de la División Norteamericana.

Las experiencias de Pavel Goia como cristiano adventista en la Rumania comunista, son realmente impresionantes. Este libro muestra que Dios está presente para ayudar a su pueblo cuando este se pone a su disposición. En el oeste, estamos acostumbrados a la libertad y a practicar nuestra fe sin conflictos. Necesitamos leer historias como esta para ayudarnos a prepararnos para tiempos más demandantes, que la profecía advierte que nos esperan. Recomiendo este libro a todos aquellos que desean una experiencia de fe más dinámica con Dios.

Donald S. Corkum, presidente de la Asociación de Wisconsin de la Iglesia Adventista del Séptimo Día.

Este libro está lleno de historias maravillosas acerca de cómo Dios llegó a la vida de un joven que crecía en tiempos difíciles y peligrosos en la Rumania comunista, y cómo Dios habló específica y personalmente con Pavel, a lo largo del camino. Es verdaderamente inspirador desde el comienzo hasta el final.

Ralph Hedershot.

Como mi alumno, no me tomó mucho tiempo el darme cuenta de que Pavel Goia era un hombre guiado por Dios. Este libro es impresionante, al abordar vivencias sobre cómo Dios guía y contesta oraciones.

Jack J. Blanco, profesor emérito en la Universidad Adventista del Sur [Southern Adventist University].

Al leer el manuscrito de Pavel Goia, fui conmovido hasta las lágrimas, ante las increíbles historias de las intervenciones de Dios en respuesta a las oraciones de Pavel. También, fui profundamente impresionado a re dedicar mi propia vida en fidelidad a Dios y a tener la disposición de confiar en él sin importar lo que suceda, como lo hizo Pavel. Mientras escribo estas líneas, estoy enseñando en el Seminario Adventista de Rumania, a solo pocos kilómetros de donde tuvieron lugar muchas de las historias de este libro. ¡Conocer sobre los milagros tan poderosos que Dios obró en Rumania durante los días de la persecución y las pruebas del comunismo, ha hecho que cuando viajo por este país sienta que estoy pisando tierra santa! Recomiendo este libro a todos aquellos que deseen robustecer su fe en el Dios que contesta oraciones; y que todavía obra milagros poderosos como en los tiempos bíblicos.

Richard Davidson, decano del departamento de Antiguo Testamento, Seminario Teológico de la Universidad de Andrews.

Las maravillosas experiencias del pastor Goia son del mismo tipo que las que leemos en el libro bíblico de los Hechos: milagros, fidelidad, intercesiones maravillosas del Dios del cielo. Todo esto fue posible porque un hombre eligió pertenecer a Dios, y solo a Dios, todos los días. Nada es imposible para Dios; y eso se extiende a quienes lo sirven completamente. Este libro hará que quieras caer sobre tus rodillas y entregarte completamente a un Señor que anhela realizar obras maravillosas en medio de su pueblo.

Ron Clouzet, director del Instituto de Evangelismo de la División Norteamericana.

Capítulo 1

No digas: soy un muchacho

–No creo que exista Dios –balbuceó Pavel Goia en medio de la oscuridad–. Estoy cansado de esa idea tonta. ¡Siento que voy a volverme loco! ¿Cómo permití que me embaucaran? Creer en un Ser que ni siquiera sé si existe se ha robado toda la diversión de mi vida. Mis amigos han salido y la están pasando en grande, mientras yo estoy acá, acostado, sintiéndome perdido y condenado. ¿Cuántas noches más tengo que dar vueltas y vueltas, sin poder dormir? Detesto escuchar cómo los segundos pasan interminablemente. Estar aquí, acostado, teniendo pensamientos de culpa que hacen eco en mi mente, es una verdadera pesadilla. Daría cualquier cosa con tal de silenciar esa voz que me persigue: “Pavel, si mueres esta noche, ¡estarás perdido para siempre!”

Un pensamiento tras otro bombardeaba al joven angustiado, que trataba de escapar de la tortura de su alma. El pobre Pavel no tenía lugar adónde ir, ni dónde esconderse. Pero, había decidido terminar con su miseria.

