Universidad y cambio social - Alberto C. Taquini (h) - E-Book

Universidad y cambio social E-Book

Alberto C. Taquini (h)

0,0

Beschreibung

El Plan Taquini impulsó entre 1971 y 1975 la creación de 16 universidades, que se sumaron a las 10 existentes –iniciadas con Córdoba en 1613–. Esto permitió que miles de argentinos accedieran por primera vez a la educación superior, y se instaló en el país una demanda por universidades públicas que perdura hasta hoy. En este libro nos adentramos en el vínculo de la concepción del Plan Taquini con su tiempo político y analizamos distintos aspectos de su impacto para evaluar su alcance. Hoy, a la luz de las demandas que la  pandemia aceleró en el sistema educativo, presentamos nuestra experiencia basada en el aprender a aprender y esbozamos algunos lineamientos que contribuyen al debate sobre la transformación para una nueva educación en todos los niveles, centrada en la potencia real de cada estudiante, con un fuerte componente virtual  y visión global.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern

Seitenzahl: 526

Veröffentlichungsjahr: 2025

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



ALBERTO C. TAQUINI (H)

Compilador

Universidad y cambio social

Plan Taquini: pasado, presente y futuro

MARIO ALBORNOZ, FERNANDO L. ANDONEGUI, PABLO GERMÁN AVA,

RODOLFO BARRERE, FEDERICO DEL CARPIO, PAULA FARINATI,

ROBERTO IGARZA, FRANCISCO LEHMANN, MÓNICA MARQUINA,

GUSTAVO MARTÍNEZ, MARIANA MENDONÇA, ANDREA PELLICCIA,

ENRIQUE ZULETA PUCEIRO, NICOLÁS REZNIK, MARÍA JIMENA VASTA

Rector Emérito

Aníbal Y. Jozami

Rector

Martín Kaufmann

Vicerrectora

Diana B. Wechsler

Secretario General

Dr. Horacio Russo

Secretario Académico

Ing. Agr. Carlos Mundt

Secretario de Investigación y Desarrollo

Dr. Pablo Miguel Jacovkis

Secretario de Extensión Universitaria y Bienestar Estudiantil

Dr. Gabriel Asprella

Director editorial

Alejandro Archain

Editora

Luz Fuster

Corrección

Félix de las Mercedes y Luz Fuster

Directora de diseño editorial y gráfico

Marina Rainis

Diseño de tapa

Marina Rainis

Edición digital

Julieta Golluscio

Índice

Agradecimientos

Presentación

Prólogo

Capítulo 1. Así camino

Notas sobre mi pensamiento y mi trabajo

ALBERTO C. TAQUINI (H)

Capítulo 2. Crónicas de una disrupción: el Plan de Nuevas Universidades

ROBERTO IGARZA

Capítulo 3. El impacto sociopolítico de la dinámica expansiva del sistema universitario

ENRIQUE ZULETA PUCEIRO

Capítulo 4. Teorías del capital humano: sus implicancias para la formación

GUSTAVO MARTÍNEZ Y PABLO AVA

Capítulo 5. El Plan Taquini: momento clave de la historia universitaria argentina

MÓNICA MARQUINA Y MARIANA MENDONÇA

Capítulo 6. Las universidades del Plan Taquini

Impacto académico y socioeconómico de la extensión del sistema universitario

NICOLÁS REZNIK, PAULA FARINATI, MÓNICA MARQUINA Y ALBERTO C. TAQUINI (H)

Capítulo 7. Las nuevas universidades y el desarrollo científico argentino

MARIO ALBORNOZ Y RODOLFO BARRERE

Capítulo 8. Una nueva educación superior para el siglo XXI

ALBERTO C. TAQUINI (H), FERNANDO ANDONEGUI, FEDERICO DEL CARPIO Y FRANCISCO LEHMANN

Capítulo 9. Educar al nuevo alumno

ALBERTO C. TAQUINI (H), FEDERICO DEL CARPIO, FRANCISCO LEHMANN, ANDREA PELLICCIA Y MARÍA JIMENA VASTA

Acrónimos y siglas

ANEXO: Testimonios de investigadores de las nuevas universidades

Biografías de los autores

Agradecimientos

Agradezco a la vida –como canta Alberto Cortez–, “que me ha dado tanto”.

Agradezco a mi familia. Mucho de lo actuado fue con la tolerancia de los míos.

Agradezco a mis maestros, a papá, el primero y el mejor. A Houssay, y a muchos de su escuela con los que he convivido: Luis F. Leloir, Venancio Deulofeu, Horacio Camacho, Juan José Gagliardino, Jorge Arvía, Luis Santaló, Alejandro Paladini, Antonio Pires, Julio H. Olivera.

Agradezco al colegio El Salvador (SJ) la iniciación en mi formación filosófica, y en especial al padre Ismael Quiles (SJ), al cardenal Estanislao Esteban Karlic, a quien quiero y admiro, a la Comisión Episcopal de Pastoral Universitaria (CEPaU) de la CEA, que ayudé a fundar y en la que trabajo hace más de 25 años.

Agradezco a todos los que han trabajado conmigo, que inicialmente, como nos mencionó Jorge Zanotti, formaron el equipo Taquini: Enrique Urgoiti, Sadí Rifé, Marcelo Zapiola y muchos más a los que mencioné al incorporarme a la Academia Nacional de Educación, y de esta a muchos por tantos años de tarea conjunta.

Agradezco al equipo que estaba y al que formé por más de veinte años en el Belgrano Day School. Con algunos de ellos fuimos creando el equipo de Nueva Educación: Fernando Andonegui, Federico del Carpio, Paula Farinati, Francisco Lehmann, Andrea Pelliccia y Jimena Vasta. Ellos también me han ayudado en la compaginación de este libro y, sobre todo, juntos pensamos en lo mucho que tenemos que hacer para lograr el cambio necesario.

Agradezco a los que me ayudaron y compartieron el contenido de este libro (M. Albornoz, Pablo Ava, R. Barrere, Roberto Igarza, Gustavo Martínez, Mónica Marquina, Mariana Mendonça, Nicolás Reznik y Enrique Zuleta Puceiro). Con Roberto, Enrique, Mónica, Mariana y Mario le dimos vuelta al tema una y otra vez. En cada vuelta algo se enriqueció.

Agradezco a la Universidad Nacional de Tres de Febrero, en especial a su rector Aníbal Jozami, quien como secretario de políticas universitarias participó en los años noventa en el intento de los colegios universitarios: también nos acompañó al Vaticano a la reunión de rectores y académicos convocada en junio de 2017 en el marco del encuentro Desafíos a la Universidad desde la Globalización y Laudato. Sí, y ahora nos da la acogida a este libro en la universidad que él conduce con acierto.

Quizás para alguno pueda ser llamativo un agradecimiento tan extenso, pero los que me conocen bien saben de la íntima relación que he tenido y tengo con los que cito y la incansable forma en que intenté llegar a comprender sus pensamientos y reflexionar sobre las diferencias que con cada tema fueron surgiendo. Por ello, una vez más digo que si algo he tenido la suerte de tener, ha sido el acercamiento a las personas en mi forma de relacionarme y trabajar.

Alberto C. Taquini (h)

Presentación

El sistema universitario argentino comenzó un largo proceso de cambio a partir del proyecto denominado Plan Taquini, que se planteó su ampliación y modernización. No se puede dejar de apuntar que por aquel entonces, año 1968, tenía el país un gobierno no democrático. Fueron aquellos, años de grandes convulsiones político-sociales, con importantes divisiones de poder entre diferentes sectores del panorama político y social. Existían, dentro mismo de quienes gobernaban, enfrentamientos, tanto en lo político como en lo económico.

