Vivir como los primeros cristianos - Pedro Poveda - E-Book

Vivir como los primeros cristianos E-Book

Pedro Poveda

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Dentro de la obra espiritual de san Pedro Poveda, "Vivir como los primeros cristianos" recoge uno de los aspectos fundamentales de su pensamiento: la vuelta a la vocación arrolladora de los hombres y mujeres de la primitiva Iglesia que fueron capaces de cambiar la historia con el testimonio de una fe vivida en la entraña del mundo hecha aliento, levadura y sal. Los pensamientos, entresacados de su amplia producción literaria, nos ofrecen, como en pinceladas, las características propias del cristiano que quiere ser un verdadero seguidor de Jesús y un atento servidor de los que le rodean. Fe, tolerancia, alegría, humildad, oración, audacia, seguimiento…, van apareciendo a través de las páginas de este libro con esa contundencia y el convencimiento tan característicos de su autor que mueven a tomar en serio a ejemplo de los primeros cristianos, la vida cotidiana.

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Seitenzahl: 55

Veröffentlichungsjahr: 2016

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Pedro Poveda

VIVIR COMO

LOS PRIMEROS

CRISTIANOS

NARCEA, S.A. DE EDICIONES

ÍNDICE

AL LECTOR

1. HOMBRES Y MUJERES DE FE

2. CRISTIANOS SIN FINGIMIENTO

3. LLENOS DEL ESPÍRITU DE JESÚS

4. HERMANOS DE TODOS

5. TOLERANTES Y ALEGRES

6. PACÍFICOS Y HUMILDES

7. DILIGENTES Y AUDACES PARA EL BIEN

8. PERSEVERANTES EN LA ORACIÓN Y EN LA FRACCIÓN DEL PAN

BIOGRAFÍA

AL LECTOR

“Seguidores del Camino”, fueron llamados en algún momento los primeros cristianos. Vivieron una vocación arrolladora pero el camino que hubieron de recorrer fue arriscado, nada fácil. Por dentro, porque seguían unas huellas atisbadas pero no vistas. Hacia fuera, porque resultaban provocadores sin proponérselo. Desestabilizaban. Eran incómodos por su modo de ser y de estar, misteriosamente libre y operante, transformador.

Cambiaron el rumbo de la Historia, lo dieron la vuelta, lo hicieron girar justamente en la dirección contraria en la que iba. Y como dice San Agustín y comenta Pedro Poveda, los despreciados, los perdedores, los vencidos, acabaron siendo los vencedores.

No sorprende que Poveda, otro extraño habitante de su propio mundo, encontrase en los cristianos de la primitiva Iglesia, la referencia obligada para el creyente del siglo XX. Cambiar el mundo desde dentro de cada uno –cambiarlo desde el ser de hombres y mujeres llenos del espíritu de Jesús- y cambiarlo por fuera, desde el estar atento, tenso, ante el fuste torcido de las cosas. Esta fue la utopía de Poveda. “Parece utópica nuestra empresa”, comentó admirado de su propia osadía.

Para él vivir la vida de los primeros cristianos era como una protesta –serena protesta–, ante el sin sentido de un cristianismo sin vibración interior, y sin onda expansiva. Escribe: “Vocación. Falta para todo lo noble y grande; porque no hay fe en nada, ni valor ni perseverancia. El egoísmo abunda mucho, y cuanto mayor es éste, más se deja sentir la falta de sacrificio, que es el oro con que se compra el bien de todos.”

Poveda hizo lo que pudo. Invitó a los pasivos, llamó a los “buenos”, removió a los insensibles, comprometió a los amigos, retó a los jóvenes, convocó a todos. Las respuestas heladas no le hicieron enmudecer. El “creí por eso hablé”, del Profeta fue su lema: Creyó en la potencialidad de un cristianismo vivido en la entraña del mundo, hecho aliento, levadura, sal, como el de los primeros cristianos. Creyó en la fuerza de la fraternidad, de la tolerancia, de la mansedumbre, de la humildad; en el peso leve de lo que reconforta, anima, y es alegre; que no sabe de violencia, de arrogancia, de poder, de espíritu avasallador.

