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Vivimos en sociedades con hambre y sed de espiritualidad. Hoy asistimos al resurgir de la búsqueda del ser humano por dar valor y sentido a su propia vida, y signo de ello es la demanda por encontrar espacios donde cultivar la interioridad, el gusto por la espiritualidad. Los caminos que se ofrecen son muy diversos. Esta obra, fruto del Seminario sobre Espiritualidad de Encarnación a la luz de los textos povedanos, reflexiona sobre la espiritualidad laical propuesta por Pedro Poveda y su invitación a que "confundidos con el común de las gentes", los laicos se distingan por la "santidad de vida", por ser "interiormente (...) distinguidísimos con la distinción de la virtud; elevadísimos con la elevación de la santidad; singularísimos con la singularidad del espíritu de Cristo". Se ofrecen algunos itinerarios para vivir hoy la fe en las sociedades actuales y ser testigos creíbles y audaces del evangelio. Poveda propone un modo de ser, estar y comprometerse que, en la vida cotidiana, transparente la singularidad extra-ordinaria de quienes caminan tras el Resucitado.
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Seitenzahl: 330
Veröffentlichungsjahr: 2022
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UNA EXTRA-ORDINARIASINGULARIDAD
Itinerarios de espiritualidad laicalen Pedro Poveda
Elisa Estévez López (Coord.)
NARCEA S. A. DE EDICIONES
Índice
INTRODUCCIÓN
Ser la sal de la tierra: espiritualidad laical en el pensamiento de Pedro Poveda
Elisa Estévez López
Contexto y género literario del comentario sobre:“Vosotros sois la sal de la tierra”
“Vuestra vida lo es de apostolado”
Ser la sal de tierra: un modelo de espiritualidad laical
Una existencia entretejida con la humanidad
Una presencia contracultural
Identidad cristiana y povedana
Ser sal para sazonar, cauterizar y preservar
Funciones de la sal
Dinámica pascual del ser sal de la tierra
Dejar de ser sal: vigilancia y discernimiento
Una palabra final
Conocer, amar y seguir a Cristo: Encarnación y misterio Pascual en la escuela del amor
Carmen Aparicio Valls
Algunos datos de contexto
El camino para aprender el amor
La Encarnación de Cristo y la unión con Dios
Morar en las llagas de Cristo
Las “cartas del celo”
“Las Llagas, lugar de sabiduría y fortaleza” [190]
Fuentes principales
¿Qué sentido tienen las llagas de Cristo hoy?
La cruz camino para reconocer la divinidad de Jesús
Acto de libertad
Las llagas, lugar donde aprender que Dios es amor
La cruz lugar de perdón y misericordia
La cruz y el dolor del mundo
Las llagas de Cristo y la evangelización
La oración es la única fuerza. Hombres y mujeres contemplativos en la historia
Rosario V. Moreno RodríguezRaquel Pérez Sanjuán
La necesaria vida orante
La oración cristiana: Jesús, maestro de oración
La oración en las tradiciones religiosas: dimensiones de un encuentro
La radical apertura a la Trascendencia. El polo subjetivo: el ser humano. La actitud religiosa fundamental
Reconocimiento de un mysterium tremens et fascinans El polo objetivo: Dios
Respuesta a una invitación: “Habla, Señor, que tu siervo escucha”(1Sam 3, 10). El polo interrelacional: Dios y ser humano religados
La oración en nuestro tiempo: una manera diferente de mirar
El estudio y la ciencia al servicio del reino
Tusta Aguilar GarcíaCamino Cañón Loyes
La visión de Poveda
Mirada desde el hoy
Amigo de la conjunción copulativa
Un programa antropológico
Rasgos de una fisonomía
El estudio abre a la experiencia de la armonía
El estudio crea comunidad y genera solidaridad
La actividad de estudiar genera esperanza
Fe, virtud, ciencia
Un programa de transformación social
La educación, eje central
El estudio y las mujeres
Demostrar con los hechos
La educación y el estudio
El estudio y la dirección del cambio
Creí por esto hablé: con la vida, las palabras y las obras
Elisa Estévez López
Una reflexión contextualizadasobre el testimonio de la fe
Todo empezó con un encuentro
“Creí, por esto hablé”
Los verdaderos creyentes
Callar la fe que se profesa
“Hay que unir a la fe las obras”
Acoger las consecuencias de creer
La mansedumbre, un desafío para los creyentes hoy
Elisa Estévez López
Una reflexión contextualizada sobre la mansedumbre
La mansedumbre, una forma paradójica de vivir
Ante la cólera: dulzura, afabilidad y paciencia
La vida de Jesús, ejercicio no interrumpido de mansedumbre
En el origen de la ira, el amor propio
Medios para adquirir la mansedumbre
a) Oración
b) Vencimiento completo y sacrificio constante
c) Vigilancia continua
d) Silencio
e) Discernimiento
El perdón, expresión del amor gratuito de Dios y ejercicio de mansedumbre
Los tiempos presentes reclaman el ejercicio de la mansedumbre
UN MODO CREYENTE DE VIVIR LA PROFESIÓN
María Dolores Martín Blanco
Apunte de contexto
El texto y sus contenidos
Principio y fin [48] y [49]: experiencia de Dios, humanismo, felicidad, amor.
