Yo vencí la depresión - Dra. Eunice Higuchi - E-Book

Yo vencí la depresión E-Book

Dra. Eunice Higuchi

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Beschreibung

Eunice Higuchi, médica exitosa, estaba casada y era madre de cuatro lindos hijos cuando vio que su mundo se desmoronaba y fue abatida por la depresión. Una serie de eventos alcanzó a su familia y arrasó su salud emocional. Eunice se vio en el fondo del pozo. En búsqueda de una salida, tuvo altísimos gastos económicos y su cuadro depresivo se agravó cuando un hecho trágico ocurrió: su psiquiatra se suicidó. ¿Qué sentir cuando la única persona que, aparentemente, puede ayudarle también perdió la lucha contra su mayor enemigo? La médica sabía que su mal no tenía cura, pero no podía permanecer en la misma situación en la que se encontraba. Eunice vio en las religiones una posible salida y se aventuró por los más diversos credos y vertientes religiosas. Sin embargo, fue en el lugar más improbable y de la forma más aleatoria que descubrió la solución que buscaba. Sumérjase profundamente en la historia de quien tuvo su vida destruida por el mal del siglo y, de las cenizas, logró erguirse nuevamente. Conozca las comprobaciones, las experiencias vividas y los pasos que Eunice Higuchi recorrió en su lucha para vencer la depresión.

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Seitenzahl: 71

Veröffentlichungsjahr: 2021

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Copyright © 2020 Unipro Editora

Todos los derechos están reservados y protegidos por la ley. Está prohibida la reproducción total o parcial sin el consentimiento expreso de la editorial.

Este libro ha sido revisado de acuerdo con la Real Academia Española (RAE).

Los textos bíblicos citados están en la versión La Biblia de las Américas (LBLA), salvo expresa mención.

Edición y coordinación editorial: Sandra Gouvêa

Dirección de arte: Paulo Junior

Proyecto gráfico: Luiz Felipe Kessler

Diagramación: Handerson Theodoro

Tapa: Duda Steola y Willian Souza

Traducción: Marta Angélica Corvino

Asistentes editoriales: Ricardo Rodrigues y Tatiane Gomes

Conversíon para e-book: Gabriela Arruda

H638e

Higuchi, Eunice

Yo vencí la depresión / Eunice Higuchi ; traducción : Marta Angélica Corvino. – 1. Ed. – San Pablo : Unipro Editora, 2021.

Título original: Eu venci a depressão

ISBN 978-65-89769-26-2

1. Depresión. 2. Biografía. 3. Autoayuda. I. Corvino, Marta Angélica. II. Título.

CDD 158-1

Unipro Editora no se responsabiliza por los relatos y opiniones descriptos en esta obra. Todas las informaciones contenidas aquí exponen solo el punto de vista de la autora.

ÍNDICE

Introducción

La oscuridad en mí

El infierno en mi familia

Ascenso y caída

“Su psiquiatra se suicidó”

En busca del cambio

Esperanza a través de la radio

La “largada”

Las armas

Lo que la Ciencia ignora

Completamente curada

En la dependencia de Dios

¿Sal?

Salga de la oscuridad usted también

Cómo ayudar a un depresivo

Bibliografía

INTRODUCCIÓN

“¡Levántate!”, “¡Sal de esa cama!”, “¡Ve a trabajar!”, “Tus hijos te necesitan!” eran las frases que oía de algunos parientes.

Ellos querían ayudarme, porque veían mi situación crítica y muchas veces me oían decir que quería morir. Y realmente lo quería. Ya no aguantaba vivir.

Para quien nunca vivió la depresión es prácticamente imposible entender lo que sucede. De un momento a otro, esa persona con la que usted solía convivir se transforma de una manera que no la reconoce más. La depresión se apodera y la persona ya no logra vivir como antes.

Yo amaba mi profesión y luché mucho para ingresar a la facultad de medicina. Vengo de una familia pobre. Mi madre se quedó viuda cuando yo todavía era una bebé de un año y medio, y mi hermana menor tenía pocos meses de vida, además de los otros cuatro hermanos mayores. Éramos seis hijos para que mi madre cuidara sola.

Mi padre era un inmigrante japonés. Vendía muñecas de plástico en Brasil, hechas por él mismo. Era un artista, pintaba cuadros y vivía en medio de artistas e intelectuales, en el centro de la ciudad de San Pablo. Debido a la vida bohemia que llevaba, acabó contrayendo tuberculosis, enfermedad común en los centros urbanos en aquella época, y murió joven, a los 33 años.

Mi madre, brasileña y de ascendencia japonesa, gastó todo el dinero que teníamos en el tratamiento de mi padre cuando fue internado en la Santa Casa de San Pablo. Vivimos en la miseria. Por eso, mis hermanos y yo empezamos a trabajar desde niños.

Siempre trabajé mucho y, a pesar de haber estudiado toda la vida en escuelas públicas, logré aprobar el examen de ingreso a la Universidad de Medicina de San Pablo. Como se sabe, es el más disputado de esa Universidad. Era un sueño para mí hacer ese curso.

Después de seis años de facultad, logré pasar y hacer la residencia también en el Hospital de Clínicas de la Facultad de Medicina de la Universidad de San Pablo. Todo con mucho esfuerzo, estudiando y trabajando mucho, durmiendo casi nada, hasta lograr alcanzar una carrera exitosa.

Como médica, actué como pediatra en el interior de San Pablo y logré tener un consultorio lleno. La clientela de pacientes era grande, con espera por mis consultas particulares. También fui sanitarista y trabajé en la salud pública, actuando como directora de salud en dos municipios.

