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«Los migrantes están en el corazón de la Iglesia. Tal como dice el papa Francisco en su encíclica Fratelli Tutti, Jesús fue un migrante. La Iglesia católica debe comprometerse con el hecho migratorio en el que se refleja el dolor y el sufrimiento de la humanidad. Estos rostros se ven claramente en el libro del padre Groody a través de historias que indagan profundamente en el corazón humano y explicitan la interconexión histórica que nos debe instar a reconocer la dignidad inherente de los migrantes y refugiados. Existe un imperativo moral de ser hospitalarios, misericordiosos y dar amor que se encuentra arraigado en la tradición cristiana. Debemos tomar conciencia de que el camino de reconocimiento de la dignidad del otro y de todos, de la solidaridad, del amor y la fraternidad es el que podrá conducir a la paz y a la justicia». Cardenal Pedro Barreto Jimeno Presidente de la Conferencia Eclesial de la Amazonía (CEAMA)
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Seitenzahl: 628
Veröffentlichungsjahr: 2024
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Daniel G. Groody es sacerdote de Santa Cruz, vicepresidente y rector asociado de Educación y profesor de teología y estudios internacionales en la Universidad de Notre Dame. Es autor de numerosos libros y artículos, traducidos a ocho idiomas, incluidos Frontera de muerte, valle de vida (2005) y Globalización, espiritualidad y justicia (2007).
Daniel G. Groody
UNA TEOLOGÍA DE LA MIGRACIÓN
El cuerpo de los refugiados y el cuerpo de Cristo
Una teología de la migraciónEl cuerpo de los refugiados y el cuerpo de Cristo© Daniel G. Groody, 2024
Título original: A Theology of Migration: The Bodies of Refugees and the Body of Christ, Daniel G. Groody, 2022. Orbis Books, Maryknoll, New York 10545, USA
© Pontificia Universidad Católica del Perú, Fondo Editorial, 2024Av. Universitaria 1801, Lima 32, Perú[email protected]
© Instituto para el Diálogo Global y la Cultura del Encuentro, 2024 Carlos Pellegrini 739, piso 6, oficina 15, CABA, Buenos Aires, Argentinacá[email protected]://www.encuentromundi.org/
Traducción: Lucía Martínez y Gabriela Sacco
Imagen de portada: Durante el signo de la paz en una misa binacional a lo largo de la frontera entre Estados Unidos y México, una niña de México y una persona en Estados Unidos se tocan la mano a través de la valla fronteriza. «Oración fronteriza México-Estados Unidos», © AFP 2022, por Herika Martinez.
Diseño, diagramación, corrección de estilo y cuidado de la edición: Fondo Editorial PUCP
Primera edición digital: mayo de 2024
Prohibida la reproducción de este libro por cualquier medio, total o parcialmente, sin permiso expreso de los editores.
Hecho el Depósito Legal en la Biblioteca Nacional del Perú Nº 2024-04237e-ISBN: 978-612-317-952-6
Índice
Prólogo del papa Francisco
Introducción. Una teología de la migración
Primera parte. Las narrativas del encuentro. El rostro humano de la migración
1. La inmigración y la historia humana
Segunda parte. Las narrativas bíblicas
2. Primera lectura. El Antiguo Testamento y la migración
3. Salmo responsorial. El paisaje interno del camino del refugiado
4. Segunda lectura. La Iglesia primitiva y la migración
5. Lectura del Evangelio. La migración divina
6. La palabra en movimiento. La transformación de las narrativas migratorias
Tercera parte. Las narrativas eucarísticas. La migración y el cuerpo de Cristo
7. El cuerpo de los refugiados y el cuerpo de Cristo
Cuarta parte. Las narrativas de la misión. Migración y misericordia
8. El cuerpo de Cristo como pan para el mundo
Conclusión. «Pueden ir en paz»: visión sacramental de la migración
Agradecimientos
Referencias
Prólogo del papa Francisco
Introducción. Una teología de la migración
Proceso vida-muerte-nacimiento de la migración
Cuando una mujer está en trabajo de parto, tiene dolor, porque su hora ha llegado. Pero, cuando el niño nació, ya no recuerda su angustia por el gozo de haber traído al mundo un nuevo ser.
Jn 16,211
Comencé a trabajar en mi primera parroquia, poco tiempo después de mi ordenación. Un día a las 5 a.m. recibí una llamada inesperada; aún estaba aprendiendo cómo llevar a cabo mi ministerio en una comunidad de inmigrantes mexicanos. El sonido del teléfono me hizo saltar de la cama. Pensé que era una emergencia en el hospital y contesté de inmediato; una mujer llamada Margarita estaba del otro lado de la línea. Era la mayor de catorce hermanos, y unos pocos meses antes su familia había migrado a los Estados Unidos. Fue una de las primeras familias que conocí en la parroquia.
Margarita estaba muy angustiada porque su automóvil no arrancaba y temía perder su empleo si llegaba tarde. Me pidió ayuda y le dije que me acercaría y vería qué podía hacer. Antes de finalizar la llamada, me pidió si podía hablar con su hermana, que también tenía algo para decirme. Con diecisiete años y nueve meses de embarazo, tomó el teléfono y me dijo de manera jadeante: «Creo que comienza el trabajo de parto».
Con esas palabras me desperté repentinamente, inspiré profundamente y dije: «Voy enseguida». Estaba a punto de cruzar una nueva frontera. Corrí hacia la casa de la familia y cuando llegué, María —la madre de los 14 niños— estaba en la puerta y le dijo a su hija: «Solo quédate tranquila y relájate, Cristina. A lo mejor todavía no es el momento. Si caminas, las contracciones pueden detenerse». Dado que María ya lo había experimentado 14 veces, confié más en su juicio que en el mío. Mientras tanto llevé a Margarita al trabajo y regresé alrededor de media hora más tarde.
Cuando llegué a la casa, María me miró y dijo: «Cristina está lista para ir. Yo debo quedarme aquí con los otros niños, por lo tanto, la tendrá que llevar usted». Ante esas palabras mi corazón se detuvo; mi pulso se aceleró y comencé a transpirar abundantemente. Por un instante, busqué con desesperación entre mis conocimientos qué debía hacer a continuación, pero no encontré nada ni en mi experiencia personal, formación académica, ni del seminario, que me hubiera preparado para lo que estaba a punto de suceder. A medida que me acercaba al límite de este territorio desconocido, me di cuenta de que no tenía muchas opciones y que la naturaleza tendría la última palabra. Así que, uní fuerzas con Cristina y la acompañé lentamente hasta el automóvil.
Cuando me senté al volante, Cristina comenzó a moverse con dificultad y me miró con una expresión de dolor en su rostro y dijo: «Three minutes, padre». «¡Tres minutos! Tres minutos, ¿para qué Cristina?», pregunté. «Las contracciones son cada tres minutos», agregó. Fue entonces cuando un diluvio de imágenes comenzó a fluir en mí: bolsas que se rompían, líquidos que fluían y un bebé llorando. Nos encontrábamos al borde del caos del nacimiento ¡y todo pasaba en el asiento delantero de mi automóvil!
Por lo tanto, apreté el acelerador y traté de llegar al hospital lo más rápido posible. Una vez allí, llevamos a Cristina a una habitación donde comenzó a tranquilizarse. Me senté junto a ella un rato, estaba sin palabras. No obstante, una idea vino a mi mente. Recordé algo que había visto en un programa de televisión hacía tiempo atrás, así que le dije: «Respira, Cristina solo respira». Cristina inhaló y luego exhaló profundamente. Entonces agregué: «Toma mi mano». Y tomó mi mano. Cuando entró la enfermera, me miró y me preguntó: «¿Quién es usted?» Pensé que no sería una buena idea comenzar con «padre», así que solo dije: «Soy un amigo muy cercano de la familia». Y permanecí al lado de la cama de Cristina sosteniéndole la mano un tiempo.
