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El 2 de agosto del año 2011 fue la fecha que AC, una periodista solitaria extremadamente racional y apática, seleccionó para lanzarse de un alto edificio abandonado, en Usaquén, un barrio de Bogotá. A las 3:00 p.m. caminaba hacia ese lugar con la firme determinación de terminar con su vida, pero cuando llegó al lugar un hombre se lanzó del edificio y cayó frente a ella, contrariando sus objetivos y obligándola a posponer su muerte.AC se enfurece al leer la carta suicida del sujeto, presentada posteriormente en las noticias, ya que las razones del suicidio le parecen vanas y vacías. Ella se siente ofendida y burlada por su suerte, así que decide crear un mejor escenario, una despedida sublime, una carta suicida magnífica. Para llevar a cabo su proyecto se sumerge en el arte suicida y va evocando en el cine, la literatura y la música los suicidios más impactantes de la historia.En su búsqueda, AC se encuentra con una mujer que le hace dudar de sus intenciones, y poco a poco sus sentimientos contrariados de amor y autodestrucción la llevan a vivir situaciones inimaginables. En medio de muchas historias y muertes, cercanas y lejanas, AC se encuentra entre el mundo bogotano y los paisajes cundiboyacences, describiendo escenarios y personajes de la gente del común, de una cultura violenta y sensible, despreciando a su familia tradicionalista, y poniendo en relieve sus demonios más ocultos y sus sentimientos más tranquilos.
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Veröffentlichungsjahr: 2014
100 Cartas Suicidas
Johana Quintero
Título: 100 cartas suicidas
Diseño de la portada: Juan Pablo Quintero Castro
Primera edición: Junio, 2014
© 2014, Johana Quintero
© 2014, Juan Pablo Quintero Castro
Derechos de edición en castellano reservados para todo el mundo:
© 2014, Enxebrebooks, S.L
Campo do Forno, 7 – 15703, Santiago de Compostela, A Coruña
www.descubrebooks.com
ISBN: 978-84-15782-64-3
Queda prohibida, salvo excepción prevista en la ley, cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública y transformación de esta obra sin contar con autorización de los titulares de la propiedad intelectual. Diríjase a Cedro si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com).
ÍNDICE
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
A quien me enseñó que:
“No podemos cambiar el mundo,
pero sí la percepción que tenemos de él”.
Capítulo 1
Sosiego, incompetencia, cansancio, el camino, la nada, treinta años y nada. Tres décadas con estos mismos zapatos, con esta misma ropa, con este mismo caminar y la insatisfacción apretada al alma. Ser periodista, literata y artista; tres profesiones sin gratificación alguna, sin ideas, sin consecuencias.
Camino hacia el frente, solo hacia el frente; la calle no es un camino, la calle es solo una acera gris, un mundo de cemento, árboles dibujados con una capa gruesa de polvo, el verde perdido. El aire que respiro entra como una bocanada de vida marchita. Observo a las personas que caminan a mi lado, ajenas, y yo acelero el paso, no quiero estar cerca, ni ser parte de ellas, huyo de este mundo donde muero paso a paso. Nací en una sociedad muerta que dice estar viva, pero que solo se siente respirar, la de pañitos de agua tibia y sueños mediocres.
Voy caminando por una calle estrecha, donde, hacia el final, hay un edificio abandonado de aproximadamente diez pisos; en lo alto, una terraza amplia. Desde ahí pretendo bajar y hundirme en el asfalto, volverme un mar de huesos y sesos. Lo tengo anotado en mi agenda: fecha, hora y lugar. Mis cartas aún no han sido entregadas; ya no hay palabras, historias, recuerdos o sueños. Solo me queda la maldita frustración de una vida que no parece ser mía, de mil eventos, de millares de escenas perdidas en el fondo de los deseos. ¿Luchar? No me interesa luchar, la vida por sí misma es una lucha continua, el universo todavía no se ha confabulado a mi favor.
El escape, el volar, el pensamiento final. ¿Coraje? Lo tengo. Está entre mi estómago y mi gastritis, entre estas manos vacías, en este bolso de mujer que no contiene maquillaje, en una vida sin otro y sin necesidad de otro. Mis sentimientos se han desgastado, el contacto físico se me hace innecesario; todo fue ocupado por los libros que se aglomeran sobre la mesa en la que ceno sin compañía. En los anaqueles inmóviles, los libros no son más que ideas empaquetadas en palabras y hojas, ninguno tiene vida. Si mi mente no recrea lo que las palabras relatan, todo en mí ha muerto. ¿Me ves caminando? No soy yo quien camina, ni soy un camino andado. No soy más que mil pensamientos copulando, aquellos que quieren descansar, sin lucha, sosteniendo la vida en el espacio. Respiro, pero nada cambia; siento el aire, pero no siento el pecho. ¿Quién decide cuándo se acaba la vida? ¿Acaso tengo la obligación de vivir?
La soledad habita en todo. En el país de los muertos está presente como camino, como las voces incomprendidas, como los besos no dados, como los coitos interrumpidos. Los zapatos son manipulados por un ser que ha llegado a su destino, un escenario de vida en un estallido de muerte. Al fin, el fin. Los pasos y el camino, el edificio y su altura. Las personas pasan, algunas levantan la mirada hacia el tejado. ¿Acaso sospechan mis intenciones?, ¿qué me delata? Yo los imito. Observo a un hombre de no más de veintitrés años que está en mi sitio, que está hurtando mis íntimos deseos, robando mi escenario, mi idea.
El hombre mira al vacío, mientras yo veo como mis planes se vienen abajo. Llego hasta aquí sometida por la ansiedad que me genera la muerte y ¿debo hacer turno?, ¿dónde está la fila de los suicidas? Seré la segunda en todo. ¡Maldito escenario en mitad de la calle! Un hombre en lo alto no se decide a saltar. No puedo ver más que su rostro sereno, su estatura de metro ochenta; es delgado y pálido. Su cabello es de color castaño y viste pantalón de dril color caqui, camisa de puño a cuadros café con líneas blancas y zapatos marrón tipo mocasín.
Las personas se agrupan mientras el tiempo avanza. Yo me quedo aquí, entre el gentío, sin tener otro lugar a donde ir. Mi sitio ha sido invadido. La policía llega, acordona el área y pide a las personas que se alejen. Poco a poco llegan fotógrafos y periodistas que filman el evento, como si fuera un partido de fútbol, un programa llamativo en el que intentan persuadir a un hombre que parece ido. Su familia no está, nadie sabe quién es ni el porqué de sus razones, el porqué de robar mi idea y caminar en el espacio que solo a mí pertenecía. Yo hubiera saltado sin pensarlo tanto. Qué pérdida de tiempo. Me exaspera tener que retrasar este momento. Sin embargo, el morbo me consume y quiero ver el desenlace de esta escena. Sigo siendo del pueblo, del gentío que se maravilla con grotescos espectáculos.
