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Siempre presente como la excelencia de toda experiencia religiosa, imposible de encerrar en una definición, en este siglo XXI se impone una idea comúnmente aceptada: la mística es un camino de aprendizaje espiritual, de conexión con el mundo, de apertura al Misterio, de búsqueda de lo más profundo que es lo más real. Por eso, no es una experiencia evanescente ni huidiza, sino precisamente un encuentro con la verdad más honda de la vida. En palabras de Javier Melloni, es "el desplegarse de todos los sentidos en una captación y entrega a lo real". En este libro se recorre detenidamente la experiencia mística desde sus inicios hasta hoy pero no cronológicamente, sino por conceptos. En seguida se aprecian los nexos de la vivencia espiritual pasada y presente. El autor nos ayuda a pisar suelo, nos guía hábilmente para que miremos a nuestro interior con la luz de los maestros y las maestras las citas y textos de todos ellos, las indicaciones prácticas para adentrarnos en nosotros mismos, el lenguaje preciso y poético que nos invitan, nos seducen a transitar por el camino más apasionante para el ser humano consciente: el cultivo de la mirada interior.
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Seitenzahl: 367
Veröffentlichungsjahr: 2025
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Bonifacio Molada Pradas
Viajeal interior del corazón
Palabras claveen el camino espiritual
NARCEA, S.A. DE EDICIONES
A mi familia, con aprecio,
especialmente a Rose, mi esposa, y a mis hijos, Marina y Lluís Enric.
A los ermitaños de la Santísima Trinidad de Valldemossa, buenos amigos, maestros de oración y silencio.
A los maestros espirituales que siempre me acompañan y guíancon sus acertadas y sabias palabras:Jesús de Nazaret, los Padres y las Madres del desierto, Francisco de Asís, Teresa de Jesús, Juan de la Cruz, Anthony de Melllo, Henri Nouwen, Charles de Foucauld, Thomas Merton y Franz Jalics.
Hay muchos que buscan [a Dios] en el desierto y no lo encuentran allí, y hay muchos que se ocultan con Él en la clausura y Él se niega a ellos. Atraparlo es una cosa tan fácil como capturar un relámpago. Y, como el relámpago, Él aparece cuando le place. Las personas genuinamente contemplativas tienen en común no el reunirse en el desierto o el cerrarse en sí mismas en la clausura, sino que están donde Él se encuentra. ¿Y cómo lo encuentran? ¿Mediante una técnica? No existe una técnica para encontrarlo. Lo encuentran por la voluntad de Él y su voluntad, que les brinda gracia interior y arregla sus vidas, las lleva infaliblemente al lugar donde pueden encontrarlo. Incluso ahí no saben cómo llegaron o que están haciendo realmente. Tan pronto como una persona se encuentra totalmente dispuesto a estar a solas con Dios, queda a solas con Él sin importar donde esté: en el campo, el monasterio, los bosques o la ciudad…
A menudo, lo que es importante para los seres humanos es insignificante a los ojos de Dios. Lo que en Dios puede parecernos un juego es quizás lo que toma más seriamente. En cualquier caso, el Señor juega y se divierte en el jardín de su creación; si pudiéramos dejar de lado nuestras obsesiones sobre lo que consideramos el significado de todo, podríamos ser capaces de escuchar su llamamiento y seguirlo en su misteriosa danza cósmica. No tenemos que ir muy lejos para captar los ecos de este juego y de esta danza. Cuando estamos solos en una noche estrellada, cuando, por casualidad, vemos cómo las aves migratorias en otoño descienden sobre un bosque de enebros para descansar y comer, cuando vemos a los niños en el momento en que son realmente niños, cuando sentimos el amor en nuestro corazón o cuando, como el poeta japonés Basho, oímos que una rana se zambulle en un estanque tranquilo con un chapoteo solitario... en esas ocasiones el despertar, la inversión de todos los valores, la novedad, el vacío y la pureza de visión, que se hacen evidentes, nos proporcionan un indicio de la danza cósmica. Porque el universo y el tiempo son la danza del Señor en el vacío.
Thomas Merton,
monje trapense y maestro espiritual (1915-1968)
Índice
Prólogo de Ángela Hualde
Introducción
Espiritualidad
Camino espiritual
PALABRAS CLAVE EN EL CAMINO ESPIRITUAL
Acompañar
Alegría interior
Amor
Aridez espiritual
Atención
Compasión
Concepto
Contemplación
Corazón
Deseo
Dios
Ego
Escucha
Fidelidad
Humildad
Jesús, maestro interior
Naturaleza y contemplación
Oración contemplativa
Pensamientos
Silencio
Simplicidad o sencillez
Soledad
Vaciarse
PRÁCTICASCONTEMPLATIVAS
Meditar con la respiración
Palabras y sonidos en la práctica meditativa
La oración del corazón o de Jesús
Meditar la Palabra de Dios según la lectio divina
Meditar con el Rosario
Conclusión
Bibliografia
Agradecimientos
Prólogo
El teólogo Karl Rahner (1904-1984) hizo una famosa afirmación: “El cristiano del siglo XXI o será un místico o no será nada”. Si se entiende misticismo como el alcance de la vía unitiva, de la unión plena con Dios al modo de las experiencias de san Juan de la Cruz o de santa Teresa de Jesús, la aseveración puede resultar, cuando menos, chocante. ¿Cómo podemos hacer para que un don tan exclusivo pueda llegar a cualquier creyente? Hemos de “bajar” al nivel humano y entender otra acepción de la mística: la sensibilidad para buscar a Dios, para percibir su voz, para sentir su presencia y su acción amorosa en la vida cotidiana. Así mismo, un deseo de intimidad con el divino que lleva a la persona a la alegría y a la conexión más generosa con el prójimo.