El gobierno, surgido a partir del Golpe de Estado de 1966, había dictado en 1967 la Ley Orgánica de las Universidades y creado con posterioridad el Consejo de Rectores. Dicho Consejo se abocó al estudio de las diversas problemáticas que se planteaban en el sistema de educación superior. En ese contexto se sitúa la propuesta de Alberto Taquini, surgida de su trabajo Nuevo Plan de Universidades. La trascendencia del mismo se valoró en el gobierno de entonces por sus aspectos modernizadores y la importancia de las reformas concretas que planteaba. Se puede decir que junto con las reformas que llegarían en los años noventa, configuran un importante antecedente en el crecimiento de las Nuevas Universidades, con el que llegamos al siglo XXI. Debían cumplir, y en la mayoría de los casos cumplieron, con la idea de modificar el rol de la universidad en su relación con la sociedad. De alguna manera son el remozamiento de la Reforma Universitaria de 1918, a la que consideramos fundamental, junto con la gratuidad establecida en 1949, en el marco de un proyecto de país inclusivo.

La Argentina había generado el antes mencionado movimiento de la Reforma Universitaria, cuya realización en la ciudad de Córdoba tuvo una inmediata repercusión social, política y cultural en toda América Latina. Su continuidad en los años noventa irá ampliando y adecuando la estructura universitaria a una nueva realidad socioeconómica. Esos avances, los de 1918, de los años sesenta, los años noventa y los de inicios de los 2000 fueron posibilitando la renovación y actualización de la universidad argentina, que vuelve hoy a ser ejemplo internacional, como sistema educativo propio y gratuito, motor de la democratización social.

La universidad tradicional devenida en torre de cristal y cerrada en sí misma tenía cada vez menos que ver con los sectores mayoritarios de la población. La idea que estuvo en la base del proyecto universitario, que comenzó con la creación de nuevas universidades, tenía que ver con un concepto de universidad que contemplando la territorialidad, impulsara el acercamiento de nuevos sectores de la población al mundo universitario. Este acercamiento territorial contenía el concepto de acercamiento social de los sectores no contemplados hasta entonces. La universidad debía ser vista como una institución más de la comunidad cercana, donde quien tuviese estudios secundarios se pudiera plantear el ingresar como alumno regular, y quien no los tuviera podía integrarse en cursos de extensión, diplomaturas, etc.

La incorporación a los Consejos superiores de representantes de la comunidad en la que la universidad se inserta, que fue incluida en varios de los nuevos estatutos, tiene un altísimo valor al reconocer a dirigentes sociales y políticos la posibilidad de opinar sobre qué universidad requiere esa comunidad.

Por otra parte, la creación de carreras cortas y otras con títulos intermedios facilitó el acceso de nuevos grupos sociales. Y si a esto se suma el desarrollo de carreras con temáticas innovadoras y acceso a las nuevas problemáticas científicas, se conformaba un panorama muy distinto al acartonamiento de la universidad en que nos tocó estudiar.

Quien esto escribe tuvo la suerte de encontrar casualmente en reuniones en empresas a ejecutivos que llegaron a lugares destacados, proviniendo de las nuevas universidades a las que les reconocen y agradecen por las oportunidades que tuvieron en sus vidas.

Aquellos planteos, generados a fines de los años sesenta, fueron la base de la política instrumentada en la década de 1990 y que, continuada en los primeros años de este siglo, hicieron posible una renovación y actualización de la universidad argentina que vuelve hoy a estar entre las mejores a nivel internacional.

Este breve repaso histórico justifica la decisión de la universidad que me toca dirigir de publicar el libro que estamos presentando.

Felicitaciones a cada uno de los destacados colaboradores y, por supuesto, al autor del Plan, por su calidad académica, tesón y empeño.

Aníbal Jozami

Rector Emérito de la UNTREF

Prólogo

“El desarrollo es el nuevo nombre de la paz”.

Populorum Progressio, Pablo VI

“You can’t build a peaceful world on empty stomachs and human misery”.

Ing. Agr. Norman Borlaug, Premio Nobel de la Paz

“Lo esencial es invisible a los ojos”.

El Principito, Antoine de Saint-Exupéry

“No hay ninguna causa para filosofar fuera de la búsqueda de la felicidad”.

Confesiones, San Agustín de Hipona

Quiero que se sepa la inmensa alegría que siento al recordar, con este libro, a una gran cantidad de personas y momentos vinculados a la creación de las “nuevas universidades”, inigualable recompensa.

Gracias a su existencia estudiaron más de 2 millones de alumnos y graduados, que en buena proporción se vinculan desde hace tiempo con las problemáticas regionales, una gran mayoría primera generación universitaria. Es halagador comprobar, como lo testimonian las páginas de esta obra, que las universidades significaron movilidad social y oportunidades nuevas para los jóvenes en el interior y en el conurbano, y que fortalecieron las economías regionales, formando profesionales y dando un nuevo impulso a la vida cultural, productiva y social de las ciudades aumentando la calidad del capital humano local. Como veremos en este libro, con ellas se inició la investigación científica en forma sistemática en el interior del país.

Al imponerse el Plan, se rompió además el statu quo de universidad monopolizada en las grandes e históricas casas de estudios. Por varios años fue tan abierta la discusión y la disputa sobre la creación de las universidades, que el tema impregnó definitiva y transversalmente a toda la sociedad argentina y, por eso, distintos actores pidieron, piden y pedirán en forma creciente educación superior en cada rincón de nuestro país, instalando la demanda desde entonces y por siempre. Muestra de ello son las universidades creadas hasta hoy y las solicitudes sistemáticas en curso.

Estos logros se inscriben en una Argentina en la que gran parte del mundo intelectual se ha dedicado al análisis y a la narración de un sinfín de hipótesis sobre el desencuentro, la frustración y a dar múltiples consejos “tribuneros” acerca de qué y cómo el otro tiene que actuar. La realidad del aumento del capital humano que veremos aquí, como consecuencia de la expansión universitaria, muestra la potencia de la Argentina oculta. La Argentina necesita adaptarse a la reflexión que Ortega y Gasset hizo hace más de cien años:

Déjense de cuestiones previas personales, de suspicacias, de narcisismos. No presumen ustedes el brinco magnífico que dará este país el día que sus hombres se resuelvan de una vez, bravamente, a abrirse el pecho a las cosas, a ocuparse y preocuparse de ellas directamente y sin más, en vez de vivir a la defensiva, de tener trabadas y paralizadas sus potencias espirituales, que son egregias, su curiosidad, su perspicacia, su claridad mental secuestradas por los complejos de lo personal. (Ortega y Gasset, 1964: 263)

Y por esto nos invitó a despertar en el hacer: “¡Argentinos a la cosas, a las cosas!”. Pensando en esto actúo y, como dije al incorporarme a la Academia Nacional de Educación y lo repito hoy, este libro no está referido al deber ser de la educación, sino más bien a nuestra concreta visión y acción en ella. Los frutos de las universidades del Plan, es decir, las personas allí formadas y los aportes surgidos de ellas, impulsan una Argentina profunda e imperceptible que trabaja para reconstruir nuestro dañado país.

Así voy caminando. Siendo médico e investigador en hipertensión arterial, resignifiqué la pasión por el desarrollo de la ciencia heredada de la escuela de mi padre y el doctor Houssay en un nuevo objetivo: promover la educación como un medio para la participación inclusiva en el bien común. Quienes me conocen bien saben que el costo de esta transformación me define, como un sello personal, ya que esa búsqueda ha transcurrido por fuera de toda estructura, imprimiendo mi estilo autónomo de pensamiento y de accionar.

En ese ser, pensar y hacer siempre exigente también me he nutrido del diálogo amplio y de las vivencias del encuentro con personas de todos los sectores, ideologías, creencias, campos de conocimiento y experiencias más diversas. Estos intercambios, en buena parte informales y “callejeros”, han conformado un estilo de trabajo nutrido de lo vivencial, en el que el pensamiento se enriquece a través del accionar, la contrastación desprejuiciada de ideas y la inclusión diversa de aportes específicos.

