Visitar todos los cielos - Vicente Aleixandre - E-Book

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Vicente Aleixandre

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Vicente Aleixandre (1898-1984) mantuvo, desde los años veinte y hasta poco antes de su muerte, una intensa y extensa amistad epistolar con el pintor Gregorio Prieto (1897-1992). El poeta del 27 que logró el Premio Nobel de Literatura y el pintor que mejor supo retratar a esa generación literaria mantuvieron una estrecha relación a lo largo de los años, siempre dispuestos a convertir la alegría de vivir en una de sus principales motivaciones. En 1981, Prieto, quien ya había escrito algunos ensayos sobre García Lorca o Cernuda, planteó a Aleixandre la posibilidad de dedicarle un libro, un proyecto que fue bien acogido por el autor de Espadas como labios, pero que no llegó a prosperar. El conjunto de cartas escritas por Aleixandre a Prieto permanecieron en el estudio del artista y solamente unas pocas vieron la luz en alguno de los trabajos del pintor, quedando la mayoría inéditas hasta la publicación del presente volumen. Este diálogo incompleto, en el que faltan las cartas que Prieto envió a su amigo poeta —quizá perdidas para siempre—, nos aproxima no solo a la intimidad y el alma de Aleixandre, sino también a la fragua creativa del escritor; nos habla del nacimiento de algunos de sus poemarios y de un tiempo de confraternidad donde encontramos referencias a compañeros de aquel grupo poético como Lorca, Alberti, Altolaguirre o Prados. Y, por encima de todo, se despliega en estas misivas una reivindicación del arte, la belleza, la celebración de la vida, junto a un lirismo que, en muchas ocasiones, hermana lo humano con lo divino.

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Seitenzahl: 177

Veröffentlichungsjahr: 2021

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VISITAR TODOS LOS CIELOS

Vicente Aleixandre

VISITAR TODOS LOS CIELOS

CARTAS A GREGORIO PRIETO(1924-1981)

Edición e introducción de

Víctor Fernández

CUADERNOS DE OBRA FUNDAMENTAL

Responsable literario: Javier Expósito Lorenzo

Diseño: Armero Ediciones

Cuidado de la edición: Antonia Castaño

© Herederos de Vicente Aleixandre, 2020

© De esta edición: Fundación Banco Santander, 2020

© De la introducción: Víctor Fernández, 2020

ISBN: 978-84-17264-17-8

Reservados todos los derechos. De conformidad con lo dispuesto en el artículo 534-bis del Código Penal vigente, podrán ser castigados con penas de multa y privación de libertad quienes reprodujeren o plagiaren, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica fijada en cualquier tipo de soporte sin la preceptiva autorización.

Índice
Víctor Fernández
«SALIR A LA VIDA»
SOBRE ESTA EDICIÓN
Vicente Aleixandre. VISITAR TODOS LOS CIELOS
CARTAS A GREGORIO PRIETO (1924-1981)
CARTAS NO FECHADAS
ANEXO: POEMAS DE VICENTE ALEIXANDRE EN EL ARCHIVO GREGORIO PRIETO
NOTAS

Víctor Fernández

«SALIR A LA VIDA»

Un pintor y un poeta. Y entre ellos, el diálogo que se crea en estas cartas guardadas durante años y con celo por el primero. A falta de unas memorias, este epistolario nos ilumina sobre ambas biografías, la de Gregorio Prieto (1897-1992) y la de Vicente Aleixandre (1898-1984), a lo largo de un recorrido que arranca en el Madrid de los años veinte, cuando eran dos jóvenes creadores aún desconocidos, pasando por la etapa en que devienen actores principales de la Generación del 27, hasta los inicios de los años ochenta, es decir, cerca ya de la muerte del poeta.

Estas misivas son fácilmente comparables a las que nacen de otros casos de amistad entre un pintor y un poeta. En este sentido, es factible ver un paralelismo con las ya conocidas que se intercambiaron Federico García Lorca y Salvador Dalí, cartas que muy probablemente el propio Aleixandre conoció gracias al autor granadino, de quien fue buen amigo y confidente. La intención es la misma: si Lorca pone en juego lo mejor de sí mismo para acceder a quien fue figura principal del surrealismo, Aleixandre también da lo mejor de sí para llegar a Prieto. Pero no adelantemos acontecimientos y empecemos por el principio.

