Volverán las palomas - Guadalupe Rodrigo - E-Book

Volverán las palomas E-Book

Guadalupe Rodrigo

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Beschreibung

Cuando tenía 23 años, Guadalupe Rodrigo fue destinada a Belén como parte de la misión apostólica que allí realizaba su comunidad de religiosas. Comenzó entonces una aventura que, catorce años más tarde, la llevaría a Siria, hasta entonces el país más pacífico de Medio Oriente. A los pocos meses estalló un ataque cruel por parte de extremistas islámicos, donde los cristianos fueron sus principales víctimas. Testigo y protagonista de la fe de tantos creyentes en Alepo ante la persecución y la muerte, la autora nos ofrece un relato cargado de historias, imágenes y reflexiones que nos asoman a una de las peores guerras de la historia.

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Seitenzahl: 309

Veröffentlichungsjahr: 2023

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GUADALUPE RODRIGO

VOLVERÁN LAS PALOMAS

Mi vida como misionera y los horrores de la guerra en Siria

EDICIONES RIALP

MADRID

© 2018 by Fundación Nazarenos ([email protected])

© 2023 by EDICIONES RIALP, S. A.

Manuel Uribe, 13-15, 28033 Madrid

(www.rialp.com)

Preimpresión: produccioneditorial.com

ISBN (edición impresa): 978-84-321-6502-3

ISBN (edición digital): 978-84-321-6503-0

ISBN (edición bajo demanda): 978-84-321-6504-7

No está permitida la reproducción total o parcial de este libro, ni su tratamiento informático, ni la transmisión de ninguna forma o por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico, por fotocopia, por registro u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito de los titulares del copyright. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita reproducir, fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

ÍNDICE

Prólogo

1. Partida y arribo

Cambio de rumbo

Desembarco en la tierra de Jesús

Testigos del conflicto

2. Egipto

Las variables del camino

Los santos de Oriente

Hambre de Dios

Sobreabunda la cosecha

Obras de misión

Un trabajo integral

3. Siria

La calma previa

La falsa Primavera Árabe

En primera persona

¿Hasta cuándo?

4. La guerra

Música de fondo

Explosión, dolor y muerte

La vida entre las balas

Sin tregua

La visita a casa

5. Los testigos

Vida de parroquia

Los jóvenes de Cristo

Ángeles de la guarda

Secuestrados por su fe

El Cielo no me lo quitan

Seguir adelante

Los niños de la guerra

Las sonrisas de Alepo

6. El testimonio

Contar la verdad

Las gracias de los mártires

Nazarenos

Cristianos de verdad

Epílogo

Apéndice

Agradecimientos

Navegación estructural

Cubierta

Portada

Créditos

Índice

Dedicatoria

Comenzar a leer

Agradecimientos

Notas

A mis padres, que con su vida

me enseñaron aquello por lo que se debe vivir.

Y a los mártires, que con su muerte

me mostraron aquello por lo que se debe morir.

PRÓLOGO

En un mundo donde reina una cierta confusión en todos los campos de la vida humana, viene una hermana joven y dinámica, de una congregación, para hablarnos de su convivencia en lugares donde muchos no quieren ir, y de los cuales se escuchan noticias tendenciosas y falsas.

Para llegar a este punto nos cuenta la historia que Dios tejió en su alma. Nos relata su vida al comienzo y cómo discute consigo misma su vocación. Su modo de hacerlo es sumamente llamativo: nos cuenta cómo determinó pertenecer a una congregación donde la llama el espíritu de pobreza, el trato directo con la gente, la sinceridad con las almas que sufren. La hermana Guadalupe “no se achica” frente a la vocación, que es primero contemplativa y luego apostólica. Discute las cosas consigo misma y logra al final decidirse: es el Espíritu quien la impulsó a tomar decisiones muy audaces y muy generosas al mismo tiempo.

La hermana viaja a Medio Oriente y se dedica con mucha seriedad y esfuerzo a estudiar el idioma árabe, herramienta absolutamente necesaria para trabajar apostólicamente en las zonas donde pocos desean o aceptan ir, consciente de que el idioma árabe —mi lengua madre— es sumamente delicado y difícil. Ella, sin embargo, llega a dominarlo porque su voluntad es la de servir a Cristo y a su Santa Iglesia, a las almas perseguidas en este rincón del mundo que sufre hace largo tiempo. Y ese amor la lleva a acumular años de experiencia pastoral en diversos países de la zona. Son emocionantes las cartas que intercambia con sus padres desde el principio: una jovencita de veintidós, o veintitrés años, que habla con sus padres como si tuviera una experiencia de siglos.

Finalmente nos relata su convivencia en Alepo, la ciudad que fue martirizada. Y su experiencia testimonial resulta extraordinaria, inigualable: eso es lo que hizo que de tantísimos lugares del mundo la requieran para que dé a conocer esa realidad que fue suya. Así llegó hasta las Naciones Unidas, lo que es un logro extraordinario para una monja joven. Porque llegó a esa instancia para explicar la situación como alguien que la vivió (no que escuchó, o leyó, o imaginó) en carne propia y asimiló la suerte tan delicada de esos cristianos perseguidos.