–Tengo que dejar atrás estas ideas descabelladas sobre Dios y, simplemente, disfrutar de la vida como lo hacen mis amigos –se dijo Pavel, medio en voz alta, mientras se destapaba–. Está decidido: me voy al pueblo, a divertirme un poco. De todos modos, no puedo dormir –murmuró por lo bajo, mientras recorría el cuarto con la vista, en busca de sus pantalones.

No era una tarea fácil tratar de encontrar su ropa en la oscuridad de una habitación, pero con un poco de persistencia lo logró. Calculando su escape con cuidado, caminó de puntillas de una habitación a la otra, para no despertar a sus padres. Pero, cuando llegó a la sala se detuvo. La luz de la luna que entraba por la ventana mostraba la silueta de su padre, arrodillado en oración. Pavel se había encontrado anteriormente con su padre orando, pero ¿por qué esa noche? Ver a su padre orando era lo último que deseaba su mente turbulenta, mientras escapaba de su casa y del Dios de sus padres.

Apresuró sus pasos, al salir a la oscuridad. Miró las sombras que proyectaban los objetos a la débil luz de los faroles que alumbraban las calles. La imagen de su padre orando lo perseguía, como un fantasma, de sombra en sombra, mientras se apresuraba a llegar a la ciudad para encontrarse con sus amigos.

–¡Hola, Pavel! ¡Me alegra que hayas podido venir! –lo saludó uno de sus amigos, arrastrando un poco las palabras, al aproximarse al lugar en que usualmente pasaban el rato.

Uno de los parques centrales de la ciudad, conocido como el Pequeño Mercado, se había convertido en el lugar en que él y sus amigos pasaban las noches tomando y fumando; también, era un sitio ideal para mirar a las muchachas que pasaban. Muchos operarios de fábricas tenían que pasar por ese extraño lugar en su camino del trabajo a sus hogares, al finalizar el segundo turno laboral. Cuando los muchachos tenían la suerte de que uno de esos trabajadores fuera una señorita, inmediatamente esta se convertía en el centro de su atención. A medida que pasaba frente a ellos, era saludada por una orquesta de silbidos penetrantes, seguida de una sarta de invitaciones sugestivas. Cada vez, la rutina era prácticamente la misma. Los parranderos continuaban con entusiasmo su pequeña charada, hasta que quedaba en claro que la muchacha en cuestión no había sido convenientemente impresionada por sus payasadas.

–Nos hemos estado divirtiendo mucho –agregó uno de ellos.

Su declaración fue inmediatamente confirmada por un concierto de risas fuertes, y que denotaban ebriedad. A pesar de la escasa luz, Pavel podía apreciar la evidencia en todos lados. Obviamente, la “pandilla del mercado” había llegado mucho antes que él. Viendo numerosas colillas de cigarrillos desparramadas descuidadamente y botellas casi vacías en las manos, no era difícil darse cuenta de que se estaba llevando a cabo un valiente intento de “divertirse”.

–Pavel, ¿qué tal alguno de tus chistes? ¿Tienes alguno para nosotros esta noche? –dijo una voz familiar.

En pocos momentos, Pavel era el centro de la atención, al contar chistes subidos de tono, de su repertorio. Estaba en su elemento.

Ninguno le ofreció algo de tomar o fumar, pues nunca había querido unírseles en sus vicios. Pero, con seguridad sabía cómo hacerlos reír. Pavel conocía más chistes sucios que todos los demás. Sin embargo, no se sentía realmente a gusto con este grupo alborotador, aun cuando había estado pasando mucho tiempo con ellos. Muchos de ellos habían demostrado poco interés en estudiar, y casi todos provenían de hogares que no tenían apoyo moral.

En contraste, Pavel pertenecía a una familia que era la tercera generación de cristianos, y tenía muy buenas calificaciones en todas sus materias. A menudo, se sentía desubicado en este grupo de jóvenes a la deriva y sin un sentido. Vivían de una “diversión” a otra. A ninguno parecía importarle que Pavel fuera un poco diferente. Su rápida agudeza los hacía reír durante horas, noche tras noche.

Una vez más, tenía a su audiencia sonriendo y riendo con su entretenimiento nocturno.