Horas más tarde, seguíamos esperando al bebé, y me puse ansioso. Además de acompañar a Cristina, debía preparar mi primera homilía de difuntos para el día siguiente. Era el caso trágico de un muchacho de trece años, de origen hispano, que se había quitado la vida. Sin tener idea de cómo empezar mis reflexiones —especialmente una con tanta carga emocional— miré a Cristina y le pregunté: «¿Tienes idea de cuánto suele tardar este proceso?» Al darme cuenta de que podríamos estar allí durante algún tiempo, decidí concentrar mi atención en el otro trabajo que tenía que hacer.
Mientras sostenía la mano de Cristina, con la otra tomé el teléfono y llamé a un sacerdote amigo que ya había predicado en el funeral de alguien que se había suicidado. Charlamos un rato sobre lo que podía decir en la homilía, pero mi amigo no tenía ni idea de dónde estaba yo. En el medio de nuestra charla y sin previo aviso, Cristina tuvo contracciones dolorosas otra vez y se pudieron oír sus gritos de fondo. Del otro lado de la línea, mi amigo preguntó: «¿Está todo bien por ahí?» «Todo en orden», respondí. «Es solo otro día en una parroquia de inmigrantes, y estoy ayudando a una mujer a dar a luz a su bebé».
Unas horas más tarde, Cristina dio a luz a una niñita a la que llamaron Crista. Después de mucho tiempo de espera, lucha y esperanza, «un niño-Jesús» nació en medio de nosotros.
En gran medida, esta historia es una ventana hacia el libro que sigue, porque es una extensa reflexión sobre la experiencia de muerte y vida nueva, especialmente en el contexto del camino de los migrantes. Por un lado, se refiere a la dolorosa experiencia de muerte de muchos migrantes al dejar su tierra natal. Por el otro lado, reflexiona sobre la experiencia de una nueva vida a medida que encuentran su camino en el nuevo lugar. A través de mi propia investigación y trabajo pastoral, llegué a reflexionar no solo sobre la migración exterior de las personas sino también sobre la migración interior del alma. Esta obra intenta explorar por dónde entra el Dios de Jesucristo en medio de nosotros, aún en medio de los retos extremos de la migración, y a través de ella trae nueva vida a nuestro mundo.
Veinticinco años después del nacimiento de Crista celebré su boda mientras escribía este libro; tiempo más tarde también celebré junto a su familia el nacimiento de su primer hijo. Mi camino con ella me recordó que cuando una mujer pare un hijo, como dicen en español, esa mujer da a «luz». Mientras que una gran parte del relato creado por la política y los medios de comunicación dan lugar a una narrativa oscura sobre los migrantes y dice que se apoderan, roban y arruinan todo lo que es «nativo» de una cultura y se llevan todo lo que creemos que es «nuestro»; otra narrativa de nueva vida y luz está presente en el mundo que está irrumpiendo entre nosotros.
Este libro busca analizar en detalle la actual narrativa polémica y presente sobre los migrantes, pero también ofrece narrativas alternativas que promueven el desarrollo humano y la comunión espiritual. En su esencia, el libro se pregunta, «¿Y si las luchas que rodean la migración no son algo que temer, sino que, por el contrario, constituyen el comienzo de un proceso de nacimiento que conduce a nuevas relaciones con Dios, el prójimo e incluso con nosotros mismos?» Este trabajo reflexiona sobre dicho proceso. A medida que explora la búsqueda de la presencia de Dios en medio de los signos de nuestro tiempo, ofrece una perspectiva teológica sobre la migración.
Abordar el tema de la migración desde un punto de vista teológico permite distinguir la luz de la presencia de Dios en medio de los dolores de parto del mundo moderno. Como dice el documento del Vaticano, Erga migrantes caritas Christi («La caridad de Cristo hacia los migrantes»),
los sufrimientos que acompañan las migraciones son […] la expresión de los dolores de parto de una nueva humanidad [y] […] [l]as desigualdades y los desequilibrios, de los que ellas son consecuencia y manifestación, muestran la laceración introducida en la familia humana por el pecado y constituyen, por tanto, un doloroso llamamiento a la verdadera fraternidad (instrucción 12).
El camino interior y exterior de la migración
Si bien el camino exterior de los migrantes fue un tema central en mi investigación durante más de tres décadas, mi interés surgió, sobre todo, de un viaje interior al corazón humano. Comenzó cuando viví en Uruguay y Argentina como estudiante de intercambio en 1981. El sentimiento de desarraigo que sufrí al dejar mi tierra natal me abrió a una búsqueda de Dios sincera en medio de la soledad y la búsqueda del camino humano. También tomó forma en el contexto de los abusos de los derechos humanos y la represión militar que ambos países vivieron en las décadas de 1970 y 1980. Estos acontecimientos afectaron profundamente a la familia con la que vivía, y sus luchas me motivaron a explorar la relación integral entre espiritualidad y justicia.
Las relaciones que entablé desde entonces han conformado gran parte de mi perspectiva sobre la migración. Mi interés en la espiritualidad cristiana orientó y motivó mi perspectiva. Los ejercicios espirituales de San Ignacio de Loyola en especial, me guiaron en la conexión entre los caminos interior y exterior de la vida, y modelaron gran parte de mi mirada teológica central a lo largo de los años. A medida que me ayudaban a explorar la vida del alma, también me ayudaron a descubrir una respuesta basada en la fe a los retos del mundo moderno. Estos recorridos se unieron cuando me ordenaron sacerdote en la Congregación de la Santa Cruz en 1993.
Cuando era muy joven, empecé a trabajar como sacerdote con inmigrantes latinoamericanos en la pastoral parroquial, esto me enseñó no solo sobre su dolor y sufrimiento sino también sobre su fe y dignidad. La belleza de sus vidas me conmovió; cuanto más aprendía sobre su camino más se entrelazaba mi camino con el suyo. En respuesta al deseo de comprender más mi propia espiritualidad y la de ellos, comencé mi formación doctoral en el campo de la espiritualidad cristiana, y durante varios años fui y vine entre el mundo académico de California del Norte y los campos de migrantes de California del Sur.
Migrando entre estos dos mundos aprendí rápidamente que a la mayoría de los migrantes no les importa lo que yo sabía, sino saber que ellos me importaban. Sin embargo, también descubrí que a la mayoría de los académicos de las universidades donde estudié no les interesaba si los migrantes me importaban, sino que estaban interesados en lo que yo sabía de migraciones. Pese a que esta dinámica me impulsó a levantar un muro entre la mente y el corazón, sabía que no me ayudaría a comprender mejor cómo pensar en Dios desde el contexto de la experiencia del migrante. Ir del mundo académico al del pueblo hizo que no me sintiera completamente cómodo en ninguno de los dos lados. Finalmente, me empecé a sentir más como en casa en la frontera.
A medida que abrazaba las tensiones de la frontera y fundamentaba mi reflexión teológica allí, se transformaba en un lugar de revelación privilegiado2. En este sentido, la frontera es más que un lugar geográfico. Es un espacio donde los mundos convergen y la nueva creación surge. En mi caso, significó construir un puente que me permite ir y venir entre lo popular y lo académico, el corazón y la mente. La Iglesia y el mundo. Este proceso me llevó a interesarme en la teología contextual que surge de la vida y el alma de un pueblo.