Este precioso libro que ha escrito Bonifacio Molada está en la línea de esta “teología de las cosas cotidianas”, de una mística que no presupone episodios distanciados de la sensibilidad diaria ni revelaciones especiales, porque todos estamos lla-mados a un encuentro con Dios y el viento del Espíritu sopla por todas partes. En suma, en la línea de la mística que sostienen reputados teólogos en la actualidad: “la experiencia mística permite contextualizar la propia vida y la cantidad de cosas que vivimos rotas, separadas y confusas en una luz que las integra [...]. El primer requisito es estar abierto y disponible al aquí y al ahora en cada momento”, dice Javier Melloni –tantas veces citado en el libro– en una entrevista para The Great Relation disponible en YouTube.
No por estar asociado a nuestra cotidianeidad, al camino de la mística no le basta con la espontaneidad y los buenos deseos; eso sería de gran simpleza. No nos engañamos: es un camino trabajoso. Entran en juego muchas fortalezas que se deben adquirir o nutrir; son necesarias técnicas de concentración para mejorar la apertura corporal y mental a la oración; hay que dejar espacio al silencio..., y así tantas cosas.
Todo ello está analizado por el autor de un modo muy exhaustivo, pero también didáctico. Elige una serie de conceptos relacionados con la experiencia mística y explica cada uno de ellos con rigor etimológico y humanista. Para lo cual se basa en sus profusas lecturas de grandes hombres y mujeres espirituales de todos los tiempos. Es asombrosa, a este respecto, la cantidad de estas últimas, tan cultivadas como los varones, pero quizás menos conocidas. El libro ofrece así un panorama de la vida mística, desde Hildergarda de Bingen, monja benedictina, filósofa, científica, médica, naturalista y mística del siglo XII, hasta Franz Jalics; desde los Padres y Madres del desierto a Simone Weil, filósofa y humanista del siglo XX; desde Catalina de Siena a Willigis Jäger; desde Teresa de Lisieux a Ghandi.
Sí, el autor habla de Gandhi, de Platón, de Thich Nhat Hanh y de otros maestros y maestras espirituales no cristianos, porque las exposiciones y argumentos de este libro van más allá de la experiencia mística cristiana, aunque sea ésta la que ocupe más espacio y análisis.
La luz de todos estos maestros no es deslumbrante, es iluminadora. Ellos son guías cuando se emprende el camino espiritual, porque la confusión suele ser lo primero que aparece. Y encontrar el punto interior de pura verdad, brillante como un “diamante puro”, en palabras de Thomas Merton... es un viaje largo y complejo que requiere discernimiento y no es posible iniciar en soledad.
Actualmente ya se han descubierto interesantes puntos de encuentro y semejanzas entre el cristianismo y las filosofías o religiones orientales, y el diálogo interreligioso es una vía riquísima de aportaciones mutuas. A lo largo de estas páginas, queda claro, por ejemplo, hasta qué punto la oración contemplativa puede nutrirse con técnicas de meditación nacidas del budismo.
La distribución del ingente material en palabras clave de la mística convierte en este libro en un manual; se puede leer en cualquier orden y se puede encontrar fácilmente el concepto que se desee repasar. Pero hay hilos que tejen una trama bien uniforme entre todos los vocablos; yo destacaría la apertura del corazón, el silencio y el vaciamiento. Esta coherencia da una gran unidad a estas páginas, y al terminar la lectura está clara la interdependencia de todos los conceptos que Bonifacio Molada ha desarrollado con minuciosidad y amor, me consta. Amor al trabajo, a la lectura, al crecimiento y, particularmente, a la espiritualidad.
Termino también con Rahner. Él habló del ser humano, creyente o ateo, como un homo mysticus. Quien se abre al Misterio, quien acepta la vida, está en el camino espiritual. Ojalá estas páginas ayuden a los lectores a una vida a la postre más plena y alegre. Porque la alegría es posible y es el fruto más gozoso del camino interior.
Ángela Hualde
INTRODUCCIÓN
La experiencia humana del Espíritu es la misma en todas las épocas y tradiciones. Consiste en el encuentro con Jesucristo, que es el mismo ayer, hoy y siempre. La importancia de esta verdad aquí y ahora reside en que, si bien no podemos avanzar por ese camino solos, sí podemos aprovecharnos de la experiencia y la sabiduría de quienes lo han recorrido antes…. A lo largo de la historia, hombres y mujeres de oración han cumplido una misión especial llevando a sus contemporáneos, e incluso a generaciones posteriores, a la misma luz, al mismo renacimiento espiritual que Jesús anunció.
John Main, monje benedictino y maestro espiritual del siglo XX
Nuestros auténticos guías
La sabiduría espiritual de muchos maestros que en el curso de la historia han dedicado sus vidas a la contemplación, se convierten hoy en nuestros auténticos guías. Sirvan de ejemplo: Evagrio Póntico, Agustín de Hipona, los Padres y Madres del desierto; Benito de Nursia, Francisco y Clara de Asís, Ramon Llull, el Maestro Eckhart y Juan Taulero;La nube del no-saber, Tomás de Kempis; Ignacio de Loyola, Teresa de Ávila, Juan de la Cruz; Charles de Foucauld; Ghandi, Henri Nouwen, Anthony de Mello, Ramana Maharshi, John Main, Eckhart Tolle, Dalái lama, Thich Nhat Hanh, Willigis Jäger, Anselm Grün, Thomas Merton, Franz Jalics …1.
Los verdaderos místicos y profetas han sido símbolos de Dios, sus vidas se han constituido en lenguaje divino que comunica y transparenta la voluntad de Dios.
