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La sinodalidad, vivida con una profunda actitud de escucha al Espíritu y de discernimiento comunitario, es verdaderamente un camino de conversión personal y comunitaria. Esto significa crear condiciones de posibilidad para que todos y todas podamos caminar juntos como Pueblo de Dios, y discernir creativamente formas, dinámicas comunicativas, estructuras y procesos que permitan la interacción y vinculación de todos los sujetos que conforman el Nosotros eclesial. Este camino es una oportunidad para reconocer e integrar lo que aportan las reflexiones, palabras, experiencias y acciones de las mujeres para la comprensión y el desarrollo de una iglesia sinodal. Un grupo de teólogas nos hemos puesto a repensar algunas categorías fundamentales que pueden dar luz en este proceso en el que como Iglesia estamos embarcados: comunión, inclusión, intersubjetividad, cuidado, masculinidad, ciudadanía, ministerialidad, discernimiento en común y misión. Son diferentes ventanas a la sinodalidad: las dos primeras más propiamente teológicas, las tres siguientes son antropológicas, y las cuatro finales, eclesiológicas.
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Seitenzahl: 363
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Consejo de redacción de ALETHEIA
Dirección y coordinación:
Silvia Bara Bancel, Universidad Pontificia Comillas (Madrid)
Consejo asesor:
Virginia Raquel Azcuy, Universidad Católica de Córdoba (Argentina)
Olga Belmonte García, Universidad Complutense (Madrid)
Carmen Bernabé Ubieta, Universidad de Deusto (Bilbao)
Maria Luisa Brantt, Universidad Católica de la Santísima Concepción (Chile)
Gabriela Di Renzo, Universidad Católica de Argentina, en Rosario
Elisa Estévez López, Universidad Pontificia Comillas (Madrid)
Guadalupe Seijas, Universidad Complutense (Madrid)
Carme Soto Varela, Universidad Pontificia de Salamanca
Teresa Toldy, Universidad Fernando Pessoa (Oporto)
Olga Consuelo Vélez, Fundación Universitaria San Alfonso (Colombia)
Autoras
Introducción
1EL DIOS TRINIDAD: CIRCULARIDAD Y ENCUENTROSocorro Vivas Albán
2EL PRINCIPIO «INCLUSIÓN» EN LA SINODALIDADNurya Martínez-Gayol Fernández, ACI
3INTERSUBJETIVIDADCONSTRUYENDO EL «ENTRE» DE LAS RELACIONES ECLESIALESCarolina Montero Orphanopoulos
4HACIA UNA CULTURA DEL CUIDADOIanire Angulo Ordorika
5HACIA UN NUEVO PARADIGMA DE MASCULINIDADEileen FitzGerald, ACI
6LA CIUDADANÍA DE LAS MUJERES EN LA IGLESIACarmen Picó Guzmán
7MINISTERIALIDAD Y LITURGIA EN UNA IGLESIA EN TRANSFORMACIÓNPaula Depalma
8EL DISCERNIMIENTO EN COMÚN EN LA ELABORACIÓN..POR CONSENSO DE LAS DECISIONES ECLESIALESElisa Estévez López
9REIMAGINANDO ESPACIOS PARA LA MISIÓNCarme Soto Varela
Créditos
Nació en Bilbao y es religiosa Esclava de la Stma. Eucaristía y de la Madre de Dios. Es licenciada en Teología de la Vida Religiosa por la Universidad Pontificia de Salamanca (2011) y en Sagrada Escritura por la Universidad Pontificia Comillas (2013), especialidad y universidad en la que se doctoró (2018). Es profesora de Sagrada Escritura en la Facultad de Teología de la Universidad Loyola Andalucía en Granada. Ha escrito en diversas obras colectivas y revistas. Entre sus publicaciones más recientes destacan: «¿No habéis leído esta Escritura?» (Mc 12,10). El trasfondo veterotestamentario como clave hermenéutica de Mc 12,1-12 (2019); Extraordinariamente normales. Por una Vida Consagrada significativa (2021) o ¡Extiende tus alas! Repensar la vida consagrada femenina (2022). ORCID: 0000-0003-3682-4151.
Doctora en Teología dogmático-sacramental por Sant’Anselmo (Roma) y licenciada en Ciencias Económicas por la UBA (Buenos Aires). Es profesora de Liturgia en el Centro universitario La Salle de Madrid. Es miembro del consejo asesor de Galilea y colabora en Misa dominical en el Centro de Pastoral Litúrgico de Barcelona. Entre sus publicaciones destacan Espacios litúrgicos de mujeres (Verbo Divino, 2020), Celebraciones creativas (CPL, 2021), Donne e teologia litúrgica (San Paolo, 2021) y Ritos que transforman (PPC, 2022). Es editora en PPC, donde coordina la colección «Sofía» que resalta la voz y la presencia de las mujeres en la sociedad y en la Iglesia. ORCID: 0000-0002-8931-3534.
Doctora en Teología (Universidad de Deusto) y licenciada en Ciencias Bíblicas (Pontificio Instituto Bíblico, Roma). Profesora titular del Departamento de Sagrada Escritura e Historia de la Iglesia y coordinadora de los programas de doctorado de las Facultades de Teología y Derecho Canónico (Universidad Pontificia Comillas). Miembro del equipo de investigación sobre «Orígenes del cristianismo». Miembro del Equipo RUAJ de acompañamiento espiritual. Entre sus últimas publicaciones: «Desafíos éticos de la comunicación en la carta de Santiago», Cauriensia 17 (2023) 711-737; «Quick to Listen, Slow to Speak, and Slow to Anger (Jas 1:19 and Sir 5:11), en Ben Sira in Conversation with Traditions (De Gruyter, 2022) 301-319; «El trabajo y el dinero en las comunidades marginales de los orígenes», en De Jerusalén a Roma. La marginalidad del cristianismo de los orígenes (Verbo Divino, 2021) 209-238; «Desactivar el miedo y ofrecer una palabra verdadera de vida», en Teología con alma bíblica (UPCO, 2021), 85-100; «“Te acercaste y me dijiste: No temas” (Lam 3,57). Transitar por los caminos de la fe en los infiernos de la violencia», en # Familias que importan. Acompañar el latido de la V/vida entre vulnerabilidad Y fortaleza (Narcea, 2021), 159-219. Elisa Estévez y Nurya Martínez-Gayol, «“Escuchar, dialogar y discernir” con las mujeres. Retos de una Iglesia sinodal», Estudios Eclesiásticos 97 (2022) 555-589. ORCID: 0000-0002-8615-8583.