Un esfuerzo integrador [50], [51] y [57]: El bien. Ciudadanas, profesionales y creyentes
Un estilo [52], [53] y [54]: Virtudes pedagógicas: orden, expansión, alegría
Lo único realmente imprescindible [55] y [56]: Vocación. El testimonio incuestionable de las obras
Desde nuestro presente
Cuestiones para la reflexión
“PARA QUE EL MUNDO CREA”UN LAICADO ASOCIADO VINCULADO POR LA CARIDAD"
Arantxa Aguado Arrese
Apuntes introductorios
Un programa formativo que afecta a la vida
Anotación sobre el método
Marco teológico eclesial
Conceptos y realidades que se articulan
El referente bíblico
Una comunión misionera
El laicado y la cuestión asociativa
El vínculo de la caridad
El texto elegido: su relevancia ayer y hoy
Claves de lectura
Textos complementarios
Itinerario para un encuentro fructífero con el texto elegido. Un dinamismo en tres tiempos
Primer tiempo: Hacia el texto
Segundo tiempo: En el texto
Tercer tiempo: Desde el texto
FUENTES DE ESPIRITUALIDAD POVEDANA
BIBLIOGRAFÍA SECUNDARIA
INTRODUCCIÓN
Vivimos en sociedades con hambre y sed de espiritualidad. Hoy asistimos al resurgir de la búsqueda del ser humano por dar valor y sentido a su propia vida, y signo de ello es la demanda por encontrar espacios donde cultivar la interioridad, el gusto por la espiritualidad. Los caminos que se ofrecen son muy diversos. Entre todas las espiritualidades (cristianas, laicas, de otras religiones), este libro reflexiona sobre algunos aspectos de la espiritualidad de encarnación que Pedro Poveda propuso para la asociación laical que fundó en 1911. Lo hace en diálogo con los desafíos y retos que plantean las sociedades actuales, tratando de reflejar lo significativo y actual de la propuesta espiritual de Pedro Poveda.
Estamos convencidos de la riqueza de esta espiritualidad para otros muchos creyentes y para la vida de la Iglesia. De ahí que nos hayamos decidido a publicar esta obra, no sólo para los miembros de la Institución Teresiana, sino también para todos aquellos y aquellas que viven su fe en medio de las sociedades actuales, y quieren nutrir su experiencia de Dios en diálogo con las creencias, valores y modos de sentir y actuar de las sociedades contemporáneas.
La espiritualidad laical propuesta por Pedro Poveda toma como modelo la vida de los primeros cristianos, hombres y mujeres, que viviendo en medio del mundo, actúan como fermento en medio de la masa, hacen presente en la sociedad la justicia que brota de la fe, vinculados por la caridad, con un intrépido espíritu evangelizador que vincula el testimonio de la fe con sus “frutos santos” (desprendimiento, gratuidad, humildad y mansedumbre, suavidad y fortaleza, tolerancia, sabiduría conciliadora), con una fe ilustrada, perseveran en la oración y en la vida eucarística, como libres más como siervos de Dios. A decir de la Carta a Diogneto, estos primeros creyentes “habitando ciudades griegas o bárbaras, según la suerte que a cada uno le cupo, y adaptándose en vestido, comida y demás género de vida a los usos y costumbres de cada país, dan muestras de un tenor peculiar de conducta admirable, y, por confesión de todos, sorprendente”.
De ahí que el título de esta obra sea Una extra-ordinaria singularidad. La invitación de Poveda es que “confundidos con el común de las gentes”, los laicos/as se distingan por la “santidad de vida”, por ser “interiormente (...) distinguidísimos con la distinción de la virtud; elevadísimos con la elevación de la santidad; singularísimos con la singularidad del espíritu de Cristo” (1916) [78]. Cada uno de los itinerarios de espiritualidad laical que se abordan en esta obra encaminan a vivir según la singularidad del espíritu de Cristo.
Se recogen en este volumen los trabajos presentados por las autoras en el Seminario sobre Espiritualidad de Encarnación a la luz de los textos povedanos. El seminario, con una duración de tres años, se ha celebrado sin interrupción durante diez años (del 2008 al 2018). Los artículos que presentamos se han podido dialogar y contrastar con los participantes en el Seminario, cuyas aportaciones han contribuido a enriquecer su contenido1.
Entre los objetivos del Seminario, destacamos el interés por: 1) ahondar, tanto desde el punto de vista teórico como experiencial en el carácter propio de la espiritualidad laical propuesta por Poveda; 2) favorecer una combinación creativa de recuperación hermenéutica de textos antiguos y de apropiación de la experiencia contemporánea; 3) establecer un diálogo crítico e interdisciplinar de los textos povedanos con las claves y códigos colectivos vigentes en las sociedades actuales; y 4) avanzar conjuntamente nuevas formulaciones y prácticas de una espiritualidad laical, que ayude a alimentar e inspirar la vida comprometida con el Evangelio y según la espiritualidad propuesta por Pedro Poveda.
En total la obra consta de ocho capítulos en los que se abordan dimensiones nucleares de la espiritualidad laical povedana. No se trata de un tratado sistemático, sino de un estudio parcial en el que se profundiza solamente en algunos textos de Pedro Poveda en los que el autor reflexiona y desarrolla las dimensiones de la espiritualidad povedana elegidas. Es, por tanto, una aproximación a la espiritualidad laical propuesta por Poveda.