Y luego está el surgimiento de los Nazarenos, cristianos de otros puntos de la tierra que, afianzados en su fe por el testimonio de los mártires, dicen: los acompañamos y estamos con ustedes. El mismo destino que pueden sufrir, también nosotros lo asumimos. Es la suma caridad, como dijo Jesús: «No hay amor más grande que dar su vida por aquellos que uno ama».

Este libro que tienes en tus manos es riquísimo: te llega en cada página, te descubre un montón de cosas hermosas.

Admiro el criterio de la hermana Guadalupe cuando buscaba una congregación y se dio cuenta de que la Familia Religiosa del Verbo Encarnado tenía como característica muy especial la alegría, espíritu por el cual se sintió cautivada. Hoy día es una cualidad humana extraordinaria y absolutamente necesaria: sembrar alegría alrededor de uno mismo, vivirla para sí y para los demás, pues Dios no quiere santos tristes, sino alegres, para hacer el trabajo con mucho gozo y contagiar a los demás de la misma alegría que viene en definitiva de Dios mismo.

Y creo que esta congregación bendita está obrando en dos campos, dos caminos sumamente preciosos: la vida contemplativa —que había abrazado un tiempo la hermana Guadalupe— y la vida apostólica —que ella está llevando a cabo de modo maravilloso—. La congregación del Verbo Encarnado tiene una visión globalista de la dimensión humana de la persona: cuando un familiar necesita de su presencia, de su cuidado, la congregación favorece que el religioso o religiosa vuelva a un puesto cercano a su ciudad o país natal, para poder atenderlos. Es por eso que la hermana está aquí en Argentina y no en su amada Siria. Solo la caridad podía separarla físicamente de los cristianos perseguidos.

Alguien en Siria ha dicho de la hermana: «Eres nuestra embajadora». Yo creo que es una muy buena expresión, que hasta resulta insuficiente: ni cien embajadores serían capaces de hacer lo que ella hace.

A ti que lees este libro te pido: no te guardes esta riqueza para ti solo. Dalo a conocer a otras personas, que les hará también bien a ellas. ¡Y reza una oración por los cristianos que están siendo perseguidos y martirizados!

Monseñor Ibrahim Salameh1

1. PARTIDA Y ARRIBO

Su madre dijo a los sirvientes:

—Hagan lo que Él les diga.

Jn 2, 1

«¿Qué voy a hacer en veinte minutos?». Era lo único que podía pensar mientras caminaba entre los olivos, en el jardín del monasterio. Si era por argumentos humanos, tenía montones para decir que no, porque aquella era mi vida y estaba contenta; mi presente era teóricamente lo que había querido y lo que me parecía que Dios pedía de mí. Por un lado, creía que no estaba preparada o capacitada para una cosa tan difícil. Estudiar otra lengua, adaptarme a otra cultura… no sé si podría, había pensado siempre en relación con las misiones en lugares remotos. Quizás si fuera algún destino por aquí cerca… El año anterior habíamos comenzado las misiones en China, Rusia y Medio Oriente. Me parecían destinos lejanos y espectaculares, pero no eran para mí. No tenía fuerza para una cosa así. Por otro lado, aceptar este ofrecimiento implicaba renunciar —al menos temporalmente— a mi vocación contemplativa (la congregación cuenta con una rama contemplativa además de la rama misionera, y yo pertenecía a ella). Existía la posibilidad de que más adelante se abriera allí un monasterio, pero era algo aún muy remoto e incierto. Y aun cuando la misión nunca había dejado de entusiasmarme, me parecía que mi vocación era dedicarme a la vida de oración.

Si me ponía a pensar en todas estas razones, debía responder que no al ofrecimiento que la superiora provincial me hizo aquella mañana: viajar a la misión que nuestra congregación había comenzado en Belén. Me pedían irme «por un tiempito para ayudar a reforzar la comunidad de allá». Yo ya había terminado mis estudios y no querían mandar a hermanas que todavía estuvieran cursando.

«Tengo que ir a hacer unas cosas. En veinte minutos vuelvo y me respondés; y si querés ir, te llevo a la ciudad para hablar con tu familia por teléfono», me había dicho la madre después de haberme explicado la propuesta con su típica vivacidad (en aquel tiempo no había celulares, y nuestros conventos no tenían teléfono fijo). ¿Veinte minutos? Fui a la capilla y luego salí a caminar, intentando pensar, aunque en vano. Mis cálculos humanos daban un resultado claro, y era quedarme (siempre digo que como humanos medimos hasta donde nos llega la nariz). Mis veinte minutos se marchaban rápido y opté por dejar de lado esos pensamientos. Entonces esperé a que volviera la superiora y le pedí que me llevara al locutorio a llamar a mis padres.