Religiosa irlandesa de las Esclavas del Sagrado Corazón de Jesús. Doctora en Teología por la Faculdade Jesuíta de Filosofia e Teologia de Belo Horizonte (MG), Brasil. Docente de Teología sistemática en la Facultad de Teología San Pablo, Universidad Católica Boliviana de Cochabamba, Bolivia. Editora de la revista Yachay. Entre sus últimas publicaciones: «“Proceder humildemente con tu Dios” (Miq 6,8): clave hermenéutica para una Iglesia sinodal», en Sinodalidad: realidad socioeclesial y perspectivas misionológicas, III Simposio de Misionología, 9-10 de septiembre de 2019, ed. por Luz María Romero Chambi y Roberto Tomichá (Cochabamba: Itinerarios, 2020), 103-111; «A palavra das mulheres na Igreja». Perspectiva Teológica 53/3 (2021) 547-552 (www.faje.edu.br/periodicos/index.php/perspectiva/article/view/4962/4802); «Historia del ISET-FTSP, 2013-2020: consolidación de la Facultad», en Instituto Superior de Estudios Teológicos – Facultad de Teología San Pablo: memoria histórica 1971-2021, ed. por Eileen FitzGerald (Cochabamba: Itinerarios, 2022), 223-247. E-mail: [email protected]. ORCID: 0000-0001-5019-3881.
Natural de Oviedo (Asturias), es licenciada en Química-Física. Doctora en Teología por la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Profesora de Teología dogmática en la Universidad Pontificia Comillas desde 2002. Es religiosa de la Congregación de las Esclavas del Sagrado Corazón de Jesús. Entre sus últimas publicaciones: Reconciliación Transdisciplinar. Migrantes forzosos subsaharianos en condiciones de vulnerabilidad (ed.) (Tirant lo Blanc, 2022); «Mulher e salvaçao na América Latina. Uma aproximaçao desde o testemunho de experiências vividas», Perspectiva teológica 53/3 (2021) 619-648 (DOI: 10.20911/21768757v53n3p619/2021); «¿Qué salvación esperan las mujeres? Libertad y esperanza para un mundo en cambio», en ¿Eres tú o esperamos a otro? (Lc 7,19): la salvación en la que creemos las mujeres, ed. por Belén Brezmes y Mónica Díaz Álamo (Verbo Divino, 2021), 151-198; Elisa Estévez y Nurya Martínez-Gayol, «Escuchar, dialogar y discernir» con las mujeres Retos de una Iglesia sinodal, Estudios eclesiásticos: Revista de investigación e información teológica y canónica 97/381-382 (2022) 555-589 (DOI: 10.14422/ee.v97).i381-382.y2022.009. E-mail: [email protected]. ORCID: 0000-0002-5194- 6328.
Doctora en Teología Moral y Máster en Bioética por la Universidad Pontificia Comillas. Académica investigadora y docente de Ética cristiana de la Universidad Católica Silva Henríquez. Sus líneas de investigación son la ética de la vulnerabilidad, la crisis eclesial por abusos y la bioética global. Sus últimas publicaciones son: «Vulnerability, Ecclesial Abuse, and Vulnerable Adults» en Responding to the Sexual Abuse Crisis in the Catholic Church: Perspectives from Theology and Theological Ethics, ed. por Daniel J. Fleming, James F. Keenan, SJ, y Hans Zollner SJ. (en prensa); «Vulnerabilidad humana y el uso del término adultos vulnerables ante los abusos eclesiales a mayores de edad», Teología y Vida 63/3 (2022) 301-322; Vulnerabilidad, Hacia una ética más humana (Dykinson: Madrid 2022); «Hacia una comprensión interdisciplinar de la vulnerabilidad humana como categoría ético-teológica», Teología y Vida 62/4 (2021) 613-640. ORCID: 0000-0002-4609-7974.
Laica, casada y madre de dos hijos. Es licenciada en Ciencias Biológicas por la UCM. Licenciada en Teología por la UPCO. Actualmente está terminando una tesis doctoral en Sagrada Escritura en la Universidad Pontificia Comillas. Miembro de la Asociación Bíblica Española y de la Asociación de Teólogas Españolas. Coordinadora de la colección «Sofía» de PPC. Ha publicado «La memoria de María Magdalena en la tradición eclesial», Reseña Bíblica 107 (2020) 32-43; «Mujeres en la memoria colectiva del cuarto evangelio», Reseña Bíblica 95 (2017) 41-51; «“He visto al señor” (Jn 20,18a). La palabra autorizada de María Magdalena», Estudios Eclesiásticos 352 (2015) 41-73. Ha editado Resistencia y creatividad. Ayer, hoy y mañana de las teologías feministas (Estella: Verbo Divino, 2015).
Doctora en Teología (Universidad Pontificia Comillas) y licenciada en Historia Contemporánea (Universidade de Santiago de Compostela). Es religiosa de la congregación de las Siervas de san José. Es miembro de la Asociación Bíblica Española, de la ATE y de la mesa de redacción de la revista Encrucillada. Entre sus publicaciones se encuentran: «La figura de la samaritana en el comentario sobre Juan de Orígenes de Alejandría», Reseña Bíblica 95 (2017); «Mujeres y templo», Reseña Bíblica 106 (2020); Cuando Dios haba no solo en Masculino. La teología feminista (Madrid: PPC 2021); «Pero ella dijo. La salvación narrada por las mujeres bíblicas» en ¿Eres tú o esperamos a otro? (Lc 7,19). La salvación en la que creemos las mujeres, ed. por Belén Brezmes- Mónica Díaz (Estella: Verbo Divino, 2021); «A Sinodalidade. A arte de camiñar xuntos/as», Encrucillada 228 (2022).
