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Feminismo, transexualidad, homosexualidad: ¡estos temas controvertidos se tratan inteligentemente en este libro!
La cultura de la violación, los costes emocionales de los tratamientos de fertilidad, las bondades de la menopausia, los discursos de las gitanas y de las cristianas feministas, las intervenciones médicas a bebés intersexuales, la existencia de porno feminista y de reguetón queer, la vulneración de derechos inherente a la modalidad de cuidadora interna… Son algunos de los debates sociales que aborda la periodista, con arrojo y con responsabilidad, cuidando el tratamiento y la exposición que requiere cada historia.
Fernández «invita a habitar y (re)conocer espacios y cuerpos periféricos que reubica sin arrebatarles su historia», escribe María Angulo Egea en el prólogo.
Y en ese camino, la autora aprende que el melón que nos parece tan novedoso ya lo abrieron otras antes.
Este testimonio sociológico proporcionará muchas respuestas a los lectores...
SOBRE LA AUTORA
De niña,
June Fernández (Bilbao, 1984) es la fundadora de Pikara Magazine. También escribe en eldiario.es, Diagonal y Argia. Ha sido galardonada con el Premio de Periodismo de la Unión Europea Juntos Contra la Discriminación y el Premio de Periodismo Colombine de la Asociación de Periodistas de Almería.
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Seitenzahl: 419
Veröffentlichungsjahr: 2020
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June Fernández
ABRIR EL MELÓN
Una década de periodismo feminista
Prólogo de María Angulo Egea
primera edición: septiembre de 2020
June Fernández Casete, 2020
© del prólogo, María Angulo Egea, 2020
Libros del K.O., S.L.L., 2020
Calle Infanta Mercedes, 92, despacho 511
28020 - Madrid
isbn: 978-84-17678-45-6
código ibic: dnj, jffk
ilustraciones de portada e interiores: Susanna Martín
maquetación: María OʼShea
corrección: Melina Grinberg
A mis dos hijas, Odei y Pikara.
Este libro recoge mucho de lo que he escrito entre mis dospartos. El 18 de noviembre de 2010 nació Pikara Magazinecon el reportaje «¿Será niño o niña?» en portada. El 16 de octubre de 2019 nació Odei y yo entregué «Si el régimen de interna es esclavo, ¿lo abolimos?» entre contracciones. A Justa Montero y a Cony Carranza Castro las entrevisté mientras Odei dormía en mi teta.
Mis dos hijas son también mis escuelas, brújulas y vendavales.
TRABAJOS Y CUIDADOS
La configuración del espacio público desde el periodismo feminista
María Angulo Egea
En el año 2011, cuando los indignados se movilizaban y tomaban el espacio público en el Estado español, cuando parecían moverse los cimientos de las diversas instituciones y la población se echaba a la calle, obtuve una beca posdoctoral para estudiar periodismo narrativo y me marché de estancia de investigación a la Universidad Nacional de La Plata. Pero el trayecto Madrid-Buenos Aires también iba a ser agitado. Otros cimientos se revolvían: los del volcán chileno Puyehue. La violencia de su erupción llenó el cielo de cenizas y obligó a cerrar el espacio aéreo. Como mi avión ya estaba en el aire, se tomó la decisión de aterrizar en Río de Janeiro. Y el volcán echando lava y cenizas. El caso es que los viajeros pasamos rapidito por una sala con carteles que decían en portugués algo así como «control de pasaportes». Ninguna autoridad registró nuestros datos ni nos pidió la documentación. Eso sí, nos entregaron a cada cual una tarjeta que indicaba en letras mayúsculas «en tránsito». Estaba en Brasil sin registro alguno. Estaba en Brasil y no figuraba. En realidad, no estaba en Brasil, pensaba. Legalmente estoy en Madrid. Pero tampoco. En efecto estaba «en tránsito». Tres días «en tránsito». En una cabaña a las afueras de Río en la ladera de una montaña.
Releo la frase anterior y tiene un orden físico y una lógica geográfica que se escapa por completo de las escasas certezas que abrigaba en esos momentos y de la falta de ubicuidad de aquellos días. Viajaba sola; una mujer cis, una blanquita, si quieren «gallega», si se quiere «primermundista», aunque sea del sur de Europa, de clase media acomodada, con estudios superiores, con escasa o nula experiencia con lo intempestivo y con cierta intolerancia hacia lo imprevisto, hacia lo no controlado. La cobertura del móvil tampoco era buena. Cada llamada costaba un dineral y… ¡Dónde leche estaba! Mis cimientos también se desmoronaban. Pongamos que se desmoronaron las seis primeras horas; después solo pude instalarme en un no-tiempo y un no-lugar que se presentaban como un paréntesis. Pensé mucho en ese estado «en tránsito», en ese limbo en el que me encontraba, en esa hibridez que, por una vez, rozaba a entender como identitaria. Vivir en esa consciencia del cruce, del paso que es la vida; porque esa transitoriedad consciente me hacía bien, me hacía mejor, me otorgaba perspectiva. No logré mantener ese estado. Las autoridades brasileñas me retiraron la tarjeta, me subieron a un avión y me depositaron finalmente en Buenos Aires.
Algunas cosas han cambiado desde el 2011, pero en esencia camino con este ropaje. Soy más vieja y tengo más datos en la cabeza. De hecho, si la pandemia del COVID-19 no nos hubiera encerrado en casa ya sería «Profesora Titular de la Universidad de Zaragoza», pero la emergencia se impuso y la interinidad académica (que es otra suerte de estado transitorio permanente en el sistema universitario español) me sigue determinando. Y si había olvidado en estos años la transitividad que nos habita, ha venido el coronavirus a recordar con la violencia de una plaga bíblica que estamos «en tránsito». De nuevo, tomar conciencia de ello, dejar de producir y tratar de cuidarme y de cuidar como forma de preservación.
El autocuidado es una guerra, una forma de supervivencia, como describió y experimentó Audre Lorde en A Burst of Light. Una reacción frente al ataque. Pienso a diario (como en aquel apartado lugar brasileño «en el que no estuve») que debo preservar esta consciencia del cruce. Cuidar también estas formas de transitar la vida porque acercan al otro, le hacen visible e importante. Esta manera de cuidar y de trabajar atiende a la diversidad que habitamos, facilita comprender contextos y situaciones, pero además ayuda a configurar un entorno más habitable y menos intrusivo. Y estos pensamientos me resuenan tanto a la manera de hacer periodismo de June Fernández y tanto a su forma de transitar el feminismo que solo pueden arrancarme una sonrisa. «Y me voy a quedar un rato. En el cruce. Porque es el único sitio que existe, lo sepan o no. No existe ninguna de las dos orillas. Estamos todos en el cruce» (Preciado, 2019, p. 28).
