Vida de Bernardita - René Laurentin - E-Book

Vida de Bernardita E-Book

René Laurentin

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Beschreibung

¿Quién fue santa Bernardita de Lourdes? ¿Sólo una pastora a la que se le apareció la Virgen en el sur de Francia,en un tiempo de grandes transformaciones sociales y mucho dolor colectivo? ¿Sólo la hija de un molinero arruinado al que en el colmo de su miseria metieron en la cárcel? ¿Una religiosa enfermera que terminó ella misma en el "empleo de enferma"? Sí, fue todo esto, pero en torno a ello se ha mitificado mucho. La verdad es más bella que los mitos. Bernardita fue, simple y llanamente, una santa imbuida de la santidad de los pobres, esa santidad desconocida que estaba en ella, recibida de buena fuente, incluso antes de convertise en vidente. Esta biografía es transparente y sencilla como la propia vida de Bernardita y fiel a su instrucción: cuanto más sencillo se escriba, mejor. A fuerza de querer adornar las cosas, se las desfigura.

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Seitenzahl: 309

Veröffentlichungsjahr: 2017

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René Laurentin

Vida de Bernardita

Traducción de Claudio Gancho

Título original: Vie de Bernadette

Traducción: Claudio Gancho

Diseño de la cubierta: Digit-graf

Edición digital: José Toribio Barba

© 2007, Desclée de Brouwer

© 2007, Herder Editorial, S.L., Barcelona

1.ª edición digital, 2016

ISBN DIGITAL: 978-84-254-3985-8

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro de Derechos Reprográficos) si necesita reproducir algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com).

Herder

www.herdereditorial.com

ÍNDICE

Prefacio

Prólogo: ¿Quién es Bernardita?

La santidad de los pobres

I. LOURDES (1844-1866)

1. La infancia de Bernardita

2. Las tres primeras apariciones (11, 14 y 18 de febrero)

3. La quincena de las apariciones (18 de febrero-4 de marzo de 1858)

4. Últimas apariciones (25 de marzo-16 de julio de 1858)

5. Testimonio a los cuatro vientos (1858-1860)

6. Bernardita protegida (1860-1863)

7. La pastora y el escultor (1863-1864)

8. La vocación de Bernardita (1864-1866)

II. NEVERS (7 de julio de 1866-16 de abril de 1879)

9. El noviciado

10. La profesión religiosa (30 de octubre de 1867)

11. Bernardita enfermera (1867-1873)

12. Últimos empleos activos (1873-1874)

13. El empleo de enferma (1875-1878)

14. Santidad cotidiana de Bernardita

15. Las pruebas de Bernardita

16. Noche y niebla

17. Los últimos meses (diciembre de 1878-abril de 1879)

18. Tránsito de Bernardita

Cuanto más sencillo se escribaserá mejor.A fuerza de querer adornarlas cosas,se las desfigura.Santa Bernarditaen su lecho de muerte, abril de 1879

El relato que sigue no es un relato novelado. Los nombres, los hechos, los diálogos y las citas (en cursiva) se han sacado escrupulosamente de los documentos. Se han excluido las ficciones, que todavía hoy abundan en muchas obras. Podrá verificarse la exactitud de cada dato en los volúmenes en que hemos establecido el relato de las apariciones y la vida de Bernardita: Lourdes, documents authentiques; Lourdes, histoire authentique; Logia de Bernardita. A éstos remitimos al lector mediante referencias muy breves (véase la tabla de siglas en pág. 246).

«Patois de Lourdes»

Hasta las apariciones, Bernardita sólo hablaba el «patois de Lourdes», como ella lo designa. Y en ese dialecto de la lengua occitana recibió las comunicaciones de la Virgen. Por motivos de autenticidad el relato que sigue da algunas expresiones típicas o insustituibles.

¿Cómo transcribir ese dialecto? Ahí está la manzana de la discordia. Hay en efecto dos escuelas: la École Occitane y la École Gastan Fébus, cuyas grafías difieren, sin que coincidan tampoco con las grafías improvisadas de los documentos de la época. Estos problemas han sido estudiados a fondo en Lourdes, histoire authentique (6 tomos), mediante consultas a representantes de ambas escuelas. Para cada palabra de la Virgen se hallará una confirmación entre la ortografía de las fuentes y la transcripción según los principios de las dos escuelas citadas.

La presente obra, destinada a un público mucho más amplio, no puede entrar en esos problemas. Nos hemos decidido por transcribir el patois de la manera más próxima a los documentos, con unas convenciones especiales, para evitar controversias y equívocos interminables que surgen en materia de habla local, ya se trate de la Salette, Lourdes o Pontmain.

l° Emplearemos el acento como acento tónico. Tal uso se ignoraba en tiempo de Bernardita, pero hoy se ha impuesto (los acentos agudos o graves nos atraerían los reproches de especialistas, cuya competencia respetamos).