–¡Eh! Miren allá, a esa nena que viene hacia aquí –interrumpió alguien del intoxicado auditorio de Pavel.

El inesperado acercamiento de una muchacha en dirección a ellos creó una distracción instantánea. Ahora, ella tenía la atención absoluta de su audiencia. A medida que la joven se aproximaba, se escucharon sugerencias lascivas y obscenas, acompañadas por silbidos penetrantes.

Al tratar de pasar frente a los muchachos ebrios, varios de ellos la rodearon rápidamente. Desesperadamente, los ojos desorbitados de la muchacha buscaron una vía de escape. Pero, estaba completamente bloqueada. Aterrorizada, les rogó que la dejaran ir; pero fue en vano. Pavel observaba con horror, mientras sus amigos comenzaron a mofarse de ella con gestos sugestivos e inapropiados. Parecían haber enloquecido. Luego de unos momentos, Pavel no pudo soportar más este comportamiento atroz. Enfrentando a los que la asediaban, gritó:

–¡Déjenla ir!

Las sonrisas que recién adornaban sus rostros mientras escuchaban sus cuentos y chistes, se transformaron en miradas de enojo y muecas de disgusto, mientras Pavel protestaba por su comportamiento.

–¡Vamos, muchachos, déjenla ir! Lo que están haciendo está mal –pidió Pavel, con toda la fuerza que pudo reunir en su voz.

Su intento de defensa cambió momentáneamente el foco de la atención, de la muchacha cautiva a su defensor. Enojado, uno de los cabecillas del grupo retrucó:

–¿Quién te crees que eres, al decirnos lo que está bien y lo que está mal? ¡No recuerdo que ninguno de nosotros te haya invitado a decirnos qué hacer!

Sintiendo rechazo por su comportamiento, Pavel retrocedió. No quería formar parte de su locura inspirada por la pasión pervertida; solo deseaba hallar una forma de ayudar a la joven sollozante, que rogaba que la dejaran ir. Al darse cuenta de que estaba tan indefenso como ella, continuó su retirada.

–Vete de aquí, y no vuelvas más –le dijeron con sorna.

Estaba claro que no cejarían en sus intenciones. Una sensación de náuseas llenó el estómago de Pavel mientras se alejaba de la ebria y maldiciente “pandilla del mercado”. ¿Eran estos los muchachos que hasta hace un rato pensaba que eran sus amigos? Ahora, nada en ellos parecía muy atractivo. Esa noche, las cosas no habían salido para nada como él había esperado.

El intento de Pavel de huir de su conciencia culpable reuniéndose con sus amigos en el pueblo no había aquietado sus pensamientos, ni le había dado la paz que estaba buscando tan desesperadamente. El camino a su casa fue más miserable de lo que había sido su escape. El resto de la noche fue cualquier cosa, menos tranquilo. Una vez en la cama, siguió dando vueltas y vueltas. A los remordimientos de su propia conciencia se le sumaron las imágenes frescas de los ojos horrorizados y la voz sollozante de la joven, que rogaba que la dejaran ir.

Comenzó el día siguiente torturado por emociones turbulentas. Las escenas de la noche anterior se negaban a desaparecer, y ahora se sentía peor que nunca. Pronto, las escenas que lo atormentaban se convirtieron en el disgusto profundo de todo el vecindario.

–¿Has escuchado sobre los muchachos que anoche, en el pueblo, abusaron violentamente de una de nuestras muchachas inocentes? La policía los tiene a todos en custodia. ¡Espero que ninguno de ellos vuelva a ver la luz del día otra vez! Si los encierran y tiran la llave, aun sería demasiado bueno para esos vagos inútiles.

Pavel se horrorizó cuando supo la suerte de la muchacha. Volvió a sentir la sensación nauseabunda que había experimentado la noche anterior. Sin duda, aquellos que había pensado que eran sus amigos pasarían muchos y largos años en prisión. Pero, él se había salvado. En realidad, sabía que fácilmente podría haber estado en ese mismo momento en prisión, esperando un juicio, si no se hubiera retirado cuando lo hizo.

