Un padre ejemplar - Sheri Whitefeather - E-Book
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Un padre ejemplar E-Book

Sheri WhiteFeather

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Beschreibung

Jesse Hawk fue la gran pasión de juventud de Patricia Boyd. Juntos conocieron el amor y crearon un vínculo sin fronteras. Pero cuando llegó el momento de enfrentarse al futuro, Jesse partió hacia el sol del verano dejando a Patricia anhelante de sus besos y esperando un hijo. La repentina vuelta de Jesse fue origen de rumores: el guerrero había vuelto para seguir la vieja lucha contra la rica y aristocrática familia Boyd. Pero, ¿qué destino se fraguaría para ellos dos cuando Jesse supiera que había tenido un hijo que llevaba con orgullo su nombre y su herencia?

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Seitenzahl: 203

Veröffentlichungsjahr: 2019

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Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra. www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 2000 Sheree Henry-Whitefeather

© 2019 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Un padre ejemplar, n.º 977 - diciembre 2019

Título original: Jesse Hawk: Brave Father

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Harlequin Deseo y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.

Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.:978-84-1328-688-4

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Créditos

Capítulo Uno

Capítulo Dos

Capítulo Tres

Capítulo Cuatro

Capítulo Cinco

Capítulo Seis

Capítulo Siete

Capítulo Ocho

Capítulo Nueve

Capítulo Diez

Capítulo Once

Capítulo Doce

Capítulo Trece

Capítulo Catorce

Epílogo

Si te ha gustado este libro…

Capítulo Uno

 

 

 

 

 

Patricia Boyd lo amaba más que a la vida misma. Se sentó al borde de su cama y pasó la mano por su frente retirándole el pelo de color castaño oscuro. Dillon Hawk, su hijo de once años, era toda su vida.

El sol de la mañana brillaba a través de la persiana iluminando a rayas el dormitorio. Patricia sonrió. Dillon tenía la habitación recogida. Cada coche, barco o avión construidos tenían su sitio.

–Eh, mami –sonrió el niño adormilado–, ¿te vas a trabajar?

–No, hoy es domingo.

–Ah, sí –respondió Dillon incorporándose en la cama–. Hoy desayunamos en casa del abuelo.

Para la familia Boyd el desayuno de los domingos era toda una tradición. Tortilla, tostadas y zumo de naranjas recién exprimidas.

–Esta mañana tengo algo que hacer, pero el abuelo te preparará los huevos.

–Vaya, él siempre los hace al estilo hispano, muy picantes –comentó Dillon retirando la sábana–. ¿A dónde vas, mami?

A ver a tu padre, pensó nerviosa. Jesse había vuelto, pero lo había hecho con un retraso de doce años. Había comprado la vieja granja Garrett, una pequeña propiedad entre Arrow Hill y Hatcher. Por supuesto, Jesse no la esperaba. No había tratado de contactar con la mujer a la que, años atrás, había dado la espalda.

–Voy a visitar a un viejo amigo –contestó Patricia. A su primer amor, al hombre que le dio un hijo–. Te dejaré en casa del abuelo de camino, y después volveré.

–Está bien, pero si tardas puede que estemos en la tienda.

Otra tradición familiar, pensó Patricia. Raymond Boyd le compraba a su nieto un modelo de vehículo nuevo para construir cada domingo. Lo malcriaba, pero lo cierto era que Dillon se hacía querer. Y su hijo apreciaba los abrazos tanto como los juguetes.

–Lávate y vístete –ordenó Patricia besando su frente.

–Me daré prisa.

Habían pasado doce años, así que treinta minutos más no suponían ninguna diferencia. Volvería a mirarse al espejo y tomaría una taza de té. Cualquier cosa que calmara sus nervios.

–Bien, tranquilo.

Patricia entró en su sencillo dormitorio. Muebles de madera antiguos, tapicerías blancas y azules, y una vidriera de colores en la ventana. Cada mañana los rayos de sol proyectaban un prisma de color sobre la cama.

¿La reconocería Jesse, o tendría que mirarla más de una vez para asegurarse de que era ella? Su cuerpo seguía siendo delgado, pero sus caderas se habían ensanchado como testimonio de su madurez y maternidad, y llevaba el pelo más corto y con mechas de color caramelo. Y el rostro… Patricia se tocó recordando cómo Jesse se maravillaba de su «perfecta textura». ¿Seguiría encontrándola perfecta, o se daría cuenta de que era la piel de una mujer de treinta años?