2° Por consiguiente, recordamos que ni en el occitano ni en el dialecto concreto de Lourdes existe la e muda; hay que pronunciar é o è, según los casos. Esto tiene singular importancia de cara a evitar confusiones sobre la palabra Aquerò, que Bernardita empleaba para designar la aparición; véase pág. 63.

Quiero dar las gracias al padre Point y al equipo de Misioneros de la Inmaculada Concepción, originarios de Lourdes, que han revisado fructuosamente las transcripciones.

PREFACIOde Monseñor Donze, Obispo de Tarbes y Lourdes

El 16 de abril de 1879, moría en el convento de Saint-Gildard, en Nevers, sor Marie-Bernard Soubirous. Y con motivo de ese centenario he aquí un nuevo libro sobre lo que fue su vida, una vida muy corta, de treinta y cinco años.

Debemos la obra a uno de los máximos conocedores actuales de la historia de Lourdes. René Laurentin ha consagrado, en efecto, una veintena de volúmenes al estudio científico de los sucesos que allí ocurrieron hace ciento veinte años. En las páginas que siguen ha puesto a contribución la riqueza y seriedad de esa documentación. Nada hay de novelado en este relato: los nombres, los hechos, los diálogos, están sacados escrupulosamente de los documentos que el autor ha estudiado de un modo crítico, excluyendo cualquier ficción. En una palabra, se trata de un libro para reencontrar a Bernardita en su verdad, en sus gestos y en sus palabras auténticas, y para recibir las lecciones de su vida, animada por completo, hasta la hora de su muerte, por el mensaje recibido de la Virgen.

Un segundo atractivo de ese testimonio conmovedor y verídico, que todos los lectores advertirán en seguida, se halla en el estilo vivo, concreto y límpido con que el autor nos lo presenta. Nada de divagaciones; al contrario, frases sencillas, cargadas de sentido y que nos hacen reflexionar, con detalles vivamente captados y anotados deforma concisa. El resultado ha sido una historia palpitante, en que se redescubre el cándido frescor de la pequeña vidente de Massabielle y la sorprendente fuerza de carácter de la joven religiosa que fue después.

Bernardita Soubirous fue beatificada antes de los cincuenta años de su muerte, y canonizada el 8 de diciembre de 1933, apenas ochenta y nueve años después de su nacimiento. Entre los hombres y mujeres a los que la Virgen se ha aparecido en el curso de los siglos XIX y XX, Bernardita es la única que comparte esa gloria con Catherine Labouré.

De hecho vivió cada día una creciente santidad evangélica extraordinariamente pura, simple y desnuda. Los trabajos históricos, teológicos y pluridisciplinares, que desde hace treinta años vienen multiplicándose sobre ella, han puesto cada vez más de relieve que la santidad de Bernardita era una santidad pobre e imitable, en estrecha armonía entre la naturaleza y la gracia. Es una santa a nuestro alcance, una santa para nuestro tiempo, testigo anunciador de la Iglesia de hoy, llamada a vivir, como ella, un misterio de servicio y de pobreza, en la esperanza.

Todo eso y más se encuentra en la obra que me complace presentar aquí, a unos meses vista del año en que celebraremos el centenario del día en que Bernardita entró en la felicidad del cielo, que le había prometido la Virgen Inmaculada. Por lo serio de su información, por su presentación accesible a todas las culturas, por el calor de su estilo y su densidad espiritual, nos permitirá vivir más intensamente ese acontecimiento. Y por ello merece con toda justicia el título de Libro del centenario.

Deseo que sean muchos los cristianos que lo lean y mediten.

Tarbes, 11 de febrero de 1978

Bernardita en 1864

PRÓLOGO

¿Quién es Bernardita?

Bernardita Soubirous, la vidente de Lourdes, murió a los treinta y cinco años de edad, el 16 de abril de 1879, en el convento de Saint-Gildard de Nevers, después de trece años de vida religiosa y veintiún años después de las apariciones de 1858.

Sólo ella había visto a la Virgen en el hueco de la roca, y sólo sobre el testimonio de esa muchacha pobre, iletrada y despreciada, se fundó Lourdes y, todavía hoy, acuden allí cada año cuatro millones de peregrinos y visitantes.

Al anuncio de su muerte acudió la multitud para ver en su féretro a la que había ido allí para ocultarse.

Todavía hoy, en Nevers, continúa la afluencia de gente ante el sarcófago en que reposa su cuerpo, exhumado intacto después de su beatificación, el 15 de agosto de 1925, transcurridos menos de cincuenta años después de su muerte. Pío XI la canonizaría ocho años más tarde, el 8 de diciembre de 1933, en la festividad de la Inmaculada Concepción.

De haber vivido, en aquella fecha Bernardita hubiera tenido ochenta y nueve años.

Desde entonces Bernardita no ha cesado de manifestar su importancia: justamente la de una santidad de nuevo cuño, que el Espíritu Santo ha suscitado en la Iglesia del siglo XIX: una santidad puramente evangélica.

