Vivir al estilo de Jesús - Jacques Leclerc du Sablon - E-Book

Vivir al estilo de Jesús E-Book

Jacques Leclerc du Sablon

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Beschreibung

Las palabras misión y misionero no tienen buena acogida en aquellos países donde se las recuerda unidas a episodios de conquista. Con la fuerza que da la experiencia misionera en Asia durante muchos años, el autor piensa que es labor importante de la Iglesia conseguir que los países de misión no vean a los misioneros como conquistadores. El libro contiene unas buenas pistas para comunicar el mensaje con una nueva sensibilidad muy atenta al contexto: el misionero tiene que ser portador de Cristo, pero no debe enarbolarlo como un estandarte; debe vivir de Cristo, pero sin pavonearse de ello; debe dar testimonio del amor sin darse importancia; hablar de Dios sin ensordecer al otro; amar a los que están lejos pidiendo discretamente su amor. Este libro es un regalo que acompaña la renovación de nuestras respuestas a la vocación misionera del Señor. Son unas páginas útiles para la formación espiritual de los trabajadores del Evangelio enviados en misión-diálogo: jóvenes católicos, ministros laicos, seminaristas, sacerdotes y para todos los que se consagran a la vida apostólica.

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Seitenzahl: 172

Veröffentlichungsjahr: 2019

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Jacques Leclerc du Sablon

Vivir al estilo de Jesús

Itinerario de una vida en misión

NARCEA, S.A. DE EDICIONES

Índice

INTRODUCCIÓN

Presentación

Mundosen desequilibrio

Desafiar el caos

Yo pertenezco a Cristo

¿Habéis dicho “misión”?

Me uní a una comunidad de apóstoles

Un viajero por la interioridad

Identidad y raíz en Cristo

Apóstolen la discreción

Aislado y encarnado

Enviado a lavarse los ojos

Del encuentro al diálogo

Apóstol, pastor y José

Completar lo inacabado de Dios

Apóstol de la Iglesia que no sabe

Apóstol del perdón

El pueblo estaba mirando

Las autoridades se burlaban de él

Se salve a sí mismo-sálvate a ti mismo-sálvanos a nosotros-acuérdate de mí-estarás conmigo

Ser tocadoy volverse

Acercarse...

Por detrás

Tocar

La orla

Volverse

Tan solo con que toque su manto quedaré sana

A la escucha de lo que dice la gente

La atención y el ver

Apóstol y sacerdoteen el mundo

Los mundos se desequilibran y la fe cristiana es extranjera

Apéndice

Otros libros del autor

Colección espiritualidad

Créditos

INTRODUCCIÓN

Con mucho gozo y honor introduzco este libro escrito por el padre Jacques Leclerc du Sablon. La archidiócesis de Manila es una privilegiada por tenerlo como hermano misionero y amigo.

El padre Jacques dice en este libro: “Las palabras misión y misionero son el latido del corazón de la Iglesia”. En medio de los rápidos cambios de nuestro mundo, cuando se desafía a la fe católica y se ve sometida a pruebas algunas veces violentas, ¿debería parar la misión de la Iglesia? No. Pero el uso de las palabras “misión y misionero” y su práctica necesitan una profunda renovación. Este es el mensaje que nos dejó el sínodo de obispos del año 2012 sobre la nueva evangelización.

La primera vez que me encontré con el padre Jacques acababa de regresar de China donde había estado más de veinte años. Desde allí marchó a Manila donde continúa sirviendo a la Iglesia de China.

En este libro se nos aparece como uno de “los apóstoles que se juntaron con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y lo que habían enseñado” (Mc 6,30), como una manera de información espiritual después de la misión. Lo que el padre Jacques comparte es un regalo útil que acompaña la renovación de nuestras respuestas a la vocación misionera del Señor. También puede servir como libro de texto para la formación espiritual de los trabajadores del Evangelio, de los jóvenes católicos, ministros laicos en el apostolado, seminaristas y sacerdotes, hombres y mujeres consagrados a la vida apostólica.

“Los cristianos misioneros no vienen como conquistadores,” dijo el papa Francisco en Corea del Sur en su visita en el año 2014, recomendando a los misioneros la necesidad de “ser conscientes de su identidad y estar enraizados profundamente en Cristo”. ¿Cómo adquirir este conocimiento? El padre Jacques después de regresar de la misión y reflexionar sobre ella, responde a esta pregunta: Viviendo al estilo de Jesús. Apuesto que podemos conseguirlo.