Esta publicación, así como otras anteriores,[1] constituye, como ya mencioné otras veces,

el registro escrito de una “militancia académica” que, por fuera de toda estructura oficial o política, he realizado con pasión de manera cotidiana y ad honorem, impulsado por mi vocación de servir a la educación en nuestro país. Militancia llevada a cabo pensando, estudiando, proponiendo y haciendo. Las posibilidades que me ha otorgado la vida me han permitido dedicar tiempo y energía a impulsar pertinazmente la transformación de la educación argentina durante más de cincuenta años. (Taquini (h) et al., 2014: IX-X)

Así como la generación del ochenta requirió, para lograr su éxito, de la formación del capital humano a través de la Ley 1.420 de Educación Primaria, para la nuestra fue imprescindible el Plan de Nuevas Universidades. Hacia mediados de 1960 el clima de época estaba signado por las teorías del desarrollo –que desde ese momento Paulo VI lo describía como integral–, y se demandaba una jerarquización en la formación de capital humano que para ello requería de la educación superior. En esa coyuntura, la mejor alternativa era la creación de nuevas universidades autónomas que permitieran satisfacer el crecimiento de la matrícula universitaria, evitar la migración interna de los jóvenes y fomentar el desarrollo científico-tecnológico en todo el territorio nacional, en un intento de integrarlo al proceso productivo regional.

Dicho esto, si algo me preocupa, es que la percepción de la creación de universidades limite por su valor fáctico al Plan Taquini al crecimiento numérico de las casas de estudios en todo nuestro país. Por ese motivo, quiero aquí, con ustedes, repasar la integralidad de las ideas que motivaron aquellos objetivos, y que continúan siendo el hilo conductor que guía el accionar del equipo de Nueva Educación.

Los aportes científicos fundamentales de la primera mitad del siglo XX, con teatro en las universidades, sentaron las bases para el desarrollo de la ciencia y la tecnología. Sobre estos cimientos se construyeron los múltiples caminos del progreso científico-tecnológico de fines del siglo pasado. La magnitud de este cambio aparece clarificada en algunos indicadores incontrovertibles: el descubrimiento del código genético por Watson y Crick entre otras cosas habilitó la revolución verde, simbolizada en Norman Borlaug,[2] que permitió la sobreoferta actual de alimentos. Los progresos en medicina doblaron la expectativa de vida. El hombre se proyectó al espacio. La biología molecular, la nanoquímica, los nanomateriales y la inteligencia artificial despertaron. La tecnología se incorpora y asocia al funcionamiento del hombre. Los progresos científicos acelerados y vertiginosos que estamos viviendo ponen en escena la cuestión de la persona y se proyectan a múltiples hipótesis sobre el transhumanismo (Taquini, 2021).

Se lograron, en pocos años, profundas transformaciones que resultaron en un incremento notable del bienestar material en general.

Los fundadores de la ciencia moderna[3]

Sin embargo, más sagaz, el Principito nos advirtió que el bienestar material no es suficiente: hay algo mucho más allá de lo que vemos. Hoy, en plena pandemia, la sociedad ha corporizado la vivencia palpable del prójimo: “en mí, el otro”, esto es, ha adquirido dimensión de la circunstancia individual de las personas y de la unidad del planeta. Como analizábamos con Urgoiti desde fines de la década de 1960 (Taquini et al., 1972), los medios masivos de comunicación habilitaron la aspiración a la inclusión, haciendo emerger la conciencia de los derechos en el aquí y ahora de cada individuo, a la vez que pusieron de manifiesto la percepción de las diferencias en el acceso al bien común. En aquel entonces, la crisis estudiantil de mayo de 1968 en París y California, Woodstock y los Beatles y los nini fueron emergentes imperfectos de esta angustia existencial: la evidencia de que la conquista de la felicidad no era equivalente a los logros que provienen del progreso científico-tecnológico mencionado. Con el advenimiento de Internet, la conectividad y la telefonía móvil, este fenómeno se acentuó, es decir, la ampliación en el acceso a la información –ahora más inmediato, dinámico y global– aumentó en las personas el reconocimiento del contraste entre aquello a lo que pueden aspirar y lo que realmente pueden conseguir en sus vidas. Esta disyuntiva desnuda la utopía y nos propone resolver el dilema personal “aspiración vs. capacidad de logro”. Siguiendo la idea agustiniana, este es el gran desafío de la educación, preguntarse sobre su rol en la búsqueda de la felicidad, que en definitiva es el fin último del hombre.

Por eso, como surge de lo antedicho, en un nivel más profundo, el objetivo primero y último de aquel Plan, como de las acciones que le siguieron y seguirán, fue y será la búsqueda de escenarios de formación –complejos y diversos– que permitan llevar el potencial de la persona a niveles superadores, ofreciendo la posibilidad de una existencia individual más plena, trascendente y fraterna a través de su participación, desde su personal circunstancia en la sociedad como ciudadano del mundo. Para la realización de todo esto, la universidad todavía sigue siendo una pieza clave.

Además, la conciencia universal acerca del cuidado que requiere la naturaleza y la convivencia fraterna del hombre en ella, objetivos necesarios para la continuidad histórica del hombre, constituyen temáticas centrales que la educación debe asumir en plenitud porque “la razón, por sí sola, es capaz de aceptar la igualdad entre los hombres y de establecer una convivencia cívica entre ellos, pero no consigue fundar la hermandad” (Benedicto XVI, 2009). Pareciera ser que el paréntesis de la pandemia nos ha forzado a despertar a la conciencia con respecto a estas cuestiones.

Hemos trabajado para hacer este libro durante muchos meses de incertidumbre, con las vacunas que, por escasas y tardías, se convirtieron en ilusión frente al peligro fatal del Covid-19. El encierro nos dio tiempo para la reflexión introspectiva, nos puso en diálogo con la muerte y nos obligó a preguntarnos por el sentido de la existencia. Y es que, con un cuarto del siglo XXI transitado, un virus inesperado materializó abruptamente el cambio de era. En concreto, de un día para el otro nos quedamos sin certezas. Y mientras cambian radicalmente nuestras costumbres, prioridades, nuestros planes y nuestras fortalezas, nos llenamos de vulnerabilidad. ¿Cuánto tiempo nos llevará salir de la pandemia? ¿Cómo será el nuevo mundo que alumbre? ¿Cuánto cambiaremos? Queremos proyectarnos al futuro mientras las limitaciones hieren nuestra soberbia de control sobre la vida, nos hacen sentir al máximo su fragilidad, radicalizando nuestras inseguridades. ¿Vendrán otras pandemias? ¿Seremos víctimas de una guerra bacteriológica? ¿Quedaremos a merced de la vigilancia digital y el biocontrol? ¿Qué pasaría si un ataque tecnológico dejase caída indefinidamente la Internet? El transhumanismo, ¿redefinirá los alcances y el condicionamiento de la persona por tecnologías que producen capacidades o cualidades distintas a las naturales? Advertimos la impotencia humana para dar soluciones para infinitos interrogantes. Sin lugar a dudas, con un horizonte de futuro poco claro e incierto, la falta de previsibilidad reconfigura la forma de pensar y vivir el presente desde todas sus aristas. Este panorama apenas esbozado y sus inimaginables consecuencias afectan y afectarán a la educación con transformaciones que nos proyectan a una nueva educación. Tenemos grandes desafíos por delante.

Nuestra prédica de muchos años sobre la incorporación de la virtualidad en la educación argentina y en particular en la educación superior, resistida en la política educativa, ha sido habilitada con reticencias en forma extensiva este año como una consecuencia de la presión externa y no como una real política positiva de transformación de la enseñanza hacia la virtualidad y el asincronismo en el aprendizaje.

Mirando hacia atrás, viendo el camino recorrido y transitando con esperanzas los últimos pasos de mi vida, quisiera transmitir la convicción de que todo accionar científico solo se agota en la plenitud de la Verdad. Esa búsqueda ilumina la ruta, desafía a la filosofía y a la ciencia, y nos sumerge en el misterio de la trascendencia.

Comparto, entonces, estas páginas como parte de lo que pensamos y hacemos, junto a mi equipo de trabajo y a valiosos autores que generosamente han contribuido a este análisis del estado de la cuestión con sus aportes específicos:

En el capítulo 1, “Así camino. Notas sobre mi pensamiento y mi trabajo”, he intentado, con la colaboración de Paula Farinati y aportes de otros autores, repasar el recorrido de mi formación y el ámbito particular en el cual crecí hasta mis proyectos actuales. Es un relato en primera persona, donde pongo el acento en cómo viví ese recorrido, desde la trastienda de los hechos y reflexionando sobre su relevancia.

