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Por qué ser feliz si puedes ser normal?
Con la excusa de contar la vida o la rutina de gente que le ha fascinado, June Fernández habla en este libro de muchas cosas: celebra las diversidades, critica mandatos sociales, estéticos y sexuales, recupera la memoria de quienes no suelen salir en los libros de texto, descubre heroínas que esconde la historiografía machista-leninista, rompe tabúes, reivindica la risa, el cabreo, la excentricidad, la contradicción, el derecho a vivir como nos da la gana, el derecho a complicarse la vida.
¿Ser mujer y no depilarte la barba? Qué ganas de complicarte la vida. ¿Salir del armario a los 40 años? Qué ganas de complicarte la vida. ¿Poner tu vida en riesgo por defender los derechos de otras personas? Qué ganas de complicarte la vida. ¿No esconder la pluma ni siquiera delante de las monjas de tu residencia de ancianos? Qué ganas de complicarte la vida. ¿Empeñarte en mantener vivo un juego tradicional de mujeres que a nadie le importa? Qué ganas de complicarte la vida. ¿Reconciliarte con tu cuerpo en vez de llevarlo al quirófano para que te lo arreglen? Qué ganas de complicarte la vida.
Este libro recoge diez historias de gente ingobernable, que prefiere complicarse la vida que asfixiarse en el estrecho y absurdo modelo de normalidad.
EXTRACTO
Irina clama contra el presidente Enrique Peña Nieto con una voz aguda y quebrada. La esclerosis múltiple le ha afectado a la tiroides y la tiroides al grosor de la laringe y el grosor de la laringe le ha provocado una afonía crónica, agravada ahora por el aire acondicionado polar de las instalaciones venezolanas. Es la suya una vehemencia interrumpida. Hace pausas, coge aire: la fatiga de la enferma crónica. Pero la tentación de compadecerse por su salud, su voz quebrada, su silla de ruedas desaparecen ante su carisma apabullante, su sentido del humor ácido, que es la vacuna contra la amargura, y la dignidad con la que se niega a que la traten como inválida: «La pinche lástima me encabrona».
SOBRE LA AUTORA
De niña,
June Fernández (Bilbao, 1984) escribía diarios, grababa entrevistas a su abuela y fantaseaba con trabajar en
El País: el sueño se cumplió cuando se licenció en Periodismo y fue colaboradora habitual de la edición del País Vasco hasta 2009. En 2010, trazó un camino más libre y divertido: crear
Pikara Magazine, la revista feminista, crítica y disfrutona, que coordina junto con Andrea Momoitio. También escribe en
eldiario.es, Diagonal y Argia.
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Seitenzahl: 345
Veröffentlichungsjahr: 2017
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10 ingobernables
Historias de transgresión y rebeldía
JUNE FERNÁNDEZ
PRIMERA EDICIÓN:septiembre de 2016
© June Fernández Casete
© de las ilustraciones, Susanna Martín
© Libros del K.O., S.L.L., 2016
Calle Infanta Mercedes, 92, despacho 511
28020 - Madrid
ISBN: 978-84-16001-61-3
DEPÓSITO LEGAL:M-29891-2016
CÓDIGO IBIC: JFFK
ILUSTRACIONES DE CUBIERTA E INTERIORES: Susanna Martín
ARTES FINALES:Artur Galocha
MAQUETACIÓN:María OʼShea
CORRECCIÓN:Zaida Gómez
Ganas de complicarte la vida
1 El disfraz del Che
2 Odio el verano
3 LA VIRGINIA WOOLF DE MEDIONA
4 Juanita sigue muy viva
5 IGUAL ALGÚN DÍA NO QUEDAMOS NINGUNA
6 Todo es una bola
7 El velo de Yasmín
8 La que lucha por su pueblo
9 EL AJERO
10 La ruda de doña Sebastiana
Agradecimientos
La autora de este libro
«Soy lo que me dijeron que no pensara, que no dijera, no soñara, no me atreviera. Soy lo que me dijeron que no fuera».
Joumana Haddad
«De cerca nadie es normal».
Ganas de complicarte la vida
Yuri tiene treinta y tantos años, la piel negra clara, largas rastas y una tupida perilla. Viste vaqueros largos con los calzoncillos a la vista y una camiseta de manga corta corriente que cubre su cuerpo menudo y recto. De entrada parece un chaval, tal vez un chico transexual. Yuri es nerviosa e introvertida, pero en seguida se siente cómoda y me explica, con su mirada profunda y bondadosa, que no tiene ninguna duda sobre su identidad de género. Es una mujer. Tiene barba porque su cuerpo de mujer es así. No le da la gana afeitársela. Viste con ropa masculina porque le gusta. Ama y desea a otras mujeres, pero eso no tiene nada que ver. Se enorgullece de ser mujer y lesbiana.
Vive en un pequeño y oscuro apartamento ubicado en una de las calles peatonales más turísticas de la Habana Vieja. El salón es también su cuarto: duerme en un colchón en el suelo y junto a él tiene dos sillones para las visitas. Las paredes ajadas están llenas de sus dibujos y escritos erráticos. Su única compañía es una perra.
En La Habana no es fácil ser diferente y mucho menos pasar desapercibida. En esta ciudad no existe el anonimato. Todo el vecindario la conoce y chismea. Es rara: tortillera, barbuda, solitaria. Vivió unos años en Barcelona, donde su androginia era mejor tolerada, pero tuvo que regresar a Cuba y la soledad ha hecho mella en su salud mental.