Estos maestros de la espiritualidad nos proponen, con su testimonio, un marco de referencia en nuestra búsqueda de una auténtica vida espiritual. Tal vez algunos nos desagradan, nos inquietan. Otros nos entusiasman. Pero entre los maestros espirituales, hombres y mujeres, podemos encontrar unos pocos, quizás uno o dos, que hablen el lenguaje de nuestro corazón y nos animen. Estos son nuestros guías. No para que los imitemos, sino para que nos ayuden a vivir nuestra vida de un modo más auténtico, lo mismo que ellos vivieron las suyas. Sin estos guías sería difícil permanecer fiel en el deseo de encontrar nuestro propio camino. La primera tarea de quien está decidido a emprender el viaje interior del corazón consiste en aclarar la enorme confusión que puede producirse cuando se penetra en este nuevo mundo interior. Es penoso comprobar lo escasamente preparados que podemos estar para recorrer este territorio interior.
Hace tiempo que Henri Nouwen escribió:
Temo que no pasarán muchas décadas antes de que la Iglesia sea acusada de haber desatendido su tarea más primordial: ofrecer a la gente formas creativas de comunicarse con la fuente divina de la vida humana2.
También la filósofa y escritora sobre temas de mística María Toscano se pregunta por qué hoy las grandes instituciones religiosas no tienen en cuenta la experiencia de los místicos, por qué no responden a esta necesidad que tienen las personas de conectarse con el Espíritu, de adentrarse, de recogerse en sí mismos…
Aquellas estructuras –comenta Toscano– que no confíen en el hombre y en aquello que en el mundo cristiano se llama Espíritu Santo, se quedarán anquilosadas, pequeñas, estrechas. El Espíritu no quedará enganchado en instituciones que no quieran avanzar. Si las religiones o los grandes estamentos no se dan cuenta de esto, perderán no solo miles de seres humanos, sino que ellos mismos se perderán.
El teólogo inglés John Henry Newman ya en el siglo XIX, anunció que una fe vivida solo como herencia de una tradición social o como costumbre familiar, podría llevar en el futuro a las personas cultas a la indiferencia y a las personas sencillas a la superstición.
¿Pero cómo podemos evitar ese peligro? En mi opinión, no nos queda más remedio que tomar el camino que nos permite acceder al corazón, centro de nuestra existencia, y familiarizarnos con la complejidad de nuestra vida interior3.
El gran teólogo del siglo XX, Karl Rahner, también insistía en la necesidad de recuperar la dimensión existencial y relacional de la oración, como un llamamiento a un encuentro personal con Dios:
Una cosa continúa siendo cierta: que el ser humano puede experimentar personalmente a Dios. Nuestra pastoral debería, siempre y en cualquier circunstancia, tener presente esta meta inexorable. Ayudar al hombre a experimentar que siempre ha estado y continúa estando en contacto con Dios es hoy más importante que nunca.
El papa Benedicto XVI, en la Audiencia General celebrada en la Plaza de San Pedro, el miércoles 24 de octubre de 2012, dejaba también muy claro el porqué de una vida de fe, que solo puede ser vivida y dinamizada por la oración.
Thomas Merton, monje trapense y escritor místico del siglo XX, se decía a sí mismo mientras andaba un día por las calles de Louisville, ciudad de Kentucky:
En el centro de nuestro ser hay un punto que no está tocado por el pecado ni por la ilusión, un punto de pura verdad, un punto o chispa que pertenece a Dios, desde el cual dispone de nuestras vidas y que es inaccesible a las fantasías de nuestra mente (cerebro) y a las brutalidades de nuestra voluntad. Este puntito de absoluta pobreza es la pura gloria de Dios en nosotros. Es, por así decirlo, su nombre escrito en nosotros, como nuestra pobreza, como nuestra indigencia, como nuestra dependencia (...) Es como un diamante puro, brillando con la invisible luz del cielo. Está en todos, y, si pudiéramos verla, veríamos estos miles de millones de puntos de luz reuniéndose en el aspecto y fulgor de un sol que desvanecería toda la tiniebla y crueldad de la vida (...) No tengo programa para esta visión. Se da, simplemente. Pero la puerta del cielo está en todas partes.
La contemplación, los retiros mensuales para buscar un encuentro más personal con Dios, los espacios de silencio y soledad y las prácticas zen y mindfulness menudean cada vez más en nuestra sociedad. La lectura de estas páginas nos puede ayudar a aclarar conceptos sobre el camino espiritual y la búsqueda personal.
1 Clemente de Alejandría, Orígenes, Plotino, Basilio, Juan Casiano, Macario el Grande, el Pseudo Dionisio, Gregorio el Grande, el budismo, Lao-Tsé y el taoísmo, Juan Clímaco, Máximo el Confesor, el budismo zen en el Japón y el budismo tibetano, Rabia (mujer islámica en Irac), Sankara en la India, Simeón, el nuevo teólogo de Oriente, Hildegarda de Bingen, Ricardo de san Víctor, Bernardo de Claraval, Guillermo de Saint Thierry, Rumi, Maestro Eckhart, Buenaventura de Bagnoregio, las beguinas y los begardos, Hadewijch de Amberes, Matilde de Magdeburgo, Gertrudis de Helfta, Margarita Porete, Matilde de Hackeborn, Ángela de Foligno, Ibn al-Arabí (maestro sufí), Gregorio Palamas, Juliana de Norwich, Catalina de Siena, Tomás de Kempis, Nicolás de Cusa, Francisco de Osuna, Kabir (santo hindú sufí), Nicolás de Flüe, Jacob Böhme, Erasmo, Jean Pierre de Caussade, Willian Blake, Teresita del Niño Jesús, Henry David Thoreau y Willian Wordsworth, místicos de la naturaleza, Thomas Kelly, Suzuki, Rainer Maria Rilke, Martin Luther King, Simone Weil, Etty Hilesum, Dag Hammarskjold, Teilhard de Chardin, Tagore, Ruth Barrows, Karl Rahner, madre Teresa de Calcuta, y muchos más.