En el capítulo 2, Roberto Igarza ofrece “Crónicas de una disrupción: el Plan de Nuevas Universidades”: en el mismo, nos sumerge en la década de 1960 para dar cuenta del clima de época nacional y del mundo. Así, repasa la agenda universitaria previa al Plan, da cuenta del estado de la investigación científica del momento, describe los cambios en la comunicación, el ocio y el entretenimiento, y describe la juventud de aquella década.

En el capítulo 3, “El impacto sociopolítico de la dinámica expansiva del sistema universitario”, El Dr. Enrique Zuleta Puceiro caracteriza la escena política y social nacional en la que emerge el Plan Taquiniy su impacto en el sistema universitario abriendo caminos no explorados, dando cuenta de su singularidad y de las diferencias con las olas de creaciones posteriores.

En el capítulo 4, “Teorías del capital humano: sus implicancias para la formación”, Gustavo Martínez y Pablo Ava analizan las teorías en auge en el momento en que se concibió el Plan, que estructuran mi visión de la educación como formadora del capital humano, siguiendo la línea impulsada por la OCDE, que tuve en cuenta desde la presentación del Plan.

En el capítulo 5, “El Plan Taquini: momento clave de la historia universitaria argentina”, Mónica Marquina y Mariana Mendonça analizan la expansión de la educación superior en América Latina en general y en la Argentina en particular, describen el contexto social, político y académico de nuestro país al momento de la elaboración del Plan y dan cuenta de los procesos de creaciones de las universidades con las barreras que enfrentaron para concretarse.

En el capítulo 6, “Las universidades del Plan Taquini. Impacto académico y socioeconómico de la extensión del sistema universitario”, junto con Nicolás Reznik, Mónica Marquina y Paula Farinati referimos un análisis incipiente del impacto de la creación de universidades en sus aspectos académicos, sociales y económicos. Nos encantaría que este capítulo estimule investigaciones más profundas y necesarias para ahondar las diversas variables de resultados del Plan.

En el capítulo 7, "Las nuevas universidades y el desarrollo científico argentino",el doctor M. Albornoz y el doctor R. Barrere analizan las cifras de la producción científica de las universidades nacionales argentinas, para hacer foco en las universidades creadas por nuestro Plan. Al señalar la singularidad de estas creaciones y los aspectos que las guiaron, muestran la evolución de su desarrollo por medio de indicadores diversos.

En el capítulo 8, “Una nueva educación superior para el siglo XXI”,describimos con Fernando Andonegui, Federico del Carpio y Francisco Lehmann algunos cambios sociales y tecnológicos actuales con la mirada puesta en la conectividad y la inteligencia artificial. Analizamos las transformaciones que están ocurriendo en la educación superior y planteamos algunas propuestas para repensar la formación en el siglo XXI. Especial atención merece el tema de la movilidad y la acreditación, con la incorporación de un pasaporte transnacional, cuyo antecedente es una vieja libreta universitaria nacional, idea que propusimos con Agulla y con Zapiola en los años ochenta.

En el capítulo 9, “Educar al nuevo alumno”, junto a Federico del Carpio, Francisco Lehmann, Andrea Pelliccia y Jimena Vasta, invitamos a una búsqueda actualizada con la misma inquietud de entonces: cómo son los jóvenes hoy y qué necesitan para desplegar todo su potencial. Se comparten, en consonancia, algunas de nuestras experiencias del nivel escolar orientadas por esta filosofía, con el norte puesto en un graduado de nivel medio capaz de autogestionar su aprendizaje en un contexto de formación cada vez más diverso.

Las nuevas universidades han desarrollado una producción científica de relevancia. Por ello iniciamos, para dar visibilidad a esa producción, una recopilación de testimonios de investigadores en plena actividad, cuyos trabajos tienen impacto en sectores clave para el desarrollo regional. Conociendo, además de su investigación, su lugar de origen, la universidad en la que se formaron y el ámbito en el que investigan, damos difusión mediante un relato personal en formato audiovisual, la voz y el rostro de los científicos formados en las nuevas universidades. Encontrarán en el anexo los detalles y el QR de acceso al material.

[1] La mayor parte del contenido teórico y práctico de lo actuado se encuentra en los libros publicados y los sitios web en los que volqué otros trabajos: <https://globalizacionypersona.wordpress.com/>, <https://plantaquini.wordpress.com/>, <https://www.nuevaeducacion.net/>.

[2] La revolución verde le valió a Norman Borlaug el Premio Nobel de la Paz en 1970.

[3] En la llamada la “foto más inteligente de la historia” (1927) pueden verse casi una treintena de genios de la ciencia, de los que más de la mitad llegaron a ser reconocidos con el Premio Nobel. Entre ellos, Albert Einstein, Marie Curie o Erwin Schrödinger. Disponible en <https://lavozdelmuro.net/foto-mas-inteligente/>.

Referencias bibliográficas

BENEDICTOXVI (2009). Caritas in veritate. Disponible en <https://www.vatican.va/content/benedict-xvi/es/encyclicals/documents/hf_ben-xvi_enc_20090629_caritas-in-veritate.html>

ORTEGA Y GASSET, J. (1964). Meditación del pueblo joven. Madrid, España: Espasa Calpe.

PABLOVI. (1967). Populorum Progressio. Disponible en <https://www.vatican.va/content/paul-vi/es/encyclicals/documents/hf_p-vi_enc_26031967_populorum.html>

TAQUINI(h), A. C. (2010). Nuevas universidades para un nuevo país y la educación superior: 1968-2010. Serie Estudios, N° 23. Buenos Aires, Argentina: Academia Nacional de Educación

TAQUINI (h), A. C. (2021). “Inteligencia artificial y autoaprendizaje”. En M. Solanet (Dir.), Inteligencia artificial: una mirada multidisciplinaria. Buenos Aires, Argentina: Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas.

TAQUINI (h), A. C. et al. (2014). Nuevas universidades para un nuevo país. Buenos Aires, Argentina: Dunken.

TAQUINI (h), A. C., E. Urgoiti, S. Rifé y R. De Cea (1972). Nuevas universidades para un nuevo país, la juventud determinante del cambio por la capacitación. Buenos Aires, Argentina: Estrada.

Capítulo 1. Así camino

Notas sobre mi pensamiento y mi trabajo

ALBERTO C. TAQUINI (H)

Introducción. ¿Por qué un itinerario personal?

La creación del Plan de Nuevas Universidades y su continuidad en distintos proyectos en los que intervine a lo largo de mi vida está íntimamente ligada no solo a mi formación profesional, sino al ámbito cotidiano de mi familia y trabajo, un contexto muy particular que me sumergió desde mis primeros recuerdos en el mundo de la ciencia en un lugar de privilegio.

Desandando el camino recorrido, pretendo hacer una retrospección que colabore a la comprensión de lo actuado en más de cincuenta años de militancia académica. Toda mi dedicación, estudio y compromiso se abocó con constancia a la resolución de conflictos que fui enfrentando en los distintos ámbitos del mundo académico/educativo donde me desempeñé, siempre desde una perspectiva que vinculaba los grandes desafíos que enfrentamos como país, como sociedad y como humanidad con esos problemas concretos.

Mis vivencias de los orígenes del sistema científico nacional

Mi padre y el descubrimiento de la angiotensina

Mi infancia estuvo marcada en su cotidianeidad por el ambiente de la lógica científica, con el ejemplo de trabajo metódico, estudio y rigor crítico permanente de mi padre, el doctor Alberto C. Taquini.

Formado como médico e investigador, fue iniciador de la cardiología mundial con enfoque fisiopatológico. Trabajó hasta su último día en el Instituto de Investigaciones Cardiológicas de la Universidad de Buenos Aires, que fundó y lleva su nombre[1].