El tiempo corre y el hombre sabe que ha llegado su momento. Empieza a arrojar sus documentos de identidad, su billetera, todo lo que tiene a mano. El reloj se estrella en la acera y se destroza en pedazos. Es divertido oír el grito de la gente cuando algún objeto cae al suelo. Estoy en el circo: la vida y su continuo escenario. Un cielo azul con pocas nubes atraviesa el día, el sol parece muerto aunque está presente sobre nuestras cabezas. En los rostros de las personas que están a mi lado se dibuja el pánico y algunas lloran resguardando el rostro entre las manos abiertas. Yo estoy serena, algo cansada e insatisfecha. Mi trayecto fue largo y mi salida, una pérdida de tiempo. No puedo decidir nada, un imbécil me ha cogido el sitio. El mundo y sus ambigüedades. Un hombre en lo alto de mi muerte. No puede ser más triste este día en esta Bogotá helada.
El tiempo se agota. El hombre es consciente de ello y las personas presentes también. Nadie sabe qué pensamientos se cuelan en una mente que ha decidido acabar con su propia vida. Yo estoy en el mismo lugar, a la expectativa. Quiero ver la siguiente escena: el salto o no, la pérdida de los estribos; puede que la razón lo haga reencontrarse y decida bajar calmadamente, evitar la euforia colectiva. Mis pensamientos están siendo procesados, diluidos en un nuevo malestar que se presenta en la boca del estómago. Siento un hormigueo en el pecho y mis manos empiezan a sudar, mi corazón da tumbos, deseo irme, ya no quiero presenciar esta puesta en escena. Hasta aquí llega mi intención de ver este declive. Los automóviles se detienen. Un hombre salta al vacío. Hay personas que gritan, otras lloran, algunas se tapan lo ojos y los más morbosos quieren mirar cada segundo de la caída. El cuerpo vuela y se escucha un golpe seco, como un crujido de huesos rotos. La acera ahora está ensangrentada y sostiene un cuerpo destrozado que no se mueve. Un paramédico corre, examina su pulso y su pecho; no respira.
El gentío observa la imagen caótica: el cuerpo, los miembros inertes, ambulancias y médicos. Un joven que no tiene nombre ni apellido ha muerto. Su billetera ha caído. Un hombre de estatura baja, moreno y grueso, la examina. Mira su contenido, arrojando rápidamente lo que no parece serle útil. Mientras unos lloran, otros se ganan la vida. No puedo dejar de observarlo, él se da cuenta y me mira a los ojos desafiante. La policía llega, el hombre se siente descubierto y huye. En su huida deja caer la cartera del hombre que ha saltado. Todos ven el cadáver mientras yo camino hacia el lado contrario. Tomo la documentación por inercia, aún tengo algo de periodista. El miedo me consume, debo huir, sería el colmo que me capturasen robándole a un muerto.
A las 3:05 p.m. del día dos de julio del año 2011, el inspector de policía D.P.T. y el secretario P.L.U. de la ciudad de Bogotá proceden a inscribir la defunción de J.P.M., joven de veinticuatro años de edad, original de Usaquén, ciudad de Santa Fe de Bogotá. Hijo de M.C.P. y A.J.C.; profesión, X y estado civil, soltero. El hombre, J.P.M., salta al vacío desde un edificio departamental situado en la calle 108, Nº 35–42. La caída le causa un trauma craneoencefálico severo posterior al impacto desde 50 metros de altura. En el cuerpo se evidencia una fractura a nivel de cráneo, costillas y miembros inferiores, fisura a nivel de las vértebras cervicales, contusiones a nivel de los tejidos blandos.
Me alejo de allí. La confusión de la muerte de J.P.M. me derrumba. Mis ideas están convulsionando, nunca vi tan de cerca la muerte. Nunca olvidaré su rostro en lo alto, ni su piel pálida lavada en sangre, ni su cráneo roto en el piso y las deformidades de su cuerpo, el golpe seco, las personas gritando impresionadas, un mocasín en su pie y el otro sin calzar.
Tengo su identificación en la mano, la cogí cuando la gente observaba otras escenas. Soy una ladrona, ladrona de muertos suicidas. Camino deprisa, como si alguien siguiera mis pasos. No suelo utilizar el transporte público, pero deseo huir rápidamente de aquí. Tomo un bus urbano casi desocupado; hay cinco personas, cada una sentada en un extremo del vehículo, como si temieran un poco de comunicación.
El autobús es lento, debí caminar. Esto no era lo planeado. Debería haberme subido allí, lanzarme al vacío, volar, estrellarme contra el asfalto, los gritos deberían haber sido por mi causa. Yo no me hubiera demorado tanto para saltar, no hubiera esperado a un público morboso. Tal vez me hubiera fumado un cigarro al subir hasta el último piso, hubiera tomado las escaleras sin que nadie lo notara, subido peldaño a peldaño, inhalando y exhalando humo, bocanada tras bocanada, pensamientos tras pensamiento. Mi intención era fija: morir.
Decidí morir hoy, sobre las 3:00 p.m. Aquí está escrito en mi agenda: Muerte, el 2 de julio del 2011 a las 3:00 p.m. Después de eso no hay nada. Nada. Ahora voy en un bus y me dirijo a mi casa, donde mi carta suicida reposa sobre la mesita de noche. Mi vecino cuida de mi gato. Revalúo los hechos. De nuevo, abro mi agenda. Orden del día, bolígrafo indeciso. Llegaré a casa a las 4:30 p.m., veré las noticias sobre J.P.M., destruiré la carta suicida, o tal vez la lea. ¿Cuál sería la razón de ese suicida? La mía, insatisfacción hasta con mi propio respirar, con el mundo, con mi trabajo mediocre. Trabajo. Dije que no volvería en semanas.
No hay nada de comer en casa, todo está saldado. ¿Pienso en vivir, en buscar otra idea? Una forma digna de suicidio. ¿Una horca? No hay una viga o una vara alta en la habitación, además odio sentirme ahogada. Si me lanzo por la ventana de mi apartamento, me romperé el cuello; si sobrevivo, es probable que me quede cuadripléjica. No, esa es una mala idea. ¿Cortarme las venas? No, demasiado romántico. Quizás en gran estado de ebriedad, pero la idea de una cuchilla cortando mi piel me hace recordar novelas románticas, de esas que echan en televisión al mediodía. La muerte. La muerte por sí misma es una idea romántica. Su abrazo debería haberme tomado por los aires sin oír nada más que el aire estrellándose en mi piel. No llegar a casa, al mismo vacío lugar. Mi vida se aleja frente a mis ojos. No intento agarrarla, la veo diluyéndose desesperanzada.