2 Nouwen, H. (2011). Formación espiritual. Siguiendo los impulsos del Espíritu. Santander: Sal Terrae, pp. 27 y 28.
3 Ibidem, p. 28.
Espiritualidad
En Él vivimos, nos movemos y somosHech 17, 28
La espiritualidad no es algo añadido al hombre, es una tarea del hombre. La vida espiritual es un compromiso con los otros y con la realidad; antes que nada, es vida. Abarca a toda la persona y a todas las personas –a todos los seres– en un abrazo que es sabiduría, sentido y bondad.
La palabra spiritualis en griego pneumatikôs se puede traducir por “según el Espíritu” o “lleno del Espíritu”. Por eso, la espiritualidad significa ante todo vivir del Espíritu, vida que brota de la fuente del Espíritu Santo1.
La primera referencia sobre el uso del término espiritualidad se debe al Pseudo-Jerónimo, quien lo utilizó en una carta que al parecer escribió al monje britano Pelagio, que vivió entre los siglos IV y V d.C. Con el correr de los siglos, la palabra espiritualidad se utilizó solo como adjetivo, y no se entendió como sustantivo abstracto hasta que fue utilizada en el contexto cristiano del catolicismo ochocentista francés, donde se denominó spiritualité a la doctrina sobre la vida espiritual.
La palabra espiritualidad es la traducción, de la palabra latina, spiritualitas. El sustantivo espiritualidad empezó a utilizarse, sobre todo por autores cristianos, mucho tiempo después que el adjetivo espiritual, el cual se encuentra ya en las cartas de san Pablo, cuandohabla de lo espiritual en dos sentidos diferentes: El primero, como la vida según el Espíritu –de Dios– que se opone al hombre “carnal”; “carnal” referido no a la parte corporal del ser humano, sino a la vida que no se deja guiar por el Espíritu de Dios. El segundo se encuentra en un texto de san Pablo, en la Carta a los Tesalonicenses, donde les aconseja que desarrollen su ser entero, cuerpo, alma y espíritu y lo guarden puro hasta la venida del Señor (1Tes 5, 23).
A partir de estos dos significados, el adjetivo espiritual ha sido utilizado a lo largo de toda la tradición cristiana aplicándolo a lo que tenía que ver con la vida religiosa, maestros espirituales, ejercicios espirituales, etc. En cambio, el sustantivo espiritualidad se empleó más tardíamente; por ejemplo, Juan de la Cruz y Teresa de Jesús utilizan el adjetivo espiritual y no la palabra espiritualidad en sus numerosos escritos2.
La palabra espiritualidad se utiliza también para referirse a fenómenos no estrictamente religiosos; también se habla de espiritualidades laicas o no religiosas. Hoy, la noción de espiritualidad va desde su vínculo con prácticas de autorrealización y autoayuda, pasando por una ética personal o la idea de una manera de vincularse con Dios, hasta reflexiones de carácter filosófico, teológico o científico.
Estas espiritualidades, que aparecieron a finales del último cuarto del siglo XX, responden a un anhelo de plenitud, de felicidad que hoy no se encuentran en la filosofía o en las instituciones religiosas más preocupadas por las teologías de la sospecha. Nada está seguro, nada arraiga, comenta la filósofa María Toscano que opina que en estos últimos años ha habido un deseo de buscar un lenguaje que nos lleve a una vivencia profunda de una espiritualidad verdadera y que sirva para conectar con este anhelo, con esta nostalgia; un aspecto positivo de esta nueva era es el renacimiento de lo sagrado, expresión que responde a la necesidad universal de volver a reconectar con nuestros orígenes.
Igual que la espiritualidad budista, hinduista y musulmana, poseen también diferentes variantes, en la espiritualidad cristiana encontramos varios caminos. Algunos comunes y otros particulares que corresponden a formas de espiritualidad surgidas a lo largo de la historia del cristianismo.
Hay una espiritualidad benedictina que se centra en la liturgia y en la vida en común. Hay la espiritualidad franciscana, para la cual la pobreza y la libertad interior son primordiales. La espiritualidad ignaciana valora los Ejercicios Espirituales como camino para ejercitarse en la vida espiritual. Existe la espiritualidad mística, cuyo máximo deseo es unirse a Dios. También está la espiritualidad mariana que contempla a María como modelo de fe, y muchas otras más. Y existen las espiritualidades de diversa impronta confesional: por ejemplo, la espiritualidad protestante, que sitúa en el centro la palabra de Dios. Cada espiritualidad trata, a su manera, vivir del espíritu de Dios y de hacer que ese Espíritu sea fecundo. A lo largo de la historia encontramos muchas definiciones del sustantivo espiritualidad.
Benito de Nursia (480-547 d. C.), padre del monacato occidental, entiende la espiritualidad como una espiritualidad conectada con la tierra. Se expresa en la manera en que los monjes trataban las cosas de este mundo con sus herramientas, en la manera que trabajaban y oraban, en el modo en que se relacionaban con los otros y cómo vivían. No es una espiritualidad que se queda en palabras, y que solo se desarrolla en el pensamiento. Es una espiritualidad que cambia el mundo y que se refleja en todos los actos de la vida.
Siglos más tarde, el teólogo y místico alemán Maestro Eckhart (1260-1328) se pregunta muchas veces cuál debe ser el camino espiritual a abrazar. En qué puede y debe residir el seguimiento de Cristo, puesto que en absoluto todos los hombres son llamados a recorrer un único camino hacia Dios. Es una actitud errónea copiar exactamente la vida de los santos, que tenían sus propios modos de llegar a Dios.