Si bien el tema de la migración se estudia desde la perspectiva de diversas disciplinas, este libro constituye una exploración teológica. Esta teología es algo más que un ejercicio académico, es más bien un deseo de comprender este camino espiritual. Tomando conceptos de Tomás de Aquino y de Bernard Lonergan, defino la «teología» como la fe que busca la comprensión que genera un conocimiento nacido del amor. Es una manera de pensar en Dios desde lugares, acontecimientos, experiencias y relaciones cotidianas. A medida que más se despertaba mi interés en la reflexión teológica desde el contexto social, cultural, político y religioso de los migrantes hoy —y desde su camino espiritual— comenzó a nacer una teología de la migración.
Empecé a escribir sobre el camino interior y exterior en mi primer libro, Frontera de muerte, valle de vida: un camino del migrante del corazón y el espíritu (2002, en inglés). Este trabajo impulsó nuevas conversaciones sobre el mismo tema, las cuales me llevaron a organizar conferencias sobre teología y migración en la universidad de Notre Dame con los Scalabrinianos (Congregación de misioneros de San Carlos Borromeo) entre otros. Trabajé con Gioacchino Campese en estas conferencias y finalmente coeditamos Una Tierra prometida, un camino peligroso: perspectivas teológicas sobre la migración (2008, en inglés). Este trabajo me impulsó a explorar más en detalle los fundamentos teológicos de esta investigación que resultaron en Globalización, espiritualidad y justicia: navegando por el camino de la paz (2015 [2007], en inglés).
Tres de mis compañeros de pensamiento más cercanos en esta investigación fueron Timoteo Matovina, Virgilio Elizondo y Gustavo Gutiérrez. Trabajamos juntos en Notre Dame y colaboramos en varios proyectos de investigación. Timoteo, Virgilio y yo exploramos temas relacionados con la cristología, la devoción y la cultura; Gustavo Gutiérrez y yo colaboramos en Opción preferencial por los pobres en la teología cristiana (2007, en inglés). Opción preferencial por los pobres más allá de la teología (2014, en inglés), Gustavo Gutiérrez: escritos espirituales (2011, en inglés). Además, comenzamos a producir películas con temas relacionados, tales como, Morir para vivir: El camino de un migrante (2005, en inglés) y Una frontera, un cuerpo: La inmigración y la Eucaristía (2008, en inglés). Juntos intentamos explorar algo de lo que significa ser cristiano en el contexto de pobreza mundial.
Al mismo tiempo que Tim escribía sobre la historia de los latinos en los Estados Unidos, Virgilio escribía una teología sobre los latinos en Estados Unidos y Gustavo, una teología de la liberación; asimismo, yo comencé a escribir una teología de la migración y los refugiados. No se puede expresar con palabras de qué manera estas tres personas determinaron mi propia vida y reflexión y me ayudaron a descubrir que la migración no es solo un signo de nuestro tiempo, sino que está presente también en el corazón mismo de la historia de la salvación y en el trabajo de la Iglesia en nuestros días.
Visión eucarística de la migración
En líneas generales, este trabajo explora la relación entre la fe y la justicia, la teología y la migración, y la espiritualidad cristiana y los desafíos del mundo moderno. Se trata del Dios que primero migró a nuestro mundo a través de la Encarnación y el que nos llamó a través de Cristo a migrar con Él a nuestra patria espiritual. Explora el cuerpo de Cristo en el interior del edificio de una iglesia, en el sacramento de la Eucaristía y el cuerpo de Cristo tal como se lo encuentra fuera de la Iglesia en el último y más pequeño de los hermanos en el mundo actual (Mt 25,31-46).
El contenido esencial de este libro gira en torno al camino exterior de los migrantes, el camino interior de la fe y el camino divino a nuestro mundo. En relación con la crisis mundial de la migración y los refugiados, analiza las diversas maneras en que lo divino y lo humano se entrelazan en nuestra peregrinación en la tierra. Además de explorar el tema de la migración a través de la historia bíblica, un aspecto central de este trabajo resaltará la iniciativa de Dios de «partir» de su tierra, entrar en nuestro territorio humano, recorrer las fronteras de nuestra existencia destruida, entregar su vida en la cruz para nuestra salvación y la reconciliación de aquellos que se habían convertido en extranjeros a causa del pecado. Busca comprender el significado de la muerte y resurrección de Jesús, su «migración de regreso» a la casa del Padre, y la provisión de un intercesor divino (Jn 14, 26), el camino a la «naturalización», y el regalo de la ciudadanía de su reino. Por último, busca recorrer la ruta del camino de regreso, solidarizarse con todos en esta visita terrenal, acoger al extranjero, guiar al perdido, fortalecer sobre todo a los más vulnerables hasta que al final lleguemos a nuestra morada celestial.
De diversas maneras, este es también un libro sobre historias. Contempla las historias que contamos sobre nosotros mismos, sobre los demás y sobre Dios.
Las historias son sumamente importantes porque dan forma a nuestra imaginación, que a su vez moldea el desarrollo de nuestra personalidad. Inciden en nuestros pensamientos, identidades, valores y decisiones. Pueden liberarnos o esclavizarnos, conectarnos o distanciarnos, acercarnos a la imagen y semejanza de Dios o alejarnos de ella. A medida que contamos historias, nuestra intención no es simplemente ofrecer más información sobre la migración, sino incentivar una imaginación nueva que abra la posibilidad de hacer realidad una historia diferente.
La liturgia es uno de los lugares privilegiados para relatar estas historias3. Originalmente, el término «liturgia» hacía referencia a una obra pública en una sociedad civil orientada al bien común; sin embargo, con el correr del tiempo se la asoció más con el culto religioso. Los fieles de las religiones más importantes del mundo participan en liturgias ya que son caminos para entrelazar nuestra relación con realidades sagradas. Nos ponen en contacto con narraciones de la historia de la salvación y proporcionan maneras de entender quiénes somos ante Dios y quiénes estamos llamados a ser en relación con el otro. Para muchas de las comunidades cristianas, una de las liturgias más importantes es la liturgia de la Eucaristía.
A lo largo de la historia, la liturgia de la Eucaristía fue concebida de numerosas maneras: como la comida que conmemora la Última Cena, un sacrifico que refleja el amor desinteresado de Jesús por los demás, un homenaje de la vida de Jesús y su misión, un sacramento que une al prójimo con Jesús en comunión y una misa que envía (del latín missa) a la gente a vivir el mensaje del Evangelio. Todas estas interpretaciones tienen en común la creencia de que la Eucaristía ritualiza el paso de la alienación a la comunión con Dios y el prójimo.
En la tradición católica romana la liturgia de la Eucaristía es la acción más importante de la Iglesia. El Concilio Vaticano II la describió como «la cumbre a la que se orienta la actividad de la Iglesia, […] y la fuente de donde mana todo su poder» (Sacrosanctum Concilium 10)4. La liturgia ayuda a sumergirnos en el relato de la historia de la salvación y durante el proceso nos brinda oportunidades para comprender, replantear y transformar nuestras historias. En este punto, nuestro objetivo es explorar las formas en que la liturgia de la Eucaristía ofrece un espacio privilegiado para comprender la historia de la migración de Dios hacia nosotros, nuestra migración de regreso a Dios, y nuestra respuesta a todos los migrantes actuales.