Vivir como los primeros cristianos, transformarse para transformar, ¿una utopía? Pero ¿no es a la utopía a lo que tiende la conciencia profunda del hombre de hoy, dolida de carencias, de desencantos ante una Humanidad inmisericorde e injusta con la propia Humanidad?

Tú, amigo lector, sabrás dar respuesta adecuada a estos interrogantes.

Pedro Poveda (1874-1936), promovió un amplio movimiento de espiritualidad seglar, cuyo centro está hoy constituido por la Institución Teresiana, asociación de laicos por él fundada.

Dentro de la obra espiritual de Poveda, Vivir como los primeros cristianos, recoge uno de los aspectos fundamentales de su pensamiento: la idea de volver al cristianismo de los primeros tiempos, pegado al mensaje de la Encarnación –la asunción de lo humano en el Hijo de Dios- e inmerso en las realidades terrenas de las que formaba parte.

Los textos en que expresamente el autor trata de los primeros cristianos, salpican aquí y allá toda la literatura espiritual povedana, incluso en los días cercanos a su muerte. Pero la referencia de Poveda al espíritu de los cristianos de la primera Iglesia, constituye una categoría difusa que informa todo su pensamiento espiritual. Es lo que se pone de manifiesto en estas breves páginas.

Se inicia cada capítulo, con uno de los textos-referencia de Poveda a los primeros cristianos. Siguen sus comentarios a propósito del tema central del texto en cuestión. Son pensamientos seleccionados en sus escritos: la fe, la autenticidad de esa fe, la hermandad con todos los hombres, el talante amable y sosegado y el hacer diligente que distinguió a los cristianos de la primitiva Iglesia, a los seguidores del Camino, y que, para Poveda, tendrían que ser notas distintivas del cristiano de todos los tiempos.

Como siempre, se comprueba una vez más la coherencia interna de Pedro Poveda. Lo que dijo en un momento dado, lo vuelve a decir; y lo que vuelve a decir, matizado, afirmado o exigido con mayor rotundidad, remite a lo que dijo y guarda idéntico sentido. Una fidelidad a sí mismo que éste nuestro mundo del fragmento, siempre amenazado de incoherencia, quisiera para sí.

17 de abril 1995

D.G.M.

1. HOMBRES Y MUJERES DE FE

El secreto de la santidad de los primeros cristianos no ha de encontrarse en la diferencia de los tiempos.

Ni en la diversidad de los climas, ni en la distinción de las persecuciones, ni en mejor naturaleza, sino en la fe viva que engendraba la caridad y daba sus naturales frutos que son las virtudes.

Virtudes excelentes en medio de las costumbres paganas, y mantenidas con el heroísmo que solo en la fe tiene explicación.

Las mismas verdades que creían los apóstoles, los mártires y los primeros cristianos, creemos nosotros.

Y por desgracia, nuestra fe no ha merecido aún el premio que la de aquellos a quienes sanó Cristo y cuya fe alabó públicamente.

Que nuestra fe sea como la del centurión, como la de la cananea, como la del ciego de Jericó.

Y entonces escucharemos aquellas palabras que acompañaron a los prodigios: Oh mujer, grande es tu fe; hágase contigo como quieres (Mt 21,22).

El que tiene fe hace las cosas porque cree y deja de hacerlas porque cree también.

Da unidad a tu vida obrando de conformidad con tu fe y creencias.

Inconsecuencia que humilla es la del cristiano cuya vida no concuerda con sus creencias.

No hay fuerza comparable con la que da la fe para obrar.

Si conociendo lo que debéis hacer no lo practicáis, ¿cuál es vuestra fe?

Desde el principio del cristianismo la mujer se significó por su fe extraordinaria.

Al Salvador lo acompañan durante su vida; en el momento de la muerte están allí al lado de la Cruz con María mientras los apóstoles y discípulos se esconden.

Ellas corren presurosas al sepulcro; ellas anuncian la Resurrección, fundamento de nuestra fe.

Y ellas desde entonces y para siempre, ya con su sangre, ya con su sacrificio, son el sostenimiento de la naciente Iglesia.

En mi sentir falta la fe, porque no se medita seriamente sobre los asuntos, sino que todo se mira por encima y con somero estudio.