La ciudad es una visión difusa e intento concentrarme en las casas, se me hace imposible alejar de mi mente a J.P.M. ¡Maldito! ¿Por qué tuvo que matarse?, ¿por qué tuvo que robar mi plan? No puedo ni matarme como yo quiero. Tener tantos, tantos deseos de extinguir esto que no sirve, este cuerpo que no es nada y no poder hacerlo, me frustra. No hay una pequeña voz que me diga: “detente”. Mi mente solo desea saltar, delimitar esto que no tiene sentido. Qué patético no ser nada en un mundo de muertos. ¿Vivo? No ves que no pertenezco a esos seres que viven de ilusiones. ¿Qué es el mundo sin ilusiones? Cuando llegue a casa, estará tan vacía como mi alma. Si saludara, nadie contestaría. ¿Puedo vivir otro día acarreando este lastre? No quiero más esta carga, el peso de un alma que no siente, que no avanza, que sí respira, pero es irrelevante. Escucho el silencio, solo puedo hablar conmigo misma, un interminable soliloquio al que le han regalado otro día.
Me robas las energías, J.P.M. No olvidaré tu nombre, ladrón de ilusiones negras, raptor de salidas efímeras, pícaro de cabellos castaños. Hoy has perdido un mocasín y tu documento de identidad es mío. Acabo de recordarlo y lo saco de mi bolsillo amnésico.
Número: 82.085.539
Apellidos: M.P. Nombre: J.P.
Fecha de nacimiento: 3 de febrero de 1988
Lugar: Cundinamarca–Bogotá D.C.
Estatura: 1.80 G.S. RH O+
Sexo: M
Fecha y lugar de expedición: 8 de octubre del 2006
Registrador Nacional IDE
En su foto diagramada, puedo observar a un joven serio que fija los ojos en la cámara. No sonríe, su rostro no posee expresión. Es blanco, guapo, ojos color café, cabello corto y bien peinado. No dice mucho este documento, no sé qué hago con su DNI. Me siento perdida y ahogada. Empiezo a llorar al mirarla, pude haber sido yo. ¡Qué desgracia! ¡No lo fui! No quería regresar a casa, quería arrancarme la vida de una vez. Solo eso. Irme, perderme sin más ni más. Me siento más vacía que antes, sin un sentido, sin un deseo. Las lágrimas caen, no me quitó nada, simplemente nada poseo, no hay llama, nada he conseguido, solo un carnet extraño en un día suicida.
Las personas que viajan conmigo en el bus me observan. Toco el timbre, aún quedan algunas calles, pero es mejor caminar. El autobús se detiene lejos del andén. Tal vez me mate un coche, aunque la calle parece desierta. Sigo llorando y caminando despacio. Las nubes se avecinan, me puedo ocultar en ellas. En la portería de mi edificio, no encuentro más que al celador de turno. Saludo afablemente, sin detenerme en una conversación. Subo por las escaleras sin querer tomar el ascensor. Las luces se prenden a mi paso; el lector de movimiento hace que se enciendan y pueda ver cada peldaño. La puerta color café de mi apartamento queda, finalmente, delante de mí. Meto la llave en la ranura. Eso es todo, el suspiro, la repetición constante del día a día.
Tengo la impresión de que he caído. J.P.M. no murió, fui yo. La casa está igual, el mismo olor, la misma sensación, y la recorro como si caminara por ella por primera vez. Voy hasta la habitación para leer la carta que está sobre la mesa de noche, escrita en papel Kimberley:
Me dirijo a la nada, me alejo entre las nubes y a las 3:00 p.m. me voy como vine a este mundo, entre las lágrimas y el descontento. No tengo energía y estas pocas letras son la despedida de un pensamiento claro y resuelto. Me despido de mis padres, a quienes amo. No culpen a nadie de una decisión que solo yo he tomado, solo yo tengo la culpa de una historia sin sentido, a nadie se puede culpar de que el deseo no haya nacido en un alma apaciguada, del desprecio por el mundo como lo conozco. A mi hermano solo puedo decirle que esta no es una salida fácil. Ni tú ni nadie pudo haberme salvado. Vive por mí, por los dos. Me diste toda la vida que pudiste, yo era un fantasma insatisfecho, solo eso, un ente que respiraba y pretendía tener sueños, moldearme a una idea, pertenecer a algún lado, a un amor que nunca llegó, a un sentido que nunca se dio. Las pieles que arribaron no llenaron un corazón que no palpitaba, no se inmutaba. La mujer, como representación de felicidad, no pudo enamorarme y tampoco quise caminar al encuentro. Nací con el cansancio en los ojos, tres profesiones y mediocre en todas. Ahora, en esta instancia, solo puedo agradecer lo poco que obtuve de este paupérrimo mundo: a Natzu. Cuidadlo como yo lo haría, mis pertenencias son para vosotros. Mis deudas están saldadas, así como mi paso por la vida que dejo esta tarde.
Empieza a anochecer. Me quedo con la carta en la mano mientras la oscuridad me cubre, sentada en una cómoda poltrona cerca de la cama. Desde aquí puedo contemplar la ciudad, ya que mi apartamento está en el tercer piso. No salté de aquí por miedo a quedar viva y con el cuerpo destrozado. Observo edificios y coches, aunque realmente no veo nada; revivo la caída de J.P.M. una y otra vez, con los ojos abiertos, mirando una oscuridad que no identifica apariencia.
El timbre suena y me despierta de mi impávido pensamiento. Cierro los ojos intentando mantener mis pensamientos, el timbre suena y resuena. Me levanto al ver la insistencia y atravieso el apartamento sin encender las luces. Parezco un ciego guiado por sus recuerdos. Nada cambia en este lugar. Los muebles en su misma posición, el mismo olor, el mismo silencio.
En el umbral de la puerta aparece mi vecino con Natzu en brazos. Tengo la impresión de que ha cometido algún destrozo. No dice nada, tan solo me sonríe y me pregunta sobre mi día. Se acerca y cojo a Natzu. El hombre habla de su rutina, no menciona nada sobre el gato. La conversación no se acaba hasta que su compañera lo llama desde su apartamento. Le agradezco que cuidara a Natzu y él sigue sonriendo, a la vez que observa detenidamente mis labios. El segundo aviso desde su piso le hace despedirse apresuradamente. Se aleja por el hall mientras yo sostengo a Natzu en mis brazos. Me mira y maúlla. Entramos en casa y enciendo las luces de la habitación, que se divide en un salón-comedor finamente organizado, sin mucha decoración. Natzu salta de mis brazos y se siente libre en el apartamento. Su raza es Abisinios, parecido a un pequeño leopardo, tierno y cercano. Se pasea de un lado a otro. Ninguna habitación permanece cerrada, le gusta ir y venir, aunque suele estar a mi lado, acostado en mi regazo. Es hora de su cena, así que vamos a la cocina y le sirvo su concentrado y agua. Arquea su espalda para que lo acaricie. Solo come si lo acaricio. Me pregunto qué hubiera pasado si mi objetivo se hubiera llevado a cabo. Natzu en casa de mis padres y mi hermano consintiéndole la espalda.