Mis felicitaciones al padre Jacques por el regalo de este libro y, especialmente, por su persona y su misión.

+ Luis Antonio G. cardenal Tagle

Arzobispo de Manila

Presentación

Nadie puede pensar en una vida espiritual de oración y misión sin estar fuertemente interesado en ella o sin conocer las realidades del mundo de hoy. Es necesario ver, hacer un análisis y examinar de forma renovada las bases fundamentales de la misión cristiana; es decir, juzgar. Por último se necesita alguien a quien enviar como misionero: actuar.

Ver, juzgar y actuar son los primeros capítulos de este libro y abren la puerta a la meditación en la vida y a la experiencia de la espiritualidad misionera.

Los siguientes son como las facetas de un diamante. Todo comienza con una llamada a la interioridad enraizada en Cristo a la que es preciso darle tiempo en la vida misionera y que solo madura en el silencio, la discreción y la soledad antes de cualquier proclamación explícita de la palabra y de la construcción de una comunidad de fe.

La espiritualidad misionera sigue un angosto camino que debe ser caminado y vivido como lo hizo Jesús. El mapa de esta espiritualidad y apostolado es el del Evangelio. En los capítulos siguientes se ofrece una meditación del Evangelio que ilumina el itinerario del espíritu misionero.

La experiencia misionera que presento en este libro es el testimonio vivido en Asia, especialmente en China. El último capítulo se hace eco de la observación hecha por el cardenal Tagle de Manila: en Asia, la fe cristiana sigue siendo extranjera. Invitamos, pues, a vivir como Jesús una vida misionera, así como también a renovar la teología misionera.

Mundosen desequilibrio

Desafiar el caos

Sor Sophie de Jésus, religiosa francesa residente en Manila, ha escrito un libro con ese título: Desafiar el caos1. El caos al que alude es el que sufren los jóvenes filipinos, víctimas y actores de la violencia extrema que caracteriza su vida en las calles, barrios y suburbios de chabolas así como en los medios rurales donde habitan los más desheredados y que, además, son los más vulnerables a las catástrofes de la naturaleza. El desafío consiste en darles la mano para que resurjan a la vida y salgan a flote tras años de cárcel, de sufrir e infligir violencia, de drogas, de vagabundeo y miseria. Su divisa para esta misión es buscar “la santidad en el caos”, la santidad donde nadie la espera encontrar.

A semejanza de Manila y de la vida de los jóvenes en sus calles, todo el mundo está hoy afectado por grandes desequilibrios: la economía y la política, los modos de vida, las estructuras sociales, las culturas y las identidades, las nacionalidades, las religiones y, claro está, también el cristianismo que estamos viviendo y la Iglesia católica.

Una manera muy común de representar las cosas es la imagen del muro.

“¡Vamos a dar contra el muro!”, solemos decir; contra el muro del fracaso y del desconcierto económico, el muro del crecimiento o el del decrecimiento, depende, el muro de las catástrofes ecológicas, el muro de los “comunitarismos”, los integrismos y los fundamentalismos religiosos, el muro de nosotros mismos cuando la esperanza deja de ser el motor de nuestra vida personal y colectiva.

Estos movimientos en desequilibrio vienen acompañados de exclusión, desesperación, chauvinismo, xenofobia y violencia contra el extranjero, el migrante, el que es distinto, o contra lo que lo representa. La guerra existe como consecuencia de varios de estos desequilibrios.

No obstante, ¿hay que mirar con mucha atención esas tensiones y esos muros? ¿No se trata de traqueteos, de tumbos que vamos dando en el camino hacia el mañana que hemos de superar o hacia los espacios abiertos que nos aguardan al otro lado de los muros?

Los desequilibrios no son alternativas binarias entre el bien y el mal, entre el sentido y el sinsentido, entre el orden y el desorden, entre el ayer y el mañana. No se hunden necesariamente en la nada, aun cuando la violencia es una de sus simas. ¿No son más bien una llamada a evitar dilemas, a desmontar fijaciones, como nos lo susurra al oído la sabiduría china? ¿Cómo desbloquear las fijaciones para dejar abiertas las diferencias y devolver a la vida su fluidez? ¿Podemos trabajar para que lo que se nos ha quedado fijado y está agotado o desecado se vuelva fluido? En términos cristianos podemos decir que hay que trabajar por la santidad en el mundo, incluso en sus múltiples caos.

