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El Sabbat era el día de descanso sagrado para el pueblo judío, día dedicado a Yahvé, y antecedente del domingo, nuestro día de descanso laboral. Los agobios de la vida diaria nos hacen complicado desconectar un día a la semana de nuestros trabajos diarios para disfrutar de ese regalo que hizo Dios a su pueblo en la antigüedad recordando el final de la creación. Y, aunque muchos nos ofrecen remedios para liberarnos de la ansiedad, hay que reconocer que pocas veces lo consiguen. El hecho de dejar en descanso nuestros móviles y ordenadores una vez a la semana para encontrarnos con nosotros mismos y entablar conversación con el Creador es una disciplina que no nos llega de forma natural pero que nos puede transformar cuando nos comprometemos a practicarla. Las páginas de este libro nos muestran también cómo Dios tiene una visión mucho más amplia del descanso; de hecho, desde el principio del Génesis hasta el final del Apocalipsis está llevando a toda la creación hacia la plenitud y el descanso en Él.
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Seitenzahl: 226
Veröffentlichungsjahr: 2021
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Mark W. Scarlata
Un nuevo Sabbat
Vivir al ritmo de Diosen la era digital
NARCEA, S.A. DE EDICIONES
Índice
Prefacio
La belleza del Sabbat
Encontrar el descanso
¿Qué es el Sabbat?
Del sábado al día del Señor
¿Deberían los cristianos obedecer el mandamiento del Sabbat?
Descubriendo la belleza del Sabbat
La belleza de la creación
Del caos al orden
La santidad del tiempo
El tiempo es sagrado
La belleza de la liberación
Libertad de la esclavitud
Liberar la tierra
Descansar con la tierra
El ritmo de la gracia y la confianza
El maná y el descanso en el desierto
Encontrar el descanso en el mundo digital
La comunidad del descanso
La comunidad del Sabbat
Un sábado para todos
Una nueva comunidad del Sabbat
Obras citadas
Colección espiritualidad
Para Bettina, Nathaniel, Madeleine y Annabelle.Sabbat Shalom
PREFACIO
Durante varios años, mientras escribía un comentario teológico sobre el Éxodo (The Abiding Presence), me llamó la atención la frecuencia con que el Sabbat (el sábado) aparecía en la narración. Ya sea en la historia del maná en el desierto, en el relato de los diez mandamientos o en los elementos que rodean la construcción del tabernáculo, el motivo del Sabbat se abre camino a través de esta historia arquetípica de la salvación de Dios. Sin duda esto se debe, en parte, al hecho de que el Sabbat se convirtió en uno de los signos más significativos del judaísmo en el período del segundo templo, cuando se estaba formando el Antiguo Testamento. A medida que el culto y el estudio se iban formando en torno a las muchas comunidades dispersas en toda Palestina y en sus alrededores, tener un día de descanso sagrado y de cese del trabajo se convirtió en algo fundamental para la vida del pueblo de Dios. Reunirse para leer la palabra de Dios, mantener las relaciones y celebrar el descanso del trabajo preservaron las comunidades judías y su vida de fe en el mundo antiguo, como continúa haciéndolo hoy.
Cuanto más estudiaba y reconocía la importancia del Sabbat en el Pentateuco, los profetas y el período del segundo templo, más me daba cuenta de que, como cristiano, había desatendido en gran medida el mandamiento del descanso. De alguna manera, había relegado el sábado a un asunto de disputa legalista entre Cristo y los fariseos en el Nuevo Testamento, que tenía poco que ver con la vida de fe. Me debatía entre esa interpretación y la de que se había espiritualizado el sábado a través de Cristo y ahora era solo otra forma de hablar del descanso que el Espíritu Santo hace experimentar a los cristianos. Sin embargo, cuanto más investigaba, más se hacía evidente que el Sabbat era un signo del movimiento de Dios en la creación hacia la plenitud y el descanso que era central para el florecimiento de Israel y para la misión de Cristo a través de la Iglesia.