Y, sin embargo, es Bernardita la más secreta de todas las santas. Quienes han afirmado esto no pensaban tanto en los «secretos» que guiaron su vida como en la calidad íntima de una santidad sin obras ni escritos ni triunfos humanos. Una santidad de pobre.

El secreto de esa santidad escapó a su propia maestra de novicias, mujer notable y santa a su manera, que no quería oír hablar de la canonización de Bernardita. ¿Tenemos nosotros mayores probabilidades de captar ese secreto? Sí, pero en el sentido de Bernardita: a fuerza de sencillez. Ella decía:

La pasión me conmueve más cuando la leo que cuando se me explica (L 576).

Y a los historiadores de Lourdes:

Cuanto más sencillo se escriba será mejor... a fuerza de adornar las cosas se las desfigura (L 550 y 576).

Su vida, sin introspección ni artificios, nos invita a evitar el comentario y a presentar simplemente sus hechos, gestos y palabras lo más cerca posible de los documentos auténticos. Ésa es la mejor probabilidad de revelar su secreto, que es el de una transparencia.

La vida de Bernardita es una ilustración ejemplar de esta palabra del Evangelio:

«Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra; porque has ocultado estas cosas a sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla» (Mt 11,25; Lc 10,21-22).

La santidad de los pobres

Esa luz, oculta a los sabios y eruditos y revelada en cambio a los pequeñuelos, es la de Bernardita. Bien pronto lo descubrieron los más perspicaces.

Desde el tiempo de las apariciones la joven Antoinette Tardhivail, a quien su escasa salud impedía realizar su vocación de carmelita, hace este descubrimiento en la pequeña aldea en que los Soubirous son unos desarrapados y con mala reputación:

Sus padres son muy pobres... tan pobres como lo fue nuestro Señor sobre la tierra, y en esa niña ha puesto los ojos María, prefiriéndola a tantas jóvenes ricas, que en este momento envidian la suerte de aquella a la que habrían mirado con desprecio, y que se consideran dichosas de poder abrazarla o tocar su mano (Carta del 29 de marzo de 1858, D5 p.77).

Cuatro años más tarde (18 de enero de 1862) el obispo, sin haber leído esta carta íntima, saca la misma conclusión, en la instrucción en que reconocía la autenticidad de las apariciones:

¿Cuál es el instrumento del que se va a servir el Todopoderoso para comunicarnos sus designios de misericordia? Una vez más será aquello que hay de más débil en el mundo: una niña de 14 años... nacida ... de una familia pobre.

Y Bernardita escribe lo mismo en el momento en que cobra conciencia de su vocación, en esta plegaria íntima a la reina del cielo:

¡Qué dichosa era mi alma, oh mi buena madre, cuando tuve la dicha de contemplaros... Sí, os habéis abajado hasta la tierra para apareceros a una débil niña... Habéis querido serviros de lo que había de más débil según el mundo (ESB, pág. 187).

Aquella a quien Bernardita dirigía esa oración debió reconocerse en ella, pues había dicho:

«Porque grandes cosas hizo en mi favor el Poderoso... puso sus ojos en la humilde condición de su esclava. Y así, desde ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones» (Lc. 1,48-49).

Este fragmento del Magnificat, el cántico de los pobres, nos ilumina la vida cotidiana de Bernardita.

ILOURDES(1844-1866)

La infanciaLas aparicionesEl testimonio

Barrio de los molinos: abajo, Savy

Molino de Savy

1LA INFANCIA DE BERNARDITA1844-1858

Bernardita Soubirous nació el 7 de enero de 1844, en Boly, el penúltimo de los cinco molinos escalonados, en unas cuantas docenas de metros, sobre el escaso caudal del riachuelo Lapaca, entre la enorme roca coronada por el castillo y las colinas de pastos y bosques que se alzan suavemente hacia Bartrès.

Matrimonio de amor

Hay alegría en el molino. Bernardita fue una niña deseada. Su nacimiento colma un matrimonio de amor, cuya historia, nacida de una desgracia, es ésta.

El 1.° de julio de 1841, Justin Castérot, el molinero de Boly, muere en un accidente de carreta, en el camino de Pouyferré. Su viuda, Claire, está ante el corpachón enharinado, que van a enterrar. Ahora la mujer tiene que pensar en su problema. En ese molino, cuya rueda ha dejado de girar tiene cuatro hijas mayores y dos niños de corta edad. El difunto se sentía propietario; pero en realidad no lo era. Y aquella gente sin letras no comprendía una palabra de aquella situación complicada, en la que lo más claro era la obligación de pagar un canon (flor) anual de 130 francos-oro.

Había que casar en seguida a Bernarde, de diecinueve años, con un muchacho del oficio. La viuda Castérot tanteó a François Soubirous, del molino Latour, todavía soltero a los treinta y cuatro años. Éste no se hizo rogar, acudiendo al molino amable y sonriente, pero sin soltar prenda sobre el casorio. ¿Qué pensamientos bullían detrás de aquella frente espaciosa, amable y obstinada?