Mi nombre de bautismo es en realidad Ximena. Mi abuelo era español y mi padre eligió ese nombre en referencia a la esposa del Cid Campeador. Me crie en la ciudad de Villa Mercedes, provincia de San Luis, Argentina, junto a mis cuatro hermanos, todos menores que yo (Rafael, Guadalupe, Rocío y Ramiro), y mis padres (David Rodrigo y Adriana Mare), que me educaron en la fe desde el bautismo. Crecimos respirando la fe tan naturalmente como el aire. Tuve una infancia muy feliz y divertida. A los cinco hermanos se sumaban los inseparables primos, y entonces gozábamos de las alegrías de una familia numerosa. Teníamos vida parroquial activa, íbamos a misa diaria cuando podíamos y asistíamos a un colegio estatal. Llevábamos una vida totalmente normal; yo era muy sociable y me gustaba salir con mis amigos. Pasamos también épocas difíciles, casi sin notarlo, porque mis padres todo lo vivían con optimismo, serenamente confiados en Dios.

Cuando finalicé mis estudios secundarios ingresé a la universidad, en la carrera de Contador Público Nacional, ya que me gustaban mucho las matemáticas. Desde el principio me fue muy bien en mis estudios, conseguí unas horas de trabajo y me hice muchas amistades. Parecía que todo iba perfecto.

Sin embargo, me fui dando cuenta de que a pesar de que todo iba bien en el estudio, en mi casa, en la vida parroquial… sentía un vacío en el alma que no lograba llenar con nada. No sabía qué era lo que me faltaba o lo que estaba buscando; ni siquiera sabía que estaba buscando algo. Me voy a casar con un buen hombre y tendré muchos hijos, pensaba. Pero lo cierto es que me parecía poco: sentía que tenía el corazón demasiado grande y necesitaba abarcar más. Recuerdo que me iba a dormir y pensaba, con la cabeza en la almohada: ¿Esto es todo? ¿Esto va a ser todo? Por supuesto, nunca se me había cruzado por la cabeza la idea de ser monja.

No recuerdo que en Villa Mercedes hubiera religiosas. No conocía a ninguna y por lo tanto no tenía un referente. De hecho, pensaba que lo impresionante era la vida del sacerdote. Si hubiera nacido varón, ¡seguramente me hacía cura! Poder celebrar la misa, los sacramentos, el apostolado… Pero, ¿las monjas? ¡¿Para qué están las monjas?! Y pensaba todas esas cosas que mucha gente piensa sobre ellas. ¿Quéle habrá pasado? Pobrecita… ¿La dejó el novio? ¿No pudo casarse y se le pasaban los años…? ¡¿Era tan fea?! Creía que terminar en un convento era una cuestión de descarte. ¿Habrá algo más inútil que una monja…?

Entonces, mi director espiritual, el padre Daniel Julián, me invitó a un ejercicio espiritual ignaciano. Al principio no quería aceptar la invitación, convencida de que en ese tipo de retiros espirituales hacían “lavado de cerebro” para que todas terminaran en el convento. Finalmente, tanto me insistió que acepté la propuesta y fui, aunque algo reticente, con la condición de que si se hablaba de eso yo me retiraba. La realidad es que en ningún momento del ejercicio espiritual se habló de la vocación religiosa.

Pero sucedió que Dios tocó mi corazón, como solo Él sabe hacerlo, y comprendí clarísimamente que me llamaba a consagrarme a Él por completo. Y fue como si el rompecabezas se terminara de armar. Descubrí eso que buscaba sin saber que lo buscaba. Recuerdo vivamente ese instante en el que fui plenamente feliz. Un “instante” que nunca ha terminado.

Salí del ejercicio espiritual con la felicidad entre mis manos, aun cuando esta decisión cambiaba diametral mente el rumbo de mis sueños. Pero esto no significaba que esa “vida de monja” que yo calificaba de inútil y aburrida me pareciese ahora apasionante. La vida religiosa seguía siendo para mí un gran misterio y no podía imaginármela. Por eso tomé la decisión de arrojarme ciegamente a aquello que, entendí, era el amor de mi alma. Fue como tirarme por un precipicio. No sabía qué me esperaba allá abajo, y tampoco me interesaba saberlo. Me bastaba saber que Dios me empujaba y me atraía irresistiblemente a hacerlo.

Creo que es un engaño querer descubrir nuestro camino siguiendo el solo curso de nuestros gustos y sentimientos, presuponiendo que coinciden con la voluntad de Dios. Porque Él no siempre nos pide cosas lindas y agradables; a veces nos llama a contrariar nuestro gusto. Y lo más grandioso de esto es que, como Él sabe mejor que nosotros lo que nos conviene, haciendo su voluntad nos aseguramos la felicidad, cosa que no pueden garantizarnos nuestros sentimientos.