Ese inicio se remonta a 1905. Es en ese año cuando la familia Prieto deja Valdepeñas (Ciudad Real) para trasladarse a Madrid. El carpintero Ildefonso Prieto abre un taller de ebanistería en la capital pensando que en la gran ciudad, la urbe por antonomasia, tendrá más posibilidades que en tierras castellanas. Con él y su esposa viaja también su hijo Gregorio, nacido unos años antes, en 1897. Al niño Gregorio Prieto le fascina el mundo de la pintura, pese al rechazo paterno a que se dedique a las artes plásticas. Tras pasar por la Escuela Industrial de Ingeniería, Prieto intenta trabajar en diversos oficios, pero sin suerte. A él lo que le interesa es el arte, especialmente la posibilidad de ponerse frente al caballete y poder plasmar su particular universo. Así que, pese a la oposición paterna, se examina en la Real Academia de San Fernando para estudiar la carrera de pintor y obtiene plaza en 1915. Logra entonces convencer a su padre y es en Bellas Artes donde conocerá a sus maestros, nombres que marcarán su carácter creativo, entre ellos, Julio Romero de Torres y Ramón María del Valle-Inclán, además de tener como compañeros de aula a Rosa Chacel, Timoteo Pérez Rubio y Joaquín Valverde, entre otros.

No será hasta cuatro años más tarde cuando Prieto exponga por primera vez. Lo hace en uno de los lugares icónicos del mundo literario madrileño, el Ateneo, punto de encuentro de letras y pintura, donde Valle-Inclán tiene una tertulia y es fácil encontrase con Azaña o Baroja. A Prieto se le abre entonces un mundo soñado que determinará para siempre su personalidad artística convirtiéndolo en un pintor literario, un artista que no duda en poner su talento al servicio de las letras cuando se le necesita. Pero el pintor no solamente está del lado de aquellos nombres que representan una tradición literaria, como es la de la Generación del 98, sino que su curiosidad lo lleva también a ser un visitante habitual de lo que Juan Ramón Jiménez bautizó como la Colina de los Chopos. Es allí, en la Residencia de Estudiantes, donde entabla relación con quienes renovarán —si es que no lo están haciendo ya en ese mismo momento— el arte español. Así, el artista que llegó de Valdepeñas pasa a ser íntimo de Rafael Alberti, Federico García Lorca, Emilio Prados, Concha Méndez, Juan Chabás y, especialmente, de Vicente Aleixandre, a quien conoce en abril de 1924.

Aleixandre es en esa fecha un aspirante a poeta. Había nacido en Sevilla en 1898, aunque dos años más tarde su familia se muda a Málaga, donde Vicente estudia sus primeras letras y conocerá a Emilio Prados, uno de sus decisivos amigos. La familia no permanece mucho tiempo en Andalucía y en 1909 los vemos residiendo en Madrid. En la capital, Aleixandre se matricula en 1914 en la Facultad de Derecho de la Universidad Central y en la Escuela de Estudios Mercantiles. No es todavía un escritor, pero hay en él una vocación que quiere despertar y está a la espera del impulso definitivo. Este lo recibirá de un muchacho apasionado por los clásicos y de nombre Dámaso Alonso. Los dos han coincidido durante el veraneo en Las Navas del Marqués, en Ávila, y Dámaso guiará los pasos de Vicente hacia la lectura de Rubén Darío al prestarle una antología del gran autor nicaragüense.

El que será el único Premio Nobel de la Generación del 27 es también un hombre que siente la necesidad tanto de amar como de ser amado. El contenido de su corazón incluso se filtrará en buena parte de su producción literaria, hasta el punto de que su yo poético se funde con su propio yo. Es también, por otro lado, un hombre enfermo, cuyos episodios de frágil salud no lo abandonan, como vemos reflejado también en este epistolario.

¿Conocemos lo suficiente de Aleixandre como para construir su retrato? Emilio Calderón lo intentó hace unos años con una biografía que puede erigirse como el punto de arranque de cualquier trabajo sobre el poeta. En Vicente Aleixandre. La memoria de un hombre está en sus besos, que obtuvo en 2016 el Premio Stella Maris de Biografías y Memorias, Calderón logró dibujar el perfil del escritor con los materiales de que dispuso. No estaban todos. Hay en cualquier investigación sobre este autor la laguna que se deriva de no poder ahondar en sus papeles personales y literarios, hoy por desgracia en manos privadas e inaccesibles para los estudiosos.