La noche llega y no hay mucho por hacer. Qué día tan frustrado. Deseo tomar una botella de vino y tal vez comer una caja de almendras, o combinar el vino con unos caramelos de leche. Hace frío. La cena la cambiaré por un desayuno mañana a primera hora. No creí que llegaría hasta mañana. ¿Qué se hace al otro día de tu propia muerte, sin camino ni claridad de un futuro extraviado en los deseos más oscuros? Pretensiones interrumpidas por J.P.M. Tengo la garganta seca, bebo agua. Deseo endulzar mis labios. Vino y caramelos. Vino tinto y caramelos de leche. Festejemos, Natzu, tu ama ha fracasado y tú la tendrás hasta que ella construya otro escenario.
Tal vez deba investigar sobre el tema, investigar suicidios y así crear el mío: elaborado y poético. J.P.M., ¿cuáles serían tus razones?, ¿estabas tan hastiado de esta pobre humanidad que no comunica nada?, ¿dentro de tu mente se movían tantas piezas enigmáticas como en la mía?, ¿tenías tantos pensamientos en tu ser insatisfecho? Al saber que lo real y lo irreal están a un solo paso, el soñar es para los ingenuos. Vivimos en una generación tartamuda y autista, no hay cambios, no hay evolución, estamos estancados. ¿Te diste cuenta de eso, del estancamiento?, ¿cuál es la diferencia de tu vida y la mía? Llegamos al mismo fin. Tú, siete años menor que yo, más sabio, más madrugador, más rápido, más elegante; ladrón de ideas, ladrón de escenarios, de horarios, de actos macabros. ¿Cuántos minutos nos separaron de nuestro encuentro?, ¿diez?, ¿quizás veinte? Si no hubiera tenido que aguantar la sonrisa del vecino llevándose a Natzu, si no hubiera ido a pie hasta el edifico abandonado, ni hubiera fumado ese último cigarro… Tal vez la idea de saltar desde un edificio sea una escena trillada. En Las horas, Richard Brown se lanza al vacío, mientras una señora Dalloway contemporánea lo ve alejarse entre la muerte y su difuso amor. Richard se suicida por el peso de una enfermedad. Un escritor predestinado a una horrible muerte ridiculiza mi idea; a él, el dolor físico se le hace insoportable. La señora Dalloway, cuánto odie leer ese libro, y en cambio ahora lo siento diferente; una vida vacía escrita de una forma simplemente hermosa, con tantos detalles, para muchos, irrelevantes. La simplicidad de ver todo con grandes ojos y describir cada percepción del mundo, cada escenario, cada color, olor, forma, fondo. Nunca me gustó la forma de escribir de Virginia Woolf hasta ahora que la entiendo, cuando no la leo, ni quiero leerla. Ella se suicidó llenando sus bolsillos de piedras y caminando hacia el fondo del río Ouse. La brisa, el agua, la tragedia, la muerte de forma poética, inmortalizando el fin, su legado. Señora Dalloway, yo no he hecho gran cosa. Su última carta fue encontrada por su esposo, Leonard Woolf, en la que Virginia escribió:
“Siento que voy a enloquecer de nuevo. Creo que no podemos pasar otra vez por una de esas épocas terribles. Y no puedo recuperarme esta vez. Comienzo a oír voces y no puedo concentrarme. Así que hago lo que me parece mejor. Tú me has dado la máxima felicidad posible. Has sido, en todos los sentidos, todo lo que se puede ser. Creo que dos personas no pueden haber sido más felices hasta que vino esta terrible enfermedad. No puedo luchar más. Sé que estoy arruinando tu vida, que sin mí tú podrás trabajar. Lo harás, lo sé. Ya ves que no puedo ni siquiera escribir esto adecuadamente. No puedo leer. Lo que quiero decir es que debo toda la felicidad de mi vida a ti. Has sido totalmente paciente conmigo e increíblemente bueno. Quiero decirlo… Todo el mundo lo sabe. Si alguien podría haberme salvado, habrías sido tú. Todo lo he perdido excepto la certeza de tu bondad. No puedo seguir arruinando tu vida durante más tiempo. No creo que dos personas pudieran haber sido más felices de lo que hemos sido tú y yo”.
Capítulo 2
No hay nada que beber en este apartamento. Los muertos no toman vino y tampoco comen caramelos de leche, mi único deseo en este momento. Aún es temprano y decido ir de compras. ¿Decido vivir? Al menos otro día. Busco un abrigo y una bufanda. Hace frío, no necesito salir a la calle para sentirlo. Rebusco en el bolso las llaves y el dinero, no iré muy lejos. Solo espero no encontrarme con el pesado del vecino. Natzu descansa en su cómoda cama, levanta la mirada al sentir la puerta, pero no se inmuta y vuelve a posar su cabeza en el mismo sitio.
Los corredores del edificio están vacíos. Las manecillas del reloj avisan de que faltan quince minutos para las 8:00 p.m. La tienda queda a dos calles. Camino entre el viento y el frío. Mis pasos son lentos, aun así llego en poco tiempo. Ya en el supermercado, me dirijo al estante de vinos. Tomo una botella de vino tinto y busco los caramelos de leche. Recuerdo que no hay nada para el desayuno. Café, necesitaré leche, algo de fruta y huevos. Volver a la rutina no es gratificante, un día tras otro, repetidos pasos, sin eventos, nada que marque un día y otro. Voy a la caja registradora y un hombre, no mayor de treinta, me cobra sin dejar de mirar los informativos en una televisión que cuelga del techo. El presentador informa:
«Un hombre de veintitrés años se ha precipitado desde un edificio de diez pisos en Usaquén, a las tres de la tarde, frente a la mirada de transeúntes angustiados. Las cámaras de seguridad del inmueble registraron el momento en que el hombre empezó a arrojar sus objetos de valor al suelo, precipitándose él mismo instantes más tarde y muriendo en el acto. El occiso, según atestiguan sus familiares, solo dejó una carta en la que explica sus razones. Tras la pausa publicitaria ampliaremos este hecho y otras noticias…»
Pago rápidamente y atravieso las calles con prisa. Llego al edificio y subo los peldaños de dos en dos hasta llegar al apartamento. Natzu continúa tendido en su cama y observa como cruzo frente a él, con las bolsas en la mano. Enciendo el televisor y pongo a grabar la noticia. Afortunadamente todavía están en anuncios. Mi corazón late deprisa; hace mucho que no sentía este nerviosismo. Tengo mil incógnitas y, al mismo tiempo, preocupación por si alguien ha visto como cogí la documentación de J.P.M. Sé que no han pasado más que segundos desde que entré en casa, pero el tiempo parece eterno. Camino de un lado a otro, me quito el abrigo y la bufanda, siento calor. Dejo las bolsas en la mesa de la cocina y vuelvo rápidamente al escuchar el sonido anunciando que van a empezar las noticias.