En estos días, desde esta estación de paso que es mi casa, he leído, en algunos casos releído, los trabajos de la periodista June Fernández que recoge este volumen. Y una pregunta me asaltaba todo el tiempo conforme terminaba de leer uno de los reportajes y me metía con alguna de sus entrevistas: ¿por qué tengo que hablar de periodismo feminista o con perspectiva de género cuando se trata simple y llanamente de buen periodismo? Esta cuestión me martilleaba el cerebro, pero al fin comprendí que esta adscripción feminista es la que le daba un sentido único a la publicación. Y ese es un motivo para darnos la enhorabuena porque estamos hablando de un material periodístico de primer nivel y que nos presenta desde la óptica feminista, esa que corrige la miopía sexista, algunos de los debates y de los asuntos sociales relevantes de la actualidad. Para mí, además, como profesora de Periodismo, una suerte de manual de buenas prácticas que llevar al aula.
El periodismo es un oficio, un trabajo que debe realizarse con rigor y honestidad, como hace June Fernández, pero no es nada más ¡y nada menos! que eso; un oficio, si se quiere «el mejor oficio del mundo». Y, en principio, se hace raro que alguien reciba un premio por realizar bien su trabajo ¿no? Si acaso puede concederse una mención o reconocimiento como sucede en estos días de confinamiento cuando aplaudimos cada tarde a las ocho la labor del personal sanitario y de todos los trabajadores que están poniendo el cuerpo en esta pandemia. Y estamos ante circunstancias excepcionales y con riesgo para la vida. Publicar y que te publiquen un libro es una especie de premio, sin duda una alegría, pero también una responsabilidad. En nuestra sociedad, la letra impresa en general, y en particular cuando se trata de un libro, sigue siendo en esencia, como señala Ursula K. Le Guin, una forma de dotar «a la escritura de una permanencia reproducible. En términos humanos, toda permanencia supone responsabilidad» (2018, p. 183). Por eso no tenemos que perder de vista la importancia de esta publicación, porque los temas que recoge y su tratamiento merecen esa permanencia.
Ahora bien, lo ideal sería poder leer estos reportajes y entrevistas en la prensa generalista diaria como periodismo sin más, sin la etiqueta de «feminismo», porque la realidad mediática respondiera a una configuración diferente. Sin embargo, la estructura de los medios, como me comentaba hace años la periodista Cristina Fallarás en una entrevista, está fijada con regios principios patriarcales que ponen el foco de atención y organizan la agenda comunicativa:
la primera es la sección de internacional, que se basa en el ejército, en conflictos y en una cuestión territorial; la segunda es nacional, que se basa en política, pero no en una gestión de lo público, sino en las interioridades de los partidos, o sea masculino; luego, sociedad, que rara vez informa de sanidad o educación, sino sobre lo judicial y asesinatos, el crimen. Espectáculos está construido alrededor del fútbol. Y según lo que diga el fútbol edificamos el espectáculo de lo cultural. Economía, la bolsa. Economía no es la economía de la gente, ni siquiera teoría económica, sino la construcción financiera hasta llegar a un punto en el que lo máximo de que se informa es la Bolsa, que es un juego de azar. (En Angulo Egea, 2017, pp. 126-127).
El periodismo convencional, el establecido, el normativo, el que parece dirigirse a un ciudadano universal, a un lector universal (a ese sujeto, no se engañe, ni usted ni yo le conocemos), no le hace hueco a otros temas, conflictos sociales o inquietudes salvo muy excepcionalmente con algún que otro artículo para «sociedad» o «cultura», como una concesión, esa cuota que en parte sirve de refuerzo a la estructura patriarcal. Otras voces y realidades vitales no entran en consideración porque no se contemplan como agentes productores de un discurso válido o porque no se consideran de interés general. De nuevo entendiendo ese «general» en un sentido «neutral» que, como subraya June Fernández, no es sino la proyección de una mirada androcéntrica. Así que, a este otro quehacer periodístico, el periodismo feminista, que como todo buen periodismo debe entenderse en última instancia como una herramienta de transformación social, le toca convertirse en un tipo de «periodismo especializado». Un periodismo que, como el periodismo narrativo o la crónica, y en eso ya demostró June Fernández ser una experta con 10 ingobernables (2016), encuentra su espacio de desarrollo en libros, medios especializados y suplementos: como la revista feminista Pikara Magazine, en el suplemento Cuadernos de eldiario.es y más recientemente en el diario El Salto. Espacios que acogieron por primera vez los reportajes y entrevistas que obtienen ahora con Abrir el melón una segunda vida, sentido y dimensión.
De esta cerrazón estructural mediática, con su soberanía informativa delimitada, con su periodismo situado, anclado y fijado de antemano, que arrincona voces y margina temas, de esta jerarquización y autoritarismo laboral hace ya más de diez años que huyó la autora de este volumen. Su vía de escape fue una vez más brillante, obviamos lo duro y costoso que debe ser este tránsito: la creación, junto con otro puñado de periodistas, de Pikara Magazine. Una revista que en atención al sistema mediático existente puso en marcha planteamientos renovadores. Un medio que, en estos últimos tiempos, ha servido de guía a otros medios nuevos y tradicionales; un ejemplo a seguir para periodistas en ejercicio y para las generaciones futuras. Desde postulados feministas, se debieron formular cuestiones acerca del periodismo que les rodeaba, como las tres que sistematizó la periodista Laura Corcuera en «Las mujeres podrán libremente consagrarse al periodismo» y que parece oportuno reproducir:
(Re) Presentación de las personas no varones en los medios de comunicación, como protagonistas, sujetos, interlocutores, «agentes», «expertxs» de los acontecimientos y de los procesos que se dan en la vida, desde lo más concreto y local a lo más global y abstracto.Quién escribe/produce discurso/información en los medios. Quién hace los medios. La presencia de plumas/emisoras no solo varones blancos jóvenes occidentales de clase alta y a veces media. El funcionamiento de las empresas informativas, organización interna jerárquica, autoritaria, machista y heteropatriarcal. Las condiciones materiales de producción. Conciliación con la vida, división sexual del trabajo periodístico (temas, responsabilidades). Y cómo el periodismo en su vertiente más intrépida se entiende como una actividad «reservada» para los chicos (en Angulo Egea, 2017, pp. 133-134).Del resultado de observar el sistema mediático atendiendo a estos parámetros, sin duda surgió la necesidad, hace ya una década, de crear un medio como Pikara Magazine. Una entidad pequeña que desde el punto de vista de la empresa comunicativa trata de revertir las formas descritas en el tercer punto por Laura Corcuera. En Pikara, cuestionan en primer término los liderazgos patriarcales, tratan de identificar y valorar el trabajo reproductivo frente a la producción a destajo, procuran observar los roles, potenciar lo colectivo frente al individual, gestionar los conflictos y dar espacio a las argumentaciones racionales, pero también a hablar de las emociones. Desde una perspectiva organizativa feminista buscan una conexión buena entre la vida profesional y la personal, la optimización del tiempo y el ejercicio del poder. Una forma de afrontar la tarea periodística diferente. Abrir el melón es una muestra excelente de la postura política y de este abordaje periodístico que June Fernández ha desarrollado dentro de Pikara y proyectado fuera.