Para nosotros, los creyentes, las zonas de exclusión, los desequilibrios y el caos son lugares de misión, sitios adonde se mandan emisarios que viven la misma experiencia creyente de Moisés cuando se apartó del antiguo camino para ir hacia la zarza que ardía sin consumirse, es decir, sin perder nada ni destruirse (cf. Ex 3).

Podemos quedarnos parados en los baches del camino o permanecer en las mismas rutas de ayer llenos de desolación porque no llevan a ninguna parte sino a dar contra el muro. Podemos quedarnos a este lado del muro antiguo y decir temblando que allá vamos... ¡a dar contra el muro! Pero también podemos pensar, actuar, luchar, votar, esperar, consumir, trabajar, educar, formar, comulgar, orar, vivir y amar intentando, en cualquier lugar en el que estemos, situarnos al otro lado del muro, mientras estamos construyendo ya lo que viene después del desequilibrio.

Esto se puede hacer de manera individual, mediante opciones y compromisos personales. También lo podemos hacer juntos, en familia, en amistad, en redes, en asociaciones, en grupos solidarios, en sindicatos, en comunidades... y también en Iglesia.

Cuando todo se cosifica, se bloquea, se opaca, se fija y se vuelve inerte, el Evangelio nos invita a desafiar el caos y habitar las zonas excluidas, a “nutrir la vida”, como dice la tradición china.

En los desequilibrios caóticos se pueden ver las lecturas emergentes de la historia. Este tiempo hay que recibirlo como un momento crítico y favorable; en él se forjan coherencias de pensamiento, proyectos de sociedad y de economía. Este tiempo es un paso de la marcha de la historia. Sabemos que la historia no tiene marcha atrás. El tiempo eleva lo que estaba demasiado bajo y baja lo que estaba demasiado alto. Este es el tiempo apropiado para cantar continuamente el Magníficat y las Bienaventuranzas, de pasar a otra cosa, al otro lado del muro.

Hay tres testigos de lo que puede ser la santidad en el caos que me ayudan a seguir manos a la obra en el desequilibrio de los mundos de hoy.

El primer testigo esboza las cualidades deseadas y requeridas para vivir los grandes desequilibrios y abrir caminos al otro lado de los muros. Hace 2.500 años, escribió:

Hay un camino para llegar a la autenticidad de la humanidad, con una verdad que contribuya a que otros avancen en ese camino.

Sin ser clarividente acerca del bien, no se puede alcanzar esa auténtica humanidad. La autenticidad que suscita una transformación del mundo y de sus seres es el hecho mismo del cielo.

El camino del hombre es ponerse a la tarea para hacer que tenga lugar esa autenticidad.

Estos hombres desarrollarán su saber.

Serán interrogadores exigentes.

Serán hombres de pensamiento atento.

Se ejercitarán en el discernimiento.

Se empeñarán en poner en práctica en su vida la opción que han hecho por el bien.

Lo que unos pueden hacer en un solo impulso, a otros les cuesta cien intentos.

Alguno lo consigue en diez intentos, otro en mil.

De hecho, el que emprende esta vía, aunque sea pobre de espíritu, ciertamente conocerá la luz; aunque sea débil, se volverá fuerte.

Estas líneas no son de san Benito, ni de santa Teresa de Ávila, ni siquiera de san Ignacio de Loyola. Se las debemos a la antiquísima sabiduría china2, y están escritas alrededor de cuatro siglos antes de nuestra era.

El segundo testimonio es el de un hombre y el de una mujer, que pagaron con su vida, con cinco años de diferencia, el haber desafiado el caos de su tiempo. Son Mahatma Gandhi y Etty Hillesum; ambos colocan alto para nosotros el listón de la misión que se nos confía:

Sed vosotros mismos el cambio que quisierais ver en el mundo.

Yo no creo que podamos corregir en el mundo exterior nada que no hayamos corregido antes en nosotros mismos.

El tercer testigo es el padre Christian de Chergé, monje trapense que en 1996 moría asesinado junto con otros seis monjes de la abadía de Tibhirine, en Argelia. El padre Christian decía que la misión de los que anuncian el Evangelio en medio del caos y los desequilibrios es como quien vive un embarazo, que va al encuentro de las expectativas del mundo:

Hemos venido [a Argelia] un poco como María, en primer lugar, para servir... pero también para traer una Buena Nueva. ¿Cómo nos las vamos a arreglar para darla?... Sabemos que estos a cuyo encuentro hemos venido aquí, son un poco como Isabel: portadores de un mensaje que viene de Dios. Nuestra Iglesia no nos dice y no sabe cuál es el vínculo exacto entre la Buena Nueva que traemos y ese mensaje que hace vivir al otro... Por último, si estamos atentos y situamos en ese nivel nuestro encuentro con el otro... probablemente nos dirá algo que coincida con lo que nosotros traemos, mostrando que está en connivencia... y permitiéndonos ampliar nuestra Eucaristía.