Por eso puedo decir que como esta llamada no significaba para mí algo sensiblemente agradable, no fue fácil tomar la determinación de entrar al convento. Y pasados unos meses, cuando se acercaba el momento de “concretar el sí”, empecé a regatear la entrega… Dejar mi familia, mis amigos, mi carrera, ¡mi coche! Y se amontonaron en mi cabeza toda clase de miedos y dudas. Llegué a pensar que quizás me había entusiasmado de más, y que tal vez podría casarme y llevar además una vida de mucho apostolado para compensar las ansias que sentía. Quizá en el ejercicio espiritual recé demasiado… y por eso terminé pensando que lo mío era el convento. Hay mil maneras de hacer el bien y trabajar para la gloria de Dios sin llegar a algo tan radical… Es que el demonio conoce el bien que hace una sola alma consagrada y cuántos llegarán al Cielo por su medio, y por eso saca toda su artillería en esos últimos momentos en que se juega su destino.

En el intento de excusarme conmigo misma, pensaba: Voy a hablar con mis padres, y cuando les diga que quiero seguir la vocación religiosa, seguramente me dirán que no. Entonces le diré a Dios: «Quería seguirte Señor, ¿pero qué puedo hacer? No me dejan». Para mi sorpresa, el resultado fue el opuesto: cuando se lo comuniqué, ambos se pusieron felices con aquella “bendición de Dios”. Entonces decidí dejar de escapar y hacer la voluntad de Dios, aunque no fuera el camino más fácil, convencida de que la plenitud de la vida personal solo se encuentra en el camino trazado por Él.

Visité muchos conventos y congregaciones religiosas. Al conocer la del Verbo Encarnado quedé impactada por la pobreza y, al mismo tiempo, por la alegría que allí veía. Y entendí que ese era mi lugar. No quería recuperar en el convento lo que ya había entregado. Si lo dejo todo, ¡lo dejo todo!

Y fue así como en 1992 entré, con dieciocho años, al instituto Servidoras del Señor y de la Virgen de Matará, rama femenina de la Familia Religiosa del Verbo Encarnado, fundada en Argentina por el padre Carlos Buela. Él fundó la rama masculina, de los sacerdotes y hermanos, en San Rafael, provincia de Mendoza, en el año 1984. En 1988 fundó la rama de las religiosas. Fundó también las correspondientes ramas contemplativas dedicadas a la oración, y la tercera orden laical. En pocos años la congregación se extendió rápidamente por los cinco continentes, con misiones en grandes ciudades, así como en lugares inhóspitos y difíciles, alimentada por el carisma de llevar el Evangelio a todas las manifestaciones humanas, y con el ímpetu del mismo fundador para ir a aquellos lugares a donde nadie quiere ir.

Recibí el santo hábito y con él mi nuevo nombre: María de Guadalupe, simbolizando la nueva misión y la separación del mundo2, pero causando graciosos malentendidos en mi familia, que desde entonces tendría dos “Guadalupes”. En mi casa teníamos gran devoción por la Emperatriz de América, razón por la que una de mis hermanas se llamaba así. Desde que ingresé al convento supe interiormente que ese sería mi nombre. Y como si fuera una confirmación, el padre Julián, cuando fue a visitarme uno de esos primeros días al convento, me dijo: «Ya he pensado cuál puede ser tu nombre: María de Guadalupe». Aun cuando sabía que en el convento de las profesas había otra hermana que ya había tomado ese nombre —y que no los repetimos—, tenía el pleno convencimiento de que me llamaría así. Y sucedió que apenas unos días antes de la ceremonia de imposición del hábito, esa hermana decidió dejar la vida religiosa. Hice el pedido entonces de tomar el nombre, pero la superiora no lo vio conveniente, porque su salida del instituto era aún muy reciente.

Sin embargo, llegó el día de la emocionante ceremonia y cuando llegó mi turno la superiora dijo: «Ximena, para morir al mundo y consagrarte a Dios, te llamarás de ahora en más María de Guadalupe». No puedo explicar la felicidad de aquel momento.

Cambio de rumbo

Después del noviciado y de un año en el juniorado entré al monasterio de clausura, rama contemplativa del instituto, donde fui realmente muy feliz. En 1995 comenzaron las fundaciones en Rusia, China y Medio Oriente. Ese año enviaron el primer grupo de tres hermanas a Belén. Cuando la superiora provincial me ofreció viajar allí, su voz representó para mí la voz de Dios, y vi muy claro que Él me estaba pidiendo que fuera. Tenía 23 años en ese entonces.

La congregación le da un papel importante a la familia en la vida vocacional de las hermanas, y por eso debía consultar con mis padres antes de emprender el viaje. Partí al locutorio ese día, después de haber aceptado la invitación, a comunicarme con ellos por teléfono. Hacía dos años y medio que no volvía a casa (desde que había ingresado al monasterio de clausura), aunque ellos sí habían venido a visitarme varias veces. «Me ofrecen irme a Tierra Santa de misionera, y estaría dispuesta a ir… no sé ustedes qué opinan». Del otro lado del teléfono se escuchó lo que se escucharía de allí en más en cada uno de mis anuncios: el apoyo incondicional de mis padres. Desde el comienzo, tanto ellos como mis hermanos estuvieron de acuerdo con mi decisión y mi misión en Medio Oriente, y lo cierto es que de algún modo han estado siempre de misioneros conmigo, con el corazón allá.