Estos reportajes y entrevistas muestran en primera instancia un conocimiento y un respeto por la profesión periodística extraordinario. Esto se refleja de diversas formas que son cien por cien periodismo: capacidad de observación de la realidad, del entorno cercano, del mediano y del más alejado; atención constante y agudeza para detectar asuntos de interés social sobre los que hay que informar con contexto, análisis y capacidad interpretativa; búsqueda de fuentes solventes, de personas especializadas en los asuntos sobre los que se quiere informar; arrojo para abordar debates sociales complejos, que están en la calle y reclaman atención, y el miedo necesario para cuidar al milímetro el tratamiento y la exposición que debe dársele a cada historia. Apuesta por un uso del lenguaje diáfano, que busca la sencillez y trata de facilitar la comprensión, la mejor comunicación tanto desde la organización gramatical como desde la redacción y el vocabulario escogido. Las imágenes y las analogías pueblan sus trabajos. June Fernández reúne las cualidades que Ursula K. Le Guin reclama para el escritor de no ficción: habilidad para observar, organizar, narrar e interpretar los hechos; «habilidad que depende por completo de la imaginación, utilizada no para inventar, sino para conectar e iluminar observaciones» (2018, p. 193).
June Fernández tiene muy claras las características que definen a cada género periodístico y procura escoger aquel que mejor se adecua al tratamiento que quiere darle a la información. No disfraza la especulación con hechos. Ni embadurna con declaraciones cruzadas asuntos intrascendentes, polémicos y sensacionalistas. Sus reportajes tienen un alto sentido de lo ético y de lo noticioso. «Cuando la denuncia cambia de lado» se atreve a poner datos y contexto a un asunto controvertido: el uso de la contradenuncia por parte de acusados de violencia de género para que se retiren las causas abiertas contra ellos. Denuncia entre otras cosas la falta de formación en protocolos contra la violencia machista y los prejuicios desde los que se construye el sistema judicial español, capaz de juzgar como un conflicto ocasional un maltrato sostenido en el tiempo. Sus reportajes tienen los pies puestos en la actualidad, pero el contexto, análisis y proceso argumentativo que reflejan les eleva y dota de la atemporalidad de las cuestiones de interés constante. Otro ejemplo es «Ciudades inclusivas, ciudades más visibles». Las elecciones municipales en el País Vasco le sirven para presentar las propuestas de organización social y política que se promueven desde la economía y el urbanismo feminista y que dejan muy en entredicho las medidas de austeridad y los programas desarrollistas de superproducción aplicados por los gobiernos.
Estamos ante reportajes interpretativos, reportajes en profundidad, de análisis. Diversas son las denominaciones que les otorgan los manuales de redacción periodística (Mayoral, 2013). Reportajes que tienen la función de ahondar en un segundo nivel de la información; deben interpretarla. Por ello, es fundamental dedicarle el mayor esfuerzo posible a mostrar el sentido de los diversos fragmentos que compongan la realidad que se esté relatando. Contar con los antecedentes, aportar la explicación puntual de las causas y detenerse en las posibles consecuencias. «El porqué» importa. El trabajo de documentación resulta fundamental para llevar adelante este análisis. «La cruzada contra el «adoctrinamiento de género» presenta la presión y obstaculización del Partido Popular a la implantación de las medidas previstas para la educación en igualdad y diversidad en los centros escolares. Expone las carencias de medios existentes en los colegios para poder afrontar los cambios que conlleva la coeducación. Un proyecto abandonado al albur de la buena voluntad de un profesorado sobrecargado y precarizado. Señala los perjuicios de «la Ley Wert», que terminó con las propuestas de la Ley de Igualdad y de la Ley integral contra la violencia que no llegaron a implementarse, y cómo, al fulminar la asignatura de «Educación para la ciudadanía», la sexualidad volvía a reducirse a meras explicaciones biológicas. La relevancia de este asunto parece obvia ahora que contamos con una nueva Ley de Igualdad, pero también con un partido de extrema derecha como VOX, que se ha propuesto abanderar la cruzada con medidas como el polémico «pin parental».
Para este análisis, June recurre a un número importante de expertos: como la pedagoga y terapeuta sexual Mónica Quesada Juan; como José Ignacio Pichardo Galán, profesor de Antropología Social de la Universidad Complutense y coordinador de la investigación «Diversidad sexual y convivencia: una oportunidad educativa»; como el doctor en Sociología, profesor universitario y docente en intervención sociocomunitaria en centros de secundaria, Lucas R. Platero; y como la periodista Marta Monasterio Martín, coautora del libro La coeducación en la Escuela del siglo XXI. El reportaje termina al estilo de los cuadernos escolares, con una propuesta por parte de estos especialistas de cuatro actividades para el aula que potencian los criterios de igualdad y de respeto a la diversidad, y denuncian el sexismo, la discriminación y la violencia machista.
En sus reportajes, June maneja informes, datos concretos, cifras, estadísticas que sirven para presentar en rigor los hechos. Pero también hay estudios, libros, series, películas, teorías que cuentan, que explican y que ayudan a comprender. «La rebelión de las menopáusicas» muestra este proceso con inteligencia y sensibilidad apoyándose en casos concretos. Trata de despatologizar la menopausia. Pone el foco en los perjuicios que provoca esta sociedad sexista y edadista, al tiempo que se apoya en estudios clave sobre este asunto, como los de la investigadora Anna Freixas. June selecciona y encuentra un amplio número de fuentes, opiniones y puntos de vista de la diversidad de personas, implicadas o expertas, que pueden aportar información y, por lo tanto, claridad a los hechos y situaciones.