Al final se pudo adivinar su idea. La que «interesaba» a François no era Bernarde, sino su hermana menor, Louise, una rubia de ojos azules. Cuando se le hizo confesar esta anomalía, evitó las razones sentimentales, que no tenían curso legal entre la molinería de Lourdes del siglo XIX:

—Louise es mejor ama de casa, argumentó.

Lo evidente era lo contrario. Bernarde era una mujer con cabeza y con autoridad si hacía falta. Además, Louise no tenía más que diecisiete años; era demasiado joven. Y no era conveniente casarla antes que a la mayor. François no opuso ningún argumento. Allí estaba tenaz y sonriente. Tenía que tomar partido: o se casaba con la que él quería, o no se casaba con ninguna.

Nacimiento

La boda se celebró el 9 de enero de 1843; y Bernardita nacía el 7 de enero, un año después. Al día siguiente, según la costumbre, François, orgulloso y desmañado, se fue con la niña a la alcaldía, y al otro, 9 de enero de 1844, aniversario del matrimonio de los padres, se celebró el bautizo de la recién nacida, en el antiguo baptisterio de granito, en el que aún hoy se sigue bautizando a la gente de Lourdes.

Bernardita lloró. ¿Hay que ver en ello un presentimiento de la extraña promesa que recibió de que «no sería dichosa en este mundo»? En el mismo sentido habla otro símbolo: el ruido familiar de sus primeros años fue el de las muelas y el grano de trigo molturado, con el que se identificará en su lecho de muerte al decir: «Estoy molida como el trigo».

La fiesta del 9 de enero de 1844 dejó este simple recuerdo, consignado mucho más tarde «en patois de Lourdes»:

Uo tisto de crespèts è bouteilles de pichè sus era taoulo. On fit une ronde.

Cualquiera puede traducirlo, si sabe que tisto es un gran cesto de amplios bordes; crespèts, buñuelos, propios de las fiestas; pichè, califica unas grandes botellas de dos a tres litros, y taoulo significa, mesa.

«La heredera»

Cinco eran las mujeres dispuestas a velar la cuna de Bernardita: desde la abuela a la tía pequeña Lucile, que tenía cuatro años. La autoridad allí era Bernarde, «la heredera»; porque, según la costumbre de Bigorre, el primer nacido, sea varón o mujer, lleva ese título y honor..., haya o no herencia, y su consejo prevalece sobre el de los menores, chicos y chicas.

También Bernardita había nacido «heredera». Por lo cual tendrá siempre conciencia de sus deberes familiares.

El amor que rodeó su primera infancia será, a lo largo de su vida, una de las raíces fuertes de las que sabe servirse la gracia para forjar a los santos...

En cuanto a la madre, Louise, dulce y paciente, confusa por haber usurpado con su matrimonio feliz el privilegio de su hermana, aceptaba sin recriminaciones el compartir su hija.

—Me conocía tan bien como a su madre, decía orgullosamente tía Bernarde.

Mas, para Bernardita, el punto de referencia fundamental era el silencio y la sonrisa del hombre del molino, su padre, orgulloso como estaba de su primogénita. Para la nueva «heredera» la imagen regia del libro de su infancia es aquella gorra grande y empolvada de blanco y los ojos (François conservaba todavía los dos) que la miraban con ternura. Así arraigó en ella una seguridad profunda, que se mantendrá indestructible, pese a los embates para desintegrar la roca. El resultado habría podido ser fatal, si esos cimientos humanos no hubieran sido para Bernardita símbolos de otra realidad más honda, la que evocaba al atardecer de cada día el rumor de unas voces rudas al filo del sueño: Padre nuestro, que estás en los cielos. Era la hora en que callaba el ruido de las muelas y poco a poco se iba alzando en el silencio el canto del arroyo.

Bernardita no sabía que Soubirous significa «soberano». Pero una imagen soberana, la de Dios, compartida en la simplicidad de una existencia cercana a la naturaleza, habitó su infancia, y le dio este orgullo en la humildad que marca toda su persona.

Bartrès

La llegada de la desgracia no esperó a que terminase el año del nacimiento. Una tarde de noviembre de 1844 Louise, de nuevo encinta, se sienta al amor de la lumbre. La candela de resina, colgada de la chimenea, cae sobre ella que se despierta entre llamas. Ya no podrá seguir amamantando a Bernardita a causa de las quemaduras de sus pechos.

Tía Bernarde busca una nodriza. Precisamente en Bartrès, sobre la colina cuyas pendientes descienden hasta el molino, Marie Lagües acaba de perder a su primogénito Jean, con apenas dieciocho días. Y acepta gustosa amamantar a la niña. Se hace cargo de Bernardita por 5 francos al mes, pagaderos en moneda o en trigo. Bernarde permanece allá arriba ocho días a fin de acostumbrar a la niña.