Es realmente una verdadera historia de superación para quien vino de la pobreza y de una familia desestructurada, pero, aunque había conseguido alcanzar tantas conquistas en mi vida profesional y académica, nada de eso me daba ánimo para vivir. Un torbellino de problemas en mi vida personal me llevó a la depresión profunda, que me quitó la realización con mi profesión y con todo lo demás. La depresión quitó la vida que había en mí.

Hoy, después de 25 años de haber vencido la depresión, sin ninguna recaída, con una nueva realidad de vida, decidí compartir mi trayectoria, a fin de poder ayudar a todos aquellos que no logran ver un fin para el sufrimiento en el que viven. Que la lectura de este libro pueda abrir la visión de que es posible vencer la depresión.

Un día, mi hija me preguntó por qué me quedaba con las ventanas cerradas, acostada en la cama y aislada en total oscuridad, en pleno día de sol y calor. “No lo sé, era como quería estar, y ya oí muchos relatos de personas en las mismas condiciones que yo estaba haciendo exactamente lo mismo” — le respondí.

La oscuridad en la que yo estaba no era solo la falta de luz física, de claridad, sino principalmente la falta de esperanza. No lograba ver un camino que me hiciera salir de ese estado. Ya no creía que existieran la felicidad y el amor, al menos no para mí.

Fueron cuatro años de depresión. Viví en ese período los peores días de mi vida, si es que se puede llamar “vida” a eso. Ya no tenía control de mí o de mis emociones. Era una “muerta-viva”. Me sentía al borde del abismo, de la muerte, tamaño era el sufrimiento que enfrentaba.

Nada me traía vitalidad. Lo que otrora solía traerme un poco de alegría se había vuelto gris, sin gracia. Las cosas más básicas, como levantarme y cepillarme los dientes, para mí, empezaron a ser un peso, exigían de mí un esfuerzo sobrenatural.

Encerrarme, aislarme era lo que quedaba. En el cuarto oscuro, sin querer ver a nadie, sufriendo sola, llorando día y noche, sin esperanza. Permanecer en la oscuridad podía no tener sentido, pero ver el sol tampoco me quitaría la oscuridad que había en mi interior.

El infierno en mi vida

A diferencia de las enfermedades físicas, como los problemas cardíacos, diabetes, etc., cuando se trata de una enfermedad vinculada al estado emocional, las personas tienden a disminuir la gravedad del problema: “es solo depresión” — suelen decir. O incluso piensan que es debilidad, pereza, falta de qué hacer y que el depresivo puede simplemente decidir que ya no quiere vivir toda esa angustia y listo, será libre. La realidad de la depresión está muy lejos de eso...

Los pensamientos de suicidio venían a mi mente todos los días. El deseo de darle un fin a todo ese sufrimiento era muy grande... “No aguanto más, es mucho dolor, es insoportable”, “ya no hay salida para mí”, “ya lo he intentado todo”, “no quiero continuar viviendo”, “necesito que todo esto se termine”, “este dolor tiene que terminar”, eran los pensamientos que me atormentaban. Lloraba de día y de noche. Mi rostro solo les transmitía tristeza a los que convivían conmigo.

Mis familiares querían que saliera de ese estado e, incluso tratando de ayudarme, no lograban entender lo que me pasaba. Me fui a vivir a la casa de mi hermana y después me mudé con mis hijos a un departamento alquilado.

Mi madre se fue a vivir conmigo durante un tiempo, para ayudarme a cuidar a mis hijos. Incluso queriendo lo mejor para mí, ella no tenía paciencia y se enojaba. Me regañaba constantemente para que yo reaccionara ante esa situación, pero eso me dejaba aún peor. No tenía fuerzas. No era debilidad o falta de voluntad.

Yo sabía que necesitaba salir de esa situación, que mis hijos dependían de mí, pero simplemente no lo conseguía. Era más fuerte que yo, mucho más allá de mis fuerzas. Ya no lograba ni siquiera cuidarme, mucho menos cuidar a los demás. Lo que quería era morir.

No había razón para seguir viviendo, solo tristeza, un profundo vacío en mi alma, un abismo dentro de mí, un dolor sin fin... Y si no había por qué vivir en ese momento, ¡mucho menos el futuro! No existían más sueños. Los que una vez había tenido me parecían sin sentido. Ya no había ninguna razón de ser, de existir.

La hora de dormir también era un tormento. Yo no lograba dormir y, cuando lo lograba, tenía muchas pesadillas. Terribles pesadillas. Me despertaba asustada, gritando en medio de la noche, con el corazón latiendo con fuerza, sudando, un sentimiento horrible. Mis hijos decían que parecía que no era yo, sino algo que me afligía durante el sueño, que me hacía tener esas terribles pesadillas y que me causaba mucho mal.

En ese tiempo tampoco tenía hambre, no había alimento que me diera ganas de comer, ni siquiera los platos que más me gustaban antes. Perdí demasiado peso, llegué a pesar 39 kilos. La ropa me quedaba grande y tenía que hacerles nuevos agujeros a los cinturones, que ya no se ajustaban a mi cintura. Un poco más y mi cuerpo ciertamente no iba a aguantar frente a esa situación.

Debido al problema en mi alimentación, mi cabello se caía más de lo normal, tenía acidez, ardor y los medicamentos que estaba tomando me daban problemas intestinales.

Como consecuencia del proceso de somatización, tuve varias veces tensión en la musculatura de la nuca y de los hombros. Constantemente tenía crisis de ansiedad y tamaña tensión trababa mi cuello, de forma tan fuerte que era incapaz de mover la cabeza.