Estos tres testigos forman parte de esa multitud de quienes hacen resonar una llamada que es tan antigua y abigarrada como el mundo.

Sabiduría china, sabiduría de la India, sabiduría judía, sabiduría cristiana, sabidurías... Nada es sabiduría sino aquello de lo que alguien me ha dado testimonio. Sabiduría es eso de lo que yo he sido testigo, lo que he recibido y he hecho mío por elección y compromiso. Sabiduría es lo que yo reconozco como una llamada a vivir y que, al responder, comparto con los que hacen camino conmigo. En mí, esta sabiduría tiene un nombre: Jesucristo. “Para los llamados por Dios, ya sean judíos o griegos, ese Mesías, ese Cristo es poder de Dios y sabiduría de Dios” (cf. 1Cor 1,24).

Yo pertenezco a Cristo

A lo largo de los siglos, hasta nuestros días, se han oído llamadas como la de Gandhi. Yo, que trabajé como agrónomo procurando el desarrollo agrícola de países pobres, desafiando el caos del hambre y de la sequía, soy uno de ellos. A lo largo de los siglos hasta nuestros días, la huella que dejó Pablo, apóstol de Jesucristo, ha servido a muchos como señal. Y yo soy uno de ellos, como sacerdote católico3.

El mundo está en plena inestabilidad; se ha estrellado y está conmocionado. Las llamadas y las huellas del apóstol que la Iglesia ha querido mantener vivasdesde Jesucristo necesitan ser vivificadas de nuevo ante estos mundos nuestros. Así lo ha dicho el Sínodo sobre la nueva evangelización, en el año 2012.

Hemos de reconocer con humildad que la miseria y las debilidades de los discípulos de Jesús, especialmente de sus ministros, hacen mella en la credibilidad de la misión... Sabemos que hemos de reconocer humildemente nuestra debilidad ante las heridas de la historia y no dejamos de reconocer nuestros pecados personales. Estamos convencidos, además, de que la fuerza del Espíritu del Señor puede renovar a su Iglesia y hacerla de nuevo esplendorosa si nos dejamos transformar por Él…

Esta serena valentía sostiene también nuestra mirada sobre el mundo contemporáneo. No nos sentimos atemorizados por las condiciones del tiempo en que vivimos. Nuestro mundo está lleno de contradicciones y de desafíos, pero sigue siendo creación de Dios, y aunque herido por el mal, siempre es objeto de su amor y terreno suyo, en el que puede ser renovada la siembra de la Palabra para que vuelva a dar fruto. No hay lugar para el pesimismo en la mente y en el corazón de aquellos que saben que su Señor ha vencido la muerte y que su Espíritu actúa con fuerza en la historia4.

En estas páginas, estoy frente al teclado como un ayudante de alta costura con su aguja, como un ayudante del Sínodo.

1 Cf. Sor Sophie de Jésus, Défier le chaos, Presses de la Renaissance, París 2015.

2 中庸o‘Zhong Yong’, cap. 20, 17-21, ‘La régulation à usage ordinaire’ (La regulación de uso ordinario), según la traducción de François Julien. Texto del corpus de Confucio.

3 Sacerdote de la Misión de Francia. Véanse Apéndices 1, 2 y 3.

4 Sínodo sobre la nueva evangelización (2012). Mensaje final al pueblo de Dios, nos 5 y 6.

¿Habéis dicho “misión”?

La palabra misión nos parece confusa, demasiado cargada de una historia de conquista, de cruzada, de colonias y de imperios, con un peso excesivo de objetivos de carrera y de mercadeos.

Las palabras misión y misionero resuenan como una herida allí donde la misión fue una conquista.

La misión es para la Iglesia como el latido de su corazón. Hacer latir la Buena Nueva es como un chorro de sangre que da vida; las palabras misión y misioneros resuenan con mucha fuerza en el corazón de muchos cristianos en los cinco continentes. Hace algunas décadas, incluso algunos siglos, los misioneros llevaron el Evangelio a sus padres, a sus antepasados y de esa predicación viven ellos en nuestros días. Como asegura el papa Francisco1:

Estos cristianos no vienen como conquistadores, no vienen a quitarnos nuestra identidad: nos traen la suya, pero quieren caminar con nosotros.