El primer capítulo aborda las características de una presencia laical en la sociedad, como la de los primeros cristianos, inserta en las realidades sociales, que se distingue por su “santidad de vida”, por su capacidad para dar sabor y sanar.
El segundo capítulo aborda la centralidad de la encarnación en la espiritualidad povedana, cuyo significado pleno solo se comprende a la luz de misterio pascual. Poveda exhorta a adentrarse por los derroteros del conocimiento, el amor y el seguimiento de Cristo, cuyo amor solo se comprende plenamente en el Crucificado.
El tercer capítulo se centra en una dimensión esencial y fundante del vivir cristiano: la oración. Las autoras nos introducen, a través de su reflexión, en el sentido y los efectos de la oración para Pedro Poveda.
El cuarto capítulo se adentra en la importancia que tiene en la espiritualidad povedana el estudio. En la visión de Poveda, el estudio, junto con la oración, es un medio insustituible para realizar el fin último y el programa de la Obra que funda: la evangelización y el diálogo de la fe con la ciencia.
El quinto capítulo desarrolla la convicción povedana de que la fe en Dios vivifica y lleva a plenitud todo lo humano, a la vez que solicita de quienes creen, ser testigos, con obras y palabras, del Dios que sostiene, alienta y ofrece liberación y salvación.
El sexto y séptimo capítulos abordan algunas virtudes povedanas:los “frutos santos”, que identifican a quienes las viven como discípulas y discípulos de Jesucristo. El capítulosexto se centra en los hábitos y formas de ser y actuar que Poveda considera esenciales en el terreno de las relaciones entre profesión, vida, fe y vocación. El séptimo desarrolla la importancia de la mansedumbre como un modo de ser, vivir, comprometerse y dar testimonio de la fe, siguiendo el modelo de Cristo.
Por último, el octavo capítulo profundiza en el amor/caritas que vincula fuertemente a los creyentes en una comunidad y los fortalece para comprometerse con el Reino. Poveda encuentra en la vida trinitaria el fundamento que sostiene y nutre el amor.
Los textos de Poveda se citan según la numeración que consta en los volúmenes de la edición crítica de los mismos. En concreto, los volúmenes citados: Pedro Poveda, Obras I. Creí por esto hablé. Edición crítica y estudio a cargo de Mª Dolores Gómez Molleda, Madrid 2005; y Pedro Poveda, Obras II. Ensayos y proyectos pedagógicos. Edición crítica y estudio a cargo de Margarita Bartolomé, Madrid 2016.
1 En todos estos años el equipo, coordinado por Elisa Estévez ha estado integrado por Pilar Gascón, Mª Jesús Elejalde, Mati Carrero y Aurora Salamanca. Las ponentes de los distintos temas han sido: Arantxa Aguado, Tusta Aguilar, Carmen Aparicio, Camino Cañón, Elisa Estévez, María Dolores Martín, Rosario V. Moreno y Raquel Pérez.
Ser la sal de la tierra: espiritualidad laical en el pensamiento de Pedro Poveda
Elisa Estévez López
Hace más de cien años Pedro Poveda, inició una obra de Iglesia, la Institución Teresiana, cuyos miembros habían de vivir al estilo de los primeros cristianos, insertos en las realidades temporales, dando testimonio del Evangelio en medio de las estructuras educativas y culturales, y vinculados por la caridad. Respondía con su iniciativa a la necesidad imperiosa de un diálogo entre la fe y la ciencia, entre la Iglesia y una sociedad cada vez más plural y secularizada que reclamaba su autonomía1. Se sumaba así a otras iniciativas que subrayaban el papel del laicado en la transformación social (más en concreto, en el ámbito educativo, objeto entonces de un agudo debate social). Frente a posturas creyentes integristas e intransigentes, la Obra de Poveda y él mismo, se decantaron por responder al laicismo agresivo, mostrando con obras y palabras alejadas de beligerancia y descalificaciones, que la plenitud de lo humano está en Cristo y que no hay oposición entre fe y ciencia2.
La institución laical que daba sus primeros pasos en 1911 necesitaba de una recia espiritualidad, que Poveda irá pergeñando en los años posteriores, y cuyo prototipo habían de ser los primeros cristianos, como señala en 1934:“La idea de tomar como modelo la vida de los primeros cristianos, nace con la idea misma de la Obra…” [451]3. El objetivo de este capítulo no es una exposición sistemática del modelo de espiritualidad laical propuesto por Poveda, sino centrarnos en su comentario a Mt 5,13: “Vosotros sois la sal de la tierra”. Se trata de un escrito del año 1920, en el que refleja muy bien cómo estar en el mundo, siendo uno más, y al mismo tiempo, sanando y dando sabor.
Contexto y género literario del comentario sobre:“Vosotros sois la sal de la tierra”
La consideración “Vosotros sois la sal de la tierra” [157] pertenece a un conjunto documental, muy bien diferenciado en la obra povedana, que el autor comienza a escribir en febrero de 1920, dándolo por concluido en marzo de ese mismo año. Lo escribe en un momento en el que la asociación laical que había fundado se estaba afianzando con solidez4, y habiendo madurado él mismo, con la fuerza del amor de Dios, en el crisol del sufrimiento. El conjunto documental lleva por título: “Jesús, maestro de oración”. Consta de veinticuatro escritos en los que Poveda aborda ampliamente, primero, el tema de la oración, y a continuación plantea cómo han de vivir y actuar quienes han de vivir como seglares en medio de la sociedad. Plantea con claridad la finalidad de esta asociación laical, su programa y los rasgos propios de espiritualidad. De ahí la importancia de estos escritos del año 1920.