Doctora en Teología, Magister en Teología, Magister en Educación de la PUJ. Actualmente es docente investigadora de Teología sistemática, Teología latinoamericana, Teología feminista y asuntos de género. Es miembro del Seminario permanente de Teología relacional, miembro cofundador de la Asociación Colombiana de Teólogas y miembro de la Red de teólogos/as Amerindia Colombia. Entre sus publicaciones recientes se encuentran: «Riesgos de sexualizar la Santísima Trinidad», en ¿Es pertinente la teología de la liberación hoy? (Amerindia, 2020); «Las mujeres del alba», Clar año LX 2 (2022); «De una corporeidad relacional como encuentro, signo y llamada», Vida Espiritual 188 (2019); «Teologías feministas de la liberación, un aporte a la evangelización», Ibero (en prensa). ORCID: 0000-0003-1098-9550.
La sinodalidad, vivida con una profunda actitud de escucha al Espíritu y de discernimiento comunitario, es verdaderamente un camino de conversión personal y comunitaria. Esto significa crear condiciones de posibilidad para que todos y todas podamos caminar juntos como Pueblo de Dios, y discernir creativamente formas, dinámicas comunicativas, estructuras y procesos que permitan la interacción y vinculación de todos los sujetos que conforman el Nosotros eclesial.
Este camino es una oportunidad para reconocer e integrar lo que aportan las reflexiones, palabras, experiencias y acciones de las mujeres para la comprensión y el desarrollo de una iglesia sinodal. Este volumen quiere contribuir a ello. Un grupo de teólogas nos hemos puesto a repensar algunas categorías fundamentales que pueden dar luz en este proceso en el que, como Iglesia, estamos embarcados. Cada una es autora de un capítulo, a la vez que el contenido de cada uno ha sido dialogado y debatido en sesiones de trabajo conjunto. Las categorías elegidas son: comunión, inclusión, intersubjetividad, cuidado, masculinidad, ciudadanía, ministerialidad, discernimiento en común y misión. Son diferentes ventanas a la sinodalidad: las dos primeras más propiamente teológicas, las tres siguientes son antropológicas y las cuatro finales, eclesiológicas.
Una imagen sirve para explicar el estilo y modo de trabajo a lo largo de dos años en los que hemos diseñado juntas el esquema del libro y hemos dialogado y debatido sobre los contenidos de cada uno de los capítulos. Nuestro grupo de investigación es como un coro, con muchas voces diferentes que a lo largo del proceso se han ido entrelazando armónicamente. Nuestras reflexiones encarnadas –somos de contextos diferentes– han sido las voces que se han ido armonizando en nuestros encuentros para dialogar y recrear, y poco a poco nos hemos ido reconociendo como un coro.
Cuando hablamos de ser grupo (nos vinculamos para un proyecto y esto nos da un sentido de pertenencia), no nos estamos refiriendo a un solista que canta o interpreta muy bien su partitura en solitario, que hace sonar de manera excelente su instrumento allí donde va, sino que hablamos de tocar en armonía junto con el resto de los instrumentos, de vincular la voz propia con el conjunto de la diversidad de voces.
En el coro cada persona tiene su propia voz y se une a las otras voces, se comparte, pero no se disuelve. Cada voz o cada instrumento interpreta la música siendo él mismo. La diferencia de voz o de instrumento da riqueza a la interpretación. De manera similar, la pertenencia a este grupo ha potenciado lo que cada una de nosotras es y aporta al proyecto común, con su propia singularidad, a la vez que nos sabemos vinculadas, entrelazadas, de manera que nos hemos puesto a la tarea de co-construir juntas, y en ello nos hemos implicado con escucha, diálogo, y también con lealtad y solidaridad en el sueño común.
En algunos géneros musicales, como las orquestas de jazz, el músico improvisa enriqueciendo la melodía base de la composición musical. Lo hace prestando mucha atención al ritmo, a la armonía con el conjunto y conectando de tal modo con el tema que se está tocando que su improvisación encaja como lo hacen dos piezas de un puzle. Los procesos de escucha y respeto mutuo entre el solista y el resto de los miembros de la banda posibilitan esas creaciones más allá de lo que está escrito en la partitura. Así podríamos decir que ha sido nuestro modo de trabajo para ir dando luz a lo que hoy compartimos en esta obra colectiva. Como sucede en el jazz, la música que hemos ido generando no ha sido algo estático, sino viva y dinámica, y siempre en interrelación con el conjunto.
Nuestra reflexión se vio enriquecida con otras voces en las Jornadas organizadas por la Asociación de Teólogas, «Ventanas a la sinodalidad», celebradas el 12-13 de noviembre de 2022. Nos va mucho trenzar hilos de distintos colores entre todos nosotros y pasar de narrativas egocéntricas a narrativas ecosistémicas1. Se podría decir que en cierto sentido la sinodalidad es una narración ecosistémica.
Las contribuciones de este volumen comienzan con un primer capítulo, de Socorro Vivas Albán, en el que aborda la categoría de «comunión». Su intencionalidad es mostrar cómo la Trinidad relacional es comunión de amor por medio del método trinitario circular en espiral a ritmo perijorético y así ofrecer algunas reflexiones teológicas que nos inviten a vivir de manera plural e incluyente la sinodalidad en comunidades eclesiales de fe. Este propósito se alcanza por medio del análisis de las categorías perijóresis, kénosis y ágape. Categorías que serán desarrolladas desde la comprensión de una antropología teológica y ontología trinitaria relacional, con el propósito de invitar a vivir la circularidad en las relaciones trinitarias e interhumanas, en el encuentro procesual trinitario como posibilidad de conversión sinodal.