Esto último me lo contaron sus amigas las raperas cubanas Krudas Cubensi, esas que cantan a las gordas, a las negras, a las pobres, a las migrantes. Me las encontré en una terraza del bulevar Obispo, me presenté y me senté a comer pizza con ellas. Al día siguiente interveníamos juntas en una charla en la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC). Me hablaron de Yuri y las acompañé a visitarla a su casa. Las Krudas hablaban entusiasmadas de las disidencias de género que habían conocido en México y en Estados Unidos: de las identidades trans, la testosterona sintética, los juguetes sexuales, el porno alternativo. A Yuri esos temas no le interesaban. Es más, le irritaban. Ella repetía que no entendía de nuevas identidades ni de teorías posmodernas.
Al día siguiente vino a la charla y, cuando terminamos, se acercó a saludarme. Me dijo que le gustaría mucho quedar conmigo, enseñarme sus escritos y charlar tranquilamente, contarme su historia. Le prometí que me pasaría por su casa, pero me surgió un viaje fuera de la capital y tuve que posponer la visita hasta mi última noche en La Habana. Llamé a su puerta y no abrió nadie. Me sentí culpable por no haber priorizado ese encuentro: ¿se habría sentido rechazada también por mí?
No tomé apuntes de esas dos veces que charlé con ella. No recuerdo qué garabateaba en su pared. No recuerdo su tono de voz (creo que era grave y algo áspero) ni cómo era su perra. Su rostro se ha difuminado en mi memoria. No puedo contar su historia, al menos hasta que regrese a La Habana y toque de nuevo su puerta.
Una vez escribí en mi blog sobre la depilación, el sujetador, el maquillaje, los tacones: esos accesorios y prácticas que se nos imponen a las mujeres occidentales para remarcar el dimorfismo sexual y justificar con él las discriminaciones sexistas. «Allá afuera la gente sigue muriendo de hambre mientras debatimos sobre nuestros sobacos», me escribió un lector indignado con mis inquietudes frívolas y burguesas.
«Allá afuera», en La Habana Vieja, a Yuri los pelos de la cara le condicionan tanto como la exigua cantidad de arroz y frijoles que le asigna la cartilla de racionamiento. En «allá fuera» y «aquí dentro» —como si el mundo se pudiera dividir así, con un simple «nosotros» y «los otros»; como si en «aquí dentro» no hubiera también muchos «afueras» y viceversa— las personas con cuerpos, sexualidades y actitudes distintas topan con la discriminación, la incomprensión, la exclusión. Las personas que se salen de la norma, aquí y allá, también luchan, gozan, juegan, aman, conspiran. Convierten la vergüenza, el silencio y las cicatrices en orgullo.
¿Ser mujer y no depilarte la perilla? Qué ganas de complicarte la vida. ¿Salir del armario a los 40 años? Qué ganas de complicarte la vida. ¿Poner tu vida en riesgo por defender los derechos de otras personas? Qué ganas de complicarte la vida. ¿Vivir en una residencia de ancianos con monjas sin esconder la pluma? Qué ganas de complicarte la vida. ¿Empeñarte en mantener vivo un juego tradicional de mujeres que a nadie le importa? Qué ganas de complicarte la vida. ¿Reconciliarte con tu cuerpo en vez de llevarlo al quirófano para que te lo arreglen? Qué ganas de complicarte la vida.
Cuando la escritora Jeanette Winterson, recién cumplidos los dieciséis años, le contó a su madre que se había enamorado de una chica, esta le espetó: «¿Por qué ser feliz si puedes ser normal?». No puedo contar la historia de Yuri, pero sí otras diez historias de gente ingobernable, de gente de aquí y de allá que prefiere complicarse la vida que asfixiarse en el estrecho y absurdo modelo de normalidad.
1 El disfraz del Che
«Yo viví en Nicaragua en plena guerra, ¿sabes? En 1984 participaba en una campaña de alfabetización. Cuando la Contra atacó nuestro asentamiento, me tiré de la silla de ruedas, repté durante kilómetros, sin darme cuenta atravesé la frontera de Costa Rica y topé con su campamento. Disparé, alcancé a varios. El Frente Sandinista de Liberación Nacional me condecoró».
Irina Layevska Echeverría me extiende su mano alargada y yo intento disimular la aflicción que me produce sentirla floja e inerte. Es una mujer menuda, de cabellera rubia y una mirada oscura. Sus piernas son tan flaquitas como los brazos. El torso, erguido y robusto, contrasta con las extremidades atrofiadas. Le hemos caído bien; su gesto duro y altivo, de barbilla bien alta, pronto se ilumina con una sonrisa pícara.
A Irina y a su esposa, Nélida Reyes, las acabamos de conocer en el restaurante de un lujoso hotel de Caracas, insólito escenario en el que el Ministerio de Cultura venezolano organiza un encuentro de intelectuales, artistas y activistas. Nos cuentan que llevan 25 años juntas y que se han casado dos veces. Bromeamos sobre el radar que tenemos las lesbianas: quéalegrehabernos conocido en la primera noche.
Irina necesita la ayuda de Nélida para llevarse la comida a la boca. A cambio, puede manejar el celular: lo agarra con la parte interior de las muñecas, se lo acerca a la cara y aprieta la nariz sobre la pantalla táctil para enseñarnos fotos y agregarnos al Facebook.
Irina es sexóloga de formación, pero tiene un empleo de administrativa en la Universidad Nacional Autónoma de México. Nélida trabaja en el metro de México. Han venido a este encuentro para presentar un documental sobre sus vidas:Morir de pie, dirigido por Jacaranda Correa1.
—¿De qué trata?