No pasa afortunadamente lo mismo con el Archivo Gregorio Prieto. El pintor fue lo suficiente escrupuloso a lo largo de su vida como para preservarlo todo, de ahí el fondo que actualmente se conserva en el archivo de su fundación, ubicado en Madrid. El copioso intercambio epistolar que Prieto mantuvo con escritores, artistas, iconos culturales, periodistas o políticos arroja unos diecisiete mil documentos que se han podido digitalizar desde el mes de noviembre de 2015. Las cifras hablan por sí solas: más de medio centenar de cartas de Luis Cernuda, ochenta y ocho de Vicente Aleixandre, casi sesenta de Rafael Alberti, una decena de cartas, postales y dibujos de Federico García Lorca... Porque Gregorio Prieto se escribió con todos, desde Manuel Altolaguirre a John Lennon, pasando por Valle-Inclán, Manuel Chaves Nogales, la familia de Winston Churchill, la duquesa de Alba o Carmen Maura. El suyo es un archivo que, además de ayudarnos a recuperar la figura del artista, nos permite conocer algo mejor la historia cultural reciente de nuestro país.

Uno de los grandes pilares del archivo está relacionado con Vicente Aleixandre, con quien Gregorio Prieto mantuvo una gran amistad que, pese a algún altibajo en los años sesenta, duró hasta la muerte del poeta. Aleixandre vio en Prieto al amigo fiel, al confidente, tal y como se percibe en unas cartas en las que le pone al corriente de sus pasos literarios, ya sea el anuncio de la finalización de un poema, la entrega a imprenta de Espadas como labios o las visitas a uno de los maestros del grupo, Juan Ramón Jiménez.

Tiene el lector, por tanto, en este libro un diálogo incompleto al no poder disponer más que de las misivas de Aleixandre, aunque el contexto y el contenido de las mismas nos puede ayudar a imaginar cómo fueran las que Prieto escribió al poeta.

Dentro del corpus epistolar de Aleixandre nos hallamos aquí ante un caso único. Entre las cartas que han visto la luz hasta ahora, especialmente las dirigidas a Miguel Hernández y a su esposa, Josefina Manresa, o a José Antonio Muñoz Rojas, Max Aub y Ricardo Molina, no encontramos la intensidad que se aprecia en las destinadas a Prieto. Hay un motivo: Aleixandre tiene en el pintor al cómplice necesario, al lector inicial de su poesía. Algunas epístolas contienen, por ejemplo, determinados poemas que buscan en el amigo a ese primer lector, al confidente de esos versos en los que se adivina al gran poeta. Es el caso de «Reloj», que Aleixandre le anuncia a Prieto en una carta de diciembre de 1927 y del que reproduzco a continuación la primera parte:

RELOJ

1

La una

La una. Se pretenden

presagios de campanas

libres. Pero ya están

—haz de filos, de lanzas—

apretadas de tarde

las flechas, solidarias.

Una venda de tiempo

transparente las ata.

No se siente ni ruido

ni pasaje. Luz cálida.

De la ceñida forma

y peso se desgaja

una espiga. La una

se escucha fresca, clara,

universal. Un ángulo

de sombra abre su pausa.

Además de la poesía, de compartir con el amigo pintor los avatares de su escritura, Aleixandre llena estas cartas de alusiones a los temas más diversos: confidencias sobre primeros amores; alusiones a lecturas; consejos; recuerdos de amigos, conocidos y saludados, desde Lorca a Juan Ramón; comentarios sobre reuniones con Mariano Orgaz o referidos a la boda de Manuel Altolaguirre; confesiones acerca del temor a las erratas en la edición de su obra. Pero hay, ante todo, una devoción por vivir y por reivindicar el arte, sobre todo un arte comprometido con su tiempo. Es un conjunto epistolar que podría recordarnos al que escribió otro poeta a otro artista: tanto Aleixandre como Prieto podrían fácilmente haber suscrito, el uno respecto al otro, esa «inteligente admiración» que a Rilke le suscitaba la obra de Auguste Rodin, e igualmente haber hecho suyas las palabras que el poeta le dirigía al escultor en 1901:

Es trágica la suerte de los jóvenes que presienten que les será imposible vivir si no logran ser poetas, pintores o escultores, y no encuentran el consejo verdadero, hundidos en el abismo del desaliento; buscando un maestro poderoso, no son palabras ni indicaciones lo que buscan, sino un ejemplo, un corazón ardiente, manos que sepan hacer grandeza. Es a usted a quien buscan.[1]

En esa misma búsqueda encontramos también a Vicente Aleixandre, quien el 16 de abril de 1929, inmerso en el que sería su libro Pasión de la Tierra (1935), le confiesa a su amigo, a su cómplice, lo que significa para él el hecho de enfrentarse a la página en blanco:

Yo lo escribo poseído por el demonio de la poesía, como un condenado. Siento la inspiración como un pez que me da coletazos entre las manos. Saldré de mi obra vaciándome, agotado, y ella quedará como expresión de mí en una época. Después escribiré versos otra vez, de otra manera que mi libro Ámbito. Soy un gran curioso también en la poesía y quiero visitar todos los cielos. Nada de la belleza me puede ser ajeno.