Después de haber reconocido mi propio abandono del sábado, empecé a reservar un período de veinticuatro horas, de puesta de sol a puesta de sol, cada semana. Pensé en ese período como en una disciplina espiritual y quería probar si el ritmo del Sabbat era realmente importante para mi propia formación cristiana. Lo que comenzó como un corto viaje se ha convertido en un largo peregrinaje que continúa llevándome a lugares a los que nunca había esperado ir. El Sabbat ha abierto y profundizado las relaciones familiares, las relaciones con la Iglesia y el deseo de traer la liberación a los oprimidos y a la tierra. Practicar el Sabbat también me ha revelado la inquietud de nuestra sociedad digital y de consumo. De hecho, uno de los mayores obstáculos para mi propio descanso sabático semanal era mi incapacidad para separarme de los dispositivos digitales durante un período de veinticuatro horas. Pasó algún tiempo antes de que me diera cuenta de que para muchos (entre los que me incluyo) dejar nuestro trabajo significa desconectarse del mundo digital y reconectarse con los que nos rodean.
Lo que sigue son una serie de reflexiones no de un experto, sino de un compañero de viaje hacia el descanso del Padre. Ofrezco algunas sugerencias prácticas para mantener el descanso del Sabbat, pero sobre todo he tratado de explorar los textos bíblicos para ofrecer argumentos convincentes de por qué el Sabbat sigue siendo decisivo para la vida y el testimonio del pueblo de Dios hoy en día. Reconozco haber fallado a la hora de guardar muchos sábados, pero sigo aprendiendo de mis fracasos. El Sabbat es una disciplina que no nos llega de forma natural pero, como cualquier disciplina espiritual, nos transforma cuando nos comprometemos a practicarla en nuestras propias vidas.
Este libro es una invitación a descubrir uno de los grandes regalos de Dios a su pueblo. El descanso sabático semanal es urgentemente necesario en nuestra inquieta era digital. Es un descanso ofrecido por el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo que primero se le dio a Israel y ahora se le ha dado a la Iglesia para ser un signo de la plenitud y de la reconciliación de Dios en el mundo.
Como siempre, este libro no habría sido posible sin el apoyo de mi esposa, Bettina, de mis hijos, Nathaniel, Madeleine y Annabelle. Estoy agradecido a Chris Scarlata, Sara Schumacher y al P. David Neuhaus SJ que leyeron y me hicieron acertados comentarios sobre los primeros capítulos de este libro. También, a los miembros de la comunidad de Cambridge que han seguido influyendo en mi teología: Rowan Williams, Jeremy Begbie, Malcolm Guite y Matthias Grebe. Este libro me ha dado la oportunidad de hablar con mis colegas de la diócesis de Londres sobre el descanso sabático y les agradezco mucho cada uno de sus comentarios, que han contribuido no poco a la formación de estas páginas. Me sentiré siempre en deuda con las ideas y las respuestas de mis colegas y alumnos del Colegio St. Mellitus. Por último, quiero dar las gracias a mi comunidad sabática de San Eduardo, Rey y Mártir, que sigue enseñándome lo que significa experimentar la belleza del descanso, la liberación, la plenitud y la vida en el cuerpo de Cristo.
La bellezadel Sabbat
Encontrar el descanso
Hace siglos, un obispo del norte de África llamado Agustín escribió: «Nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti». Su profunda visión de la condición humana surgió de su propia lucha por encontrar la paz. Agustín tenía un alma muy sensible y aguda. Se dedicaba a todos los placeres mundanos que podía como joven intelectual, pero le faltaba algo. A pesar de su formación y de su éxito, su inquietud fue en aumento hasta que un día, en medio de un torrente de lágrimas, leyó esta frase en la carta de Pablo a los cristianos de Roma: «Vestíos del Señor Jesucristo». Más tarde describió ese momento diciendo: «Enseguida, con las últimas palabras de esta frase, fue como si una luz aliviara toda la ansiedad que inundaba mi corazón» (Confesiones 9.29). Agustín había encontrado su descanso. Sin embargo, como todos los creyentes, continuaría entrando en ese descanso para descubrir a quien lo había llamado a la plenitud.