«Intrusas en su propio partido», recoge multitud de voces de políticas y analiza bien el techo de cristal y las desigualdades de las mujeres en un terreno aún tan masculinizado como la política, la que se ejerce desde los partidos políticos. Se centra en mostrar, en explicar con detalle por medio de las mejores voces posibles para cada caso. «Si el régimen de interna es esclavo, ¿hay que abolirlo?» refleja cuán estratégico, relevante o no, supone incidir en la desaparición de la modalidad de cuidadora disponible 24 horas. Para ello consulta a los colectivos implicados en este contexto. Es decir, las trabajadoras del hogar, muchas de ellas migrantes, que son quienes mejor pueden contar qué supone este trabajo para ellas y en qué lugar les coloca y qué apoyos o alternativas se han generado si se elimina esta opción laboral. La valoración final u opinión para cada reportaje queda de su cuenta, lector, a tenor de lo expuesto. Esa ya es nuestra responsabilidad.
Si bien hay muchos tipos de entrevistas y June navega con libertad entre diversas opciones, en general estamos dentro del concepto amplio de «entrevistas en profundidad», y más concretamente, «entrevistas de personalidad», etiqueta que se encuentra muy arraigada en la literatura sobre el género. Posee cierta funcionalidad, al menos en un plano intuitivo. Tal denominación permite nombrar a aquellos textos en los que se narra un diálogo mantenido entre un periodista y un individuo de interés informativo y en el que el primero se interesa por cuestiones que permitan, entre otras cosas, avanzar en el conocimiento de la subjetividad del segundo. Lo propio de la entrevista de personalidad es la deriva hacia el mundo interior, pero esta cuestión no debe hacernos perder de vista que las preguntas por la actividad profesional, pública, del entrevistado forman parte esencial para la construcción identitaria del personaje. Otras denominaciones para este tipo de texto son: «entrevista de personaje», «entrevista literaria», «entrevista de creación», «entrevista perfil», «entrevista en profundidad», «entrevista interpretativa» (Gobantes, 2008). June transita entre entrevistas en profundidad de carácter más bien temático en las que no hay apenas deriva biográfica, como es el caso de la que mantiene con el activista queer musulmán Daniel Ahmed; y otras como la entrevista con la directora Rose Troche, una entrevista en profundidad donde está muy presente la deriva autobiográfica (tanto por parte de June como de su entrevistada) que la enriquece sobremanera.
Si por algo destaca esta periodista, muy en especial en sus entrevistas, es por su capacidad de escucha. Procura dejar a un lado los prejuicios y trata de entender verdaderamente quién es el otro que tiene enfrente y cuáles son sus circunstancias; capacidad que le permite crear con los entrevistados y con sus fuentes un clima de confianza que da lugar a un diálogo constructivo y útil para la ciudadanía. La entrevista es seguramente el género que puede requerir al periodista mayor implicación. Esta posición de escucha obliga a separarse en parte de las propias convicciones, evitar el juicio moral, mirar al otro con empatía y no siempre es tarea sencilla. Hay tantos periodistas a los que se les nota el ego, la impostura, la necesidad de demostrar, de poner de manifiesto un supuesto saber, como si al dialogar entrasen en cierta competencia y tuviesen que imponer su pensamiento, porque de otro modo sienten un demérito o debilidad. Esto por no hablar de la condescendencia, de «paternalismos» más o menos encubiertos. La escritora argentina Hebe Uhart expresaba en sus clases esta dificultad de saber escuchar y recalcaba la relevancia de esta cualidad y la obligatoriedad de su aprendizaje que supone «salirse afuera de uno mismo, pero si pensás que afuera es algo detestable, no salís de vos y estás mal colocado para interpretar al otro» (en Villanueva, 2015, p. 48). June se presenta con una humildad y un deseo de saber que subyuga al más reacio. Estas son sus mejores herramientas, además del trabajo de investigación que realiza antes de meterse en cualquier asunto o entrevista. Su conocimiento se va destilando en los diversos trabajos sin que pese, con cuidado de no abrumar, de no empachar, de hacer entender y, sobre todo, de no doler y de no juzgar.
El género de la entrevista le sirve en gran medida para escuchar a los sujetos implicados lo más directamente posible, sin apropiaciones de discurso, de voz o de vivencias. Se cuida mucho de no cometer el error de atribuirse la capacidad de interpretar lo que pensó o sintió el otro. Comparte el criterio de Ursula K. Le Guin que considera una falta de respeto extrema apropiarse de una voz. «El lector que acepte la táctica será cómplice de esa falta», subrayaba la escritora (2018, p. 185). Se aprecia en June este especial cuidado en su interés por comprender y por mostrar las inquietudes, deseos, problemas e idiosincrasia de la diversidad de feminismos y de colectivos feministas existentes. Su tratamiento de los feminismos queer, negros, gitanos, cristianos o árabes pone de relieve este acercamiento respetuoso que pasa en primera instancia por reconocer su periferia frente a la hegemonía de un feminismo blanco que resulta en ocasiones impositivo para estas otras comunidades y que además ha adquirido mucha visibilidad en los últimos años. Sin duda estas corrientes han puesto en cuestión, como señala Paul B. Preciado, que la mujer blanca heterosexual pueda ser el único sujeto político de este movimiento de transformación social que es el feminismo en el siglo xxi (2019, p. 59). Dos entrevistas, una al colectivo «Gitanas Feministas por la Diversidad» y otra al activista queer musulmán Daniel Ahmed, reflejan de diversas maneras (como también se recoge en el reportaje «Cristianas y críticas»), la necesidad que tienen estos feminismos de denunciar los estereotipos con los que se les describe y minusvalora, de expresar su manera de ejercer el feminismo, de mostrar las particularidades que afronta cada colectivo y las estrategias que desarrollan para combatir el machismo.