Sus investigaciones lo convirtieron en un referente internacional de la cardiología y la hipertensión, por lo cual presidió varias asociaciones científicas internacionales. Fue miembro fundador de la Sociedad Argentina de Cardiologíaen la década de 1930 y en 1946 de la Sociedad Internacional de Cardiología liderada por Paul D. White[2]. Fue el primer investigador superior del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) y el primer secretario del CONACYT (Consejo Nacional de Ciencia y Técnica, creado por Onganía) en 1969, que dio origen al actual Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación de la Argentina[3].

Se unió al equipo de investigación dirigido por el doctor Bernardo Houssay en el Instituto de Fisiología de la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires, convirtiéndose en jefe de Investigaciones. El instituto fue un centro de excelencia a nivel mundial. Allí Houssay describió la acción diabetógena de la hipófisis, lo que le permitió junto a Carl y Gerty Cori obtener el Premio Nobel de Medicina en 1947, cuando ya había sido cesanteado por la revolución de 1943.

En el instituto, Houssay junto a Luis F. Leloir, Eduardo Braun Menéndez, Juan Carlos Fasciolo, Juan M. Muñoz y mi padre, describieron por primera vez y en forma correcta el mecanismo renina angiotensina, fundamental en la regulación de la presión arterial y que, con los bloqueantes de la angiotensina, constituyen hoy la herramienta fundamental del tratamiento de la presión arterial, enfermedad que afecta a un porcentaje muy alto de la población mundial[4].

Me detengo en este descubrimiento y algunos detalles que ilustran el nivel de excelencia de nuestros científicos. Hasta la década de 1930, se había buscado la forma de producir un animal con hipertensión equivalente a la humana para el estudio. Houssay dirigía esos estudios en Buenos Aires, sin éxito. En 1934 Harry Goldblatt, un anátomo patólogo que estudió las arterias del riñón de los hipertensos, descubrió que tenían menor diámetro porque tenían esclerosis, por lo que la cantidad de luz dentro de la arteria era menor. Entonces probó comprimiendo las arterias renales al 50% en animales, imitando lo que ocurría con los humanos. De esta forma, en treinta días se desarrollaba un perro hipertenso. El experimento revolucionó el tema y Houssay, siempre al día con las publicaciones internacionales, le indica al doctor Fasciolo que haga su tesis para confirmar el experimento. En 1938 mi padre, director de Investigaciones del Instituto, estudió de inmediato con el equipo la sangre venosa renal del perro hipertenso, para ver si el riñón producía una sustancia presora. Encuentra así una sustancia llamada renina, descubierta tiempo antes. Al año siguiente, en un congreso de la American Heart Association sobre hipertensión donde exponen él y Goldblatt, mi padre presenta la renina. El doctor Irvine Page, líder de un grupo de la Cleveland Clinic, publicó el mismo año el descubrimiento de la angeotonina y simultáneamente el grupo argentino (Braun Menéndez, Fasciolo, Leloir y Muñoz) describe la misma sustancia denominándola hipertensina.

Si bien el descubrimiento es simultáneo, la interpretación del camino de la producción de la angiotensina es correcta para el grupo de la Argentina e incorrecta para el grupo de Cleveland. Queda establecida la competencia entre las dos escuelas.

Al sintetizarse la sustancia en 1957 en el laboratorio CIBA, se patenta como hipertensina. Buena parte de los investigadores, excepto los grupos vinculados con Page, la llamaban así. No obstante, en 1958 en una reunión en Ann Arbor a los 25 años del experimento de Goldblatt, se concluye el debate. A ese congreso, donde enviamos un paper junto a mi padre y el doctor Pedro Blaquier –quien lo presentó–, también asistieron Braun Menéndez y Page, quienes se reunieron en la cafetería de la Universidad de Michigan y decidieron fusionar el nombre de la sustancia en angiotensina, uniendo las dos denominaciones y saldando la discusión.

En 1961 escribí el editorial de la American Heart Journal[5]con el propósito de impulsar el cierre del debate acerca del nombre de la angiotensina. Años después me invitan a hablar sobre la regulación nerviosa de la hipertensión, siendo el primer argentino que lo logra, en el Council of High Blood Pressure,una reunión selecta organizada por el grupo de Cleveland. Un número especial de este simposio se publicó en la revista Circulation Research.

Institucionalización de la ciencia en la Argentina: la Asociación Argentina para el Progreso de las Ciencias

Houssay fue un pionero como profesor full time de la UBA y en la organización de la ciencia en la Argentina. En 1933 fundó, por iniciativa del periodista Carlos Silva, la Asociación Argentina para el Progreso de las Ciencias (AAPC):

el periodista Carlos Alberto Silva, de la revista El Hogar, indignado por el desconocimiento de la tarea de los científicos argentinos, inició la publicación de una serie de entrevistas para que se diera a conocer la labor de destacados investigadores locales. Él mismo comprendió la necesidad de crear una asociación que los vinculase, promoviese la investigación científica y la formación de jóvenes investigadores. Con ese fin, organizó una reunión con la asistencia del doctor Houssay y otros científicos relevantes, en el restaurante La Sonámbula en diciembre de 1933. En ella se decidió fundar la AAPC. En una segunda reunión, esta vez en el restaurante Marchiori, se confirmaron los miembros fundadores así como el primer Colegiado Directivo. Los miembros fundadores fueron: Bernardo A. Houssay, Juan Bacigalupo, Enrique Butty, Horacio Damianovich, Venancio Deulofeu, Pedro I. Elizalde, Lorenzo R. Parodi, Carlos A. Silva, Alfredo Sordelli, Juan C. Vignaux, Adolfo T. Williams y Enrique V. Zappi.[6]

La AAPC funda además la revista Ciencia e Investigación en 1945. Creada por Houssay y Braun Menéndez, fue la primera revista argentina dedicada a difundir ciencia y se convirtió en el órgano de difusión del CONICET por dos décadas[7].

A la asociación se le otorgó la tarea de mediación entre el Estado y los investigadores para el otorgamiento de subsidios a la investigación, consiguiendo fondos estatales y privados para ello[8]. En la década de 1930, la institución jugó un papel importante en la creación de las instituciones oficiales de Ciencia y Técnica de la Argentina, comprendiendo la necesidad de un organismo de investigación a nivel nacional. Los miembros de la AAPC impulsaron junto a otras instituciones la creación del CONICET, logrado en 1958.

El doctor Houssay, junto a Leloir, Deulofeu, Santaló, Braun Menéndez, Lanari, Villamayor, Camacho, Stoppani, Balanzat, Olivera y mi padre, los principales científicos de las ciencias “duras” que estaban en la AAPC, fueron al CONICET. Houssay fue su primer presidente y Rolando García[9] –que no era de la AAPC– fue designado sorpresivamente como vicepresidente por el presidente Aramburu. A posteriori, Rolando García fue jefe de Gabinete del gobernador Bidegain.

Mis inicios en la investigación científica y la docencia universitaria

Desde muy chico, los fines de semana iba al Instituto de Fisiología de la vieja facultad de la calle Córdoba de la mano de papá a ver cómo se controlaban los perros hipertensos. Allí conocí al doctor Bernardo Houssay. Cuando tenía 3 años, en una tarde de fin de semana en la quinta familiar de Bella Vista, me enseñó a leer la hora en su reloj de bolsillo. Estuve cerca de Houssay hasta su muerte. Fue testigo de mi casamiento con María Martha hace 62 años y me entregó el diploma de profesor de Fisiología en la Facultad de Farmacia de la UBA. Me invitó también a la reorganización de las cátedras de Fisiología de las Universidades del Noreste y Litoral (en Rosario). En la Academia Nacional de Educación, tuve el honor de ocupar el sitial que lleva su nombre.

Mi hermano Charles y yo nos abocamos, siguiendo los pasos de mi padre, por el estudio de la Medicina: uno por la investigación clínica y el otro por la investigación fisiológica.

Me gradué a los 24 años como médico, en el año 1959. Desde 1954 trabajé como investigador en el efecto de la renina en la presión arterial con el doctor Pedro Blaquier, bajo la dirección de mi padre. Siendo estudiante, en noviembre de 1955 me presenté a un concurso de la cátedra y fui elegido ayudante alumno de Fisiología cuando Houssay recuperó dicha cátedra.