¿Qué demonios iba a decirle? ¿Que estaba embarazada cuando él se marchó? ¿Que lo había esperado año tras año en la más absoluta soledad? ¿Que se suponía que debía volver para demostrarle a su padre que la amaba de verdad?

–¿Mami?

–¿Ya has terminado? –preguntó Patricia con un nudo en la garganta.

–Sí, sólo he tardado diez minutos –sonrió Dillon.

¿Cómo iba a olvidar el rostro de Jesse cuando veía una réplica exacta aunque más joven cada mañana? La blanca sonrisa de Dillon destacaba sus altos pómulos, su mentón y su piel morena, pero el regalo más claro de la herencia mestiza de su padre eran sus ojos. Azul pálido o grisáceos, según el estado de ánimo del niño.

–Yo también estoy lista –repuso Patricia preguntándose si alguna vez se sentiría preparada para volver a ver a Jesse Hawk.

 

 

Minutos más tarde divisó la vieja granja Garrett. Administrativamente pertenecía a Hatcher, pero el terreno se extendía por Arrow Hill. Qué casualidad, pensó Patricia. Resultaba muy significativo que Jesse hubiera elegido un lugar situado justo en la línea divisoria entre el polvoriento y humilde pueblo y la opulenta riqueza.

El padre de Patricia era el hombre más rico del lugar. Era el propietario de importantes bienes. Patricia contempló la casa mientras entraba por el camino de gravilla con su Mercedes. La estructura de madera estaba algo abandonada, pero el primitivo estilo arquitectónico americano florecía en todo su esplendor. La casa, pequeña y rústica, parecía una cabaña de campo en obras de renovación. Patricia aparcó en la bifurcación del camino que llevaba a otro edificio más moderno pero igualmente encantador, situado a la espalda del primero.

Subió las escaleras del porche y luchó contra el deseo de huir. Antes o después acabaría por cruzarse con Jesse, y la gente no tardaría en darse cuenta de que su hijo llevaba el mismo apellido que el recién llegado a la ciudad. Además muchas personas sabían la verdad. ¿No era precisamente por eso por lo que había sabido que Jesse había vuelto? Una compañera de trabajo había mencionado discretamente que un hombre llamado Hawk había comprado Garrett y lo estaba restaurando.

Patricia llamó a la puerta y escuchó los ladridos de unos perros. Espero un rato y por fin volvió hacia el coche. Si Jesse hubiera estado en casa habría respondido.

–Lo siento, no sabía que hubiera nadie en la puerta –dijo una voz profunda a su espalda–. Estaba trabajando en la perrera, en la parte de atrás. Tengo la casa llena de animales, como siempre –rio.

Patricia respiró entrecortadamente. Se volvió y vio a un hombre alto y moreno que se daba sombra con la mano en la frente. A su lado un perro, un robusto rottweiler. Cuando se acercó las rodillas de Patricia flojearon. Jesse llevaba vaqueros gastados y botas, y su pecho desnudo era una masa de músculos. El enclenque joven de dieciocho años se había desvanecido, en su lugar había un extraño.

–¡Dios! –exclamó él deteniéndose de repente–. Tricia.

Aquel nombre corrió por sus venas como un vino de reserva largamente olvidado: dulce y amargo. Nadie nunca la había llamado así excepto él. Levantó el mentón, dio un paso adelante y extendió la mano para saludarlo.

–Me alegro de verte, Jesse.

Lo había sorprendido, era evidente. Jesse correspondió a su frío gesto estrechándole la mano. Aquello resultó violento para los dos.

–No esperaba que vinieras.

–¿No? ¿Por qué?

–Bueno, porque no.

–Podrías invitarme a pasar –sugirió ella.

Después de todo era la madre de su hijo, la inocente que había estado esperándolo durante años, creyendo que volvería a buscarla. Esperándolo hasta que la esperanza se tornó en desesperanza.

Jesse dejó que su mirada vagara lentamente por la silueta de Tricia. Aquello le recordaba el día en que se conocieron. En ese momento, sin embargo, ni sus ojos brillaban ni sus labios sonreían jóvenes y pícaros.

–Bueno, es que los otros perros se te van a tirar encima.

–Me gustan los animales –repuso Patricia observando al fiel rottweiler.

Era un perro fuerte, de pelo negro brillante. Jesse también tenía el cabello negro como el ébano, y seguía llevándolo largo y suelto sobre los hombros, pero sus recortadas patillas le conferían cierta madurez.