Que cada uno conserve sus buenas maneras, incluyendo en él a todos los otros y que aprehenda todo el bien y todas las maneras. No todos los hombres pueden seguir un solo camino. Pero todos, aunque cada uno según su propia manera, pueden seguir a Cristo “en todas las cosas”, aunque esto ocurra más «de manera racional» que corporal.
Eckhart asegura que cada persona debe tener una manera definida solo para ella: Dios da a cada uno lo que es óptimo para él y le resulta adecuado. No es el hombre el que se crea a sí mismo la manera de vivir espiritualmente, sino que es Él el que le diseña a medida esta vida espiritual. Es decir, que en el fondo, tengo que buscar la voluntad de Dios para mí, sin tener una modalidad particular. A quien inicia una nueva vida, Eckhart le exige que
Tiene que buscar a Dios en todas las cosas y encontrarle en todo momento y en todos los lugares, con toda clase de gente y en cualquier situación. Con esta determinación, podrá avanzar y crecer sin cesar, con un progreso que nunca llega a su fin.
Para Teresa de Jesús, una de las grandes maestras espirituales de la Iglesia, la vida espiritual se tiene que fundamentar no en sentimentalismos, sino en la vivencia del seguimiento de Jesucristo porque lo religioso se tiene que manifestar no tanto en forma de sentimientos cuanto de actitudes, de obras:
Obras quiere el Señor. De otro modo no vendrá el Rey de la gloria a nuestra alma –digo a estar unido a ella– si no nos esforzamos en ganar las grandes virtudes3.
Para Anthony de Mello la espiritualidad consiste en estar despierto, en desprenderse de las ilusiones. La espiritualidad requiere no estar a merced de un acontecimiento, cosa o persona; es decir, ser libre. La espiritualidad “es haber encontrado la mina de diamantes dentro de uno”.
La vida espiritual implica despertarse, porque solo despiertos podemos entrar en la verdad y la libertad4.
Karl Rahner entiende por espiritualidad vivir del Espíritu. Anselm Grün dice que consiste en vivir de la fuente del Espíritu Santo, que para los cristianos es el mismo espíritu de Jesús. Cuando se vive de esa fuente, la vida fluye.
El jesuita Juan Antonio Estrada define la vida según el Espíritu como la forma de vida que se deja guiar por el espíritu del Señor. Ser espiritual es vivir bajo la guía de Dios a través de lo que el Espíritu comunique al creyente. Por su parte, el teólogo Gustavo Gutiérrez considera que la espiritualidad es una forma concreta, movida por el Espíritu, de vivir el Evangelio. Por tanto, ser espiritual es una apuesta por el seguimiento de Jesús, pero un seguimiento guiado por la acción del Espíritu Santo que es energía, luz interna, aliento de vida.
En palabras de Raimon Panikkar, la espiritualidad es “la carta de navegación en el mar de la vida del hombre”; es la que hace trascendente a la persona, en comunión con el ser supremo. Hablar de espiritualidad, según Panikkar, es hablar de un movimiento, por el cual
El concepto amplio de espiritualidad expresa una forma de vida, de acción, depensamiento, etc., no ligada a una doctrina, denominación o religión determinadas5.
Hans Urs von Balthasar, teólogo católico del siglo XX, entiende la espiritualidad como una expresión ética de la existencia. Esta idea no se refiere al hecho de que el hombre, como individuo, cultive una espiritualidad útil para su crecimiento personal, sino, por el contrario, se trata de una manera de vivir que está encaminada a construir el bienestar colectivo. Henri Nouwen escribe que
La vida espiritual no se vive fuera, antes, después o al lado de nuestra existencia cotidiana. No, la vida espiritual solo puede ser real en la medida en que es vivida en medio de las penas y las alegrías del aquí y ahora. Por tanto, hemos de empezar observando cuidadosamente nuestra forma de pensar, de hablar, de sentir y de actuar cada hora, cada día, cada semana, y cada año, con el fin de hacernos más plenamente conscientes de nuestra hambre del Espíritu6.
La vida espiritual nos pide que vaciemos nuestra mente (cerebro) para que podamos abrir nuestro corazón y recibir la vida como un don que tiene que ser vivido. Más que nuestra mente, es nuestro corazón el que tiene que estar lo suficientemente vacío como para que el Espíritu penetre en él y lo llene.
Para muchos, Karl Rahner es el mayor teólogo católico del siglo XX y a la vez el más espiritual; el que mejor une teología y vida según el Espíritu. En uno de sus artículos expone los tres acentos que debe tener una espiritualidad cristiana para hoy: “La nota primera y más importante que tiene que caracterizar la espiritualidad del futuro es la relación personal e inmediata con Dios”, afirmación que hoy está muy lejos de ser una realidad; de ahí su conocida frase: “el cristiano del futuro o será un ‘místico’, es decir, una persona que ha ‘experimentado’ algo o no será cristiano. Porque la espiritualidad del futuro no se apoyará ya en una convicción unánime, evidente y pública, ni en un ambiente religioso generalizado, previos a la experiencia y a la decisión personales”. La segunda nos recuerda que “nadie puede vivir hoy, como en tiempos pasados, en un paraíso de espiritualidad inmune al mundo… Quien ejercita las virtudes del mundo y se deja educar por él en la alegría, en la audacia, en la fidelidad al deber y en el amor, vive ya en parte, una auténtica espiritualidad, y estas virtudes mundanas le revelarán un buen día el más profundo misterio, que es Dios mismo”. Y la tercera nota afirma que “la ascética hoy tiene más bien el carácter de la libertad responsable ante el deber… Quien esté abierto al futuro absoluto de Dios será capaz de superar la apetencia sin límites de llenar su vida con el mayor goce posible para en último término destruirse a sí mismo por su desmadre… Este aspecto de la vida espiritual es el que denominamos ascética en sentido amplio”.
