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Borja, Paula, Irene, Silvia, Maxi, Alberto, Felipe, Pedro... Un grupo de amigos que inician su último curso en un instituto de Vigo. En sus vidas hay ilusiones y libros, padres y profesores, mucho deporte y mucha marcha, victorias, desengaños y algunas movidas memorables. Unos muchachos, una historia, un paisaje, y los avatares de un amor que llega, como siempre, sin avisar. Una novela apasionada y apasionante, escrita en forma de diario, que culmina con un imprevisto desenlace.
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Seitenzahl: 244
Veröffentlichungsjahr: 2020
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A Pedro y Rosario,a Marcos y Carmelo, a Charo, Pedro y Ramón.
15 de septiembre, lunes
Vigo
La gaviota levantó el vuelo y acuchilló la madrugada con un chillido estridente. Había pasado la noche a bordo de una batea mecida por la mar tranquila de septiembre. Sin elevarse apenas, se dejó llevar por la brisa del sur hacia Moaña. Sobrevoló el muelle con su habitual ajetreo por la descarga de la pesca nocturna. Giró entonces contra el viento, aleteó con fuerza y ascendió hasta que pudo abarcar con su mirada todo el triángulo de la ría. Amanecía. Allá abajo iba cobrando forma y color un mundo todavía bucólico, agrupación confusa de casas, huertos, maizales y vides. Un mundo como un tapiz viviente, extendido por valles y riberas en miniatura. Nacía la luz por el estrecho de Rande y dibujaba los contornos de las montañas. Apenas se veían las islas Cíes, envueltas en la niebla del crepúsculo. Y en medio de esa acuarela marinera y rural, Vigo despertaba. El primer sol jugaba en los cristales de su amplia fachada sobre la ría. La gaviota voló hacia la ciudad, planeando a gran altura. Al pasar sobre el Club Náutico repitió su chillido desafinado. Bajo sus alas se extendía ya el centro urbano. Y, en el centro del centro, el Castro, pequeña elevación cubierta de arbolado y salpicada de chalés. Coronaba el montículo una vieja ciudadela, asentada sobre rocas enormes y circundada por muros dignos de una tribu de cíclopes. La gaviota refrenó su vuelo, flotó en el aire unos instantes y se dejó caer sobre la fortaleza. Desde la muralla, la ciudad rodaba suavemente hasta el mar.
16 de septiembre, martes
Diario
Adiós a la playa. Mañana empiezan las clases y ayer comencé este diario. Un acto deliberadamente cursi, lo reconozco. Pero no me queda otro remedio. Voy a ser escritor, y en alguna parte he leído que un profesional de la pluma tiene que acostumbrarse a soltar la muñeca todos los días. Calculo que dentro de pocos años seré periodista, aunque no tengo claro de qué ganadería: ¿columnista político, cronista deportivo, reportero de guerra, comentarista de arte? En cualquier caso, el mío será un periodismo escrito a dos bandas: artículos en prensa y un libro en los escaparates cada año, como Pérez-Reverte. Este diario será mi primer libro.
Me hace gracia la fama que tengo de escritor precoz. No es algo nuevo. De niño ganaba los concursos de cuentos navideños en el colegio. Después, en el insti, algunos de mis exámenes escritos se han leído en público para emulación del personal y pitorreo de mi pandilla. Y en casa he sido desde pequeño el encargado oficial de la relación epistolar con el resto de la familia:
–Borja, el sábado es el cumpleaños de tía Lupe –dice mi madre como de pasada.
–¿Y…?
–¿Cómo que y…? Pues que tenemos que felicitarla, guapo.
–¿Tenemos?
–Mira Borja, no empieces como siempre. Escribes una carta, y punto –concluye mi progenitora.
La costumbre es que yo escribo un folio por las dos caras, contando a tía Lupe las novedades de los últimos meses e interesándome por los primos. Junto a mi firma, mi madre y Nuria añaden sus «besos» y sus «felicidades», y descansan del esfuerzo agotador.