–¿A qué has venido, Tricia?

–Pensé que sería violento encontrarnos en la ciudad. Esperaba que pudiéramos hablar, retomar el pasado.

Necesitaba saber en qué tipo de hombre se había convertido el padre de Dillon. Tarde o temprano ellos tendrían que conocerse. Marlow County era demasiado pequeño para guardar secretos. Jesse frunció el ceño, pero finalmente la invitó a sentarse.

–Bueno, podemos sentarnos en el porche –comentó girando en dirección a la casa seguido del perro–. ¿Quieres una soda fría?

–No, gracias, no tengo sed –respondió ella subiendo las escaleras para sentarse a su lado en un balancín de madera.

El rottweiler se acurrucó a los pies de Jesse.

–¿Cómo se llama?

–Cochise.

–Le pega, es nombre de guerrero.

–En cierto sentido es un guerrero –comentó Jesse–. Está entrenado para reconocer a los amigos y a los enemigos.

Por supuesto, Jesse era un propietario de mascotas responsable, nunca tendría un rottweiler sin entrenar. Y en cuanto a los animales de la casa era de esperar. Tricia recordó que siempre había recogido animales de la calle a pesar de no tener dinero ni para comer.

–Y los perros que tienes dentro, ¿son todos callejeros?

–Sí –sonrió Jesse mirando una naricilla pegada al cristal–. Estoy construyendo una perrera nueva.

Jesse se volvió hacia Patricia. Ella se agarró a la silla y trató de calmarse. Dillon había esbozado una sonrisa idéntica aquella mañana. Las miradas de ambos se encontraron. Los dos la sostuvieron, pero la sonrisa de Jesse se desvaneció.

Los ojos de Jesse estaban alerta, pero seguían siendo arrebatadores. Mucha gente hubiera dicho que eran grises, pero Patricia sabía que se volvían plateados cuando hacía el amor y que brillaban sensualmente cuando inclinaba la cabeza hacia una mujer.

¿Con cuántas mujeres lo habría hecho?, se preguntó. ¿Cuántas habrían observado cómo sus ojos cambiaban de color? Jesse Hawk hubiera debido de ser suyo, hubiera debido de volver, de guardar su promesa. La misma noche en que le había arrebatado su virginidad le había jurado amor eterno. Se habían acostado el uno en brazos del otro, habían saboreado la piel del otro, se habían hecho promesas. Jóvenes, románticas promesas. Y ella había cumplido la suya, la había cumplido en lo más hondo de su corazón llorando hasta caer dormida cada noche. No, no había querido marcharse con él cuando él se lo había pedido, pero había tenido una buena razón. El joven al que amaba necesitaba una oportunidad, y ella necesitaba seguridad con un niño en su vientre. Por eso le había pedido que se marchara, convencida de que volvería por ella.

«Nunca te perdonaré», hubiera deseado decirle en aquel momento. Pero Dillon tenía derecho a conocer a su padre. Patricia le había contado cosas a su hijo, y le había prometido que algún día volvería. Sólo tenían que esperar a que terminara sus estudios.

–Oí decir que alguien había comprado esta granja.

–Sí, he estado yendo y viniendo desde Tulsa, pasando aquí los fines de semana y tratando de conseguir a gente que me construyera la clínica. Los arreglos de la casa los estoy haciendo yo.

–No sabía que tuvieras experiencia en arquitectura de madera –repuso Patricia.

–Hice algunas cosas en el instituto, me ayudaba a pagar el alquiler –se encogió de hombros.

Patricia hubiera deseado preguntarle por sus estudios, preguntarle si le había resultado duro. Sabía que para los disléxicos leer era una verdadera prueba, su hijo sufría de la misma falta de habilidad. Pero preguntarle a Jesse por sus estudios hubiera sido como resucitar el pasado, como recordar las amenazas de su padre, y eso era algo sobre lo que, después de tantos años, aún podían discutir.

–Así que entonces lo de ahí detrás es una clínica veterinaria, ¿no?

–Sí, tengo una clínica con otros tres médicos en Tulsa, y decidimos que ya era hora de abrir una en el campo.

–Parece que las cosas te van bien.

–Sí.

Estuvieron en silencio durante un rato. Jesse mecía el balancín.

–¿Estás segura de que no quieres nada de beber?

–No, pero bebe tú si tienes sed.

–No, estoy bien.