En cuanto al género literario, el conjunto documental contiene meditaciones, consideraciones y algún escrito de carácter epistolar5. En concreto, el que es objeto de nuestro estudio es una consideración, el género literario por excelencia de Poveda. Lo utiliza principalmente cuando toca asuntos de máxima importancia, para destacar rasgos esenciales de identidad, modalidad, misión y espíritu de la Institución Teresiana. La consideración parte de un texto de la Escritura que contiene la idea central a desarrollar. A continuación, el autor expone y argumenta las enseñanzas que se derivan del mismo, valiéndose, además, de otros textos bíblicos, o bien, patrísticos. Y, por último, exhorta a vivir de esa manera, dando indicaciones de cómo conducirse en la vida.
El texto elegido, escrito el 25 de febrero de 1920, parte de la siguiente cita evangélica: “Vosotros sois la sal de la tierra. Y si la sal se hace insípida ¿con qué se le volverá el sabor? Para nada sirve ya, sino para ser arrojada y pisada de las gentes” (Mt 5,13)6. Su reflexión tiene dos grandes partes: una primera en la que desarrolla la comparación de la vida de apostolado con la imagen de la sal; y una segunda en la que reflexiona en qué condiciones la presencia en el mundo deja de ser evangelizadora.
No se trata de un comentario exegético. Poveda no es un especialista en Biblia, sino un “hombre bíblico”7. Lee la Biblia teológica y espiritualmente en el seno de la tradición viva de la Iglesia, desde su profunda experiencia creyente. Trata de actualizar ese mensaje para la Obra que ha fundado y va perfilando, en diálogo con la Palabra, la espiritualidad laical que propone y los rasgos de identidad y misión propios8.
“Vuestra vida lo es de apostolado”
Poveda comienza su exposición con una afirmación central que vertebra todo su pensamiento: “vuestra vida lo es de apostolado”, y la comparación que elige es la de la sal. Al referirse a la Institución como “obra de apostolado”, y al calificar la misión y la vida de sus miembros como “apostólica”, “de celo”, el autor expresa su convicción de que la evangelización es el fin último, la razón de ser9 de una asociación laical, llamada a hacer presente el Evangelio en medio de las estructuras públicas de la sociedad civil (finalidad), y mostrando la fecundidad del diálogo fe-ciencia y fe-culturas-justicia (programa). Para Poveda la pasión por el Reino es la única que configura plenamente la vida del miembro de la Institución, unificándola y estructurándola de manera integradora. Desde ahí confronta otras aproximaciones a lo humano y se decanta por una vida que acoge y sirve a la causa de Dios en medio del mundo, dando testimonio de ello con las palabras y los hechos. De ahí que la misión de la Institución no queda circunscrita a colaborar en el surgimiento de una alternativa histórica, por muy buena que sea, sino que ha de posibilitar las condiciones que hagan posible el alumbramiento de una nueva creación (Rm 8). Dicho con otras palabras, la evangelización es una nota de identidad, inseparable del carácter laical de la vocación teresiana e inherente a su finalidad y programa, que ha de ejercitarse en “un apostolado especial que no consiste en predicar, ni administrar sacramentos, sino en enseñar, en instruir, en educar, en una palabra, en formar a la juventud, en hacer maestras cristianas. Es una misión sobrenatural, porque el fin que el apóstol se propone es siempre sobrenatural, el de santificar las almas a él encomendadas” (1919) [125].
En la segunda parte de su escrito vuelve sobre el apostolado de quien ha de vivir siendo sal de la tierra, y afirma con rotundidad:
“Toda su virtud, toda la fecundidad de su apostolado está en Cristo y cuando de Cristo se separa, poniendo su confianza en las criaturas, en los medios e industrias humanos, su obra ya no es de apostolado, es una labor natural más o menos estimable en el mundo, según las dotes que posea el que la ejecuta, pero sin valor alguno en orden a la vida eterna” [157].
Poveda incide en este escrito en otro aspecto esencial de su espiritualidad: la vinculación con Cristo, porque la sal no tiene sabor por sí misma, sino que lo recibe de otro10.
La unión con Dios que han de tener quienes aspiran a colaborar mediante la educación en la transformación de la historia en nueva creación, es una dimensión esencial para comprender la espiritualidad laical que propone.
Así lo expresa de nuevo en 1925 en un comentario al texto bíblico, “Yo soy la vid, vosotros los sarmientos” [210]. En éste reflexiona sobre la imprescindible unión que han de tener con Dios quienes aspiran a vivir con fecundidad evangélica (“frutos de vida eterna”, en contraposición al sarmiento que se “seca” y para nada sirve sino para tirarlo). No duda en afirmar: “la medida de vuestros frutos será esta unión con Dios” (1928) [260].