Los que piensan que escribir bien es poco menos que imposible están un poco equivocados, y los que se admiran de mi precocidad plumífera no se dan cuenta de que utilizo la pluma como Felipe maneja la raqueta o como Arturo domina el alemán. Podría poner un montón de ejemplos en los que mis colegas son auténticos maestros: desde la natación al piano, pasando por el dibujo, el ajedrez y la entrada a canasta. En todos los casos, el secreto está en los años de entrenamiento, en las horas de vuelo. Yo he dedicado desde pequeño gustosas horas diarias a leer y escribir, como Silvia las ha dedicado al piano y como Rol las pasa ensayando en clase caricaturas de la tribu.
Pero me estoy enrollando. Corto y lo dicho: estrenamos diario. Tapa dura y oscura, lomo de tela, aspecto severo, olor rancio y buen papel, con renglones bien separados. Comprado en la librería Cervantes. Todo listo para meter el mundo entre estos dos cartones, sin que se entere nadie. Porque, si esto trasciende, me llamarán de todo: marujón, caso perdido, romántico irrecuperable y cosas por el estilo. Como si no conociera mi casa y mi instituto. Por tanto, nadie se enterará. Al callar le llaman Borja.
Concluiré estas páginas cuando llegue el agobio de los finales. Después de selectividad retocaré todo y lo pasaré al ordenador. Y luego escogeré la editorial que más me pague, pues he oído que está de moda descubrir autores jóvenes. Y por hoy, es suficiente. El cuento de la lechera no da para más. Hemos llenado la página con la declaración de intenciones. Hemos cubierto la primera etapa. No hemos rodado mal.
17 de septiembre, miércoles
El insti
Hoy hemos vuelto al insti. Primer día de clase. ¡Menudo madrugón! Sólo de pensarlo se me disparan los bostezos. Salí de casa sin el montón de libros nuevos, pues no hay mochila que resista semejante lastre. Desde que los compré, no he querido ni abrirlos. Habrá tiempo de sobra para bucear en sus profundidades hasta quedarse sin oxígeno. Alberto me esperaba en el quiosco, como cualquier día desde hace tres o cuatro años, para demostrar una vez más que somos animales de costumbres. Y, sobre todo, para demostrar que sigue en pie nuestra vieja amistad. Ha pasado el verano en Alemania, en casa de su hermana mayor, y su habitual color moruno se ha disuelto en un tono paliducho bastante lamentable.
En el primer semáforo de Camelias, donde arranca la subida hacia el insti, otra vieja estampa: Irene y Silvia haciendo tiempo y parloteando alegremente, como si no supieran lo que es arrastrarse de sueño a estas horas intempestivas. Después de los saludos obligados, han tomado el uso y el abuso de la palabra, para variar, y se han empeñado en contarnos, entre risas, exclamaciones, aspavientos y frases atropelladas, el último ligue del verano, la última marca comprada en las rebajas de agosto, no sé qué de Brad Pitt y el último compacto del último grupo histérico-vocal. Todo ello en la jerga medio pija del vaya flash, supermolón, me da cosa, o sea, no sé cómo decirte, está buenísimo… Silvia –que lo está de verdad– nos asegura que su tostado es rural, de no sé qué pueblo castellano donde viven sus abuelos.
Por fortuna, la cuesta las ha cogido sin entrenamiento, las ha dejado sin fuelle y las ha obligado a callarse y resoplar. Se sube al viejo insti, antiguo caserón recostado a media ladera del Castro, por un camino de piedra, que serpea perfumado de rosales y mirtos, flanqueado por acacias y sauces tras las verjas de los chalés. Hacia el horizonte, la mirada se entretiene y descansa en el mar. Desde las aulas que miran al norte, ese mar hecho ría se divisa como una tentación irresistible a desertar, a huir con la imaginación de la pizarra inhóspita y entrar en el mundo encantado de allá abajo, donde el agua es peinada por todas las brisas y coloreada por todos los matices caprichosos de la luz. Parece que el Instituto Álvaro Cunqueiro ha sido pensado, más que para enseñar ciencias y humanidades, para invitar a soñar y dedicarse de lleno a la contemplación de la belleza.