Esta obra sigue la secuencia del rito romano de la liturgia de la Eucaristía. Recurre a varios hilos teológicos que se entrelazan en el Rito Introductorio, la Liturgia de la Palabra, la Liturgia del Sacramento y el Rito de Conclusión a los que me refiero como «Narrativas del Encuentro», «Narrativas Bíblicas», «Narrativas Eucarísticas» y «Narrativas de la Misión»5. Dado que recurrimos a estas narrativas para replantear los relatos sobre la migración, este libro no pretende ser para especialistas en liturgia, exégesis bíblica o teología sacramental. Al contrario, recurre a estos elementos y explora caminos que contribuyan a enmarcar una visión que aporta vida a la migración.
El capítulo 1 ofrece un panorama general de la migración y observa el largo camino de la vida humana. Siguiendo la secuencia de lecturas de la celebración de la liturgia dominical, los capítulos 2 al 5 exploran el tema de la migración en el Antiguo Testamento, los Salmos, la Iglesia primitiva y los Evangelios. El capítulo 6 funciona de manera integradora, colocado estructuralmente como una «homilía» que vincula el mensaje de las Escrituras con nuestro tiempo. Lo hace narrando el camino, la búsqueda de dignidad y liberación de un migrante frente al contexto más amplio de la tradición de la peregrinación y la práctica de la narración de historias. Mientras que en estos capítulos se ponen de manifiesto la esperanza de sanación y la fragilidad de la condición humana, el capítulo 7 propone una visión de solidaridad y reconciliación. Observando más detenidamente la narrativa de la Eucaristía, el mismo explora diversos puntos de correlación entre el cuerpo de los refugiados y el cuerpo de Cristo. El capítulo 8 también analiza algunos ejemplos de la misión cristiana que surgieron como respuestas basadas en la fe a los desafíos de la migración actual. Los perfiles de estas organizaciones iluminan caminos hacia la comunión lograda a través de las obras de misericordia. En líneas generales, este libro presenta una hermenéutica eucarística de la migración orientada a la redención del mundo. El argumento central es que, mientras las narrativas políticas dominantes desplazan a la comunidad humana de la unidad a la «otredad», el foco principal de la narrativa eucarística se centra en el paso de la otredad hacia la unidad o comunión divina y humana.
Aunque la migración exterior de los pueblos y la migración interior del camino espiritual son fundamentales, este libro no trata esencialmente sobre política, estadísticas, liturgia, ni siquiera, doctrina, por más importante que sean estos temas. Se inspira en el pensamiento, enseñanzas y liturgia católicos; sin embargo, no está pensado solo para católicos. Mi deseo es que este mensaje universal también se dirija a todos los que trabajan en pos de un nuevo orden social y un desarrollo humano integral. «La acción en favor de la justicia y la participación en la transformación del mundo», señalan los obispos en el sínodo La justicia en el mundo, «se nos presenta claramente como una dimensión constitutiva de la predicación del Evangelio, es decir, de la misión de la Iglesia para la redención del género humano y la liberación de toda situación opresiva» (Sínodo de los Obispos, 1971, párr. 6). Esto va más allá del movimiento físico, dado que se trata, ante todo, de migrar más profundamente al corazón de Dios y ver el mundo y al otro de una manera nueva.
Considerando que este libro es esencialmente sobre espiritualidad cristiana y migración, el mismo trata de comprender las diferentes maneras en que la Eucaristía nos atrae a una «frontera espiritual», propia de su naturaleza: una zona liminal donde se unen la tierra y el cielo, donde lo humano y lo divino se cruzan, y donde esta vida presente se encuentra con la eternidad. A medida que nos acercamos a una unión más estrecha con Dios, la Eucaristía trasciende las fronteras y nos transforma más plenamente a imagen y semejanza de Dios para que podamos crecer en comunión unos con otros. Asimismo, dado que es un lugar privilegiado donde uno se encuentra con la presencia de Cristo, quien se entrega a sí mismo como sacramento de amor, es también el lugar desde donde Dios envía a sus seguidores a convertirse en un sacramento vivo que revele el amor de Dios por el mundo.
La migración como camino personal
Abordo este tema como ser humano, cristiano, sacerdote católico, teólogo y cineasta. Como ser humano, la migración me habla del rostro de la gente que marcha en busca de una vida más digna. Como cristiano, la migración me habla del don y el desafío de la fe cristiana y el reclamo que las personas marginadas y vulnerables le hacen a la conciencia humana. Como sacerdote, la migración me habla del camino de reconciliación con Dios, el prójimo, la creación y con nosotros mismos. Como teólogo, la migración me habla de la manera de comprender cómo reflexionar sobre Dios a partir del contexto de los retos del mundo moderno. Como cineasta, la migración me habla de la necesidad de un nuevo imaginario sobre quiénes somos y quiénes estamos llamados a ser para con el otro.
Todos estos aspectos inciden en la formulación de una teología de la migración. Mi investigación se basa fundamentalmente en la teología y las ciencias sociales, pero también surge de la lectura de los «escritos vivientes» de los migrantes de todo el mundo y del contexto local donde residen. Basada en mi propia experiencia y en el trabajo pastoral con inmigrantes, mi investigación surge, con frecuencia, de los contextos a los que emigran, en especial, desiertos, montañas y canales a lo largo de la frontera entre México y los Estados Unidos. Mi investigación y la reflexión con colegas de la Universidad de Notre Dame y con personas de otros lugares del mundo enriquecieron este trabajo.
A través de los años, esta investigación me llevó a diferentes países de América Central y del Sur, entre ellos, El Salvador, Guatemala, Honduras, Perú, Argentina, Chile, Bolivia, Uruguay y Colombia. Asimismo, se basa en el trabajo en campos de refugiados y territorios de frontera en regiones de España, Marruecos, Eslovaquia, Filipinas, Australia, Sudáfrica, Zimbabue, Ruanda, Uganda, Ghana, África occidental y varios países de Medio Oriente, especialmente los que rodean las zonas de conflicto en Siria, Iraq, Afganistán, Turquía, Líbano, Bulgaria, Grecia, Egipto, Israel, Palestina, y partes de Asia incluyendo Tailandia y Birmania.
Las personas que conocí en estos contextos centraron mi reflexión en la búsqueda de la esperanza cristiana en medio de realidades de profundo sufrimiento humano. Manifestaron la capacidad de resiliencia del ser humano y la presencia gratuita del Espíritu Santo, que irrumpe en lugares a los que la mayoría del mundo ignoró, excepto Dios. Esta investigación me sigue mostrando que, a pesar de todo lo que aprendí sobre este tema tan complejo y controvertido, tengo mis propios puntos ciegos. Admito que no todos los migrantes son nobles, virtuosos, espirituales ni piadosos. Algunos son groseros, egoístas, manipuladores y despiadados, criminales y cobardes, y más aún, son capaces de explotar a los suyos. Los lugares donde hay inmigrantes suelen estar extremadamente marcados por la violencia, la ferocidad de las pandillas, los cárteles y delincuentes que sacan lo peor de las personas. Los retos del terrorismo mundial y el extremismo religioso complicaron aún más el debate sobre la migración; dado que nos enfrenta no solo con cuestiones relacionadas con la seguridad nacional sino también con la inseguridad humana.
Al mismo tiempo, mi trabajo me impulsa a resistir la creciente retórica que deshumaniza y hasta demoniza a los inmigrantes. Esta tendencia negativa y recurrente, que sin lugar a dudas es más antigua que las Escrituras, trasciende a la historia y a las naciones. Las actitudes xenofóbicas existieron en todas las generaciones. En todo el mundo, el migrante es con frecuencia considerado culpable injustamente de todos los problemas de la sociedad. No obstante, muchos de los inmigrantes que conocí —aun siendo objeto de insultos, injurias y rechazo— eran valientes, desinteresados, agradecidos, generosos, honestos y honorables. Por estas y muchas otras razones, considero a estas personas no solo sujetos de estudio, sino hermanos, hermanas y amigos, a quienes amo y admiro —seres humanos a los que estoy agradecido de acompañar en una peregrinación común de fe, esperanza y amor—.