—De nosotras, de nuestra pareja, de la enfermedad… Nos haría mucha ilusión si mañana llegan a la proyección. También estaremos organizando un acto en repulsa por la desaparición de 41 estudiantes en Ayotzinapa.
Irina clama contra el presidente Enrique Peña Nieto con una voz aguda y quebrada. La esclerosis múltiple le ha afectado a la tiroides y la tiroides al grosor de la laringe y el grosor de la laringe le ha provocado una afonía crónica, agravada ahora por el aire acondicionado polar de las instalaciones venezolanas. Es la suya una vehemencia interrumpida. Hace pausas, coge aire: la fatiga de la enferma crónica. Pero la tentación de compadecerse por su salud, su voz quebrada, su silla de ruedas desaparecen ante su carisma apabullante, su sentido del humor ácido, que es la vacuna contra la amargura, y la dignidad con la que se niega a que la traten como inválida: «La pinche lástima me encabrona».
* * *
«Morirá antes de los veinte años», advirtieron los médicos a su familia cuando Irina era pequeña. Fue una infancia marcada por la soledad: cuenta que su papá no se ocupaba de cuidarla y que su mamá, muy involucrada en política, se sentía avasallada ante la enfermedad de su pequeña. «Sentí que o gritaba o me moría. Y así me fui haciendo rebelde, irreverente, insatisfecha».
Vivió sus primeras humillaciones con solo cuatro años, cuando acudía a la cárcel a visitar a su padre, detenido por su implicación en el movimiento estudiantil del 68. Durante aquellas visitas, los guardias le obligaban a quitarse sus pesados aparatos ortopédicos para revisarlos. A veces no le dejaban pasar con ellos, y entonces ella gritaba y pataleaba hasta que el jefe de guardia comprendía que la única manera de dominar ese berrinche volcánico era dejarle pasar. Estos episodios le hacían sentirse presa y aislada. Como no podía contar en la escuela que su papá estaba preso por comunista, sentía que no tenía verdaderas amistades.
En 1972, su padre salió de la cárcel y la llevó a Rumanía a operarle de una pierna. La dejó en el hospital y se fue a viajar por Europa. «En los ocho meses que estuve ingresada, con puros niños rumanos, sin hablar ni papa de rumano, no lo vi». Acumuló rencor contra elpadre distante y autoritario, pero empezó a seguir sus pasos. Al regresar a México siguió visitando en la cárcel a presos políticos amigos de la familia: el padre odiado le había plantado el germen de la conciencia política. Su ídolo era el Che Guevara: le fascinaba ese héroe que no se dejaba derrotar por el asma. Irina fantaseaba con que el Che era su papá, en vez de ese señor que la humillaba y despreciaba por considerarla débil. Miraba la foto del revolucionario argentino y se imaginaba siguiendo su ejemplo: «Yo quería ser como él».
Mientras tanto, los médicos seguían sin dar con su diagnóstico. Que si polio, que si espina bífida. En 1979, la peregrinación médica la llevó al Hospital Clínico Central de Moscú. Al menos tuvo buena compañía: una enfermera de veinte años, bajita, pecosa, platicadora y risueña, con la que compartió sus secretos. Y también pudo hacer relaciones públicas de altos vuelos: en ese centro atendían a dirigentes de partidos comunistas de todo el mundo.
Allí estaba hospitalizada la madre del cofundador de las FARC, Manuel «Tirofijo» Marulanda. Irina le recuerda con fascinación: «Fue un maestro para mí, me orientaba en lecturas y las analizábamos. Era un sujeto jovial y muy coqueto, le gustaban mucho los chistes de doble sentido, y le gustaba bailar. Él podía hablar con total sencillez y también desmenuzar las teorías más complicadas y traducirlas a un lenguaje mortal»2. El centro de atención era Daniel Ortega; el triunfo sandinista era muy reciente y su líder —un tipo alegre y sencillo— acaparaba todas las atenciones cuando iba a visitar a sus compañeros.
Ortega era la estrella del hospital; Yasser Arafat, el marajá: «Era un tipo imponente y se movía como dueño del mundo». El hospital comunista proporcionó una suite privada y privilegios varios al líder palestino. Un día, Arafat le hizo llegar a Irina, a través de su traductor, una oferta difícil de rechazar: quería casarse con su madre a cambio de dos camellos y un pozo de petróleo en Irak. La mamá de Irina no se sintió precisamente halagada: aporreó la puerta de Arafat y le gritó: «Usted no puede querer cambiarme por cosas, yo no estoy a la venta, ni todo el petróleo del mundo vale lo que yo».
«A pesar de la rotunda negativa, Arafat no cesó en su oferta, asegurando que mi mamá podría llegar a ser una de sus mejores esposas. Yo no sé si será alarde o en verdad tenía un harén», se pregunta Irina.
Codearse con esos mandatarios que charlaban de política en la sala de fumadores del hospital le motivó a querer enrolarse en alguna aventura revolucionaria: «Yo sentía que México era el país máslightde todos los que estaban ahí. Incluso mi misma condición de paciente, porque iba por una cuestión clínica y los demás, por secuelas de tortura, por lesiones de guerra, amputaciones… Yo iba simplemente a un tratamiento. Entonces me sentía muy pendeja».
Dos años después empezó a usar silla de ruedas. Le daba terror la idea de quedarse postrada a una cama. Y ese miedo la animó a irse a una Nicaragua en guerra. «Sentí que me iba a morir. Es más: me quería morir. Y, entonces, morir en una circunstancia de lucha, como el Che, era más romántico. Que me den un balazo, para tener un pretexto».