Independientemente de la raza, la cultura o los antecedentes personales, a los seres humanos suele acompañarles un cierto sentido interno de inquietud, una sensación de malestar e inseguridad. Hay un anhelo en cada uno de nosotros que busca el descanso, que las ruedas dejen de girar, para que podamos sentarnos en quietud ante nuestro Creador. Agustín lo comprendió hace más de mil años y la humanidad ha permanecido igual desde entonces.
En el mundo consumista y digital de hoy la gente está desesperada por escapar de la agitación y el estrés que provienen de estar constantemente conectados. Busca la paz interior a través de libros de autoayuda, retiros de yoga, espás de la serenidad o diferentes tipos de drogas. Tratan de encontrar un ritmo de vida sostenible que no lleve al agotamiento total. Los publicistas capitalizan estos deseos y venden productos que prometen liberarnos de la ansiedad y traer tranquilidad a una vida que, sin ellos, sería caótica. El problema es que estos remedios para la ansiedad y el estrés a menudo están marcados por el individualismo narcisista. Es importante cuidar de nosotros mismos, pero la preocupación excesiva por nuestro propio bienestar puede acabar, muchas veces, en la falta de consideración por el bienestar de la comunidad en general. Podemos buscar la paz interior, pero si el objetivo final es simplemente experimentar el descanso personal, entonces ese objetivo ha fallado.
Dios tiene una visión mucho más amplia del descanso. De hecho, desde el principio del Génesis hasta el final del Apocalipsis está llevando a toda la creación hacia la plenitud y el descanso en Él. Las Escrituras nos dan una visión de la plenitud de ese descanso cuando en el día final una fuerte voz desde su trono proclame: «Esta es la morada de Dios con los hombres. Pondrá su morada entre ellos y ellos serán su pueblo y él, Dios-con-ellos, será su Dios» (Ap 21,3). Cuando Dios regrese en la plenitud de su gloria no habrá más sufrimiento, ni más miedo, ni más estrés, ni ansiedad, sino que todas las cosas encontrarán su plenitud en Él.
Mientras llega ese momento, el pueblo de Dios ha vivido siempre con la expectativa de experimentar el descanso que viene con su presencia divina. Para los antiguos israelitas era la promesa de libertad y de una vida en la tierra donde las abundantes bendiciones de Dios serían derramadas sobre su pueblo. Se verían libres de tener que guerrear con sus enemigos. Producirían cosechas abundantes, ganado sano y familias extensas que podrían celebrar en paz. Para ello, los israelitas firmaron una alianza con Dios para ser obedientes a sus mandamientos. No se trataba de un conjunto de leyes destinadas a ser una carga para su pueblo, sino de unos mandamientos que, si se cumplían, traerían la prosperidad.
Para los cristianos, esos mandamientos se cumplieron a través del Hijo único de Dios, Jesucristo. En Él se nos ofrece una imagen o representación de lo que significa vivir el corazón de los mandamientos de Dios en el Antiguo Testamento: amar a Dios y amar al prójimo. Como nos recuerda el Evangelio de Juan: «Y la Palabra se hizo carne y puso su morada entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, la gloria que recibe del Padre como Unigénito, lleno de gracia y de verdad» (Jn 1,14). La gloria que presenciamos en el Hijo brilla por su obediencia al mandato de Dios, por su enseñanza sobre los mandamientos, y por su entrada en el Reino por medio de las obras de curación, perdón y rehabilitación de las personas. Sin embargo, uno de los mandamientos más importantes del Antiguo Testamento —que a menudo pasa desapercibido para los cristianos— y que Cristo lleva a cumplimiento en el Nuevo, es el mandamiento del descanso del sábado.