Estos contextos me ayudaron a comprender el alcance mundial de la migración y la absoluta vulnerabilidad de millones de migrantes económicos y refugiados, desplazados internos, víctimas de trata de personas, los que solicitan asilo y los sobrevivientes de genocidios. En estos lugares, intenté escuchar formas en que la gente cree en medio de circunstancias inimaginables: de qué manera encuentran la esperanza ante las situaciones más desesperantes, cómo encuentran la vida en medio de la muerte, y cómo confían en Dios en medio de experiencias que según parece son las más «impías». Estas constituyen las fronteras —y lugares de revelación— de la fe cristiana y la transformación humana.
Por eso, las palabras que siguen fluyen de mí como ser humano y peregrino de este mundo. Me reconozco como teólogo práctico de frontera, sacerdote cristiano, católico, contemplativo y pastoral que busca reflexionar sobre el camino interior y exterior de las personas en la era de la migración. Mi experiencia acompañando migrantes en todo el mundo me obliga a hablar sobre este tema a la luz de la dignidad del ser humano, las exigencias del reino de Dios, el don de la Eucaristía, la misión de la reconciliación, la búsqueda de la justicia, la construcción de relaciones justas, y el llamado a caminar en esta tierra en solidaridad con los demás rumbo a nuestra patria eterna.
Hacia una narrativa renovada sobre la migración
¿De qué manera está llamado un cristiano a responder este desafío mundial, este tema controvertido y esta necesidad pastoral que enfrentan las iglesias y comunidades en el mundo?
La migración y las necesidades que enfrentan los migrantes son temas urgentes de nuestro tiempo que ameritan un debate6. Estos temas están desafiando y cambiando culturas en todo el mundo. En las dos primeras décadas del tercer milenio, hubo más de 281 millones de migrantes internacionales en todo el mundo (Departamento de Asuntos Económicos y Sociales de la ONU, 2021). Esta cifra podría ascender a casi 405 millones para el año 2050 (OIM, 2010, p. 3). A finales de 2019, hubo alrededor de 79,5 millones de personas desplazadas de manera forzada en el mundo, entre ellos, 26 millones de refugiados, 45,7 millones desplazados internos (IDPs) y 4,2 millones de solicitantes de asilo (ACNUR, 2020, p. 2). En 2016, alrededor de 40,3 millones de personas en todo el mundo vivían en condiciones de «esclavitud moderna», por ejemplo, trabajadores forzados, trabajadores en régimen de servidumbre, niños soldados, víctimas de trata de personas con fines sexuales (Walk Free Foundation, 2018, p. I). Mi objetivo en este estudio no es solo destacar las cifras, sino también dejar al descubierto los rostros que se esconden tras ellas.
Intento ofrecer una teología constructiva de la migración para que los cristianos comprendan mejor su rol y sus responsabilidades. La exploración teológica de la migración entrelaza tres niveles de acción y contemplación interrelacionados: a) el nivel pastoral (el camino exterior de los migrantes y la respuesta de la Iglesia), b) el nivel espiritual (el camino interior de los migrantes y su desarrollo integral) y c) el nivel teológico (la presencia divina dentro de la realidad del migrante y la reflexión sobre ella). Todos son parte del entramado de la teología de la migración que se teje a través de la reflexión de las Escrituras, la teología sistemática y las historias de los migrantes.
Gráfico 1. Migración y teología: tres niveles de compromiso*
* Todos los gráficos y mapas, a menos que se indique lo contrario, han sido elaborados por el autor.
A pesar de los enormes costos humanos asociados a la migración de los pueblos, existen formas de brindar ayuda a las personas para hacerle frente a los conflictos y controversias relacionados con estos problemas. Intenté entender no solo los factores desencadenantes de la migración, sino también los motivos injustos del malestar popular. Hemos perdido no solo el sentido de empatía, sino el del debate civil, el diálogo intelectual e incluso el discurso humanitario; anhelo encontrar abordajes más constructivos y compasivos a los retos planteados por la migración.
La retórica humanizadora y demonizadora hace que este trabajo sea sumamente necesario. A pesar de los modestos avances relacionados con la llegada de niños indocumentados a Estados Unidos, las políticas de inmigración de Barack Obama le hicieron ganar el título de «Deportador en Jefe». Las políticas tóxicas y polémicas de control migratorio impulsadas por Donald Trump reavivaron las llamas de la xenofobia y llevaron el sentimiento antinmigratorio en Estados Unidos a la altura de una hoguera cultural. El presidente Joe Biden priorizó este problema más que sus predecesores; sin embargo, hubo muy pocos cambios durante su administración y se puede decir que en muchos aspectos el problema empeoró. Las tareas de la reforma migratoria son largas y arduas, y además requieren algo más que cambios en las políticas. En la actualidad, existe algo más que una crisis de inmigrantes y refugiados. Tenemos una crisis de liderazgo. Esta obra pretende cuestionar la respuesta deficiente de los partidos políticos: tanto el Demócrata como el Republicano al abordar el tema de la inmigración. También cuestioné muchas respuestas extranjeras a la crisis internacional de migración. Como manifestó Salil Shetty, secretario general de Amnistía Internacional «salvo pocas excepciones, muchos líderes mundiales no han estado a la altura de las circunstancias, y han formulado compromisos que siguen dejando a millones de personas refugiadas al borde del abismo» (Amnistía Internacional, 2016, párr. 3).
Más allá de las lealtades políticas de cada uno y de cómo se analice el problema, casi todos coinciden en que el enfoque actual de Estados Unidos no funciona. Anhelo que una perspectiva teológica contribuya a reformar las políticas ineficaces y a replantear nuestra manera de pensar, reaccionar y estructurar nuestras respuestas. El mundo necesita formas más creativas y compasivas de trabajo en pos de una sociedad más justa y humana.
Precisamente a causa del sufrimiento humano que supone, muchas comunidades religiosas han intentado dar respuesta a los problemas de la inmigración a través de atención directa, apoyo legal y educación. En Estados Unidos, muchos inmigrantes son católicos romanos, aunque el número de inmigrantes de otros credos y religiones aumenta día a día. Lamentablemente, la mayoría de las iglesias no están preparadas para hacer frente al desafío del cuidado pastoral. A medida que los agentes pastorales ayudan a los recién llegados, son cada vez más peticiones que llegan para comprender los fundamentos teológicos y espirituales que sostienen este ministerio, en especial frente a las críticas públicas que recibe dicha labor. Deseo que este libro ayude a mostrar el rostro humano del migrante, así como también el rostro de Cristo en él.
En el foro público, sin embargo, mucho de lo que imaginamos sobre la migración nos sofoca y atrapa en posturas arraigadas. No solo construimos barreras políticas más grandes, más amplias y más altas, sino que también con excesiva frecuencia nos encontramos en un callejón con solo dos salidas: una barrera lingüística y otra cognitiva. Las categorías que determinan gran parte de nuestro debate contemporáneo de ciudadano/extranjero, nativo/extranjero y legal/ilegal no ayudan a promover la construcción de relaciones justas. Por consiguiente, no solo excluimos y rechazamos a los que sufren necesidades, sino que, como señala Bill Ong Hing, deportamos algo de nuestras almas en el proceso y en consecuencia nos volvemos menos humanos (2006).