Me fui entonces una semana a despedirme de mi familia, que vivía en el campo, en las afueras de Villa Mercedes. Siempre habíamos vivido en la ciudad, y soñábamos con tener la casa en el campo, donde solíamos ir con mis abuelos. Con mucho sacrificio, mis padres habían podido construir la casa allí cuando yo ya había ingresado a la congregación, y esos días fui a quedarme en la casa nueva, recién estrenada. Recuerdo que fueron días de mucha paz; mis cuatro hermanos, padres, tíos y abuelos se mostraron comprensivos y me apoyaron mucho en mi proyecto. A mí me alcanzaba con que ellos estuvieran contentos para partir tranquila, porque no todo el mundo entiende este tipo de decisiones.

En ese tiempo jamás tomé la misión en Belén como algo temporal. Sabía que, si me iba, era para quedarme, aunque siempre pensando en la opción de que se abriera un monasterio allí. Miro para atrás y reconozco que aquel desapego inicial, sin saber adónde iba, fue mucho más fácil. Cuando uno se va por primera vez, no sabe lo que va a pasar, lo que significa la distancia, la soledad, lo que implica una cultura diferente. Uno no sabe y no conoce, y todo es más romántico. Lo cierto es que se vuelve más duro después. A los dos años de irme, cuando volví de vacaciones por un mes y tuve que regresar otra vez, se hizo mucho más difícil la partida. Pero aquella primera vez me fui muy contenta. Después de Villa Mercedes estuve en Buenos Aires unos días haciendo el pasaporte y otros trámites. Tenía una felicidad inmensa.

La hermana María del Cielo —Valeria, de nombre de bautismo— nació en Río Cuarto, provincia de Córdoba, y a los quince años se trasladó con su familia a Villa Mercedes. En sus últimos años de secundaria comenzó a acudir a la parroquia a la que yo pertenecía, Nuestra Señora de la Merced. Yo llevaba mucho tiempo formando parte de esa comunidad: era la encargada del coro y participaba en varios de los grupos parroquiales. Debo admitir que su llegada me desconcertó un poco porque teníamos estilos muy diferentes, y lo cierto es que no tuvimos afinidad desde el comienzo: veníamos de dos ambientes distintos y ella tenía ideas propias, muy diferentes a las mías.

Era el tiempo en que yo había decidido mi vocación religiosa, pero no lo había compartido aún con nadie más que con mi director espiritual.

Un día se me acercó Valeria y me dijo: «¿Sabés que voy a ser religiosa? Voy a entrar en la congregación del Verbo Encarnado». «Me voy a otra congregación —fue lo primero que le dije al padre Daniel— no nos llevamos para nada bien». Pero él me convenció de que no me preocupara por eso, que no era importante. Finalmente —y sin planearlo— partimos ambas el mismo día para San Rafael a comenzar el noviciado.

Desde el primer día que entramos al convento, Valeria y yo nos hicimos muy amigas. Los viernes en el convento teníamos “eutrapelia”, que era el momento de recreación semanal, con juegos y teatro, y las dos estábamos en el equipo que organizaba las actividades de teatro para hacer reír a las demás hermanas. Nos volvimos así inseparables.

La Providencia quiso también que ella fuera una de las hermanas destinadas a Belén, un año antes que yo. Cuando fue mi turno de viajar, el hecho de que ella ya estuviera allí hizo la partida mucho más fácil. Me fui de casa consciente de que me esperaba un gran choque cultural, pero saber que llegaba a una comunidad que era también mi familia hacía las cosas muy distintas.

Viajé junto a la hermana María de la Santa Cruz, compañera mía en el monasterio, primero a Roma, a la Casa General, y luego hacia Belén. Aquella fue mi primera vez en un avión, y mi paso por Italia fue algo fugaz: no recuerdo haber paseado ni disfrutado demasiado la ciudad. Quería llegar a destino. El primer encuentro de esa aventura fue con una señora de origen italiano de nombre María Belforte, que se sentó a mi lado en el avión y conversé todo el trayecto. Me contó de su familia, yo de la mía y también de la misión, que le fascinó. En esas horas se forjó una amistad que duraría un largo tiempo, hasta su muerte en el año 2015. Nos volvimos a ver solo dos veces más (en el aeropuerto, cuando ella sabía que yo viajaba y se acercaba a verme), pero nos escribimos cartas durante muchos años. Sería la primera de tantísimas amistades que Dios me regalaría en los años de vida misionera.

Roma, 8 de octubre de 1996

Mi querida familia:

¡Hola! ¿Cómo están? Les empiezo a escribir desde ahora porque ya tengo mil cosas para contarles. La verdad es que todo lo que hemos vivido en estos días… ¡es increíble! Estoy muy contenta. Empezando por ustedes, papá y mamá, que me despidieron en el aeropuerto. ¡Muchas gracias! Siempre me han apoyado y más ahora que parto hacia una nueva misión. Han sido muy generosos y por eso Dios les recompensa, porque aceptan alegres la voluntad de Dios.