Pero el visitante más asiduo de Bernardita es su padre François. Jamás se le había visto tanta frecuencia sobre la cuesta de 4 kilómetros que sube a Bartrès, so pretexto de recoger trigo, entregar harina o tratar con algún cliente. Bien pronto señala fechas para volver a recuperar a su hija. Marie Lagües se resiste, porque se ha aficionado a la niña. No puede resignarse a ver la cuna vacía. Pero también en Boly está vacía la cuna. El pequeño Jean Soubirous, nacido el 13 de febrero de 1845, ha muerto el 10 de abril. Y en diciembre de ese mismo año destetan a Bernardita...

Marie Lagües se mantiene firme; continuará con la niña gratis... Y sólo la devuelve el 1.° de abril de 1846, cuando está segura de un nuevo embarazo, que tanto deseaba. Y todo ello se trata en la forma lenta y ceremoniosa de la cortesía campesina. Al ir a recoger a la pequeña, Louise Soubirous deja un pañuelo de regalo. Bernardita, con dos años y cuatro meses, vuelve a encontrar, con la primavera, el ruido de las muelas y el rumor del agua, que ahora será ya peligrosa para sus pasos independientes y curiosos.

Gracias y desgracias en Boly

En 1848 llega la separación entre la familia Soubirous en tutela y el clan Castérot. Bernarde, seducida por Tarbès, ha sido madre antes de que los padres de su galán autorizasen el matrimonio. Claire Castérot abandona el molino con sus hijos solteros. En Boly, François y Louise se sienten muy extraños al volver a encontrarse por fin solos, como dos enamorados. ¡Qué ligera resulta la vida sin las miradas, las réplicas y los consejos de todos los instantes!

Hubo otro acontecimiento que no pudo escapar tampoco a Bernardita. Su padre, François Soubirous, «picaba» las muelas, demasiado alisadas. El martillo golpeaba a buen ritmo; pero de pronto, se detiene con un grito. Y he aquí que llega con la mano sobre el rostro: el ojo izquierdo ha sido alcanzado de lleno por una esquirla. No tiene salvación. En adelante François tendrá que ocultar su enfermedad con ese guiño que tiene en las fotos para ahorrar a los demás la vista de su desgracia.

La pasión de los Soubirous

¿Están los Soubirous en trance de revivir la aventura de Job? El dinero falta en el molino, sin que sus moradores sepan bien por qué. La verdad es que trabajan y, pese a la competencia, siempre hay gente. Pero es que estas buenas gentes tienen un corazón demasiado generoso para ser buenos administradores en tiempos difíciles. Acogen bien a los pedigüeños, incluido un tal Michel Garicoïts. Les dan lástima los insolventes, y no escatiman el adelantarles trigo y harina «hasta la próxima cosecha».

—Ya pagaréis cuando podáis, dice Louise.

A los clientes que llevan el trigo o recogen la harina, la molinera les sirve siempre algo: vino, queso y a veces buñuelos como en el bautizo de Bernardita. Los sabe hacer muy bien. ¿Y por qué escatimar el aceite y la harina que abundan? El ambiente es alegre y animado; pero el rendimiento nulo. Ese ambiente ahuyenta a la clientela «seria» y fija a la «mala», la que nunca paga. Los vencimientos se hacen difíciles.

En 1854, cuando Bernardita cumple diez años y Pío IX define el dogma de la Inmaculada Concepción, hay que mudarse. Y Bernardita abandona el alegre molino de su infancia.

El mobiliario lo trasladan a la casa Laborde y el padre empieza a buscar aquí y allá trabajos precarios para ganarse el pan de sus cuatro hijos, pues después de Bernardita, Louise ha dado a luz a Toinette (1846), Jean-Marie (1851) y más tarde a Justin, el 28 de febrero de 1855.

El molinero François ha pasado a ser un «bracero». La palabra dice bien lo que significa: el hombre que cada día alquila sus «brazos» al precio de su fuerza bruta: 1,20 francos por término medio, menos que un caballo o un mulo, cuyo alquiler diario alcanza 1,55 francos al día.

Una familia de cinco personas necesitaba, según el Indicateur des Hautes Pyrénées (París 1856), 523 francos anuales como mínimo vital, es decir, para no morir. Los Soubirous eran seis. Con los domingos, las fiestas y los días de paro están lejos de alcanzar esa cifra. También Louise se ha puesto a trabajar: mujer de limpieza, coladas, trabajos agrícolas. Bernardita cuida de Justin. Cuando grita de hambre se lo lleva a su madre para que lo amamante –en verano, a la sombra de las gavillas– con la poca leche que puede darle una madre mal alimentada y seca por su trabajo rudo bajo la canícula. De los nueve niños que alumbrará cinco no alcanzarán la edad de diez años.

Cuando no tiene empleo, las dos hijas mayores se van a recoger leña, huesos o chatarra, todo cuanto quiera comprarles por algunos céntimos la trapera Letchina de Barràou, que luego lo revende al trapero mayorista, Casteret. Ni hablar de la escuela para Bernardita.