El segundo capítulo, de Nurya Martínez-Gayol Fernández, se centra en el principio «inclusión». Este aporta un modo concreto de vivir la sinodalidad, que apunta a la incorporación de todos en la vida de la Iglesia, abrazando las diferencias y respetando las identidades, y que podría iluminar un nuevo modo de pertenencia y participación, también para las mujeres en el Pueblo de Dios; además de ofertar un fundamento, en primer lugar trinitario y, en segundo lugar, cristológico, desde donde es posible entenderlo y abrazarlo como parte del proceso de identificación con Cristo al que todos estamos llamados, incorporándonos en un solo Cuerpo.
Carolina Montero Orphanopolulos reflexiona en el tercer capítulo sobre la categoría de «intersubjetividad», fundamental en la propuesta de una Iglesia sinodal. Esta explicita que, en la creación de los vínculos auténticos, es clave la capacidad de distinguir entre el sí mismo, la propia experiencia de mundo y la del otro, con su correspondiente experiencia vital. Comienza con una breve aproximación a la categoría filosófica de la intersubjetividad y del «entre» buberiano, ideal del encuentro, concebido como disponibilidad y escucha permeable, vulnerable, que permite que la transformación que acontece sea crecimiento. Es este el crecimiento que busca la Iglesia sinodal, en su renovado esfuerzo por responder la llamada al encuentro que en ella ha de haber para cada mujer singular, para ser fiel a la apertura conciliar con el mundo el otro, lo otro y la otra.
En el cuarto capítulo, Ianire Angulo Ordorika aborda la categoría del «cuidado». La cultura del cuidado es indispensable en el estilo sinodal propio de la comunidad eclesial que se busca fomentar y potenciar. Para ello, conviene volver la mirada a cómo la ética plantea el cuidado como un valor universal y al modo en que la teología propone el cuidar como una misión arraigada en el bautismo. En la tarea de propiciar este talante resulta imprescindible contar con la aportación que ofrece la experiencia femenina.
La categoría de la «masculinidad» corre a cargo de Eileen FitzGerald en el quinto capítulo. Un nuevo paradigma de masculinidad se torna elemento esencial de la conversión sinodal. Las resistencias a este vienen de mentalidades y estructuras androcéntricas que condicionan la vida eclesial y la reflexión teológica. Los nuevos imaginarios sociales desde la crítica feminista invitan a descubrir en Jesús y san José un paradigma transformador de masculinidad.
El sexto artículo, a cargo de Carmen Picó Guzmán, es una reflexión sobre la situación de las mujeres en la Iglesia bajo la clave hermenéutica de la «ciudadanía». Una reflexión que pretende proponer la conciencia de ciudadanía de las mujeres como llamada a la renovación eclesial global y particular en aras de promover una realidad eclesial más acorde con su misión, esto es, ser signo e instrumento del amor de Dios en el mundo actual.
En el séptimo capítulo Paula Depalma examina la categoría «ministerialidad». La comprensión de Iglesia sinodal refuerza una comprensión diversificada de ministerios, funciones y servicios y favorece la participación de todos los bautizados comprendidos como sujetos activos en una dinámica de transformación estructural cada vez más colaborativa. Los procesos de sinodalidad han de favorecer la visibilización de los dones, funciones y servicios que la institución eclesial puede y debe acoger y a los que hay que dar reconocimiento institucional. La mutua relación entre los modelos de Iglesia, los modelos de sociedad y los modelos ministeriales ofrece un campo teológico por explorar y profundizar.
Elisa Estévez López reflexiona en el octavo capítulo sobre la categoría de «discernimiento en común». En un estilo sinodal las decisiones se alcanzan por discernimiento, sobre la base de un consenso que nace de la común obediencia al Espíritu. El discernimiento en común es una dinámica comunicativa en la Iglesia que no solo se hace en la Iglesia, sino que hace a la Iglesia en la medida en que todos los bautizados, con la diversidad de vocaciones, carismas y ministerios, escuchan la Palabra de Dios en el entramado de la historia, examinan y dialogan sobre los signos de los tiempos y toman juntos decisiones sobre los compromisos a tomar en la historia guiados por el Espíritu.
Por último, Carme Soto aborda la categoría de «misión» en el capítulo noveno. El camino sinodal es un momento privilegiado para reflexionar sobre el modo en que la Iglesia está viviendo su misión. En este artículo se sugieren algunas acciones que pueden ayudar hoy en la actualización e inculturación del mensaje cristiano, en el diálogo desde la fe con la realidad contemporánea y de forma significativa con las mujeres, cuya experiencia y reivindicaciones están siendo un desafío, pero también una oportunidad para que la Iglesia siga siendo significativa y profética.
Con las reflexiones de este volumen nos sumamos al caminar de la Iglesia católica hacia el nuevo Sínodo sobre sinodalidad 2021-2023. Como la mujer cananea (Mt 15,21-28), quien se dirigió a Jesús pidiendo ser incluida con todos los gentiles en el Reino, ofrecemos nuestra palabra en este diálogo eclesial, con el convencimiento de que el camino sinodal se construye con el reconocimiento, la incorporación y la escucha de las diversas subjetividades que conforman el Pueblo de Dios.
1 Cf. Otto Scharmer y Katrin Käufer, Liderar desde el futuro emergente. De los egosistemas a los ecosistemas económicos (Barcelona: Eleftheria, 2015).
Partir de una antropología teológica relacional implica comprender el dinamismo del encuentro interhumano en una comunidad de fe. En la experiencia de un Dios amor revelado en la historia, es importante identificar la dimensión creacional como propuesta orientadora en la comprensión de un ritmo perijorético creativo en el camino hacia la sinodalidad. Una conceptualización del acontecer de Dios en la historia humana nos ayudará de manera procesual a la conversión de nuevas maneras de vivir una Iglesia plural, en la que todos y todas podamos expresar de manera libre y creativa la acogida y el compromiso a caminar en sinodalidad, por la fuerza del amor creador.
La propuesta de una Iglesia sinodal nos lleva a pensar en un Dios Trinidad que es relación y en una antropología relacional, dispuesta a tener en cuenta la sensibilidad cultural que considera la pluralidad y la equidad en los distintos espacios de participación social y eclesial. Por tanto, es necesario indagar por un conocimiento de una antropología trinitaria; esto supone considerar tanto la persona como la comunidad humana a la luz de la diferencia entre las personas divinas y su comunicación perijorética comunitaria.