Comenzó a sentirse sumamente agradecido por el rechazo que había recibido de parte de la “pandilla del mercado”. Imaginar a la muchacha aterrorizada pidiendo ser liberada, borró cualquier simpatía que pudiera haber experimentado por quienes pensaba que eran sus amigos. La imagen de su padre que oraba volvió a él, mientras contemplaba su escape de una extensa sentencia en prisión.

Como el sueño le rehuía otra vez, yacía mirando las mismas sombras en el cielorraso que había contemplado la noche anterior. Sin embargo, esta noche era muy diferente de las anteriores, cargadas de pensamientos ansiosos y culpabilidad. Esta noche, no la pasaría escapando de Dios, sino yendo hacia él. En la quietud de la noche, la mente de Pavel comenzó a recorrer los años anteriores de su vida.

No había sido fácil crecer en una familia cristiana en la Rumania comunista. El cristianismo era visto como una “muleta” que necesitaban los débiles y simples. El asistir a la iglesia era abiertamente ridiculizado; y las Biblias estaban prohibidas. Para quienes insistían en abrazar la fe, la limitación en las oportunidades laborales era solamente una de las consecuencias que podían esperar. Muchas veces, su familia había atravesado por las difíciles consecuencias resultantes de su fidelidad a Dios.

A medida que Pavel revivió los numerosos desafíos que su familia había enfrentado, no pudo evitar sentirse agradecido por la fuerte herencia cristiana que su abuelo había transmitido. Sentimientos de agradecimiento desplazaron a los sentimientos de resentimiento y amargura de la noche anterior. Qué perspectiva diferente había producido una sola noche.

Ahora entendió que las oraciones de su padre, arrodillado noche tras noche, eran la única diferencia entre él y sus compañeros encerrados en celdas de concreto. Sin duda, ellos también pasarían algunas noches de insomnio.

Pavel no pudo evitar sonreír, mientras acudían a su mente recuerdos de su infancia temprana. Crecer en Turnu Severin, en la zona sudoeste de Rumania, junto al Río Danubio, le había provisto de un vasto campo para explorar. El río tenía muchos lugares hermosos, en los cuales él y sus hermanas fueron a nadar durante los calurosos meses del verano. Otro sitio favorito para explorar eran las antiguas ruinas romanas, que no estaban lejos de su hogar. Solo la imaginación de un niño podía traer a la vida toda la historia que había estado descansando en silencio durante muchos siglos.

Continuando su noche insomne, vinieron a su mente recuerdos de su iglesia, y del amor que le habían demostrado los miembros. Siendo un niño pequeño, había sido agraciado con una memoria excepcional. Cada semana, esperaba con ansias para recitar de memoria pasajes de las Escrituras a los miembros de la iglesia. Los miembros más antiguos esperaban especialmente sus recitados. Había llegado a amar las alabanzas y la atención que seguían a cada una de sus actuaciones, y en poco tiempo recitaba capítulos enteros de la Biblia, para gran deleite de la congregación. Al disfrutar de la atención especial de sus admiradores, había añadido, a su repertorio eclesiástico, el canto de música especial.

El canto había sido parte de la experiencia de los cultos de su familia desde que él tenía memoria. Con una voz privilegiada y una memoria excelente, fue fácil para él aprender canciones para interpretar en la iglesia. Muchos miembros de iglesia habían sido muy pródigos en alabanzas, elogios y regalos, y muy temprano en su vida había llegado a considerarse como un cristiano “espiritualmente superior”.

El peinado de los muchachos comenzó a cambiar, pero no el de Pavel. Para acentuar su imagen de “niño bueno de iglesia”, iba fielmente a la peluquería cada dos semanas. Mientras revivía los recuerdos de su infancia, tuvo que admitir que podría haber sido fácilmente uno de los fariseos más jóvenes: era un “niño bueno”, y lo sabía.

El viaje por su vida continuaba, mientras permanecía acostado en la oscuridad. Uno de sus momentos más memorables ocurrió cuando tenía solamente cinco años de edad. Un pastor visitante había llegado como predicador invitado, para un culto especial en la iglesia. Muchas veces había recordado partes de ese sermón. Mirando a la congregación de frente, el pastor visitante había comenzado su mensaje:

–El versículo para esta noche se encuentra en Jeremías 29:11.