(…)

Todos los cuartos sábados de mes, el santo padre Juan Pablo II reza el santo rosario con miles de peregrinos en la Sala Pablo VI. Fuimos también nosotras. Él está muy viejito, pero se mantiene arrodillado hasta terminar. Fue una alegría inmensa.

Una, estando aquí, amplía la visión y palpa que la Iglesia es universal. Que hay pueblos tan fervorosos y firmes en la fe a pesar de haber sufrido tanto. La gente aquí llora de alegría viendo al papa, oyéndole hablar en su lengua, ¡tan cercano a todos!

En la próxima les cuento más, ahora quiero terminar para mandarla.

Recen por mí. ¡Los quiero muchísimo! Estamos muy unidos. ¡Escriban! Mandaré fotografías cuando las revele. ¡Un beso!

Guadalupe

Desembarco en la tierra de Jesús

Arribar a Tel Aviv, Israel, tuvo sus sucesos menos románticos, aunque no menos memorables. En aquel tiempo no se acostumbraba a usar tanto las valijas rígidas, sino bolsos blandos. Cuando la hermana María de la Santa Cruz y yo estábamos esperando en la cinta donde se entregaba el equipaje, comenzamos a ver pasar elementos sueltos: un zapato, prendas de ropa… Al principio nos sorprendió que alguien pudiera viajar de ese modo, despachando sus pertenencias sueltas, sin al menos una bolsa. «Qué costumbre tan extraña»; ya creímos estar ante la primera gran diferencia cultural. Lo cierto es que al rato comencé a reconocer mi propia ropa y zapatos: mi bolso había sido rajado y todas mis pertenencias daban una vuelta tras otra por la cinta, a la vista de todos. Comenzamos a reírnos mucho, intentado rescatar las cosas, de pie sobre la correa y ante las carcajadas de todos los testigos, a quienes había juzgado de desordenados. Así desembarcamos en la nueva tierra con un episodio inolvidable, como muchos de los que viviríamos de allí en más.

Era el 10 de octubre, fiesta de san Daniel Comboni (beato aún en aquel tiempo, y un gran apasionado de las misiones). Lo conocía muy poco entonces, pero me haría arder el alma con sus escritos, al igual que tantos otros santos misioneros.

El padre Marcelo Gallardo había sido el primero de nuestros misioneros establecido en aquellas tierras, en 1993. En los años posteriores se sumarían otros. Y, coincidiendo con nuestro arribo, llegaron los que serían nuestros compañeros de clases de árabe: Juan Pablo Montes, nuestro primer misionero laico en Medio Oriente, que ayudaría más tarde en varias misiones (sobre todo como brillante escritor en nuestros apostolados por Internet); y el padre Luis Montes, con quien en el futuro compartiríamos la misión en Egipto, ambos como superiores provinciales, y quien se convertiría en mi guía espiritual.

Belén, 7 de noviembre de 1996

Querida mami:

¡Hola! ¿Cómo estás? Ayer recibí el sobre de ustedes. ¡Qué alegría! ¡Muchas gracias por escribir!

(…)

Te cuento, mami, que estoy muy bien y muy feliz. Al igual que vos todavía no puedo creerlo. Me parece que algún día me voy a despertar en la cama del monasterio después de un largo sueño. Es una gracia muy grande de Dios el poder estar acá, vivir en la Tierra donde Él vivió y creo que poco a poco tomaremos más conciencia de esto. ¡Cómo no estar agradecidos! Claro que los extraño, pero Dios pone en el alma la alegría de poder cumplir con su voluntad (y es lo mismo que estará obrando en ustedes). Nunca, nunca hubiera imaginado un destino así, esta fundación. Me parecía que “me quedaba grande”, por así decir. Era demasiado. Pero Dios elige lo vil y despreciable de este mundo para confundirá los sabios. Bien puedo experimentarlo ahora. ¡Y no puedo dejar de dar gracias!

Tengo tantas, tantas cosas para contarte, ¡que necesitaría estar tres días sentada escribiéndote! Todo es nuevo, todo muy, muy diferente. Te diría que esto es como una gran aventura. Muchos pensarán que lo nuestro es una locura, y sí, mirándolo humanamente (“chatamente”), es una locura. Pero tenemos fe y eso da razón a todas nuestra “locuras”, ¿no? Varias veces he pensado por qué fue todo tan rápido; en un mes ya estaba subida a un avión. Esto es incomprensible para el mundo. Pero nosotros encontramos siempre la respuesta en los caminos insospechados de Dios. ¡Todo coopera para bien de los que aman a Dios! Él sabe mejor que nosotros lo que nos conviene. Y pide respuestas generosas, no un “sí’ a medias, sino una entrega completa.