También se trata de tener claridad acerca la nueva comprensión de sinodalidad.
La sinodalidad es una nueva nota que expresa una forma de ser Iglesia y un modo de proceder que –según el papa Francisco– tiene su «punto de partida y de llegada en el Pueblo de Dios». Y este es «el camino que Dios espera de la Iglesia del tercer milenio»1.
Así tendríamos ante nosotros el reto articulador de la colegialidad episcopal, con la colegialidad sinodal y la eclesialidad sinodal. Para ello es imperativo cambiar los estilos de vida, las prácticas de discernimiento, las tomas de decisiones y las mediaciones actuales para conservar el aporte del ministerio jerárquico, así como valorar y dar la participación que se merece el aporte del laicado, varones y mujeres2. Si no aprovechamos el momento histórico que vivimos en la Iglesia ante la convocatoria de este Sínodo de la sinodalidad eclesial, sería una pérdida de rumbo y de significación en la comunión; careceremos de reflexión teológica y práctica pastoral del sensus fidelium, y continuaremos con una forma aislada de ejercer la autoridad y de un estilo centralizado y discrecional de gobierno3.
Dicho lo anterior, presentaré los aspectos significativos que implican una antropología trinitaria relacional. Esto supone una antropología trinitaria que descubra el fundamento de toda la realidad en el ser relacional del mismo Dios, que establece la relación del ser humano y del mundo como su creación, siempre intrínsicamente vinculada a Él por su origen y destino, realidad evidenciada desde los orígenes, al ser creados a imagen y semejanza de Dios; esto significa lo más profundo y auténtico de la condición humana: estar referido al Creador. El ser humano puede ser entendido no solamente como un ser-en-relación con Dios, sino también que es relación a Dios como una manera esencial de ser del que deriva toda semejanza con el Creador y todo aquello que el ser humano es y puede ser. La naturaleza, también se inscribe en esta red de relaciones. Por tanto, todo el acto creador en relación es referencia y camino hacia el logro del único proyecto global divino4.
Esta red de relaciones nos remite a inquietudes y desafíos de la sociedad y del pensamiento actual, como una convivencia solidaria y en equidad entre las personas y el compartir del ser humano en su entorno natural. En los dos casos está implicada una vivencia solidaria, consciente, responsable, audaz, participativa y misericordiosa de la humanidad y la naturaleza.
Cada persona trinitaria, se relaciona de manera personal y particular en cuanto realiza el dinamismo amoroso de donación y recepción de sí, de acción/pasión de una manera infinita, propia y diferente. El Padre como donación y recepción respecto del Hijo. Él es la donación absoluta, pero, por eso miso, no pude constituirse como Padre sino recibiéndose a su vez desde y por la aceptación filial y la donación eucarística de sí del Hijo. El Hijo se vive como eternamente recibido desde al Padre, pero solo entregándose a su vez en filial acción de gracias, aceptando su filiación, mediando y confirmando así la paternidad del Padre. El Padre, diciendo al Hijo como su propio verbo y el Hijo aceptándose como Verbo desde el Padre y diciendo a su vez Abba, se constituye recíprocamente en el amor en la simultaneidad de su relación Padre-Hijo. Este Hijo, en cuanto Verbo encarnado, nos manifiesta el eje mismo de la filiación en la que todos y todas somos originados y a la que estamos invitados. Así, nuestro ser personal se realiza también, a semejanza del ser del Hijo, como primordial recepción de sí desde otro, desde el Padre que constituye la propia realidad como invitación a la aceptación y a la entrega. La propia recepción de sí desde el otro es también recepción y co-afirmación del ser del otro en cuanto otro, como donación-recepción. La persona es recepción-donación en mutua constitución; solo es posible debido a una realidad originariamente constituida como comunión comunicativa5.
Por otra parte, el Espíritu Santo, realiza y recibe el ser personal como otro distinto del amor del Padre y del Hijo. Él es quien consuma de manera personal el amor del Padre y del Hijo como un amor único y distinto, como realidad objetiva y objetivante del amor que ellos conjuntamente constituyen. La diversidad del amor del Padre y del Hijo, su mutua donación y recepción, se une en un nuevo movimiento único conjunto. El Espíritu Santo, a su vez, realiza su ser personal como quien se recibe y se dona por el gozo de ese amor mutuo, que lo genera como un nuevo movimiento de recepción-donación de ese amor conjunto, como ágape, encuentro objetivo y consumación6.
Como se ha visto en el numeral anterior, no se puede hablar de antropología teológica relacional sin referirse a la ontología trinitaria. En este apartado, presentaré las categorías perijóresis, kénosis y ágape, con el fin de comprender la comunidad de la relación trinitaria como modelo de comunión de amor sinodal. En otras palabras, se puede pensar en Trinidad relacional como comunidad o comunión de amor. Se trata de establecer relaciones a ritmo perijorético que nos lleven a una vivencia de la sinodalidad. Se trata de seguir el ritmo de Dios al interior de sus relaciones interpersonales, así como ha sido revelado su ritmo y acontecer en la historia de la salvación. De esta manera podemos seguirle el rastro en nuestra vida cotidiana.
El término fue determinado por primera vez en la Iglesia antigua por los Padres Capadocios (Basilio el Grande, Gregorio de Nisa y Gregorio Nacianceno y, después, por Juan Damasceno). Se trata de un término griego que está construido con dos palabras: una es peri (alrededor) y otra chôreô (danzar) y significar «intercambiar lugares», «danzar en torno». Eso quiere decir que Dios no es solo diá-logo (comunicación verbal, palabra compartida), sino también comunión y comunicación total: cada persona existe solamente en la medida en que camina (avanza) hacia la otra, ocupando su lugar y habitando en ella.