18 de septiembre, jueves
Los nuevos
Ayer se nos fue la mañana entre saludos, risas, bromas, exclamaciones y un chismorreo sin fin. En unas horas embutimos tres meses de verano con sus playas, sus mochilas, sus aeropuertos y sus movidas varias. No hubo tiempo de fijarse en los nuevos. Me pareció que uno tenía granos y otra era una chica alta y callada. Hoy ha sido su presentación en público y su incorporación oficial a la tribu. Julio Pereira, bajito y muy moreno, ceremonioso y caballero, nos ha dado la bienvenida como director:
–No voy a hacer ningún discurso –dijo–. Sólo quiero saludaros y deciros que siento igual que vosotros el fin de las vacaciones y me alegro de volver a veros.
A continuación se dirigió a los nuevos, que fueron cogidos por sorpresa y tuvieron que soportar la mirada de todos.
–Tú eres Ramón Novoa, ¿verdad?
–¡Sí, señor!
El interpelado respondió con voz fuerte y cortada, como si el insti fuera una academia militar. Al Juli le hizo gracia. Carraspeó y se dirigió de nuevo a él:
–¿Quieres presentarte?
Entonces Ramón dijo que bueno, que se llamaba Moncho. Luego dijo «mmm…», abrió los brazos, se encogió de hombros y dijo que ya estaba.
–Muy bien –concluyó el dire.
Y paseó la mirada buscando la otra cara nueva sin encontrarla.
–¿Quién es Paula Mon…fá?
–Soy yo –oímos detrás de nosotros.
–¿Te importa presentarte? –dijo de nuevo el dire.
La tribu de Humanidades se giró para observar a una muchacha que decía «muchas gracias» con un acento raro. Luego observamos con estupor que la muchacha entendía la invitación de presentarse en sentido literal, se dirigía a la palestra, subía a la odiosa plataforma de rendir cuentas y nos decía «hola» como si nos conociera de toda la vida. Calzaba náuticos rojos, mal atados. Llevaba una blusa azul celeste con iniciales bordadas sobre el bolsillo. Los pantalones eran de loneta amarilla. Atado a la cintura colgaba un jersey desgastado, casi negro. Los ojos masculinos de la clase pasaron del asombro al hipnotismo cuando aquella aparición de Hollywood levantó los codos a la altura de la cabeza para recoger en coleta su pequeña melena. Realizó la operación mientras se mordía el labio inferior y sonreía al tendido, como si toda su vida no hubiera hecho otra cosa que ensayar esa faena. Su figura esbelta tenía, con los brazos en alto, una gracia insuperable. Pensé que aquello era exhibicionismo premeditado.
–¡Vaya tía! –masculló alguien a mi espalda.
–Ésta quiere lucirse –escupió Silvia a mi derecha.
–Me llamo Paula Monfá –dijo la nueva coleta–. He vivido hasta ahora en Barcelona, y estoy en Vigo por el trabajo de mi padre en unos astilleros.
Aunque a Silvia le escueza, está claro que Paula es de las que pueden lucirse si les apetece. Es alta, delgada y morena. Sus manos parecen finas y fuertes. Tiene unos ojos negros que bien podrían ser gitanos o gallegos, y me recuerdan a la sibila de Miguel Ángel en la carpeta preferida de Nuria. Su mirada tiene aire soñador y su boca parece hecha para enseñar unos dientes blanquísimos. El Juli, al ver su desenvoltura, le ha disparado cuatro preguntas muy de su estilo, de esas que sirven para catalogar al novato:
–¿Eres del Barça?
–Desde que nací.
–¿Conoces a Urdangarín?
–Tengo un autógrafo suyo.
–¿Sabes decir en catalán «esta chica es un poco chula»?
–Aquesta noia és Paula.
Respuesta que deja completamente descolocado al Juli y estupefacto al personal.
–¿Te gusta Galicia?