Ahora bien, lo que emerge con fuerza en estos trabajos es la reivindicación de autonomía y de agencia. Rechazan tutelas e intermediarios y tienen sus propios referentes. Tal como subraya Ana Hernández Lozano, integrante de «Gitanas Feministas por la Diversidad»: «Yo creo en un feminismo de tú a tú. “Como soy paya y tengo carrera, sé más que tú”. No puedo con eso. Por ejemplo, la tendencia a que te estén diciendo todo el rato “léete tal libro”. Yo quiero que nos acompañemos y apoyemos, no que me digas qué necesito leer». También es valiente la apuesta de June en «Las lesbianas tenemos que madurar como audiencia», su entrevista a la directora y guionista Rose Troche, conocida por películas como Go Fish y series como The L Word. Productos lésbicos, indies y glamourosos, que se escapan del melodrama y la densidad conflictiva que suele representar a las lesbianas en el mundo audiovisual. Trabajos que ahondan, como señala la entrevistada, en «mostrar la comunidad como era, como nuestras vidas: teníamos compañeras de piso, teníamos gatos, cotilleábamos sobre otras personas, a veces éramos crueles, otras veces éramos amables, nos entusiasmábamos cuando empezábamos una nueva relación…». Materiales que evidenciaban la importancia de la amistad, «porque eso ocurre con muchas mejores amigas lesbianas. Mantenemos en nuestras vidas a las personas que amamos. Para mí el interés era mostrar a la comunidad y cómo esa comunidad se convierte en familia». Es en diálogo donde aparece una June divertida y distendida que reconoce su bisexualidad y su «salida del armario» gracias al empuje que le dieron en parte los personajes de la serie The L Word. Otra June reivindicativa será la que alce la voz con energía y hasta cierto encono en uno de los pocos artículos de opinión que se publican en este volumen: «Mi opresión es la suprema».
Este excelente trabajo le sirve para abordar el feminismo negro y la racialización. Se pregunta y nos pregunta por la brecha social que nos afecta en primer plano y que consideramos el eje de injusticia fundamental: ¿el género, la clase, la raza? Aboga por la teoría de la interseccionalidad que desarrollaron las feministas afroamericanas a finales de los ochenta para señalar la encrucijada en la que se encontraban siendo mujeres en una sociedad patriarcal y negras en una sociedad supremacista blanca. Asunto este de la interseccionalidad que vuelve a cobrar sentido en su entrevista a la antropóloga social argentina Dolores Juliano Corregido, exiliada en Barcelona tras el golpe de estado de Videla. La publicación de su nuevo ensayo Tomar la palabra. Mujeres, discursos y silencios, profundiza en sus investigaciones de vida: analizar los mecanismos de criminalización y de desprestigio que pesan sobre mujeres presas, trabajadoras del sexo o personas migradas.
Abrir el melón recoge dos trabajos premiados: «¿Será niño o niña?», realizado junto con Paloma Migliaccio, publicado primeramente en la sección «Cuerpos» de Pikara Magazine, ganador del Premio de Periodismo de la Unión Europea «Juntos contra la discriminación» (2010), que incluye una entrevista con el filósofo argentino y activista intersex, Mauro Cabral; y «Yo quería sexo pero no así», publicado primeramente en eldiario.es, que recibió el II Premio de Periodismo Colombine (2013). El jurado del Colombine, tal como recogió June Fernández en su blog, Mari Kazetari, periodismo con gafas violetas, valoró cuestiones importantes de este reportaje como que se trata de un tema poco común en los medios generalistas y que toca un tabú en nuestra sociedad del que la mujer no se atreve a hablar por dolor y por vergüenza. Dos trabajos excelentes desde el punto de vista periodístico y feminista.
El primero, «¿Será niño o niña?», abre este volumen y nos sitúa de lleno ante el problema del binarismo de género. Un asunto radicalmente feminista. Es el tema de la intersexualidad el que sirve de vehículo para sacar a debate un asunto clave como los condicionamientos que acarrea la asignación de una identidad de género. Este «axioma científico-mercantil del binarismo sexual», como lo define Paul. B. Preciado, condiciona los «espacios sociales, laborales, afectivos, económicos o gestacionales» que se encuentran «segmentados en términos de masculinidad o feminidad, de heterosexualidad o de homosexualidad.» «Junto con la raza», insiste, el binarismo de género es «la más violenta de las fronteras políticas inventadas por la humanidad» (2019, p. 30).
Si la intersexualidad y el binarismo de género son los temas de arranque, otro asunto de preocupación feminista sale a colación: «la cultura de la violación» y la violencia machista. Es aquí donde se inserta el reportaje citado de «Yo quería sexo pero no así», pero también otro de los artículos de opinión que recoge este volumen: «El “no es no” se queda corto» y el reportaje «No vayas sola, te puede pasar algo», que abundan en lo que se entiende por agresión sexual y por consentimiento. Tratan de evidenciar la fragilidad del imaginario social de que una violación sea mayoritariamente la penetración con violencia por parte de un desconocido, cuando los datos muestran que los abusos y agresiones sexuales suelen cometerlos personas cercanas y familiares. Se señala la cultura desigual con la que contamos que ve con despreocupación y benevolencia formas y gestos sexuales intimidatorios por parte de los hombres hacia las mujeres y que, sin embargo, cuestiona y culpabiliza ciertas acciones, libertad de movimientos y formas de estar y de vestirse de las mujeres. El consejo tan humano de «no vayas sola, te puede pasar algo» no hace sino fomentar el terror en las mujeres. Una forma coercitiva del patriarcado que nos coloca como seres indefensos necesitados de la protección masculina. Un ejercicio de «microfísica sexista del poder», como lo ha definido Nerea Barjola, que funciona a la perfección. En el reportaje citado de «Cuando la denuncia cambia de lado» y en la entrevista al colectivo feminista madrileño Las Tejedoras denuncian las deficiencias del sistema judicial español, la revictimización a la que se somete tantas veces a las mujeres que, pese a las carencias y falta de protección social, se atreven a denunciar las agresiones sexuales.
No podían faltar en esta miscelánea feminista asuntos como el reguetón y el porno. La valoración del reguetón como ritmo feminista, el perreo como un arma lesbofeminista que sirve para denunciar el machismo y la misoginia se realiza por medio de una entrevista a la reguetonera «Choco», Romina Bernardo, y del conocido y viralizado post del blog Mari Kazetari de June Fernández «Si no puedo perrear, no es mi revolución». Este último trabajo, publicado por primera vez en 2013, recoge en alguna medida el entusiasmo de June en su estancia en Cuba. No es un artículo con el que se identifique la periodista que es hoy, siete años después, porque como aclara en una nota introductoria aprecia en el texto rasgos coloniales de fetichización e hipersexualización que le desagradan. Y, bueno, si no llevásemos leídas unas ciento cincuenta páginas que apuntan a todo lo contrario, quizá, ya que June en su exceso de pulcritud lo señala, podemos ver que algo de razón lleva. Sin embargo, es un lujo contar también con una June desprejuiciada y desinhibida que en última instancia lo que quiere, como periodista, es cuestionar la convención y meter el dedo en el ojo:
la imagen de feminista que perrea rompe los esquemas, y eso me mola, así que la exploto. Para la gente con resistencias antifeministas, cuestiona el estereotipo de que las feministas vivimos amargadas, de que somos unas «malfolladas» que no sabemos disfrutar de la vida y nos lo tomamos todo a la tremenda. Para muchas feministas, que una de las suyas disfrute restregando voluntariamente su culo contra el paquete del maromo de turno, puede generar un cortocircuito interesante.