La palabra perijóresis implica un lenguaje filosófico, analógico y metafórico que interpreta la relación trinitaria como una danza divina. En esta danza se mantiene la identidad de cada una de las personas (del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo), pero las relaciones de cada una de ellas con las demás se caracterizan por un amor de in-habitación, que se expresa por una reciprocidad e inter-penetración mutua, de carácter total, de cada una con las otras (Jn 14,10-11).
El amor de cada persona se expresa a través del don completo de sí y de la acogida total de las otras personas. En unas bellas palabras, Xavier Pikaza lo expresa así:«la Trinidad es una danza divina de tres personas que se aman unas a las otras y se acogen de manera tan plena que cada una de ellas se vuelve “una” con las otras»7. Así, la Trinidad aparece como paradigma de sociedad perfecta y de esa forma ofrece un modelo de comunión social para el mundo, para los hombres y las mujeres, los mayores y los niños, todos en el gran baile de la Vida. Partiendo de su participación en el misterio divino, en gesto de fe, a través del Espíritu Santo, los cristianos hemos de crear una sociedad que responda a esta danza dadora de vida y generadora de amor8. Concepto que interpela a buscar caminos de comprensión en el trazado de caminos para la sinodalidad.
La exhortación Evangelii gaudium del papa Francisco ha dado orientaciones importantes para reflexionar acerca del proceso de transformación. Es primordial pensar de maneras diferentes el servicio de las iglesias locales, valorar y respetar sus culturas y tradiciones olvidadas desde hace tiempo y asumidas desde la perspectiva de una centralización uniformadora; también es oportuno promover estructuras de sinodalidad ordinaria que permitan una participación efectiva de todas y todos los creyentes en el impulso de las decisiones que gobiernan la vida de las comunidades cristianas. No es suficiente con reflexionar, con elaborar nuevos conceptos o con abrirse a nuevos aprendizajes; tampoco basta con afirmar la representación de algunos de sujetos, laicos o mujeres, para que cambien inmediatamente las instituciones eclesiales, la organización, la forma de vida del cuerpo y las praxis eclesiales. En esta invitación a una conversión de época está en juego un cambio del cuerpo colectivo «Iglesia», que debe reformar de manera dinámica todos los aspectos de su constitución: visiones orientadoras, lenguajes, sujetos, relaciones internas y extremas, actividades y procedimientos, y sistema social. Es en este proceso mundial en el que debemos invitar y promover, debemos acompañarnos y motivarnos
porque no nos encontramos ante un cambio incremental o una mutación que no afecta a la cultura colectiva del cuerpo social, sino ante una verdadera «reforma de Iglesia», que afecta a todo y lo reconfigura9.
Por esto, en el sueño de una Iglesia sinodal, al ritmo perijorético, las mujeres formamos parte de la danza de Dios. La perijóresis es una manera de entender la invitación que Dios ofrece a la humanidad, para que los hombres y las mujeres se sumen a la danza de amor íntimo de la Trinidad, dirigiéndose unos a otros en amor, en comunión, de manera que nos demos cuenta de la interconexión fundamental de unos con otros. Ciertamente, Dios nos ha invitado a participar en esta danza divina; pero nosotros/as hemos dudado: no sabemos si queremos o no queremos aceptar la mano de Dios para danzar con él. Somos quienes debemos tomar la decisión, quienes debemos resolver el grado de intimidad con el que queremos que Dios dance con nosotros/as y mirar en qué medida queremos que sea Dios quien dirija nuestra danza.
Una lectura de los textos de los Padres capadocios nos ofrece la forma de aprender los pasos de esta danza, para que sepamos escuchar la música del Espíritu, de tal manera que, a medida que Dios va infundiendo su amor agápico en nosotros, nuestras vidas puedan convertirse en acontecimientos agraciados o llenos de gracia, pues la vida de Dios se expresa y despliega en cada uno de nosotros a ritmo perijorético.
Siguiendo con la metáfora del baile, de la danza10, la traducción latina de perijóresis es circumincessio y circuminsessio. Circumincessio significa caminar o avanzar en torno, cada uno hacia el otro. Cada persona existe en la medida en que avanza (incedere) hacia la otra en proceso circular (circum). De esa manera, aquello que representamos como triángulo trinitario (tres personas vinculadas desde sus ángulos respectivos, en la unidad del triángulo divino) puede y debe representarse como itinerario completo. Dios es un camino (un baile incesante) en el que cada persona se dirige sin cesar a la otra, y donación total. En Dios hay un itinerario (circumicessio), que lleva del Padre al Hijo por el Espíritu y viceversa: Dios es camino bueno, que no se pierde en el vacío, ni se tiene que repetir en una especie de eterno retorno, siempre igual, nunca completo. El itinerario de Dios es proceso culminado11. Por eso, los cristianos podemos decir que en Cristo podemos conocer el ser del Padre en cuanto Padre: hemos penetrado en su mismo itinerario de amor, que le lleva al Hijo y al Espíritu Santo.
Esta experiencia debería suceder en toda comunidad humana, en una Iglesia sinodal, en la que una persona va hacia la otra persona, tiende sus brazos y su amor ágape para danzar, para caminar juntos/as. Solamente es posible vivir la experiencia del amor y la donación cuando caminamos, cuando danzamos hacia el otro/a, cuando nuestras relaciones se entrelazan en un círculo de iguales, cuando aprendemos de su danza e intercambiamos nuevos pasos, cuando dejamos de lado las relaciones dominantes, piramidales, y abogamos por las relaciones circulares. Circuminsessio, significa asentarse en torno, uno en otro; pensarnos en una sinodalidad como cuando se comparte la comensalidad con amigos, cuando nos reunimos en torno a una mesa circular.
Comunicarnos y compartir la vida a ritmo perijorético significa decirnos que Dios no es solo un camino de unas personas a otras (circumincesio), sino que es encuentro de amor de unas a otras (circuminsessio), una especie de fiesta de gloria, pues cada persona descubre y posee su sentido y plenitud en la otra. Es aporte que da la circularidad del encuentro: cada persona llega hasta la otra; se dan mutuamente, ambas comparten la vida, habitando una en la otra.