–Si toda es como Vigo, mucho.
Y estas palabras no disiparon el estupor, pero nos obligaron a sonreír.
19 de septiembre, viernes
Caprichos de Cupido
Anoche me dormí pensando en ella, y me temo que hoy sucederá lo mismo. Ese acento exótico, ese jersey a la cintura, esa sonrisa de primera página y esos dientes muy blancos que te dicen «me llamo Paula Monfá». Lo dijo mirándome, estoy seguro. Aunque Alberto, Felipe y Maxi juren que les miraba a ellos. Anoche me dormí pensando en ella y canturreando la canción que sonaba en la habitación de Nuria: «Súbeme a tu barco velero, ¿no ves que me muero por ser marinero?».
20 de septiembre, sábado
La tribu
Hemos estudiado que el hombre es un animal social, y me parece que eso se constata perfectamente en nuestro curso. Somos una tribu formada durante años y decantada en los dos clanes típicos: Ciencias y Humanidades. También estamos divididos en bastantes pandillas, más o menos unidas según asignaturas, deportes y otras afinidades. En las pandillas de chicos suele haber un líder, un gracioso, un gordo, un portavoz, un tímido, un empollón y un forofo irracional del Celta. Tampoco suele faltar el típico playboy con nueve meses de vacaciones y un verano colgado. Entre las chicas se dan estos mismos papeles y uno de propina: el marujeo profesional, a ser posible con teléfono móvil. En las pandillas mixtas, los papeles se reparten al azar, salvo en el campo de las mejores calificaciones, coto privado de las mujeres.
La tribu tiene su territorio: el pasillo izquierdo del piso superior del caserón. Se trata de un territorio con servicios propios, olores propios, pintadas propias, voces familiares y gran autonomía. Desde ahí arriba, la vista de la ría, sin el estorbo de los árboles de la finca, es un lujo constante. En este reducto, pocos extraños se aventuran a entrar: tan sólo los alumnos que tienen hermanos en la tribu o traen algún recado inexcusable. El territorio está defendido del exterior por los de Ciencias, que son los más cercanos al acceso siempre abierto de la escalera. Desde la barandilla del rellano vigilan cualquier movimiento sospechoso de las tribus jóvenes o de los profes, y dan la alarma cuando la presencia del enemigo se teme inevitable. La otra frontera es la puerta que cierra el pasillo derecho, un corredor flanqueado por despachos y una sala de juntas, donde se cuecen nuestros destinos cada trimestre. Por desgracia, la vigilancia sobre dicha puerta es poco eficaz, pues, cuando se abre, tienes al enemigo en casa antes de reaccionar. Por eso, Maxi, nuestro delegado, ha propuesto al consejo escolar la conveniencia de acristalarla.
Ya he dicho que los de Ciencias son nuestros guardianes, y su función es vital si queremos tener libertad y hacer de vez en cuando el cafre. También son los que curran, y siempre ha sido así. Porque los de Humanidades nos dedicamos principalmente a discutir y arreglar el mundo, y para eso tenemos a Maxi como delegado vitalicio de las dos secciones. Somos una tribu pegada al terruño, con un poético lugar de reunión al aire libre: el cerezo junto al portón trasero de la finca. Un ejemplar hermoso que da sus frutos justo cuando nos vamos de vacaciones en junio. El cerezo es punto de referencia conocido en todo el insti como «el fumadero». Los profesores también lo saben y hacen la vista gorda. Alguna vez, Ferrín ha entrado en esa zona franca, nos ha pedido un pito y se ha quedado charlando unos minutos. Un tío legal.