El mandamiento de recordar y guardar el sábado fue fundamental para la vida y la fe del antiguo Israel y sigue siendo hoy una práctica esencial para muchos judíos. Una razón por la que el mandamiento del Sabbat es vital para la vida de fe es porque no se trata de la paz interior individual. Ciertamente traerá paz interior, pero ese no es su objetivo final. El Sabbat mira al descanso comunitario y a la plenitud que viene cuando vivimos conscientemente la presencia de Dios. El Sabbat es el regalo del descanso para la comunidad de la creación, la comunidad de Israel, la comunidad de la Iglesia y la comunidad de toda la humanidad. Trae liberación y descanso a todos los niveles de la sociedad. El Sabbat es tanto una cuestión de libertad política y económica como de descanso físico y espiritual. El Sabbat restaura las familias y comunidades, y da paso a una época de Shalom, esa maravillosa palabra hebrea que transmite el sentido de justicia, paz y alegría que existe en toda relación humana y en nuestra relación con Dios. El regalo del Sabbat es la invitación de Dios a que entremos en comunión con Él, a experimentar la santidad del tiempo y a habitar en su presencia.
¿Qué es el Sabbat?
Entraremos en detalle sobre la naturaleza del sábado en los próximos capítulos, pero podemos empezar con una breve visión general de sus orígenes en el Antiguo Testamento y de sus desarrollos al entrar en el período del Nuevo Testamento y en la Iglesia primitiva.
El sustantivo hebreo Sabbat significa cesar o detenerse, y por lo tanto el significado implícito es también descansar. Sabbat se usa por primera vez en la Biblia en Éxodo 16,23 cuando en el desierto Dios ordena a los israelitas que observen un «sábado santo» en el que dejarán de recoger maná el séptimo día para descansar. Sin embargo, el verbo «cesar, descansar» se utiliza en los primeros capítulos del Génesis cuando Dios «descansó el séptimo día de todo el trabajo que había hecho» (Gén 2,2). La historia de la creación revela el ritmo de vida que Dios ha tejido en el entramado del mundo. Si Dios trabaja durante seis días y descansa durante uno, toda la creación debe hacer lo mismo, lo que luego se hace explícito en los diez mandamientos.
Cuando Moisés recibe la ley en el Monte Sinaí, Dios refuerza la necesidad de que Israel imite este mismo patrón de trabajo y descanso.
Seis días trabajarás y harás todos tus trabajos, pero el día séptimo es día de descanso en honor de Yahvé, tu Dios. No harás ningún trabajo, ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu sierva, ni tu ganado, ni el forastero que habita en tu ciudad. Pues en seis días hizo Yahvé el cielo y la tierra, el mar y todo cuanto contienen, y el séptimo descansó, por eso bendijo Yahvé el día del sábado y lo santificó (Ex 20,9-11).
El mandato de descanso santo se aplica a toda la comunidad de la alianza e incluso al extranjero que viva entre ellos. El descanso es obligatorio para el pueblo de Dios y está en el centro de lo que significa guardar el Sabbat. Dios mismo descansó y nos dio un ejemplo a seguir. Así que el patrón de seis y uno para el trabajo y el descanso son esenciales para nuestro propio crecimiento, para la salud de nuestras comunidades y para el bienestar del mundo. En el corazón del mandamiento de guardar el Sabbat que hay en el Éxodo está la llamada a ser imitadores de Dios, lo que significa ordenar nuestras vidas según el patrón que Él ha establecido en la creación desde el principio de los tiempos.
Sin embargo, el Dios que descansó de su trabajo en el séptimo día, es también el Dios que libera a su pueblo de la muerte y la esclavitud. Más tarde, en el Deuteronomio, los diez mandamientos se repiten, pero esta vez la motivación para mantener el sábado se debe a los actos salvíficos de Dios en la historia.
Recuerda que fuiste esclavo en el país de Egipto y que Yahvé tu Dios, te sacó de allí con mano fuerte y tenso brazo; por eso Yahvé tu Dios te manda guardar el día de sábado (Dt 5, 15).
El descanso del sábado es también un día para recordar que todos fuimos alguna vez esclavos y vivimos en la esclavitud. El descanso es el regalo de la vida para los que han sido liberados de la opresión y de la carga del trabajo incesante. La experiencia del Sabbat es un recordatorio de nuestra identidad: la de los que han pasado del cautiverio a la libertad, del luto a la alegría y de la muerte a la vida. Dios ha liberado a su pueblo con sus poderosas obras y ahora le invita a unirse a su descanso.