Ser la sal de tierra:un modelo de espiritualidad laical
La imagen de la sal es muy sugerente, y con ella Poveda ilustra cómo entiende una vida laical, “una vida fundida con la de las gentes, con sus sufrimientos, sus angustias, sus esperanzas e ilusiones, y vida ‘sanadora’ a lo divino”11. Las dos dimensiones son esenciales para quienes, de acuerdo con su vocación laical, han de ser presencia de Dios insertos en las estructuras públicas y ciudadanas. La imagen de la sal habla de compartir las condiciones ordinarias de vida de los hombres y mujeres de nuestro mundo, y de ser fermento en la historia (cf. LG 31) dando sabor y sanando. Pero las afirmaciones povedanas aportan, además, una clave esencial para entender esa manera de ser compañeros de camino de otros hombres y mujeres, y cómo colaborar en la construcción de lo humano: la mirada a las realidades rotas, quebradas, heridas12. La clave transformadora del estar en el mundo partiendo desde abajo, está estrechamente unida en Poveda a su inserción primera por los caminos polvorientos de las cuevas de Guadix. La obra de las Academias y el interés en formar maestras no llega a comprenderse plenamente si no se pone en relación con esa experiencia que marcó definitivamente su vida y le hizo experto en humanidad solidaria. Cambiarán las mediaciones, pero no la convicción profunda de que lo humano se recrea desde abajo, siguiendo al Hijo que se encarnó por amor13.
Poveda justifica, nada más comenzar, la razón de elegir esta comparación y no la de la luz: “cuadra mejor... a la humildad de vuestra empresa y al silencio con que la lleváis a cabo”. Su afirmación se entiende mejor a la luz de otros textos de ese mismo año. Quince días antes, en su consideración sobre la oración como única fuerza, Poveda deja traslucir datos de la coyuntura concreta que atraviesa la Obra en el año 1920:
“Las dificultades de adentro y los peligros de afuera, juntamente con las persecuciones de los unos y los temores de los otros, llevan el desaliento al ánimo del más esforzado” [153].
Pocos días después escribe para dejar bien sentada su convicción de que Jesucristo es el único fundamento del ser y misión de la Obra. Arraigada esa certeza, no duda en afirmar que por ello “ni nos desalienta la falta de medios materiales, ni el escaso número, ni la humildad de las pocas que para llevar a fin esta empresa nos reunimos” [168].
Más allá del conocimiento de las circunstancias que atravesaba la Obra en esa coyuntura histórica, el contexto en el que están insertas ofrece claves evangélicas de una gran hondura.
La mirada de Poveda sobre la debilidad, las dificultades y los conflictos no queda encerrada en sí misma, en un movimiento que no puede producir sino esterilidad. La invitación que hace a esas mujeres y que resuena con fuerza es a confiar en Dios14, en la fortaleza que se recibe al abrirse a su amor en la oración15. No desiste de la empresa en que están embarcados porque está convencido de que Dios siempre sostiene y de que las difíciles circunstancias que atraviesan son un tiempo oportuno, un tiempo de gracia en el que ensayar desde la marginalidad y la pobreza el Evangelio al desnudo. De ahí su insistencia en que no son la posición, el talento, las riquezas, la prudencia de la carne, en definitiva, “algo humano”, lo que sustenta y hace audaz a una Institución llamada a colaborar en la tarea de liberación y salvación que Jesucristo ha confiado a la Iglesia. No es el momento de lamentos, ni de añoranzas, ni de inhibirse, sino de andar como conviene a la vocación recibida, fundando ahí la unidad de espíritu16.
Tocar la vulnerabilidad propia y ajena es una invitación a vivir la kénosis y el abajamiento del Siervo, que se entregó gratuita y libremente por amor, para ser sal y fermento en la historia17. Poveda está convencido de que la eficacia no proviene de los medios humanos –aunque sean necesarios e imprescindibles–, sino en reflejar y transparentar a Cristo.
Pero, además, cuando afirma que la sal cuadra mejor con “la humildad de vuestra empresa” y “el silencio con que la lleváis a cabo” alude a la modalidad laical que quiere para los miembros de la Institución. En este momento, la Obra cuenta con un nutrido grupo de mujeres profesionales, de fe firme e ilustrada, que dan testimonio de buen hacer en sus puestos de trabajo. Cuenta, además, con muchas Academias. La Institución y el propio fundador también han probado ya las persecuciones y el sufrimiento. Pero, de este modo Poveda subraya su convicción de una presencia laical “fundida” con la vida de las gentes, que se apoya en el único que puede sostener, Dios mismo; de una presencia laical que da testimonio de posponer todo lo humano, anteponiendo siempre a Dios en su vivir y en su hacer. Por otra parte, la labor que realizan no es sino a través de presencias individuales en escuelas y Normales, y en las Academias que van surgiendo en muchas provincias españolas, pero sin hacerse notar, a no ser por la santidad de vida en el ejercicio de su profesión.
A lo largo de su reflexión, el autor va explicando la imagen de la sal.
Una existencia entretejida con la humanidad
La imagen de la sal evoca, en primer lugar, su función como condimento que no se ve, no se nota, pero está y se puede distinguir. Aplicada al modo de estar y actuar con el Espíritu de Jesús en el mundo, apunta a la participación real y concreta en las “condiciones ordinarias de la vida familiar y social” (cf. LG 31), a estar en la realidad de las cosas a través de las mediaciones históricas concretas. Insta a no vivir “desconectados”, o “ensimismados”, ignorando las grandes preocupaciones, problemas, deseos y logros de la humanidad, bien por desconocimiento, por no manejar las herramientas epistemológicas para descifrar las cambiantes coordenadas históricas, por indiferencia o pasotismo, o bien por preferir las viejas seguridades a la implicación en el claroscuro de los caminos de transformación social, o por vivir una vida acomodada que no corre el riesgo de encontrarse con los ojos de quienes son diferentes, extraños y extranjeros, de quienes están al margen.
