Y yo te digo: ¡imagina! - Gaetano Piccolo - E-Book

Y yo te digo: ¡imagina! E-Book

Gaetano Piccolo

0,0

Beschreibung

Muchos feligreses huyen de las celebraciones eucarísticas porque no soportan ya las homilías vacías y repetidas sin convicción. En esta época en la que la información circula de una manera cada vez más rápida y superficial, y en la que captar la atención del público es toda una hazaña, los padres Steeves y Piccolo abordan con vivacidad y humor el difícil arte de la homilía. Entre renunciar a mejorar las homilías e imitar el estilo de los programas de televisión, otro camino es posible: el de la imaginación, a la que alude especialmente el papa Francisco en Evangelii gaudium, una verdadera llamada a difundir la alegría del Evangelio. Y yo te digo: ¡imagina! es un libro que devuelve toda su credibilidad a la predicación.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern

Seitenzahl: 243

Veröffentlichungsjahr: 2019

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Índice

Dedicatoria

Prólogo

Introducción

1. NO SE PREDICA POR ELECCIÓN, SINO PORQUE SE ES LLAMADO

Los predicadores del Antiguo Testamento: de los profetas a los comentaristas de la Escritura

Los predicadores del Nuevo Testamento: Jesús; los apóstoles que evocan a Jesús y convocan la Iglesia

El predicador en el «primer manual de homilética»

Los antepasados del predicador moderno

2 . SE PREDICA NO TANTO POR PREDICAR, CUANTO POR SALVAR A QUIEN ESCUCHA

La urgencia actual de la predicación

La urgencia de la predicación

Donde aprieta el zapato

Los errores más comunes en las homilías

Qué pide quien escucha

Predicar para salvar

3. LA HOMILÍA COMO EVENTO COMUNICATIVO

El regreso de la homilía al centro del debate

La relación del predicador consigo mismo ante Dios: la oración

La relación del predicador con la asamblea: escuchar la realidad

Prepararse con el oído

El arte de la retórica: reglas, lenguaje, imágenes

Imágenes y reglas flexibles

4. ELABORAR UNA HOMILÍA

Como un cuerpo. La estructura retórica del discurso

Sobre el buen uso de la retórica

Ethos-Pathos-Logos

Posibles estructuras de la homilía

Estructurar el discurso

Cómo elaborar una homilía

Del buen uso de la retórica

5. PREDICAR ES RE-IMAGINAR

Y yo te digo: ¡imagina!

Imaginar sin impedimentos

No siempre es buena la imaginación

Imaginar sanamente

Hay que predicar con la imaginación

Imaginar para encarnar

¿Cómo predicar con las imágenes?

Imaginar concretamente

Conclusión

APÉNDICES

FICHA DE AUTOEVALUACIÓN

ALGUNAS HOMILÍAS CON AUTOEVALUACIÓN

¡No es culpa del viento!

Matemáticas del amor

«No temas, gusanito de Jacob» (Is 41,14)

Sin el amor, ¿qué es un milagro?

Créditos

Para Anna y Jacques

PRÓLOGO

Me resulta muy grato responder a la invitación de Gaetano Piccolo y de Nicolas Steeves y escribir este breve prólogo a la reflexión que hacen sobre el difícil arte de la predicación. Les doy las gracias en particular por esta ocasión de encuentro entre dos tradiciones de vida consagrada en la Iglesia, la dominica y la jesuita, específicamente en torno a lo que funda la comunión de los carismas y de las tradiciones en su diversidad: la proclamación del Evangelio.

Y yo te digo: ¡imagina! En el título dado por estos dos amigos jesuitas a su libro resuena, para mí, la predicación original de Jesús. Por una parte, cuando Jesús de Nazaret camina por ciudades y pueblos proclama la Buena Noticia del Reino diciendo: «El Reino de los cielos se parece a…». Mediante esta analogía, repetida varias veces, Jesús apela a la imaginación de sus interlocutores para que vuelvan a imaginar el horizonte de su esperanza. Así es como nace la Iglesia, en tensión hacia el futuro. Por otra parte, para comenzar una «conversación» con sus interlocutores, Jesús despierta a menudo su imaginación para que entiendan mejor a qué tipo de comportamiento son llamados aquí y ahora: «Han oído…, pero yo les digo…». Habéis recibido enseñanzas, orientaciones de vida, mandamientos, siendo todo esto importante, ciertamente, pero cuando Jesús prosigue, diciendo «pero yo os digo», los invita a vivir el presente con exigencias que tal vez no se habían imaginado, pero que ahora creen ser capaces de realizar: «Ustedes tienen que ser perfectos, como es perfecto el Padre celestial» (Mt 5,48). Jesús apela a la imaginación, es decir, a aquella parte de nuestra energía interior que reaviva el deseo de verdad, que hace levantar la mirada más allá del mero horizonte de lo razonable y medible. Despertar la imaginación conduce a hacer que surja en nosotros la audacia de creer en una promesa siempre inédita, aun cuando se haya oído y repetido millones de veces. El despertar de la imaginación invita también a osar creer que es posible encontrar en nosotros mismos la capacidad de entrar en este horizonte que parece, con criterios humanos, improbable. «El Reino de los cielos se parece a…». Y yo te digo: ¡imagina! ¡Imagina que la santidad es tu destino! ¿No es esta la predicación más elemental que puede hacerse?

La predicación tiene como cometido apelar a esta creatividad de la imaginación, a promoverla y a sostenerla tanto en las vidas personales como en las de las comunidades de fe. Y así las hace avanzar. En efecto, en ambas peticiones de la imaginación se solicita la creatividad de cada uno y de las propias asambleas: una «imaginación analógica» mediante la cual la vida concreta, las orientaciones prácticas, los esfuerzos por hacer cada vez más inteligible el mensaje del Evangelio, se establecerán como puentes entre la escucha de la Palabra y la fecundidad de esta Palabra en la historia humana y para esta. Es verdaderamente esta llamada –una llamada que une, ante todo, a los cristianos en una única comunión– la que fundamenta y constituye progresivamente la identidad de todo bautizado en la vida, en la muerte y en la resurrección de Cristo, al mismo tiempo que todo esto instituye la Iglesia. El arte de predicar es «difícil», como lo es el arte de nacer y de acompañar el nacimiento personal y comunitario, a uno mismo y al mundo. El arte de la predicación se despliega como respuesta a una llamada a nacer y a llegar a ser, lanzada por el misterio de la vida de Aquel que viene.

La Iglesia puede definirse como una realidad que está en estado permanente de misión y de proclamación del Reino. Puesto que este libro aborda un aspecto muy preciso –la proclamación de la homilía durante la celebración eucarística–, se centra en la función del predicador como medio pastoral para edificar la «Iglesia en misión». Al tomar en consideración el vínculo intrínseco entre la homilía y la celebración que actualiza cada día la memoria eucarística, contribuye a instituir y constituir una comunidad eclesial en su existencia, y, por tanto, en su misión.

Por consiguiente, los análisis, las reflexiones y las propuestas de esta obra ponen de relieve una dinámica más amplia, la de las comunidades eclesiales de las que están encargadas los pastores. Por eso el texto insiste en la homilía como «evento de comunicación». Es un evento esencial en una Iglesia que es ella misma «conversación y diálogo», como decía Pablo VI. Este evento está incluido en una conversación más amplia, más fundamental, más fundadora aún, a saber, la conversación de Dios con su pueblo y con todo miembro de su pueblo. La homilía se sitúa además en el contexto de una comunidad que está ella misma en conversación con el mundo, en cuyo seno puede decirse incluso que el mundo está en conversación consigo mismo, poniendo en juego la diversidad de las culturas, de las tradiciones, de los saberes, de las experiencias, de las expresiones de fe y de las búsquedas de la verdad. La homilía toma la palabra en la dinámica mediante la cual la conversación hace crecer y enraíza la comunicación del ser humano con Dios en la realidad. Mediante ella se tejen conjuntamente la historia humana y la historia de Dios para revelar la historia de Dios con su pueblo. En este sentido, la homilía no tiene como objetivo solamente «hablar de la Palabra», sino también «comunicar la Palabra», transmitirla como se transmite la vida.

La predicación es, en cierto modo, «sierva» de esta gran epopeya de la conversación de Dios con la humanidad. Por eso debe prestar toda su atención a la escucha, al modo como Dios comienza esta conversación cuando escucha las llamadas de su pueblo. Mientras que Dios entra en diálogo cuando oye el grito del pueblo en la esclavitud, el arte de la predicación se compromete a responder a quienes quieren ver a Jesús. Para ello, proponen los autores, el arte de la predicación debe desplegar la proclamación de la Buena Noticia del Reino como un camino desde el silencio de la escucha a la Palabra, y desde esta al silencio de la contemplación.

Se parte del silencio de la escucha de la Palabra y de sus ecos tanto en la comunidad como en el corazón y en la razón del predicador mismo. Silencio de la escucha del grito y de la sed de la carne viviente de Cristo en este mundo. Silencio ante la escucha del eco del encuentro entre dos polos: la llamada y la promesa de Dios, el grito y la confianza del mundo. Es en este encuentro en el que puede iniciarse la interpretación de un pasaje de la Escritura del que parte un predicador para proclamar, aquí y ahora, la Buena Noticia. Este encuentro instaura la experiencia de la compasión como primera fase para evangelizar.

La palabra llega entonces como una palabra muy precisa. No es solo el momento de «pronunciar un discurso» preparado con el máximo cuidado posible. Se trata ante todo de «hablar» a las hermanas y a los hermanos en Cristo. De hablar, por supuesto, para compartir reflexiones y dar explicaciones (no puede descuidarse esta dimensión de formación, de enseñanza, que forma parte de la edificación de la comunidad creyente). Pero de hablar también para compartir con los demás la confianza en la Palabra proclamada y en su capacidad de actuar en el corazón del ser humano y de manifestar en él la venida, el acercamiento, la extraña familiaridad de la verdad que hace libre y salva. Se trata de hablar, además, para confirmar la convicción de que, mediante esta proclamación, mediante esta evangelización, la comunidad de fe se constituye y se edifica misteriosamente, unida en una misma salvación.

Lo anterior conduce ahora a un segundo «silencio», que es el de la escucha –y en esta ocasión se trata de una escucha tanto individual como comunitaria– de la promesa dirigida a esta comunidad fraterna que progresivamente se edifica y madura habitando en la Palabra que se le dirige y crece proporcionalmente en el deseo de «comunicar la promesa», de compartir con otros esta promesa. En el fondo, la preparación de una homilía debe sobre todo abrir a esta experiencia que funda la Iglesia: llegar a ser lo que es, aceptando la misión que se le confía. Una experiencia «pastoral» que, proclamando la Buena Noticia para compartir con los interlocutores la misma «morada en la Palabra», deja que este esfuerzo saque a la luz en el predicador mismo el amor por la asamblea a la que se dirige y la disponibilidad generosa para dar la propia vida con el fin de que todos sean uno, en comunión fraterna y benévola entre ellos y en el mundo, como el Padre y el Hijo son uno en la comunión del Espíritu.

La preparación de una predicación resulta, por tanto, como la humilde experiencia de una inmensa gratitud a Aquel que, con paciencia y con una pedagogía muy apropiada, prepara a su pueblo para recibir el cumplimiento de la promesa. Él no cesa de renovar esta promesa a lo largo de una historia humana creada, capaz de comunicar el misterio de la historia de Dios con su pueblo.

Y Dios otorga al predicador y a sus interlocutores la gracia de hacer su propia contribución a esta pedagogía suya. Y yo te digo: ¡imagina!

Fray BRUNO CADORÉ, Maestro de la Orden de Predicadores

Roma, Epifanía del Señor 2017

INTRODUCCIÓN

Si no bastaba un solo jesuita para afrontar el tema de la predicación, quiere decir que se trata de un tema realmente complicado.

Vivimos en la época de la comunicación rápida, en la que las informaciones circulan abundantemente, pero con frecuencia de forma apresurada y superficial. Nos mantenemos en una página de internet unos breves instantes y enseguida pasamos a otras muchas más, somos navegantes insatisfechos y cada vez estamos más cansados. Pensamos que estamos persiguiendo nuestros sueños, pero en realidad exacerbamos nuestros deseos. Dejamos que la avalancha de imágenes mediáticas pase ante nuestros ojos sin dar mucha importancia a las palabras ni tampoco a las imágenes. En vez de navegar en aguas profundas, a veces nos ahogamos en un vaso de agua. Y, sin embargo, se mantiene en nosotros, como un aguijón, un anhelo de algo diferente, señal de que imaginamos que es posible otro mundo, señal de que estamos creados a imagen y semejanza de un Dios creador y creativo. También los espectáculos televisivos, los talk show, se ven afectados por esta aceleración de la comunicación. Cada vez más buscan fascinar al espectador con sorpresas de pacotilla que provocan una diversión fácil. La palabra se desvanece con demasiada frecuencia, pierde el sabor, no sacia ya. No es solamente la época del fast food y del fast dating: ha llegado el tiempo del speed talking. Sin embargo, permanece en nosotros un anhelo profundo: seguimos deseando el encuentro con una persona real, con una palabra verdadera, con una belleza que contemplar, con un gesto de pura gratuidad. Nuestro tiempo es muy paradójico y contradictorio.

Así es como funciona nuestro tiempo. Y es en este tiempo en el que se encuentra el sacerdote y en el que debe realizar su función1. Para responder a su vocación y a las leyes de la Iglesia, él debe decir algo, al menos en la liturgia dominical, a partir de las lecturas que la liturgia misma propone, durante un período de tiempo no demasiado largo, sin cansar, tratando de resultar cautivador, dirigiéndose a un auditorio complejo, habituado a otras formas de comunicación. Se le pide que escuche la Palabra de Dios y las palabras de los hombres, pero también que tome la palabra él mismo. No sorprende, por tanto, que no esté siempre a la altura de una tarea tan exigente.

Los predicadores no tienen que imitar el estilo comunicativo de la televisión o de los titiriteros de las ferias, pero sí deben cuidar la predicación para que el mensaje de salvación pueda llegar al corazón de los oyentes de manera más eficaz.

A menudo hemos recibido de nuestros estudiantes, que con frecuencia son sacerdotes jóvenes al comienzo de su experiencia de predicación, la petición de ayudarlos a mejorar sus homilías. Al salir del seminario, se encuentran, de repente, arrojados ante una asamblea, cada vez más exigente, que pide actuaciones adecuadas, homilías atrayentes, no demasiado pesadas, ceñidas a las lecturas, con tintes simpáticos… La ansiedad de estar a la altura acecha al predicador, y ante una montaña demasiado alta se puede caer preso de la desesperación y de la resignación.

Pero ¿qué tienen que ver dos jesuitas, con la barba todavía no muy blanca, con todo esto?

Contrariamente a cuanto pueda pensarse de los jesuitas y a pesar de las diferencias evidentes entre los dos (uno es teólogo y otro filósofo, uno es de Borgoña y Nueva Inglaterra y otro es de Nápoles, a uno le encantan los pícnics y al otro las tabernas), nos gusta compartir nuestras experiencias y discutir sobre nuestras actividades apostólicas. Fue así como un día uno de nosotros le contó al otro que había sido invitado a dirigir un taller sobre la predicación para los sacerdotes jóvenes de una diócesis. Y resultó que el otro ya había trabajado sobre el mismo tema. Poco a poco, comenzamos a reflexionar no solo sobre la urgencia de este tema, sino también sobre la ayuda al pueblo de Dios que podía derivarse de él. Nuestra discusión se cruzó con la publicación de Evangelii gaudium (EG), que reafirmaba con fuerza la importancia de cuidar las homilías. Y así nos decidimos a escribir este libro. No para enseñar ni para explicar a otros cómo hacerlo, sino, ante todo, para darnos a nosotros mismos la posibilidad de profundizar y de aprender.

Este libro nace del sentimiento de solidaridad que nos une a nuestros hermanos en el sacerdocio. No es nuestro objetivo ofrecer recetas preconfeccionadas (¡ni mucho menos recetas sobre el speed preaching!), sino proponer un itinerario para reflexionar y buscar juntos el modo de mejorar nuestra predicación.

Nuestros primeros destinatarios son, por eso, aquellos que, como nosotros, se dedican a la predicación diaria o, al menos, en los domingos y en días de fiesta. Pero pensamos que este trabajo puede ser útil también en la formación de los seminaristas, que, en general, no tienen muchas ocasiones, durante su itinerario de formación, para aprender concretamente a predicar. La predicación, en efecto, como trataremos de decir, es un arte, y para aprenderlo es necesario ejercitarse.

Extrañamente, en la formación de los futuros presbíteros se da un gran espacio a temáticas y planteamientos racionales del discurso que ocuparán después su espacio en los cajones de la memoria, pero no se le da importancia a la actividad que estará más presente y será más exigente en la vida de los futuros sacerdotes: predicar. Un manual sobre la homilética no puede, por consiguiente, no dirigirse a quienes son formadores en los seminarios, pero sobre todo deseamos, humildemente, dirigirnos a los obispos, pues a ellos les corresponde conservar y confiar la tarea de la predicación. Entre nuestros interlocutores no hemos excluido a los fieles laicos; de hecho, pensamos que nuestro texto puede ayudar a quienes participan en la asamblea litúrgica a darse cuenta al menos de la complejidad de la homilía.

A algunos de nuestros amigos, con quienes hemos compartido el proyecto en el que estábamos trabajando, les ha parecido extraño que fueran dos jesuitas quienes se ocuparan de las homilías. Habitualmente no se piensa en los jesuitas como predicadores litúrgicos. Sin embargo, también en los jesuitas existe una interesante tradición homilética, una tradición que, evidentemente, llega hasta el papa Francisco.

Probablemente, el bagaje de los Ejercicios Espirituales de san Ignacio de Loyola nos ayuda a releer la Palabra de Dios propuesta por la liturgia a la luz de las dinámicas humanas, creando así un vínculo entre la palabra escuchada y la vida vivida. Es también verdad que, si bien somos dos profesores de la Pontificia Universidad Gregoriana, siendo esta nuestra actividad principal, ambos tenemos una aceptable experiencia en el ámbito de la predicación y sentimos un cierto gusto al reflexionar sobre ella. Además, debido a nuestros continuos traslados, típicos de la vida religiosa apostólica, nos hemos encontrado predicando en contextos muy diversos, aprendiendo a escuchar las preguntas y las exigencias de las personas que nos llamaban a compartir la Palabra con ellas. Como todos los que hacen homilías, hemos experimentado el fracaso de nuestra predicación y hemos recibido críticas (constructivas en su mayor parte) que nos ayudaron a entender mejor lo que «no funciona». Finalmente, escuchando diariamente las homilías de los hermanos desde el ingreso en el noviciado, hemos recibido una riquísima formación, y queremos, usando los términos de san Ignacio, servirnos de ella en la medida en que ayuda a las almas, y desprendernos de ella en la medida en que resulta un obstáculo2.

Nuestro recorrido es a la vez teórico y práctico. El punto de partida es el principio fundamental del predicador: saber que no se predica por elección personal, sino porque se es llamado por Otro (capítulo 1). Este principio justifica la diferencia radical, pese a las numerosas aproximaciones, entre la homilía y otros tipos de discurso. Por eso presentaremos en primer lugar a los que consideramos como los «antepasados» de los predicadores modernos: los profetas del Antiguo Testamento, los apóstoles en los evangelios y en las cartas, y, finalmente, los Padres de la Iglesia, de quienes, en particular, presentamos el que puede considerarse el primer manual de homilética: De doctrina christiana de san Agustín.

El segundo capítulo se dedica a aspectos más prácticos. Hemos situado la cuestión de la homilía en el contexto de la compleja situación actual de la comunicación y hemos tratado de identificar los posibles errores y torpezas que surgen en la dura tarea de la predicación. Además de ser conscientes de ese «estar llamado», es necesario, en efecto, recordar siempre la finalidad de por qué predicamos: la salvación de quien escucha (y, previamente, del predicador mismo). Se verá que lo que se nos pide es una palabra que salve; la asamblea pide al predicador que le haga ver la Palabra misma, es decir, a Cristo.

Analizamos, en el capítulo 3, la homilía como evento comunicativo, intentando estudiar los varios elementos que concurren en el buen resultado de este proceso. No se trata solo de elementos externos: la comunicación será eficaz si el predicador se prepara bien, si estudia, pero sobre todo si ora y pone en juego su vida en la predicación. Solo esta implicación afectiva permitirá que sus palabras no suenen frías y distantes, sino solidarias y auténticas.

El cuarto capítulo trata de explicar en qué sentido la predicación puede usar de manera fecunda la retórica, como antiguo arte de construir discursos, no con intenciones engañosas, sino con la finalidad de hacer el mensaje más eficaz. Puesto que un buen discurso se construye considerándolo como un cuerpo, indicaremos los pasos necesarios para hacer también de la homilía un cuerpo con miembros firmes y armónicos.

En el último capítulo sugerimos aquella que, en nuestra opinión, es la clave para hacer fecunda y eficaz la homilía: la imaginación. No se trata de hacer volar la fantasía ni de prestarse a la idolatría, sino de construir imágenes que puedan acercar la Palabra a la vida, involucrar los afectos e impulsar a la conversión.

Para hacer que la obra sea todavía más práctica, hemos añadido unos recuadros para resumir cada gran etapa del libro y permitir al lector detenerse para reflexionar y hacerse preguntas personales. Al final del libro hemos añadido, siempre en esta perspectiva, una ficha de autoevaluación de las propias homilías, como también algunos ejemplos de nuestras homilías que hemos evaluado según los criterios de la ficha.

Quizá, el mejor modo de comenzar a leer este libro podría ser tener una cierta disponibilidad para reírnos de nosotros mismos. No nos tomemos demasiado en serio: como demuestra el espléndido relato de Jonás, uno de los grandes antepasados de los predicadores, la Palabra de Dios es igualmente eficaz a pesar de nuestros errores. A veces hemos descrito de manera paródica algunos comportamientos para aligerar el tono del discurso y estimular la reflexión. Nosotros mismos no nos sustraemos a estos errores; somos muy conscientes de ser, con todos los demás sacerdotes, siervos inútiles de la Palabra.

1 También los fieles laicos deben, sin duda, hacer su aportación en el anuncio del Evangelio, con gestos y palabras, en privado y en público. Es mucho cuanto puede decirse sobre cómo los laicos pueden y deben predicar el Evangelio y el Reino. En este libro, sin embargo, nos hemos tenido que limitar a reflexionar sobre la tarea de la predicación que corresponde a los clérigos.

2 Cf. IGNACIODELOYOLA, Ejercicios espirituales n. 23 y Autobiografía n. 26.

1

NO SE PREDICA POR ELECCIÓN, SINO PORQUE SE ES LLAMADO

Todo predicador ha sido en un primer momento un oyente de la Palabra. Todo predicador forma parte de una larga cadena de personas que escuchan a Dios y dicen lo que han oído. Esta cadena o, mejor, este río nace de la Palabra expresada por Dios y fluye como una cascada grande y poderosa que refresca y recrea, de generación en generación, salvando a las personas.

Toda predicación cristiana es heredera, por tanto, de una tradición grande y antigua. Desde el pueblo de la primera alianza hasta el de la segunda se ha conservado y ampliado la costumbre de proclamar la Palabra de Dios y de comentarla. No existe una Palabra de Dios que podamos oír sin palabras humanas. A veces lo olvidamos, fantaseando que tenemos acceso a una palabra divina sublime y paradójicamente inefable, fuera de nuestra comprensión léxica y gramatical ordinaria. Pero no es así como se produce la Revelación judeocristiana: nuestra fe se enraíza en la historia de la autocomunicación de Dios al hombre mediante palabras humanas. Historia fáctica e historia narrada, es transmitida por una persona a otras. Pero esta gran cadena de tradición se lleva a cabo a veces a costa del alto precio de la persecución y del martirio.

En este libro, con el que queremos ayudar a mejorar la predicación, comenzaremos recordando las grandes figuras que podemos considerar como «antepasados» de la figura moderna del predicador. Debemos, por consiguiente, prestar atención a las raíces hebreas, judías y paleocristianas de nuestra predicación. Veremos, pues, quiénes fueron los predicadores del Antiguo Testamento y los del Nuevo Testamento, para presentar, finalmente, la figura del orador en los primeros siglos del mundo cristiano.

Los predicadores del Antiguo Testamento: de los profetas a los comentaristas de la Escritura

Quien predica la Palabra ha escuchado en primer lugar a Dios. Todo predicador ha escuchado como Dios le habla directa o indirectamente. Obedeciendo al Señor, retoma estas palabras, las reformula, las comenta. En la primera alianza, el heraldo directo de la Palabra de Dios es el profeta, mientras que el indirecto es el comentarista de la Ley. Bosquejemos estas dos figuras, una después de la otra. No existe una teología de la predicación sin «el estudio de la Sagrada Escritura», que es «para la teología sagrada como su alma» (cf. Dei Verbum 24).

¿Por qué distinguimos entre el profeta y el comentarista? Quienes están habituados a escuchar el sermón dominical necesitan mucha imaginación para identificar figuras de predicadores en el Antiguo Testamento. Por una parte, los personajes bíblicos no visten ni se comportan como los predicadores a los que estamos habituados; por otra, su predicación es acompañada habitualmente con curaciones milagrosas o intervenciones del fuego celestial, cosas que hoy no suceden, al menos de forma ordinaria, durante una homilía católica.

Por eso, para identificar mejor estas figuras de predicadores veterotestamentarios, indaguemos un poco en la etimología. ¿De dónde procede la palabra «predicar»? Del latín praedicare, es decir, literalmente, «decir delante» o «decir antes». En efecto, prae tiene un significado especial y temporal. Praedicare significa, por tanto, (1) hablar delante de otras personas, proclamar, o (2) hablar antes de un suceso, predecir. Este doble significado arroja una luz interesante sobre nuestra indagación: predicar es hablar públicamente y hablar del futuro.

Regresemos al mundo bíblico. ¿Cuál es el equivalente griego de praedicare? Proheteuein, profetizar, que tiene también el doble significado de proclamar e interpretar una revelación divina (cf. Mt 7,22) y de predecir el futuro (cf. Mt 15,7). Este es un aspecto muy interesante que a menudo se pasa por alto: predicar y profetizar son casi la misma actividad. Así, por un lado, el profeta-predicador debe hablar de Dios ante otros, proclamar públicamente aquella Palabra de Dios que ha recibido a solas y en privado. Por otro lado, debe hablar antes de que sucedan algunos hechos, anticiparlos, es decir, profetizar. Este oyente privilegiado y directo de la Palabra de Dios tiene la misión de hacerla pública, de «desprivatizarla», de hacerla audible y digna de obediencia porque es deseable, antes de que sucedan los castigos divinos merecidos por la desobediencia. Pongamos algunos ejemplos para ilustrar la figura del profeta-predicador en el Antiguo Testamento.

El primer profeta-predicador en la Escritura que es llamado por Dios es Moisés. La zarza ardiente, donde Dios le habla directamente con palabras humanas, representa un cambio radical en la vida de Moisés, una conversión de una acción personal violenta (matar a un egipcio en Ex 2,11-14) a las palabras y a las acciones poderosas que Moisés dirá y realizará en nombre de Dios. ¿Qué enseñanzas podemos sacar de la escena de la zarza ardiente en Ex 3? Primera enseñanza: como muchos profetas después de él, Moisés muestra poco entusiasmo con la misión recibida de Dios. Suplica e implora en vano al Señor para escabullirse de su llamada. La negociación de Moisés, por motivo de su tartamudez, es típica de la resistencia y del rechazo de muchos profetas a la llamada divina. Pensemos por ejemplo en Jeremías, que se queja igualmente del hecho de no saber hablar y de ser demasiado joven (Jr 1,6). Segunda enseñanza: el verdadero profeta-predicador no se envía a sí mismo a una misión para promoverse, sino que es Dios mismo quien lo envía («te envío»). Contrariamente a los falsos profetas o a los profetas de los falsos dioses (véase la ironía patente de Elías contra los ineptos sacerdotes de Baal en 1 Re 18), el profeta-predicador no es enviado para decir sus palabras, sino aquellas que Dios pone en sus labios. El profeta-predicador presta sus labios a Dios. Tercera enseñanza: aunque el predicador-profeta pueda sentirse inadecuado y débil, es paradójicamente justo porque se siente así por lo que Dios lo ayudará en el momento adecuado («¡Ve! […] Yo estaré contigo»). Cuarta enseñanza: el mensaje que debe transmitir no es banal o mundano, sino que es un mensaje de liberación de la esclavitud y de la miseria, una proclamación poderosa y llena de esperanza en el hecho de que Dios pondrá fin a la opresión. El predicador debe remitir a los demás a la providencia divina.

Asimismo, el profeta aparece en general como una figura insólita. El verbo hebreo traducido por «profetizar» en español está construido a partir de la raíz nb’