En 1963, tuve a mi cargo la reorganización de los trabajos prácticos de la segunda Cátedra de Fisiología, que nos permitió pasar de un práctico cada quince días a tres por semana para 1.200 alumnos, divididos en seis ciclos por área de Fisiología, con un parcial por sección. Para esto seleccionamos, formamos y organizamos un grupo de sesenta ayudantes-alumnos que acompañaban a cinco profesores.

La docencia representaba una gran demanda de tiempo de trabajo y dejaba poco espacio para dedicarse a la investigación. Esta vivencia despertó mi interés en el conflicto entre la universidad de masas y las exigencias del desarrollo de la ciencia básica.

En 1959 fui a trabajar como investigador en el Departamento de Fisiología de la Universidad de Michigan en Ann Arbor, en la sección a cargo de David Bohr, donde fui complementariamente instructor y trabajé en la Unidad de Hipertensión del Hospital Escuela de la Universidad, con una subvención del National Institute of Health (NIH) de EE.UU.

Bohr me pide allí que trabaje en el control nervioso de la circulación, tema de moda en ese momento, que había presentado Mc Cubbin de la Cleveland Clinic en la reunión de 1958, en la que se resolvió el tema de la angiotensina.

Terminada mi estancia en Michigan tuve una tentadora oferta: un puesto como profesor asociado de Farmacología en la Universidad de Pensilvania en el departamento del doctor C. Schmitt para trabajar con el doctor Aviado en el desarrollo de un área de hipertensión. Yo había solicitado al CONICET un subsidio para trabajar en el control nervioso de la circulación, continuando lo iniciado con Bohr en Ann Arbor en el Instituto de Farmacología de la Universidad de Gante en Bélgica, dirigido por el doctor Corneille Heymass –Nobel de Medicina por haber descubierto los presoreceptores–, a quien ya conocía y era amigo de Houssay y mi padre. Finalmente, me decidí por esta opción.

En ese viaje, participé en un encuentro de hipertensión en la Universidad de Gotemburgo con el doctor Folkoff y por invitación del director del Laboratorio CIBA Basilea trabajé en él para poner en marcha nuestra técnica de hipertensión en ratas.

Al regreso de mi estancia en Bélgica, inicié la carrera de investigador en la Universidad de Buenos Aires con el número 17. En 1965 el doctor Izquierdo, director del Departamento de Fisiología y Farmacología de la Facultad de Farmacia y Bioquímica de la UBA, me invitó para que concurse allí como profesor adjunto de Fisiología. Gané el concurso y el Consejo Superior me nombró en 1966. Así, realicé mi carrera como docente e investigador desde el cargo de ayudante-alumno, profesor adjunto y profesor titular en la UBA, todos con dedicación exclusiva.

El inesperado decanato en Farmacia y Bioquímica

En diciembre de 1967, cuando estaba en la Cátedra de Fisiología como profesor adjunto y ya tenía en marcha mi grupo de investigación en esa facultad, asistí a un almuerzo de la Asociación Universitaria Argentino Norteamericana. Allí, de manera imprevista, el rector de la Universidad de Buenos Aires, el doctor Luis Botet –a quien no conocía–, invitado a la reunión, me ofreció el decanato de la Facultad de Farmacia y Bioquímica. Fue una sorpresa y un gran desafío. Dos días después, acepté y le manifesté que aceptaba el cargo porque era un militante del cientificismo.

Durante mi gestión como decano, obtuve el primer plan de créditos de vivienda para investigadores y el primer fondo especial de investigación científica de la UBA (antes de ello, el financiamiento de investigación era solo vía CONICET), que se extendió luego a toda la universidad. Logramos incorporar a la facultad muchos profesores e investigadores, llegando a tener en ella al 10% de los miembros de la carrera de investigador sobre un total de algo más de 300 que el CONICET tenía en todo el país.

Durante mi decanato, por mi estrecha relación con el doctor Leloir, intenté también llevar su instituto a la facultad. Héctor Torres, amigo desde estudiantes de la facultad y compañero de la AAPC, era parte del equipo de Leloir y ayudó en el intento[10]. Años después, Leloir concretó el proyecto de ampliación de su instituto en el edificio que hasta hoy ocupa en Parque Centenario.

Logramos, no obstante, por un convenio con el recién inaugurado Hospital de Clínicas de la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires, que el laboratorio central del mismo pasara a depender de la Cátedra de Análisis Clínicos de la Facultad de Farmacia.

El Plan de Nuevas Universidades

El origen de la idea

Mi experiencia como docente e investigador y también en la gestión como decano me indicaba que el conflicto central que atravesaba la universidad argentina para lograr el desarrollo de la ciencia era la creciente matrícula por el ingreso irrestricto que dificultaba la incipiente formación de la comunidad científica en la universidad a partir de la creación del CONICET y la instauración del régimen de dedicación exclusiva en la UBA, creado en 1959 durante el rectorado de R. Frondizi. Ambas iniciativas, para permitir el desarrollo del sistema científico, separaban a este del proceso de la docencia. Es más, los investigadores, por sus intereses científicos y sus obligaciones con el CONICET, se desentendían de la docencia.

Siendo estudiante, en 1958, un miembro de la Kellogg Foundationde Michigan nos visitó en el Instituto de Cardiología con idea de apoyar investigaciones en hipertensión arterial. Él se impresionó por la cantidad de nuevos inscriptos que teníamos entonces (3 mil) en contraste con la Universidad de Michigan, donde para incrementar de 100 a 120 alumnos el número anual de inscriptos en fisiología debieron hacer un gran incremento de recursos. Este comentario me motivó a estudiar el impacto del ingreso irrestricto en función del número de inscriptos y el dramático desgranamiento de la matrícula.

Siendo decano, en mayo de 1968, la CEPAL (Comisión Económica para América Latina y el Caribe) me invita al Congreso sobre el Desarrollo Científico, Cultural y Económico de Iberoamérica, donde comparto un panel con el doctor Julio Olivera, director del Instituto de Ciencias Económicas de la UBA, ex rector de la misma y miembro de la AAPC. Allí él presenta la idea de tamaño óptimo de la universidad[11]. Según su propuesta, la universidad debía tener un tamaño óptimo de entre 10 mil y 20 mil alumnos. Número superado entonces con creces por la UBA.

En mi exposición, a partir de las ideas sobre la formación del capital humano[12] aplicable a la producción, en plena vigencia en ese momento, presenté un programa para el desarrollo de las ciencias positivas en las universidades de América Latina para corregir la predominancia de las carreras profesionales y humanísticas.

La exposición de Olivera me indujo a pensar en dos temas. El primero de ellos, el tamaño y la falta de eficiencia de la Universidad de Buenos Aires. Era para mí motivo de preocupación que en las facultades de la Plaza Houssay se multiplicaban varias veces servicios centrales como bibliotecas, oficinas de alumnos y demás áreas administrativas y operativas. Mi propuesta pretendía centralizar por área geográfica los servicios, las dependencias administrativas y las bibliotecas en una unidad para todas las facultades, pensando la biblioteca como espacio para la convivencia interdisciplinaria de todos los alumnos. En consecuencia, sinteticé las ideas de convivencia interdisciplinaria, que sustentaba como base de la organización universitaria, con el concepto de tamaño óptimo que propuso el doctor Olivera. Recomendé entonces la división de la UBA por área geográfica, para una mejor gestión y para una mayor interacción académica en 1968, dos años antes que la división de París.

En segundo lugar, partiendo también del concepto de tamaño óptimo, lo apliqué a las ideas campus planning que venía estudiando de la American Association of Architectural Education para desarrollar el criterio de tamaño máximo.

Al estudiar la división de la UBA, conociendo las dificultades del tamaño de la universidad y su distribución geográfica en la ciudad –entre Núñez, Plaza Houssay, Agronomía, Veterinaria, el Hospital Roffo y las restantes unidades dispersas (Derecho, Ingeniería, Filosofía y Letras y Sociales)– advierto de inmediato que la magnitud de La Plata y el Litoral también rebasaba los criterios de Olivera y excedía el tamaño máximo. Además los datos de la OCDE publicados en ese momento demostraban que las proyecciones de incremento de matrícula subestimaron el crecimiento y se encontraban atrasadas 5 años.