Estos problemas ponen de manifiesto la necesidad de un nuevo marco que nos ayude a reflexionar sobre la migración de una manera más comprensiva, creativa e integradora, no basándonos en el pragmatismo político ni en la eficiencia económica ni en el egocentrismo cultural, sino en la búsqueda de un orden social justo e interconectado. La fe cristiana puede ayudar en este proceso, no porque ofrezca respuestas fáciles a los problemas complejos que presenta la inmigración, sino porque nos mantiene en contacto con una visión más importante de quiénes somos ante Dios y a lo que estamos llamados a ser en relación con otros.
1 A menos que se especifique lo contrario, los textos de las Escrituras de esta obra están tomados de la Nueva Biblia Americana, edición revisada, copyright © 2010, 1991, 1986, 1970 Confraternidad de la Doctrina Cristiana, Washington DC y se utilizan con la autorización del titular del derecho de autor. Todos los derechos reservados. Queda prohibida la reproducción total o parcial de la Nueva Biblia Americana sin la autorización por escrito del titular del derecho de autor.
2 En términos teológicos técnicos, la frontera se convirtió en mi locus theologicus. Loci theologicus se refiere a las fuentes y el contexto desde donde se hace la reflexión teológica. Véase Bretzke, 2013, p. 79.
3 El término «liturgia» proviene del griego leitourgia y está compuesta por otros dos términos griegos leitos [público] y ergon [trabajo]. Originalmente acuñada en la sociedad civil, «liturgia» hacía referencia al trabajo en favor del pueblo o ‘servicio público’, con el tiempo la Iglesia adoptó el término para referirse al ‘servicio a Dios’. Gradualmente, el término liturgia pasó a conocerse como la obra de Cristo en favor del pueblo y el trabajo del pueblo al servicio de Dios. En sentido civil y eclesiástico, sin embargo, la liturgia, se entendía como un evento social dirigido al bien común. Cuando solo se la ve como un lugar donde se da una conexión privada con Dios sin relación con el grupo de todos los creyentes, se empequeñece la liturgia. Por esta y otras muchas razones, «la relación intrínseca entre la justicia y la liturgia», como señala Ann Koester, «es crítica para la renovación permanente de la Iglesia y el mundo creado» (Koester, 2002, p. IX). Véase, Johnson, 2013, p. XI.
4 La palabra«Eucaristía» proviene del griego eucharistein, y significa ‘dar gracias’. A través de la Eucaristía la Iglesia da gracias por la acción de Dios en el mundo, especialmente por medio de la vida, muerte y resurrección de Cristo. Como la cumbre, es la torre vigía desde donde se tiene una visión panorámica del resto de la vida. Como el origen, es la fuente viva a través de la cual fluye el amor transformador de Dios hacia el mundo.
5 La Liturgia de la Palabra y la Liturgia de la Eucaristía son las dos partes centrales. Estas partes, como señala la Instrucción general del Misal Romano, «están tan íntimamente conectadas que forman un solo acto de culto» (El Vaticano, 2011, párr. 28).
6 Los términos «migrante», «inmigrante», «refugiado» y «desplazadosinternos»se suelen utilizar de manera indistinta; sin embargo, tienen diferentes matices. Las Naciones Unidas usan el término «migrante» para referirse a la persona que vive fuera de su país de origen durante más de un año, independientemente de las causas o situación jurídica, entre los que se incluyen empresarios internacionales o diplomáticos, quienes se desplazan, pero no en una situación económica desfavorable. Aunque algunos hacen distinciones marcadas entre tipos de migrantes, yo lo utilizo como un término general para referirse a migrantes, económicos, forzados o refugiados y desplazados internos. Para mayor información sobre este tema, véase «Términos fundamentales sobre migración» (OIM, 2020).
Primera parte. Las narrativas del encuentro. El rostro humano de la migración
1. La inmigración y la historia humana
¿Quién soy ante Dios?
A partir del 7 de abril de 1994, Ruanda enfrentó una guerra civil a gran escala. Durante los cien días siguientes, los interahamwe —extremistas hutu— cometieron un genocidio contra la minoría tutsi, los hutus moderados y los twa. Una semana después de que la violencia irrumpiera, miles de personas huyeron hacia una iglesia local situada en Bugesera, con la esperanza de encontrar refugio. Anticipando esta maniobra, los interahamwe se escondieron a cierta distancia hasta que las masas atemorizadas se abarrotaron en la iglesia. Una vez adentro, lanzaron granadas de mano al lugar sagrado, luego hubo una ráfaga de balas, y por último asesinaron a machetazos a los sobrevivientes. Cuando todo terminó, más de cinco mil personas habían perdido la vida. En tres meses, más de un millón de personas corrieron la misma suerte.
Casi veinte años después, visité la iglesia en Bugesera que en la actualidad es el Memorial del genocidio de Ntamara. Cuando ingresé y vi la ropa, los huesos y los cráneos de todos los que habían perdido la vida allí, el horror de aquellos días me enfrentó con todo lujo de detalles. Pensar que todo esto ocurrió en uno de los países más «católicos» de África, lo hacía aún más perturbador. Mientras me esforzaba por encontrar algo de luz en medio de esta oscuridad y maldad noté un paño púrpura que cubría el altar. Tenía inscrita una frase en el idioma nativo de kiñaruanda que decía: «Si supieras quién eres y supieras quién soy, no me habrías matado»7.
Cuando empecé a escribir este libro, historias como esta resonaban en el fondo de mi mente y de mi corazón. A pesar de que es muy tentador hablar de lo que «ellos» hicieron, una pregunta más desafiante sería ¿cómo pudimos «nosotros» como comunidad humana llegar hasta este punto? Esto sucedió en nuestros días, pero lamentablemente es una historia que se viene repitiendo de diferentes maneras a lo largo de toda la historia de la humanidad. Una historia a la que cada persona le sigue dando forma. Por debajo de ella, hay capas de pecado y gracia que constituyen las dimensiones concretas de mi historia, tu historia, su historia, nuestra historia.
Vamos a reflexionar sobre esas historias bajo la luz de la liturgia de la Eucaristía. Esta liturgia nos cuenta la historia cristiana y nos recuerda nuestro camino desde Dios, en Dios y hacia Dios. En su esencia, este camino es un misterio, pero con la ayuda de las Escrituras inspiradas por el Espíritu, los rituales, los símbolos y las prácticas sagradas, empezamos a encontrar la luz que necesitamos en nuestro propio camino en este mundo.
En comparación con un mundo que se apresura a separar el «mí» del «ellos», la liturgia nos ofrece un punto de partida diferente. Nos recuerda que mi migración por este mundo nunca es un camino solitario. Me recuerda que soy parte de algo más grande que yo mismo y que no puedo entender mi vida como algo independiente de Dios y del prójimo. En efecto, la liturgia nos señala que de verdad soy parte de un cuerpo común y estoy destinado a una comunión espiritual con él. De diversas maneras, la Eucaristía me recuerda quién soy ante Dios, quién estoy llamado a ser para mis hermanos y hermanas y hacia dónde me dirijo en esta vida.
El rito introductorio y la despedida de la celebración de la Eucaristía ritualizan el comienzo y el fin de este camino. Desde el nacimiento y el bautismo hasta la muerte y el renacimiento, se anima a hablar de Aquel que emigró a nuestro mundo para que nosotros pudiéramos a su vez migrar a nuestra patria divina.
La migración y los genes familiares
Desde el comienzo de los tiempos, la migración ha sido un elemento central de la identidad humana. Está vinculada con nuestro origen y nuestro destino, nuestras esperanzas y luchas y nuestros sueños y oportunidades. De muchas formas diferentes, la migración está íntimamente relacionada con el gran camino de la historia humana y es una dimensión esencial para comprender nuestro movimiento en el mundo.