«Sobre las tres de esta tarde, J.P.M., un estudiante de Administración de Negocios Internacionales, se lanzó al vacío desde un edificio de casi diez pisos de altura, en la localidad de Usaquén. Al parecer, su novia, con la que mantenía una relación desde hace más de dos años, acababa de cancelar sin justificación el compromiso matrimonial con el occiso. La madre afirma que el joven era un buen hijo, trabajador y que nunca hizo mal a nadie. La ex prometida, por su parte, no quiso hacer declaraciones, solo mostró la carta que J.P.M. le dejó:
Te pierdo a ti y ¿para qué necesito la vida? Vivir sin ti es como no respirar. No puedo llorar, no soy de los amantes que ruegan, soy de los que se alejan. ¿A dónde debo ir? Todo parece frío e inseguro. Nunca fui bueno para nada, nunca pude con las palabras. No sé de dónde salen estas. Te aborrezco tanto como te amo. No tengo un futuro. Tú lo has matado con cada sueño compartido. ¿Dónde quedo yo en tu vida?, ¿dónde queda cada beso, cada caricia, cada parte de ti, cada recuerdo?
Nuestra historia nadie podrá contarla. Te costó poco tiempo perder las energías. Tú eras la mía. Sin ti no soy más que un perro callejero, soy un ratón escondido en el fondo de un callejón sin salida. La primera vez que te vi fue frente a ese edificio viejo, tan hermosa que me enamoré solo con tu presencia. Esa calle ya no la transitas, así como no caminarás de nuevo a mi lado. Mi muerte estará vigente donde estuvo la razón de mi vida, en esa calle, frente a ese edificio tan deteriorado como nuestro amor que culmina. Todos te culparán por un afecto muerto, pero nadie puede culpar a quien ha perdido la ilusión. Morir es el único camino para dignificar esto que termina. Tal vez Dios, en el cielo, me perdone por rechazar la vida que me otorga. Nadie la ha pedido, no puedes dar la vida para después quitarla, no puedes dejarme vacío por dentro. Nada tengo, nada doy. Adiós, hermosa mía. Adiós, familia amada. Ya el tiempo es solo un pasar de segundos, para mí estar sin ti es un infierno.
Apago el televisor, permaneciendo sentada frente a la pantalla oscura. No sé en qué momento me senté. Intento no pensar, me pongo en pie como un zombi y camino hacia la cocina. Con la botella entre mis manos, que están temblando, penetro el corcho con el utensilio y lo extraigo luego de enroscar con fuerza. Al intentar quitarlo del descorchador, me corto en la palma de la mano izquierda. “¡Mierda!”, grito, por fin, saliendo de mi silencio y de mis pensamientos. “¡Mierda!”, vuelvo a gritar totalmente exaltada. No puedo creer que no me haya podido suicidar por algo tan corriente como un amor obstruido, por no poder vivir sin una mujer de mierda. Qué lástima me das, J.P.M.; matarte por una mujer, robar mi escena, mi idea y el día de mi muerte por la trivialidad del amor, darle más valor a ella que a ti mismo. La sangre corre por mi muñeca, así que busco una toalla absorbente. Natzu sale de su encierro y me observa. No se acerca, pero su sola presencia me tranquiliza; respiro profundamente. Matarse por alguien, qué idea tan corriente. Suicidio pasional, qué burdo. El amor como herramienta de suicidio. Nunca he amado, daría todo por lo que él vivió, puesto que es mejor sentir algo que verse vacío por dentro. El perder es parte de la vida, grandísimo imbécil, el no sentir nada solo me pasa a mí.
Retiro la toalla absorbente y lavo la mano. Siento ardor, pero la herida no es profunda. Busco alcohol y desinfectante en un pequeño botiquín que está en lo alto de las alacenas de la cocina. Limpio la herida con cuidado y luego la cubro con una gasa, preguntándome para qué tanto cuidado. Tomando de nuevo la botella de vino, una copa y la bolsa de dulces, apago la luz y me dirijo a la habitación. Natzu me sigue y me acompaña a los pies de la cama hasta que siente frío y se acuesta en la suya. Yo bebo mirando un especial de Expedición en la Antártida, llevada a cabo por el inglés Francis Drake en 1578. Fue ahí cuando se descubrió el pasaje de Drake, el tramo que separa América del Sur de la Antártida, entre el cabo de Hornos, en Chile, y las Islas Shetland del Sur. Después de dos copas de vino y cuatro caramelos de leche, el sueño me busca. Me levanto de la cama tibia para ponerme el pijama, lavarme los dientes y me vuelvo a acostar. La noche es fría y tranquila.
Hola, J.P.M., el día es nuevo. No. El día no es nuevo. ¿Estás de blanco o te estrellas de bruces con un infierno de fuego? Vienes junto a mí. Esta es tu cama, tu casa, tu espacio. Te sientas sobre la colcha que me cubre. No hay edredón que pueda abrigarme de este frío intenso. Tu voz es dulce.
—No te burles de mis demonios —dice en voz alta.
—No me burlo, tan solo me parecen absurdos.
—Toma mi mano —ordena J.P.M.
Está helada. Él me saca de la cama y camina a mi lado sin soltarme por un lugar que no es mi habitación. Es una casa en desorden, de tres pisos de altura, tal vez de cuatro, de madera, y a cada paso, las tablas se hunden. Siento temor de que este lugar se deshaga en pedazos.
—Tu rostro no es el mismo que vi después de la caída —digo en voz alta.
Subimos los peldaños hasta la azotea. Los cuatro pisos se extienden en cada escalón, la altura es superior a ocho metros. J.P.M. no suelta mi mano, me hace observar el cuerpo de su amada en la acera del frente. Yo le grito algo indescriptible. A él se le cristalizan los ojos, pero no llora, tan solo me abraza y besa mis labios levemente; no hay rasgo sexual, por el contrario, una protección fraternal me hace abrazarlo con fuerza. Él no existe. Abro los ojos y caigo con él en un viaje oscuro. La calle se abre y solo puedo sentir el perfume de ella. Caemos a un mundo oscuro y frío, como si nadáramos en petróleo. Su cuerpo se aleja y mis pulmones se sienten ahogados. El silencio habita en mí, en mi cuerpo frío y húmedo, indefenso.