Gráfico de elaboración propia presentado en el Consejo de Rectores en 1970 en base a datos de la OCDE

Fuente: OCDE, Educación, recursos humanos y desarrollo económico-social (1968) y Taquini, 1970 (Consejo de Rectores).

Sumado al análisis de las universidades y las proyecciones de la matrícula, tomé los datos poblacionales y analicé el domicilio de origen de los alumnos. Advertí que, en universidades como Córdoba y La Plata, un porcentaje importante de estudiantes había migrado del lugar donde habían cursado la escuela media hacia las universidades para en la mayoría de los casos no regresar a su lugar de origen al graduarse y eran en número superiores a los estudiantes locales de esas ciudades.

De este modo, la vinculación de las ideas de tamaño máximo con las proyecciones de la matrícula y la población me llevó a proponer la creación de nuevas universidades.

El decir “nuevas universidades” implica no solo un concepto numérico, sino esencialmente un contenido distinto. Nuevas, porque deberán crearse. Y nuevas porque deberán ser distintas de las ya existentes, para dar fisonomía de pensamiento a un nuevo país [...] Proponemos que la universidad debe cumplir una misión fundamental, que se puede definir como informativa e instructiva en lo que hace a la transmisión del conocimiento y la estructuración de una tecnología; pero también debe ahondar en una misión formativa para lograr el más elevado nivel ético en los jóvenes que buscan en la universidad capacitación a nivel superior. Propiciamos “Nuevas Universidades”, independientes de los centros actuales de educación superior, libres de sus problemas, de orientación renovadora; no atadas a los intereses del continuismo ni del paternalismo académico de las actuales universidades que mucho queremos mejorar, para insertarlas adecuadamente en la solución de la problemática de la Argentina del futuro. (Taquini y otros, 1972: XI)

Meses después de la presentación de Olivera, también en 1968, la Academia del Plata SJ organizó en Samay-Huasi (Chilecito, provincia de La Rioja) un coloquio de intelectuales titulado Modernización de las Instituciones Políticas en la Argentina. Allí presenté el Programa de Adecuamiento de la Enseñanza Universitaria Argentina a las Necesidades del Desarrolloy a partir de entonces el plan toma estado público. Los medios de comunicación se hacen eco de la propuesta que publiqué en la revista Ciencia e Investigación en 1969 para conocimiento de la comunidad científica y presenté al Consejo de Rectores formalmente recién en 1970[13]. Allí sintetizamos conceptualmente la idea:

Nuevas Universidades: para contribuir al reordenamiento de las actuales y prever la expansión de la población estudiantil que ocurrirá en los próximos años. Estructura: a) Redimensionar tamaño, otorgando nuevos lugares y evitando el crecimiento de las actuales. b) Reestructuración académica organizando las nuevas según conceptos modernos que sirvan a sí mismas y como modelo de la reorganización de las actuales. c) Estableciendo un modelo edilicio, un hábitat que contribuya a la formación académica adecuada. (Taquini, 2010: 28)

Recomendé la creación de nuevas universidades en diferentes zonas del país con el objetivo de diversificar la oferta académica monopolizada por cuatro ciudades (Buenos Aires, Córdoba, La Plata y Tucumán). Con ello se reestructuraría el tamaño de cada universidad y se promovería el ocupamiento territorial. Entendí que el interior del país necesitaba desarrollar su potencialidad económica y la universidad sin duda contribuiría a ello con conocimiento y reteniendo a la población local joven, al ofrecer una formación al más alto nivel. Se trataba, en definitiva, de un nuevo modelo de fundación. Decíamos entonces:

En general, las universidades argentinas fueron establecidas siguiendo un esquema de fundación “descendente”, por resolución generada a nivel de Gobierno nacional, con miras a expandir las áreas creativas de cultura y conocimiento en determinadas zonas del país con desarrollo preexistente y en general con tradición cultural previa: tales los casos de Buenos Aires, Tucumán, La Plata, Litoral y Cuyo. [...] La evolución misma y la diferenciación del país en función de desarrollo demográfico, económico y cultural; su distribución espontánea en grandes zonas o regiones según un orden de lineamiento geopolítico particular; el incremento de las comunicaciones; la aparición de necesidades nuevas correspondientes a requerimientos de futuros y diferentes polos de desarrollo, determinaron que un equipo como el nuestro, formado por hombres jóvenes y preocupados, analizara detalladamente la nueva situación, la nueva fisonomía del país, y concibiera una nueva política necesaria no ya para adecuar la educación al nuevo país que se perfila, sino para perfilar en forma categórica al país en función de educación, único motor real en los grandes cambios de las comunidades humanas.[...] Al concepto de fundación descendente, correspondiente al periodo organizativo de la nación, se contrapone el concepto ascendente integrativo fundacional, correspondiente a los países ya organizados y en franco cambio positivo de progreso. (Taquini et al., 1972: 148)

Difusión del Plan y surgimiento de las comisiones Pro-Universidad

La propuesta original consistía en la creación de cinco universidades: en Zárate, Luján, el sur del Gran Buenos Aires (Universidad del Río de la Plata), en Río IV (Universidad Pampeana) y en la región patagónica y zona austral (Universidad Austral). Ya me parecían muchas en relación con la historia de las creaciones y al desafío que implicaba poner nuevas universidades en marcha. Pero la idea original fue rebasada por iniciativas diversas en todo el país. Las comisiones Pro-Universidad no estaban planeadas originalmente y surgieron de modo espontáneo transformándose en una modalidad que determinó el éxito del proyecto.

Publicado el Plan en los medios de comunicación, un mediodía me encontré en la puerta del Instituto de Investigaciones Cardiológicas con el doctor Alceo Barrio, oriundo de Luján. Me comentó que había leído el proyecto, haciendo hincapié en que una de las universidades debía estar en el triángulo geográfico comprendido entre Rodríguez-Pilar-Luján. Me invitó a presentar la propuesta en una charla con un grupo de amigos en Luján, cosa que ocurrió en el Hotel La Paz frente a la Basílica el 6 de agosto de 1969.

En la reunión estaban el doctor Barrios, Alberto Hech, Ruth Fernández de Monjardín de Masci, Gerardo Amado, los hermanos Mignone, Oscar Guazzaroni, Tomás Pedro Arana, Antonio Gualdieri, Pedro Barnech y el intendente de la ciudad, acompañados por dos miembros de mi equipo de Farmacia y Bioquímica, el doctor Enrique Urgoiti y el doctor Sadi Rifé. Durante la cena posterior a la exposición se constituyó la primera Comisión Pro-Universidad. Fueron sucedidas por la de Zárate Campana, Quilmes, Río Cuarto y Lomas de Zamora. Todas estas comisiones fueron creadas por eventos similares al de Luján, iniciadas con una presentación del Plan por nuestro equipo donde participaban las fuerzas vivas de cada ciudad.

La revista Gente publicó una entrevista en 1969 donde conté el proyecto. Me llamó de presidencia el capitán Olmos, edecán del presidente Onganía, quien había leído la nota. Me comentó que su padre era médico y había armado hace un tiempo una comisión para hacer el primer colegio secundario en Zárate. El edecán quería colaborar con nuestro plan. Como me iba a presentar en Luján en los días siguientes, le propuse ir luego a Zárate. Fuimos con Urgoiti y Rifé y con un acto se constituyó la Comisión Pro-Universidadde Zárate. El proyecto no prosperó pero la intervención de Olmos redundó en la creación de otras comisiones: la Comisión Pro-Universidadde Río Cuarto y la de Quilmes.

Entre las comisiones, Río Cuarto tuvo una gran importancia. Surgió a partir de que el vicecomodoro Boheler, compañero del edecán Olmos y oriundo de Río Cuarto, interesó al intendente, el ingeniero Renato De Marco, con el proyecto, dándole una copia del mismo[14]. El intendente organizó un acto en el teatro municipal con las fuerzas vivas locales donde presenté el plan. Entre los participantes estaban los directores de colegios locales: el ingeniero Lucchini, de la escuela técnica y el doctor Aguilar, de la escuela normal. El acto fue gigantesco y allí se constituyó la comisión[15] presidida por el ingeniero Lucchini, Martorelli como vicepresidente, Víctor Yoma como secretario y el estudiante Jorge Harriague,[16] entre otros.