De nuevo el silencio. Tenía que encontrar algo que decir, se dijo Patricia. Jesse había cambiado físicamente. Había ganado peso, pero era todo músculo. Y sobre su amplio y duro pecho seguía llevando el saquito mágico de piel con medicinas, como siempre. En una ocasión él había metido un mechón de sus cabellos en aquel saquito, pero seguramente ya no estaría allí.

–Entonces… ¿ya te has mudado? –preguntó Patricia.

–Sí, antes vivía en California. Mi hermano vive allí con su mujer y su hija.

–¿Tu hermano? ¿Quieres decir que lo has encontrado?

Jesse y su hermano Sky habían sido separados y llevados a orfanatos diferentes a la muerte de sus padres. Por aquel entonces Jesse sólo tenía dos años, de modo que no se había enterado de la existencia de su hermano hasta después. A los dieciocho había comenzado a buscarlo, pero Sky se había mudado.

–Sí, Sky volvió a Marlow County a buscarme, así que en realidad los dos nos estábamos buscando –sonrió–. Es una persona estupenda, todo lo que se puede desear de un hermano. Y tiene una familia adorable.

Patricia sintió envidia y dolor. Jesse hubiera podido tener también una familia adorable si hubiera vuelto por ella.

–Entonces os lleváis bien, ¿no?

–Sí, hablamos de nuestro origen, de nuestra infancia. Él también ha estado estudiando el dialecto muskokee –añadió haciendo oscilar el balancín–. ¿Y qué me cuentas de ti, Tricia? ¿Qué tal te va la vida?

–Bien, estoy contenta. Soy inversora financiera.

–Así que compras y vendes propiedades para papá, ¿no es eso?

Patricia levantó el mentón. El sarcasmo de Jesse la molestó.

–Sí, compro y vendo propiedades para mi padre, y los beneficios aumentan el capital familiar –respondió pensando en Dillon.

–Sí, una pequeña familia muy unida –se burló Jesse–. Papá y su preciosa hija. ¿O te has casado, Tricia? ¿Has conseguido presentarle a tu padre a algún hombre de su gusto?

–Estoy soltera, pero he madurado, Jesse, no como tú. Tu charla infantil es desagradable.

–Pues demándame. O mejor aún, arréglame la vida otra vez.

Patricia no deseaba mantener aquella conversación. No en ese momento. Su padre había cometido un error, pero se había portado bien con ella. Había aceptado y amado a su nieto desde el primer momento. Y, como madre soltera, Patricia había acabado por comprender sus motivos, su naturaleza excesivamente protectora.

–No he venido a desenterrar el pasado.

–Tienes razón –suspiró Jesse–. Lo siento. Me alegro de que estés contenta.

La dulzura del tono de voz de Jesse le recordó al hombre que había sido, al joven al que había amado. Patricia levantó la mirada. Había tres perros arañando la ventana. No pudo evitar sonreír.

–Puedes dejarlos salir, no me importa.

–Bueno, pero luego no digas que no te he advertido.

Los perros salieron saltando y ladrando excitados. Cochise se sentó con las orejas levantadas y los observó. Lamieron y olisquearon a Patricia con sus húmedas naricillas mientras ella repartía caricias. Luego se marcharon. Cochise los observó envidioso.

–Vamos chico, tú también –lo alentó Jesse.

El rottweiler se unió a los otros al instante. Patricia fingió contemplar a los canes, pero en realidad observaba el perfil de Jesse. Sus rasgos habían cambiado. A aquel hombre, capaz aún de cautivar su mirada, no lo conocía. La idea la inquietó. Le gustaba pensar que era inmune al atractivo de un hombre moreno.

Un perro se acercó a su regazo, y Jesse se volvió hacia ellos.

–Qué bonito es este perro, parece sacado de una película.

–Sí, a ti te encantaban esas películas, siempre te echabas a llorar –comentó Jesse con expresión casi anhelante.

Patricia asintió fingiendo que aquello no le afectaba.

–Sí, recuerdo esas películas de final feliz. ¡Dios mío! ¿cuántas vimos?

Demasiadas, pensó Jesse con el corazón encogido. La imagen de Tricia abrazada a él mientras veían la TV aún lo perseguía. ¿Cuántas veces, durante todos aquellos largos años, había pensado en ella y la había echado de menos?