Al comenzar nuestra reflexión sobre este camino, quiero compartir algo de la historia de mi familia, de dónde vinieron y a dónde arribaron. Si bien la historia es única en sus aspectos particulares, comparte temas comunes con las historias de otros. Hace unos años recibí la noticia de que mi tío Bill Groody había partido. Era mi padrino de bautismo y un querido miembro de nuestra familia. Él más que nadie mantuvo vivos los recuerdos y tesoros de nuestra herencia irlandesa. Cuando llegó el momento de su funeral, amigos y parientes visitaron su pueblo natal, Ashland, Pensilvania, para recordarlo y expresar sus condolencias. Celebramos la Misa de Exequias y luego acompañamos a Bill Groody a su última morada.
Después de la ceremonia religiosa, regresé a casa; un rato más tarde, revisé mi correo electrónico por primera vez desde el funeral. Me quedé especialmente sorprendido por uno que decía: «Mensaje de Bill Groody». Mi primera reacción fue decir: «¡Oh, guau lo logró!» Por un momento pensé, «Ahora es “inalámbrico” y solo quiso que supiéramos que estaba bien».
Resultó que este Bill Groody era del norte de California y jamás lo había visto. Su esposa se había ido por el fin de semana, y durante su ausencia, decidió buscar en Google el nombre «Groody». En varios sitios de internet encontró información detallada sobre mi trabajo y decidió contactarme. También me invitó a que lo visitara cuando estuviera cerca de su ciudad.
Unas semanas más tarde, nos encontramos en San Francisco y juntos empezamos a armar y reconstruir todos los relatos orales de nuestra historia familiar; finalmente, descubrimos que teníamos una relación de parentesco por dos hermanos de Irlanda —donde hay un río de nombre Groody— que habían venido a Estados Unidos a comienzos de siglo XIX. Primero emigraron a Canadá y luego se establecieron en la zona de Nueva York. Es probable que tuvieran un nombre irlandés común, como Ryan, pero, debido al sentimiento antirlandés en los Estados Unidos de aquellos años, lo hayan cambiado por Groody, que no sonaba tan irlandés para el resto del mundo.
«Groody» es un nombre celta que significa ‘serpenteante’, ‘sinuoso’ y según algunas versiones ‘retorcido’. A medida que la historia avanzó, quedó claro que la historia de nuestra familia fue cualquier cosa menos recta y mucho menos virtuosa. Después de vivir juntos durante unos años, los dos hermanos se pelearon; creemos que la razón fue que uno de ellos decidió casarse con una mujer de otra cultura. Enfurecido por la decisión de su hermano de casarse con alguien que no pertenecía al clan, decidió hacerlo enojar tanto como fuera posible. Así que se convirtió al protestantismo. ¡Se hizo protestante! Según ocurrieron los hechos, la familia de Bill fue con la línea protestante y la mía, con la católica. Y necesitamos doscientos años para volver a estar juntos nuevamente.
Reconectar con Bill Groody fue como encontrar a un hermano perdido hace mucho tiempo. Con el tiempo, comenzamos a trabajar juntos en varios proyectos, entre ellos varias producciones cinematográficas sobre migración y teología. A medida que nuestro trabajo avanzaba, descubríamos una conexión con nuestras historias aún más profunda.
La migración y los genes biológicos
El Proyecto Genoma Humano es una iniciativa internacional de investigación que identificó y mapeó la secuencia del ADN humano. Este estudio innovador proporciona información sobre los componentes básicos elementales de la naturaleza humana. Si leyéramos una letra por segundo de los códigos de esta secuencia, nos llevaría 31 años completar su lectura. Si se imprimiera en una fuente regular, produciría una pila de papel del tamaño del monumento a Washington. Con la ayuda de los avances tecnológicos y el análisis secuencial de estudios genómicos, los científicos presentaron un «primer borrador» de este genoma el 26 de junio de 2000 en la Casa Blanca. Durante esta conferencia, el presidente Bill Clinton destacó: «Sin duda, este es el mapa más importante y asombroso jamás elaborado por la humanidad […] estamos aprendiendo el lenguaje con el que Dios creó la vida. Nos estamos asombrando aún más por la complejidad, la belleza y la maravilla del don más divino y más sagrado de Dios» (NIH & NHGRI, 2000, párr. 8).
Cinco años más tarde, la National Geographic Society y la empresa IBM, basándose en esta investigación, lanzaron un estudio de antropología genética, cuyo objetivo era comprender las características generales de la migración a través de los tiempos. El proyecto se apoyó en la identificación de ciertos marcadores genéticos que están en la secuencia de ADN y se transmiten de generación en generación. A través de la recolección y análisis de muestras de más de un millón de personas y la comparación de las mismas con muestras de comunidades indígenas de todo el mundo, este estudio comenzó a mostrar las antiguas rutas de la migración humana. Con una muestra microscópica del interior de una mejilla, este proyecto rastreó el camino de una historia de migración que se remonta a ochenta mil años, a pesar de que los especialistas estiman que el Homo sapiens comenzó su migración desde el continente africano. Estos descubrimientos científicos nos brindaron una forma completamente nueva de descubrir que la migración está literalmente «en nuestros genes» (National Geographic, s.f.).
Cuando Bill Groody y yo participamos de manera independiente en el proyecto genográfico, la historia de nuestro ADN coincidía con exactitud. Este mapa muestra la ruta migratoria de nuestros ancestros en los últimos ochenta mil años.
Mapa 1. Mapa de la migración paterna de Groody
La migración y los genes políticos
Además de los orígenes biológicos y familiares, la migración está grabada en el ADN nacional de los países de todo el mundo. Desde el comienzo de los tiempos, la gente comenzó a migrar; pero, en los últimos siglos, el espíritu pionero de los migrantes precursores y aventureros moldearon profundamente la psique nacional de lugares tales como Nueva Zelanda, Canadá, Sudáfrica, Brasil, Argentina, Australia y Estados Unidos, entre otros. Considerando que Estados Unidos es el país que mejor conozco, me refiero con más frecuencia al contexto de Estados Unidos-México, si bien también relato historias de otras partes del mundo.
En The Uprooted (El desarraigo), Oscar Handlin escribió, «en una ocasión, pensé escribir una historia sobre inmigrantes en América. Después descubrí que los migrantes eran la historia misma de Estados Unidos» (1951, p. 3). Los primeros pobladores paleoindios emigraron desde Eurasia a través del puente terrestre en el estrecho de Bering hacia las Américas. Mucho tiempo más tarde, los Pilgrims (peregrinos) emigraron de Inglaterra a Estados Unidos en busca de libertad religiosa. Lewis y Clark partieron de territorios ya establecidos y buscaban abrir nuevas rutas a través del extenso y desconocido territorio del Oeste americano, pioneros y precursores recorrieron la ruta de Oregón en busca de un futuro próspero.
Y durante estos últimos siglos, olas de inmigrantes de todo el mundo llegaron a Estados Unidos en busca de una vida mejor. Durante ese proceso, se conoció a Estados Unidos como el mosaico de razas, el crisol de razas, y mosaico de diferentes razas, credos y culturas.
En la Declaración de la Independencia, los padres fundadores de Estados Unidos afirmaron: «Sostenemos como evidentes estas verdades, que todos los hombres son creados iguales, que están dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables, entre los cuales están la Vida, la Libertad y la búsqueda de la Felicidad». A partir de estos derechos, comienza el gran experimento americano, experimento formado por inmigrantes de casi todos los países del planeta.