En la comparación de la sal resuena la centralidad de la encarnación en la espiritualidad laical povedana, fuente de inspiración del “humanismo verdad” (1915) [74], que no tiene otro modelo que Jesús mismo, quien se hizo siervo y abrazó la existencia de la humanidad entera, haciéndose semejante a nosotros y tomando como propio nuestro barro quebradizo, más aún, haciendo suyas nuestras negatividades, entrañándose con nuestra vulnerabilidad, nuestro pecado y nuestras muertes (cf. Fil 2,7). La invitación a ser sal de la tierra es, por tanto, una provocación a encarnarse en las distintas realidades de esa manera, sin reducir las exigencias de una vida que, como la de Jesús, se ejercita en la mirada ofrecida y recibida, y en el contacto con las personas y las situaciones, para atenderlas y amarlas con solicitud. Es también una invitación para dejarse captar y afectar por las personas y situaciones, más aún, para dejarse transformar, al ser tocados en el centro del ser por la palabra, la necesidad, el deseo o la herida del otro. De esta manera, la vocación laical expresa toda su radicalidad: ofrecer a las mujeres y hombres contemporáneos el rostro de Cristo hermano.
Para Poveda no hay duda de que así vivieron los primeros cristianos, hombres y mujeres “empleados del Estado, ocupando destinos varios y viviendo en medio del mundo” (1934) [451], que hicieron gala de “una santa libertad para obrar el bien, no temiendo a la censura, ni al qué dirán de los mundanos” (1920) [154]. Ellos son el paradigma de una vida laical que se nutre del Evangelio y da testimonio de su fe con hechos y palabras, sin dejarse vencer ni anular por el temor al desprestigio, la burla, la persecución y el martirio.
Es necesario, sin embargo, apuntar una segunda característica de la sal: se reconoce por su sabor. Si para Poveda es imprescindible estar insertos en las realidades sociales, no lo es menos el distinguirse. Nuevamente su fuente de inspiración son los primeros cristianos cuya vida, idéntica a la de Cristo18, destaca por sus “frutos santos” (1925) [210].
Una buena traducción del “ser sal de la tierra” es “tratar con el mundo y ser en lo interior extraños del mundo” (1933) [391]19. Como en su tiempo ya expresara la Carta a Diogneto con respecto a los primeros cristianos20, para Poveda los miembros de la Institución han de ser “como todos”, han de pasar “desapercibidos”, y estar “confundidos con el común de las gentes”, pero han de distinguirse por la “santidad de vida”, han de ser “interiormente (...) distinguidísimos con la distinción de la virtud; elevadísimos con la elevación de la santidad; singularísimos con la singularidad del espíritu de Cristo”21, han de confundirse con los que andan según la carne, pero no militan según la carne22.
Una presencia contracultural
Poveda comprende la existencia cristiana como paradoja: “como todos, pero distintos”. La conjunción de dos afirmaciones aparentemente contradictorias desconcierta, e invita a pensar y a buscar un significado más hondo que no es evidente a primera vista. La comprensión povedana de una vida en medio del mundo es paradójica y, por tanto, apunta a un modo de estar y de comprometerse contracultural, como lo fue en muchos casos el de los primeros cristianos. Esta es, sin duda, una clave irrenunciable de toda vocación cristiana y, por supuesto, de la vocación laical.
El carácter fronterizo de la vocación laical propuesta por Poveda no radica hoy tanto en llegar a donde otros no llegan, sino en marcar claramente con su estilo de vida, sus apuestas educativas y formativas, sus publicaciones..., el carácter contracultural del Evangelio, la afirmación de una serie de valores irrenunciables en una vida cristiana y teresiana: la justicia que brota de la fe, la primacía de los últimos, el perdón a los enemigos, la renuncia al poder, a la obsesión por el prestigio y el tener, al arribismo como modo de encarar la existencia.
La invitación es a preguntarse qué aspectos de la vida relacional, familiar, laboral, etc., son paradójicos, es decir, suscitan interrogantes sin imponer su significado o siguen invitando públicamente a otras personas a entrar en una dimensión más profunda de su realidad humana y cristiana, o si más bien “el ser como los de nuestra clase y condición”, una falsa traducción del ser laical ha anulado esta perspectiva del horizonte de vida y misión del laicado. En definitiva, es una invitación a ejercitarse cotidianamente en discernimiento y a preguntarse si allí donde el laicado está o donde quiere estar, es sal de la tierra y, por tanto, quienes desde otras apuestas existenciales miran, escuchan, etc., “encuentran algo que quizá no acierten a explicarse, pero que les satisface, consuela y alienta” (1920) [157].