Una de sus labores en Nicaragua fue entrenar a combatientes lisiados. Ella bien sabía que la discapacidad se vive como una pequeña muerte. Los guerrilleros aprendían a utilizar sus miembros afectados por heridas de guerra y sentían que podían seguir luchando.
Fue a Nicaragua para tentar a la muerte, pero no tuvo suerte; vio a compañeros caer al primer balazo y a ella nunca le alcanzó ningún tiro. «Se dice que cuando te toca, te toca, y cuando no, aunque te pongas. Y por más que me puse, no me tocó». Estuvo cerca esa vez en la que se aproximó junto con sus compañeros a un campamento de la Contra. Iba armada con un AK-47 y un fusil checoslovaco chiquito, ligero y práctico.
—Avisamos, atacamos y ganamos.
—¿Cómo te sentiste?
—Omnipotente. Todopoderosa. Invencible.
* * *
En 1989 cayó el muro de Berlín, en 1991 se desintegró la Unión Soviética y en 1991 Irina y Nélida se conocieron en Cuba. Si un aleteo de una mariposa en China produce un terremoto en la otra esquina del mundo, un terremoto geopolítico en el corazón de Europa puede ser el comienzo de una historia de amor en el Caribe.
La caída del bloque comunista y el recrudecimiento del embargo estadounidense produjeron efectos devastadores en la economía cubana. Son los años del crudísimo «periodo especial»: entre 1990 y 1993 el PIB cubano se redujo un 36%. En ese contexto, Irina participó en la creación de un comité de solidaridad que promovía la donación de petróleo mexicano al pueblo cubano. En 1991 aterrizó en Cuba y, en plena incertidumbre económica, Irina recibió una certidumbre médica; fueron los especialistas cubanos los primeros que acertaron con su diagnóstico: le confirmaron que tenía esclerosis múltiple.
En aquella época, Nélida estaba sobreviviendo a los conflictos laborales del convulso metro del D. F. Señalada por su compromiso sindical, en 1987 unos sujetos habían disparado contra su taquilla. «Lo más aterrador es que uno de los tipos se paró frente a mí, nos miramos a los ojos y pensé: “Estegüeyvino a matarme”. Salté por el susto y la bala me rozó». Rozar la muerte le llevó a decidir que quería serle más útil a la vida. Una de las maneras fue afilarse al PRT y sumarse a su comité de solidaridad con Cuba.
Y ahí conoció a Irina. Se enamoraron y se casaron en la isla. Fue una ceremonia sencilla, con ropa de calle, a la sombra de una ceiba. Prometieron, ante la mirada llorosa de sus compañeros comunistas, amar y defender juntas la Revolución. Pero entonces, Irina no se llamaba Irina.
* * *
«El Che hablaba de la creación del Hombre Nuevo, y el Hombre Nuevo todavía no existe. Hay nuevos hombres, pero el Hombre Nuevo no hay».
En una grabación casera, un joven habla del futuro de la Revolución cubana después del golpe que supuso la caída de la URSS. Estamos en la proyección del documentalMorir de pie, ese que repasa la vida de Irina y su relación con Nélida. Pero en la pantalla no vemos a Irina, sino a un chaval moreno, con barba silvestre, bigote frondoso y cigarrillo en mano. Es menudo, sus brazos son flaquitos, pero su torso, erguido y robusto. Su mirada es oscura y profunda. Es Irina antes de nacer.
El detonante fue el miedo a la ceguera. Llevaba un año yendo casi a diario al hospital: un año de análisis, consultas, resultados, malas noticias. Los médicos le anunciaron que el siguiente golpe de la enfermedad sería la pérdida de la visión. Estuvo cerca de suicidarse, pero su esposa apareció a tiempo.
«Tu problema es que no has explorado tu feminidad, que no te permites llorar, sentir», dijo Nélida.
Esas palabras quedaron resonando en la cabeza del joven revolucionario que admiraba a héroes asmáticos invencibles. Pensó que, si hubiera vida después de la muerte, le gustaría ser mujer. Un día, se permitió llorar. Una noche, se probó un vestido de su esposa. Por primera vez,durmió de un solo.
Se afeitó el bigote y la barba, enterró la boina, transformó su cabellera azabache en una melena dorada y se volcó en una nueva revolución: renacer. El 24 de agosto de 2001 se presentó ante su esposa como Irina Layevska, el nombre de la enfermera rusa con la que compartía confidencias en el Hospital de Moscú. «Ella fue la primera persona a la que le dije que ser hombre me estaba matando, que hubiera deseado ser mujer». Lejos de juzgarla, la enfermera Irina la escuchó, la comprendió y le guardó el secreto. «Por eso la conmemoré con mi nombre».
Hoy cree que su admiración por el Che le sirvió para tener un disfraz con el que travestirse, con el que fingir una identidad masculina impuesta. Hoy recuerda que en la infancia soñaba que era niña y que tenía trenzas largas y hermosas como las de su prima.
En nuestra segunda cena juntas, aún perplejas con la película(«Queríamos reservarles la sorpresa», ríe Nélida), Irina se descubre el hombro y nos enseña un enorme tatuaje en su espalda:es una mariposa morfo azul. Simboliza su metamorfosis.
* * *
Dice Nélida: «Cuando Irina me dijo que llegó y que llegó para siempre, yo me quedé muy impactada; me sentía como si no supiera nada de la vida». Nunca había tenido cerca a una persona trans y ella era heterosexual. La noticia le suponía una crisis no solo de pareja, sino existencial. Si su marido ahora era mujer, ¿eso las convertía en lesbianas? Y luego estaba «la etapa Barbie»: Nélida, que no se preocupaba mucho por la estética, asistía desconcertada a la relación de su hasta entonces marido con el maquillaje y los tintes. «Me enojé, me frustré, me separé de Irina».