En el otoño de 1855 se abate sobre Lourdes la epidemia del cólera, desencadenando esas diarreas torrenciales que deshidratan a una persona en pocas horas y la reducen al estado de cadáver.

El 23 de septiembre se cuentan ocho muertos, el 10 de octubre son ya treinta. En el momento en que otros huyen, las calamidades descubren a los hombres de corazón: el abate Peyramale, nuevo párroco, llegado a Lourdes el marzo anterior. Y después el comisario Jaconet, siempre en la brecha con su amigo, el sargento de caballería de Angla. Friccionan a porfía con manojos de paja a los enfermos. Es el tratamiento que ha prevalecido en Lourdes. Bernardita escapa por los pelos; pero su salud, cada vez más débil desde los seis años, llega a un nuevo grado de deterioro. A pesar de las recetas de Rosine Maillet, la partera, el asma no la dejará.

El 22 de octubre de 1855 Claire Castérot, la abuela materna, que ha escapado de la epidemia, muere catorce años después que su marido.

Su muerte restablece la situación financiera de la familia. De sus economías, 900 francos les tocan a los Soubirous. Compran un poco de ganado, esperando rehacerse con algunos terneros, vacas, cerdos y aves de corral. Invierten más de lo que tienen y toman en arriendo el molino de Sarrabeyrouse, sobre el Echez, en la aldea de Arcizac-ès-Angles, a 4 km de Lourdes. Pero el contrato que dan a firmar a Soubirous, aprovechándose de que es analfabeto, es ruinoso. Y aquello apenas dura un año. Al primer vencimiento tiene que volver a partir, sin la menor esperanza de encontrar a nadie lo bastante loco como para arrendarle el molino.

Cada vez se hunde más. La afección mutua se ve puesta a prueba por un dato material indiscutible: «Demasiadas bocas que alimentar», según la expresión de Bernardita (H2, p. 30, nota 85).

Habrá que tenerlo en cuenta para sobrevivir.

Moza en una taberna

Durante el invierno de 1856-1857 los Soubirous se resignan a separarse de «la boca que alimentar» número uno. Su madrina, tía Bernarde, se la lleva como chica de servicio. Bernardita la ayuda a cuidar de la casa y de la taberna que la tía ha heredado de su primer marido, en el cruce de las calles Bourg y Baous. Bernardita se ocupa de sus primos, lava la ropa, hace remiendos, es una costurera excelente y sirve en el mostrador. Es dócil a la autoridad de su tía Bernarde, que gobierna con mano dura cuando es necesario..., pero Bernardita se siente inclinada a la generosidad, como lo eran sus padres en Boly. Y eso es más fuerte que su docilidad ejemplar. Tiene una manera propia de llenar la medida de estaño en el mostrador de la taberna, y así en el fondo queda un sorbo cuando ha llenado la botella. Y de decir a su amiga Jeanne-Marie Caudeban, que lo ha contado (o a otras amiguitas):

—¡Bébete eso, María!

En Lourdes, el vino, que era relativamente escaso, se consideraba como un tónico y un remedio prestigioso.

El calabozo

A comienzos de 1857, con el agravante del paro, los Soubirous son expulsados de su ruinosa vivienda: la casa Rives. Al ponerlos en la calle, el casero se queda con el armario en prenda. La mudanza se hace cada vez más ligera. ¿Dónde encontrar un techo? ¿Dónde encontrar algo peor? Nadie quiere ya a los Soubirous. La última suerte que queda por tentar es el «calabozo»: «un tugurio infecto y sombrío», como lo describió el procurador Dutour, en su informe de 1.° de marzo de 1858.

Era la pieza inhabitable de la antigua prisión, abandonada en 1824 por su insalubridad. Jean-Pierre Taillade, el comprador, había hecho saltar las rejas de la ventana, pero no le había quitado ni la humedad ni el mal olor, un olor acre de estiércol de aves de corral. André Sajous, primo de los Soubirous, al que su tío Taillade había legado en vida la casa destartalada, había abierto una segunda ventana, pero siempre sobre el mismo corral. Y hete aquí a François, que llama a la puerta de su primo:

—¡Yo no estaba contento!, reconocía Sajous. Tenían cuatro hijos. Yo tenía cinco. Comprendía que mi mujer, muy buena, les daría mi pan.

Yo albergaba allí a los españoles que venían a cavar durante el invierno, y se acostaban allí sobre las losas, con su manta, y muchas veces sin paja...

Aquellos inmigrantes del otro lado de los Pirineos representaban entonces el último grado de la miseria en Lourdes: «un hatajo de españoles», según la expresión despectiva de Zola en su diario de investigación en Lourdes. Los Soubirous habían caído en ese nivel del «hatajo», como lo ilustra una historia de entonces.

La pequeña Amanda Jacomet, hija del comisario, que tiene cinco años, termina su primera labor de punto: un par de pequeñas medias blancas.