Me despierto sobresaltada. Natzu muerde mis dedos delicadamente, en señal de: “despiértate, tengo hambre”. Me levanto de la cama apresuradamente, estoy sudando. Voy a la cocina y le sirvo la comida mientras acaricio su espalda y él ronronea. Me dirijo al baño, desnudándome con cada paso. Abro el grifo de la ducha y gradúo el agua con mi mano. La venda se moja; hasta ahora no me había acordado de la herida. El agua tibia me cubre, cierro los ojos y aguanto la respiración en fracciones de tiempo. Quisiera ir a nadar en agua templada, tal vez vaya a la piscina del gimnasio por la tarde o mañana hacia las 6:00 a.m. cuando hay poca gente.
Salgo del baño y me cubro con una bata, sintiendo la brisa de la mañana. Mientras el café se prepara, enciendo el ordenador y busco ropa para cambiarme. Hoy saldré, quiero ir al viejo edificio con el que soñé anoche. Busco unos jeans, tenis, una camisa blanca, bufanda y abrigo. En las noticias de la red me estrello con:
«Nuevo suicidio se registra en empresa china fabricante de iPad e iPhone. Otros catorce trabajadores, en su mayoría jóvenes que acababan de llegar a la compañía, se suicidan en las fábricas de Foxconn».
El suicidio me persigue o mi atención solo se dirige a ese tema. ¿Cuántas personas deciden arrancarse la vida?, ¿cuántas lo llevan a cabo? He pensado en el legado de esos catorce trabajadores. ¿Cuántos habrán escrito una carta suicida? Los suicidas deberían, por ley, dejar una carta, una despedida escrita. No un vídeo, esos me causan escalofríos, sino una carta suicida. Diariamente seis personas se suicidan en Colombia, según muestran estadísticas que solo los ingenuos creen. Cartas suicidas he escrito una, una que no pudo ser entregada ni leída y que será destruida porque buscaré otro escenario y otro medio, tal vez otra hora. No sé por qué lugar empezar mi búsqueda, mi investigación maldita. ¿Dónde empezará mi indagación? Quisiera ir a la hemeroteca, leer diarios viejos buscando suicidios, escribir una carta suicida por cada suicidio sin nota. Seré la escritora de cartas suicidas en busca de una escritura propia y dramática, un fin tan sublime que la Muerte aplaudirá mi huida y ovacionará mi escena.
El olor del café es mágico, lo bebo mientras preparo un desayuno que consta de fruta, café con leche y un huevo cocido. Natzu ya ha desayunado y aún le queda comida hasta la noche. Después de comer, cepillarme los dientes y poner un poco de orden, cojo lo necesario: llaves, agenda, paraguas, lápiz, móvil y billetera. Salgo del apartamento, el hall está vacío. Siempre bajo por las escaleras porque no me agrada sentirme encerrada en un ascensor, tantas personas en un lugar tan estrecho me aterra. Mi reloj marca las 8:00 a.m. Ya en la calle me dirijo al edificio abandonado de Usaquén. Las aceras están poco concurridas y una lluvia delgada cae sobre la ciudad. Todo se siente oscuro y frío. El asfalto, empapado; los perros, buscando un poco de calor, olfatean y se alejan, abandonados, sin hogar. ¿Víctimas?, ¿por qué son víctimas los perros? Se visten de lluvia, tienen más libertad que cualquiera, no hay lugar que los detenga y no se cuestionan sobre la vida, solo viven.
Hay una grieta en la acera, la ciudad se cae a pedazos. A un hombre que pide limosna, le doy unos dulces de caramelo. Pensé que me los tiraría a la cara, pero sonríe. Camino y medito. Las gotas caen con más furia mientras el mundo sigue escurriéndose entre el gris del día donde el viento hiela las mejillas. Los coches pitan a peatones que no saben la función de un semáforo. Cada vez me alejo más de este mundo y de los pensamientos. Siento que balbuceo todo el tiempo, que divago, que no existo. La gente me sonríe y no sé por qué lo hace.
Una atmósfera tranquila fue ayer el escenario de la muerte. Hoy no hay un cordón de seguridad, ni cámaras fotográficas o de vídeo; solo camina por él una hermosa mujer a la que se le dedican cartas de amor. Ella deja un ramo de flores blancas: lirios, orquídeas y claveles. No ha dormido, se pueden ver sus ojeras negras, pese a que lleva gafas oscuras. Llora, mientras una mujer más vieja la abraza por la espalda diciéndole que no es su culpa. En la calle, los transeúntes observan despreocupados. Siguen su camino sin entender el porqué de las lágrimas de la mujer que viste de negro. Yo paso de largo, no interrumpiré el pequeño homenaje que le hacen al ladrón de eventos.
¿Quién habría llorado por mí en esta calle triste?, ¿mi hermano o mis padres hubieran interrumpido el paso de un transeúnte sin destino?, ¿qué hubiese pasado si hubiéramos intercambiado papeles? Si yo hubiera subido, si hubiera saltado, ¿habría quedado en su memoria la imagen de un cráneo destrozado, en una acera apestada de flores blancas, lirios, orquídeas y claveles?, ¿caminarías indiferente?, ¿habrías tenido la necesidad de preguntar quién era? Bueno, yo no tengo un amor que me llore, no tengo una mujer con un puñado de flores, no tengo un deseo tan trivial como el amor.
De nuevo mi día es interrumpido por la sombra de J.P.M. Cogeré un bus en la calle décima para llegar al centro. A medida que el vehículo recorre calles, me doy cuenta de que ha sido una terrible idea haber tomado esta ruta. La ciudad está destruida por todos lados, es desesperante el gentío, el esmog, los embotellamientos, las vías que intentan ser reconstruidas a plena luz del día. Las personas de esta ciudad parecen estar de mal humor a todas horas. La agresión y la intranquilidad se ven reflejadas en sus rostros, en sus miradas cargadas de insatisfacción. El estrés y el miedo los hacen discutir por cualquier cosa. A mí ha dejado de importarme si me empujan o si un coche no me deja pasar. No me molesta la incomodidad de la ciudad ni su ruido, me tiene sin cuidado la poca cultura de los que transitan las calles o la violencia injustificada. Me parece un circo, un circo donde no sonrío, donde todos viven en la apariencia de sus días, ensimismados en sus vidas sin fundamento. Si fueran honestos, formaríamos un ejército de almas suicidas. A todos se nos ha pasado por la mente en algún momento de la vida. Aniquilar nuestra existencia, devolverla a Dios, supongo. Nadie nos pidió vivir, así que ¿para qué sobrevivir? Algunos luchan, otros se esconden en una bonita sonrisa y otros, como yo, simplemente se cansan, dejan de creer en ese “todo será mejor”. Nos dejamos aplastar, abrumar, huimos… Simplemente huimos.