En aquello que podría llamarse danza sinodal, el papa Francisco entiende la sinodalidad como una dimensión constitutiva de la Iglesia que danza hacia su plenitud escatológica y puede vivir una experiencia de fe trinitaria aterrizada en rostros y contextos concretos. Una Iglesia sinodal tendría que vivir la experiencia del Pueblo de Dios para expresar el carácter de sujeto activo de los bautizados y las bautizadas. El sensus fidei fidelium es fuente de discernimiento y cauce de la sinodalidad. Se expresa en la piedad católica popular y la consulta a los laicos. La piedad popular puede ser leída es un lugar teológico12.
Las expresiones de la piedad popular tienen mucho que enseñarnos y, para quien sabe leerlas, son un lugar teológico al que debemos prestar atención, particularmente a la hora de pensar la nueva evangelización (EG 126).
Una inteligencia inculturada de la fe puede recoger las representaciones de la sabiduría teologal del Pueblo de Dios desde el sensus fidei fidelium. La sinodalidad es la posibilidad para generar una participación recíproca entre la Iglesia y la diversidad de culturas de los pueblos. En Querida Amazonia, Francisco sueña «una Iglesia con rostros amazónicos» (QA 94).
La palabra kénosis tiene su origen en uno de los pasajes de la Carta a los Filipenses, específicamente en el «Himno Cristológico» (2,6-11) citado por Pablo, entendido tradicionalmente como un himno que canta la humillación de Cristo en la tierra y su exaltación. En el v. 7 aparece la expresión «se vació de sí mismo» de donde deriva el concepto kénosis, sin embargo, esta palabra no aparece en ningún lugar del Nuevo Testamento.
Se empezó a utilizar como un lenguaje teológico especializado para mencionar el «abajamiento» o «vaciamiento» del que habla Flp 2,7. A partir de ahí se han desprendido diversas interpretaciones sobre la realidad expresada por ἑαυτὸνἐκένωσεν en relación con el significado de este «vaciamiento». La referencia más próxima se encuentra en el Nuevo Testamento aplicado a Jesucristo, el Hijo, el Verbo. Jesucristo se vació de su divinidad para hacerse humano. Es un despojarse, como está expresado en el cántico de Flp 2,5-7:
Tened entre vosotros los mismos sentimientos que Cristo: El cual, siendo de condición divina, [...] se despojó [en griego: ekénosen]de sí mismo, tomando la condición de esclavo. Asumiendo condición semejanza humana [...].
La kénosis, desde la relación Trinitaria y en conexión con la perijorésis, es comprendida como autodonación de cada una de las tres personas dividas en su obrar relacional ad intra. Esta autoentrega no es exclusiva del amor del Hijo, sino de la naturaleza trinitaria; existe eternamente y no está presente en el acto de la encarnación añadiendo o quitando algo al misterio de Dios. En la eterna Trinidad, es naturaleza esencial que el Hijo obedezca al Padre en un acto de donación y que el Padre se done al Hijo en perfecto amor; y así el Hijo, por encarnarse, continúa su despliegue amoroso; siguiendo la metáfora de la danza perijorética, continúa con su danza amorosa, en obediente voluntad al Padre hasta la muerte en la cruz, por lo cual el Hijo continúa su donación en la tierra como lo hace en el cielo, conservando en tiempo y eternidad su condición y obrar divino. Por lo anterior, las relaciones divinas ad intra desbordan en las acciones ad extra13.
La danza de este regalo amoroso asocia la encarnación de Dios Padre en el Hijo humanado. Él mismo se da en nosotros, participándonos de su Espíritu común: el Hijo eterno y Jesús son uno solo y mismo don en el que Dios da a conocer que él existe eternamente para nosotros14. La encarnación tiene sentido, además, en cuanto Dios quiere y decide vincularse al proyecto humano para hacerse comprensible y accesible a la humanidad. Dios hecho hombre expresa la idea de Dios revelado en la persona de Jesús. Este hecho, de la historia de Dios con los hombres, tiene su vínculo en el acontecimiento de Jesús; su ser-para-nosotros tiene como fundamento del ser de Dios para, con y en la persona de Jesús, el don de sí mismo por parte de Dios y Jesús, que sobreabunda en Espíritu15. Ahí se expresa lo esencial de la revelación, lo esencial de la danza de autodonación de los tres divinos, en apertura trinitaria en el corazón de la historia que se recoge y articula en Jesús, el acontecimiento revelado y revelador.
La kénosis recoge todo el contenido de la donación, de la entrega; si hemos reconocido en Dios su infinito amor y que el amor se revela como su mismo ser16, es porque Dios es amor y el amor es Dios dándose17. Así debemos reconocer que lo divino de ese desplazamiento kenótico es exceso de amor que se manifestó en Dios al entregarnos a su Hijo y el amor de su Hijo al entregarse todo, hasta su propia vida. Por tanto, la kénosis hace referencia a una experiencia divina de exceso de amor y de entrega. Esta consideración, en términos de la divinidad como amor, se revela en la entrega sin ningún interés, sin esperar nada a cambio.
En esta «danza de excesivo amor» podría ser leída la palabra sínodo. Como afirma el Documento preparatorio del Sínodo 2023, n.º 10, sínodo
es una «palabra antigua muy valorada por la Tradición de la Iglesia. Su significado se asocia con los contenidos más profundos de la Revelación». Es el «Señor Jesús que se presenta a sí mismo como “el camino, la verdad y la vida” (Jn 14,6)», y «los cristianos, sus seguidores, en su origen fueron llamados “los discípulos del camino” (cf. Hch 9,2; 19,9.23; 22,4; 24,14.22)». Pero, la sinodalidad, en esta perspectiva, es mucho más que la celebración de encuentros eclesiales y asambleas de obispos, o una cuestión de simple administración interna en la Iglesia18. La sinodalidad «indica la específica forma de vivir y obrar (modus vivendi et operandi) de la Iglesia Pueblo de Dios que manifiesta y realiza en concreto su ser comunión en el caminar juntos, en el reunirse en asamblea y en el participar activamente de todos sus miembros en su misión evangelizadora»19.