Tomando su Biblia, los invitó a leer el versículo en voz alta: “Porque yo sé muy bien los planes que tengo para ustedes –afirma el Señor–, planes de bienestar y no de calamidad, a fin de darles un futuro y una esperanza” (NVI).

Pavel había escuchado con atención, mientras el pastor explicaba con cuidado el versículo:

–No importa cuán joven o anciano eres, o cuáles puedan ser tus circunstancias actuales, Dios tiene un plan para ti.

Mientras el mensaje continuaba, el pequeño Pavel había tratado de comprender cómo esto podía incluir a un niño de cinco años. No era difícil creer que Dios había tenido un plan para su abuelo, pues lo había seguido fielmente toda su vida. Mirando a su padre y a su madre, podía entender que Dios tuviera un plan para sus vidas también. Pero ¿un niño de su edad? Parecía que el versículo no se aplicaba a él.

Cuando el mensaje concluyó, era claro que la congregación había sido bendecida e inspirada con una imagen maravillosa y fresca de un Dios personal. Uno por uno, los miembros saludaron al pastor mientras salían, agradeciéndole por su mensaje. Finalmente, era la oportunidad de dirigirse al orador. Parándose frente al pastor, levantó su vista mirándolo a los ojos, y preguntó con toda la sinceridad que poseía:

–¿Tiene Dios un plan para mí, o soy muy pequeño?

Con una amplia sonrisa, se le aseguró que los planes de Dios incluían hasta a un niño de cinco años.

–¿Alguna vez has orado, y le has preguntado a Dios si tenía un plan para ti? –le preguntó el pastor.

–No; supongo que no –había respondido pensativamente, mientras se dirigía hacia la puerta.

Meditando profundamente en el desafío del pastor, salió y se dirigió al enorme manzano que había en el patio de la iglesia. Había jugado muchas veces bajo ese árbol, pero ese día era diferente. Había ido para hacerle a Dios una pregunta muy importante.

Cerrando sus ojos, comenzó a derramar su corazón ante Dios:

–Querido Dios, soy un niño de solo cinco años de edad. ¿Realmente tienes un plan para mí, también?

Durante varios minutos, siguió derramando su corazón en oración. Si Dios tenía un plan para su vida, quería saber al respecto.

Cuando sintió que había presentado su caso adecuadamente, esperó ansiosamente una voz del cielo que le hiciera saber el plan. ¿Qué le diría Dios? Esperó en silencio, para escuchar una voz desde arriba; pero, el único sonido que quebraba el silencio era el de las hojas movidas por el viento.

Desilusionado, aunque no desanimado, ideó otra forma de abordar el asunto. Viendo a su padre con la Biblia, de pie, conversando con otro miembro de iglesia, enfrente de la iglesia, se encaminó rápidamente a su lado. Y levantando su vista, comentó:

–Recién oré, y le pregunté a Dios si tenía un plan para mí. Pero, no me dijo nada.

Una amplia sonrisa iluminó las caras de ambos hombres, al escuchar la situación de Pavel.

Sin esperar a que alguno de ellos hablara, tomó la Biblia de manos de su padre. Sosteniendo el Libro sagrado, se preguntó cómo podría descubrir el plan de Dios para su vida en los versículos que contenía. Abrió la Biblia al azar, y puso un dedo en un versículo. Seguramente, Dios le mostraría su plan para su vida en su Palabra. Mirando nuevamente a su padre, le pidió:

–¿Podrías, por favor, leer este versículo?

Lentamente, su padre comenzó a leer para sí mismo Jeremías 1:5. Su amplia sonrisa se esfumó rápidamente, al darse cuenta del significado del pasaje que su hijo había señalado con el dedo. Con voz muy seria, comenzó a leer:

–“Antes que te formase en el vientre te conocí, y antes que nacieses te santifiqué, te di por profeta a las naciones. Y yo dije: ‘¡Ah! ¡ah!, ¡Señor Jehová! He aquí, no sé hablar, porque soy niño’. Y me dijo Jehová: ‘No digas: Soy un niño; porque a todo lo que te envíe irás tú, y dirás todo lo que te mande’” (vers. 5-7).