Tiene razón, porque la Iglesia no acaba nunca de convertirse a lo que anuncia. Sus intenciones serán creíbles por el testimonio de las vidas de los misioneros; por su don y su escucha, por el respeto absoluto y por su fragilidad, modestia y discreción... Los misioneros son mujeres y hombres que viven “al estilo de Jesús”2 como una banda de apóstoles.

Yo, que llevo mucho tiempo viviendo en Asia, veo con claridad que había que renovar el vocabulario de la Iglesia, pero que eso no serviría de nada si la realidad que nombran las palabras misión y misionero no tuvieran también un nuevo enfoque, como se ha hecho en otros momentos de la vida de la Iglesia, desde el mismo san Pablo, cuando se ven sus dos opciones misioneras, la de Atenas y la del Corinto, la del logos de la sabiduría griega y la del logos de la cruz3.

En la actualidad, los pueblos, empezando por los emergentes y siguiendo por los menos poderosos, se han apropiado de los instrumentos necesarios para escribir su propia historia y comunicársela al mundo. De esta manera, llevan a cabo una liberación o un cambio de las dependencias históricas y culturales que estaban bajo los dominadores de ayer, por otros caminos e incluso por otras dependencias.

A este trabajo de historia y por eso mismo de identidad y de futuro se añaden los efectos de la secularización. Dicho en pocas palabras, se trata de un entorno conceptual nuevo, en el que se interpela fuertemente a la misión y a los misioneros, convertidos en rehenes en debates sociales, con frecuencia tensos y a veces hasta violentos, que están lejos de haber concluido.

Los obispos de Asia lo vieron claramente en su asamblea continental de 2013 en la que introdujeron otra palabra para la misión: diálogo. Esto ha cambiado la geografía de la misión, que pasa de ser una geografía de ultramar, intercontinental y con una fuerte polaridad rural a una geografía mundializada, relacionada con la sociedad, intercontinental y de fuerte polaridad urbana. En las ciudades-mundo de Asia se practica el diálogo en tres areópagos4: diálogo con los pobres, diálogo con las culturas y diálogo con las religiones.

Estas tres perspectivas indican un camino en el que es posible y probable que se señale con el dedo el riesgo de relativismo. La fe cristiana, especialmente tal y como la Iglesia católica la enseña y da testimonio de ella, podría dejarse diluir en este diálogo de plurales. Aunque el riesgo existe, es necesario correrlo. Conociendo este riesgo, es tarea que corresponde a cada obispo conducir a la Iglesia local a ser misionera, en diálogo. Pero el diálogo no es la forma relativista de la misión de la Iglesia en un mundo que cambia tan deprisa y que corre el riesgo de una globalización que se asemeja mucho al relativismo y que está fuera de cualquier diálogo.

Esta inestabilidad con la que se encuentra la Iglesia no es específica de Asia. Toda la Iglesia se encuentra inmersa en ella. Todavía no ha terminado de poner su obra en el telar, tanto en las viejas Iglesias como en las jóvenes, a sabiendas de que la aceleración del tiempo que percibimos reduce el tiempo joven. Los tiempos actuales informan a la Iglesia para que sepa renacer de su misión en un contexto tan nuevo. “La Iglesia ha nacido ‘en posición de salida’”, dice Francisco5.

Fuera de la Iglesia, las palabras misión y misionero no solo se cuestionan sino que son sospechosas y en ocasiones difamadas y combatidas, algunas veces hasta con violencia. Pero, dentro de la Iglesia también lo son, sobre todo en territorios o ambientes sociales y culturales donde el impacto de la secularización es más fuerte. Al mismo tiempo, otros siguen utilizándolas con generosidad y entusiasmo. Es importante que la Iglesia haga renacer lo que significan estas palabras en el lenguaje de hoy. La Iglesia debe situarse, con renovados esfuerzos, en posición de salida hacia el mundo tal como es, hasta en contextos caóticos. Para ello, quizá haya que dar un rodeo por medio de otras palabras que, esperémoslo así, conduzcan a menos sospecha y más claridad, a una mayor confianza en relación con la Iglesia. Llegará un tiempo en que se recuperarán las palabras fundadoras embellecidas por la confianza del mundo. Este rodeo es ya en un trabajo de reflexión, de estudios teológicos (misiológicos).