El sábado es también un signo de la alianza que Dios establece con Israel (Ex 31,17) y una manera de mostrarlo es la forma en que los israelitas tratan la tierra. Al pueblo se le dan regulaciones específicas en relación con sus campos. Se permite que la tierra descanse todos los días de sábado y después de seis años de cosecha debe quedar en barbecho en el séptimo año (Lev 25,4). Después de los siete años de Sabbat, se hacía sonar el shofar (un cuerno de aspecto extraño) para marcar el comienzo del quincuagésimo año, que era el tiempo del Jubileo.
No era raro en el mundo antiguo que la gente vendiera sus tierras o se vendieran a sí mismos como sirvientes contratados si sus cosechas fracasaban o se enfrentaban a situaciones económicas difíciles. Con el tiempo, las familias podrían haber estado atrapadas en la esclavitud durante generaciones, pero el Jubileo marcaba una época de libertad y liberación en la que todos eran devueltos a su tierra original (Lev 25, 9-13). Israel iba a ser un pueblo que reconocería las difíciles realidades económicas de vivir en una comunidad agraria. Sin embargo, también iba a ser un pueblo generoso y cortés que no mantendría a las generaciones sucesivas atadas a la esclavitud como habían experimentado sus antepasados en Egipto. En cambio, se les ordenaba que ofrecieran la libertad y la redención cada cincuenta años, en el año del Jubileo, tal como Dios los había liberado y les había dado el don del descanso en la tierra.
No está claro si los antiguos israelitas celebraron alguna vez el Jubileo en sus comunidades. Las Escrituras no registran ningún acontecimiento de este tipo, por lo que no podemos estar seguros de que la orden se haya cumplido. Sin embargo, si Israel celebró o no el Jubileo no es tan importante como el hecho de que se les diera ese mandamiento. La visión del Jubileo es la de un pueblo que observa el sábado y que da prioridad a la defensa de la justicia social y económica, especialmente para los pobres y los marginados. Mantener el descanso del sábado no era solo un ritual religioso, sino una práctica que tenía implicaciones sociales, políticas y económicas muy reales. Los autores sagrados preveían una sociedad del Sabbat que estaba formada por la justicia, la liberación y la recuperación.
La inmensa importancia del sábado en Israel también se percibe en las palabras de los profetas, que condenaron el total desprecio y abuso del mandamiento de Dios por parte de los pueblos. El profeta Amós habló a las tribus del norte de Israel cuando rompieron el sábado para explotar a los pobres y ganar dinero.
Escuchad esto los que pisoteáis al pobre y queréis suprimir a los humildes de la tierra, diciendo: «¿Cuándo pasará el novilunio para poder vender el grano, y el sábado para dar salida al trigo, para achicar la medida y aumentar el peso, falsificando balanzas de fraude, para comprar por dinero a los débiles y al pobre por un par de sandalias,para vender hasta el salvado del grano?» (Am 8,4-6).
La injusticia de la propia gente de Dios era vergonzosa a los ojos del profeta. El sábado debía ser un día para recordar a los pobres, como Dios se había acordado de Israel en Egipto, pero la gente hacía exactamente lo contrario. En lugar de descansar, imponían el mismo trato brutal a los pobres y actuaban como el Faraón, en lugar de comportarse como el pueblo elegido por Dios.
De manera similar, los profetas Jeremías y Ezequiel castigaron a los que vivían en Jerusalén por no ser obedientes al sábado. Jeremías se preocupaba por la actividad económica (Jer 17,21-27), mientras que Ezequiel se preocupaba por el pueblo que profanaba el sábado, que debía ser un día sagrado (Ez 20,13). El profeta Isaías también reprende al pueblo por seguir celebrando exteriormente el sábado, aunque su vida interior esté completamente corrompida. Les suplica que «aprendan a hacer el bien; busquen lo que es justo, reconozcan los derechos del oprimido, hagan justicia al huérfano, [y] aboguen por la viuda» (Is 1,17). En otras palabras, que hagan todas las cosas que el Sabbat les recuerda que hagan.