La gente del insti, como cualquier comunidad humana o animal, tiene sus propias señas de identidad. En concreto, los del Cunqueiro nos enfundamos y exhibimos con frecuencia las camisetas que diseñan las sucesivas generaciones del último curso para su tradicional viaje de estudios. Esas camisetas tienen, como elemento común, el anagrama oficioso del insti: el torreón vigués entre las letras «INSTITUTO» (arriba) «ÁLVARO CUNQUEIRO» (abajo). Bien sencillo. Y se puede poner en cualquier sitio: por delante, a la espalda, centrado o ladeado. Lo diseñó hace años Quique Cebreiro, el que ahora expone sus cuadros en Caixa Vigo. Al margen del anagrama, son camisetas de diseño libre –más o menos chulo, más o menos hortera–, y en ellas se aprecia la creatividad de la moda gallega en versión escolar.
Pero el elemento del vestuario que más identifica a las tribus del Cunqueiro es una gorra negra con las iniciales IAC en blanco sobre la frente. Si las camisetas pasan, la gorra permanece. Fue idea de cierta promoción que necesitaba pasta desesperadamente. Se cuenta que las vendieron como churros a quinientas pelas. Todo el mundo las quería lucir. Se compraban para amigos y familiares, para regalar en cualquier compromiso. Hubo que encargar varias remesas. Y con el pelotazo inesperado, aquellos afortunados vivieron una semana en Mallorca como sátrapas. Hoy, después de varios años, la implantación de la gorra es total, y de su comercialización se encargan las sucesivas promociones salientes, que no aspiran a otra cosa que a vivir literalmente de gorra durante su viaje de estudios.
21 de septiembre, domingo
Básquet
En el Cunqueiro está de moda el básquet. Lo malo es que también está de moda en salesianos, maristas y Montecastelo. Y, como no nos sobra espíritu olímpico, pensamos que lo importante es ganar, y en eso estamos todos de acuerdo. Por tanto, llevamos muy mal esta mala racha de varios años. Son muchas derrotas sobre nuestras espaldas de veteranos. Formamos un equipo júnior que nació allá por los borrosos catorce o quince años, cuando Alberto levantó el banderín de enganche una mañana cualquiera, después del típico partido en el recreo:
–¿Por qué no hacemos un equipo y jugamos en la liga escolar?
Buena idea. A Mouriño, profesor de educación física, también le gustó. Nos tomó los datos correspondientes, rellenó las fichas, nos inscribió y contrató como entrenador a Pancho, un antiguo alumno del insti.
Con los primeros partidos empezó la mala racha.
–Lo que pasa es que no tenemos negros en el equipo, y eso se paga.
Lo dijo Maxi después de una derrota abultada, no recuerdo ya dónde, y todos dimos por bueno el diagnóstico y nos sentimos menos culpables. Tan sólo pasamos por alto dos pequeños detalles: esto no era Estados Unidos, y los otros equipos, los que nos machacaban sin piedad, tampoco tenían jugadores de color. Pancho, con más ojo clínico que Maxi –para eso le pagan–, opinaba que nos faltaba un poco más de técnica, otro poco de altura, mejorar la defensa, afinar el tiro y, sobre todo, encestar mucho más. Era una enmienda a la totalidad, de la que sólo se salvaba la rapidez, porque el pívot que esto escribe ya estaba haciendo méritos para ser fichado por el Celta para su equipo de atletismo, y porque Maxi es un alero sumamente rápido e inteligente. Debo decir, en honor a la verdad, que más de un partido reñido lo ganaron pívot y alero al contraataque en el último minuto.
No todo son carencias, claro. Es sabido que nos sobra moral. Y también somos la envidia de los rivales por tener entre el público un ejército de chicas aguerridas que nos jalean hasta el delirio. «No sé lo que les dais, pero son las más fanáticas que he visto nunca», comentó una vez el entrenador de salesianos. Y el buen fraile es de la quinta de Lolo Sainz, por lo menos.
22 de septiembre, lunes
La caza
Dicen que los hombres prehistóricos cortejaban a sus hembras por las bravas. Vamos, que las conquistaban literalmente. Y el caso es que a mí me gustaría tener algo de primitivo…, no sé…, un ramalazo irresistible, un arranque imparable como esos contraataques en tromba que sorprenden al equipo rival y son canasta segura. Pero, con Paula, el miedo a fracasar me atenaza, me hace esquivar su mirada y evitar su conversación, aparentar que no existe para mí, no vaya a sospechar que me gusta. ¡Muy raro es esto del amor!