Identidad cristiana y povedana
Un aspecto especialmente relevante en su reflexión tiene que ver con el modo de explicitar, sin imponer, la oferta de vida y felicidad que desde la fe en Jesucristo orienta y da sentido a todo quehacer educativo y cultural, también ciudadano. Para Poveda, aquello que distingue es la “santidad de vida”, el “espíritu de Cristo”, es decir, la fe en un Dios personal que vivifica y llama a plenitud a todo lo humano. Piensa ciertamente en una presencia que sea capaz de inspirar valores en la sociedad, pero su idea va más allá. Considera imprescindible hacer presente al Dios en quien creen y ser testigos de una Presencia que sostiene, alienta y desborda, avalada por un compromiso con la realidad, que hace presente la justicia del Reino. Ser creyentes en la sociedad no queda reducido a manifestar y poner en práctica una serie de principios éticos, por excelentes que estos sean, sino a expresar quién da sentido total a la vida; como tampoco queda ceñido a relegar la fe a los espacios privados.
Poveda desarrollará extensamente este aspecto en la consideración “Creí por esto hablé” (1920) [158], escrita a los pocos días de la de “Sois la sal de la tierra” (1920) [157]. En este texto insiste sobre la importancia de “manifestar la fe”, de “hablar” y “no enmudecer”, de “confesar la verdad que profesan”, “confesar a Cristo”, dejando atrás “la prudencia mal entendida”. Un escrito que requiere una relectura y reinterpretación en el contexto actual de una sociedad que afirma su autonomía y que se define como plural en creencias, valores y modos de enfrentar la existencia; pero también muchos años después del concilio Vaticano II, en el que se apostó por la superación de la eclesiología apologética y triunfante del Vaticano I, y se impulsó un diálogo entrañado con el mundo, a la vez que se sentaron las bases que habían de resituar el papel de los creyentes en la sociedad. Siguiendo el espíritu del Vaticano II, en la encíclica Ecclesiam Suam 72, Pablo VI, expresa con toda claridad qué relaciones de la Iglesia con el mundo han de concebirse como diálogo.
Poveda no habla solo de la coherencia entre el hablar y el hacer, entre el discurso y la praxis –lo cual ya sería mucho– sino que entreteje todo su discurso con la exigencia ineludible de dar testimonio de la opción de sentido que entreteje toda la vida de los miembros de la asociación laical por él fundada. En sus palabras resuena el fin de la Institución: evangelizar a través de las realidades culturales, haciendo explícito el germen de trascendencia que inspira su ser y su misión, coherente siempre con la praxis de justicia, misericordia y perdón, inherente a la fe cristiana, y ejercitándose en un discernimiento continuo sobre el modo de hacerlo.
Ser sal para sazonar, cauterizar y preservar
Para Poveda no es posible estar en la realidad sin cargar y encargarse de ella23. En su reflexión insiste en la dimensión práctica del compromiso laical con la realidad (encargarse de la realidad) y en su firme disposición a dar sabor y sanar (cargar con la realidad), si bien algunos términos expresan su comprensión y valoración de la situación de su tiempo (hacerse cargo de la realidad).
Bien consciente de las situaciones que atraviesan los hombres y mujeres de su tiempo, Poveda centra su mirada en el mundo necesitado de salud integral, es decir, de salvación. En su mente y en su corazón resuenan el mal y el sufrimiento que padecen, pero también las causas que lo desencadenan. Poveda tiene ante sus ojos la deshumanización24 que producen “el mundo, el demonio y la carne” [157]. No le pasa desapercibido que hay maneras de pensar, sentir y actuar que no generan vida en abundancia para las personas y los colectivos (cf. Jn 10,10). En otros momentos es incluso más explícito sobre la necesidad de conocer y comprender la situación para dar una respuesta adecuada25, de dejar que la realidad tome la palabra y afirme su existencia no encubriéndola ni enmascarándola.
Las reflexiones povedanas sobre el estudio y la necesidad de la ciencia de cara a la misión se iluminan desde este y otros textos en los que Poveda insiste en la dimensión práxica y ética. El estudio es un medio que tiene como fin “crear espacios para que la vida humana crezca –abrir caminos a la vida– y para que en ella el Reino de Dios vaya ganando terreno de verdadera plenitud para todos”26. En la escuela de Poveda, el ejercicio de la inteligencia, del razonamiento, de la comprensión crítica de la realidad, es un ejercicio de discipulado, y por eso, lleva a entender la realidad y a comprometerse decididamente con ella al estilo de Jesús27. El estudio es “una experiencia realmente comprometida, de servicio a quienes más nos necesitan”28, de ahí que Poveda llegue a decir en 1933:
“Juzgo como error el afán desmedido de rodear a la joven estudiante de todo género de comodidades y el aislarla de todo contacto con la humanidad pobre y necesitada”.
“La solidaridad, dice Arantxa Aguado, afecta al estudio y llena nuestras búsquedas de atención, respeto, escucha, colaboración, paciencia y alegría. La tarea intelectual y la disposición del corazón hacia las formas de justicia que nuestro mundo necesita se armonizan bien en el carisma povedano y en la identidad vocacional que debería distinguirnos siempre”29. La ciencia puesta al servicio, en definitiva, de la vida y de la dignidad de todos los seres humanos, y como una herramienta eficaz en un mundo donde la crueldad, el desprecio, la mentira y el encubrimiento silencian la realidad de millones de hombres y mujeres.