Al revivir ese momento durante su desvelo, una sonrisa se dibujó en su rostro. Sintió la emoción nuevamente.

Durante los siguientes minutos había saltado de alegría, contándoles a todos que iba a hablar de parte de Dios. Lo informó sin reparos a los miembros de iglesia que estaban conversando entre ellos.

–Seré un pastor o un misionero.

Iba a hablar de parte de Dios. Dios lo había dejado claro con las palabras: “No digas: ‘Soy un muchacho’”; no era demasiado pequeño para que él tuviese un plan para su vida. Había sido elegido para ser el vocero especial de Dios.

En ese momento, aceptó su comisión como mensajero de Dios. A partir de ese instante, evaluaba diligentemente a cada persona, para determinar su condición espiritual y, en consecuencia, sus necesidades. A quienes estuvieran a la altura requerida (en su opinión, como pastor evangelista), los aconsejaría. Cada persona que él considerara que necesitaba de arrepentimiento recibiría una admonición de corazón. Advertiría al mundo de su destino sin Dios.

Al poco tiempo de comenzar el primer grado de la escuela, Pavel cambió su objetivo de evangelización a sus compañeros de clase. No le llevó mucho tiempo completar su evaluación de las necesidades de cada uno. En su opinión de “evangelista”, toda la clase estaba en falta... Con excepción de él mismo, por supuesto. ¡Qué oportunidad para su gran campaña de evangelización!

Dirigiéndose al frente de la clase y en un enérgico estilo de predicador, comenzó su discurso a los 45 alumnos:

–¡Todos ustedes tienen que comenzar a asistir a la iglesia, o con seguridad se quemarán en el infierno!

Su presentación había sido breve, pero estuvo bien enfocada hasta el final. Estaba convencido de haber provisto de inspiración espiritual a sus compañeros; quienes, seguramente, la habían estado deseando.

¿Qué podía haber fallado?, se había preguntado Pavel mientras miraba hacia afuera, por la ventana. Era hora de salir para la iglesia, y ninguno de sus compañeros de clase estaba esperando afuera de su casa. La larga fila de compañeros que había imaginado, no se materializó. No había aparecido ni siquiera un converso, como resultado de su primer sermón.

Desilusionado, pero sin desviarse de su plan de acción, Pavel comenzó a idear su estrategia para su próxima presentación. Quizás, el castigo que los aguardaba no había sido debidamente enfatizado. La próxima vez, se aseguraría de no restar importancia al castigo.

A los pocos días, sintió que había llegado el momento de repetir su sermón. Al terminar su segunda presentación, se sintió seguro de que su mensaje no podía haberse malentendido, ni haber sido tomado livianamente. Para su sorpresa, los sentimientos de sus compañeros no cambiaron. Varias veces se dirigió al frente de la clase, para recordar a sus compañeros que pronto sufrirían el castigo eterno, si no seguían su ejemplo. Luego de varios de estos sermones, Pavel decidió cambiar su estrategia. Si el miedo no lograba persuadirlos, quizás una táctica basada en las recompensas podría lograr el objetivo.

Parándose frente a sus compañeros una vez más, Pavel comenzó su apelación final:

–Me gustaría compartir con ustedes el secreto de mi popularidad sin competencia. La razón por la que soy el más fantástico de la escuela es porque yo voy a la iglesia. Si quieren ser realmente fantásticos, como yo, tienen que ir a la iglesia, también.

La siguiente semana, para el asombro de la congregación, Pavel guió por el pasillo hasta el frente de la iglesia a toda su clase, en busca de la recompensa prometida. Sin embargo, cada uno de ellos volvió a su casa sin haber logrado ser más fantástico que antes del culto. En consecuencia, la asistencia de sus invitados terminó abruptamente, luego de su primera visita..., a pesar del esclarecimiento que les había brindado. Evidentemente, no habían captado que eran necesarias múltiples visitas a fin de producir aquello que admiraban en él. ¿Qué problemas tenían?, se preguntaba Pavel. Sin duda que no lograban ver quiénes eran realmente. Si no estaban listos para ser fantásticos todavía, quizás él debía comenzar a ayudarlos en la construcción de sus caracteres. Todo se estaba aclarando ahora: ¡el problema de ellos era la humildad!