—Tenemos que dárselas al primer niño pobre que se presente, que seguramente será un español, dice la señora Jacomet, llevada de su buen corazón.

Pero fue el hermanito de Bernardita el que se presentó primero sin calcetines.

Los españoles habían abandonado el «calabozo» a finales de aquel invierno de 1856, aunque volverían sin duda al invierno siguiente; era, pues, un dinero que Sajous, dejaría de ganar.

Sajous demora la respuesta hasta la noche, y habla antes con el tío Taillade, que le había legado el calabozo. Y la conclusión se impone:

—Están en la calle; hay que darles alojamiento.

En la sombría pieza de 3,72 x 4,40 m encajan como pueden las dos camas (harían falta tres para seis personas), después la mesa, dos sillas, taburetes para los niños, un pequeño armario y el baúl que ahora ya basta para el vestuario y ropa de la familia, incluidas las sábanas. Todo está limpio. Pero no tardarán en descubrir los parásitos de los ocupantes anteriores.

El hambre

En 1856 ha arreciado la escalada de la miseria. El 26 de agosto el procurador general de Pau expide a París un informe alarmante y confidencial:

La recolección de grano es, por término medio, la tercera parte de una cosecha normal. El oidio que, desde hace tres años, arruina toda vendimia, ha llegado al máximo. El maíz, que en el mes de mayo estaba a 13 francos, está ahora en los 27. El trigo ha llegado hasta 42 francos.

El hambre está en el horizonte, y el problema es doblemente insoluble, continúa el informe, porque no hay ferrocarril para llevar trigo, ni la población pobre tiene dinero para comprarlo. Y en el «calabozo» ese hambre se deja sentir con mayor fuerza. Bernardita intenta hacer sopas de hierbas, que sólo alimentan a la imaginación...

Un día de aquel trágico invierno Emmanuélite Estrade, que rezaba en la iglesia, queda sorprendida al escuchar un ruido extraño del lado de los catafalcos. ¿Y qué descubre? Un niño desconocido que rasca, como un ratoncillo, la cera caída de los cirios. ¿Qué es lo que no se come cuando se tiene hambre? El niño no quiso jamás decir su nombre. Pero será durante las apariciones, el 23 de febrero de 1858, cuando Emmanuélite identificará a Jean-Marie, el hermanito de Bernardita, que más tarde olvidó (y rechazó) ese recuerdo de infancia (H2, p. 224).

En prisión

Al finalizar aquel invierno sombrío, el 27 del mes de marzo de 1857, la gendarmería se planta en el «calabozo». Y se lleva a François Soubirous como a un malhechor. En la panadería de Maisongrosse han robado dos sacos de harina la noche anterior. Y el panadero acusa a François Soubirous, al que en septiembre de 1856 había contratado para entregar harina en Luz. En su favor depone este testimonio:

Durante el tiempo que estuvo conmigo, no he tenido motivo alguno para quejarme de su fidelidad.

Pero añade:

Es su estado de miseria lo que me induce a creer que pueda ser el autor de ese robo (informe del procurador, 31 de marzo de 1857).

El argumento impresiona. Los gendarmes se incautaron de los borceguíes del antiguo molinero y lo condujeron descalzo a casa del panadero para proceder a la investigación. Las huellas del ladrón tenían poco más o menos «el mismo tamaño» que los borceguíes, subraya el informe, aun reconociendo que difería la disposición de los clavos. François Soubirous añadía que «la forma de los borceguíes era mayor que la de las huellas».

¿Le dejarán libre? No, porque la investigación que se hizo en su casa halló un tablón. ¿De dónde procedía? François Soubirous se turbó. Aquel trozo de madera llevaba mucho tiempo abandonado contra un muro en la calle de Petits Fossés, y él lo había cogido con su haz de leña al volver de Bartrès. En lugar de la harina, se tenía por fin el «robo», pues la miseria del antiguo molinero resultaba sospechosa. Fue encarcelado, mientras que el tablón «se depositó en el ayuntamiento» para devolvérselo a su eventual «propietario». Nadie se presentó, y con razón. El tronco tendrá un empleo al año siguiente: sujetará el letrero que prohibirá el acceso a la gruta a partir de junio de 1858.

En su prisión François soñaba con los suyos, hundidos en la ignominia y más castigados que él por el hambre, ya que les faltaba su jornal.

El 4 de abril el procurador puso fin a su detención preventiva por «razones de humanidad», según los términos del informe. La investigación terminó por sobreseimiento; pero la reputación de los Soubirous había caído hasta lo más bajo. Además de estar tuerto y de que sus negocios van mal, a François se le trata de gandul e incapaz. «Bebe», le acusan del lado de los Castérot; «es ella la que bebe», dice el clan de los Soubirous. Todo ello sin gran fundamento, pero la debilidad y subalimentación hace que a veces prefieran un vaso de vino a un alimento más «normal» para animarse en la tarea. En la región todo el mundo compartía entonces la idea corriente de que el vino «da fuerzas» (LHA 1, pp. 77-80).