«¿Qué es eso del postporno?» cuenta esta modalidad que nació con la artista y performer Annie Sprinkle a finales de los ochenta en Nueva York, pero que tomó cuerpo en España iniciado el siglo xxi. En concreto, en 2008, el congreso FeminismoPornoPunk, que organizó en Donostia Paul B. Preciado, en el que participaron figuras nacionales e internacionales de primer nivel, terminó por asentar este movimiento en la esfera nacional. Un reportaje interesante que recoge los nombres y la producción de lo mejor de esta corriente artística. No se conforma June con registrar esta apuesta claramente feminista y por ello entrevista a la actriz porno Amarna Miller que transita por el mainstream y aboga por un feminismo prosex, bajo la mirada recelosa de un amplio sector feminista.
La maternidad, los tratamientos de fertilidad y las dificultades de ciertos colectivos para poder ejercer los derechos legales que sí se habilitan en estos procesos para las parejas heterosexuales es otro de los aspectos que atraviesa parte de los trabajos de Abrir el melón. Se sirve del trabajo extraordinario de la escritora Silvia Nanclares con su obra Quién quiere ser madre para abordar las dificultades que entrañan los tratamientos de fertilidad en el reportaje: «Reproducción asistida: ¿relájate y llegará?» pero no contenta con esto también entrevista a Nanclares en «La infertilidad es una patología social a la que ha contribuido el Estado».
Seguro que a pesar de lo prolijo que está siendo este prólogo, aún me dejo por mentar asuntos feministas de relevancia que se tratan con mayor o menor extensión en estos trabajos. Con todo, se hace evidente, a estas alturas del libro feminista que tenemos entre manos, la diversidad de personas interesantes con discursos variados, sabios y prácticos a las que acude June Fernández para contar la realidad y configurar el espacio público y que, en principio, están al alcance de muchos profesionales, aunque no lo parezca.
Un libro dedicado al feminismo y al periodismo feminista no podía cerrarse de mejor modo que pasándole la palabra a dos mujeres de excepción como son la sindicalista y activista Lola Fernández Palenzuela, «la obrera de la palabra», que cuenta cómo viene funcionando La Poderío, otro medio feminista andaluz; y a la veterana militante feminista Justa Montero, cofundadora de la Asamblea Feminista de Madrid, integrante de la Coordinadora Estatal de Organizaciones Feministas y de la Comisión Feminista 8M. Dos entrevistas extraordinarias realizadas en 2019. Me detengo brevemente en la segunda, que cierra el libro.
Esta entrevista le permite a June Fernández hacer repaso de cuarenta años de feminismo en España y ponerle un broche de oro a este libro. El aniversario de las jornadas estatales de Granada de 1979 y de 2009 son la excusa para encontrarse con Justa Montero. Encuentro que define como terapéutico porque esta militante presenta «una actitud serena, optimista, constructiva. Y eso no le resta un ápice de radicalidad». Virtudes que, si ponemos un poco de atención, bien pueden definir los reportajes y entrevistas de la propia June Fernández. Montero repasa con la periodista sus orígenes de doble militancia feminista y comunista y cómo esa realidad generaba controversia durante la Transición, además de las discusiones feministas de la igualdad y de la diferencia. Abunda en el compromiso y en la dificultad que hay siempre para organizar, movilizar y convocar. De estos tiempos, destaca el diálogo entre las distintas expresiones del feminismo. Le parece fundamental hacer memoria y tener en cuenta lo debatido, lo perdido y lo conseguido por el feminismo en estas décadas. Rescata la visión amplia de estos tiempos sobre la sexualidad de las mujeres y el cuestionamiento de la relación entre sexo y género. Así como los avances para entender que «la clase, la raza, la etnia, la identidad sexual y la opción sexual también marcan las experiencias, la subjetividad y la vida material de las mujeres». June no se deja nada en el tintero, sabe que tiene delante a una todoterreno del feminismo. Pregunta con ganas y con vehemencia por los asuntos más conflictivos para el feminismo de hoy en día. Cuestiones que, en ocasiones, a la periodista le suenan a debates viejos y estériles; carentes de memoria histórica porque ya fueron abordados en otras etapas feministas. Abre melones como el abolicionismo, el feminismo liberal, los debates sobre la maternidad como liberadora o alienante, el antirracismo y la decolonialidad, el reclamo de un autoritaritarismo estatal mayor que proponga penas de prisión más largas para las agresiones machistas, el auge del feminismo pop que persigue a sus ídolas como a estrellas del rock pero que no lee sus libros ni cuestiona de forma colectiva sus teorías, el papel de algunas influencers feministas actuales que parecen ir por libre, la violencia de las redes sociales para perpetuar debates intrafeministas y broncas estériles. Montero pone contexto e historia y destila sensatez y argumentación en todas las respuestas. No esquiva ninguna cuestión y afronta uno a uno cada envite. Una lección de feminismo de primer nivel que cierra y clausura el volumen con la inteligencia y el entusiasmo que aporta el feminismo.
En definitiva, Abrir el melón es un viaje periodístico y feminista. Un repaso por temas que no ocupan la agenda, de fuentes que no suelen ser las consultadas y de perspectivas periodísticas a las que no estamos acostumbrados. Este es el tránsito de June Fernández que invita a habitar y (re)conocer espacios y cuerpos periféricos que reubica sin arrebatarles su historia. Esta periodista nos hace conscientes de la heterogeneidad vital, de que existen diversas maneras de estar en el mundo y de hacer las cosas bien y tan solo un empeño homogeneizador y patriarcal que nos anula. El feminismo puede ser un buen lugar por el que transitar.
Termino este prólogo en cuarentena donde la experiencia de la distinción entre el espacio público y el espacio privado, el urbano y el doméstico, parece hacer explotar los discursos lineales que hablan de «progreso», en el sentido de producción, que miran ciegamente al frente y se olvidan de los márgenes. La crisis económica del 2008 rompió las ilusiones y esperanzas de la sociedad, en especial de los jóvenes, creando una nueva subjetividad más consciente de la incertidumbre y de la vulnerabilidad como compañeras de vida (Angulo Egea, 2020). Este confinamiento vuelve a recordar que la temporalidad patriarcal, lineal y progresiva de una historia acumulativa y productiva no puede sostenerse y nos explota en la cara. Ya toca transitar en otro tempo, circular, repetitivamente vital y de cuidados.