Pavel no pudo evitar sonreír mientras pensaba en su antiguo celo como pastor evangelista. Había puesto todo su corazón en su llamado, solo para descubrir que era más difícil de lo que había pensado.

En solitario, en medio de la oscuridad, meditó en los cambios que había atravesado de a poco en su vida. Gradualmente, la orientación de su invitación personal, de parte de Dios, se había desvanecido. Durante los últimos años, había asistido a la iglesia solamente para darle el gusto a su padre. Cada vez más había buscado la aprobación de sus amigos antes que la de Dios. Ciertamente, el estar con sus amigos hasta las dos o tres de la madrugada había contribuido al deterioro de su fe. Muchas veces había escuchado la voz de Dios, recordándole su oración especial debajo del manzano y la respuesta que había llegado desde la Biblia de su padre. Pero, ignoró repetidamente la vocecita tranquila, que lo invitaba a volver a una vida de paz y de felicidad.

Ahora lo envolvían sentimientos de tristeza y de pesar, mientras pensaba en las elecciones que había tomado en los últimos años. Apartando las cobijas, se arrodilló junto a su cama.

–Señor, si no estás demasiado enojado conmigo y si todavía me quieres, deseo volver a ti. Si eras tú el que me hablaba afuera de la iglesia cuando tenía cinco años, quiero aceptar tu invitación. No sé cómo podrías perdonar a alguien como yo. ¿Acaso podrás aceptarme, después de todas las veces que te negué? ¿Existe todavía una manera de hacerlo?

Postrado junto a su cama, continuó derramando su corazón a Dios hora tras hora. A las 5 de la mañana, una paz y un sentido de aceptación maravillosos llenaron su ser entero.

Abriendo su Biblia, oró:

–Señor, por favor, háblame una vez más a través de tu Palabra.

Abrió la Biblia al azar, en Isaías 54:8 al 10:

“Con un poco de ira escondí mi rostro de ti por un momento; pero con misericordia eterna tendré compasión de ti, dijo Jehová tu Redentor. Porque esto me será como en los días de Noé, cuando juré que nunca más las aguas de Noé pasarían sobre la tierra; así he jurado que no me enojaré contra ti, ni te reñiré. Porque los montes se moverán, y los collados temblarán, pero no se apartará de ti mi misericordia, ni el pacto de mi paz se quebrantará, dijo Jehová, el que tiene misericordia de ti”.

Lágrimas de alegría llenaron sus ojos, al calar profundamente en su corazón la Palabra viva. Con la seguridad de su aceptación y libre del peso de su pecado, agradeció a Dios, y solemnemente hizo un pacto con él:

–Nunca dejaré mi lugar de oración y adoración por la mañana, por ninguna razón, hasta que sepa con seguridad que tú estás conmigo.

El corazón de Pavel desbordaba, al caminar hacia el dormitorio para despertar a sus padres, a fin de que pudieran compartir el gozo de su renovado compromiso con Dios. Una vez más, encontró a su padre de rodillas. Mientras su padre se incorporaba para saludarlo, le rogó con sinceridad:

–Por favor, continúa orando por mí. He estado luchando por mucho tiempo, pero esta noche entregué mi corazón a Dios.

Mirándolo a los ojos su padre le informó:

–Cada vez que me has visto orar, era por ti. Sé lo que se siente al luchar. Yo también luché cuando era joven pero, en medio de mi lucha, Dios me dio un versículo de las Escrituras que me pareció que era todo para mí. Escucha las palabras que Dios me dirigió cuando era joven: “Él volverá a tener misericordia de nosotros; sepultará nuestras iniquidades, y echará en lo profundo del mar todos nuestros pecados” (Miq. 7:19).

Con una sonrisa, su padre le dijo:

–Quizás, algún día Dios te dé un versículo.

–Ya lo ha hecho –aseguró Pavel, con una amplia sonrisa.