La teología de Rahner quiere demostrar que todo ser humano lleva dentro de sí el deseo profundo de la experiencia de Dios. Es preciso encontrar a Dios en todas las cosas escribe, la mística del día a día, pero también existen experiencias místicas particulares, experimentadas también por personas de otras religiones, aunque para los cristianos Jesús es el arquetipo de la experiencia mística.
En el libro La nube del no-saber, anónimo inglés del siglo XIV, se puede leer:
El ejercicio espiritual no es ningún obstáculo para tu trabajo cotidiano. Puedes seguir con tu trabajo diario y al mismo tiempo dirigir tu entera atención a la oscura percepción de tu ser, que está unido al ser de Dios. Puedes comer, beber, dormir, velar, ir, venir, hablar, escuchar, estar tumbado y levantarte, arrodillarte y correr, cabalgar, trabajar y descansar.
El pacifista Satish Kumar nos recuerda que la espiritualidad no está confinada en los templos, ni en los libros sagrados sino fuera, en el mundo por lo que la política, la economía, la agricultura, la vida familiar tendrían que ser espirituales:
La espiritualidad es la relación que se establece con la ausencia del ego, como el amor o la compasión, y considera que la amistad es la argamasa que mantiene unida la humanidad. La espiritualidad es una manera de vivir, cómo comportarse, cómo respirar sintiendo que lo haces a la vez con el resto de seres vivos.
El teólogo Juan Martín Velasco propone dos definiciones de espiritualidad:
Es la forma de vida de las personas que basan la comprensión de sí mismas y su realización en el mundo y en la historia, en una opción fundamental por valores trascendentes capaces de dar un sentido a la vida. Espiritual tiene que ver con valores de otro orden, aquellos que valen por sí mismos y que, porque valen, hacen valioso al ser humano. Espiritualidad significa el ejercicio de unas facultades humanas en las cuales se expresa lo más íntimo de la persona.
En opinión de la filósofa María Toscano:
La vida espiritual es un camino en el cual, profundizando en un mismo, nos liberamos de nosotros mismos para encontrarnos en el otro y al Otro. La vida espiritual es un compromiso con los otros y con la realidad. Esta vida exige un cambio. La verdadera espiritualidad tiene que conducir por el camino de la transformación, del camino espiritual que transforma a medida que se recorre, porque si no es así no es auténtica.
Para otros espiritualidad puede ser la fuente divina, la fuente del amor, la fuente de la intuición, de la energía divina.
1Martínez, E. Vida en plenitud. Apuntes para una espiritualidad transreligiosa. PPC. Madrid, 2012. El término espiritualidad nombra una calidad, una capacidad o incluso un ámbito del saber que tiene como referencia directa e inmediata al espíritu... En la biblia hebrea, el espíritu presenta forma femenina: es “la ruaj”, la brisa, aleteo de Dios sobre las aguas. Soplo impetuoso que genera vida. Aliento, soplo, viento, respiración, fuerza, fuego..., con nombre femenino, que habla de maternidad y de ternura, de vida y de caricia… Con la traducción latina (spiritus), el Espíritu se hizo masculino. Si algo tienen en común todos estos nombres es que remiten a la intuición de un principio vital o latido (hálito, respiración), que se encontraría en el origen de todo el que es. No es extraño que espíritu haya sido uno de los términos más comunes para nombrar la divinidad como dinamismo de vida.
2Martín Velasco, J. (2012). Una espiritualidad para tiempos difíciles. Aula de Teología. 20 de marzo.
3Camino de perfección, c. 16, 6.
4De Mello, A. (2005). Autoliberación interior. Buenos Aires: Editorial Lumen, pp.13-29.
5Panikkar, R. (2005). Mística y espiritualidad. Barcelona: Herder.
6Nouwen, H. (2011). Ob. cit., 31.
Caminoespiritual
Hay tantos caminos hacia Dios como personas
Siguiendo el pensamiento de María Toscano, podemos afirmar que el hombre conserva en su interior una maravilla y a veces la sociedad no se lo permite ver. Es una fuente que necesita ser bebida, como ya dijo san Ireneo en el siglo II. Es un deseo, un ansia muy profunda que está escondida de manera distinta en cada uno, por eso cada uno tiene que hacer su propia búsqueda. Es una realidad interior que permanece callada para un mismo y que hay que descubrir. Como dice san Juan de la Cruz: cada uno tomará de esta Fuente lo que esté preparado para acoger porque la fuente no tiene más límites que los que le ponemos nosotros. El camino espiritual a través de un largo esfuerzo puede convertir la capacidad de nuestro dedal en jarra; cada uno se llena en función de lo que se haya vaciado.
La escritora y mística inglesa Evelyn Underhill,nacida en 1875, describe el camino espiritual como el vuelo migratorio de los pájaros ingleses que dos veces al año parten hacia lo desconocido, abandonándose al viento y volando sobre el océano, donde no tienen señales que los guíen. Sin embargo, sin dudarlo, cada otoño miles de ellos parten y en la primavera otros tantos miles experimentan los mismos peligros.
Como los pájaros, en nuestra vida espiritual no sabemos dónde vamos. Así como los pájaros se abandonan a los elementos confiando ciegamente en su instinto, nuestro camino espiritual se basa en una entrega por la que confiamos ciegamente en que a quien esperamos encontrar en el camino lo tenemos ya ciertamente o lo encontraremos; no hay garantías de llegar sanos y salvos en base a la evidencia de nuestras circunstancias pero tenemos que lanzarnos y dejar que el viento –el Espíritu Santo– nos lleve donde esperamos ir1.