Pero no podía separarse mucho. La enfermedad de Irina exigía muchos cuidados y su familia le dio la espalda. En el vecindario la señalaban y discriminaban. Llegaron a organizar recogidas de firmas para echarla del barrio por considerarla un atentado contra la moral. En las organizaciones políticas no le fue mejor. Por aquel entonces, instalada de nuevo en México, la pareja colaboraba con el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN). Un destacado dirigente zapatista expulsó a Irina bajo el siguiente argumento: «Si traicionaste a tu género, puedes traicionar al proyecto». Nélida era prácticamente su único apoyo.
Fueron años difíciles. Estuvieron casi dos años separadas aunque compartieran techo. Nélida se volcó en la lucha sindical y en una terapia en la que iba decidiendo cómo replantear su matrimonio. «Dice Marisol [la terapeuta] que podemos ser hermanas. ¿Te gustaría ser mi hermana?», le soltó un día a Irina. «Pues de ser hermanas a no ser nada, prefiero ser una hermana incestuosa», recuerda Irina entre risas. Acompañada por su psicóloga, Nélida empezó a reconocer en Irina los valores y las virtudes que amaba de su pareja: «Me di cuenta de que era la misma persona que yo conocí. Lo que cambió fue su imagen». Para demostrarle su apoyo, le regaló un frasquito de Chanel Nº 5.
El tratamiento hormonal surtió efecto en un par de meses y lucía espectacular con su melena dorada. «No mames, Irina, tal y como es tu papá, te va a andar ligando,güey, ni cuenta se va a dar de que eres tú», le dijo un día Nélida. Irina sigue siendo coqueta. Viste camisetas ajustadas de colores vivos, adorna sus ojos coneyelinery gafas de sol de diva, y luce unas uñas pintadas de naranja fosforito.
Ella tampoco conocía a ninguna trans, se sentía sola en el mundo, se preguntaba si estaba loca. Hasta que inició una terapia con un sexólogo. Se quedó tan maravillada que decidió estudiar sexología ella también, para entenderse mejor, para conocer su cuerpo y la sexualidad humana libre de mitos y de prejuicios. «Además, siempre fui una persona muy sexual, muy cachonda. Si la máxima es que los sexólogos saben tener buen sexo, yo quería eso», ríe.
Irina siempre habla de sí misma como Irina, aunque se refiera a episodios anteriores a su cambio de sexo. No se siente transexual; se siente mujer: explica que la transición terminó cuando su entorno asumió su nueva identidad. Y, en concreto, cuando pudo tramitar el cambio de nombre y sexo. Entonces volvió a casarse con Nélida: fue un matrimonio entre dos mujeres3. Antes tuvieron que divorciarse, porque el estado civil de Nélida seguía siendo de casada, con un señor de apellido Echeverría que ya no existía.
* * *
«¡Chávez vive, vive! ¡La lucha sigue, sigue!». Los puños izquierdos de Irina y Nélida se alzan firmes cada vez que alguien menta al «comandante eterno». Están encantadas de estar en Caracas. Irina hasta se ha comprado un chándal con los colores de la bandera venezolana (amarillo, azul con estrellas y rojo), como el que vestía Hugo Chávez y, ahora, Nicolás Maduro. La programación del evento incluye largas horas de secuestro en las que tenemos que escuchar los soporíferos discursos de señores que disertan sobre la justicia social y ensalzan la Revolución bolivariana. El discurso de Maduro, de unas tres horas de duración, es de los más entretenidos: evoca incluso cómo la CIA envenenó al movimientohippiemediante el LSD4.
En público, Irina se muestra entregada; en confianza, es más crítica. Acumula ya demasiadas desilusiones hacia los procesos revolucionarios. Primero fue el sandinismo: «Estuve dispuesta a dar la vida por la Revolución nicaragüense, pero el Frente se dividió, y aún hoy mantiene rezagos de la dictadura de Somoza5». Después, el zapatismo. Que la expulsasen de la organización por su transición de género fue todo un golpe emocional y político. «Sentí quedarme huérfana, pero después entendí que la Revolución es más grande que las personas. El EZLN tuvo un momento de mucha luz, pero cuando una está dentro, el trabajo clandestino la hace callar, y a mí me molestaba mucho el culto al subcomandante Marcos».
—¿Y no te molesta el culto a Chávez?
—Sí. Puedo entender el papel histórico que cumplió, fue un gigante, pero un pueblo no debe sujetarse a un fantasma. Maduro es un verdadero estadista, pero la imagen de Chávez lo achica.
El proceso bolivariano le ha entusiasmado y emocionado durante años, pero le parece que es «una revolución inconclusa». Le decepciona que no se haya podido atajar la criminalidad, que el Gobierno no termine de despenalizar el aborto y que muestre escaso compromiso hacia las personas con discapacidad. Su participación en el encuentro se ha visto condicionada por las barreras arquitectónicas de los anfiteatros en los que se celebraban las mesas redondas o por la falta de rampas en los autobuses que transportaban a los participantes. «Caracas es una ciudad absolutamente inaccesible».
Irina sigue siendo una ferviente militante comunista, pero los machos de izquierda no la reconocen como cuando lucía barba y bigote. Asegura que el 90% de su entorno político le dio la espalda. Recibió insultos y burlas. «Algunas hicieron alianzas macabras con mi madre para hacerme pasar momentos muy jodidos». Quienes se han quedado cerca de ella son, en su mayoría, mujeres y feministas.