Con ese «visitar todos los cielos», el poeta le hace partícipe a su amigo pintor de un anhelo con el que hemos querido titular este epistolario. En 1932 encontramos otro ejemplo delicioso de estas confesiones literarias y vitales referido a ese mismo libro de prosa poética, para el que entonces Aleixandre barajaba el título de Espadas como labios:

El primero de mis libros, el de poemas en prosa, Espadas como labios, lo acaba de leer Gerardo Diego. Me ha escrito una carta única en que me dice es un libro «único, personal, magnífico; en una palabra: importantísimo (y lo subraya) para la poesía española». Yo oigo estas cosas, me alegro, pero en seguida pienso en las hermosuras que uno se encuentra por la calle y que uno puede amar. Al lado de esto, que es vivir, el arte me parece cosa secundaria. Aunque jamás he sentido yo mi poesía como arte, sino como sangre, como la alta sangre de mi alma.

Vemos así, en estas cartas, a Aleixandre, más allá de la experiencia de la poesía, ambicioso por disfrutar de la vida, feliz y cercano, como cuando escribe, exultante, el 11 de abril de 1930:

Tengo unos deseos enormes de vivir, chico, de salir a la vida. Siento bajo mis siete suelos un rumor vibrante que canta el amor, todo un terremoto de música, de naturaleza, que me hace estremecerme hasta la punta de mis cabellos. Me siento como la torcida, como la llama de una lumbre que me pasa el alma y la carne y me asoma a los ojos con un resplandor inextinguible. Soy yo mi fuego y mi exaltación y siento una apetencia del mundo y del amor que me haría abrazarlo hasta ser yo él, hasta enajenarme en su extravío.

¿Se perderá toda esta fuerza mía? ¿Se ha de salvar solo para mi arte, para encender mi lengua de poeta? ¡Ah, no, no lo quisiera! Quiero vivir; quiero vivir en vida, no en letra, ni siquiera en poesía. La poesía como la más ardiente corona de la vida. ¡Pero la vida, sí, la vida!

Al leer estos fragmentos es inevitable pensar, ya que hablamos de un pintor y un poeta, en la vitalidad que destila también esa otra relación de amistad de la que queda constancia epistolar y a la que antes nos referíamos, la de Dalí y Lorca. Valga como ejemplo esta nota de diciembre de 1927 enviada por el ampurdanés al granadino:

Estoy pintando unos cuadros que me hacen morir de alegría; estoy creando con una pura naturalidad, sin la más mínima preocupación artística; estoy hallando cosas que me dejan una profundísima emoción y procuro pintarlas honestamente, o sea, exactamente; en este sentido estoy llegando a una total comprensión de los sentidos. A veces me parece hallar de nuevo y con una intensidad imprevista las «ilusiones» y alegrías de mi infancia...; tengo un gran amor a las hierbas, a las espinas de las palmas de la mano, a las orejas rojas al contrasol y a las plumitas de las botellas; no solo me alegra todo eso, sino también las vides y los burros que pueblan el cielo.[2]

Vicente Aleixandre y Gregorio Prieto, sin saberlo, siguen esta misma estela, una de las más ricas en cuanto a epistolarios de gran calidad literaria que dan espacio a una celebración de la alegría de vivir. Y, en ese sentido, el presente epistolario viene a ser también la culminación de un proyecto largamente acariciado por el artista de Valdepeñas y que nunca pudo materializar. Prieto combinó la pintura con el arte del libro y fue el primero en dar a conocer los dibujos de Federico García Lorca, además de las misivas recibidas de este autor. Años después haría lo mismo respecto a su correspondencia con Luis Cernuda. ¿Y Vicente Aleixandre? Había una voluntad de publicar este material, que de manera fragmentaria, muy fragmentaria, recogió en una monografía dedicada a la Generación del 27. En el archivo del pintor se conserva alguna misiva en la que Aleixandre se muestra conocedor de la voluntad que habría sido expresada por Prieto de hacerlo protagonista de uno de sus libros. El proyecto no fue a más, pero no hay constancia de oposición alguna por parte del poeta. En la última de las cartas fechadas del poeta al pintor, del 2 de diciembre de 1981, se habla de esa propuesta que no prosperó:

Es una idea bonita la que me propones de escribir un libro sobre mí y mi poesía. Estoy seguro de que será una obra hecha con gran cariño y a mi satisfacción, y además de tu escritura misma llevará el sello de tu arte. Cuando tengas trazado el proyecto me gustará que nos veamos y me hables de él. Como considero importante disfrutar la obra cuando esté compuesta y terminada antes de entregarla al editor, por si hay que hacer alguna puntualización o tocar cualquier posible error. Por supuesto que cualquier texto mío de la índole que sea (poemas, cartas y cualquier clase de escritos) será, en cada caso concreto, de acuerdo conmigo para su publicación.