Bibliografía
Angulo Egea, María: Inmersiones. Crónica de viajes y periodismo encubierto. Edicions Universitat de Barcelona, colección «Periodismo Activo», 2017.
Angulo Egea, María: «Precariedad y exilio en la juventud española actual. Discursos y semblanzas periodísticas de la crisis (2008-2016)». Estudios sobre el mensaje periodístico. Vol. 26.1, pp. 13-24. doi.org/10.5209/esmp.67282, 2020.
Gobantes Bilbao, Maite: Fundamentos teóricos de la entrevista periodística escrita. Servicio de Publicaciones de la Universidad de Murcia, 2008.
Le Guin, Ursula K.: Contar es Escuchar. Madrid: Círculo de Tiza, 2018.
Mayoral, Javier: Redacción periodística. Medios, géneros y formatos. Madrid: Síntesis, 2013.
Preciado, Paul B.: Un apartamento en Urano. Crónicas del cruce. Barcelona: Anagrama, 2019.
Villanueva, Liliana: Las clases de Hebe Uhart. Buenos Aires: Blatt & Ríos, 2015.
¿Será niño o niña?
El sistema sanitario decide en qué género vivirán los bebés que nacen con algún tipo de intersexualidad. Activistas e investigadoras debaten si la cirugía de asignación es necesaria para crecer en una sociedad binaria, o una mutilación genital que atenta contra la autonomía sexual de quienes no encajan en las etiquetas «hombre» y «mujer», y suponen por tanto una constatación de la diversidad que caracteriza al ser humano.
[Reportaje publicado en Pikara Magazine en 2010 junto con Paloma Migliaccio]
Imagina que das a luz un bebé cuyos genitales no se corresponden con los considerados femeninos o masculinos, ya sea porque son ambiguos o porque presentan características de ambos sexos. ¿Qué ocurre en esa situación? ¿Quién toma las decisiones y en qué se basa? En resumen, el equipo médico recomendará seguir un protocolo que, según el síndrome diagnosticado, establecerá si el bebé ha de ser considerado hombre o mujer en base a las recomendaciones de un protocolo internacional. Su cuerpo será modificado a través de cirugía y hormonación.
La última palabra la tienen las familias, pero en la mayoría de casos se encuentran sin recursos para tomar una decisión libre de prejuicios e informada, y bajo la presión de tener que adivinar qué será lo mejor para sus hijos o hijas en una sociedad en la que aceptar la diversidad sigue siendo una asignatura pendiente. Frente a quienes entienden que las intervenciones quirúrgicas son necesarias para que los bebés crezcan en un entorno marcado por el sexismo, el activismo intersex reclama que se deje de intentar normalizar sus cuerpos a golpe de bisturí.
La profesora de Biología y Estudios de la Mujer de la Universidad de Brown Anne Fausto-Sterling define a las personas intersexuales como aquellas que se salen del molde de lo que se considera macho o hembra. «En el mundo biológico idealizado y platónico, los seres humanos están divididos en dos clases: una especie perfectamente dimórfica» que presenta claramente diferentes características primarias (genitales, cromosomas) y secundarias (por ejemplo, la cantidad y distribución del vello). Fausto-Sterling advierte en su libro Cuerpos sexuados (Sexing the Body, 2000) de que esa narración pasa por alto la infinita diversidad que caracteriza a las personas: no solo porque existen mujeres velludas y hombres imberbes, sino porque «los cromosomas, las hormonas, las estructuras sexuales internas, las gónadas y los genitales externos: todos tienen más variaciones que lo que la gente supone». Así, se considera intersexual a quien presenta alguna de esas variaciones.
Poca gente conoce esa denominación. La popular, «hermafroditismo», mitifica y distorsiona esta realidad, evocando a personas que tienen genitales femeninos y masculinos a la vez. Como dice el filósofo y activista intersex Mauro Cabral, todo el mundo sabe de alguien de quien se cuenta que es «hermafrodita». La sospecha de intersexualidad vertida sobre dos personajes de proyección internacional, la estrella del pop Lady Gaga y la atleta Caster Semenya, ha protagonizado titulares, pero siempre envuelta en una mezcla de morbo, prejuicios y estigma. Esa distancia y extrañeza con la que se habla de la intersexualidad hace que mucha gente piense que es una leyenda urbana.
Pero, pese a la falta de cifras fiables, se estima que sumando a las personas afectadas por alguno de los alrededor de 50 síndromes asociados a la intersexualidad, podrían englobar al 1 % de la población mundial. Eso sí, el porcentaje estimado de bebés que presentan una variación genital susceptible de ser intervenida se queda en el 0,018 %.
El movimiento queer (corriente que cuestiona el binarismo de género) ve en esta invisibilización una intencionalidad política, dado que encuentra en las personas intersexuales la prueba de que el sexo es múltiple y diverso, y que es la sociedad sexista la que se empecina en clasificar a las personas en dos categorías únicas. De hecho, fue un psicólogo conductista, John Money, quien utilizó en los años 50 la categoría género para defender que a un bebé intersexual se le puede aplicar cirugía y terapias correctivas para que desarrolle la identidad de género asignada, sin importar lo que digan sus cromosomas.
Para el movimiento queer, la propuesta de Money provoca una paradoja: al contrario de cómo explica el feminismo el sistema sexo-género (sexo como condición biológica y género como construcción social, condensada en la cita de Simone de Beauvoir, «la mujer no nace, se hace»), resulta que el sexo es múltiple y se usa la categoría «género» para reducirlo a dos únicas posibilidades.
La Organización Internacional de Intersexuales (OII) no duda en considerar que las operaciones de asignación sexual son formas de «mutilación genital» que una sociedad «sexista y fundamentalista» impone a los bebés que se salen de la norma binaria. Por ello, consideran que normalizar la intersexualidad como parte de «una serie continua natural de variaciones anatómicas y genéticas», no beneficiaría solo a las propias personas intersexuales sino «a todas las personas oprimidas por el sexismo que prevalece en nuestra sociedad».