La almohada con la que había compartido muchas noches insomnes lo invitaba a volver a la cama. Descansando en la primera paz verdadera que había experimentado en años, cerró sus ojos y durmió. ¡Qué dulce fue!

Álbum familiar

Los padres de Pavel, Pavel y Eugenia en el día de su casamiento.

Pavel al año de edad, con su madre, Eugenia (1965).

Pavel (a la derecha) con sus hermanas Ligia (izquierda) y Dani, de ocho meses de edad (al medio).

Pavel, de tres años de edad (1967).

¡Esos bolsillos están repletos de golosinas! (1968).

Pavel, en tercer grado, tocando el violín en una sala de conciertos, en Turnu Severin (1973).

Alumnos de la escuela primaria a la que asistía Pavel cuando estaba en segundo grado. Llevó a sus compañeros a la iglesia un sábado. (Pavel aparece en primera fila, primero a la izquierda).

Capítulo 2

Yo cuidaré de ti

Antes de que los primeros rayos del amanecer penetraran por la ventana de su dormitorio, Pavel se deslizó de debajo de sus cobijas y se arrodilló al lado de su cama. Estaba determinado a cumplir la promesa que había hecho la noche anterior. ¿Estará Dios esperando? ¿Me hablará hoy otra vez?, se preguntó, mientras inclinaba su cabeza.

–Padre, soy yo, Pavel. Aquí estoy, como lo prometí. Por favor, ayúdame a ser un amigo verdadero para ti. Estoy tan agradecido porque tú todavía me quieres. Por favor, cambia mi corazón. Hazme de nuevo, de la manera en que has estado esperando hacerme –oró suavemente.

Comenzó a sentir la presencia de Dios a su alrededor tal y como lo había experimentado la noche anterior. Cuán agradecido estaba porque Dios no lo había abandonado en su rebelión. Con una sonrisa, tomó su Biblia. ¡Cómo esperaba que las palabras cobraran vida una vez más! Maravillado, sintió como si cada palabra hubiera sido escrita específicamente para él.

A medida que nuevas percepciones iluminaban su mente, leía y oraba:

–Padre, eres tan maravilloso. Estás fuera de toda comprensión.

Nunca había soñado que el Creador del vasto universo hablaría, personalmente, a alguien tan indigno como él. Su corazón rebosaba de una atmósfera de gracia. Tuvo la seguridad de que Dios lo acompañaría durante todo el día, así como la había tenido la noche anterior. Al terminar su cita matutina con Dios, Pavel pudo sentir que una amplia sonrisa iluminaba su rostro.

¡Qué hermosa manera de comenzar el día!, pensó, comparando esa mañana con tantas otras de los últimos años. Su nueva amistad con Dios lo había bendecido de manera que nunca podría haber imaginado.

Mientras Pavel se gozaba en las bendiciones de su momento con Dios, venían a su mente recuerdos del caos que había resultado de sus intentos adolescentes de ser libre. Vio, en su mente, escena tras escena. La televisión y las películas habían ocupado la mayor parte de su tiempo libre, como así también el tiempo de las responsabilidades. Miraba una película tras otra hasta altas horas de la noche. Esta actividad había llegado a ser su rutina, en lugar de una diversión esporádica.

Las mañanas siguientes a sus maratones de películas, se arrastraba, exhausto y somnoliento, fuera de la cama a las 7:45. Las clases comenzaban a las 8:00 y debía enfrentar el problema de siempre: caminar hasta la escuela le llevaba veinte minutos. Cada mañana, en un loco frenesí, buscaba alguna ropa que ponerse. Era una carrera contra reloj, y su dormitorio era la pista de carreras. Su cabello no estaba, precisamente, peinado cuando salía por la puerta del frente de su casa, tratando de correr y atarse los zapatos al mismo tiempo.

Más o menos a la misma hora cada mañana, Pavel hacía su entrada triunfal en el aula: siempre entre diez y quince minutos tarde, cuando el profesor ya había comenzado a dictar clase. Una mañana se le había ocurrido una excusa ingeniosa e infalible para su tardanza, y estaba seguro de que ni el profesor más inteligente podría sospechar de ella.

Entrando en el aula cuando la clase ya había comenzado, comenzó su discurso: