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La vida de Sol comienza en un cálido y hermoso verano. Es feliz, alegre, tiene todo lo que necesita: amigos, familia y a Dios. Un viento inesperado llega arrasando, sacudiendo y desestabilizándolo todo. Es otoño, y Sol debe comenzar una nueva etapa de su vida en otra provincia donde no conoce a nadie y en un nuevo colegio. Se siente desanimada y triste, hasta siente que Dios está lejano y se ha olvidado de ella. Las consecuencias de sus malas decisiones y un accidente inesperado darán comienzo a un duro y cruel invierno. Su corazón está endurecido y frío, sus sueños se han paralizado. Nada en su vida parece tener sentido. En medio del caos aparecerá Noah, su amigo de la infancia, quien la ayudará a superar el invierno y preparase para la llegada de la primavera. Un nuevo tiempo ha comenzado, y aunque no todo será color de rosa, una Sol mucho más madura ha comenzado a florecer. En medio del proceso, Dios ha sido clave para restaurar y sanar su corazón. Noah ha estado en cada momento y también ha superado su propio invierno doloroso. Ahora juntos podrán recibir el cálido verano que les espera. Aprenderán que, para florecer, primero hay que pasar por todas las estaciones.
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Seitenzahl: 410
Veröffentlichungsjahr: 2023
Producción editorial: Tinta Libre Ediciones
Córdoba, Argentina
Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo
Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Ilustraciones: Camila Capdevila.
De Falco, Silvia Andrea
Yo seré tu sol : para florecer es necesario pasar por todas las estaciones / Silvia Andrea De Falco. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2023.
352 p. ; 21 x 15 cm.
ISBN 978-987-824-615-4
1. Narrativa. 2. Novelas. 3. Literatura Cristiana. I. Título.
CDD A863
Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.
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La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidadde/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.
Hecho el depósito que marca la Ley 11.723
Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2023. De Falco, Silvia Andrea
© 2023. Tinta Libre Ediciones
Verano
Pensar en el verano de la vidaes recordar los buenos momentos,esos tiempos de alegría y felicidad, de risas y juegos.Ese estado ideal del que nunca quieres salir.
El verano de mi vida fue extenso,y comencé a sentirlo como algo normal,como un estado cotidiano.Ilusamente, creí que podía permanecer en un verano eterno.
Viví en pleno verano cada día de mi niñez.Dios me había dado todo. Me sentía feliz y completa.Asumí como normales estos beneficios,y hasta llegué a pensar que todos vivían como yo,en un feliz y cálido verano.
Pronto descubriría que había más estaciones.Que el verano no duraría para siempre.El viento frío del otoño comenzaba a soplar,y muchas cosas en mi vida estaban por cambiar.
Mi verano
—¡Pide un deseo! —exclamó Isabella parada a mi lado.
El gran pastel de cumpleaños con la vela encendida frente a mí, esperaba ante la atenta mirada de todos mis amigos y familia.
Y allí estaba yo. Cumpliendo quince años.
Vestida como una princesa de cuentos, y cumpliendo ese tan anhelado sueño de tener quince años; como si esa edad marcara un antes y un después, un nuevo comienzo, o una etapa especial en la vida.
Mis padres habían realizado una asombrosa fiesta. El salón se veía hermoso con los tules y flores que mamá había preparado. Las mesas, adornos y luces, todo era perfecto.
Mis familiares y amigos habían traído muchísimos regalos, y compartimos la comida, los juegos y el video de fotos que papá había preparado. Entre todos hicieron de ese tiempo algo súper especial.
Me sentía tan feliz.
Era uno de esos momentos que quieres atesorar en un rincón de tu corazón para no olvidarlo nunca. Como si quisieras que se detuviera el tiempo y vivir para siempre allí, rodeada de quienes te importan, sintiendo siempre su cariño y amor.
Miré a mi alrededor y me sentí afortunada. ¿Qué más podía pedir?
Soplé con todas mis fuerzas, y solo pude decir: “Gracias, Dios, por todo lo que me has dado”.
—Estás hermosa —me dijo papá emocionado mientras me abrazaba para sacarnos una foto—. Brillas como un verdadero Sol. Siempre serásmi Sol.
Sus palabras me sacaron unas lágrimas.
Mamá se unió a nosotros, y Bruno, mi hermano menor, también. ¡Cuánto amaba a mi familia! ¡Cuán importantes eran cada uno de ellos en mi vida!
Isabella y Noah llegaron corriendo a mi lado para otra foto.
«Mis mejores amigos.
Nos conocemos desde siempre, y los fuertes lazos que nos unen tienen una larga historia.
Ellos son los mejores amigos que uno puede tener. Hemos compartido gran parte de nuestra niñez y adolescencia. Nos apoyamos y ayudamos en todo».
Sonreímos a la cámara abrazados. Sería una gran foto para enmarcar.
Una vez que la fiesta terminó y los invitados se marcharon, recogimos los arreglos y nos fuimos a casa.
Esa noche no me podía dormir. Me sentía tan emocionada y feliz por todo lo que había vivido, que mi mente y corazón se negaban a detenerse para descansar. Repasaba cada detalle, cada momento.
Era mi verano.
***
El aroma a salsa podía sentirse de inmediato al abrir la puerta de entrada. Llegar a casa tras un largo día de escuela y ser recibida por semejante olor, era todo un privilegio. Mamá estaba cocinando su especialidad: lasaña. Aquel menú significaba una sola cosa: tendríamos visitas. Era extraño que un jueves al mediodía alguien viniera a almorzar, pero no sería la primera vez que el abuelo o algún amigo de mis padres lo hacía.
—¿Quiénes vienen a comer hoy? —pregunté entrando a la cocina.
—El tío Alex —respondió mamá—. Papá lo encontró ayer en el centro y le prometió que vendría.
No quise opinar de inmediato sobre dicho acontecimiento.
«Hablar del tío Alex es un tema difícil en mi familia.
Es el hermano menor de papá, y vive deambulando por el mundo, nunca conocemos su paradero. Hoy puede estar en Córdoba y mañana en Australia, así es el tío. Su relación con nosotros es casi nula, lo hemos visto solo un par de veces, y las cosas nunca terminan bien. Una discusión, una pelea, con el tío todo puede pasar.
Puedo definirlo como la oveja negra de la familia. Sí, todas las familias tienen un miembro difícil y rebelde. Así es mi tío. No es hermano de sangre de papá, ya que es adoptado; pero papá dice que la sangre no es importante, que son hermanos y punto».
—¿Crees que esta vez sí vendrá? —cuestioné a mamá luego de pensar si era correcto hacer la pregunta.
—Espero que sí. Tu padre se veía tan ilusionado. Ya sabes que sufre mucho por tu tío.
—¿Por qué el tío es así?
—Es complicado, hija —explicó mamá dejando de lado la salsa blanca en la mesada—. Las raíces son muy importantes para cualquier persona. Conocer nuestro origen, quiénes son nuestros padres… eso forma parte de la personalidad y el carácter de cada individuo. Tu tío quiso conocer a su familia biológica, trató de ayudar a sus padres, pero solo consiguió desprecio y sufrimiento. Ese fue el comienzo de su decadencia, pero su peor error fue alejarse de Dios. En medio de esa búsqueda, en algún momento comenzó a culpar a Dios por las cosas que pasaron en su vida.
—Es muy triste…
—Sí. El que más me preocupa es papá. Todos estos años ha dedicado su esfuerzo a estudiar y crear teorías sobre la conducta de las personas sin raíces familiares. El proyecto de su libro, su doctorado; siempre buscando una causa, un motivo para justificar y explicar las malas conductas de Alex —reflexionó en voz alta, creo que hablando con ella misma.
—¿Necesitas mi ayuda?
—Me vendría bien una mano. Ve a tu cuarto a cambiarte, y luego prepara la mesa del comedor.
Una hora después, los cuatro estábamos sentados a la mesa.
Papá miró su reloj por décima vez.
—Creo que no vendrá —dijo mamá con tristeza.
—Tengo hambre —comentó Bruno—, ¿podemos comer?
—Sí, hijo, vamos a comer —afirmó papá. Se lo notaba decaído y desilusionado—. Lamento que hayas tenido que trabajar tanto… —le dijo a mamá a modo de disculpa.
—Yo no —exclamó Bruno—. ¡Me encanta la lasaña!
Los cuatro reímos.
—Es cierto. Disfrutemos de esta rica lasaña —agregué.
Conversamos y reímos. Queríamos hacer que papá se sintiera mejor, y lo logramos.
Así era mi familia. Nos apoyábamos, nos animábamos y alentábamos unos a otros. Amaba a mi familia.
***
—No entiendo por qué tienes que irte a Italia otra vez —le dije a Noah con lágrimas en los ojos.
—Papá tiene asuntos que resolver. Mis abuelos están ancianos y hace mucho tiempo que no los visitamos.
—¿No puedes quedarte?
—Mi madre no quiere. Dice que somos una familia y debemos estar juntos —intentó explicarme—. No sabemos cuánto tiempo nos quedaremos en Nápoles, pueden ser semanas o meses.
—¡¿Meses?! —exclamé sorprendida—. ¿Y tus estudios?
—Puedo estudiar allá, el idioma no es un problema porque desde pequeño mis padres me hablaron en italiano, y papá tiene algunos contactos. No perdería el año.
—¿Y la iglesia? ¿Qué sucederá con tu ministerio?
—Leonel y Mauro se encargarán del grupo de preadolescentes, y retomaré cuando regrese.
—¿Y el restaurante?
—Seguirá funcionando. Lucas, el administrador, se encargará de que todo siga marchando bien hasta nuestro regreso. Es un viaje transitorio.
—¡No quiero que estemos separados por tanto tiempo! —protesté a mi mejor amigo.
—Solo serán unas semanas…
—¡Te extrañaré demasiado!
—Bueno, ya ha sucedido otras veces. Recuerdo un año que ustedes salieron de vacaciones en enero y nosotros en febrero, y casi pasaron dos meses sin vernos...
—¡¡Y fue terrible!!
—¡Vamos, Sol! No seas tan pesimista. El tiempo pasará rápido y nos mantendremos en contacto.
—¡¿En contacto?! Jamás respondes mis mensajes, ¿cómo podremos tener una charla o saber lo que nos sucede si me contestas dos días después?
—Haré mi mejor esfuerzo. Haremos que funcione.
Así era mi amigo Noah, siempre optimista; seguro había aprendido eso del tío Gino. Su alegría, su entusiasmo y esa mirada positiva de la vida. Siempre buscando y encontrando las soluciones; siempre poniendo la mejor actitud ante los problemas de la vida.
Además, Noah era la persona más dulce y compresiva que existía. Muy pocas veces lo había visto enojado o serio, siempre tenía una bonita sonrisa en los labios, la cual le provocaba unos simpáticos hoyuelos en sus mejillas. Eso debió haberlo aprendido de la tía Paloma; siempre tranquila, con sus palabras serenas y su ánimo inquebrantable.
Desde que tenía uso de razón, Noah había sido mi mejor amigo. Casi nos habíamos criado juntos. Nuestros padres eran mejores amigos desde aun antes de casarse y, por esas cosas de la vida, habían comprado sus casas en el mismo vecindario, a solo dos cuadras de distancia.
De esos primeros años conservaba los mejores recuerdos. Nuestras salidas en bicicleta por la vereda, las películas de Disney en el living de su casa, armar pirámides de bloques, jugar a las escondidas, hacer chozas con los toallones y manteles de mamá, jugar a la casita...
Yo, el pequeño terremoto, completamente inquieta y revoltosa.
Noah, el niño tranquilo, pacífico y conciliador.
Siempre cedía ante mis caprichos y locuras, jamás se negaba a seguirme en mis travesuras. Noah era ese amigo incondicional que estaba dispuesto a recibir el castigo, aunque no hubiera sido su culpa. Siempre presente en las buenas y las malas.
Los tíos lo habían adoptado cuando tenía seis o siete años. Yo era muy pequeña en ese momento, solo podía recordar su mirada asustada y que por varios días no pronunció palabra. Poco tiempo después nos hicimos inseparables. Su mirada fue cambiando, y el brillo de sus ojos se encendió de golpe y ya nunca más se apagó.
Otra cosa que recordaba de aquellos años era su fobia al fuego.
En nuestro primer campamento en LAPEN, yo tenía siete y Noah diez. Pasamos unos días fabulosos, conocimos chicos de diferentes iglesias y nos hicimos muchos amigos. Todo estuvo perfecto hasta la última noche, la de la despedida. Nos sentamos en la oscuridad de la noche todos los chicos del campa, rodeando una gran montaña de leña; hasta que el profe de los juegos encendió un fósforo y lo arrojó en medio provocando una fuerte llamarada. Aún podía recordar los gritos que Noah había dado al ver la gran fogata encendida. El pánico y horror de su rostro, jamás los olvidaría.
Esa noche se abrazó tan fuerte de mi cintura que me faltaba el aire. Me quedé con él hasta que se tranquilizó. No quiso hablar del tema. Creí que quizás sentía vergüenza de su comportamiento y, sin que me lo dijera, entendí que aquello era más fuerte que él, algo que no podía controlar.
Desde ese día evitamos los fogones.
—Es injusto que tengas que dejar tu vida y tus amigos, renunciar a todo por acompañar a tus padres y visitar a tu abuelo, a quien casi ni conoces —continué protestando.
—No estoy dejando nada, ni renunciando a mi vida —afirmó tranquilo y seguro—. Solo será por un tiempo. Imagina que es un viaje de vacaciones. Pronto estaré de vuelta.
—No es lo mismo. Estarás en la otra punta del mundo.
—Para el caso, es igual si estoy en Chile, Brasil o Italia.
—Para mí no es lo mismo.
—Mi Sol... —dijo, dando un paso y rodeándome con sus enormes y largos brazos—. ¡No sabía que te iba afectar tanto este viaje! —agregó.
“Mi Sol”, hacía mucho que no me llamaba de aquella manera.
De pequeño Noah siempre me decía así. Golpeaba la puerta de casa y le decía a mi mamá: “¿Está mi Sol?”.
A todos les parecía gracioso, menos a papá, que siempre le respondía:
—Ella es “mi Sol”, Noah. Siempre será mi Sol.
Desde que crecimos, conservó esa manera de llamarme solo para levantarme el ánimo cuando me veía realmente triste o enojada, para que sonriera y se me pasara.
Recordaba una vez que Noah debió ser internado, cuando tenía unos doce años. Los tíos estaban muy preocupados, hasta lloraban, y mis padres los acompañaron en esos días difíciles. Yo estaba asustada y quería entrar a ver a Noah, pero no me dejaban por ser pequeña. Así que papá me grabó un video donde Noah me mandaba saludos y me decía que estaba bien, que me quedara tranquila, y que extrañaba a su Sol. Entonces, le respondí de la misma manera: con un video. Allí le decía que se mejorara y que tenía que ponerse bien para volver a jugar conmigo, y terminaba diciendo: “Noah, yo seré siempre tu Sol”. A papá no le gustó demasiado aquella frase, pero sabía que Noah se pondría feliz al escucharla.
Papá siempre estuvo al pendiente de nuestra amistad.
Noah venía a mi casa seguido, muy seguido. Jugábamos en el patio o en la cocina; pero fuera donde fuera que nos encontráramos, la mirada atenta de mi padre nos perseguía. Demasiado sobreprotector, creía yo. Siempre allí, atento a nuestras conversaciones y a nuestros juegos.
Cuando crecí, comprendí que éramos como sus conejillos de indias, y que estaba constantemente analizando nuestro comportamiento y reacciones. Yo amaba a mi papá y teníamos una buena relación; pero Noah era mi amigo, y no quería que escuchara todas nuestras charlas y constantemente interviniera en nuestra amistad. Con el paso del tiempo, su presencia cerca de nosotros se convirtió en algo molesto para mí. Sentir su mirada observadora, verle hacer anotaciones, era inquietante.
Sentía que mi vida era un continuo examen.
Ser hija de un psicólogo y una psicopedagoga no era fácil. Sentir que debía encajar en las teorías de Freud, que debía vivir con los parámetros de conducta modernos de Jean Piaget o evolucionar en mi personalidad según Albert Bandura; “la medida” que debía llenar era muy grande, y sentía que las expectativas que mis padres tenían sobre mi vida eran imposibles cubrir. A veces deseaba tener padres normales, que no fueran tan exigentes o no estuvieran todo el tiempo presionándome para superarme y dar lo mejor.
En casa las frases y preguntas reflexivas eran algo cotidiano. Papá podía filosofar sobre un tema o caso de análisis y hablar durante horas. A Noah le encantaba chalar con él. Tenía cierta admiración por mi padre y podían pasar horas conversando.
—¿Y cuándo se van? —pregunté resignándome a la idea de su partida.
—Pronto.
—¿Cuándo, Noah?
—Papá consiguió pasaje para el viernes...
—¡¿El viernes?! —dije casi gritando—. ¡Ni siquiera hay tiempo de organizar una fiesta de despedida!
—Te dije que volveríamos pronto, no necesito una fiesta de despedida.
—¡Pues, la tendrás! Aunque solo estemos con nuestras familias. Y le diremos a Isabella… ¿Te parece mañana?
—Bien... hablaré con mis padres. Sé que mamá está preparando las valijas, pero imagino que una cena con amigos será algo a lo que no se negará.
***
Los tíos Marilina y Will llegaron temprano con Isabella y Pía. Un rato más tarde, Noah y los tíos Gino y Paloma llegaron también. La cena transcurrió entre risas y charlas, todos íbamos a extrañar a los Tarantino. Yo no entendía la urgencia del viaje, pero al parecer todos estaban de acuerdo y hasta parecía que escondían algo.
Isabella, Noah y yo nos levantamos al terminar de comer, y ocupamos los sillones del living, como ya era habitual.
—Fue una buena idea la cena de despedida —comentó Isabella—. Hacía tiempo que no nos reuníamos.
—Y pasará otro largo tiempo —protesté—. Quizás sean meses, o años, o siglos...
—¡Sol! —exclamó Noah—. ¡Cuántas veces voy a decirte que es un viaje corto, hasta que arreglemos las cosas de mi abuelo!
—Tengo la sensación de que esta despedida será para siempre, que quizás nunca nos volvamos a ver —agregué realmente preocupada.
—Isabella, por favor, ayúdame a convencerla —murmuró Noah.
—No seas tan dramática, Sol —dijo mi amiga haciendo caso a Noah y dirigiéndole una mirada mientras le decía—. No te preocupes, me encargaré de ella mientras no estés —agregó guiñándole el ojo.
—Gracias, confío en ti.
***
Dos días después los Tarantino estaban rumbo a Italia. Los despedimos en el aeropuerto y regresamos a casa. Sentía un gran vacío en mi pecho, sin poder quitar de mi mente ese sentimiento negativo de que algo me estaban ocultando y que quizás no volvería a ver a mi mejor amigo nunca más. Iba a extrañar a Noah. Recién se iba, y ya lo extrañaba.
***
Dos meses después de la partida, papá nos reunió a todos en la cocina. Al parecer había algo importante que debíamos resolver como familia. El rostro de mamá estaba serio y papá intentaba disimular sus nervios. Algo extraño estaba sucediendo.
—Bueno, ¿por dónde empiezo? —dijo en voz baja papá—. Ustedes saben que hace un tiempo comencé un proyecto de investigación y estoy escribiendo un borrador de lo que podría llegar a ser un libro.
Mamá tomó su mano que estaba sobre la mesa y los dos cruzaron miradas.
—Hay una editorial que quiere publicar este libro. En realidad, son dos editoriales. Quieren hacer algunos arreglos, mejorar algunos capítulos...
—Eso es bueno —dije con una sonrisa—, ya comenzaba a pensar que eran malas noticias —agregué relajando mi cuerpo en la silla.
—Sí, bueno —susurró mamá—. El tema es… que las editoriales están en Rosario.
—¿Y? —preguntó Bruno que los miraba igual de impaciente que yo.
—Tendríamos que mudarnos por unos meses para poder terminar la investigación y los detalles del libro —soltó papá, como quien tira una granada sobre la mesa y espera que no explote.
—¡¡Mudarnos!! —dijimos a coro con Bruno.
—¡Estamos por terminar el año! —dije asustada.
—Tengo mi entrega de diplomas y el viaje de estudios —soltó Bruno afligido—. No voy a irme de Córdoba.
—No tiene que ser ya. Pensamos que podríamos hacer todos los arreglos para mudarnos en febrero. Quizás el tema del libro lleve seis meses o más —explicó papá.
—Van a darnos una casa donde quedarnos por ese tiempo y los inscribiríamos en un colegio cercano —comentó mamá.
—¿Y la iglesia? —preguntó Bruno preocupado.
—Ya estuvimos buscando algunas iglesias por la zona donde podríamos asistir el tiempo que estemos en Rosario —respondió mamá.
—Veo que ya tienen todo bien pensado —murmuré enojada.
—Sol, es una oportunidad única —agregó papá—. ¿Entiendes que he trabajado diez años en esta investigación y sería un sueño hecho realidad el poder publicar mi libro...? Además, van a pagarme muy bien y regresaremos a Córdoba apenas termine el proyecto. Lo prometo.
Sabía cuánto amaba papá su trabajo, y lo importante que era aquella investigación. En su mirada suplicante pude comprender cuánto significaba aquella oportunidad para él. Esperaban contar con nuestro apoyo para tomar aquella decisión.
—¿Qué piensan? —preguntó mamá—. ¿Podríamos hacer como familia este sacrificio por papá?
Bruno me miró de reojo. Tal vez esperaba que yo hablara primero, quizás suponiendo que me negaría a ir y así poder ser los rebeldes juntos. Me sorprendió cuando tomó la iniciativa.
—Yo te apoyo, papá. Empezaré el secundario en un nuevo colegio, acá o donde sea y, si puedo ayudarte a cumplir este sueño, iré a Rosario.
Mamá tenía lágrimas en los ojos de la emoción.
En un instante los tres pares de ojos se posaron sobre mí.
—¿Sol? —preguntó mamá—. ¿Qué dices?
¿Qué podía decir? ¿Acaso sería la mala que frustrara los sueños de papá? Había perdido al único aliado que podía tener. Eran tres contra uno.
—Está bien —solté con seriedad—, pero prometan que podré jugar al fútbol en un club. Hace tiempo que les vengo pidiendo y siempre hay una excusa... prometan que en Rosario lo intentaremos.
Los dos se miraron y sonrieron.
—Está bien. Entonces, comenzaremos los preparativos de la mudanza —agregó mamá.
En cinco meses estaríamos viviendo en Rosario.
***
Noah todavía estaba en Italia. Al parecer, los trámites habían llevado más tiempo del esperado.
Hablábamos de vez en cuando y me relataba sus actividades en Nápoles, donde había comenzado a estudiar y trabajar. El tío Gino también había conseguido un trabajo provisorio como chef y su estadía se prolongaría otros meses más. Temía que nunca regresaran, que se adaptaran a la vida en Italia y decidieran mudarse definitivamente.
Necesitaba de mi amigo en este momento difícil. Necesitaba sus consejos, sus abrazos. Tener que dejar mi casa, mi escuela, la iglesia... era demasiado abrumador para mí. Sufría su ausencia en estos días, ahora que me iría con mi familia a vivir a otra provincia y también perdería a Isabella. Rogaba que Noah regresara a Argentina antes de que nos mudáramos.
El viento comenzaba a sacudir mi vida. Las hojas se ponían amarillas.
El otoño estaba llegando.
Otoño
El viento que despeina mis cabellos,los colores ocres y amarillos en los árboles,las hojas secas que vuelan por las calles,y el sol que tímidamente acaricia con sus rayos.
El otoño me recuerda a cambios, a pérdidas,a dejar cosas que amamos para ir a lugares desconocidos.A recibir los golpes del viento en las mejillas,a sentir las lágrimas caer como la lluvia.
El otoño de mi vida llegó en forma sorpresiva.No me dio tiempo a buscar la ropa de abrigo,a agregar las frazadas en la cama, a barrer la vereda de hojas secas.Llegó con su viento que todo lo arrasa,como un remolino, que todo lo mezcla y confunde,hasta las ideas y pensamientos más profundos.
El otoño fue confuso. Melancólico por momentos,con días tan cálidos que parecieron verano;solo por instantes, tan fugaces, tan efímeros,que me recordaron que esa temporada había quedado atrás y debía pasar mucho tiempo en mi vidapara que regresara...
Era otoño, debía acostumbrarmea vivir en esta nueva estación.Debía acostumbrarme al viento,a las hojas volando, al desorden, a las pérdidasy sobre todo a los cambios.
El otoño había llegadopara quedarse por un largo tiempo.
Mi otoño
No me gustaban los primeros días de clases. Menos me gustaba comenzar en un nuevo colegio, donde no conocía a nadie y todos me miraban como a un bicho raro. Mientras caminaba por el pasillo lleno de estudiantes, sentía las miradas de todos posadas sobre mí, y eso me espantaba.
Cuando mi padre decidió aceptar esta propuesta de trabajo, sabía que el cambio afectaría a toda la familia. Mudarnos a una nueva ciudad sería algo difícil y doloroso, sobre todo para mí. En Córdoba tenía a mis abuelos, primos y tíos, pero aquí no conocíamos a nadie. Estábamos solos.
Sin embargo, Rosario era una bonita ciudad, no podía quejarme por eso. En las dos semanas que llevábamos viviendo allí, habíamos podido recorrer gran parte de la costanera y los paseos principales, aunque solo desde el auto.
Papá estaba realizando un trabajo de investigación y escribiendo un libro sobre las conductas del comportamiento humano. Esa tarea podía facilitar su Doctorado en Psicología; y el centro de investigación CONICET, que había aprobado y apoyado su proyecto, financiaría económicamente la publicación de su libro.
Mamá había trasladado su consultorio y comenzado a atender algunos pacientes en casa, hasta conseguir algún puesto fijo en una escuela o gabinete psicopedagógico.
Mi hermano menor empezaba el primer año del secundario, así que, para él, el cambio era inminente. Ya fuera en Córdoba o acá en Rosario, debía abandonar a sus compañeros del primario para comenzar esta nueva etapa. Por el período de adaptación había iniciado las clases tres días antes y ya tenía nuevos amigos. Por lo cual, apenas bajamos del auto, corrió hacia ellos dejándome sola.
«Gracias, Bruno, por apoyar a tu hermana mayor».
Levanté la mirada del suelo mientras seguía caminando, solo para confirmar que las miradas de varios estudiantes seguían sobre mí. Odiaba ser la nueva, la que no conocía a nadie.
«Ser la chica nueva apesta».
Me estaban mirando como si fuera de otro planeta, como si nunca en su vida hubieran visto a una chica de cabello rizado hasta la cintura, ojos verdes y de baja estatura. Sí, así era yo: mi piel blanca pintada de pecas que cubrían mi rostro, mi cara un poco redondeada, boca pequeña y nariz respingada.
Las extrañas expresiones en sus rostros hicieron que volviera a pasar mi mano por mi cabello, pensando que quizás llevaba algo extraño, como una hoja o escarabajo encajado en él. Revisé mi uniforme nuevamente, quizás lo había colocado mal o tenía una parte fuera de lugar... quizás me había puesto una media de cada color o me había manchado la pollera con algo en el desayuno.
Gracias a Dios todo estaba en orden.
Entonces, ¿por qué nadie podía brindarme una sonrisa y un saludo como una persona civilizada?
Al continuar mi camino por el largo pasillo, me quedé mirando un gran cartel del equipo de fútbol de la escuela con sus días de entrenamiento. Estaba distraída leyendo cuando recibí un fuerte impacto de costado y terminé de rodillas en el suelo.
—¡Oh, perdón! ¡Lo siento! —exclamó un muchacho de cabellos rubios y ojos muy claros. Tomó mi brazo y me ayudó a levantarme—Soy un torpe, realmente no te vi —continuó con su disculpa sin que yo hubiera podido decir una palabra.
Las miradas de varias chicas se posaron sobre nosotros en ese momento, haciéndome sentir más avergonzada. Sus ojos celestes se detuvieron de repente y, como si hubiera descubierto algo extraño, frunció su ceño.
—¿Eres nueva? —soltó de golpe con una simpática sonrisa dibujada en su rostro. Solo asentí con mi cabeza, al parecer las palabras no salían de mi boca—. ¿Cómo te llamas?
—Sol —dije suavemente mientras acomodaba la mochila en mi hombro. Recorrí con mi mirada al apuesto muchacho, que tenía hermosos ojos celestes y un largo y ondeado cabello rubio.
—Un gusto, Sol —respondió haciendo un gracioso saludo.
El fuerte sonar del timbre interrumpió nuestra charla y me señaló que debía entrar en mi aula.
—Nos veremos pronto —dijo a modo de despedida y salió corriendo por el pasillo.
«No me dijo su nombre. ¿De qué curso será?», me pregunté aún inmóvil en mi lugar. Por su estatura calculé que debía ser de sexto. Aunque, en mi interior, quería que fuera de cuarto para poder compartir el curso con él.
Caminé buscando mi aula. Ya quedaban pocos chicos en el patio.
Entré con timidez buscando algún asiento desocupado; preferentemente alguno que se encontrara al fondo del salón, donde pudiera pasar desapercibida el resto del día. Caminé por el pasillo entre las sillas hasta el final del aula, y tomé el último banco. Dejé mi mochila en el piso y me senté. Observé por la ventana el gran patio que ya se encontraba completamente vacío, porque todos los alumnos habían entrado en sus aulas.
Cuando regresé la vista al curso observé cómo todos se saludaban. La mayoría se conocía del año anterior, y recordé lo lindo que era ese momento de reencontrarse luego del período de vacaciones.
«Ahora apesta».
Un grupo de chicas me observaba y conversaba entre sí. Todas reían, sobre todo una rubia, muy bonita. Imaginé que quizás se burlaban de mí... Intenté ignorarlas.
Dos muchachos se ubicaron en los bancos delante del mío.
—Hola, chica nueva —me dijo el más delgado de ellos—. Soy Javi. ¿Cómo te llamas?
—Sol.
—¿Soledad? ¿Solange? —preguntó el otro.
—Simplemente Sol.
—Ah, ¿cómo la nota musical?
—Ajá —afirmé.
—Hola, Sol, yo soy Timo, de Timoteo —bromeó, y yo reí ante su comentario.
Javi y Timo resultaron ser bastante piolas y amables. Hasta ese momento, los únicos dos que habían notado mi existencia y saludado.
El profesor no tardó en llegar y, sin demasiado protocolo, comenzó la clase de Física. Escribió un montón de cosas en el pizarrón. No me gustaba estar al fondo porque, debido a mi altura, los de adelante bloqueaban mi visión. Intenté copiar, aunque no lograba ver la pizarra completa. Rogué a Dios que el profesor no borrara, ya que aún no había podido anotar todas las consignas.
Cuando sonó el timbre del primer recreo, me quedé para copiar las cosas faltantes.
—No puedes permanecer en el aula —me dijo la muchacha alta de cabellos rubios y lacios que se reía de mí al comienzo de la clase—. Quizás no lo sabes porque eres nueva, pero son las reglas.
—Termino de copiar estas cosas y salgo —respondí intentando ser amable, aunque ella no lo estaba siendo conmigo para nada.
Bajé la mirada a mi carpeta y continué intentando completar las consignas. Por el rabillo del ojo, la vi dirigirse al pizarrón. Tomó un borrador y comenzó a pasarlo con rapidez por toda la pizarra.
—¡Espera! ¿Qué haces? —cuestioné enojada.
—No obedeces las reglas, así que... no tendrás nada que copiar.
La miré sorprendida por tal mala actitud.
Cerré mi carpeta y caminé hacia mi banco.
«Perfecto, acabo de llegar y ya me gané una enemiga».
Salí al patio, donde la mayoría se encontraba en pequeños grupos conversando. Pequeños grupos a donde no pertenecía. Caminé hasta la sombra de un pequeño árbol y saqué mi celular del bolsillo. Tenía un mensaje de papá:
¿Cómo va ese primer día? ¿Muchos nuevos amigos? Gracias por tu esfuerzo y buena actitud. Te amo. Papá.
Sonreí ante sus palabras.
«“Muchos amigos”, seguro».
Hasta ese momento, solo había logrado dos saludos amigables y una crítica enojosa de la rubia antipática.
Le respondí:
Estoy bien, superando la primera hora de clases. También te amo.
Papá y yo teníamos una estrecha relación, casi más cercana que con mi mamá. Conversábamos por largas horas, ya que teníamos muchos temas en común. Mirábamos series de Netflix juntos, y desde muy pequeña teníamos el ritual de despedirnos cada día con un tiempo de oración y charla en mi cuarto. Sabía que con mi hermano hacía lo mismo, pasaba primero por su habitación y luego llegaba a la mía.
Esperaba con ansias ese tiempo donde solo estábamos él y yo. De pequeña me encantaba que me contara historias de la Biblia o me leyera algún Salmo. Luego, sus preguntas me hacían pensar mucho en cómo Dios me hablaba a través de esos pasajes. Mamá se asomaba por la puerta y nos observaba mientras los dos reíamos y hablábamos hasta tarde.
A medida que fui creciendo, las visitas de la noche fueron distanciándose y cambiando. Papá ya no leía, pero sí me preguntaba por mis lecturas, y luego orábamos juntos. Mis padres siempre habían estado atentos a todo en mi vida. Estaba agradecida por tenerles.
Esta mudanza significaba mucho para papá. Luego de años de investigación y estudio, el sueño de su libro estaba haciéndose realidad. Pero para eso, era necesario que como familia hiciéramos este sacrificio.
Como psicólogo, papá siempre estaba analizando mis actitudes, amistades y respuestas. A medida que iba creciendo y tomando conciencia de eso, comencé a evitar comentarle algunas cosas y eso nos había distanciado un poco. Antes le contaba absolutamente todo lo que me pasaba y sentía, pero ahora ya no podía. Sentía que no me entendería. Él lo sabía, un día habíamos hablado sobre el tema. Me dijo que había una parte de mi intimidad que estaba bien reservarme, que lo respetaba; pero que siempre podría confiar en él.
El timbre sonó sacándome de mis pensamientos y anunciando que debía regresar adentro del aula. Caminé hacia la puerta y, nuevamente, la rubia y yo nos cruzamos intentando entrar las dos por la estrecha puerta. Sus ojos me miraron con bronca, como si le hubiera hecho algo. La dejé pasar primero, no quería discutir con ella.
Volví a tomar mi lugar en el fondo del aula, cuando una profesora de unos cincuenta y tantos años ingresó provocando un rotundo silencio a su paso. Aurelia Castro: profe de Historia, así se presentó. Todos parecían respetarla, más bien temerle. Castro saludó y comenzó casi de inmediato su clase. Mientras hablaba, caminaba por los pasillos entre las filas de sillas, hasta que llegó a mi lugar y se detuvo en su narrativa.
—No sabía que teníamos una alumna nueva —comentó, mientras sus ojos marrones me escaneaban de arriba a abajo—. ¿Cuál es su nombre?
—Sol —respondí con timidez—. Sol Taylor.
—¿De qué escuela viene, señorita Taylor?
—Del Colegio Luterano de Córdoba.
—Ah... lo imaginé por su tonada. Bien, espero que se ponga al día con nuestra materia, no voy a volver a dar los contenidos anteriores. Le sugiero que pida una carpeta del año pasado así no atrasa al resto del curso.
—Lo haré, profesora —respondí en un susurro.
Sentí que mi corazón saltaba de mi pecho de los nervios que tenía ante su dura presencia, además de todas las miradas del curso posadas sobre mí.
—Ya tendremos tiempo de conocernos, pero le advierto que soy muy estricta en el cumplimiento y prolijidad de los trabajos. Espero tome en serio mi materia.
Se alejó en silencio por el pasillo y luego continuó la clase.
«¡Vaya primer día he tenido!»
En la hora siguiente conocí al profesor de Matemáticas, Aníbal Núñez. Era un hombre joven y simpático, bastante buen mozo... pude notar las miradas y suspiros de muchas de mis compañeras.
Lo mejor del día fue cuando tocó el timbre final y pude salir de ese horrible colegio rumbo a mi casa. Bueno, rumbo al lugar a donde vivíamos, porque mi casa estaba en Córdoba a 400 km de distancia. Esa siempre sería mi casa. Aunque ya hacía casi un mes que nos habíamos mudado, todavía no me acostumbraba a vivir allí.
La casa nueva era muy linda y moderna, con grandes ventanales de vidrio y ambientes amplios. Los dormitorios estaban en la planta alta, abajo había una espaciosa cocina, un gran comedor, un baño y una cochera para dos autos. Estaba ubicada en una gran avenida, a unas seis cuadras de la escuela y a dos de la costanera; en el barrio Lisandro de la Torre, en el Norte de la ciudad. El jardín no era muy grande, pero tenía unos bonitos arbustos y plantas con flores que le daban un toque cálido.
Al llegar a la puerta, recogí un sobre que el cartero había dejado en la entrada. Era para papá, del Instituto CONICET. Abrí la puerta y me dirigí a la cocina. Tuve que esquivar todo lo que había por el piso, que parecía una carrera de obstáculos, porque todavía quedaban cajas sin abrir apiladas por toda la casa. Mamá estaba intentando, de a poco, poner en orden las cosas; pero debíamos esperar el resto de los muebles, que llegarían el fin de semana.
—¿Qué tal ese primer día de clases? —preguntó mamá mientras picaba unas verduras para el almuerzo.
—Mejor hablemos de otra cosa —respondí dejando mi mochila sobre una silla y caminando a la heladera para tomar algo fresco.
—¡Vamos! ¿Tan terrible ha sido? —insistió.
—Imagina algo terrible, multiplícalo por tres y elévalo a la décima potencia.
—¡Qué exagerada y fatalista! ¿Quién eres y qué hiciste con mi hija? —dijo mamá bromeando—. Volveré a repetirte que tienes que darle una oportunidad a este lugar, Sol, todos hemos hecho sacrificios. Será por un tiempo, lo haremos por papá.
—Lo sé, mamá, y hago mi mejor esfuerzo —respondí siendo sincera.
—Las cosas mejorarán, pronto tendrás muchos amigos, ¡y todos los chicos del curso te amarán! —exclamó siendo tan optimista que ni ella lo creía.
—Sí, seguro —respondí alejándome hacia la escalera que llevaba a mi dormitorio.
«Todos me amarán».
Llegué a mi cuarto y me dejé caer de espaldas sobre el colchón.
¿Por qué tuvo que complicarse tanto mi vida? La pequeña iglesia a la que asistíamos casi no tenía adolescentes de mi edad. En la escuela, nadie me hablaba. Necesitaba a Isabella y a Noah.
Tomé mi celular y escribí un WhatsApp:
S.O.S. amigo, te necesito.
Pero como era normal en Noah, no respondió, y quizás pasarían dos días hasta que lo hiciera.
Sol de otoño
Una semana de clases había transcurrido y las cosas no habían cambiado demasiado. La mayoría del curso permanecía ignorando mi presencia, sobre todo las chicas. Algunos varones se habían acercado a saludar y había conversado con ellos, pero con urgencia necesitaba una amiga.
La única con quien había formado una relación cercana era Micaela, la muchacha que atendía la cantina. Ella tenía unos 25 años, era muy simpática y divertida. Allí pasaba casi todos los recreos, escapando de la soledad y de la indiferencia de mis compañeros.
—Hola, Sol —dijo Mica al verme entrar por la puerta de la cantina.
—¿Cómo va todo por aquí?
—Muy tranquilo, siempre el primer recreo es así —me explicó—. ¿Cómo vas con las chicas del curso?
—Igual —le respondí sentándome en una banqueta frente al mostrador.
—Seguramente es por Cristal. Ella domina al grupo, y si le pareces una amenaza, te mantendrá lejos de todas.
—¿Yo, una amenaza? —cuestioné asombrada.
—Claro, Sol, eres bonita, simpática y la novedad.
—No hablas en serio, ¡Cristal jamás se podría sentir amenazada por alguien como yo! —dije riendo por sus palabras.
—La conozco desde que venía a primaria, siempre actúa de la misma manera. Otras chicas han sufrido lo mismo que tú.
Un grupo de muchachos entraron a la cantina haciendo bullicio y riendo en voz alta. Por sus remeras de la promoción identifiqué que eran de sexto año. Me alejé un poco para darles lugar a comprar.
—Hola, Mica —dijo uno de ellos—, queremos dos gaseosas y un paquete de galletas.
Cuando levanté la vista desde mi lugar, me encontré con la mirada del rubio con el que había chocado el primer día.
—Sol, ¿verdad? —dijo mientras se acercaba hacia mí—. ¿Cómo has estado?
—Bien —respondí con timidez.
—¿Qué te parece el colegio? ¿Te has adaptado?
—Me cuesta todavía.
Su ceño se frunció y sus ojos se achinaron. Me miró extraño y luego dijo:
—No eres de Rosario, ¿verdad?
—No —respondí bajando la mirada—. Soy de Córdoba.
—¡Una cordobesa! —dijo sonriendo e imitando mi tonada de forma divertida.
—¡Gael! —gritó uno de sus amigos llamando su atención—. ¡Nos vamos!
«Ahora sé que su nombre es Gael».
—¡Los alcanzo en un momento! —respondió y regresó la mirada hacia mí—. Soy Gael Serrano, un gusto tener a una cordobesa por aquí, me encantan las cordobesas —dijo de forma seductora.
Mica me miró con una sonrisa cómplice y me guiñó un ojo.
—Algún día... podríamos salir, ¿qué dices?
Lo miré sorprendida. No podía creer que este chico, que acaba de conocerme, ya me estaba invitando a salir. Nunca me había pasado algo así con un muchacho. Menos con uno tan lindo.
—No lo creo —respondí.
Vi la sorpresa en su rostro, como si nunca en su vida una chica se hubiera negado a salir con él.
—Okey —rascó su nuca como desconcertado—. Quizás más adelante, cuando nos conozcamos mejor— agregó mordiendo su labio para frenar la amplia sonrisa de su boca—. Nos veremos pronto, Sol.
Cuando salió de la cantina, Mica soltó una risa y exclamó:
—¡¡Cristal morirá de bronca!!
—¿Por?
—Gael era su novio, terminaron hace unos meses. Se comenta que él le cortó y que ella quiere regresar y lo persigue en forma insistente.
«Oh, lo que me faltaba, un motivo más para que Cristal me odiara».
***
El domingo en la iglesia estuve sola casi todo el tiempo. Bruno se hizo amigo del hijo del pastor, y andaban juntos para todos lados. Unas señoras muy amables se acercaron a saludarme y también dos chicos jóvenes. Pero las únicas dos chicas adolescentes que había al parecer eran muy amigas entre ellas y no se mostraron interesadas en incluirme, me saludaron de compromiso y luego de unas pocas palabras se marcharon.
Sentía que todo estaba en mi contra desde que habíamos llegado a Rosario. Las chicas de la escuela me odiaban, y también las de la iglesia.
«Nada me sale bien».
En Córdoba tenía muchas amigas en la iglesia y en la escuela. Siempre había sido sociable y extrovertida. Me sentía feliz y segura. En unos pocos días, todo había cambiado en mi vida, nada parecía resultar bien.
«¿Por qué me pasa todo esto a mí? Dios me debe estar castigando por algo malo que hice… o tengo algo malo», pensé.
No tenía ganas de regresar a la iglesia, ni de ir al colegio tampoco. Quería encerrarme en mi cuarto hasta que papá terminara la publicación de su libro y pudiéramos regresar a casa, a Córdoba, a mi vida normal y feliz.
«Dios, ¿por qué no me envías un rayo del cielo y acabas con mis sufrimientos?».
***
Papá estaba abocado a terminar el libro. Desde muy temprano en la mañana se encerraba en su escritorio y pasaba horas leyendo y escribiendo. Por las tardes su editor y él trabajaban en las correcciones, a veces en casa y otras en el instituto. Llegaba por las noches, agotado.
El nuevo ritmo de actividades de Rosario nos había distanciado bastante. Por momentos sentía que también había perdido a mi familia, y eso me ponía triste y melancólica. Lo único que hacía era encerrarme en mi cuarto, escuchar música, hacer mis tareas o mirar televisión durante largas horas. Salteaba las comidas, porque odiaba tener que recalentarme un plato de comida y almorzar sola.
«Ahora sí puedo comprender a aquellos que sufren depresión, sé exactamente lo que se siente no querer levantarse de la cama, no querer enfrentar la vida y a las personas».
Mamá fue la primera en notar mi decaimiento y cambio de humor. Casi no hablaba y hasta mi apetito también estaba desapareciendo.
—¿Te inscribiste en el equipo de fútbol? —me preguntó una tarde al verme tirada frente al televisor.
—No lo sé, quizás sea una mala idea —respondí sin ánimo.
Hasta había perdido el interés de inscribirme y jugar. Veía todo de forma negativa y pesimista.
—¡Vamos, Sol! —insistió—. Siempre has querido formar parte de un equipo, ¿por qué no lo intentas? Quizás te sorprendas y hagas nuevas amigas allí. No puedes pasarte todo el día encerrada en casa.
Mamá tenía razón. Sabía que no estaba bien.
«Mi estilo de vida es patético, y debe cambiar».
A la mañana siguiente, en el primer recreo, fui hasta el gimnasio y me anoté en el equipo de fútbol femenino. Bastó ese solo paso para que mi humor cambiara. Puse mis expectativas en aquel grupo de chicas que no conocía, rogando que allí pudiera encontrar las amigas que no tenía.
***
Las prácticas del equipo comenzaron unos días después.
La escuela estaba inscripta en la LIFUS (Liga de Fútbol de Colegios Secundarios), y participaba de competencias a nivel provincial y nacional. Eso me incentivaría a entrenar y prepararme para dar lo mejor. Los entrenamientos serían tres veces a la semana, y los partidos y campeonatos los días sábado por la mañana o la tarde.
¡Estaba tan emocionada! El fútbol era una de mis grandes pasiones. Siempre había soñado con jugar en un equipo estable, no solo en los campeonatos de la iglesia una vez al año o en un partido de campamento.
Luego de la escuela, almorcé en la cantina y me dirigí al vestuario para cambiarme y prepararme para el primer entrenamiento. Al entrar me encontré con varias chicas de mi curso.
—Hola, Sol —me saludó Leila al verme llegar.
—Hola —les dije mientras comenzaba a sacarme el uniforme.
—¿Te inscribiste para el equipo de hockey? —preguntó Nair, una de las amigas de Cristal.
—No, vine al entrenamiento de fútbol.
—¡Fútbol! —exclamó Leila—. Ese deporte es muy violento, ¿no tienes miedo a quedar como una machona?
Sonreí ante su comentario.
—Me gusta el fútbol.
—Pero ese equipo nunca ha ganado nada, son unas perdedoras —explicó Nair—. En cambio, nosotras tenemos el título de campeonas provinciales.
—Cuando en junio vayamos a las olimpiadas en Santa Fe, terminarás llorando con ellas, como todos los años. Nunca han ganado nada —exclamó Leila.
—Todas las futbolistas son unas brutas y ordinarias —murmuró Nair.
—Chicas, chicas... no molesten a la nuevita —se escuchó desde el otro lado de la puerta del baño.
«Conozco esa voz. Es Cristal».
Abrió la puerta con su vestimenta de hockey puesta y debía admitir que le quedaba muy bien. Parecía una modelo de ropa deportiva. Cristal era alta y delgada, sus largas piernas lucían muy bien con aquella pollera pantalón y esas medias rosas hasta sus rodillas. Llevaba sus rubios cabellos recogidos en una coleta y se veía bien aun sin maquillaje.
Caminó pasando a mi lado con aires de grandeza. Miró a sus amigas y comentó: —Creo que será bueno verla traspirar y correr con ese grupo de perdedoras. Cada quien a donde pertenece.
La arrogante sonrisa en su rostro hizo que mi estómago se estrujara. De pronto, sentí ganas de tirar de sus hermosos cabellos rubios y darle un fuerte golpe en esas delicadas mejillas rosadas y perfectas.
«¿Qué me pasa? Yo no soy así, yo no pienso así».
Bajé la cabeza y continué guardando mi uniforme y sacando de la mochila unos shorts, una camiseta y mis botines. Se miraron escandalizadas y Cristal les hizo seña de que salieran.
—Vamos chicas, dejemos a la nueva ponerse su uniforme de muchachito.
Todas rieron, pero yo cerré los ojos con fuerza y conté hasta diez para no responder a su insulto. Gracias a Dios, todas salieron del vestuario y pude terminar de arreglarme para ir al entrenamiento.
Al llegar a la cancha de fútbol, vi en una punta al equipo de varones haciendo pre calentamiento. Todos corrían y saltaban sobre la línea detrás del arco. Rápidamente distinguí a Gael entre ellos, sus cabellos claros brillaban bajo el sol de esa hermosa tarde de marzo.
La entrenadora tocó el silbato llamando al grupo de chicas justo en el arco contrario. Me acerqué con timidez. Eran unas quince chicas de diferentes cursos de la escuela. Valeria era nuestra entrenadora, que llevaba tres años con el equipo. Se presentó y nos preguntó cuál era nuestra posición en la cancha. La mayoría eran defensoras y medio campistas.
—Bueno, Sol, eres nueva en el equipo... ¿cuál es tu posición? —me preguntó.
—Soy delantero, pero juego en medio campo también.
—¡Un delantero! —exclamó una de las chicas.
—¡Justo lo que necesitamos! —agregó Valeria entusiasmada—. Nunca hemos tenido nadie que se sintiera cómodo en esa posición —me miró y entendí que su preocupación era mi baja estatura.
—Soy pequeña pero veloz —le aclaré y ella sonrió—, digamos que Messi no es muy alto, y eso no le impide ser el mejor del mundo —agregué y todas se rieron. Ya me caían bien estas chicas.
Corrimos alrededor de la cancha, luego hicimos unos ejercicios de estiramiento y comenzamos a practicar pases de a dos. Al terminar el entrenamiento, ya había conocido a Jazmín y Antonella, de sexto año. Las dos eran simpáticas y se mostraron muy amigables conmigo. También conocí a Luz y Dana de tercero y a Mara y Vicky de quinto, que ya llevaban varios años en el equipo.
Esa tarde llegué a casa cansada, pero feliz. Este grupo de chicas serían mis amigas. No importaba que en mi curso no tuviera ninguna. Sabía que podía contar con este equipo y ya quería jugar con ellas un verdadero partido.
***
Luego de un mes de clases las cosas seguían igual. Cristal y las chicas de mi curso me trataban como si tuviera una enfermedad contagiosa. Javi y Timo me decían que estaban celosas.
«¿Celosas de mí? Es una locura».
Los entrenamientos iban cada día mejor. Comenzábamos a entendernos cada vez más y a hacer jugadas preparadas. Valeria estaba muy contenta y decía que creía que este año podíamos mejorar el nivel del colegio en la tabla de posiciones, donde siempre estábamos cerca del final de tabla.
Durante el recreo fui nuevamente a la cantina. Mica estaba atendiendo a un montón de chicos amontonados, así que me dirigí a un rincón donde pudiera estar tranquila cerca de una ventana. Ojeé mi celular y me distraje con eso, pero unas voces llamaron mi atención.
Levanté la vista y en una mesa cercana a donde estaba se encontraba Gael con un par de sus amigos. Estaban tomando una gaseosa y riendo. Gael estaba de espaldas, así que no podía verme. Cristal llegó con Leila y Nair, acercaron unas sillas y se instalaron cerca de los chicos. Ellos parecían felices con su presencia.
—Quería invitarlos a una fiesta que voy a hacer el fin de semana —dijo Cristal sonriendo—. Ustedes no pueden faltar. Será una noche súper divertida y habrá buena música y tragos.
—¡Seguro! Allí estaremos —respondieron casi a coro.
—Pueden traer algunos amigos del equipo de fútbol —agregó Nair—. ¡Nos encantan los futbolistas!
Ellos rieron.
—Espero que vayas, Gael, mi madre te extraña y le encantará verte —agregó Cristal acercándose a él y tocando sus cabellos.
—No creo que pueda —respondió sacudiendo la cabeza para sacar la mano de la rubia.
—¡Vamos, Gael! Claro que puedes ir —insistieron los muchachos.
Cristal se acercó aún más y susurró algo a su oído. Le dio un beso en la mejilla y se retiró. Leila y Nair la siguieron como perritos falderos.
Hubiera querido ver el rostro de Gael. ¿Qué le habrá dicho Cristal? ¿Iría a la fiesta?
«¿Por qué debía importarme lo que hicieran?».
***
El equipo había recibido la invitación de un colegio cercano para unas olimpiadas que serían en dos semanas, donde participarían cuatro colegios de la zona. Sería en fútbol femenino y masculino, hockey femenino, vóley masculino y femenino.
Valeria reforzó los entrenamientos, así que esas dos semanas nos quedamos todos los días después de clases. Los varones también, así que nos cruzábamos seguido con Gael.
—Hola, Sol.
—Hola, Gael, ¿cómo van los entrenamientos?
—Bien, ¡Augusto nos está matando! —comentó secando su frente con una toalla.
Los dos caminamos hacía un recipiente de agua fresca al costado de la cancha.
—Te he estado observando... eres buena —dijo mientras tomábamos agua.
—Me defiendo —respondí con una sonrisa—. También eres bueno.
—Ah, sí, eso dicen —susurró con aires de ganador—. Debo hacerle honor al puesto de capitán.
—¿Qué tal los equipos que enfrentaremos? ¿Cuál crees que es el rival más fuerte?
—El Santo Tomás. En ese colegio casi todos son federados y juegan en clubes de primera, entrenan muchísimo. El año pasado perdimos la final contra ellos, sobresalen en todos los deportes.
—Puede ser que este año no tengan tanta suerte.
Un fuerte silbato nos interrumpió y debimos regresar al entrenamiento.
***
El día del campeonato nos reunimos muy temprano en la escuela y todos los equipos subimos a un colectivo que nos llevaría al predio donde se realizaba el campeonato. Valeria nos dio algunas indicaciones antes del primer partido. Todas estábamos nerviosas, ya que iba a ser la primera vez del año que enfrentábamos a ese rival.
Los varones ganaron su primer partido 3 a 2 contra el colegio de Fátima, y las chicas de hockey iban empatando en el primer tiempo cuando nuestro partido comenzó.
Llevábamos veinte minutos cuando Jazmín, nuestra capitana, recibió un golpe en el tobillo y quedó lesionada.
«No podemos tener tanta mala suerte»