Y he ahí a François hundido en la categoría de los ladrones.

Sólo dos cosas sostuvieron su orgullo: ante todo Louise, valiente y sin reproche. Permanecieron unidos en la desgracia como lo habían estado en la felicidad. Jamás «hubo palabras» entre ellos, reconocen los miembros de la familia, que sin embargo intentaron soliviantar al uno contra el otro.

Y hay algo también que los reúne por encima de ellos mismos. Cada tarde, a través del suelo del primer piso, el primo Sajous oye las voces de los Soubirous que «gritan» la oración de la noche en francés; un lenguaje que Bernardita no comprendía. Pero a través de unas palabras oscuras ella alcanza una presencia. La ha recibido como algo natural. Y para ella es un sostén por los campos de Bartrès...

Bartrès, 1857

Vemos que sube a casa de su nodriza en septiembre de 1857. Por razones muy prosaicas. El problema es siempre el mismo: la boca de más que hay que alimentar. Pese al placer de estar todos juntos, una boca menos supone un poco más para cada uno a la hora de repartir las pequeñas raciones, que cada uno querría ver convertirse en raciones «así de grandes»...

Desde marzo de 1858 la vida de Bernardita en Bartrès va a estar envuelta en la leyenda. En los periódicos correrán historias maravillosas en un tono admirativo o irónico: su rebaño había vadeado milagrosamente el torrente acrecentado por la tomenta. Y para asombro de todos las lluvias no la habían empapado. Bernardita desmintió tales leyendas, para decepción de sus admiradores.

Nada de idealizaciones ni un paraje encantador, cargado para ella de deberes austeros, ni tampoco el misticismo de la pastora.

Su condición ha inspirado mitologías no menos irreales para el amor de Dios, que las de Honoré de Urfé para el amor humano de los pastores del siglo xvii.

Para Bernardita, Bartrès no es el idilio campestre, el santo Trianón con que sueñan los turistas. Su alimentación es austera; la carne no hace su aparición más que dos veces al año: por Navidad y por san Juan. Mañana y tarde la comida es siempre esa pasta de maíz, que el estómago de Bernardita rechaza desde hace mucho tiempo. En su casa le compraban su parte de pan de trigo; pero en Bartrès eso es «un privilegio de viejos señores».

Y, además, Marie Lagües es ruda con su antigua niña de pecho. La quiere a su manera, pero no le ha perdonado jamás que hubiera mamado la leche de su niño muerto, su pequeño Jean. Después de aquello volvió a perder a su segundo Juanito, muerto a los dos años, el 1.° de marzo de 1850. Y el tercero, al que cuida Bernardita, se marchita. No pasará el otoño...

Bernardita no es sólo pastora y niñera; es la pequeña criada para hacerlo y limpiarlo todo. Es dócil y jamás hace ascos al trabajo. Lo que más le duele es que había ido allí con la promesa de, por fin, poder asistir al catecismo con el abate Ader, que lo explicaba en Bartrès. Pero las ovejas también comían los jueves, y el puesto de la pastora está con sus ovejas.

¿Qué fue para Bernardita esa vida de Bartrès, cuyas dulces colinas hacen soñar? Sin duda una larga soledad. Pero ella sabe remediarlo a veces invitando a una compañera, Jeanne-Marie Caudeban, que comparte su condición de niña-criada. Cuando está sola, juega con su perro Pigou y con sus corderos. Le gustan los «más pequeños»; es éste uno de los recuerdos que han sobrevivido en forma más clara en su memoria hasta el final de su vida.

Le gusta construir pequeños altares, al uso local, para el mes de María, con objeto de dar apoyo a su oración.

Pero el cordero preferido no comparte esa piedad. El animal, que Bernardita gusta de cargar a sus espaldas y de hacerle doblar las rodillas se divierte también destrozándole los «altarcillos». Bernardita no sabe cómo reñirle:

—Para castigarle le daba sal, de la que era muy goloso.

Bernardita gusta de ese universo amigo en el que hace reinar el orden y la paz. Esos pequeños incidentes constituyen su diversión en la soledad interminable.

Su padre sube a visitarla, como cuando era una niña de pecho.

Un día la encuentra toda apenada en su prado:

—Mira mis carneros, hay algunos que tienen el lomo verde. ¿Qué les pasará?

Las desgracias de aquellos días inducen a François al humor negro:

—La hierba que han comido se les ha subido al lomo. Se morirán.

Bernardita llora. Pero, ¿cómo consolarla? La marca verde es la marca del carnicero. Sí, sus carneros van a morir.

Por la tarde, en casa, la nodriza se empeña en enseñarle el catecismo. Quiere así calmar sus remordimientos por haber faltado a las promesas hechas. La pedagogía no está a la altura de sus intenciones. Repite las frases de forma imperativa, golpea con ellas como con un garrote.

—¡Repite, repite!