En realidad, antes de definirse como mujer ya chocaba con el machismo-leninismo. Nunca fue un hombre al uso: «Cuando un hombre me preguntaba con extrañeza: “¿Lavas tus trastes? ¿Cocinas?”, pues yo contestaba con sorpresa: “¿Y tú no?”». Las novias de sus compañeros de militancia sedesahogaban con Echeverría, y entonces ellos se enojaban por esa falta de corporativismo masculino. También era sensible a la violencia contra las mujeres. Desde que se asumió como mujer, ha identificado los privilegios masculinos de los que gozaba anteriormente. «Ahora que vivo en carne propia las agresiones machistas, vivo la lucha feminista con mayor congruencia».
No es complaciente ni con su idolatrado Che. Cuando todavía vestía como él, tuvo la oportunidad de conocer a una de sus hijas, a Hilda. «Es increíble que te parezcas más a mi papá que sus propios hijos», le dijo ella. Platicaron sobre esa contradicción del héroe mítico dispuesto a sacrificar todo, incluso a los hijos y a la compañera. «Su esposa Aleida tiene una parte gigantesca de heroicidad, por sacar adelante sola, con el apoyo del Estado pero como madre soltera, a cuatro hijos».
Irina también ha seguido de cerca la evolución de Fidel Castro. En la primera década de su mandato, se asociaba la homosexualidad con la decadencia burguesa y con el imperialismo. Ser un desviado era incompatible con ser un verdadero revolucionario. Los gais (las lesbianas eran invisibles) sufrieron discriminación laboral, hostigamiento policial e internamientos en campos de trabajo hasta 1979, cuando las relaciones entre personas del mismo sexo fueron despenalizadas; el mismo año que en España6.
Irina reconoce que Fidel era muy machista, pero valora que ya en la vejez haya rectificado sobre sus políticas homófobas7. Su sobrina Mariela hizo de «pepito grillo». La hija de Raúl Castro, directora del Centro Nacional de Educación Sexual de Cuba (CENESEX)8, le ha contado a Irina que pasó varias noches hablando con el comandante en jefe sobre diversidad sexual y de género. «Fidel estaba encantado escuchando. Al principio no entendía, pero finalmente le convenció».
Una de las frustraciones de Irina es que la invitan sobre todo a foros de transexualidad y de diversidad funcional. Dice que no le gusta encasillarse, que le gustaría ser reconocida en más ámbitos del activismo social. Está volcada en denunciar las desapariciones de Ayotzinapa y también dedica buena parte de su jornada a apoyar al colectivo de trabajadoras de la plantilla del metro en el que Nélida sigue dando la batalla.«Por primera vez estamos en pláticas con la empresa y parece que hay voluntad de resolver injusticias de más de 40 años. Eso al sindicato le enfurece porque nos saltamos su interlocución», cuenta orgullosa.
Tiene una amiga, Gloria, que preside una asociación trans y que sí que reivindica esa identidad. Si un mesero le llama «señorita», contesta con su vozarrón: «Yo no soy señorita, soy trans». Se conocieron en Cuba, antes de sus respectivos procesos de transición de género. «Entonces, Gloria tenía un parecido impresionante con Jim Morrison. Nos decían el Morrison y el Che». Se reencontraron y Gloria ha intentado sumarla sin éxito a su activismo: «Yo no me siento trans», insiste.
Pero la transfobia sigue acechando en su propio barrio. Es el entorno más violento para ella. Y para las víctimas vicarias: su prole gatuna. Las redes sociales de Irina muestran su devoción por los felinos: los tiene de foto en todos sus perfiles.Ha llegado a tener hasta diez al mismo tiempo; ha perdido a cuatro y sospecha de su vecino. «La rabia y el dolor se suman al deseo enorme de hacerles justicia. Aquí estoy y no les tengo miedo. Enfréntenme a mí y dejen en paz a mis seres amados», escribió en el Facebook a raíz de uno de esos episodios. Junto con Nélida, los mininos son su familia. De hecho, la mariposa que tiene tatuada incluye en sus alas los ojos de uno de sus gatos.
* * *
La escena es larga y a ratos resulta angustiosa. Irina entra a su habitación desnuda, recién salida de la ducha, y salta de la silla de ruedas a su cama. Pasa largo rato luchando con los tirantes de su sujetador deportivo ante la atenta mirada de su gato. No logra estirarlos lo suficiente con los dedos así que los agarra entre los dientes y tira con fuerza hasta colocarlos sobre sus hombros.
Es la escena que más le costó rodar. El desnudo es lo de menos. De hecho, ahora se siente más a gusto con su cuerpo. Antes de la transición, jamás se dejaba ver en bañador. Ahora le encantan losshortsy las minifaldas. «No me gusta mi panza y quisiera tener más pecho —ríe—, pero me gusta verme. Me veo como siempre tuve derecho a verme».
Cuando le dijeron que el documental tenía que registrar su cotidianidad, incluido cómo se baña y se viste, tardó meses en decidirse. Todavía hoy se resiste a ver esa parte de la cinta. Muestra su pérdida progresiva de habilidades y la incertidumbre de qué será lo siguiente. Hace tiempo que ya no puede atarse los cordones de los zapatos. Es una mujer fuerte, pero ya se siente cansada. «Cuando no tienes control de tu cuerpo, se te va la vida».
—Irina, ¿por qué crees que has llegado a los 50?