Estoy sentada en el centro del bus, en un asiento al lado derecho, cerca de la ventana. Observo caras, personas, trabajos, desde los vendedores ambulantes hasta los oficinistas refinados y los que simplemente no hacen nada. Sigo pensando en el suicidio, mi reiterativo tema. Cada suicidio trae consigo una frustración, no tengo clara cuál es la mía. No sé a dónde me dirijo. ¿Qué hacer el primer día de tu muerte auto-infligida? El vehículo no avanza, se ha quedado estacionado en mitad de una caravana de coches que maldicen como sus dueños; los pitidos y los gritos maleducados devoran el panorama soezmente. Quedan al menos quince calles y me agrada caminar, así que toco el timbre y el bus se para en mitad de la vía; como siempre, aparca en cualquier sitio, sin importar la suerte de sus pasajeros. Bajo con cuidado mientras los coches siguen pitando. El tráfico está detenido, la ciudad apesta entre el humo y la basura del suelo. Camino por un mundo difuso, el que no comparto; no quiero vestirme de oficina, maquillarme o arreglar mi cabello. Algunos dicen que es más fácil si crees en un dios. Creer en Dios es como creer en la magia y no tengo tiempo para estupideces. Cada uno elige su destino, por lo tanto también puede elegir su muerte. En pocas cosas se puede tener el control, el suicidio es una forma activa de sumisión. Mi antiguo psicólogo diría: “tienes visión de túnel”. Tal vez él no ha visto el cielo de la ciudad. Las nubes oscuras y el humo copulan en un mar que intoxica; es un túnel y vivimos en él. No puedo ver los rostros, tan solo existen siluetas a lado y lado de mis pasos: vendedores informales, habitantes de calle, trabajadores que visten de jean y los que se visten de oficina, ladrones de todos los estratos, miradas vacías y el mismo paso. ¿Todo se siente igual o he muerto? Mi no-muerte es mi infierno, con pasos y pensamientos desalentadores.
La biblioteca está cerca de la Plaza de Bolívar. Ya que el tiempo está muerto, decido caminar por los símbolos de una ciudad y su historia. La Plaza de Bolívar representa un gran cuadro: hacia las montañas está la Catedral Primada de Colombia, que tiene cuatrocientos veintiuno años de vida; a su lado, la Capilla del Sagrario, un poco más joven, cumplió ya trescientos once años; el Palacio Arzobispal, doscientos dieciocho años. Estructuras, símbolos de una tradición católica, que, al igual que la religión, su estilo barroco me produce terror. Junto a ellas, la Casa del Cabildo Eclesiástico, construida en 1689 como cárcel de clérigos. Al occidente, el Palacio Liévano, un edificio con un estilo renacentista; su apariencia simula una construcción francesa antigua y se creó en 1907 después de un fuerte incendio; actualmente es sede de la Alcaldía Mayor de Bogotá. Por último, está el Palacio de Justicia, un edificio construido y reconstruido, incendiado, destruido y vuelto a construir, convertido en patrimonio nacional.
Me acostumbré a tener en mi mente datos que a nadie le importan. Tal vez el ser periodista me hace querer estar enterada de todo, de cada fecha, cada evento, del porqué de cada cosa. Por eso cogí la documentación de J.P.M., para saber quién era, su historia, sus guerras. Ahora me parece irrelevante la noticia de su muerte. No gastaría mi tiempo en documentar un suicidio romántico, aunque si lo pienso mejor, gracias a su fatídico descenso, empecé la investigación que documentará mi muerte.
Siempre me agradó caminar por este sitio. Perdí el miedo a los carteristas, al frío viento que baja por la montaña, al lado oriental de la ciudad. Ya no temo el revolotear de las aves que devoran el maíz arrojado por niños y ancianos, ya no me molesta que me pidan limosna, ni los habitantes de calle buscando comida entre la basura o los policías impecables mirando de reojo las piernas de las colegialas. Soy como esta Plaza de Bolívar: fría y amurallada. De las pequeñas batallas ganadas, solo quedan monumentos defecados por palomas.
Camino hasta la Biblioteca Luis Ángel Arango. Las calles están encharcadas, transitadas por estudiantes universitarios y de colegios públicos y privados, entrando y saliendo de la biblioteca de cincuenta y tres años de vida. Siempre pensé que tendría más años. Me conforta su estructura y su silencio. A esta hora, pese a tanto bullicio en la calle, la biblioteca está desierta. En un casillero alquilado, meto una moneda de bajo valor y dejo el bolso y el abrigo. Llevo el móvil, lápiz, agenda y el carné de registro, también algo de dinero para fotocopias. La hemeroteca se sitúa en el segundo piso. Hay pocas parejas, la mayoría de las personas están solas, sentadas en cada una de las mesas de la gran sala. En las bases de datos de los ordenadores, ubicados en el lateral de las mesas, busco noticias sobre suicidios. Enfatizo la fecha del dos de julio sin especificar el año. En los registros sale un listado de diferentes artículos y escojo varios al azar. Mientras espero a que los periódicos y las revistas lleguen, me quedo observando los números de los pedidos en las pantallas. Varias personas también aguardan, formando tres filas en las que se reclaman según la terminación de su número. El mío es el 9347. Espero con calma a que aparezca el número en la pantalla. Los demás, en silencio, observan igual que yo el monitor, sin tener contacto visual con los que están alrededor.
Mi número ha aparecido finalmente después de diez minutos de espera. Reclamo los periódicos y las revistas. Una mesa vacía se encuentra al fondo de la sala, así que me encamino hacia ella observando el material que llevo en las manos. Al sentarme, una mujer de aproximadamente veintiséis años llega a la misma mesa. Es alta, morena, delgada, de rasgos finos y suaves. Me sonríe. Su sonrisa es delicada y sincera. Me dice:
Creo que debemos compartir la mesa.
Yo la observo y muevo la cabeza de arriba hacia abajo y le respondo:
Sí, no hay problema.
Se sienta frente a mí. Por alguna razón que no comprendo, me siento incómoda con su presencia y no puedo concentrarme. Ella lleva varias revistas, una agenda, bolígrafos de colores, su billetera y un estuche de gafas, que abre para ponérselas. Al mismo tiempo coge uno de sus bolígrafos de color azul claro para amarrar su cabello liso y oscuro, quedando su largo cuello al descubierto. Se da cuenta de que la observo. Vuelve a sonreírme, yo se la devuelvo tímidamente y empiezo a mirar los artículos que he escogido.