Río Cuarto movilizó a las fuerzas vivas locales de un modo fenomenal. Las movilizaciones y acciones de la comisión fueron constantes, marcando el lugar central de la sociedad civil en las creaciones:

significó también un cambio profundo en la postulación de una nueva política: la del acceso a las áreas de decisión de las comunidades y de las personas capacitadas para opinar sobre temas fundamentales, en forma independiente de los organismos específicos del gobierno nacional: en este caso, de la conducción de la educación nacional. (Taquini et al., 1972: 150)

A modo anecdótico, para ilustrar la enorme tarea de los riocuartenses y las estrategias implementadas para lograr hacerse oír ante las autoridades, quiero recordar un hecho en particular. Luego de una exitosa caravana a la vecina ciudad de Leones, donde la delegación se acercó con una multitud al presidente Onganía para pedir por la universidad, una comisión de Historia[17] que organizaba un homenaje al coronel Lucio V. Mansilla –por el centenario de la excursión a los indios ranqueles del Fortín de Río Cuarto– invitó a Onganía y trabajó en “complicidad” con la Comisión Pro-Universidad para aprovechar la ocasión para renovar el diálogo directo con el presidente ante la negativa de su ministro de Educación Pérez Ghilou. Así fue como se organizó un evento pequeño por Mansilla y uno gigantesco con veinte mil personas por la universidad. Lanusse, entonces comandante en jefe del Ejército y parte de la comitiva que asistió al acto militar de Río Cuarto, advirtió la magnitud del apoyo popular y murmuró al presidente para que responda al clamor de la gente: “Dígales que sí. Dígales que sí”[18]. Onganía no dio definiciones en su discurso pero dejó la puerta abierta. Y la lectura de Lanusse sobre la voz popular explicará años después el curso que tomaron las creaciones durante su presidencia y su eventual interés por vincularse con las comisiones.

En el caso de la Comisión Pro-Universidad de Quilmes, el capitán Torres, de la Fragata Fortuna, era amigo del edecán Olmos y miembro del Yatch Club de la ciudad. Me convocó interesado en el proyecto de universidad e hicimos la presentación en el Yatch, donde se constituyó la comisión presidida por el ingeniero Ibarra, director de la Biblioteca Rivadavia. Trabajaron allí, entre otros, la ingeniera Nélida Bonnier y la señora Gregorachuc. La comisión se ocupó intensamente pero no se pudo avanzar mucho. Años más tarde, en 1989, con el apoyo del intendente Camaño, se creó la Universidad Nacional de Quilmes.

En el sur del Gran Buenos Aires surgió otra comisión que daría origen a la Universidad Nacional de Lomas de Zamora. El 18 de octubre de 1969 me convocó a exponer el plan un grupo de profesores e investigadores del Instituto Fitotécnico Santa Catalina de la Universidad Nacional de La Plata, que tenía sede en esa localidad. El ingeniero Vinelli y señora y el ingeniero Mazziota y señora, junto a otros ingenieros, formaron parte del encuentro donde se constituyó la Comisión Pro-Universidad de Lomas de Zamora. Cuando se creó la universidad, el ingeniero Vinelli fue designado su primer rector.

Además de esta modalidad, donde nos convocaban a presentar el Plan y a partir de la participación de las fuerzas vivas locales se creaba la comisión, en otros casos las mismas surgían independientemente de nuestra intervención. Tales como lascomisiones Pro-Universidad de Entre Ríos y Misiones, en las que fue central el rol del doctor René Nicoletti[19]. Estas comisiones se concibieron haciéndose eco de la difusión del plan y nos solicitaban una vez conformadas para profundizar en él, estableciendo un vínculo fluido con nuestro equipo. Por otra parte, otras dos se crearon pero no tuvieron contacto con nosotros: las comisiones Pro-Universidad de Catamarca[20] y La Matanza.

Acompañando el interés ciudadano de conformar comisiones Pro-Universidad colectivizando la iniciativa en la sociedad local, las autoridades provinciales también se hicieron eco de la propuesta y encontraron en el Plan la oportunidad de avanzar en la creación de universidades en sus regiones y de nacionalizar las universidades provinciales existentes, ahogadas presupuestariamente.

En el caso de la Universidad Nacional del Comahue, surgida a partir de la nacionalización de la Universidad Provincial de Neuquén, no hubo Comisión Pro-Universidad dado que la necesidad de nacionalización surgió por iniciativa del gobernador Felipe Sapag, con apoyo del monseñor Jaime de Nevares. Nuestro trabajo conjunto con Nevares y Sapag determinó que se nombre como rector al ingeniero Marcelo Zapiola, partícipe de nuestra propuesta.[21]

La Universidad Nacional de La Pampa tampoco tuvo comisión y no tuve vínculo con la organización del movimiento que la impulsó. Justo antes de que se cree la universidad me convocaron a una reunión donde me mostraron el anteproyecto de nacionalización de la universidad provincial.[22]

Otras autoridades provinciales tomaron la iniciativa de crear universidades provinciales nuevas, ante la reticencia del gobierno nacional de crear universidades nacionales. En el caso de Jujuy, el doctor Guzmán y su hija Cristina me vincularon con el gobernador y un colaborador para delinear y poner en marcha la universidad provincial (tenían las facultades según la Ley de Universidades Provinciales 17.778 de 1968), copiando lo que había hecho San Juan y logrando nacionalizar los títulos provinciales. Lo mismo ocurrió con la creación de la Universidad Provincial de La Rioja, en donde no tuve participación directa. Ambas universidades lograron su objetivo: Jujuy en 1973, bajo el gobierno de Lanusse y La Rioja recién en 1994 bajo el gobierno de Menem.

La proyección del Plan en su institucionalización: redimensionamiento y reordenamiento de universidades

Luego de la realización de los estudios de factibilidad[23] demandados por el Ministerio nacional y aprobada la propuesta en el Consejo de Rectores para la ley de creación de la Universidad Nacional de Río Cuarto, la búsqueda de consensos en un contexto político cambiante llevó una ardua negociación por parte de la Comisión Pro-Universidad de Río Cuarto. Al asumir, Levingston recibió a la comisión[24] y dio el beneplácito para avanzar pero manifestó la necesidad de terminar los estudios de factibilidad antes de la elaboración de la ley. Para ello instruyó al subsecretario de Educación Emilio F. Mignone –a quien me unía una larga amistad en la tarea conjunta de la educación– para que además estructure la inserción del proyecto en el Plan Nacional de Desarrollo y Seguridad para 1971/1975[25]. Mignone me invitó a participar de la redacción del apartado correspondiente a la Educación Superior de dicho plan (elaborado por la Sección Educación de la Comisión Nacional de Desarrollo –CONADE–) votado en la Ley 19.039 en 1971[26].

En el texto final se manifestaba la intención del Plan de crear “nuevas oportunidades de educación superior tanto en la enseñanza universitaria como en la no universitaria, mediante nuevas instituciones o reestructurando las actuales” (Ministerio de Cultura y Educación, 1971). Y también se explicitaba el “redimensionamiento y reordenamiento geográfico de las actuales universidades” junto a la “creación de nuevas universidades e institutos superiores que satisfagan la expansión demográfica y contribuyan al desarrollo regional”. Dando cuenta de las universidades creadas ese año (Río Cuarto, Comahue, Lomas de Zamora), el documento anunciaba la nacionalización de los títulos de la Universidad Provincial de San Juan, la localización de las primeras universidades en las zonas metropolitanas y el reordenamiento geográfico de la Universidad Nacional de Cuyo.

En la línea de la propuesta presentada al Consejo de Rectores en 1970, aparecía junto a la idea de redimensionamiento de las universidades existentes que rebasaban el tamaño máximo (Buenos Aires, Córdoba y el Litoral)[27], la idea de reordenamiento geográfico de las universidades que tenían subsedes en varias provincias.