—Por pinche mala suerte. [Risas] Cuando llegué a los 40 lo disfruté, pero cuando cumplí 50 lloré mucho. Puede ser un triunfo, puede ser burlarme de la muerte, que además la conozco cara a cara. Nunca la he temido, a veces la siento mi amiga. Me quiere tanto que no me lleva, la pendeja. Pero yo hubiera querido llegar a los 50 con más capacidades físicas. Afortunadamente, la esclerosis todavía no toca la parte cognitiva. Según la neuróloga, en algún momento la va a tocar. Tampoco me quiero atormentar pensando cuándo. Pero en el primer momento en el que me dé cuenta de que no estoy siendo coherente con mis pensamientos, me voy a ir de este mundo; espero encontrar la fórmula adecuada para irme sin dolor ni sufrimiento. Me vale madres si la eutanasia no es legal. Mi vida es mía, mi cuerpo es mío.
1En YouTube se pueden encontrar tráileres y entrevistas en televisión tanto a Irina como a la directora. Por dificultades con los derechos de autor, Irina está teniendo problemas en poder difundir el documental completo por Internet.
2Tirofijo fue comandante en jefe de las FARC hasta su muerte en 2008. Sobre él pesaban centenares de órdenes de captura. El Centro Nacional de Memoria Histórica no puede, con los datos existentes, distribuir estadísticamente la responsabilidad sobre los 220 000 casos de homicidios y los cinco millones de desplazados que ha ocasionado el conflicto armado interno desde 1985. Pero sí detecta algunos patrones, como estos que condensa el medio digitalSemana.com:«Los paramilitares son responsables del 60% de las masacres y de casi el 40% de los asesinatos selectivos sobre los cuales hay registro de responsabilidad. A las guerrillas se les atribuye más del 90% del total de secuestros (solo las FARC tienen más de 12 000 de los 27 000 secuestros relacionados con el conflicto), 75% de los casos de reclutamiento de menores y la casi totalidad de la siembra de minas antipersonales. Según denuncias de las víctimas, el abandono y despojo de tierras es responsabilidad casi por partes iguales de los paramilitares y las FARC. Igual ocurre con las cifras de violencia sexual, en la que paras y guerrilleros serían responsables de alrededor de 350 casos cada uno, de los más de 1700 registrados».
3En 2009, la Asamblea Legislativa del Distrito Federal reformó el artículo del Código civil que definía el matrimonio como la unión libre de un hombre y una mujer. Por consecuencia, el matrimonio entre personas del mismo sexo está permitido desde la entrada en vigor de la reforma, en 2010. Este Código civil permitía desde 2008 levantar una nueva acta de nacimiento que permitiera el cambio de sexo en los documentos oficiales. En 2015, laSuprema Corte de Justicia de la Nación declaró inconstitucionales las leyes de otros estados mexicanos que impedían el matrimonio entre personas del mismo sexo.
4En enero de 2015, Antena 3 dio una exclusiva: un viaje secreto a Venezuela, pagado por Nicolás Maduro, demostraba los supuestos vínculos entre la CUP, Podemos y ETA. De secreto tenía poco: independentistas vascos y catalanes, así como integrantes de la formación morada, estaban invitados a este encuentro del Ministerio de Cultura, entre 300 participantes, yo incluida. Publiqué una crónica eneldiario.es, titulada con sarcasmo«Yo también estuve en elviaje secretoa Venezuela».
5La Revolución sandinista logró derrocar la dictadura de la dinastía Somoza en 1979. Daniel Ortega presidió el gobierno del Frente Sandinista de Liberación Nacional hasta que perdió las elecciones en 1990. Para volver al poder, Ortega buscó el apoyo de la Iglesia católica. Vuelve a gobernar el país desde 2006, bajo un lema que refleja el alcance de esa alianza:«Nicaragua: cristiana, socialista y solidaria». En 2013 logró que la Asamblea Nacional aprobase una reforma constitucional que permite su reelección indefinida, entre otras facilidades, para perpetuarse en el poder. Para entender mejor la historia reciente de Nicaragua y la deriva del sandinismo, recomiendo el documentalPalabras mágicas (para romper un encantamiento), disponible en YouTube.
6En Nicaragua, por cierto, la«sodomía»fue delito hasta 2008. El Código penal que excluía por fin las prácticas homosexuales introdujo la penalización total del aborto.
7En 2010, en una entrevista paraLa Jornadade México, Castro reconoció que fueron«momentos de una gran injusticia». Aunque dijo que el clima homofóbico surgió desde las bases, y lo atribuyó a una cultura que también era machista y racista, añadió:«Si alguien es responsable, soy yo». No asume que él promoviera políticas como la de enviar a homosexuales a campos de trabajo bajo la acusación de ser contrarrevolucionarios. Expone que estaba inmerso«en la guerra»con Estados Unidos y que no se ocupó de frenar esas medidas.
8Para contar con una perspectiva crítica sobre las políticas LGTB en Cuba hoy en día, recomiendo mucho seguir la pista al Proyecto Arcoíris, un movimiento LGTB que se define como socialista, pero que no es en absoluto complaciente con el castrismo. Ver mi entrevista a una de sus integrantes más destacadas, Yasmín Silvia Portales Machado, en este mismo libro.
2 Odio el verano
Una cafetería de Barcelona. La camarera, una veinteañera mestiza de acento indefinido, con el pelo afro recogido con un pañuelo rojo a lo Rose la remachadora, charla animadamente con el cocinero a través del pasaplatos.
—Ayer fui a una obra de teatro sobre unas chicas que querían ser chicos. Se vendaban los pechos, se los aplastaban para disimularlos.
—…
—¿Te imaginas cómo será ser mujer y sentirte hombre? Qué cosa, ¿no? Piensa en las operaciones… Puedes pagar una reconstrucción del pene, pero por lo visto estas personas suelen preferir que crezca el clítoris.