Funciones de la sal
Poveda señala tres funciones de la sal: sirve para sazonar, cauterizar y preservar. Ese modo de estar y de actuar como la sal es la vida y misión de los miembros de la Institución, que ha de alcanzar, por tanto, a sus relaciones, a su profesión, a su implicación en la sociedad; en definitiva, al programa que han de llevar adelante. Unos días después Poveda se refiere a la misión con una imagen igualmente muy rica: “vosotras habéis de elevar cuanto tocáis”, que entiende como “consolar”, “enseñar”, “ilustrar”, “santificar”, “sanar” y, en definitiva “edificar a todos”30.
La primera tarea de una misión laical es sazonar, un verbo que significa “dar sazón al manjar”, “poner las cosas en el punto y madurez que deben tener”. ¿Cuál es esa “madurez” para Poveda? ¿Cómo concibe, en último término, la realización de lo humano?
En su visión creyente de la realidad, Poveda es consciente y le preocupa que muchos hombres y mujeres no han descubierto aún, en palabras de Ortega, “su auténtico ser”31, de modo que puedan elegir con acierto su propio modo de hacer, de ser y de convivir, en el seno de una comunidad de destino que se extiende por todo el universo. Poveda constata una carencia en su medio y la valora con el calificativo de “desabrido”, aludiendo así a lo que “carece de gusto o apenas lo tiene, o lo tiene malo”. Es decir, constata que falta algo para hablar de plenitud de lo humano y, en algunos casos, será porque no se ha descubierto o apenas se ha ensayado, y en otros, porque se ha equivocado el camino y los medios para lograrlo.
La tarea de sazonar tiene entonces que ver con la pregunta por el sentido, inherente, en la óptica povedana, a toda tarea educativa y transformadora32. Poveda entiende que es necesario acompañar el proceso de crecimiento y la forja de nuevos sujetos, capaces de afrontar los desafíos de cada momento histórico desde posturas solidarias, justas e inclusivas. Pero, además, es necesario “llevar a su ánimo una persuasión que sazone toda su vida” [157]. ¿Cuál es esa persuasión que tiene capacidad para llenar de sentido la vida entera?
En la escuela povedana, ayudar a que cada sujeto se pregunte quién es y qué va a hacer con su vida, es decir, que se pregunte, a través del diálogo y de la reflexión personal, cuál es el sentido de su existencia, y aprenda a disfrutar, a amar y a vivir con sentido, se enmarca en una antropología cristiana. Los instrumentos y recursos humanos ytécnicos que Poveda ideará están al servicio de los fines de la acción educativa y humanizadora que propone y, en último término, al servicio del “humanismo verdad” que para él tiene su raíz en la encarnación: “lo humano perfeccionado y divinizado, porque fue henchido de Dios” (1915) [74]. De eso él está bien persuadido (“si vieras cuán persuadido estoy de ello” [74]), es decir, lo vive en primera persona, y así lo transmite.
En más de una ocasión Poveda se cuestiona si las respuestas dadas a la realidad son realmente “sazonadoras”. En el año 1922 preguntará a sus colaboradoras (en este caso refiriéndose a los internados):
“¿Se hace en vuestra casa la obra de celo que se debe hacer? Porque si todo se hiciese bien, pero se descuidara el celo por la salvación de las almas que viven en nuestros internados, tendríamos que decir que en ellos no vive el espíritu de nuestra institución” [183].
Poveda da por hecho que se trabaja con “celo”. Por ello, la interpelación va dirigida a valorar cómo se está llevando a cabo “esa obra de celo por la salvación”, es decir, si se hace como “se debe hacer”. No todo vale, aunque esté bien hecho, aunque se trabaje seriamente y reporte beneficios a los sujetos y a la colectividad.
De hecho, Poveda establece una distinción entre el “bien” y el “celo por la salvación”, que puede ser muy iluminadora hoy, cuando todavía se dejan sentir entre muchos creyentes algunas consecuencias del proceso de secularización. Es, por lo tanto, una cuestión en la que hay que afinar, es decir, en la que hay que ejercer discernimiento.
Por otra parte, la tarea de aportar sentido está estrechamente ligada con la de generar esperanza, algo de lo que necesitaba la sociedad del momento histórico que Poveda vivió, pero también, y de modo quizá más acuciante, las sociedades actuales. “Hay que vivir de fe y de esperanza”, afirma Poveda, “mientras llega el tiempo de la recolección” (1932) [374], y esa siempre se apoya en Dios, en su gracia: “toda la esperanza es de Dios, por Dios y en Dios” (1929) [297].
En segundo lugar, la evangelización en medio del mundo pasa por cauterizar, cuyo significado es “restañar la sangre de las heridas y curar otras enfermedades con el cauterio”. Poveda tiene ante sí “las llagas y heridas de la humanidad” y sus palabras invitan hoy a preguntase: ¿cuáles son las venas abiertas de nuestros contextos? Y ¿cómo contribuir a sanar las sociedades actuales con el diálogo fe-ciencia?
Su aproximación a lo que está corrompido y necesita del “mejor cauterio”, es decir, de ser atajado con eficacia, tiene de fondo la preocupación povedana por salir al paso de un modo de entender la construcción de la sociedad civil, que no responde a los criterios evangélicos, y que causa también males sociales. Pero, además, Poveda pone ante sus colaboradoras la realidad doliente de la humanidad y entiende que quienes han de vivir cristianamente en medio de la sociedad no pueden desconocer ni pasar indiferentes ante el sufrimiento del mundo, que es “el mundo de Dios”33.