Prescindir de la seguridad es una cosa que tenemos que aceptar como condición para el camino. Si no aceptamos el viaje a lo desconocido, no somos en verdad candidatos para la contemplación. Dios tiene que llevarnos a un lugar que implica un vuelco completo de nuestros valores preestablecidos, un cambio total de todos nuestros planes cuidadosamente trazados y una gran renuncia a nuestras ideas preconcebidas. La motivación lo es todo en este camino espiritual. Abandonarse a lo desconocido, desprenderse de pensamientos y emociones ...
El camino no es el hacer, sino el ser
En el camino espiritual no se trata de hacer, sino de abrirse a algo que ya existe, para que tenga lugar la entrada de la vida. La experiencia de Dios es un abrirse a la vida desde el interior, como cuando se contempla un cerezo en flor o un campo lleno de margaritas amarillas. Hay un proverbio chino que dice:
Rogué al almendro que me hablara de Dios, y entonces comenzó a florecer. Empezó a ser totalmente humano2.
Willigis Jäger señala que las personas necesitamos una liberación; ser libres ante los miedos y presiones, incluso los de origen religioso. El egocentrismo continúa siendo la principal fuente de nuestros males.
Las diferentes tradiciones religiosas, que disponen de tres niveles: institucional, intelectual y místico nos pueden hacer más libres. El futuro de la religión descansa sobre el plano místico que nos con-cede unidad y comprensión mutua.
Los grandes maestros espirituales apuntan que el nivel místico intenta serenar todas las fuerzas del ego y anular la actividad del yo. El yo tiene que callar para que pueda emerger nuestra verdadera esencia. Jesús lo llama reino de Dios y nos dice que está dentro de nosotros. Tienes que volver a nacer, le dice a Nicodemo, tienes que experimentar un nuevo nacimiento para ganar una vida que tú no puedes comprender con el entendimiento.
Un camino espiritual, según Jäger, se puede vivir en todas partes y en todo tiempo. Supera confesiones y dogmas y no requiere una comunidad organizada, templo, ni catedral. Un camino espiritual puede realizarse en cualquier tipo de sociedad imaginable. En efecto, todas las personas tienen una estructura que les señala el camino hacia esa experiencia. Quien consigue acceder a ella, le dará expresión dentro o fuera de su fe3.
La vida espiritual nos conduce a la comunión con todo lo que existe. Nos enseña la presencia en cada momento de nuestra vida. El místico sufí persa Abí al Khair, que vivió en el siglo XI, lo expresaba así:
El verdadero santo entra y sale del pueblo, duerme y come con él, compra y vende en el mercado y participa en la conversación, pero no olvida a Dios ni un momento.
Cuando el primer patriarca zen, Bodhidharma, llegó de India a China para enseñar allí, el emperador le preguntó por el contenido de su doctrina. Bodhidharma respondió: Amplitud abierta, nada de santo. Del mismo modo podía haber dicho: todo es santo. Porque todo es, tal como es, la revelación de un fondo primordial intemporal4. La meta es vivir nuestra vida cotidiana como una operación propia de este fondo del ser:
“Partís un trozo de madera, y ahí estoy. Levantáis una piedra, y ahí me encontraréis”, dice Jesús en el Evangelio apócrifo de Tomás.
Todo camino espiritual verdadero conduce a la cotidianidad, porque en nuestra condición humana totalmente cotidiana, quiere revelarse este fondo primordial intemporal al cual las religiones teístas han dado el nombre de Dios. La realización concreta de la vida es la verdadera religión. Dios quiere ser vivido, no venerado.
Dice el monje trapense Thomas Keating que el camino espiritual es “el entrenamiento para acceder a la presencia de Dios y a todo lo que nos rodea. Básicamente podríamos decir que ésta es la definición de humildad, en todo el sentido de la palabra”.
Nos lleva a conseguir el amor de Cristo dentro de nosotros para después manifestarlo en su plenitud en el mundo. Esto es lo que Keating define como el alma del camino espiritual, de forma que, si bien la praxis espiritual implica un intenso trabajo personal, esta transformación interior tiene que ponerse a prueba en el mundo real, esto es, en nuestro quehacer cotidiano, puesto que ¿qué sentido (y mérito) tiene recorrer el camino espiritual si éste sirve a un fin egoísta que es sentirnos satisfechos con nuestros propios logros en este ámbito?
Otro aspecto de la praxis espiritual es que esta no consiste en un camino de ascenso, sino que por el contrario, es de descenso porque implica un camino hacia nuestro interior. Además, tiene como objetivo la curación del cuerpo, mente y espíritu.
La oración tiene virtudes terapéuticas. Sana las heridas de los seres humanos. Hace respirar el alma y purifica el espíritu. También transforma los pensamientos y los sentimientos. Me ayuda a encontrarme a mí mismo, a volver a mi corazón. Jesús dijo: “No necesitan médico los sanos sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos sino a los pecadores” (Lc 5, 31-32).
Un hombre espiritual es aquel que se encuentra bajo la exigencia de amar a Dios con todas las potencias de su alma, que solo utiliza los sentidos en la medida de lo necesario, que en una paz verdadera, se encuentra elevado en forma totalmente inmutable hacia las obras divinas y, así, está más allá de toda ira y enojo5.
Thomas Merton, en Pensamientos en la soledad, manifiesta que “si quieres una vida espiritual tienes que unificar tu vida… Para unificarla hace falta que unifiques tus deseos. Para espiritualizar tus deseos, desea no tener ningún deseo”.