Tricia había cambiado, estaba más bella aún de lo que recordaba. Llevaba el sedoso cabello castaño peinado con más estilo e iluminado con reflejos dorados. Su cuerpo se había desarrollado convirtiéndose en una femenina mezcla de curvas y escote, y sus piernas, sus larguísimas piernas, parecían ágiles y capaces de abrazar el torso de un hombre durante horas. Tal y como lo habían hecho en el pasado, recordó Jesse excitándose. Esas eran las imágenes más dolorosas de todas: la pasión juvenil, la sensualidad de la timidez, la ternura, la inexperiencia a la hora de hacer el amor.

Nada más terminar la escuela Jesse se había mudado a Marlow County en busca de sus raíces, pero en lugar de ello había encontrado a Tricia. Un día había acudido a la biblioteca pública a informarse sobre unos cursos. Entonces Patricia, una morena flaca con pantalones cortos y sandalias, se había acercado a él y le había dicho que era tutora voluntaria. Sus ojos habían quedado clavados a ella en una lenta y tortuosa mirada. Se había enamorado a primera vista. Pero tres meses después todo su mundo se había arruinado.

Jesse levantó la vista y recordó el día en que Tricia lo había traicionado. Aquella tarde de agosto ella había ido a su apartamento pálida y cansada.

–No debería de haber hablado con mi padre sobre tus estudios –había dicho con voz temblorosa.

Jesse sacudió la cabeza tratando de evitar que se sintiera culpable. Él también acababa de tener un altercado con su padre, que lo despreciaba.

–Tú no tenías ni idea de que él fuera a usarlo en mi contra –respondió.

–¿Qué le has dicho? –preguntó ella.

–Nada –respondió Jesse orgulloso, ocultando su ira.

Jesse sabía que Raymond Boyd había tratado de destruir su relación con Tricia desde el principio, pero a pesar todo ella había seguido acudiendo a las citas. Aquello le había hecho concebir esperanzas. Después de todo era una chica moderna, los dos eran mayores de edad. El hecho de que un pobre indio amara a una chica blanca rica no era un crimen.

–No te preocupes, lucharé –añadió él.

–¿Pero cómo? No puedes hacer nada para cambiar las cosas –había respondido ella con los ojos llenos de lágrimas.

Jesse respiró hondo. Podía asistir a una Universidad diferente, buscar un lugar con el que Raymond Boyd no tuviera ninguna relación. No sería fácil, pero con Tricia a su lado se sentía capaz de cualquier cosa.

–Quiero que vengas conmigo, Tricia.

–¿Pero cómo ibas a estudiar tú si fuera contigo? Sabes muy bien que mi padre habla en serio, conseguirá que te echen de la Universidad.

Jesse iba a matricularse en el Winston College of Veterinary Medicine, una institución privada fundada para proporcionar a sus alumnos una educación tradicional en veterinaria al tiempo que se estudiaba medicina holística, acupuntura y homeopatía. A pesar de las dificultades de Jesse para leer, sus avanzados conocimientos sobre hierbas medicinales le habían posibilitado el acceso. No obstante Raymond Boyd estaba en posición de arrebatárselo.

El padre de Tricia y George Winston, el fundador de la Universidad, eran amigos fraternales. Por eso Jesse se jugaba su futuro si no abandonaba a Tricia.

Jesse secó las lágrimas de Tricia y la tomó en sus brazos. La fragancia de su cabello, la suavidad de su piel inspiraban su deseo. Estar enamorado no lo asustaba tanto como perderla.

–Sé que si vienes conmigo no podré ir a Winston, pero encontraré otro lugar que me acepte, pediré una beca.

–¡Oh, Jesse! –exclamó ella echándose a llorar–. Tú sabes que Winston es la única facultad de veterinaria que incluye un programa extenso de medicina alternativa, es el lugar al que siempre has querido ir.

En el fondo de su corazón Jesse sabía que Patricia tenía razón. El anciano Tall Bear, un brujo creek, le había enseñado todo lo que sabía sobre hierbas medicinales, y había sido él quien le había presentado al decano de Winston ofreciéndole un trato. Jesse colaboraría en su plan de estudios de hierbas medicinales, y a cambio recibiría una educación en veterinaria clásica. El decano había accedido a aquella propuesta, pero todo podía venirse abajo.

–No quiero perderte, Tricia.

Tricia era su destino tanto como curar animales, no podía escoger. Estaba dispuesto a hacer todos los sacrificios que hicieran falta con tal de conservar las dos cosas, a trabajar sin descanso. Y sabía que Tall Bear lo entendería. El sabio brujo le aconsejaría que se dejara guiar por su corazón. Lo que Raymond Boyd hacía no era ilegal, pero era inmoral. Jesse tomó la mano de Tricia y la estrechó entre las suyas.