La caza metafórica de Paula me ha venido a la cabeza por asociación con la batida real de esta mañana. La tribu tiene sus propios cazaderos y practica la caza por deporte, no por necesidad de supervivencia. Desde tiempos inmemoriales hay en el Cunqueiro una nutrida y célebre colonia de conejos. No están matriculados, pero les pertenece el territorio con más derecho que a los humanos: ellos son los auténticos nativos. En verano, la colonia crece y retoza sin sobresaltos, disfrutando de unas vacaciones tan merecidas como las nuestras. Merecidas, entre otras razones, porque, de octubre a junio, la población de orejas sufre el acoso sin tregua de los cazadores de la tribu.
La temporada de caza suele comenzar una semana después de inaugurarse el curso, en cuanto la tribu es capaz de organizar la acción coordinada que exige una cacería. En esos primeros días, el personal anda bastante asilvestrado, con nostalgia del verano y ganas de sensaciones fuertes. A muchos parece que todavía les pica la arena de la playa. Año tras año, las consecuencias de toda esa efervescencia mal reprimida la pagan los amigos de la zanahoria.
El primer día de curso, los conejos se retiran amablemente a sus madrigueras y ceden a la tribu el dominio completo del territorio. El segundo día asoman los bigotes a ver qué pasa. Como no pasa nada, el tercer día se arman de valor y se sientan al borde mismo de sus agujeros, con más miedo que vergüenza. El más inocente sonido humano –una ventana que se abre o una moto que llega– basta para que se precipiten bajo tierra y permanezcan sumergidos el resto de la jornada. El cuarto día descubren que las motos y las ventanas no son peligrosas. También aprenden que los humanos tienen territorios propios –los campos de deporte– y son inofensivos detrás de los cristales de las aulas. Sólo durante el descanso de media mañana salimos en tromba y ocupamos ruidosamente la finca, pero tenemos el detalle de avisar con sirena. En una semana, los conejos tienen tomada la medida a la tribu y campan entre los setos del Cunqueiro como Pedro por su casa, dando al instituto una nota bucólica de estampa naïf.
Justo entonces comienza la ofensiva. Es lunes. El fin de semana ha sido una larga tregua para los conejos, y a las nueve ya están merodeando entre los setos de la fachada trasera del Cunqueiro, en la parte alta de la finca. Se trata de una franja de tierra suavemente inclinada, con el ancho de una cancha de básquet, entre el edificio y el talud de granito que delimita el territorio. Esta vez hay dos. Desde las aulas se les ve confiados. Husmean y mordisquean aquí y allá. Se saben protegidos por la sirena, que a las once tocará para nosotros descanso y para ellos retirada. Pero hoy, la sirena no va a sonar. Una mano anónima ha cortado el cable y la ha dejado muda. A primera hora, Maxi, el de la mano anónima, ha explicado a los más correosos de la tribu que estén listos para avisar de palabra al profesor correspondiente de que es la hora del descanso.
–Luego salís cagando leches, para llegar antes que nadie al patio.
El plan se ha cumplido con precisión. Dos minutos antes que el resto del Cunqueiro se percatara del extraño silencio de la sirena, nuestra tribu ya estaba organizada para la batida.
–Humanidades, por la derecha –ha ordenado Maxi–. Resto del mundo, por la izquierda.
No hay tiempo que perder, pues, si la plebe comienza a salir, los conejos se esfumarán. Para cogerlos desprevenidos, el factor sorpresa es fundamental. «¡Vamos!», ha gritado Maxi. Y creo que todos hemos sentido en nuestro interior la llamada ancestral de la selva, aunque a nadie se le ha ocurrido reconocer semejante idiotez.