Gente que partió de tierras extranjeras hacia las Américas en busca de nuevas posibilidades, representados icónicamente por la Estatua de la Libertad, a cuyos pies aparecen los famosos versos de Emma Lazarus:
Madre de los exiliados. De su mano en forma de antorcha
se desprenden brillos de bienvenida al mundo entero, sus ojos dulces vigilan
el puerto de puentes colgantes que enmarca las ciudades gemelas.
«¡Guarden, tierras de otras épocas, su legendaria pompa!», grita ella
con labios silenciosos. «Dame tus cansadas, tus pobres,
tus hacinadas masas, que anhelan respirar en libertad,
los despreciados de tus playas superpobladas,
envíame a los desamparados, a los castigados por la tormenta hacia mí.
¡Alzo mi lámpara junto a la puerta dorada!» (s.f.)8.
Estas palabras quedaron grabadas en la psique americana, sin embargo, con el correr del tiempo se desarrollaría, en Estados Unidos, una actitud bastante más complicada y ambivalente hacia los inmigrantes, que analizaremos en detalle más adelante.
La migración y nuestros genes espirituales
La migración no solo está entrelazada en nuestros genes biológicos y nacionales sino también en nuestro ADN espiritual. En todas las Escrituras judeocristianas, la migración aparece íntimamente ligada a la alianza de Dios y a nuestra respuesta. Desde el llamado de Abraham hasta el Éxodo, desde el exilio al regreso, desde la encarnación hasta la resurrección y desde el discipulado hasta la misión, el tema de migración está conectado a nuestra conciencia espiritual, sobre la que nos vamos a explayar en siguiente capítulo.
La migración y la espiritualidad están relacionadas no solo con nuestro camino en este mundo, sino que también constituyen los principios fundamentales que obran en el corazón de la creación. Toda la visión teológica de Tomás de Aquino se enmarca en esta noción de que todo lo que sale de Dios está llamado a volver a Dios (Exitus et Reditus). Reconoce el movimiento desde el Creador, movimiento a través de este mundo como una criatura y el movimiento de regreso a Dios a través de Cristo el mediador9. Nuestro paso por este mundo, tal como lo dice el Concilio Vaticano II, nos convierte en «peregrinos en tierra extraña» en nuestro camino de regreso a Dios (Lumen Gentium 6).
Los múltiples rostros de la migración
El alcance y la magnitud de la migración en la actualidad no tienen precedentes, lo que la convierte en uno de los signos más apremiantes de nuestro tiempo. Si consideramos que una de cada siete personas en el mundo emigra de alguna forma u otra, el problema afecta todos los ámbitos de la vida humana. En consecuencia, algunos se refieren a nuestra generación como «la era de la migración» (Castles & Miller, 2013).
Sin embargo, detrás de las cifras y las estadísticas hay seres humanos, cada uno con su historia. Las personas ocupan un lugar fundamental en la reflexión teológica sobre la migración, porque somos seres humanos creados a imagen y semejanza de Dios. El considerar a la migración desde una perspectiva teológica basa nuestra reflexión en la búsqueda de comprender lo que significa ser humano ante Dios y lo que significa avanzar hacia la unión con Dios y la comunión entre nosotros.
Lo ideal sería que la gente jamás tuviera que dejar su tierra natal10. Sin embargo, para mucha gente permanecer en su tierra hace que vivir una vida digna sea difícil o casi imposible. Existen varios factores que empujan o atraen a la gente a migrar, por ejemplo, la violación de los derechos humanos, persecución religiosa, sistemas de justicia débiles, ruptura del orden constitucional, colapso de los gobiernos, situación económica deficiente, desempleo y subempleo/subocupación, entre muchos otros. Estas múltiples causas dieron lugar a diversas clasificaciones de los migrantes.
Uso el término«migrante» de diversas formas. Las Naciones Unidas, en líneas generales, utilizan esta palabra para referirse a «toda persona que vive temporal o permanentemente fuera de su país de origen, y que desarrolló lazos sociales importantes con ese país» (UNESCO, s.f.). Dado que mi prioridad se centra en las personas de la escala socioeconómica más baja, utilizo la palabra «migrante» para referirme, en primer lugar, a los pobres, vulnerables y marginados, en especial a los inmigrantes económicos, forzados o refugiados, los desplazados internos y a quienes son víctimas de tráfico humano o trata de personas11. A medida que analizamos en detalle este panorama bien diferenciado de la población migrante, queremos ver más allá de las etiquetas y estadísticas para escuchar sus historias y visibilizar el rostro humano de todos aquellos en movimiento12.
Los migrantes económicos
Moisés viene de una zona rural cercana a Jiquilpan, en el estado de Michoacán, México. Él y su esposa acababan de tener su quinto hijo. Si bien fue una ocasión de felicidad, también fue un momento de creciente estrés, tensión y responsabilidad.
Durante generaciones, su familia había vivido de la tierra, en especial de la siembra y la venta de maíz; sin embargo, las políticas de comercio actuales de países como Estados Unidos han socavado la posibilidad de vivir de su trabajo en el campo13. Su suegra también vive con ellos, su salud es frágil y no tienen dinero para la medicación que necesita con urgencia. En ocasiones, Moisés consigue pequeños trabajos en pueblos vecinos, pero solo por uno o dos días; a causa del subempleo, es muy difícil tener un ingreso fijo. El día anterior, su hija se quejó porque tenía hambre, Moisés sabía que no tenía suficiente comida para darle, esto lo hizo sentir que estaba fallando como padre. Con más bocas que alimentar, su casa en estado de deterioro, y solo frijoles y tortillas para comer, Moisés tiene que comenzar a pensar en otras alternativas si quiere que él y su familia tengan una vida en paz y con dignidad. Tiene por delante decisiones difíciles que tomar.
Para empeorar las cosas, la semana anterior dos hombres visitaron su casa y le reclamaron dinero para «protegerlo» de los cárteles de drogas para los que trabajan. Además, exigieron acceso a su propiedad ubicada en la ruta estratégica para el contrabando de drogas hacia el norte. Si no aceptaba, la harían daño a su familia como ya habían hecho con otros que él conocía. De pronto, se encontró con un arma barata en su espalda, un dilema moral en sus manos y solo tres alternativas en su mente: robar, aliarse con los cárteles o emigrar.
Cuando Moisés era joven su padre solía emigrar al norte por un tiempo y luego regresaba. Pero ahora es diferente. No solo es más difícil cruzar la frontera sin papeles, sino que es improbable que regrese a casa de manera regular. Sabe que el camino será peligroso y que muchas personas de su pueblo murieron al intentar cruzar los desiertos del suroeste de Estados Unidos. Dado que aumentó el control fronterizo, la gente toma rutas más difíciles y clandestinas para ingresar al país y esto ocasiona muchas muertes. No puede cruzar la frontera de manera legal porque solo gana US$ 1500 al año. La tasa que se cobra por el ingreso sin papeles sería de miles de dólares, lo que significa que debería pedir un préstamo o arriesgarse a ser vendido para trabajar en condiciones de servidumbre. No tiene dinero para solicitar una visa turista ni está calificado para la visa de trabajo.
Con el deseo de llevar una vida honrada, pero con la necesidad de proveer sustento a su familia, no vio otra salida que emigrar sin papeles. A pesar de que lo haría para ayudar a su familia, también podría separarla, como ya pasó con otras familias anteriormente. A diferencia de aquellos que fueron hacia el norte durante la generación de su padre, en la actualidad las dificultades para cruzar la frontera son cada vez cada vez mayores y esto suponía que a lo mejor muy pocas veces o tal vez nunca más volvería a ver a su familia.