Polémico consenso
Sin embargo, la medicina sigue interpretando y diagnosticando los casos de intersexualidad como patologías. Años atrás se asignaba al bebé un sexo siguiendo criterios de apariencia (de los genitales externos) y funcionalidad reproductiva. A la familia se le recomendaba una receta simple: cirugía (a la que seguirían muchas más visitas al quirófano) y silencio. El procedimiento era arbitrario: dependía del profesional que estuviera al frente del caso y de los protocolos internos con los que contase el centro de salud. Resultaba más fácil reconstruir los genitales femeninos que los masculinos, de tal manera que si la elección «correcta» no era clara, al bebé a menudo se le asignaba el sexo femenino.
Esto provocaba, por un lado, que en algunos casos la asignación sexual coincidiera con los cromosomas, con el desarrollo hormonal, con su futura identidad sexual, y en otros casos no. Muchas personas han descubierto su intersexualidad en la adolescencia, cuando su desarrollo hormonal se ha manifestado contrario al sexo asignado. Y por otro lado, ha supuesto en muchos casos la imposibilidad o dificultades de esa persona de obtener placer en sus órganos sexuales.
La situación cambió drásticamente en 2006, con la publicación del informe Consensus Statement on Management of Intersex Disorders. Desde entonces, un equipo médico formado por pediatras endocrinólogos, cirujanos pediátricos, genetistas o pediatras urólogos realiza estudios para conocer los cromosomas, las gónadas y hormonas del bebé. Con ese análisis, el propio Consensus indica qué síndrome presenta el bebé y qué sexo se recomienda asignar. Esa decisión se basa en estudios de satisfacción: es decir, se asigna al bebé el sexo que más grado de satisfacción ha cosechado en las personas con su mismo síndrome.
A partir de ahí, se interviene lo antes posible: cirugía para normalizar el aspecto y la funcionalidad de los genitales, y hormonación cuando se considera necesario para controlar la actividad hormonal. Por lo general, todo el proceso se realiza en unos pocos meses, seis a lo sumo, aunque algunos casos se alargan planteando dificultades a la familia: cómo hacer el registro civil, cómo evitar que gente ajena al entorno más cercano del bebé se entere de la situación, etcétera.
El Consensus no ha zanjado en cambio las discrepancias sobre qué hacer cuando nace un bebé con intersexualidad. Pikara Magazine ha intentado recabar sin éxito la opinión de médicos implicados en estos procedimientos. Uno de ellos reconoció explícitamente que no quería participar en un tema «tan polémico».
La Organización Internacional de Intersexuales se opone a las prácticas de asignación sexual por entender que contravienen el derecho de las personas a decidir sobre sus cuerpos e identidades «sin interferencias, tratamientos forzados u otra coerción de autoridades legales y/o médicas». Mauro Cabral coincide en criticar los protocolos médicos, tanto por las consecuencias que las operaciones genitales tienen sobre el placer sexual, como porque, en su opinión, hacen sentir a la persona afectada que «tuvo que ser intervenida para ser amada y deseada». En su opinión, la solución pasa por asignar al bebé uno de los sexos aceptados en su país (hombre, mujer, o sexo neutro en el caso reciente de Australia), sin forzar al cuerpo a que acompañe esa elección y aceptando que la persona podrá cambiar de identidad cuando crezca.
Pero no todas las personas nacidas con una intersexualidad comparten ese discurso. Para el psicólogo Gabriel Martín, el Consensus es un texto «sensato» que «explica todo» y establece que «la prioridad siempre debe ser la funcionalidad y nunca la cosmética». Martín considera que las intervenciones son «necesarias y, a menudo, imprescindibles» por motivos de salud. «Y, salvo casos sonados pero excepcionales, la mayoría de asignaciones que se hacen son correctas», asegura.
Basándose en un trabajo de la propia Fausto-Sterling, señala que, de los casos que ella estudió, la mayoría se mostraba satisfecha con el sexo que se le asignó, una minoría reclamó un cambio de sexo (como fue el caso de Martín), y nadie optó por renunciar a ser hombre o mujer. «Esto debería hacer pensar a quienes niegan que estemos dicotomizados por naturaleza», indica Martín. En su opinión, «es mucho mejor crecer sintiéndote de un sexo diferente al que te han asignado que ir al colegio diciendo que no sabes aún si eres un niño o una niña».
Apoyo a las familias
La antropóloga feminista Nuria Gregori ha entrevistado a personas con síndromes asociados a la intersexualidad, dentro de su actividad como investigadora del Centro Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). Gregori tiene claro que las operaciones suponen «una violencia tremenda» y convierten los genitales de la persona en un área «vigilada, mostrada y manipulada». Esto influye inevitablemente en la sexualidad, un tema tabú para la mayoría de personas a las que ha entrevistado. «Hay gente que tiene orgasmos, claro, porque el placer no está unido solo a los genitales. Pero yo no conozco a nadie a quien le hayan practicado una vaginoplastia que diga que siente algo en la vagina. El éxito de las operaciones a menudo se evalúa por el hecho de no presentar infecciones y dolor».
Pese a ello, Gregori es consciente de que nos encontramos ante un problema muy complejo para el que no sirven recetas simplistas como reclamar únicamente que se dejen de practicar las operaciones. «El peso de lo social es muy duro. Abogar por no intervenir supone desasistir a las familias que no tienen recursos para enfrentarse a esa situación; pedirles que sean héroes del cambio social sin apoyo». Además, considera que no basta con cambiar los protocolos, sino que habría que impulsar «un cambio de paradigma médico» en el que la variación en las formas de los genitales no se considere una patología. «Porque si el médico no se cree que lo mejor es no intervenir, ¿cómo va a convencer a los padres de ello?». Dejar de intervenir exigiría crear todo un dispositivo de apoyo a la familia, con un equipo verdaderamente multidisciplinar que acompañase a los padres y madres en todo el proceso, «empoderándolos para que sepan reforzar al niño o la niña ante cualquier situación que se le presente». «Tal y como está la sanidad, eso es impensable», reconoce.
El Consensus ha atajado en parte la arbitrariedad con la que se trataba a las personas intersexuales, aunque la investigadora indica que en la decisión final siguen influyendo «la actitud del médico y las expectativas personales de los padres». Por ejemplo, si la familia esperaba una niña y el médico se refiere a sus gónadas con el nombre de «testículos», estará convencida de la necesidad de extirparlas. «Cada mensaje que envíe el personal sanitario, en la medida que sea opuesto al género a asignar, es demoledor, porque hace que la familia viva con el fantasma del otro sexo detrás». Y los miedos tienen una carga sexista y homófoba inevitable: si es niña, la familia no solo temerá que parezca un chico, sino que afecte a sus comportamientos e incluso a su orientación sexual.
Formación en género