—…
—Imagínate, cómo será operarte, y despertarte a la mañana siguiente con un pene. Qué loco, ¿no?
—…
—Si se pudiera, a mí me encantaría ser hombre por un día. Para saber cómo se siente. ¿A ti no te gustaría ser mujer por un día?
—…
—¿No? ¿En serio? ¿Pero por qué? A mí sí, me encantaría ser hombre por un día. Pero un hombre guapo y rico, claro. Si no, no tiene gracia1.
* * *
—Odio el verano.
En realidad, aún es primavera, pero el termómetro marca más de 30 grados en un Madrid poblado de bermudas y vestidos estampados. Antar odia el verano porque cuando hace calor no sabe qué hacer con su cuerpo. Con la ropa fina se le marcan los pechos, sobre todo cuando el viento de frente le aplasta la camiseta. Con el buen tiempo aparece el dilema de la depilación: si se depila las piernas y las axilas, siente que está siguiendo un mandato que a él ya no le debería afectar; si se deja los pelos largos, se siente observado. Sus pelos siguen escandalizando.
Antar me espera en la estación de tren y verle me da calor. Lleva unos pantalones vaqueros gruesos, zapatillas de deporte anchas y una camiseta de manga corta oscura. Es holgada, pero aun así se nota el contorno del pecho. Lleva el pelo muy cortito y carga una mochila, porque se va de fin de semana con su familia a la sierra.
Antar mide 1,68 metros; una estatura corriente en una mujer, pero que le convierte en un chico bajito. Es muy flaquito, siempre lo ha sido. Sus ojos grandes y oscuros tienen, cuando no sonríe, la expresión de un animalillo asustadizo. Es muy tímido y retraído con los desconocidos; leal y cariñoso con la gente que aprecia. Su voz es tan temblorosa como el pulso de sus manos, de dedos finos y largos.
Se siente un chavalillo y lo aparenta, pero tiene 42 años y es un doctor en Antropología que lleva quince años trabajando como profesor universitario. Es responsable y maduro. Se expresa con la lucidez y corrección del académico y con la retórica apasionada del activista. Pero también reivindica su lado infantil. «Por los pasillos me siguen confundiendo con “una alumna”. Doble confusión, de género y de rol. Creo que con mis pintas estoy abocado al eterno estudiante», reconoce.
Nos conocimos hace tres años y en seguida nos sentimos a gusto juntos. Tanto que estuvimos saliendo un par de meses. Desde entonces, siempre que paso por Madrid cuadramos agendas para ponernos al día.
Me abraza con ese gesto entrañable y aniñado, tan suyo, de cobijarse en mi pecho. Está contento. La escapada a la sierra es una de las primeras reuniones familiares desde que hace unos meses contó a su madre, a su padre y a su hermano que se siente… ¿un hombre? «Me podría identificar como “chico”, “chiquillo” más bien; como “hombre”; “señor”, nunca», aclara. Le gusta que se dirijan a él en masculino y no quiere que usen el nombre de pila con el que le bautizaron. Antar es su segundo apellido. Por ahora no ha encontrado un nombre masculino o neutro con el que se identifique.
Ya no tiene que cargar con el secreto en la familia, ya puede ser un poquito más él mismo. Sus padres tienen 75 años, son aún más reservados que él y les cuesta hablar de emociones. Pensaba que no lo entenderían y la verdad es que no ha ido tan mal. Desde esa charla, en la que no hubo preguntas ni reproches, le llaman Antar. Dejar de tratarle en femenino les llevará algo de tiempo. Con su hermana no hubo problema, ha sido su gran apoyo desde hace años. Ella también (¿también?) es lesbiana. Su hermano…, bueno, su hermano y él no hablan mucho, ni de este tema ni de otros.
Nos sentamos a comer un menú del día (con este calor, no dudamos ni un segundo en decantarnos por el gazpacho) y el camarero no deja de repetir la muletilla «chicas»: «¿Qué vais a beber, chicas? ¿No os apetece un pincho moruno, chicas? Chicas, ¿ya puedo recoger por aquí? ¿Os traigo la cuenta, chicas?». Cada vez que pronuncia «chicas», me tenso. Imagino que para Antar esa inofensiva palabra es un pinchazo. Su rostro imberbe y la curva de su pecho pesan más que su pelo corto y el ademán andrógino.
Terminamos de comer el flan. Madrid sestea y paseamos por la sombra arbolada de unas calles desiertas en las que solo se escuchan los pajaritos y algún coche. Me cuenta que, ahora que ha hablado claro con su familia, su objetivo es que el trato de los desconocidos no le afecte, que la presión social no le empuje al quirófano. Está claro que la mayoría le va a seguir llamando «chica» mientras no pase por el aro de la hormonación y la mastectomía. Y no quiere.
Sí, es reservado, vergonzoso y parece un chiquillo. Se considera inseguro, pasivo, sumiso, nada autoritario. De entrada tiene poca presencia, su cuerpo es escurridizo, felino, camina sin hacer ruido. Nunca le he escuchado alzar la voz ni decir una mala palabra. Pero es un tremendo error deducir que le falta carácter. Antar es observador, culto, brillante —seguramente no le guste ese adjetivo—, excelente conversador cuando se siente cómodo y, aunque diga lo contrario, es muy asertivo.
No, no va a pasar por el aro.
* * *
«Mi madre me llamaba “chicazo” cada vez que volvía de jugar al fútbol en la calle, y me forzaba a llevar vestidos».Antar fue la típica niña marimacho. Tenía unos andares