Pero los profetas también tenían una visión del futuro, cuando el Sabbat se convirtiera en el regalo que pretendía ser. Isaías ve un momento en el que se invitará a todas las personas a unirse a la bendición del Sabbat. Incluso los eunucos y los extranjeros, que estaban fuera de la comunidad de la alianza, podrán participar en la bendición del descanso sabático cuando Dios redima a su pueblo (Is 56,4-6). Al final, Isaías tiene una visión de los últimos días, cuando Dios renovará los cielos y la tierra. «De luna nueva en luna nueva, y de sábado en sábado, vendrá todo el mundo a prosternarse ante mí —dice Yahvé—» (Is 66,23). La esperanza del profeta es que toda la creación y toda la humanidad disfruten del descanso sabático mientras se reúnen en la adoración del único y verdadero Dios.
La esperanza de Ezequiel respecto al Sabbat está conectada con el culto después de la destrucción babilónica de Jerusalén. Mira hacia un futuro en el que el templo será reconstruido y los sacerdotes de Israel honrarán el Sabbat. Ezequiel prevé un momento en el que los patios interiores del templo volverán a abrirse el sábado y el pueblo traerá sus ofrendas y los sacerdotes harán sacrificios agradables a Dios (Ez 46,1-12). Aunque la esperanza de Ezequiel está claramente ligada al culto en el templo, ve la práctica del Sabbat como una parte clave de la restauración que Dios va a realizar después del exilio.
Cuando los judíos regresaron finalmente del exilio, se pone un énfasis especial en la práctica del Sabbat, especialmente en el conflicto que tuvo que afrontar Nehemías. Al restaurar Jerusalén, Nehemías no solo tuvo que reconstruir las murallas de la ciudad, sino que también tuvo que enseñar a la gente los mandamientos de Dios. Uno de los más significativos fue mantener el sábado como día santo en el que dejar de trabajar.
Después de ver a los judíos haciendo su trabajo normal en el Sabbat, Nehemías les dice:
«¡Qué mala acción cometéis profanando el día del sábado! ¿No fue así como obraron vuestros padres y por lo que nuestro Dios hizo caer toda esta desgracia sobre nosotros y sobre nuestra ciudad? ¡Y vosotros aumentáis así la cólera contra Israel profanando el sábado!» (Neh 13, 17-18).
Lo importante en este reproche es que Nehemías conecta el exilio y el castigo de Dios sobre Israel directamente con su desobediencia al mandamiento del Sabbat. La obediencia al sábado es tan fundamental para Nehemías que incluso pone vigilantes en la puerta para evitar que entre alguien en la ciudad para comerciar en el día de descanso (Neh 13,19-21).
En el tiempo posterior a Nehemías y antes del nacimiento de Jesús (a menudo llamado el período del segundo templo) encontramos una creciente tradición de interpretación judía de las Escrituras que se convierte en la base de cómo los judíos debían vivir en obediencia a la ley de Dios. Dado que el Antiguo Testamento no siempre daba reglas extensas y claras sobre cómo debía vivir una persona, los escribas y maestros de la Ley ofrecían regulaciones adicionales sobre cómo una persona podía permanecer fiel a los mandamientos. Esto era especialmente cierto en lo que respecta al sábado.
Durante este período se desarrolla en el judaísmo una gran preocupación por la estricta obediencia del sábado como señal externa para el pueblo de la alianza con Dios. Para ser vista como parte del verdadero Israel, una persona necesitaba acatar las enseñanzas del Sabbat que habían sido transmitidas por generaciones anteriores. Estas tradiciones se habían vuelto cada vez más específicas sobre lo que se podía o no hacer para observar el sábado correctamente. Había varios grupos judíos que tenían opiniones diferentes sobre cómo practicar la obediencia al sábado, pero todos intentaban aclarar lo que significaba ser fiel a los mandamientos de Dios en una cultura ajena que amenazaba su propia existencia.