Por ninguna cosa de este mundo haría lo que estoy haciendo ahora (y lo que he hecho). Solo una cosa me mueve: el amor. A Dios y a ustedes. No hay nada más y no necesito ningún otro motivo más que este para lanzarme a esta misión. Ciertamente será difícil, pero «si Él está conmigo, ¿quién contra mí?». No tengo miedo. Estoy feliz, y confiada en manos de Quien me ha tomado por esposa.

(…) Reza mucho, mami, para que pueda dar aquí muchos frutos. Y cuando me recuerdes en el día, y me extrañes, acordate de que en ese mismo momento yo también te recuerdo; estamos muy juntas, unidas por un lazo más fuerte de lo que pensamos.

¡Te quiero mucho!

Guadalupe

En Belén, las hermanas estaban viviendo en una escuela de los hermanos de La Salle junto al Carmelo, cerca de la Natividad, el lugar del nacimiento de Jesús. La escuela estaba en funcionamiento y en un sector acomodaron algunas aulas para vivir: una era la capilla, otra la cocina, otra el comedor, otras las habitaciones.

Al llegar nos dedicamos exclusivamente a estudiar la lengua; nuestras profesoras eran dos estudiantes de la universidad que venían a la casa a enseñarnos. En realidad, una estudiaba Química y la otra Literatura, pero eran jóvenes y tenían ganas de trabajar, así que fueron nuestras docentes. Fueron dos años dedicados de modo intensivo al estudio del árabe clásico: por la mañana tomábamos cuatro horas de clases y por la tarde varias horas de estudio personal. Era un ritmo muy exigente, porque a su vez había que seguir con las actividades de la casa y tener diariamente el tiempo suficiente para lo más importante: la santa misa y la adoración al Santísimo Sacramento, alimento fundamental para nuestra vida misionera.

Lo cierto es que en Palestina —como en el resto del Medio Oriente— lo que se habla en las calles no es el árabe clásico, que sirve más que nada para leer y escribir, sino el dialecto propio de cada país. Aprendí esto el primer día que fui de compras. En el convento de San Rafael, mi tarea casi siempre había sido la de ser chofer, ecónoma o profesora, pero nunca cocinera. En mi nueva comunidad pasé a ser la encargada de la cocina: debía pensar el menú diario y ocuparme de hacer las compras los sábados. Mi primera visita al mercado de Belén, a tan solo una semana de haber llegado, estuvo cargada de señas y malabarismos para comunicarme con los vendedores. Había aprendido algunas palabras en mis clases y quería usarlas, pero la gente local no podía más que reír cuando mencionaba el nombre de las cosas en árabe clásico. En medio de los puestos de verdura, iba pronunciando frases en idioma antiguo, generando más de una carcajada. Además, la pronunciación es tan diferente al español, que había sonidos muy difíciles de incorporar, y son muchas las palabras que al pronunciarlas de modo diferente cambian su significado. Luego de mis primeras excursiones al mercado, volvía a casa con infinidad de relatos que hacían reír a todos.

De todos modos, amé el idioma desde el primer día. Y para mi sorpresa, descubrí que tenía facilidad y fascinación por los idiomas nuevos y los diferentes dialectos; los sonidos se me grababan sin dificultad y podía recordarlos con naturalidad.

Belén, 18 de noviembre de 1996

Mi querida Rocío:

(…)

Este mes se me ha pasado volando. Durante la semana no varían mucho nuestras actividades, porque nos dedicamos casi completamente al estudio del árabe. Es un idioma muy complicado y exige varias horas de estudio. Nos llevará varios años aprenderlo, pero estoy muy entusiasmada. La mejor manera de ayudar a estos pueblos es conociendo su lengua, comprendiendo sus costumbres y su cultura. Esto último me ha llamado mucho la atención. No sé cómo explicarte, Rocío, ¡aquí parece que estás en una película!

(…)

Los fines de semana cambian nuestras actividades. Los sábados a la mañana salgo a hacerlas compras. ¡Me mato de risa! Porque aún no sé nada de árabe y para comprar las cosas parezco un payaso haciendo mímica. El otro día, por ejemplo, fui a comprar un pollo. Le dije en inglés al muchacho que atendía: Chicken… Pero me miró con cara de no entender nada; entonces empecé a hacer señas de mover las alas —con los brazos— y me miraba sorprendido. Se fue a buscar a otro y después a otro más que pasaba. Eran tres mirándome con cara de interrogación mientras yo amagaba a volar. Habrán pensado: «Pobre chica, está loca». Al fin me acordé la palabra en árabe (¡creo que fue una inspiración del Espíritu Santo!). Pero está buenísimo para ir ambientándose con el idioma. Igualmente, la mayoría de la gente aquí habla inglés. Así que también lo estoy aprendiendo bastante rápido.

Los domingos salimos a peregrinar con los sacerdotes. Es impresionante estar en Tierra Santa, ¡no se puede creer! Ves cada uno de los lugares donde estuvo Jesús: la gruta donde nació, el calvario, la piedra de la agonía, el santo sepulcro. Todo contribuye a avivar nuestra fe. Uno puede leer la Biblia e ir “constatando” el hecho histórico. No se puede explicar, hay que estar acá para comprender. Roma es bellísima, ¡pero Tierra Santa es maravillosa!