El primero habla de una niña de trece años que se ahorcó en su casa en Kent, Inglaterra. El diario Daily Mail acusa a un grupo de música neo punk de ser un grupo de culto suicida. Según el periódico, «una adolescente de trece años, aficionada a una banda de neo punk, influenciada por la tribu urbana emo –subcultura derivada del post hardcore de los años ochenta–, donde los integrantes se visten de negro y tienen apariencia triste; peinan su cabello tapándose el ojo izquierdo y, por lo general, tienen ideas suicidas, pensamientos melancólicos y depresivos». Qué patético reunirse en grupo para hablar sobre desgracias y justificar dolencias de sus solitarias y aburridas existencias, ¿acaso estar en grupo no ayuda a combatir la soledad?
Nunca he sido persona de grupos, no me agradan los lugares con muchas personas, no me he dejado llevar por las masas, ni me identifico con absolutamente nada. Podría asegurar que no poseo pensamientos anárquicos, simplemente un desinterés total por los movimientos y fines comunes de una sociedad muerta. Buscar en otras ideologías para llenar nuestros vacíos me parece simplemente ridículo. Una niña se muere por seguir ideas melancólicas y depresivas. Toma una soga, la amarra a una vara de madera del techo de su habitación, los muros saturados con pósters de agrupaciones pop rock de adolescentes ensimismados, una silla, una nota escrita con pluma negra. Puedo imaginar un cuerpo que se balancea al compás de una música que no dice mucho, las luces apagadas y un mundo que vive entre la oscuridad y el silencio.
En el reportaje habla de una carta suicida, pero no la ponen. Si fuera mi obligación escribir sobre esa carta, me imaginaría estando en una habitación de adolescente, tal vez en la mía de hace años. Muros blancos, cortinas color crema y pósteres de Led Zeppelin, The Who y Sex Pistols, tal vez uno de Jim Morrison. Una cama sencilla con dos mesitas de noche, una a cada lado de la cama, y sobre ellas, lámparas, algún libro de Baudelaire o de Poe, tal vez Opio en las nubes, de Rafael Chaparro. En la radio, una canción repetitiva, A day in the life de los Beatles, la que habla de un hombre que se voló la cabeza al no ver un semáforo en rojo, la que se torna agresiva en algún momento, confusa, decisiva. Un armario para guardar la ropa y un librero de pocos libros de fácil lectura. La nada y la soledad hablando. Hoy es día de muerte, pongamos mucho cuidado.
Si mi cuerpo se balanceara como esta canción, estaría flotando en un mundo que no reconozco. El vaivén de un cuerpo que solo se mece. No hay nada que este mundo pueda ofrecerme más que música y sufrimiento. Un dolor que no sé de dónde sale, ni cómo nace. Los gritos, las palabras, el cole, las monjas vestidas de normas, una sociedad moralista absorta en demonios y cruces. No soy como vosotros, no formo parte de aquí. No hay luz en una habitación de princesa. No usaré las prendas de las personas perdidas. Los ritmos del espacio me agotan. Vivir o no vivir es tan solo una decisión. La mía se quedó estancada en un pensamiento de duendes negros. Nadie podrá entender cómo se siente el no querer vivir, adoleciendo el amor, sin una religión que absurdamente es impuesta diariamente. Me alejo entre la tinta negra de este bolígrafo y una melodía que simplemente me reconforta, finalmente, finalmente.
En un diario español encuentro: «Un hombre mata a su mujer en Valencia y luego se suicida». Un habitante de Museros, de setenta y nueve años de edad, llega a su casa sobre las diez de la noche. Encuentra a su mujer, de ochenta y dos años, en la cocina; se acerca lentamente por la espalda y la saluda de forma natural. Le besa la nuca, mientras ella se extraña ante ese saludo. La mujer le pregunta si quiere beber algo, él dice: “He traído una botella de vino”. Busca el descorchador en la mesa de la cocina y junto a él, de cinco cuchillos de diferentes tamaños y estilos, elige el más adecuado. Su mujer, descuidada, prepara la cena. Él vuelve a acercarse lentamente hacia ella, la apuñala varias veces por la espalda mientras ella cae a sus pies. El hombre de setenta y nueve años camina hasta su despacho, se sienta frente a su escritorio y, de un cajón asegurado con una cerradura dorada, saca una pistola Remington Derringer, un arma creada hacia el año de 1866, un revólver pequeño que se puede abrazar con una sola mano, un arma lujosa de acabado en oro y cacha de nácar. La coloca sobre el escritorio, al tiempo que en una hoja de papel Bond en blanco y con una pluma, escribe:
El tiempo nos está extinguiendo; estas manchas en la piel y las arrugas en mis manos me hacen ver que envejezco. Tú eres lo único que me mantiene en vida. Ni tu piel ni tu cuerpo son los de antes y aunque los amo, no quiero vivir el suplicio de envejecer y estar desvalido. Pasa el tiempo fugazmente, no podemos salir de casa sin sentir que las cosas sean diferentes, sin que un pequeño viaje se sienta hasta los huesos. No puedo irme sin ti, no quiero atravesar el umbral de la muerte sin la mujer que adoro. Compartir mi vida a tu lado fue hermoso, compartir mi muerte es poesía. Aún recuerdo cuando te vi por primera vez vestida de gala en una sala vacía. A día de hoy sentiría el mismo nerviosismo al acercarme y pedirte cortésmente que bailases conmigo. Recuerdo el olor de tu piel y la frescura de tu rostro. Los años pasan, amor. No beberemos más vino. El cuidarnos se ha vuelto insostenible. La sal, el azúcar, el alcohol, el café, todos son negaciones y predicamentos. ¿Recuerdas la última vez que caminamos por horas?, ¿puedes recordar cómo es hacer el amor hasta el amanecer? Ya nada, mi hermosa mujer, es como antes. Te veo morir lentamente. No quiero envejecer más, quiero quedarme como estamos en este instante, felices por un amor que permaneció inquebrantable durante años. Ya todo se ha alejado, todo se convierte en añoranzas. No quiero vivir ligado a un pasado. No construyo nada, mi vida se quedó estática. No quiero verte morir en la sala de una clínica, esperando que la muerte llegue parsimoniosamente. No tenemos más que esta casa y la muerte. Se acaba el tiempo, amor. Espérame. Te amo más de lo que separa la vida y la muerte. Espérame en la eternidad donde nada nos quebrará y nuestras almas estarán ligadas en un espacio imperecedero.
La enfermera que cuidaba a la pareja se desconcertó al ver que nadie atendía a la puerta. Recordó que siempre guardaban una llave debajo de una maceta, abrió la puerta sigilosamente, caminó por el corredor y no halló más que silencio. Luego, en el suelo de la cocina, a la anciana de ochenta y dos años con varias puñaladas en la espalda. La enfermera gritó y salió espantada de la casa para llamar a la policía. Cuatro puñaladas en la espalda dieron muerte a la mujer; en el estudio, un hombre de setenta y nueve años fue hallado con un disparo en la sien y un poema teñido de un rojo espeso.