–Lo conseguiré, quizá Winston me ayude. Puede que me recomiende a otra Universidad. Por favor, Tricia, ven conmigo.

–¡Oh, Dios, no puedo! ¡Ahora no! –hizo una pausa para respirar hondo–. No quiero que te veas obligado a prolongar tus años de estudio por mí, te mereces esa Universidad. Piénsalo, Jesse. Podemos estar juntos cuando termines, puedes volver a buscarme –Patricia cerró los ojos y se enjugó las lágrimas–. Si nos fuéramos juntos no conseguiríamos salir adelante, no ganaríamos lo suficiente para sobrevivir, y menos aún para pagar la Universidad.

Jesse la soltó. Dinero. Aquella palabra le hacía rechinar los dientes. En una ocasión Tricia lo había convencido de que no era un deshonor haber nacido pobre o haber crecido en un orfanato, pero de pronto la vergüenza, la humillación de no tener nada lo corroyó por dentro partiéndolo en dos.

Cuando Tricia alzó una mano hasta su mejilla aquel contacto lo quemó: lo invadió una ola de amor, de odio y de confusión. Ella prefería el dinero de su padre, lo escogía antes que a él. No estaba dispuesta a vivir en un diminuto apartamento ni a recorrer la ciudad en una maltrecha camioneta. Prefería el lujo, la ropa de diseño, los coches caros.

–Vuelve cuando hayas terminado tus estudios –rogó Patricia acariciando con los dedos su mentón–. Vuelve a buscarme, Jesse. Demuéstrale a papá que…

–¡Maldita sea, Tricia! –la interrumpió él airado–. Deberías de odiar a tu padre por esto, pero en lugar de ello esperas que le demuestre quién soy.

–Mi padre está equivocado, pero no puedo odiarlo –añadió ella dejando caer la mano–. Él me ha criado solo… –desvió la mirada–… trata de comprenderlo.

Lo comprendía. Tricia no lo amaba tanto como él la amaba a ella. No tenían futuro juntos. Pronto se convertiría simplemente en su primer amante, el chico que le había enseñado a complacer a los hombres. A los hombres ricos a los que su padre no pondría peros, claro. Pues bien, aprovecharía la oportunidad para estudiar, continuaría con su vida y abandonaría a Tricia con su padre y su dinero.

–Volverás, ¿verdad, Jesse?

–¡Maldita sea, claro que volveré! –respondió Jesse decidiéndolo justo en ese instante.

Algún día volvería a Marlow County, pero no a buscar a la chica que había elegido el dinero antes que a él, sino a encontrar sus raíces y construir un hogar en la ciudad en la que habían vivido sus padres.

Y eso era exactamente lo que había hecho. Pero por supuesto, Tricia había tenido que aparecer, aunque fuera doce años más tarde, para desenterrar dolorosos recuerdos.

–Escucha, sé que no has venido a hablar del pasado, pero tengo algo que decirte –afirmó Jesse escogiendo cuidadosamente las palabras. Tricia levantó la vista. No soportaba el hecho de que estuviera tan bella–. En aquel entonces yo no estaba enamorado, y tú tampoco lo estabas. Quiero decir, no éramos más que unos críos, adolescentes experimentando –Tricia palideció. Jesse lo lamentaba, pero no podía impedir sentir esa necesidad de venganza. Jamás admitiría que había sufrido por ella, que la había echado tanto de menos, que se había desecho en lágrimas–. Así que… nunca debí de pedirte que vinieras conmigo, lo que hubo entre nosotros no fue más que un capricho de adolescentes, era imposible que saliera bien.

–Soy perfectamente consciente de ello –respondió Patricia tensa.

–A eso voy, no te culpo por que no vinieras conmigo.

Y era cierto, había dejado de culparla. Había madurado, y con el tiempo había comenzado a comprender. La culpa era de Raymond Boyd, de la lealtad de Tricia hacia él. Por eso ella esperaba que él volviera a postrarse a los pies de su padre. Seguía resentido. Si Tricia le hubiera pedido que volviera para raptarla y mandar a Raymond Boyd al diablo no habría dudado.

–Tengo que marcharme –dijo Tricia.

Jesse permaneció sentado mirándola unos segundos más. No parecía que la hubiera herido. Estaba pálida, pero su expresión era fría, reservada. Jesse se puso en pie.

–Te acompaño al coche.

–No es necesario.

–Insisto.