¡Te quiero mucho y te extraño!

María de Guadalupe

Estaba en mi segundo año de árabe cuando las hermanas de la comunidad —que ya habían terminado sus estudios— comenzaron a tener un trabajo de apostolado fijo en el hospital de rehabilitación de Beit Jala. Allí se ocupaban de los niños discapacitados durante todo el día: darles de comer, acostarlos, hacerlos jugar, cambiarlos. De vez en cuando yo iba a acompañarlas o reemplazarlas. En aquella ocasión le escribí al médico de mi familia de toda la vida, a quien apreciaba mucho y seguía de cerca mi misión.

Belén, 26 de octubre de 1998

Querido doctor Cremonini:

(…)

Aquí seguimos trabajando en el hospital de rehabilitación, en la sección de niños discapacitados. Es una hermosa tarea, muy gratificante. Viendo a estos niños que sufren deficiencias, uno se da cuenta de que no tiene derecho a quejarse. Ellos nos enseñan que siempre hay alguien que está sufriendo más que nosotros. Los niños son todos musulmanes, de manera que allí solo podemos ejercer lo que nosotros llamamos el “apostolado silencioso”, predicando a Cristo con nuestro ejemplo, porque no podemos hablarles de Él directamente. Muchas veces los mismos musulmanes nos han preguntado por qué hacemos esto: venir de tan lejos, estudiar una lengua difícil, dedicarnos a esos niños como si fuesen nuestros propios hijos, y todo esto sin ningún interés económico o político. Les asombra la caridad de los cristianos. Y de esta manera les mostramos que nuestro Dios es un Dios de amor, que nos ama a cada uno personalmente, y que a cambio solo pide amor.

No es que pueda decir que la vida aquí sea fácil, no. Vivimos en un país que no es cristiano, amenazado continuamente por la guerra, con una cultura totalmente distinta a la nuestra y, en algunas cosas, incomprensible. Pero si renunciamos a la misión por miedo a las contrariedades, ¿qué sentido tiene nuestra vida religiosa? Por eso estoy feliz de poder estar aquí. Dar la vida por los demás es en realidad ganarla, Ud. también lo habrá podido comprobar.

(…)

¡Un fuerte abrazo!

Hermana Guadalupe

El tiempo de misión en Belén estuvo cargado de anécdotas que hoy recuerdo con gracia, sobre todo en lo que respecta a las cuestiones prácticas que debía encarar y para las que jamás fui demasiado habilidosa. En una oportunidad me enviaron a mí sola (era feriado) a cuidar a una niña de tres años que sufría de espasticidad. En la misma habitación había una señora enferma que miraba televisión. Al mediodía trajeron la comida para la niña —una papilla—, y me dieron el encargo de dársela. Cuando terminé de ubicarme en una posición cómoda para poder hacerlo, la niña se sacudió con un movimiento muy brusco y tiró el plato al piso, derramando la comida por toda la habitación, la cama, el cochecito en el que se trasladaba, el suelo, incluso la cama de la señora de al lado y mi propio velo. Me quedé pasmada mirando el caos que se había generado mientras escuchaba por el pasillo los pasos de la hermana que estaba a cargo, una hermana mayor de otra congregación que solía quejarse de mi torpeza. Me apuré a limpiar del mejor modo que pude con una toalla y acosté a la niña, que me miraba como un angelito desde su cama. Mi velo sucio era la prueba de lo sucedido, por lo que me metí rápidamente en el baño para tratar de lavarlo. Lavé las partes manchadas y luego quise secarlo con el secador de manos automático (el hospital tenía instalaciones muy modernas), sin notar que al lado estaba el dispensador de jabón líquido, también automático… Así que mientras secaba una parte del velo, muy apurada, enjabonaba la otra sin darme cuenta. La hermana me llamaba desde afuera y yo estaba en una situación sumamente complicada. En la desesperación, sumergí el velo entero en la pileta de agua, y se llenó de espuma todo el baño. Entonces ya no pude disimular mi estado (estaba empapada). «¡¿Qué le pasó?!», me dijo la hermana cuando me vio. «Disculpe, hermana, tuve un contratiempo». No hicieron falta muchos días para que la hermana le pidiera a mi superiora que a partir de entonces me dejara en casa estudiando.

Aquellos fueron tiempos muy lindos, de mucha vida en comunidad y de sucesos alegres que disfruté mucho. Había un gran espíritu de familia entre nosotros y la asistencia de nuestros sacerdotes era una gran tranquilidad. No íbamos solas a ningún lado; ellos nos acompañaban siempre.

Testigos del conflicto

La experiencia inicial en Medio Oriente también implicó comenzar a ser testigo de la tensión religiosa que se vive en toda la zona. En Belén en particular, la resistencia entre judíos y palestinos es muy manifiesta. A fines de 1998 ya empezaba a gestarse la intifada3