El libro resultará sugestivo y rico y estoy seguro de que yo seré el primero en felicitarte por él y en alegrarme de su éxito.

Vicente y Gregorio fueron amigos toda la vida, aunque sabemos que hubo un distanciamiento tras la Guerra Civil, muy probablemente a consecuencia de un malentendido provocado por el pintor. La amistad volvió a retomarse, aunque sin la intensidad de los años veinte. Pese a todo, Prieto no dudó en felicitar al poeta cuando se alzó con el Premio Nobel de Literatura de 1977. En 1964, el artista trataba de arreglar aquella situación con una extensa misiva de la que hay copia en su archivo:

Ayer recibí una carta emocionadísima de Rafael Alberti, que ahora vive en Roma, y no sé si es esta carta de Alberti, por sugestión, lo que me haga escribir a Aleixandre, perdona si esta no te llega en agrado. De toda aquella generación de poetas, solo quedan Aleixandre y Alberti, y no quisiera que el punto final fuera aquella desdichada y tonta tarde, que yo tengo olvidada, pero que si la recuerdo es solo para disculparla, puesto que para una telefonata mal avenida, fue lo que hizo obrar de esa manera, sin culpa por tu parte, me alegró mucho saber todo lo que se habló en aquella conversación telefónica, para dejarte libre de culpas, y esta liberación es la que me hace escribirte esta carta.

Todo volvía a su sitio, todo volvía a resurgir ya como final de una etapa. Muy atrás quedaban esas cartas en las que un ilusionado Aleixandre le reconocía la importancia del amor a Prieto, a ese Gregorito, como él lo llamaba, al que le pedía que fuera feliz, como cuando le confiesa el 7 de septiembre de 1931:

Amo a montones, esto es una catarata, me voy quedando en todos los ojos y a todo le hallo su núcleo, su yema esencial o meritoria que me lo hace deseable. Carnal o solo espiritualmente voy deseando a casi todo y a todo le encuentro hermosura o gracia o simplemente juventud, que me basta.

En el archivo de Prieto existe una cuartilla cuyos extremos superiores han desaparecido al ser rasgados con poco cuidado. Muy probablemente esto sea porque el pintor la tuvo enganchada en algún rincón de su estudio. No es difícil imaginar que leyó esa hoja muchas veces y que fue el alimento que necesitaba para algunos de sus cuadros. Es un breve poema que Vicente Aleixandre incluiría después en su libro Ámbito, de 1928, pero cuyo primer destinatario, junto a la carta del 9 de octubre de 1924 —la primera de este epistolario—, fue el artista, al que está dedicado: «A Gregorio Prieto, nuevo amigo». Prieto lo guardó con orgullo toda su vida, al igual que las cartas que siguieron llegando, preservadas como un tesoro, como una manera de mantener viva la llama de una de las amistades más importantes de su vida. En ese poema llega el eco de cuando fueron jóvenes ambiciosos, hambrientos de arte y acuciados por ese deseo de «salir a la vida»:

ADOLESCENCIA

Vinieras y te fueras dulcemente

de otro camino

a otro camino. Verte,

y ya otra vez no verte.

Pasar por un puente a otro puente.

—El pie breve,

la luz vencida alegre—.

Muchacho que sería yo mirando

aguas abajo la corriente,

y en el espejo tu pasaje

fluir, desvanecerse.

SOBRE ESTA EDICIÓN

El presente libro reúne una gran selección de cartas de Vicente Aleixandre a Gregorio Prieto, hoy guardadas —excepto una, la carta 24, identificada con su nota correspondiente— en el archivo madrileño de la fundación que lleva el nombre del pintor. Se han excluido breves notas sin interés literario y otras que el propio poeta pidió que fueran destruidas. El mismo Prieto acarició la idea de hacer una publicación bajo el título de «Cartas griegas de Vicente Aleixandre», un proyecto parecido a los que había realizado en torno a Federico García Lorca y Luis Cernuda, y del que habló con el propio poeta en 1981. No prosperó la idea, aunque algunas de las misivas aparecieron en Federico García Lorca y la Generación del 27 (Biblioteca Nueva, 1977). Como queda dicho en el prólogo, no se dispone del conjunto de cartas de Prieto a Aleixandre.