Caminar juntos en una Iglesia sinodal, equivaldría al estilo trinitario, a danzar juntos en el baile del amor excesivo, como en el encuentro de Jesús con el hombre rico, el Papa señaló: Hacer sínodo significa caminar juntos en la misma dirección. Miremos a Jesús, que, en primer lugar, encontró en el camino al hombre rico, después escuchó sus preguntas y finalmente lo ayudó a discernir qué tenía que hacer para heredar la vida eterna20.
Las palabras del Papa invitan no solo a caminar juntos, sino a «danzar todos al estilo trinitario», en dirección de encuentro amoroso con quienes vamos encontrado en el camino, y también dejándonos encontrar.
La kenósisdel Hijo significó salir de sí, renunciar a lo propio, por amor. Un darse totalmente para hacerse uno con los demás, y vivir en el otro. El vaciamiento total y hasta el extremo es el modo de proceder que la vida trinitaria comunica. El proceder trinitario es el camino para comprender y acoger plenamente la pluralidad de realidades que emergen en los diferentes contextos. La interpretación deberá ser una lectura implicada y en dinámica de vaciamiento para acoger la singularidad de la respuesta humana. Cuando el camino kenótico es recíproco en la relación interpersonal, en las realidades comunitarias, es posible la experiencia perijóretica de la trinidad en el mundo.
Al estilo de la vida trinitaria, podríamos hablar de una vida sinodal, lo cual significa colocarnos en perspectiva de conversión o camino hacia la sinodalidad a ritmo perijorético.
Desde la hermenéutica trinitaria, la realización humana como ágape se interpreta como la mejor expresión del amor humano capaz de acoger a Dios en la amplitud de su realidad personal. El Amor divino comunica al amor humano la fuerza creadora que lo transforma, lo renueva y lo expande. El amor humano traspasado por el Amor es liberado de la inercia y ambigüedad del egoísmo que lo encierra en sí mismo y lo niega para los demás.
El ágape interhumano puede encontrar su mejor expresión de inclusión, de amor y de amistad en la conversión sinodal. Podríamos decir que se trata de poner en acción un amor sinodal, que solamente en la amistad y en la relación con los amigos/as, por el amor ágape, los bautizados y bautizadas realizan la sinodalidad, por estar incluidos en el ritmo de la vida del Dios uno y Trino, en el ritmo del amor agápico. «La amistad es la naturaleza de Dios. La idea cristiana de Dios como Trinidad es la más sublime expresión de la alteridad y de la intimidad, un intercambio eterno de amistad»21. Esta perspectiva descubre el cumplimiento del anhelo de inmortalidad en las palabras de Jesús: «Os llamo amigos» Relacionándose con la misma cualidad de amor que une a las Personas de la Trinidad, los seres humanos formamos parte de la comunión del ágape divino. Es Divino y trinitario el ágape con el cual el Padre ama al Hijo y en el Hijo a los seres humanos; es divino y trinitario el ágapecon el cual el ser humano ama a Dios y en Dios a cada prójimo; es divino y trinitario el ágape con el cual se aman recíprocamente los miembros de la Iglesia22.
La experiencia y dinámica del amor agápico nos debe mover a construir auténticas relaciones inclusivas y de correspondencia, reflejadas en verdaderas convicciones y acciones de respeto amoroso. La historia eclesial ha evidenciado que esta realidad no siempre está manifestada por el amor agápico en que todas y todos estamos invitados a vivir en sinodalidad.
De alguna manera, toda esta diversidad de manifestaciones y búsqueda de respuestas a la experiencia de inclusión en la Iglesia está en el ejercicio de una antropología y una Trinidad relacional, vivida desde la base y con nuevos lenguajes. Sería muy interesante completar esa circularidad a ritmo perijorético desde todos los ámbitos eclesiales, en donde la sinodalidad sea un crecer en las relaciones trinitarias y en el amor agápico. Para la teología hoy, todo está en posibilidad de resignificación desde la comprensión del Dios Trinidad como comunidad y comunión de amor. La comprensión de Dios Trinidad como amor supone creer y pensar el sentido en que se identifican Dios y el amor. Requiere, por una parte, no contradecir lo que los seres humanos pensamos y vivimos acerca del amor, y, por otra, integrar a esa experiencia del amor, el ser de Dios con el decir de Dios, con su Palabra que se relaciona e interpela mi existencia.
La experiencia del amor humano no podría y/o tendría que contradecir lo que se afirma de Dios como amor. Esa experiencia revela que el amor deja a los amantes expuestos a una ausencia de seguridades absolutas, caminando entre ser y no ser, entre palabra y silencio, entre presencia y ausencia23. También puede revelar que, en la experiencia del amor, los amantes reciben un nuevo ser que les es dado por el tú amado. Así se comprende que la fuerza del amor está limitada a su propio acontecimiento. De allí emana su fuerza y simultáneamente su debilidad e imposibilidad. El amor no puede imponerse sino con y como amor24.
Es así como podemos comprender la expresión Dios es amor, deberíamos decir, la Trinidad es amor: el acontecimiento del amor se da cuando Dios-Padre, como amante separado de lo amado, el Hijo, no se ama así mismo solamente, sino que también incluye a aquel totalmente diferente de Él, mundo y humanidad, por la acción del Espíritu. En esta acción amorosa y trinitaria del Padre, se incluye todo aquello en lo que lo humano podría alejarlo de este amor, como el pecado, la muerte, la exclusión, la miseria, la injusticia25. El amor de Dios es diferente, porque se identifica con el crucificado. «Amando lo humano, lo hace bello y digno de ser amado»26.
Decir que Dios es amor, que Dios es ágape, en el Cristo crucificado, tiene en cuenta la distinción en la unidad entre Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo. Por tanto, la afirmación acerca de Dios amor/ágape implica desde la teología trinitaria inmanente y expresa, desde la trinidad económica, el acontecimiento cristológico pascual como culmen de la revelación de Dios Trinidad.