Vivir espiritualmente es vivir para Dios en el que crees sin verlo. Desear esto, pues, es renunciar a desear aquello que ves. Poseer Aquel que no se puede entender es renunciar a todo aquello que puede ser entendido. Para descansar en Aquel que está más allá de toda cosa creada, hay que renunciar a descansar en ninguna cosa creada6.
1 Cfr. Keating, T. (1997). Intimidad con Dios. Bilbao: Desclée de Brouwer, p. 127.
2Jäger, W. (1999). En busca de la verdad. Caminos-Esperanzas-Soluciones.Bilbao: Desclée de Brouwer, p. 117.
3Jäger, W. (2010). Sabiduría eterna. Navarra: Verbo divino, p. 31.
4Jäger, W. (2010). Ob. cit., p. 32. Según Jäger, este fondo está en todo, y cada acción, si se realiza con atención y conciencia, puede ser una práctica espiritual. “No doy la vuelta a ningún crêpe sin estar en Dios”, expresaba el hermano Lorenz, un monje francés.
5Haas, A.M. Maestro Eckhart. (2002). Figura normativa para la vida espiritual. Barcelona: Herder.
6Merton, T. (1994). Pensaments en la solitud. Barcelona: Editorial Claret, p. 44.
PALABRAS CLAVE EN EL CAMINO ESPIRITUAL
Acompañar
Todas las tradiciones espirituales nos recuerdan que, si queremos tener una vida espiritual profunda y auténtica, necesitamos un acompañante que nos ayude a distinguir entre la voz de Dios y todas las otras voces que nos vienen de fuera y de nuestro propio interior. San Silvano del Monte Athos, monje ruso que vivió a caballo entre los siglos XIX y XX escribió:
En los inicios no podemos prescindir de un maestro espiritual, porque el alma, antes de recibir el Espíritu Santo, se encuentra inmersa en una viva lucha con el adversario. Por sí misma es incapaz de huir a sus inspiraciones1. Por eso, no tenéis que iniciar la vida de oración sin un director espiritual. No des crédito a tu orgullo pensante que podrás aprenderlo solo con los libros. Con este pensamiento te hundirás en las tentaciones; es más: has sido ya derrotado por ellas.
El mismo pensamiento lo podemos encontrar expuesto por Henri Nouwen:
Necesitamos a alguien que nos ayude a distinguir la voz de Dios de todas las otras voces que nos vienen de nuestra propia confusión o de poderes ocultos fuera de nuestro control. Necesitamos a alguien que nos anime cuando estamos a punto de dejarlo todo, de olvidarlo todo, de salir corriendo en un gesto de desesperación. […] Necesitamos a alguien que pueda sugerirnos cuándo leer y cuándo guardar silencio, sobre qué palabras reflexionar y qué hacer cuando el silencio nos produzca mucho miedo y poca paz2.
Hoy es esencial someter de vez en cuando nuestra vida a la guía de una persona con experiencia que nos ayude a discernir la acción de Dios en nosotros. El maestro es aquel que ha hecho la experiencia y que nos puede indicar el camino, pero nunca obligarnos ni dirigirnos en ningún sentido.
Hay saltos hacia otro nivel de ser que no se pueden dar solos. Siempre hay el riesgo de perderse y de quedar sumido en la ignorancia. A menudo construimos ídolos; el papel del maestro es destruirlos y ayudarnos cuando nos sacude el ego o entramos en la noche oscura del alma.
El camino espiritual del monje del siglo IV Juan Casiano empezó con la búsqueda de un maestro, de un conocedor de los caminos de la oración que no encontraba en su monasterio de Belén. Casiano y su amigo Germánico viajaron hasta los desiertos de Egipto, donde habitaban los Padres del desierto. Estos grandes maestros espirituales de la época consideraban que no solo los monjes principiantes sino todos los que llevan tiempo en el camino de la oración, necesitan un padre espiritual.
Así, el Abba Poemen, monje cristiano del siglo IV, uno de los primeros Padres del desierto y experimentado maestro espiritual decía: “En todo lo que hagas, toma consejo, porque escrito está: obrar sin consejo es un absurdo”. Estos antiguos monjes aconsejan elegir siempre un maestro espiritual con experiencia y pleno de discreción, y sobre todo un padre en quien tengan completa confianza. Un anciano dijo: “Si tu corazón no siente confianza plena hacia alguien no le abras tu conciencia”. Aunque valoraban la experiencia y discreción del maestro espiritual, sin embargo no considerabanindispensable que fuera santo.
En los Apotegmas –sentencias breves con un contenido aleccionador con las que solían enseñar los Padres del desierto– podemos leer:
Hay que tener más confianza en un iletrado que ha experimentado las cosas de la vida de oración que un sabio que solo apoya sus palabras en un conocimiento teórico, pero que carece de experiencias vividas.
San Pablo, que tuvo una experiencia mística ante las puertas de Damasco, fue enviado a Ananías para que le enseñase.
Agustín de Hipona, máximo pensador del cristianismo del primer milenio, escribe que el hombre se salva por los hombres y por eso tiene que dejarse guiar por ellos.
El carmelita y místico español del siglo XVI Juan de la Cruz, también da mucha importancia al guía en el camino de la oración contemplativa. Si alguien está sin dirección espiritual:
Será como el árbol que está solo y sin amo en el campo, que, por más fruta que tenga, los [caminantes] se la cogerán y no llegará a sazón3.
Por otro lado, san Juan de la Cruz reprocha a los guías espirituales de su tiempo falta de comprensión para encaminar por el camino de las meditaciones, el discurso (oraciones vocales) y los ejercicios devotos a personas que estaban a punto de entrar en la oración de contemplación.
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