En una colección de comentarios rabínicos llamada el Talmud, hay una discusión que plantea la cuestión de cómo una persona puede ser obediente al sábado si está en medio del desierto y no sabe qué día es (Sabbat 69b). Un rabino dice que se deben contar seis días desde el día en que se dio cuenta de que había perdido la noción del tiempo y luego celebrar el Sabbat. Otro rabino, sin embargo, cuenta que Adán fue creado en el sexto día y observó el Sabbat en el séptimo. Así que la persona que está en el desierto debe guardar el Sabbat inmediatamente y luego contar seis días. La discusión parece un poco pedante, sobre todo, porque más bien habría que preocuparse por cómo va a sobrevivir durante siete días en el desierto… Sin embargo, la discusión demuestra lo central que era el sábado para los judíos y lo importante que era reservar un día a la semana para el descanso sagrado.
Durante el período del segundo templo, guardar el sábado era también una cuestión de vida o muerte para algunos judíos. Para conmemorar la recuperación del templo, profanado por el rey Antíoco IV Epífanes, los judíos celebran en el festival de Janucá. Antíoco había intentado convertir a los judíos para que siguieran las tradiciones griegas, pero muchos que se resistieron fueron masacrados en Jerusalén. Hizo ofrendas en el altar del templo al dios griego Zeus, que era visto como la «abominación de la desolación» a la que aludía Daniel (11,31; 12,11).
La persecución a los judíos continuó y algunos, como el sacerdote Matatías se negó a hacer sacrificios a los dioses paganos; mató a un oficial griego, destruyó el altar pagano y huyó con otros a las colinas. Los soldados los persiguieron y ordenaron a un grupo que saliera a luchar, pero se negaron porque era sábado. Los soldados continuaron matando a todo hombre, mujer y niño. Cuando Matatías supo lo que estaba pasando, declaró con los demás que se permitía luchar en sábado en caso de defensa propia (1 Mac 2,1-41).
Tras la persecución de Antíoco IV, otros grupos de judíos también huyeron al desierto de Judea, pero por razones diferentes. Los esenios eran una secta judía que condenó el templo de Jerusalén y estableció su propia comunidad religiosa. Vivían en las cuevas de Qumrán, al suroeste de Jerusalén, cerca del Mar Muerto. Muchos de sus pergaminos bíblicos, junto con otros escritos, formaban la colección que ahora se conoce como los Rollos del Mar Muerto. Como veremos más adelante, el Sabbat también era esencial en su vida comunitaria y era señal de que formaban parte de la verdadera comunidad de la alianza.
Durante la vida de Jesús, los escribas y los maestros de la ley habían heredado un importante cuerpo de enseñanzas sobre la práctica del sábado con el que continuaron luchando en su propio tiempo. Los rabinos debatían sobre la naturaleza de la observancia del sábado y la tensión que creaba en la vida cotidiana bajo el dominio romano en Jerusalén. Eran muy conscientes de la asociación que había hecho Nehemías de la desobediencia del sábado con el exilio y no querían cometer los mismos pecados que sus antepasados. Tampoco querían necesariamente repetir las matanzas y persecuciones masivas sufridas por sus antepasados bajo Antíoco IV.
Estos acontecimientos históricos pueden ayudarnos a simpatizar un poco con los fariseos en sus ansias de obediencia al sábado y en sus enfrentamientos con Jesús, el rabino de Nazaret, que parecía estar desobedeciendo flagrantemente el sábado. Aunque, muy probablemente, en algunas ocasiones estuvieran imponiendo una religión de estricto legalismo, los fariseos también se preocupaban por no desatender los mandamientos del sábado en lo más mínimo.
Nuestras simpatías, sin embargo, no pueden ser tan profundas, ya que el resultado de tan estrictas regulaciones del Sabbat solía ser la esclavitud en vez de la liberación. Las normas habían socavado la intención original del Sabbat como regalo de descanso y renovación para el pueblo de Dios. Y así podemos entender la respuesta de Jesús cuando recuerda a los fariseos que «el sábado fue hecho para el hombre, y no el hombre para el sábado» (Mc 2,27).