La batida tiene sus reglas. La primera es que la aproximación a la presa ha de ser silenciosa, avanzando a ser posible de forma elástica y fluida, sin codazos ni tropezones. La segunda es que el ala izquierda y el ala derecha deben llegar a la trasera del insti al mismo tiempo, parar en seco en la respectiva esquina y asomar las narices con extremada precaución. Todo lo que se diga de la susceptibilidad de los conejos es poco. Sólo entonces, cuando los dos grupos de narices se divisan mutuamente, podemos salir en tromba gritando como salvajes. Ante semejante apocalipsis, si el conejo no muere de infarto, debe tirarse de cabeza a su agujero. Y si el agujero está lejos, tendrá que sacar el máximo partido a su proverbial regate en corto.
Hoy, la sincronización de nuestra primera jornada de caza ha sido perfecta. Una pena el resbalón de Yago, con costalazo sobre charco arcilloso. Tampoco Diego tenía previsto el esguince de tobillo por quiebro inverosímil de coneja. El propio Maxi ha dejado un zapato en el barro nada más iniciar la ofensiva, y yo mismo he sufrido la degradación a la categoría de inútil por tener a una presa acorralada y dejarla escapar entre las piernas. De camino al cerezo, pitorreo entre las chicas y mosqueo entre los cazadores. Puedes explicar que los conejos del Cunqueiro están muy resabiados, pero pierdes el tiempo.
23 de septiembre, martes
Maxi
Más alto, más delgado, más chulo y mucho más que cualquiera: Maxi. Coleta al viento y vestuario diseñado por algún enemigo. Antes de terminar el curso, mucho antes, tendrá en su currículum un doctorado en mus y un máster en billares. Es uno de mis mejores amigos. Negociador nato, quizá por ser el pequeño de un montón de hermanos y haber aprendido a sobrevivir bajo la ley del más fuerte. Tiene la mandíbula y el mentón de los reyes que pinta Velázquez. Casi toda su personalidad se concentra en los ojos, en una mirada victoriosa y enérgica, que le otorga cierto liderazgo. Maxi es un tipo fino en dos sentidos fundamentales. En sentido físico, por su delgadez fibrosa y bien musculada, idónea para correr, saltar, cambiar de ritmo, regatear y resistir. En sentido existencial, Maxi es un especialista en vivir alegremente en fuera de juego, muy a su aire.
Otras debilidades de Maxi son las movidas y las tías. En cuanto a las segundas, a su manera las adora y las sublima. Se refiere a ellas de una manera peculiar, con los títulos más dudosos y contradictorios: petarda, cotilla, maruja, chorva, guapa, mona, listilla, tontaina, nena, reina, pitufa, cacatúa, tronca, lagarta…
Maxi, justiciero y diplomático, salta en defensa de los intereses de la tribu sin pensarlo dos veces. Si un profe se pasa de duro con las notas, o le gusta vacilar más de la cuenta, o pregunta lo que no ha explicado, o confunde el insti con un cuartel, Maxi dicta una sentencia invariable: «A ese capullo habría que decirle dos cosas». Y, como no suele hablar por hablar, suelta al culpable lo que le tenga que soltar, en privado y bajo secreto de sumario. Lo más curioso de todo es que el susodicho o la susodicha suelen cambiar de actitud, demostrando que son personas más razonables de lo que suponíamos. Esa capacidad innata de reivindicación y negociación ha hecho que Maxi sea reelegido cada año, por nuestro curso, delegado en el Consejo Escolar.
Aunque fuma bastante, Maxi goza de una excelente forma física. Tiene un bote poderoso bajo el aro y una arrancada explosiva. Y como resulta que yo, cuando juego de pívot, tengo que demostrar que por algo soy atleta del Celta, formamos una pareja peligrosa al contraataque. No se nos da mal cortar pases o hacernos con un rebote y salir como flechas, pasándonos el balón de banda a banda hasta el aro contrario.
Maxi se ríe de su sombra si es preciso, pero antes se ríe del vecino. Se toma la vida bastante a broma y le gusta vacilar a todas horas. Una vez jugamos contra un equipo de básquet de Moaña. Eran tipos duros, que hablaban gallego fluido. Jugaron limpio y perdimos merecidamente. Mientras íbamos hacia los vestuarios, Maxi los felicitó y quiso hacerse una foto con ellos. Pancho sacó la cámara que lleva a todas partes, enfocó y les puso a decir «pa-ta-ta». Entonces Maxi, un segundo antes del clic, se encasquetó en la cabeza algo negro que llevaba en la mano –la boina de Alberto– y puso cara de palurdo con estrabismo. Pancho disparó y los de Moaña tardaron dos segundos en reaccionar y llamar cabrón, hijo de tal a Maxi. Demasiado tarde. Ya estaba saliendo del polideportivo y arrancando la moto preparada junto a la puerta.
24 de septiembre, miércoles
Alberto
El moreno de Alberto es de un fino color caramelo café con leche, también en pleno invierno. Eso, de entrada, son puntos a favor entre el gremio femenino. Su corpulencia, sin ser excesiva, le hace andar pesadamente sobre sus zapatones y ser lento en la cancha de básquet. Cuida bastante la imagen. El pelo negro le cae casi hasta el hombro, suelto y bien lavado. Prefiere los pantalones de pana en tonos claros, y los combina con jerseys de lana oscura y cuello alto con cremallera. En primavera suele adornarse una oreja con un discreto aro y, cuando llueve, se coloca una boina con caída más vasca que gallega. Entonces le llamamos Cheguevara, y no le gusta demasiado. La sonrisa fácil, de oreja a oreja, es su mejor tarjeta de visita. Es la sonrisa propia del que mira el mundo un poco desde arriba, del que saborea la vida y lo tiene todo bajo control. Por eso hay gente que no le traga, aunque esos mismos darían cualquier cosa por su amistad.
Alberto es, con diferencia, el más listo de la clase, y lo sabe. Pero no se lo tiene muy creído. Aunque le gusta la polémica y hacer entrar al trapo a medio mundo, su buena pasta le impide pasar al ataque personal. Tampoco suele imponer sus opiniones y se apresura a pedir disculpas cuando piensa que ha herido a alguien. Todos los días, también en vacaciones, alimenta su memoria con raciones generosas de vocabulario inglés. En una libretilla de bolsillo apunta las palabras nuevas y las repasa en cualquier lugar y con cualquier pretexto: entre clase y clase, en algún trayecto de autobús, sentado en el servicio o metido en la cama. Desde pequeño ha pasado los veranos en Estados Unidos, y su sueño es estudiar Filología inglesa y trabajar en alguna universidad norteamericana.
Nos conocemos desde que el llanto y el pataleo nos unió el primer día en la guardería. Tiempos heroicos marcados por costras permanentes en las rodillas y la afición a tirar de la coleta a las niñas. De eso no nos acordamos, pero nuestras madres lo sacan a relucir cada vez que nos ven juntos. En el Cunqueiro, nuestra amistad se ha consolidado. Aunque nos consideramos independientes, para los demás somos uña y carne. Hasta el punto de que nos asocian inconscientemente para muchas cosas. A menudo se oye: «De esto pueden encargarse Borja y Alberto» o «Pregúntales a Borja y Alberto». Y, si Alberto falta a clase: «Borja, ¿qué le pasa a Alberto?». Como si fuéramos hermanos.
Ya he dicho que su cabeza se mueve a un nivel muy superior al del resto de la tribu. Precisamente por eso, Alberto necesita que alguien le escuche. Si no, le condenas a que le dé al tarro en solitario, y eso es muy agobiante. Claro que él no te va a decir: «Necesito que me escuches; por favor, hazme caso». En cambio, puede preguntarte si te apetece correr esta tarde por Samil, y viene a ser lo mismo. Es una buena idea, porque la arena fortalece mucho las piernas, y eso nos viene bien a los dos. Así que hemos cogido las motos y salido a las siete, la mejor hora para entrenar, con el sol ya muy bajo encendiendo la ría.
25 de septiembre, jueves
Como un cerdo
–Me ha dicho mi padre que tengo que leer como un cerdo.
